jueves, diciembre 24, 2009

ERE en Nochebuena (cuento popular contemporáneo)

Voy a empezar a poner el Belén en mi casa, y, como estoy en crisis, las decisiones que he tomado son las siguientes:
Pastores. Para nadie es un secreto que en todos los belenes hay más pastores que ovejas, parece absurdo, pero siempre ha sido así. Por supuesto me veo obligado a deshacerme de todos, menos uno. Instalaremos pastores eléctricos (cercas electrificadas) con el fin de controlar a las ovejas, y, una vez instalado, se plantea la posibilidad de sustituir, en breve, al pastor por un perro con experiencia.
Personajes gremiales. Es sorprendente la cantidad de artesanos que puede haber en un belén: el herrero, el panadero, el de la leña, el carpintero (haciendo una desleal competencia a San José que se ha cogido baja paternal), el tendero,... y sin embargo es, también, sorprendente ver los pocos clientes que hay. La decisión que hemos tomado es despedir a todos los artesanos, es duro, pero no ha quedado otro remedio. En su lugar hemos contratado a un chino, que en un pequeño comercio fabricará y venderá todos los objetos que vendían los artesanos. (Si el chino decide subcontratar 15 menores para sacar el trabajo es un tema en el que no nos debemos meter).
Posadero. El chino se hará cargo también de la posada. Además, últimamente habían llegado quejas de atención al cliente por parte de José y María. La posada podría funcionar con el sistema de cama caliente.
Lavanderas. Que manía tienen en los belenes con lavar la ropa, con lo fría que debe estar el agua, con tanta nieve. Se suprimen los trabajos de lavanderas, que además eran ocupados siempre por mujeres. Cada uno se lavará su ropa en los ratos libres, potenciando así la equiparación de sexos en cuestión de tareas domésticas.
Ángel anunciador. Suprimidos casi todos los pastores, no tiene sentido la figura de un ángel anunciador. Se sustituye por un anuncio luminoso, en donde además podremos anunciar las ofertas del chino.
Castillo de Herodes. A Herodes le mantengo en su puesto, no es que haga mucho, pero manda, y no es cuestión de ponerse a despedir directivos. Soldados, me quedo con dos por razones de seguridad, (que bastante calentita está la zona) pero los externalizo. Los contrataré por medio de Prosegur Castillos, para que me presten servicio como guardas de seguridad. Ahorro en costes fijos y gano en flexibilidad.
Paseantes varios. Es sorprendente ver la cantidad de personajes que abundan en un belén sin hacer nada, absolutamente nada. Todos despedidos. Esto lo teníamos que haber hecho hace tiempo.
Paseantes con obsequios. He observado que otro grupo de paseantes, algo menos ociosos, pero no mucho más productivos, se dirige hacia el portal con la más variada cantidad de objetos. Uno con una gallina, otro con una oveja, otro con una cesta, otro con un atillo (¿qué llevará el misterioso personaje del atillo?),...Puesto que todos tienen el mismo destino, organizaremos un servicio de logística, para rentabilizar el proceso. Despediremos a todos los paseantes, uno de ellos se quedará con nosotros por medio de ett, y con ayuda de un animal de carga recogerá las viandas cada tres días y las acercará al portal.
Reyes Magos. Por supuesto con un solo rey es más que suficiente para llevar el oro, el incienso y la mirra. Eliminamos dos reyes, dos camellos y los pajes. Posiblemente nos quedemos con el rey negro para no ser acusados de racistas, además es posible que quiera trabajar sin que le demos de alta. Tengo que estudiar, también, la posibilidad de dejar tan solo el incienso y vender el oro y la mirra a otra compañía, ya que debemos de reducir al máximo la inversión en regalos de empresa.
Mula y Buey. La única función de estos animales es dar calor. Esta función será desempeñada por una hoguera, que gasta menos combustible. Realizaremos un assessment center con los dos animales, y el que lo superé trabajará como animal de carga en el servicio de logística antes citado.
San José y la Virgen María. Está más que demostrado que el trabajo que hacen ambos en el portal puede ser desempeñado por una sola persona, y evitamos dos bajas de maternidad/paternidad. Por razones de paridad, nos quedamos con la Virgen María y, lamentablemente, tenemos que despedir a San José (con lo que había tragado el hombre en esta empresa).
El niño Jesús. A pesar de su juventud tiene mucho potencial , y además parece ser que su padre es un pez gordo. Le mantenemos como becario con un sueldo de mierda, hasta que demuestre su valía.
El Belén queda pues de la siguiente forma: Un pastor, con ovejas en un cercado, un chino con un comercio/posada de 24 horas, Herodes y dos guardas subcontratados, un paseante (por ett) con la mula (o el buey) haciendo repartos, el rey negro (ilegal), la virgen y el niño.
Va a ser más soso que otros años, pero me he ahorrado una pasta…

lunes, diciembre 21, 2009

Pliego de descargo navideño del ESI

Estimados señores y señoras y otros componentes de la humanidad en general:
Me permito dirigirme a ustedes en la cercanía de estas fechas que normalmente ustedes suelen considerar tan señaladas para puntualizar algunos aspectos que tradicionalmente han sido mal interpretados con respecto a mi existencia y mi persona.
Primero
En ningún momento he tenido nada que ver con la humanidad. No formo parte de ella y no he formado en ningún momento parte de tan heterogéneo e irregular compendio de seres y estares.
Segundo
No es voluntad mía ni deseo propio aparecer y reaparecer continuamente en cuanto a un edil de tres al cuarto le da por encender unos cuantos millones de luces, enviando al traste el más oriental espíritu de Kioto, si es que este espíritu en concreto alguna vez existió.
Tercero
Niego ante cualquier tribunal divino o humano -si es que los primeros aún existen- toda responsabilidad e implicación en mis apariciones públicas e incluso en mi nacimiento. Ya que, como bien indica mi definición, fui creado y no engendrado al contrario de lo que se piensa.
Cuarto
Contemplo como únicos responsables del proceso creativo que culminó con mi aparición en el mundo a unos individuos que se dieron cuenta de que desaprovechaban todo el año para hacer lo que tenían que hacer y luego, a toda prisa, aprovecharon el supuesto nacimiento de un supuesto individuo para cargar sobre mis hombros la responsabilidad del deber de ejecutar todas las bondades que el género humano se negaba a practicar el resto del año.
Sin ignorar ni restar responsabilidad a El Corte Ingles, Christies e IKEA, a los que considero cómplices posteriores al hecho.
Quinto
Niego toda relación con todos aquellos que, utilizando de forma delictiva mi nombre y superando el nivel de rentas que se considera decoroso entre el común de la humanidad, se arropan en sus abrigos de pieles, sus trajes de sastre y sus vestidos de fiesta y se dedican a repartir comida de saldo y café rancio entre todos aquellos de cuyas rentas miserables son total o parcialmente responsables.
Sexto
Afirmo bajo juramento que no conozco ni he conocido nunca a ninguno de los directivos y responsables empresariales que, empapados de sustancias destiladas varias y arrobados por vapores etílicos diversos, castigan los oídos de empleados con frases grandilocuentes de amor y buenos deseos tras 364 días de tratarles como siervos, negarles aumentos, ampliarles unilateralmente las jornadas y negarles los días libres que les corresponden.
Séptimo
Testifico que tampoco tengo nada que ver con los besos y abrazos que compañeros esquiroles, traidores y maledicientes reparten a diestro y siniestro amparados, de nuevo sin mi consentimiento, en mi identidad y existencia; así como que tampoco he tenido jamás relación alguna con los aduladores, obsequiosos y serviles que aprovechan mi supuesta aparición para regalar oídos de superiores jerárquicos con toda suerte de palabras y sonrisas hipócritas.
Octavo
Niego toda participación, como autor o inspirador, en los ejercicios de disimulo familiar que pretenden acallar y ocultar odios, inquinas, rencores y venganzas, aprovechando estas fechas bajo la manta del silencio y susurros conspirativos a las espaldas de aquellos a los que les une la sangre y la genética
Noveno
Declino toda responsabilidad en los actos de aquellos que pretenden colgarse de los ingresos y las tarjetas de crédito de sus progenitores y familiares directos o políticos de mayor edad para hacerse, en forma de regalos inspirados falsamente por mi presencia, con los bienes y productos que su nivel adquisitivo, su propia avaricia o su consumismo desmedido les han impedido coleccionar a lo largo del año.
Décimo
En último lugar –por ahora- quiero dejar constancia de que en ningún momento ha sentido inclinación ninguna a participar en concentraciones multitudinarias con motivo del final del calendario y ni mucho menos en galas pregrabadas o en directo que tengan como protagonistas a cantantes superventas ni artistas rancios que interpretan villancicos como si estuvieran poniendo música al acto segundo de Ricardo III o cualquier otra tragedia shakesperiana.
Y como única prueba de mi inocencia en este compendio de despropósitos que se atribuyen a mi nombre y existencia aportaré lo siguiente:
Existen personas que ayudan y se preocupan por los demás; está demostrada la existencia de jefes y directivos que tratan con justicia y equidad a sus empleados, de compañeros que ejercen la lealtad y el compromiso con sus camaradas; queda patente que hay familias que se respetan, se quieren, se complementan, se responsabilizan unos de otros y se preocupan por todos sus miembros; está más allá de toda duda que hay individuos que hacen cuentas contando solamente con su dinero y emplean parte de este en gastos que sólo reportan beneficios económicos o afectivos a otras personas.
La prueba no es la existencia mayoritaria de estos tipos de ser humano –que, en realidad, son claramente minoritarios-. La prueba es que son capaces de hacerlo durante todo el año, en el que se supone que mi presencia no se esparce por ese planeta que algunos de ustedes llaman La Tierra.
Del hecho de que esas personas puedan hacerlo se infiere, sin lugar a dudas, que mi esencia o existencia nada tiene que ver en ello y por tanto no soy responsable de que, aquellos que sólo lo hacen en estas fechas, busquen miles de excusas para no comportarse como seres humanos durante el transcurso del resto del calendario, con la mínima decencia que debería exigirle el material genético que les convierte en miembros de esa especie en concreto.

Así las cosas, ruego a la autoridad competente que tenga en cuenta este pliego de descargo para que obligue a humanos en esencia y apariencia a que no me responsabilicen más de todos esos ítems arriba expuestos, ni me utilicen de excusa para sus carencias continuadas.
Atentamente,
El Espíritu del Solsticio de Invierno (aka espíritu navideño desde el año 41 del reinado en Roma del Cesar Augusto Imperator)

lunes, noviembre 30, 2009

Los bares de Las Tablas se la juegan a Darwin

Los científicos -o sea, esas raras gentes que piensan y comprueban las cosas antes de hablar- se han descolgado diciendo que sólo hay dos genes que nos separan de los primates y, claro, eso no nos deja en un buen lugar.
Pero no se trata de sentirnos avergonzados porque nos parecemos demasiado a esos seres de mirada trsite que mascan hojas bajo la lluvia mientran obsevan a Sigourney Weaver con mirada de eterna conmiseración; no se trata de maldecir al difunto Copito de Nieve porque ni siquiera la fotodepilación nos permite derrotar al eterno bello de nuestro pecho o nuestras axilas.
El descubrimiento de los chicos de Cambridge nos deja con el trasero al aire como a los mandriles -otra similitud incuestionable - porque nos hace preguntarnos cuantos genes, alelos, cadenas nucleicas o cromosomas nos separan a unos seres humanos de otros.
Y la respuesta es tan sencilla y tan atronadora que nos ruboriza más allá del bermellón más perfecto que luciría el trasero de otro de esos primos nuestros que cuelgan de los árboles y que han resultado ser más cercanos de lo que desearíamos, para paz de nuestra mente y tranquilidad de nuestro más que desarrollado instinto de superioridad.
La respuesta es ninguno.
No hay nada que justifique que nos sintamos distantes los unos de los otros. Aún ignorando todo lo que se ha dicho y escrito sobre razas o nacionalidades, todos los tópicos universalistas e igualitarios, todas las declaraciones grandilocuentes y expresiones políticas, no hay nada que justifique entre los seres humanos el concepto de desconocido.
No ha sido Darwin -Sir Charles, por supuesto-, no ha sido Humbold, no ha sido un geneticista de Cambridge, ni un naturalista de Yale el que ha recordado a este demonio que los desconocidos no existen.
Ha sido un camarero que no sabe servir una cerveza negra, una camarera a la que le dejaría poner todas las cervezas -negras o rubias- que quisiera y un grupo de gente que se olvidó de que no tenía nada en común con un demonio salido del averno ni prácticamente entre ellos.
Un grupo de gente que decidío que el fin de semana es demasiado valioso como para desperdicicarlo controlando el entorno. Que recordó que la sociedad es grupo y en el grupo el desconocido no existe desde el momento en el que forma parte del mismo.
Aún hay gente que reconoce que la evolución depende de aquello que no conocemos. Que, por instinto o por gusto, descubre que no podemos crecer si nos limitamos a regar la planta -que reglar la flor es otra cosa mucho más íntima- de nuestra existencia con el mismo líquido reciclado que ya ha pasado una y otra vez por la tierra en la que hundimos nuestros pies para sentirnos protegidos y a salvo.
En este mundo en el que la autoayuda es una nueva religión, en el que la afinidad se mide en porcentajes de coincidencia en una encuesta on line, en el que las divisiones se buscan en lugar de encontrarse, se engrandecen en lugar de minimizarse, todavía hay gente que es capaz de saber que la evolución depende del contacto con lo que hasta ese momento desconocia; que el cambio y el crecimiento necesitan adiciones de material a lo que ya tenemos; que, si no conocemos y no damos alas a lo desconocido, terminaremos siendo adelantados por esos primos nuestros que habitan junglas y sabanas y a los que sólo sacamos dos genes de ventaja.
Todavía hay gente que se da cuenta de que la humanidad no se construyó a base de genealogías afectivas y curricula; no se mantuvo a fuerza de presentaciones formales y referencias cruzadas. Todavía hay gente que intuye que la base de nuestra sociedad, de nuestra afectividad y de nuestro futuro está en sumar. En sumarnos unos a otros; que descubre que para sumar hay que recurrir a lo que no está anteriormente. Que lo desconocido es necesario para ampliarnos, engrandecernos y hacernos de nuevo nosotros mismos.
Todavía hay gente que sabe que el futuro no reside en las reuniones privadas, en las comidas familiares, en las conspiraciones solipsististas que nuestro corazón tiene con aquellos que lo conocen al dedillo. Saben que el futuro está en los bares.
Aún quedan personas que reconocen que una copa, una risa, una sonrisa, un broma y un apreton de manos son suficientes para que nuestro corazón y nuestra alegría esten dispuestos a recibir algo de alguien que no estaba en nuestro GPS unos instantes antes.
Todavía hay grupos y personas dispuestas a recibir al extranjero afectivo con los brazos abiertos, a no preocuparse por su integración en el grupo porque no hace falta dejar de ser como eres para que alguien que no te conoce pueda disfrutar y sentirse bien a tu lado. Todavía hay gente que confía lo suficientemente en si misma como para mostrarse a aquellos que no han hecho nada para ganarse un derecho que se gana con el nacimiento y la condición de ser humano.
Es posible que nuestros primos cercanos terminen adelántandonos como ya lo han hecho con nuestros líderes políticos y religiosos; es probable que hayamos alcanzado lo máximo que podemos ser y terminemos languideciendo en nuestra propia existencia hasta alcanzar la decadencia como raza y como especie.
Pero todavía hay gente que, aunque sea inconscientemente, reconoce que la salvación no está en protegernos, en cerrar nuestro entorno a los cuatro que aguantan todo lo que queremos y que nos dan siempre lo que deseamos, aunque lo que deseemos nos esté matando por dentro.
Todavía hay gente que se siente más a salvo con lo que llega de fuera que entregándose al infinito ejercicio baldío de la protección de su entorno y de su soledad.
Todavía existen personas que hacen jornadas de puertas abiertas en las fortalezas de interiorización e intimidad en las que esta sociedad ha convertido nuestros corazones y nuestras relaciones.
Aún hay seres humanos que consideran que tiene que haber un puente fijo y transitable entre la piedra de nuesto casitillo interior y las arenas movedizas que los desconocidos, que por casualidad llaman a su puerta, traen consigo.
Todavía hay gente empeñada en desmentir a Sir Charles -Darwin, por supuesto- y demostrar que la mutación se genera por adición, no por una transformación misteriosa e interna.
El último de esos grupos de gente que garantizan la posibilidad de supervivencia conjunta de la humanidad -incluyendo a los demonios escribientes- ha sido descubierto en Las Tablas.

miércoles, noviembre 25, 2009

El mejor fotografo del mundo

Mientras el mundo se disloca la opinión sobre el rutilante e intrascendente Balón de Oro concedido a Leonel Messi por el plausible motivo de conducir un balón pegado al pie; mientras otros, los más sesudos y culturales, aún discuten sobre los ecos de otros no menos rutilantes y no más tracendentes premios dorados concedidos en Hollywood, por Hollywood y a para honor y gloria de Hollywood; mientras el mundo se agota en la disquisición sobre los merecimientos para el Nobel de la Paz de alguien que lo único que ha hecho es limitarse a no trabajar para la guerra -que no es poco, tal y como está el patio-, alguien que no suele sugerime nada y que corro el riesgo de que no vuelva a sugerirme nada -quizás por la responsabilidad que conlleva el hecho de que sus sugerencias suelen ser automáticamente aceptadas por estos pagos infernales- me ha sugerido el tema de este post con una pregunta y un enlace.

El enlace es este:

Y la pregunta es esta
¿Puede un premio valer más que una vida?, ¿puede una imagen o un texto anteponerse a una muerte? ¿se puede celebrar la muerte por conseguir un reconocimiento y una foto?
Y a respuesta, autómatica y visceral, institiva y acelerada, no me ha hecho saber nada nuevo, pero me ha hecho recordar lo que sé. Eso y la fecha. Sobre todo la fecha.
Me ha hecho recordar una historia que no ha sido contada, que no ha sido publicada, que no ha sido relatada. Que no existía hasta que el encuentro en una escalera de incendios con unos ojos buscadores de felicidad cargados de vida, hasta que la ausencia de unas manos cuyas caricias son capaces de curar hasta las heridas que desconocen, le han dado fuerza a mis musculos cerebrales y cardiacos para recordar que la sabían.
Sé de alguien que, en los años en los que la vida te permite realizar aquello para lo que estás predispuesto, puso el pie en una ciudad que debería ser dorada por santa y que resultó ser roja por violenta.
Sé de alguien que en ese mismo instante, entre las acreditaciones, las explicaciones, las precauciones y los pasaportes, descubrió que Occidente, que aquellos que le habían colocado como su voz, su pluma y sus ojos en ese remoto confín de la razón, estaba loco.
Sé de alguien que descubrió que aquellos que se llaman comprometidos, arriesgados, profesionales no son otra cosa que el reflejo de la cobarde sociedad que les envía a levantar acta de aquello que no les importa pero que les despierta interés.
Sé de alguien que, en la avenida Rasham de Beirut, descubrió que hay una linea roja que nadie se atreve a traspasar; que los más reputados reporteros de guerra nunca pisan; que los más celebrados fotógrafos son incapaces siquiera de reconocer. Hay una linea, pintada con sangre y con vida, que el mundo occidental se niega a percibir.
Y sé de alguien que descubrió esa línea, no porque ninguno de los tres dioses que cobran su tributo de sangre en Jerusalem se lo revelara, no porque ninguno de los gobiernos que pugnan por el control de una tierra, tan baldía como disputada, se lo filtrara. Lo descubrió porque conoció a Kaleb y Rashid.
Kaleb y Rashid tenían nombres tan comunes y desconocidos como son sus nombres falsos, en una tierra y en una guerra en el que los nombres verdaderos son tan escasos como la piedad. Rashid y Kaleb llevaban tarjetas de plástico colgadas al cuello con una cinta de tela azul y blanca y una cámara reflex automática colgada del hombro. Eran fotógrafos, fotógrafos de guerra.
Pero ellos hicieron -junto con otros que por juventud, inexperiencia y compromiso no sabían lo que no debía hacerse- lo que estaba prohibido hacer, lo que la falsa profesionalidad, el afán de protagonismo y la cobardía heredada de siglos de indiferencia hace que ninguno haga. Ellos cruzaron la línea.
Muchos de los que leen estas diabólicas reflexiones virtuales-que no son demasiados- están en este mundo de los llamados medios de comunicación y no estarán de acuerdo conmigo, no estarán de acuerdo con que la diferencia, la línea que hay que cruzar y que no existe ninguna justificación para no atravesar, es la que separa contemplar la vida de defender la vida, comunicar la muerte de evitar la muerte.
Pero eso no se entiende.
Se dice que una imagen puede contribuir a salvar más vidas y es posible que sea cierto, pero deja de serlo cuando se percibe que en nuestras sociedades, que convierten en enemigo irreconciliable al que es más rápido que tú en coger asiento en el metro, ni siquiera se interesan por esas imágenes, por esos trozos estáticos arrancados a una realidad que les importa menos que el futuro de Messi o le vestido lucido por Scarlett Johansson.
Se dice que los profesionales de la comunicación deben mantenerse alejados para informar correctamente, deben evitar implicarse, pero eso resulta cuando menos llamativo en sociedades que consideran un esfuerzo baldío saludar al conductor del autobús en el que se motan y cuya vida ponen en sus manos, en un mundo en el que se puede demandar a los bomberos por dislocarte un hombro mientras te rescataban de un incendio.
A Occidente, a sus gentes, a sus sociedades y a sus medios de comunicación no les importa lo que hay detrás de esa imagen obtenida en mitad del sufrimiento y de la sinrazón, lo que está detrás de esa columna de texto escrita tras el dolor, alrededor de la locura. Sólo les importa el espectáculo.
Y lo sé porque sé de alguien que acompañó a Kaleb mientras, con su silbido de pastor de cabras de las montañas sirias, alertaba a un miembro de la Legión de Hebrón de su presencia y la de su cámara y conseguía, con tan simple gesto, evitar que el asustado soldado siguiera apuntando con su arma automática a un muchacho que le tiraba terrones de arena que se desmenuzban contra su armadura de kepblar.
Y lo sé porque sé de alguien que vio, desde un balcón, como Rashid se situaba entre una miserable barraca de Shabra y un bulldocer militar, renunciando a una imagen impactante pero amenazando con ella, para mantener en pie la miserrima vivienda que alguien en ese campo maldito de llanto y refugio llamaba hogar.
Pero todo eso no lo sabe Occidente, no lo saben aquellos que pagaban a Rashid y Kaleb -y a otros de sus compañeros- por obtener imágenes de un conflicto que alimentaran el espectáculo mediático que les hacían vender más periódicos u obtener más ingresos publicitarios.
No lo saben aquellos que aún no han descubierto que, cuando se aprieta el disparador de una cámara mientras otro aprieta el gatillo de un arma, te conviertes en miembro del mismo pelotón de ejecución, cuando aprietas el botón de una grabadora o la caña de una pluma mientras otro empuña un látigo o un arama asesina te conviertes en colaborador necesario de esa muerte, de lo que ocurre, te trasformas en alguien que no ha hecho nada por evitar la locura y que se ha limitado a formar parte de ella para que otros se sientan a gusto allende los mares y allende la sangre, meneando la cabeza con desaprobación y premiando a aquellos que retroalimentan su propia visión del mundo.
Así que, desgraciadamente sí, en nuestros dias y en nuestros mundos, un premio, un reportaje y una foto son más importantes que una vida.
Lo son porque nadie está dispuesto a dar el paso que dieron Kaleb y Rashid; porque nos escudamos en una profesión para no intervenir, para no hacer nada, para no sentirnos responsables ni implicados en la barbarie que contemplamos.
Y lo sé porque sé de alguien que sujetó las cámaras de Kaleb y de Rashid mientras ellos pretendían salvar la vida de la mujer a la que no habían fotografiado y que había cometido el absurdo error de amar contra su dios
Y lo sé porque sé de alguien que les vio caer a dos manzanas de distancia, cuando ni siquiera sus nombres ni sus tarjetas azules y blancas les libraron del odio que los señores de la oración han desatado sobre la tierra que un día fue santa e intocable.
Y lo sé porque sé de alguien que tuvo que soltar esas cámaras para sujetar a otro de los suyos, a otro de los que habían traspasado la linea roja de la vida, mientras perdia la suya entre sus brazos. De alguien que desde entonces no puede soportar perder a nadie de los suyos, no puede saber que aquellos que le quieren no están a salvo.
Puedo escuchar todas las explicaciones que se puedan dar a que la puerta cerrada de una iglesia permanezca cerrada mientras dos personas que se aman mas allá de sus dioses y todos aquellos que han cometido el error, el mágnifico y orgulloso error, de ayudarlas son heridos o muertos a su alrededor; puedo leer todas las explicaciones éticas y estéticas sobre los motivos que llevan al que hace la fotografía a no evitar que esa fotagrafía se produzca y con ella su publicación, su éxito y quizás su premio.
Pero puedo ignorarlas, puedo reirme de ellas y puedo cuestionarlas porque, como el Gulliver de Swift hay una frase que siempre resuena en mis oídos: "No teneís nada que contarme, podeís creerme o no, no me importa: yo estaba allí". O al menos, sé de alguien que estaba allí. Aunque, por desgracia, no consigo recordar del todo su nombre.
Así que sí, en este mundo un premio, una publicación y una fotografía valen más que una vida humana. Es lo que hay. Es lo que no debería haber.
Pero nadie se llevara mi premio al mejor fotógrafo por una foto. Ese se lo llevó hace tiempo alguien que no hizo la foto e hizo lo que tenía que hacer, aunque de él ya sólo nos quede la memoria.







El mejor fotógrafo del mundo

Mientras el mundo se disloca la opinión sobre el rutilante e intrascendente Balón de Oro concedido a Leonel Messi por el plausible motivo de conducir un balón pegado al pie; mientras otros, los más sesudos y culturales, aún discuten sobre los ecos de otros no menos rutilantes y no más tracendentes premios dorados concedidos en Hollywood, por Hollywood y a para honor y gloria de Hollywood; mientras el mundo se agota en la disquisición sobre los merecimientos para el Nobel de la Paz de alguien que lo único que ha hecho es limitarse a no trabajar para la guerra -que no es poco, tal y como está el patio-, alguien que no suele sugerime nada y que corro el riesgo de que no vuelva a sugerirme nada -quizás por la responsabilidad que conlleva el hecho de que sus sugerencias suelen ser automáticamente aceptadas por estos pagos infernales- me ha sugerido el tema de este post con una pregunta y un enlace.

El enlace es este:

Y la pregunta es esta
¿Puede un premio valer más que una vida?, ¿puede una imagen o un texto anteponerse a una muerte? ¿se puede celebrar la muerte por conseguir un reconocimiento y una foto?
Y a respuesta, autómatica y visceral, institiva y acelerada, no me ha hecho saber nada nuevo, pero me ha hecho recordar lo que sé. Eso y la fecha. Sobre todo la fecha.
Me ha hecho recordar una historia que no ha sido contada, que no ha sido publicada, que no ha sido relatada. Que no existía hasta que el encuentro en una escalera de incendios con unos ojos buscadores de felicidad cargados de vida, hasta que la ausencia de unas manos cuyas caricias son capaces de curar hasta las heridas que desconocen, le han dado fuerza a mis musculos cerebrales y cardiacos para recordar que la sabían.
Sé de alguien que, en los años en los que la vida te permite realizar aquello para lo que estás predispuesto, puso el pie en una ciudad que debería ser dorada por santa y que resultó ser roja por violenta.
Sé de alguien que en ese mismo instante, entre las acreditaciones, las explicaciones, las precauciones y los pasaportes, descubrió que Occidente, que aquellos que le habían colocado como su voz, su pluma y sus ojos en ese remoto confín de la razón, estaba loco.
Sé de alguien que descubrió que aquellos que se llaman comprometidos, arriesgados, profesionales no son otra cosa que el reflejo de la cobarde sociedad que les envía a levantar acta de aquello que no les importa pero que les despierta interés.
Sé de alguien que, en la avenida Rasham de Beirut, descubrió que hay una linea roja que nadie se atreve a traspasar; que los más reputados reporteros de guerra nunca pisan; que los más celebrados fotógrafos son incapaces siquiera de reconocer. Hay una linea, pintada con sangre y con vida, que el mundo occidental se niega a percibir.
Y sé de alguien que descubrió esa línea, no porque ninguno de los tres dioses que cobran su tributo de sangre en Jerusalem se lo revelara, no porque ninguno de los gobiernos que pugnan por el control de una tierra, tan baldía como disputada, se lo filtrara. Lo descubrió porque conoció a Kaleb y Rashid.
Kaleb y Rashid tenían nombres tan comunes y desconocidos como son sus nombres falsos, en una tierra y en una guerra en el que los nombres verdaderos son tan escasos como la piedad. Rashid y Kaleb llevaban tarjetas de plástico colgadas al cuello con una cinta de tela azul y blanca y una cámara reflex automática colgada del hombro. Eran fotógrafos, fotógrafos de guerra.
Pero ellos hicieron -junto con otros que por juventud, inexperiencia y compromiso no sabían lo que no debía hacerse- lo que estaba prohibido hacer, lo que la falsa profesionalidad, el afán de protagonismo y la cobardía heredada de siglos de indiferencia hace que ninguno haga. Ellos cruzaron la línea.
Muchos de los que leen estas diabólicas reflexiones virtuales-que no son demasiados- están en este mundo de los llamados medios de comunicación y no estarán de acuerdo conmigo, no estarán de acuerdo con que la diferencia, la línea que hay que cruzar y que no existe ninguna justificación para no atravesar, es la que separa contemplar la vida de defender la vida, comunicar la muerte de evitar la muerte.
Pero eso no se entiende.
Se dice que una imagen puede contribuir a salvar más vidas y es posible que sea cierto, pero deja de serlo cuando se percibe que en nuestras sociedades, que convierten en enemigo irreconciliable al que es más rápido que tú en coger asiento en el metro, ni siquiera se interesan por esas imágenes, por esos trozos estáticos arrancados a una realidad que les importa menos que el futuro de Messi o le vestido lucido por Scarlett Johansson.
Se dice que los profesionales de la comunicación deben mantenerse alejados para informar correctamente, deben evitar implicarse, pero eso resulta cuando menos llamativo en sociedades que consideran un esfuerzo baldío saludar al conductor del autobús en el que se motan y cuya vida ponen en sus manos, en un mundo en el que se puede demandar a los bomberos por dislocarte un hombro mientras te rescataban de un incendio.
A Occidente, a sus gentes, a sus sociedades y a sus medios de comunicación no les importa lo que hay detrás de esa imagen obtenida en mitad del sufrimiento y de la sinrazón, lo que está detrás de esa columna de texto escrita tras el dolor, alrededor de la locura. Sólo les importa el espectáculo.
Y lo sé porque sé de alguien que acompañó a Kaleb mientras, con su silbido de pastor de cabras de las montañas sirias, alertaba a un miembro de la Legión de Hebrón de su presencia y la de su cámara y conseguía, con tan simple gesto, evitar que el asustado soldado siguiera apuntando con su arma automática a un muchacho que le tiraba terrones de arena que se desmenuzban contra su armadura de kepblar.
Y lo sé porque sé de alguien que vio, desde un balcón, como Rashid se situaba entre una miserable barraca de Shabra y un bulldocer militar, renunciando a una imagen impactante pero amenazando con ella, para mantener en pie la miserrima vivienda que alguien en ese campo maldito de llanto y refugio llamaba hogar.
Pero todo eso no lo sabe Occidente, no lo saben aquellos que pagaban a Rashid y Kaleb -y a otros de sus compañeros- por obtener imágenes de un conflicto que alimentaran el espectáculo mediático que les hacían vender más periódicos u obtener más ingresos publicitarios.
No lo saben aquellos que aún no han descubierto que, cuando se aprieta el disparador de una cámara mientras otro aprieta el gatillo de un arma, te conviertes en miembro del mismo pelotón de ejecución, cuando aprietas el botón de una grabadora o la caña de una pluma mientras otro empuña un látigo o un arama asesina te conviertes en colaborador necesario de esa muerte, de lo que ocurre, te trasformas en alguien que no ha hecho nada por evitar la locura y que se ha limitado a formar parte de ella para que otros se sientan a gusto allende los mares y allende la sangre, meneando la cabeza con desaprobación y premiando a aquellos que retroalimentan su propia visión del mundo.
Así que, desgraciadamente sí, en nuestros dias y en nuestros mundos, un premio, un reportaje y una foto son más importantes que una vida.
Lo son porque nadie está dispuesto a dar el paso que dieron Kaleb y Rashid; porque nos escudamos en una profesión para no intervenir, para no hacer nada, para no sentirnos responsables ni implicados en la barbarie que contemplamos.
Y lo sé porque sé de alguien que sujetó las cámaras de Kaleb y de Rashid mientras ellos pretendían salvar la vida de la mujer a la que no habían fotografiado y que había cometido el absurdo error de amar contra su dios
Y lo sé porque sé de alguien que les vio caer a dos manzanas de distancia, cuando ni siquiera sus nombres ni sus tarjetas azules y blancas les libraron del odio que los señores de la oración han desatado sobre la tierra que un día fue santa e intocable.
Y lo sé porque sé de alguien que tuvo que soltar esas cámaras para sujetar a otro de los suyos, a otro de los que habían traspasado la linea roja de la vida, mientras perdia la suya entre sus brazos. De alguien que desde entonces no puede soportar perder a nadie de los suyos, no puede saber que aquellos que le quieren no están a salvo.
Puedo escuchar todas las explicaciones que se puedan dar a que la puerta cerrada de una iglesia permanezca cerrada mientras dos personas que se aman mas allá de sus dioses y todos aquellos que han cometido el error, el mágnifico y orgulloso error, de ayudarlas son heridos o muertos a su alrededor; puedo leer todas las explicaciones éticas y estéticas sobre los motivos que llevan al que hace la fotografía a no evitar que esa fotagrafía se produzca y con ella su publicación, su éxito y quizás su premio.
Pero puedo ignorarlas, puedo reirme de ellas y puedo cuestionarlas porque, como el Gulliver de Swift hay una frase que siempre resuena en mis oídos: "No teneís nada que contarme, podeís creerme o no, no me importa: yo estaba allí". O al menos, sé de alguien que estaba allí. Aunque, por desgracia, no consigo recordar del todo su nombre.
Así que sí, en este mundo un premio, una publicación y una fotografía valen más que una vida humana. Es lo que hay. Es lo que no debería haber.
Pero nadie se llevara mi premio al mejor fotógrafo por una foto. Ese se lo llevó hace tiempo alguien que no hizo la foto e hizo lo que tenía que hacer, aunque de él ya sólo nos quede la memoria.






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