viernes, septiembre 15, 2006

Ateos ex Machina

Ya esta bien de ir por el mundo quejándoos ¿Habeís visto que nosostros, los demonios, nos quejemos? La diferencia entre vosotros y nosostros es que nosotros luchamos aunque sabiámos que ibamos a perder. Y cuando fuimos derrotados seguimos luchando. Vosotros, bueno vosotros, como en todo, eludisteis la responsabilidad de la lucha y os quedastéis en la queja. Sois los ateos ex machina de la Generación Derrotada.
Os conformais con el mal menor del laicismo y con el bien menor del agnosticismo y actuáis como si eso fuera una victoria. Eso es solamente la postergación de la derrota. No es otra cosa. Y mientras, amparados en sus dioses y en sus leyes de libertad de culto, los religiosos, sobre todo los católicos, os han impuesto la mayor de sus victorias. Como hicieran con los celtas paganos en Europa o con los negros y los indios espiritistas. Os han robado vuestra fé.
Si, vuestra fe. Igual que su dios intentó robarnos la nuestra a punta de espada llameante, sus acolitos os han robado la vuestra con un sólo golpe de lenguaje.
En las reuniones sociales, en las charlas en los bares o en las instancias o los documentos oficiales os han robado vuestra fe y vosotros lo aceptáis como una victoria. Sois no creyentes. No sois otra cosa, no sois ateos o antiteistas, sois no creyentes.
¡Es mentira! Vosotros creeís y dejaís que os digan que no. Creeís que no existe dios y creeís que si existiera nos odiaría y tenéis derecho a creer eso. Ese es vuestro credo. Sois tan creyentes como un musulman, un católico o un budista.
La condición de no creyentes os lleva a la pasividad, a la inacción, a la incapacidad de defenderos, a la obligación de aceptar con respeto y hulmidad que los otros festejen, hablen o recen a sus dioses. Al fin y al cabo ellos tienen algo que vosotros no tenéis. Ellos creen.
Pero no es así. Los ateos creéis y por tanto tenéis el mismo derecho a exigir el respeto y la libertad de credo y culto. No tenéis porque no criticar en público a sus dioses o porque ocultaros de ellos para dejarles el camino libre. Tenéis derecho a luchar contra ellos.
Si el ateismo y el antiteismo son credos entonces se desarma el escudo invisible que protege a los creyentes en divinidades y que les permite actuar a su antojo. Entonces ellos también deben respetaros a vosotros. Entonces tenéis derecho a hacer proselitismo de vuestra creencia en la no existencia de dios, tenéis derecho, en caso de conflicto, a que se os respete el derecho a educar a vuestros hijos en un credo tan respetable y tan permitido como cualquiera de los que tienen a un ser superior como garantía de su existencia. Si los musulmanes están obligados a respetar a los católicos; los católicos a los budistas; los budistas a los ortodoxos y a así sucesivamente ¿Por que el credo en la no existencia de un ser superior no merece el mismo respeto?. Es vuestro derecho. Nosotros lo ganamos para vosotros y lo estáis desperdiciando.
El ateo no es el que se encoge de hombros ante dios, ese es el agnóstico -que tiene también todo el derecho del mundo a mantener su neutral encogimiento de hombros- el ateo es el que se encoge de tripas ante dios. Y ese credo no puede ser discriminado por aquellos que dicen ser los unicos en creer. No permitáis que os digan que no creeis, no os definais como no creyentes. Militad en vuestra fe -la más antigua de todas, por cierto-. Militad con respeto, pero militad.
El ateo no sólo no cree en dios, sino que cree que la vinculación del hombre con la divinidad es perniciosa. Tenéis la obligación de respetar a las personas que defienden lo contrario. Pero tenéis la obligación de no respetar la idea en si misma y trabajar, educar y convencer para que desaparezca de la faz de la Tierra. Y si los que se llaman a si mismos creyentes lo consideran una falta de respeto !que se aguanten! La libertad de credo existe para todos. La libertad existe para todos. Y eso no lo consiguieron precisamente "los creyentes"

miércoles, septiembre 13, 2006

La Canción del Verdugo (2)

Pero, ni siquiera en La Tierra de Arland, ni siquiera en los páramos donde el bálsamo del amor no puede cicatrizar las heridas, donde la medicina del cariño no puede evitar que mane la sangre, herir es sinónimo de matar.
Unos dicen que las palabras del rebelde impidieron que el verdugo girara su espada en el tajo del corazón, otros dicen que la traición había endurecido el corazón del rebelde y por eso la espada del verdugo no penetró lo suficientemente hondo.
Las comadres explican a quien quiera escucharlas que de todos es sabido que si un hombre ha amado lo suficiente su vientre es más duro y robusto y se encuentra por debajo del ombligo, algo que no tuvo en cuenta el verdugo. Los místicos defienden que la traición endurece las entrañas y eso permitió que el vientre del rebelde resistiera el impacto del acero del verdugo.
Lo que saben todos es que los más hábiles espadachines están en los salones reales o en los torneos regios. Que los más firmes a la hora de empuñar el acero comandan las huestes del Señor del Espino o entrenan a sus cadetes. Todo el mundo sabe que el verdugo no es el mejor espadachín del reino. Es más fiel quizás, pero no el más hábil. Simplemente es el único que blande su espada sin preguntar porque ni exigir un motivo.
Así que sea como fuere, la estocada del vientre penetró muy alta y la del corazón salió muy baja. Hubo sangre como sabía el verdugo, hubo dolor como sabía el rebelde, pero no hubo muerte. Como esperaban los dos.
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Toda la procesión que había seguido y atendido la ejecución se maldijo a lo largo de sus vidas por ese día. Se maldijo por no permanecer un instante mas comentando el momento de espectáculo y muerte; se maldijo por no haber realizado allí mismo una plegaria por el alma verdugo a los antiguos dioses o por la del rebelde a los nuevos; se maldijo por volver a su vida y sus quehaceres un instante antes de que el verdugo, mientras limpiaba el filo de su espada en sus negros ropajes, escuchara el gemido del rebelde.
Y se maldecirán por haber perdido la ocasión de ver lo inconcebible. Un verdugo salvando la vida de un ajusticiado.
Pero en la tierra de Arland hasta lo inconcebible está escrito en las piedras de las Torres del Espino. El Señor del Espino no puede permitirse dejar nada a la casualidad. No puede arriesgarse a que el viento de lo nuevo, de lo inesperado barra las planicies de sus dominios. Novedad es ilusión; ilusión es imaginación y quien imagina puede esperar. La espera es la puerta de entrada del amor. Y el Señor del Espino no se arriesga al amor. Ya no.
Así pues, el verdugo no ejerció compasión. Alguien que mata por amar no es permeable al amor. El verdugo hizo lo que hizo porque así estaba escrito que lo hiciera en la piedra que ocupaba el sexto lugar entre el suelo y el cielo de Arland: “El verdugo se ocupará del cuerpo del ajusticiado”. No especificaba si tenía que estar vivo o muerto y lo que no existe en la ley no existe en Arland.
De ese modo el verdugo tomó el cuerpo del rebelde y lo condujo al interior de la Torre del Espino. La multitud también se maldijo por no estar presente para poder contar como lo hizo.
Los ojos de rebelde se abrieron al tiempo que su espina dorsal sentía el latigazo del dolor de sus heridas. Abrió los ojos y contempló lo que ya había visto antes. Aquella estancia cuya visión le había llevado al cadalso.
Otro dolor, menor, más sordo le apartó de la contemplación de la habitación y su mobiliario y le hizo volver sus cansados y casi muertos ojos a sus heridas.
El verdugo trabajaba en los cortes con intensidad. Sus dedos largos y fibrosos intentaban mantener unidos los bordes de la herida del vientre para evitar que la sangre siguiera manando. Se afanaba por mantener unida la carne hasta que las flores rojas que crecían sobre ella se hicieran pequeñas y se marchitasen.
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- No voy a morir por esto – la sonrisa del rebelde era dolorosa. Dolorosa como el aliento de un muerto-.
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- Eso me temo – y la voz del verdugo seguía sonando dulce bajo su capucha. Seguía siendo un arrullo cuando debía ser un ladrido.
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- No puedes cerrarlas y lo sabes – y el cuerpo del rebelde se relajó como si ya se hubiera acostumbrado a la cadencia de las contracciones de su dolor y de la huída de su sangre. Como si tuviera razón.
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- No pueden sangrar para siempre. No deben hacerlo –y la capucha se estremeció sobre los hombros del verdugo como si aquel que la portara realmente dudara de sus palabras.
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Pero el verdugo de Arland lo intentó. Fuera de la vista de todos lo intentó. Cualquier habitante de los dominios del Señor del Espino sabe lo que ocurrió durante las siguientes horas, durante las siguientes jornadas, durante las siguientes lunas.
Aunque nadie lo vio todos saben que el verdugo mantuvo cerradas las heridas del rebelde, las selló con cera y con ungüentos. Que uso el fino pelo del más noble alazán de las cuadras y la más delgada aguja del orfebre real para coserlas. Los místicos afirman que pidió una oración de sanación; los nigromantes que exigió a punta de espada un hechizo de curación; los físicos llevaron una medicina de cicatrización a base de ajenjo y malvavisco y la dejaron con temor junto a las piedras de la Torre del Espino. Una inclinación de una negra cabeza encapuchada les dio las gracias.
El verdugo puso toda su atención en curar y cerrar las heridas del rebelde y el rebelde quiso ayudarle. Todos lo saben aunque ninguno lo vio. Nadie ve lo que ocurre dentro de la Torre del Espino.
Pero no se cerraron, siguieron sangrando. Por encima del vientre y por debajo del corazón dos tenues regueros de sangre dibujaban sus aciagos arabescos sobre la piel del rebelde.
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- No puedes hacerlo –y la voz del rebelde sonó como la de un padre que sabe que su hijo no podrá ascender un risco, como la de un rey que sabe que su paladín no podrá vencer al del enemigo, como la de un traidor que no acepta el perdón. La voz del rebelde sonó como la tristeza.
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- Debo hacerlo – y las palabras del verdugo fueron las de un náufrago que nada hacia a tierra en alta mar, fueron como las de un moribundo que se arrastra para terminar una obra inacabada. Fueron frustración.
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Y la mirada del verdugo comprendió a través de las pequeñas rendijas de su capucha y la mirada del rebelde comprendió a través de la tenue niebla de su dolor que el verdugo había comprendido.
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Hay una ley más antigua que las leyes de Arland, más antigua que la Torre del Espino y su Señor. Hay una ley que no está escrita en ninguno de los bloques de piedra negra de los muros externos ni en ninguno de los ladrillos de oro y cristal de las paredes internas de La Torre del Espino.
“Las mismas manos que producen una herida no pueden curarla”
Los labios si, pero los labios son la herramienta del amor y en la tierra de Arland el amor está prohibido.

martes, septiembre 12, 2006

Delito: Soledad

Nunca os sintaís solos.
Pequeños humanos y aquellos otros que fingís serlo, tenéis que tener claro que hay algo que no podéis hacer; que hay una sensación que no está permitida en ese rincón de nuestro infierno que vosotros llamáis mundo; que hay una actitud que no puede abarcar más de un instante en vuestras vidas, en vuestros efímeros caminares de la nada hacia la nada. Nunca, bajo ningún concepto, sobre ninguna circunstancia y en ninguna ocasión os sintáis solos.
.Sentirse solo es un acto de egoismo que se castiga con la soledad. Es la estancia infinita en la que el comienzo es el final y la causa y el efecto se convierten en la misma cosa. Donde crimen y castigo tienen el mismo nombre
Podeís eelegir estar solos. Eso está bien. Os apaludirán, os animarán. Vuestros reflejos en el espejo os darán fuerzas. Los cantos de sirena que anidan desde siempre en vuestros oídos os jalearan en esa elección y os arrastraran entre risas a romper en los arrecifes, a encallar en los bajíos de la playa de esa electa soledad el bajel de vuestras vidas.
¡Elegid la soledad! ¡Hacedlo una y mil veces! Tomad ese camino y un millón de suspiros de alivio saludarán vuestra decisión; un millar de miradas comprensivas resaltaran vuestro valor; un centenar de voces cantarán las baladas de tranquilidad y la relajación que origina en sus vidas vuestra elección. Pero nunca os sintáis solos. No teneis el derecho a recordarles que sus electas soledades os imponen las vuestras. Eso no podéis hacerlo. Es demasiado cruel.
.Podéis gritar que estáis solos. Eso podéis hacerlo. Si lanzais ese grito al aire harapiento que planea por vuestras colmenas, muchas atenciones se erizarán como las orejas de un sabueso en plena caza. Os asistirán, os hablarán, intentarán que vuestro grito no se conviertea en sentimiento. Os acompañarán aquellos que os conocen y aquellos que sólo conocen que hay gente sola que no debe sentirse sola, que no puede sentirse sola, que hay que evitar que se sienta sola.
Gritad vuestra soledad y el duro roble de las barras de los bares se trasformará en dulce y mullido terciopelo. Vocead vuestra soledad y sonarán teléfonos, llegarán cartas, arribarán correos electrónicos que os hablen de otras cosas, que os eviten el sentimiento prohibido y perverso. Pero nunca os sintais solos. El sentimiento es un ataque demasiado frontal contra aquellos que, desde su soledad elegida o desde su compañía encontrada, han hecho de ese sentimiento la locura; han hecho de la muerte la cordura.
Si os sentís solos esperáis algo y esperar es el verdadero pecado, la verdadera maldad. Esperar que los otros se detengan y perciban lo que sentis, la soledad que sentís, es un impulso criminal. Es desear forzar a aquellos que ni siquiera se detietenen en su propio camino a que giren la vista y escruten el vuestro. Es desear que los que huyen de sus propias batallas se detengan un instante a ayudaros en vuestra guerra. Eso no se puede pedir. Eso no se puede desear. Eso no se puede anhelar. Es desear que los otros salgan de ellos mismos, os perciban, os comprendan y os acompañen y además lo hagan porque quieren hacerlo no porque hayan escuchado un grito o leído una nota.
Elegid, gritad o escribid la soledad pero nunca la sintaís. Nunca os sintais solos. Los demás no pueden permnitirse ese lujo. No pueden consentirse abandonar sus elecciones para ayudaros a eludir vuestras carencias. No os sintais solos. No podéis hacerle eso al mundo.
Cuando los demonios nos sentimos solos quemamos almas, pero a nosostros nos sobran. Vosotros sólo tenéis una a mano. Sentirse solo es un mal que no podéis curar con telemedicina, es un mal cuya solución precisa de los otros y eso no puede desearse. Un teléfono, no mira, no abraza, no susurra. Un correo electrónico no anima, no besa en la mejilla. Una carta no acaricia. Así que no os sintáis solos. Siempre podeis encender el televisor.

lunes, septiembre 11, 2006

Mi 11 de Septiembre

El 11 de septiembre un puente fue testigo de una de las más crueles matanzas que su país ha visto a lo largo de la historia. El 11 e septiembre casi cinco mil personas murieron entre gritos y estertores pero, claro, ya nadie lo recuerda. Sólo hay un 11 de septiembre y nadie recuerda como un ejercito de hombres, cansados de abusos e injusticias, derrotaron en el puente de Stirling a la más orgullosa caballería que Albión había conseguido armar hasta entonces. Nadie recuerda como esos guerrilleros, mandados por un mítico y no precisamente australiano, William Wallace, derrotaron a las huestes de Eduardo I y marcharon sobre la desprotegida ciudad de York.
Nadie puede recordar como, en la campaña de castigo posterior, fueron arrasadas más de 100 aldeas, 15 villas, dos ciudades y murieron más de 300.000 personas en un país que apenas contaba con once millones de habitantes. Nadie recuerda el 11 de septiembre de 1297, el día en que la guerra llegó a Escocia.
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El 11 de septiembre la población de una ciudad se quedó muda y atónita ante la magnitud de la atrocidad cometida por sus enemigos. Y no quedó sin voz porque no tuviera nada que decir o porque el miedo o la rabia les impidiesen articular palabra, se quedó muda porque, tras observar como casi dos mil personas morían junto a los símbolos de su grandeza que se derrumbaban a su alrededor, la población de la ciudad de Drogheda sufrió la persecución de las tropas de Oliver Cronwell que, tras matar a sus defensores, entraron por sus bamboleantes murallas y los masacraron. Pero nadie puede recordar el 11 de septiembre cuando 6.000 personas fueron quemadas, ahorcadas o fusiladas en aras de un puritanismo que excedía todos límites. Nadie recuerda el 11 de septiembre de 1642, el día en que la guerra llegó a Irlanda.
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El 11 de septiembre la gente se paseaba entre los restos buscando objetos, restos. Algo que recordara a sus camaradas, a las personas que habían muerto cuando hacían el trabajo para el que habían sido contratados. Algo que tener o que vender como recuerdo de lo que había ocurrido allí ese día. Buscaban un recuerdo de los 4.000 cadáveres vestidos de rojo, azul y blanco que yacían entre los restos de un paisaje de pesadilla. Pero nadie puede recordarlo. Nadie puede recordar los once días que tardaron en retirarse los cadáveres del campo de batalla. Nadie recuerda los cerca de trescientos ajusticiados por rapiña colgando de las horcas. Nadie puede recordar lo que ocurrió en Campomayor, el lugar en el que las potencias pugnaban por la sucesión de un trono que a nadie pertenecía. Nadie recuerda el 11 de septiembre de 1709, cuando el Duque de Malborough pasó a cuchillo y bayoneta a a seis mal almas, el día en que la guerra llegó a España.
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El 11 de septiembre miles de personas cerraron sus bocas y contemplaron atónitos como el símbolo de la grandeza del poder de su país caía ante un ataque planificado, organizado y llevado a cabo por aquellos que más aborrecían su forma de vida. Y cerraron sus bocas para evitar que se llenarán de agua o de metralla mientras veían como la armada franco inglesa destruía y arrasaba hasta los cimientos Sebastopol, la joya de los puertos de su madre patria. Callaron porque fueron pasados por la quilla o se hundieron con sus barcos y sus defensas portuarias. En una ciudad habitada por 10.000 personas fueron devueltos 700 supervivientes. Nadie recuerda el 11 de septiembre de 1855, el día en que la Guerra de Crimea llegó a Rusia.
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El 11 de septiembre millones de personas se agolparon ante los televisores para contemplar como se desvanecía su esperanza de vivir en un mundo mejor, más justo y más ecuánime. Como un grupo de fanáticos sin ningún derecho a hacerlo envolvía en llamas y derribaba uno de los únicos sitios donde en su país anidaba la esperanza de mejora y de progreso. Vieron como comenzaba un reinado de terror que asesinó a 600.000 personas e hizo desaparecer a más de dos millones. Contemplaron arder la Casa de La Moneda mientras era bombardeada por aviones prestados por el gobierno estadounidense a los militares que no aceptaban el gobierno salido de las urnas. Pero nadie recuerda el 11 de septiembre de 1973, el día en que la guerra llegó a Chile.
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Pero hoy todo el mundo recuerda el 11 de septiembre. Como si sólo hubiera un 11 de septiembre. Como si nunca antes hubiera habido un 11 de septiembre. El once de septiembre de hace cinco años no es diferente de cualquier otro 11 de septiembre de la historia de Occidente, de cualquier otro día en el calendario histórico del mundo. 
Por desgracia, cada día hay un 11 de septiembre en la historia de la humanidad.
No merece más recuerdo o más horror que los otros 11 de septiembre en Escocia, Irlanda, España o Chile. Es la misma historia: el día en el que unos miles de inocentes pagaron los errores de un gobierno culpable. El día en que la guerra llegó a América.
Sólo eso.

miércoles, septiembre 06, 2006

La Canción del Verdugo (1)


El rebelde caminaba tranquilo. La procesión que le seguía era lenta, como un meandro de almas, lenta como sólo lo es el camino hacia la muerte. Pegajosa como un ungüento en mal estado, untuosa como suele serlo la lengua de la mentira.
Los susurros y las voces se agolpaban en el borde del camino sin prestar oídos a los otros susurros y las otras voces que sonaban con ellos. Todos tenían algo que decir, más ninguno tenía nada que escuchar.
Pero el rebelde caminaba tranquilo. Ni miedoso ni desafiante; ni erguido, ni encogido; ni orgulloso, ni avergonzado. Simplemente tranquilo, como tranquilo era el desabrido caer de los otoñales despojos en torno a él, en torno a todos. Como tranquilas eran las caricias que en sus hombros, sus brazos y su rostro depositaban los marchitos harapos, que en un antaño cercano fueran verdes hojas, al caer de los mudos árboles que saludaban su paso. Las caricias de las hojas son los únicos mimos que el rebelde recibía en su tranquilo caminar. Son los únicos afectos que están permitidos en la tierra de Arland.
En Arland, el amor está prohibido.
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El amor no gana batallas ni siega las mieses en verano o arroja las semillas en otoño. El amor no llena las despensas ni asusta a los enemigos. No refuerza las murallas ni engrandece los castillos. El amor no tiene utilidad en las vastas llanuras y los recónditos montes de la tierra de Arland, así que está prohibido. Ha sido negado para siempre y eso todos lo saben.
Y ahora, mientras se detiene frente al muro de la Torre del Espino, mientras sonríe a la negra piedra, de espaldas a una multitud que ha cejado en su intento de hacerse oír y contiene la respiración, el rebelde también lo sabe.
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La Torre del Espino es el centro de Arland. Su piedra es negra y antigua, su altura es casi infinita. Dicen que ni los cuervos habitan en ella, dicen que ningún ser humano o animal se atreve a posarse en ella demasiado tiempo, dicen que hasta los dioses se niegan a llorar o reír sobre ella.
Pueden decir lo que quieran. Nadie ha traspasado el umbral de la Torre del Espino. Nadie lo ha intentado jamás. Nadie salvo el rebelde. Y el rebelde sonríe mientras se detiene un instante en su camino hacia el patíbulo.
La Torre es el centro de Arland porque es el lugar en el que se encuentran sus leyes. Unas leyes tan antiguas como la tierra que rigen, unas reglamentaciones tan inmutables como la piedra en la que están cinceladas. Un encima de otra, en una oscura superposición de principios sin finales, de órdenes sin respuestas, de obligaciones sin recompensa.
Pero nadie ha subido tan alto como para leerlas todas, como para fijar su mirada en las palabras grabadas en la piedra angular del arco más alto, en el bloque que remata la almena más elevada. Dicen que sólo un halcón, que vuela incansable en círculos sobre el baluarte, ha leído la primera de las reglamentaciones, aquella que prohíbe amar. El halcón y el rebelde.
Todos saben que el rebelde intentó entrar en la torre y todos saben que la torre no tiene puertas ni ventanas, tragaluces ni sumideros. La torre está cerrada y siempre lo estará. El Señor de Arland no permite que sea de otro modo.
Pero todos saben que el Rebelde intentó entrar en ella. Imaginan que escaló la dura y fría piedra con sus propias manos. La torre tampoco tiene asideros para cuerdas o cadenas. Imaginan que ascendió con los dedos sangrando y las rodillas desolladas del roce contra los oscuros muros.
E imaginan que llegó a lo alto, leyó La Primera Orden, y entró. Por eso callan cuando sonríe, por eso contienen el aliento cuando el rebelde aparta las caricias de las hojas otoñales y se gira para enfrentar sus miradas ansiosas de muerte y espectáculo. Ávidas de patíbulo.
Creen que el rebelde sabe y por eso sonríe. Y el rebelde sonríe porque sabe que ellos creen que sabe y él sabe que no sabe. Ascendió sangrando y riendo hasta lo más alto del muro y se sentó a horcajadas sobre La Piedra de la Primera Orden, pero no la leyó. No le importaba. Él quería entrar.
Cuando se vuelve hacia la multitud, él sabe que nunca penetró en los secretos de La Torre del Espino. Intentarlo le ha costado la vida. Lograrlo le hubiera costado el alma.
La sierpe humana que acompaña al espectáculo de la muerte se detiene y suspira cuando el rebelde se gira, dando la espalda al muro, a la piedra que, en la base de la torre, contiene La Última Ley grabada con un cincel y un martillo de oro. La Última Ley. Aquella que todo condenado debe leer.
Creen que será rebelde hasta el final y se negará a hacerlo. Pero de nuevo se equivocan. El Rebelde habla con una voz tan tranquila como lo ha sido su sonrisa; con un tono tan reposado como lo ha sido su caminar entre las caricias de las muertas hijas del otoño.
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“Toda sentencia a muerte la ejecutará el verdugo, al pie de la Torre del Espino, atravesando en el pecho y el vientre al sentenciado, causándole la herida en el cuerpo y el alma que le arranque la vida”
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Y el rebelde calla. Y la multitud comprende. Comprende porqué no tiene que leer cómo se ejecutará su sentencia. Comprende que siempre supo que ese sería su castigo. Comprende que siempre supo que su rebelión estaba llamada a la derrota.
Y el murmullo se transforma en alarido cuando descubren que esa comprensión les lleva a una incomprensión aún mayor. Les lleva a desconocer los motivos del rebelde. En una tierra que no ama, los motivos del amor son siempre un acertijo indescifrable.
Pero el alarido se congela en los rostros, como el amor se congeló hace eones en las tierras de Arland. Se detiene y muere cuando aparece el verdugo.
Surge de entre las sombras, de donde no debería haber nadie, de donde no debería surgir nadie. Algunos dicen que habita en la torre y entra y sale de ella por antiguos arcanos olvidados hace tiempo. Tan olvidados que hasta el más viejo terrón de la tierra de Arland ha olvidado que los ha olvidado. Otros dicen que es el halcón que revolotea siempre sobre la torre sin posarse. El Rebelde conoce la verdad, él si la conoce, por eso ha de morir. Por eso sonríe.
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- No dolerá, será rápido – la encapuchada voz del verdugo es dulce. Como debería ser la voz de una amante. Como debería ser la voz de un esposo. Como debería ser la voz del amor-.
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- ¿Cómo lo sabes? – la voz del rebelde es triste. Como debería ser la voz de una viuda, como debería ser la voz de un pretendiente rechazado. Como debería ser la voz del dolor-.
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- He matado a otros y no ha habido dolor
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- Pues yo he muerto antes y siempre lo ha habido.
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- No conmigo. Yo mato sin dolor.
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- Eso está bien –y la voz se transforma en sonrisa- ¿Moriste con aquellos a los que mataste?
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La espada del verdugo se clava dos veces en la tierra de Arland, el reino donde el amor está prohibido.

Lo pensado y lo escrito

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