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domingo, enero 15, 2012

El secreto de Manning y los marines miccionadores


Toda comparación es odiosa o al menos esos dicen. Supongo que es odiosa para quien sale perdiendo en ella o para aquel que no encuentra otra forma de reafirmarse en lo que es que comparándose con los demás. Pero, en cualquier caso, por una vez y sin que sirva sin precedente, estoy de acuerdo con el tópico. La comparación es odiosa.
Al menos la que hace que los tribunales militares estadounidenses, con sede en la Comandancia de Marina de los Estados Unidos en la verde y siempre respetable Virginia, estén en estos días ocupados y en un sinvivir y en una actividad frenética actividad que no se recordaba por aquellos lares desde el juicio de por la Matanza de May Lai -si es que acallo pudo llamarse juicio-.
Pues bien, la comparación nos coloca frente a frente a un individuo con cara de haber perdido su pareja rubia y de traje de predicación adventista los domingos por la mañana y a cuatro individuos que parecen el máximo exponente de los anuncios de gafas de sol para países en guerra.
El uno con un aspecto de pardillo que se equivocó de oficina y acabó reclutado por error por un sargento que cobraba un plus por cada enganche.
Los otros con la apariencia que se suelen gastar todos aquellos que se alejan de su casa y de su rutina para ir al otro extremo del mundo impedir, arma en mano, a otros que lleven a cabo su rutina en sus casas.
En fin, la comparación nos coloca frente a frente, en idéntico banquillo e idéntica situación, al soldado Bradley Manning y a cuatro integrantes del siempre glorioso Tercer Batallón del Segundo Regimiento del Marine Corps, con base en Camp Lejeune, Carolina del Norte -¡Semper Fi!-.
Aunque suene algo duro, algo intenso y quizás demasiado sonoro para lo que realmente es, dado el efecto pernicioso que las imágenes de fusilamientos sumarios han surtido en nuestra imaginación, todos ellos van a ser sometidos a un consejo de guerra.
Y ese es el primer elemento de comparación. EL primero y el único. Porque en todo lo demás podríamos decir que tienen, más allá de las tallas de uniforme, unas pequeñas y sutiles diferencias.
Manning va a ser juzgado por el caso de los famosos cables de Wikileaks. Es decir por haber filtrado -no me extraña que con esa cara de inocente se dejara engatusar por ese aspecto de canosos casi espía trasnochado que se gasta Asante-. Los otros por acciones realizadas durante su servicio en Afganistán.
El uno por ponerse el mundo por montera y poner en conocimiento del mundo entero hasta lo que pensaba Obama cuando se retiraba al excusado o lo que opinaba el embajador de Estados Unidos ante la Santa Sede sobre la ausencia de cine porno en la televisión por cable vaticana.
Resumiendo, por cagarse en su juramento de confidencialidad y de no revelar secretos.
Los actos de los otros son más simples y quizás nunca los hubiéramos sabido si con esto de Wikileaks no se hubiera puesto de moda eso de revelar cosas secretas del ejército estadounidense. Así que, a lo mejor, si se declara culpable a Manning a ellos se les tenga que declarar inocentes.
Los otros simplemente fueron a Afganistán y tras matar a algunos talibanes -única veda que queda abierta por aquellas tierras, en esta época del año- se mearon en ellos.. Simple i directo, así como suena. Se sacaron sus partes pudendas y se orinaron encima del rostro de unos cuantos talibanes a los cuales habían acelerado -probablemente con razón- el camino al paraíso.
El uno defecó en su reglamento de forma figurada y los otros miccionaron en su enemigo de forma literal.
Ambos comparten el recurso a la escatología más básica y primaria y el hecho de que ambos van a ser objeto del interés de un auditor militar. Ahí acaba todo parecido entre ambos.
Porque las diferencias comienzan a imponerse a las semejanzas. Uno es un traidor con todas las letras. O lo será si le declaran culpable, Ha mostrados las verdades de su nación al descubierto -que no eran mentiras, lo cual probablemente hubiera sido menos grave- y la ha traicionado. La ha colocado en una posición de gran riesgo y resulta lógico que todo su país se avergüence de él.
Cualquiera diría que le ha entregado las claves de acceso a todos los bastiones armados de los estados unidos allende sus fronteras a los Martiries de Al Aqsa o a Hamás o la siempre temida y temible Al Qaeda.
Cualquiera  diría que lo que ha entregado no han sido una colección de opiniones diplomáticas -que por diplomáticas no hubieran tenido que ser extemporáneas ni insultantes- y una colección de pruebas de hechos ya consumados de los que todos teníamos serias dudas sobre las versiones vertidas por el Gobierno de los Estados Unidos de América.
El uno es la quinta esencia de la perversión y ha traicionado la misión para la que le entrenaron, el trabajo que le encomendaron y la confianza que el pueblo americano -el pueblo americano siempre termina siendo sacado a colación en estos casos-.
Es un traidor porque si su gobierno había decidido mentir y engañar, manipular y guardar en secreto acciones ilegales y éticamente dudosas era por el bien de la nación. Y aunque estaba mal hacerlo, él no era quien para sacarlas a la luz.
Por eso Bradley Manning será juzgado por traidor a la patria. No por revelar documentos secretos, no por incumplimiento del reglamento de Marines. Será juzgado por traición y el fiscal pedirá para él la reclusión a perpetuidad en el nada exótico pero siempre citado penal de Fort  Leavenworth.
Porque encima, para ahondar más en la vergüenza que ha originado a su nación, el soldado Manning es homosexual - o se lo parece a su sargento, que nunca se sabe, estos chicos del los Marines tiene bastante alto y agresivo el listón del a masculinidad-. Y allá en los felices años de su destino en Irak, eso estaba prohibido en el ejército de los gendarmes de la libertad planetaria.
Así que, si todo va como el auditor militar quiere, Nanning se pudrirá en prisión hasta la muerte.
Esa sentencia, dura en extremo pero ajustada a derecho, supongo que servirá de escarmiento a todo aquel que vuelva a sentir la tentación de filtrar o hacer públicos conocimientos que todos deberíamos tener -sobre todo los ciudadanos estadounidenses, ya se sabe, el pueblo americano ese que tanto se llevan a la boca, el que se avergüenza de Manning-.
Y eso me hace temer por la suerte de los otros, de los cuatro miembros del 3er Batallón del Segundo Regimiento de Corps de Marines -¡Uaaa!-, cuya identidad se preserva en estricto cumplimiento de las normas de enjuiciamiento hasta el momento del proceso -¡Anda, ¿cómo es que conozco el nombre de Bradley Manning?!-. En un país en el que existe la pena de muerte en su ordenamiento civil y militar temo que los coloquen atados a un poste en mitad de una pista fuera de uso de la Base Aérea de Andrews y dice tiradores de élite den cuenta de sus vidas para mayor gloria de la dignidad y el honor del ejército de Los Estados Unidos de América.
Pero me relajo y tranquilizo cuando me doy cuenta de que no va a ser así. El auditor -otro auditor militar- pediría para ellos entre uno y tres años de cárcel y la licencia con deshonor por conducta impropia de un Marine.
Ellos sí que cumplieron con su deber. Ellos son buenos chicos que combatían el mal y que por causa de la presión bajo el fuego hicieron algo que está mal, vale, pero que no puede ser considerado una traición a su patria.
Al fin y al cabo se mearon en el enemigo, no en la bandera estadounidense. Al fin y al cabo estaban allí arriesgando su vida para acabar con el terrorismo y para hacer de este mundo un lugar mejor bajo la vigilante y amorosa mirada del gobierno estadounidense.
Menos mal. Es un alivio.
Porque esos pobres chicos que orinaron encima de unos cadáveres no han traicionado la misión que les encomendó su gobierno de proteger a la población afgana y de tratarla con respeto y dignidad, no han traicionado las Reglas de Compromiso firmadas por su ejército que les obliga a tener una actitud decorosa para con los caídos de ambos bandos.
Ellos no han traicionado y avergonzado a su país -o por lo menos a todos los que tengan dos dedos de frente en su país- haciendo que el mundo les vea como bestias inhumanas incapaces de bromear junto a un cadáver y de encontrar placer en humillar a alguien que ni siquiera puede percibir esa humillación.
Ellos no han faltado a su juramento de respetar la dignidad del ejército americano al mostrárselo al mundo como una colección de bestias inhumanas con gafas de sol de temporada que hacen con sus enemigos vencidos lo que ni siquiera hacían los atrasados guerreros medievales. Ellos han cumplido con el deber de todo soldado de defender la dignidad y el honor de su ejército en la batalla y fuera de ella. Ellos no son traidores. Un poco maleducados para servir en el ejército quizás, pero no traidores.
¿Traidores a su país por dedicarse a hacer algo que pone en peligro su misión y que puede acarrear repercusiones y represalias de los locos furiosos del yihadismo?, ¿traidores a su ejército por dejarle por los suelos y comprometer sus actividades militares en otras partes?, ¿traidores a su pueblo por demostrar que el dinero que sale de sus impuestos se dedica a pagar a psicópatas que cometen atropellos por diversión y atrocidades por aburrimiento?
Traidores a la humanidad por orinar encima del rostro de un cadáver. Es que ¿es necesario decir más?
Pero mi indignación por la comparativa entre Manning y los anónimos miembros del Tercer Batallón del Segundo Regimiento de Corps de los Marines muere en sí misma, fenece en su inicio porque no encuentro culpable de esa atroz legislación, de esa cruel y absurda dicotomía. Miro a los Marines y no les hallo culpables, miro al ejército en general y tampoco le percibo culpable, miro al Gobierno de Estados Unidos y tampoco interpreto culpabilidad en sus acciones.
No veo un culpable de que Manning vaya a pudrirse en la cárcel por revelar la verdad a su propio país -no al enemigo- y estos tipos estén antes probablemente de que se enfríe el conflicto brindando hasta el coma etílico con los colegas en un pueblo de Kansas o de Carolina del Norte, recordando sus orgullosas acciones en la campaña de Afganistán.
No veo un culpable. Veo demasiados. Nos veo a todos. Por lo que se ve también un ejército es el reflejo de como es el pueblo que lo sustenta. Y así somos nosotros.
Somos capaces de condenar de por vida a cualquiera que nos diga lo que no queremos oír. Que airee los secretos a los que no tenemos derecho. Somos capaces de odiar y desear la peor de las suertes a cualquiera que diga la verdad si esta nos perjudica, si esta no nos deja seguir con nuestras mentiras, con nuestras ocultaciones, con nuestras venganzas.
Da igual que lo que diga o lo que muestra sea necesario, da igual lo que haya hecho o dejado de hacer. Condenamos sin pudor y sin vergüenza a todo aquel que saque a la luz nuestras miserias, nuestras delaciones, nuestras incompetencias, nuestras traiciones.
Por mucho que le hayamos querido, por mucho que la hayamos llamado amigo o compañero, en cuanto hace algo que nos deja en entredicho. En cuanto expone una verdad que demuestra que lo que hemos hecho no está bien, no es adecuado, le mandamos a Fort Leavenworth por la vía rápida.
En cuanto alguien cuestiona nuestra falsa percepción de que somos intachables y perfectos clamamos -y damos si podemos- por una sentencia ejemplar. No sentimos traicionados aunque en realidad seamos nosotros los que estábamos traicionando aquello que se suponía que teníamos que realizar, que teníamos que creer, que teníamos que amar. Olvidamos que la lealtad es recíproca, que en la verdad no hay traición. Olvidamos que la realidad no puede ocultarse por el simple hecho de que quedemos si se muestra.
Y, por supuesto también disponemos todos nosotros, habitantes occidentales atlánticos del orbe, de unos cuantos fusileros del Tercer Batallón del Segundo Regimiento de Corps de los Marines.
Esos a los que dejamos hacer cualquier cosa, a los que dejamos desmandarse, a los que dejamos atentar contra la dignidad, contra la tranquilidad, de otros simplemente porque son de los nuestros. A los que damos una pequeña reprimenda sonriente o ni siquiera eso porque son amigos. Porque son los que nos regalan el oído, los que nos hacen el trabajo sucio. Son aquellos que responden cuando queremos sentirnos en compañía y que nos dicen siempre que tenemos razón.
Son aquellos que, hagamos lo que hagamos, nos pasan la mano por el hombro y nos dicen lo que queremos oír. Y por eso, tendemos a explicar, a comprender, a perdonar, todos sus desmanes siempre que no sean con nosotros, claro está. En lugar de afearles su conducta se la escondemos, en lugar de recriminarles, asentimos asertivamente a sus explicaciones. les justificamos, les comprendemos porque no son mala gente. No pueden serlo si son mis camaradas y están de acuerdo conmigo ¿no?
Y por ese plausible motivo convertimos sus delitos en faltas, sus desmanes en errores, sus atropellos en deslices, sus irresponsabilidades en inocentes olvidos. Rebajamos sus condenas cuando llegamos a aceptar que las merecen e inventamos atenuantes y justificaciones para cada de una de sus acciones malintencionadas, para cada vez que se muestran al mundo como las personas que realmente son.
Porque, como le pasa a la neumática Demi Moore y el pueblo de los Estados Unidos con lsus marines de Corps. les necesitamos en el muro que nos protege. Porque queremos que sigan ahí junto a nosotros para asentir cuando hablamos, para obedecer cuando ordenamos. Para sujetarnos el espejo de nuestro egoísmo y nuestro miedo cada vez que queremos mirarnos en él.
Necesitamos que nos protejan de la necesidad de enfrentarnos a nosotros mismos.
Es ese vicio el que hará Manning se pase el resto de su vida entre rejas por decir la verdad y los chicos de las Corps de Marines se vayan de rositas.
Porque ni el ejército de los Estados Unidos, Ni Barak Obama, ni la OTAN, ni la Auditoría Militar, ni la población estadounidense, ni ninguno de nosotros estamos dispuestos a aceptar los verdaderos términos de los cargos, estamos dispuestos a asumir el doloroso trabajo de pensar en contra nuestra y de anteponer los hechos y la realidad a nuestras percepciones, nuestras necesidades, muestras camaraderías y nuestras amistades.
Porque tendríamos que aceptar muchos cambios en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestras compañías y amistades, en nuestros amores, si aceptamos que revelar secretos al país propio diciendo la verdad solamente podría considerarse como una conducta impropia de un marine y orinar en el rostro de un enemigo es a todas luces y sin paliativo alguno una traición a la humanidad. Aúnque lo hagan los nuestros.
Y ahora no estamos para cambios. Ni ahora, ni nunca.

lunes, septiembre 05, 2011

Wikileaks, la fuente y la defensa occidental del miedo

Hay principios y elementos que se antojan sacrosantos, incuestionables, como lo era, antes de Lutero, la virginidad de María; como lo fue, después de Einstein, la linealidad del tiempo. Una de esas máximas imposibles de contradecir en el mundo de los medios de información -que de comunicación nunca fueron- es la protección de las fuentes.
Pero ahora, de repente, ese axioma de existencia inegociable se nos vuelve custionable, se nos pone en entredicho. Como el desliz evángelico de Juan hiciera con la honrra de la madre nazarena, como la persistente investigación de Plank hiciera con la recta del tiempo.
Y lo hacen aquellos que hace unos meses eran el paradigma periodístico, los defensores de la verdad, los que eran defendidos y defendibles como los paladines de la claridad y la transparencia.
Lo hace Asange, el creador de Wikileaks que cometió el pecado nórdico de fornicar sin preservativo.
De repente dice que va a publicar los cables, los famosos cables filtrados de la diplomacia estadounidense, de forma integra y sin proteger a las fuentes.
Y los medios escritos y virtuales -que también son escritos, no lo olvidemos- lo lamentan, lloran, patalean, se indignan.
Los mismos que multiplicaron por diez sus entradas gracias a espacios especiales en sus webs con enlaces a Wikileaks, los mismos que vertieron ríos de tinta cuando los gobiernos lo querían cerrar, los mismos que aprovecharon el filón para dar material a sus columnistas y a sus foros de debate, ahora les vuelven la espalda, publican reportajes misteriosos sobre la mutación que Wikileaks ha experimentado, que casi la ha transformado en una secta. Cargan a sable y alabarda, escudados en misterio incuestionable de las fuentes, contra Asange y los suyos.
No voy a decir que no tengan razón, no voy a defender a Asange, no voy a especular sobre si ese vicio estadounidense de sectarizar las organizaciones ha contagiado o no a los chicos de los cables secretos. Pero mi vicio de la pregunta y la respuesta me lleva al daño colateral, a preguntarme sobre el mandamiento divino de la protección de las fuentes.
Se da por sentado que la protección de las fuentes beneficia a las fuentes. Y parece una perogrullada que no merece explicación.
Impide que las presionen, dificulta que las amenacen, pone serias trabas a aquellos que quieran recurrir al repetido y recurrente modus operandi de lograr el silencio cerrando la boca del que habla. Cerrándola para siempre, claro está.
Pero, en realidad, a los medios de información eso no les importa lo más mínimo. Nunca les ha importado.
Eso les importa a los fiscales, a los enjuciadores, a los policías que investigan, a las comisiones gubernamentales y a todos aquellos que buscan el castigo a los culpables de los delitos o faltas que denuncian las fuentes ocultas, los informadores anónimos o los testigos protegidos.
Si los medios se preocuparan altruistamente por la vida de aquellos que denuncian falsedades, delitos o faltas, si estuvieran realmente pendientes de su seguridad, no publicarían los nombres y apellidos de miles de activistas que no se ocultan en países donde no ocultarse es una temeridad.
Esconderían, aunque no se lo pidieran, las identidades de personas que dan la cara con nombres y apellidos en rincones del mundo donde es un riesgo dar la cara.
Los medios de información defienden la protección de las fuentes, su secreto, sus listas secretas de informadores para protegerse a sí mismos, para proteger su actividad, para reservar su derecho inviolable a no tener fuentes.
Porque un sistema de fuentes abiertas e identificadas -no digo de fuentes publicadas- hubiera hecho imposible el fiasco de News of the World, hubiera hecho imposible el escándalo de pagos, sobornos y escuchas con tal de lograr información.
Porque el soborno ha de ser secreto, porque el pesebre ha de estar oculto. Porque la protección de las fuentes es la única manera de obtener información de forma ilícita.
Y realmente eso es lo que les preocupa.
Porque un sistema de fuentes identificadas destruiría el emporio mediático actual desde el periódico más serio al programa vespertino de víscera y cotilleo más cochambroso. Porque aquellos que se formaron y forjaron para la información pública han basado los pilares de su existencia en una sola cosa: el secreto.
Identificar a las fuentes supone que las audiencias y los lectores tienen argumentos para pensar. No tienen la obligación de creer a pies juntillas los evangelios infromativos que los medios les presentan.
Porque los consumidores de excrecencias televisivas podrían darse cuanta de que un matón de discoteca no tiene modo de saber quién se acuesta con quién, de que un portero de urbanización no es fiable a la hora de afirmar que no sé quien pega a no sé quien otra u otro, de que las afirmaciones categoricas provienen de fuentes que sólo recogen los rumores escuchados en conversaciones de borrachos, en intercambios de libaciones nasales en el baño o en apariciones furtivas en reservados de sexo y coca.
Porque dejaría a las claras que nadie sabe en realidad de lo que está hablado y habla por hablar en la esperanza de que nadie le pregunte cómo lo sabe y en la certeza de que, si alguien lo hace, siempre podrá recurrir al inexcusable mandamiento de las protección de las fuentes.
Y eso sólo con respecto a ese subproducto periodístico llamado prensa del corazón que no es otra cosa que el resultado ineludible que del otro subproducto que nadie quiere reconocer que se ha dado en llamar Civilización Occidental Atlántica.
Pero para los medios que se consideran y son considerados serios -¡que quién sabe si lo son en realidad!- el problema es mucho mayor. Es irresoluble. Es infinito. Tan infinito como nuestra indolencia. Tan irresoluble como nuestro miedo.
Porque en ese caso, en la hipótesis aciaga de que el secreto de las fuentes no sea incuestionable, los medios y sus sociedades se verían obligados a hacer dos cosas que ya no saben hacer; a recuperar dos instintos humanos que se han anquilosado en el occidente atlántico a fuerza de no usarlos, de eludirlos, de cercenarlos, de esconderlos, de evitarlos.
Si las fuentes no están protegidas tenemos que currar y tenemos que pensar. Y eso no mola.
Porque se acabaron las miriadas de documentos sobre casos de corrupción, sobre escándalos financieros, sobre tramas políticas, recibidas por correo electrónico sin necesidad de buscarlas, explicadas por terceros y seleccionadas por nuestras fuentes.
Porque se terminaron los sumarios judiciales recibidos bajo cuerda, las sentencias adelantadas, las confesiones filtradas, los interrogatorios cargados en pen drives y sacados del juzgado..
Porque se acabaron las filtraciones de gente que ya no está protegida, de la que se va a conocer su nombre.
Nos podrán poner en la pista, nos podrán dar la llave de la caja de los truenos. Pero nosotros, los que decimos que informamos, tendremos que ir a los registros mercantiles, a los archivos municipales, a las secretarías judiciales a buscar los documentos que sean la prueba de lo que decimos. Tendremos que levantar el culo de nuestras sillas ergonómicas y patear las calles, las empresas.
Tendremos que hacer el esfuerzo de probar lo que otros, nuestras fuentes, nuestros confidentes, nos dicen. Y demás tendremos que saber interpretar los datos que descubramos.
Porque será la única manera de no tener que recurrir a su nombre para hacer pública la información y poder seguir manteniéndoles en nuestra nómina de informantes.
Así que el periodista, el medio de información, tendrá que hacer algo que ha olvidado hacer, algo que no se hace desde los albores del periodismo de investigación, desde el Watergate, desde el principio de los tiempos periodísticamente hablando: dedicarnos a contar lo que sabemos que es verdad, no a contar lo que alguien nos ha dicho que es verdad.
Y los demás, el resto de la sociedad, lo va a pasar mucho peor.
Si los periodistas tendremos que superar la indolencia, algo que se ha vuelto irrenunciable para muchos, los demás tendrán que superar una barrera que nuestro egoísmo y nuestra soberbia nos hace imposible atravesar: el miedo.
Porque, desde ese momento, para sentirse a gusto consigo mismo, para conseguir que triunfe nuestra verdad, nuestra justicia, tendremos, con nuestra actitud, que demostrar que es la verdad. Tendremos que dar la cara.
Tendremos que arriesgarnos públicamente por aquello en lo que creemos, por aquello que consideramos que es necesario, por lo que considamos justo. Ya no podremos refugiarnos en las profundas sombras del secreto de las fuentes para no poner en riesgo nuestro puesto, nuestro futuro o incluso nuestra vida.
Ya no podremos jugar la juego que se inventó la sociedad occidental atlántica de ganar sin riesgo, de denunciar sin publicidad, de conseguir un fin -por muy justo y necesario que sea- sin arriesgarnos, sin asumir las consecuencias de nuestros actos y decisiones. Sin crecer como individuos y como sociedad.
Ya no podremos vindicarnos y revindicarnos interiormente sin arriesgarnos exteriormente; ya no podremos lavar nuestra conciencia sin exponer nuestra imagen, nuestro futuro e incluso nuestra vida. Ya no podremos ser inocentes sin haber reconocido que forrábamos parte de los culpables.
Y eso nada tiene que ver con Asange, Wikileaks, los cables diplomáticos, los medios de información, el periodismo o la protección de fuentes.
Eso solamente tiene que ver con la indolencia que nos está imposibilitando sobrevivir como sociedad y con el miedo que nos impide progresar como individuos. Sólo tiene que ver con nosotros mismos.

miércoles, enero 19, 2011

El Grial del secreto bancario arde en llamas

Los mitos caen. Quizás por eso son mitos. O quizás lo son porque se convierten en mitos desde el momento en que sabemos que están llamados a caer cuando la necesidad les hace innecesarios y la realidad les transforma en molestos.
Pero el hecho es que los mitos caen. Como cayeron en la Antigua Grecia, como cayeron en el imperio -el único que, en la historia occidental, puede ser considerado como tal-, como cayeron en el milenarismo medieval y como lo hacen en los días de la Civilización Atlántica.
Los mitos caen por una tontería, por una insignificancia. Como lo hizo Aquiles por la parte más nimia de su cuerpo, como lo hizo Julio César por el integrante menos relevante de su estirpe, como lo hizo Camelot por el más joven e inexperto de sus enemigos y como lo hace el secreto bancario por una pequeña mosca cojonera llamada Wikileaks.
El secreto bancario es el mito y el rito más importante del sistema financiero que ha mantenido ese sistema económico que ha permitido sobrevivir a la sociedad occidental. El sistema que la ha permitido comer todos los días, que la ha posibilatado sobrevivir a sus ciclos y que la ha llevado al lugar en el que está ahora: al borde del colapso definitivo o de la enesima reconstrucción completa.
Los habrá que digan que el secreto bancario es necesario, es un derecho, es una necesidad ética de un sistema que juega y arriesga, que guarda y potencia,el dinero de otros. Y yo no voy a quitarles la razón. Y los habrá que piensen que Assange y su Wikileaks tienen mucho que ocultar, mucho que callar, mucho de lo que responder. Y tampoco voy a decir que no.
Pero ese no es el asunto. El asunto es el secreto.
Más allá de lo que es y de lo que fue, el secreto bancario se ha convertido en una laguna ética con las dimensiones de un agujero negro. Puede ser que fuera creado para que los estados no pudieran meter mano impunemente en los dineros privados, pero ahora es la principal arma delictiva del mundo.
Puede ser que yo tenga derecho a que nadie sepa cuantos recibos de la luz me veo obligado a devolver a fin de mes, puede que tenga derecho a que nadie sepa cómo muevo mis dineros, qué pagos hago con ellos o en qué dia empiezo a tirar del crédito de mi tarjeta. Pero ese no es el problema.
Los grandes adalides del secreto bancario, los inmarcesibles financieros de la Confederación Helvética, los elegantes cambistas del Principado de Luxemburgo y los bronceados banqueros de Caiman Brac no se dedican a protegernos contra las más que desmesuradas reclamaciones financieras de nuestras ex mujeres, contra los pufos económicos de nuestros ex maridos ni contra el control de nuestros dineros por nuestros familiares. Se dedican a delinquir.
Eso, y sólo eso -no Wikileaks, no la falta de ética, no la ilegalidad- ha hecho caer el mito del secreto bancario. Eso y la realidad. La realidad es una bofetada en el rostro de un sistema que sacraliza libertades isacralizables, mientras niega libertades básicas.
Los estados, que pagan por Ops. Negras a mercenarios internacionales, tienen cuentas cifradas; los dictadores, que sacan todo el dinero que roban de su país, con la aquiescencia de ese occidente que habla y escribe de derechos humanos, tienen cuentas cifradas; los dlincuentes internacionales, que matan en las calles a niños con la droga o que asesinan por dinero con un rifle de precisión, tienen cuentas cifradas, las empresas, que desvían ganancias y que realizan ventas prohibidas, tienen cuentas cifradas, los defraudadores tienen cuentas cifradas, los estafadores tienen cuentas cifradas, los ladrones tienen cuentas cifradas, los políticos corruptos tienen cuentas cifradas, el pelotazo tiene cuentas cifradas, la burbuja inmobiliaria tiene cuentas cifradas, la compra de votos tiene cuentas cifradas, las comisiones ilegales tienen cuentas cifradas, los traficantes de drogas armas y mujeres tienen cuentas cifradas.
El secreto tiene cuentas cifradas.
Y eso es lo que le ha hecho caer como mito de libertad inalienable. Porque ese mito del secreto -llamado intimidad en nuestros tiempos y nuestros espacios- ha sido pervertido, ha sido transformado, ha sido mal utilizado en todos nuestros ámbitos vitales, sociales y políticos. Como ocurre siempre, como ha ocurrido con los mitos desde el principio de los tiempos.
Como el mito de la invencibilidad de Aquiles sirvió para ocultar que violaba esclavas, que arrastraba cadáveres, que mataba por causas injustas; como el mito del valor de Julio César impidio ver que atravesar el Rubicón con sus tropas era heroíco pero ilegal, que Pompeyo tenía razón, que Bruto y Casio defendían La República. Como el mito del buen reinado de Arturo nos impidió ver su falta de gobierno, la imposición de su locura religiosa del Grial, su incapacidad para separar sus necesidades maritales de sus exigencias como monarca.
Los mitos del secreto bancario, del secreto de Estado, del privilegio abogado cliente o de cualquier otro secreto inalienable e indiscutible, no caen por lo que deberían haber sido. Ni siquiera han de caer por lo que son hoy en día.
Han de caer -y eso significa, cuando menos, reestructurarse y replantearse- por lo que somos nosotros. Por el modo en el que los hemos utilizado y cómo nos hemos aprovechado de ellos.
Algo que se nos concedió y que nos concedimos como forma de defensa ha sido utilizado para hacer todo aquello que nos avergonzabamos de hacer, que sabiamos que no deberíamos hacer -aunque pudieramos hacerlo-, sin correr el riesgo de ser criticados por ello. Han sido usados para lograr que no existiera posibilidad alguna de que los implicados y los perjudicados por nuestros actos pudieran protestar y ni tan siquiera opinar sobre ellos. Para acallar nuestras conciencias y esconder nuestra falta de escrúpulos.
Hemos usado el secreto para perjudicar a otros en la esperanza de que no se dieran cuenta de que eran perjudicados. Para perjudicarnos a nosotros mismos en la bana espera de que nadie pudiera criticarnos con ello. Hemos utilizado el secreto para ser lo que no renonocemos ser sin que nadie se entere de que lo somos.
Y por eso, nadie ahora puede hacer nada contra la caída del mito del secreto bancario de cualquier otro secreto, que Wikileaks -de forma cuestionable o no- derriba, cercenando de un tajo público y notorio sus pies de barro. Nadie puede acusar de ilegal al que demuestra que ellos han sido ilegales. Nadie puede tirar de ética para defender su previa falta de idéntico concepto.
Todos hemos pervertido el mito y por eso tenemos que mantenernos callados cuando Paris, de una forma cobarde, asaetea su talón, cuando Bruto, de manera aún más rastrera, apuñala su espalda, cuando Mordred, de forma enloquecida, incendia su castillo. Cuando Rudolf M. Elmer, entrega a Assange el soporte informático con las operaciones financieras de dos mil cuentas cifradas.
Puede que el sistema financiero dependa del secreto bancario, puede que la Seguridad Nacional dependa del secreto de Estado, puede que la aplicación de la justicia dependa del privilegio abogado cliente y puede que nuestra intimidad dependa del secreto privado y general. Es una forma de verlo.
Otra linea de argumentación es pensar que, si todos esos ámbitos dependen del secreto, quzás deberiamos idear otro sistema financiero, otro concepto de Estado, otra froma de aplicación de la justicia y otra manera de vivir nuestras vidas.
Independientemente de Wikileaks, independientemente de las filtraciones ilegales. Independientemente del secreto. 

miércoles, diciembre 22, 2010

Escondidos tras los ojos de nuestro Avatar -The War after Wikileaks-

Alguien que sabe de muchas cosas, porque tiene el maldito defecto de pararse a pensar en casi todo, escribió en su espacio reservado del vacío que vincula que nos habíamos precipitado sin querer en la guerra del siglo XXI.
No le faltaba razón -como casi siempre-, pero me veo obligado a matizarle -también como casi siempre-. No nos hemos precipitado en la guerra del siglo XXI. El siglo XXI se ha arrojado, sin pensarlo y sin saberlo, en los brazos de la guerra de siempre.
Cambian los campos de batalla, cambian las armas, cambian posiblemente los contendientes, las alianzas y las estrategias. Pero la guerra es la misma de antaño. La misma que combatieron Wellington y Napoleón, Pompeyo y César, Rommel y Montgomery. Pese a lo que parezca, es la misma guerra porque el objetivo es el mismo, el premio es idéntico y  los mecanismos son absolutamente iguales.
Puede que la guerra del siglo XXI se dirima en las redes virtuales, se combata en los servidores seguros y se arme con bots cibernéticos, programas espía, troyanos y saltaclaves que ejecutan ciegamente y sin posibilidad de sedición ni deserción las órdenes de sus generales. Pero el objetivo es el mismo: la victoria, no la paz. El premio es idéntico: la riqueza, no el reparto. 
Y los mecanismos son absolutamente iguales: el control y el dinero, no el convencimiento y la justicia.
Pero he de darle la razón a aquellos que afirman que es una nueva guerra, no sólo en la forma sino en el fondo. En esta se utiliza una herramienta radicalmente diferente. No es Internet -guerrear en las lineas de flotación económica del enemigo no es nada nuevo, intentar controlar el flujo de información no es nada sorprendente, recurrir a la propaganda no es, ni mucho menos, una idea original-.
El arma que ha cambiado la guerra en este siglo es el Avatar.
El avatar perimite actuar en múltiples frentes no sólo con estrategias distintas, no sólo con armas diferentes, sino con objetivos radicalmente opuestos, con principios absolutamente divergentes entre sí. El avatar ha hecho absolutamente innecesaria la mentira, la ocultación, las operaciones encubiertas. El avatar nos lanza a la guerra total.
Así, el gobierno de los Estados Unidos puede votar hoy -y probablemente aprobar- una ley que obliga a los proveedores de conexión a no discriminar los contenidos de sus competidores en su ancho de banda.
Y puede hacerlo en defensa de la libre competencia, de la transparencia, del beneficio de los usuarios. Puede hacerlo sin pudor porque para ello utiliza un avatar diferente al que ha dibujado para bloquear el acceso de Wikileaks a Amazon y a AOL, al que ha movido para sacar a Assange de Paypal, al que ha activado para que su Fuerza Aérea -¡¿qué tendrá que ver la fuerza aérea con todo esto?!- persiga y derribe sistemáticamente los servidores espejo privados que albergan los contenidos de la ya tristemente famosa página de filtraciones diplomáticas.
El mecanismo es sencillo. Creo tantos avatares como necesite, me sitúo tras de ellos y los utilizo en las diferentes operaciones como si fueran combatientes distintos, ejércitos diferentes. Nadie puede criticarlo, nadie puede oponerse. Internet lo permite e Internet debe ser libre ¿no?
Eso permite al gobierno de Obama utilizar un avatar para criticar -física y virtualmente- el férreo control de la disidencia y de sus contenidos que China ejerce sobre Internet, la nueva legislación que Hugo Chávez -¡quién diría que Chávez sabría siquiera lo que es Internet- impone en la red venezolana en beneficio de su poder y de su ego. Le permite hacer todo eso sin caer en contradicción  ideológica alguna con la persecucion, el acoso y el derribo de Wikileaks. Son avatares diferentes. Asunto concluido.
Eso permite al místico  dictador bolivariano -hace tiempo que ya es un dictador, aunque use un avatar diferente- airear a los cuatro vientos los papeles del Cablegate que dejan la imagen diplomática de Estados Unidos a la altura del betún. Y hablar de la represión capitalista y toda la lista de jeringoncias que se le ocurren en sus eternos discursos y sus infumables espacios televisivos, mientras diseña una ley de control de Internet para que la libertad de Internet no le cause a él los mismos problemas con la oposición. Avatares diferentes, estrategias diferentes, principios diferentes. No hay problema.
Eso permite a los mulahs y allatolahs iraníes subirse cada viernes a los púlpitos para clamar contra el diablo occidental, cercenar el acceso de su población a la información y los contenidos del vacío que vincula y utilizar conexiones de banda ancha y velocidad satelital -¡que hermosa palabra sudamericana, satelital!- para difundir cortinas de humo y montajes de vídeo en formato avi de alta resolución sobre sus falsos juicios, sus medievales condenas y sus salvajes lapidaciones. De nuevo, el avatar cambia de rostro y el contendiente cambia de bando a voluntad.
La guerra del Avatar posibilita, en este nuevo siglo que lo seguirá siendo hasta dentro de mucho tiempo, cambiar de estrategia y de principios a voluntad.
Hace posible que Israel exija a servidores suizos y belgas que no alberguen páginas islamistas o que cierren enlaces de revisionistas alemanes y austriacos que niegan la innegable realidad del exterminio nazi. Y lo hace mientras se queja de que las comunidades musulmanas de Francia y Holanda pidan idéntico trato con las páginas del sionismo europeo, que les califican como perros o raza de vagos y que manipulan El Corán -como si no lo manipularan ya demasiado algunos de los que dicen creer en él- y grita ¡Antisemitismo! cuando esos gobiernos les escuchan.
Los distintos avatares hebreos -como los estadounidenses, los chinos, los iraníes, los españoles o los venezolanos- pueden cerrar a voluntad cualquier página en los territorios palestinos porque llama a la Guerra Santa pero tremolan la libertad de contenidos en la red para mantener abiertas páginas y blogs de ex combatientes que explican como se debe humillar a los árabes o que mantienen que hay que disparar a las mujeres embarazadas para conseguir dos objetivos de un sólo disparo y, además, venden on line camisetas con ese constructivo lema.
El uso del avatar como unidad de combate en la guerra del Siglo XXI permite que China presente una protesta formal ante la Organización Mundial del Comercio porque los servidores estadounidenses no aceptan sus parámetros de seguridad y sus procesos de identificación en las compras por Internet, enarbolando la libertad de La red.
Y mientras obliga a los buscadores a cercenar cadenas enteras de búsqueda en sus motores y cierra sitios web a mayor velocidad -que ya tiene mérito, por cierto- de lo que la disidencia es capaz de crearlos.
Y en España no nos quedamos atrás. Somos más burdos -aunque es difícil ser mas burdo que Chávez en algo-, más rudimentarios, pero también nos hemos puesto al día con los avatares.
Nuestro comando de avatares hace posible que mientras González Sinde clama por una ley de descargas en el Congreso de los Diputados, en aras de los derechos de los autores -inalienables, según parece-, de la justicia de la Red y de la transparencia de la economía virtual, otros avatares de la misma unidad táctica se paseen por la red española y se pasen por el arco del triunfo esa libertad de la red.
Se dediquen a ir  descolgando informes comprometedores del Instituto Reina Sofía, negando el acceso general a las páginas del Instituto Nacional de Estadística  para evitar que alguien pueda descubrir que determinadas políticas y estandartes tienen, por decirlo de alguna manera, una tendencia desmesurada y enfermiza a no mostrar la auténtica dimensión de los hechos. Sinde y las damas de Igualdad son avatares diferentes. No tiene importancia.
Pero, perdonadme, soy un tradicional, lo reconozco.
En asuntos de guerra no puedo evitar seguir en los esquemas antiguos. Esos esquemas en los que la guerra era cosa de los ejércitos, de los gobiernos, de los países. El siglo XX -el viejo siglo XX- nos demostró que no, que no es eso. Que los actores de la guerra tienden a ser también, sino son exclusivamente, las corporaciones, los bancos y todos aquellos que no combaten, que no arriesgan nada, pero se benefician de todo.
Los avatares también han cambiado eso. Ahora la guerra es algo individual.
¿Por que no me sorprende que hasta la guerra se haya convertido en algo individual, en algo que no tiene nada que ver con los demás, en algo que sólo nos afecta a nosotros, a nuestros intereses y nuestros avatares, por supuesto?
Y ese avatar individual es lo que nos permite cambiar de bando continuamente, sin pudor, sin remordimientos. Los estados y las empresas todavía tienen algo que explicar, pero nosotros ¿Quién tiene derecho a pedirnos a nosotros explicaciones de nuestros actos?
Eso permite que el hacker que envía un avatar a luchar contra el poderoso guerrero cibernético estadounidense o contra el de los bancos suizos para defender el maltrecho honor de Wikileaks tenga un enlace al final de la página en el que solicita donaciones para mantener su guerra que se cobran a través del enemigo, o sea de Paypal.
Eso es lo que hace posible que el cibercombatiente, que tremola la bandera de la libertad contra el avatar de González Sinde y sus descargas o contra el mastodóntico control que las autoridades de Pekin, tenga su dirección desviada a través de once servidores proxi que, curiosamente, están radicados en Shangai y se aprovechan del hecho de que China niega el acceso a la red a las autoridades occidentales.
Y además tenga el saldo de los beneficios de la publicidad de su página en una cuenta cifrada y secreta en una de las perversas entidades financieras helvéticas que se han participado con luz y taquígrafos en la crucifixión pública de Assange y su Wikileaks.
La impunidad del avatar hace posible que el que exige la absoluta libertad en Internet y acusa a los gobiernos de venderse a los intereses de las corporaciones digitales en el comercio electrónico, tenga su página de cracks y de descargas cuajada de publicidad de las principales compañías porno de la red -las más fuertes del espacio virtual- y se queje amargamente cuando alguien envía contra su página un bot que le impide recoger tranquilamente a través de AdSense el fruto de sus clicks publicitarios.
Pues va a ser que mi amigo -aunque probablemente matizará todo lo que he escrito, sino está radicalmente en contra, que para eso, y no para otras cosas, están los amigos que lo son- va a tener razón. La guerra ha cambiado.
Si los avatares han cambiado el ocio y el negocio, han cambiado la comunicación y la ilusión de que esta existe y han cambiado hasta el amor y su ausencia, ¿cómo no habrían de cambiar la guerra?
Seguimos buscando dinero y control, seguimos ansiando riqueza y poder, pero ahora lo hacemos combatiendo todos contra todos. Sin escudos, sin Estados, sin alianzas estables, sin ejes firmados, sin ententes cordiales. Sin firmas ni corporaciones.
Y vamos a esa guerra armados con el arma universal de nuestros infinitos avatares, escondidos tras una imagen manga, un logo molón, una ilustración gótica o una foto aparente. Sin principios, sin reglas de compromiso. Sin Convención de Ginebra.
La Guerra del Siglo XXI es la primera Guerra Universal del Avatar. La primera en la que, pese a que combatimos todos , nadie puede ganar.

jueves, diciembre 09, 2010

Ciberguerra: Desde Sun Tzu hasta Wikileaks, pasando por Barakaldo

Andaba yo dispuesto, agotado por el momento el frente de Wikileaks y de forma definitiva el de los controlodores -al menos para mí-, a castigar a los lectores de estas endemoniadas líneas con uno de mis temas recurrentes -a saber, los avatares de la siempre esquiva y elusiva violencia de género- cuando un amigo de esos míos que piensan y que encima se empeñan en publicarlo en Facebook, se ha descolgado diciendo que las ciberguerras ya son una reladad y me ha creado la duda, pese a lo inmediato de mi respuesta.
¿Escribo sobre la violencia de género? ¿peroro sobre las ciberguerras? Pues nada. Seamos bíblicos -o sea, salómonicos- y hablemos de las dos cosas. Haré una de las mías
Como en todo, en esto de la guerra -por muy cibernética que sea- conviene empezar desde el principio. Y, como diría el libro, En el principio fue el verbo.
Y en este caso, el verbo es Sun Tzu.
La guerra virtual empezó por el principio, por la desinformación. Empezó cuando los pdf en los que los estudios de los expertos demostraban que la Ley de Violencia de género no había conseguido disminuir la violencia familiar fueron descolgados a toda prisa y fueron sustituidos por otros, que con apenas un dato alterado, decían una cosa completamente diferente.
Comenzó cuando a un informe que Unicef colgaba en su web en el que se relataba que 188.000 niños en España sufrían malos tratos, surgidos especialemente por negligencia y por dejadez de sus progenitoras, seguía un bombardeo masivo de una noticia en todas las páginas públicas y asociativas y en todos los medios de comunicación virtuales en la que se decía que Save de Children estimaba que 800.000 niños eran víctimas de la violencia de género en nuestro país.
Y continuó cuando en la pagina de Save de Children no figuraba ese informe, cuando se desconocía que ese estudio tenía la misma rigurosidad que el resultado de multiplicar el número de denuncias de malos tratos por el número medio de hijos por pareja en España. O sea ninguna. Porque nadie ha dicho que todas las denunciantes tengan hijos ¿verdad?. Y prosiguió cuando se ordenó dejar de reflejar en la página del INE el numero de hombres muertos a manos de sus parejas cada año. Y así siguió y siguió.
La desinformación virtual como primera pincelada del arte de la ciberguerra alcanzó uno de sus mas coloridos e impresionistas apojeos el fin de semana pasado en Barakaldo y en Mahon.
Cuando las páginas feministas y las periodistas aledañas reproducen informaciones en las que se dice que el agresor de la mujer vizcaina "accedió a la vivienda". Como si lo hubiera hecho por una ventana para ocultar el hecho de que ella misma, pese a las constantes llamadas y avisos de la Ertzaina y los servicios sociales vascos, le abrío la puerta.
Cuando los medios digitales, las páginas de los organismos encargados del asunto y los sitios web de un sinfín de asociaciones satélites piden una investigación preguntándose qué ha fallado en un intento de evitar que el navegante, el internauta, el lector perciba lo obvio: que la que le falló a su propia viva y a la de su compañero herido de muerte fue la propia víctima pro no hacer caso de quienes la protegían.
Cuando los medios digitales se hacen eco -por fin- de una mujer que mata a su hijo en la localidad balear y se apresuran a elaborar reportajes y a crear hipervínculos con informes en los que se explica pormenorizadamente los motivos, las causas y las desviaciones que llevan a una mujer a matar a su progenie para asegurarse de que nadie piense que es porque es mujer.
El homicida de Barakaldo no tiene hipervínculos, no tiene explicaciones creadas a toda prisa ad hoc, no tiene mobil del delito. El mata por ser hombre. Como mucho, por ser hombre y cubano.
Así que el Arte de la Guerra Cibernética se cumple a raja tabla y comenzó mucho antes de los hackers y de Wikileaks, mucho antes de los ataques de saturación a Paypal y la banca helvética. Comenzó en Barakaldo. Comenzó en Mallorca.
Y superada esa primera fase se paso a la segunda en el perfecto orden que marcaran desde Von Clausewitz a la Agitpro soviética. Llega la propaganda. La propaganda y la agitación, por supuesto. Que una no puede existir sin la otra.
Vínculos masivos, capañas de adhesión en Internet, continuos llamamientos al boicot de una página u otra por machista, por potenciar la violencia de género, por justificarla. Llegan enlaces de advertencia -algunos de ellos de ellos a estas mismas líneas- en los que se avisa, de forma anónima, eso sí que la nueva ley haría posible clausurar páginas por defender a los maltratadores.
Anónimos, pero hechos desde IPs vinculadas a los servidores del Ministerio de Igualdad -que uno puede ser de letras y tocapelotas, pero moverse por Internet sabe-.
Y siguiendo al pie de la letra la dinámica bélica de los grandes maestros -en este caso el camarada Nikita Jrushchov- llega la agitación. 
Permitiendo y alentando páginas en las que se llama a la castración de los maltratadores,a su exposición pública, en las que se reproducen los textos andrófobos más radicales del feminismo estadounidense como obras de arte que muestran la sensibilidad feminista y para las que, no sólo pasan, sino que dejan su firma y su apoyo ministras, ex ministras y alguna que otra subseretaria y Directora General.
Todo esto antes de que los amigos de Assange y Wikileaks dieran por iniciada oficialmente la era de la ciberguerra.
Así que, como le dije a mi amigo, que no estará de acuerdo conmigo -como muchas veces-, pero seguirá siendo mi amigo -como siempre, espero-. Wikileaks, los hackers, Paypal y los bancos de la confederación helvética junto con el omnipresente Estados Unidos y unos cuantos emitatos que prefieren -y quien no- seguir en el anonimato, no han empezado la guerra cibernética.
Simplemente se han asegurado de que la siguiente fase, la que Clausewitz definiría como el extrangulamiento de las líneas de suministro y Sun Tzu, de una más forma gráfica y no exenta de poética, como contraer el estómago del enemigo. estalle en el mismo corazón de América: su billetera.
No vaya a ser que ahora Mastercard no nos cubra los descubiertos ni nos de crédito para empinar la cuesta de enero, Paypal no nos garantice las transacciones, y las compras de Navidad se nos vayan al carajo. Que eso molesta hasta a la más combativa feminista.
Así que, aunque suene a asociación libre de ideas algo pillada por los pelos, para mi, ambas cosas son lo mismo. Batallas diferentes de una misma ciberguerra de nosotros contra nosotros mismos.
Una conflagración virtual en la que muy pocos combatimos y muchos perdemos.

Assange y la esperada Era de la Crucifixión

Tenía que llegar el día. Durante demasiado tiempo lo hemos visto en las películas, lo hemos atisbado entre las páginas de Internet, lo hemos leído en los best sellers e incluso lo hemos visto en la tele -en alguna de esas rarezas televisivas que se llaman documentales y que aún hacen inocentemente de la credibilidad un valor de audiencia-. Lo hemos visto, lo hemos oído y lo hemos leído y no hemos hecho nada.
Y, una vez más -y he perdido la cuenta- la inacción ha generado una consecuencia mucho más demoledora, mucho más desastrosa que cualquiera de los cursos de acción por los que podíamos haber optado, que cualquier movimiento que hubiéramos elegido.
Pero nosotros optamos por la inacción y con ello pusimos fin el periodo conspirativo de nuestra historia. La civilización Atlántica ha cambiado de registro.
Ya no son necesarias las reuniones secretas, los susurros en la sombra, las cortinas de humo, la destrucción de datos y de pruebas. Ahora, más de dos mil años después,  cualquier crucifixión puede hacerse  de nuevo en público, con luz y taquígrafos, con rueda de prensa incluida y con espacio en todas las portadas de los periódicos. Y si no que se lo digan a Julian Assange.
Wikileaks ha marcado un antes y un después. Pero no ha sido por las revelaciones del Cablegate -al fin y al cabo todo el mundo sabe que Rajoy es inútil y Zapatero hipócrita Lo dice el Departamento de Estado estadounidense, no yo, que conste-. No ha sido porque haya demostrado que la población bien informada toma decisiones correctas -eso, cuando ocurra, supondrá el fin de nuestra civilización-. Ha marcado un antes y un después porque ha hecho innecesaria la conspiración para silenciar las voces indeseadas.
Los profetas de la paranoia conspirativa -que haberlos hailos y muchos, como las meigas- al principio fueron felices. Vieron con Wikileaks la prueba de todos sus miedos, de todos sus impulsos.
Se demostraba por fin, sin lugar a dudas, que los gobiernos perjeñaban y ejecutaban maldades innombrables en la sombra, cuyo secreto pasa de generación en generación, como los microfilms del expediente del asesinato de JFK -¡Qué hermoso mito ese de los dichosos microfilms!-.
Pero, con el correr del tiempo, han caído con esto de Wikileaks en la más profunda de las depresiones; han visto como su brújula paranoica perdía el norte, han sentido que su impulso conspirativo se frenaba por la mera y simple imposición de las leyes físicas de la fricción contra la realidad. Y se han quedado en paro.
Después de Wikileaks ya no habrá conspiraciones, ya no habrá gurús escondidos que avisen de lo que saben y nadie más conoce, ya no habrá pruebas fehacientes que marcar con un círculo rojo en los vidos de Youtube -o no tantas, al menos-. Ya no serán necesarias.
Hace un par de décadas, los gobiernos implicados hubieran reaccionado con negativas, con pruebas de descargo -falsas todas ellas, por supuesto- y se hubieran reunido en secreto para estudiar cómo se deshacían del problema. Hubieran quemado hombres de paja como Oliver North en el Irangate; hubieran alterado imágenes de satélite como en la invasión irakí, hubieran abierto cientos de dossieres secretos y, en el más desesperado de los casos, hubieran envenenado el licor de Assange, metido su cuerpo dormido en un coche y arrojado el vehículo por un puente.
Pero eran otros tiempos, entonces todavía temían que si las poblaciones sabían la verdad les apartaran -violenta o pacíficamente- del poder, reaccionaran contra ellos. Años y décadas después, años y décadas de contemplar como nadie reacciona por oscura que sea la conspiración revelada, como nadie se mueve, por cruel y llamativa que sea la infamia perpetrada, les ha ensañado que no es necesario actuar así. Durante muchos años hemos podido hacer algo y no lo hemos hecho y ahora Assange paga el pato.
¿Quién fue aquel que dijo: "Nuestro camino está marcado por lo que hacemos y nos daña a nosotros y por lo que dejamos de hacer y daña a los demas"? ¡Coño, fui yo!. Hoy Assange es nuestra víctima, víctima de nuestra inacción.
Porque es falta de reaccion permite que los gobiernos implicados en sus revelaciones no se preocupen de buscar y localizar a su fuente -que es quien verdaderamente ha cometido el delito de revelar secretos-, no se preocupen de desmentir lo que sale cada mañana en las portadas de los periódicos.
Simplemente presionen a la fiscalía sueca para que reabra un proceso contra él que ya había cerrado. Y la fiscalía lo reconoce abiertamente, pero reabre el caso y pide la extradición de Assange, dicta una alerta internacional en la Interpol ¿por qué?
Nosotros creemos que es por violación, como poco por acoso sexual, y la fiscalía sueca -y eso que son suecos- no se preocupa de desmentirlo. No se preocupa de decir que se le busca por un delito que, en Suecia, que se llama "sexo incontrolado" o "sexo negligente". Que ha emitido una orden internacional de búsqueda contra Julian Assange, del mismo nivel que la de El Señor de La Guerra u Osama Bin Laden, por follar sin condón.
Y lo ha hecho, aún sabiendo que una de las denunciantes, Anna Ardin, es una mujer conocida por sus exabruptos literarios anticastristas -que su derecho tiene- en páginas financiadas por el Depatamento de Estado estadounidense; aun sabiendo que la otra acusadora anunció a bombo y platillo por twiter su conquista del australiano, algo sorprendente cuando te han acosado o te han violado.
Y ¿por qué hace todo eso la fiscalía sueca si sabe que nos vamos a enterar? La respuesta es sencilla. Porque sabe, ya lo ha aprendido, que nosotros no vamos a hacer nada al respecto.
Como lo sabe Amazon y otra serie de grandes empresas de Internet que niegan alojamiento a Wikileaks y dicen abiertamente que es porque se lo ha exigido el gobierno estadounidense. Como lo sabe Paypal que, violando las normal más elementales de la libertad y el comercio en Internet, cierra la cuenta de donaciones de Wikileaks, reconoce las presiones del gobierno estadounidense y aduce que no puede apoyar a alguien que "presuntamente" -esa palabra siempre aparece, por si las moscas- ha cometido un delito.
Paypal sostiene una cuenta parecida para alguien llamada Janinne Lindemulder. Que, ¿quién es Janinne Lindemulder? Una actriz porno que está en la carcel por defraudar a al Tesoro estadounidense y que aprovecha el morbo de la situación -para quien le de morbo- para no dejar de ingresar dinerito.
Por no hablar de que la mitad de las páginas que venden productos de limpieza, de milagrosa belleza o de potencia sexual son reos de un delito de fraude continuado y Paypal no tiene ningún problema para albergar sus cuentas.
¿Por qué cierra la de Wikileaks?, ¿por qué  lo hace y lo reconoce? Porque también ha aprendido la lección. Sabe que no heremos nada contra ella. Nuestros DVDs, nuestra seguridad en las compras por Internet o nuestros libros de Amazón son más importantes que la libertad de Assange. Son más importantes que una verdad secreta revelada.
Como también lo sabe el banco suizo que le ha congelado los fondos del periodista australiano por no poner correctamente su dirección. ¡Por el amor de vuestro dios! Esa gente tiene cuentas bancarias de personajes que nadie sabe donde viven. No congelaron los fondos a Imelda Marcos cuando era evidente que no vivía en Filipinas, no han congelado los fondos de la mitad de los dictadores africanos, de los narcotraficantes sudamericanos ni de los empresarios estadounidenses pero, ¿congelan unos pírricos 31.000 euros de Assange porque no pueden mandale correctamente la correspondencia? No, lo hacen simplemente porque Washington se lo exije.
¿Por qué, de repente, los defensores de las sagradas finanzas de sus clientes se pliegan a presiones -una vez más- del gobierno estadounidense y congelan las cuentas del australiano?, ¿por qué lo reconocen abiertamente?
 De nuevo y por tercera vez -como las negaciones evangélicas- sabemos la respuesta. Porque nosotros no vamos a hacer nada. Nuestro dinero estafado a Hacienda, el producto de nuestros negocios irregulares y nuestras herencias desviadas son mas importantes que la persecución de Assange.
El gobierno estadounidense ya no necesita operativos encubiertos, ya no necesita dosieres secretos, ya no necesita nada de lo que le sirvió -a él y a otros muchos gobiernos- para silenciar a voces indiscretas, vengativas o incómodas. Ya sólo nos necesita a nosotros. Nosostros y nuestra inacción.
Es el paso de los tiempos de la conspiración a los tiempos de la crucifixión
¡Bienvenidos al cambio de era!

viernes, diciembre 03, 2010

Y los secretos nos quitarán la vida

Hay circunstancias en las que el secreto nos cercena, nos aleja, nos invade. Y hay veces en las que la ruptura de ese secreto, el conocimiento -aunque sea casual- de ese dato ocultado y negado nos cambia el dolor incurable de la mentira mantenida por el sufrimiento mesurable de la realidad indeseada.
Hoy es uno de esos días.
Veo un interface de visión aérea de un cazabombardero estadounidense. Una imagen de baja resolución en blanco y negro de las calles de un pueblo irakí. Escucho a alguien que habla con esa jerga que han hecho típica las pelis hollywoodienses de alfa, tango, delta y eco Charlie.
Y el tipo decide bombardear una furgeneta aunque no sabe quien la conduce, de donde viene y hacia donde va. Cierto es que el tipo lo pregunta varias veces a alguien -que deben ser sus mandos- pero no recibe respuesta y lo hace.
Buenos dias, estoy en Wikileaks.
Así las cosas, acudo a la red dispuesto a ver qué ha pasado con ese incidente -o con cualquier otro que se refleje en la página- y me encuentro que no pasa nada. Nadie cuestiona lo que ha hecho el piloto, nadie pregunta la identidad de los que conducían la furgoneta, nadie quiere saber quien es él que ordenó el bombardeo preventivo y "por si acaso" son terroristas que huyen.
Se habla de Wikileaks y mucho. Pero se habla del acoso a dos secretarias suecas -¡Temblad, Landa, Esteso y Pajares, vuestros días de libertad han acabado!-, se habla de Assange y de un posible juicio por esos cargos, se habla de clausurar la página, de impedir el acceso desde Estados Unidos, de quitarle alojamiento dentro de las fronteras de la motrópoli del Imperio Atlántico.
Pero el piloto sigue en su casa, el general sigue en su centro de mando, la chatarra calcinada de la furgoneta sigue en el desguace y sus ocupantes siguen muertos. Y nadie habla de eso.
Nuestra capacidad -y la de nuestros gobiernos- para la esquizofrenia bipolar de personalidad dividida está alcanzando proporciones titánicas. Titánicas por lo inmmenso de su magnitud y por lo destructivo de sus consecuencias.
¿Por qué se va a cerrar Wikileaks?, ¿Por qué se persigue a su fundador y rostro público? ¿Por qué se inventan o se magnifican todo tipo de delitos para hablar de él sin hablar del contenido de Wikileaks?
Antes de que los profetas de las conspiraciones me asalten con los relatos más rocambolescos, antes de que los antiimperialistas me persigan con diatribas antiyankies, antes que los pacifistas me inunden con invectivas, nada pacíficas, por cierto, sobre el complejo militar industrial, los amos de la guerra y el negocio de las armas, repetiré la pregunta.
¿Por qué?
Más allá de lo que ya es obvio y evidente. Más allá de lo oculto, que a estas alturas, ya es también evidente. Hay un porqué que no queremos valorar, que preferimos ignorar.
Porque nuestros gobernantes actúan con el mismo egoismo esquizoide que nosotros. Porque nosotros se lo pedimos, porque nosotros se lo exigimos. Aunque estemos en contra.
el gobierno estadounidense y el senador independiente Lieberman -me rio yo de la independencia dealguien que comparte apellido con el ministro de Asuntos Exteriores israelí- van a cerrar Wikileaks por una sola causa. Seguridad. Seguridad Nacional, pero seguridad al fin y al cabo.
Parece un contrasentido propio de políticos y dirigentes. Criticamos a China porque censura, cierra y manipula páginas de Internet pero nosotros cerramos Wikileaks, hacemos lo mismo por idéntico motivo por el que lo hacen los chinos, por lo que lo hacen los marroquies, por lo que lo hacen los isrealies o incluso por el que lo hacen los iraníes o los escondidos miembros de Al Qaeda. Por seguridad.
La Seguridad nacional de China depende de que su pueblo no escuche a sus disidentes ni a sus críticos, la de Israel de que se desconocan sus operaciones encubiertas o lo que piensas sus soldados de nombre Eden, las de Irán de que todo el mundo conozca y sólo conozca los preceptos del Islam, la de Marruecos y su rey de que nadie escuche al Polisario. Y la seguridad de Al Qaeda depende de sembrar el terror y que todos sepan que está en condiciones de seguir dispersándolo por el mundo.
Así que hacemos lo mismo que otros hacen por idénticos motivos a nosotros. Por Seguridad Nacional. Ellos no pueden hacerlo y nosotros sí. Pero los políticos hacen lo mismo que nosotros. No son diferentes de nosotros. Hacen lo que han aprendido a hacercuando simplemente eran ciudanos corrientes.
Nosotros no hablamos de nuestras vidas, escondemos nuestros errores, nuestras carencias, nuestros problemas. Esa es nuestra seguridad.
Pero luego nos regodeamos en el conocimiento de las de los demás, dedicamos conversaciones enteras a ellas, las escuchamos y las atesoramos -eso si no formamos parte del Wikileaks privado que cada uno tiene especializado en divulgar los secretos de su entorno-. La seguridad de los demás no nos importa más que lo que las de Pekin, Teherán o Rabat le preocupan a Washington.
Es esa bipolaridad, ese egoismo dimçorfico con respecto al secreto lo que permite que el gobierno estadounidense valore cerrar Wikileaks al tiempo que se queja porque el gobierno chino censura todo lo que le viene bien censurar. Es igual que la nuestra.
Y con toda esa duplicidad de criterios, con esa forma tan nuestra de hacer las cosas, hemos olvidado lo esencial, lo importante. La auténtica realidad de esta situación. El problema no es Wikileaks ni lo que cuenta. El auténtico problema es el general, el bombardeo, los muertos y el piloto.
El problema no es contar los secretos es crearlos.
Los gobiernos se niegan a darle claridad a sus acciones como nosotros nos negamos a darselas a las nuestras. Por eso ninguno queremos a Wikileaks en nuestras vidas, aunque no gusté que esté en las de otros.
Los insurgentes irakies no dejarán de planear ataques contra estadounidenses, los estudiantes chinos no dejarán de tirar piedras contra su gobierno, los iraníes no dejarían de emigrar de forma masiva no si Wikileaks no contara las verguenzas de sus gobiernos. No lo harían si sus gobiernos no comentieran esas vegüenzas.
Nuestros gobiernos, como nosotros, creen que pueden hacer lo que estiman oportuno sin tener en cuenta lo que eso ocasiona en otros. Y luego, cuando perciben las posibles consecuencias adversas -para ellos, que no para los otros actores del drama- recurren al secreto, a la ocultación para evitarlas. Y así el malo es el que lo cuenta, el que le da a todos los involucrados el arma para reaccionar ante la realidad que nosotros por conveniencia, por miedo -o inculso por una cuestionable piedad- hemos ocultado. El es el riesgo no aquellos que lo han hecho o que lo hacen. No nosotros.
Así, lo reprochable es sacar a luz historias y acciones que pueden traer consecuencias nefastas y generar reacciones dolorosas. No haberlas perpetrado -en lo político o en lo personal-. Ojos que no ven...
Pero hay que reconocer que, en este asunto de Wikileaks, el gobierno estadounidense está yendo incluso más allá -y es dificil- de nuestro propio egoismo esquizoide. Ahora el Fiscal General de los Estados Unidos pretende procesar a Assange por una ley de espionaje de 1917.
Creo recordar que la definición de espionaje -en terminos militares- era algo así como "actividad secreta encaminada a obtener información sobre un país, especialmente en lo referente a su capacidad defensiva y ofensiva para transmitirla a sus enemigos o rivales".
Parece que el Fiscal General de Los Estados Unidos de Ámerica considera a todos los estadounidenses enemigos del Estado -porque para ellos está hecha Wikileaks-. Cosas de la Seguridad Nacional.

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