lunes, marzo 30, 2009

Pedro Solbes se ha convertido en Jesús Vázquez

Hoy a leer le prensa - vale, leo la prensa, ¿y qué?- me he dado cuenta y he quedado perplejo. Pedro Solbes es clavado, clavadito a Jesús Vázquez.
Más allá de los plexos solares de infarto del adonis televisivo, más allá de la barba canosa y recortada que otroga aspecto de respetable patriarca -uy, perdón que en la era de las paridades ningún patriarca es respetable- que nos luce el ministro. Mas allá de trajes serios o camisas floreadas y ajustadas, más allá de calvicies y ondas de pelo mareantes, el laborioso y silencioso ministro y el risueño y deseado presentador son la misma persona.
A Pedro y a Jesús se les caen las cajas a las primeras de cambio.
Y puestos a pensarlo, esto de Caja Castilla La Mancha y su caída no iguala solamente al ministro con el chico del programa ¡Alla tú !y su constante obsesión con librarse de cajas. Iguala a este gobierno y los que dicen ejercer de honrada oposición con pizzeros, dependientas e incluso zapateros -pero de los que venden zapatos, no de los que dirigen gobiernos-.
No por tirar las cajas en si mismas, que un cartón con cuatro macilentas rodajas de insulso peperoni o una cajita mona para guardar pendientes, no son lo mismo que una señora caja -de esas que dicen que están guardando ahorros, pero juegan con ellos a la ruleta rusa- de a nueve mil millones el tropezón.
Los iguala con ellos sólo por los motivos por los cuales la caja acaba abollada en el suelo.
Cuando el pobre estudiante que se gana las copas deja caer el cuadrado envoltorio del encargo, saturada su vista y su atención por el escote promiente de alguna clientela; cuando la dependienta, absorta en la canaosa mirada interesante del que compra las joyas, traspapela cajita y envoltorio o cuando el zapatero hace volar su mercancia al aire, más pendiente de las piernas que se ofrecen a ella que de los infinitos tacones que pretende endosar a la tarjeta de la propietaria de piernas y zapatos, se parecen a Solbes por dejar que la caja se les caiga, pero se asemejan quizás más todavía al señor presidente y al ínclito Mariano.
A Solbes se le cae la caja. Pero a los otros, se les cae por fijar su mirada en lo que a nadie importa y no mostrarse atentos a lo que realmente concierne a sus tareas.
A Solbes se le cae la Caja de Castilla La Mancha y pilla al gobierno aprobando la reforma de una ley del aborto en plena crisis, al presidente a 22.000 kilómetros de ausencia, arreglando retiradas de tropas anunciadas a destiempo y sin formas y a la vicepresidenta hablando de manifestaciones que cuestionan realidades de hace más de dos décadas.
Y así, entre tanta atención dispersa y descentrada, la caja, que lleva un buen tiempo tambaleandose inquieta, ansiando responder con su salto a las míticas fuerzas descubiertas por Newton, se les va de las manos y se estrella en el suelo de la quiebra y la falta de liquidez, antes de que ni siquiera perciban -ninguno, salvo Solbes, que para eso le pagan- lo que ha estado pasando.
Y lo de la oposición es mas o menos lo mismo, más sin mirar escotes -que ellos no hacen eso, o no lo reconocen-.
Se les cae una caja y pilla a Don Mariano mediando en disputas por otra -La de Madrid, al caso-, al partido exigiendo facturas de trajes no pagados, a Soraya discutiendo sobre los aliados, los abortos o el papel de la iglesia -su iglesia, desde luego- en España -su España, por supuesto-.
Pilla Génova disfrutando del irónico sesgo de presidir un parlamento -el vasco- en el que nunca ha creído del todo; a Trillo sacando de la manga querella tras querella contra un juez del Estado y a Montoro -el que fuera ministro y hoy debiera encargarse de que al señor ministro no se le precipitara al abismo una caja de 9.000 millones- quejumbroso, quemado e irascible porque al Gobierno le aburre la pelea del PP por controlar otra caja -Cajamadrid, se entiende- y decidir así quien es fuerte en sus filas, si Aguirre, la eterna liberal o el siempre esquivo e imprevisible Gallardón.
De modo que, al igual que al gobierno al que a veces se oponen, la caja se les cae por estar centrados y pendientes en escotes, piernas, pechos y nalgas de la política patria y no dedicarse a mirar de frente y a la cara el rostro de la crisis.
Quiera la suerte -porque en esto, como en lo de las cajas del señor Jesús Vázquez, las cosas comienzan a ponerse tan chungas que parece que nuestro mejor aliado es el recurso al hado- que a Solbes se le borre el parecido con el hermosos Vázquez y no deje que las cajas se le sigan cayendo hasta quedar en una.
Porque como eso ocurra y al abrirla descubra un cepillo de dientes o un inmenso agujero de miles de millones. Entonces ni la oferta a deshora de la banca a Jasús, ni el aval de banco alguno, aunque sea de España, podrá evitar el caos.

sábado, marzo 28, 2009

El gallo canta 3 veces en la Marcha por la Vida

Como ya es primavera y apetece salir a pillar esos rayos de sol que anuncian la imperiosa necesidad de operacion bikini -para las que la hagan-, vamos de manifestación.
Montemos una manifestacioncita para mover las piernas y afirnar las gargantas. Que pasos y saetas se encuentran, como quien dice, detrás de la próxima esquina y puede que, sin ensayo alguno, apenas nos pillen preparados.
Nos llega otro de esos domingos sacros en los que unos miles de personas encuentran el interregno perfecto entre la misa, más recatada e íntima y la procesión, más austera y multitudinaria. Y a este le han llamado La Marcha por la Vida.
La excusa es lo de menos. Y tan de menos es para pasear pancarta y crucifijo por las calles, que llega veinticuatro años tarde.
Dicen, los que saben de movilizaciones en favor de la vida, que esta es en contra de la Ley del Aborto, algo que se aprobó allá por el 85, cuando el país olvidaba las carreras entre los Guerrilleros de Cristo Rey y los antifascistas y empezaba a dar por concluida la siempre ponderada Transición Democrática .
Debe ser que los manifestantes, fieles a esa demora jerárquica católica que tanto se lleva en las salas vaticanas, han tardado dos decadas y pico en darse cuenta de que es legal abortar en España. Tampoco hay que tenerles en cuenta el retraso. Al fin y al cabo aún están asimilando en los textos vaticanos que la tierra es redonda y no ocupa el lugar central del universo.
A todo esto, los obispos ni se inmutan, siguen en sus misas y anuncian que no aparecerán. Y eso si que sorprende, acostumbrados como estaban en los últimos tiempos a convertir el paseo dominical de todo ancianito en marcha reivindicativa sacra por cualquier plausible -o no plausible- motivo o condición.
Después de la campaña de linces y de niños -más parecidas a las de Benetton que a las del Vaticano-, después de los videos riojanos en los que resultaba imprescindible para cualquier ciudadano ver a Zapatero sonriendo y a fetos descuartizados, no se puede argüír que los obispos no quieran decir nada sobre el tema. Lo han dicho en Francia, lo han publicitado en España y lo han excumulgado en Mexico.
Y es entonces, cuando surge la pregunta de porqué no van los obispos, cuando desaparece la importancia del lema y de los que acuden a la marcha.
Los ancianos de negro, rojo y púrpura han arrastrado sus pies por el asfalto patrio en otras ocasiones, con otros argumentos y de forma continua y no lo hacen ahora por dos simples motivos: con esto del aborto no se juegan nada en absotulo y no acude el PP.
Da igual que el problema en cuestión sea dogma o doctrina, da igual que lo atestigüe el catecismo o el austriaco vicario que se hace llamar papa. Da igual.
Nuestra iglesia -nuestra por geografía, que no por convicción-, la igleia de Roucco y Cañizares no se juega nada en absoluto en el envite. Lo que es decir lo mismo que no arriesga ni un duro.
La modificación de la Ley del Aborto no va a poner en riesgo el concordato, ni las subvenciones, ni los miles de millones al año que destina el Gobierno a pagar a sus curas y monjas sueldos de profesores, ni las cesiones de tierras gratuitas para iglesias, aparcamientos o cualquier otra cosa que quieran construir nuestros prelados patrios, que han borrado hace tiempo al Señor Mendizabal -el de la desamortización eclesiástica- de sus esquivas memorias.
Si Roucco y Cañizares patearon asfalto por la Ciudadania no fue por defender su credo, su dogma o su doctrina. Fue por no arriesgar dádivas que gobiernos pacatos y otros aún temerosos no se han atrevido a quitar de sus manos.
Los plazos y supuestos del aborto, las memeces de Aido sobre madurez infantil y el hecho de que se scontinue educando en el victimismo eterno en lugar de en la responsabilidad no afectan a las arcas jerárquicas.
Así, se antoja que lo mejor es dejarlo pasar. Armar algo de ruído, eso sí, pero dejarlo pasar. No vaya a ser que, si nos ven un domingo cualquiera parcanta en ristre en calles madrileñas, se acuerden de nuestros problemitas con el Pequeño Vaticano, pendiente de adjudicación, con los colegios concertados, pendientes aún de financiación o con las iglesias monumentales, pendientes aún de restauración.
Que la pela es la pela.
Se podría decir que el pecunio eclesial tampoco gana o pierde un duro -o un céntimo de euro- con las parejas Gays y aún así salieron de manifestación con tan paupérrima excusa. Es cierto, pero amigos, ahí estaba el PP.
Ir de la mano con el Partido Popular a la calle asegura a a los jerarcas obispales presencia, relevancia. Crea la falsa metonimia de que que todo aquel que sea buen católico milita en las mesnadas electorales de Mariano Rajoy, pero también el no menos falso simil de que todo buen militante y votante del PP tiene que ser católico. Y ocho millones de votantes son muchos votantes.
Pero los chicos y las chicas de Génova no pueden presentarse en esta manifestación contra la Ley del Aborto porque, allá en el 85, cuando los obispos casi siempe callaban por miedo a que se recordara en nombre de quien hablaban antes, el PP no se opuso a la ley. Porque durante ocho años ha estado en el Gobierno y no la ha derogado y ni siquiera la ha recortado.
Así que, por mucho que se empeñe, por poco que le guste, no puede hacer oposición en esto -oposición de la suya, de esa de manifestación multitudinaria y discurso encendido con banderas de España por doquier-, se tiene que callar y apartarse como partido de la protesta callejera.
De modo que los obispos no tienen la presencia masificadora de la corte mariana -mariana por Mariano, no por esa virgen suya- y no ganan nada con salir a la calle.
Con el aborto no pierden lo que en realidad les importa y con la manifestación no ganan ni un ápice de intromisión política en la vida pública que en realidad buscan. Así que, ¿para que ir?
Es mejor dejar en la calle -y nunca mejor dicho- a un puñado de gentes que, con razón o sin ella, defienden lo que creen. No hay que olvidar que la iglesia, incluso la española, nos llego desde Pedro.
Y hasta ellos, los prelados hispanos, reconocen que el fundador de la iglesia de Roma hizo con su colega lo mismo que hacen hoy los obispos con los antiabortistas. Negarle sin racato y dejarle a su suerte.
Y lo hizo tres veces.

Israel se suicida con una camiseta

Entre listas de muertos y bombardeos de convoyes sudaneses, las cosas en Gaza se diluyen. Entre cambios de gobierno y radicalizaciones políticas, aquello que se dio en llamar Operación Plomo Fundido está pasando a formar parte de la historia y no de la actualidad -resulta curioso como la historia se nos salta a la cara en tan sólo tres meses-.
Entre tirones de orejas de Obama y de Clinton y serias advertencias de Egipto y Siria se diría que en ese oriente próximo, que algunos llaman medio, las cosas siguen más o menos igual que han estado en los últimos tiempos.
Los halcones guerreros que comandan Sión -uy perdón, fue un lapsus calami, quise decir Israel- prosiguen el calculado progromo palestino y los mafiosos yihadistas que sueñan un nuevo califato del Islam -uy, disculpen de nuevo, cogí la pluma tonta, quise decir la liberación del pueblo palestino- siguen explotando y sangrando a aquellos que les sufren como gobierno injusto.
Pero hoy, cuando todos siguen enrocados en lo suyo, hay un pequeño detalle que demuestra que algo que siempre estuvo, que siempre se supuso, es ya una realidad pública y casi irreversible.
Mientras Israel mantiene esa postura suya de lucha contra el terrorismo y estado democrático por siempre víctima y agredido, que hace bajar el rostro a sus embajadores y torcer el gesto a los del resto del planeta, incluso sus aliados; mientras Hamás sigue hablando de esa liberación que provoca alzamientos de cejas en sus vecinos árabes y defendiendo la guerra a cualquier precio, hay un pequeño detalle, un minúsculo signo, que se hace grande en cuanto lo descubres: es una camiseta.
El batallón Shaked de la Brigada Givati del ejército hebreo tiene una camiseta. Eso no es novedoso. Los marines lucen T shirts -como las llaman ellos- con versiones ingentes de su "semper fidelis"; la legión extranjera francesa también luce un muestrario de ajustadas prendas con sloganes patrios para marcar el bicep bien profundo y ligar en los bares. Hasta nuestra legión, la del chivo y el paso a cien por hora, luce fermosas prendas del "todo por la patria" o "arriba la legión" en días de permiso.
Pero el batallón Sharek tiene una camiseta en la que puede leerse "un disparo, dos muertos" y ponen en su blanco una velada mujer árabe embarazada.
Es ese slogan, colocado en las espaldas del ejército, lo que hace que se transforme en símbolo, en confirmación definitiva de lo que ya creíamos saber y esperábamos que fuera otro de esos errores nuestros de interpretación.
Israel, su ejercito y gobierno, se nos han vuelto nazis.
Se nos han vuelto a todos, como ocurriera antaño, con cada reprobación condescendiente en aras de una culpabilidad recordada contra el pueblo judío; con cada acción militar fuera de sus fronteras que no era repelida, con cada apoyo encubierto o descubierto a una política que, desde la creación del Estado, buscaba el objetivo de limpiarlo de árabes, con cada mirada a otro lado, con cada silencio, con cada conversación susurrada en los pasillos de la diplomacia y cada sonrisa abierta en los despachos.
Se nos ha vuelto a todos con cada concesión y gesto de vergüenza cuando alguien tremola el antisemitismo para evitar la crítica; con cada venta de armas, con cada operación militar de aplastamiento, con cada resolución que dejamos que su gobierno se saltara una y mil veces de forma impenitente.
Se nos ha vuelto a todos, convertidos en réplicas modernas de antiguos Disraelis, con cada anexión militar que no ha sido obligada a devolver, con cada asentamiento ilegal que no ha sido llamada a desmontar, con cada desalojo injusto que no ha sido forzada a paralizar.
Se nos ha vuelto a todos con los cercos por hambre, con el fosoro blanco, con los bombardeos selectivos, con los niños escudo, con los muros de hormigón de ocho metros, con las causas fingidas, con los bombardeos de hospitales, con las encarcelaciones sin juicio.
Se nos ha vuelto a todos nacional socialista con una camiseta.

Nada de lo que hagan o digan sus diplómaticos más allá de los muros de locura que inundan sus fronteras podrá contrarrestar esas simples palabras: "un disparo, dos muertos"; nada de lo que digan sus primeros ministros más allá de los plasmas de las pantallas de nuestros televisores o de las instantaneas de cualquier medio impreso podrá desdecir el dibujo de una mujer embaraza como objetivo orgulloso, légitimo y hasta apetecible de un francotirador.
Hoy toca un triste llanto por una camiseta.
Llorad por los soldados del batallón de Hebrón que aceptaron la cárcel hace casi una década por no matar a niños; llorad por los adolescentes que asumieron el encarcelamiento hace sólo unos meses en un intento vano de evitar la enésima matanza de un progromo infinito; llorad por aquellos que acudieron a un lugar en oriente huyendo del horror, la muerte y la persecución llevadas contra ellos y son complices -o tan sólo testigos- de que se haga lo mismo con otro grupo humano; llorad por los que que creen que, para cubrir el recuerdo de unas camisas pardas que marchaban marciales hasta incendiar su Reichtag, hay que lucir otras de color verde oliva con el mismo argumento.
No lloréis por la rabia, el dolor o la ira. Vuestro llanto de hoy es un llanto de duelo. Llorad por Israel.
Israel se ha matado a si misma con una camiseta.
Israel ya no existe. Sólo queda Sión.

jueves, marzo 26, 2009

Cuando Zapatero se nos hace marxista y Rajoy se nos vuelve una dama madura

No se me asusten pero es que es cierto. El Gobierno español se nos muda en marxista por momentos.
No marxista de esos de las económias planificadas cada cinco años y de las dictaruras proletarias, sino de los marxistas que entraban sin tino y sin concierto en abarrotadas habitaciones para abarrotarlas todavía más hasta el punto de la hilaridad extrema.
No ha abrazado ese marxismo de cartillas de alimentos y desfiles militares en el Día del Trabajo -que aquí, en España, casi ni los sindicatos salen a la calle el Primero de Mayo-, sino de los que queman trenes enteros para acelerar el paso de máquinas que se van deshaciendo a medida que avanzan.
Se nos ha vuelto marxista, pero no de los márxistas de Don Carlos y el Señor Federico -Engels, por supuesto-, sino de los de Harpo y el siempre imprevisiblemente incontenible Groucho. De esos marxistas se nos ha hecho el gobierno.
Y es verdad, cuando lo percibes te asombras y te angustias buscando una explicación plausible, una inteligente estrategia mediática o política que justifique el recurso ilarante a la utilización de modos y maneras de esos locos hermanos cómicos en blanco y negro.
Pero, o estoy muy despistado o ellos son excelentes, porque apenas percibo sentido alguno en esa mutación pacífica y estable -dentro de la gravedad- de giro hacia el marxismo cómico.
Se han hecho mucho de Harpo.
De hecho, el Harpismo Marxista -suena bien, no lo nieguen-es una de las corrientes -el Psoe está siempre hasta arriba de corrientes- que más posiciones avanzan en este gobierno nuestro que se hace marxista.
La dinámica y los principios de esta nueva corriente del gobierno se resumen en el más natural y reconocible acto del rubio querubín sin voz de los años cuarenta -aparte de no hablar, cosa que este gobierno está empezando hacer también no con poca frecuencia-: el bocinazo.
Precusor ideológico de de tan ilustre rito de nuevo cuño del Harpismo Marxista fue el ínclito Bermejo: que me hacen huelga los funcionarios de Justicia, bocinazo (¡incompetentes!), que me acusa el CGPJ de tener colapsada la Administración de Justicia, bocinazo (¡El colapso no es culpa mia!); que se me ponen en huelga los jueces, bocinazo (¡no es legal!). Y tras cada bocinazo a otra cosa, como si un simple toque de tan estridente instrumento sirviera para explicarlo todo, valiera de argumento.
Bocinazo tras bocinazo hasta salir cazando -uy, perdón, quise decir corriendo- del gobierno.
Pero, pese a la ausencia de tan egregio ejemplo, la doctrina ha calado y tiene seguidores que aplican a pies juntillas esta nueva derrota de marxismo de cine.
Que me cuestionan que las adolescentes aborten sin consenso paterno, bocinazo (¡si pueden casarse, pueden abortar!) y a otra cosa; que me acusan de instrumentalizar a Garzón con lo del Caso Gürtel, bocinazo y marchando (¡Y ustedes con Filesa!); que me echan en cara que que anunciado la marcha de Kosovo sin tono, mal y nunca, bocinazo al canto (¡y ustedes nos llevaron a Irak!) y doble, por más señas (¡Yo lo he hecho todo bien!).
Así que Harpo y su bocina tienen muchos adeptos -y adeptas, que hay que ser paritario- en esos bancos azules del congreso que ocupan los gobiernos.
Tampoco es de extrañar. Es cuestión de armonías.
Pues los otros, los que dicen que se oponen a todo por el bien de su España -la suya, que la nuestra ya no tiene remedio-, tiran de otro instrumento de ritmos estridentes y además machacones para cantar sus cuitas.
Sorayas y Dolores y también Don Mariano -aunque, de vez en cuando, que el partido esta chungo como para dejar demasiado solitos a los chicos en Génova- se arman de zambomba y a ritmos machacones y casi aerofágicos sacuden el concreso y los medios con palabras que suenan como mantras: prevaricación, paralización, instrumentalización -esa menos que es algo más dificil-, deestrcturación y una larga lista de palabras agudas con multitud de "ones".
Una buena bocina es lo que más coordina con tan reiterativa zambomba navideña que nos luce la oposición hispana.
Y, además, tenemos los puristas del Harpismo -en toda ideología hay radicales-, que se limitan a callar solamente. Ministros y ministras que no hablan , no salen en los medios, no comparecen jamás en hemiciclo ni comisión alguna. El Harpismo radical es como la Inquisición. Les impone silencio.
Luego están los de Groucho. Y en esta nueva casa marxista también hay dos corrientes.
Los que recortan todo para hacerlo mucho más compresible. Eliminando claúsulas y partes contrantantes de las segundas partes hasta el reduccionismo más simplista y obsceno.
Una falsa cadencia que lleva a definir una ley del aborto mirando solamente a las adolescentes (ni el 10 por ciento de la mujeres que abortan en España), a valorar la situación de la inmigración por los ilegales (un 8 por ciento del total de los inmigrantes), a exponer la situación de la mujer en nuestro país por las maltratadas (un 0,4 por ciento de las mujeres) y así hasta la extenuación, en contantes eliminaciobnes de claúsulas y datos que nos explican nuestro país, aunque sea un tanto complicado comprenderlos.
Como el genial y reduccionista señor del bigote pegado y el caminar de ganso, eliminan del contrato social por el que nos gobiernan toda letra pequeña, toda información adicional, todo dato desagregado, toda estadística múltiple y toda contextualización, para -según nos dicen ellos- facilitar la comprensión de leyes, de acuerdos y principios que deberían mostrarse en su versión más integra ante la sociedad.
Tampoco es sorprendente. Pués los que están enfrente se comportan en esto como esas damas maduras a las que acosaba en los bailes el marxista de Groucho -lo que hacía Groucho con las damas sería, sin dudarlo, acoso en nuestros días-.
El PP se acalora, se nos queda sin habla, se echa mano a las joyas y se nos arrebola cada vez que le sacan un dato, que le muestran uno de esos contratos reducidos al mínimo para hacerlos compresibles al conjunto social. Pierde el aire y se atora y al final se desmaya y pide entrecortadamente sus sales y busca su abanico para recuperar el fuelle y volver a lo suyo, que es pegarse por dentro.
Pero el marxismo de Groucho que ha tomado el gobierno tiene otra faceta que no hace tanta gracia, que nos deja un regusto de que algo no funciona -más allá de la crisis y todo lo demás que nunca nos funciona-, que nos deja congelada la sonrisa en el rostro.
Es esa que permite decir me voy hoy de Kosovo, pero luego no empiezo a irme hasta el verano; es la cara de ese marxismo cómico que hace posible que se defienda a ultranza que una joven aborte sin consetimiento paterno, pero unos días después no importe que se exija ese consentimiento; esa faceta absurda que permite que hoy sea vital ayudar con dinero a comprar la vivienda y mañana se olvide; esa que no cuestiona que un día se defiendan los derechos de aquellos ilegales que llegan a las costas y al siguiente se hable dejarlos a todos en medio del desierto al bajar de un avión.
No tiene nada cómico, aunque venga de Groucho, la frase que lo avala:
"Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros."


miércoles, marzo 25, 2009

Chávez hace salto de altura con su gobierno

Los saltadores de altura hacen todos los mismo.
Les vemos dar unas primeras zancadas como con precaución, como moviendo al ralentí esas inmensas piernas suyas que se antojan más altas que sus cinturas. Y luegoles observamos recorrer una infinita distancia en cada zancada mientras ganan velocidad. Al final, cuando se encuentran cerca del listón, casi todos ajustan, dan unos pasos pequeños y rápidos, como desesperados, en el intento de colocarse bien para conseguir dar el salto.
Pues bien, Hugo Chávez, aunque el más de beisbol, es hoy como uno de esos saltadores, ajustando el paso con urgencia, dando pequeñas y cortas zancadas hacia un salto que parece que aún le puede ser a él productivo, pero que cada vez se antoja más peligroso para Venezuela.
Cuando el líder bolivariano comenzó su carrera hacia el listón del salto daba grandes zancadas y espaciaba en el tiempo la huella de sus pasos, hasta el punto que a aquellos que observaban su aproximación se les pasaron por alto muchas cosas.
Líderes opositores detenidos con cargos precarios y no juzgados nunca, apartados de la escena política en eternas esperas de juicios que no llegaban jamás a producirse; dirigentes estudiantiles sacados de las calles acusados de cosas como "actitud indecorosa" que a todos nos dejaban algo perplejos y escamados.
Las huellas eran fuertes -porque si algo ha tenido el irrreverente Chávez ha sido el paso siempre firme-, pero tan distantes estaban unas de otras, tan escondidas entre la estela que dejaban las nacionalizaciones petrolífeas y los referendos revocatorios, que desde la lejanía de la grada, los espectadores de la carrera de Chávez apenas las percibían como parte de una misma carrera.
Pero la crisis -esa que juró y perjuró que nunca llegaría a Venezuela-, el descenso del precio del crudo, el aumento de la criminalidad en las calles y otro sinfín de asuntos han hecho que el listón de ese salto que quiere o puede dar el populista presidente bolivariano se le aparezca de repente demasiado cerca y por eso ha recortado y acelerado su carrera.
En un par de semanas ha mostrado todo el catálogo de lo que antes se espaciaba en el tiempo, se disimulaba, se hacía menospatente para el observador.
Ha plagado los puertos y aeropuertos de soldados; ha tomado el alimento de un país bajo sus manos; ha detenido al principal líder la oposición con acusaciones algo más sólidas que las anteriores pero traídas a colación en el justo momento.
Los pasos cada vez se hacen más cortos y más rápidos porque Chávez se acerca al momento en el que ha despegar los píes del suelo y volar un instante como hace todo aquel que se dedica a la siempre arriesgada y complicada suerte deportiva del salto de altura.
Y el ultimo de esos ajustes, de esos talonamientos breves, rápidos y ya no disimulables, es la destitución de cuatro jueces -juezas, para ser más exactos- por reunirse, según dice en secreto -y por tanto sin pruebas- con el opositor al que acusa. Las juezas que habrían de juzgarle ya no le juzgarán y es más que predecible que lo harán otros magistrados más del gusto de Chávez.
En los últimos pasos de su salto preparado, el preterito general y actual mediático bolivariano de emisión dominical, ha perdido el talonamiento, ha renunciado a la discreción y la planificación porque no tiene tiempo, porque el arroz se acaba y el crudo se desmorona, porque su revolución se le agota dejando a Venezuela en el mismo punto en que la encontró.
A este ritmo que lleva de cortas zancadas que le acercan al salto, es posible que sólo en unos días o quizá en unos meses realice la batida, el golpe de riñones -u otros ones- que le lance al espacio y le lleve a elevarse más allá del listón de su propio gobierno y su propio país.
Cuando el egregio líder proclamado a si mismo caudillo del socialismo bolivariano de arroz, petróleo y estampa de la virgen se encuentre suspendido en el aire de su propio salto sólo quedara por ver, conteniendo el aliento cual en final olímpica, que ocurre con su intento:
Si derriba el listón de su propio gobierno y su revolución y vuelve a su lugar cabizbajo y sereno para intertarlo otra vez -no olvidemos que todos los saltadores tienen sus tres intentos-.
O si supera el salto y todas esas grandes zancadas y esos rápidos pasos que ha dado hasta el momento, le proyectan más lejos, por encima del bien de Venezuela, hacia la cómoda colchoneta pará él y triste para el resto del mando dictatorial a cualquier precio.
Un salto es lo que tiene, que hasta que no se hace, nunca puede saberse como acaba.

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