sábado, abril 07, 2018

Esa rebelión que disfraza en uno todos nuestros fracasos.

Lo que está ocurriendo con la "rebelión" judicializada que el Gobierno y la Justicia española mantenían y pretenden mantener para castigar el Procés parece un fracaso del Gobierno y es muy posible que lo sea. Pero en realidad ese fracaso evidente esconde otros muchos menos notorios, que afectan a alguien más que a La Moncloa.
-El fracaso de la política de la arenga.- Para mantener sus posiciones, cada partido, no tira de mensajes mesurados, argumentados ni estables, tira de la arenga visceral y exagerada. Lo hizo en sus tiempos el PSOE con los famosos perros rabiosos de sus campañas electorales, lo hacen el PP y Ciudadanos con la equiparación de Podemos con Venezuela, lo hace Podemos con la equiparación con el Franquismo de cualquier acto conservador del gobierno. 
Y este caso no iba a ser una excepción. Se tiró de hipérboles comparándolo con el 23F, incluso con el alzamiento franquista. Se les ha llamado supremacistas, nazis, golpistas. Algo que puede servir de metáfora arengaria pero que no es verdad.
Por eso cuando juristas externos -de ahí la estrategia de internacionalización- toman una decisión contraria, todas las personas convencidas por las arengas se sienten defraudadas y acusan de incoherencia a los jueces alemanes, belgas, suizos o escoceses que sacan el asunto de la arenga y lo devuelven al mundo real.
-El fracaso de la judicialización de la política.- Los políticos españoles están acostumbrados a buscar el refuerzo de los tribunales para dar fuerza a sus argumentos. Cada vez que una ley no les gusta tiran del Constitucional, cada vez que quieren tomar una decisión de Gobierno buscan que sean los jueces quienes lo hagan. Y en este caso, eso ha llevado a que órganos judiciales que nunca deberían haber procesado ese delito lo hicieran, a que fiscales, que tenían que haber buscado el delito más ajustado a derecho, acusaran del delito que la arenga política les decía que se había cometido, antes siquiera de haberlo investigado.
-El fracaso de la politización de la Justicia.- Es el reverso -quizás más tenebroso- del anterior. Fiscales politizados, tribunales politizados, que se ven obligados a seguir la línea del Gobierno que les colocó en sus puestos y claro, de nuevo, cuando el asunto trasciende las fronteras y caen en manos de jueces que no tienen esa presión política, porque sus sociedades ni están gobernadas por esos partidos ni han sido arengadas sin tregua y sin descanso por una y otra parte, la realidad de los hechos choca con las hipérboles generadas por los políticos españoles y aceptadas por la sociedad.
-El fracaso de los medios de comunicación. Los medios de comunicación -ya muy tocados en nuestro país por el vicio de la propaganda política- han de ser mediadores sociales antes que generadores de opinión. Pero siempre que hay un conflicto ideológico optan por su papel de generadores de una u otra opinión. El aborto, la Ley de partidos, La Ley de Violencia de Género, el laicismo... la lista de asuntos es prácticamente infinita. En lugar de presentar las posiciones de unos y de otros solamente y dejar que cada uno saque conclusiones, presentan las de unos para desacreditarlas y las de otros para ensalzarlas; presentan los vicios de unas y esconden los de otras. Si hicieran su trabajo todos los medios por igual, el lector no tendría la posibilidad de hacer lo que hace ahora. Leer solamente el periódico que le gusta y refuerza las arengas recibidas y asumidas. Tendría que pensar por su cuenta.
Y estos son solo los fracasos del sistema, del elemento institucional. Como sociedad también nos han salido unos cuantos.
-El fracaso del complejo nacional. Desde el comienzo de todo esto nos negamos a escuchar al extranjero, al que nos ve desde fuera. Nos lo dijo el Times, nos lo dijo el Washington Post, nos lo dijo Le Monde Diplomatique y nosotros lo rechazamos. A unos y a otros les dijeron que sus caminos eran erróneos, pero todos los desecharon con un "¡qué sabrán ellos!" porque nuestros complejos nos impiden aceptar nada crítico que venga del exterior.
-El fracaso del refuerzo frontal.- O sea, eso de que el hecho de que alguien le quite la razón en algo a nuestros antagonistas supone que nos la da a nosotros en todo. Si alguien decía que el camino del Procés era erróneo eso ya significaba que estaba dando la razón a quienes decían que el camino del Gobierno, de la detención y el procesamiento por rebelión, era justo; si alguien decía que ese no era el camino para la solución ya estaba diciendo que Catalunya tenía que ser independiente.
-El fracaso de la acusación como condena.- Otro de nuestros grandes defectos sociales. Como se les ha acusado ya son culpables. Lo hacemos con todo. Con las acusaciones de corrupción, con las de malos tratos, con las de malas actuaciones policiales, prácticamente con las de cualquier delito. Así que, que se acuse a alguien de rebelión le transforma en rebelde y claro, cuando un juez dice que no, que no lo es, sentimos que le están dando la razón, que dejan a un "rebelde" marcharse de rositas.
Y todos esos fracasos nos llevan al peor y más doloroso de todos.
De nuevo hemos fracasado en el noble arte de pensar por nuestra cuenta. De darnos cuenta de que, por más que quisiéramos la independencia, tendríamos que haber mirado más allá de las arengas y ver que esa vía era absurda y hacérselo saber a nuestros líderes; que, por más que seamos unionistas, tendríamos que haberles dicho a nuestros líderes ¡Por favor!, ¡cómo va a ser igual convocar un referéndum que invadir el Congreso a punta de pistola y sacar los tanques a la calle! en lugar de comprar la hipérbole y repetirla hasta llegar a creérnosla.
Y lo más grave es que, cuando una decisión externa intenta devolvernos a la realidad, la desechamos y seguimos a lo nuestro. Exigiendo tomar a los 200.000 alemanes que residen en España como rehenes o destrozar cervecerías en Baviera. Otra nueva arenga para poder seguir en la burbuja de todos nuestros fracasos.

domingo, marzo 18, 2018

A todos ellos, gracias.

A todos los que en el correr del tiempo y de los siglos se marcharon engañados allende sus hogares creyendo que su lucha y su muerte salvaría a sus niños; a los que resignados y exhaustos doblaron su espinazo, destrozaron sus manos, masticaron sus miedos y mataron sus deseos por alimentar las vidas y los sueños de todos sus pequeños.
A aquellos que callaron y aguantaron por darles un presente, a aquellos que gritaron, sangraron y murieron por querer legarles un futuro.
A los que quisieron enseñar a la carne nacida de su sangre todo lo que sabían, aunque fueran errores, a aquellos que callaron los fracasos de sus retoños, airearon sus gestas, besaron sus mejillas, palmearon con fuerza sus espaldas y les alzaron en alto con abrazos de oso, alabaron sus logros, festejaron sus risas, arroparon sus cuerpos, aplacaron sus llantos.
A los que quisieron hacerles fuertes para que no sufrieran, sabios para que no temieran, firmes para que no dudaran, valientes para que no cayeran; a los que fracasaron para que ellos triunfaran, murieron para que ellas vivieran, se negaron para que sus hijos pudieran afirmarse, se quedaron para que sus hijas se pudieran marchar.
A los que sonrieron al hacerlo porque en nada les pesaba intentarlo, a los que lloraron a oscuras y en silencio porque el peso del mundo caía sobre ellos por no saber hacerlo; a los que se alejaron, marchándose a otras tierras para buscarles alimento y cuando regresaron ya no les conocían.
A los que se perdieron once horas al día de sus vidas por buscarles sustento, a los que se conformaron con ser los últimos en saber de sus novios y novias, de sus sueños y vidas, de sus llantos y risas porque el mundo exigía que ellos fueran quienes renunciaran a sustentar su alma para buscar el alimento que necesita el cuerpo.
A los que les enseñaron a cazar, a luchar, a construir, a negociar o a crear porque era lo único que la vida a ellos les había enseñado y no tenían otra cosa que darles, a los que se negaron a llorar frente a ellas por no hacerles sufrir, a los que cuando había poco se lo negaban a sí mismos para dárselo a ellos, a los que cuando había mucho erraron por exceso intentando que lo tuvieran todo.
A los que solo pudieron ser los padres que siempre ansiaron ser cuando la suerte les concedió el poder ser abuelos.
A los que supieron besarles, abrazarles, acariciarles y entregarles amor y los que lo intentaron, pero no pudieron o supieron pasar de gestos torpes, de miradas calladas, de lágrimas vertidas hacia dentro o palabras cansadas. A los que los amaron por contener retazos del ser al que más habían amado en sus vidas pese a dejar de amarle, por ser nuevos, distintos, por crecer y aprender, por nacer y vivir. A los que hicieron de ellas el centro de sus vidas, de ellos el fiel de sus balanzas, pero no supieron decirlo porque ni la vida ni el mundo ni la historia les enseñaron las palabras, los ritos ni los gestos.
A los que apretaron los dientes enfrente de sus tumbas al regreso de mil guerras ganadas o perdidas, a los que gritaron su rabia en la boca de millares de minas desplomadas, en las lindes de millares de campos arrasados, en la cabecera de millares de lechos de partos malhadados, en la puerta de millares de edificios ardientes. A los que se ahogaron en alcohol y dolor por no saber perderlos o hubieron de conformarse con el vacío orgullo de mostrar sus medallas y fotos y repetirle al mundo que habían sido héroes o heroínas.
A todos ellos, gracias.
Gracias por ser los padres que el mundo os dejo ser, aunque no lo pudierais ser de otra manera.
Gracias por intentarlo, aunque algunos de vosotros perdierais el intento en el fracaso. Gracias por parir a vuestros vástagos al mundo, aunque no les trajerais a la vida. Gracias por aceptar el embarazo vitalicio que supone contener hasta al día de tu muerte a una hija o un hijo en lo más profundo de tu alma y tu vida.
Gracias por vuestros sacrificios y por vuestros triunfos, por vuestra sangre y por vuestra lucha, por vuestros aciertos, por vuestros errores, por vuestros fracasos, por vuestra humillación y vuestra dignidad.
Gracias porque cada una esas cosas nos permite a los padres de hoy, que antes fuimos hijos, poder hacer aquello que un padre siempre ha querido hacer.
Jugar con ellas, cuidar de ellos en su hogar, contemplar, disfrutar y compartir sus progresos, consolar, sufrir y llorar sus decepciones, enseñarles a pensar por su cuenta, alejarles del miedo y la desidia, abrazarles, besarles, estrecharles cerca del corazón, escucharles y hablarles, mimarles y enseñarles. Y dejarles marchar cuando al fin hace falta.
En cualquier vacío o paraíso que eligierais para morar tras la muerte, esbozar una sonrisa y alzar la cabeza con orgullo. Fuisteis los mejores padres que pudisteis o supisteis, que la realidad y la historia os permitieron ser. Y no os preocupéis por lo que oigáis ahora en este mundo. Para un hijo o una hija eso resulta más que suficiente.
Tranquilos, todos los infiernos de la nada, el olvido y la muerte, arden tan solo reservados para los que ni siquiera quisieron intentarlo.
Mis hijos, yo, el presente, el mundo y el futuro os dan las gracias, padres de tiempos anteriores, aunque ahora alguien quiera reescribir la historia en vuestra contra.

viernes, marzo 02, 2018

De empeñarse en morir a Danzad, danzad, Malditos (crítica cinéfila del Procés)

Hay una frase muy típica de las pelis estadounidenses.
Ese momento en el que quien ejerce la función de heroe en la historia duda entre hacer o no hacer algo y su colega -generalmente el negro que termina muriendo un puñado de fotogramas después- le dice aquello de "en la vida, en realidad, solo hay una elección: empeñarse en vivir o empeñarse en morir".
Pues esa es la elección que afrontan la justa reclamación de un proceso que decida sobre la independencia de Catalunya . Y esa es la decisión que, aunque no lo crean los nacionalistas españoles, afronta la democracia y el Estado de Derecho española a través de su legítimo gobierno.
Los independentistas, que han logrado de nuevo el refrendo de la mitad de la población catalana en las urnas -aunque repartidos de otro modo- tienen que mantener viva esa reclamación, esa necesidad de clarificar de una vez por todas si Catalunya quiere ser independiente o no.
El paso a un lado de Puigdemont es, para mi, el primer paso que se da en ese sentido. Un paso casi de sardana, de esos que retiran el pie un poco hacia atrás antes de completarlo totalmente.
¿Por qué? Porque la propuesta de Jordi Sánchez como su sustituto, encarcelado y pendiente del proceso judicial absurdo iniciado por orden del Gobierno español contra el antiguo Govern y el independtismo en general, no es el heroe de la peli cargando sus armas, afilando sus cuchillos y haciendo flexiones para ponerse en forma y derrotar a sus enemigos. No es ese "empeñarse en morir". Es más bien un paso de danza que deja la posibilidad de "empeñarse en vivir" a su antagonista, al coprotagonista de esta peli, que se ha querido vender como de buenos y de malos, y que en realidad es una historia de bandas rivales: el Gobierno español.
Porque ahora es el Gobierno español el que debe demostrar que él también está "empeñado en vivir". No en vivir eternamente en el poder, no en vivir en su ideología nacional españolista por siempre y para siempre. Empeñado en que la democracia española persista, en que todos, catalanes o no, nos podamos creer que vivimos en un país en el que tenemos derecho -aunque sea poco- a decidir nuestro destino.
Le toca de deshacerse de todas las memeces -sí, memeces- de que la democracia se defiende a golpe de decreto, de proceso por rebelión, de intervención a través del manido y manipulado artículo 155 de la Constitución. 

Le toca adelantar el pie en esa sardana hacia Jordi Sánchez, si sale elegido, y demostrar que sabe que la democracia se basa en lo que siempre se basó: el derecho de los que deben decidir algo a decidirlo.
Le toca decidir entre empeñarse en la muerte de seguir escuchando los cantos de sirena de los nacionalistas españoles de bandera en el balcón y argumentos absurdos, que van desde el falso imperio histórico hasta la pretensión de que toda España participe en ese referendum, o empeñarse en la vida que a esta nación -y a la que eventualmente podría surgir de una independencia catalana- la daría saber que aquí las cosas se solucionan hablando, dialogando, acordando, escuchando y dejando que la gente decida lo que quiere hacer con su futuro.
Y eso solo puede hacerse con un referendum al que no se niegue el gobierno español por mucho que tema perderlo, por mucho que le abuchee el nacionalismo español que no tiene arte ni parte en este asunto, salvo aquellos que vivan en Catalunya y quieran expresarlo con su voto en esa consulta sobre la indepependencia catalana.
Hace un puñado de meses ambos, enfrentados al paso diez del camino del heroe -así lo llama el profesor de guión cinematográfico de mi hija-, se empeñaron en morir. 
Morir en la vía unilateral, morir en una declaración virtual de independencia imposible, morir en el penoso, vacuo y esperpéntico intento, digno de Valle Inclan, de impedir una votación requisando papeletas y urnas, morir en la puesta escena mas absuda de una represión policial encerrada con raciones de emergencia en un barco bajo bandera de Piolín, morir en procesar por rebeldía a alguien que quería marcharse y no acceder al poder en España.
Ahora, la magia de las urnas ha obrado el milagro, y les devuelve a la vida, les lleva unos cuantos miles de fotogramas atrás en esta película, digna del teatro del absurdo de Ionesco o Pirandello, dándoles la oportunidad de transformarla en una historia que no sea una película de bandas de gansters enfrentadas y pueda convertirse en otra cosa.
"En la vida, en realidad, solo hay una elección: empeñarse en vivir o empeñarse en morir". A ver si esta vez se empeñan en vivir y comprenden que vivir es danzar con quien se tiene enfrente.
Así que eso nos arrastra a esa otra orden cinematográfica famosa: "Danzad, danzad, Malditos". A ver si vuestra danza le devuelve la vida a España y Catalunya. Juntas o separdas, que da igual. 
Que lo único que importa es que sigan vivas las dos tras vuestra danza.

jueves, enero 18, 2018

EXTINCTION AGENDA, La App

Estimado usuario.
Antes de que instales tu nueva App y comiences a disfrutarla, permíte unas reflexiones.


Salarios por debajo del mínimo de subsistencia, contratos que se miden en horas o días, jornadas artificialmente extendidas, entre otras lindezas, ideas y "fórmulas competitivas" que dejan a aquellos que se ganan la vida con un salario bailando cada día una acelerada y desesperada tarantela con la miseria.
Ese es el panorama que se dibuja con trazo firme y sin que nadie cambie la escala cromática para nuestro presente en aras de una recuperación que no llegará y de un crecimiento económico que no nos repercutirá.
Cuando esto se aplica a los que trabajamos, a los que producimos, a los que construimos o a los que servimos (entendido como sector, no como actitud) se precariza el presente. Pero cuando se le aplica a los que investigan, a los que inventan, a los que descubren, se está precarizando el futuro.
Porque si ellos se detienen, si ellos se rinden, si ellos pierden la concentración y se ven obligados a una lucha constante y continua con sus empleadores, con esos gobiernos y Estados que dicen que mantienen la famosa I+D, ellos están parados, pero tú estarás muerto.
Todas las siglas tienden a dan como resultado el efecto de deshumanizar aquello que contienen, de apocopar el tiempo y el espacio hasta hacerlo algo ignoto, indescifrable, carente de contenido más allá de las palabras que representan. Y eso le ha pasado al I+D.
I+D no es Investigación y Desarrollo, no es actividad científica, no es algo que se pueda tener en contratos parciales, con sueldos miserables; no es algo que hace alguien con batas blancas en un laboratorio. Ni siquiera es el futuro, ni siquiera es el progreso.
Esa gente, a los que consideramos frikies o genios, ininteligibles o engreídos, casi mágicos y siempre distantes, son la última jodida línea de defensa contra la extinción.
Si ellos no hubieran trabajado tú estarías muerto con los pulmones anegados de amianto y CO2, si ellos no hubieran estado ahí el cáncer se comería vidas a billones y el SIDA habría asolado medio planeta en una década y tú habrías caído ya entre ellos.
Si esas gentes de ciencia no hubieran trabajado, estarías comiendo tanta basura química que habrías mutado ante el espejo, tus hijos habrían nacido con tantas taras que no los reconocerías como humanos, cada vez que encendieras la luz brillarías en verde máquina, cargado de tanta radiación asesina que te comería los órganos por dentro.
¿Exagero? Ni un ápice. ¿Te incomodo? Perdona que no pueda sentirlo. No tengo ganas ni tiempo para hacerlo porque lo que está por llegar es todavía peor.
Si ellos no siguen ahí, el ébola o cualquier otra pequeña bestia autoinmune y viral te matará en diez lustros, el sol te quemará la piel con rayos X o se te caerá irradiada por los gamma cuando el ozono ya no los contenga; te morirás de hambre cuando las tierras, vacías de nutrientes por sobre explotadas y secas por ausencia de agua no den ni una sola cosecha y nadie haya descubierto como evitarlo, cuando el mar se niegue a dar nada comestible y nadie haya aprendido como regenerarlo, cuando la gripe aviar nos mate las granjas y el encefalitis espongiforme nos destruya los ganados.
Y cada segundo que pasa esa gente de bata blanca y lenguaje imposible de entender revisando sus nóminas con su abogado son cientos de posibilidades que tienes de morir más que antes, cada minuto que pasan en un juzgado apartados de sus indescifrables herramientas son más las probabilidades de que entres de un golpe inesperado en la inagotable lista de la extinción humana.
¿Que suena apocalíptico? Lo es. ¿Que parece imposible? No lo creas ni por un solo segundo. La esperanza de que algo no ocurra cuando se está haciendo todo lo posible y lo imposible para eso suceda es tan solo inconsciencia.
¿Qué la iniciativa privada lo compensa? Mentira. Las corporaciones y sus accionistas solo quieren sus beneficios y sus dividendos. Eso dejará de valerles cuando ya sea demasiado tarde, cuando se estén extinguiendo como los más ricos del planeta y ni sus beneficios ni sus dividendos les sirvan para nada.
¿Qué no puedes hacer nada? Te mientes de nuevo y lo sabes con creces. Puedes sacar del juego a quien precariza nuestro futuro precarizando el presente de aquellos que pretenden salvarlo. Puedes meter en el juego a quienes quieren entender esa investigación como un escudo que salva nuestras vidas y no como una molestia innecesaria que tan solo se tiene por imagen y se mantiene en mínimos para poder destinar todo el dinero, el impulso y la atención que precisa a otra cosa.
Sabes que puedes hacerlo. Si no lo haces es sencillamente porque no quieres hacerlo.
Y sobre todo puedes dejar de maravillarte con esta estupenda App confundiendo eso con la ciencia o con la investigación. Puedes dejar de valorar más la i minúscula de la innovación que la I mayúscula de la Investigación.
Esta aplicación que acabas de descargar, con sus incontable horas trabajo, su ingente cantidad de recursos intelectuales y científicos consumidos al servicio de que tú puedas saber el tiempo en Pernambuco, hablar con tu primo en Logroño, conectar con tu ordenador en Sri Lanka o manipular tus fotos para ponerles el rostro de Brad Pitt, no va a salvarte de la muerte y la miseria. Solo conseguirá que el mundo entero contemple como mueres si es que queda energía suficiente para poder hacerla funcionar.
La ciencia, coartada por los que la precarizan, anquilosada por los que la monetarizan e ignorada por quienes lo consentimos, si puede conseguirlo.
Con todo. Gracias por descargar Extinction Agenda. 
¡Que la disfrutes, estimado usuario!

martes, enero 16, 2018

Autocritica o cerrar el mercado ideológico y volver a las puertas de Jerusalem

No sé si es que ocurre más veces o es que últimamente yo le presto más atención. Pero da la impresión de que entre todas esas "autos" (autoayuda, autoafirmación, autoestima) a las que nos subimos como sociedad y como individuos hace una generación larga se nos olvidó una, quizás la más importante, quizás a la única que hubieramos tenido que subirnos: la autocrítica.
Todos los días, en todos los medios y por cualquier asunto, ocurre lo mismo. Alguien, institución o persona, presenta una crítica más o menos razonada a una creencia o una ideología o un medio expone una noticia que afecta a un colectivo y la reacción no se hace esperar.
Nadie se para a pensar. Se entra en el foro de la noticia, se tuitea en el hashtag de turno, se responde al post de inmediato, descraditando, buscando defectos, echando cosas en cara o simplemente insultando, acusando a los demás de decir las cosas por odio o por ideología.
Así, se publica una noticia sobre un individuo que convirtió la vida de su familia en un infierno de maltrato y miedo a raiz de su fanatismo religioso y automáticamente los crisitianos se sienten ofendidos y atacados; Katherine Millet, Katherine Deneuve o Peggy Sastre, feministas de pro durante cinco décadas, o Elizabeth Atwood, que fuera falsa musa del postfeminismo en los últimos dos años gracias a la libre interpretación que el feminismo hizo de su obra el Cuento de la Criada (en el que las ricas utilizan a las pobres para tener hijos porque ellas no pueden), critican a #Metoo y las redes se incendian con acusaciones de machismo y de traición.
Y así con todo y en todo orden de cosas. Se critica una actitud machista en un ámbito y se responde con el recuerdo de los hombres maltratados, de las denuncias falsas o de las mujeres asesinas; se critica la manipulación de la historia por parte del Gobierno español y se responde con un "indepe"; se pone en tela de juicio la legitimidad de la Generalitat para convocar un referendum unilateral y se grita "franquista".
A las críticas a Podemos sobre su vinculación ideológica con el régimen chavista se responde con un "facha", a las críticas sobre la política económica y la corrupción de nuestro gobierno con un "podemita".
Nos alteramos, nos ofendemos, reaccionamos. Tiramos del "¡Y tú...!" en lugar del "¿Y si...?".
Autocrítica, autocrítica, autocrítica.
Hemos decidido no pararnos a pensar si podemos estar equivocados, a mirarnos por dentro y cuestionarnos si nuestra creencia, nuestra ideología o nuestra forma de actuar puede ser merecedora, aunque sea en parte, de esa crítica, venga de quien venga.
Nos parapetamos a salvo tras los lemas propios que sabemos ciertos y difícilmente cuestionables para no hacer el más mínimo ejercicio de autocrítica. "Dios es amor", "el feminismo busca la igualdad", "el referendum unilateral es ilegal", "ser hombre no es sinónimo de ser machista", "Podemos defiende la democracia", "Catalunya tiene derecho a decidir", "el liberal capitalismo genera riqueza"... Y así en un sinfín de verdades completas que se convierten en mentiras a medias porque no nos preguntamos.
¿Y si aquellos que nos critican tienen razón? ¿Y si aunque sean ateos, machistas, podemitas, peperos, españolistas, feministas, fachas, indepes o cristianos, tienen toda la puta razón del mundo en su crítica?
Y no lo hacemos porque sabemos la respuesta en muchos casos. Y eso nos supondría responsabilizarnos, implicarnos, actuar y pensar en contra nuestra y de nuestra propia ideología.
Significaría exigir al Vaticano que revise su visión de que el Levítico o las Cartas de San Pablo, que incluyen algunos de los pasajes más machistas, injustos, esclavistas y arcaicos jamás escritos, son palabra de dios; significaría volverse a las líderes ocultas de nuestro movimiento y decirles que iniciar y potenciar una delación pública y masiva sin pruebas, sin denuncias judiciales y exigir a todo el mundo creer sin más esas delaciones es lo más parecido a la Ley del juez Lynch, la caza de brujas o bordar en el pecho de una mujer la letra escarlata de su adulterio susurrando en las puestas de largo y los salones de té.
Significaria tener que volverse a nuestros ideólogos y decirles que es absurdo defender una relación ideológica con un régimen que mantiene a su población en el hambre y la miseria; o decirles a nuestros ministros que generar riqueza no es lo mismo que repartila o que el liberal capitalismo puro lleva implícito el marchamo de la corrupción si no se regulan los mercados.
Nos supondría tener que decirle a nuestros líderes que no se puede ser "social" y sacralizar los beneficios de los bancos; que no es necesario manipular la historia para reclamar una independencia o que no se puede negar el derecho a decidir de quien quiere hacerlo alegando la Constitución y una falsa historia de unidad. 
Decirle a nuestro amigo que no puede insistir eternamente a una mujer intentando convencerla de que le quiera o a nuestra amiga que no puede criminalizar a un hombre por intentar besarla una sola vez.
Y supondría sobre todo quedarnos sin referentes, tener que plantearnos uno a uno los principios de la ideología que decimos o creemos tener. Dejar de vivir la vida en sloganes y tuits y tener que esforzarnos por entender textos densos y largos que explican todos los puntos y principios de cada ideología.
Significaría pensar y razonar aceptando la posibilidad de que estamos al menos parcialmente equivocados, de que hemos entendido mal algo o de que no hemos profundizado lo suficiente en esa ideología y tomar de cada una de ellas lo que consideramos justo, lo que, después de pensarlo, consideramos que se atiene a la razón y la lógica. No lo que nos dicen en los mítines, las campañas o los hashtags.
Significaría volver a las puertas de Jerusalem, hace casi un milenio, cuando el eclecticismo filosófico formado por judíos, crisitianos y musulmanes, estuvo a punto de evitar el baño de sangre que supusieron seis cruzadas seguidas. Y donde fracasó porque la mayoría no estaba dispuesta a cuestionar a ninguno de sus dioses y sus jerarquías, fuentes entonces de toda ideología.
Porque comprar una ideología resumida a adherirte a ella sin autocrítica alguna es siempre más sencillo que construirla por tu cuenta pensando en contra propia.

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