sábado, septiembre 04, 2010

Cristina Kirchner mira a Chavez con envidia y echa de menos al bueno de Joseph Goebbles

Y vuelta la burra al trigo.
Parece que los gobiernos y los gobernantes se nos han vuelto recurrentes, recurrentos en el error, eso sí. Se empeñan en mirarse unos a otros para imitarse, para copiarse, para equivocarse en las mismas cosas.
 Diriase que les gusta sentirse acompañados en sus tropiezos, como si poder señalar al de la frontera de al lado y decir "ese también lo hace" les fuera a facilitar una justificación cuando alguien les pregunte el motivo de cometer un error que ya se ha cometido antes.
Y eso es lo que está pasando con la política de medios de comunicación en América Latina, Hispanoamerica, Surdamérica, Iberoamérica o como quiera que la corrección política y la susceptibilidad del momento nos obligue a llamarla ahora.
Ya resulta más que sospechoso que alguien tenga una política de medios de comunicación, así de repente, como llovida del cielo, pero lo que resulta casi provatorio es que, en un país como Argentina, al que se le supone algo por delante del resto de sus vecinos en estas y otras cuestiones, a la señora Cristina Fernandez, esposa y sucesora de Kirchner, le de por copiar en la actitud y el deseo a su siempre molesto vecino Hugo Chavez.
Teniendo tan cerca -relativamente hablando- una política de control de medios tan desastrosamente dictatorial como la que ha impuesto e impone el mesias bolivariano venezolano, la presidenta Kirchner se empeña en intentar algo que lleva haciendo fracasar régimenes y gobiernos desde el albor de los tiempos. Cierto es que no hay mucho que copiar en Sudamérica en lo que a gobiernos se refiere, pero elegír emular a Chavez concretamente en esto es casi un chiste. de mal gusto, pero un chiste. 
Kirchner y los suyos intentan algo que ha cercenado la imagen esperanzada que del bolivarianismo de Chavez tuvo alguna vez el sur del continente americano; algo que impidió al resto del mundo creer que algo había cambiado en la Rusia de Yeltsin y de Putin, pese a que se estrellaran contra el suelo todos los adoquines del muro de Berlín y se destiñera el rojo perpetuo de la bandera soviética para recuperar la tricolor rusa; algo que mató la revolución cubana antes de que le diera tiempo a crecer; algo que fue el germen del suicidio de la dictadura española durante cuarenta años. 
La presidenta argentina, no se sabe muy bien si por soberbia, por ignorancia o por ambas cosas a la vez, parece creer que a ella le va a salir bien una operación que ni siquiera lograron los tres mayores aparatos de propaganda que ha construido levantado y mantenido el ser humano sobre la faz del planeta: La Inquisición, La AgitPro soviética y el Ministerio de Información y Propaganda Nazi.
Pretende silenciar a todos aquellos que no digan lo que ella quiere que se diga, que no escriban lo que ella quiere que se escriba y que no contribuyan al mantenimiento de su imagen y su poder. 
Este es el momento en el que algunos -o muchos- argentinos pueden tirar de orgullo patrio -que a ellos les sobra y a los demás tampoco nos falta- y decir, defender y argumentar que no es lo mismo, que no se trata de una posición dictatorial, que a Kirchner se la ha elegido de forma democrática.
Puede que eso les haga vivir más tranquilos, puede que su percepción -ese gran crisol subjetivo tan de moda hoy en día- sea esa. Pero no dejará de ser una falacia.
Lo que Kirchner hace con el Juicio del Papel Prensa para amordazar, atar y domar a Clarín y La Nación no es diferente de que lo que se hizo con la Ley de Imprenta promulgada en Alemania en 1935 y firmada por un tal Joseph Goebbels -no sé si, a estas alturas del partido, ese nombre le sonará todavía a alguien-.
En esa ley, también apoyada por un parlamento elegido por el pueblo -por una vez haber estudiado periodismo sirve de algo-, se controlaban los recursos necesarios para la publicación de prensa -otra vez el papel- para evitar que accedieran a ellos de forma indiscriminada y monopolística publicaciones que habían demostrado tener relaciones con los enemigos del Estado Alemán.
Los chicos de Gooebbles recurrieron al comunismo, el anarquismo y el sempiterno monstruo judío y la presidenta argentina recurre al ogro y el fantasma nacional eterno en Argentina: la dictadura militar. Aunque separada por más de ocho décadas, un océano y dos continentes, la diferencia entre una legislación y otra es ínfima.
Es tan absurdo como intentar exterminar a los escualos por haber causado en el mosozoico la extinción de los peces teleósteros. Tan absurdo como si el congreso estadounidense retirara el papel prensa a Los Angeles Times por haber alentado la insumisión en la guerra de Vietnam o al Meridian Star por haber defendido la segregación racial en el viejo y profundo sur del país.
Y luego está la nueva Ley de Medios, creada a toda prisa, activada a machas forzadas en contra de la lógica judicial que imponen los recursos presentados por las partes y que obliga a los grandes grupos a vender emisorras de radio, estaciones de televisión y otras eempresas para evitar el monopolio.
Y esto puede parecer bueno, correcto, democrático. Un tercio de los medios en manos del estado, un tercio en manos privadas y otro tercio en manos de ONGs. Pero si suena hasta bonito y solidario.
¿Por qué será que me chirría en alguna parte del cerebro?, ¿por que será que me activa alguna parte olvidada de la memoria?
"El Estado garantizará el derecho a ser informados por los ciudadanos realizando las publicaciones provinciales, regionales y nacionales que sean necesarias para que todos ellos estén debidamente informados. También pondrá a disposición de los trabajadores y de sus organizaciones publicaciones destinadas  a divulgar asuntos importantes para ellos y para la totalidad de la nación. Los ciudadanos particulares también podrán realizar publicaciones de caracter ligero y de divertimento bajo la tutela de los organismo que el estado de los Trabajadores designe para ello". Ley de Prensa e Información de la URSS (1929) -he consultado el texto, tengo una buena memoria, pero no infinita-.
¡Vaya, pues parece que la Kirchner tampoco se ha inventado esto! Un tercio de la prensa en manos estatales, un tercio en manos de organizaciones que -por pura casualidad- dependen del dinero de las ayudas y subvenciones gubernamentales como los sindicatos y las asociaciones ciudadanas soviéticas y un tercio en manos de empresas privadas, de las cuales -por pura lógica estadística del bipartidismo- la mitad estarán de tu lado. La mayoría y el control se hace abrumador.
Así las cosas los errores se repiten una y otra vez en el intento de los que no se sienten poderosos en el poder de permanecer en él, y valga la redundancia.
A lo mejor Kirchner, su esposo y antecesor y sus colegas de patido deberían ser más "democráticos".
Colocar a sus amigos y sus hombres de paja en los medios, beneficiar económicamente a sus medios afines con publicidad, concesiones, ayudas y riadas de dinero por los espacios de propaganda electoral; permitir la concentración de medios para que una sola mente, una sola línea editorial y una sola cuenta de resultados controle el flujo informativo más allá del zapping y la diversificación editorial; promover a cargos públicos y de gobierno a aquellos que desde las líneas de los periódicos o desde las pantallas de televisión actúan de voceros privados de su forma de ver el mundo, el país y la política; sostener un pulso constante en lso tribunales con los medios contrarios intentando buscar motivos -siempre económicos, eso sí- para cerrarlos o desacreditarlos.
A lo mejor no deberían mirar a Chávez y si a José Luis Rodríguez Zapatero y esperanza Aguirre. Lo que hacen ellos es igual de desonesto y antidemocrático, pero es lo que se estila en el mundo que se hace llamar democrático.
Pero, claro, a lo pero Cristina Kirchner no tiene ni el dinero ni la paciencia suficiente para eso.

viernes, septiembre 03, 2010

Hamas y Aznar: cuando Palestina e Israel sufren la irracional crispación de una única vocal

Nada importan los apretones de manos, nada importan las sonrisas forzadas de unos y los gestos de relajación condescendiente de otros, nada importa la expresión de satisfacción de la mujer que hizo presidente a un saxofonista aficionado y que ahora conduce la política exterior del país todavía más poderoso de La Tierra. Nada importa la esperanza contenida de unos y la expectación de otros.
Hace unos días el silencio, el recurso a la tragedia y un futuro de llantos, eran las únicas respuestas que, los que medran en la desesperación de unos y los que prosperan en la frustración de otros, daban a la propuesta -casi la imposición- que el mundo lanzaba a los actores del conflicto palestino - israelí para poner fin conversando a sesenta años de intentos de vencer en lugar de convencer, de deseos de victoria y no de paz.
Hoy, cuando la plabara ya se ha pronunciado, cuando -a regañadientes, por supuesto- se ha escuchado y se ha hablado, su silencio ya no es un arma, ya no se puede utilizar como una amenaza, ya no se constituye en una herramienta de imposición por el miedo de aquello que es lo único que desean: la guerra y la victoria.
Hoy necesitan hablar pero, como han olvidado como hacerlo, su palabra se convierte en gritos, su opinión se viste de amenaza directa y belicosa, su mensaje se transforma en muerte.
Hace unos días, cuando aún creían que podían evitarlo, que podían mentener su mundo en las reglas que ellos habían diseñado para él, tan sólo susurraban. Unos detendiendo y haciendo desaparecer en mitad de la noche, sin acusación, sin pruebas y sin juicio a supuestos activistas potencialmente peligrosos. Otros tiroteando desde un coche a tres hombres y una mujer embarazada que tenían el mismo derecho a colonizar una tierra que no era suya y nunca lo había sido como ellos tenían a matarlos por ese motivo: es decir, ninguno.
Cuatro muertes y once desapariciones son apenas un sunsurro en una tierra que grita sangre, muerte, guerra y venganza desde hace demasiado tiempo.
Pero hoy, cuando Benjamin Netanyahu ha aceptado que tiene que hacer dolorosas concesiones para lograr la paz, los susurros asesinos de un tiroteo de Hamás en una carretera perdida no son suficientes para hacer escuchar la voz de los que no quieren la paz en aras de una fe desmadida y corrupta, que pretende imponerse a aquellos que no la quieren y no la necesitan.
Hoy, cuando Mahmud Abbas ha conseguido decir en público que Israel tiene derecho a existir, los susurros de los josues guerreros de Sión, disfrazados de silenciosos movimientos de tropas y de secuestros de árabes en sus casas de Jerusalen Este, no tienen la suficiente fuerza para lograr que se impongan las palabras y las ideas de aquellos que sacrifican todo en nombre de una visión mesianica de un reino que nunca tuvieron.
Así que ha llegado la hora de hablar. Unos lo hacen a gritos y otros llaman a sus amigos para que hablen por ellos. Ambos son igual de cobardes porque ambos son igual de irracionales.
Los unos, Hamás, los yihadistas, anuncian ataques porque atacar es lo unico que saben hacer. Lo dicen por fin en público, con un comunicado en el que siguen hablando de libertad sin concederla en la parte de Palestina en la que gobiernan con el puño de hierro de su guerra santa. Lo hacen amenazando con muerte y sangre para evitar "la venta del país" que creen haber comprado para ellos y para su malentendido dios.
Lo hacen gritando que matarán más, mejor y de forma más coordinada. Lo hacen como siempre han hablado. Sin escuchar, sin comprender, sin pensar, sin razonar.
Los otros, Los Halcones, los sionistas, no hablan en alto. No lo hacen porque tienen que fingir que respetan las órdenes de los que mandan en su país, pero invitan a hacerlo en su nombre a aquellos que se ofrecen a repartir su visión bélica del mundo y la supervivencia .
Si esto fuera una película de Berlanga sería el momento cómico, pero como es lo más parecido en realidad a un docudrama de Ken Loach es el momento trágico.
Recurren a alguien a quien el instinto de relevacia le conduce una y otra vez al ridículo, al que le importa más ocupar un lugar en la historia -sea este cual sea- que el hecho de que ese lugar se asiente sobre pilares de enfrentamiento y crispación: recurren, ni más ni menos -entre otros, eso sí-, a Jose María Aznar.
Y allí acude el ínclito ex presidente que no logró ser líder del mundo libre a decir lo que ellos quieren escuchar; a disfrazarse de amigo de Israél cuando sólo es amigo de aquellos que desangran su propio país por miedo a que sea algo diferente a lo que ellos quieren que sea -cosa que ya estuvo a punto de hacer con el suyo-; a hacer uso  de su don de lenguas en los entornos privados y de la única capacidad política indiscutible e indiscutida que posee: la facilidad para generar crispación cuando la crispación y el enfrentamiento son menos necesarios.
Cualquiera que haya leído la prensa en los últimos tiempos -sí, ya sé, es aburrido y exige algo de esfuerzo- diría que Josemari estuvo unos cuantos días entrenando en Melilla para afinar su capacidad de poner de los nervios al mundo árabe antes de presentarse ante el mundo con su nuevo disfraz -con Asociación y Thin Tank incluidos- de "amigo de Israel".
Y desde esa nueva posición inventada en aras de una relevancia internacional que nunca se ganó y que no se merece,  intenta minar los fundamentos y la credibilidad del presidente de Estados Unidos, de ese Barack Obama que, por unas razones u otras, -que tampoco es una ONG-, se ha empeñado en que se hable y no se dispare en Tierra Santa.
Le acusa de poner en peligro al mundo libre, de ponerse del lado de Irán, de debilitar con su presión la capacidad de Israel de luchar por su supervivencia. Y no tira de sus orígenes musulmanes porque todavía le queda un rastro, muy pequeño, eso sí,  de decoro y cordura.
Con el mismo reduccionismo infantil que le llevó a instar al mundo árabe a padir perdón por ocho siglos de ocupación que lo fueron de conversión en Hispania, que le hizo reclamar ante las atónicas cámaras de la televisión pública británica el bombardeo indiscriminado de Líbano, mete al yihadismo y a Palestina en el mismo saco -algo que muchos llevamos años intentando separar- y afrima que hay que permitir que Israel controle totalmente Palestina para tener un aliado en la zona contra el yihadismo.
Con la misma memoria selectiva que le permitió olvidar sus negociaciones con ETA para criticar las de sus rivales políticos, hace caso omiso del recuerdo de la frase que ha marcado la nueva política de Estados Unidos con respecto a Israel: "no necesitabmos un aliado en la zona hasta que apareció Israel (un general estadounidense dixit)".
Aznar y su nuevo disfraz de su antigua y agotada visión del mundo maniqueo, dividido en buenos y malos, recupera el aciago espíritu de San Manuel Paleólogo que resucitara el ínclito inquisidor Benedicto en Ratisbona y acusa al Islam de ser el verdadero enemigo, el nuevo bloque con el que mantenerse perpetuamente en guerra hasta la victoria.
Así las cosas, los unos y los otros, siguen sufriendo los envites, ahora ya no silenciosos sino gritados, ahora ya no llorados sino escupidos, de aquellos que no quieren que se escuche el sonido de las palabras sino el de las armas, mientras sus líderes -sin mucho convencimiento, que todo hay que decirlo- intentan que verse las caras cada quince días contribuya a que sus pueblos aprendan a soportarse unos a otros y lleguen a saber convivir sin matarse.
Hamás y Aznar son ahora los voceros y portavoces de los que no quieren aprender a hacer ese esfuerzo, de aquellos que olvidan que amar tiene una sola vocal y se empeñan en recordar que atacar y matar estan tan plagados de "aes" como los nombres de aquellos que han elegido hablar en nombre de esa visión del mundo.

La homosexualidad arrepentida de Fidel Castro -o la otra mitad de Roma-.

Las gentes que creen tener razón no suelen dar razones. Es una constante tan unviersal como el hecho de que nadie suele tener razón, al menos nadie puede tener la razón absoluta.
Desde que antaño, cuando aún era alguien que quería hacer algo, bajara de Sierra Madre y lo hiciera, nadie vivo o muerto, afín o disedente, en Camaguey o en Miami habia escuchado una sola razón por parte de Fidel Castro. Explicaciones a cientos, excusas a millares, pero razón, lo que se dicen razón, ninguna.
Y ahora, en plena senectud, cuando la muerte esta más cerca que el triunfo imposible de una revolución hecha por la libertad pero que se olvidó de ella, cuando la vida se hace más peresente que el poder porque se encuentra más cerca de su fin, comienza a darlas. Nadie las cree, nadie las necesita y es muy probable que nadie las escuche. Pero él las da.
Dar razones es lo más cerca que puede estar alguien que ha creído tener toda la razón de pedir perdón. Aunque, a estas alturas, pocos puedan perdonarle.
Fidel pide perdón a los homosexuales por la persecución a la que les sometió un régimen que se suponía que había nacido para garantizar la libertad de todos. Pide perdón por no haberse planteado el problema -si es que era un problema-, aunque les dedicara discursos de diez horas en los que los consideraba lo peor que podía dar su amada isla; por haberse dedicado a asuntos que el consideraba más importantes, como los atentados contra su persona -siempre nuestro ómbligo es mas importante que la anatomía completa de los demás-, en lugar de dedicar un espacio en su pensamiento y su revolución a garantizar el derecho de todo cubano y cubana a amar de la forma en la que quisiera y a quien le viniera en gana.
Fidel pide perdón o da razones de porque aquellos que se arriesgaban por su libertad, su opción y su elección -como lo hicieron él y los suyos cuando aún creían que todo el mundo tenía derecho a elegir- fueron perseguidos, reprimidos, escondidos y borrados de la faz de las calles y de las casas de La Habana, Santiago, Holguín o Cienfuegos.
Ahora que las cárceles y las rejas cubanas gotean disidentes de la mano de una apertura tardía, una arrepentimiento senil y una iglesia cubana comprometida -algo no muy común- que hacen posible lo que un triunfo hostil, una ideología enquistada y arcaica y un poder indiscutible e indiscutido hicieron imposible durante decadas, otros, que siguen los mismos esquemas de razón, victoria y poder,  podrían darse cuenta de que la tendencia o el impulso sexual de los seres humanos no puede regirse por esos parámetros, no puede considerarse políticamente correcto o incorrecto, no puede estimarse éticamente moral o inmoral. Podrían hacerlo pero no la hacen.
Castro no será exonerado de sus responsbilidades ante la historia y ante Cuba por un puñado de disedentes excarcelados y un rosario de peticiones de perdón a modo de solicitud de extremaución en su lecho de muerte, como no iba a ser alejado de sus logros sociales y sus victorias si no hubiera protagonizado este acto de contricción marxista. Pero al menos tendrá algo con lo que presentarse ante los libros que hablarán de él cuando haya muerto, cuando la historia convierta su cuerpo en una estatua, su nombre en una calle y su revolución en un recuerdo.
Otros, o bien creen que  no van a morir nunca, o bien dan por sentado que la historia no hablará mal de ellos por coartar  e intentar que otros coarten la libertad de aquellos que sienten y aman de una manera diferente a la que ellos consideran acorde con las creencias únicas y correctas.
A lo mejor es que, pese a su intransigencia formal y material -sobre todo material-, el caduco leninismo de Castro era menos rígido y más maleable que una doctrina que supuestamente se basa solamente en un puñado de principios expuestos a toda prisa en una montaña por el hijo de un carpintero.
A lo mejor es que el sangriento y represor régimen basado en una dictadura -aunque fuera del proletariado-  es más capaz de ver sus fallos y mostrar sus vergüenzas que una organización que, aparentemente, tiene en el perdón y el arrpentimiento dos de sus pilares ideológicos fundamentales.
 A lo mejor que Castro sea mortal y por tanto finito ha ayudado a que los homosexuales de la isla de La Española puedan vivir, respirar, caminar y amar tranquilos mucho más que el hecho de que Roma sea inmortal y se crea eterna.
A lo mejor El Estado y La Revolución, de Valdimir Ilich Ulianov es más fácil de releer y de reinterpretar que El Levítico.
Castro y su revolución, cuando ya a nadie le importa y el mal está hecho, han renunciado a aquello en lo que el poder, la lucha y la intolerancia les habían convertido y, al menos de palabra y pensamiento, han vuelto a abrazar la libertad. Fidel, el gallego incombustible pero mortal, ha vuelto, por lo menos en esto, a ser un hombre y no un dirigente, ha vuelto a ser un revolucionario y no un dictador.
A Cuba y al resto del planeta ya sólo le va quedando el peso y el problema de la otra mitad de la campana de Gauss ideológica que diseña el pensamiento humano en nuestros días. Por lo menos en lo que a la homosexualidad se refiere.

miércoles, septiembre 01, 2010

Volver o el tango del síndrome postvacacional



Volvemos, contra el tango, sin la frente marchita. Sin preguntas, sin cuitas, sin todo lo que el ardiente estío nos tiró del bolsillo. Sin aquellos dineros que perdimos soñando, sin aquellos amores que matamos muriendo, sin aquellos amigos que ganamos bebiendo, sin aquellas heridas que ocultamos riendo. Volvemos, sin prisas y sin pausas, sin calores, sin pasiones, sin brío. Volvemos a las casas, a las salas, al otoño, al hastío.

Volvemos -los que vuelven- sin todo lo perdido, sin todo lo ganado, sin todo lo olvidado, sin todo lo vivido. Lo hacemos con el peso liviano de preguntas no hechas y aún así contestadas; lo hacemos con la carga ligera de respuestas no dadas, demoradas al sol, arrojadas al viento, hundidas en la arena, esquivadas a tiempo. Cerramos el paréntesis de ser nosotros mismos como quien cierra un libro, como quien para un taxi, como quien mata un sueño, como quien duerme a un niño.

Volvemos a nosotros, volvemos a los otros, salvo a esos que el verano no dejó en el camino. A nombres susurrados de amores maldecidos, a apodos mascullados de odios contenidos. Volvemos a los nuestros y a los que hemos perdido, a los que hemos dejado y a los que no se han ido. A los que abandonamos en la ardiente revuelta que el calor nos impone, a todos los que extraviamos por mirar a otro lado y a aquellos que ignoramos para olvidar el frío. Volvemos a los mismos pero algunos se han ido. O los hemos echado. O nos los han movido.

Volvemos de la fiesta, del fandango, del rito veraniego de olvidar lo que somos siendo nosotros mismos. Y lo hacemos ocultando sonrisas surgidas del recuerdo de placeres vividos, eludiendo sollozos callados a destiempo de tristezas prohibidas, forzando los recuerdos en código binario, guardando la memoria en tiempo enloquecido. Volvemos al esfuerzo de mantener lo hablado, de respetar aquello que ya hemos prometido, de mordernos corazones y labios para no desdecirnos, de sostener sin tregua lo callado, lo pensado y lo dicho.
.
Volvemos -los que vuelvan- sólo hasta que volvamos. Hasta que el ciclo eterno del correr de los tiempos nos devuelva a la vuelta, nos devuelva a la vida, nos devuelva a la esencia. Volvemos con las pilas cargadas, con las garras limadas, con las almas aladas, con las alas ajadas. Volvemos, como el tango, huyendo del olvido. Volvemos sin sentencia, sin condena, sin juicio. Volvemos para ver que no nos hemos ido.

lunes, agosto 30, 2010

Cuando silencios y llantos son sólo una excusa - ¡matamé, pero no me pidas que cambie nada! -

Mientras los mineros chilenos, esos que deberán esperar tres meses a que les extraigan del vientre de La Tierra, hablan con sus familias; en tanto que Gadaffi, el impenitente e inmarcesible Gadaffi habla con sus nuevas valkirias sobre El Corán y la guerra; al tiempo que los conservadores del Tea Party estadounidense hablan -o más bien gritan- exigiendo más dios y menos Estado, más patria y menos justicia, los hay que no hablan. No les merece la pena hacerlo.
Los hay que se mantienen callados y tensos, que han hecho del fruncimiento de labios, el silencio contrariado y la postura erguida su única y hierática forma de comunicación con el universo que les rodea. Aunque ese universo amenace con convertirse en una montaña inmensa de cenizas una vez más.
Mientras el mundo habla -de sus cosas o de las de otros, que de todo hay- los halcones israelíes y los buitres yihadistas se niegan a hacerlo. Y, lo que es peor, se niegan a que otros lo hagan.
Unos y otros, aunque en este caso más los otros que los unos-es decir, los que han hecho de su fe un arma de destrucción masiva contra su propio pueblo- amenazan con ser los primeros que sean capaces de iniciar una guerra por tan plausible como es hablar.
Hasta ahora las guerras se acababan hablando, se evitaban conversando y se retrasaban dialogando. Ahora ya no. Los yihadistas han decidido que que otros hablen es tan buen motivo como cualquier otro para iniciar una guerra y los halcones sionistas han decidido que esa es una excusa tan buena como cualquier otra para seguir a sus enemigos en un juego al que quieren jugar porque piensan que sólo ellos pueden ganar.
Así que unas conversaciones de paz se han convertido en un motivo de guerra y además de guerra en un país, Líbano, que, en teoría, no tendría nada que ver con el conflicto con el que se intenta terminar.
Después de que El Cuarteto insistiera e insistiera en que Israel y Palestina se sentaran de una vez a hablar, cinco brigadas del ejercito libanés esperan en la frontera a que la guerra estalle. Después de que Obama diera un puñetazo encima de la mesa -él que no es de esas cosas- para que se conversara sobre todo y sobre todos, sin tabús ni condiciones previas, varios millares de milicianos de Hezbollah, armados hasta los dientes por Irán y Siria, velan armas en la linea azul que separa la cordura de la sangre, el odio de la resignación. Después de que Mahmud Abbas se bajara del burro de los asentamientos y Benjamín Netanyahu abandonara su enroque del bloqueo eterno, dos divisiones acorazadas, formadas por elite de los guerreros de Sión, aguardan, con las armas al hombro, esperando el momento en que sus coroneles y sus gatillos hablen por ellos.
Después de que medio mundo ha intentado que los enemigos, que los adversarios, puedan "sentarse a conversar, no a hablar" -como diría ese poeta guerrero triste británico de apellido Blunt-, los locos del paraíso prometido tras la muerte en combate y los fanáticos de la tierra prometida tras la diáspora eterna se empeñan en que eso no ocurra. No quieren que los demás conversen porque ellos no están dispuestos a hacerlo.
Hamás y Hezbollah saben hablar pero no quieren hacerlo. Hablan todos los días en sus madrassas, lo hacen todos los viernes en sus mezquitas. Los yihadistas saben oír. Cada día oyen los gritos de su gente, las maldiciones que el hambre y la desesperanza escupen en las calles de la franja, cada día escuchan los sonidos que el odio irracional, sembrado por sus rivales y sus errores, destila contra ellos en forma de amenazas o de insultos.
Pero no pueden arriesgarse a conversar.
Sin conversan no les servirá su hieratismo frío y distante; no les será posible mantenerse en silencio mientras ven pasar ante sus oídos los monólogos de aquellos -sean enemigos, aliados, neutrales, propios o extraños- que les exponen sus errores y sus incoherencias; no podrán contemplar con mirada fría y distante a los que intentan solucionar la situación y el drama que sus errores han ocasionado en la vida de aquellos a los que dicen querer y proteger.
Si conversan no podrán levantarse, menear la cabeza con desaprovación ,y marcharse sin decir una palabra para refugiarse en el llanto desconsolado por los cadáveres cuya muerte han forzado y en los deseos de venganza por las tragedias que ellos mismos han forjado parcialmente.
Si conversan tendrán que hablar y eso les obligará a explicar las motivaciones,  los objetivos y las justificaciones de sus actos. Se verán abocados a permitir a los demás -tanto a los suyos como a sus enemigos- acceder a esa parte secreta de si mismos que no quieren hacer pública: a los porqués. 
Y eso es algo muy peligroso, eso es algo que te deja desnudo ante los otros, algo que te muestra como realmente eres, como realmente quieres ser.
Los guerreros de Sión -¡uy, perdón, de Israel! también saben hablar pero tampoco quieren arriesgarse a hacerlo. Hablan cada día en sus reuniones de coordinación, lo hacen cada sabbath en sus sinagogas. Y también saben oír porque oyen a su gente quejándose de la constante amenaza de que un loco -víctima del fanatismo y la desesperación- les haga saltar por los aires en un autobús o una pizzería -suponiendo que haya pizzerías aún abiertas en Tel Aviv-; porque oyen a sus aliados pidiéndoles que pongan fin a una violencia que ellos mismos comenzaron hace más de cincuenta años, amparados en la culpabilidad de muchos por la violencia que unos pocos habían ejercido contra ellos.
Pero tampoco pueden arriesgarse a conversar
No pueden hacerlo porque una conversación exige reconocer al interlocutor, porque una conversación exige el fin del secreto, de la ocultación, obligando a poner las cartas sobre la mesa, a buscar soluciones sin esperar a que el paso del tiempo haga que aquello que se está en la obligación de arreglar caiga por su propio peso, se arregle sólo o se desmorone completamente.
Una conversación hace imposible ignorar las palabras del otro con una mueca de desprecio o de condescendencia, imposibilita mantenerse apartado y en silencio para concluir poniendo los tanques encima de la mesa como única carta de negociación y las muertes en tus calles como única justificación.
Una conversación impide las declaraciones que se desdicen con el ruido de las armas, de los buldozers o de las excavadoras dos horas después, hace imposible eludir con un encogimiento de hombros interno o externo las responsabilidad sobre lo que está ocurriendo y de como tus acciones destruyen las vidas de los otros, aunque los consideres enemigos, y tus inacciones arriesgan la vida de los tuyos, aunque no quieras que eso ocurra.
Así que los buitres yihadistas y los halcones sionistas prefieran prepararse para la guerra, hacer saltar la guerra con atentados y provocaciones antes de arriesgarse a que otros -más realistas, quizás- solucionen los problemas en los que medran sentándose ante una mesa. Será en Libano, será en gaza o será en cualquier otra parte, pero es preferible el intercambio de monólogos de muerte entre el tableteo del stoner 63 y el repiqueteo del Ak 47 que cualquier conversación.
¿Por qué? La respuesta es tan obvia como desesperante. Porque conversar exige cambiar.
Y ni unos ni otros quieren que nada cambie porque ellos no están dispuestos a hacerlo. No están dispuestos a reconocer un sólo error, a cambiar una sola decisión, a reconocer que hay una mejor forma de hacer las cosas, a intentar una solución que no haya salido directamente de sus pensamientos y de sus apriorismos ideológicos.
Prefieren que nada cambie para no verse obligados a cambiar ellos, a intentarlo de nuevo, aunque sea en bien de ellos mismos, de sus pueblos y de sus países. Si nada cambia nadie les forzará a reconocer la necesidad de que ellos cambien, si de verdad les importa todo aquello que dicen amar, defender y proteger. Y si las cosas van a peor, siempre podrán -ante los demás y ante su propia conciencia- echarle la culpa a los otros.
No es que Abbas y Netanyahu estuvieran dispuestos a algo más que, como diría Wilde, intercambiar monólogos educadamente interrumpidos, pero los yihadistas y los sionistas prefieren iniciar otra guerra antes de arriesgarse a que eso cambie.
Cuando conversas siempre corres el riesgo de escuchar.

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