lunes, septiembre 07, 2009

Los esclavos, el movil y los esclavos

Hoy tenía pervisto ascender de mis moradas infernales -o descender, que nunca se sabe- para hablar de las esclavitudes modernas. De una de ellas. Esa que nos hace vivir pegados al teléfono móvil.
Esa que nos hace alargar nuestras jornadas más allá de nuestra presencia física en los lugares de trabajo -aquellos que aún tienen la suerte de tener un lugar de trabajo- y de tener que ocupar nuestros oídos y nuestros cerebros en asuntos laborales cuando deberían estar atentos a la familia, el amor, la diversión o el descanso.
Esa que nos hace pregonar nuestras miserias y nuestros orgullos a voz en grito en mitad de la calle; nuestras derrotas y nuestros triunfos -mucho más los triunfos, eso sí- en un vagon de metro o en una silla de autobús. De esa que nos obliga a hacernos públicos por temor a que los que nos rodean no tengan claro que somos alguien, que estamos vivos.
Iba a hablar de esa invasión tecnológica de lo laboral en lo privado y de esa renuncia a la intimidad y a dividir los espacios. Iba a hablar del miedo; siempre es el miedo al final. El miedo a que me despidan si no cojo el teléfono, el miedo a que no me consideren comprometido con el trabajo, el miedo a perder unos euros que hoy son imprescindibles en las cuentas cada vez menos líquidas de personas y empresas. Iba a hablar de esos miedos y otros muchos que nos obligan a ponen nuestro pulgar, ya calloso y curtido de enviar sms, sobre la tecla de contestar y que nos impiden utilizarlo sobre la tecla de desconexión cuando llama un jefe o un cliente.
Iba a hablar de la esclavitud del móvil cuando veintisiete millones de razones me impidieron hacerlo.
No es que me haya tocado el euromillón. Es que ese es el número de personas que en el mundo se ganan a pulso y dolor, a sufrimiento e injusticia, cada amanecer y cada anochecer el nada deseoso título de esclavos.
Personas que pagan 300 euros de una deuda de sus abuelos con catorce años de trabajos forzados en los arrozales de La India; personas que nacen y mueren en los palmerales vietnamitas sin tener otra opción que trabajar en servidumbre a cambio de un trozo de pan y del agua de la lluvia, porque alguien perdió algo en un juego de azar.
Personas que no tienen un móvil porque si lo tuvieran tendrían que pagar con el trabajo esclavo de tres generaciones el precio de tan exquisita herramienta tecnólogica. Ellos si son esclavos. Nosotros no. Ellos si merecen justicia y conmiseración. Nosotros no.
Nosotros hacemos lo que hacemos y sufrimos lo que sufrimos porque queremos hacerlo, porque nos sentimos obligados a demostrar y a demostrarnos que vivimos.
Nuestras esclavitudes, nuestras nuevas esclavitudes, son un paño de lágrimas que nos convierte en víctimas cuando somos complices de esas intromisiones, de esas invasiones; cuando forzamos a golpe de cambio semestral -o incluso trimetral-, a reclamo de evolución técnológica y campaña publicitaria, la adquisición de grilletes más perfecionados y novedosos. Y los pagamos de nuestro propio bolsillo.
Pero las suyas, la de los que doblan el espinazo y la dignidad en Niger, en Mauritania, en La India o en Sudan, son impuestas. No pueden salir de ellas con un solo dedo, con un Acuerdo Marco, con un red de repetidores que rechace las llamadas individuales o con una sesión de terapia contra el estrés o contra la adicción al trabajo.
La manumisión de los siervos de la gleba del siglo XXI -hasta al escribirlo parece imposible- pasa porque nosotros, los que nos esclavizamos sin necesidad, los que nos convencemos de lo mal que estamos para no hacer nada para estar mejor, nos sintamos privilegiados -que es lo que somos- y dejemos de aplicar nuestros oídos y nuestras voces a nuestras miserias para destinarlos a las miserias del mundo. En la era de lo políticamente correcto en el lenguaje, debería establecerse una multa a todos aquellos que utilizan la palabra esclavitud de forma inadecuada.
Mientras haya un solo esclavo real no tenemos derecho a ser esclavos metafóricos de nada ni de nadie.
Nuestras dependencias, nuestras falsas y pírricas esclavitudes, son el producto de una sola cosa: nuestros miedos, nuestros terrores nocturnos y diurnos que se crean, se desarrollan y se anquilosan en nuestras mentes, cuando sustituimos vida por supervivencia. Las demás, las verdaderas -esas que aún existen, aunque las películas no vendan que ya se acabaron- son fruto de la injusticia. La diferencia está tan clara que no debería ser necesario explicarla.
Así que, la próxima vez que tengamos la tentación de quejarnos porque no podemos despegarnos del teléfono móvil tactil 3G de última generación; porque nuestros compañeros, nuestros jefes o nuestros clientes invaden nuestros espacios y tiempos de diversión y de reposo, la próxima vez que miremos al artilugio con reluctancia -sino con odio-, la próxima vez que nos sintamos esclavos del móvil, sólo tenemos que, como un niño que no puede dormir, comenzar a contar esclavos, esclavos de verdad, hasta llegar a veintisiete millones.
Para entonces la llamada se habrá agotado. Y si insisten, sólo tenemos que hacer lo que estamos obligados a hacer por nosotros mismos. Evitemos nuestros miedos y nuestras dependencias; superemos nuestros terrores y nuestras exigencias psicológicas.
Apaguemos el móvil
Si nuestra manumisión es tan sencilla, ahorraremos fuerzas para otras que son bastante más complicadas. A lo mejor no sabiamos de esto porque nadie nos ha llamado al móvil para contárnoslo.

domingo, septiembre 06, 2009

Un poema, ¿o no? (no es lo que parece ¿o sí?)


Un rayo luminoso que aterriza
hace apartar la mirada a los demonios,
los dispersa, los vuelve contra el cielo
los incita a creer, los hace libres
Y crece junto a uno que lo admira, se resiste
a apartarse de ese rayo intenso que ilumina
su alma hasta entonces tan triste y mortecina
que apenas es ya un alma o una vida.

Ese rayo se aguanta junto al vástago
del corruptor infinito de las almas.
Le recuerda la luz, la da la calma
le deja ser quien fue, le pinta el alma.
Y el demonio se aguanta junto a ella
cual una llama infinita que no quema,
se la acerca a la piel, la vuelve suya,
la pretende arrastrar hasta su sima

Y la luz permanece en su presencia,
dejada de las restantes huestes celestiales,
apartada de si, de aquello que antes era,
luchando contra ellas por su ausencia.
Defendido de Dios por su luz salvadora,
el demonio agradecido la intenta proteger.
Se la acerca aún más, se vuelve fiero,
se la guarda en la piel y así la quema.

Grita cuando comprende lo que ha hecho
y la intenta curar, repararle las alas.
Más no puede, las plumas se le queman:
No es capaz de crear contra su esencia.
Así que, con intenso dolor y sin demora
se arranca de las suyas las membranas.
Él ya no volará, apenas si le importa.
Anclado en las oscuras simas del averno,
ve elevarse la luz que ahora remonta

Y su amo Lucifer le dice: “no la ansíes,
ahora permanece callado en la penumbra.
No intentes perseguirla, no la adores:
Bienvenido al infierno que es tu vida.
Desde aquí mírala, mas no la sueñes,
ni siquiera respires cerca de ella;
no sea que el sulfuroso aliento que respiras
haga arder esas recientes alas que la elevan.
No llores, mi demonio. No la quieras:
Nadie mira al infierno mientras vuela”.

miércoles, agosto 26, 2009

De padres, hijos y crisis

Debe ser que el verano agosta las ideas y los intentos de ponerlas en el orden necesario que exige la escritura, pero el caso es que la producción estival de esta pluma se ha visto drásticamente reducida.
En cualquier caso, creo que resulta propio concluir este veraniego asueto con algo referente a la infancia, esas personas a medio hacer cuya responsabilidad de culminación radica en sus progenitores y que ahora pululan libremente por las habitaciones de aquellos que aún tienen casa y que pueden seguir pagándola.
En mis tiempos, cuando era niño -que también lo fui- Barrio Sésamo eran un grupo de monigotes que se suponia que nos enseñaban los números, las letras, las nociones espaciales básicas y alguna que otra cosilla sin importancia como que no se miente a los que te quieren, que el egoismo tiene límites y que el respeto es algo que hace llevadera la existencia. Vamos, definiciones primarias de palabras como lealtad, sinceridad o libertad que ya no se escriben en mayúsculas -como dinero, éxito o fama- y han perdido brillo en los diccionarios multilingues.
Pero ahora no.
Los responsables estadounidenses de Barrio Sésamo han decidido que esos filosofos y profesores de trapo y peluche que forman el eterno e irreductible elenco de la serie, expliquen a los infantes que el la crisis. Sí, sí. La crisis económica mundial. Esa que no saben explicar los economistas, los políticos, los gurús, ni los presidentes de los bancos centrales. ¡Menuda papeleta!
No me imagino al bueno de Elmo hablando de ciclos redundantes, de neoliberalismo y de mecanismos de control de los mercados y afortunadamente los guionistas de la serie tampoco. Así que van a lo sencillo, a lo básico, a lo que un niño necesita saber.
De modo que Elmo, con esa voz semiquebrada y gritona, les explica a los niños que las cosas van mal y que no pueden pedir más juguetes, porque papá y mamá están en paro. Porque, claro, esa es la principal preocupación de un niño.
Elmo no se molesta en explicar el motivo por el que mamá llora por las esquinas cada vez que mira a sus hijos comiendo cereales en el salón; no explixca el motivo por el que papá pega puñetazos en la pared o circula como una sombra por el jardín de la casa, que ha podado en seis ocasiones en la última semana. Eso no puede importarle a un niño. A un niño sólo puede importarle no tener más juguetes.
Pero es que Elmo está para lo básico. Para lo demás está Coco. Es de suponer que Coco les contará a los pequeños que se han quedado por culpa de la crisis sin la última actualización de la Playstation porque una serie de individuos han practicado el divertido juego de "coge el dinero y vete", porque otros han jugado a la ruleta rusa con los ingresos y los depósitos de sus papás y porque otros no están dispuestos a ver reducidos sus beneficios accionariales y encuentran soluciones que pasan por el despido masivo de trabajadores.
Pero Coco tiene la posibilidad de jugar al así sí, así no. Puede enseñar una instantanea de empresarios estadounidenses que, aún en crisis, crean y mantienen miles de puestos de trabajo en condiciones dignas y estables y decir "esto es arriba" y luego de los ejecutivos que cobran sus pagas de beficios cuando no hay beneficios y fuerzan quiebras fraudulentas y decir "esto es abajo".
En nuestro país esa filosófica intervención de la marioneta azul sería más complicada. No porque los guionistas sean peores, sino porque habría muchas menos instantaneas que enseñar cuando se dijera "esto es arriba".
Pero el problema del Bario Sésamo especial crisis en España va mucho más allá. Habría que dividir el programa en muchos y cuidar en extremo los mensajes.
Sería peligroso colocar a Epi y Blas en una acalorada discusión en la que Blas intentara bajar a Epi de ese cuento de la lechera que se ha llamado especulación inmobiliaria aficionada y explicar a los niños que muchos de sus padres están como están y se quedan sin casa porque compraron viviendas por encima de sus posibilidades con un dinero que no tenían, para especular con ellas y luego venderlas, para comprar otra vivienda que estaba todavía más por encima de sus posibilidades.
No conviene decir a los niños, que se quedan sin juguetes y ven a sus progenitores de mala baba y actitud desesperada, que sus propios padres son en parte los artifices y heraldos de su propia destrucción, porque sus eternos cuentos de la lechera han dejado a sus hijos sin futuro y han llevado el mercado a unos precios en los que aquellos que sólo quieren una casa para vivir no pueden acceder a ella.
Quizás si se dice eso los niños no sientan demasiada empatía con sus padres. Y ya es lo que nos faltaba.
Pero claro, antes tendriamos que recuperar a Caponata, esa maternal zancuda, para que explicara a los tiernos infantes que sus padres son esas personas que les llevan de la mano a casa de los abuelos cuando se van de vacaciones a Mojacar; esas voces que escuchan a través de su teléfono movil de última generación mientras el abuelo les cuenta un cuento o la abuela les persigue con la leche con galletas; esas sombras que atisban moviéndose por la casa cuando levantan la vista de sus DVDs portátiles o de sus consolas, Esas personas con las que se encuentran todos los días por casualidad en la cocina, en el cuarto de baño o en el camino entre la guardería y la canguro.
Pero el Bario Sésamo especial crisis hispano por antonomasia debería emitirse en Prime Time, en hora de máxima audiencia, y tendría que estar digigido y presentado por el más patrio de los personajes de esta corte de marionetas y seres disfrazados. Don Pinpon.
Este granjero de trapo debería explicar a los niños que no lo son, a los que se perdieron las píldoras éticas que destilaban los antecesores de este Barrio Sesamo de Urgencia del siglo XXI, que la crisis no es una excusa para seguir siendo una carga para aquellos que han cargado contigo más allá de los límites racionales.
Don Pinpon debería gritar a los cuatro vientos a esos que se hacen llamar adultos y siguen funcionando como niños mohinos y egositas, que el ahorro supone renunciar a los juguetes -parece que los hijos están en condiciones de entenderlo, pero los padres no-, no buscar nuevas formas de financiación para seguir el mismo nivel; que con treinta y cinco o cuarenta años no se puede pretender mantener el nivel de vida a costa de la pensión y el sacrificio de ancianos de setenta; que no se puede uno acostar todas las noches rezando a un dios que no te escucha -por fortuna- para que la herencia de los que además te están cuidando a los hijos te saque del pozo, impida que te metas en él o te deje seguir vivendo al mismo nivel sin renunciar nada.
Se vería en la tesitura de forzarles a entender con ejemplos sencillos y visuales que "arriba" es responsabilidad, esfuerzo y realismo y que "abajo" es esquilmar y ordeñar la teta paterna hasta que ya no queda nada para no tener que ver disminuidas las ubres propias.
Pero eso no se hará. En este país, Caponata, Don Pinpon e incluso Elmo, Coco, Traque, Triqui, Epi y Blas seguirán haciendo lo que han hecho siempre. Entretener a los niños para que no molesten a sus padres, mientras algunos de esos padres -demasiados, se podría decir- se dedican a molestar a sus propios progenitores para que ni la vida, ni la crisis les moleste a ellos.
Así que, al final, la idea yankie va a ser buena. Será mejor explicarles a los niños, como los estadounidenses, por qué no tienen más juguetes en lugar de por qué sus padres se han comportado y se comportan como niños mimados incapaces de enfrentarse al sacrificio.
Al fin y al cabo, los juguetes son más cotidianos para ellos que sus padres. Lo entenderán mejor

miércoles, julio 29, 2009

ETA cambia en Burgos la rúbrica del miedo

Cuando aún se destilan las esencias de la última exlosion, cuando aún la cuentan los reporteros, la analizan los columnistas y la investigan los mismos que pudieron ser muertos por ella; cuando aun no se han apagado los ecos del último mensaje mafioso que pretende hacer hacerse oír cuando no hay nadie que quiera escuchrale, el mundo se pone a cambiar ante nuestros ojos, como una mutación global que nos llevara allá donde parecía imposible que se podía llegar.
Parece que el atentado de Burgos fuera más de lo mismo. Otro intento de cubrir con sangre la falta de ideas, de recursos, Otra forma de tapar con ruido la ausencia de intenciones, de esconder con gritos y explosivos sus deseos de medrar en el enfrentamiento y obtener rendimientos mafiosos del miedo de los otros.
Pero no es. No es lo mismo. Nunca será lo mismo. Ya no.
Intentar una matanza en una casa cuartel de Burgos parece que es uno de esos movimientos clásicos de ETA. Tristemente clásicos. Pero lo de Burgos, el fracaso de Burgos, es un síntoma de algo nuevo, es uno elemento distinto en una dinámica que cambia el mundo y cambia las reglas de un juego que nunca lo fue, de una guerra que nunca debío emprenderse y que debió detenerse mucho antes.
Pese a los cuarenta y seis heridos, pese a los inmensos daños materiales, pese a la aparente esencia idéntica a lo que los los mafiosos furiosos han hecho siempre, a lo que están acostumbrados y lo que han destinado sus vidas y nuestras muertes, el atentado es distinto.
Todo atentado es una cosa, todo acto bárbaro y violento es miedo, es terror en estado puro y duro. Es un reflejo y un atisbo de la fuerza que el pánico y el miedo tiene sobre las mentes de aquellos que no pueden dejar que, como en la novela clásica, el miedo pase por encima de ellos, por debajo de ellos y a través de ellos.
Toda bomba, todo tiro en la nuca, todo estallido aleatorio, todo asesinato programado lleva la misma firma. Lleva la firma del terror. Pero por fín, aunque cueste creerlo, la rúbrica ha cambiado.
La mano que sujeta la pluma temblorosa que rubricá la firma del terror ya no es vasca, ya no es española, ya no es nacionalista, ya no es españolista y ni siquiera es abertzale. La mano que sujeta el terror, el miedo, el pánico del atentado de Burgos es una mano oscura y sin cerebro. Es la mano de ETA.
ETA ya no mata porque quiera dar miedo. Los mafiosos del norte matan porque ahora están muertos de miedo.
Si fuera sucio, violento y vengativo como ellos me alegraría. ¡Que coño!, aunque no soy sucio, violento ni vengativo como ellos, me alegro.
Los mafiosos furiosos están aterrados. Asustados porque ya no pueden chantajear con el nacionalismo a un Gobierno de Euskadi obligado por poder y el voto a nadar entre dos aguas; paralizados por el pánico que les provoca que el entorno abertzale vote a los independentistas pacíficos y no participe en sus máscaradas de votos nulos; estremecidos de que, hasta sus propios voceros, predicadores de plaza de pueblo y pregoneros afónicos de la lucha armada, hablen contra ellos; aterrorizados de que aquellos que están entre rejas, por la sangre de sus manos y por su odio, les escupan a la cara su locura y su estupidez en la persistencia de utilizar la muerte como moneda de cambio política.
El miedo de ETA la comprime, la hace pequeña, la reduce. La vuelve tan pequeña como siempre lo fueron sus argumentos, sus pretensiones, sus intentos de imponer aquello en lo que ni siquiera creen para poder seguir viviendo y medrando con ello.
El pánico muda a los mafiosos de gatillo fácil y bomba presta en jóvenes inútiles, incapaces de hacer nada a derechas, en torpes aprendices, que miran modrosos por detrás de su hombro una y otra vez, temerosos de contemplar, ya no a la Guardia Civil o la Polícia Nacional, sino a cualquier vecino, cualquier transeunte, cualquier vasco. Lo que ocurre en el norte, lo que está ocurriendo, les ha enseñado que ya no están seguros, que ya no pueden saber quien está junto a ellos. Que una ikurriña ya no es una patente de corso para hacer cualquier cosa en su tierra.
El miedo, su miedo, les ha forzado a llevar hasta Burgos su mensaje absurdo, su diálogo de sordos. El terror que destilan los que mandan en ETA les ha hecho huir de Euskadi.
Ya no es el miedo a la detención, a la acción policial, a la pérdida de efectivos y materiales. Ya no es ese pavor con el que convive siempre todo el que huye, todo el que ha hecho del crimen su forma de vida. Es el pánico infinito a perder lo que tienen, a darse un cuenta un día de que no hay poder en sus bombas y no hay mando en sus armas. es el miedo a estar sólo.
Por primera vez, pese al atentado, pese a una casi matanza, pese apoder hacerlo y a tener la intención, no ha logrado el objetivo de matar para el miedo. Su terror se lo impide.
Por primera vez ese espanto que ha sacudido cada acción, cada intento, cada eslabón baldio de la cadena de miedos y de odios que ha querido colocar ETA sobre su tierra y los que viven en ella, ha cambiado de bando, ha atacado a aquellos que le buscan, que intentaron convertile en el dios que rigiera los destinos de Euskadi.
Y nos alegra, aunque no seamos como ellos, nos alegra. En estas latitudes infernales tenemos dos cosas claras: todo acaba y...
Nada es más fuerte que el miedo. Ni siquiera lo es ETA.

miércoles, julio 15, 2009

La muerte larga de José Couso

Lo pensado y lo escrito

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