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domingo, agosto 20, 2017

La cortina de odio que pretende ocultar nuestras vergüenzas tras Las Ramblas

Una de las cosas que tiene ese trágico momento en que la guerra te estalla ante los ojos es que saca de todos las vergüenzas y con ellas los intentos automáticos de ocultarlas.
Quizás, tras los atentados de Barcelona y Cambrils, hay tantas y tan evidentes que resulta difícil verlas todas, vuelven sus obsesiones eternas con ETA, las de los separatistas con la “opresión” del gobierno español, las de los españolistas con la Generalitat, las de ese conservadurismo populista y manipulador con Podemos... 
Todos intentan usar el yihadismo para arrimar el ascua a su sardina o cuando menos alejarla de las de sus rivales o enemigos.
Porque para Mayor Oreja reclamar unidad ante el terrorismo es exigir que todos y cada uno, ya no de los españoles sino de todos los europeos, que acepten con un leve asentimiento sumiso su forma de ver las cosas, su visión de cómo acabar con el terrorismo pese a que ya ha se ha demostrado mil veces que no sirvió de nada para acabar con ETA.
Porque para los españolistas cargar por negligencia (o incluso cobardía, que hay que leer de todo) contra la Generalitat y los Mossos de esquadra es en realidad abogar por la mano dura contra el independentismo catalán.
Porque para los independentistas catalanes separar las víctimas catalanas de las españolas en el macabro recuento no es otra cosa que intentar mandar el mensaje de no nos importa lo que piensen o digan el resto de los españoles.
Porque para los que descontextualizan una frase de Pablo Iglesias acusándole contra viento y marea de apoyar el yihadismo y haciéndole cuando menos colaborador necesario de los atentados es solamente un intento de proseguir en la ardua tarea que se han impuesto de intentar influir en la voluntad política de los españoles a través del más profundo terror atávico irracional a lo desconocido…
Y así hasta el infinito, en una suerte inacabable de interpretaciones parciales, sesgadas y oportunistas que provocan la náusea.
Pero, sin duda, la vergüenza colectiva que más aflora y la que más ridícula en su intento de disimulo es la de los islamófobos que han puesto de moda como condición sine qua non para que la comunidad musulmana en España “se gane nuestra confianza” que se manifiesten masívamente contra el terrorismo yihadista.
Si no fuera funesto hasta provocaría risa. Si no fuera patológico hasta sería ridículo.
Porque esa exigencia, aunque pueda parecer razonable y lógica, parte del más profundo y enfermizo complejo de superioridad.
Parte de ese complejo porque necesitan sentirse superiores, necesitan sentirse héroes de esa España suya que tan solo imaginan, que nunca existió ni existirá y en la que ellos son héroes salvadores de la patria contra los crueles enemigos que la acechan.
“Que hagan para acabar con el yihadismo los musulmanes hagan lo que hicimos nosotros para acabar con ETA y salgan a la calle. Entonces les creeremos”, repiten en sus tuits, comentarios e invectivas físicas y virtuales contra los musulmanes y el Islam. 
Y en ese momento, cuando lo lees o lo escuchas, si no fueran tan peligrosos hasta darían lastima.
Porque se han dejado alejar tanto de la realidad por los medios que han machacado con ello en cada aniversario, en cada conmemoración, en cada acto de eterno recordatorio de las víctimas y solo de esas víctimas, que ya se creen que ellos acabaron con ETA.
Han llegado a olvidar que a un fanático furioso, como son los yihadistas, o a un mafioso sanguinario, como fueron los falsos abertzales de ETA en su final, lo que opine la sociedad le da igual, lo que griten miles de personas en su contra le da igual. 
No responden al clamor social ni a la voluntad política de la ciudadanía: Si lo hicieran dejarían de ser fanáticos o mafiosos y del fanatismo y la mafia no se abandonan con tanta facilidad.
Vean lo vean seguirán; se manifieste quien se manifieste, seguirán. Incluso se reforzarán en su causa. Igual que hizo ETA, considerando traidor a todo vasco nacionalista o independentista que hablaba en su contra; igual que hizo el IRA con todo irlandés que hablaba de paz y no de victoria en el Ulster.
Pero los que señalan con el dedo a las comunidades musulmanas por no "llenar la Plaza de Catalunya" insisten porque, cargando contra el Islam usando la falsa yihad de parapeto, como antes cargaron contra el independentismo vasco poniendo de excusa el terrorismo de ETA, lo único que pretenden ocultar es que lo que acabó con ETA no fueron nuestras manifestaciones, ni nuestros gestos ciudadanos. 
Lo que acabó con ETA fue -además de la acción policial- una sola acción que dejó a los mafiosos sangrientos del tiro en la nuca sin argumentos para reclutar, una tras otra generación, a los jóvenes vascos para la kale borroka y los comandos: que se permitió que los vascos buscarán el independentismo de forma democrática votando a partidos abertzales que hasta entonces se negaban a legalizar.
Si puedo buscar la independencia con un voto para qué buscarla con un arma.
Pero aquellos que buscan excusas para su complejo de superioridad y para su odio, antaño a los vascos y hoy a los musulmanes, no pueden aceptar eso porque significaría que ellos no son los héroes, que no fue ninguna de sus acciones lo que acabó con ETA. Que fue, pura y simplemente, hacer por fin lo que era justo, precisamente lo que ellos criticaban que se hiciera y segaban a hacer.
Así que cargan sobre las manifestaciones multitudinarias exigidas a las comunidades musulmanas la responsabilidad del fin del terrorismo yihadista porque aflora una vez más su complejo de superioridad social que les hace creer que lo suyo es siempre lo acertado y no les permite asimilar que lo que acabará con la capacidad de los líderes de la falsa yihad de reclutar y fanatizar más huestes es que se haga lo que es justo que, en el caso del yihadismo, no es tan directo y sencillo como lo era en el caso de ETA, aunque ellos se empeñen en negarlo.
Lo dicho, si eae necesidad de odiar apenas soterrada, ese complejo de superioridad y esa incapacidad para afrontar la realidad de las cosas no fueran tan aterradoramente peligrosos, hasta darían lástima.

viernes, agosto 18, 2017

Barcelona o descubrir entre lágrimas que hay más de un enemigo

Ayer nos llegó un nuevo capítulo de esa guerra interminable que desde hacía mucho tiempo tan solo veíamos y leíamos de lejos, con los ojos pequeños entrecerrados por el miedo, la ira y la sorpresa.
Y hoy se habla aquí y allá del fin de la frivolidad, de la inocencia perdida, y de una serie de lugares comunes que todo el mundo busca cuando la sangre derramada se vuelve cercana, conocida, casi propia.
Podemos fingir que es así o podemos repetirnos la verdad. Esa frivolidad, ese no tomarnos en serio a quienes alientan el odio xenófobo cada día en las redes, en los chats, en los foros de medios de comunicación, y que hacen que los que odian crean que tienen excusa para odiarnos, no ha acabado. No ha hecho salvo empezar.
Se recrudecerá, se instalará de nuevo en la mente de muchos que necesitan en todo momento disponer de un enemigo a quien odiar, alguien sobre quien poder sentirse superiores.
Y volverá a alimentar al monstruo, seguirá haciéndole crecer, seguirá aportando carne de cañón asesina a las filas de aquellos que aprovechan la miseria para construir fanáticos, que utilizan la rabia para convencer a otros de que han de sembrar las calles de sangre y de cadáveres como otros sembraron y siembran las calles de sus pueblos y aldeas de la misma destrucción sin sentido.
Y el ciclo continuará, se expandirá y se repetirá si no abandonamos la frívola creencia de que no importa que un puñado, unos cientos, unos miles, de locos furiosos y acomplejados, pueblen día y noche el éter con mensajes contra el Islam, contra los extranjeros, contra los refugiados, si no empezamos a ver que son la quinta columna perversa e inconsciente de aquellos que nos ponen las bombas, que nos matan, que nos hacen sangrar.
Que todos esos que hablan de la España de los Reyes Católicos, que buscan y descontextualizan suras de El Corán para mostrar al mundo que el Islam es un hecho religioso perverso, que alientan y aplauden las ideas de Trump y claman porque se implanten en nuestro territorio, no son unos dementes, no son unos bocazas... 
Son nuestros enemigos.
Tanto como los que radicalizan a muchachos, ocultos en los pliegues del éter de Internet, tanto como quienes les enseñan a fabricar las bombas o les instan a arrollar a viandantes en mitad de Las Ramblas.
Enemigos de todos porque ellos son los que cada día, cada hora, en cada red social y cada tuit, le dan a quienes manejan los hilos de la falsa yihad la leña para encender la hoguera del fanatismo, del odio impenitente, de la falsa venganza y de la muerte.
Enemigos porque dan la oportunidad a los locos furiosos de mostrar a aquellos que comenten el error de acercarse a al falso califato la prueba de que aquí se les odia, de que todos sentimos desprecio hacia ellos y lo suyo, de que está justificado que viertan nuestra sangre, que sieguen nuestras vidas.
Así que, sí, perdamos la inocencia. Esa inocencia que debimos perder muchos años atrás, con la primera muerte en las lejanas tierras de ese oriente al que llamamos próximo y sentimos lejano. Perdámosla y dejemos de fingir que ignoramos que nuestros enemigos no son solo aquellos que nos matan o aquellos que, ocultos y distantes, les convencen de que está bien hacerlo.
Entre la sangre y las lágrimas que inundan Barcelona y nuestros corazones, aceptemos por fin que tenemos que luchar en esta guerra aciaga y que hemos de hacerlo en dos frentes distintos: contra los que nos matan y contra los que envían los mensajes de odio que les facilitan la excusa para seguir matándonos.
Con la misma rabia, con la misma fuerza, con la misma determinación.

martes, julio 11, 2017

Las mil muertes de Miguel Ángel Blanco antes de que el PP le deje descansar

Tenemos nueva polémica. Tan manida y maniquea como lo son todas últimamente en este país nuestro que navega entre el sectarismo y la sinrazón.
Ahora la toca el turno a un ponme o no me pongas una pancarta en recuerdo de Miguel Ángel Blanco en el Ayuntamiento de Madrid en el 20 aniversario de su secuestro y asesinato por ETA.
De nuevo ETA, siempre ETA.
Manuela Carmena no quiere ponerla y el PP y Ciudadanos se indignan. Ya no se atreven a decir aquello de que apoya al terrorismo porque ya no hay terrorismo de ETA, pero se indignan.
Y todos sus opinadores y voceros se ponen a recitar sus argumentos. que sí "fue un caso especial", que si "puso en marcha el Espíritu de Ermua", que si "fue cuando la ciudadanía perdió el miedo porque vio que ETA estaba separada de la sociedad española". Todo lo que sea posible para justificar porqué hay que hacer un homenaje nacional y multitudinario a Miguel Ángel Blanco.
Todas ellas podrían ser asumibles -y muchas lo son- si no fueran y hubieran sido manipuladas a lo largo de estos 20 años por aquellos que ahora hablan de unidad ante el terrorismo de nuevo a la sombra de la muerte, el sufrimiento y la sangre de Miguel Ángel Blanco.
Porque cada, disparo, cada muerte, separó a ETA de la sociedad española. La muerte de Yoyes, Meliton y Algorta la separó del independentismo que había recurrido a la violencia ante una dictadura, pero quería abandonarla porque ya no era necesaria; se separo del independentismo más radical catalán con quien pretendía tender puentes con el atentando masivo de Hipercord; se alejo del nacionalismo vasco cuando mando a sus falsos gudaris a amenazar y extorsionar a políticos y empresarios vinculados al PNV y asesinó sin tregua a miembros de la Ertzaina; se alejó definitivamente de la izquierda que buscaba una salida negociada cuando mató indiscriminadamente a políticos como Mujica o pensadores y juristas como Tomás y Valiente o Tagle; dijo adiós a las clases más populares y deprimidas con la reconversión industrial de Euskadi cuando hizo volar por los aires a los trabajadores de Elektra o puso bombas en sedes de la UGT... 
Cada muerte la alejaba de un sector de la población, cada disparo la condenaba a una nueva soledad. Cada acto de locura la aislaba.
Sin todo eso, sin toda la muerte y la locura asesina desplegada antes, el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco no hubiera significado nada, no hubiera tenido la repercusión que tuvo.
Pero, más allá de eso, lo que oculta este recuerdo que ahora se pretende avivar es precisamente la memoria.
Yo sé lo que hice ese día, cuando llegó la noticia de la muerte de Miguel Ángel Blanco. Escribí. Mientras mi hoy ex mujer -más dada a los gestos masivo- llenaba la terraza de velas en remedo de una vigilia pascual, yo escribí. 
Escribí lleno de rabia contra aquellos que habían convertido la lucha contra una dictadura en una mafia, contra aquellos que habían trasformado la justa reivindicación de independencia de un pueblo en una sangrienta forma de vivir, contra aquellos que le estaban robando la esperanza a todos para poder seguir viviendo de las armas.
Quizás por eso. Porque vertí la ira de ese día en papel, el recuerdo de la jornada de la muerte de Miguel Ángel Blanco no me borra la memoria de las posteriores.
No me elimina el recuerdo de como el Partido Popular llevó a su máxima expresión con él y con su memoria la más ruin de las estrategias políticas que se pueden llevar a cabo.
Como comenzó a pasear a la novia y la hermana de Blanco por todos sus mítines políticos en los que decía que el PP y solo el PP podía acabar con ETA; como catalizó la rabia y el dolor para enviar a sus cachorros enmascarados a intentar quemar las sedes de Herri Batasuna, intentando empezar una guerra civil en Euskadi que hubiera originado mucha más sangre de la que ETA hubiera sido capaz de verter aunque estuviera activa mil años.
Y lo que siguió haciendo durante las semanas, los meses y los años posteriores. 
Como intentó minar el gobierno del PNV vertiendo insinuaciones sobre filtraciones en la ertzaina sobre cuales eran los políticos vascos más susceptibles de ser secuestrados; como convirtió el Foro de Ermua -en manos del místico e intransigente Sabater- en un arma españolista contra todo nacionalismo; como se apropio de símbolos creados por otros -las manos blancas, la canción Libertad sin Ira- para gritar a los cuatro vientos que Miguel Ángel Blanco había muerto porque, en palabras del entonces presidente del PP vasco, Carlos Iturgaiz, "ETA sabe que solo la firmeza del PP en la defensa de España es capaz de derrotarla".
Como exprimió la formula política de utilizar ETA y su violencia como simbiontes electorales que ya había iniciado dos años antes con el fallido atentado de ETA contra José María Aznar, que le permitió ganar las elecciones y que seguiría durante muchos años con el control y uso partidario de la AVT, con el paseo por el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid de los familiares de las víctimas de la T4, alcanzando límites vomitivos y casi criminales con la mascarada del Gobierno de Aznar en el atentado del 11-M.
Así que, si hubieran pedido un homenaje a Tomás y Valiente, a Mujica o a cualquier víctima anónima del atentado de Hipercord, podría creerme que han cambiado, que lo hacen por los motivos que dicen hacerlo.
Pero como no lo hacen solo puedo pensar que gobernando en minoría, llevando al país al desastre económico y social, solamente quieren resucitar viejos fantasmas para lograr una nueva cosecha de apoyo social. Intentando vender de nuevo que el PP, sus políticas, su ideología españolista y todo lo demás salvó España del monstruo de la locura terrorista de ETA.
Por eso tiene que ser uno de los suyos. Por eso tiene que ser Miguel Ángel Blanco. No se contentan con utilizar su sangre y su muerte; no tienen bastante con aprovecharse del dolor de su familia, sino que también quieren capitalizar su recuerdo y su memoria dos décadas después.
Quieren recordarnos que fueron ellos y su forma de concebir España la que acabó con ETA porque era su más firme enemigo. Y sueñan con que, 20 años después hayamos olvidado lo suficiente para que esta vez lo creamos. 
De nuevo ETA, siempre ETA
Pero no. A lo mejor no es por lo que Carmena se niega a poner la pancarta. Pero sí es mi motivo.
No pienso olvidar la valentía de Yoyes y todos los "milis" que se enfrentaron a ETA abandonándola, denunciando sus prácticas mafiosas y arriesgando y perdiendo su vida por ello, ni de los nacionalistas del PNV que también lo hacían, ni de los ertzainas, ni de los sindicalistas, ni de los políticos socialistas o de UPN y permitir que el PP vuelva a intentar vendernos, veinte años después, que ellos acabaron con ETA.
Porque fue su forma de hacer política españolista y de usar a ETA para cosechar votos lo que estuvo a punto de enquistar ese problema para siempre en Euskadi.
Y sobre todo no quiero dejar que se olvide la valentía de los que realmente acabaron con ETA -o por lo menos le dieron el tiro de gracia-. Los magistrados que por fin comprendieron que independentismo y terrorismo no eran lo mismo y dieron a los vascos la oportunidad de votar a un partido independentista no violento. 
Y al pueblo de Euskadi que remató a ETA con un tiro en la nuca de su arrogancia, su locura y su salvajismo votando independentismo en contra de terrorismo.
Mi homenaje a Miguel Blanco, que es parte con su muerte de todo eso, es intentar no dejar que el partido al que perteneció intente utilizar de nuevo su cruel asesinato para ocultar, como ya escribí cuando ETA murió, algo que ni toda la manipulación electoral del mundo debe apartar nuestros ojos. El hecho de que ETA está muerta y de que Euskadi y los vascos la mataron.
Estos son, también veinte años después de la muerte de Miguel Ángel Blanco, los hechos del caso. 
Y son irrefutables.

martes, junio 20, 2017

Una furgoneta, un muerto y la oportunidad perdida de no ser yihadistas

"Tenemos que demostrar que no somos como ellos", "Han de saber no van a cambiar nuestra forma de vida"... Ya no sé cuantas veces he escuchado esas frases en discursos, las he leído en editoriales y las he visto impresas y repetidas en cientos, miles, de tuits y posts en las redes sociales.
Pero no es verdad. No estamos dispuestos a hacer eso y la prueba es el último atentado terrorista de Londres. 
La capital de la pérfida Albión, sacudida por la barbarie de la sangre y la muerte no sé ya cuantas veces, lo ha sido una vez más y eso ha servido para demostrar que, lamentablemente no estamos dispuestos a no ser como los yihadistas.
Porque esta vez no han sido ellos, ha sido el otro espectro tenebroso del fanatismo sangriento, los que están en la otra punta de la campana de gauss de una sociedad que se enfrenta a una guerra de poder y de odio. Un loco enfurecido por el odio al grito de "voy a matar a todos los musulmanes" perpetra un acto tan semejante al de los yihadistas, tan fanáticamente aleatorio, que no acepta la más mínima duda sobre su objetivo y motivación.
¿Alguna crítica sobre la reacción gubernamental? Ninguna. 
O sea, para ser más exactos, las mismas que en cualquier otro de los atentados londinenses. Se trata como un atentado terrorista, se reiteran los mensajes de que se va a endurecer la política contra el terrorismo, los gobiernos extranjeros muestran sus condolencias, su rechazo -todos salvo el bueno de Donald que esa noche debía tener el móvil sin batería y no pudo tuitear ningún exabrupto-. Todo como en cualquier atentado. Algo que en este caso es positivo.
¿Y los medios de comunicación? Parece que lo mismo, pero no. Puede que sea hilar muy fino pero no. Recogen el atentado en sus portadas sí, pero más pequeño, con menos relevancia. Y el titular ya cambia el paso por completo: "Un musulmán muerto y varios heridos en un atropello en Londres"?
¿De verdad? ¿un musulmán?, ¿no, una persona?. Ni siquiera un titular como "Una persona y diez heridas en un atropello en Londres a la salida de una mezquita", aunque luego el subtítulo amplié la información de que todos eran musulmanes.
No, directamente "un musulmán", así alejándolo del resto del mundo, separándole en una categoría, al parecer distinta, del resto de las personas muertas en los atentados de Londres.
Y al que me quiera decir que eso es lo reseñable porque es lo diferente, le diré que se equivoca. En todo caso lo destacable es que un individuo fanático y loco atenta contra la comunidad musulmana y causa el caos y el desastre. Lo reseñable es que la locura sangrienta también llega a nuestras calles en el otro sentido. Hay mil formas de titular para dar esa información, pero ninguna incluye el sustituir persona por musulmán.
Y el subtitulo tampoco tiene desperdicio: "La policía considera un acto terrorista el atropello".
¿En serio?, ¿lo noticiable del hecho es que la policía considere un acto terrorista algo que evidentemente lo es?, ¿donde quedó el "Un atentado siembra el pánico y causa varios muertos", que fue el primer titular en un hecho idéntico hace dos meses?
Para alguien que sepa un poco de periodismo eso basta como síntoma de que el asunto no se está tratando igual, pero hay más piezas que completan la visión general. El antetítulo entonces es "Terrorismo yihadista", en este caso es "Atropello", ¿por qué no "violencia islamófoba"?
En fin, que puede parecer que los medios lo tratan igual pero no. 
El día después no sigue en las portadas, no se desgranan editoriales sobre su significado, no hacen un seguimiento del estado de los heridos, no se cuestiona si las autoridades están preparadas o actúan bien en contra de este tipo de violencia. No en absoluto. No parece el mismo tratamiento.
¿Y nosotros? Era de esperar -por lo menos para los que realmente creemos que no debemos ser como ellos-que si no somos como los locos furiosos yihadistas hubiéramos llenado las redes de tuits y e mensajes de repulsa como en los otros atentados. Nada. Era de suponer que habríamos vuelto a mover el  #PrayForLondon o cualquier otro hashtag solidario y emotivo. Nada; es de suponer que hubiéramos llenado de flores la puerta de la mezquita y hubiéramos acudidos a solidarizarnos con ellos. Nada.
Las redes mudas, las gentes mudas y ciegas, la sociedad mirando a otra parte.
Tendríamos que habernos esforzado en demostrar que para nosotros toda vida es importante,que para nosotros todo asesinato es una tragedia y una injusticia, que para nosotros el odio y la violencia religiosa es abominable, que no estamos dispuestos a tolerar que la intransigencia o el odio al islam siegue la vida de personas inocentes. 
En definitiva, que no somos como ellos, como los locos furiosos de la falsa yihad. Pero no lo hemos hecho.
¿Por qué? Porque aunque suene duro y sea -lo reconozco- injusto para muchas personas, nuestra sociedad occidental atlántica no considera a los musulmanes como de los nuestros. Da igual su nacionalidad, da igual que sean pacíficos o no, da igual que sean nativos o inmigrantes, da igual. Los musulmanes no son de los nuestros porque son musulmanes.
Y, como no son de los nuestros, su muerte nos importa mucho menos, de hecho no nos importa en absoluto. Ya sea en Londres o en Alepo, ya sea en Quebec o en Raqa. Y eso no difiere mucho de la construcción mental de nuestros enemigos. 
Una mezquita es atacada cada dos semanas en Reino Unido. Entre 2013 y 2016, se registraron 100 ataques. El 58% de los asaltos denunciados fue contra mujeres. De ellos, en el 80% de los casos, estas llevaban ropa asociada con el islam, como el hiyab o el niqab. O sea que los yihadistas las atacan por no llevarlo y los islamóbos por llevarlo. 
Pero todo eso no genera alarma social por un simple hecho: un islamófobo no es un peligro para nosotros.
Así que a día de hoy los únicos que han demostrado que,como comunidad, como grupo, no son como los yihadistas son los musulmanes que tardaron unos pocos minutos en llenar las redes con reproches al yihadismo, que acudieron a los atentados de Londres a dejarles claro a sus perpetradores que ellos no creían que su religión fuera violencia y muerte.
Nosotros tuvimos ayer la oportunidad de hacerlo y decidimos no hacerlo.

jueves, junio 08, 2017

May o perder Gran Bretaña a manos del falso califato

Un ataque al parlamento iraní en Teherán, un hombre que persigue a martillazos a un policía por las calles de París. Esos antagonistas que apenas comprendemos que se disfrazan bajo los eslóganes fanáticos del falso califato siguen pulsando nuestra teclas, tensando nuestras cuerdas y nosotros seguimos en lo nuestro. Respondiendo como instrumentos bien afinados que tan solo saben interpretar una melodía
Como actores autómatas con un guión programado en nuestras entrañas robóticas, seguimos desgranando uno tras otros los episodios de nuestro drama hacia un final anticipado y que nuestra ceguera nos impide ver o nuestra inconsciencia reconocer.
Durante semanas los locos enfervorecidos por el odio religioso han cargado contra Gran Bretaña como un ariete picto contra la muralla de Adriano: Londres, Manchester, otra vez Londres...
Cualquiera puede ver lo que quieren, cualquiera se da cuenta que las elecciones británicas son el objetivo perfecto, como antes lo hicieran en las francesas, como tiempo atrás lo intentaran en las españolas en el aciago 11M.
Quieren un enemigo fuerte, tan radicalizado como ellos. Y nosotros se lo damos, se lo ponemos en bandeja.
Francia estuvo a punto de hacerlo con Le Penn, aunque la segunda vuelta de las presidenciales galas dio un respiro a la cordura de un país que también había sido sometido previamente a un baño de sangre que no se recordaba en las calles de París casi desde el Periodo del Terror jacobino.
España hace mucho tiempo, cuando la furia sanguinaria aún respondía al nombre de Al Qaeda, estuvo a punto de dárselo si la mala gestión informativa -por no decir directamente las mentiras y las manipulaciones informativas- del gobierno de entonces, acuciado por su necesidad ideológica del enemigo interior nacionalista e independentista, no hubiera llevado el voto hacia el otro espectro electoral.
Y ahora Gran Bretaña se lo pone en bandeja. Teresa May, que piensa en el Brexit, en sus escaños conservadores, en los millones que le puede ahorrar o costar a sus empresas, dice lo que todos los dirigentes del Falso Califato terrorista estaban esperando oír.
Hay que ser más firmes contra el terrorismo "Si nuestras leyes de derechos humanos nos lo impiden, cambiaremos las leyes para poder hacerlo”.
Y los enemigos, los que mantienen esa guerra en mil frentes que nosotros apenas comprendemos porque seguimos empeñados en fijarnos solamente en el fanatismo de los ejecutores en lugar de en los objetivos de los planificadores, dan palmas con las orejas.
Todo movimiento basado en el fanatismo necesita un enemigo fuerte, comprometido en el uso de la fuerza extrema contra él. Lo necesita porque eso le genera más reclutas, más mártires, más combatientes desesperados, más mensajes demagógicos de injusticia -sean ciertos o falsos-, en definitiva, más carne de cañón para su guerra y más retórica barata para su propaganda.
Por eso atacan a Irán o a Turquía, regímenes nada sospechosos de tener reparos éticos a la hora de ejercer la represión; por eso combaten en Yemen o atentan en Arabia Saudí. Y por eso la emprenden a atentados antes de las elecciones francesas o británicas.
Si los hijos de Albión, atenazados por el miedo, votan a May para que cumpla sus promesas de restringir derechos humanos para lograr seguridad, iniciarán un camino que aunque crean que les llevará a sentirse a salvo tan solo significará abrir la puerta a una situación en la que luego les resultará muy difícil recuperar los derechos cedidos.
Porque igual que ocurre en Siria, en Irak, en Afganistán, en Turquía y a partir de ahora con toda seguridad en Irán, en pocos años tendremos que enfrentarnos a dos enemigos: el terrorismo y la represión antiterrorista. Los dos en nuestras calles, los dos en nuestras casas, los dos asediándolos. Y eso es algo que ninguna sociedad civil puede soportar.
La promesa electoral de May demuestra que el Occidente Atlántico ha perdido la capacidad creativa para la solución de problemas, el pensamiento analítico y transversal.
Hemos convertido al terrorismo en una especie de enemigo ex machina ante el que solo cabe una respuesta posible: la fuerza, más intensa y constante que la suya.
Y todo porque no queremos enfrentarnos al hecho de que la forma de desmantelar a ese enemigo, de dejarle sin huestes ni recursos, radica en la economía, en la esencia más profunda de la organización económica del mundo y no en el islam, el fanatismo o la locura.
Y la economía, con Brexit o sin Brexit, es algo que no queremos tocar.
Preferimos caer en el fuego cruzado entre el Falso Califato y Teresa May disfrazada de Adam Sutler -el mítico Líder de V de Vendetta- que renunciar a un sistema económico que basa nuestro bienestar en la vida misérrima de tres cuartas partes del planeta.
Si la promesa de cambiar libertad por seguridad de May activa los sufragios de los votantes ingleses y le da la victoria, habremos perdido Gran Bretaña como, tras la elección de Donald Trump, estamos a punto de perder Estados Unidos.
¡Inglaterra prevalece!

martes, junio 06, 2017

Melbourne, donde los locos solitarios no están solos

El tiempo nos adelanta, nos está superando por los bordes. Sobre todo en esta guerra que mantenemos el Occidente Atlántico contra aquellos que quieren usar al dios y la fe de un puñado de millones de desesperados para volcar a su favor el peso del poder global futuro.
Corbyn pide la dimisión de la Premier Británica, Trump carga contra el alcalde de la capital británica por su condición de musulmán -aunque lo disfrace de otra cosa-, los países y gobernantes del entorno se hacen cruces sobre la seguridad y hacen fila para ofrecer sus condolencias físicas y virtuales... mientras estamos aún con el tiempo congelado en el atentado de Londres, de repente nos llega Melbourne. 
Van demasiado rápido. Nos han obligado a convertir un concierto en homenaje a las víctimas de Manchester en un recuerdo también de las de Londres y, sin tiempo para respirar, nos atacan en Melbourne.
Y de nuevo nos quedamos fuera de juego. Tan fuera de juego que un atentado de ISIS no llena las portadas, no desgrana disquisiciones eternas, columnas de opinión, ni editoriales. Tan fuera de juego que no tenemos tiempo para él.
Es una sola muerte, es en las antípodas, es lejano, es menor... Es prescindible.
Y con eso, con el ataque de Melbourne, aquellos que encabezan la guerra contra el falso califato de la yihad y la sangre le dan al enemigo unas cuantas victorias más. Parece que no, pero se las dan.
La primera es algo que solamente puede definirse como la normalización de la guerra. 
La falta de tiempo, la velocidad de ejecución y consecución de los ataques, lleva a los medios a aplicar en las acciones de los locos furiosos los mismos criterios que en cualquier otra noticia: cercanía, interés, repercusión... 
De pronto es tan normal que se trata como cualquier otra información. No tenemos tantas portadas, tantas cabeceras de informativo, como para destacar todos los atentados, así que es relegado a una página cualquiera de la sección de internacional. A la última posición en la lista de Trending Topics
Como en un parte de guerra se destaca el bombardeo a una ciudad, el ataque a un complejo militar, pero no un intercambio de disparos entre dos patrullas fronterizas o un soldado muerto por un francotirador enemigo mientras patrullaba.
Nos han hecho la guerra normal. La muerte normal. La derrota normal.
La segunda de las victorias en Melbourne va de fronteras. Nos reducen las nuestras y amplían las suyas. Hasta ahora las muertes irrelevantes, de páginas interiores, ocasionadas por el fanático ejército de la falsa yihad eran las que ocurrían más allá de las fronteras del Occidente Atlántico. Irak, Afganistán, Siria... Pero ahora Melbourne también está en esa lista.
Como el antiguo Imperio Romano, aquellos que nos dirigen y nos informan se ven obligados a centrarnos en la metrópoli, en los ejes neurálgicos, y abandonar las fronteras, dar menos importancia a los ataques lejanos y pequeños. 
El miedo nos obliga a retraernos en lo cercano, en lo que creemos controlable. Las fronteras están lejos y el terror nos hace cerrar los ojos o por lo menos minimizar la importancia de lo que ocurre allí.
Y la última de las derrotas es la desaparición de la principal cortina de humo que la seguridad y los gobiernos occidentales han utilizado a lo largo de la historia para calmar los miedos y acallar las conciencias de sus ciudadanos con respecto a la violencia: el fin de la teoría del loco solitario.
Un tipo atraviesa la calle vestido como si fuera a participar en una acción de los Navy seals, dispara y mata a un solo hombre, secuestra a una sola mujer y luego sale de nuevo y dispara a discreción hasta que es abatido. Un solo asesino, un solo asesinado. Pero en realidad no está solo.
El gobierno australiano no puede tirar para tranquilizar a la población de la teoría del loco solitario como se hiciera antaño con Lee Harvey Oswald, con Mehmet Ali Agca, con el asesino invisible de Olof Palme, con James Earl Ray y otros tantos.
No puede tirar de ello porque el autonombrado estado Islámico tarda quince minutos en reivindicar el atentado, en considerar a Yacqub Khayre uno de sus combatientes; tarda un cuarto de hora en decirnos que un solo muerto les vale, que ya no hay locos solitarios a los que recurrir para sentirnos seguros una vez que han sido detenidos o abatidos a tiros.
Así que un solo hombre nos reduce las fronteras, nos normaliza la guerra y nos abre a la cuando menos inquietante realidad de que los locos solitarios ya no están solos.
La sociología y la psicología de la guerra nos da demasiados golpes con una sola bala. Muchas derrotas con un solo muerto.

domingo, junio 04, 2017

Seguridad, miedo y la profecía de Hugo Weaving


La imagen que abre esta reflexión habla por si misma.
Podrían ser los balcanes hace dos décadas, en los años de la locura y la masacre étnica; podría ser Tel Aviv en los peores momentos de los locos bombas de la sangre y la yihad o incluso Chechenia, Ucrania o hasta China, si omitimos los rasgos faciales de los protagonistas.
Pero es Londres. Es Londres anoche. 
Y no es una redada de violentos, ni de hoolligans futbolísticos, ni de manifestantes antisistema. Es una evacuación después de un atentado, el enésimo, el siguiente, el penúltimo, de esos fanáticos manipulados y conducidos por los que están usando a su dios para truncar la balanza del poder global en su favor.
Transeuntes, potenciales víctimas atrapadas en el radio de acción del terrorista, evacuados con la manos detrás de la cabeza, en fila y registrados mientras son evacuados; con los rostros cansados y resignados, sin gesto alguno de contrariedad. Como si fuera normal, como si fuera lógico, como si no hubiera otro modo de hacerlo.
Una imagen que no se veía en Londres desde... nunca. Al menos si no se tiene en cuenta esa maravillosa historia, que está empezando a dejar de ser ficción para convertirse en profecía, llamada V de Vendetta.
Esto no es una crítica al protocolo de seguridad que obliga a hacer eso. Probablemente no haya otra manera de hacerlo si se quiere tener una oportunidad de detener a los culpables. Es solamente una constatación de algo que nos negamos a reconocer: Estamos perdiendo y estamos a punto de perder de forma definitiva.
Por más que se llenen la boca de decir tras cada atentado, tras cada ataque, que los enemigos de la sangre y la falsa yihad no nos van a cambiar la forma de vivir, nuestros gobernantes nos la están cambiando.
Los enemigos del Occidente Atlántico, aquellos que quieren acceder al poder global en sustitución de los que ahora lo ostentan o detentan, siguen diez pasos por delante, siguen logrando de nosotros y de nuestros gobernantes lo que desean.
Ya no se buscan bombas, ya no se siguen los rastros de terribles productos químicos, inmundicias radiactivas o de complejos periplos de armas que llegan desmontadas en contenedores a los puertos de Amsterdam o Bristol. Ahora se nos puede matar con una furgoneta, con un cuchillo, con las propias manos.
Llega la final de la Copa del Rey y se habla de la posibilidad e un atentado en el metro de Madrid; El Real Madrid gana la Champions y se especula con un atentado en Cibeles; el solo susurro de una posibilidad de atentado siembra la histeria y la muerte en Italia entre los que están contemplando como la Vecchia Signora pierde la Champions; se ve circular una furgoneta con demasiada velocidad y la gente busca refugio en los portales o los restaurantes...
El mensaje es claro: "os podemos matar con cualquier cosa, en cualquier momento, en cualquier situación". El perfecto detonante de la paranoia colectiva.
Y la respuesta de nuestros gobernantes es la esperada, en parte por necesidad y en parte -y no poca- por deseo:" control, control, seguridad y control. Debéis soportar ese control para derrotar al terrorismo".
¿Y nosotros? Nosotros nos acostumbramos a ver soldados por las calles o policías dotados de armamento militar que antes nos hubiera puesto los pelos de punta; nos acostumbramos a ir en autobús si se rumorea que habrá un atentado en el metro, a ser evacuados como combatientes vencidos o potenciales enemigos en lugar de como ciudadanos asustados del escenario de un atentado.
Así que, por más manifestaciones, por más discursos y por más hashtags de Twitter que convirtamos en Trending Topic, sí han cambiado nuestro modo de vida. Entre los terroristas y nuestros gobernantes han cambiado nuestro modo de vida.
Nadie dice que no sea necesaria la persecución policial del terrorismo e incluso el enfrentamiento bélico contra los bastiones del falso califato -aunque habría que hablar mucho de los modos y maneras-, pero mientras nuestros gobernantes se empeñen en poner mucho más énfasis en el control de seguridad de la población -aprovechándolo en ocasiones para sus fines- que en la búsqueda y la solución de las raíces que mantienen vivo ese terrorismo, seguiremos perdiendo y seguirán cambiando nuestra forma de vivir y nosotros seguiremos resignándonos a ello.
Y si no trabajamos para evitar eso, si no se lo hacemos comprender a nuestros gobernantes, terminaremos transformando al Hugo Weaving con la mascara de Guy Fox de la ya mítica película de profeta en historiador y viéndonos obligados a hacernos las mismas preguntas que él y darnos las mismas respuestas
“¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Quién es el culpable? Bueno, ciertamente unos son más responsables que otros y tendrán que rendir cuentas. Pero, la verdad sea dicha, si estáis buscando un culpable, solo tenéis que miraros al espejo. Sé porque lo hicisteis, sé que teníais miedo. Y quien no. Guerras, terror, rabia, una plaga de enfermedades que conspiraron para corromper vuestros sentidos y sorberos el sentido común. El terror pudo con vosotros y presas del pánico, acudisteis al actual líder. Os prometió orden, os prometió paz y todo cuanto os pidió a cambio, fue vuestra silenciosa y obediente sumisión.”

Le Penn en Francia, Haider en Austria, Wilders en Holanda, Orban en Hungría...Donald Trump en Estados Unidos 
¿Cuantas veces hemos ya estado a punto de hacerlo o lo hemos hecho ya?


domingo, marzo 26, 2017

Sesgo cognitivo: la dolencia del fanático occidental

Sesgo cognitivo.
Dicho así, a bote pronto, sin anestesia ni nada, hasta parece una de esas enfermedades raras que de vez en cuando asaltan las páginas de los periódicos o las páginas web de noticias. 
Pero no es nada de eso. Es una justificación buscada a  toda prisa para tratar de justificar algo injustificable.
Una mujer con un chador pasa por delante de los heridos de los atentados de Lóndres en Westminster. Es fotografiada como otros muchos, no se detiene como otros muchos. Y esa instantanea es utilizada para clamar contra los musulmanes, para avivar el odio. Para crear ese "ellos o nosotros" que pretende sustituir a la única división justa que debería haber en esta guerra infinita que tenemos encima. "Todos o ninguno".
Y lo peor no es que usen esa foto con ese fin unos millares de arrogantes mezquinos sin cerebro que no tienen ni idea de lo que es la patria por más que se la lleven una y otra vez a la boca y al pecho. Lo peor es que hay medios que, fingiendo denunciarlo, lo asumen; que, aparentando explicarlo, lo justifican.
Y aquí entra en escena el sintagma en cuestión. Eso del sesgo cognitivo.
Han recuperado un concepto antiguo, casi arcaico, de cuando la psicología mantenia que no era bueno decir al paciente que era estúpido aunque ese fuera su único problema, y tiran de él para venir a decir: "No son islamófobos, no pueden evitarlo. Tienen sesgo cognitivo".
Nosotros, ese "nosotros" que los que padecen el sesgo cognitivo utilizan, ¿somos los buenos occidentales atlánticos, preferiblemente blancos y con toda seguridad cristianos, que nos preocupamos por el sufrimiento de los heridos que vemos en la calle, los que defendemos los valores de ayuda de esa fe que se dice que es nuestra tradición?, ¿ese "nosotros" significa que nosotros nos preocupamos del sufirmieno ajeno e intentamos ayudar mientras que a ellos, los pérfidos musulmanes, fanáticos religiosos todos ellos, no les importa el sufrimiento humano en aras de su dios?
¡Mentira! ¡Mezquina, rastrera y vulgar mentira!
Ese "nosotros" ve todos los días morir a gente de hambre a lo largo y ancho del globo, contempla siete años de guerra auspiciada y mantenida por nosotros, observa y conoce el sufrimiento esclavo de aquellos que trabajan en Äfrica, en China o en la India en favor de nuestras empresas y corporaciones... Y no hace nada, pasa de largo, de canal, a otra cosa. 
Ese "nosotros" ve rebuscar a niños, familias y ancianos en la basura y sigue caminando, ve a enfermos sin apoyo, medicinas o gente que pueda cuidarles y sigue paseando sin importarle nada, ve parados arrojados al hambre y a la mendicidad sufriendo la humillación y la agonia de no tener trabajo y sigue su caminar impertubable. 
Ese "nosotros" ve como policías que deberian protegernos hacen saltar ojos de viandantes, pegan palizas a diestro y siniestro y no se detienen a preguntar, ni a ayudar a los que sangran. Siguen su camino no vaya a ser que al final les caiga a ellos que "no han hecho nada"¿A ese "nosotros" se refieren?
¿De verdad alguien va a intentar vendernos que somos una sociedad tan brillante y cuajada de luminosos principios porque cuatro personas ayuden a los heridos de un atentado?
¿De verdad van a ignorar el hecho de que en los atentados de París o de Niza hubo más heridos pisoteados por la gente que quería huir que por los disparos y nadie se paró a ayudar a nadie?
¿En serio quieren que no tengamos en cuenta a todas esas personas que pasan cada día por encima de un anciano que duerme en la calle para sacar dinero en el cajero?, 
¿Realmente quieren que ignoremos en ese "nosotros" a los millones que se paran en una marquesina ignorando el desesperado grito en forma de campaña publicitaria de las organizaciones internacionales, que se muestra gigantesco ante ellos por los muertos de Siria o del hambre o por los refugiados?
¿De verdad quieren que saquemos de la ecuación a los que graban como un hombre pega una paliza de muerte a una mujer en lugar de meterse a evitarlo, o los que cogen con su movil como una madre maltrata a su hijo en un centro comercial en lugar de pararle la mano, o los que se cambian de acera cuando ven a un grupo de descerebrados amenazando o arrancando el hijab a una muchacha musulmana en una calle en lugar de enfrentarse a ellos?
¿Todas esas personas no son "nosotros"?, ¿todos esos que ignoran el sufrimiento ajeno no son "nosotros"?
La sociedad occidental atlántica es la más indolente, irresponsable e insensible del mundo y de la historia -y eso incluye a la siempre nombrada en estos casos decadencia del Imperio Romano, que ya es mucho decir- y es completamente mezquino intentar manipular la realidad para presentar una instantanea como cualquier otra cosa porque todavía quede un puñado de personas entre nosotros que se paren a atender a un herido en la calle.
Y los que estén pensando en argumentar que no es lo mismo todo eso que un atentado que lo hagan, pero lo cierto es que de poco me servirá tal argumento.
Una muerte es una muerte, el sufrimiento es el sufrimiento. Me da igual que sea de hambre, guerra, bomba, atropecho, puñalada, ahogamiento en el mediterraneo, bombardeo en Alepo o cualquier otra forma. No hay escalas de muertes.
Y los que me vengan a hablar de muertes de inocentes tampoco me parece que estén muy bien encaminados.
Ahí si hay un nosotros. Todos nosotros somos culpables. Cada gota de nuestra gasolina lleva una porción de la sangre y el sufimiento de muchos; cada minúscula porción de coltan de nuestros modernos smartphones lleva una gota del sudor esclavo de muchos en varios continentes; cada hilo de algodón o de seda de nuestras sugerentes prendas ínitimas lleva una hebra de explotación y sufrimiento de niñas en Sri Lanka, Burkina Faso o Thailandia; cada café que nos bebemos lleva un grano de trabajo infantil en Sudámerica o África...
Así que en eso sí. En eso hay un "nosotros" y en ese nosotros todos somos culpables.
Por indolencia o ignorancia, por clueldad o desisdia, pero todos nosotros somos culpables de que ocurra y de que no deje de ocurrir.
Por mucho que los medios pretendan edulcorar la estupidez de los que ayer se lanzaron a las redes mundiales con ese "ellos y nosotros" con ese arcaico concepto psicológico del sesgo cognitivo -tan muerto y enterrado como el behaviorismo que convierte al autócrata en asertivo y al estúpido en pasivo-agresivo por no llamarles a ambos por su nombre-, esa locura absurda tan solo tiene un nombre.
Fanatismo.
Porque el fanático es que altera la realidad en favor de sí mismo para no tener que cambiar su modo de pensar; porque elfánatico es que el usa su odio para interpretar el mundo y salir de esa interpretación siempre bien parado y a salvo; porque el fanático es el se arroga el derecho de actuar de un modo que luego considera perverso cuando lo ve o lo cree descubir en otros.
Fanáticos, todos los que retuitearan, dieran un corazón o simplemente asintieran en silencio ante ese tuit perverso y meserable, son fanáticos.
Igual de peligrosos, violentos y fijados en el odio irracional que del más loco de los locos de ISIS. 
Sin justificación ninguna como no la tienen los yihadistas del falso califato. Tan letales y merecedores de castigo y repulsa como ellos. Que matan y claman por la sangre y la muerte igual que ellos cada día.

domingo, enero 15, 2017

Cassandra y el fiscal que desprecia a las víctimas

Hay cosas que normalmente parece que estan claras pero de repente te das cuenta que no lo están tanto, de que, como otras muchas realidades de este mundo occidental atlántico nuestro, se licuan y sus fronteras, antaño definidas, estables y sólidas, se vuelven inestables.
Uno de esos conceptos es la libertad de expresión, sobre todo cuando se pone en relación con ese otro, inventado ad hoc y manipulado en nuestro país hace más de una década, que se ha dado en llamar la "dignidad de las víctimas".
Y Cassandra es el ejemplo perfecto.
Hasta hace unos días Cassandra, conocida en esa red fatua aunque supepoblada llamada Twitter como @Kira_95, era una de tantas que participaba en esos hashtags concebidos como batallas del feminismo español, que subía sus tuits y luego seguía con su vida. Más o menos lo que hacen todos aquellos que dan una cierta relevancia a las redes sociales en su existencia.
Eso hasta que un fiscal decidió pedir dos años de cárcel para ella por subir unos tuits haciendo chistes con el asesinato del General Carrero Blanco. ¿Carrero Blanco?, sí, ¿no se acuerdan? Ese que era Presidente del Gobierno franquista cuando saltó por los aires con su coche. Pues ese.
Y se acusa a Cassandra de humillación de las víctimas del terrorismo. Y esto es lo que resulta aterrador e indignante porque me hace dudar del concepto que este gobierno y sus adlateres ideológicos tienen de "víctima del terrorismo".
Más allá de la semántica estricta indiscutible, que alguien considere a Carrero Blanco como una víctima del terrorismo es un insulto de proporciones desmedidas y de alevosía flagrante contra todos aquellos que fueron asesinados por ETA por negarse a entrar en su concepción fascista y violenta de la independencia de Euskadi, a los que de verdad murieron porque se oponían democráticamente a esa visión.
Carrero Blanco no era una víctima del terrorismo. Era uno de los causantes del terrorismo. 
Carrero Blanco tenía una visión cerril de España y de su futuro que dejaba fuera a cualquier nacionalismo, a los liberales, por supuesto a los "rojos", a los judios -sí, no me he equivocado, a los judíos-... 
Y si resulta difícil de creer, no hay mas que leer alguno de sus discursos. El márxismo, la democracia, el judaismo, el liberalismo, la masonería, el nacionalismo no español... Todos esos eran sus enemigos y el hecho de que los persiguía a sangre y fuego fue el origen de la oposición armada y del surgimiento de grupos como ETA.
Y además Carrero Blanco no fue una víctima del terrorismo, fue un perpetrador de terrorismo. 
Bajo su gobierno y bajo su mando militar se fusilaron, torturaron y represaliaron a cientos sino miles de españoles.
Firmó las sentencias de muerte del Proceso de Burgos, ordenó la represión por la Policía Armada a caballo de las manifestaciones estudiantiles que acabaron con al menos 25 muertos en 1971; incluso participó a través del Caso Matesa en la purga de los pocos aperturistas que existían en el seno de la dictadura franquista.
Así que Carrero Blanco era un terrorista de Estado y murió a manos de unos enemigos que ese terrorismo había creado y que actuaban, se movián y pensaban de la misma forma fascista y totalitaria que él.
Que un fiscal de un sistema de derechos y democrático le considere solamente víctima del terrorismo y le ponga en el mismo saco que aquellos que, concluida la dicatura franquista, se opusieron a ETA -ya sin lógica ni justificación ninguna para su lucha armada- y murieron a manos de su ira absurda y su sinrazón es lo que es verdaderamente un insulto a la dignidad de las víctimas del terrorismo.
Es ese fiscal quien debería ser procesado por humillar el recuerdo de Leguburu, Unceta, Tagle, Broseta, Blanco, Tomás y Valiente, Mújica y otros muchos que se les opusieron democráticamente al meter a un dictador, torturador y asesino en el mismo saco que ellos y no en el mismo saco que los terroristas, que es lo que eran y siempre serán Carrero Blanco y ETA.
¿Los chistes de Cassandra son de mal gusto? Es posible. 
Pero su acusación y proceso no es que sea de mal gusto, es que es un atentado contra la libertad de expresión y sobre todo es un escupitajo en el rostro de todos aquellos que murieron a manos de ETA cuando esta era una amenaza para la democracia, no para la dictadura.

domingo, septiembre 25, 2016

Esos locos que en Siria luchan por la paz

Tardaron unas elecciones, un recuento de votos y unas rúbricas en conceder un Premio Nobel de La Paz a Barack Obama. 
No se sabe si por ser negro y presidente, no se sabe si por prometer que iba a acabar con Guantánamo y no cumplirlo, no se sabe si por firmar un tratado de no proliferación de armas nucleares que solamente suponía deshacerse de lo inútil y anticuado, pero se lo dieron.
Hoy hay otras gentes, otros hombres y mujeres, nominados a ese premio y ya hay gente que empieza a protestar, a quejarse, a torcer el gesto porque no les parece bien.
No lo ven bien porque esos nominados cada día se levantan, buscan una dirección y clavan la cabeza en el suelo para orar a su dios. No es útil, es anacrónico y probablemente sea muy cansado. Pero no hace daño a nadie.
Protestan porque todos los días alzan su voz contra Francia, contra Rusia, contra Estados Unidos, contra el régimen títere y marioneta de El Asad y, claro, para aquellos del evangélico "el que no está conmigo está contra mi" son enemigos. Como todo vasco que quiera ser independendiente es un terrorista etarra, como todo musulman que hable de justicia es un yihadista, como toda mujer que no se conforme es feminista radical y todo hombre que no de la razón en todo a las mujeres es machista.
Y aquellos que no lo ven bien y que protestan no saben o se niegan a saber que esas personas han sido bombardeadas por todos los que arrojan sus cargamentos de furia, venganza y muerte sobre Alepo; que esas gentes han sido ametralladas por todas las facciones imaginables de todos los que en su locura, su ira vengativa y su crueldad comabten en Alepo, Palmira y todas las ciudades que ya casi ni existen del antiguo y verdadero califato.
Son la Defensa Civil Siria.
Cada mañana se levantan, se arrodillan y rezan a su dios porque algo tienen que hacer para mantener la esperanza. Y salen a las calles de las ciudades sirias a quitarles la razón a aquellos que dicen que su religión es guerra, sangre y muerte.
Buscan en los escombros, rescantan combatientes heridos de uno y otro bando, evacuán civiles. Hombres, sean musulmanes o no; mujeres, lleven velo o no. E insultan y llaman asesinos a gritos a los que han acabado con la vida de los niños cuyos cadáveres se ven obligados a transportar. No importa que el asesino sea Al Qaeda, Rusia, Isis, Francia, Estados Unidos o El Asad. 
Reclutados por un gobierno que ahora les da la espalda, adiestrados por unos servicios secretos que ahora les dan caza cada vez que protestan por la muerte indiscriminada, las matatanzas o las limpiezas étnicas que se ocultan tras supuestas ofensivas contra Isis, estas gentes de paz solo tienen un amigo, su pueblo, y muchos enemigos. Lo mismo que su gente, lo mismo que su país. 
Cada mañana se levantan, se ponen un casco en la cabeza y un chaleco antibalas alrededor del pecho y salen a las destruidas calles a quitarnos a todos los occidentales átlanticos la razón.
Por que ellos no creen que "no haya otra forma de luchar contra el terrorismo", porque ellos no creen que el sufrimiento civil, la muerte por hambre del asedio o las bajas colaterales de un bombardeo sean necesarias, sean imprescindibles.
Porque en una guerra que iniciamos hace siglos y que ahora nos estalla en nuestros parques y nuestras casas, en una guerra que cuenta sus bajas por millares, por millones, ellos se esfuerzan por cada vida.
No piensan que una sea despreciable, que una sola bomba no importe, que un bombardeo "accidental" a un hospital o un cuartel de la Defensa Civil pueda quedar impune. Porque ellos no suben una foto de un niño muerto a Twitter mientras otros miles mueren de hambre y de enfermedades y luego pasan la página del periódico para ver porqué se han divorciado Angelina Jolie y Brad Pitt o qué le ha pasado al Real Madrid en Las Palmas donde solo ha podido empatar.
Así que todo aquel que crea que defender la guerra es defender los principos occidentales de libertad; todo aquel que cree que cerrar mezquitas, amedrentar a mujeres musulmanas por llevar velo o mirar a otro lado mientras millones de personas son masacradas por nosotros y nuestros enemigos en Irak, Siria, el kurdistán turco, Yemen... que se plante a una de las devastadas sedes de la Defensa Civil Siria.
Que se ponga un casco en la cabeza y un chaleco en el pecho y mientras les ayuda a rescatar a moribundos de entre los escombros y llevar cadáveres de niños a las morques también bombardeadas les diga que "ese es el camino para acabar con el terrorismo yihadista", que "es la unica manera de evitar la islamización de Europa" o que "la culpa es de los yihadistas que nos han obligado a eso".
Por suerte para la falsa conciencia colectiva occidental y por desgracia para la Defensa Civil Siria el jurado del Premio Nobel de La Paz no está fomado por Montesquieu, Joshua ben Jusseff, Quincy Adams, Diderot, Juasn Bautista, DÁlambert, Muhamad, Thomas Paine y Ṣalāḥ ad-Dīn. Porque si asi fuera desde los padres del estado de derecho hasta el mesias cristiano, desde los padres del estado liberal hasta el profeta del desierto les darían el Premio Nobel de La Paz o lo declararía desierto porque nadie salvo ellos está luchando por la paz, no por la victoria, en Siria.
Y que se lo demos nosotros no vale. Nosotros somos unos de los que les están matando.

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