lunes, junio 29, 2009

Cuando el empujón de otros no evita la entropia -ni siquiera en Honduras-

Hace poco -hace dos días para ser exactos-, mientras los ritos de amores que no son y de muertes que ya fueron mantenían esta demoniaca pluma alejada del espejo de uno mismo que es la realidad, ecribí algo sobre la francamente irreal muerte de Jackson -que seguramente, a partir de ahora será él único Jackson que recordaremos-.
Cuando se vive a empujones hay que morir de golpe.
Y eso, que es lo que es para una estrella del pop, se antoja hoy extremadamente real y mucho más trágico para un país en el que seguro que son pocos los que se preocupan por la muerte del hijo de Joe Jackson. Honduras está muriendo de golpe porque alguien la obligó a vivir a empujones.
El golpe -militar, se entiende- es un mal tan arraigado en América -la Ámerica verdadera, la Ámerica geográfica, no la Ámerica soberbia y excluyente que comienza en El Paso- que, en ocasiones, se antoja que forma parte indisoluble del matrimonio polígamo que ese continente mantiene con la miseria y la desesperación.
Los militares hondureños invaden sus propias calles, toman el palacio presidencial, expulsan al presidente, colocan a otro, proclaman el Estado de Excepción, imponen el toque de queda y convocan unas difusas elecciones, en una letanía que puede repetirse con los ojos cerrados, como las viejas recitan el rosario, en la gran mayoría del mapa de Ámerica, en algo que ha pasado, pasa y pasará -lamentablemente, todavía pasará- en muchas de las divisiones fronterizas que componen ese puzle llamado Ámerica.
Podría decirse que es culpa de Zelaya, o de los militares, o de la oposición. Pero, en realidad, no es culpa de ninguno y es responsabilidad de todos. Cada golpe militar en Ámerica, cada explosión despótica, cada delirio mesiánico, cada estallido radical es culpa de todos y de ninguno. Es culpa de los empujones.
Porque Ámerica -la que está por debajo de Juarez, la que está por encima de Salta-, ha llegado a la democracia a empujones de sus vecinos norteños, que han querido y aún quieren lavar la cara a sus controles políticos y sus manejos empresariales; a empujones de una Europa que ha buscado en la instauración americana del mejor de los sistemas políticos posibles la consagración del peor de los sistemas económicos probables.
Honduras, entró en la democracia a empujones y está muriendo de golpe hoy mismo, en este momentio, porque, como otros muchos países americanos, sabe que tiene que creer en la democracia, pero no cree en ella. Es lo que tienen las religiones -aunque sean laicas-, que o se viven por dentro, o realmente no se viven.
El pueblo hondureño se lanza a la calle y pareciera que lo hiciera en defensa de esa democracia. Pero el pueblo hondureño está en la calle -mientras se lo permita el toque de queda- no para defender la democracia, no para defender su derecho a decidir. Está en la calle para defender a Zelaya, al presidente, al cargo, al hombre, al líder. El pueblo hondureño no cree en la democracia. Cree mucho menos en la dictadura militar, pero no cree en la democracia.
No cree en ella porque mira hacia el poder, hacia el gobierno y hacia la vida y ve que siguen mandando los mismos, que siguen comiendo los mismos, que siguen muriendo los mismos. Si la democracia no te cambia la vida no es mejor ni peor que cualquier otra cosa.
Y Zelaya, que está o estará en el exilio, no lo está por demócrata, no lo está por revolucionario. El depuesto gobernante es víctima de su descreida utilización de una democracia que ahora reclama como suya y que no supo usar.
El presidente Zelaya -como otros muchos- usó y abusó de la democracia y pretendió el gobierno vitalicio, intentó cambiar en su beneficio las reglas de un juego que funciona gracias a esas reglas. Un benficio que equiparó mesiánicamente con el beneficio de Honduras. Puede que Zelaya crea algo en la democracia, pero cree mucho más en el poder.
Y el ejercito hondureño, su general depuesto, sus mandos golpistas, sus soldados disciplanados son como cualquier otro ejército. No soportan los empujones hacia la democracia ni hacia ningún otro sitio. Cuando eres tú el que tienes las armas resulta dificil aguantar que alguien te empuje hacia ningún lugar. Aunque creas que lo mejor es ir a ese sitio.
La democracia en Honduras y en muchas partes de Ámerica es tan forzada, tan inconsistente, como lo es la apertura religiosa en Irán, el abandono del sionismo en Israel o la superación de las luchas tribales en África. Es algo que se hace porque se supone que tiene que hacerse, pero que se abandona en cuanto molesta lo más mínimo.
De modo, que los empujones de Estados Unidos, de Europa y de quien sea no han llevado al pueblo, al gobierno ni al ejército hondureño a la democracia -ni a otros muchos pueblos, gobiernos y ejércitos américanos-. Tan sólo les han llevado a creer que tienen que creer en la democracia. Esa creencia redundante es un escudo muy delgado cuando un presidente se cree un mesias y un ejército se cree que es lo que ha sido siempre un ejército.
Quizás la próxima vez que los gobiernos y países desarrollados -por llamarlos de algún modo- quieran empujar a otros más allá de sus fuerzas y sus posibilidades, recuerden un principio físico que se antoja eterno. Recuerden la entropía.
Por muy fuerte que sea su empujón, todo cuerpo en movimiento siempre tiende al reposo. Y el reposo de la democracía es su ausencia.
Quizás la próxima vez lleguen a la democracia por implicación, por evolución o por descubrimiento, en lugar de hacerlo recibiendo en la espalda empujones de otros.
Así, a lo mejor, no tienen que ver de nuevo como muere de golpe.

viernes, junio 26, 2009

They dont really care about him. In memoriam

Iran arde y arde con un fuego muy distinto al que destilan las feromonas ministeriales en los aviones cargados de Velinas que surcan los cielos italianos en busca de las mansiones en las que papi juega a ser el nuevo Nerón -si no el nuevo Calígula-.
America -la America de los americanos- arde con los militares hondureños en las calles, el gobierno peruano al borde del abismo y los políticos argentinos jugando a lo mismo de siempre machándose sus trajes impolutos en los suburbios para buscar el voto que les permita dejar seguir ardiendo esos suburbios desde La Casa Rosada.
Todo el mundo arde de una u otra forma, pero la única llama de la que hablamos hoy, de la que hablaremos mañana y de la que seguiremos hablando es una que se apaga: Michael Jackson ha muerto.
Eso no es importante, pero ha muerto un hombre, un cantante, una estrella. Y siempre hay algo que decir al respecto.
En realidad, Michael Jackson murió hace tiempo. Murio cuando sus extraños ritos purificadores, sus incomprensibles impulsos mitomaníacos, sus transformaciones epidérmicas y sus inconfesables complejos infantiles le mataron. Cuando mataron su música, le mataron a él.
Murió con cada paliza de su padre, murió con cada borrachera de su madre, con cada pelea y cada recfonciliación con sus hermanos y hermanas, con cada operación, con cada mutación, con cada excentricidad, con cada número uno en las listas y con cada concierto multitudinario en Madid o Los Angeles.
Michael Jackson murió con cada compra millonaria de los derechos de la musica de otros, con cada juicio perdido, con cada matrimonio baldío, con cada hijo aireado en las ventanas, con cada prueba de paternidad obligada y cada acuerdo extrajudicial firmado al borde del delito.
Michael murió cuando no le dejaron crecer, cuando lo que hacía bien le impidió hacer todo aquello que los demás hemos hecho mal durante algún tiempo que suele llamarse infancia.
Murió cuando su voz de niño arrasó en los setenta, cuando su baile de giros imposibles y caderas sexuales abarcó los ochenta, cuando sus puestas en escena y sus vídeos cinéfilos marcaron los noventa.
Jackson murió cuando el éxito y su genio alejaron a Michael de su vida.
Así que, aunque nos quede un gusto de algo repentino, de algo inesperado, de algo incomprensible, no hay cronica más esperada de una muerte más anunciada que la de Michael Jackson.
Y nosotros, los que lo hacemos, no lo sentimos por él, nunca sentimos nada por él, nunca se siente nada por aquellos a los que no se conoce. Nosotros lo sentimos por su música, por perder la esperanza de que vuelva a crearla.
Así que hoy no lloramos por Michael. Lloramos por su música. Parafraseando lo que el mismo diría, rodeado de niños y tambores brasileños
We dont really care about him. No podiamos hacerlo. Nadie quiso hacerlo nunca.


jueves, junio 25, 2009

Mi cuento chino. La Enciclopedia Nueva del Emperador

Hoy me he enterado que el British Museum inaugura una exposción en la que muestra los tesoros de la antigua China que hay entre sus fondos. hace años descubrí uno de ellos. Mi parquedad económica me impedirá acudir a la exposición, pero lo que puede impedirme -al menos por ahora- es que os cuente un cuento chino sobre uno de de los contenidos de esa exposición.
Esto es lo mas parecido a un cuento chino que occidentales como nosotros podemos contar.
Hace muchos años hubo un emperador que, como todos los emperadores, mató a la mitad de su familia para llegar a ser emperador.
Como todos los emperadores, tenía miedo, así que dio la orden de construir una ciudad para él y lo que quedaba de su familia en la que nadie pudiera entrar ni salir sin permiso.
Como todos los emperadores, tenía ansias de poder. Así que ordenó que una flota de 1.100 barcos surcara los mares para buscar nuevos territorios sobre los que gobernar.
Como todos los emperadores, se sentía culpable. Pero al contrario de lo que hacían sus iguales en las tierras en las que se pone el sol, no decidió hincar la rodilla y buscar un dios al que rezar. Como Yongle era emperador buscó una forma de lavar su conciencia. Como era chino decidió hacerlo con la cultura.
Ordenó que se reuniera en una enciclopedia el compendio de todos los saberes y todas las artes que hasta entonces había originado la tierra sobre la que gobernaba.
Como sólo corría el año 400 de nuestra era y los chinos por entonces eran pocos, la enciclopedia sólo abarcó 11.095 volúmenes. Como los que sabían escribir eran aún menos, sólo se hicieron dos copias. Como 3.000 sabios se dedicaron a ello, sólo tardaron tres años.
Y así nació la enciclopedia nueva del emperador. La Enciclopedia de Yongle. Pero en China, en oriente, lo importante no es como nacen las cosas. Lo importante es como mueren.
Esta es la historia de la muerte de la enciclopedia nueva del emperador.
Pasaron los años y el emperador, como todos los emperadores, perdió una guerra y dejo de serlo. A su dinastía, la Ming, la siguió su dinastía rival, la Qing.
Y cuentan que, en plena batalla, un general que, como suelen hacer los generales, sólo quería quedar bien con el nuevo emperador, quemó y saqueó la Ciudad Prohibida. Esa ciudad que Yongle construyó para estar a salvo. Y también cuentan que el nuevo emperador qing, cuando vio las llamas y cuando vio arder la biblioteca imperial, hizo lo único que se le podía ocurrir hacer a un chino al ver que alguien había hecho arder el más grande compendio de su cultura. Cuentan que el emperador qing lloró. Lloró e hizo ejecutar al general.
La Enciclopedia del Yongle, que ya ni era nueva ni era del emperador, descansó varios siglos en manos de sus enemigos, que vivían en la ciudad que él había construido para protegerse de ellos.
Pero entonces llegaron las Guerras del Opio. Y con las guerras del opio llegaron los franceses. Y por aquel entonces allá donde iban los franceses les seguían los ingleses. Y con los franceses y los ingleses llegaron sus ejércitos.
Y con los ejércitos de occidente siempre, sin excepción alguna, llegan las llamas.
La Ciudad Prohibida ardió de nuevo y, cuando los occidentales se volvieron a casa con el control de las rutas del opio en el bolsillo, en las 700 estanterías que habían albergado la única copia que aún quedaba de la enciclopedia de Yongle sólo había ceniza. Corría el año 1834 cuando los chinos respiraron aliviados porque los occidentales al menos habían dejado el original inmaculado.
Pero occidente no suele cometer el error de no llevar un error hasta sus últimas consecuencias. Así que, cuando gobernaba la última descendiente de la dinastía que había guardado la enciclopedia nueva de un emperador que era su rival, volvieron para acabar el trabajo.
En 1900, las ocho potencias de entonces, es decir, las de siempre: Inglaterra, Austria Hungría, Francia, Rusia, Italia y Japón, más una nueva -por desgracia una nueva-, Estados Unidos, volvieron a visitar la Ciudad Prohibida y volvieron a llevar sus ejércitos como regalo. La ciudad volvió a arder y la enciclopedia nueva del emperador, que ya era única y no tenía copias, volvió a arder y a desaparecer entre el saqueo y el pillaje occidental.Hoy sólo quedan 400 de los 11.095 tomos que comprendía esa obra de arte sobre las artes chinas. Y aún hemos de dar gracias.
Como Austria Hungría tenia un Archivo y los austro húngaros eran metódicos, los 45 volúmenes que llegaron a esas tierras se catalogaron, se almacenaron y se olvidaron. Como Inglaterra tiene pasión por exhibir la cultura, aunque sea robada, el British Musseum arrancó los 30 volúmenes que llegaron a la Pérfida Albión de manos de sus lores generales y los exhibió para orgullo del Imperio.
Como Francia tiene pasión por el conocimiento, guardaron los 28 libros ininteligibles que su ejercito les llevó en espera de que algún francés les encontrara significado. Cómo Japón es oriental devolvió lo robado.
Por desgracia para el mundo, como Estados Unidos es Estados Unidos, los más de 100 volúmenes que llegaron a esa tierra se perdieron en las brumas de Boston y de Filadelfia y probablemente en la chimenea que calentaba la casa solariega de algún general en Idaho.
Por eso, de la nueva enciclopedia del emperador Yongle sólo nos quedan 400 volúmenes cuidados con mimo en 8 paises y un dicho: Si las potencias son civilizaciones han leído la enciclopedia de Yongle. Si sólo son potencias se han limitado a quemarla.

Prólogo

La sombra amaba. Yo no lo sabía, pero en mi defensa he de decir que entonces no sabía que las sombras pudieran amar.
Sabía que acechaban, que perseguían, que atisbaban entre las penumbras de los sueños y los claroscuros de los miedos. Y yo de esos tengo muchos. Tanto sueños como miedos. Pero ignoraba que amara. Claro, que tampoco sabía que una sombra podía morir.
Nunca pude ver a la sombra. La mire muchas veces pero nunca supe o quise verla. Ahora lo sé, entonces no sabía nada que no fuera yo misma.
Quizás fuera porque su baja figura y la curva que se su estómago me impedían contemplarla con agrado; quizás fuera porque el humo que constantemente la rodeaba me mostraba un rostro ajado que poco o nada tenía que ver con mi vida. O quizás fuera porque la sombra se empeñó en que yo no la viera.
Sí, fue por eso. La sombra nunca quiso que pudiera ver más allá de los retazos que de ella me mostraba. En eso era, al menos al principio, muy semejante a mí. En eso y en que yo tampoco me veía a mi misma. La sombra si me veía, me vio desde el principio, pero por entonces yo no había consentido en hacerlo.
Y por todo eso o quizás pese a todo eso, sabía que la sombra estaba, escuchaba su voz, percibía y recibía sus palabras. Pero nunca pude verla. O nunca lo intenté.
Creo que le di su nombre, la sombra, después de un sueño. Creo que ya he dicho que tengo muchos sueños, siempre los he tenido y cuando los tengo me fío de ellos. Un sueño no cambia una vez que te has despertado. La realidad sí. De esa nunca te despiertas.
Definitivamente, le di ese nombre tras un sueño.
Uno de esos que te encogen el alma y hacen que las piernas se te arruguen en torno al vientre. Que consiguen que la nuca se te erice de frío y la muerte te recuerde que dormir es lo más cerca que vas a estar de ella mientras vives.
Era un sueño en el que la sombra moría y yo podía verlo. Aunque era incapaz de atisbar los rasgos, las facciones, su último gesto, sabía que quien estaba muriendo era la sombra. Y desperté angustiada.
Lo que no vi en mi sueño, porque en aquellos días despertaba de golpe, a toda prisa, al igual que vivía, fue que era yo quien la había matado.

lunes, junio 22, 2009

La farsa versallesca del burka de Sarkozy

Hacía más un siglo, mucho más, que los Dragones de Francia no custodiaban el pasillo de salida del Palacio de Versalles, otrora símbolo de la grandeza de unos pocos a costa de la misería de otros muchos. Hacia más de un siglo que el Senado y el Congreso de Francia -es decir, los archifamosos Estados Generales- no se reunían conjuntamente. Y hoy lo han hecho.
No se han juntado para hacer frente a la crisis que paraliza el país, Europa y, ya de paso, Occidente. Lo han hecho para escuchar al presidente de La República -la república francesa, se entiende, que otros no tenemos esa suerte- hablar. Hablar del Burka.
Esa prenda afagana, maldita e ignominiosa, que cubre los cuerpos, los rostros y los cabellos de las mujeres en el feudo taliban que no ha dejado de serlo pese a que los talibanes ya no gobiernen en él, ha logrado lo que no conseguía nadie desde antes incluso del Escándalo Dreyffus. Lo que no han logrado dos guerras mundiales.
Y Sarkozy, ese presidente que manda a la polícia cargar contra manifestantes en paro y sin futuro, que pretende cerrar o controlar instituciones universitarias con siglos de historia, que aprueba falsos expedientes de regulación de empleo para mantener los beneficios de los herederos de los que antaño habitaran la Corte de Versalles, se ha plantado ante la Asamblea de Francia y ha dicho que La República no puede tolerar el Burka porque es un símbolo de servidumbre de la mujer.
Tiene toda la razón del mundo. Nadie puede negarselo. El Burka es un símbolo de la servidumbre de la mujer dentro de la concepción taliban del mundo -que la tienen, añeja, pervertida y recalcitrante, pero la tienen-.
Estoy seguro de que miles de manos femeninas aplaudirán a rabiar la decisión -y otros millones más en Kabul Kandahar o cualquier otra ciudad afgana-. Pero Sarkoszy, que parece que de repúblicano tiene lo justo, ha cometido un error de bandera -de la tricolor, por supuesto-. No es que La República no pueda tolerar el Burka. Es que está en la obligación de hacerlo.
La República Francesa, la italiana, la alemana y los reinos de Holanda, Gran Bretaña o España, por decir algunos, no deben tolerar que madre, padre o esposo obliguen a nadie a llevar un burka; no pueden tolerar que alguien sea agredida, repudiada, insultada o maltratada por negarse a llevar ese ataúd de tela sobre el cuerpo.
Los gobiernos no deben permitir que nadie que no quiere llevar un burka, una falda hasta los pies, una mantilla en Semana Santa o una camisa blanca con una chapa de acetato en la que pueda leerse "elder Brown" tenga que llevarlas porque alguien le obligue o le coaacione para ello.
Pero las prendas en sí, el burka en este caso, está en la obligación de tolerarlas.
Porque, aunque en la parca y occidental mente de Sarkozy y todos los y las que aplauden la médida, no resulte concebible, cabe la posibilidad -quizás remota- de que alguien quiera llevarla, de que alguien voluntariamente la acepte y entonces La República tendrá un problema.
No porque sea un signo religioso en un estado laico. Sino porque entonces la prohibición del burka o de cualquier otra ropa o pieza de tela colocada de una u otra manera no tendrá sentido. Como no tendría sentido prohibir a las mujeres francesas ir vestidas de cintura para arriba por la calle porque, al fin y al cabo, en las Islas Mauricio sólo las mujeres casadas se cubren los pechos en señal de respeto por su marido.
Sarkozy se iguala por fin -en presunción y escasez de miras, no nos confundamos- a Napoleón, Danton y otros egregios revolucionarios, que intentaríon exportar las ideas más avanzadas -que no dejan de serlo, por cierto- a golpe de decreto y bayoneta desde Francia, desde Inglaterra e incluso desde las aulas de esas Cortes de Cadiz que decidieron que los españoles eran buenos, honrados y trabajadores, por decreto ley y preámbulo constitucional.
Que Francia -o el país que se tercie, incluida la falsa república de Afganistán- se asegure que nadie que no quiera llevar una burka, un chador, una falda larga, un crucifijo, un sombrero de ala ancha, un kipa, una chapa de acetato o cualquier otro símbolo de servidumbre a ser humano o divino alguno tenga que llevarlo porque alguien se imponga.
Lo demás es artificio. Es un juego malabar banal y sinsentido. Las prendas son símbolos, pero eliminar el símbolo no elimina la realidad.
Haría mejor, ya que tiene juntos a Senado y Congreso, en aprobar medidas para evitar que esas realidades de las que la burka es un símbolo desaparezcan de verdad. Y asegurarse por igual de que la que quiera llevar burka pueda hacerlo y de que la que no quiera llevarlo no lo haga.
A lo mejor recibiría menos aplausos progresistas pero recuperaría aquello de la Liberté e Igualité que en su día fundo su república.
Claro que las y los que aplauden luego votan. Y la última encuesta censal francesa dice que tan sólo un 10 por ciento de las ciudadanas francesas de religión musulmana y de origen extranjero lo hacen.
A lo mejor eso tiene que ver con el inútil gesto versallesco de Sarkozy.

domingo, junio 21, 2009

Antonio, pobre Antonio.

En una fecha que sería equivalente a 2 de septiembre de un año indeterminado antes de que la ansiedad y el miedo interpretaran mal el nacimiento del hijo de un carpintero en la nunca afortunada ciudad de Belén, un cónsul romano, de nombre Marco Antonio, convocó a las trirremes de su flota, las naves ligeras de la armada egipcia, y los barcos mercantes de sus aliados fenicios y persas y los hizo agruparse en formación cerrada de combate en la bahía de Actium.
Dos días después, las naves del Senado Romano y de sus seculares aliados, los griegos -¿puede un padre dejar de ser leal a sus hijos?- formaban en escuadra cerrada justo en la entrada de la misma bahía.
Antonio, el Gan Antonio, pensó que su amor era mas fuerte que la historia, era más fuerte que la escuadra romana y, sin lugar a ninguna duda , era más fuerte que el miedo de sus aliados y la necesidad que de grano tenía la capital del imperio. Antonio hizo encadenar todas sus naves .
Las biografías de Suetonio no recogen el dato. La Romane Hitoriae de Josefo no hace alusión alguna al momento, pero, cuando conoció la maniobra de Antonio, un cónsul romano, investido del Imperium de nombre Octavio Augusto, lloró.
Cuando sus generales y almirantes le preguntaron por qué lloraba no contestó. Cuando su amigo Agripa, amante de la guerra y el pensamiento, le abrazó en silencio, Octavio Augusto, el que habría de morir, como otros tantos, a manos de su hijo, habló:
“Antonio encadenó su destino a su amor. Desde el día de hoy, por más que mi padre, el gran Cesar, haya amado a la reina de Egipto, los poetas y los historiadores sólo hablarán de tres amores en el mundo: Orfeo y Eunídice; Paris y Helena y Antonio y Cleopatra”.
Pero Roma necesitaba grano, Grecia necesitaba grano y Octavio necesitaba una victoria.
Así que Agripa ordenó el ataque.

viernes, junio 19, 2009

La Guardia muere pero no se rinde -y lo recuerda de milagro-

La Guardia muere pero no se rinde.
Ese viejo adagio, ese ancestral grito de combate es una de esas frases que se nos antojan lejanas y épicas, constantes e inmutables. Pero no es así. Hasta La Guardia cambia.
La Guardia -la guardia de quien fuera, claro está- no se rendía hace tiempo, en los años de las guerras y la fama, no porque supiera por qué combatía, no porque le importara. No se rendía porque aquellos por los que luchaba, por los que moría sin rendirse tenían rostro, tenían cuerpo y, por regla general -salvo renombradas y cobardes excepciones-, porque morían con ellos.
Ahora la Guardia ya no es la Guardia. Tiene otros nombres, menos belicosos, más políticamente correctos, más sociológicos.
Ahora La Guardia son los equipos, los grupos de trabajo, los staffs -que maravilloso anglicismo Staff, suena como si tuviera que durar siempre-. Pero se llamen como se llamen siguen siendo lo mismo. Aquellos que sudan para que otros no tengan que hacerlo, aquellos que sobreviven para que otros puedan vivir a capricho.
En estos tiempos que corren -al menos en la mayor parte de los casos- ya nadie les pide la muerte y la sangre. Para que luego digan que la sociedad no ha evolucionado.
Pero es cierto. La Guardia -se llame ahora como se llame- ya no muere. No muere porque no le da tiempo. Ni siquiera le dan el tiempo suficiente para negociar una honrosa rendición.
Siempre hay alguien dispuesto a rendirse antes que ella. Siempre hay alguien que arroja la toalla desde detrás de los escudos de sus guardias de Corps, dejando a La Guardia -su guardia- desnuda de objetivos, vacía de recursos, huérfana de motivaciones. Siempre hay alguien que como no está dispuesto a morir con La Guardia prefiere que se rinda y se asegura de ello.
Y es entonces, cuando los pocos que aún quedan en pie de esa guardia, ahora rendida, sola y triste, vuelven la vista atrás buscando el motivo de tan prematura e indigna rendición. Y se dan cuenta de lo que esas aceleradas capitulaciones de aquellos que creían que luchaban con ellos han hecho con su vida.
Se dan cuenta, en un angustioso instante, de que sus cuarteles de invierno han sido transformados en eriales baldíos; de que sus pírricas soldadas han sido convertidas en bolsas de doblones para aquellos que han firmado las tristes rendiciones sin tenerles en cuenta; que sus vidas y haciendas se quedan sin futuro. Se dan cuenta de que no hay lugar donde retirarse. De que no hay lugar en donde establecer la última carga que les lleve a una muerte honrrosa porque no queda nadie por quien morir. Porque miran atrás y descubren que todos se han ido ya de vacaciones.
Pero hay una cosa que no cambia y no puede cambiar: La Guardia siempre ha creído en los milagros. Por eso sigue viva.
Y las Milagros llegan -y el que crea que esto es un error de concordancia es que no me conoce-.
Y te recuerdan que la Guardia es La Guardia porque ha elegido serlo. Que el vino que otros les sirve para rubricar tratos y firmar rendiciones a La Guardia le vale para brindar por el futuro que otros quieren robarles; que el movil que los banos señores de fácil armisticio usan para firmar paces sin guerra y contratar cruceros de verano, La Guardia lo utiliza para besar los corazones de aquellos que hincan la rodilla, para redescubrir el alma de aquellos que la estravían de pronto en un día de furia. Para recordar a todos sus hermanos de armas que la Guardia es La Guardia aunque haya que rendirse.
Y aquellos que habían hundido sus escudos, bajado sus espadas e hincado sus rodillas redescubren de milagro que da igual que les hayan rendido.
La Guardia ha cambiado.
Aún sigue sin rendirse más ya no se resigna al acto de morir.
Somos la última línea de defensa de los nuestros y de aquello que elegimos ser. La Guardia ya no muere ni se rinde. Ni ellos ni los suyos pueden permitirse ese lujo.
Y es algo que hemos recordado por arte de milagros.

jueves, junio 18, 2009

Huodini en el Jardín de Infancia

Para vuestra desgracia y para mi necesidad continuo con el intento de esquematizar -y vosotros direís que muy esquemático no es esto- una parte de mi pensamiento. Sé que no es a lo que se suele dedicar la gente en sus blogs, pero como yo soy malo con los juegos de excel y con las adivinanzas, pesimo con los videos caseros y creo que hay profesionales mucho mejor capacitados que yo para enseñar de forma plausible y excitante mujeres en bolas y actividades sexuales varias, es a lo que me dedico. El infierno tiende a ser aburrido cuando no está en llamas. Qué se le va hacer.
Así que ahí vamos.
Después de habernos convertido en Hacedores del Sinsentido. Después de ponernos en el centro de nuestros mundos inviduales e impedir la interseccion entre los mismos, nos damos cuenta de que el sinsentido nos acecha en cada acto que emprendemos, en cada esquina que doblamos, en cada opción que tomamos y en cada estrategia vital que diseñamos y optamos por el segundo rasgo de nuestra nueva condición de seres humanos: el escapismo.
No sabemos si somos Houdinis o individuos
¿Y como hemos conseguido ser autores de un hecho y no ser conscientes de ello? ¿Cómo logramos sentirnos atrapados por un paisaje vital que nosotros mismos hemos diseñado, dibujado y coloreado de blancos y negros, de grises y de colores de una sola gama y seguir pensando que no tenemos la responsabilidad sobre esa situación? El nuevo determinismo, que nos hace sentirnos como modernos sísifos condenados al eterno retorno de algo que nos supera, se ha fraguado en décadas de llanto sin lágrimas reales, en lustros de juegos malabares por eludir lo ineludible, en centurias de buscar lo que ya teníamos y de hacer de ello el centro del universo conocido o por conocer.
Hemos dedicado tanto tiempo a ello que nos hemos olvidado del motivo que nos llevó a buscarlo: Nos hemos querido tanto que hemos olvidado para qué nos servía querernos a nosotros mismos. Tanto conocimiento interior, tanta autoayuda, tanta autoestima y tanta autovaloración han acabado por encaramarse de un salto en las enjaezadas sillas de sus caballos para transformarse en los cuatro jinetes del Apocalipsis del propio individualismo que los creó hace cuatro décadas. Hemos sido capaces de transformar ese culto por el individuo, por el respeto a lo individual que comenzaron los renacentistas en un arte elusorio de escapismo que nos ha permitido colaborar con la creación del sinsentido sin ser conscientes de ello.
Olvidados la sangre y el compromiso; enterradas la lucha y la perseverancia; arrinconados la responsabilidad y el ejemplo, creemos que podemos decir -y lo que es peor, creemos sinceramente- que no somos responsables de lo que está ocurriendo o de lo que ha ocurrido porque como individuos no hemos hecho nada para propiciarlo.
Mantenemos, con el filo de nuestras romas espadas alzado en nuestra propia defensa, que nosotros no somos responsables de nada y eludimos cualquier dato, cifra o imagen que nos coloca entre la lista de aquellos que han contribuido con su trazo y su pincel a la creación de este fresco desolado que es el mundo. Hemos convertido el individualismo en una suerte de trucos de escapismo por los cuales nos libramos de las cadenas que, como fantasmas de un cuento navideño, deberíamos arrastrar por siempre, de las cadenas de nuestra responsabilidad, de nuestra participación e incluso de los grilletes que suponen nuestra propia inacción.
Volamos libres de ellas en un mundo en el que el individualismo se ha convertido en el último valuarte del hedonismo irresponsable, en la última frontera que los viajeros y la tripulación de la nave Enterprise buscan desaforadamente para poder dormir con ellos mismos cada noche. Hemos destruido concepto por concepto el individualismo para transformarlo con el paso del tiempo en “nuestro individualismo”, en el personalismo que sólo puede defender aquel que lo profesa.
No somos individuos. Somos mundos, completos y presuntamente acabados. Somos planetas que pretenden girar rodeados de satélites que se muevan al ritmo que la gravedad de cada uno impone. Somos universos habitados por un solo ser humano.
Y eso nos lleva a la irresponsabilidad adulta, nos arroja de nuevo en el patio del Jardín de Infancia.
El primero de los factores, la primera de las rendiciones que nos permiten ser magos de la elusión, se fundamenta en el concepto de irresponsabilidad que hemos destilado hasta convertirlo en algo innato; en algo que no precisa de nuestra atención para actuar.
Es un equivalente psicológico a aquellos conceptos legales que originaron los romanos y que luego plantearon las sociedades modernas de irresponsabilidad legal para los menores, los incapacitados e incluso las mujeres. Aquellos que no son capaces por algún motivo de discernir o evitar un cierto comportamiento no son responsables de él -eso decían ellos, no yo-.
Aquellos que no están en condiciones de anticipar las repercusiones de un acto o de valorar las consecuencias del mismo no tienen que responder ante nadie por él.
Aquellos, incluso, que no están en condiciones legales de enfrentarse a una determinada situación no deben ser considerados responsables del misma.
Nosotros, los navegantes vitales del océano actual del sinsentido, hemos aprovechado ese concepto legal, creado como protección en su momento, para utilizarlo como ancla de plata que nos permita sentirnos asentados en el mar de tempestades que hemos creado.
Nosotros no podemos evitar una guerra; nosotros no estamos en condiciones de parar un genocidio; nosotros no somos capaces de evitar la explotación o el desequilibrio económico, así que, como es lógico, nosotros no somos responsables. Intentamos ser polizones en una nuestra propia nave, pasajeros en el Titanic que nosotros mismos hemos ayudado a construir, para así poder ignorar las responsabilidades que emanan de nuestra mera presencia a bordo.
Recurrimos al individualismo, de nuevo a nuestro manido y desarticulado individualismo, para parapetarnos tras el puente de popa cuando llega la tempestad y decir “Nada de lo que yo haga evitará la tormenta. Así que es mejor no hacer nada”.
En otra elipsis global, cada uno de los universos personales que pueblan el mundo ignora el chiste de “mi pepe y mi María”. Esa pieza del conocimiento popular asegura que, si a la frase “todos los hombres son igual de cabrones, menos mi Pepe que es un pedazo de pan” o la sentencia “Todas las mujeres son unas putas, menos mi María, que es una santa”, le restamos todos los pepes y todas las marías del mundo, no quedan ni hombres cabrones ni mujeres putas, porque, tarde o temprano, la mayoría de los hombres son el pepe de alguien y la mayoría de las mujeres son o han sido la maría de alguien.
Nosotros olvidamos que un individuo es una parte de una sociedad y si todos los individuos cambian esa sociedad se ve indefectiblemente abocada a la mutación.
Pero como no queremos ser el primero, como nos negamos a asumir que en realidad sí estamos haciendo algo, sí estamos contribuyendo con nuestro trazo al paisaje de desolación que nos rodea, preferimos decir que “yo sólo no puedo”.
Y una vez más lo decimos porque no podemos mirar más allá de los límites infinitos del universo que hemos creado para nosotros mismos. Pero no sólo nos hemos vuelto niños irresponsables en el acto de evitar lo que ocurre o de poner freno al avance de la niebla inmutable del sinsentido que hemos creado. Nos hemos transformado en infantes peleones que defienden su derecho a actuar en contra de lo que debe ser por el mero hecho de que los que les rodean también lo hacen.
Hemos transformado el mundo en un Jardín de Infancia en el que la principal defensa para explicar nuestra irresponsabilidad infantil es: “él lo hizo primero” o “ella empezó”.
En los escasos momentos en los que estamos dispuestos a reconocer que podríamos hacer algo que no estamos haciendo. Cuando un texto, una imagen o una frase nos sacan de nuestro letárgico universo personalista y nos arrojan a las puertas de una responsabilidad no reconocida y sabia y magistralmente eludida, la defensa de “yo no empecé”, es el único argumento que acude a nuestros labios.
Si sabemos que un café o una crema bronceadora o unas deportivas son el exponente de una injusticia y alguien nos lo echa en cara, nosotros nos agarramos al salvavidas de “mucha gente las lleva” “yo no les pido que las fabriquen así” o “eso ocurre desde hace mucho tiempo” para justificar que no hacemos nada para evitarlo. Incluso llegamos al punto de arrojar nuestro universo sobre él de aquel que nos cuestiona para sacar sus defectos, sus inconsistencias, sus incoherencias.
De manera que el hecho de que un ecologista conduzca un coche, una feminista le consienta a su esposo una infidelidad o un militante contra la globalización beba Coca Cola desacredita cualquier cosa que nos pueda echar en cara; le impide cuestionar la organización de ese universo personal en el que permanecemos inmóviles y sin capacidad de plantearnos nuestra propia indefinición.
El Jardín de Infancia funciona porque siempre podemos decir “profe, ese niño tampoco ha sido bueno; no me castigue sólo a mi”. Nuestra irresponsabilidad infantil nos permite, no sólo ignorar aquello por lo que deberíamos comprometernos, sino delatar, con una hipocresía infinita, los defectos de aquellos que intentan comprometerse. No porque creamos que deben hacerlo mejor, sino porque en realidad pensamos que deberían renunciar a esa denuncia y conformarse con ser lo que nosotros queremos ser: Un universo de una sola persona a la que no se le puede exigir nada y mucho menos la responsabilidad con el resto de los universos que le rodean.
Somos así porque sino el profe tendría que castigarnos a todos. Y cualquier cosa es lícita para evitar un catigo.

domingo, junio 14, 2009

Dos ancianos, La prensa y El miedo de las que lo han sufrido -no me hagaís caso, soy hombre-.

Juanjo el Castillo daba hace años sus Cursos de Redacción Periorística y resultaban divertidos. No me quiero imaginar la clase que hubiera dado al leer la noticia que publica hoy El País sobre la aparición de dos ancianos de 80 y 84 años muertos violentamente en su casa. Aunque quizás no dijera nada. No sería políticamente correcto.
"Un hombre de 84 años mató ayer a su mujer, de 80, y se quitó la vida ahorcándose en su domicilio de Parla (a 25 kilómetros de Madrid), según informaron a última hora de la noche de ayer fuentes de la Policía Nacional".
La cosa empieza mas o menos así. Y parece clara, contundente y sin posibilidad de replica. Pero luego se tuerce.
"Ricardo Gómez López, el padre (los encontraron sus hijos), se había ahorcado, subiéndose a una escalera pequeña, en una de las puertas de la vivienda tras matar a golpes en la cabeza (supuestamente contra una pared o el suelo) a su esposa, María Dulce Castillo Luque, según informó una portavoz de la Jefatura Superior de Policía de Madrid".
Y ahí comienzan los problemas. ¿Cómo saben los hijos -investigadores criminólogos avezados, supongo- que el padre se ahorcó y no le ahorcaron?, ¿como saben que fue él quien mató a golpes a su madre y no cualquier otra persona que ya no está presente en la escena del crimen?, ¿hay una nota, hay un video del que no haya informado la polícia?. Pero, dicho como esta dicho todo, parece que la única duda que alberga la polícia es si el arma homicida fue la pared o el suelo. Curioso ¿no?
Si eso es lo que informa la portavoz de la policía podría decirse de nuevo que debe estar confirmado, pero resulta que si seguimos leyendo nos llega a otra sorpresa.
"Según la Policía Nacional, no existen denuncias previas por parte de la mujer y la familia de los fallecidos no tenía constancia de existiese ningún problema en el matrimonio. Al cierre de esta edición, los investigadores estaban a la espera de que llegara el juez de guardia para levantar los cadáveres".
Y esta frase, que parece de relleno, que parece de esas que se ponen para cuadrar las columnas en las que deben encajar los textos periodísticos, es la que se transforma la noticia en una manipulación, a la portavoz de la policía en pitonisa y a la periodista en profeta.
Si los investigadores están a la espera de que el juez decrete el levantamiento de los cadáveres es que no han empezado a investigar, ni siquiera han tocado los cadáveres -y no lo digo yo, lo dice la Ley de Enjuciamiento Criminal-.
Entonces ¿de donde se infiere toda esta historia?, ¿de donde se deduce toda la secuencia lógica de los hechos que la portavoz relata y la periodista trascribe y recompone?
La respuesta es la de siempre. De ningún sitio o, para ser más exacto, de la mente de aquellas que han decidido medrar aún sin importales el daño que hacen.
No ya a los hombres -que somos los que menos importamos en esta historia. Y lo digo en serio-, sino a las propias mujeres.
La policía debía cambiar de portavoz y el periódico de redactora porque lo único que logran es que mujeres que han experimentado el verdadero maltrato, el verdadero acoso, el verdadero miedo producido por un invividuo loco y desmedido no puedan abandonar ese miedo, se muestren incapaces de superarlo y vean como sigue enseñoreándose de sus vidas.
Lo que han logrado -¡Enhorabuena por ello!- es que cada vez que una de esas víctimas se relaja, comienza a olvidar, comienza a darse una oportunidad a ella y al mundo para recuperarse como ser afectivo, una de estas noticias, magnificadas, manipuladas, llevadas a la tragedia y a las portadas para justificar una posción ideológica previa, en aras de las subvenciones y lo políticamente correcto, la vuelve arrojar a su terror, a su suspicacia.
La vuelve a obligar a colocar otro ladrillo en el muro que la separa del mundo y de su propia vida. La vuelve a recordar que hubo un tiempo en el que no estuvo a salvo. Seguro que todas les darán las gracias por hacerles recuperar esa maravillosa sensación.
Deben estar orgullosas de conseguir, con su magnificación, sus manipulaciones estádísticas y sus primeras páginas, que aquellas que han sufrido y han superado el dolor e intentan despedirse definitivamente del miedo, que un perturbado instaló en sus corazones y sus sentimientos, lean sus noticias de portada y vuelvan a mirar con temor a derecha e izquierda cada vez que un varon se las acerca.
Deberían recibir algún tipo de condecoración por contribuir a que esas mujeres, que saben que el maltrato, el acoso y la persecución no se mide por los números estádisticos, sino por los latidos que el miedo coloca en tu propio corazón, vuelvan a sentirse incapaces de escrutar sus corazones en busca de otro tipo de latidos, porque hay alguien que se empeña en recordarles constatemente una mentira ideológica.
Porque toda una línea de pensamiento ha decidido poner continuamente ante sus ojos la falsa realidad de que todo hombre es un potencial maltratador, de que todo hombre puede hacerle daño.
Eso, en lugar de dejarles que, tras la tragedia y el terror, descubran que la mayoría absoluta de los hombres que se cruzarán en su camino vital nunca tendrá ni la tendencia, ni el deseo de hacerles el más mínimo mal. E incluso algunos, todo lo contrario.
Y el enfado, la frustración, alcanzan límites que casi los transforman en ira -lo cual en mi persona no es habitual, pese a ser hombre-, cuando, como siempre, la información se cierra con un escueto y supuestamente aterrador dato.
"Con ésta son ya 19 las víctimas por violencia de género en lo que va de año".
Eso es todo lo que quieren, todo lo que buscan. Engordar las estadísticas a cualquier precio para lograr sus fines ideológicos y económicos.
Y si para ello, atoran la esperanza de aquellas que más la necesitan, provocan el bloqueo de las mujeres que aún están intentando escapar del calvario, avivan los miedos de aquellas que están muriendo por que su miedo ya no les deja salir de si mismas, pues lo hacen y punto. La que venga atrás que arree.
Terminarán logrando que se sepulten en vida por miedo a que los medios de comunicación digan la verdad y todo hombre al que conozcan vaya a acabar maltratándolas.
¿Es tán dificil decir: Dos ancianos aparecen muertos violentamente en su domicilio de Parla? Y luego esperar a lo que diga la investigación.
¡Enhorabuena!, están consiguiendo, a través del miedo que destilan y trasmiten estos productos periodísticos, que aquellos que provocaron ese dolor y ese terror en las mujeres que realmente fueron maltratadas y acosadas sigan siendo los dueños y señores de las vidas de sus víctimas. Estarán orgullosas.

jueves, junio 11, 2009

Mujeres, Hombres y.... claro está, viceversa.


Los adioses son falsos.
Siempre lo han sido y siempre lo serán. Al menos en nuestro mundo.
No son verdad porque no los decidimos, no los esperamos y no los deseamos. No son verdad porque no los hemos elegido, aunque formen parte de la vida que elegimos vivir cuando eligimos el modo de ganarnos la vida.
Nuestros adioses nos hacen mirar con furia a los despachos, con miedo a las hipotecas, con incomprensión a los motivos y con indiferencia a las excusas. Nuestros adioses nos quitan parte de lo que somos. Pero no nos quitan y no pueden quitarnos aquello que hemos sido.
Porque, aunque los adustos rostros de cobarta amarilla y traje siempre recto puedan creer que saben lo que hacen, no merece la pena ni siquiera mirarles, ni darles un recuerdo, ni dedicarles un segundo de rencor o de furia el día del adios.
Ellos no saben aquello que nosotros sabemos.
No saben que no lo hemos hecho lo mejor que hemos podido, ni siquiera lo hemos hecho lo mejor que hemos sabido. No saben que lo hemos hecho lo mejor que era posible hacerlo y que, cuando era imposible, aún así, lo hemos hecho.
No saben que merece la pena alcanzar un estadio de mente colectiva donde todos sabemos lo que tiene que hacerse aunque ninguno de ellos, en sus inmensas mesas y sus altos despachos, se de cuenta de ello.
No saben que sabemos que un trabajo es el sitio donde cada día te levantas y te acuestas bajo la manta de la libertad que tus compañeros te proporcionan y que tú les das ellos. Y no pueden saberlo.
No saben que sabemos que un equipo es un lugar donde los problemas se resuelven por dentro, donde no es insultante pedir los favores, pero resulta imposible no querer devolverlos. Donde las ayudas se dan por sentadas, las manos se echan por inercia y las gracias se omiten por obvias.
No saben que sabemos que un equipo no se mata por dentro y no se vende por fuera. No saben que sabemos que el sudor del trabajo se seca con la risa, que el esfuerzo es hermoso si se hace de broma. Que somos lo que somos porque otros nos ayudan a serlo.
Mas nosotros, los de los tanatorios, las citas y los videos, todo eso lo sabiamos de antes. Ellos no pueden verlo. Ellos trabajan solos en sus tristes despachos ¿como iban a saberlo?
Pero sin quererlo, esos ejecutivos que juegan a la ruleta rusa con nuestras hipotecas y nuestras esperanzas, algo nos han mostrado. Algo que ellos nunca han estado ni estaran en condiciónes de poder aprender.
Gracias a ellos sabemos que hay personas con terrazas inmensas, otras que se comen las esquinas como si fueran panes, otras que cuentan los secretos con la voz de El Padrino, otras que cuelgan en sus cortinas chapas de los ochenta, otras que no saben acudir con chanclas a grabar una cita.
Sabemos que hay gente que tiene abierta sucursal afectiva en tierras mexicanas, que se relaja pelando chipirones, que se ha vuelto morena por no creerse rubia, que va a poner la carne, que ha hecho de olvidarse el movil un arte postmoderno.
Gente que se pone conoronas en entornos privados, que las lleva con garbo el día de su cumple, que rasca los tatoos, que se olvida las gafas, que es capaz de perder todos los papeles que ha escrito en una tarde, que olvida los horarios, que no se acuerda nunca de donde aparca el coche, que llega siempre antes, que se marcha más tarde, que olvida echarle azucar a los cafés de otros...
Sabemos que hay gente que lamenta la muerte de Mario Benedetti, que se encuentra La Conjura de los Necios escondida en su bolso, que intercambia pulseras por chapas para el baño, que despide a los topos, que roba sillas a vecinos ausentes en las casas de amigas o que enciende barbacoas con extraños artilugios para secar el pelo.
Que se devana el seso para saber a quien hace cosquillas y regala un baño de petalos de rosa, que dirige bajeles en medio de tormentas, que se viste de bruja, que se marcha a Córdoba en la fería, que se saca el carné a la decimocuarta, que se incorpora al facebook con la misma frecuencia que una monja a un streptease, que se empeña en hablar de política cuando a nadie le importa.
Puede que las plumas, los ritos y las firmas de aquellos que no saben que han sido los artífices de que ahora sepamos todo eso vuelvan a reunirnos. Pero, por más que cierren, que corten, que programen, que ganen o que pierdan, nunca podrán quitarnos aquello que hemos sido. Ni siquiera aunque puedan forzarnos a decirnos adios.
Fieles y leales hemos sido.
Ahora, alzad vuestras copas y no penseis en ellos. No quisieramos pensar en aquellos que temen seguir con nosotros.
Al cabo, que diría el poeta, nada les debo. Me deben cuanto escribo. Y sólo hay una cosa que ha quedado aclarada.
Nosotros somos las Mujeres y Hombres. Ellos, sólo son viceversa.
Y voy a dejar de escribir porque estoy empezando a sentir y como esto siga así no pararé hasta salir de aquí con vosotros de la mano.
¡Que yo no he venido a calentar la silla!

martes, junio 09, 2009

El Doloso Recuerdo del Rey

La Guerra de la Fragua comenzó y terminó como lo hacen todas las guerras.
A su término, la Frontera de Bruma se extendió más allá del Valle del Fuego, los mapas se volvieron a dibujar, y las marcas se volvieron a definir.
Tras la guerra, los soldados repartieron su botín, cobraron sus soldadas y se fueron. Pero quedaron sus armas rotas, sus formaciones dibujadas sobre los arrasados campos y sus bastardos en los vientres de aquellas que les siguieron o que escaparon de ellos.
Finalizada la última batalla, los caballeros presentaron armas, rindieron honores y se marcharon. Pero quedaron sus blasones en los castillos conquistados, su sangre saturando la tierra lacerada por sus monturas y sus recaudadores sangrando a los villanos para equilibrar la deuda de sangre contraída con sus señores.
Rubricado el último tratado, los embajadores y los ministros guardaron sus sellos, desmontaron sus pabellones y se fueron. Pero quedaron sus espías vigilando en las esquinas nocturnas cada movimiento, sus edecanes desarrollando las interminables cláusulas de los tratados que se romperían en la siguiente guerra y sus magistrados impartiendo la ley que ambos bandos habían acordado.
Concluida la guerra, las batallas y los tratados, el rey tomó su cetro y su corona, guardó su orbe y su toisón y se fue. Se fue, pero su recuerdo se quedó.
Los heraldos ya no anunciaban su presencia en el mercado los días festivos, pero los mercaderes esperaban a que lo hicieran para abrir sus puestos; ya no se referían sus títulos en la entrega de honores tras los torneos ni tras las proezas de los paladines, pero nadie aceptaba título alguno sin ese agasajo real; el otoño ya no arrojaba a los campos la procesión de regidores y corregidores exigiendo los impuestos y el diezmo real, pero los segadores seguían guardándolo en sus graneros hasta que se pudría por miedo a tomar el Alimento del Rey.
El rey se había ido pero su recuerdo seguía impregnando el aire, aromatizando cada una de las flores que crecían en los jardines reales, visitando por las noches los burdeles y las tabernas, caminando por las cañadas y montando guardia en los patios de armas.
Y el recuerdo del rey impedía que los burgueses mercaderes prosperaran, que los nobles recibieran sus honores, que los paladines obtuvieran sus recompensas, que los campesinos vendieran sus cosechas y que los jueces impartieran su justicia.
Su recuerdo paralizaba todo lo que había de hacerse porque no había nadie para quien hacerlo. Los espías se entregaron y reclamaron misericordia porque no había nadie a quien espiar; los mercenarios se alistaron porque no había nadie a quien reclamar su paga, pero fueron licenciados de inmediato porque no había nadie a quien defender.
El rey se había ido pero su recuerdo no. Así Las cosas, nadie hacía lo que debía hacer por miedo, respeto, añoranza, odio, pena, oprobio, orgullo o terror hacia el recuerdo del rey.
Nadie, salvo la guardia y las putas. La guardia seguía sin rendirse y las putas también.
Los clérigos tampoco se rindieron. Ellos siguieron exigiendo el diezmo. Al clero no le hace falta un rey para esquilmar a la gente. Para eso tienen a los dioses.
Y se pidió a los dioses que el rey regresara. Uno por uno se realizaron los rituales, se sacrificaron las víctimas propiciatorias, se llevaron a cabo los holocaustos. Una por una se hicieron las peregrinaciones, se formaron las cofradías, se celebraron las procesiones y se sufrieron las rogativas. Pero de nada sirvió. Los dioses ignoraban a los clérigos y sus rezos. Alguien llegó a decir que era por que el rey se había marchado y su recuerdo permanecía en el reino. Al fin y al cabo, el rey era el principal sacerdote de todos los dioses.
Dependiendo de cómo se levantara el día, el recuerdo del rey afectaba de una forma u otra a la tierra y a las gentes. En los días grises el recuerdo confortaba como algo cercano; en los días negros el recuerdo aterraba como algo indeseable; en los días cálidos asfixiaba como una vaharada de algo deseado, en los días fríos impedía el movimiento como un gélido soplo que convirtiera las almas en estalactitas. El rey se había ido y el reino no seguía porque estaba encadenado a la imagen del sueño, de la esperanza, de la añoranza, de la irrealidad, que supone un recuerdo.
Los clérigos pidieron, rogaron e imploraron y luego exigieron a los dioses que borraran el recuerdo del rey. Y los dioses rieron con una carcajada coral y genuina. Si no tenían poder sobre los hombres era impensable que lo tuvieran sobre los recuerdos.

Mientras el reino recordaba al rey que se había ido, este yacía en un lecho de cristal y ónice, más allá del Valle de Fuego y del Muro de Nieve, más allá del Mar de Niebla y de las Praderas Doradas. Yacía sin morir y sin vivir. Yacía sin recuerdos.
No quería recordar la derrota, no quería recordar el dolor de la caída, no quería recordar la traición y por eso dejó de rehacer en su mente desde el más magnifico de sus palacios hasta la más miserables de las pocilgas de su reino, desde el más alto y orgulloso de los robles del Jardín de los Antepasados hasta la más diminuta brizna de hierba de los eternamente agostados pastos de cabras de las Tierras Bajas.
Pero cada día hacía empujar su lecho hacia el ventanal y miraba hacia el reino. El Mar de Niebla no le dejaba ver sus costas, El Muro de Nieve no le permitía atisbar sus montes, El Valle de Fuego le impedía ver el resplandor de los amaneceres en las tierras que un día fueran su reino, pero su mirada se perdía siempre en esa dirección, siempre sin querer atisbar, siempre si querer recordar.
Y ocurrió que los dioses se disgustaron. Los dioses siempre se disgustan cuando el mundo se para. Creen que los únicos que tiene derecho a estar parados por toda la eternidad son ellos.
Así que, a despecho de las rogativas de los sacerdotes, a despecho de las plegarias de clérigos, a despecho de las súplicas de los penitentes, intervinieron. De hecho, decidieron hacer algo pese a todo eso.
Y enviaron tremendos aguaceros sobre el Valle de Fuego que redujeron las llamas de los árboles brasa a meros rescoldos de manera que el rey lejano pudo ver los amaneceres de sus tierras. Creyeron que así recordaría. Se equivocaron.
Descargaron rayos sobre las praderas, los campos y los pastos del reino, provocando incendios tan delirantes y voraces que hasta los más altos aristócratas del reino hubieron de colgar sus armaduras y arrimar el hombro, algo que no ocurría desde que las hordas de Caos inundaron el reino de plagas y catástrofes. Creyeron que el esfuerzo y el sudor harían olvidar al reino. También se equivocaron.
Enviaron un profeta al rey. Cargado de harapos y de ceniza, el escuálido portador de la voz de los dioses se acercó al lecho de cristal y ónice donde el monarca yacía sin recuerdos. Y allí le susurró desgracias, le declamó catástrofes y le gritó divinas amenazas. El rey le alimentó, le vistió y le ignoró. Nadie hace caso a los dioses cuando puede escucharse a si mismo.
Arrojaron sobre el reino un Mesías que recorrió los campos, pateó las calles y llamó a los aldabones de todos los palacios, castillos y casas solariegas del reino. Y, siempre que tuvo ocasión, auguró recompensas, ofreció perdones y prometió castigos. Las gentes le escucharon y siguieron trabajando; los administradores le atendieron y le dieron la razón; los soldados consideraron sus palabras y asintieron conformes. Y el Mesías murió de viejo porque el reino había aprendido hacía mucho tiempo a no matar a aquellos que acuden a decir la verdad. Y un Mesías que muere de viejo no es de ninguna utilidad para los dioses.
Así que los dioses dejaron de intentarlo y miraron a otro lado. Los hombres y los reyes no merecían sus esfuerzos. Ni los comunes ni los monarcas son dignos de la atención de las divinidades cuando su mera visión les recuerda sus fracasos.
Pero, como siempre, como desde el principio de los tiempos, cuando los dioses fallan, los hados lo intentan. Para eso están. Son la última línea de defensa. Como La Guardia, como las putas.
Los hados fallan pero no se rinden.
Y ocurrió que el rey, desesperado por las imágenes que era incapaz de recordar; angustiado por las sombras que se dibujaban cuando intentaba atisbar el horizonte de las tierras que habían sido suyas, agotado de intentar olvidar su derrota y su traición sin lograrlo, primero pidió, luego suplicó y, finalmente, exigió a gritos un solaz, un descanso.
Y como suele ocurrir, sus servidores entendieron mal su exigencia.
El rey quería silencio y llenaron el castillo de música y canciones; el rey ansiaba paz y rodearon su lecho de juegos y espectáculos. El monarca clamaba por la soledad y le buscaron una puta.
La cortesana, la más bella cortesana que pudieron encontrar, llego atravesando el Valle de Fuego en un carruaje dorado tan brillante como sus ojos. Se acercó hasta el lecho del rey y le sonrío, esperando recibir los deseos de su contratador.
Pero lo que recibió fue una pregunta. Era la mejor cortesana, así que podía contestar preguntas y sabía hacerlas. Y era súbdita del rey así que tenía el derecho a contestar con la verdad. Y lo hizo. Las putas eran las únicas que seguían sin rendirse. Ellas y La Guardia
- ¿Cómo sigue el reino? –preguntó el monarca tras mucho tiempo de admirar la belleza de la mujer-.
- Tu recuerdo nos está matando –y la sinceridad sonó como un derecho ganado por la sangre. Como era súbdita también tenía derecho a preguntar. Como era puta se había ganado el derecho a una respuesta- ¿Por qué sigues vigilándonos?
- Intento recordaros –gimió el monarca-, no vigilaros.
- Nosotros tratamos de olvidarte, pero no lo logramos, pero claro nosotros seguimos en el mismo sitio. Tú te marchaste –y el reproche también era su derecho- - ¿Por qué quieres recordarnos si te marchaste? ¿Por qué no te vas del todo?
Fue entonces cuando los hados hicieron lo que tenían que hacer. Fue entonces cuando el rey recordó los campos, las praderas, las fiestas, los torneos, las celebraciones, las batallas, los honores, las hambrunas, las rebeliones, las audiencias, las discusiones, los castigos. Fue cuando recordó las tabernas, las cámaras del tesoro, las celdas, los templos, las villas, las cuadras, los palacios y las pocilgas. Fue cuando de nuevo fue capaz de poner rostro a los caballeros, a las damas, a los sacerdotes, a los herreros, a los campesinos, a los comerciantes, a los clérigos. Fue cuando recordó a La Guardia y a las putas.
Y el rey sonrió como no lo había hecho desde que yaciera en su lecho de ónice y cristal. Entonces creyó comprender
- Parece – y su sonrisa volvió por fin a torcer su bello rostro aristócrata- que no se marcharme del todo.
- No –corrigió la cortesana a la que la sonrisa era incapaz de torcerle el rostro- Lo que parece es que hasta ahora no has sabido regresar.
Los hados hicieron su trabajo, la Guardia hizo su trabajo, las putas hicieron su trabajo y el rey, por fin, hizo su trabajo. Dejó de recordar.
El recuerdo, por dulce que sea, resulta mortal cuando es innecesario. Hasta los dioses saben eso. Los clérigos no, pero los dioses sí.

sábado, junio 06, 2009

Cuando la razón no entiende de género -o lo que es lo mismo, ¡adoro a esta mujer!-.


-Usted sostiene que las actuales desviaciones del feminismo terminarán por deteriorar aún más las relaciones entre hombres y mujeres. ¿Quiere decir que la dominación masculina no existe?
-El feminismo de Simone de Beauvoir, que yo reivindico, no es victimista. Desde un punto de vista filosófico, ese feminismo ha sido el motor de mi reflexión. Yo quisiera que las mujeres, sobre todo las jóvenes, comprendieran que esa victimización puede volverse contra ellas. Contrariamente a lo que se cree, esa actitud introduce una imagen desastrosa de la mujer. En los años 80 pudimos sacar a la luz una ignominia invisible que padecían las mujeres: la violación. Pero después, curiosamente, se produjo una desviación que consistió en querer extender la noción de agresión sexual a comportamientos y actitudes masculinas, que corresponden a otro orden. En 1992, las feministas europeas pidieron a los parlamentos extender la noción de acoso sexual, lo que fue hecho en 2002. Desde entonces, todo puede ser catalogado de acoso: una mirada, un gesto, una palabra... Esto introduce dos imágenes catastróficas en la relación hombre-mujer: por un lado, la de una mujer impotente, incapaz de resistir a los hombres, que recurre a los tribunales, como antes recurría a papá y a mamá. Por el otro, la imagen de un hombre agresivo, dominante y explotador. Es verdad que hay hombres que son execrables, que hay más violencia masculina que femenina, y mujeres que son víctimas de esos hombres. Pero esas mujeres no son el único símbolo de la condición femenina. Y esos hombres violentos y explotadores no son típicos del género masculino.

-Pero el 80 por ciento de los condenados por homicidio involuntario y violencias en Francia son hombres. ¿Cómo interpreta esa cifra?
-Las estadísticas no mienten. Pero, ¿ha visto usted que alguien estudie la violencia femenina? Esa violencia aumenta cada día, sobre todo en las jovencitas. Mi explicación es que la violencia no es una exclusividad de los hombres. Tomemos como ejemplo los jóvenes de los suburbios desfavorecidos, prisioneros de esquemas arcaicos de virilidad y de masculinidad. El aumento del feminismo hizo estallar el concepto de identidad masculina, pero ellos no tienen medios para construir una identidad más elástica, menos esquemática. Por su parte, las jovencitas de 14-15 años, para defenderse, comienzan a tener comportamientos similares a los varones. Esa violencia va a manifestarse cada vez más. El aumento de la violencia, sin distinción de edad, sexo o contexto social, tiene que ver con una incapacidad cada vez mayor de los individuos para soportar el peso de las obligaciones, y con una propensión inquietante a confundir derechos universales y deseos individuales. En Francia, las estadísticas de 2005 demuestran un aumento considerable de la violencia de los jóvenes: en las escuelas, colegios, liceos ¡y hasta en el jardín de infantes!

-¿Por eso rechaza usted la expresión "violencia de género"?
-Me asombra que las Naciones Unidas hayan decidido utilizar esa expresión. Una vez más, ¿qué quiere decir violencia de género? ¿Que la violencia es lo propio del hombre? ¿Que la masculinidad se define por la dominación y la opresión del otro sexo? ¿Que las mujeres ignoran la violencia? En un estudio realizado en 2002 en Quebec, 62.700 mujeres y 39.500 hombres se declararon víctimas de violencias conyugales. Es cierto: los actos de agresión no son los mismos. Las mujeres padecen con más frecuencia violencias físicas y sexuales. Por el contrario, según ese estudio, las cifras son parejas cuando se trata de violencias psicológicas. En su reciente estudio sobre la violencia contra la mujer en Francia, Amnesty Internacional afirma que cada cuatro días muere una mujer víctima de la violencia conyugal. Pero también dice que cada 15 días muere un hombre por las mismas razones. Como los hombres, las mujeres también pueden ser violentas con los más débiles: con los niños pequeños o los ancianos. Si admitimos la noción de "violencia de género" llegaremos a una definición dual y opuesta a la humanidad: los verdugos contra las víctimas, el mal contra el bien.

-¿Las feministas francesas importaron esa lógica de victimización de los Estados Unidos?
-Las feministas radicales norteamericanas, como Dworkin y MacKinnon, que consideran a las mujeres como una clase oprimida, dominada por la sexualidad masculina, publicaron sus trabajos en los años 70 del siglo XX. Por entonces, no se habló de ello en Francia, pero sus ideas se multiplicaron mediante las asociaciones feministas europeas. Son esas organizaciones las que hablan hoy en nombre de la mujer...

-En todo caso, esa lógica de victimización parece haber sido adoptada por el conjunto de la sociedad.
-En nuestras sociedades occidentales, la víctima es sagrada. Para mostrar que la mujer es un pequeño ser frágil e impotente, no se ha dudado en publicar estadísticas falsas sobre la violencia conyugal. En Francia, los medios de comunicación, sin ninguna investigación previa, han afirmado que había en el país un 10% de mujeres golpeadas; después, un 12%, y después, un 14%. Se da así la idea de que el hombre es un peligroso verdugo. Se habla de la condición de la mujer en general, como si su situación fuera idéntica en Francia o en Afganistán. Es un engaño.

-Hace poco usted denunció un informe de la organización Amnesty Internacional sobre la condición de la mujer. Ese informe -dijo- hace una amalgama inaceptable.
-En ese texto, la organización dice que en todo el mundo las mujeres padecen actos o amenazas de violencia. Sin diferencia de fronteras, fortuna, raza o cultura. Añade: "En sus casas o en sus ciudades, en tiempo de guerra como en tiempo de paz, las mujeres son mutiladas, golpeadas o violadas con toda impunidad". Esto es absurdo. No es lo mismo la violencia en tiempo de guerra que en tiempo de paz, la violencia del Estado y la violencia privada, la violencia de un compañero, de un acosador sexual, de un soldado o de un tratante de blancas. Hay amalgama también entre la parisiense que es acosada en el subte, la niña nigeriana víctima de un traficante y la jordana que padece un crimen de honor. Amalgama entre violencia psicológica y física, violencia de Estados totalitarios y violencia de Estados democráticos. Esa visión pone también al mismo nivel la bofetada conyugal y la lapidación de una mujer adúltera. Esas simplificaciones me parecen poco serias y terminan por rendir un magro servicio a la causa de la mujer.

-También es particularmente crítica con las leyes que establecen la paridad entre hombres y mujeres, sobre todo en política.
-La paridad por ley es, a la vez, una medida técnica de corrección y un gran debate filosófico. En realidad, se trata de la discriminació n positiva implícita. Otra cosa sería una actitud voluntarista. Por ejemplo, que ante una situación inaceptable de desigualdad, durante cinco años, cada partido político se comprometa a incorporar al 30 o al 50 por ciento de mujeres, sin promulgar ninguna ley. La cuestión de la ley es para mí insoportable, por dos razones. La primera es la sexualización de la ciudadanía y, con ella, el retorno al determinismo biológico. Esto es temible para las mujeres y contrario a las ideas universalistas. La segunda razón es: ¿por qué razón hay cuotas sólo para las mujeres? Cuando yo miro el Parlamento en Francia no veo cuotas para los franceses menores de 25 años, ni cuotas para los obreros, ni para los franceses de origen africano o árabe. Las mujeres que han defendido la paridad tuvieron una actitud realmente egoísta con respecto a otras categorías sociales.

-Angela Merkel en Alemania, Michelle Bachelet en Chile, Segolène Royal liderando los sondeos en Francia... las mujeres parecen ganar terreno en lo político. ¿Cree que los franceses están listos para tener una mujer presidenta?
-Hace mucho tiempo que Francia está lista para eso. Naturalmente, yo estoy feliz de que se reconozca la capacidad de las mujeres a ejercer los cargos políticos más importantes. Pero lo importante no es que lleguen a presidentas por ser mujeres, sino por su capacidad. De otro modo, yo hubiera estado feliz cuando Margaret Thatcher llegó a primera ministra de Gran Bretaña...

-¿Cuál es el espacio en que habría que proseguir hoy el combate feminista por la igualdad? ¿Cómo pensar, finalmente, la relación hombre-mujer?
-El termómetro objetivo de la desigualdad entre sexos sigue siendo la diferencia de salarios. Ese es el criterio con que yo mido los fracasos y los avances del feminismo. ¿Por qué? Porque la igualdad de sexos hoy se juega en la esfera privada, en la familia, en la intimidad. Mientras las mujeres sigan asumiendo el 80% de los trabajos domésticos, correrán con una enorme desventaja. No es por casualidad que el 80% del trabajo de tiempo parcial sea desempeñado por mujeres. Nunca avanzaremos mientras las organizaciones feministas sigan manteniendo ese doble discurso que consiste en afirmar que hay una diferencia esencial entre hombre y mujer (la maternidad) y, al mismo tiempo, en considerar insoportable el trabajo femenino de tiempo completo. O mujeres y hombres pueden compartir todo, incluida la "parentalidad" y las tareas domésticas, o jamás habrá igualdad entre los sexos.
Elisabeth Badinter suele definirse como une petite dame très ordinaire (una pequeña dama muy común), una coquetería que hace sonreír a sus interlocutores. Desde hace 30 años, esta filósofa, historiadora, socióloga y antropóloga tritura convencionalismos y agita conciencias, analizando en forma implacable las relaciones entre hombres y mujeres. (entrevista en La Nación. Argéntina)

viernes, junio 05, 2009

Obama tira de externocleidomastoideo para cambiar el mundo

Hay veces que lo importante de los discursos es lo que se dice y otras en que lo que realmente trasciende es a quien se le dice.
Un discurso no cambia un mundo, no sirve para que las situaciones se modifiquen o los hechos se consumen. Un discurso no es un acto, no es un hecho, es sólamente una intención -y a veces ni eso-. Pero en muchas ocasiones hasta las intenciones hacen falta.
Y si alguien ha hecho necesarios los discursos, ese ha sido Barak Obama, ese presidente esperanzado que, de vez en cuando, sacude los cimientos de lo que se considera inamobible con algunas de sus palabras y sus actos. Se diría que, despues de ejercer de anti cesar y llegar al poder imperial recordando a los suyos que el imperio no es el mundo, no podía hacer nada más que llamara la atención, pero lo ha hecho.
Se ha plantado en El Cairo y ha soltado una de las suyas, una de esas que hasta quedan bien cuando les pone música Bruce Springteen y rostro Scarlet Johansson -como si algo a lo que le pone rostro la Johansson pudiera quedar mal-. Pero esta vez no ha mirado de frente a nadie. Se ha instalado en la torticolis.
Obama ha decidido hacer algo que pocas veces se ve en los discursos. Le ha dicho lo mismo a todo el mundo. Y a todos los ha mirado de frente.
Ha girado el cuello hacia América -su América, no la del resto del mundo- y le ha dicho que no está en guerra con el Islam, que da igual lo que digan el complejo militar industrial, los halcones republicanos o los generales retirados, que él es el comandante supremo del ejercito del imperio y dice que el imperio no está en guerra. Punto pelota.
Se ha girado al islam y le ha dicho que sus hijas son tan grandes o tan pequeñas, en definitva tan importantes, como sus hijos y que el radicalismo no es el islam y es su problema. No es nada nuevo, pero lo ha dicho mirando a los ojos del mundo árabe.
Ha vuelto el cuello en un giro deseado hacia Israel y ha lanzado su voz por encima del vergonzoso muro para que los josues guerreros del sionismo escuchen alto y claro que Palestina existe, que ha de ser un Estado y que lo que ellos piensen no tiene para él la más mínima importancia.
Y luego ha vuelto a dar un giro de cuello y ha mirado a los furiosos islamistas que controlan Gaza con su puño de sangre y de hierro, para decirles que el pueblo israelí, no sus gobernantes, no sus ejércitos o sus tanques, tiene derecho a que le dejen de sacudir con su absurda Yihad y su dictadura religiosa del miedo y el terror.
Obama no se ha limitado a mirar de frente a la audiencia televisiva -como todo político que se precie sabe que debe hacerse- y se ha salido de plano. Ha girado el cuello una y mil veces, no hacía quien quería escucharle, sino hacia quien estaba en la obligación de hacerle caso.
Se ha vuelto hacia los papas de Ratisbona y los caciques vallisoletanos con delirios de grandeza en Las Azores que definen al islám por los genizaros y exigen disculpas por las supuestas dominaciones ibéricas musulmanas y les ha recordado ese califato cordobés donde judíos y cristianos se refugiaban de la Inquisición.
Desafiando de nuevo la tortícolis y la contractura en el externocleidomastoideo, se ha girado para mirar a aquellos que -desde donde quieran que estén, si es que aún están en algún sitio- clamán por la restitución de Al Andalus como imperio islámico, para recordarles que los Abderramanes vivian con cristianos y judíos en los vergeles andalusís mucho antes de que ellos inventaran sus furiosas yihads que hunden rascacielos.
Se ha vuelto a Europa para decir que basta de imponer libertades si alguien no las quiere, que los liberalismos y los progresos han de convencer y no vencer, que los chadores y las chilabas son cultura y no oprobio o dominio o nada que su mente occidental imagine.
Quizás es que su delgado cuello sea algo más flexible que el del resto del mundo y se pueda girar hacia todos en un sólo discurso o quizás es que al verse a si mismo, hijo de musulman, cristiano practicante, líder occidental, negro y habitante indonesio durante mucho tiempo, le resulta sencillo ver a los demás con mirarse a si mismo.
La cuestión es que ahora, después de este discurso que no ha cambiado nada, pero que ha dicho lo que debe cambiarse, les toca a muchos entonar el famoso Yes, we can y demostrarse a si mismos y al mundo que si no hacen lo correcto es porque están sordos o simplemente porque no quieren escuchar.
Como este chico siga así vamos a tener que habilitarle una suite en los infiernos. Sería una lastima que diera sus discursos a aquellos que no los necesitan y no van a escucharlos. Un discurso no cambiara el infierno, pero no está de más que alguien quiera intentarlo.
Eso y un masajista para el cuello.

miércoles, junio 03, 2009

Don Mariano Rajoy no conoce al dios Loki

Llevaba yo entre literaturas y eclesias un tiempo sin hablar de Mariano, nuestro Mariano. Ese que nos ha tocado sufrir y padecer de vez en cuando. O sea, el Señor Rajoy.
Y mira tú por donde que, para un día que le miro, al pobre me le encuentro consternado, taciturno, meditabundo y contrariado. Vamos como siempre, pienso yo. Porque lo cierto es que este hombre no ganaba para disgustos cuando yo lo miraba con más asiduidad.
Más me dicen que no. Que antes no era así. Que hace sólo unas fechas -incluso hasta ayer- se le encontraba egregio, enaltecido, robusto cual sansón y pletórico en sus fondos y formas. Se le veía henchido de fortaleza y yo, poco acostumbrado a verlo de esa guisa, me pregunto por qué.
Temiendo lo peor, me vuelvo hacia los diarios esperando encontrar el archivo definivo en los humedos bajos de algún juzgado o tribunal del Caso Gürtel -ese que en realidad era un conciabulo judeomasónico electoralista entre Garzón y Bermejo-. Pero no, sigue ahí. Y nos crece el sumario a buen ritmo en varías instancias judiciales. Ahí siguen los trajes, los eventos, los regalos, las dádivas, los alcaldes, los concejales, los consejeros comunitarios y hasta nos crece la lista de imputados.
No salgo de mi asombro cuando me doy cuenta que Mariano, pese a eso -o más bien pese a todo- sí que estaba contento y exultante y entonces descubro los motivos, los fondos de las victoriosas formas que se gasta Rajoy.
Mariano saca pecho de encuesta en encuesta, de sondeo en sondeo porque los va ganando. Le saca unos cuantos puntitos al PSOE para las Europeas.
Cuando vas por delante no te miras el culo -uy, perdón el trasero- porque no puedes vérterlo. Y por eso los cohechos se olvidan, los escándalos desaparecen. Todo es color de rosa -o de blanco, que es el color del voto- y por eso Mariano esta ufano y contento.
Pero los sondeos no han cambiado desde ayer hasta hoy ¿cual es pues el motivo de que se halle Don Mariano tan desmejorado de un día para otro?
Ha de ser -no me cabe la duda- esto nuevo que flota en el ambiente del caso Fundescam. De que Doña Esperanza, la liberal liberada, forrara de millones a través de contratos a aquellos que le pagan las campañas.
Tiene que ser eso lo que ensombrece el rostro victorioso del Mariano Europeo que lleva a Mayor Oreja de la mano hasta Estrasburgo para lograr que deje de comerle la idem en las ejecutivas de los chicos de Génova.
Pero veo que no. Porque Doña Esperanza, la tita Espe, nos hace lo que siempre y niega la mayor con prontos chascarrillos y coplillas improvisadas de dudoso gusto y calidad.
Lo único que le quita la paz, le muda la sonrisa y le arruga la frente al bueno de Mariano es otra de esas cosas que han salido en la prensa: El paro ha descendido en mayo en 25.000 personas.
Sí, eso es lo que le entristrece y lo que nos demuestra que Rajoy está enfermo como está su partido.
Porque todo el PP se nos ha puesto raro. Montoro dice que eso no importa. Guemes acusa a los estadísticos de hacer los cálculos bajos los efectos de los estupefacientes. Y Mariano se nos torna de nuevo Mariano. Ese que se pasa constantemente la mano por la cabellera, que se mesa la barba con disgusto, que pierde la mirada de un sitio para otro.
Y es que si baja el paro y si sigue bajando, el nuevo miedo que hay en su estrategia -porque toda estrategia del PP tiene un miedo de fondo- se les acaba pronto. No llega hasta las generales. Si el paro se nos mengua y con él algo de esta crisis, los votos se les menguan a ellos y eso no puede consentirse, no debe permitirse.
En contra de lo que hiciera Loki, el dios nórdico de la maldad, en la leyenda sobre el fin de su mundo, Rajoy y sus cohortes, por más que lo digan y lo repitan en mítines y hemiciclos, no se alinean con nadie para luchar contra la crisis, contra el desempleo o contra cualquier otra cosa. Lo cual también tiene su lógica, porque siendo tan s y apostolícos no van a hacer caso a los consejos de un dios pagano, por muy buenos que sean. Ellos no piensan que no merece la pena gobernar el mundo si el mundo es cúmulo de cenizas.
Para ellos el poder es el bien absoluto y lo ansían por encima de todo. Aunque el paro aniquile familias, aunque el dinero no fluya. El paro ha de seguir subiendo para que Don Mariano pueda alcanzar el trono. Y si todo es cenizas, que así sea.
Por eso está hoy triste Don Mariano.

lunes, junio 01, 2009

La política de incensario del señor arzobispo

Me quedaba reaccionar a otro de esos bofetones sacros que la oficialidad hispana del club social del púrpura y el miedo le suelen dar a la lógica más formal y al sentido común más material.
Cañizares, el ínclito Cañizares, al arzobispo que viajó a Roma a sacar al blanco inquisidor de sus lágrimas, ha vuelto su vista a su país de origen.
No es que nadie se lo haya pedido, pero él insiste en mirarnos de vez en cuando y dejar con cada mirada una estela de en lo que se ha convertido -si es que alguna vez fue una cosa distinta-.
Ahora la emprende -como no- con el aborto.
Pero el problema no es que esté en contra del aborto, a eso tiene derecho; no es que lo iguale con el asesinato, para eso puede tener argumentos. El problema es que lo utiliza de cortina de humo, de juego malabar que mover delante de nuestros ojos, de incensario que agitar ante nuestros rostros, para ocultar la herida que los miembros togados y alzacuellados -perdón por el palablo- de su club han desparramado durante siglos soble las carnes más blandas y las pieles más frágiles de la humanidad.
"Los casos de pederestia dentro del a iglesia no pueden compararse con los millones de asesinatos que supone el aborto legal". Esto dice Cañizares y parecíera que es palabra de su dios.
Pero no lo es. Es palabra de su miedo, es palabra de su culpabilidad y es palabra de su obsesión por ocultar los desmanes de aquellos que han hecho de los niños y las niñas sus víctimas escondidos en la penumbra de sus confesonarios y sus sacristías.De aquellos que han puesto las manos sobre cuerpos que debían cuidar, sobre mentes que debían formar, sobre futuros que debían proteger.
Es un intento, desesperado y afortunadamente inútil de salvar y mantener el poder sobre las almas. Ese poder que perdieron mucho antes de que los humanos se dieran cuenta de que por no ser verdad, no era verdad ni su dios.
El arzobispo Cañizares se refugia detrás de una realidad númerica para intentar escudar una realidad ética que hace que la podredumbre de determinados comportamientos esté enraizada en su club de anillos obispales y sotanas. Llevan siglos haciéndolo y llevan siglos tapándolo.
La iglesia no es culpable de lo que hagan sacerdotes, pero la curia es culpable y siempre lo será de permitir que continuen haciéndolo, de posibilitarles eludir sus castigos y esconder sus responsabilidades.
El aborto no tiene nada que ver con la capacidad de juicio ético que se arroba una institución que se declara juez de la moralidad divina y, pese a ello, permite el más execreble de los delitos para que el sufrimiento, el de los únicos que en este mundo tienen derecho a no sufrir, no empañe su imagen y la de su dios.
Cañizares finge desconocer eso, finge no aceptarlo, pero sabe que la impunidad es el comienzo del delito. Y él y todos los que le antecedieron en los coros y en los solios han construido esa impunidad a fuerza de traslados secretos, de reclusiones monásticas y de talonario del Opus Dei.
El aborto puede ser una falla ética, pero la pederestia, las violaciones, los abusos sexuales de mujeres y niños son un crimen. Claro que no están en el mismo rango. Son infinitamente peores.
Cañizares se escuda en los números del aborto como el progromo israeli se escuda en los números del holocausto, como la locura yihadista se escuda en los números de Irak. El arzobispo eleva a los altares una cortina de humo tan falsa y asfixiante que intenta impedir que se vea la realidad de lo que las obtusas decisiones, las elusiones, las luchas por el poder y las obsesiones morales de cintura para abajo han creado en su iglesia.
Los sacerdotes que abusan de los niños, los que violan y acosan a mujeres, los que han hecho del sexo su obsesión y su crimen pueden bajar todos los días los ojos en señal de arrepentimiento en sus nuevas parroquias o en sus ocultos claustros; pueden hincarse de rodillas solicitando perdón a propios y extraños por sus excesos, pero no servirá de nada.
Y pueden rezar. Y es seguro que lo harán -rezar es algo que parece servir para todo-. Pero lo harán para que su dios no exista. Porque si existe y les mira a la cará, les clavará tan fuerte en sus cruces que no podrá desclavarlos ni una legión de árcangeles guerreros.
Y, por suspuesto, el Arzobispo Antonio Cañizares dirige cada día esa oración.
Pero no deben preocuparse. Como sabemos que su dios no existe, ya hemos encargado los clavos.

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