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jueves, mayo 21, 2015

La arrogancia y el peor califato de todos los posibles

Cuando miramos hacia fuera, al extranjero, vemos una Europa desvencijada, enfrentada y temerosa, si miramos más allá vemos Rusia. Y si miramos aún más lejos vemos El Califato.
Puede que aún estén los nombres de los países y de sus gobernantes, puede que no sean un gobierno asentado ni una fuerza estable de poder pero, si nos paramos a pensarlo, son lo único que se presenta como un todo en el oriente que esta más de cerca de nosotros. 
Ese que está antes de China, que es lo otro que vemos a lo lejos y que es otro asunto que también nos empeñamos en ignorar.
Aunque la mercadotecnia informativa y política se empeñe en llamarlos ISIS o EI para evitar que la población occidental atlántica deje de percibirlos como un grupo terrorista, dominan provincias enteras, tienen un gobierno y un califa, amplían su poder expandiéndose territorialmente, comercian -ilegalmente, pero comercian- con sus recursos. Vamos, que no tiene sentido negar que se han convertido en un Estado en toda regla.
Y explicar la realidad no es justificarla. Queda dicho para los que no lo tengan claro.
Pero como nosotros no queremos mancharnos de nuestra propia sangre en el intento de sobrevivir al Califato seguimos con la cabeza metida dentro de nuestro agujero de avestruz fingiendo que son un grupo terrorista, una tribu díscola, un puñado de rebeldes extremistas religioso o la etiqueta que queramos colgarlos.
Y cometemos el error de tratarlos y combatirlos como tales. Armamos a los kurdos, a las milicias chiitas iraquíes, al dictador El Asad, a los reyes absolutos del Golfo Pérsico, a la dictadura militar egipcia, a todo el que pueda encontrarse en el camino que se extiende entre ellos y nosotros.
Y eso nos matará. Eso será nuestro final. Porque, aunque parezca una redundancia. El Califato es el principio de algo que no acabará hasta que termine. El final del Califato sera el Califato.
La historia nos demuestra que esos procesos acaban con un gobierno unitario, basado en la fuerza o en la ley, en el terror o en el consenso, en la invasión o en las alianzas, pero un gobierno unitario.
Y nosotros, ciegos a la historia y pendientes solo de mantener nuestros intereses, no sabemos o no queremos verlo. Estamos armando a los primos de El Califato para enfrentarse a sus parientes, estamos adiestrando a los hermanos pródigos que pelean contra ellos por la herencia.
Hasta el último de los soldados de El Asad, de los guerrilleros kurdos, de los milicianos iraquíes o los militares cairotas está mucho más cerca ideológica, étnica y religiosamente de El Califato que de nosotros.
Adoptamos la misma solución que Roma con las tribus bárbaras, que el zar de todas las Rusias con las facciones revolucionarias, que el imperio español con los virreinatos, sin darnos cuentas de que todas ellas fallaron.
¿Qué pasará si los primos dejan de pelearse por sus asuntos de familia y se ponen de acuerdo?, ¿qué pasará si los hermanos dejan de pelearse por la herencia y deciden repartírsela? o, para ser más exactos, ¿qué pasará cuando eso ocurra? Porque ocurrirá.
Los nuevos aliados de El Califato estarán armados, entrenados y mantenidos por nosotros y de repente los tendremos en nuestra contra.
Estamos jugando con la carta de que nunca aparecerá en esas tierras un líder que sepa ser lo suficientemente inteligente como para hallar la forma de sumar a sus enemigos ancestrales a sus filas, de ser un verdadero Califa del Islam, que no surgirá nadie que pueda hacer entrar en razón a los primos ni reconciliar a los hermanos. Pero lo habrá.
Genserico, Isabel y Fernando, Cochise, Garibaldi, Bismark, Lenin y Saladino, sobre todo Saladino, lo demuestran.
Más nos valiera buscar una unidad árabe en contra de este Califato para que el resultante se basara en otros principios en lugar de armar a diestro y siniestro a sus ahora enemigos y futuros aliados.
La historia nos muestra que, con el correr del tiempo, tendremos Califato Nuestra arrogancia ignorante y nuestra ceguera indolente nos están condenando a tener el peor de los posibles.

lunes, febrero 17, 2014

La polio convierte la yihad talibán en una Black Op

Una enfermera que a mi me pareció octogenaria -aunque probablemente era una cincuentona- apoyada en el quicio de la puerta con un paquete de caramelos y una cara de esas de "por aquí no pasas, chaval". Ese es el vago recuerdo que guardo de mi vacunación contra la polio. 
Fue hace tanto tiempo que puede que fuera de otra manera. Pero lo cierto es que mi memoria no incorporó los AK 47, las guerreras azules, los pantalones caquis de bolsillos, los dobles cargadores curvos y las gorras ladeadas al acervo de mis recuerdos hasta mucho después.
Por desgracia para muchos, por desgracia para el mundo, por desgracia para nosotros. Hoy, sí hoy, hay niños que crecerán con la imagen militarizada de la vacuna contra la polio, que no sabrán si lo que les salvó la vida y el futuro fue la inyección o los militares que vigilaban y patrullaban armados hasta los dientes para que pudieran poneserla. 
Mientras aquí los hay que se empeñan en desmantelar la salud universal, mientras en nuestras fronteras los hay que defienden a los que quieren e intentan hacer negocio con nuestra salud en el otro extremo del mundo, ese que no nos importa y en el que no nos queremos ver reflejados, los hay que tienen que jugarse la vida y las armas para salvar a un niño de una incapacitación de por vida.
En Pakistán, en ese país que es frontera de muchas cosas y residencia permanente del miedo y la intransigencia, los locos furiosos de la yihad, los perpetuos mentirosos de las falsas profecías han decidido atacar a los equipos de vacunación contra la polio. Han decidido dinamitar una vez más el futuro de aquellos a los que dicen defender, de aquellos a los que pretenden según ellos comunicar el paraíso islámico, su peculiar visión del mismo, claro.
¿Por qué?, ¿por qué han descubierto una escondida sura coránica que prohíbe arrojar líquidos en las gargantas infantiles?, ¿por qué algún ayatolah o mulah de tres al cuarto ha decidido reinterpretar a su antojo una carta del profeta a su suegro o un discurso de un santón de la Edad Media en Damasco?
No. Se esperaría que los talibanes, esos obsesos impenitentes de una religión mal entendida, mal interpretada y arcaica, dieran una explicación de ese tipo como ya dieron antes otros fanáticos religiosos. Como determinadas sectas cristianas se niegan a las transfusiones, como determinadas ramas del catolicismo ultramontano se niegan a las terapias génicas. Pero no.
Su única excusa para ametrallar a los que intentan salvar el futuro de sus niños es que creen que están espiándolos; que, en su paranoia imposible, ven el rostro de ese monstruo ubico y multicéfalo con el que sueñan en todas sus pesadillas de poder: los servicios secretos estadounidenses.
Y si alguien podía haber llegado a creer que los talibanes de Pakistán y Afganistán tenían una base religiosa con eso la pierden; si alguien había podido pensar que su locura y su bestialidad estaba basada en un concepto de la interpretación fanática de la religión con esto puede dejar de pensarlo.
La religión no es otra cosa que la excusa. Lo que quita el sueño a los talibanes es el poder, lo que los excita y los mueve es el control.
Porque saben perfectamente que en los dos únicos países del mundo donde la polio es una mal endémico -Afganistán y Pakistán- atacar a los que intentan erradicarlo es escupir directamente sobre las tapas de El Corán. 
Porque saben que Allah, si existiera, les fulminaría con un rayo por poner en riesgo a aquellos que junto con los locos son intocables en sus ordenes divinas: los niños; porque saben que Mahoma si volviera de entre los muertos los pasaría por el afilado y curvo acero de su cimitarra por anteponer sus intereses bélicos al bien colectivo de los musulmanes.
Lo saben y no les importa porque hace tiempo que utilizan la guerra santa, la falsa yihad, como cobertura de su lucha por el poder, porque hace tiempo que utilizan a su dios de excusa, a su profeta de pretexto y a su religión de vacía justificación.
Les da igual que los predicadores musulmanes se desgañiten en sus púlpitos diciendo que su dios quiere que los niños crezcan fuertes y sanos. Les importa un carajo que los clérigos, santones y estudiosos de la religión de el Corán recorran el país participando en las vacunaciones para demostrar a todos que su religión y sus preceptos no tienen nada que ver con evitar salvar la vida de los niños.
Los talibanes han decidido que dios y el paraíso anteponen la seguridad de sus operaciones terroristas a cualquier otra consideración. Que su acceso al poder es lo único que importa a ángeles y ghuls. 
En realidad es lo que llevan haciendo desde el principio.
Esconden, golpean y humillan a las mujeres que tienen la desgracia de nacer en esas tierras para mantener el poder sobre ellas; lapidan a hombres y mujeres por amarse -lo han hecho hoy mismo en el vecino Afganistán- para conservar el poder sobre la sociedad; dejan morir de una enfermedad dolorosa o condenan a sus niños a secuelas de por vida por intentar ganar una guerra que les asegure el poder sobre las generaciones futuras.
No anteponen su dios a cualquier cosa, se anteponen a si mismos, sus escondites, sus objetivos políticos, sus estrategias bélicas. Ningún dios está ni ha estado nunca en la mente de los talibanes aunque lo tengan siempre en los labios y las armas.
Su único dios son ellos mismos, su poder y su victoria.
Y nosotros, los indolentes miembros del Occidente Atlántico, les hacemos constantemente el caldo gordo. Se lo hacemos porque nos empeñamos en definirles por lo que no les define. En llamarlos islamistas cuando no tienen nada que ver con el Islam, en meter a toda la religión musulmana -que es tan absurda como todas las demás, no nos engañemos- en el saco que ellos han cosido y atado para ella, porque, en nuestro gusto por la simplificación de barra de bar y comentario durante el telediario, seguimos considerándoles parte de algo a lo que nunca han pertenecido.
En nuestro miedo a todo lo que no somos nosotros ampliamos el círculo de rechazo y de repugnancia que solamente debería contener a los talibanes -y a Hamas y Hezbollah, no nos olvidemos de ellos- a todo lo que llega del mundo musulmán, a todas sus tradiciones, su cultura, sus pensamientos.
Y ese error de tomar el todo por una parte que ni siquiera es una parte les engrandece como pasa con todos los que usan una religión o una ideología como cortina de humo para se acceso y mantenimiento en el poder. Como el reproche general a los católicos romanos engrandeció a La Inquisición y los Cruzados, como el odio a lo judíos hizo fuerte al sionismo más sangriento, autoritario y radical.
Si de verdad queremos que la locura intransigente y furiosa de los talibanes no arrase el futuro de todos los que han caído bajo su férula solamente podemos tratarles como lo que son. No como fanáticos religiosos, no como miembros del mundo musulmán: simplemente como buscadores del poder a cualquier precio, incluso al precio de la salud y el futuro de sus niños. 
A estas alturas han aprendido de sus seculares enemigos y actúan como los servicios secretos del gigante estadounidense. Para ellos el Allah y Mahoma son una historia preparada de la que tiran como cobertura.
Para los talibanes el Islam no es otra cosa que una  Black Op, una operación encubierta.
En nosotros está disipar la cortina de humo que la cubre.

jueves, marzo 01, 2012

Corea del Norte nos destroza el espejito mágico


Hay situaciones que llegan en el momento justo, que se plantean como el espejo de otras y con las que siempre corremos el riesgo de caer en el error de no darnos cuenta de que un espejo nos devuelve las imágenes vistas del revés.
Este es el caso de Corea del Norte y su supuesta moratoria nuclear anunciada, sin bombo y sin platillo, -lo que ya es decir mucho del megalómano régimen de Pyongyang. Parece que el hijo del muerto dictador convertido él a su vez en un dictador con una letra cambada ha decidido posponer sus ensayos nucleares, su carrera hacia la bomba. Y claro, eso es bueno.
Que nadie tenga armas nucleares es bueno. Que las tenga medio mundo -al que creemos aliado- también. Pero que la tenga Pyongyang no.
No vaya a ser que entonces, si queremos que no se usen armas nucleares, tengamos nosotros que destruir las nuestras.
No es que los norcoreanos se hayan visto nunca aquejados del virus de la sinceridad de forma incontenible. Los hombres del régimen han mentido al mundo casi tanto como a sus propios pobladores.
Han cambiado dicho por diego en tantas ocasiones que casi parecen un gobierno occidental democrático -¡Uy, perdón!, se me escapó-,  pero esta vez el espejo de nuestra necesidad, de nuestro deseo, nos convierte en una Blancanieves crédula que cree que lo que oye porque escucha lo que quiere oír. 
Pero lo que resulta más dudoso de la moratoria nuclear norcoreana son los motivos.
Si hubiera doce divisiones acorazadas chinas rodeando la capital del país sería comprobable, si hubiera una revuelta interna por tan plausible motivo que hiciera temar los cimientos del reciente dictador norcoreano, sería creíble. Pero dicen que el nada famélico Kim Jong Un ha decidido suspender sus experimentos nucleares a cambio de alimentos.
Y eso resulta tan increíble y físicamente imposible como la transustanciación, el reflotamiento del Titanic y la restitución del virgo de La Pantoja.
 Kim Jong Un sólo se ha preocupado por su pueblo para alimentar su propia autoestima de dictador. Solamente le usa de elemento decorativo en sus fastos y de extras en sus discursos ¿por qué se preocupa ahora de repente de él?
La ayuda china le garantiza alimentar a su ejército sine die y ese es el único pueblo y el único hambre que le importa al tirano. Ese es el único sustento por el que, en realidad, se preocupa cualquier tirano.
Si Kim Jong Un se preocupara por los norcoreanos no los encarcelaría por no llorar la muerte de su padre convenientemente, no los forraría a mamporros en cuanto ponen un pero a sus decisiones, no les arrastraría a una carrera armamentística sin sentido, no les mantendría aislados de sus familias en la corea más meridional.
No sería un dictador, vamos.
Pero nosotros le creemos, nosotros respiramos tranquilos porque es lo que queremos hacer. Preferimos creer en la transfiguración del dictador en alma benéfica que se preocupa por el alimento de su pueblo y nos pide ayuda que pararnos a discernir los motivos que pueden haber llevado realmente a Pyongyang a anunciar que ha levantado el pie del acelerador nuclear.
Lo hacemos porque miramos al espejo y ya podemos sonreír. Lo hacemos porque hasta ahora cuando mirábamos a Corea del Norte y a su cada vez más macilento y exánime nos veíamos a nosotros mismos.
Puede que sea el dictador, hijo de dictador y temiblemente padre de dictador aquel que mantiene esclavizado a los norcoreanos pero eremos y somos nosotros los que les matamos de hambre.
Los bloqueos son nuestros, los embargos son nuestros y el hambre es toda suya. Pero si el loco megalómano renuncia al camino nuclear ya podemos levantar el asedio sobre una población que no enriquece uranio, que no fabrica misiles de largo alcance, que no realiza pruebas nucleares. Podemos volver a mirarnos al espejo sabiendo que la crueldad de una medida que castiga a todos por la locura de uno, que ese tipo de actuación tan párvula y occidental, ha funcionado.
Y así ignoramos que resulta imposible creer que un dictador asiático comunista haga algo para llevarse bien con Estados Unidos -como anuncia pomposamente el comunicado-, ignoramos que resulta improbable que el nuevo dictador dé un giro tan radical en su política que le lleve a la democracia o ni siquiera a la más mínima apertura, ignoramos que los cambios de humor -siempre hacia el mal humor- del régimen coreano tardan en llegar lo mismo que tarda Kim Jong Un en no encontrar su canción favorita en su Iphone.
Lo ignoramos todo porque queremos anunciar al mundo que nuestro asedio por hambre ha funcionado, que el dictador se ha rendido -al menos en lo de la bomba-. Porque si no es así, si el asedio no rinde al tirano, si el hambre de los norcoreanos no mata la bomba nuclear de su tirano, nosotros pasamos de ser garantes de la libertad a ser impostores, a ser perpetradores de una cruel política de asfixia de una población que además resulta inútil. Dejamos de ser defensores para ser perpetradores.
Y entonces el espejo, ese espejo mágico en el que nos miramos una y otra vez para comprobar la belleza y bondad de nuestras acciones, dejará de decirnos que somos los más bellos y buenos del reino para decirnos que somos la madrastra mala que castiga sin cuento y sin obtener resultado ninguno.
Y además, si Corea del Norte renuncia a la bomba que el Occidente Atlántico -o sea nosotros- ya tiene  cambio de la comida que le quitamos podemos volver nuestro espejo hacia otros lares intentando que de soslayo, casi de través, la imagen de Corea se refleje en el Golfo de Omán, en el Estrecho de Ormuz. En Irán.
Entonces quizás, si ha funcionado en el país del Lejano Oriente pueda funcionar con Teherán, que no se despega del cromo nuclear ni con agua caliente.
Sabemos que no funcionará porque China y Rusia no le deben nada a Corea pero jamás renunciarán al petróleo iraní, sabemos que los cercos serán saltados, los bloqueos eludidos y los embargos anticipados por los propios ayatolas y su gobierno que se permiten el desafío de ser ellos los que dejen de vender petróleo a Occidente antes de que Occidente se niegue a comprárselo.
Sabemos todo eso pero podemos ignorarlo porque nuestro espejito mágico de la bondad occidental nos devuelve la imagen de lo bien que funciona la política de asfixia y de imposición del hambre a la población de un país para obtener un beneficio al que, objetivamente, no tenemos derecho.
Porque, lamento tener que recordar que mientras nosotros, nuestros países y nuestros aliados tengan armamento atómico no tenemos derecho ético alguno a exigirle a ningún país que no lo desarrolle. Eso también debería reflejarlo el espejo mágico de nuestras bellezas y bondades pero la parte destinada a esos reflejos esta misteriosamente oculta a nuestras miradas.
Así que nuestra fatua necesidad occidental de tener razón, de justificar nuestra real crueldad con nuestra falsa justicia, nos lleva a ver en un triunfo en el anuncio del dictador norcoreano y creer, aunque con reticencias, que hemos triunfado en el asedio nuclear de Corea del Norte.
No vaya a ser que si miramos de frente al espejo este, además de devolvernos la imagen de madrastra buenorra, que no buena, del reino -que nunca sabré porque se considera a Blancanieves más bella que a la madrastra- nos trasmita con su voz tenebrosa y profunda una respuesta que nuestros oídos no se encuentran preparados para oír.
No vaya ser que le oigamos decir que los asiáticos suelen ser maestros en las dobles y triples verdades que se transforman en medias mentiras y medias verdades.
No vaya a ser que nos diga que el principal motivo por el que una persona -y más un dictador- deja de insistir en una cosa es porque ya no le hace falta insistir en ella. Porque ya no la necesita o ya la ha conseguido.
Y a buen entendedor pocas palabras bastan. Aunque nos hagan tener que romper el espejo por lo inútil de nuestros actos.

lunes, septiembre 12, 2011

Rusia, El Asad y China nos registran en Meetic

Siempre llega un momento en que las lecciones de historia tienen que recurrir al término Nuevo Orden Mundial.
Si la civilización occidental atlántica dura lo suficiente como para que estos años se estudien en nuestros libros de historia, es seguro que sobre estas fechas alguien hará una reflexión del Nuevo Orden Mundial surgido tras el enésimo e ineludible derrumbe del sistema económico neo liberal, la crisis europea y el colapso estadounidense.
Pero, pese a la grandilocuencia del término, los síntomas de los nuevos ordenes mundiales no han sido grandes hechos.
Puede que se hable de la Conferencia de Yalta, de Los Estados Generales de Francia, de la caída del muro de Berlín. Puede que esos sean los hitos reales que marcaron el nacimiento de esos nuevos órdenes, pero la existencia de los mismos no se experimentó en esos momentos. La transformación de roles que supusieron esos cambios de orden no se vislumbraron en esas instantáneas históricas.
Es lo pequeño, lo que podría llegar a ser insignificante, lo que marca en la cotidianeidad el cambio de órdenes, el Nuevo Orden Mundial. Es un campesino llegando a la ciudad sin una cédula de su conde, es un soldado estadounidense peleándose en una taberna alemana, es la puerta de un McDonals abriéndose en Moscú.
Es la percepción -y por una vez la percepción sí es un baremo adecuado- de lo que debería ser grandioso como pequeño, de que lo que debería ser ínfimo como importante, de lo que era grande como minúsculo y a la inversa.
Y sobre todo es la incapacidad de aquellos que han perdido roles en el nuevo orden para percibir su nueva situación.
Su intento de hacer lo mismo que hacían antes y el darse cuenta de que ya no pueden hacerlo o de que, cuando lo hacen, ya no tiene el mismo efecto.
Así que en este nuevo orden mundial nuestro que se nos avecina no son los tea party, no es la crisis del Euro, no es la guerra libia o el siempre irrenunciable once de septiembre lo que nos marca el cambio. Es otra medida, otra decisión.
Lo que nos hace percibir el Nuevo Orden en el que nos movemos es la decisión de embargo petrolífero a Siria por la represión que el presidente El Asad está haciendo de las protestas contra su régimen.
Estados Unidos y Europa deciden el embargo de la compra de petróleo a Siria en un gesto reflejo, en un mecanismo casi automático, de castigo de los poderosos, de los centros hegemónicos, a aquellos que no cumplen con sus reglas del juego.
Un bloqueo comercial, algo clásico en la política liberal, algo que nunca funcionó del todo pero que siempre lo ha hecho parcialmente. Funcionó con Cuba, con el Telón de Acero, con China...
Un embargo petrolífero. Un clásico que se impuso en el Irán de los Ayatolas, en el Irak de Sadam Huseín, en el Afganistán de los talibanes, en la Libia de la revolución corrupta y paranoica de Gadafi. Algo que siempre ha demorado, ha retrasado y ha asustado a los países que lo sufren, a los estados que dependen de la venta de crudo para cuadrar sus cuentas.
Algo que no funciona con Siria y que se sabe que no va a funcionar con Siria.
Eso y no ninguna otra cosa es lo que nos arroja de bruces al nuevo orden mundial. Aunque nuestros automatismos de potencia económica sigan funcionando igual, aunque nuestros cerebros de occidentales atlánticos no sepan percibir la diferencia.
 Es una medida que pasa inadvertida, una decisión que debería ser fulminante, que tendría que ser definitiva y que no lo es.
Y no lo es porque el mundo ha cambiado, porque se ha pasado la página a una lección de historia diferente.
No lo es porque Siria -al menos su desmedido y recalcitrante líder- se encoge de hombros y se limita a mirar a otro lado. Y el lugar al que mira, colgado del brazo de su rutilante esposa y de su sangrienta represión, le devuelve la sonrisa.
Nuestro embargo petrolífero, nuestra medida de presión más clásica y poderosa, se ha convertido en un chiste, en un mal chiste.
Porque la Rusia de Putin -que se empeña en disimular que es de Putin- nos mira con un gesto de niño pícaro que sabe que hace una travesura y finge no poder evitarlo y sigue comprando el petróleo sirio. Porque China, que ni siquiera se digna mirarnos, aumenta sus compras de petróleo a Damasco para compensar la pérdida.
Deberíamos haber empezado a intuir con el irremediable Hugo Chávez que yo no eramos lo que fuimos, que nuestras presiones ya no funcionaban igual. Deberíamos haber constatado con Ben Alí o con Mubarak que nuestros intereses ya no eran mandamientos sagrados en todo el orbe conocido, pero no lo hicimos.
Nos disfrazamos de lo que no eramos, fingimos desear lo que no queríamos para ocultar el hecho de que eso se iba a producir lo quisiéramos o no, aún en contra de nuestros deseos. Para minimizar el impacto que suponía que nos opusiéramos a lo inevitable.
El mundo ha cambiado y cada vez pintamos menos.
Nosotros nos negamos a armar a los rebeldes libios por un quítame allá esa política de imagen pacifista de los gobiernos occidentales y lo hace China -¿de verdad creemos que todas las armas que de repente han encontrado los rebeldes han salido de los arsenales de Gadafi?, ¿de verdad creemos que el dictador tenía baterías móviles antiaéreas montadas sobre furgonetas Isuzu de segunda mano?-.
Europa y Estados Unidos decretan el embargo petrolífero al dictador sirio -nuestro dictador sirio, no lo olvidemos- y China y Rusia ignoran la olímpicamente, de forma pública y sin esconderse ese embargo. 
Y además se atreven a sugerirnos que no se nos ocurra plantear un bloqueo militar o armamentístico porque ni siquiera estudiarán la posibilidad de ponerlo en marcha.
Y nos disfrazamos de pacifistas y nos indignamos porque Rusia y China están apoyando a un dictador, nos disfrazamos de demócratas y nos enfadamos porque están dando cobertura a un represor, nos vestimos de humanistas y nos mosqueamos porque Mevderev y Hu Jintao le están haciendo un flaco favor a la libertad.
Pero en realidad todo eso es una forma de intentar disimular que estamos consternados y aterrorizados porque nos hemos dado cuenta de que sin aparente solución de continuidad y por sorpresa son China y Rusia las que dictan las reglas, no nosotros ¿desde cuando los bárbaros dictan las reglas al imperio?
La respuesta nos hiela la sangre. Desde que sus hacha es más fuerte que nuestro pilum, desde que su oro es más numeroso que nuestros denarios.
Que los intereses del Vértice Oriental -alguien ya lo ha bautizado así- sean espúreos no nos preocupa.
Son igual de indefendibles que lo eran los nuestros cuando vendíamos armas y aviones a Pinochet o a Videla, cuando armábamos a la contra nicaragüense, cuando abastecíamos de minas personales a Gadafi o cuando la preciosa y moderna Asma visitaba museos con nuestra reina, tomaba el té con Su Graciosa Majestad, posaba con la famélica Letizia para la inevitable comparativa del corazoneo o admiraba la colonial vajilla de La Casa Blanca junto a la decrépita señora Bush, haciéndola parecer aún más decrépita.
Son igual de perversos que los que nosotros teníamos al entrenar a los servicios secretos egipcios, al recibir maletines cargados de dinero de los países africanos -que se lo pregunten a Jaques Chirac- al alimentar de armamento a los paramilitares colombianos, a los muyahedines afganos o a la guardia republicana de Sadam Husein. Son los intereses de una potencia mundial
Lo único que pasa es que, pese a ser los intereses de una potencia mundial, no son los nuestros. Y eso sí nos preopupa. No estamos acostumbrados a ello.
Nuestras sociedades y nuestros gobiernos se sienten de repente como el tipo al que le preguntan, tras dos intercambios virtuales con una desconocida, sobre el tamaño de su miembro viril; como la fémina que contempla estupefacta como ningún hombre le hace la pelota para llevarsela al catre y todos se limitan a pinchar en un retrato diferente cuando ella se hace la dificil.
Si el once de septiembre de hace diez años nos sacó de golpe de Matrix, el doce de septiembre de este año nos ha arrojado a Meetic.
Bienvenidos al siguiente y presente Nuevo Orden Mundial. Las reglas han cambiado y nosotros ya no las ponemos.

viernes, septiembre 09, 2011

11 S, la estrategia perversa del mundo detenido

Hay días que cuando van llegando se anuncian como la hora de aterrizaje de un vuelo transoceánico. Miramos al cielo, escuchamos el impacto sónico de los motores en la atmósfera y nos preparamos para ver aparecer el aeroplano mucho antes de que este siguiera esté en condiciones de llegar.
Puede que esta no sea la imagen retórica más adecuada cuando se va a hablar y escribir -por enésima vez- del nunca olvidado y nunca olvidable 11-S. O puede que sí lo sea.
En un par de días se cumplen diez años del golpe bélico que los locos furiosos del cuñado del profeta le asestaron al centro financiero de la civilización occidental atlántica. Y por eso parece que toca hacer balance, recuerdo, efemérides y recuento de lo que fue y está siendo ese suceso. Para nosotros, por supuesto, que para el resto del mundo tanto da.
En este tiempo nuestro acelerado parece que diez años es mucho tiempo. Al bueno de Enrique V no se le hubiera ocurrido hacer balance de su guerra contra Francia diez años después de la toma de Hafleur. Todavía le quedaban noventa años de guerra.
A los principes de Bohemia no se les hubiera pasado por la cabeza hacer recapitulación una decada después de la Segunda Defenestración de Praga, aun quedaban cuatro lustros más de muertos, odio y sangre, para la Paz de Westfalia.
Pero para nosotros, empeñados en correr hacia nuestro futuro a la misma velocidad que Usain Bolt perdiendo el autobús, diez años es tiempo más que suficiente para creernos en condiciones de hacer balance.
A lo mejor en este caso y sin que sirva de precedente esa premura occidental está en lo cierto, esa aceleración atlántica es acertada.
Estar más de diez años parado puede ser demasiado. Demasiado incluso para una sociedad que ya ha decidido que no puede hacer otra cosa salvo languidecer.
Porque si pensamos en el 11-S, en el único 11-S de tiempo apocapado, si hacemos balance sobre él como un punto aislado en nuestro calendario de efémerides, si nos acercamos a él para descubrir qué ha pasado desde que la locura yihadista hiciera arder y caer -pese a las opiniones cospiranoicas, claro está- los símbolos aparentemente estables de la locura liberalista y no somos capaces de escuchar el eco del impacto que supuso, entonces, sólo nos queda una reflexión que hacer, diez años después de que nuestras mandibulas cedieran a la ley gravitatoria, absortas y maravilladas por la hipnótica atracción del desastre.
Hay quien dice que ese día cambió el mundo; hay que afirma con tino que, como diria la mítica Mafalda de Quino, "no fue el acabose, sino el continuose del empezose" de nosotros mismos. Y los hay que, más dados a la fantasía sin pruebas, se lanzan al universo conspirativo de escala planetaria, si no galáctica. También los hay que, reafirmando lo obvio, nos hielan la sangre con un titular a cinco columnas que resalta lo evidente, que el once de Septiembre de 2001 sólo tiene de especial que fue el día en que la guerra llegó a América.
Pero los hay que, en estas lineas endemoniadas, creemos que el mundo no cambió, ni continuó ni llegó a ninguna parte. Que el 11 de septiembre de 2001 fue el día en el que el mundo, en su versión occidental atlántica, simplemente se detuvo.
Porque, desde que las Torres Gemelas dejaron huérfana la línea del horizonte de la ciudad de Nueva York, el mundo está parado. Al menos nuestro mundo.
Está parado porque, como les ocurriera a los Babilonios con los Egipcios, a los griegos con los Persas, o a los romanos con los godos, hemos encontrado la excusa perfecta para languidecer en la decadencia. El argumento deseado para no cambiar.
Desde que los absurdos seguidores de un dios que no comprenden tiñeran de sangre vagamente inocente los jardines de un paraiso inexistente, nosotros nos hemos dedicado a negar la mayor, a cercenar los pocos impulsos de cambio que aún nos quedaban.
Hemos colocado la rodilla sobre el asta de la lanza y nos hemos empeñado en defender, cual irreductible Guardia Real, lo indefendible, amparándonos en el miedo a cambiar eso y escudándonos tras el inmenso hoplos de que lo contrario significaria dar la razón a aquellos que quieren imponer su locura por encima de la nuestra.
Así que ya no cuestionamos ninguno de los puntos de partida, de destino ni de regreso de nuestra civilización atlántica, aunque nos estén matando de hambre, paro y falta de futuro. No lo hacemos porque aquellos que nos devolvieron el ataque también lo hacen.
Nos hemos quedado parados en la defensa de lo nuestro, aunque lo nuestro sea a todas luces prácticamente imposible de defender.
Lo hacemos porque tenemos -o creemos tener- la excusa perfecta de que los fríos asesinos yihadistas también quieren cambiarlo. Los que quisieron asesinarnos nos han servido en bandeja de plata, como la cabeza del profeta, la coartada incuestionable para nuestro suicidio.
Nos negamos al cambio económico porque hay que defender el modelo Occidental que ya ha fracasado una vez tras otra y que cada vez vuelve a fracasar con mayor velocidad.
No vaya a ser que nuestros enemigos tengan razón.
Nos negamos al cambio ideológico que lleva hacia la universalización porque no vamos a permitir que esa cultura que inventó parcialmente las matématicas, la astronomía y la legislación agraria -entre otras cosas- y que, ocasionalmente, ha tenido ramalazos de extremismo religioso -como la nuestra, por cierto- pueda aportar algo interesante a esos valores nuestros librecambristas, arteramente cristianos y falsamente democráticos.
No vaya a ser que entre tanto intercambio cultural, religioso y filósofico se nos cuele alguien que no dé por sentado que hemos de permanecer -nosotros, los occidentales atlánticos- en lo más alto de la cadena alimenticia de la humanidad.
Llevamos nuestro impulso a cero en la defensa de las libertades y permitimos persecuciones religiosas de bajo nivel, imposiciones de vestimenta, registros aleatorios, sospechas infundadas, restricciones absurdas en aras de defender a capa, espada e incongruencia una libertad en la que decimos creer y que no es otra cosa que el reflejo de nuestro miedo a la libertad ajena.
No vaya a ser que entre tanto burka, chador, rosario coránico, turbante y mezquita se nos cuele un terrorista.
El día que vimos arder las torres, de eso va a hacer diez años, soltamos un suspiro de alivio como sociedad y como civilización.
Puede que como individuos lo percibieramos como horror, indignación, deseo de venganza o justa ira. Pero socialmente tan sólo fue alivio.
El fuego del Word Trade Centre apagó definitivamente los escasos rescoldos de la llama de otras muchas cosas que habían encendido nuestros antepasados en las calles de París, en las fábricas de Liverpool, en los campos del Meresme, en los algodonales de Louisiana, En las pampas argentinas, en las playas gaditanas o en  las minas de la Cuenca del Rhur.
La miriada de toneladas de tinta virtual y la infinidad de pulsaciones de ordenador empleadas para dar forma escrita al contraataque furioso, sangriento y macilento contra nuestro Occidente, hasta entonces incólume, nos permitió por fin firmar nuestra renuncia formal a otros testamentos heredados y onerosos desde el momento en el que decidimos preocuparnos solamente de nuestros egocéntricos universos personales.
Pudimos por fin obviar los trazos de pluma de ganso escritos en los gabinetes de los enciclopedistas, en las asambleas de los revolcuonarios franceses, en las furtivas reuniones de los indepentistas estadounidenses de las Trece Colonias. Tuvimos al fin un pretexto para ignorar el recuerdo de lo impreso en las linotipias de los sindicalistas, en las imprentas clandestinas de los anarquistas o en las pancartas pintadas de las sufragistas.
La demolición yihadista de las Torres Gemelas y sus tres mil holocaustos a un dios que no los quería y que nunca los pidió, nos dieron por fin el argumento deseado para pararnos. Para eludir todo impulso de movimiento como sociedad y como civilización. Para deternernos.
Para seguir siendo lo que hemos decidido ser y nos está llevando a la muerte.
Ya podiamos sacrificar la libertad por la seguridad, ya podíamos dejar de buscar integración en aras de la protección, ya nadie nos echaría en cara no enriquecernos con lo que nos aportan los demás por el miedo a que nos reclutaran para la locura yihadista.
Ya no había que cambiar el sistema económico para no ceder al chantaje del terrorismo contra los recursos; ya no había que reclamar derechos y justicia para todos -aunque sean terroristas- porque estaban en juego las vidas de los nuestros; ya no había que exigir apertura y respeto porque nuestros enemigos no los habían tendido y podiamos defender abiertamente que nuestra visión del mundo es la que hay que imponer porque nosotros no hemos arrasado ningún centro financiero de Qatar -que se sepa-.
Así que el mundo, ese mundo nuestro, se paró el 11 de septiembre de 2001 porque, cuando necesitamos un impulso para avanzar y reconocer que nos habiamos equivocado y teniamos que cambiar, nuestros enemigos -los enemigos que nosostros nos buscamos- nos dieron la excusa perfecta para no hacerlo: la guerra.
De manera que, como diria el, para mí, ya mítico personaje de Samuel L. Jackson en Amenazados, nosotros, los occidentales atlánticos de la cultura del individualismno, ya hemos perdido esta guerra. Un solo ataque nos detuvo. Nos dio la justificación perfecta para dejar de avanzar, para pararnos.
Puede que los locos de la Saria y el terrorismo suicida no buscaran eso precisamente. Pero lo consiguieron. Ya estamos quietos. Ya estamos muertos.

miércoles, marzo 16, 2011

El miedo a Fukushima nos roba a Los Afares

Nada es más fuerte que el miedo. Eso es algo que todos sabemos, una verdad que todos llevamos en nuestro interior, aunque sea en lo más profundo de nosotros, en esos lugares a los que no queremos accecer salvo en contandas ocasiones. Nada es más fuerte que el miedo. Y, hoy por hoy, no hay nada que no de más miedo que Japón y su repentina destrucción.
Y es ese miedo lo que nos impele a gritar, a salir a la calle, a arrojarnos a la palestra pública para hablar de Fukushima, para reabrir el debate de las nucleares, para ponerle un nombre al culpable de nuestro pánico. Para hacerlo controlable.
Porque Fukushima, sus dos reactores ardiendo, sus varas energéticas al borde de la fusión, sus explosiones y sus 50 operarios trabajando trágicamente a destajo vital para evitar el desastre, aunque no lo parezca, es lo que nos hace nuestro miedo controlable. 
Nos permite ignorar que consumimos 15 terawatts de energía y que dentro de 20 años consumiremos el doble, nos transforma en irrelevante que gastemos diariamente 9.500 millones de euros en petróleo, que el 86 por ciento del consumo energético del mundo provenga de combustibles fósiles, que las energías renovables no vayan a llegar a tiempo para evitar el colapso. 
Fukushima nos hace olvidar todo eso y que no queremos renunciar al alumbrado nocturno de las ciudades, a los electrodomésticos, a los automóviles, al metro, a la luz doméstica, a la calefacción, a la industria,  al móvil o al ordenador. 
El percance que amenaza con transformase en accidente, que va camino de convertirse en tragedia, nos permite refugiarnos de nuestro miedo, ocultarnos de él. Hacer lo que hacemos siempre, negar la evidencia para no asumir la realidad.
No voy a s ser yo quien defienda un tipo de generación energética u otra. No voy a ser yo quien se posicione sobre algo que no son capaces de posicionarse ni los científicos expertos en la materia.
Pero lo cierto es que el hecho de que la central nuclear de Fukushima esté a punto de explotar nos ha venido bien. A los ciento veinte millones de japoneses que pueden morir o ser afectados por ello no. Pero a nosotros nos ha venido estupendamente.
Así, los ecologistas pueden lanzarse a la calle a reclamar el fin de la energía nuclear, apelando al miedo a un accidente en cada país, en cada central, en cada reactor de las 442 plantas nucleares distribuidas por el mundo. 
Pueden desempolvar Chernobil, La Isla de Las Tres Millas, Jane Fonda y El Síndrome de China y todo lo que quieran para poner facciones y nombre a nuestro miedo, para encauzarlo hacia sus revindicaciones seculares. 
Para poner a nuestro terror el rostro de un átomo, la voz de una explosión, la forma de un hongo nuclear.
Y gracias a Fukushima los políticos de este occidente nuestro, atlántico y civilizado, pueden recurrir a lo que más les gusta, al valor seguro a la hora de recolectar sufragios, apoyos sociales, de ganar elecciones. El más puro pánico. 
Pueden contribuir con sus repentinas urgencias, sus convocatorias de crisis, sus anuncios de cierres, revisiones y vigilancias constantes a ayudarnos con nuestro miedo, con nuestro terror, a ocultar el verdadero origen, la aútentica materia primigenia de la que está modelado, la auténtica base sobre la que se sustenta. 
Pueden hacerlo mesurable, controlable, superable. Y de paso pueden presentarse como los que han conseguido derrotarle, erradicarle de la faz de La Tierra. Y eso da votos, muchos votos, cantidades ingentes de votos.
Fukushima, su central, su reactor y su estallido, nos permite ser lo que siempre sido, lo que nos hemos acostumbrado a ser, lo único que queremos ser. Seres que le tienen miedo a la oscuridad porque no quieren recordar qué es lo que había en esa oscuridad que fue lo que les originó su primer estallido de espanto. Seres que necesitan un enemigo derrotable porque, sencillamente, no quieren reconocer que no son invencibles.
Porque el enemigo no es Fukushima, no es su ardierte reactor ni su radiactivo combustible. No es el ocultismo del gobierno japonés, ni los son nuestras necesidades energéticas. No lo es la energía nuclear ni el Síndrome de China. Aunque gritemos contra ellas, aunque queramos eliminarlas.
Porque el auténtico enemigo, la auténtica mano que se mueve en esa oscuridad a la que tememos es el hecho de que todo eso está provocado por un terremoto que no puede evitarse, por una ola que no puede detenerse. Y contra eso no tenemos defensa.
Nuestra ira contra las nucleares vuelve nuestros ojos hacia Fukushima para evitar tener que caer en la cuenta de que uno de los paises más industrializados de la Tierra ha sido casi borrado de la faz de la misma por un seismo incontrolable e impredecible; para evitar tener que reflexionar sobre el hecho de que ni la microgenética, ni la electrónica, ni la nanotecnología, ni el grafeno, ni la robótica, ni ninguna de las ciencias en las que Japón es exponente puntero y casi único en el mundo, han servido de nada para evitar que una muralla de agua de 30 metros de altura le sepulte parcialmente. 
Si el tsunami hubiera sepultado completamente Fukushima, sin estallidos, sin peligro de radiación, sin Síndrome de China, tendríamos que pensar en ello y llorar,. Como no lo ha hecho podemos pensar en Fukushima y gritar. Podemos seguir siendo lo que siempre hemos sido. Podemos seguir siendo nosotros mismos.
La central nuclear japonesa y sus problemas nos permiten olvidar lo que el tsunami nos recuerda. Hemos basado nuestra cultura y nuestra civilización en el control y no controlamos nada. Nos posicionamos como dueños del planeta y no somos capaces siquiera de vivir en él. Hemos cambiado todo lo que hemos considerado necesario cambiar para aclimatar la faz terrestre a nuestras necesidades y aún así no tenemos la más mínima posiblidad de sobrevivir en ella como especie, ni como civilización. Y contra eso no se puede luchar.
Necesitamos creer que podemos hacer algo, que nuestra actividad puede cambiar y controlar el planeta. Y por eso la culpa del calentamiento global es nuestra, por eso el agujero de ozono es culpa nuestra, por eso el efecto invernadero es culpa nuestra. 
Porque si lo hemos hecho mal podremos evitar lo inevitable haciéndolo bien. Porque si es así podremos derrotar a nuestros enemigos, seguiremos siendo invencibles.Tendremos unos rivales a los que podremos derrotar, la energía nuclear, el Co2, los aerosoles, en lugar de exterminador del que ni siquiera podemos huir, El Planeta.
Porque la tierra se resquebrajó destruyendo y separando la Pangea sin ninguna necesidad de actividad humana, porque la órbita terrestre alejó el planeta tanto del sol que originó tres glaciaciones en las que la vida era prácticamente imposible sin necesidad de intervención humana, porque el calentamiento excesivo originó la extinción de especies y líneas de evolución entera sin necesidad de acción humana alguna. 
Si los enemigos son el terremoto, el tsunami, lás réplicas y la furia de la naturaleza en general no tenemos defensa. Porque identico terremoto desatará idéntica devastación, haya centrales nucleares o no. Porque las limpias y no radiactivas presas hidroeléctricas se resquebrajarán e inundaran los valles de tsunamis de agua dulce que asolaran poblaciones enteras, eso sí sin radiación. Será lo mismo pero visto de otra manera.
Porque este planeta no es estable y nunca lo será; porque sus ritmos y sus movimientos no nos tienen en cuenta, porque ni siquiera somos inquilinos en él, que pagan un alquiler y tienen ciertos derechos, aunque puedan ser expulsados. Y ese es nuetro auténtico miedo. Ese es el pánico que subconscientemente oculta nuestra repentina furia contra Fukushima y las nucleares.
Hemos construido toda nuestra fortaleza como especie, como civilización y como individuos en la necesidad de estabilidad, en la seguridad de esa estabilidad. Por eso nos hicimos sedentarios, por eso nos hicimos agricultores, por eso nos hicimos monógamos, por eso nos amurallamos, por eso matamos y morimos. 
Y de repente, la base sobre la que se asienta nuestros pies nos recuerda que ella es diferente, que ella no precisa estabilidad, ni seguirdad, que ella seguirá viva por más convulsa que se muestre. Nos devuelve a la más profunda de las oscuridades de la que parten nuestros miedos. 
Nos convierte en alienigenas en nuestro propio planeta. Nos arroja al conocimiento de nuestro irresoluble error. Nos recuerda que no somos Afares.
La tribu Afar vive en el Cuerno de Afríca, a tres kilómetros de la zona con mayor actividad sísmica y volcánica de la tierra, a mil setecientos metros de la mismísima puerta de entrada al infierno.
Sus residencias se asientan sobre un suelo que tiembla cada veinte horas, sus ganados pastan rastrojos junto a la mayor falla superficial de la tierra que se abre a un ritmo de tres centímetros por mes y por la que corre un rio de lava ardiente que se desborda de forma aleatoria, Sus hornos se alzan junto a dos volcanes que están en perpetua erupción. 
No tienen agua, no tienen energía, sólo tienen su ganado y su vida. Pero viven. 
Y los terremotos no destrozan su esquema de las cosas, las erupciones no destruyen su sociedad, el hecho de que el dentro de cincuenta años el Cuerno de África vaya a ser una isla separada del continente africano no les afecta en absoluto a la hora de plantearse su supervivencia.
Los hijos de la tribu Afar se han adaptado al entorno en que viven. No han adaptado ese entorno a sus esquemas de vida. Y nosotros ya no podemos hacer eso, aunque realmente llegaramos a creer que queremos hacerlo.
Por eso nos ha venido bien poder tirar de Fukushima. Porque podemos luchar para intentar derrotar al enemigo nuclear y gritar nuestro miedo a morir  por culpa de las radiaciones . Podemos hacerlo en lugar de llorar por el pánico que nos provoca recordar el hecho de que ya estamos muertos porque nuestro planeta va a matarnos. Tarde o temprano. 
Puede que ese conocimiento no cambie nada, pero esa es la realidad. No Fukushima.

sábado, marzo 12, 2011

El arte oriental de pensar en contra propia

Llevamos un buen rato vueltos hacia Oriente. Un buen rato en tiempos históricos, se entiende. Y en todo ese rato que hemos pasado con la mirada puesta en las lejanas tierras que dan la bienvenida al sol cada mañana, nos ha dado tiempo a fijarnos en sus comidas, en sus bebidas, en sus drogas, en sus colores, en su forma de arreglar el jardín, de colocar los muebles, en sus maneras de mantenerse en forma y de perderla, en su filosofía de supervivencia y en su, nada filosófica, necesidad de sobrevivir.
Hemos encontrado hueco en nuestras apretadas agendas para imitar sus dietas, incorporar sus ejercicios gimnásticos, redibujar sus símbolos, repetir sus mantras, lucir sus tejidos e incluso, para los más atrevidos, intentar aprender sus danzas e imitar sus ritos sexuales.
Pero, entre tantos símbolos y tatuajes, entre tantos acertijos y runas pictográficas, entre tanto incienso in tanto sushi, algo se nos ha pasado por alto.
Algo que ha tenido que venir a enseñarnos un anciano -uno de esos ancianos orientales que dan la impresión de haber sido siempre ancianos-, uno de esos de túnica azafrán y manos pepetuamente unidas por las palmas.
De hecho, el anciano que refleja a todos los ancianos que imaginamos y dibujamos en Oriente.
Y no lo ha hecho con un largo rezo o con una contundente sentencia. No lo ha hecho con una complicada danza ni con una cadenciosa gimnasia para la guerra ejecutada en una plaza de Pekín o de Shangai.
Lo ha hecho sin decir una palabra, como suelen hacerlo todo los orientales, como suelen hacerlo todo los ancianos, como suelen hacerlo todo los lamas.
El Darai Lama se marcha. Y esa es la lección que ha venido a enseñarnos, esa que el incienso y el pescado crudo no muestran; esa que los ombligos danzantes y las patadas voladoras no enseñan. Esa que los sofás orientados al sur y los rododendros plantados en círculos perfectos no descubren.
El Darai Lama se marcha no porque esté viejo, no porque esté cansado, no porque esté a la búsqueda de un sicomoro bajo el cual alcanzar el nirvana de Sidarta. Se marcha porque tiene que hacerlo. Porque sabe que es lo mejor. Lo mejor para los otros. No para él.
Ha tenido cincuenta años, desde que un comando estadounidense de élite se salvara de las garras del Ejército Rojo -el de China, no el de la extinta URSS-, y los ha aprovechado. Los ha aprovechado para pensar.
Y ha concluido que no se puede reclamar la libertad del Tibet si no se le concede la libertad al Tibet, que no hay diferencia entre una dictadura y otra. Ha hecho algo que nosotros somos incapaces de hacer. Ha pensado en su contra.
Y sin que nadie se lo pidiera, sin que nadie se lo exigiera, sin que nadie haya tenido siquiera que insinuárselo con una fábula o reptírselo con un mantra, ha decidido marchrase.
Porque un gobernante no elegido es perverso por naturaleza, por muy benévolo y pacifista que sea. Aunque sea él.
Porque es injusto que un pueblo no pueda elegir a sus gobernantes aunque se equivoque y el gobernante no elegido no tiene derecho a permanecer en el poder. Aunque sea él.
Porque, si China no tiene derecho a ostentar el control político sobre el Tibet, la teocracia de los lamas tampoco lo tiene. Aunque él sea su cabeza visible.
Porque, si las cosas del Estado y de la religión tienen que estar separadas, ninguna filosofía religiosa tiene derecho a definir las leyes y los hechos del gobierno de un país. Aunque sea la suya.
Porque no sirve de nada lograr que el Tibet se libere de un gobierno impuesto desde fuera para conseguir solamente que se vea sometido a un poder impuesto desde dentro. Aunque sea el suyo.
El Darai Lama se va y antes de hacerlo, siguiendo la aseada tradición de los techos del mundo, se da un baño.
Mientras nosotros nos damos baños de lotos rejuvenecedores, de almendras amargas tersadoras de la piel, de katas marciales adrenalínicos, de cadenciosos movimientos relajantes, de inciensos perfumados abstrayentes, de esencias olorosas evocadoras, el Darai Lama  se baña en algo que nosotros no conocemos, hemos olvidado o no sabemos en qué tienda especializada conseguir.
Se da un baño en la mas pura, cristalina y refulgente coherencia vital y personal. Eso no puede aprenderse con la danza del vientre, eso no puede alcanzarse con el sexo tántrico. Eso no puede cocinarse en ningún wok.
La comparación con cualquiera que queramos echarnos a la cara en este nuestro occidente atlántico, es tan odiosa que ni siquiera merece la pena ser hecha. Llevamos demasiado tiempo creyendo y queriendo creer que alguien nos concedió el derecho a no tener que pensar en contra nuestra.
Y aunque en nuestro gusto por lo oriental, en esa moda de los power point con paisajes, soles y cuentos de autoafirmación descontextualizados -¡que daño le ha hecho el Power Point a la filosofía oriental!-, nos sintamos en la tentanción de darle la razón, de admirarle, no estamos en condiciones de hacerlo. No entendemos lo que ha hecho. No sabemos lo que significa.
Creemos que el noble acto del Dalai Lama le compara con los tiranos odiosos que masacran a su pueblo en el desierto, con los cleptocrátas que se niegan a marcharse hasta que no han robado hasta el último doblón del herario público. Pero nos equivocamos.
Los más combativos de esta sociedad -que ha hecho del combate algo reprochable-, hasta incluso creen que la marcha del Dalai Lama le compara con esos presidentes del gobierno que no renuncian, aunque su política es un fracaso; con esos presidentes autonomicos que no se marchan, aunque les delaten los trajes, las regulaciones de empleo, las escuchas telefónicas o las trampas en los teatros. Con todos esos que se aferran al poder, aunque sus prácticas amatorias con menores, sus ingresos millonarios en cuentas cifradas o sus cacicadas nepóticas y notorias harían más que aconsejable la dignidad de hacer lo contrario. Pero tambien yerran el blanco.
Incluso, los más iconoclastas de entre los nuestros, buscan con ese acto la comparación con aquellos que tiran de libro sagrado y canto puntiagudo para mantener un poder que no merecen y que su dios no les concedió; o con aquellos que gritan sobre la separación de Iglesia y Estado, reescribiendo a su maestro, pero no hacen nada por eliminar el poder terrernal que ostentan en una pequeña porción de tierra, en el corazón de la Europa laica y cristianofóbica -según se dice ahora-. Pero tampoco aciertan.
Todos esos y esas tienen la comparación perdida antes de plantearla. Juegan en otra liga. En una competición que solamente es vagamente humana.
La renuncia del Dalai no le compara con todos ellos porque eso sería lo fácil, lo que nos mantendría al margen. La marcha del Dalai le compara directamente con todos y cada uno de nosotros. Porque somos nosotros los que nos mostramos incapaces de pensar en contra nuestra.
Compara  al que fuera rector de los techos de la Tierra con el jefe que se sabe incapaz, pero no renuncia al cargo; con el compañero que se sabe inútil, pero sigue cargando su trabajo sobre otros; con la pareja que sabe que está destrozando a quien dice amar, pero se niega a apartarse; con la familia que intenta imponer sus criterios, aunque sabe que uno de los suyos no los comparte; con el amigo que sabe que ha de decirle a su camarada que está equivocado, pero solamente le da palmaditas en la espalda y le dice a todo que sí; con el vástago que sabe que es una carga onerosa para sus progenitores, pero no hace nada para responsabilizarse de su supervivencia; con el amante o la amante que busca su propia satisfacción utilizando a su partenaire ocasional como un consolador o una muñeca hinchable.
Con su baño de coherencia, el anciano oriental se enfrenta con el trabajador que sabe que debe protestar, pero no lo hace para no perder un día de sueldo; con el fijo que ignora a los eventuales, con el eventual que ignora a los temporales, con el temporal que ignora a los parados, con el parado que ignora a los pobres, con el pobre que ignora a los miserables, con el miserable que solamente quiere ser fijo. 
Con su no reclamarada renuncia, el anciano del azafrán y el sicomoro se opone al que sabe y calla porque le viene bien, al que habla pero no escribe para que no quede constancia, al que escribe y no lucha para que no brote su sangre, al que lucha y se rinde porque ya ha conseguido lo que quería para él sin tener en cuenta a los demás.
Y eso nos hace perder en la comparación a todos y cada uno de nosotros, miembros del emporio occidental incapaz de pensar en términos universales más allá de lindividuo.
Pero no debemos preocuparnos. El mismo día en el que Darai Lama renuncia a su cargo, un minsitro japonés es descubierto en un caso de sobornos y, por primera vez en la historia, no sólo no se arroja sobre su katana en el centro de su jardín zen, sino que ni siquiera dimite. Aún podemos ganar.
 Poco puedo hacer en estas líneas para honrar a alguien que demuestra que todavía es posible pensar en los demás antes que en ti mismo. Pero, a partir de ahora, escribiré su nombre en mayúsculas.
Para mi el darai lama siempre será el Darai Lama. No porque lo que ha sido, sino porque, por otros, ha sido capaz de decidir dejar de serlo.

Lo pensado y lo escrito

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