domingo, agosto 29, 2010

Campanilla ya comienza a volar sobre Euskadi

Así, dicho, de pronto y sin anestesia ni nada, suena raro. Pero, visto lo visto, y sobre todo visto el acto realizado por esos chicos a los que se ha dado en llamar el entorno abertzale en mitad del Aste Nagusia bilbaíno, no me queda más remedio que decir que Campanilla -sí, Campanilla- voló sobre la Plaza Zabalburu.
Si nos paramos a pensarlo detenidamente, parece que se trata de uno de esos símiles de andar por casa cuyo recorrido se escapa, se agota, se hace incomprensible. Pero a los defensores de esa izquierda que no es izquierda y de ese independentismo que no es independentismo no les queda otra comparación posible que la que les une al femenino y reducido personaje del hada que reinventara, triste e infantilmente atractiva, el egregio Walt Disney y su emporio de ilusiones y beneficios.
Hace unos años podría haberse dicho de ellos -y de otros muchos- que eran Peter Pan. Empeñados en no crecer, empeñados en no ver como el paso del tiempo tintaba sus sienes de blanco, sus sueños de quimeras y sus reclamaciones de sinsentido. Emperrados en buscar enemigos piratas de garfio y tricornio en aquellos que nada tenían que ver con sus delirios de eterna juventud independiente cuando ya ni eran jóvenes ni nunca habían sido independientes. Enrocados en volver una y otra vez a las mismas soluciones -que no lo eran- porque eran las suyas y porque eran las únicas que habían salido de sus mentes, pese a que nunca les habían servido para avanzar ni un sólo paso en la dirección correcta y ni siquiera en la dirección en la que querían avanzar.
Pero ahora no. Ahora son Campanilla. Peter Pan no puede, no sabe y no quiere crecer. Campanilla, simplemente no quiere reconocer que ha crecido.
Ahora, como el hada minúscula de piernas adultas y corazón de egoismo infantil, se disfrazan de ellos mismos fingiendo ser otros, asumiendo que son el elemento de responsabilidad y de cordura en un país de Nunca Jamás que ellos mismos han creado y que se mantiene gracias a su incoherencia más absoluta.
Simulan no saber que han crecido para ocultar el hecho de que no querían hacerlo; la dolorosa verdad de que necesitan, ahora más que en ningún otro momento, la tierra de Nunca Jamás. Se disfrazan de responsabilidad pero siguen enamorados de aquellos que no quieren crecer. Necesitan a los niños perdidos, aunque se quejen de que no crezcan, aunque les oculten de la mirada de los otros, aunque escondan sus nombres y sus ubicaciones en aras de ese secreto adolescente que no deja claro si es protector o simplemente avergonzado.
Porque, como Campanilla, necesitan seguir volando, necesitan un lugar y un tiempo en el que el polvo de hadas les permita mantenerse por encima del suelo sin necesidad de pisarlo, sin necesidad de renunciar a esa eterna juventud perdida, reivindicativa e irresponsable a la que creen tener derecho porque el complicado mundo de la política real y la madurez personal les resulta demasiado oneroso e insatisfactorio.
Piden -por favor, eso sí- a sus niños perdidos que abandonen su actitud de violencia infantil, pero siguen revoloteando en los mismos mensajes que la fomentan. Mensajes sobre las torturas, sobre la dispersión de presos, sobre el Estado Español invasor, sobre las "condiciones humillantes" que se les imponen, sobre la represión españolista, sobre todo aquello que se les ocurrió en su día y que se niegan a abandonar; que se niegan a reconocer como algo que no se sustenta en la realidad de las cosas, como algo inútil para ellos y para todos los demás.
Exigen soluciones políticas a los gobiernos -que en este caso funcionan como Garfio, el capitán adulto condenado a lidiar por toda la eternidad con niños irresponsables y temerarios-, pero se niegan a erradicar de sus cartas de navegación la ubicación de Nunca Jamás porque es el único punto del mapa de sus ilusiones en el que aún pueden sentirse grandes sin necesidad de bajar a la tierra, a la realidad, a la madurez política y personal.
Así que, como el hada de la hoja de parra, en realidad, siguen tan perdidos como esos niños a los que dicen proteger, a los que piden templanza y tregua, a los que dejan realizar actos vandálicos, a los que, con carteles colocados en mitad de la noche bilbaína, quieren acercar a casa, pero no a sus casas reales, sino a esa sucursal de Nunca Jamás que han construido en el corazón de Euskadi.
Y lo hacen porque necesitan que siga existiendo. Necesitan un lugar donde funcione el polvo de hadas, un lugar donde la magia de la negación y de la eterna insatisfacción les permita seguir volando con esas alas minúsculas que ya no soportan sus cuerpos adultos.
No les importa que ese vuelo no les permita avanzar, les mueva siempre en círculos alrededor de las mismas soluciones que ya les han fallado una y mil veces a ellos y a todos los demás. No les preocupa que el efecto del polvo de hada cada vez dure menos y que, cuando se produce el picado y la caída derivados de su ausencia, el golpe sea cada vez más fuerte y demoledor. No les afecta el número de cadáveres -físicos, políticos, sociales o personales- que dejen atrás en su intento por mantenerse siempre revoloteando por encima de ese suelo real, que reclama su descenso por mera lógica gravitatoria y evolutiva.
No les importa que, cada vez que consumen esa droga del vuelo orbital e inútil en torno a si mismos y a la isla de la eterna infancia intransigente, se alejen más de lo que realmente podrían llegar a ser y les quede menos tiempo y menos credibilidad ante los demás y ante si mismos para poder llegar a serlo.
Ellos, con sus lemas, sus reivindicaciones y sus quimeras, siguen esparciendo polvo de hadas por las calles y las villas de Euskadi para no verse en la necesidad de reconocer que ya saben que han de arrancarse esas falsas alas que les mantienen flotando en el limbo de Nunca Jamás y que ya han descubierto que es preciso obligar a sus piernas a realizar el doloroso -aunque en muchas ocasiones satisfactorio- avance por el camino del compromiso político y de la realidad vital.
Como Campanilla, saben que esa falsa infancia y ese vuelo en círculos no son la solución, saben que ese no es el camino, saben que hay que crecer para poder ser feliz y permitir que los demás lo sean. Pero no les importa, no lo dicen y no se lo reconocen.
El común de los mortales tiramos de borrachera, de gimnasio, de alegría desparramada sin felicidad, de batuka, de coitos efímeros sin compromiso, de amigos con derecho a roce  o de pasiones arrebatadas sin amor para mantenernos en Nunca Jamás; para rechazar el conocimiento de que esa no es la auténtica vida que queremos vivir; de que, quizás, sólo quizás, deberiamos volver a intentar lo que relamente deseabamos y que nuestra impaciencia y nuestra arrogancia nos impidió culminar cuando todavía eramos Peter Pan. Pero ellos no.
Ellos, los chicos abertzales, necesitan contenedores ardiendo, estados opresores, carteles con el rostro de presos de ETA, treguas fallidas que ellos mismos hicieron fracasar para poder culpar a otros y reparto de ikurriñas en la Plaza Zabalburu para ocultarse a si mismos lo absurdo de no aceptar su crecimiento.
No reconocerán que han crecido hasta que se agote la última pizca del polvo de hadas. Aunque para entonces sea demasiado tarde.

martes, agosto 24, 2010

Sarkozy vuelve del revés las clases de historia

Corre el año de Gracia de Vuestro Señor Jesucristo de 1306. Bajo las órdenes de los dignatarios feudales dependientes de los Pares del Reino y de Su Serenisima Majestad Felipe IV, El Hermoso, se ordena que un grupo de personas, que comparten unas costumbres, un credo y una innata tendencia a separarse del resto de los componentes de las sociedades en las que viven, abandone los teritorios que pertenencen a La Corona.
Esas personas, familias enteras, clanes completos, habitan mayoritariamente en los arrabales de las ciudadades, formando barrios cerrados y campamentos en los que reproducen sus costumbres, sus ceremonias y se implican poco o nada en el devenir cotidiano de aquellos turbulentos años en los que El Hermoso era llamado así por no ser llamado el "abofeteador de papas".
Los franceses, los de cuna y útero galos,  les miran con recelo. Les acusan de librarse constantemente de las lebas que sangran a la población en las guerras privadas y públicas de los nobles; les acusan de operar al margen de las leyes financieras y tributarias que Felipe, el rey Felipe, ha impuesto para sanear las cuentas y el tesoro del reino; les acusan de tener negocios turbios, de cubrir a delincuentes y herejes, les acusan de todo.
En la desesperación de la miseria y la falta de futuro, se vuelven hacia ellos y hacer recaer sobre sus hombros todos los males que la guerra y la escasez de cosechas han traido sobre una Francia que perece cada amanecer y cada anochecer entre los retortijones del hambre y los espasmos de las heridas de la guerra.
Los impuestos suben, las guerras continuan y Felipe, sus consejeros y su iglesia, deciden que si el pueblo cree que ese grupo de personas, que a lo largo de los siglos ha ido llegando de forma callada, casi invisible, a la tierra de Francia; que se han asentado sin pedir salvoconductos, si realizar juramentos vasallaticos, son los culpables de los males de Francia, ellos, por la Gracia de Dios -aunque dios no haya dicho nada al respecto-, les darán la razón.
Se les da un plazo exíguo para liquidar sus bienes que, en caso contrario, son confiscados, se les garantiza salvoconductos para atravesar el país y se les ofrece una indemnización de 150 ducados. Ni uno más. En ocasiones muchos menos. Se les permite conservar 100 luises por jornada de viaje -30 más por cada niño-.
Luego se les mete en aviones de la Fuerza Aérea Francesa y se les deporta a un país que ya no es el suyo porque, aunque hayan nacido allí, nunca ha sido su patria.
Y el rey Nicolas - ¿era Felipe o Nicolás? ¡Que más da!- le muestra al pueblo que será duro con aquellos que no cumplen las leyes y que se convierten en una carga para el Estado - o para La Corona-. Los labriegos, los siervos de la gleba, los parados creen que con eso habrá más espacio, más tierras, mas trabajo, más riqueza para ellos, más seguridad para ellos y votan masivamente al rey Felipe o aclaman por las calles al rey Nicolás.
Algunos, los más osados, bajo el mando del siempre tempestuoso Señor de Valois y de su fiel escudero Jean Marie Le Penn, se atreven a perseguir y acosar a aquellos de ese grupo de gente diferente y poco recomendable que se demoran a la hora de abandonar el país. Apedrean sus casas, queman sus caravanas y sus coches, destrozan sus campamentos y los persiguen por los bosques de Francia durante unos cuantos meses, hasta que las tropas del rey y la gendarmeria francesa logran poner un poco de orden en todo ese maremagno.
Y con esto, niños acaba la lección de hoy ¿alguna pregunta?
Francoise: ¿El rey se llamaba Felipe o Nicolás?
Profesora: Da igual, pequeño, lo que importa es el mensaje. Quedaté con la solución política.
Louise: ¿Ya había aviones?
Profesora: Y dale. Lo que cuenta es la idea general.
Ivette: ¿Y funcionó?
Profesora: En los siguientes veinte años Francia sufrió una de sus más grandes hambrunas y el producto interior bruto del país sigue sin subir y la destrucción de puestos de trabajo no cesa.
Jean Claude: Si no le sirvió de nada a Felipe, El Hermoso, expulsar a los judios en 1306, ¿Por qué el presidente Sarkozy hace ahora lo mismo con los gitanos?
Profesora: ¡Ah Jean Claude, el mejor de mis alumnos! Veo que has captado el paralelismo.
Jean Claude (con insistencia): ¿Por qué?
Profesora (con tristeza): Porque, tras pasar por un imperio, dos religiones, varias docenas de escuelas filosóficas, tres revoluciones, medio centenar de ideologías políticas, tres doctrinas económicas, una restauración y cuatro repúblicas no hemos aprendido nada, pequeño Jean Claude, no hemos aprendido nada.

lunes, agosto 23, 2010

La inconstitucionalidad del Constitucional

Mientras, por más que se anuncien conversaciones y se retiren tropas después de siete años de carnicería, la locura, las amenazas y, en definitiva, la guerra no se toma ni un día de vacaciones en Oriente Medio, aquí, dentro de nuestras fronteras lo que no descansa ni un día, lo que no se detiene ni un momento es la lenta pero inexorable noria que hace girar nuestra justicia del ridículo a la desfachatez.
Y en esta ocasión le ha tocado al Tribunal Constitucional. Aunque, ultimamente que el Constitucional esté en tela de juicio no es noticia.
Hace unos dias asistíamos -yo atónito, otros muchos indiferentes- a una sentencia del Alto Tribunal que tenia, ni más ni menos, que recordarle a un parlamento de nuestro país -en este caso el valenciano- que el trabajo de los diputados es preguntar y hacer oposición -incluso sobre el caso Gürtel- y que no se puede negar el derecho a preguntar porque no se sepa lo que responder o porque las respuestas vayan a dejar en mal lugar al gobierno.
Y parecía entonces que el Tribunal Constitucional había empezado a hacer su trabajo, es decir, a recordarle al resto de los poderes públicos y a los ciudadanos que la Constitución Española, además de para utilizarla de escudo y piedra de honda en todas las batallas políticas de cierto calado, está para cumplirla.
Pero poco dura la cordura en las salas de la alta judicatura. Tan poco como la alegría en la casa del pobre. Tan poco como los deseos de paz en Oriente Medio.
La sentencia contra el Parlament Valenciano hizo olvidar por unos días el más absoluto de los ridiculos y escandalosos ejercicios de manipulación mediática en ambas direcciones que la no prensa española realizó con respecto al Tribunal Constitucional: la sentencia del Estatut Catalán -y escribo "no prensa" porque, cada día que pasa, nuestros periódicos e informativos se asemejan más a cualquier otra cosa menos al concepto ético de prensa-. Los medios de comunicación convirtieron esa sentencia en lo más parecido a un empate sin goles en la Liga de Campeones, en lo más similar a los discursos manidos de una noche electoral tras el recuento final de escrutinios.
Dependiendo de por donde soplara al aire, la publicidad y la ideología, los medios de comunicación convirtieron la sentencia en una victoria de los suyos, en una resolución favorable a sus tesis políticas y electorales. Consiguieron que los ciudadanos no se enteraran de verdad de qué había dicho el Constitucional con respecto al famoso y siempre inexplicado e inexplicable Estatut.
Mas, sin solución de continuidad, sin tiempo para recuperar la confianza, nos llega otro. Ahora los medios, algunos medios, consideran que el Tribunal Constitucional amenaza una ley. Lo dicen, lo escriben, lo titulan y se quedan tan  anchos.
La ley es, la también tristemente famosa, nueva ley del Aborto, esa que garantiza en España el derecho a ser irresponsable -como otras tantas-, pero daría igual que fuera la Ley de Costas o la de Desarrollo e Investagación. la cuestión es que se permiten decir que el TC amenaza una ley.
Los mismos que aplaudieron y titularon a cuatro columnas hace siete meses, cuando el TC se negó a suspender la aplicación de la misma ley ahora se sienten amenazados; los mismos que cuando el TC declaró constitucional por la mínima la Ley de Violencia de Género salieron a la palestra de las columnas de opinión hablando de Estado de Derecho y de Garantías Constitucionales, ahora acusan a los integrantes del TC de partidismo, de votar según sus creencias, sus ideologías y no según el espíritu constitucional.
Y el rídiculo y la estupidez van en aumento.
Resulta que los que antes querían acelerar la renovación del TC para lograr la incostitucionalidad de la Ley de Violencia de Género -o sea el PP-, ahora quieren retrasarla para lograr la incostitucionalidad de la Ley del Aborto. Los mismos que lograron retrasar la renovación -o sea el PSOE- para sacar adelante el dictamen constitucional más sesgado de la historia de la democracia moderna en Europa, ahora protestan porque no logran acelerar el proceso que antes demoraron y temen que su Ley del Aborto no salga adelante.
¿No será que esa ley amenaza la Constitución y no que el Tribunal la amenaza a ella?, ¿no será que cuando un Tribunal Constitucional echa atrás una ley es porque va en contra de La Constitución?
Tendría que ser eso, debería ser eso. Pero todos sabemos que no lo es. No lo es porque el TC se ha convertido en la tercera cámara del hemiciclo, en el tercer campo de batalla en el que los dos grandes partidos dirimen sus cuitas en el reparto del poder y de la ideología.
No lo es porque la Costitución Española no le importa un pimiento a ninguno de los que -en otras contiendas- se hacen llamar constitucionalistas. No lo es porque nadie toma esas decisiones en los asientos del alto tribunal atendiendo a los preceptos constitucionales, sino a los intereses políticos, ideológicos y electorales de aquellos que les han colocado en su puesto. Lo único que les importa es ganar, es imponer su criterio y si para eso tienen que llevarse las garantías constitucionales y el tribunal que las representa por delante, lo hacen y punto.
Así que, la Ley del Aborto no saldrá adelante - si eso ocurre- no porque no sea constitucional -que, en mi modesta opinión lo es. Injusta, irresponsable y socialmente dañina, pero constitucional- sino porque, en este momento el PP, tiene más poder que el PSOE en el recuento de votos judiciales. Y la ley de Violencia de Género no fue aprobada porque sea constitucional -que, de nuevo en mi modesta y molesta opinión, no lo es. Util, llamativa y quizás efectiva, pero no es constitucional- sino porque el PSOE tenía más número de votos en el Tribunal Constitucional en ese momento.
Quizás sea así como tiene que funcionar el sistema. O quizás alguien debería poner un recurso de constitucionalidad sobre el uso y abuso personal y partidista que los partidos -y los colocados por ellos en esos sitiales- hacen del Tribunal Constitucional.
A lo mejor la que está amenazada por El Tribunal Constitucional no es la Ley del Aborto. A lo mejor la que está amenazada por el TC y su forma de actuación es La Constitución. Pero como eso sería un verdadero problema preferimos no planteárnoslo. 

miércoles, agosto 18, 2010

Los girasoles son azules en el jadín de Eden -o la percepción no es sólo un problema de Israel-

Pocas veces he dedicado dos posts seguidos de estas pseudo demoniacas líneas a un mismo asunto. Y esta no va ser la primera. Aunque lo parezca, aunque la que ayer era protagonista con su sonrisa hoy sea ejemplo con sus excusas.
Ayer La Sonrisa de Eden era un problema de Israel -y por ende de Palestina, que todo lo que le escuece a Israel termina doliéndole a Palestina y viceversa-. Hoy, las explicaciones de Eden, de la antigua soldado israelí que recuerda con añoranza su ultrajante actitud ante sus enemigos, son un problema de la humanidad.
"No fue mi intención humillarles y por eso no tengo que pedir excusas". Esa es su respuesta a todo lo que se ha dicho y se ha escrito respecto a sus acciones. Y lo que dice Eden no es algo que sólo afecte a los israelíes o a los palestinos, no es algo que demuestre el fanatismo y la falta de criterio en la que se mueven las posiciones más radicales de ambos bandos. Es algo que demuestra simplemente que, poco a poco -en ondas temporales irrefrenables, como en una película mediocre de ciencia ficción-, estamos dejando de ser humanos.
Un amigo comentaba el post sobre la soldado israelí afirmando que, más allá de las intenciones mediáticas de su publicación, su actitud demostraba que nos estamos deshumanizando -no busquéis el comentario, los envía por mail, para eso están los amigos- y que lo hacíamos sin remedio.
Puede que, en un principio, resulte exagerado, pero la respuesta de Eden a la tormenta de reacciones que su álbum virtual ha provocado hace que se quede corto. Es muy posible que ya estemos deshumanizados.
Eden no tiene que pedir excusas porque no era su intención humillar a los prisioneros. Hubo un tiempo en que los que más pedían excusas eran aquellos que no habían tenido intención de hacer daño. Pero, claro, era un tiempo en el que existían la realidad y el error.
Ahora no. Ahora solamente existe la percepción. En la guerra, en la política, en la religión, en las relaciones personales. La realidad ha dejado su lugar a un velo consciente o inconsciente que hemos definido como percepción. No importa como son las cosas, sólo importa como las percibimos.
Hemos sacado a Van Gogh y Monet de los cuadros y los hemos aplicado de forma aleatoria y egoísta a la vida. Hoy por hoy todos los girasoles son azules si nosotros así lo decimos.
A Eden no le importa que los Palestinos se sientan humillados, ella no quería humillarlos; a Eden no le importa que a su gobierno le parezca vergonzoso -que, por cierto, ya le podrían avergonzar otras muchas cosas-, ella no quería avergonzarle; a Eden no le importa el daño que haya causado porque no quería hacerlo, porque ella no lo percibe como una humillación ni como una vergüenza y por ese simple motivo sus actos no pueden ser eso. Ella no quería que fueran eso.
Eden es el ejemplo de como nuestro absoluto egocentrismo nos lleva a ignorar las consecuencias que nuestros actos tienen en los demás, de como hemos decidido no considerarnos responsables de lo que nuestras acciones o inacciones originan en la vida de otros. Si los destruyen, es culpa suya por sentirse destruidos, si los humilla es culpa suya por sentirse humillados. Si nosotros no percibimos que algo es perjudicial o perverso no puede serlo.
Y ese principio de deshumanización se hace absolutamente irrefrenable -y, a estas alturas, prácticamente inevitable- cuando nos damos cuenta de que nuestra percepción está vuelta exclusivamente hacia nosotros mismos. Sólo percibimos el mundo por lo que nos toca, por lo que nos conviene, por lo que nos gusta, por lo que necesitamos o por lo que queremos.
No es que Eden no perciba la humillación de su actitud porque mire a los palestinos y no se de cuenta del motivo por el que se sienten ultrajados. Es que ni siquiera los mira. Si en ese momento ella no se siente humillada, nadie puede sentirse de esa forma. Si en ese momento ella se siente exultante y radiante es lo único que cuenta. Sólo es capaz de percibir su alegría, su percepción está tan vuelta hacia si misma que todo lo demás le resulta más ajeno que un lenguaje alienigena a un hombre de las cavernas.
 Si Eden contemplara las fotos de un militante de Hamas sonriendo condescendiente mientras uno de sus antiguos compañeros de armas sujeta con los ojos vendados y arrodillado un periódico del día y es encañonado, se indignaría sin remedio; si accediera a un blog en el que un militante yihadista colocara fotos de un atentado y escribiera "mi paso por la Yihad, los años más felices de mi vida" se pillaría -como dicen ahora- un globo de tres pares de narices. Exigiría excusas, reparaciones y hasta detenciones.
Pero ese argumento ya no vale con Eden -como no vale con la inmensa mayoría de nosotros-. No lo ha dicho, pero si alguien le planteara estas cuestiones estoy casi seguro que diría: "no es lo mismo. Yo lo percibo de otra manera".
Es una incoherencia manifiesta, pero eso no importa. La coherencia es sólo un requerimiento cuando nos enfrentamos a la realidad y nosotros ya no hacemos eso. La eludimos gracias a nuestro impresionista recurso a los girasoles azules de la percepción.
Y esa es toda la explicación que necesitamos. Si lo percibimos de manera diferente está permitido que actuemos de manera diferente, que recurramos a principios que hemos dejado atrás en otras ocasiones, que exijamos aquello que no hemos dado, que nos neguemos a dar aquello que hemos exigido recibir.
En la realidad, la denostada realidad objetiva de las cosas, los otros existen, en nuestra nueva percepción no. Sólo existimos nosotros y aquellos a los que les damos vela en nuestro entierro -siempre y cuanto compartan nuestras mismas percepciones, eso sí-.
Porque eso es lo que hemos iniciado. Nuestro entierro.
Cuando compramos en el bazar de las ideas el recurso a considerarnos cada uno de nosotros el centro del universo no compramos una posición psicológica, adquirimos un cadalso; cuando, en las rebajas del mercado filosofico, nos vendieron el convencimiento de que nuestra percepción de la realidad se antepone a la realidad misma y es lo único que debe importarnos, no nos vendieron una filosofía, nos hicieron comprar un catafalco; cuando aceptamos como bueno el principio de que en mi vida lo más importante es lo que yo quiero y lo que yo necesito en cada momento sin necesidad de dar explicaciones ni de tener en cuenta lo que eso significa para los demás, no asumimos un estilo de vida, firmamos nuestro propio funeral como sociedades y como individuos.
Como no estoy libre de culpa, tiro la primera piedra. Y la tiro -antes de que algún comentario anónimo se sienta afectado, reflejado, incomprendido o simplemente intrigado y me pregunte si yo me siento al margen de lo que denuncio- porque sé que caerá justo encima de mi cabeza.
Y si es un error. Me disculpo.

martes, agosto 17, 2010

La Sonrisa de Eden o Israel matando a sus soldados -como lo hacen los otros-

Algunos dirán que hemos visto cosas mucho peores en Abu Ghraib, en Guantánamo o en donde quiera que se encuentren los zulos en los que los supuestos guerreros mesianicos de Hamás o Al Qaeda esconden a aquellos de sus enemigos que caen en sus manos. Y no les faltará razón. Yo no sólo diría eso. Diré que no es lo peor de lo que nos queda por ver. Y me temo que tampoco me faltará razón.
De repente, una soldado israelí de nombre Eden Abargil, licenciada ya y con morriña y añoranza -por lo que se ve- de sus tiempos de caqui y adrenalina, cuelga unas fotos en Facebook- curioso invento, por cierto-. En ellas se la ve sonreir en actitud desafiante -sino displicente- mientras custodia a unos hombres atados con bridas de plástico y con los ojos vendados y, por supuesto, nos saltan las alarmas sobre los derechos humanos, sobre la dignidad de las personas y sobre todo aquello sobre lo que, en realidad, tendríamos que tener nuestras alarmas disparadas día y noche.
Los hombres son palestinos. Pero eso, tratándose de un militar israelí se omite por obvio.
Las fotos ponen en macha todo el aparato tradicional en estos casos. El gobierno israelí califica de inexcusable la publicación -que no la realización- de las fotografías, la ex soldado las retira de su perfil público, la autoridad palestina protesta por el trato inhumano a los detenidos y por la mentalidad de ocupación que destilan las instantaneas y poco más.
Asuntos mas gordos les aguardan, humillaciones más completas les esperan, desafios mas grandes les llegarán como para desperdiciar demasiada polvora de esta guerra interminable de fanatismos y autojustificaciones en este incidente.
Pero, más allá de las bridas que sujetan las muñecas de los presos, más allá de las telas que cubren sus ojos, más allá de los ultrajes intuidos o explicitados en las instantaneas, hay un dolor, una humillación, una sinrazon mucho más grande en el instante que ha recogido la foto de la polémica:
La sonrisa de Eden
No soy yo de esos del victimismo conduccionista que salva a todos los que son verdugos para convertirlos en víctimas de aquellos que antaño les educaron, les adiestraron o les inculcarón una ideología y otra, una creencia u otra, pero el peor delito que el Estado de Israel ha cometido en ese instante congelado de la vida que ahora nos muestra la red social de turno es Eden Abargil, su creación y su sonrisa.
Porque, por mas que ahora se muestre indignado, ha sido el Estado de Israel el que ha reducido a alguien que, ni por su nombre, ni por su edad, -ni aunque no tuviera ninguna de ambas condiciones-, debería sonreir en esa situación al estadio mental que le permite hacerlo y además enorgullecerse de ello.
Ha sido toda una propaganda de miedo y odio que los halcones que medran con la guerra a costa de su pueblo y del de los demás han diseminado por las calles de Tel Aviv, jerusalem o Haifa, la que ha permitido a una muchacha de apenas veinte años sonreir en un momento que hace pocas decadas a aguerridos guerreros les hubiera provocado varias sesiones de terapia contra el estres postraumático.
Los mismos que ahora rechazan esas fotos -igual que rechazaron las camisetas en las que se instaba a disparar a mujeres embarazadas para matar dos por el precio de uno, literalmente- son los que han hecho que alguien que debería recordar -con esa edad- su viaje de fin de curso o su primer polvo, recuerde su estancia en el ejército, acarrenado cuerdas de presos indefensos como "el mejor momento de su vida".
Son los que han originado que jovenes de 21 años disparen a bocajarro a niños armados con piedras porque han vendido el odio como arma de defender sus posiciones políticas -y en algunos casos mistico religiosas-; son los que han provocado que Eden pueda sonreir allí donde a los demás tan sólo nos acuden lágrimas al rostro.
Eden Abargil es otra de las victimas que muestra esa fotografía, su sonrisa la hace víctima además de verdugo; su orgullo por esa situación la convierte en víctima además de verdugo; el hecho de que mantenga las fotos colgadas en Internet en la zona privada de Facebook que solamente pueden ver sus amigos la hace víctima además de verdugo. Que aún tenga amigos dispuestos a ver esas fotos la transforma en víctima además de verdugo.
Israel destroza el cuerpo de sus enemigos y la mente de sus soldados. Por eso la sonrisa de Eden la convierte en víctima y a Israel en verdugo.
Pero no pasa nada. Los niños y los jóvenes de Hamas también sonrien cuando desfilan y acuden a las calles de Tel Aviv para hacer saltar por los aires cualquier cosa que el odio y la ira de sus líderes sectarios les haya presentado como obstaculo para su acceso al paraiso.
Así que estámos empatados. No podemos ser los primeros en romper esta absurda cadena de odio y de venganza ¿O sí?

Lo pensado y lo escrito

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