jueves, junio 18, 2009

Huodini en el Jardín de Infancia

Para vuestra desgracia y para mi necesidad continuo con el intento de esquematizar -y vosotros direís que muy esquemático no es esto- una parte de mi pensamiento. Sé que no es a lo que se suele dedicar la gente en sus blogs, pero como yo soy malo con los juegos de excel y con las adivinanzas, pesimo con los videos caseros y creo que hay profesionales mucho mejor capacitados que yo para enseñar de forma plausible y excitante mujeres en bolas y actividades sexuales varias, es a lo que me dedico. El infierno tiende a ser aburrido cuando no está en llamas. Qué se le va hacer.
Así que ahí vamos.
Después de habernos convertido en Hacedores del Sinsentido. Después de ponernos en el centro de nuestros mundos inviduales e impedir la interseccion entre los mismos, nos damos cuenta de que el sinsentido nos acecha en cada acto que emprendemos, en cada esquina que doblamos, en cada opción que tomamos y en cada estrategia vital que diseñamos y optamos por el segundo rasgo de nuestra nueva condición de seres humanos: el escapismo.
No sabemos si somos Houdinis o individuos
¿Y como hemos conseguido ser autores de un hecho y no ser conscientes de ello? ¿Cómo logramos sentirnos atrapados por un paisaje vital que nosotros mismos hemos diseñado, dibujado y coloreado de blancos y negros, de grises y de colores de una sola gama y seguir pensando que no tenemos la responsabilidad sobre esa situación? El nuevo determinismo, que nos hace sentirnos como modernos sísifos condenados al eterno retorno de algo que nos supera, se ha fraguado en décadas de llanto sin lágrimas reales, en lustros de juegos malabares por eludir lo ineludible, en centurias de buscar lo que ya teníamos y de hacer de ello el centro del universo conocido o por conocer.
Hemos dedicado tanto tiempo a ello que nos hemos olvidado del motivo que nos llevó a buscarlo: Nos hemos querido tanto que hemos olvidado para qué nos servía querernos a nosotros mismos. Tanto conocimiento interior, tanta autoayuda, tanta autoestima y tanta autovaloración han acabado por encaramarse de un salto en las enjaezadas sillas de sus caballos para transformarse en los cuatro jinetes del Apocalipsis del propio individualismo que los creó hace cuatro décadas. Hemos sido capaces de transformar ese culto por el individuo, por el respeto a lo individual que comenzaron los renacentistas en un arte elusorio de escapismo que nos ha permitido colaborar con la creación del sinsentido sin ser conscientes de ello.
Olvidados la sangre y el compromiso; enterradas la lucha y la perseverancia; arrinconados la responsabilidad y el ejemplo, creemos que podemos decir -y lo que es peor, creemos sinceramente- que no somos responsables de lo que está ocurriendo o de lo que ha ocurrido porque como individuos no hemos hecho nada para propiciarlo.
Mantenemos, con el filo de nuestras romas espadas alzado en nuestra propia defensa, que nosotros no somos responsables de nada y eludimos cualquier dato, cifra o imagen que nos coloca entre la lista de aquellos que han contribuido con su trazo y su pincel a la creación de este fresco desolado que es el mundo. Hemos convertido el individualismo en una suerte de trucos de escapismo por los cuales nos libramos de las cadenas que, como fantasmas de un cuento navideño, deberíamos arrastrar por siempre, de las cadenas de nuestra responsabilidad, de nuestra participación e incluso de los grilletes que suponen nuestra propia inacción.
Volamos libres de ellas en un mundo en el que el individualismo se ha convertido en el último valuarte del hedonismo irresponsable, en la última frontera que los viajeros y la tripulación de la nave Enterprise buscan desaforadamente para poder dormir con ellos mismos cada noche. Hemos destruido concepto por concepto el individualismo para transformarlo con el paso del tiempo en “nuestro individualismo”, en el personalismo que sólo puede defender aquel que lo profesa.
No somos individuos. Somos mundos, completos y presuntamente acabados. Somos planetas que pretenden girar rodeados de satélites que se muevan al ritmo que la gravedad de cada uno impone. Somos universos habitados por un solo ser humano.
Y eso nos lleva a la irresponsabilidad adulta, nos arroja de nuevo en el patio del Jardín de Infancia.
El primero de los factores, la primera de las rendiciones que nos permiten ser magos de la elusión, se fundamenta en el concepto de irresponsabilidad que hemos destilado hasta convertirlo en algo innato; en algo que no precisa de nuestra atención para actuar.
Es un equivalente psicológico a aquellos conceptos legales que originaron los romanos y que luego plantearon las sociedades modernas de irresponsabilidad legal para los menores, los incapacitados e incluso las mujeres. Aquellos que no son capaces por algún motivo de discernir o evitar un cierto comportamiento no son responsables de él -eso decían ellos, no yo-.
Aquellos que no están en condiciones de anticipar las repercusiones de un acto o de valorar las consecuencias del mismo no tienen que responder ante nadie por él.
Aquellos, incluso, que no están en condiciones legales de enfrentarse a una determinada situación no deben ser considerados responsables del misma.
Nosotros, los navegantes vitales del océano actual del sinsentido, hemos aprovechado ese concepto legal, creado como protección en su momento, para utilizarlo como ancla de plata que nos permita sentirnos asentados en el mar de tempestades que hemos creado.
Nosotros no podemos evitar una guerra; nosotros no estamos en condiciones de parar un genocidio; nosotros no somos capaces de evitar la explotación o el desequilibrio económico, así que, como es lógico, nosotros no somos responsables. Intentamos ser polizones en una nuestra propia nave, pasajeros en el Titanic que nosotros mismos hemos ayudado a construir, para así poder ignorar las responsabilidades que emanan de nuestra mera presencia a bordo.
Recurrimos al individualismo, de nuevo a nuestro manido y desarticulado individualismo, para parapetarnos tras el puente de popa cuando llega la tempestad y decir “Nada de lo que yo haga evitará la tormenta. Así que es mejor no hacer nada”.
En otra elipsis global, cada uno de los universos personales que pueblan el mundo ignora el chiste de “mi pepe y mi María”. Esa pieza del conocimiento popular asegura que, si a la frase “todos los hombres son igual de cabrones, menos mi Pepe que es un pedazo de pan” o la sentencia “Todas las mujeres son unas putas, menos mi María, que es una santa”, le restamos todos los pepes y todas las marías del mundo, no quedan ni hombres cabrones ni mujeres putas, porque, tarde o temprano, la mayoría de los hombres son el pepe de alguien y la mayoría de las mujeres son o han sido la maría de alguien.
Nosotros olvidamos que un individuo es una parte de una sociedad y si todos los individuos cambian esa sociedad se ve indefectiblemente abocada a la mutación.
Pero como no queremos ser el primero, como nos negamos a asumir que en realidad sí estamos haciendo algo, sí estamos contribuyendo con nuestro trazo al paisaje de desolación que nos rodea, preferimos decir que “yo sólo no puedo”.
Y una vez más lo decimos porque no podemos mirar más allá de los límites infinitos del universo que hemos creado para nosotros mismos. Pero no sólo nos hemos vuelto niños irresponsables en el acto de evitar lo que ocurre o de poner freno al avance de la niebla inmutable del sinsentido que hemos creado. Nos hemos transformado en infantes peleones que defienden su derecho a actuar en contra de lo que debe ser por el mero hecho de que los que les rodean también lo hacen.
Hemos transformado el mundo en un Jardín de Infancia en el que la principal defensa para explicar nuestra irresponsabilidad infantil es: “él lo hizo primero” o “ella empezó”.
En los escasos momentos en los que estamos dispuestos a reconocer que podríamos hacer algo que no estamos haciendo. Cuando un texto, una imagen o una frase nos sacan de nuestro letárgico universo personalista y nos arrojan a las puertas de una responsabilidad no reconocida y sabia y magistralmente eludida, la defensa de “yo no empecé”, es el único argumento que acude a nuestros labios.
Si sabemos que un café o una crema bronceadora o unas deportivas son el exponente de una injusticia y alguien nos lo echa en cara, nosotros nos agarramos al salvavidas de “mucha gente las lleva” “yo no les pido que las fabriquen así” o “eso ocurre desde hace mucho tiempo” para justificar que no hacemos nada para evitarlo. Incluso llegamos al punto de arrojar nuestro universo sobre él de aquel que nos cuestiona para sacar sus defectos, sus inconsistencias, sus incoherencias.
De manera que el hecho de que un ecologista conduzca un coche, una feminista le consienta a su esposo una infidelidad o un militante contra la globalización beba Coca Cola desacredita cualquier cosa que nos pueda echar en cara; le impide cuestionar la organización de ese universo personal en el que permanecemos inmóviles y sin capacidad de plantearnos nuestra propia indefinición.
El Jardín de Infancia funciona porque siempre podemos decir “profe, ese niño tampoco ha sido bueno; no me castigue sólo a mi”. Nuestra irresponsabilidad infantil nos permite, no sólo ignorar aquello por lo que deberíamos comprometernos, sino delatar, con una hipocresía infinita, los defectos de aquellos que intentan comprometerse. No porque creamos que deben hacerlo mejor, sino porque en realidad pensamos que deberían renunciar a esa denuncia y conformarse con ser lo que nosotros queremos ser: Un universo de una sola persona a la que no se le puede exigir nada y mucho menos la responsabilidad con el resto de los universos que le rodean.
Somos así porque sino el profe tendría que castigarnos a todos. Y cualquier cosa es lícita para evitar un catigo.

domingo, junio 14, 2009

Dos ancianos, La prensa y El miedo de las que lo han sufrido -no me hagaís caso, soy hombre-.

Juanjo el Castillo daba hace años sus Cursos de Redacción Periorística y resultaban divertidos. No me quiero imaginar la clase que hubiera dado al leer la noticia que publica hoy El País sobre la aparición de dos ancianos de 80 y 84 años muertos violentamente en su casa. Aunque quizás no dijera nada. No sería políticamente correcto.
"Un hombre de 84 años mató ayer a su mujer, de 80, y se quitó la vida ahorcándose en su domicilio de Parla (a 25 kilómetros de Madrid), según informaron a última hora de la noche de ayer fuentes de la Policía Nacional".
La cosa empieza mas o menos así. Y parece clara, contundente y sin posibilidad de replica. Pero luego se tuerce.
"Ricardo Gómez López, el padre (los encontraron sus hijos), se había ahorcado, subiéndose a una escalera pequeña, en una de las puertas de la vivienda tras matar a golpes en la cabeza (supuestamente contra una pared o el suelo) a su esposa, María Dulce Castillo Luque, según informó una portavoz de la Jefatura Superior de Policía de Madrid".
Y ahí comienzan los problemas. ¿Cómo saben los hijos -investigadores criminólogos avezados, supongo- que el padre se ahorcó y no le ahorcaron?, ¿como saben que fue él quien mató a golpes a su madre y no cualquier otra persona que ya no está presente en la escena del crimen?, ¿hay una nota, hay un video del que no haya informado la polícia?. Pero, dicho como esta dicho todo, parece que la única duda que alberga la polícia es si el arma homicida fue la pared o el suelo. Curioso ¿no?
Si eso es lo que informa la portavoz de la policía podría decirse de nuevo que debe estar confirmado, pero resulta que si seguimos leyendo nos llega a otra sorpresa.
"Según la Policía Nacional, no existen denuncias previas por parte de la mujer y la familia de los fallecidos no tenía constancia de existiese ningún problema en el matrimonio. Al cierre de esta edición, los investigadores estaban a la espera de que llegara el juez de guardia para levantar los cadáveres".
Y esta frase, que parece de relleno, que parece de esas que se ponen para cuadrar las columnas en las que deben encajar los textos periodísticos, es la que se transforma la noticia en una manipulación, a la portavoz de la policía en pitonisa y a la periodista en profeta.
Si los investigadores están a la espera de que el juez decrete el levantamiento de los cadáveres es que no han empezado a investigar, ni siquiera han tocado los cadáveres -y no lo digo yo, lo dice la Ley de Enjuciamiento Criminal-.
Entonces ¿de donde se infiere toda esta historia?, ¿de donde se deduce toda la secuencia lógica de los hechos que la portavoz relata y la periodista trascribe y recompone?
La respuesta es la de siempre. De ningún sitio o, para ser más exacto, de la mente de aquellas que han decidido medrar aún sin importales el daño que hacen.
No ya a los hombres -que somos los que menos importamos en esta historia. Y lo digo en serio-, sino a las propias mujeres.
La policía debía cambiar de portavoz y el periódico de redactora porque lo único que logran es que mujeres que han experimentado el verdadero maltrato, el verdadero acoso, el verdadero miedo producido por un invividuo loco y desmedido no puedan abandonar ese miedo, se muestren incapaces de superarlo y vean como sigue enseñoreándose de sus vidas.
Lo que han logrado -¡Enhorabuena por ello!- es que cada vez que una de esas víctimas se relaja, comienza a olvidar, comienza a darse una oportunidad a ella y al mundo para recuperarse como ser afectivo, una de estas noticias, magnificadas, manipuladas, llevadas a la tragedia y a las portadas para justificar una posción ideológica previa, en aras de las subvenciones y lo políticamente correcto, la vuelve arrojar a su terror, a su suspicacia.
La vuelve a obligar a colocar otro ladrillo en el muro que la separa del mundo y de su propia vida. La vuelve a recordar que hubo un tiempo en el que no estuvo a salvo. Seguro que todas les darán las gracias por hacerles recuperar esa maravillosa sensación.
Deben estar orgullosas de conseguir, con su magnificación, sus manipulaciones estádísticas y sus primeras páginas, que aquellas que han sufrido y han superado el dolor e intentan despedirse definitivamente del miedo, que un perturbado instaló en sus corazones y sus sentimientos, lean sus noticias de portada y vuelvan a mirar con temor a derecha e izquierda cada vez que un varon se las acerca.
Deberían recibir algún tipo de condecoración por contribuir a que esas mujeres, que saben que el maltrato, el acoso y la persecución no se mide por los números estádisticos, sino por los latidos que el miedo coloca en tu propio corazón, vuelvan a sentirse incapaces de escrutar sus corazones en busca de otro tipo de latidos, porque hay alguien que se empeña en recordarles constatemente una mentira ideológica.
Porque toda una línea de pensamiento ha decidido poner continuamente ante sus ojos la falsa realidad de que todo hombre es un potencial maltratador, de que todo hombre puede hacerle daño.
Eso, en lugar de dejarles que, tras la tragedia y el terror, descubran que la mayoría absoluta de los hombres que se cruzarán en su camino vital nunca tendrá ni la tendencia, ni el deseo de hacerles el más mínimo mal. E incluso algunos, todo lo contrario.
Y el enfado, la frustración, alcanzan límites que casi los transforman en ira -lo cual en mi persona no es habitual, pese a ser hombre-, cuando, como siempre, la información se cierra con un escueto y supuestamente aterrador dato.
"Con ésta son ya 19 las víctimas por violencia de género en lo que va de año".
Eso es todo lo que quieren, todo lo que buscan. Engordar las estadísticas a cualquier precio para lograr sus fines ideológicos y económicos.
Y si para ello, atoran la esperanza de aquellas que más la necesitan, provocan el bloqueo de las mujeres que aún están intentando escapar del calvario, avivan los miedos de aquellas que están muriendo por que su miedo ya no les deja salir de si mismas, pues lo hacen y punto. La que venga atrás que arree.
Terminarán logrando que se sepulten en vida por miedo a que los medios de comunicación digan la verdad y todo hombre al que conozcan vaya a acabar maltratándolas.
¿Es tán dificil decir: Dos ancianos aparecen muertos violentamente en su domicilio de Parla? Y luego esperar a lo que diga la investigación.
¡Enhorabuena!, están consiguiendo, a través del miedo que destilan y trasmiten estos productos periodísticos, que aquellos que provocaron ese dolor y ese terror en las mujeres que realmente fueron maltratadas y acosadas sigan siendo los dueños y señores de las vidas de sus víctimas. Estarán orgullosas.

jueves, junio 11, 2009

Mujeres, Hombres y.... claro está, viceversa.


Los adioses son falsos.
Siempre lo han sido y siempre lo serán. Al menos en nuestro mundo.
No son verdad porque no los decidimos, no los esperamos y no los deseamos. No son verdad porque no los hemos elegido, aunque formen parte de la vida que elegimos vivir cuando eligimos el modo de ganarnos la vida.
Nuestros adioses nos hacen mirar con furia a los despachos, con miedo a las hipotecas, con incomprensión a los motivos y con indiferencia a las excusas. Nuestros adioses nos quitan parte de lo que somos. Pero no nos quitan y no pueden quitarnos aquello que hemos sido.
Porque, aunque los adustos rostros de cobarta amarilla y traje siempre recto puedan creer que saben lo que hacen, no merece la pena ni siquiera mirarles, ni darles un recuerdo, ni dedicarles un segundo de rencor o de furia el día del adios.
Ellos no saben aquello que nosotros sabemos.
No saben que no lo hemos hecho lo mejor que hemos podido, ni siquiera lo hemos hecho lo mejor que hemos sabido. No saben que lo hemos hecho lo mejor que era posible hacerlo y que, cuando era imposible, aún así, lo hemos hecho.
No saben que merece la pena alcanzar un estadio de mente colectiva donde todos sabemos lo que tiene que hacerse aunque ninguno de ellos, en sus inmensas mesas y sus altos despachos, se de cuenta de ello.
No saben que sabemos que un trabajo es el sitio donde cada día te levantas y te acuestas bajo la manta de la libertad que tus compañeros te proporcionan y que tú les das ellos. Y no pueden saberlo.
No saben que sabemos que un equipo es un lugar donde los problemas se resuelven por dentro, donde no es insultante pedir los favores, pero resulta imposible no querer devolverlos. Donde las ayudas se dan por sentadas, las manos se echan por inercia y las gracias se omiten por obvias.
No saben que sabemos que un equipo no se mata por dentro y no se vende por fuera. No saben que sabemos que el sudor del trabajo se seca con la risa, que el esfuerzo es hermoso si se hace de broma. Que somos lo que somos porque otros nos ayudan a serlo.
Mas nosotros, los de los tanatorios, las citas y los videos, todo eso lo sabiamos de antes. Ellos no pueden verlo. Ellos trabajan solos en sus tristes despachos ¿como iban a saberlo?
Pero sin quererlo, esos ejecutivos que juegan a la ruleta rusa con nuestras hipotecas y nuestras esperanzas, algo nos han mostrado. Algo que ellos nunca han estado ni estaran en condiciónes de poder aprender.
Gracias a ellos sabemos que hay personas con terrazas inmensas, otras que se comen las esquinas como si fueran panes, otras que cuentan los secretos con la voz de El Padrino, otras que cuelgan en sus cortinas chapas de los ochenta, otras que no saben acudir con chanclas a grabar una cita.
Sabemos que hay gente que tiene abierta sucursal afectiva en tierras mexicanas, que se relaja pelando chipirones, que se ha vuelto morena por no creerse rubia, que va a poner la carne, que ha hecho de olvidarse el movil un arte postmoderno.
Gente que se pone conoronas en entornos privados, que las lleva con garbo el día de su cumple, que rasca los tatoos, que se olvida las gafas, que es capaz de perder todos los papeles que ha escrito en una tarde, que olvida los horarios, que no se acuerda nunca de donde aparca el coche, que llega siempre antes, que se marcha más tarde, que olvida echarle azucar a los cafés de otros...
Sabemos que hay gente que lamenta la muerte de Mario Benedetti, que se encuentra La Conjura de los Necios escondida en su bolso, que intercambia pulseras por chapas para el baño, que despide a los topos, que roba sillas a vecinos ausentes en las casas de amigas o que enciende barbacoas con extraños artilugios para secar el pelo.
Que se devana el seso para saber a quien hace cosquillas y regala un baño de petalos de rosa, que dirige bajeles en medio de tormentas, que se viste de bruja, que se marcha a Córdoba en la fería, que se saca el carné a la decimocuarta, que se incorpora al facebook con la misma frecuencia que una monja a un streptease, que se empeña en hablar de política cuando a nadie le importa.
Puede que las plumas, los ritos y las firmas de aquellos que no saben que han sido los artífices de que ahora sepamos todo eso vuelvan a reunirnos. Pero, por más que cierren, que corten, que programen, que ganen o que pierdan, nunca podrán quitarnos aquello que hemos sido. Ni siquiera aunque puedan forzarnos a decirnos adios.
Fieles y leales hemos sido.
Ahora, alzad vuestras copas y no penseis en ellos. No quisieramos pensar en aquellos que temen seguir con nosotros.
Al cabo, que diría el poeta, nada les debo. Me deben cuanto escribo. Y sólo hay una cosa que ha quedado aclarada.
Nosotros somos las Mujeres y Hombres. Ellos, sólo son viceversa.
Y voy a dejar de escribir porque estoy empezando a sentir y como esto siga así no pararé hasta salir de aquí con vosotros de la mano.
¡Que yo no he venido a calentar la silla!

martes, junio 09, 2009

El Doloso Recuerdo del Rey

La Guerra de la Fragua comenzó y terminó como lo hacen todas las guerras.
A su término, la Frontera de Bruma se extendió más allá del Valle del Fuego, los mapas se volvieron a dibujar, y las marcas se volvieron a definir.
Tras la guerra, los soldados repartieron su botín, cobraron sus soldadas y se fueron. Pero quedaron sus armas rotas, sus formaciones dibujadas sobre los arrasados campos y sus bastardos en los vientres de aquellas que les siguieron o que escaparon de ellos.
Finalizada la última batalla, los caballeros presentaron armas, rindieron honores y se marcharon. Pero quedaron sus blasones en los castillos conquistados, su sangre saturando la tierra lacerada por sus monturas y sus recaudadores sangrando a los villanos para equilibrar la deuda de sangre contraída con sus señores.
Rubricado el último tratado, los embajadores y los ministros guardaron sus sellos, desmontaron sus pabellones y se fueron. Pero quedaron sus espías vigilando en las esquinas nocturnas cada movimiento, sus edecanes desarrollando las interminables cláusulas de los tratados que se romperían en la siguiente guerra y sus magistrados impartiendo la ley que ambos bandos habían acordado.
Concluida la guerra, las batallas y los tratados, el rey tomó su cetro y su corona, guardó su orbe y su toisón y se fue. Se fue, pero su recuerdo se quedó.
Los heraldos ya no anunciaban su presencia en el mercado los días festivos, pero los mercaderes esperaban a que lo hicieran para abrir sus puestos; ya no se referían sus títulos en la entrega de honores tras los torneos ni tras las proezas de los paladines, pero nadie aceptaba título alguno sin ese agasajo real; el otoño ya no arrojaba a los campos la procesión de regidores y corregidores exigiendo los impuestos y el diezmo real, pero los segadores seguían guardándolo en sus graneros hasta que se pudría por miedo a tomar el Alimento del Rey.
El rey se había ido pero su recuerdo seguía impregnando el aire, aromatizando cada una de las flores que crecían en los jardines reales, visitando por las noches los burdeles y las tabernas, caminando por las cañadas y montando guardia en los patios de armas.
Y el recuerdo del rey impedía que los burgueses mercaderes prosperaran, que los nobles recibieran sus honores, que los paladines obtuvieran sus recompensas, que los campesinos vendieran sus cosechas y que los jueces impartieran su justicia.
Su recuerdo paralizaba todo lo que había de hacerse porque no había nadie para quien hacerlo. Los espías se entregaron y reclamaron misericordia porque no había nadie a quien espiar; los mercenarios se alistaron porque no había nadie a quien reclamar su paga, pero fueron licenciados de inmediato porque no había nadie a quien defender.
El rey se había ido pero su recuerdo no. Así Las cosas, nadie hacía lo que debía hacer por miedo, respeto, añoranza, odio, pena, oprobio, orgullo o terror hacia el recuerdo del rey.
Nadie, salvo la guardia y las putas. La guardia seguía sin rendirse y las putas también.
Los clérigos tampoco se rindieron. Ellos siguieron exigiendo el diezmo. Al clero no le hace falta un rey para esquilmar a la gente. Para eso tienen a los dioses.
Y se pidió a los dioses que el rey regresara. Uno por uno se realizaron los rituales, se sacrificaron las víctimas propiciatorias, se llevaron a cabo los holocaustos. Una por una se hicieron las peregrinaciones, se formaron las cofradías, se celebraron las procesiones y se sufrieron las rogativas. Pero de nada sirvió. Los dioses ignoraban a los clérigos y sus rezos. Alguien llegó a decir que era por que el rey se había marchado y su recuerdo permanecía en el reino. Al fin y al cabo, el rey era el principal sacerdote de todos los dioses.
Dependiendo de cómo se levantara el día, el recuerdo del rey afectaba de una forma u otra a la tierra y a las gentes. En los días grises el recuerdo confortaba como algo cercano; en los días negros el recuerdo aterraba como algo indeseable; en los días cálidos asfixiaba como una vaharada de algo deseado, en los días fríos impedía el movimiento como un gélido soplo que convirtiera las almas en estalactitas. El rey se había ido y el reino no seguía porque estaba encadenado a la imagen del sueño, de la esperanza, de la añoranza, de la irrealidad, que supone un recuerdo.
Los clérigos pidieron, rogaron e imploraron y luego exigieron a los dioses que borraran el recuerdo del rey. Y los dioses rieron con una carcajada coral y genuina. Si no tenían poder sobre los hombres era impensable que lo tuvieran sobre los recuerdos.

Mientras el reino recordaba al rey que se había ido, este yacía en un lecho de cristal y ónice, más allá del Valle de Fuego y del Muro de Nieve, más allá del Mar de Niebla y de las Praderas Doradas. Yacía sin morir y sin vivir. Yacía sin recuerdos.
No quería recordar la derrota, no quería recordar el dolor de la caída, no quería recordar la traición y por eso dejó de rehacer en su mente desde el más magnifico de sus palacios hasta la más miserables de las pocilgas de su reino, desde el más alto y orgulloso de los robles del Jardín de los Antepasados hasta la más diminuta brizna de hierba de los eternamente agostados pastos de cabras de las Tierras Bajas.
Pero cada día hacía empujar su lecho hacia el ventanal y miraba hacia el reino. El Mar de Niebla no le dejaba ver sus costas, El Muro de Nieve no le permitía atisbar sus montes, El Valle de Fuego le impedía ver el resplandor de los amaneceres en las tierras que un día fueran su reino, pero su mirada se perdía siempre en esa dirección, siempre sin querer atisbar, siempre si querer recordar.
Y ocurrió que los dioses se disgustaron. Los dioses siempre se disgustan cuando el mundo se para. Creen que los únicos que tiene derecho a estar parados por toda la eternidad son ellos.
Así que, a despecho de las rogativas de los sacerdotes, a despecho de las plegarias de clérigos, a despecho de las súplicas de los penitentes, intervinieron. De hecho, decidieron hacer algo pese a todo eso.
Y enviaron tremendos aguaceros sobre el Valle de Fuego que redujeron las llamas de los árboles brasa a meros rescoldos de manera que el rey lejano pudo ver los amaneceres de sus tierras. Creyeron que así recordaría. Se equivocaron.
Descargaron rayos sobre las praderas, los campos y los pastos del reino, provocando incendios tan delirantes y voraces que hasta los más altos aristócratas del reino hubieron de colgar sus armaduras y arrimar el hombro, algo que no ocurría desde que las hordas de Caos inundaron el reino de plagas y catástrofes. Creyeron que el esfuerzo y el sudor harían olvidar al reino. También se equivocaron.
Enviaron un profeta al rey. Cargado de harapos y de ceniza, el escuálido portador de la voz de los dioses se acercó al lecho de cristal y ónice donde el monarca yacía sin recuerdos. Y allí le susurró desgracias, le declamó catástrofes y le gritó divinas amenazas. El rey le alimentó, le vistió y le ignoró. Nadie hace caso a los dioses cuando puede escucharse a si mismo.
Arrojaron sobre el reino un Mesías que recorrió los campos, pateó las calles y llamó a los aldabones de todos los palacios, castillos y casas solariegas del reino. Y, siempre que tuvo ocasión, auguró recompensas, ofreció perdones y prometió castigos. Las gentes le escucharon y siguieron trabajando; los administradores le atendieron y le dieron la razón; los soldados consideraron sus palabras y asintieron conformes. Y el Mesías murió de viejo porque el reino había aprendido hacía mucho tiempo a no matar a aquellos que acuden a decir la verdad. Y un Mesías que muere de viejo no es de ninguna utilidad para los dioses.
Así que los dioses dejaron de intentarlo y miraron a otro lado. Los hombres y los reyes no merecían sus esfuerzos. Ni los comunes ni los monarcas son dignos de la atención de las divinidades cuando su mera visión les recuerda sus fracasos.
Pero, como siempre, como desde el principio de los tiempos, cuando los dioses fallan, los hados lo intentan. Para eso están. Son la última línea de defensa. Como La Guardia, como las putas.
Los hados fallan pero no se rinden.
Y ocurrió que el rey, desesperado por las imágenes que era incapaz de recordar; angustiado por las sombras que se dibujaban cuando intentaba atisbar el horizonte de las tierras que habían sido suyas, agotado de intentar olvidar su derrota y su traición sin lograrlo, primero pidió, luego suplicó y, finalmente, exigió a gritos un solaz, un descanso.
Y como suele ocurrir, sus servidores entendieron mal su exigencia.
El rey quería silencio y llenaron el castillo de música y canciones; el rey ansiaba paz y rodearon su lecho de juegos y espectáculos. El monarca clamaba por la soledad y le buscaron una puta.
La cortesana, la más bella cortesana que pudieron encontrar, llego atravesando el Valle de Fuego en un carruaje dorado tan brillante como sus ojos. Se acercó hasta el lecho del rey y le sonrío, esperando recibir los deseos de su contratador.
Pero lo que recibió fue una pregunta. Era la mejor cortesana, así que podía contestar preguntas y sabía hacerlas. Y era súbdita del rey así que tenía el derecho a contestar con la verdad. Y lo hizo. Las putas eran las únicas que seguían sin rendirse. Ellas y La Guardia
- ¿Cómo sigue el reino? –preguntó el monarca tras mucho tiempo de admirar la belleza de la mujer-.
- Tu recuerdo nos está matando –y la sinceridad sonó como un derecho ganado por la sangre. Como era súbdita también tenía derecho a preguntar. Como era puta se había ganado el derecho a una respuesta- ¿Por qué sigues vigilándonos?
- Intento recordaros –gimió el monarca-, no vigilaros.
- Nosotros tratamos de olvidarte, pero no lo logramos, pero claro nosotros seguimos en el mismo sitio. Tú te marchaste –y el reproche también era su derecho- - ¿Por qué quieres recordarnos si te marchaste? ¿Por qué no te vas del todo?
Fue entonces cuando los hados hicieron lo que tenían que hacer. Fue entonces cuando el rey recordó los campos, las praderas, las fiestas, los torneos, las celebraciones, las batallas, los honores, las hambrunas, las rebeliones, las audiencias, las discusiones, los castigos. Fue cuando recordó las tabernas, las cámaras del tesoro, las celdas, los templos, las villas, las cuadras, los palacios y las pocilgas. Fue cuando de nuevo fue capaz de poner rostro a los caballeros, a las damas, a los sacerdotes, a los herreros, a los campesinos, a los comerciantes, a los clérigos. Fue cuando recordó a La Guardia y a las putas.
Y el rey sonrió como no lo había hecho desde que yaciera en su lecho de ónice y cristal. Entonces creyó comprender
- Parece – y su sonrisa volvió por fin a torcer su bello rostro aristócrata- que no se marcharme del todo.
- No –corrigió la cortesana a la que la sonrisa era incapaz de torcerle el rostro- Lo que parece es que hasta ahora no has sabido regresar.
Los hados hicieron su trabajo, la Guardia hizo su trabajo, las putas hicieron su trabajo y el rey, por fin, hizo su trabajo. Dejó de recordar.
El recuerdo, por dulce que sea, resulta mortal cuando es innecesario. Hasta los dioses saben eso. Los clérigos no, pero los dioses sí.

sábado, junio 06, 2009

Cuando la razón no entiende de género -o lo que es lo mismo, ¡adoro a esta mujer!-.


-Usted sostiene que las actuales desviaciones del feminismo terminarán por deteriorar aún más las relaciones entre hombres y mujeres. ¿Quiere decir que la dominación masculina no existe?
-El feminismo de Simone de Beauvoir, que yo reivindico, no es victimista. Desde un punto de vista filosófico, ese feminismo ha sido el motor de mi reflexión. Yo quisiera que las mujeres, sobre todo las jóvenes, comprendieran que esa victimización puede volverse contra ellas. Contrariamente a lo que se cree, esa actitud introduce una imagen desastrosa de la mujer. En los años 80 pudimos sacar a la luz una ignominia invisible que padecían las mujeres: la violación. Pero después, curiosamente, se produjo una desviación que consistió en querer extender la noción de agresión sexual a comportamientos y actitudes masculinas, que corresponden a otro orden. En 1992, las feministas europeas pidieron a los parlamentos extender la noción de acoso sexual, lo que fue hecho en 2002. Desde entonces, todo puede ser catalogado de acoso: una mirada, un gesto, una palabra... Esto introduce dos imágenes catastróficas en la relación hombre-mujer: por un lado, la de una mujer impotente, incapaz de resistir a los hombres, que recurre a los tribunales, como antes recurría a papá y a mamá. Por el otro, la imagen de un hombre agresivo, dominante y explotador. Es verdad que hay hombres que son execrables, que hay más violencia masculina que femenina, y mujeres que son víctimas de esos hombres. Pero esas mujeres no son el único símbolo de la condición femenina. Y esos hombres violentos y explotadores no son típicos del género masculino.

-Pero el 80 por ciento de los condenados por homicidio involuntario y violencias en Francia son hombres. ¿Cómo interpreta esa cifra?
-Las estadísticas no mienten. Pero, ¿ha visto usted que alguien estudie la violencia femenina? Esa violencia aumenta cada día, sobre todo en las jovencitas. Mi explicación es que la violencia no es una exclusividad de los hombres. Tomemos como ejemplo los jóvenes de los suburbios desfavorecidos, prisioneros de esquemas arcaicos de virilidad y de masculinidad. El aumento del feminismo hizo estallar el concepto de identidad masculina, pero ellos no tienen medios para construir una identidad más elástica, menos esquemática. Por su parte, las jovencitas de 14-15 años, para defenderse, comienzan a tener comportamientos similares a los varones. Esa violencia va a manifestarse cada vez más. El aumento de la violencia, sin distinción de edad, sexo o contexto social, tiene que ver con una incapacidad cada vez mayor de los individuos para soportar el peso de las obligaciones, y con una propensión inquietante a confundir derechos universales y deseos individuales. En Francia, las estadísticas de 2005 demuestran un aumento considerable de la violencia de los jóvenes: en las escuelas, colegios, liceos ¡y hasta en el jardín de infantes!

-¿Por eso rechaza usted la expresión "violencia de género"?
-Me asombra que las Naciones Unidas hayan decidido utilizar esa expresión. Una vez más, ¿qué quiere decir violencia de género? ¿Que la violencia es lo propio del hombre? ¿Que la masculinidad se define por la dominación y la opresión del otro sexo? ¿Que las mujeres ignoran la violencia? En un estudio realizado en 2002 en Quebec, 62.700 mujeres y 39.500 hombres se declararon víctimas de violencias conyugales. Es cierto: los actos de agresión no son los mismos. Las mujeres padecen con más frecuencia violencias físicas y sexuales. Por el contrario, según ese estudio, las cifras son parejas cuando se trata de violencias psicológicas. En su reciente estudio sobre la violencia contra la mujer en Francia, Amnesty Internacional afirma que cada cuatro días muere una mujer víctima de la violencia conyugal. Pero también dice que cada 15 días muere un hombre por las mismas razones. Como los hombres, las mujeres también pueden ser violentas con los más débiles: con los niños pequeños o los ancianos. Si admitimos la noción de "violencia de género" llegaremos a una definición dual y opuesta a la humanidad: los verdugos contra las víctimas, el mal contra el bien.

-¿Las feministas francesas importaron esa lógica de victimización de los Estados Unidos?
-Las feministas radicales norteamericanas, como Dworkin y MacKinnon, que consideran a las mujeres como una clase oprimida, dominada por la sexualidad masculina, publicaron sus trabajos en los años 70 del siglo XX. Por entonces, no se habló de ello en Francia, pero sus ideas se multiplicaron mediante las asociaciones feministas europeas. Son esas organizaciones las que hablan hoy en nombre de la mujer...

-En todo caso, esa lógica de victimización parece haber sido adoptada por el conjunto de la sociedad.
-En nuestras sociedades occidentales, la víctima es sagrada. Para mostrar que la mujer es un pequeño ser frágil e impotente, no se ha dudado en publicar estadísticas falsas sobre la violencia conyugal. En Francia, los medios de comunicación, sin ninguna investigación previa, han afirmado que había en el país un 10% de mujeres golpeadas; después, un 12%, y después, un 14%. Se da así la idea de que el hombre es un peligroso verdugo. Se habla de la condición de la mujer en general, como si su situación fuera idéntica en Francia o en Afganistán. Es un engaño.

-Hace poco usted denunció un informe de la organización Amnesty Internacional sobre la condición de la mujer. Ese informe -dijo- hace una amalgama inaceptable.
-En ese texto, la organización dice que en todo el mundo las mujeres padecen actos o amenazas de violencia. Sin diferencia de fronteras, fortuna, raza o cultura. Añade: "En sus casas o en sus ciudades, en tiempo de guerra como en tiempo de paz, las mujeres son mutiladas, golpeadas o violadas con toda impunidad". Esto es absurdo. No es lo mismo la violencia en tiempo de guerra que en tiempo de paz, la violencia del Estado y la violencia privada, la violencia de un compañero, de un acosador sexual, de un soldado o de un tratante de blancas. Hay amalgama también entre la parisiense que es acosada en el subte, la niña nigeriana víctima de un traficante y la jordana que padece un crimen de honor. Amalgama entre violencia psicológica y física, violencia de Estados totalitarios y violencia de Estados democráticos. Esa visión pone también al mismo nivel la bofetada conyugal y la lapidación de una mujer adúltera. Esas simplificaciones me parecen poco serias y terminan por rendir un magro servicio a la causa de la mujer.

-También es particularmente crítica con las leyes que establecen la paridad entre hombres y mujeres, sobre todo en política.
-La paridad por ley es, a la vez, una medida técnica de corrección y un gran debate filosófico. En realidad, se trata de la discriminació n positiva implícita. Otra cosa sería una actitud voluntarista. Por ejemplo, que ante una situación inaceptable de desigualdad, durante cinco años, cada partido político se comprometa a incorporar al 30 o al 50 por ciento de mujeres, sin promulgar ninguna ley. La cuestión de la ley es para mí insoportable, por dos razones. La primera es la sexualización de la ciudadanía y, con ella, el retorno al determinismo biológico. Esto es temible para las mujeres y contrario a las ideas universalistas. La segunda razón es: ¿por qué razón hay cuotas sólo para las mujeres? Cuando yo miro el Parlamento en Francia no veo cuotas para los franceses menores de 25 años, ni cuotas para los obreros, ni para los franceses de origen africano o árabe. Las mujeres que han defendido la paridad tuvieron una actitud realmente egoísta con respecto a otras categorías sociales.

-Angela Merkel en Alemania, Michelle Bachelet en Chile, Segolène Royal liderando los sondeos en Francia... las mujeres parecen ganar terreno en lo político. ¿Cree que los franceses están listos para tener una mujer presidenta?
-Hace mucho tiempo que Francia está lista para eso. Naturalmente, yo estoy feliz de que se reconozca la capacidad de las mujeres a ejercer los cargos políticos más importantes. Pero lo importante no es que lleguen a presidentas por ser mujeres, sino por su capacidad. De otro modo, yo hubiera estado feliz cuando Margaret Thatcher llegó a primera ministra de Gran Bretaña...

-¿Cuál es el espacio en que habría que proseguir hoy el combate feminista por la igualdad? ¿Cómo pensar, finalmente, la relación hombre-mujer?
-El termómetro objetivo de la desigualdad entre sexos sigue siendo la diferencia de salarios. Ese es el criterio con que yo mido los fracasos y los avances del feminismo. ¿Por qué? Porque la igualdad de sexos hoy se juega en la esfera privada, en la familia, en la intimidad. Mientras las mujeres sigan asumiendo el 80% de los trabajos domésticos, correrán con una enorme desventaja. No es por casualidad que el 80% del trabajo de tiempo parcial sea desempeñado por mujeres. Nunca avanzaremos mientras las organizaciones feministas sigan manteniendo ese doble discurso que consiste en afirmar que hay una diferencia esencial entre hombre y mujer (la maternidad) y, al mismo tiempo, en considerar insoportable el trabajo femenino de tiempo completo. O mujeres y hombres pueden compartir todo, incluida la "parentalidad" y las tareas domésticas, o jamás habrá igualdad entre los sexos.
Elisabeth Badinter suele definirse como une petite dame très ordinaire (una pequeña dama muy común), una coquetería que hace sonreír a sus interlocutores. Desde hace 30 años, esta filósofa, historiadora, socióloga y antropóloga tritura convencionalismos y agita conciencias, analizando en forma implacable las relaciones entre hombres y mujeres. (entrevista en La Nación. Argéntina)

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