viernes, enero 02, 2009

El Occidente Incólume (3)

Para vuestra desgracia y para mi necesidad continuo con el intento de esquematizar -y vosotros direís que muy esquemático no es esto- una parte de mi pensamiento social y personal. Sé que no es a lo que se suele dedicar la gente en sus blogs, pero como yo soy malo con los juegos de excel y con las adivinanzas, pesimo con los videos caseros y creo que hay profesionales mucho mejor capacitados que yo para enseñar de forma plausible y excitante mujeres en bolas y actividades sexuales varias, es a lo que me dedico. El infierno tiende a ser aburrido cuando no está en llamas. Qué se le va hacer.
Así que después de habernos convertido en Hacedores del Sinsentido. Después de ponernos en el centro de nuestros mundos inviduales e impedir la interseccion entre los mismos, nos damos cuenta de que el sinsentido nos acecha en cada acto que emprendemos, en cada esquina que doblamos, en cada opción que tomamos y en cada estrategia vital que diseñamos y optamos por el segundo rasgo de nuestra nueva condición de seres humanos: el escapismo.

2.-Houdinis o individuos
¿Y como hemos conseguido ser autores de un hecho y no ser conscientes de ello? ¿Cómo logramos sentirnos atrapados por un paisaje vital que nosotros mismos hemos diseñado, dibujado y coloreado de blancos y negros, de grises y de colores de una sola gama y seguir pensando que no tenemos la responsabilidad sobre esa situación?
El nuevo determinismo, que nos hace sentirnos como modernos sísifos condenados al eterno retorno de algo que nos supera, se ha fraguado en décadas de llanto sin lágrimas reales, en lustros de juegos malabares por eludir lo ineludible, en centurias de buscar lo que ya teníamos y de hacer de ello el centro del universo conocido o por conocer.
Hemos dedicado tanto tiempo a ello que nos hemos olvidado del motivo que nos llevó a buscarlo: Nos hemos querido tanto que hemos olvidado para qué nos servía querernos a nosotros mismos.
Tanto conocimiento interior, tanta autoayuda, tanta autoestima y tanta autovaloración han acabado por encaramarse de un salto en las enjaezadas sillas de sus caballos para transformarse en los cuatro jinetes del Apocalipsis del propio individualismo que los creó hace cuatro décadas.
Hemos sido capaces de transformar ese culto por el individuo, por el respeto a lo individual que comenzaron los renacentistas en un arte elusorio de escapismo que nos ha permitido colaborar con la creación del sinsentido sin ser conscientes de ello.
Olvidados la sangre y el compromiso; enterradas la lucha y la perseverancia; arrinconados la responsabilidad y el ejemplo, creemos que podemos decir -y lo que es peor, creemos sinceramente- que no somos responsables de lo que está ocurriendo o de lo que ha ocurrido porque como individuos no hemos hecho nada para propiciarlo.
Mantenemos, con el filo de nuestras romas espadas alzado en nuestra propia defensa, que nosotros no somos responsables de nada y eludimos cualquier dato, cifra o imagen que nos coloca entre la lista de aquellos que han contribuido con su trazo y su pincel a la creación de este fresco desolado que es el mundo.
Hemos convertido el individualismo en una suerte de trucos de escapismo por los cuales nos libramos de las cadenas que, como fantasmas de un cuento navideño, deberíamos arrastrar por siempre, de las cadenas de nuestra responsabilidad, de nuestra participación e incluso de los grilletes que suponen nuestra propia inacción.
Volamos libres de ellas en un mundo en el que el individualismo se ha convertido en el último valuarte del hedonismo irresponsable, en la última frontera que los viajeros y la tripulación de la nave Enterprise buscan desaforadamente para poder dormir con ellos mismos cada noche.
Hemos destruido concepto por concepto el individualismo para transformarlo con el paso del tiempo en “nuestro individualismo”, en el personalismo que sólo puede defender aquel que lo profesa.
No somos individuos. Somos mundos, completos y presuntamente acabados. Somos planetas que pretenden girar rodeados de satélites que se muevan al ritmo que la gravedad de cada uno impone. Somos universos habitados por un solo ser humano.

La irresponsabilidad adulta o el Jardín de Infancia.-
El primero de los factores, la primera de las rendiciones que nos permiten ser magos de la elusión se fundamenta en el concepto de irresponsabilidad que hemos destilado hasta convertirlo en algo innato; en algo que no precisa de nuestra atención para actuar.
Es un equivalente psicológico a aquellos conceptos legales que originaron los romanos y que luego plantearon las sociedades modernas de irresponsabilidad legal para los menores, los incapacitados e incluso las mujeres. Aquellos que no son capaces por algún motivo de discernir o evitar un cierto comportamiento no son responsables de él. Aquellos que no están en condiciones de anticipar las repercusiones de un acto o de valorar las consecuencias del mismo no tienen que responder ante nadie por él. Aquellos, incluso, que no están en condiciones legales de enfrentarse a una determinada situación no deben ser considerados responsables del mismo.
Nosotros, los navegantes vitales del océano actual del sinsentido, hemos aprovechado ese concepto legal, creado como protección en su momento, para utilizarlo como ancla de plata que nos permita sentirnos asentados en el mar de tempestades que hemos creado.
Nosotros no podemos evitar una guerra; nosotros no estamos en condiciones de parar un genocidio; nosotros no somos capaces de evitar la explotación o el desequilibrio económico, así que, como es lógico, nosotros no somos responsables. Intentamos ser polizones en una nuestra propia nave, pasajeros en el Titanic que nosotros mismos hemos ayudado a construir, para así poder ignorar las responsabilidades que emanan de nuestra mera presencia a bordo.
Recurrimos al individualismo, de nuevo a nuestro manido y desarticulado individualismo, para parapetarnos tras el puente de popa cuando llega la tempestad y decir “Nada de lo que yo haga evitará la tormenta. Así que es mejor no hacer nada”.
En otra elipsis global, cada uno de los universos personales que pueblan el mundo ignora el chiste de “mi pepe y mi María”.
Esa pieza del conocimiento popular asegura que si a la frase “todos los hombres son igual de cabrones, menos mi Pepe que es un pedazo de pan” o la sentencia “Todas las mujeres son unas putas, menos mi María, que es una santa”, le restamos todos los pepes y todas las marías del mundo, no quedan ni hombres cabrones ni mujeres putas, porque, tarde o temprano, la mayoría de los hombres son el pepe de alguien y la mayoría de las mujeres son o han sido la maría de alguien.
Nosotros olvidamos que un individuo es una parte de una sociedad y si todos los individuos cambian esa sociedad se ve indefectiblemente abocada a la mutación. Pero como no queremos ser el primero, como nos negamos a asumir que en realidad sí estamos haciendo algo, sí estamos contribuyendo con nuestro trazo al paisaje de desolación que nos rodea, preferimos decir que “yo sólo no puedo”. Y una vez más lo decimos porque no podemos mirar más allá de los límites infinitos del universo que hemos creado para nosotros mismos.
Pero no sólo nos hemos vuelto niños irresponsables en el acto de evitar lo que ocurre o de poner freno al avance de la niebla inmutable del sinsentido que hemos creado. Nos hemos transformado en infantes peleones que defienden su derecho a actuar en contra de lo que debe ser por el mero hecho de que los que les rodean también lo hacen.
Hemos transformado el mundo en un Jardín de Infancia en el que la principal defensa para explicar nuestra irresponsabilidad infantil es: “él lo hizo primero” o “ella empezó”.
En los escasos momentos en los que estamos dispuestos a reconocer que podríamos hacer algo que no estamos haciendo. Cuando un texto, una imagen o una frase nos sacan de nuestro letárgico universo personalista y nos arrojan a las puertas de una responsabilidad no reconocida y sabia y magistralmente eludida, la defensa de “yo no empecé”, es el único argumento que acude a nuestros labios.
Si sabemos que un café o una crema bronceadora o unas deportivas son el exponente de una injusticia y alguien nos lo echa en cara, nosotros nos agarramos al salvavidas de “mucha gente las lleva” “yo no les pido que las fabriquen así” o “eso ocurre desde hace mucho tiempo” para justificar que no hacemos nada para evitarlo.
Incluso llegamos al punto de arrojar nuestro universo sobre él de aquel que nos cuestiona para sacar sus defectos, sus inconsistencias, sus incoherencias. De manera que el hecho de que un ecologista conduzca un coche, una feminista le consienta a su esposo una infidelidad o un militante contra la globalización beba Coca Cola desacredita cualquier cosa que nos pueda echar en cara; le impide cuestionar la organización de ese universo personal en el que permanecemos inmóviles y sin capacidad de plantearnos nuestra propia indefinición. El Jardín de Infancia funciona porque siempre podemos decir “profe, ese niño tampoco ha sido bueno; no me castigue sólo a mi”.
Nuestra irresponsabilidad infantil nos permite, no sólo ignorar aquello por lo que deberíamos comprometernos, sino delatar, con una hipocresía infinita, los defectos de aquellos que intentan comprometerse. No porque creamos que deben hacerlo mejor, sino porque en realidad pensamos que deberían renunciar a esa denuncia y conformarse con ser lo que nosotros queremos ser: Un universo de una sola persona a la que no se le puede exigir nada y mucho menos la responsabilidad con el resto de los universos que le rodean.
Seguirá, aunque se que suena a amenaza.

miércoles, diciembre 31, 2008

La Diosa Desmedida (un mito de renovación)

Era ilógico que una diosa llegara desde donde llegó ella. Pero lo hizo y lo hizo con la suficiencia desmedida del que no alberga la más mínima duda sobre su divinidad.
Hubiera resultado absurdo que aquella que llegó sola, que creció sola y que se encumbró sola pidiera el respaldo del alguien, exigiera la lealtad de alguien. Pero lo hizo.
Clavó su mirada de ámbar en las pupilas del mundo y pidió amor. Su esencia reclamaba que lo exigiera; su naturaleza la impelía a que lo tomara; su nacimiento la obligaba a que lo creara y su muerte la invitaba a que lo ignorará.
Pero ella se plantó ante el mundo y lo pidió. Lo pidió con los ojos, lo imploró con las manos, lo demando con la sonrisa y lo suplicó con el llanto. Lo pidió y luego negó que lo hubiera hecho.
Pero, como no había nadie que pudiera escucharla, no había nadie que pudiera creerla. Así que sólo logró mentirse a si misma, como hacen los dioses siempre que alguien les coge en una mentira.En esas irónicas condiciones de misticismo inverso, hubiera resultado lógico que nadie escuchara a esa diosa de la soledad barnizada de falsa furia; hubiera debido ser imposible que los oídos de las armas y el honor se prestaran a un susurro negado e irreconocible de unos labios desconocidos, de una divinidad sin adoradores.
Unos dicen que fue la belleza; otros que la pasión. Algunos que el azar y los menos que la necesidad. Pero lo cierto es que en aquel mundo no había rey, así que no había gobierno; no había escritura, así que no había ley y no había burocracia, así que no podía haber lógica.
Y por eso los oídos de aquellos que no escuchaban accedieron a aquello que no había sido pedido, que no podía ser pedido. Los caballeros y los escuderos, los gentilhombres y los hidalgos, los maeses y los villanos, los campesinos y los pastores y hasta la soldadesca y la canallesca, quizás estos los que más, escucharon la petición y accedieron a lo reclamado.
Hubiera sido ilógico que fuera de otra manera. La diosa desmedida recibió así una respuesta sin medida.
Y el mundo amó.
Amó sin saber a quién: amó a quienes no debía amar; amó mas allá del gobierno de un rey inexistente; por encima de la ley de una escritura aún no descubierta; amó más allá de la lógica de una burocracia innominada.
El mundo amó contra la inteligencia que le había creado y no gracias a ella; amó oponiéndose al instinto que le había garantizado su supervivencia y no a causa de él.
La diosa desmedida les pidió amor y ellos se lanzaron a él sin reservas, sin ambages, sin cortapisas y sin explicaciones.
Pero, pese a que de cualquier dios se espera que acepte a sus adoradores, de cualquier deidad se intuye que acoja a sus suplicantes, La Diosa Desmedida volvió a mirar a los ojos del mundo y se marchó como si nunca hubiera estado allí.
Cada año, cuando el invierno enfría los árboles, los rostros de las mujeres y los bajos de los hombres, la diosa vuelve exigiendo lo que no pidió y pidiendo lo que no deseaba. Pero ya no recibe nada. Como no puede ser de otro modo, cada año, en forma de besos, de brindis o de abrazos, la diosa desmedida recibe la respuesta sin medida de aquellos que la escucharon.
Así comenzó la era del hombre. Contra el instinto, contra la inteligencia, contra la ley, contra la diosa. Los hombres aman. No porque la diosa lo quiera, no porque la inteligencia lo damande. Los hombres aman porque su vida y su mundo no les ha preparado para otra cosa.
Pero no a la diosa, no aman a la diosa.
Cuando no se espera una respuesta no te puedes quejar de que la respuesta que te dan no sea la que esperabas.
Ni aunque seas un dios.

¿Y si el mundo de Sión se acabara mañana?

Mientras preparamos el pavo y las guindas -o la lombarda y la dorada, que de todo tiene que haber- los ataques aereos siguen masacrando Gaza. No es que una cosa tenga que ver con la otra. No es que la celebración del año nuevo -porque del viejo, si nos paramos a pensarlo, poco hay que celebrar- tenga que estar mediatizada por algo que por reiterado, lejano e inevitable se nos antoja casi como parte del orden natural de las cosas, pero la coincidencia de ambos momentos podría significar algo.
Algo, además de que Israel y sus halcones de la guerra no aprenden de sus propios errores, que es un conocimiento que ya tampoco resulta nuevo.
La fiereza, la celeridad, casi la urgencia, de estas acciones nos hacen pensar. Por lo menos me hacen pensar a mi, aunque ese es un vicio que no se le puede achacar a muchos de los que, desde los puestos de responsabilidad política en todo el mundo, se enfrentan a esta crisis -eufémica nomenclatura de exterminio o al menos intento de exterminio-.
Cualquier línea de pensamiento que emprenda me lleva a la misma pregunta ¿Por qué? Pero no el porque último o filosófico de la cuestión. No el porqué que se responde - de forma parcial y viciada- con la lucha contra el terrorismo o el derecho de existencia de la nación hebrea. Sino el porqué cotidiano, el porqué inmediato que se esconde tras los otros porqués más llamativos y grandilocuentes. ¿Por qué ahora?
Y la respuesta se convierte en algo tan comprensible que parece mentira, que parece imposible. Israel se ha lanzado al exterminio de Gaza -disfrazado del exterminio de Hammas- porque teme que el mundo se acabe mañana.
No he descubierto una extraña profecia Hassidica que hable del fin del mundo e 2009 -aunque seguro que la hay. Cuando llevas tres mil años profetizando, el mercado de la visualización del futuro da para mucho-, más bien se trata de que Israel y sus josues, sus señores guerreros, temen que su mundo se acabe mañana.
Los cohetes de Hammas vuelan sobre algunas poblaciones hebreas desde hace tiempo y Hammas ha demostrado hace mucho tiempo que sólo son una organización que ansía el poder por encima de todo para imponer su criterio -también mesiánico y fanático, ¡que casualidad!- de como debe ser el mundo. Así que ese no es el motivo de que ahora se les bombardee llavándose por delante a cuatrocientos civiles en el intento.
No se trata de restablecer la legalidad en la zona -eso si sería novedoso- y borrar del mapa a la facción más sangrienta del islamismo radical ni, por supuesto, de liberar a la población palestina de la franja de Gaza de un gobierno autoproclamado e ilegal que les lleva al desastre y les mantiene en la miseria. Si se tratara de eso lo habrían hecho cuando Hammas cerró Gaza incluso a Al Fatah -la otra facción palestina y se constituyó en gobierno islámico.
Pero no lo hicieron porque la división palestina les beneficia, porque la estupidez y la intransigencia de Hammas en Gaza les hace el trabajo sucio. Es mejor dejar que los propios palestinos se liberen de Hammas cercenando sus cuellos en el proceso. Así que ese tampoco es el motivo.
¿Por qué ahora, entonces? Sigo preguntándome. Podría ser porque por fin han localizado la estructura cuasi invisible y perpetuamente esquiva de Hammas y no quieren perder la oportunidad. Pero entonces recuerdo que el aparato militar de los hijos de Abraham sabe desde siempre donde están los líderes de Hammas. Saben que se esconden en Teheran y en El Cairo, saben que los bombardeos no les tocarán; saben que están más allá de esa mano de Elias que se intenta extender allá donde llegan los cañones de Sión. Así que ese no puede ser el motivo como no puede serlo que consideren que esa estrategia militar vaya a dar resultado donde han fallado los ataques selectivos y la invasión.
No es posible que hayan olvidado tan pronto Libano, el Valle de La Becah, Hezbollah, Jericó, Rammala -y Cisjordania en su conjunto-, Los campos de refugidos de Sabra y Shatila y todas las matanzas y ataques masivos que lo único que han logrado a lo largo de la historia de este conflicto lo único que han logrado ha sido engrosar lasa filas de fanáticos de todo el mundo que necesitan una razón para lanzarse a la batalla.
Si Israel aún no ha descubierto esa realidad, es que -como en el chiste- necesitan que el propio Rey David o encluso Jehova bajen de los cielos para decirles: "Os hize fallar en Libano, permití que Hezbolla resistiera, hize aparecer a Hammas después de lo de Shatila, ¿qué más señales queríais que os enviara para demostraros que esa táctica no llevaba a ninguna parte?
Entonces, eliminado lo obvio, lo impensable, lo absurdo, lo místico e incluso lo electoral -aunque el que empieza mañana sea un año de elecciones, están estan demasiado lejos aún como para que los actos de estos días queden en la memoria de los votantes-, sólo queda una explicación: Israel hace lo que hace porque -a lo mejor para el mundo y a lo peor para ellos- teme no poder volver a hacerlo. Teme que el mundo, o al menos su forma de ver el mundo, se acabe mañana.
A los visionarios mesiánicos de Sión que, hoy por hoy, dirigen Israel no les importa que puedan crearse por sus actos legiones de fanáticos pseudo religiosos que empuñen sus cuerpos y sus bombas por las calles de Tel Aviv, porque esperan que no quede nadie vivo para hacerlo. Necesitan hacerlo y hacerlo ahora y de forma masiva porque con el nuevo año pude que se acabe la carta blanca, el mirar a otro lado. Porque pasado el solsticio de invierno temen que las legiones y las flotas del imperio, que tendrán otro comandante, no estén tan dispuestas a permanecer en sus campamentos mientras ellos "limpian de malas hierbas" el patio trasero de su casa.
Obama sigue en Hawai y se niega a hablar sobre la ofensiva. Bush sigue en la casa Blanca y continúa dándoles la razón y la carta blanna para hacer lo que les viene en gana. Barack dice que sólo un presidente puede hablar por el pueblo americano, pero el hecho de que no apoye al presidente actual y guarde silencio deja a las claras que, como Daniel -el profeta, no el travieso-, no habla para no contradecir al faraón, pero que cuando abra la boca no adorará a sus dioses. Al fin y al cabo Barack dice que se marchará de Irak y Bush ni siquiera se lo plantea.
Así que la ofensiva, el momento del ataque y la intensidad de la matanza no se debe a un recrudecimiento del terrorismo ni a un endurecimiento de las posturas hebreas. No se debe a nada que crea o deje de creer el pueblo o el gobierno israelí. Se debe exclusivamente a una cuestión de oportunidad porque temen -esperemos que con razón- que puede ser la última oportunidad que tengán para llevar a la práctica su progromo.
Puede que les salga bien. Puede que mueran tantos palestinos en Gaza que ya no haga falta volver a bombardearlos; puede que cuando alguien les quiera impedir hacerlo ya no tengan nada que impedir porque Gaza sea un hediondo erial en el que los cadáveres se acumulen por el fanatismo mesiánico de Hammas y el gobierno israelí
Puede que así sea y su Solución Final tenga más éxito que esa otra que se decidió en los castillos de las montañas alemanas hace más de medio siglo. Esa que también fue el fruto de una decisión desesperada de aquellos que creían que no iban a tener tiempo de llevar a cabo sus planes asesinos si no se daban prisa porque los aliados estaban llegando a sus fronteras y los rusos a su capital.
Y si la comparación les ofende, que no se dediquen a hacer lo mismo que ellos.

El Occidente Incólume (2)

Ayer os hablaba de que somos incapaces de ver el mundo en la inmensa gama cromática que los "ismos" nos proponen. Nuestra exclusiva preocupación por nosotros mismos nos impide matizarlos, mezclarlos, adherirlos, así que sólo nos quedan tres tipos de respuestas. Sólo nos permitimos afrontar el cambio del mundo, afrontar nuestro propio universo ideológico de tres formas.
1.- El estanco bicromático.
Eludiendo las propuestas de metodología que algunos de esos propios “ismos” proponían e incluso ignorando la tradición de síntesis intelectual de nuestra propia cultura, hemos recurrido a la sencilla opción de estancarnos en el mundo en blanco y negro que los ismos del XIX propusieron como punto de partida. Pero nuestros mundos se han hecho tan reducidos, nuestras circunstancias tan ajenas y nuestras perspectivas tan cerradas que, lo que para los ideólogos del XIX eran puntos de partida y fotografías estáticas de un momento determinadas, se han convertido en finales convenientes que evitan toda posibilidad de evolución.
Puede parecer un ejercicio de compromiso pero si lo miramos en detalle se trata de posturas heredadas, ya sea por emulación o por reacción, que no sólo nos responden a nuestras expectativas reales de existencia, sino, lo que es más grave que no nos permiten mover el pincel de nuestras vidas hacia otros colores, hacia la mezcla con el arco iris que debería jalonar el universo de nuestras ideologías y creencias.

2.- Grises sin horizonte
El cansancio de no reconocernos en esas tinturas maniqueas en blanco y negro. En ese mundo de buenos y malos en el que los buenos somos siempre nosotros y el negro es todo aquello que no coincide con unos criterios que usamos por reiteración aunque ya no nos sirvan, nos conduce a buscar una salida y la única salida en una paleta invadida por dos colores antagónicos es mezclarlos, buscar una nueva tintura de dos que resultan imposibles de percibir por separado
Hemos recuperado para pervertirlo el concepto clásico del término medio, buscando una virtud que no nos satisface pero que simula conferir a nuestra existencia un equilibrio que nos hace huir de la falta de sentido que hemos generado en nuestro universo.
Nos convertimos en niños pequeños manoteando entre sus temperas y mirándonos las manos buscando un nuevo sentido al color sucio que vemos impregnado en nuestras palmas.
Para nosotros el mapa de nuestra existencia se convierte en un inmenso cúmulo de grises, como si los tonos intermedios fueran capaces de decorar y matizar una existencia que los dos tonos básicos y puros son incapaces de llenar.
Así, nos convertimos en funambulitas de nuestros propios impulsos y nuestras propias vivencias. Encontramos la virtud en no hacer nada completo, en mantenernos en constante equilibrio, aferrados a una barra que nos permite mantenernos rectos sobre el abismo pero que nos impide movernos para evitar que el peso de uno de los lados nos desequilibre trágicamente.
De modo que se trata de no caer en nada de forma completa, de mantenernos en el gris central de la existencia para evitar que cualquiera de los extremos maniqueos –que en realidad no hemos abandonado- nos capture y nos exija el compromiso y el esfuerzo.
Pero no nos damos cuenta que, una vez mezclados, el blanco y el negro que hemos ensuciado, no sólo no pueden separarse sino que no persisten como tales. Cuando ya hemos renunciado al cromatismo ideológico, al arco iris de los sentimientos y a la paleta afectiva nos damos cuenta que el gris siempre es gris y no puede dejar de serlo.
Nos damos cuenta de que no odiar demasiado supone no amar demasiado; de que no sufrir demasiado lleva aparejado no ser plenamente feliz; de que no esperar demasiado supone no recibir demasiado. Cuando ya hemos enfangado de gris el paisaje de nuestra vida nos damos cuenta de que los colores - aún el blanco y el negro- han desaparecido del horizonte.
Ya no podemos avanzar hacia el blanco nuclear ni retroceder hacia el índigo negro. No podemos movernos más que en escala de grises. No hemos mezclados las ideologías, las hemos perdido y no podemos recuperarlas porque los “ismos” a los que nos aferramos han dejado de mostrarnos un horizonte
De manera que el gris nos impele, al igual que la falta de perspectiva, al igual que el blanco y negro inicial a permanecer quietos en este caso porque no hay ningún lugar al que llegar.

3.- La gama monocroma
Pero incluso cuando suponemos que hemos salido de la bicromía de los “ismos” o que hemos conseguido subsumirla en la amalgama de grises en la que hemos macerado nuestras creencias e ideología; incluso cuando somos capaces de atisbar los colores que deberían servirnos para configurar nuestra paleta, los aplicamos de forma incorrecta.
Nuestra desidia a la hora de colorear nuestras vidas nos ha hecho que, incluso aquellos que recurren a la creencia o a la ideología para atisbar una visión del universo que la falta de perspectiva les ha negado sean incapaces de superar su propia existencia para plantearse la del mundo.
Abandonando la metáfora pictórica.
Hemos conseguido compartimentar las ideologías, las hemos matizados hasta extenuarnos; las hemos escindido hasta convertirlas en retazos; las hemos segmentados hasta que nuestras percepciones han sido capaces de asumirlas.
Incluso aquellos que son capaces de proyectarse más allá de las perspectivas individuales y seguir contemplando el mundo como algo general, son incapaces de acudir más allá de sus propias necesidades.

Así, hemos desistido de las ideas o las creencias generales y nos limitamos luchar –incluso a combatir, los más arcaicos- por principios que aunque se nos antojan universales y eternos son sólo una expresión de nuestras necesidades individuales.
No nos presentamos ante el mundo con ideologías universales, sino con pequeños “auto ismos” que ni siquiera nos representan en nuestro conjunto como seres humanos, sino que sólo ponen el énfasis de nuestra lucha, nuestra solidaridad o nuestra reivindicación, en una faceta del mundo y en una faceta de nosotros mismos.
Con la evolución de los tiempos, hemos perdido las ideologías generales y nos defendemos en cuanto somos mujeres, hombres, homosexuales, individuos raciales, minusválidos, divorciados, agredidos, maltratados, lesbianas, inmigrantes o cualquier otro tipo de aspecto de una sociedad o un individuo, pero nunca planteamos conceptos generales.
Por ello cada reivindicación nos enfrenta a otro colectivo, cada petición nos enfrenta a las exigencias antagónicas de otro colectivo igualmente representado. Volviendo a la metáfora pictórica
Como solo elegimos un color –por muchos que tengan nuestras banderas y nuestros símbolos-, todos los demás colores no armonizan con el nuestro así que sólo nos queda la solución de mezclarlos con el color elegido para transformarlo en algo que nuestro ojo pueda percibir o simplemente ignorarlos como si no figuraran en la paleta. Somos incapaces de pintar con los colores de los demás.
Somos incapaces de generar, inferir o deducir ideologías globales que puedan suponer que nosotros mismos como individuos o como colectivos no seamos el centro y los principales beneficiarios de las mismas.

Resumiendo que nos conformamos con ver el mundo en el maniqueísmo del blanco y el negro y cuando esa actitud deja de servirnos, porque somos incapaces de acceder a ninguno de los dos horizontes, intentamos teñirlo todo de unas medias tintas insustanciales que nos posibilitan permanecer en la inacción del falso equilibrio que nos ocasiona el punto medio –entendido este como mediocridad-. Cuando nos damos cuenta que la bicromía no nos conduce al final retornamos a los colores para elegir solo los de una gama rechazando la más cansada y frustrante posibilidad de intentar componer una pintura en la que nuestro color sea sólo un matiz del conjunto de las tonalidades.
Como con los “autos” nos hemos negado la perspectiva y con los “ismos” nos hemos cercenado la gama cromática, no encontramos la forma de dar profundidad al paisaje vital que queremos dibujar y el resultado es el único que cabía esperar: un dibujo plano y estático.
Lo que ha generado en nosotros, en nuestra sociedad y en nuestras existencias la dinámica del recurso a todos los “auto ensalmos” que jalonan nuestras decisiones no se ha limitado a impedirnos colocar las piezas del retablo por carecer de la clave en perspectiva que nos de las distancias.
Con el correr de los tiempos, de los últimos tiempos, hemos perdido algo más importante. El mundo que vivimos, de ese del que decimos que pierde su sentido, es un mundo parado.
(seguirá, para vuestra desgracia)

martes, diciembre 30, 2008

Los conversos del bastardo

Este solsticio de invierno al que algunos llaman navidad es propicio para cuentos, así que yo, habituado a tales narraciones y a su futilidad, voy a contaros uno. Tanto tiempo he estado sin presentaros mi diablesca pluma que ahora puedo permitirme ese lujo.
Erase una vez una mujer que queda embarazada en sospechosas circunstancias. Se niega a decirle a todo el mundo quien es el padre de su hijo y, como no puede ser de otro modo, es recluida en la casa familiar para ocultar la vergüenza que ha acarreado a su estirpe, la vergüenza que los de su propia sangre sienten por el hecho, no sólo de que haya mantenido relaciones sexuales ilícitas, sino de que haya roto una promesa de matrimonio dada a un buen hombre que quería casarse con ella.
Y ese individuo, que tiene la posibilidad de repudiar la relación, no lo hace, decide tomar a esa mujer como esposa porque la ama y porque realmente le importa bastante poco con quien haya podido acostarse o no. Y eso que su familia está en contra de ello.
Así que una madre soltera y un individuo al que el matrimonio le importa realmente un carajo y al que los principios tradicionales como la virginidad, la sacramentalización del sexo y otra serie de zarandajas de ese tipo no le impiden estar enamorado de la mujer de la que está enamorado comienzan una vida en común. Y además cuidando al hijo de un desconocido, por lo menos para el padre.
Luego llegaron lo problemas mentales del hijo, su rebelión, la incapacidad de los padres para contenerle y su trágico final. Pero eso, como dirían los amantes de los relatos clásicos, es otra historia que debería ser contada en otra ocasión.
Para los contadores de cuentos del siglo XV, este cuentecillo sería una fábula aleccionadora para las jovencitas promiscuas; para los novelistas románticos del XIX, un claro ejemplo de que el amor puede superar las barreras sociales y familiares; para los sociologos del XX, una muestra de que la sociedad se está organizando en familias desectructuradas que hacen frente de formas diferentes al reto de la supervivencia, la educación y la evolución.
No es más que un cuento, una historia que tienen tantos visos de ser inventada como aquella que dice que un ser inefable fundó, organizó y construyó el orbe en el espacio y el tiempo que hay entre sabbath y sabbath.
Pero es un cuento que los que ahora claman por la familia tradicional han olvidado. Y eso que es el cuento con el que justifican el nacimiento de aquel al que consideran su redentor.

Así las cosas, al temerario grito que supuestamente lanzo el desequilibrado hijo de esta pareja en el templo de Salomón de ¡Dios no es un israelita! habría que sumar otro de la gisa de ¡Y su hijo es un bastardo, nacido de una adultera y educado por alguien que no es su padre en el seno de una familia desectructurada!. Dicho esto sin ánimo de ofender, claro esta. Que hoy por hoy la ofensa es más importante que la verdad, o la realidad si se prefiere.
De todo ello se deduce que, para el egregio Benedicto y el no menos ínclito Rouco Varela, resulta que aquel que nace en una familia claramente desectruturada, que no respeta el canon tradicional de matrimonio, hijo, padre y madre ahora, dos mil y pico años después decide que lo que se debe defender es la familia que él no eligio -por que ,según los que dicen saber de esto, él lo eligió así- para venir a este mundo.
Yo ni siquiera me creo que eligiera un tipo de familia en concreto. Pero claro eso no cuenta porque yo no me creo siquiera que pisara este mundo.
Pero si llevas 2000 años contando un cuento, lo menos que se te puede pedir es que te lo sepas de memoria y a pie juntillas. Y si utilizas ese relato -épico en ocasiones y místico en otras- para justificar todos tus pasos y convicciones lo que se te debe exigir es que no te desvies de él por conveniencia.
En fin, que esto de la familia tradicional de padre, madre y espíritu santo -¡uy perdón e hijos!- está muy bien y puede que sea el modelo que ellos elijan, pero que no nos intenten vender que es el que eligió su dios porque, lo siento, no es así.
La familia se basa lamentablemente en la sangre -lamentablemente porque no se elige- y afortunadamente en el amor. Ese es el único modelo que ha prevalecido a lo largo de los siglos y nada tiene que ver con la configuración cromosomática de los integrantes de la familia.
Si ellos quieren poner el énfasis en el sexo de los integrantes, en los aspectos contractuales de la misma o en las dinámicas disciplinarias del asunto están en su perfecto derecho. Sólo están estropeando sus vidas y poniendo en riesgo la estabilidad mental de su progenie. Si ellos quieren volver su vista más hacia Sodoma que hacia Nazaret están en su derecho. Ellos inventaron el cuento y pueden cambiarlo cuando quieran. Pero sólo les servirá a ellos.
Si quieren creer que el amor es algo que da el sexo o que aporta la sangre, seguirán estrellándose en el muro de su propia intransigencia y su celibato revelado.
Los hay que optamos por el amor, ni siquiera por la sangre. Por el amor.
Pero tampoco nos sorprende en absoluto la profusión y arbitrariedad de su defensa y lucha por la familia tradicional.
Los jenízaros -hijos de cristianos- fueron los más acerrimos guerreros de los sultanes turcos; Torquemada -judio converso- fue el más firme defensor de la fe de sus majestades católicas de España y Hitler -con una ascendencia hebrea tan clara que convirtió el arribismo de los aristócratas alemanes en simple ceguera estúpida- fue el más cruel perseguidor que el pueblo hebreo conoció después de Tito.
Como jenizaros, torquemadas o hitlers, los Roucos y Ratzingers de hoy en día son los más firmes defensores de la familia hombre y mujer contractual. Al fin y al cabo descienden -ideológicamente, se entiende- de un bastardo, hijo de una mujer y un espíritu sin sexo que se supone nació en Judea allá por el reinado de Octavio como emperador de Roma.
Los conversos siempre son los que más interés ponen en defender lo contrario a lo que les dictan sus orígenes. Los que siguen a un bastardo - aunque sea de dios- están obsesionados con la pureza de sangre. Los que rezan al hijo de una mujer y de algo que no tiene sexo definido son los que insisten en que no haya familia ninguna que no sea hombre y mujer. Si no fuera patético sería gracioso.
¡Que leche, es gracioso!

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