lunes, febrero 04, 2013

Vidas sin valor o la paradoja sanitaria de cerrar las puertas del Lázaro canario.

La paradoja es una realidad que siempre nos coloca en el límite mismo de la incomprensión, en el borde de cuestionarnos lo que sabemos o creemos saber y lo que la realidad se empeña en mostrarnos en contra de esas seguridades que creíamos tener. Vamos, que nos coloca en ese sitio en el que nunca queremos estar y siempre nos deja incómodos: la necesidad de cambio.
Y la paradoja que supone del cierre por falta de recursos del Proyecto Lázaro, único centro que prestaba asistencia sanitaria gratuita y cobijo a los enfermos de SIDA sin techo y sin hogar en Canarias, nos arroja a una serie de paradojas que hace que nos veamos en la obligación de cuestionarnos muchas cosas.
La primera de ellas es que ese centro, precisamente ese, estaba regentado por Cáritas. Resulta curioso que un centro de infectados del HIV, al que más de una santa representada cinematográficamente ha considerado un castigo de dios, que siempre se ha vinculado desde los púlpitos ultramontanos y las salas vaticanas al vicio y la depravación sexual, sea gestionado por una entidad diocesana. Una paradoja positiva, no nos engañemos.
La segunda es que el cierre, provocado por los recortes, esos continuos, indolentes y locos recortes que aquejan a nuestra sanidad, a nuestros servicios asistenciales y a todo lo que dábamos por sentado como un derecho y que ahora resulta que nuestros gobernantes creen que no lo es, no vienen de un gobierno del Partido Popular, sino de uno que, por su condición de autonomista -como es Coalición Canaria- debería anteponer su sociedad a lo que otros dicen y luchar por ello.
Y la tercera paradoja, quizás la más importante de ellas, viene de una suma de las anteriores y de otras muchas en las que Moncloa se ha hecho especialista desde que las urnas nos arrojaran a este sinsentido de sacrificar a muchos para salvar a unos pocos que, por ende, ni siquiera merecen ser salvados.
Porque, después de que la Educación, la sociedad y la condición aconfesional del Estado, le exijan al PP que recorte los dineros públicos gastados en todos los ámbitos de la actividad religiosa católica, no se recorta en los conciertos educativos valencianos, que se incrementan salvajemente a pasos agigantados, no se recorta en los gastos educativos de la religión en las aulas que suman varios millones de euros por comunidad en cada curso en pago de profesores, ni siquiera se recorta en subvenciones marianas a cofradías, procesiones y entidades sacras varias. 
Se recorta en las dotaciones asistenciales para Cáritas. En eso sí.
Porque no es la Conferencia Episcopal la que sufraga Cáritas -por más que Rouco y sus adláteres lo digan y pregonen- son las aportaciones de las Comunidades Autónomas y el Gobierno Central la parte de león de sus ingresos.
Así que, cuando toca recortar a la Iglesia se le corta el grifo en lo asistencial, se el cortan los fondos en la única labor que es esencial y además en un lugar, Canarias, en el que es la única que la asume para los que viven en la calle y no tienen recurso alguno.
Moncloa, su área económica y sus recortadores a ultranza toman la decisión no porque Cáritas sea una organización religiosa, sino porque lo que hace es una tarea asistencial.
Convierten el reclamado recorte en gastos religiosos en el indeseable recorte en gastos sanitarios.
Y lo hacen sin inmutarse y con la aquiescencia de Comunidad Autónoma y Diócesis Canaria de por medio.
Porque la Comunidad podría haber cubierto esa rebaja, detrayendo el dinero de otra parte, realizando algún recorte suntuario que seguramente todavía no ha hecho. Parece que lo intenta, parece que busca financiación y que intenta conseguirla. Pero la previsión es la obligación de los gobiernos que conocen el terreno como son los autonómicos. La reacción está bien, pero la previsión es aún mejor.
Y sobre todo porque si la asistencia sanitaria a través de sus iniciativas solidarias -caritativas, según el concepto católico- fuera una prioridad para la jerarquía católica habrían encontrado el dinero para mantener abierto el centro, hubieran renunciado a un Corpus Toledano o a una misa multitudinaria por la familia y habrían empleado ese dinero para mantener abierto un centro que no solamente aporta tratamiento y cobijo a los enfermos de la isla, sino que además supone un aporte sanitario importante para toda la sociedad insular.
De modo que el cierre del centro es una paradoja ejemplar de lo que le importa y lo que no le importa a nuestro gobierno, de sobre quienes no le importa cargar sus recortes. De que fingen desconocer que detrás de esos números hay personas a lasque condenan a la muerte doblemente, por no tener acceso a sus medicaciones y por no tener acceso a un lugar en el al menos pernoctar con unas mínimas garantías de llegar al siguiente amanecer. Y es una paradoja, quizás más ejemplar todavía, de lo que le importa y no le importa a la jerarquía eclesial.
Los unos, pudiendo recaudar y recuperar dinero otorgado a la jerarquía católica en otros muchos conceptos eligen los ámbitos sanitarios y asistenciales como objeto del recorte y los otros, pudiendo renunciar a otros gastos mucho más inútiles, suntuarios e innecesarios, aceptan el recorte en la asistencia sanitaria a ese colectivo en concreto sin mover un solo dedo para evitarlo.
A los unos no les importan por desahuciados y a los otros por pecadores.
Pero, en cualquier caso, los que pierden son los enfermos, la sanidad canaria y toda la sociedad de la isla en su conjunto.
Moncloa por lo menos tiene la excusa de su cerril obcecación ideológica neocon -que es excusa solamente, no justificación- pero ¿qué excusa pueden dar los jerarcas episcopales?
Unos y otros estarán orgullosos. 

Leire y el consenso no eligen bando en los desahucios

El acuerdo, la consecución de una entente o un consenso es una de esas necesidades reversibles que pueden volverse en contra de quien las maneja, que quien se aferra a ellas como forma más elevada, sino única, de gestión de lo común.
Y ese doble filo de la necesidad de consenso, de la bondad de llegar a acuerdos está sangrando y desangrando la Comisión de Economía y Competitividad del Congreso. Y no lo está haciendo en temas que puedan ser importantes pero de un interés relativo para el conjunto de la población, no lo está haciendo en esas materias que rozan lo arcano para casi todos por lo inextricables. Lo está haciendo con el cuerpo mismo de la sociedad, con aquello que la está desgarrando desde abajo y que amenaza el futuro de todos.
Lo está haciendo con los desahucios, con la Ley Hipotecaria.
Porque en ese impulso de acuerdo y de consenso, la Comisión no escuchará, no convocará, a aquellos que por primera vez -por lo menos que se recuerde- en la historia de la democracia, han descendido a la cada vez más macilenta trinchera desde la que tienen que luchar la sociedad por sus derechos: los jueces.
En una comisión que aborda una ley novecentista que está abocando al desastre vital a miles de familias españolas, José María Fernández Seijo, el juez que recurrió ante el Tribunal de Justicia de la UE la normativa española en esta materia no será escuchado; en una comisión que ha de estudiar las reformas necesarias para evitar que desde el más arcaico de los modelos históricos sigan llegando puñales que se claven en la espalda de nuestro futuro, Manuel Almenar, vocal del Consejo General del Poder Judicial que, con su informe, desató uno de los hitos de compromiso social de la judicatura española que sin duda pasarán a la historia no estará entre los escuchados.
Y no estarán porque el Partido Popular no los quiere escuchar, no estarán porque el Gobierno no quiere que gentes a las que no puede catalogar de antisistema, de perroflautas o de radicales revolucionarios le argumenten su vergüenza con luz y taquígrafos, porque Moncloa no quiere que aquellos que saben de la ley y de su aplicación le espeten en la cara que tiene que cambiarla, que es solamente una excusa para defender lo indefendible, para mantener los privilegios financieros del estamento bancario que no quiere cambiar porque no le conviene.
No estarán porque el PP no quiere, pero no estarán tampoco porque la portavoz del PSOE, Leire Iglesias, lo consiente.
Obligado a pasar el desierto de su derrota electoral, arrastrado a atravesar el tumultuoso Rubicón de su reconstrucción ideológica, el PSOE cree que necesita vitorias, que necesita acuerdos, que necesita consensos para demostrar su utilidad en un mapa político tan monocromático como aplastante en el que la mayoría absoluta es un hecho incontestable.
Y es posible que en otras cosas eso sea cierto, pero en esto no. En la Ley Hipotecaria no. En los desahucios no.
No se puede buscar el acuerdo por un simple motivo. Se sabe de antemano que el acuerdo es imposible.
Porque todos y cada uno de los actos del PP en esta materia han estado encaminadas a la protección de los hipotecadores en detrimento de los hipotecados. Porque todos y cada uno de los ámbitos de gobierno de Moncloa están salpicados, jalonados e impregnados de ese deseo de defender los intereses bancarios a toda costa.
Porque se ha recortado de todos y de todo para dárselo a ellos; porque se ha pedido dinero a Europa para dárselo a ellos, porque se han subido los impuestos para entregarles la recaudación como un diezmo sagrado medieval, porque se ha creado un banco estatal que perderá dinero a espuertas para que ellos no tengan que cargar con sus pérdidas.
Todo acuerdo es imposible porque el PP ya ha elegido en este asunto y no ha elegido a la sociedad.
Y persistir en intentar un acuerdo, un consenso, una entente, cuando la otra parte no está dispuesta a ellos, cuando el de enfrente ya ha comenzado las hostilidades y se arma para continuarlas es arriesgado e incluso pueril. Dos no pueden entenderse si uno no quiere.
Acordar con el PP que esos jueces, que esos magistrados expertos y críticos, no tengan voz en esa comisión, es un acuerdo baladí y no hay victoria pírrica que pueda consolarnos porque cualquier victoria se llevará por delante a demasiada gente, a demasiadas vidas, a demasiados futuros.
Acordar unos expertos bancarios en esa comisión es tan inútil como  los intentos de acuerdo y de dialogo de tiempos pretéritos, como discutir la canción que toca la orquesta mientras se hunde el Titanic.
Suicida como el intento de consenso de Inglaterra y Francia con la Alemania de los años cuarenta se llevó por delante a Austria y Checoslovaquia antes de que se dieran cuenta en Polonia de que todo acuerdo era imposible; absurdo e inútil como los sucesivos acuerdos de Escipión con sus sucesivos homólogos cartagineses fueron cambiando las líneas fronterizas en Hispania hasta que ambos se dieron cuenta de que la necesidad de uno y otro de controlar el Mar Mediterráneo los hacía inútiles y solamente el enfrentamiento podía dirimir esas diferencias.
Porque cualquier cosa que pueda conseguir el PSOE a cambio de aceptar el silencio de esas voces en la Comisión es una derrota no para el partido socialista sino para todos nosotros
Porque escuchar a los afectados solamente aportará el testimonio del sufrimiento y de la desesperación ya conocidas, ya reflejadas en los medios, ya vividas por todos aquellos que día tras día nos colocamos en un portal para intentar evitar lo que el Gobierno ha convertido en inevitable; será impactante, será sentido, pero será reiterativo; porque escuchar a los expertos hipotecarios que hablen en nombre de la banca no dirá nada nuevo que su hipócrita teoría de que a ellos hay que ayudarles pero ellos tienen patente de corso para mirar solamente por sus intereses. Solamente reforzara la posición que el Gobierno ha decidido ya mantener.
Lo único que serviría de algo es que dos individuos togados atravesaran la sala y les señalaran con el dedo, que dos individuos que saben de ley y de justicia y que son autoridades en la materia les dejaran muy claro que esa ley es injusta y que es su obligación como legisladores cambiarla si no quieren que los magistrados se vean obligados a no aplicarla, colocándose por ética en el mismo limite interno de la prevaricación formal.
Y eso no ocurrirá. No ocurrirá porque no lo quiere el PP y porque el Partido Socialista, en un error de bulto, que confunde la bondad del consenso con su necesidad, lo ha permitido.
Todos sabemos lo inútil y vagamente mediático que es abordar este asunto en una comisión que está controlada por el PP gracias a su mayoría absoluta, como lo está toda la actividad parlamentaria. Todos sabemos que solamente se hablara unos días para terminar concluyendo que la reforma que necesita la Ley Hipotecaria es la que necesitan los bancos, que son a fin de cuentas los que dictarán palabra por palabra el texto de esa ley.
Pero si Almenas y Fernández Seijo hubieran sido convocados por los que iban a perderlos, habrían dejado claro que el PP no quiere escuchar lo que tienen que decir y el PSOE sí, que el Gobierno no está dispuesto a oír otra voz que la de los susurros financieros que dirigen sus acciones, que los expertos de esa comisión no son los mejores expertos posibles, son los expertos que el Gobierno quiere porque le dicen lo que quiere escuchar.
La batalla se habrá perdido igual porque ya estaba perdida en los pasillos del Congreso y en la urnas de los pasados comicios, La Ley Hipotecaria seguiría como está o con modificaciones que apenas afecten a su fondo y seguirá tocarnos levantar cada día más trincheras, más cadenas de protección delante de las puertas y portales de aquellos cuyos futuros esa ley se pretende llevar por delante.
Por eso cualquier intento de acuerdo o de consenso en esta materia se hace imposible. No se puede llegar a nada intermedio, no hay entente posible, hay miles de vidas y miserias en juego que se quedan en el camino. Hay, como siempre, que elegir y hacerlo claramente.
Así, al menos, sabríamos quién está en cada bando de esta guerra de todos contra unos pocos que van ganando por goleada esos pocos. Y saber quién está dispuesto a pelear contigo en una derrota cierta siempre es importante. No solo cada cuatro años. Lo es siempre.

domingo, febrero 03, 2013

Si la "presunta" de Génova nos tapa la de Moncloa

Puede que Bárcenas, sus apuntes, las concomitancias de esos apuntes con las contabilidades del Partido Popular y los sobres voladores que unos reconocen, otros minimizan, otros trasladan al pasado y otros niegan en los pasillos y salas de prensa de Génova, 13 nos hagan estar hablando de corrupción, de meteduras de mano en la caja, de financiaciones irregulares privadas o partidarias. Y puede que tengamos que hablar, pensar y decidir por todo eso.
Pero no dejemos que el árbol de las corruptelas de anotación amanuense del Partido Popular no nos deje ver el bosque del Gobierno de Moncloa.
Es posible que recoger dinero bajo cuerda en sobres contabilizados con plumas anónimas por ex tesoreros vengativos y revenidos pueda ser corrupción, pero es seguro que recibir regalos de tramas corruptas anotados en contabilidades de esas tramas descubiertas por la policía es corrupto.
Es posible que tomar para sí dinero del partido de forma regular y organizada como un sobresueldo sea una práctica nepotista y amiguista, pero aceptar donaciones millonarias de constructores y empresas que tienen negocios con el Estado, que pretenden compensar las  concesiones recibidas o que buscan lograr las solicitadas es claramente ilegal.
Puede que las salidas anotadas de la caja B -reconocida, antigua o inexistente, según sea la excusa del cargo del PP al que se consulte- del Partido Popular sean cuestionables, pero las entradas en la misma -de las que curiosamente no habla Rajoy en discurso, declaración o arenga alguna desde Génova o ninguna otra parte-, serían claramente delictivas.
Pero, como diría el mítico Sutherland en la no menos mítica JFK, "el cómo y el cuándo son solo montajes para el público, preguntas secundarias, cortinas de humo que te impiden hacer la gran pregunta: ¿por qué?".
Y en este caso el porqué no está en Génova, está en Moncloa.
Porque puede que la presunta corrupción sea tomar dinero bajo cuerda pero la auténtica corrupción es sentarse en el sillón de la Presidencia socavando un sistema, detrayendo recursos y futuros, con el único objetivo de salvar del desastre a sociedades financieras amigas que se han arruinado con el dinero de otros por pésimas inversiones y gestiones politizadas y partidistas.
Es posible que sea cuestionable llevarse un sobresueldo en metálico, eludiendo la vista y el oído de la Agencia Tributaria, pero lo que es corrupto sin ambages ni medias tintas es destruir la Educación pública para servírsela en bandeja de plata a entidades privadas que negocien con ella, que escolaricen según sus beneficios.
Resulta convincente que obtener préstamos en metálico para reformar casas de manos de los tesoreros de tu partido sea, cuando menos, criticable por librarte de intereses y mover dinero fuera del sistema financiero que tanto dices y finges defender, pero vaciar la enseñanza de contenidos en una Ley de Educación que busca solamente entrenar peones y operarios semi esclavos para alimentar los puestos  de las fábricas y los servicios de aquellos que no repartirán la riqueza creada es corrupción política en estado infinito.
Se antoja plausible que aceptar y recibir viajes y Vouttones de empresas y empresarios sea algo reprochable, pero lo que es corrupto sin peros y sin pases es cercenar ayudas, cerrar puertas a becas y cancelar programas para arrojar el futuro de los universitarios que quieren seguir siéndolo a la voracidad crediticia de entidades bancarias que buscan beneficios.
Puede que sea corrupto ingresar en las cajas de la letra que sea donaciones a espuertas de  empresas concesionarias o futuras proveedoras del Gobierno y del Estado, pero lo que es corrupción con letras de neón es deshacer por partes la Sanidad de todos para otorgarla empresas que se lucren con ella, que reclamen como pago más dinero del que gasta el Estado gestionándola directamente. Estén tus familiares y amigos o tu mismo en ellas o no, te lleves o no te lleves una parte del pastel dinerario que crea ese negocio.
Es probable que sean muy poco defendibles los enriquecimientos raudos y acelerados de personas que en sus declaraciones oficiales de bienes parece que tiene casi lo justo para pasar el día, pero lo que es plena corrupción es firmar contratos que hace pagar al Estado o la porción autonómica de este que toque las pérdidas de autopistas radiales, que pagan por servicios no dados, que asumen los costes de operaciones quirúrgicas que las empresas a las que se las concede la gestión de hospitales no están dispuestas a asumir, sacrificando tratamientos costosos y necesarios u operaciones complicadas y caras en aras de engordar su cuenta de beneficios.
Así que es más que posible que las cosas que ocurren o han podido ocurrir en Génova 13 nos hagan hablar de ellas, nos hagan indignarnos, nos hagan cuestionarnos muchas cosas y nos hagan tener entre los labios el amargo abstracto de la corrupción. Pero también pueden hacernos perder el foco.
Tan sólo son el circo. Son los juegos malabares que unos y otros ejecutan ante nuestras estupefactas miradas con sus rápidas manos, intentando que no veamos como con la mano que permanece fuera de nuestro campo visual empuña el cuchillo que pretenden clavar en entre los omóplatos del que es su enemigo en las luchas por el poder.
Porque es más que posible que por todo eso que han hecho en Génova y dicen que dejaron de hacer, que hicieron otros o que nunca se hizo -esas son las tres líneas de defensa que manejan de forma simultanea, sin aparentar darse cuenta de que cualquiera de ellas anula a las demás-, les tuvieran que llevar fuera de Génova e incluso dentro de Soto del Real.
Pero es la otra corrupción, la demostrada en todos y cada y cada uno de sus actos de Gobierno, la que ha de llevarles muy lejos de Moncloa.
Y es más que posible que el PP y el Gobierno se vayan a agarrar al clavo ardiendo de la indemostrabilidad, de la presunción de inocencia, de la falta de pruebas para justificar su permanencia en  Moncloa. 
Es probable que para reforzar su teoría de que "como no metí la mano en la caja de mi partido no tengo que abandonar el Gobierno" o de "como las cuentas de mi partido son claras y legales no tengo que abandonar el poder" se recurra a términos sugerentes como "manejos en la sombra" o "conspiraciones" e incluso incluya en el paquete de esa conspiración a algunos de la casa y de la oposición, en la esperanza de que la apariencia de conjura oscura y masónica le permita hacer su magia de distraernos de la corrupción real, la que nos demuestran cada día, en cada decreto, en cada votación del Congreso, en cada Consejo de Ministros.
De modo que, como Rajoy ha decidido emular en su discurso de negativa a otro personaje que habita en el olimpo hollywoodiense, el Teniente Coronel Nathan R. Jessep, parafraseando en el "No he venido a la política a pedir aplausos, ni dinero, ni a satisfacer vanidad alguna" de su discurso sabatino aquello de “no me aliste por dinero ni medallas y puedo soportar las balas, las bombas y la sangre" a nosotros nos tocará apropiarnos del papel de Kevin Bacon y hacer auditores militares para replicarle.
"Pero al final ni toda la magia del mundo podrá apartar nuestra vista del hecho de que España, el Estado del Bienestar y nuestro futuro están muriendo y de que Rajoy el Gobierno del PP los están matando. Estos son los hechos del caso y son irrefutables".
Y la veracidad o falsedad de las cuentas de Bárcenas nada tienen que ver con esos hechos, con esa corrupción. Esa está probada y es contra la que tenemos que luchar con más fuerza, por mucho que nos quieran dar la otra como simple carnaza.
Rajoy no debe irse del Gobierno por lo que ha hecho o ha dejado de hacer de Génova, sino por lo que está haciendo en Moncloa. Con sobresueldos o sin ellos. 

sábado, febrero 02, 2013

Yo creo en Rajoy, dijo el mono sordociego

Yo creo en Rajoy porque el Prestige solamente soltaba unos "hilillos de crudo".
Yo creo en Rajoy Bárcenas nunca "ha tenido tratos con el Bigotes".
Yo creo en Rajoy porque "en tiempos de crisis no se suben los impuestos".
Yo creo en Rajoy porque "no está en las previsiones del Gobierno incrementar los tipos del IVA" .
Yo creo en Rajoy porque "nunca tocará las pensiones".
Yo creo en Rajoy porque "La Reforma Laboral de Zapatero es la mayor agresión a los trabajadores de la historia de la democracia".
Yo creo en Rajoy porque "lo que no lleva en su programa no lo hace"
Yo creo en Rajoy porque "la Reforma del mercado Laboral va a detener la destrucción de empleo".
Yo creo en Rajoy porque "no se puede hacer recaer la carga de la crisis sobre las espaldas de los más débiles".
Yo Creo en Rajoy porque "no se va a abaratar el despido en ningún caso".
Yo creo en Rajoy porque "No existe una recomendación de acelerar la entrada en vigor de la jubilación a los 67 años".
Yo creo en Rajoy porque "el copago sanitario no está sobre la mesa, así de claro".
Yo creo en Rajoy porque "Todos los seres humanos, por el hecho de serlo, tienen derecho a los servicios básicos fundamentales"
 Yo creo en Rajoy porque "le va a meter la tijera a todo menos a Educación, Sanidad y pensiones".
Yo creo en Rajoy porque "la situación no hace necesario solicitar el rescate europeo".
Yo creo en Rajoy porque "la Ley de Transparencia es y será una prioridad del gobierno".
Yo creo en Rajoy porque "el decreto de medidas especiales servirá para detener los desahucios en las situaciones más apremiantes".
Yo creo en Rajoy porque "no hablará de la herencia recibida".
Yo creo en Rajoy porque "nadie en el PP ha cobrado sobresueldos en negro"

Yo creo en Rajoy porque soy ciego, sordo y mudo y no tengo memoria. Porque no leo los periódicos ni veo los informativos, porque sé que nunca mentiría para cubrir sus errores, sus carencias o sus maldades.

Pero sobre todo no creo en Rajoy porque lo único que creo de Rajoy es cuando dijo, comentó o se le escapó que "el modelo de Camps es el que quiero para España".


viernes, febrero 01, 2013

Wert versus Séneca o mudarse a parir a Salmanca

Allá por el año de gracia de vuestro señor Jesucristo del 1300, las mujeres de Winchester, Dorchester o Swindon recorrían millas a pie con los vientres maduros como cerezos primaverales con un solo objetivo, los hombres de Londres se desgarraban los bíceps remando entre la niebla por el canal que unía la capital del reino con una pequeña ciudad con un solo objetivo.
Llegar a Oxford y que sus vástagos nacieran en el hospital del caridad de esa milenaria ciudad o, si las contracciones y el tiempo corrían en su contra, abandonar la vástago recién parido en cualquier curva o recodo del camino en la puerta de ese hospital o cualquier centro caritativo de la ciudad centro y alimento del condado de Oxfordshire.
¿Por qué lo hacían? Por un simple motivo.
Porque si la suerte genética quería que su niño -entonces eso solo valía para los niños- les viniera al mundo con un brillo apreciable en su inteligencia y la fortuna social quería que no pasara la vida anclado a la miseria, Oxford, no la ciudad sino la universidad, le acogería en su seno, le daría cobijo y posibilidades de estudio a cambio de su duro trabajo. Los clérigos y nobles que por allí pasaban se reirían de él, tendría que servirles, debería trabajar para ellos y para sí mientras cursaba sus estudios. Pero tendría una oportunidad. Solo una y remota oportunidad. Pero tendría una.
Pues parece que ahora, en estos tiempos de globalidad, de movilidad, de aldea colectiva en nuestro Occidente Atlántico que hoy se desmorona poco a poco dentro y fuera de nuestras fronteras, habrá que retomar esas peregrinaciones parturientas salidas de cuentas, esos esfuerzos remeros de padres primerizos para poder tener una oportunidad.
Porque José Ignacio Wert, el ministro de Educación que confunde enseñanza con entrenamiento y empleo con servidumbre ha hecho y está haciendo con sus recortes no solo que las posibilidades universitarias dependan de lo abultado de la bolsa dineraria de los progenitores, sino que además dependa de lugar de nacimiento.
Porque eso es lo que consigue con borrar de un plumazo con su furia recortadora que detrae de lo científico para darle dinero a lo taurino, al borrar de un plumazo la convocatoria de las Becas Séneca para la movilidad universitaria.
Porque con esa decisión consigue que ahora dependa de donde nazcas, de donde residas, lo que puedas o no puedas estudiar. Por muy preparado que estés para ello, por muy fuerte e intensa que sea tu vocación, por muy lustroso que sea tu historial académico, si no resides en el lugar adecuado, es posible y hasta probable que no puedas dedicarte a lo que quieres.
Si estás en plena meseta castellana y quiere especializarte en deportes de alta montaña en tu título de educación física, la has fastidiado. Tendrás que pagarte alquiler, desplazamientos y todo lo demás para poder hacer tú último curso cerca de Los Pirineos, en un centro especializado en esas disciplinas.
Y lo mismo si quieres especializarte en biología marina y vives en Madrid.
Mientras destina millones a sufragar revistas de contenido político -su contenido político, claro está- a los toros o a asociaciones que no son otra cosa que un clubes de lo más rancio de sociedades cerradas y elitistas alrededor del belle canto, se ahorra diez millones de euros en darle la oportunidad de estudiar en el mejor sitio posible, en el campus más preparado, en la universidad que más puede prepararles a aquellos que han tenido la mala fortuna geográfica de nacer en la proximidad de una universidad que no imparte las enseñanzas que se quieren estudiar o que las imparte de una forma menos completa de lo que hacen otras.
Si quieres ir a Salamanca a estudiar derecho a pagártelo, si quieres ir a Barcelona a estudiar Comunicación a pagártelo. No importa lo que se pierda por ello, no importa que la genética y la geografía no crucen sus datos y no siempre el mejor biólogo marino nazca cerca de una universidad que imparte esa especialidad o el más apto para  desarrollar la ingeniería minera venga al mundo en las cercanías de una cuenca del carbón y la universidad que tiene enseñanzas específicas sobre esa materia.
A Wert no le importa nada con tal de poder destinar ese dinero a otras aportaciones más espurias e inútiles pero más del gusto propio, de su ideología y de sus más rancios votantes.
Le da igual el ejemplo que el propio sabio clásico que da nombre a las becas supone en este asunto. Nacido en la periferia más recóndita del imperio -no nos engañemos, aunque nos pese, Hispania era el penúltimo arrabal del imperio romano, el bueno de Lucio Acneo se fue a Roma donde aprendió retórica, a Alejandría donde estudió en su biblioteca y donde aprendió finanzas, volvió de nuevo a Roma a formarse en gramática y comenzó a bucear en la filosofía y como vio que los romanos andaban un poco peces en eso de la filosofía, mucho más pragmáticos, más directos, pues cogió sus bártulos y se marchó a Atenas a profundizar en la materia.
¿Resultado?, que el hombre termino siendo uno de los grandes filósofos de la historia, preceptor de Césares -aunque le saliera rana el bueno de Nerón, sobre todo- y ahora, muchos siglos después, había en España unas becas que llevaban su nombre.
Pero todo eso no le importa a Wert, como no le importa el futuro de la universidad española a la hora de tomar su decisión Y con esa decisión completa su propósito de mandarnos de golpe a la España inmediatamente posterior a la de los tiempos de Séneca, la de los reinos cristianos, de los reyes Sanchos y Alfonsos.
Con los recortes salvajes en la Enseñanza Pública primaria y secundaria y en el bachillerato, con el vaciado sistemático de contenidos, de profesorado y de recursos al que somete a esos ciclos formativos buscando solamente el paso masivo a una Formación Profesional de mínimos en la que solamente se busca aportar unos conocimientos básicos que te constituyan en mano de obra productiva, nos transforma en semi siervos que solamente pueden aspirar a un trabajo de subsistencia sin ninguna posibilidad de mejora intelectual ni social en beneficio de aquellos que, como los antiguos señores, son los propietarios de todo y sobre los que revierte toda la riqueza producida.
Y con esta última decisión completa esa regresión y nos liga a la tierra sin posibilidad de abandonarla. Nos convierte en siervos de la gleba completos.
No se sabe cómo andará don José Ignacio de conocimientos de historia más allá, claro está, de sus continuas revisiones del Glorioso Alzamiento Nacional, pero ya que nos ha hecho siervos quizás haya llegado el tiempo de hacer lo que los siervos hicieron la Francia de 1358 o en la Inglaterra de las parturientas de Oxford, allá por 1381 o incluso, varios siglos más tarde, en pleno XIX, en las frías tierras de la Madre Rusia.
Más le vale que Wert ya vaya consultando los anales si se empeña en transformarnos en siervos. Porque en España aún falta una de esas.
O eso, o mudarse a parir a Salamanca.

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