lunes, julio 23, 2012

El juego de la entrevista al analista fantasma

Se que parece densa e infinita. Pero también lo son los males que nos aquejan. Jugemos a un juego. 
Leedla con tiempo y con espacio, decidid si os parece razonable lo que se dice en ella y luego, sólo luego, cuando ya os hayais hecho una idea, intentad descubrir quie nes el analista fantasma. Eso os dirá muchas cosas sobre cómo pensamos en este país (aquellos que leais la prensa hacedme el favor de conteneros)

Pregunta. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Respuesta. Merkel afirma que estamos pagando 10 años de errores en una política económica basada en una inmensa burbuja inmobiliaria. Ahora que le quitamos la razón en todo, hay que decir que sí, que tiene razón. Se refiere a los 10 años previos a 2008, que es cuando estalló el sistema financiero mundial y en España, más específicamente, esa burbuja inmobiliaria. 
Así que, enfocándolo desde España, la galopada arrancó con la ley de liberalización del suelo, que se puso en marcha con el argumento banal de que mientras más ofertas de suelo hay más barato es, como si los mercados fueran racionales. 
La realidad es que el suelo fue cada día más caro, que hemos hecho tres o cuatro veces más metros cuadrados de los que exigía una demanda equilibrada, y que hemos fomentado de una manera salvaje las corruptelas.

P. Luego, ¿es culpa de decisiones españolas?
R. La responsabilidad no es solo de una gente indisciplinada que galopa hacia una burbuja inmobiliaria, como quieren pintar. 
Hay una responsabilidad compartida por una política monetaria que facilitó créditos por debajo de la inflación, y eso no era solo responsabilidad de las entidades financieras españolas, sino de las alemanas, las francesas… 
El error es nuestro, pero compartido. Ha habido una crisis del ladrillo espantosa, pero la crisis de la deuda se ha provocado porque ha habido bancos que han alimentado esa deuda irracionalmente. Eso ha ocurrido, tiene razón Merkel, durante 10 años, con el resultado de una deuda de las familias y de las empresas que es insoportable. Pero eso no ha ocurrido igual en el Estado. 
En esa época a la que se refiere Merkel, España tenía unas cuentas públicas mucho mejores que las de Alemania y las de casi cualquier otro país. Llegamos al estallido de la crisis con superávit presupuestario de más de dos puntos y una deuda pública por debajo del 37% del PIB.

P. Diez años continuados de errores es mucho tiempo.
R. Eso arranca, como he dicho, con decisiones políticas a partir de 1998: Aznar, Rato, Rajoy, para entendernos, pero no se corrigen con los Gobiernos que entran a partir de 2004, es decir con Rodríguez Zapatero. 
No se corrige por Gobiernos que vivían en un aparente mundo ideal. La economía creciendo al tres y pico por ciento, créditos por debajo de la inflación... Igual pasó con el dramático error cometido en la liberalización del sector eléctrico, que ha acumulado una deuda de más de 25.000 millones. Arranca con una decisión aparentemente liberalizadora que tiene un coste para el Estado enorme y que, de nuevo le digo, no se corrige en el Gobierno de Zapatero, sino que se le echa más gasolina al fuego. Así que, efectivamente, todo esto ha tenido una cierta continuidad durante 10 años. 
Claro que ha ido acompañado de un defectuoso modelo europeo de unión monetaria sin unión económica. Cuando a nosotros nos convenía que el tipo de interés fuera razonable respecto del crecimiento de la economía y de la inflación de nuestro país; es decir, cuando necesitamos enfriar esa economía especulativa, el tipo de interés se fijaba por criterios que no respondían a nuestras necesidades. Así que el Banco Central Europeo alimentó el incendio que estábamos montando en España.

P. ¿Se podía haber corregido esa deriva española con otra política europea?
R. Por lo menos, se hubiera evitado esa situación dramática en la que, desde luego, están España e Italia, y por extensión, la unión monetaria. La corrección total tiene sus dificultades. Si observas a Estados Unidos ves que una sola moneda con políticas económicas divergentes llevó a un estallido tremendo a finales del siglo XIX, lo que provocó la creación de la Reserva Federal. Hoy, California es un Estado que no puede equilibrar sus presupuestos. Pero ¿cómo financia su deuda? A través de la Reserva Federal, y al tipo de interés negativo. Obviamente, tendrán que hacer una reestructuración seria, pero la Reserva Federal impide que la especulación arrase a California, como lo impide en Florida. No ocurre lo que ocurre aquí, donde el Banco Central Europeo no actúa como un banco central.
P. Tampoco somos una federación.
R. Ni somos una federación ni tenemos un banco central que actúe como tal, insisto. España tiene unas cifras de déficit y de deuda inferiores a las de Gran Bretaña y, sin embargo, Gran Bretaña se financia a través del Banco de Inglaterra con tipos de interés muy bajos y España se financia con tasas de interés insoportables. 
Porque el BCE no actúa como banco central, pero sí impide que los bancos centrales nacionales actúen como tales. Es una restricción de nuevo asimétrica, porque favorece enormemente a países como Alemania y a su entorno próximo, y perjudica de la misma manera a otros. 
Así que podríamos afirmar que hablar de una sola moneda europea es casi política-ficción. Hay un solo euro con valoraciones completamente distintas por los mercados. En California, el dólar, independientemente de la deuda de California, es igual que en Nueva York. En Alicante, el euro es más caro que en Fráncfort.
P. ¿Eso es lo que ha pasado con la unión monetaria?
R. Conviene recordar que todo esto pasa en un contexto en el que ya hemos olvidado, a pesar de la irritación de los ciudadanos, que el origen de esta crisis está en la implosión del sistema financiero global desregulado. 
Hay que decirlo ahora una vez más… Se ha hecho una operación de rescate de ese sistema financiero desregulado y, una vez que se ha hecho, a costa del contribuyente, no solo para pagar el rescate propiamente dicho sino también para pagar las consecuencias de la recesión profunda que provocó esa crisis financiera, una vez que se ha hecho todo eso no se ha tocado el origen de la crisis. Se siguen haciendo las mismas prácticas que llevaron a la crisis y, de pronto, te encuentras con que J. P. Morgan ha perdido otros miles de millones de dólares.

P. ¿Por qué sucede eso?
R. Le doy una opinión personal: porque el desplazamiento del poder real que se ha producido en los últimos 25 años de los representantes de la democracia representativa a los centros de decisión financieros del mundo no se ha revertido. 
Un ejemplo: cuando Obama comprende qué sucede, como toda persona inteligente, y propone la reforma del funcionamiento del sistema financiero al Congreso de EE UU, pasa por Wall Street y hace un discurso impecable sobre cómo evitar los errores que se venían produciendo en Wall Street, en los grandes centros de producción de errores. El discurso es impecable, de forma y de fondo, sobre lo que hay que hacer.
Tiene un solo fallo, el final, y eso es lo que te produce melancolía. Porque el presidente de EE UU, que todavía es, al menos en teoría, el hombre más poderoso del mundo, va a Wall Street, explica la reforma que está presentando en el Congreso y les pide a los actores de Wall Street que le ayuden a sacarla adelante. Es dramático. La reforma no va a pasar en el Congreso salvo que los actores de Wall Street convenzan a los congresistas (que dependen en parte de ellos) de la bondad de la reforma.
Ese es el último porqué de todos los porqués. El desplazamiento del Parlamento respecto al proceso de la toma de decisiones se agudiza cada día. 
Aquí, en España, yo no sé si el Gobierno ha presentado algún proyecto de ley en los últimos siete meses. Yo diría que todo son decretos leyes, que se discute en otros Parlamentos de la Unión Europea lo que afecta a España y aquí se oculta.

P. ¿Esta intervenida España?
R. Aquí estamos, en términos relativos, peor que cualquiera, porque estamos en una situación de rescate, nos guste o no decirlo, semejante en términos de intervención a las de Portugal o Irlanda, pero… a bajo coste. 
Por 30.000 millones tenemos todos los condicionamientos de una intervención plena. En España, el rescate definitivo, con cierre absoluto de los mercados (y estamos a dos metros de eso), supondría 500.000 o 600.000 millones, mucho más que el rescate actual. Pero con 30.000 millones, por el momento, de línea de crédito, la intervención es total: de los bancos con dificultades, de los bancos buenos y de toda la política económica y fiscal.

P. ¿Cómo es posible?
R. Nos damos de bruces con cosas incomprensibles por mucho que uno quiera construir un relato que haga comprensible a los ciudadanos lo que pasa. 
Lo peor que ha pasado, dentro de que todo el paquete de ajustes es desmesurado y de que no hay ni una sola señal de medidas anticíclicas, lo peor, creo, es que el presidente del Gobierno, que acaba de ser elegido por mayoría absoluta, ha hecho una declaración en la que dice: “No tenemos libertad para elegir”.

P. ¿Pero la tiene?
R. Vamos a ver, si él dice que no tiene libertad para elegir quiere decir que los ciudadanos han hecho un ejercicio inútil eligiéndolo. 
Ahora, si me pregunta, ¿la tiene? Claro que la tiene, otra cosa es que esté en condiciones de ejercer la parte de libertad que le corresponde para elegir. 
Claro que la tiene. Si la tiene una persona a la que no la han votado, como Mario Monti, cómo no la va a tener el presidente del Gobierno español. Monti decide unas medidas y después va a Bruselas a defenderlas. Aquí hemos escuchado al ministro de Economía decir: “El martes veremos lo que decide el Eurogrupo y después ya conocerán qué medidas de ajuste adoptamos”.
No estoy haciendo un ejercicio de nacionalismo, porque lo diré en porcentajes: si España hiciera todo lo que tiene que hacer para corregir los errores acumulados en 10 años de desequilibrios en balanza de pagos, balanzas comerciales y de pérdida de competitividad; si hace todo lo que tiene que hacer impecablemente bien —lo cual significaría que sabe lo que quiere hacer, cosa que no parece poder afirmarse de este Gobierno—, habría hecho el 20% de lo que necesitamos para salir de la crisis. 
El 80% lo tiene que hacer Europa. Por tanto, aquí hay dos niveles de análisis: qué nos pasa como españoles y qué nos pasa como europeos. Y en los dos vamos a la deriva.

P. ¿Qué nos pasa como europeos?
R. Europa tiene una enorme responsabilidad consigo misma y con su destino. Es un error decir una y otra vez que “España es demasiado grande como para dejarla caer, porque detrás vendrá Italia y no sé qué catástrofe de explosión del euro”. Eso es una verdad falsa. Si uno mira la historia de Europa del siglo XX, sabemos que los europeos son capaces de destruir físicamente Europa. ¡Cómo no van a ser capaces entonces de acabar con el euro! Depende de que vaya aumentando la voz del nacionalismo insolidario. 
Europa ha pasado por dos guerras mundiales. “Nunca se atreverán a destruir la Europa del euro”, dicen algunos. ¿Por qué no? Europa está en una encrucijada de tres caminos en la que he insistido muchas veces. 
El primer camino es hacer un big bang para federalizar la unión económica y fiscal, además de vertebrar la unión monetaria. ¿Por qué empleo la palabra federalización, que produce rechazo? Lo hago intencionadamente, porque si hay una seudofederalización, sin legitimidad democrática, estamos perdidos. 
Si no hay legitimidad democrática en ese proceso, y queremos solo a los hombres de negro, en forma de ministros de Economía, para el conjunto de la UE, el proceso de construcción europea derrapará masivamente ante los ciudadanos.

P. Hay otros dos caminos.
R. Sí. El segundo camino es el opuesto al primero: deshacer lo andado desde el punto de vista de la unión monetaria y del mercado interior. 
La gente cree que aunque se deshaga la unión monetaria se va a mantener el mercado interior, o se va a mantener incluso Schengen. Yo diría que no es probable, entre otras cosas porque quienes están pasando esta gravísima crisis tendrán que hacer devaluaciones masivas para ganar competitividad.
El tercer camino, y la hipótesis más probable, es arrastrarse por el fango: dar un pasito adelante y dos pasitos atrás. Y salir de cada Consejo diciendo que ya tenemos una hoja de ruta, ya tenemos decisiones tomadas, ya se van a tranquilizar los mercados. 
Seguir con esta pelea estúpida sobre si los mercados tienen o no un comportamiento racional. 
Es una gran estupidez. ¿Por qué hablan de racionalidad? Claro que si hay una decisión del BCE, que por una vez haga de banco central, anunciando que “si la prima de riesgo pasa de 200 puntos básicos, me hago cargo de la deuda”, se acabó la fiesta especulativa.

P. Si se mutualiza la deuda, se federaliza la Unión Europea.
R. Puede haber una situación intermedia, a la que apelo, y que siempre se ha tomado cuando existe voluntad política. 
Pero seamos sinceros: todas las reglas de los tratados que prohíben las ayudas públicas se incumplieron después de la quiebra de Lehman Brothers, con operaciones de rescate nacionales de los bancos propios. 
Todas las dificultades que hemos tenido nosotros después no se tuvieron en cuenta cuando, desde Gordon Brown a la señora Merkel, pasando por Sarkozy, inyectaron dinero y reestructuraron la parte del sistema que producía riesgos sistémicos. Eso no estaba previsto; al contrario, estaba expresamente prohibido en la normativa europea. ¿Qué fue lo que ocurrió? Que después de hacer lo que había que hacer y no había más remedio que hacer, se pusieron de acuerdo en ponerle un paraguas institucional a lo que se había hecho. 
Y a partir de entonces, restituirle a los órganos de Bruselas las facultades de vigilancia y control que tenían, pero la operación estaba ya hecha. ¿O es que Brown fue a Bruselas a decir cuánto dinero ponía en la nacionalización de tal o cual banco? ¿O Sarkozy, o Merkel? Se hizo porque se hizo. Y políticamente, además, mejor que se hiciera, porque se hubiera liado si les dicen que no, que no se puede hacer.

P. ¿Qué ha pasado entre agosto del año pasado, cuando el BCE compró bonos españoles, y hoy, cuando dice que no puede?
R. Creo que ha cambiado, de verdad, nuestra relevancia para exigir contrapartidas a los sacrificios que nos piden, o a los que nos comprometemos. Dicho en términos de Rajoy, “no tenemos libertad para elegir”; eligen otros lo que tenemos que hacer. Siempre nos dicen la misma frase: “Está bien, siga profundizando, siga por ese camino”. 
Habría que contestar: “Dígame dónde está el final del camino, para decirle a la gente que este camino tiene un límite, y que ese límite es este, y que a partir de este límite se producirá esto otro”. Eso nunca ocurre, ni siquiera hemos negociado seriamente en esta intervención. 
Estamos intervenidos por todos los costados y ni siquiera hemos negociado una contrapartida.
Ahora, es el galgo que corre detrás de la liebre mecánica que mueve otro, y que nunca alcanza. Al final de año, con una vigilancia trimestralizada, nos dirán que no es suficiente, que hay que hacer más. Y mientras más se haga en la misma dirección, esta máquina de destrucción de aparato productivo de clases medias que han puesto en marcha no tiene salida.

P. Pero ¿por qué exige la Unión Europea ese proceso? ¿Cuál es el objetivo?
R. Porque el nacionalismo, del que dependen los Gobiernos en los votos, hace imposible que cambie el razonamiento político nacional y se genere un razonamiento político europeo. 
Es curioso. Hollande ha hecho una doble aportación: una señal de política anticíclica, aunque sea con solo 120.000 millones, y la constatación de que el ajuste tiene que ser más moderado para ser soportable, y tiene razón. Digo que es curioso, porque en otro plano es Alemania, Merkel, la partidaria de hacer una apuesta por una mayor federalización, mientras que a Francia le cuesta más aceptar ese camino.

P. Volvamos a la situación española. ¿Podía el Gobierno haber negociado de otra manera? Muchos piensan que cuando se pide dinero, no se tiene derecho a decir nada.
R. ¿Cómo que no? Claro que sí. 
Yo he pedido dinero para algo específico, algo concreto, que por cierto otros países han hecho ya. Recordemos que ellos lo han hecho con su dinero, pero en contra de una normativa europea que se cambió después. Me ofrecen una línea de crédito de hasta 100.000 millones para recapitalizar lo que se supone que tengo damnificado, es decir un tercio de nuestro sistema financiero. Yo tomo el dinero para eso y negociamos que la operación está sometida a una recapitalización, que les permite actuar como accionistas clave, como capitalizadores clave, en esa parte del sistema financiero. 
Pero lo segundo que hago es exigir las mismas condiciones para todos los demás. Para empezar, en las pruebas de estrés. ¿Por qué intervienen la parte sana de nuestro sistema financiero y no la de otros países?

P. ¿La UE está exigiendo a España cosas que no exige a otros?
R. A nadie. Salvo, claro, a los países con intervención total, donde se ha hecho cargo de su gestión macroeconómica y de su financiación. En el caso español, está haciendo exactamente lo mismo con mucho menos coste.

P. Dicho de otra manera, este tipo de rescate le conviene a la Unión Europea, no a nosotros.
R. Claro, si no hay contrapartidas eso es así. Siguiendo la terminología de Montoro —una persona que cree que la Constitución le autoriza a invadir las competencias de las autonomías—, lo que se ha aceptado absolutamente es a los hombres de negro, los tenemos aquí trimestralmente para ajustar al objetivo de déficit y, por tanto, tocando toda la política económica del país. Y todo ello con un coste para la UE relativamente reducido.
Inyectará 30.000 millones y si vas cumpliendo te dará otros 30.000. Ni siquiera el Gobierno cree que vaya a pedir los 100.000. 
El coste es muy bajo para ellos. A mí no me parece mal, si existe una contrapartida clara: una garantía de financiación que dé Europa a través de los instrumentos que tiene, o de los que ponga en marcha. El que ahora tiene más claro es el Banco Central Europeo. 
Oiga usted: la contrapartida a las barbaridades que estoy haciendo, que meten a mi economía en un proceso de recesión, que no nos va a permitir alcanzar a la liebre haga lo que haga, es que me puedo financiar a tasas razonables. No digo a las de Gran Bretaña, que son de intereses negativos, o a tasas holandesas o alemanas; pero, bueno, que se fije un criterio a partir del cual Europa interviene, para que la prima de riesgo no haga insostenible el programa.

P. ¿Cree que con un Gobierno de concentración sería posible retomar el rumbo y marcar un horizonte más claro?
R. Me preocupa cómo crecen en los medios, incluso en la derecha más conservadora, las presiones sobre las bondades de un Gobierno tecnócrata. Me preocupa no solo por la deslegitimación de la democracia sino porque me parece un error serio, más allá de las equivocaciones que cometa el político A, B o C. 
Es un error. Llamamos —no quiero poner nombres para que no se ofendan en Europa— a los mismos que nos han llevado a la crisis pero, ahora, como especialistas para gestionar la salida. ¿Quiénes son los gestores disponibles de Goldman Sachs para que nos ayuden a salir de la crisis como buenos tecnócratas? ¿Qué responsabilidad tiene Goldman Sachs? Todo esto me parece un desastre. 
Lo que sí que creo es que el Gobierno debería ser consciente de dos cosas: uno, que los ciudadanos tienen derecho a saber qué es lo que están haciendo, por qué lo están haciendo y con qué objetivo. Y punto número dos, que una operación de esa naturaleza exige un consenso entre todos los actores, por tanto un consenso nacional.

P. ¿Podría Rubalcaba hacer otra cosa en el Gobierno?
R. No estoy haciendo aquí una apuesta por Rubalcaba en el Gobierno. Lo que digo es que hace falta más claridad y que el Gobierno de Rajoy, con su mayoría absoluta, ha perdido la credibilidad. 
Nadie se puede creer en Europa que el equipo que tiene la responsabilidad en la mayoría de las autonomías, de los Ayuntamientos, antes de tener la responsabilidad en el Gobierno central; nadie se puede creer que Rajoy llegue al Gobierno sin un programa, sin una propuesta; lo que, lamentablemente, parece que es verdad. 
Hemos sobrepasado el límite, Rajoy tiene la obligación de convocar a un gran acuerdo nacional para salir de la crisis y para actuar en Europa.

domingo, julio 22, 2012

El final del final feliz o la vida dentro de Black Mirror

Hoy estoy televisivo ¡que se le va a hacer!
Ayer, en plena preparación de la llegada a Madrid de aquellos que por mor de la crisis tienen tiempo suficiente para llegar andando hasta la capital para pedir que se haga algo por ellos, una mujer, descorazonada mientras se comía su bocata, soltó un suspiro y dijo "no sé si esto servirá para algo. Ya no hay finales felices".
Miré a la mujer, curiosamente hermosa en su desamparo -lo siento, soy un varón heterosexual- y pensé. "No, reina, no es que no haya finales felices, es que hemos olvidado las subtramas". Lo dicho, estoy televisivo.
Antes de que se me indignen por lo superfluo que parece el parangón, diré que la ficción es en muchas ocasiones lo que nos hace entender claramente la realidad. Es en muchas ocasiones lo único que refleja lo que el realismo nos impide percibir.
Y en esos espacios donde el mundo se nos hace ficción en televisión hay dos tipos de series. Aquellas que se llaman autoconclusivas. Donde el capítulo nace, se desarrolla y se resuelve en sí mismo y otras que se desarrollan ad eternum en una sola trama inacabable con nombres compuestos y acento venezolano: o sea los culebrones.
Y luego están las buenas. 
Las que tienen de uno y de lo otro. Las que tienen subtramas, aquellas que se desarrollan por debajo mientras ocurren otras cosas que tienen más presencia, más relevancia. Mientras otras historias o situaciones nos llaman más la atención.
Pues bien nunca llegamos a los finales -felices o no- porque hemos cambiado el curso de nuestra felicidad. Porque hemos dejado de pensar que esa felicidad que buscamos es una subtrama.
Y así, en todo, hemos optado por el capítulo autoconclusivo por no poder lograr el culebrón.
Nuestro egoísmo irrenunciable o nuestra lógico deseo de lo mejor para nosotros nos ha hecho concebir la felicidad como una culebrón: Nos dice que esa felicidad debería ser el leitmotiv principal de nuestra existencia, que tendría que ser la trama principal de nuestra existencia cuando nos contempláramos a nosotros mismos interpretando nuestra propias vidas en la pantalla de plasma en HD de nuestra realidad.
Pero como eso no ocurre. Como nuestros momentos de felicidad no se repiten y se proyectan en el tiempo de forma continua y continuada, renunciamos a seguir esa trama. Renunciamos seguir cualquier trama y convertimos nuestra vida en una suma de capítulos autoconclusivos.
Decidimos intentar vivir en una sitcom. Y lo hacemos en todo.
Elegimos una vocación -si es que lo hacemos- y seguimos en ella mientras va bien, mientras nos satisface, mientras ocupar el centro de nuestras satisfacciones. Pero cuando se transforma en algo sordo que sigue por debajo, ahogada por el capítulo en el que nuestro jefe nos putea, ensordecida por el capítulo en el que nuestro trabajo se hace rutinario, acallada por la parte en la que nuestro sueldo no es todo lo elevado que soñamos, entonces la abandonamos. Cerramos el capítulo y saltamos a otro volviendo a buscar un final feliz en un sólo capítulo.
Y lo mismo hacemos con nuestras luchas. Las abandonamos con la primera derrota, las cerramos con nuestra segunda decepción, las rendimos al tercer contratiempo y cambiamos de capítulo. Nos negamos a seguir con la subtrama de nuestras luchas por si acaso, sólo por si acaso, terminan saliendo bien, terminan con un final feliz.
Por no hablar de nuestros amores y nuestros afectos. Nuestra incapacidad para vivirlos como una subtrama que empapa toda la serie de nuestra existencia pero que no es ni va a ser siempre la trama feliz principal de nuestras existencias nos obliga a convertirlos en capítulos autoconclusivos de trienios que cerramos como podemos con tal de poder saltar al siguiente a ver si ese sí sigue siendo siempre feliz, sigue siendo por siempre un cúmulo de bondades que nos permita vivir el imposible culebrón eterno de nuestra felicidad como primera trama.
Preferimos ser el Grissom que caza al malo en un capítulo o que cierra el caso sin encontrarlo que el Horatio Caine que se pasa la vida buscando al asesino de su hermano hasta que por fin lo encuentra cuando la serie está a punto de acabar.
Y por eso todos nuestros finales son tristes.
Porque los aceleramos, los buscamos antes de que las subtramas que los mantienen evolucionen. Porque nos negamos a vivir las partes del guión cambiante e improvisado de nuestras vidas en las que evolucionan, en  las que se hacen dolorosas, en las que exigen esfuerzo, en las que se vuelven incluso incomprensibles. Porque no queremos reconocer que la felicidad llega como parte de esa subtrama que permanece mucho tiempo oculta, no de las tramas vistosas y breves que nos la ocultan durante gran parte del tiempo.
Pero como nuestras vidas son reales, esa celeridad por cerrar los capítulo, por romper las subtramas nos hace no vencer al villano, no lograr el amor verdadero y no obtener el éxito en la mayoría de los capítulos que cerramos a la velocidad que nos impone nuestra incapacidad de afrontar el sufrimiento, la espera o el compromiso.
Y por ello cada vez existen menos finales felices en lo social, en lo afectivo y en lo personal. Porque somos incapaces de aguantar lo suficiente como para lograrlos.
Porque intentamos ignorar que el final feliz es el final de la serie. No el principio, ni la continuación, ni el spin off, ni la secuela. Es el final. Por eso se llama final feliz.
No aceptamos que una huelga fracasada es un capítulo que acaba mal, no una serie que termina; no comprendemos que una discusión, una depresión de nuestra pareja o un mal momento económico son capítulos que quedan en alto, no el final frustrado de una serie; no entendemos que un periodo de baja autoestima, de poca motivación en el trabajo o de duda vocacional son los momentos tensos de la subtrama, no la resolución definitiva del guión. 
No queremos reconocer que la felicidad final de la historia está también hecha de la superación de esos momentos. Que nunca conseguiremos una vida feliz si no dejamos que nuestra vida se desarrolle para poder, al final, saber si ha sido feliz o no en términos generales.
Como no podemos hacer que nuestra vida sea Friends, donde, después de algunos problemillas, cada capítulo acaba bien y de buen rollo y no podemos asumir que lo lógico es que sea Juego de Tronos, en la que hay derrotas y victorias, perdidas y ganancias, desesperación y esperanza antes de lograr el Trono de Hierro, la transformamos en Black Mirror, donde cerramos los capítulos y saltamos a otra historia que no tiene nada que ver con la anterior.
Pero olvidamos que en ese tipo de series, aunque sean excelsas como Black Mirror, todos los capítulos suelen acaban mal. Que en ese tipo de vidas, elegidas por mor de nuestra humana impaciencia y nuestra arrogancia individual occidental atlántica, es cierta la queja de la hermosa desempleada: no hay finales felices. No puede haberlos.

Canal 9: ¿qué hay de lo mío?

Pocas veces se asoman a estas endemoniadas líneas suntos que tengan que ver con eso en lo que la vida y mis decisiones me ha llevado a trabajar.
Pero de vez en cuando no está de más hacer un paréntesis entre lo de lo nuestro y hablar de lo mío. Aunque en este caso lo mío esté en Valencia.
Unos días  antes de pedir el rescate financiero, fiscal y todos los que sean posibles, Fabra -el presidente de la Generalitat Valenciana, no el cacique de Castellón- permite un ERE en la Radiotelevisión Valenciana, en Canal 9.
Y, como todo hoy en día, se justifica con los números, se intenta explicar con la crisis, se pretende excusar con los recortes. Y una vez más es falso desde el planteamiento hasta la conclusión.
Se habla de situaciones heredadas cuando no existen, se explica porque no se puede mantener el servicio cuando es mentira. Los números no les cuadran porque ellos han hecho que no les cuadren y lo han hecho porque siempre han tenido en mente lo mismo, lo que querían hacer, lo que siempre han querido hacer y nunca ha funcionado.
Cuando Eduardo Zaplana -¿se acuerdan de Zaplana, ese hombre que pasaba recibos del Capabro con su compra doméstica como gastos de representación cuando era ministro?- accedió a la presidencia de Valencia una de sus frases más celebradas ante el comité ejecutivo del PP valenciano fue “la televisión es el último bastión en el que están resistiendo los socialistas”. Y claro, es puso a minar ese bastión.
¿Era por entonces Canal 9 una empresa magnificada?, ¿era una empresa deficitaria? Sí y no. No y sí. Me explico.
La Televisión Valenciana ha pasado de 650 trabajadores en 1995 a 1.800 en 2010. La deuda ha seguido un camino peor: ha pasado de 30 millones en 1995 a 1.309 al final de 2011. Se ha multiplicado por 40.
Pero Zaplana quería deshacerse de ella porque los profesionales que estaban en ella habían sido contratados por oposición y no podía cambiarlos por periodistas afectos a su gobierno. Su segunda medida de su primera legislatura fue intentar privatizarla. Entonces era rentable -la deuda era una situación circunstancial puesto que se contabilizó a principios de año cuando se habían hecho los desembolsos para los derechos futbolísticos y todavía no se había recaudado la publicidad y el resto de los beneficios que generaban-, entonces no estaba sobredimensionada. Simplemente quería privatizarla porque era su posición ideológica y para librarse de un medio de comunicación que él consideraba "un bastión socialista".
Lo primero podría haber sido respetable. Lo segundo era pura paranoia y manía persecutoria.El neoliberalismo no lleva añadida la claúsula ideológica de "ir contra el PSOE" en su marchamo ideológico, que yo sepa.
Y ahora años después, cuando ha sido el propio PP el que ha engrandecido la plantilla, el que ha aumentado cuarenta veces su deuda, se ampara en todo eso para privatizarla. No para limpiarla, no para reflotarla. Para privatizarla.
Hay una sentencia que se lo impide. Pero el Gobierno valenciano del PP, amparado en la desesperante situación económica que ellos mismos han generado en ese medio de comunicación y en toda la comunidad autónoma dicen que hace falta privatizarla de facto.
Después de casi dos décadas purgando profesionales, haciendo que periodistas que han recibido premios nacionales de periodismo cubran desfiles de moda, haciendo que profesionales del periodismo internacional pasen de dirigir programas de investigación premiados a gestionar los teletipos, después de 20 años de incorporar personal sin paso por oposición, sin ningún control salvo el de la supervisión ideológica del PP de Valencia, lanzan un ERE que deja al 75 por ciento de la plantilla en la calle.
Pero curiosamente el criterio de haber aprobado la oposición no se tiene en cuenta en el ERE, curiosamente todos los que no han sido incluidos en el ERE han sido incorporados en los últimos seis años, curiosamente un 75 por ciento son de administración y ejecutivos, curiosamente todos los periodistas que se mantienen han sido incorporados a dedo y sin oposiciones, curiosamente todos los cámaras, los técnicos de sonido, los editores de video, los grafistas y los especialistas en postproducción son despedidos. Muchas curiosidades. Definitivamente un ERE muy curioso.
¿Qué hay que administrar y ejecutar en una televisión si no hay cámaras que graban, técnicos que editan y reproducen o guionistas y redactores que crean contenidos?
Obviamente nada. Sin audio y sin visual un medio audiovisual es simplemente un espacio y un tiempo en negro, completamente en negro y en silencio.
Los sueldos de los ejecutivos que se mantienen son mucho más altos que los de aquellos que son despedidos ¿por qué no se les incluye en el ERE si se trata de ahorrar?
Porque no se trata de ahorrar, se trata de usar como excusa el ahorro para hacer algo que la ley española les ha dicho que no pueden hacer: privatizar una televisión pública.
No es que ejerza el don profético del que carezco, pero llevo suficientemente en la Televisión para saber que esto funcionará así.
La Televisión Valenciana necesita quedarse con su administración porque lo externalizará todo: servicios técnicos, producción, retransmisiones, catering, seguridad, emisiones, mantenimiento. Todo. Sólo se quedará la administración -afecta por sistema a cualquier empresa por ese sentimiento de formar parte de los que dirigen el cotarro-. Todo lo que se pague por esos servicios se considerará inversión y desparecerá de la cuenta de gastos. Los números parecerán otra cosa y las cuentas del déficit parecerán cuadrar. Pero en realidad no cuadrarán. Irán a peor.
Porque los costes se elevarán como mínimo un 12% -el aprovechamiento industrial que todas las productoras cargarán por sus contenidos- más un 21% -el flamante IVA aumentado que las empresas externas cargarán por sus servicios-. Pero todo eso ya no figurará dentro del déficit de la entidad.
Y los profesionales despedidos serán contratados por sueldos miserables en esas productoras y compañías de servicios que serán contratadas por Canal 9. Ellos verán reducidos sus ingresos pero las productoras seguirán engordando sus gastos de producción por series y programas destinando una parte de esos engrandecidos presupuestos a soltar dinero bajo cuerda a los ejecutivos que se han quedado por comprarles sus productos y sus servicios.
No es que crea que va a funcionar así. Es que sé que está funcionando así. Trabajo en esto.
Y los medios técnicos que ahora no tienen personal que los opere serán alquilados a esas empresas para hacer los programas que antes hacía el propio ente. Empresas que en realidad no pagarán por ellos pero que harán que sobre el papel la Televisión Valenciana reciba unos dineros que le ayudarán a cuadrar sus cuentas. Ventajas del dinero virtual.
No se trata pues de una necesidad, no se trata de hacer rentable una televisión que no lo es por su condición de servicio público, como intentan vender y revender una y otra vez aquellos que han tomado esa decisión.
Si se tratara de hacerla rentable a lo mejor tendrían que echar a parte del personal, pero empezarían por los ejecutivos y seguirían por todos aquellos que no han aprobado oposiciones. Si se tratara de hacerla rentable, revenderían sus derechos televisivos para cerrar agujeros, tirarían de reposiciones, de reducciones de presupuesto y de programas de bajo presupuesto de producción propia que no suponen una carga de aprovechamiento industrial y de IVA. Si se tratara de hacerla rentable no la privatizarían de forma encubierta. Esa fórmula sirvió para reflotar Antenne 2, la BBC y otras cuantas televisiones públicas cuando se vio que el sistema de gestión había creado un agujero financiero. Pero aquí ni se intenta. Porque eso no da dinero ni presencia a aquellos que quieren mantener ambas cosas con la televisión pública.
Lo que se trata de hacer es aprovechar la crisis para hacer algo que una sentencia judicial les prohibió en su momento y para hacer que un servicio público no sea rentable para todos, sino solamente para las empresas afectas que consiguen los contratos.
Lo que se trata es de seguir llenándose los bolsillos a costa de Canal 9 pero sin que se note como se nota ahora.
Ese es el concepto que el PP valenciano tiene de hacer rentable un servicio público. Hacerlo para ellos, no para los ciudadanos. Eso es lo que nos intentan vender.
¿Sólo en TV? Parece que al final no sólo hablaba de lo mío. 
Y algunos me dirán que eso es corrupción y no neoliberalismo y probablemente tengan razón.
Pero el PP es como entiende el neoliberlismo así que mientras la voten y le apoyen es eso lo que apoyan no a Adam Smith, ni a John Maynar Keines. A lo mejor si quieren un liberalismo neocon de verdad lo primero que tienen que hacer es cambiar el PP y obligarle a dejar de fingir que es neoliberal y empezar a serlo. Entonces y sólo entonces, quizás podrán hablar por fin de ideología política y económica.

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