lunes, agosto 16, 2010

¡Culpad al sepulturero! -o la estrategia Sarkozy-

Es un asunto viejo y recurrente. Lo es porque algunos humanos, sobre todo los que ahora estamos organizados en eso que se ha dado en llamar la sociedad occidental -y probablemente desde mucho antes- siempre que las cosas van mal necesitamos echarle la culpa a alguien. Y, claro, es mucho mejor que ese alguien no seamos nosotros.
Ahora las cosas van marcadamente mal y ha llegado el tiempo de buscar culpables. Todos sabemos quienes son los causantes del desaguisado, quienes somos los responsables de la situación -porque en mayor o menor medida lo somos todos, con nuestro egosimo y nuestra irreponsabilidad en muchos niveles- pero, como eso no se puede decir, como eso no se puede pensar, como eso no se puede reconocer, le echamos la culpa al empedrado. Y en este caso -como ya viene siendo una norma, el empedrado es el extranjero.
Nicolás Sarkozy, Presidente de la República Francesa, comienza su campaña electoral -con mucho adelanto, como se estila ahora- prometiendo a los policías y los "franceses de bien" que, si sigue  siendo presidente de Francia, retirará la nacionalidad a todos los extranjeros nacionalizados que cometan un delito.
Y así dicho -de corrido y sin señas, como el mus-, parece que hasta es razonable y plausible. El argumento no está exento de la abrumadora  lógica de las abuelas de calceta y punto de cruz: si alguien molesta en mi casa le echo a la calle. Porque, claro, la perdida de nacionalidad, acarrea deportación en la propuesta de Sarkozy.
Si alguien acude a un país a integrarse en él, no es de recibo que lo desintegre a través del ejercicio de la actividad criminal; si una persona llega a un país para aportar su granito de arena no parece muy ético que lo haga justo en el lugar en el que paraliza el engranaje de la sociedad que le ha permitido ser uno de los suyos. Si muerdes la mano que te alimenta, te arriesgas a que esa mano, no sólo deje de alimentarte, sino que además te abofetee en pleno rostro.
Pero hay algo en todo esto que, pese a resultar plausible en apariencia, pese a que Nicolas lo plantea de forma enérgica e indignada, pese a la tradición legal latina y los consejos ancestrales del refranero popular, no termina de cuadrar en lo que propone el presidente francés.
¡Ah, ya caigo, son las matemáticas!
La estadística es una ciencia perversa que puede hacer que los números se conviertan en adalides o fiscales de cualquier causa ideológica, religiosa o política. Pero lo malo que tiene la estadística es que, aunque se interprete de manera diferente, sigue siendo la misma.
Sarkozy tira de estadística -la que hay- y expone crudamente la realidad -la que le conviene-, afrimando que un 30 por ciento de la actividad delictiva en Francia es ejecutada por extranjeros nacionalizados o que residen de forma legal en el país, que el índice de economía sumergida entre los inmigrantes es de un 47 por ciento. Y que - claro, esa es su conclusión personal, que no lo dice la estadística- sin esa gente Francia estará mucho mejor.
Y no se equivoca. Pero la perversión que nos hace mirarnos tanto el ombligo que dejamos de ver el resto de nuestra anatomía -que es la que comete los errores. No olvidemos que el ombligo no puede moverse ni pensar- impide a Sarkozy proseguir su razonamiento hasta las últimas consecuencias.
Si Francia estará mejor sin los 30 delicuentes de cada 100 que son de origen extranjero, estará mucho mejor sin el 70 por ciento restante que son de origen galo.
Así que, ¿por qué en la tierra de la egalité, Sarkozy no propone directamente que todo aquel que cometa un delito -o un delito reiterado, para ser más condescendiente- pierde su nacionalidad francesa y santas pascuas?
No lo hace porque en este punto es donde comienzan las quejas contra el radicalismo, el fascismo, las referencias al derecho de gentes romano, etc, etc. En este punto sería en el que Sarkozy perdería hasta el último voto de su conciudadanos y compatriotas. No porque, de reperte, se acordaran de los valores revolucionarios, de la fraternité, sino porque nadie esta libre a priori de cometer un delito -o dos, ya puestos-, pero todo el que ha nacido fránces está a salvo de ser extranjero en Francia.
Así que no son las estadísticas, no es el aumento de la criminalidad -que, por cierto crece en número pero mantiene la proporcionalidad, es decir, aunque hay más delitos, los extranjeros siguen cometiendo el mismo porcentaje que hace tres años- y, desde luego no es la justa indignación de un país que ha recibido a alguien con los brazos abiertos, ha puesto sus recursos públicos a su servicio, aceptándolo como ciudadano, y ahora se siente traicionado y defraudado.
Si fuera eso, más defraudado se sentiría con aquellos a los que ha protegido y servido -eso suena a policía de Los Angeles- desde su nacimiento, con aquellos en cuya salud, educación, bienestar y protección ha invertido recursos durante más años y que ahora le devuelven la moneda de la desectructuración social en forma de delito, de crimen o de estafa.
Entonces, si no es por esa justa indignación y comprensible severidad en el castigo de un Estado defraudado por lo que el presidente francés propone esa nueva legislación, ¿por qué es?
Por lo que ha sido siempre -que Nicolás Sarkozy, tendrá muchas cosas, pero originalidad poca-. Las cosas van mal, no son lo que deberían ser, no son lo que quisimos que fueran y alguien tiene que tener la culpa.
Pero nosotros no podemos ser. Nosotros no hicimos nada para que fueran así. Ignoramos que el mero hecho de no hacer un esfuerzo para que algo no se corrompa, para que algo no se hunda es un sinónimo perfecto y completo de corromperlo y hundirlo. Hacemos como naciones, sociedades y pueblos lo mismo que hacemos como individuos. Fingimos que la inacción no es una elección y por tanto no acarrea responsabilidad.
 Por eso y porque la estadística -¡maldita estadística!- dice que el 75 por ciento de los franceses de origen extranjero no vota a Sarkozy. Así que Francia pierde el rumbo, los franceses pierden la conciencia de sus propias responsabilidades y él pierde muy poco.
La sociedad y el sistema económico occidental agonizaba desde hacía tiempo, transcurría bajo el manto de la falsa alegría del crecimiento económico, de las pírricas victorias de la especulación y es muy posible que la llegada masiva de la inmigración haya contribuido a precipitar su crisis -sino su destrucción, ya se verá-.
Y nosotros, que contribuimos a matarla con nuestra desidia, nuestra falta de visión y nuestro egoismo, le echamos la culpa a una circunstancia que, como mucho, tan sólo particípó en su sepelio como convidada de piedra. Por eso Sarkozy quiere expulsar al francés nacionalizado y no al francés nacido. Por eso la inmigración es culpable. Ha de ser culpable el sepulturero, porque sino nosotros seriamos complices, sino artífices directos, de su asesinato. Y eso no puede ser. ¡Fue la evolución natural de las cosas! ¡Nosotros no hicimos nada!

viernes, agosto 13, 2010

La occidental cadena de favores a Ahmadineyad

Reclamar -más bien exigir- el respeto por los derechos humanos siempre es buena cosa. En eso estamos de acuerdo todos -bueno, casi todos, que los que se los saltan a la torera ya han dado su opinión al respecto con sus actos-. Pero en ocasiones conviene pararse a pensar antes de iniciar campañas, aventar pancartas y lanzar recriminaciones. Hay que mirar el patio trasero de casa antes de ir a cagar -con perdón- en el porche del vecino.
Es conveniente hacer ese ejercicio, no porque no tengamos razón, sino porque si nos equivocamos, parece que la tienen los que nunca la tendrán, es decir, los que incumplen sistemáticamente los derechos humanos.
Y eso es lo que nos está pasando con el caso de Sakineh Mohammadi Ashtiani, la mujer iraní a la que su gobierno y sus jueces quieren enterrar hasta el cuello en un agujero y permitir que sus vecinos le lancen cantos puntiagudos hasta que uno le acierte en el craneo y la mate -podría haber abreviado escribiendo lapidación, pero suena demasiado civilizado para lo que realmente es-.
En cuanto se hizo pública tan avanzada justa y equilibrida condena -claramente encaminada a la reinserción-, los engranajes de todos aquellos que se mantienen vigilantes contra este tipo de excesos incomprensibles -que menos más que los hay- se pusieron en marcha. Y ahí es donde comenzó la cadena de favores al régimen totalitario que encabeza en la antigua persia un individuo de ideas medievales pero tristemente claras de apellido Ahmadineyad.
Los primeros en lanzarse a la palestra eligieron como explicación a su oposición a tal desatino -¡como si hiciera falta buscar una explicación para oponerse a que alguien sea asesinado a pedradas!- que un pecado, una falla moral de una determinada religión -en este caso el adulterio- no puede castigarse como un delito. Lo que podría llamarse la oposición antireligiosa.
Y entonces llegaron los ulemas y ayatolahs y dijeron algo parecido a  "vale, de acuerdo, pero es que esta mujer está acusada y ha sido condenada por participar en el asesinato de su marido, además del adulterio -¡ningún adulterio debe quedar impune!-". Y primer favor que le hacemos a Ahmadineyad y apoyo que le quitamos a Ashtiani.
Fracasado ese argumento entran en liza aquellas que creen que no se debe lapidar a la supuesta adultera y presunta parricida porque atenta contra los derechos de la mujer. Que el asesinato público y programado de esta mujer iraní -¡Uy, perdón!, quise decir ejecución legal- se realiza porque es mujer y entra dentro de lo que se debe evitar porque las mujeres tienen derecho a ser iguales que los hombres.
Y la propaganda de Ahmadineyad -que opera bajo el nombre pomposo, como el de todas las propagandas, de Ministerio de Orientación Islámica- se frota las manos. Entre declaraciones grandilocuentes y amenazas de guerra nuclear -nunca hay que desperdiciar ocasión para recordar que se está en condiciones de exterminar a la mitad de la población mundial si uno se lo propone. Eso viste mucho- los ideólogos y burócratas iranies nos anuncian: "¡estupendo!, en el corredor de la lapidación -es verdad, suena a Via Crucis ¿por qué será?- esperan 18 mujeres y 10 hombres. ¡Solucionado el problema de la igualdad! A otra cosa, mariposa. Ahmadineyad 2, Ashtiani 0
Y los que -como todos o casi todos- creen que es una aberración que alguien sea ejecutado a predadas siguen buscando explicaciones a por qué el gobierno iraní se empeña en hacerlo. Y llegan a la que parece mas obvia.
¿Por qué evitarlo? Por qué es inocente. Su abogado habla de juicios manipulados, de pruebas falsas o inexistentes, en fin, de un proceso kafkiano en el que hubo de todo menos garantías y justicia.
Pero a los ayatolahs iraníes tampoco les importa. Sacan a una demacrada mujer que espera la muerte a golpes de granito confesando sus crímenes -bueno, su crimen y su pecado, que el hecho de que para ellos sea lo mismo no significa que lo sea en  realidad- y siguen a lo suyo. Esto empieza ya a ser una goleada.
Algo perdidos y desesperados, no porque los persas que han revertido al medievalismo su país ignoren nuestros argumentos, sino porque los rebaten, caemos en su trampa. Consultamos ulemas, expertos e islamistas y decimos que no hay ninguna referencia en El Corán a la lapidación y que por tanto no deberían lapidar a esta pobre mujer, ni siquiera a esta pobre delincuente, es más ni siquiera a esta pobre criminal -aunque lo fuera-.
Y los traficantes de fe y de integrismo que rigen los destinos de ese país ya ni siquiera responden. Sólo se ríen. Empezamos diciendo que no podían utilizar la ley islámica y ahora estamos defendiendo que según esa ley, que antes no tenían derecho a implantar, no pueden hacer lo que quieren hacer.
¿Cómo hemos llegado a esto?
Muy sencillo. Porque hemos cometido el occidental error de buscar argumentos para lo que no necesita argumentos. Hemos intentado explicar algo que no merece explicación. No pueden lapidar, ejecutar o matar a Sakineh Mohammadi Ashtiani sencillamente porque no.
Es muy simple. Entonces, ¿por qué no lo decimos?, ¿por qué no nos limitamos a afirmarlo categóricamente y punto?
A lo mejor porque entonces algunos gobiernos que protestan tendrían que cambiar sus regulaciones, aunque la inyección letal sea más civilizada -que no indolora- que la lluvia de piedras; quizas porque si lo decimos, algunas que piden condenas a muerte para violadores y maltratadores deberían modificar sus posiciones o porque tendríamos que cuestionar a estados que imponen la ley del talión -precepto claramente religioso- en sus ordenamientos jurídicos.
Así que, es posible que Sakineh Mohammadi Ashtiani termine siendo lapidada después de todo. Porque, al fin y al cabo, no hemos sido capaces de encontrar un argumento que impida ejecutar a los iraníes y nos lo permita a nosotros.
Cosas que tiene la coherencia.

jueves, agosto 05, 2010

Hombres y mujeres tenemos un problema -y el orden está puesto a propósito, lo siento-

Hoy El País publica un producto que está destinado a estudiarse en los anales de la función periodística de nuestro país.
 Mas allá del primer párrafo, el reportaje -que ha sido incluido en la sección de Vida & Artes -espero que alguna vez alguien me explique por qué- se convierte en un cúmulo de citas - más o menos manipuladas-y de estadísticas cruzadas, que se supone que tienen que ver con lo aquello de lo que se está hablando.
Pero es ese primer párrafo el que lo coloca en un nuevo estilo periodístico, a caballo entre la telepatía social y la más absoluta de las incoherencias. Es posible que lo único que pase es que Victoria Torres Benaya tiene que rellenar la sección con la sequía informativa que se produce en agosto.

Empecemos
"En este instante, entre 20 y 25 hombres acarician la idea de asesinar a su mujer en España, según explica con toda crudeza el delegado del Gobierno contra la Violencia de Género, Miguel Lorente."

Resulta que ahora la política y el periodismo se han convertido en un ejercio de telepatía social que nos permite saber lo que piensan en todo momento los futuros asesinos y homicidas. De repente me veo arrojado a la segunda parte -afortundamente no filmada- de Minority Report, ante una pantalla virtual, viendo como Tom Cruise identifica a los criminales antes de que comentan su crimen.
Como es de esperar, nadie sabe de donde se saca Lorente esta estadística. En este ámbito eso no es nuevo. Así que tendremos que recurrir a algunas nociones básicas de estadística. Este descubrimiento, esta revelación, me lleva a plantearme la posibilidad de establecer alguna que otra sencilla regla de tres - de esas que ya no se enseñan en las clases de matématicas por miedo al fracaso escolar-.
La primera es simple: Si de 68 mujeres muertas en 2009 -última cifra oficial- a manos de sus relaciones afectivas se infiere que 20 o 25 hombres piensan cada día en matar a su pareja femenina, ¿qué se deduce del dato de que el pasado año 150 menores murieron a manos de sus progenitores? La matématica telepática -ahora parezco Asimov- es incuestionable y universal. Debe servir para todo
Veamos
25 es a 68
como
X es a 150
Lo que nos da la telépica cifra de 55 progenitores que todos los días dedican algo de su tiempo a elucubrar como matar a sus vástagos (si tenemos en cuenta que, según la estadística, el 70 por ciento de los malos tratos a menores provienen de sus madres, obtenmos la cifra de 38 mujeres que "en este momento" están planeando como enviar a sus hijos a mejor vida) ¿suena absurdo, no?
Podriamos hacer la misma operación aritmetica con los 31 hombres que murieron a manos de sus parejas el pasado año, pero eso no sería moderno, progresista ni igualitario. Así que no lo haremos.

Continuemos
"Son hombres que probablemente se levanten y se acuesten al lado de su pareja pensado "de hoy no pasas", que busquen el modo de sortear las órdenes de alejamiento, planeen cómo acuchillarla, asfixiarla, pegarle un tiro, atropellarla, envenenarla."

Esta afrimación se hace obviando el hecho de que si te acuestas al lado de alguien no tienes orden de alejamiento que eludir -salvo que en este país se dicten órdenes de alejamiento en milímetros y yo no me haya enterado-. Pero eso no es más que el producto de un desaguisado redaccional de quien ha pergeñado este reportaje, basado en la telepatía social del entramado político que lo sustenta.
Lo que realmente obvia esa afirmación es la realidad de que el 82 por ciento de los homicidas condenados por matar a una mujer relacionada afectivamente con ellos, lo son precisamente por eso: por homicidio.
Eso significa que no se incluye la planificación, ni la premeditación. Eso supone que el sempiterno titular de "una mujer asesinada por ..." es falso y no ha experimentado rectificación ninguna. Eso supone que la realidad impide vender la imagen del hombre que desea hacer daño a cualquier precio, que sólo piensa en hacer daño. Y lo piensa, además,  porque es machista y hombre. ¿Como se explicaría, según esa premisa, la existencia de malos tratos en las parejas lesbiscas? -¡Uy perdón, se me olvidaba que eso sólo no existe en España sino que ni siquiera puede existir (http://culturalesbiana.blogsome.com/2006/06/12/violencia-entre-parejas-lesbianas/)-.
Y obvia el hecho, que cualquier criminologo -o criminologa si se tercia- mantendría sin ningún tipo de reticencia profesional, de que el disparo de escopeta, el acuchillamiento -con ensañamiento, por cierto-, el atropello y el estrangulamiento son, por regla general, producto de la improvisación -el envenenamiento no, pero ¿quien envenena más a quien?. Corramos un tupido velo sobre el dato, también sobre ese dato-. Son crímenes, pero no son crímenes premeditados. Pero no dejemos que la realidad nos impida construir una frase impactante.
No entremos en el hecho de que, si tanto lo planean, resulta casi inexplicable que a todos los atrapen y que la mayoría de ellos se dejen coger, se entreguen o incluso se suiciden. Conjugar esa realidad con la del frío planificador de un asesinato bordearía el ridículo más espantoso. Así que será mejor dejarlo correr.

Prosigamos
"Incluso algunos suelen decirlo con una chulería pasmosa cuando el telediario da cuenta del cadáver de otra mujer. "Así vas a acabar tú, a donde yo voy se sale, pero a donde vas tú, no" -frase extraída de un caso juzgado-. "

No dudo de que esa frase haya sido extraída de un proceso judicial. Como tampoco la tengo de otras como: "Cuando yo ponga el pie fuera de aquí, tú pondrás los dos dentro de un hoyo" o "Disfruta de que hoy me veas esposado, proque será lo último que verás. Tú y tu familia". Esas también se dijeron en la sala de un tribunal. Esas amenazas también figuran en el expediente de un proceso judicial. La Primera la profirió Pablo Escobar, narcotraficante colombiano, a uno de los informadores, cuando le fue denegada la libertad provisional. La otra es un clásico de Salvatore Maranzano dirigida a su rival mafioso, Charlie, "Lucky" Lucciano, cuando colaboró para su detención.
¿Eran machistas estos individuos? Estoy seguro de que lo eran, pero el concepto no es precisamente muy aplicable cuando los amenazados eran hombres; ¿surgían estas amenazas de un supuesto sentimiento de superioridad sexual sobre sus antagonistas? Por su puesto que no. Surgían del odio. No de cualquier otra cosa.
El odio es el principal generador de violencia. Eso no voy a negarlo. Sería absurdo. Lo que voy a negar hasta la extenuación es que todo odio y toda violencia que parta de un hombre hacia una mujer con la que ha compartido relaciones afectivas se debe al hecho de que él la odia por su condición de mujer y por el machismo intrínseco a su naturaleza masculina.
Me parece tan absurdo como mantener que todo aquel que agrede a alguien de otra raza lo hace por racismo o que todo aquel que se pelea con un extranjero lo hace por xenofobia -claro que, si me pongo a pensarlo, hay muchos que mantienen precisamente eso-. Todo acto de violencia parte del odio y lo que deberíamos plantearnos es por qué un hombre agrede hasta la muerte a alguien a quien dice amar o una mujer decide matar a un hombre a quien dice querer -¡Lo siento!, se me ha vuelto a ir la olla por completo. Eso tampoco existe (http://www.diariocordoba.com/noticias/noticia.asp?pkid=563323-.)
Pero eso no lo haremos. Exige demasiadas reflexiones. Exige explicar porque 68 son una cifra inaceptable y porque 31 si lo son.

Nos acercamos al final"Lo peor es que muchas de ellas, tras el proceso de aniquilación total que supone el maltrato, están indefensas y atenazadas por el miedo y no son conscientes del riesgo. No creen, no pueden ni quieren creer, que no es una bravuconería más, que no las están amenazando sino informando".
¡Y vuelta la burra al trigo! A lo mejor, si de verdad nos preocupan las que no pueden defenderse por si mismas, podríamos forzar un proceso de divorcio por cada denuncia de malos tratos y así no tendrían que convivir con sus maltratadores. A lo mejor, podriamos acelerar y forzar las divisiones -divisiones, creo que sabemos el significado de esa palabra- de gananciales de forma inmediata y no treinta años después del divorcio para que no tuvieran que mantener ningún tipo de relación con ellos. A lo mejor, podriamos dejar de dedicar miles de millones en campañas y subvenciones y utilizarlas en casas de acogida gestionadas directamente por el Estado. O incluso en dotaciones judiciales que permitieran investigaciones y condenas rápidas y que no dejen las medidas contra los maltratadores en el limbo de las medidas preventivas y provisionales. A lo mejor, tendriamos que castigar las denuncias falsas  de malos tratos para que los tribunales específicos no estuvieran saturados y pudieran presatar la atención necesaria a aquellas que relamente lo necesitan. A lo mejor, deberiamos sancionar -aunque fuera con una multa simbólica- a aquellas mujeres que incumplen voluntariamente las órdenes de alejamiento que pesan sobre sus maltratadores y dejan que se metan en su casa, en su vida y en su cama.
A lo mejor deberíamos responsabilizar a esas mujeres de su propia supervivencia en lugar de tratarlas y referirnos a ellas como seres incapaces de valerse por si mismos. Y, a lo mejor, si todo eso no funciona, deberiamos reconocer que la vuelta recurrente al maltrato es una enfermedad mental que las pone en riesgo y tratar de curarlas. Sin prejucios, sin complejos. Sin excusas.

Y concluyamos
"Ellos no están locos, no es el alcohol ni las drogas ni el estrés, no son crímenes pasionales. Es violencia de género".
Por fin llegamos al meollo del asunto. Siempre es el mismo meollo y siempre es el mismo asunto.
Benayas, que ya se está quedando sin espacio en el Ares por lo que se vé para el primer parrafo, borra de un plumazo los móviles del 94 por ciento de los homicidios no relacionados con el crimen organizado que se producen en nuestro país.
Por pura lógica estadística básica, debería considerarse que, si entre los homicidios de personas que no estan relacionadas afectivamente, los principales motivosde homicidio son la locura -en cualquiera de sus formas, desde la paranoia hasta la oligofrenia, pasando por la psicopatía mas completa-, las drogas o el alcoholismo, en los delítos dentro del entorno afectivo tendrían que tener un porcentaje cuando menos relevante.
Pero no. Según la mentalista autora de este ejercicio de telepatía social, no puede ser así. No matan por lo que matan todos los demás y las demás -El pasado año 15 mujeres fueron condenadas a distintas penas de cárcel por asesinar a sus parejas y en todos esos casos se recurrió al móvil pasional, menos en uno que se explicó por el económico, desde la defensa y la acusación-. Ellos matan porque son machistas. Matan porque son hombres. Y ya está. Sólo matan porque consideran inferiores a las mujeres. Todo lo demás no es relevante. No puede serlo.
Para el aumento de los delitos y los crímenes en este país si vale la justificación de la crisis (http://www.elpais.com/articulo/espana/Divar/alerta/previsible/aumento/criminalidad/crisis/economica/elpepuesp/20090316elpepunac_9/Tes).
Pero para el supuesto aumento de los que se producen dentro del ambito afectivo no -se han producido dos homicidios más que el año anterior en el mismo periodo de tiempo, 33. Los nueve que elevan supuestamente la estadística a 42 se han cometido en Julio. Otra forma más de manipulación-  Para esos la única explicación es que los hombres españoles son mas machistas cada vez.
Tiene que ser así porque si no es así tendría que cambiar el titular y entonces sería menos llamativo su reportaje de Vida & Artes. ¿Por qué seguimos empeñados en matarnos entre nosotros cuando se supone que nos amamos? No. eso sería demasiado largo y además no deja claro quien es la víctima y quien el verdugo; quien es el muerto y quien la mano asesina. Tampoco deja claro los móviles ni las motivaciones de esas muertes inexplicables y encima nos coloca a todos los lectores en el disparadero de la duda. Eso no vale de titular. Es demasiado parecido a la realidad.
Espero que sea por eso. Porque si es por cualquiera de los otros motivos que ya me he cansado de repetir, las mujeres y los hombres de este país empezamos a tener un serio problema con nuestros políticos de cualquier signo y nuestros medios de comunicación.

lunes, agosto 02, 2010

Las bombas racimo y la guerra perfecta

Pues va a ser que estamos de enhorabuena. Resulta que hemos empezado a aprender a matarnos civilizadamente. O, para ser más exactos, lo hemos recordado. Aprender y recordar no es lo mismo, pero tendemos a confundirlo. Unas veces por falta de memoria y otras por poca tendencia al esfuerzo que supone el aprendizaje.
Tras esta pequeña disgresión, toca alegrarse de que 37 países -en el orbe solamente hay 198 estados soberanos, nueve plazas y once territorios bajo protectorado- hayan firmado un acuerdo para prohibir las bombas de racimo, un invento aciago que permite matar más, mejor y desde más lejos. Vamos, el paradigma de todas las bondades éticas humanas.
No es que no nos tengamos que alegrar porque, por lo menos 37 gobiernos, hayan tomado la decisión de dejar de fabricar, comercializar, distribuir y utilizar este peculiar prodigio técnólogico que esparce ,desde un bombardero que vuela casi al límite de la atmosfera respirable, miles de explosivos que se distribuyen de forma indiscriminada por un radio de kilómetro y medio.
Tampoco se trata de no indignarnos porque los países que más los usan y fabrican, es decir, Estados Unidos, Rusia, China e Israel -o sea, los de siempre- ni siquiera se hayan acercado a la reunión donde se ha tomado tan histórica decisión. No tan histórica para ellos, por lo que se ve.
Tampoco se trata de no enfurecernos porque esa prohibición no afecte a las bombas de fósforo blanco isrelíes (que dejan ciego al que sobrevive y queman la carne y la piel de los que intentan ayudarles), las minas saltadoras estadounidenses (un curioso aparatito que, cuando lo pisas, es proyectado a una altura de metro y medio para asegurarse de que su estallido coloca las visceras de la víctima en órbita geoestacional), las minas antipersona rusas (más clásicas y numerosas. La amputación es un valor tradicional y seguro en la guerra) o el, más convencional y barato, tiro en la nuca que se impone en el trato de China con su disidencia política y social.
Hay que reaccionar ante todas estas cosas, pero, por más que nos congratulemos o nos indignemos, lo único que haremos será alimentar la cortina de humo, el parapeto visible de la realidad invisible que todas estas decisiones ocultan. El hecho de que nunca cuestionamos el concepto mismo de la guerra.
La prohibición de las bombas de racimo es otra de esas decisiones medievales que anteponen la caballerosidad a la lógica, es otro de esos tratados milenaristas que desembocaron en la Convención de Ginebra y que solamente afirman un silogismo perverso:  podemos ser lo suficientemente salvajes como para matarnos unos a otros mientras seamos lo suficientemente civilizados como para impedir que la sangre salpique demasiado.
Prohibir las bombas de racimo, de fósforo blanco, las granadas saltarinas, las minas antipersona o cualquier otro tipo de armamento que afecta masivamente a civiles desarmados, no nos hace mejores humanos, no nos convierte en defensores de la cordura. Simplemente, nos hace medievales. Como no somos capaces de aprender, nos limitamos a recordar.
Como, pese a una Organización de Naciones Unidas inoperante en la práctica, somos incapaces de descubrir una forma correcta de dirimir pendencias sin necesidad de echar mano de la amenaza militar; como, pese a todos los cuartetos negociadores, los enviados especiales y los embajadores plenipotenciarios que surcan las zonas en conflicto -medio planeta, para ser más o menos exactos-, somos incapaces de sentarnos en una mesa con nuestros antagonistas y dedicarnos a conversar en lugar de hablar, a negociar en lugar de a amenazar; como somos incapaces de aprender nuevas formas de relacionarnos como individuos, como sociedades y como Estados, nos refugiamos en el recuerdo y nos limitamos a recordar como eran las cosas cuando cometiamos los mismos errores, pero lo haciamos de una forma más limpia.
Diriase que Hiroshima, Dresde, Londres, Guernika, Montecasino, Nagashaki, Leningrado y otro sinfín de bombardeos masivos acaecidos cuando la guerra se hizo moderna -es decir, irracional e indiscriminada, como lo somos nosotros en miles de otras ocasiones- nos habría servido para aborrecer el mero hecho del enfrentamiento armado, para abominar de la solución militar de los problemas entre Estados. Pero no. Somos tan egoistas que lo único de lo que nos queremos asegurar es de que esos conflictos no nos afecten, no nos hieran, no nos maten. Las sociedades modernas siguen dispuestas a ir a la guerra para quedar por encima de los demás, pero no quieren arriesgar su vida en ella.
Así que establecemos nuestra regresión medieval y buscamos de nuevo ejercitos napoleónicos que se reten entre los bosques de la Europa central y que establezcan frentes de batalla en campo abierto, en los que sólo mueren los que están uniformados.
Aquellos a los que la pobreza, la mala suerte o el patrriotismo ignorante les han colocado en la línea de batalla. Nosotros podremos evitar caer en la guerra utilizando el dinero, la suerte, el sexo o la simple y llana deserción. Seguirá habiendo rapiñas, violaciones, robos y venganzas, pero, la guerra es lo que tiene. Seguiremos vivos y siempre podremos sobrevivir a esos inconvenientes.
Esa es la guerra que queremos, pero seguimos queriendo la guerra. Los textos legales, los tratados internacionales, los ensayos éticos y hasta los manuales religiosos siguen aceptando la guerra como la principal forma de relación entre sociedades humanas antagónicas.
A lo mejor, seguimos nuestra proyección medieval y terminamos forzando El Juicio de Dios, ese mítico torneo en el que los líderes se enfrentaban en combate personal para evitar la pérdida de vidas en sus mesnadas. A lo mejor nuestros canales de TDT terminan retrasmitiendo por satélite el enfrentamiento entre dos individuos de terno perfecto que deciden con pistolas de duelo el futuro de sus países.
A lo peor, eso nos parece demasiado poco espectacular y recuperamos el concepto -bastante más clásico y llamativo- del campeón o el paladín. Torsos desnudos con espada y escudo combatiendo para dirimir las disputas del país y preservar vivos y enteros a los integrantes del ejército para morir en la siguiente guerra absurda que elija el gobernante de turno -¡que mal le ha hecho Troya a mi visión histórica!-.
Pero no renunciamos a la guerra. y me temo que no lo haremos nunca.
Está bien que queramos ser El duque Filiberto II de Saboya, Von Clausewitz o Sun Tzu. Está bien que queramos limitar los horrores de la guerra. Pero prohibir las bombas de racimo, los armentos de destrucción masiva o los bombardeos de civiles no nos convertira en Lao Tse, el loco de Nazaret, Ghandi, Russell o Saavedra.
Seguiremos consintiendo la guerra porque seguiremos más preocupados por ganar y por tener razón que por vivir en paz y evitar el conflicto. Somos demasiado soberbios para darle la razón a otros en algo que afecta anuestras vidas. Aunque la tengan.


domingo, agosto 01, 2010

Elogio del riesgo vital y afectivo (por fín, no es mío)

He perdido sin quererlo los papeles que me diste antesdeayer,
Donde estaban los consejos que apuntamos pa´que todo fuera bien.
Y ahora estamos camino de la frontera, disfrutando a poquitos la vida entera.

Así que tengo que encontrarte para verte y que me digas otra vez: "necesito una ayudita, una palabra que me pueda convencer, y cuando me hablas la montaña es más pequeña y no se mueve cada vez".

Que dice que cruzamos camino de la frontera,
disfrutando a sorbitos la luna llena
Como no voy a mojarme si aquí dentro nunca deja de llover...
Aquí no para de llover.

Y si seguimos con el plan establecido,
nos cansaremos al ratito de empezar
Probablemente no encontremos el camino,
pero nos sobrarán las ganas de volar...
Nuestras ganas de volar

Qué fácil es perderse de la mano, ¡madre mía agárrate!,
que el vacío de ese vaso no se llena si no vuelves tú a querer.
Qué pasa cuando estamos camino de la frontera,
pobrecita cansada la vida queda...
Como no voy a cansarla si no paro y nunca dejo de correr.
Y si no paro de correr

Improvisemos un guión definitivo,
que no tengamos más remedio que olvidar,
que acerque todas las estrellas al camino,
para que nunca falten ganas de soñar

Y suena bien, parece que nos hemos convencido,
sólo tenemos que perder velocidad
Hace ya tiempo que no estamos divididos.
Algo sobraba cuando echamos a volar...
Cuando echamos a volar

Y sé que sé, que suena diferente
En tu futuro, en tu pasado, en mi presente.

Y hemos sobrevivido aunque no sé bien a qué.
Y es que andábamos tan perdidos que no podíamos ver:
la alegría que se lleva el miedo,
los buenos ratos, el sol de enero,
ver contigo cada amanecer...

Pensando dan bi dan bi dan
Dan bi dan bi dan

Cuenta hasta tres y empiezo yo primero,
que así el efecto del disparo es más certero.
Ya me sigues tú, quitándote la prisa,
mirando como la tortuga te hiponotiza.

Y nadie se hará el camino sin suerte,
que aqui lo malo en algo bueno se convierte
Existe un sendero y te has convencido,
así que reinicialo conmigo y echaremos a volar
y echaremos a volar.

Y nadie se hará el camino sin suerte,

que aquí la pena en pedacitos se convierte
Aguarda un mundo entero y puñetero.
No le hagas esperar


AÚN HAY ESPERANZA  -POR LO MENOS AÚN ALGUNOS LO CREEN-.

Lo pensado y lo escrito

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