viernes, diciembre 10, 2010

La presión popular va de Euskadi a Teherán -con idéntico error y similar resultado-

Vamos a ver si nos entendemos. Porque esto ya empieza a parecerse a esas salas de los espejos de las antiguas ferias de pueblo en las que siempre se ve la misma imagen pero nunca de idéntica manera. Nuestra capacidad para la distorsión se está empezando a convertir en parte nuestra información genética. Siempre alteramos la imagen que vemos por conspicua que esta sea -lo siento, tenía que utilizar la palabra. Broma privada-.
Miremos hacia donde miremos, ya sea al lejano Oriente, en las brumas de la antigua Persia o al cercano norte, en las lluvias de la cerrada Euskadi, nuestras corneas parecen haber contraído la enfermedad de los espejos distorsionantes y nuestro parpadeo nos conduce a los mismos síntomas.
Arnaldo Otegui,es juzgado -otra vez-por enaltecimiento del terrorismo. Y nos congratulamos porque lo de Anoeta -el mitin de 2004, no el último partido de La Real, no se me mal interprete- fue un acto de enaltecimiento del terrorismo. Eso en Euskadi.
Y mientras, casi sin solución de continuidad, Sakineh Ashtiani es liberada. De repente corre como un reguero de pólvora por el mundo de la tinta y el papel y de los códigos binarios la noticia de que Teherán ha entrado en razón. Resulta difícil de creer, pero parece que los chicos de Mahmud Ahmadineyad han decidido saltar varios siglos en un solo impulso y han puesto en libertad a Sakineh, ¿se acuerdan? esa mujer iraní que estaba en espera de que sus vecinos encontraran guijarros lo suficientemente puntiagudos como para que el sistema legal iraní tenga la seguridad de que muere cuando se los arrojen a la cabeza. Eso en Irán.
Pareciera que una cosa y la otra no tienen nada que ver, pero no es así. De nuevo Occidente, el Occidente Atlántico, se mira el ombligo y lo hace con tanta insistencia e intensidad que la mirada se le desenfoca, se le pierde. Que se fuerza a bizquear de tal manera que las realidades se le cambian. Más de lo mismo.
Otegui ha sido juzgado por reunirse con sus colegas -nada recomendables, como él mismo- y Sakineh ha sido liberada. Objetivo logrado.
Decorados con la fotografía de Sakineh en su casa, su multiplican por infinito los artículos que hablan de la victoria de la presión internacional, de lo importante que es la respuesta ciudadana solidaria en estos casos, de lo que podríamos ayudar a otros miles de millones de mujeres que son asesinadas en el mundo por el mero hecho de ser mujeres.
Sazonadas con instantáneas mucho menos favorecedoras del Abertzale esposado o sentado en la sala del tribunal, crecen como la espuma noticias más concretas, comentarios más políticos y editoriales más incendiarias, sin dejar de lado las declaraciones m´´as sentidas y supuestamente cercanas de aquellos que ven en eso el reconocimiento a su justa labor de venganza.
 En fin, todo el boato autocomplaciente que suele seguir a este tipo de logros de solidaridad internacional y a todos estos episodios de lucha por la democracia mal interpretados. Sigue pareciendo algo diametralmente opuesto, pero sigue siendo lo mismo.
Y, de repente, llega el bueno de Ahmadineyad -lo de bueno es puro sarcasmo, no se me ofendan- y nos baja del guindo de un solo golpe, de un plumazo. De una sola interpretación sesgada y retrógrada del Corán y la Sharia. 
Y de pronto llegan las buenas gentes de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional -y en este caso no es sarcasmo- y nos echan a patadas de nuestro puesto de honor en la base del árbol del ahorcado con una interpretación pura y concisa de la ley, con una argumentación diáfana de la presunción de inocencia. Con una simple sentencia absolutoria.
Sigue pareciendo que Euskadi y Teherán están muy lejos una de otra, que una lapidación no tiene nada que ver con el enaltecimiento del terrorismo, que Sakineh Ashtiani y Arnaldo Otegui nada tienen en común. Pero sigue siendo falso. Nos tienen a nosotros.
Queremos demostrarnos a nosotros mismos tanto poder, tanta capacidad de influencia, tanto conocimiento de lo que es la bondad y tanta capacidad de exportar esa bondad -nuestra bondad, al mundo y las autonomías, si hace falta- que hasta vemos liberaciones donde no las hay y creemos ver condenas donde no puede haberlas.
Sakineh sigue en la cárcel. Y nos damos cuenta que las fotos, que las imágenes, que su sonrisa forzada en el quicio de la puerta de su casa es otro de esos montajes que tanto gustan
a la cupula teocrática iraní, de esos con los que termina dejándonos en fuera de juego y con cara de poker. Otegui sigue en la calle y nos damos cuenta de que las declaraciones, las congratulaciones y las sentidas palabras de las sacerdotisas del victimismo eterno, son otro de esos montajes con los que una pequeña parte de una sociedad que, en su mayoría, está harta de él, quiere meternos en su juego de ternos odios y enfrentamientos.
Nos damos cuenta de que la presión popular, la presión solidaria, la presión internacional o como queramos llamarla, dependiendo de sobre que eje de palanca se aplica la misma, no sólo tiene que tener razón en sus objetivos y motivaciones. Tiene que estar bien hecha.
Pero nosotros no podemos darnos cuenta de eso. Nuestras corneas están tan distorsionadas de mirar por el espejo convexo de nuestros gustos y por el cóncavo de nuestras necesidades que creemos que el mero hecho de que queramos algo lo hace justo, que el mero hecho de que aborrezcamos algo lo hace injusto.
Así que como vemos que alguien va a ser brutalmente ejecutada a pedradas -déjenme que lo repita, ejecutada- no vamos más allá.
Cargamos contra la lapidación, cargamos contra el maltrato, cargamos contra la opresión a la mujer y contra todo lo que se nos ocurre. E inventamos lo que haga falta.
Inventamos que ha sido condenada por adulterio, inventamos que ha sido condenada por mujer. Ignoramos que ha sido condenada por asesinato -en un sistema judicial harto dudoso, eso sí-, ignoramos que Irán no puede soltarla sin más. Podrá indultarla, podrá volver a juzgarla o podría conmutarle la pena. Pero no puede soltarla sin más porque nosotros lo queramos.
Quizás dejamos de ver lo que es evidente porque sabemos que la presión popular no puede impedir la ejecución de una sentencia de muerte por asesinato. Estados Unidos se ha encargado de demostrarlo durante cuatro décadas.
Y como vemos que quedará absuelto -déjenme que lo repita, absuelto- un individuo, que ha convivido y ha comulgado con la violencia, con el terror y con la imposición fascista, a través de la sangre y la muerte, de unas ideas en las que ni el mismo cría pero que parecían garantizarle al ascenso al poder, no vamos más allá.
Nos negamos a ver que el hecho de que alguien esté en un recinto en el que se reparten octavillas no significa que el las reparta; que el hecho de que unos cuantos centenares de personas griten su apoyo a ETA no supone que Otegui no hablara en su discurso de 45 minutos  “de la conveniencia y la necesidad de un proceso de diálogo y negociación para la resolución del conflicto de manera pacífica y democrática”, o sea, lo contrario al enaltecimiento del terrorismo. Aunque no nos lo creamos, aunque ni siquiera él se lo creyera -al menos por entonces-. Nos negamos a ver que La Sala Segunda de lo Penal de la Audiencia Nacional no puede condenarle. Quizás pueda multarle, quizás pueda volver a ver el recurso fiscal. Pero no puede condenarle sin pruebas simplemente porque nosotros lo queramos.
Es posible que no queramos ver lo que es absolutamente transparente porque sabemos que la presión popular no puede impedir la paz en favor de la venganza, no puede impedir la justicia en favor de la vindicación. Argentina y la Transición Democrática nos lo demostraron hace tres décadas.
Así que la presión popular lo único que va a conseguir es que Sakineh sea ejecutada de otra manera -como mucho- o pase toda su vida en la cárcel y que Otegui sea juzgado por otras tantas acusaciones similares y no pase tanto tiempo en los juzgados que no le queden días en su agenda para seguir apoyando a ETA fuera de nuestras fronteras, donde no es delito.
Pírricas victorias para la presión popular. Una presión popular que debería ser como la caridad de antaño. Debería empezar por uno mismo.

jueves, diciembre 09, 2010

Ciberguerra: Desde Sun Tzu hasta Wikileaks, pasando por Barakaldo

Andaba yo dispuesto, agotado por el momento el frente de Wikileaks y de forma definitiva el de los controlodores -al menos para mí-, a castigar a los lectores de estas endemoniadas líneas con uno de mis temas recurrentes -a saber, los avatares de la siempre esquiva y elusiva violencia de género- cuando un amigo de esos míos que piensan y que encima se empeñan en publicarlo en Facebook, se ha descolgado diciendo que las ciberguerras ya son una reladad y me ha creado la duda, pese a lo inmediato de mi respuesta.
¿Escribo sobre la violencia de género? ¿peroro sobre las ciberguerras? Pues nada. Seamos bíblicos -o sea, salómonicos- y hablemos de las dos cosas. Haré una de las mías
Como en todo, en esto de la guerra -por muy cibernética que sea- conviene empezar desde el principio. Y, como diría el libro, En el principio fue el verbo.
Y en este caso, el verbo es Sun Tzu.
La guerra virtual empezó por el principio, por la desinformación. Empezó cuando los pdf en los que los estudios de los expertos demostraban que la Ley de Violencia de género no había conseguido disminuir la violencia familiar fueron descolgados a toda prisa y fueron sustituidos por otros, que con apenas un dato alterado, decían una cosa completamente diferente.
Comenzó cuando a un informe que Unicef colgaba en su web en el que se relataba que 188.000 niños en España sufrían malos tratos, surgidos especialemente por negligencia y por dejadez de sus progenitoras, seguía un bombardeo masivo de una noticia en todas las páginas públicas y asociativas y en todos los medios de comunicación virtuales en la que se decía que Save de Children estimaba que 800.000 niños eran víctimas de la violencia de género en nuestro país.
Y continuó cuando en la pagina de Save de Children no figuraba ese informe, cuando se desconocía que ese estudio tenía la misma rigurosidad que el resultado de multiplicar el número de denuncias de malos tratos por el número medio de hijos por pareja en España. O sea ninguna. Porque nadie ha dicho que todas las denunciantes tengan hijos ¿verdad?. Y prosiguió cuando se ordenó dejar de reflejar en la página del INE el numero de hombres muertos a manos de sus parejas cada año. Y así siguió y siguió.
La desinformación virtual como primera pincelada del arte de la ciberguerra alcanzó uno de sus mas coloridos e impresionistas apojeos el fin de semana pasado en Barakaldo y en Mahon.
Cuando las páginas feministas y las periodistas aledañas reproducen informaciones en las que se dice que el agresor de la mujer vizcaina "accedió a la vivienda". Como si lo hubiera hecho por una ventana para ocultar el hecho de que ella misma, pese a las constantes llamadas y avisos de la Ertzaina y los servicios sociales vascos, le abrío la puerta.
Cuando los medios digitales, las páginas de los organismos encargados del asunto y los sitios web de un sinfín de asociaciones satélites piden una investigación preguntándose qué ha fallado en un intento de evitar que el navegante, el internauta, el lector perciba lo obvio: que la que le falló a su propia viva y a la de su compañero herido de muerte fue la propia víctima pro no hacer caso de quienes la protegían.
Cuando los medios digitales se hacen eco -por fin- de una mujer que mata a su hijo en la localidad balear y se apresuran a elaborar reportajes y a crear hipervínculos con informes en los que se explica pormenorizadamente los motivos, las causas y las desviaciones que llevan a una mujer a matar a su progenie para asegurarse de que nadie piense que es porque es mujer.
El homicida de Barakaldo no tiene hipervínculos, no tiene explicaciones creadas a toda prisa ad hoc, no tiene mobil del delito. El mata por ser hombre. Como mucho, por ser hombre y cubano.
Así que el Arte de la Guerra Cibernética se cumple a raja tabla y comenzó mucho antes de los hackers y de Wikileaks, mucho antes de los ataques de saturación a Paypal y la banca helvética. Comenzó en Barakaldo. Comenzó en Mallorca.
Y superada esa primera fase se paso a la segunda en el perfecto orden que marcaran desde Von Clausewitz a la Agitpro soviética. Llega la propaganda. La propaganda y la agitación, por supuesto. Que una no puede existir sin la otra.
Vínculos masivos, capañas de adhesión en Internet, continuos llamamientos al boicot de una página u otra por machista, por potenciar la violencia de género, por justificarla. Llegan enlaces de advertencia -algunos de ellos de ellos a estas mismas líneas- en los que se avisa, de forma anónima, eso sí que la nueva ley haría posible clausurar páginas por defender a los maltratadores.
Anónimos, pero hechos desde IPs vinculadas a los servidores del Ministerio de Igualdad -que uno puede ser de letras y tocapelotas, pero moverse por Internet sabe-.
Y siguiendo al pie de la letra la dinámica bélica de los grandes maestros -en este caso el camarada Nikita Jrushchov- llega la agitación. 
Permitiendo y alentando páginas en las que se llama a la castración de los maltratadores,a su exposición pública, en las que se reproducen los textos andrófobos más radicales del feminismo estadounidense como obras de arte que muestran la sensibilidad feminista y para las que, no sólo pasan, sino que dejan su firma y su apoyo ministras, ex ministras y alguna que otra subseretaria y Directora General.
Todo esto antes de que los amigos de Assange y Wikileaks dieran por iniciada oficialmente la era de la ciberguerra.
Así que, como le dije a mi amigo, que no estará de acuerdo conmigo -como muchas veces-, pero seguirá siendo mi amigo -como siempre, espero-. Wikileaks, los hackers, Paypal y los bancos de la confederación helvética junto con el omnipresente Estados Unidos y unos cuantos emitatos que prefieren -y quien no- seguir en el anonimato, no han empezado la guerra cibernética.
Simplemente se han asegurado de que la siguiente fase, la que Clausewitz definiría como el extrangulamiento de las líneas de suministro y Sun Tzu, de una más forma gráfica y no exenta de poética, como contraer el estómago del enemigo. estalle en el mismo corazón de América: su billetera.
No vaya a ser que ahora Mastercard no nos cubra los descubiertos ni nos de crédito para empinar la cuesta de enero, Paypal no nos garantice las transacciones, y las compras de Navidad se nos vayan al carajo. Que eso molesta hasta a la más combativa feminista.
Así que, aunque suene a asociación libre de ideas algo pillada por los pelos, para mi, ambas cosas son lo mismo. Batallas diferentes de una misma ciberguerra de nosotros contra nosotros mismos.
Una conflagración virtual en la que muy pocos combatimos y muchos perdemos.

La leña del árbol caído nos quema los dedos

Hay veces que los dichos populares se convierten en una losa que se nos antoja inamovible, pero que nunca es explicada. No hay que hacer leña del árbol caído, dice la sabiduría ancestral de nuestra tradición.


Y un niño pequeño - de esos que por estas fechas miran los catálogos de juguetes con avidez insatisfecha- preguntaría ¿por qué?
Y nosotros, con cara de poker y de no saber que decir, diríamos "porque está mal, hijo mio, porque está mal".
Nadie quiere lo suficiente a sus niños como para decirles la verdad a tan tierna edad. "Porque todos somos árboles, hijo,  y todos podemos caer. Porque todos hemos disfrutado viéndole precipitarse desde lo alto, cariño, y porque todos hemos empujado para que el árbol se caiga".
"Porque los controladores aéreos, pequeño, en su arrogancia, en su irresponsabilidad y en su incapacidad para percibir la realidad, más allá del luminoso círculo que les rodea, son exactamente piezas del mismo bosque que componemos nosotros".
"Quizás sean árboles más altos, mi vida, quizás hayan caído desde más alto porque se les había dado más agua para alimentarse y más luz para que crecieran, pero son parte de la misma foresta que fomamos nosotros".
"Porque si hacemos leña con las astillas y las maderas que saldrían de su caída, tendríamos que cortarnos los brazos y las piernas para lanzarlos a la misma hoguera que encenderíamos con las ramas rotas de sus privilegios laborales y de sus techos salariales. Y tú ¿no querrás que alguien te corte los brazos para hacer fuego, verdad, mi cielo?"
"Anda, vidita, elije tus juguetes, que los reyes están a punto de llegar y esto son cosas de mayores".
El niño no entendería nada así que ¿para qué decírselo?, ¿para qué ni siquiera pensarlo?
No tendría sentido decirle la verdad. No tendría sentido porque nosotros mismos la ignoramos, fingimos ignorarla o nos empeñamos en ignorarla. Porque volvemos la cabeza y la sacudimos negativamente cuando alguien nos dice que todos somos controladores aéreos.
Porque todos hemos hecho el distingo entre trabajar e ir al trabajo. Porque todos pensamos que tenemos derecho a hacerlo. Que cualquiera que nos obligue a que todas nuestras horas laborales sean horas de trabajo es un esclavista, es un mal jefe, es un paranoico adicto al trabajo y un explotador.
Porque creemos que tenemos el derecho a que todas nuestras horas laborales sean remuneradas e ignoramos que tenemos el deber de que todas ellas sean trabajadas -a excepción de lo marcado por la ley, claro está-. Y aquel que se considere inmaculado y sin tacha en eso, que arranque las hojas de las ramas, quebradas en su caída, de los controladores y las prepare para la hoguera.
Porque exigimos la jornada continuada como la solución a nuestros problemas de aclimatación de la vida laboral y la vida privada. Pero sólo de la nuestra.
Porque así podríamos comprar en supermercados cuyos trabajadores no tendrían jornada continuada, en tiendas cuyas dependientas estarían trabajando mientras nosotros descansamos; porque así podríamos quedar con amigos, amantes y familiares en bares en los que los camareros seguirían trabajando, en restaurantes en los que los cocineros dejarían de trabajar a medianoche como pronto.
Porque no hay nadie que no anteponga sus cosméticos, sus camisas, sus cañas o sus copas, su ocio y su negocio, al derecho a la jornada continuada de los demás. A la suya quizás no, para a la de los otros, desde luego. Para eso está el sector servicios.
Y todos los que no lo hagan que se pongan en cola para recoger en sacos las astillas de los controladores caídos en el bosque animado que es nuestra sociedad y corran a hacer carbón con ellas.
Porque no hay uno de nosotros que no haya fingido una enfermedad, un dolor de cabeza, un malestar irreconocible y no diagnosticable ni diagnosticado, para extender un fin de semana, para recuperarse de una resaca, para curar una decepción amorosa de fin de semana o para alargar un buen polvo de idéntico periodo -esto último es menos común pero también se ha dado, creedme-.
No hay nadie que, en fin, para ocultar una simple falta de ganas trabajar no haya tirado de la gripe, de la gastroenteritis, de la regla o del catarro. Sin importarle los demás. Sin importarle en lo más mínimo el efecto que su decisión iba a tener sobre los otros, sobre aquellos que tendrían que hacer su trabajo y sobre aquellos que no iban a recibir el servicio que esperaban.
Cierto es que no hemos dejado a gente colgada del aire sin saber si podrían tocar tierra o no, pero, aquel que esté libre de culpa, que coja el hacha y corte la primera rama del despeñado árbol de los controladores.
Por no exite un sólo asalariado que haya renunciado voluntariamente a sus privilegios de jornada, de distribución del trabajo, de turno o de horario; a sus dejaciones consentidas de calidad en el trabajo o de rendimiento en el mismo. Por mucho que sepamos y percibamos que son injustos, que no responden a circunstancias reales, que perjudican la marcha de todo un equipo de trabajo, que cargan necesidades de productividad sobre otros.
Pero todos oteamos por encima del hombro cuando otros lo hacen, cuando otros lo consiguen, cuando otros lo logran. Todos exigimos entonces que las jefaturas los coloquen en sus sitios para que, quizás con algo de suerte, nosotros podamos ocupar su privilegiado lugar.
Y aquellos que nunca lo hayan pensado, lo hayan criticado o lo hayan susurrado en los pasillos o las máquinas de café que cojan las, otrora robustas, ramas de los controladores, las quiebren sobre su rodilla y las aten en apretados haces para la hoguera.
Porque todos consideramos injusto que mientras otros libran, se marchan de puente o tienen más vacaciones, nosotros tengamos que seguir al pie del cañón; porque creemos que tenemos derecho a desperdiciar el día de trabajo que nos es obligado con la simple excusa de que otros ya no están trabajando y eso es injusto.
Porque nadie resiste la tentación de colgarse del teléfono para ponerse al día de las conquistas o los males de sus allegados en lugar de trabajar en esos días; porque nadie se opone al mágico influjo de  ahogarse en Internet para programar sus vacaciones, gestionar sus cuentas bancarias o reírse con vídeos curiosos, en espera de que llegue la hora de salida de ese día injusto, en el que trabajamos cuando los demás no lo hacen.
Y el que esté libre de culpa, que se suba sobre el caído tronco de los controladores y haga con su hacha la primera cuña en su corteza.
Porque no hay ni uno solo de los que componemos la sociedad atlántica que no crea que está mal pagado, que no proteste porque su sueldo no le llega para todo lo que es indispensable. Lo que él considera indispensable.
Nos da igual que pasemos por delante de bolsas de pobreza con nuestro coche camino del trabajo, nos da igual saber que hay gente que sobrevive con menos de un euro al día, nos da igual conocer de memoria cual es el salario mínimo interprofesional. Nos quejamos, creemos que es nuestro derecho.
No nos plantemos nuestro concepto de lo esencial, de lo necesario, de lo imprescindible. Simplemente pedimos más dinero porque no podemos hacer lo que queremos hacer con el dinero que nos dan por nuestro trabajo.
No nos importa el trabajo que hacemos, la repercusión que tiene en la sociedad. No nos importa que objetiva y universalmente la afirmación de que ganamos poco sea una mentira del tamaño del Coloso de Rodas -y con los mismos fallos de sustentación que demostró tener en su base la desaparecida maravilla del mundo, por cierto-. Queremos ganar más, como un cirujano, como un ministro. Como un controlador aéreo. Y ellos que ganen todavía más si es necesario.
Pero lo justo es que yo gane lo que necesito y que mis necesidades las decida yo y sólo yo. Y aquel que no haya caído en ese razonamiento pernicioso que ponga en marcha el motor de su sierra mecánica y cercene el tallo derruído de los controladores aéreos de AENA.
"Así que, mis queridos niños y niñas, no podemos hacer leña del árbol caído porque papá y mamá, el tío y la tía, los abuelos y hasta ese padrino de bautizo, al que no veis nunca y que de vez en cuando os da dinero para chuches y os besa sonoramente en la mejilla, algo achispado, en bodas, bautizos y comuniones, están hechos de la misma savia y del mismo material vegetal que ese inmenso árbol que ahora veis caído en la televisión y que se llama Controladores Aéreos.
¿Y vosotros no querríais que a papá y mamá, al  tío y a la tía, a los abuelos y hasta a ese padrino de bautizo al que no veis nunca y que de vez en cuando os da dinero para chuches y os besa sonoramente en la mejilla, algo achispado, en bodas, bautizos y comuniones, alguien les atacara con un hacha o una sierra mecánica para echar sus trozos a la hoguera?"
Y -por si alguien se lo pregunta- como, ni de lejos, estoy libre de culpa, por eso, una vez más, no me importa tirar la piedra o sacar el hacha. Aunque tenga que dejar de escribir porque los dedos ya  me empiezan a doler. Como si alguien los estuviera golpeando con un hacha.

Assange y la esperada Era de la Crucifixión

Tenía que llegar el día. Durante demasiado tiempo lo hemos visto en las películas, lo hemos atisbado entre las páginas de Internet, lo hemos leído en los best sellers e incluso lo hemos visto en la tele -en alguna de esas rarezas televisivas que se llaman documentales y que aún hacen inocentemente de la credibilidad un valor de audiencia-. Lo hemos visto, lo hemos oído y lo hemos leído y no hemos hecho nada.
Y, una vez más -y he perdido la cuenta- la inacción ha generado una consecuencia mucho más demoledora, mucho más desastrosa que cualquiera de los cursos de acción por los que podíamos haber optado, que cualquier movimiento que hubiéramos elegido.
Pero nosotros optamos por la inacción y con ello pusimos fin el periodo conspirativo de nuestra historia. La civilización Atlántica ha cambiado de registro.
Ya no son necesarias las reuniones secretas, los susurros en la sombra, las cortinas de humo, la destrucción de datos y de pruebas. Ahora, más de dos mil años después,  cualquier crucifixión puede hacerse  de nuevo en público, con luz y taquígrafos, con rueda de prensa incluida y con espacio en todas las portadas de los periódicos. Y si no que se lo digan a Julian Assange.
Wikileaks ha marcado un antes y un después. Pero no ha sido por las revelaciones del Cablegate -al fin y al cabo todo el mundo sabe que Rajoy es inútil y Zapatero hipócrita Lo dice el Departamento de Estado estadounidense, no yo, que conste-. No ha sido porque haya demostrado que la población bien informada toma decisiones correctas -eso, cuando ocurra, supondrá el fin de nuestra civilización-. Ha marcado un antes y un después porque ha hecho innecesaria la conspiración para silenciar las voces indeseadas.
Los profetas de la paranoia conspirativa -que haberlos hailos y muchos, como las meigas- al principio fueron felices. Vieron con Wikileaks la prueba de todos sus miedos, de todos sus impulsos.
Se demostraba por fin, sin lugar a dudas, que los gobiernos perjeñaban y ejecutaban maldades innombrables en la sombra, cuyo secreto pasa de generación en generación, como los microfilms del expediente del asesinato de JFK -¡Qué hermoso mito ese de los dichosos microfilms!-.
Pero, con el correr del tiempo, han caído con esto de Wikileaks en la más profunda de las depresiones; han visto como su brújula paranoica perdía el norte, han sentido que su impulso conspirativo se frenaba por la mera y simple imposición de las leyes físicas de la fricción contra la realidad. Y se han quedado en paro.
Después de Wikileaks ya no habrá conspiraciones, ya no habrá gurús escondidos que avisen de lo que saben y nadie más conoce, ya no habrá pruebas fehacientes que marcar con un círculo rojo en los vidos de Youtube -o no tantas, al menos-. Ya no serán necesarias.
Hace un par de décadas, los gobiernos implicados hubieran reaccionado con negativas, con pruebas de descargo -falsas todas ellas, por supuesto- y se hubieran reunido en secreto para estudiar cómo se deshacían del problema. Hubieran quemado hombres de paja como Oliver North en el Irangate; hubieran alterado imágenes de satélite como en la invasión irakí, hubieran abierto cientos de dossieres secretos y, en el más desesperado de los casos, hubieran envenenado el licor de Assange, metido su cuerpo dormido en un coche y arrojado el vehículo por un puente.
Pero eran otros tiempos, entonces todavía temían que si las poblaciones sabían la verdad les apartaran -violenta o pacíficamente- del poder, reaccionaran contra ellos. Años y décadas después, años y décadas de contemplar como nadie reacciona por oscura que sea la conspiración revelada, como nadie se mueve, por cruel y llamativa que sea la infamia perpetrada, les ha ensañado que no es necesario actuar así. Durante muchos años hemos podido hacer algo y no lo hemos hecho y ahora Assange paga el pato.
¿Quién fue aquel que dijo: "Nuestro camino está marcado por lo que hacemos y nos daña a nosotros y por lo que dejamos de hacer y daña a los demas"? ¡Coño, fui yo!. Hoy Assange es nuestra víctima, víctima de nuestra inacción.
Porque es falta de reaccion permite que los gobiernos implicados en sus revelaciones no se preocupen de buscar y localizar a su fuente -que es quien verdaderamente ha cometido el delito de revelar secretos-, no se preocupen de desmentir lo que sale cada mañana en las portadas de los periódicos.
Simplemente presionen a la fiscalía sueca para que reabra un proceso contra él que ya había cerrado. Y la fiscalía lo reconoce abiertamente, pero reabre el caso y pide la extradición de Assange, dicta una alerta internacional en la Interpol ¿por qué?
Nosotros creemos que es por violación, como poco por acoso sexual, y la fiscalía sueca -y eso que son suecos- no se preocupa de desmentirlo. No se preocupa de decir que se le busca por un delito que, en Suecia, que se llama "sexo incontrolado" o "sexo negligente". Que ha emitido una orden internacional de búsqueda contra Julian Assange, del mismo nivel que la de El Señor de La Guerra u Osama Bin Laden, por follar sin condón.
Y lo ha hecho, aún sabiendo que una de las denunciantes, Anna Ardin, es una mujer conocida por sus exabruptos literarios anticastristas -que su derecho tiene- en páginas financiadas por el Depatamento de Estado estadounidense; aun sabiendo que la otra acusadora anunció a bombo y platillo por twiter su conquista del australiano, algo sorprendente cuando te han acosado o te han violado.
Y ¿por qué hace todo eso la fiscalía sueca si sabe que nos vamos a enterar? La respuesta es sencilla. Porque sabe, ya lo ha aprendido, que nosotros no vamos a hacer nada al respecto.
Como lo sabe Amazon y otra serie de grandes empresas de Internet que niegan alojamiento a Wikileaks y dicen abiertamente que es porque se lo ha exigido el gobierno estadounidense. Como lo sabe Paypal que, violando las normal más elementales de la libertad y el comercio en Internet, cierra la cuenta de donaciones de Wikileaks, reconoce las presiones del gobierno estadounidense y aduce que no puede apoyar a alguien que "presuntamente" -esa palabra siempre aparece, por si las moscas- ha cometido un delito.
Paypal sostiene una cuenta parecida para alguien llamada Janinne Lindemulder. Que, ¿quién es Janinne Lindemulder? Una actriz porno que está en la carcel por defraudar a al Tesoro estadounidense y que aprovecha el morbo de la situación -para quien le de morbo- para no dejar de ingresar dinerito.
Por no hablar de que la mitad de las páginas que venden productos de limpieza, de milagrosa belleza o de potencia sexual son reos de un delito de fraude continuado y Paypal no tiene ningún problema para albergar sus cuentas.
¿Por qué cierra la de Wikileaks?, ¿por qué  lo hace y lo reconoce? Porque también ha aprendido la lección. Sabe que no heremos nada contra ella. Nuestros DVDs, nuestra seguridad en las compras por Internet o nuestros libros de Amazón son más importantes que la libertad de Assange. Son más importantes que una verdad secreta revelada.
Como también lo sabe el banco suizo que le ha congelado los fondos del periodista australiano por no poner correctamente su dirección. ¡Por el amor de vuestro dios! Esa gente tiene cuentas bancarias de personajes que nadie sabe donde viven. No congelaron los fondos a Imelda Marcos cuando era evidente que no vivía en Filipinas, no han congelado los fondos de la mitad de los dictadores africanos, de los narcotraficantes sudamericanos ni de los empresarios estadounidenses pero, ¿congelan unos pírricos 31.000 euros de Assange porque no pueden mandale correctamente la correspondencia? No, lo hacen simplemente porque Washington se lo exije.
¿Por qué, de repente, los defensores de las sagradas finanzas de sus clientes se pliegan a presiones -una vez más- del gobierno estadounidense y congelan las cuentas del australiano?, ¿por qué lo reconocen abiertamente?
 De nuevo y por tercera vez -como las negaciones evangélicas- sabemos la respuesta. Porque nosotros no vamos a hacer nada. Nuestro dinero estafado a Hacienda, el producto de nuestros negocios irregulares y nuestras herencias desviadas son mas importantes que la persecución de Assange.
El gobierno estadounidense ya no necesita operativos encubiertos, ya no necesita dosieres secretos, ya no necesita nada de lo que le sirvió -a él y a otros muchos gobiernos- para silenciar a voces indiscretas, vengativas o incómodas. Ya sólo nos necesita a nosotros. Nosostros y nuestra inacción.
Es el paso de los tiempos de la conspiración a los tiempos de la crucifixión
¡Bienvenidos al cambio de era!

lunes, diciembre 06, 2010

La Constitucion completada en su aniversario

Supongo que en este, el día de la Constitución, la sagrada, inmarcesible e inmutable Constitución Española, no es lo más apropiado hablar de cambiarla, de modificarla, de alterarla. Pero como yo soy de los que aprovechan los días inapropiados para hacer las cosas que consideran apropiadas -cuando me dejan-, voy a dedicarme hoy a proponer algunas modificaciones o, más bien introducciones, que creo que están empezando a ser estrictamente necesarias.
No voy a hablar de referenda soberanistas, ni de divisiones federales y ni siquiera sobre el sexo -que no el género- de la cabeza que ha de portar el, cada vez más inocuo y anacrónico, peso de La Corona. Lo que yo propongo es algo más profundo. La adición de algunos artículos que la harían profundamente nuestra.
Vamos allá

Texto refundido de la Constitución Española de 1978

Art 170.
Todos los españoles tienen derecho a que nadie les recuerde sus deberes. El Estado, el Gobierno o cualquier otra institución pública o privada estarán en la obligación de silenciar cualquier petición o reclamación que tenga como objetivo recordar a los ciudadanos su deberes básicos para con la sociedad y el territorio en el que viven y de perseguir con la mayor dureza a aquellos que insistan en llevar a cabo esta actividad.

Art 171.
Todo español tiene derecho a prescindir de la realidad. Los organismos competentes se asegurarán de garantizar ese derecho, aportando los datos, sean ciertos o no, que cada ciudadano precise para poder anteponer su percepción de los hechos a la auténtica realidad de los mismos, comprometiéndose igualmente a facilitar estadísticas manipuladas, cifras descontextualizadas, datos tergiversados y cualquier otro elemento que la evolución social o tecnológica ponga a su alcance con el correr del tiempo para la consecución de dicho fin.

Art 172. 
El Estado y la Administración pública están obligados a facilitar y permitir que todo español niegue silencie u oculte las explicaciones de sus actos a aquellos, sean ciudadanos españoles o no, que resulten directamente afectados por ellos. Para ello se creará un Organismo Nacional de Ocultación de Motivaciones, cuya actividad será regulada mediante un decreto legislativo y que se asegurará de que, bajo ningún concepto, esas explicaciones puedan ser requeridas, modificando a tal efecto, si es necesario, la legislación vigente en la actualidad.

Art 173.
Todo español tiene el derecho inalienable de escapar de sus problemas y huir de sus responsabilidades sin sufrir por ello recriminación ni reprensión social o personal alguna. Se considerará una discriminación y una vejación cualquier crítica ejercida por cualquier individuo en este sentido, cayendo el reprensor en las penas tipificadas en el sistema penal a tal efecto, independientemente de que aquel que ejerza esa crítica pueda sentirse perjudicado por esa supuesta huida u omisión de esas responsabilidades individuales y sociales.

Art 174.
El sistema penal y judicial español pasa a regirse por el principio de Ego, victimis que supone que cualquiera que haga saber su condición de víctima públicamente en un medio de comunicación de masas tendrá, automáticamente, todo el apoyo del Estado, las administraciones y las instituciones públicas, independientemente de la realidad de estas afirmaciones. Este principio  reboca de forma definitiva el concepto de prueba judicial objetiva, así como los de Habeas Corpus y presunción de inocencia, que regían en el ordenamiento anterior. El acceso a la utilización del concepto de Ego, victimis será regulado por un real Decreto, siempre bajo el principio de subjetividad absoluta y de presencia mediática masiva. El Estado se compromete a poner las herramientas que derivan de los artículos 171 y 172 de este texto legal al servicio de la consecución de estos objetivos.

Art 175.
Todo español tiene el derecho de preocuparse exclusivamente por su bienestar personal, independientemente de los perjuicios que ese bienestar pueda causar a otros, aunque estos formen parte de su entorno más cercano. Los poderes públicos, protegerán este derecho, impidiendo que terceras personas que pudieran resultar perjudicadas por esta lícita preocupación, especialmente si son familiares, allegados o están de alguna manera vinculados afectivamente al que es sujeto objetivo de este derecho, puedan protestar, negarse o impedirlo. Todos los involucrados deberán poner a disposición de aquel que se preocupa por su bienestar personal todos sus bienes, esfuerzos y recursos, independientemente de que el individuo en cuestión lo merezca, haga algo para devolverlos o los necesite.

Art 176.
Para dirimir conflictos en la aplicación del artículo anterior, el ordenamiento jurídico español que emane de este artículo se regirá por el principio Quis altia res posse faci? -¿qué otra cosa puedo hacer?-. Si la respuesta a esta pregunta clásica impone al sujeto de la reclamación alguna obligación, esfuerzo o riesgo, se denegará toda reclamación de segundas o terceras partes. Tanto el código penal, como el código civil vigente se modificará para adecuarlo a este concepto legal.

Art 177.
Todo español tiene derecho a conseguir la felicidad sin esfuerzo ni riesgo alguno. Por ende, ningún español puede exigir a otro el más mínimo esfuerzo para la consecución de la felicidad. El Estado se compromete a crear Zonas de espera en parques, jardines y otra serie de espacios públicos y comunitarios para que los ciudadanos se sienten a esperar la llegada de tiempos mejores sin esfuerzo alguno. Asimismo, facilitará el acceso gratuito de la ciudadanía a tarotistas, magos, videntes o cualquier otro tipo de profesionales competentes en la materia, que puedan asegurar a la población la llegada de un futuro feliz sin necesidad de poner riesgo ni empeño alguno en ello.

Art 178.
El Estado debe garantizar a todo el español el derecho a la autojustificación y articular los mecanismos necesarios para que sean aceptados y comprendidos por el resto de la sociedad. Toda autojustificación será aceptada de inmediato sin pregunta ni cuestión alguna y las administraciones públicas asumirán la función de perseguir a todos aquellos que no las acepten de forma inmediata y sincera.

Art 179.
Todo español tiene derecho a renunciar a su humanidad, su dignidad y su felicidad en aras de evitar la intranquilidad o el sufrimiento, por efímero que este pueda resultar. Para garantizar este derecho, las administraciones públicas habilitaran todas las herramientas necesarias para eliminar de los procesos educativos y de formación de opinión las referencias a sentimientos, potencialidades y capacidades éticas que faciliten o exijan esta humanización -siendo especialmente perseguidas las segundas- y hará lo posible por sustituirlas por referencias a instintos y necesidades básicas que puedan servir para imitarlas o sustituirlas.

Art. 180
Todo español tiene derecho al miedo. A dejar que le frene, que le congele, que le incapacite para ser humano. A hacer del miedo su principal herramienta de relación con el entorno, la sociedad e incluso consigo mismo. Los poderes públicos se asegurarán de que el miedo pueda ser utilizado como elemento de aplicación de todos los artículos anteriores. Ningún español estará obligado a superar sus miedos, a luchar contra ellos, a afrontarlos. Ningún español estará obligado a vivir más allá de su supervivencia.

CLAUSULA TRANSNACIONAL PRIMERA

Todos estos artículos serán incorporados tras su aprobación a la futura Constitución Europea y serán introducidos como enmiendas dentro de la Constitución de Los Estados Unidos de América para asegurar la completa homogeneidad legal y civil en las sociedades. La incorporación de los principios reflejados en este articulado al resto de las legislaciones del mundo será tratada en reglamentos posteriores, dada la escasa relevancia que estas sociedades secundarias tienen para el desarrollo de nuestra civilización.

En Madrid a 6 de diciembre de 2010.

Puede que no sea posible, que sea un suicidio y que desembocara en la hecatombe, pero sería, igual que hicimos con dios en el concilio de Nicea o con el mundo en el de Calcedonia, una constitución creada a nuestra imagen y semejanza.
Por lo menos sería una constitución sincera. Sincera en nuestro egoísmo, en nuestro individualismo y en nuestro miedo, pero sincera.
Claro, que también hemos renunciado a eso.
Feliz día de la Constitución.

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