jueves, enero 10, 2013

Alfonso Fernández Ortega: o cuando una Black Op chapucera termina aterrizando en el mundo real.

No es que sea yo amigo de los protocolos y las formas en exceso, pero hay ocasiones en los que ambos son herramientas  para mantener un poco la distancia y el alejamiento e intentar ver el bosque que suele esconderse detrás de los árboles.

Así que, al igual que Madeleine Mcaan para mí nunca fue "Maddie" o igual que para mí Lee Harvey Oswald nunca fue "Herbbie", para mi, Alfonso Fernández Ortega es Alfonso Fernández Ortega y no "Alfon", no al menos hasta que no le conozca lo suficiente como para establecer esa confianza.

Y además porque es el primer alejamiento que permite una reflexión sobre todo lo que lleva aparejada la detención, el mantenimiento en prisión y la puesta en libertad -en espera de juicio, es de suponer- de este joven, que permanecía encarcelado desde que, allá en los albores del periodo brumario en el que las protestas ciudadanas empezaron a dar respuesta a la misantropía cerril de las acciones de nuestro gobierno, se organizara la Huelga General del 14 de noviembre.
Y sirve llamarle Alfonso Fernández Ortega porque eso le hace el primer favor, eso le concede el primer derecho. El de ser persona.
"Alfon" es un militante, es un colega -salvo para su madre y su familia que así le llamarán, supongo-  y "Alfon" puede ser un activista, un agitador, un terrorista. Ese es un nombre de guerra que puede ser usado en muchos sentidos y para muchos fines.
Cierto es que para todos los que le defienden, le apoyan o le dan la razón significa una cosa pero para aquellos que están intentando convertir este asunto en un debate vacío, en un encumbramiento absurdo de unas fuerzas del orden que cada vez contribuyen más al desorden cuando hay ciudadanos inconformes de por medio. Llamarle Alfon es una herramienta que otros utilizan para otros fines.
Si le llamas por su nombre, si tiene nombre y apellidos, tiene una familia, tienen unos padres, es alguien reconocible y reconocido. Llámale Alfonso Fernández Ortega y tiene un padre, una madre  -y en su caso una hermana- que le echan de menos,  llámale “Alfon” y todo eso desaparece, se pierde en la bruma de la militancia, del seudónimo, del nombre de guerra.
Al fin y al cabo a nadie le importa la familia de Artapalo, de Txomin, de Carlos o incluso del Ché. Los que tienen nombre de guerra es por algo y por algo lo utilizan.
Y esa es la primera herramienta que no se les puede conceder a los que intentan transformar ante nuestros ojos a Alfonso Fernández Ortega en "Alfon" como si eso justificara que fuera tratado como un enemigo en guerra, como si eso les permitiera referirse a el como el enemigo, como el terrorista, como alguien que no tiene capacidad para reclamar los derechos que pertenecen a Alfonso Fernández Ortega.
Ahora Alfonso está en la calle, ha dejado de estar entre rejas y en este momento es cuando todo comienza a hacerse insostenible, a pasar de ser un castillo de naipes endeble y poco sustancioso de un ejercicio policial cuando menos discutible a transformase en lo que desde los libros de historia hasta los juegos de ordenador definen de una sola manera: Una Black Op.
Porque ahora es cuando la versión que todos los estamentos del Gobierno y la policía han estado dando se desmorona sobre sí misma en un ejercicio de esa entropía destructiva que caracteriza a la mentira.
Desde que comenzara todo esto se ha estado tirando de una historia preparada -algo típico de las ops negras, por cierto- se ha estado construyendo un retrato de Alfonso que prácticamente le convierte en el cómplice que cargó el arma que Oswald disparó en Dallas para volarle la tapa del cráneo a JFK.
Y la referencia no es solamente metafórica. Al igual que al convenientemente asesinado Lee Harvey, se le dibuja un pasado de militancia radical, de excesos en el seguimiento deportivo con los Bukaneros del Rayo Vallecano e incluso de delincuencia habitual, colocándole un atraco en Cádiz, y de psicopatía personal, achacándole una agresión sexual.
Y no digo que no sean ciertas que a lo mejor lo son. Pero están dibujadas, colocadas y mantenidas con un único objetivo, están presentadas como una cascada de acusaciones que ni siquiera pretenden desacreditar a Alfonso, sino a dar crédito a los agentes policiales que le detuvieron y a los que han tomado la decisión de mantenerlo casi dos meses en prisión. 
Lo único que pretenden es transformar a Alfonso en "Alfon" y su apodo en mote criminal para justificar que se le trate como si no tuviera derechos, como si fuera solamente humano en apariencia.
Pero todo eso no le transforma en un terrorista, al igual que sus detenciones por portar drogas de diseño -¡Dios mío, las macrodiscotecas están llenas de terroristas!- no le convierten en un terrorista.
En este país, solamente que fuera un terrorista hubiera justificado el tratamiento penitenciario que ha tenido. Y ni siquiera eso.
Y lo que es más importante. Los agentes que le detuvieron no sabían todo eso, no podían saberlo. 
Da igual lo que hiciera en Cádiz o si agredió o no agredió sexualmente a alguien porque los agentes que le llevaron a la comisaria no sabían eso y no le detuvieron por eso. 
No cumplieron con una orden de búsqueda y captura que estuviera pendiente contra él así que, aunque los medios afines a la defensa de la actividad policial y gubernamental a cualquier precio -sobre todo cuando el gobierno es de los suyos- construyen con sus antecedentes una cortina de humo que no oculta nada, que no justifica nada, que nos devuelve al punto de partida.
Tiene que haber un motivo para que Alfonso Fernández Ortega haya sido detenido y se le haya aplicado la incomunicación durante casi dos meses. Tiene que haberlo para que hayan sido conculcados sus derechos, tiene que haberlo para que el Estado haya actuado de esa manera. Tiene que haberlo y no pueden ser sus antecedentes por muy violentos y oscuros que pretendan venderlos. Sin pruebas, claro está.
Así que los ilustradores de la Black Op en la que se ha convertido el encarcelamiento de Alfonso también engrandecen otra parte de la historia.
Publican que Alfonso fue detenido "a las 7 de la mañana del día de la huelga general en la avenida de Buenos Aires, junto a una chica. Les intervinieron un artefacto explosivo que llevaban en una mochila. Contenía, además, tornillería para utilizarla como metralla. Tras su análisis, el Tedax determinó que con el artilugio se habrían ocasionado daños materiales relevantes, pero también heridos."
Y eso sí sería una razón, cogida por los pelos, pero lo sería. Pero su historia se cae porque la acusación por la que se encarcela a Alfonso Fernández es "alarma social", un delito presente en el código penal franquista y eliminado del democrático hace una década.
¿Están diciendo que los agentes le encontraron una bomba montada que incluso los Tedax consideraban peligrosa en extremo y se le procesó por alarma social?, ¿están diciendo que el fiscal encargado del caso es tan incompetente que, teniendo una bomba como prueba, no le procesa por terrorismo?, ¿están diciendo que, una vez encarcelado, se le trata como a un terrorista pero que no se le acusa de tal cosa desde un primer momento?
Como toda historia preparada falla porque los flecos de unos y otros no se cotejan, porque todo se intenta engrandecer para usarlo de justificación sin caer en la cuenta de que la realidad ya ha desmentido esa historia que pretende reinterpretarla.
Y falla porque los actores del error que, para cubrirse de los ojos de los demás, termina convirtiéndose en conspiración, se desmienten los unos a los otros.
Porque, mientras el Diario ABC convierte a Alfonso Fernández en un delincuente habitual que ha abandonado el camino de la psicopatía sexual para arrojarse a los brazos del terrorismo militante portando una bomba que nadie sabe cómo ha aprendido a montar, la otra autora y mantenedora de esta Op Negra de tres al cuarto, La Delegación del Gobierno en Madrid, les desmiente cuanto intenta justificarse.
La tuitera Cristina Cifuentes, con su impecable indumentaria negra y su pose distendida nos publica una fotografía de unos cuantos botes -que no se sabe muy bien de qué son-, de unas cuantas botellas de plástico -que no se sabe muy bien qué contienen-, de un petardo gordo y otros más pequeños y bajo el muy resignado "¡qué cosas, lo que portaba el inocente Alfon!" le pega sin querer, eso sí, un bofetón en el rostro a aquellos que habían lanzado a los cuatro vientos la historia del artefacto explosivo en la mochila en la mejor tradición del yihadismo afgano o iraquí.
¿Si portaba una bomba porque nos enseñan unos botes?, ¿si llevaba siete kilos de metralla porque nos enseñan seis miserables petardos?
Todas estas preguntas se unen a las anteriores y quedan sin respuesta. Porque una Black Op no puede dar respuestas ciertas, no puede cotejarlas y no puede refrendarlas. A menos que sea muy buena como la de JFK. Pero no es el caso.
Nadie parece darse cuenta de que el mero hecho que hablen y que publiquen esas cosas está desmintiendo su propia versión porque Alfonso no está acusado de terrorismo como debería estarlo si portara una bomba en una mochila.
Y si así hubiera sido, la Delegada del Gobierno en Madrid estaría cometiendo un delito -o un redelito, que las retuiteó- al divulgar pruebas de un sumario de terrorismo, algo expresamente prohibido por la ley.
Quieren justificar la permanencia de Alfonso en la cárcel incomunicado presentándole como terrorista cuando no se le acusado de ello y no se dan cuenta de que su propia versión les transforma en delincuentes si Alfonso fuera realmente un terrorista.
Y como todas las historias preparadas, todas las Black Ops internas y propagandísticas -que no todas eran militares-, cae cuando llega al sitio al que todos estos asuntos llegan: a la sala de un tribunal.
El régimen de aislamiento se justificaba o se intentaba justificar por la peligrosidad, la detención preventiva se intentaba justificar comparando a Alfonso Fernández con De Juana o Artapalo, pero el juez -al más puro estilo de Jim Garrison- se encoge de hombros y deja a Alfonso Fernández en libertad provisional.
Y ahí acaba todo.
Da igual que sea un Bukanero, da igual que sea un agitador, da igual lo que haya hecho antes y lo que se le acuse de hacer. El juez considera que no es lo suficientemente peligroso como para que se le mantenga en prisión y ni siquiera le impone una fianza.
Ahora, por fin se le imputa tenencia de explosivos -pero eso es cosa del fiscal, no del juez- y resistencia a la autoridad-, lo de la alarma social ha desaparecido porque ya lo había hecho hace diez años.
Pero, pese a ello, el juez no le mantiene en la cárcel como hubiera hecho con cualquiera que llevara una bomba montada en una mochila. No sé el resto de este país, pero yo no recuerdo que ninguno de los detenidos de ETA en posesión de explosivos saliera en libertad provisional sin fianza.
Así que, al final, como toda Black Op, toda la historia se vuelve blanca y demuestra lo que escondía.
Los derechos de Alfonso Fernández Ortega han sido conculcados y los medios afines han montado una historia para lograr un fin que no es, ni de lejos, el encarcelamiento de Alfonso.
Sino para justificar el camino ideológico que ha decidido tomar el Gobierno con respecto a las protestas, para generar esa alarma social de la que acusan al joven vallecano y así poder afirmar que es necesario "modular" el derecho de manifestación, restringir el de reunión, acallar el de protesta y silenciar el de disconformidad.
Convertir a Alfonso Fernández Ortega en el "Alfon" que justifique que se mantenga a la mayoría -y a la minoría, ya puestos- en el silencio necesario que ellos necesitan para llevar a cabo sus planes ideológicos.
Darse una excusa para que el miedo al caos les justifique su pánico a la disensión ciudadana de su plan para nuestra sociedad.
Todo ello aparte de que Alfonso llevara o no material para hacer una bomba, todo ello aparte de lo que haya hecho hasta su mayoría de edad, todo ello aparte de que sea un hincha furibundo del Rayo Vallecano o de que consuma speed con frecuencia o de forma esporádica.
Lo único que se quiere es tapar los ojos a la sociedad y nublar su memoria para conseguir que olvide algo que hasta los auditores militares recuerdan, puestos en pie, cuando un acusado entra en la sala de un tribunal para un consejo de guerra
¡El acusado tiene derechos!

miércoles, enero 09, 2013

Montserrat y los personajes que hacen de un autobús un drama shakesperiano -Eso sí, muy a su pesar-.

En tiempos en los que, como estos nuestros, el budismo maldice con vivir por los cambios impuestos y las mutaciones necesarias para afrontarlos, hay casos y cosas que se convierten sin quererlo en paradigma. 
No porque sean dramáticos, épicos o sustanciosos -o al menos no porque lo sean más que muchos otros que están acaeciendo de forma simultánea en el tiempo y cercana en el espacio- sino porque en ellos se aglutinan todos los factores, todos los actores y todas las situaciones posibles que están llevando a nuestra pretendida eterna civilización occidental atlántica al fracaso y al colapso. Como si de repente se juntaran en la misma escena y el mismo escenario todos los personajes que hacen comprensible y ejemplar un drama shakesperiano.
Y uno de esos pequeños pero ejemplarizantes casos es el de las ya más que conocidas Madres de Montserrat, las mujeres que, privados sus hijos del derecho al transporte escolar por una decisión arbitraria de la Conselleria de Educación de la Generalitat Valenciana, decidieron recaudar ellas mismas el dinero necesario por todos los medios, incluido un calendario erótico..
Por ese forzado escenario de seis kilómetros de caminares a pie para infantes que apenas levantan dos palmos del suelo han desfilado ya la valentía reflejada en ellas, el absurdo ejercicio del poder y de la mentira encarnada en directores ya destituidos y consejeras aún por dimitir, la admiración y el apoyo de los que las hemos aplaudido e intentado ayudar y la indiferencia displicente edificada en la actitud de gobernantes e instituciones que han mirado a otra parte, que se han hecho los suecos, que han intentado desviar la atención para no quedar en entredicho, para no perder el halo de magnificencia que ellos y ellas creen que debe rodear al ejercicio del poder como sustituto de la administración.
Pero aún quedaba un elemento, aún quedaba un personaje que completar la escena. Uno de esos oscuros, con poca frase, que apenas llama la atención pero que es necesario para entender, como diría el ya mítico monarca cinematográfico de Rohan, "como hemos llegado a esto".
Faltaban los que dan vida y carne a ese personaje que el bueno de Sir William siempre colocaba en sus obras, siempre mostraba a sus espectadores. Faltaban los que escenificaban el miedo, el auténtico pavor cobarde del que teme arriesgarse, del que teme perder lo que tiene por apoyar a los que no tienen ya nada que perder porque les han robado todo.
Conseguido el transporte -al menos por unos meses- con 1.800 calendarios vendidos, con un sinfín de rifas y de acciones; desafiado el poder de una autoridad que la pierde cada vez que abre la boca con una mentira, con un intento de manipulación, con una declaración extemporánea, llega el turno a aquellos que se han mantenido al margen, que aun estando en el centro del asunto no han querido dar su opinión, no han querido mostrarse, han intentado no posicionarse.
 De pronto, la directora del centro no se da por informada de la existencia de ese nuevo autobús, pone problemas para que los niños que viajan en él se reúnan para subir, decide echar pequeñas piedras en el engranaje de la maquinaria puesta en marcha, a despecho de la autoridad que la ha otorgado a ella ese puesto, por las madres de Montserrat para poder disfrutar de su autobús.
Y ese es el personaje que nos faltaba. Esas son las frases que nos quedaban para comprender el libreto.
Mientras en Valencia y en toda España los profesionales de la enseñanza están en pie de defensa de la enseñanza pública, mientras por primera vez en la historia de las huelgas educativas en España los padres secundan las movilizaciones de los maestros -e incluso de los alumnos-, mientras cientos de directores dimiten en bloque para intentar paralizar la privatización encubierta de la sanidad, hay siempre personajes que pretenden mantener lo que tienen, que creen que su puesto y su cargo son su prioridad.
No han hecho nada en contra del autobús, ni del calendario, ni de nada, pero temen que hacer algo a favor les coloque en el punto de mira y por eso pretenden nadar y guardar la ropa, pretenden no ser demasiado condescendientes con los logros obtenidos fuera del sistema, no vaya a ser que los dueños actuales de ese sistema miren en su dirección y se den cuenta de su existencia.
Así que -sin demasiada convicción, es de suponer- pone algún que otro problema para que se vea que ella no está del todo con los que han logrado su objetivo sin que tampoco se le vea demasiado en contra.
Fuerza a las madres a realizar una petición por escrito a la Conselleria para que permita a los niños que viajan en el autobús, pagado con la venta del calendario, entrar al colegio cinco minutos antes de la hora de apertura, como sí deja hacer a los escolares que llegan con otros dos vehículos subvencionados por la administración.
Convierte la solución a un drama en una tragicomedia que obliga a las madres a disfrazarse de payaso para afrontar la burla que supone que una directora de colegio diga que  "no iba a abrir el colegio antes de hora" cuando todos los centros educativos del país lo hacen e incluso hay programas de "desayuno en el cole" que los tienen abiertos desde las siete de la mañana.
 Pero la directora juega al juego que hemos querido jugar todos en esta sociedad y que nos ha llevado al lugar en el que nos encontramos. A intentar no estar con nadie sin estar contra nadie, a intentar poner pequeñas trabas a todo conato de rebelión para que nuestros superiores nos consideren de los suyos o por lo menos no de los otros.
A anteponer la supervivencia personal a la colectiva. A buscar excusas para no alinearnos con nada ni con nadie aunque veamos claramente quien dispone de los argumentos razonables en cada momento, quien realmente merece apoyo y quien no está haciendo su trabajo ni cumpliendo su función.
Forma parte de todos aquellos que aún no han sido capaces de abrir los ojos lo suficiente como para darse cuenta de que ya no queda nada que proteger -aunque a ellos les parezca que sí- y que por eso ya no se puede recurrir a la estrategia de estar quietecito para que no nos toque. Son los que todavía no han aclimatado su mirada al hecho de que ahora ya toca recuperar lo que nos han quitado y para eso la única estrategia plausible requiere los dos movimientos que más dificultosos nos resultan. cambio y riesgo.
Eligen ser la bella Ariel, falsamente enamorada de su poderoso amo Prospero, aun sabiendo que es injusto, y poner pequeñas trabas al rebelde Calibán de La Tempestad shakesperiana.
En lugar de seguir el camino de los que se rebelan, de los directores de centro que protestan, de los profesores que se manifiestan, se emperran en seguir el camino de los que callan, de los que intentan mantenerse, de los que les dicen a sus alumnos que las huelgas están prohibidas y acarrea suspensos. De los que buscan agarrarse al clavo ardiendo de su supervivencia sin darse cuenta de que cuando este se derrita -cosa que hará si alguien no lo enfría- ya no quedará nada a lo que aferrarse.
Y luego están los otros.
Los que como sus hijos sí tienen transporte, guardan silencio, los que como sus vástagos de momento no tienen ese problema no dicen nada, los que disfrazan de indiferencia su miedo y de necesidad su indolencia. Los que, por seguir con aquello del mundo dramático en el Siglo de Oro, prefieren ser el público de la corrala que los que completan el personaje colectivo de una Fuenteovejuna unida contra lo injusto, aunque eso injusto solamente haya afectado de momento a unos cuantos o los hijos e hijas de unos cuantos.
Otro error que hemos cometido como sociedad tantas veces que el hecho de que ocurra en el caso de Montserrat tampoco es llamativo, ejemplar sí, pero no llamativo.
Porque estamos acostumbrados a no reaccionar hasta que nos toca a nosotros, a no hacer nada por nadie si no estamos nosotros incluidos en ese colectivo, a no arriesgarnos si el beneficio que se busca no nos incluye a nosotros. A no jugárnosla por los demás.
Puede que la AMPA del Evaristo Calatayud haya llenado de golpecitos comprensivos en el hombro a las madres y padres de Montserrat sin transporte escolar y crea que con eso es suficiente pero no lo es. Y puede que me equivoque y estén comprometidos con la causa aunque nunca se les ha visto oficialmente hacerlo, ni comunicarlo, ni difundirlo.
Si es así entonces están de enhorabuena porque cuando algo les afecte, cuando la rueda de la injusticia que ahora campa a sus anchas por España con sus dientes afilados de recortes devorando los servicios públicos, se dirija hacia a ellos podrán volverse a las madres de Montserrat y a todos los que para esa fecha tendrán ya callo y experiencia en eso de enfrentarse a lo que se nos está viviendo encima y recibirán su ayuda.
Si no es así, tanto la directora, como el AMPA, como todos los que esta tragedia en la que están convirtiendo nuestra cotidianidad representan el papel de los callados y medrosos espectadores que miran desde lejos lo que ocurre, recibirán -por cerrar la referencia a William Shakespeare- la respuesta parafraseada de uno de sus personajes más épicos, el bueno de Enrique V en Azincourt.
"No quisiéramos luchar ahora con aquellos que temieron sufrir con nosotros".
Y que cada uno decida elegir qué papel quiere representar en este drama.
Aunque crean que no, aún pueden hacerlo.

domingo, enero 06, 2013

La parabola de Monseñor Demetrio y la catecúmena.

- Monseñor Demetrio, ¿el feminismo radical es malo porque es radical? ¿Porque, como todo lo radical, puede llegar a interpretar el mundo solamente a través de un prisma, a tratar a los individuos como un todo homogéneo y a asignar virtudes y defectos solamente por el hecho de ser hombre o mujer?
- No hija mía, no. Hacer eso es bueno. El feminismo radical no es malo por eso.
Nosotros hicimos eso en el siglo I, considerando perversos a todos los que mantenían la fe en los dioses grecorromanos, quemando la biblioteca de Alejandría, considerando paganos e impíos todos los textos generados por los que tenían esas creencias pese al saber que atesoraban.
Luego lo repetimos en el siglo XI, enviando a lo peor de cada país y cada familia a matar infieles al grito de "dios lo quiere", sin buscar un acuerdo, una entente ni un entendimiento con aquellos que pensaban de forma diferente a la nuestra. Santificando a hombres que se bañaron en la sangre de judíos y musulmanes y potenciando el más fanático de los radicalismos
Y luego lo repetimos en el siglo XV poniendo en marcha la Santa Inquisición donde el radicalismo de unos cuantos era la tabla de medir para decidir sobre la vida y la muerte de los que no creían en un dios idéntico al nuestro e incluso los que, creyendo en ese mismo dios, se negaban a verlo como nosotros o a rendirnos pleitesía y ciega obediencia.
El feminismo radical no es malo por ser radical, por poder convertirse en fanático o por correr el riesgo de intentar imponer una única visión del mundo. Si eso lo hizo la Santa Madre Iglesia no puede ser malo. El feminismo radical es malévolo porque puede hacer lo mismo que hicimos nosotros pero defendiendo cosas opuestas a las nuestras.
Es malo porque nos viene mal.
- Entiendo, Eminencia. Entonces, ¿la ideología de género es mala porque antepone los derechos de unos a otros, el derecho de la vida de unos al derecho a la vida de otros?, ¿es mala porque defiende el aborto?
- No pequeña, no. Los caminos del Señor son inescrutables.
Durante siglos, La Santa Iglesia de Roma ha hecho lo mismo. Eso no puede ser malo. 
Hace cinco siglos convencimos a todos los monarcas europeos para anteponer el derecho a la vida de los creyentes en nuestra versión de dios al derecho a la vida de todos los demás y para que decretaran expropiaciones, expulsiones, persecuciones y pogromos de todos ellos en todos los reinos que se llamaban cristianos.
Hace seis siglos nuestros teólogos mantuvieron que dios prefería la muerte de un infiel que su vida y no nos importó defender la vida de niños o de adultos si no se convertían a nuestra fe. La vida no nos importaba si no estaba al servicio de nuestro dios y por tanto bajo nuestro mando y dominio.
Hace siete siglos, cuando éramos muchos y eso no importaba, decidimos que el aborto no era un pecado porque los nacidos no tenían alma hasta que eran bautizados, porque era mejor que se borrara el pecado de una madre soltera que conservar una vida
Pero hace poco más de un siglo un papa decidió que dios había cambiado de opinión porque cada vez éramos menos, porque mientras el resto de las religiones ganaban en ciegos adeptos la nuestra la perdía y nos convenía que los nuestros tuvieran el mayor número de hijos posibles.
Así que la ideología de género no es mala por defender el aborto y no el equilibrio entre el derecho a la vida de unos y de otros. Es perversa por defenderlo ahora que a nosotros no muy mal que se defienda.
- Comprendo, Ilustrísima. Pero ¿entonces no es buena porque defiende el divorcio y eso atento contra el bienestar de los niños y las niñas?
- No, jovencita, no. Los misterios teológicos escapan a tu discernimiento. Ora y escucha para que te llegue la iluminación.
Durante siglos nosotros hemos dejado de lado el bienestar de los niños. Hemos aplicado castigos corporales en nuestras instituciones sin importarnos si eso hacía sufrir o traumatizaba a los niños.
Durante centurias hemos casado y descasado a monarcas, nobles y gentes de posibles si importarnos el impacto que esas anulaciones tenían en sus vástagos ni en las vidas familiares que se rompían con ellas.
Casi desde el principio, nuestros confesores y directores espirituales han forzado con el miedo al pecado y a la condenación el mantenimiento de familias rotas donde no había habido o ya no quedaba amor ninguno sin preocuparnos un ápice si ello suponía el maltrato parental a menores, la explotación de los mismos o incluso los más abyectos abusos por parte de uno u otro de los padres.
Durante décadas hemos protegido y escondido a curas pedófilos y pederastas, a abusadores sexuales de menores y a todo tipo de personas que hacían daño a los niños preocupándonos más por nuestra imagen pública que por el bienestar de esos menores.
Así que, si a nosotros, los representantes de Dios sobre La Tierra, no nos importa el bienestar de los niños, eso no puede ser malo.
Defender el divorcio es malo porque no depende de nosotros, porque la gente puede descubrir que hay otra forma de vida y de felicidad, que un mal marido o una pésima esposa pueden ser una madre ideal o un padre abnegado y eso nos deja a nosotros sin nada que decir.
Defender el divorcio no es malo porque atente contra el bienestar de los menores. Es malo porque nos quita a nosotros la capacidad de decidir sobre el futuro de la gente.
- Voy pillándolo Obispo Fernández, voy pillándolo.
Entonces, Eminencia ¿puedo abandonar esa familia a la que voy en el que varias mujeres que son hermanas están casadas con el mismo hombre, en la que hombres que no tienen su misma sangre obligan a niños a que les tratan como padres y esas mujeres a que las traten como madres y en la que todos dicen ser hijos de alguien que no está?
- Por supuesto, pequeña, ese es el claro ejemplo de familia desestructurada, impía, perversa, lasciva y pecaminosa que engendra la ideología de género, el feminismo y, en general, toda ideología que anteponga el deseo del ser humano al de dios, que es, como tú bien sabes, el nuestro.
- Gracias Monseñor Fernández por darme permiso para no volver jamás al colegio de curas y de monjas en el que estudio y, ya de paso, ¿puedo, con su bendición, dejar de estudiar religión, para mayor gloria de dios?
- ¡Hija mío! ¡No has entendido nada! ¡Estas al borde mismo de la herejía! ¿Cómo vas a dejar de estudiar religión para mayor gloria de Dios?
- Para santificar aquello que nos dio y que es lo más preciado que Él nos entregó, Ilustrísima
- ¿la familia cristiana?, ¿la Santa Madre Iglesia?, ¿la virtud, la virginidad y la castidad?, ¿la obediencia y la humildad? ¿Cuál ese don que quieres defender, hija mía?
- El Libre Albedrío, Monseñor Demetrio Fernández, el Libre Albedrío. 
Por cierto, ya me voy, que vienen a traerle su bozal. 

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