jueves, febrero 20, 2014

Balas en Ceuta y ejecución sanitaria de extranjeros

Una vez que se ponen en marcha las situaciones es muy difícil pararlas. Sobre todo si se deja que le inercia se haga cargo de las cosas. Sobretodo si no se tiene la voluntad de detenerlas.
Con gran parte de España conmocionada por los hechos de Ceuta , por un momento que se parece más al amanecer colonial de viejo imperio británico que al siglo XXI y una pequeña parte intentando justificarlo a cualquier precio la dinámica continua, se engrandece y se hace difícil de parar.
Pero las balas llovidas sobre los inmigrantes ilegales que saltaban la valla magrebí no son el comienzo, puede parecerlo, pero no lo son. Son solo el capítulo más destacado, más visible, más irremediablemente cruel, de algo que empezó mucho antes.
La caza del ilegal empezó mucho antes y su principal coto no son las vallas ceutíes ni los puertos canarios. Su coto de caza es la sanidad pública española.
Y la última bala lanzada sobre la cabeza y el cuerpo de esos inmigrantes que ahora parece que son caros pero que han estado resultando baratos mientras hacían los trabajos que nosotros no queríamos hacer cobrando los sueldos que nosotros no queríamos cobrar ha sido disparada directamente sobre una anciana de 81 años. El Gobierno, a través del Instituto Nacional de La Seguridad Social, ha decidido negarle la tarjeta sanitaria a una anciana que necesita asistencia sanitaria por el hecho de que nació en Colombia.
Pero no es porque sea ilegal, no es porque sea inmigrante, no es porque no tenga papeles. Es simplemente porque no nació en España. Porque el Gobierno ha decidido que la Sanidad Pública es suya y no de los españoles y que la condición de un ciudadano es algo que él puede ignorar y cambiar cuando le viene en gana.
Porque Margarita Restrepo -que así se llama la mujer- es española, nació en Colombia pero tiene permiso de residencia válido hasta 2017. Lo obtuvo con un permiso de reagrupación que firmó el mismo gobierno que le niega la asistencia sanitaria pública.
Pero eso a los genoveses que habitan en Moncloa no les importa. Como a ellos no les gustaba esa legislación de inmigración deciden que los que habitan legalmente en España en virtud de ella no tienen derechos, deciden convertir sus propias decisiones administrativas, sus propios permisos, en papel mojado y poner en riesgo de muerte a una anciana que llegó a España solamente porque ellos les dijeron que podía hacerlo y que vive en este país de forma absolutamente legal.
Así la caza del ilegal se convierte en la caza del inmigrante y la caza del inmigrante se transforma en la caza del extranjero. Sin ambages, sin paliativos, sin excusas. Es xenofobia pura y dura.
Transforma la Sanidad Pública en un elemento de control de la población, en una herramienta de sociología malthusiana solamente destinada a eliminar de la ecuación a todos aquellos que ahora no les resultan rentables.
Durante meses se han llenado la boca de decir que la exclusión de la atención sanitaria publica normalizada de los inmigrantes se debía a su condición de ilegales, a la lógica que suponía que si no aportan al país, que si trabajan fuera de la ley y viven fuera de la ley no es de recibo que le exijan nada al país, que solicitan de este país nada que no sean los mínimos imprescindibles que impone la caridad -atención de urgencias, a menores y al parto. Siempre me ha parecido curioso lo del parto, por cierto-.
Pero una vez más, como tantas otras, es mentira.
El "decretazo" de exclusión de los inmigrantes de la atención normalizada no afectó solo a los inmigrantes. Modificó, en disposiciones finales, otros reales decretos que iban destinado a privar de la asistencia sanitaria a residentes legales, con permiso de residencia legal. Que no tenían como objetivo al ilegal. Tenían en el punto de mira la extranjero.
No se dijo, se ocultó para hacerlo parecer otra cosa, se hizo por detrás, con alevosía, para lograr que la sociedad no se diera cuenta de que en realidad no había excusa, no había justificación ninguna. Para disimular que una medida de nacionalismo exacerbado y radical puro y duro, no una medida de necesidad económica. Que no era otra cosa que la apertura de la veda de caza del extranjero por aquellos a los que nuestra inconsciencia en forma de sufragios colocó en el Palacio de La Moncloa.
Y una de esas balas disparadas por los francotiradores del Instituto Nacional de la Seguridad Social ha ido a impactar sobre la sien de Margarita Restrepo.
Y seguirán llegando y herirán de muerte a muchos más. A muchos más que las de calibre 9 mm disparadas sobre la valla magrébí. Porque los principales afectados son, en general, personas mayores, los padres de trabajadores extranjeros que emigraron a España para trabajar, regularizaron su situación y después trajeron a sus familias.
Todo de forma legal, todo con el permiso de un gobierno que, aunque no fuera ejercido por ellos, era el de España y por tanto tienen la obligación de asumir como propio.
Pero los inspectores de la Seguridad Social, transformados en una suerte de fuerzas paramilitares que patrullan el día y la noche en busca de extranjeros que llevarse al punto de mira, ignoran todo eso y dan como explicación una que, por pura decencia torera, no deberían ni tener en la mente.
Le retiran a Margarita y a otros muchos la asistencia porque “las personas extranjeras que con posterioridad al 24 de abril de 2012 soliciten la inscripción en el Registro Central de Extranjería o el correspondiente permiso de residencia, no tendrán derecho a la asistencia sanitaria con cargo al Sistema Nacional de Salud”.
O sea que da igual que Estrasburgo les haya pegado un guantazo de considerables proporciones hace dos días como quien dice. Da igual que les haya puesto la cara colorada con la aciaga Doctrina Parot y les haya gritado a palmo y medio de sus cerrados pabellones auditivos que las leyes no pueden ser retroactivas.
Como a partir de ahora no quiero dar atención sanitaria a los extranjeros, a ningún extranjero, te la quito a ti aunque la hayas obtenido legalmente.
De modo que cambio la leyes propias en aras del derecho de sangre y de nacimiento; ignoro los principios legales internacionales para poder mantener abierto el coto privado de caza del extranjero que he decidido abrir en mi territorio.
Y la Sanidad es solamente un ejemplo. El más acuciante, le más peligroso, el más cruel. Pero es solo una de las armas de destrucción masiva del extranjero que está utilizando el ultranacionalismo de nuestro gobierno disfrazado de liberalismo capitalista económico.
Niegan la nacionalidad a una marroquí porque confunde la situación de Huelva con la de Almería en un examen. Pero no deportan y quitan la nacionalidad a personas con las que trabajo todo los días que creen que "Ceuta no es España" o que  "Canarias antes era de la Península". Nacer en suelo patrio da derecho a ignorar la geografía.
Y con la Sanidad Pública es un peor. Se niega la asistencia a ancianas que residen legalmente, se cobra el seguimiento de trasplantes a personas que lo necesitan y que han recibido el trasplante dentro de la sanidad pública española, se deja morir a menores extranjeros de pulmonía...
No hace falta irse a Ceuta para comprobar el aciago espectáculo de las balas del nuestro gobierno impactando contra las vidas de los extranjeros.  Con pasar por un centro de salud o una oficina del Instituto Nacional de la Seguridad Social es suficiente.
Y matan mucho más que las otras.

miércoles, febrero 19, 2014

El HCU de Valladolid obliga a a traer la almohada desde casa para la hemodiálisis.

No tiene límites.
Hoy no es necesario hablar de ellos. Hace tiempo que se hizo imposible hablar con ellos. Hoy su estupidez, su cerrazón y su completa a y absoluta falta de rigor en la gestión de la sanidad hace que sus palabras y sus hechos hablen por ellos mismos.


Pacientes que tiene que cargar de por vida con una situación de enfermad crónica son enviados de repente, de un bofetón inmisericorde de aquellos que ven que no les cuadran las cuentas  a situaciones que no se vivían en este país desde hace mucho tiempo. Que incluso en los perores tiempos de nuestra historia no llegaron a vivirse.
El Hospital Clínico Universitario de Valladolid les obliga no solo a cargar con su dolor y con su enfermedad. Les obliga a cargar con sus almohadas.
Porque una almohada es un ahorro tan sustancial que hace que los gestores del centro sanitario decidan que tiene que costearla el paciente que acuda a la diálisis. Porque los 4,75 euros que cuesta en el peor de los casos -en un vistazo rápido en algunas tiendas de muebles- hace que alguien que ya carga con los problemas de la insuficiencia renal, de la diabetes y de la diálisis tenga que traer desde casa las almohadas para poder apoyar la cabeza mientras es tratado.
Esto es lo que querían, esto es lo que están haciendo.
Y hoy es Valladolid pero mañana será cualquier de los otros centros que están bajo control y gestión privada. Cualquier de los otros centros en Valencia, Madrid o Castilla - La Mancha en el que las cuentas de resultados pretenden sustituir al juramento hipocrático en los pasillos, los quirófanos y los despachos, en los que la rentabilidad pretende sustituir al concepto de servicio público.
Y Sacyl, el servicio de Salud de Castilla -León se queda tan tranquilo. Gasta más en imprimir el papel y hacer el envió del as cartas de lo que gastaría en dos almohadas por paciente de hemodialisis, gasta más en remodelar su página web que en lo que emplearía en llenar las camas de almohadas y cojines como el diván de un pachá turco, pero lo hacen.
Su directiva se atreve a participar en masters y ponencias de gestión hospitalaria, en reuniones en las que se exploran "nuevas soluciones para la gestión hospitalaria, y luego envían a sus enfermos crónicos una sentencia al oprobio, la vergüenza. Un mensaje que les dice claramente que les importa mucho más el dinero que emplean en gastos de representación que el que deberían emplear en una comodidad absolutamente necesaria en una de las situaciones vitales más incómodas que se pueden vivir: una enfermedad crónica que te obliga de por vida a que una máquina haga por ti un trabajo que tus órganos no son ya capaces de hacer por si mismos.
Así que la próxima vez que vayan a Valladolid, a la que fuera en su día capital del imperio de los Austrias, y vean una hilera de gente portando una almohada, no crea que son apestados cargando con su petate para pasar la noche más allá de las murallas de la ciudad como ocurriera en la Edad Media, no crea que son leprosos obligados a cargar con sus pertenencias porque nadie les deja perrnoctar en la ciudad o una cuerda de presos de un gulag soviético que acarrean sus manta hacia el sitio en el que les hacen trabajar hasta la extenuación. No crean que son extras cinematográficos que recrea nel camino de alguna triste y dramática marcha de condenados judíos durante la Segunda Guerra Mundial hacia un campo de exterminio.
Son enfermos crónicos que han de portar sus almohadas para que un hospital público, hecho con su dinero, mantenido con su dinero y cuyos directivos ganan un sueldo pagado por ellos, se digne atenderles. A darles diálisis
Así que no parece que haya mucha diferencia.
Hoy no hay que hablar o escribir más del asunto. Solamente hay que dejar que su carta hable por ellos. Difundámosla y que alguien se le empiece a caer la cara de vergüenza. Si es que a quien toma y permite esta medida le queda alguna vergüenza de la que tirar.

martes, febrero 18, 2014

Lucia Figar y el "sentido común" de guardar la ropa

En estos tiempos en los que resulta reiterado hasta el bochorno que los que deben asumir responsabilidades no lo hagan, que los que deben dar un paso adelante lo hagan siempre en dirección contraria, hacia atrás, hacia la oscuridad que los protege de todo mal y de toda consecuencia, siempre resulta sorprendente que alguien haga lo contrario.
Y mas sorprendente es si proviene de Lucía Figar, la consejera de Educación de la Comunidad de Madrid, que parece haber tomado el relevo de su políticamente extinto compañero de Sanidad, Javier Fernández Lasquetty, en el constante y continuo esfuerzo de hacer subir el pan cada vez que abre la boca.
Y en esta ocasión se trata del más que espinoso asunto de los abusos sexuales cometidos por un profesor contra varias alumnas en el Colegio Valdeluz de Madrid.
Resulta que la Comunidad de Madrid, el gobierno de la Comunidad de Madrid, sabía que desde 2007 este individuo se dedicaba a abusar o intentar abusar de sus alumnas y resulta que no hizo nada. Resulta que los servicios sociales lo sabían y no lo pusieron en conocimiento de la fiscalía, resulta que la consejería de Asuntos Sociales podía haber evitado que continuara pero se limitó a "cumplir el protocolo".
Y aquí es donde aparece Lucia Figar, como quien en la cosa nada tiene que perder, como quien pasara por casualidad por allí, y dice que "no es de sentido común" que Asuntos Sociales no pusiera esos abusos en conocimiento de la Fiscalía.
Como le pasara a la procelosa Cristina Cifuentes con el asunto del aborto o al extremeño José Antonio Monago con las urgencias rurales, parece que es una voz disonante, se muestra como una pincelada de disidencia mientras los portavoces oficiales de la Comunidad de Madrid dicen por activa y por pasiva que las cosas se han hecho "siguiendo el protocolo", que parece que es decir que se han hecho bien pero que, en realidad, es decir que no se ha hecho nada.
En contra de lo que pueda parecer, Figar no sube a la palestra y toma el micrófono de la disidencia. Lo que hace es meterse entre bambalinas y empuñar el altavoz de la autojustificación.
Nadie le quita la razón en lo que dice. No es de sentido común que Asuntos Sociales no hablara con la fiscalía. Pero tampoco es de sentido común que ella, Consejera de Educación, lo diga.
Porque los abusos se produjeron en un colegio, en centro educativo concertado. Y la jurisdicción sobre esos centros se encuentra más o menos debajo de las mismísimas narices de Lucía Figar, consejera de Educación de la Comunidad de Madrid.
Durante siete años la consejería que dirige la persona que no considera "de sentido común" actuar como se ha actuado ha seguido renovando el concierto, ha seguido aportando dinero público al colegio Valdeluz. Sin controlar que todo fuera bien en ese centro. Durante siete años no ha sido capaz de enterarse, preguntar o saber lo que estaba pasando. De hacer su trabajo.
Así que lo que hace Figar es echar balones fuera. Es, en uno de esos actos de lealtad extrema entre ellos mismos a los que últimamente nos tienen acostumbrados nuestros gobernantes, arrojar a los leones mediáticos a su colega de Asuntos Sociales para que nadie se pare a pensar un instante, alce la mano en una rueda de prensa y pregunte ¿qué podía haber hecho Educación?, ¿por qué Educación no hizo nada?, ¿qué va a hacer educación al respecto?
Aunque pueda parecer otra cosa.
Y el síntoma definitivo de que se trata de eso, de una estrategia disuasoria, y no de otra cosa es el resto de sus declaraciones: "se aplicaron los protocolos y lo que estaba previsto, eso se hizo”, dice Figar. Y continúa la faena de aliño con: "hay que estar abierto a cambiar los protocolos de actuación en los casos de abusos sexuales. Tenemos que verlo, pero no se cometió ninguna negligencia en ese sentido”, ha destacado. Y para rematar “hay que estar abiertos a revisar lo que haga falta”.
Un profesor ha estado abusando durante siete años de sus alumnas pero no se cometió ninguna negligencia, un director y un jefe de estudios le han estado encubriendo, pero no se cometió ninguna negligencia, una institución privada que mantenía a esos tres individuos en nómina y en contacto con potenciales víctimas ha estado recibiendo dinero público, pero no ha habido ninguna negligencia.
¿De verdad quiere que entremos por ese aro?
De modo que los tan traídos y llevados protocolos fallan y "hay que estar abiertos a revisar lo que haga falta".
Ella, que ha sido capaz de modificar de un plumazo todos los protocolos de selección de personal para poner en la dirección de centros a sus adláteres -aunque luego los tribunales le hayan enmendado la plana-; ella, que ha aplicado a capricho los criterios para conceder conciertos, dejando fuera a centros laicos y concediendo el concierto a centros religiosos aún por construir; ella, que cambia a su antojo lo que le viene en gana cuando le viene en gana para aumentar su poder no es capaz de hacerlo igualmente por la vía rápida cuando de lo que se trata es de aumentar su nivel de responsabilidad.
Porque si de verdad estuviera por el sentido común, Educación hubiera enviado una carta al propietario del centro exigiendo la suspensión en su puesto del director y el jefe de estudios mientras se aclaraba el asunto, so pena de perder el concierto; o hubiera enviado un escrito al Arzobispado de Madrid exigiéndole que retirara -aunque fuera de forma cautelar- el DECA a los tres implicados; o hubiera enviado una circular por la cual se exigía a todos los centros informar sobre cualquier denuncia de este tipo; o hubiera sometido a votación en el Consejo de Gobierno una reglamentación que pidiera, instara o exigiera a Asuntos Sociales poner en conocimiento de Educación cualquier situación de este tipo que se produjera en un centro educativo público, concertado o privado de su área de gobierno.
Pero no lo ha hecho. Se ha limitado a intentar guardar la ropa para poder seguir nadando en las aguas de su poder, a colocarse ante las cámaras y decir: "miren hacia allá, miren hacia Asuntos Sociales, no me miren a mi".
Lo único que es "de sentido común" para una política como Lucía Figar. Salvar el trasero.

lunes, febrero 17, 2014

Ana Mato arruina el trasplante "Marca España"

Tenemos eso que se llama Marca España. Alguien lo ideó, alguien lo puso a la venta y nosotros lo compramos ávidos de orgullo patrio y reivindicación internacional. Así que lo tenemos.
Puede que no lo sepamos porque para muchos de nosotros la Marca España era eso de ganar títulos internacionales en todos los deportes, eso de que nuestros baloncestistas y futbolistas tenían pinta de buenos chicos, un puñado de señores que construían cosas aquí y allá y poco más.
Pero una de las cosas de las que la Marca España se enorgullecía era de estar a la cabeza de un elemento sanitario. De uno de esos que salvan vidas cada vez que se practican. De uno de esos que exigen la solidaridad de unos, la responsabilidad de otros y la coordinación de todos: de los trasplantes.
Pues ese orgullo patrio, ese elemento que sí nos hacia poder levantar la cabeza con orgullo nos lo están quitando.
Una mujer recibe un trasplante. Lo recibe porque, a pesar de ser armenia, a pesar de ser residente ilegal, los que están orgullosos de sus sanidad, los que trabajan en ella y los que no miran los papeles de nadie antes de ponerse a salvarle la vida se lo realizan entrando por el resquicio que la nueva legislación de atención sanitaria, que priva de la misma a los residentes sin papeles, les deja para hacerlo.
Todo trasplante se considera una intervención de urgencia. Y las personas que residen sin papeles en España pueden ser atendidos de urgencias. Como pueden serlo las mujeres que dan a luz o los menores.
Quedaría feo para la Marca España que se acumularan los muertos de otros países en las puertas de nuestros hospitales; como quedaría horrible que mujeres subsaharianas, latinoamericanas o armenias parieran en la puerta de nuestras maternidades, o que se nos murieran niños senegaleses o peruanos de pulmonía en las entradas de los centros de salud. 
No habría instantánea de capitán de equipo nacional alguno alzando una copa que pudiera contrarrestar eso ante los ojos del mundo.
Hasta ahí todavía aguantamos el tipo, todavía mantenemos aquello de la Marca España. Todavía hacemos lo que debemos hacer. La locura, la estupidez y la sinrazón comienzan justo después.
A partir de ese momento empezamos a perder, mejor dicho, a tirar el trasplante a la papelera, nuestra sanidad universal a la basura y nuestra excelencia sanitaria internacional en la materia a donde se fue el Padre Padilla -con perdón-.
Porque el legislador -en este caso la legisladora, o sea Ana Mato-, ha decidido que los inmigrantes estén fuera de la atención sanitaria normalizada.
Y la prescripción de medicinas contra el rechazo es atención sanitaria normalizada, y los análisis de seguimiento son atención sanitaria normalizada, y las revisiones periódicas son atención sanitaria normalizada. 
Y sin todo eso un trasplante es un brindis al sol, es vida para hoy y muerte para mañana.
Pero como todo es cuestión de dinero esta mujer armenia -Anush Karapetyan, se llama- ha recibido todas estas prestaciones. Las ha recibido porque se las han facturado a su hijo y su hijo las ha pagado. 500 euros por la medicación cada vez que se acababa, 275 euros por cada conjunto de analíticas, otro tanto por cada revisión.
Ana Mato y sus adlateres recaudan en un ejercicio de  hipocresía que raya lo farisaico. Eres ilegal pero te dejo ser ilegal en mi país mientras pagues. Te hago una operación de urgencia por cuestión de imagen pública pero luego te obligo a pagar para que esa intervención -una de las más caras de cualquier sistema sanitario- sirva realmente para algo. Y como soy tan hipócrita que debería dolerme la cara cuando me mirara al espejo, le facturo directamente los gastos a tu hijo, que si es legal, que sí tiene permiso de residencia y que con un esfuerzo infinito, por encima de sus posibilidades y solamente porque no quiere ver morir a su madre en su casa y sin atención sanitaria, se ve obligado a pagar.
Pero ¿qué pasa si el hijo de Anush se queda en paro?, ¿qué pasa si comete un hurto porque no tiene de donde sacar el dinero para pagar la medicación contra el rechazo? 
Pues que la cosa cosa cambia radicalmente. 
Según la idea que Ana Mato, su ministerio y sus acólitos políticos e ideológicos tienen de la sanidad, Anush no recibirá la medicación, no tendrá derecho a las revisiones, no podrá acceder a los análisis. Y dependerá de la suerte.
Y si la tiene mala. Anush perderá el riñón y la vida, su hijo a su madre, nosotros el derecho a mirar a la cara a ninguno de ellos y la Marca España se convertirá en un chiste malo.
Mato y su exclusión de la atención sanitaria normalizada no solamente desprecia la vida de una mujer armenia, desprecia el trabajo de los profesionales que han realizado el trasplante, desprecia la solidaridad del donante, desprecia el esfuerzo de los asistentes, técnicos, pilotos, operadores telefónicos y todos los que han participado en la perfecta sincronización que ha permitido ese trasplante.
Ana Mato desprecia a su país porque le coloca al nivel de países en los cuales el que no tiene dinero muere y el que lo tiene puede pagar a un sicario para que le asegure un riñón, un hígado o un corazón en perfecto estado para poder seguir viviendo gracias a operaciones hechas en clínicas privadas que no preguntan como se ha obtenido el órgano en cuestión.
Si ella no obtiene dinero para cuadrar sus cuentas, para realizar sus privatizaciones o simplemente para tenerlo en caja y poder tirar de él cuando alguien le exija que reponga lo que obtuvo de forma más que oscura en los sobrecogedores pasillos de Génova, 13, no le importa nada. No le importa que el sistema pierda el gasto realizado en la intervención. No es una cuestión de ideología ni de concepto sanitario. Es solamente una cuestión de desprecio, desconocimiento y gónadas -en este caso internas-.
Puede que se emocione cada vez que ve el gol de Inhiesta o que se le llenen los ojos de lágrimas cada vez que observa ondear la rojigualda a todo trapo en la madrileña Plaza de Colón el día de la Hispanidad, pero Ana Mato y su exclusión de los inmigrantes irregulares de la atención sanitaria normalizada están cada día defecándose en la Marca España, la auténtica, la que nos tendría que enorgullecer, y orinando sobre el nombre de su país.
Y Si todavía hay alguien que sale con eso de que eso lo pagamos los españoles y tiene que ser solo para los españoles que cambie su bandera y que vaya a hacerla ondear en los Estados Unidos de la Doctrina Monroe o en la Alemania de 1931.
Y antes de hacerlo que se haga una pregunta ¿de quien era el riñón que se trasplantó a Anush? ¿No lo sabe? Pues eso.
¡Cuidado! No vaya a ser de un senegalés sin papeles o de un pakistaní ilegal y tengamos un problema para justificar ese injustificable españolismo egoísta. 
Si no se pregunta al donante su situación legal no tenemos derecho a preguntárselo a quien recibe la donación. Por lógica sanitaria, por principios éticos e incluso por puro y rancio honor patrio.

La polio convierte la yihad talibán en una Black Op

Una enfermera que a mi me pareció octogenaria -aunque probablemente era una cincuentona- apoyada en el quicio de la puerta con un paquete de caramelos y una cara de esas de "por aquí no pasas, chaval". Ese es el vago recuerdo que guardo de mi vacunación contra la polio. 
Fue hace tanto tiempo que puede que fuera de otra manera. Pero lo cierto es que mi memoria no incorporó los AK 47, las guerreras azules, los pantalones caquis de bolsillos, los dobles cargadores curvos y las gorras ladeadas al acervo de mis recuerdos hasta mucho después.
Por desgracia para muchos, por desgracia para el mundo, por desgracia para nosotros. Hoy, sí hoy, hay niños que crecerán con la imagen militarizada de la vacuna contra la polio, que no sabrán si lo que les salvó la vida y el futuro fue la inyección o los militares que vigilaban y patrullaban armados hasta los dientes para que pudieran poneserla. 
Mientras aquí los hay que se empeñan en desmantelar la salud universal, mientras en nuestras fronteras los hay que defienden a los que quieren e intentan hacer negocio con nuestra salud en el otro extremo del mundo, ese que no nos importa y en el que no nos queremos ver reflejados, los hay que tienen que jugarse la vida y las armas para salvar a un niño de una incapacitación de por vida.
En Pakistán, en ese país que es frontera de muchas cosas y residencia permanente del miedo y la intransigencia, los locos furiosos de la yihad, los perpetuos mentirosos de las falsas profecías han decidido atacar a los equipos de vacunación contra la polio. Han decidido dinamitar una vez más el futuro de aquellos a los que dicen defender, de aquellos a los que pretenden según ellos comunicar el paraíso islámico, su peculiar visión del mismo, claro.
¿Por qué?, ¿por qué han descubierto una escondida sura coránica que prohíbe arrojar líquidos en las gargantas infantiles?, ¿por qué algún ayatolah o mulah de tres al cuarto ha decidido reinterpretar a su antojo una carta del profeta a su suegro o un discurso de un santón de la Edad Media en Damasco?
No. Se esperaría que los talibanes, esos obsesos impenitentes de una religión mal entendida, mal interpretada y arcaica, dieran una explicación de ese tipo como ya dieron antes otros fanáticos religiosos. Como determinadas sectas cristianas se niegan a las transfusiones, como determinadas ramas del catolicismo ultramontano se niegan a las terapias génicas. Pero no.
Su única excusa para ametrallar a los que intentan salvar el futuro de sus niños es que creen que están espiándolos; que, en su paranoia imposible, ven el rostro de ese monstruo ubico y multicéfalo con el que sueñan en todas sus pesadillas de poder: los servicios secretos estadounidenses.
Y si alguien podía haber llegado a creer que los talibanes de Pakistán y Afganistán tenían una base religiosa con eso la pierden; si alguien había podido pensar que su locura y su bestialidad estaba basada en un concepto de la interpretación fanática de la religión con esto puede dejar de pensarlo.
La religión no es otra cosa que la excusa. Lo que quita el sueño a los talibanes es el poder, lo que los excita y los mueve es el control.
Porque saben perfectamente que en los dos únicos países del mundo donde la polio es una mal endémico -Afganistán y Pakistán- atacar a los que intentan erradicarlo es escupir directamente sobre las tapas de El Corán. 
Porque saben que Allah, si existiera, les fulminaría con un rayo por poner en riesgo a aquellos que junto con los locos son intocables en sus ordenes divinas: los niños; porque saben que Mahoma si volviera de entre los muertos los pasaría por el afilado y curvo acero de su cimitarra por anteponer sus intereses bélicos al bien colectivo de los musulmanes.
Lo saben y no les importa porque hace tiempo que utilizan la guerra santa, la falsa yihad, como cobertura de su lucha por el poder, porque hace tiempo que utilizan a su dios de excusa, a su profeta de pretexto y a su religión de vacía justificación.
Les da igual que los predicadores musulmanes se desgañiten en sus púlpitos diciendo que su dios quiere que los niños crezcan fuertes y sanos. Les importa un carajo que los clérigos, santones y estudiosos de la religión de el Corán recorran el país participando en las vacunaciones para demostrar a todos que su religión y sus preceptos no tienen nada que ver con evitar salvar la vida de los niños.
Los talibanes han decidido que dios y el paraíso anteponen la seguridad de sus operaciones terroristas a cualquier otra consideración. Que su acceso al poder es lo único que importa a ángeles y ghuls. 
En realidad es lo que llevan haciendo desde el principio.
Esconden, golpean y humillan a las mujeres que tienen la desgracia de nacer en esas tierras para mantener el poder sobre ellas; lapidan a hombres y mujeres por amarse -lo han hecho hoy mismo en el vecino Afganistán- para conservar el poder sobre la sociedad; dejan morir de una enfermedad dolorosa o condenan a sus niños a secuelas de por vida por intentar ganar una guerra que les asegure el poder sobre las generaciones futuras.
No anteponen su dios a cualquier cosa, se anteponen a si mismos, sus escondites, sus objetivos políticos, sus estrategias bélicas. Ningún dios está ni ha estado nunca en la mente de los talibanes aunque lo tengan siempre en los labios y las armas.
Su único dios son ellos mismos, su poder y su victoria.
Y nosotros, los indolentes miembros del Occidente Atlántico, les hacemos constantemente el caldo gordo. Se lo hacemos porque nos empeñamos en definirles por lo que no les define. En llamarlos islamistas cuando no tienen nada que ver con el Islam, en meter a toda la religión musulmana -que es tan absurda como todas las demás, no nos engañemos- en el saco que ellos han cosido y atado para ella, porque, en nuestro gusto por la simplificación de barra de bar y comentario durante el telediario, seguimos considerándoles parte de algo a lo que nunca han pertenecido.
En nuestro miedo a todo lo que no somos nosotros ampliamos el círculo de rechazo y de repugnancia que solamente debería contener a los talibanes -y a Hamas y Hezbollah, no nos olvidemos de ellos- a todo lo que llega del mundo musulmán, a todas sus tradiciones, su cultura, sus pensamientos.
Y ese error de tomar el todo por una parte que ni siquiera es una parte les engrandece como pasa con todos los que usan una religión o una ideología como cortina de humo para se acceso y mantenimiento en el poder. Como el reproche general a los católicos romanos engrandeció a La Inquisición y los Cruzados, como el odio a lo judíos hizo fuerte al sionismo más sangriento, autoritario y radical.
Si de verdad queremos que la locura intransigente y furiosa de los talibanes no arrase el futuro de todos los que han caído bajo su férula solamente podemos tratarles como lo que son. No como fanáticos religiosos, no como miembros del mundo musulmán: simplemente como buscadores del poder a cualquier precio, incluso al precio de la salud y el futuro de sus niños. 
A estas alturas han aprendido de sus seculares enemigos y actúan como los servicios secretos del gigante estadounidense. Para ellos el Allah y Mahoma son una historia preparada de la que tiran como cobertura.
Para los talibanes el Islam no es otra cosa que una  Black Op, una operación encubierta.
En nosotros está disipar la cortina de humo que la cubre.

viernes, febrero 14, 2014

La justicia expulsa a Lucía Figar del Club Loreal

Hay situaciones que explican el concepto que tenemos del as cosas. Formas de comportarse que demuestran lo que somos mucho más que nuestras palabras, nuestras ideologías confesas y nuestras reiteraciones retoricas. Acciones que nos delatan.
Hoy, Lucia Fiar, uno de los tentáculos que el Partido Popular ha puesto en el gobierno de la Educación, concretamente en Madrid, tiene que enfrentarse a una de esas acciones delatoras y no porque ella lo desee sino porque los tribunales la obligan a mirarse al espejo.
La consejera de Educación de la Comunidad de Madrid despidió hace seis años a ocho directoras de centros de enseñanza y ahora el Tribunal Superior de Justicia de Madrid le dice que no podía hacerlo, que tiene que readmitirlas.
Y algunos dirán que esto entra dentro de lo normal, que no delata ni define a nadie. Pero se equivocarán.
Define a Lucía Figar como miembro de ese círculo de poder político que se aferra a la creencia de que en algún momento entre la Revolución Francesa y anteayer se ha restaurado el concepto de gobierno por derecho divino. 
La delata como totalitaria porque decidió sustituir a las directoras y ni siquiera siguió o intentó seguir los cauces legales. Quien se encuentra gobernando bajo el imperio de la ley y decide ignorarlo solo puede ser bautizado con ese nombre.
La define como dictatorial porque, como sabía que no era su competencia, ni disponía de las atribuciones legales, se las inventó. Pese a que el nombramiento de Directores de Centros de Educación Infantil tenía, allá por 20008, una reglamentación. Ella se inventó otra, una que ponía esos nombramientos y las destituciones en su mano. Y eso es, por definición, lo que hace un dictador: concederse a sí mismo un poder que no le corresponde, arrancándolo de aquellos a quien pertenece.
Pero Lucía Figar se define en otras muchas cuestiones gracias a este arrebato totalitario y dictatorial.
Su acción y su anulación por parte de la Justicia dibuja sobre el rostro de la consejera los trazos de la más pura y simple cobardía,
No dio la cara en ningún momento. No hubo comunicaciones, no hubo mensajes oficiales. No asumió su decisión. Se limitó a buscar el momento en el que todo el mundo estaba mirando a otro lado, en el que la comunidad educativa estaba más relajada, para asestar su puñalada entre los omóplatos de las ocho directoras y de sus centros. 
Cuando acabó un curso ocho mujeres eran directoras de Escuelas de Educación Infantil y cuando fueron a abrir sus centros al curso siguiente, tras las vacaciones, se encontraron que había alguien ocupando su puesto. A Traición, por la espalda, con alevosía. Solo faltó la nocturnidad y por poco. 
Comparados con Figar, Bruto y Casio, los más famosos apuñaladores de la historia, parecen hasta gente honorable. Ellos al menos clavaron la daga de frente.
Y el retrato que de la consejera de Educación madrileña hace esta acción pasa también por el más puro y duro nepotismo.
Envió a personas de su cuerda, sin nombramiento oficial, sin concurso de méritos, elegidas a dedo y avisadas con antelación de varios meses -esos sí- a sustituir a las directoras. Iban con instrucciones claras de lo que tenían que hacer pero sin ninguna legitimidad legal para ocupar unos puestos que ella había decidido concederles graciosamente, como un monarca absoluto de antaño. 
Inventarse una ley que favorece tus intereses y utilizar a tus amigos, adláteres o acólitos para llevarla a efecto es la quintaesencia del nepotismo más burdo.
Y finalmente, la última pincelada que dibuja a Lucía Figar, el último acto que la delata y la define solo tiene un nombre, solo puede tener un nombre.
Porque no había razones objetivas para las destituciones, no había expedientes informativos ni sancionadores, simplemente se trataba de controlar ideológicamente los centros y al profesorado de los mismos. Se trataba de sustituir a directivos docentes por comisarios políticos, a enseñantes por adoctrinantes, a maestros por secuaces fieles.
Como se hiciera otrora "depurando" a maestros de los Salesianos y La Institución Libre de Enseñanza en el campo de Fútbol del Moscardó FC, transformado en "centro de reeducación"; delatando y persiguiendo hasta la muerte o el olvido a maestras por su condición de republicanas o dando el "paseillo" a un maestro cojo, de nombre Claudio, que había cometido el imperdonable error de ser camarada de un poeta homosexual y rojo.
Cuando la ideología se antepone a todo lo demás, cuando se pretende imponer y eliminar a aquellos que piensan de manera diferente, cuando no se tolera la disensión y se recurre al totalitarismo nepotista para sofocarla solamente tienes un nombre. 
Cuando algo actúa y se mueve así, se llama fascismo.
Así que hoy, Lucía Figar se enfrenta a la obligación de mirarse en el espejo que la ha impuesto la judicatura y a la abandonar a la fuerza ese club del que era socia destacada desde 2008: El Club del "Porque yo lo valgo".
La justicia madrileña le ha dicho que el "porque yo lo valgo" no se estila, que el hacer las cosas por tus gónadas externas o internas no puede generar leyes ad hoc, ni destituir directoras, ni colocar adláteres, ni depurar ideologías. Que aquí lo que lo vale es la ley y la justicia. 
Aunque Loreal y Figar mantengan lo contrario.

jueves, febrero 13, 2014

Hay normas que no pueden cumplirse


El progreso de dejar a los niños que se maten

Hay situaciones que se antojan absurdas e irreales desde que se conocen y que alcanzan el nivel de locura cuando te das cuenta que se llevan a la práctica.
Y hoy nos desayunamos con una de esas locuras sociales que han hecho de nosotros lo que somos. Sociedades encerradas en sí mismas sin capacidad alguna de reacción, de lucha, de resistencia, ni de mejora. Que nos han abocado a una lenta y centenaria decadencia.
Bélgica aprueba por fin algo que la humanidad no debería siquiera plantearse, ni siquiera discutir. Algo que no debería caber en nuestras mentes: Ayudar a los niños a morir si así lo eligen.
Lo podrán llamar suicidio asistido a menores, eutanasia activa, sedación paliativa -definitiva, supongo, porque de la sedación uno se despierta-, pero en realidad no es otra cosa que ayudar a los niños a morir si así lo eligen.
Y en estas endemoniadas líneas podría preguntar ¿cómo hemos llegado a esto? o ¿en qué estamos pensando? o utilizar cualquier otra fórmula más retórica y diplomática para hacer la pregunta. Pero en realidad no hay retórica que cubra lo que Bélgica aprueba.
¿Es que somos idiotas?
Arrastrados por el falso mito de la libertad personal de elección como valor absoluto, nos hemos convertido en diletantes en nuestras propias vidas y sobre todo de las vidas de los otros, en paseantes que se encogen de hombros ante el sufrimiento y la desesperación y que simplemente se escudan en ese malentendido respeto de la libertad individual para ignorarlo todo y decir: "Si quiere morir, que muera, es libre de elegir".
Pero es mentira. Es una mentira tan profunda que no nos atrevemos a pensar en ella, que la disfrazamos de progreso y de ideología de defensa de la libertad porque nos da un miedo atroz reconocer que es tan falsa como lo es todo lo que damos por sentado gracias a ese impenitente individualismo egoísta que nos ha llevado a donde estamos y que parece que nos va a llevar a lugares aún peores. Empezando por Bélgica.
¡Son niños, por aquello que sea en lo que creáis aunque creáis que no creéis en nada, son niños!
No tienen libertad de elegir en qué ciudad viven, con qué familia crecen, en qué colegio estudian. Nosotros no se la concedemos. Ni pueden elegir su menú diario, no les dejamos elegir la hora de regreso a casa, no tienen libertad de tránsito sin sus padres o de entrada en ciertos sitios, o de ver determinadas películas o de consumir ciertos productos pero ¿de repente, les damos la libertad de elegir que quieren morir?
Y para más inquina y absurdo se la damos en el momento en el que menos libres son. Lo sabemos o deberíamos saberlo, pero no nos importa. 
Ya ha llegado el punto de no retorno en nuestro viaje hacia la decrepitud como sociedad, hacia la decadencia como civilización, en el que con tal de no responsabilizarnos del sufrimiento ajeno, con tal de no vernos abocados a esforzarnos en evitarlo, hemos decidido ignorar lo más obvio.
El dolor, el sufrimiento, la falta de horizontes, mata la mente, mata la capacidad de raciocinio, mata la libertad. 
Así que, por más que el legislador belga quiera cubrir sus vergüenzas y su conciencia con la manida frase de que demuestren "capacidad de discernimiento" y que el sufrimiento "sea solamente físico, no psicológico", no lo consigue.
Han dado en el clavo en todo. Desde el auxiliar sanitario más abnegado hasta el torturador más cruel saben que precisamente es el dolor físico, el sufrimiento físico continuado, el que más nubla el discernimiento humano. Por eso unos intentan evitarlo antes de comenzar a curar y otros pretenden provocarlo, acentuarlo y mantenerlo para que su víctima no pueda pensar con claridad o simplemente no pueda pensar.
Y en esas circunstancias, cuando solamente se desea que el dolor pare, que el sufrimiento se detenga a cualquier precio, es cuando nosotros, miembros de esa sociedad occidental atlántica que ya no es capaz de ver más allá de sus propias necesidades, les tendemos la mano a nuestros niños y les decimos: "muy bien deja de sufrir, mátate, nosotros te ayudamos".
Y lo más triste, lo mas incomprensible, es que esa forma de ver el mundo, ese recalcitrante egoísmo patológico que nos hace llegar a esas conclusiones, parte de gentes que tendrían que tener la mente vuelta hacia otras concepciones, hacia otra forma de ver el mundo, hacia la solidaridad, hacia la ayuda a los demás, y no hacia el encogimiento de hombros social.
“Nuestra responsabilidad es permitir a todo el mundo vivir y morir con dignidad”, afirma la diputada socialista francófona Karen Lalieux, cuyo partido ha promovido este cambio legal.
¡Y se queda tan ancha!
Y para lograr eso, en lugar de clamar porque se abran los horizontes de esos niños enfermos, porque se investigue para mitigarles o eliminarles el dolor, que la sociedad se vuelque con ellos y saque el sufrimiento de sus mentes para que sean realmente libres, lo que defiende es que se les ayude a morir. 
Ella, que desciende ideológicamente de aquellos que prohibieron a los nobles franceses matar a niños que nacían con malformaciones con el mismo argumento que ahora utiliza para defender que se ayude a morir a los niños enfermos, antepone su falsa obligación de defender la libertad de los niños a morir a su real responsabilidad de dar dignidad a la vida de los que sufren y tiene dolor. 
Desde Danton a Marat, desde Rosseau a Rosa Luxemburgo, desde Gandhi a Steiner se revolverían en sus tumbas si vieran lo que nuestro egoísmo y nuestra indolencia están haciendo con su concepto de libertad personal.
Porque en realidad esto va de eso. Va de que no queremos escuchar los llantos de un niño que sufre, que no estamos dispuestos a dedicar tiempo ni esfuerzo personal o social en cuidar de aquellos que requerirán nuestra ayuda durante toda su vida. Va de que es mejor que desaparezcan porque suponen una molestia para nosotros, porque nos dificultan dedicarnos a ese falso Carpe Diem en el que nos hemos arrojado como sociedad y como individuos.
En realidad, nos hemos inventado el derecho a la muerte digna porque no estamos dispuestos a esforzarnos en que los que peor lo tienen para ello tengan una vida digna pese a sus sufrimientos, dolores y enfermedades. 
¡Enhorabuena, ya lo hemos empezado a conseguir! ¡Ya estamos muriendo, voluntariamente, pero muriendo! Empezando por nuestros niños. Hay que estar orgulloso.
Y a quien se le ocurra mentarme a dios, la iglesia o la moral cristiana solo puedo decirle que se vuelva a leer el post o que vuelva al colegio y repita sus clases de comprensión lectora. Somos precisamente los que creemos en esta vida y solo en esta vida los que tendríamos que poner mucho más énfasis en mantenerla y dignificarla que en librarnos de ella.
Y, por más que lo repitan como un mantra, no hay muerte, ningún tipo de muerte, que dignifique la vida 
Ni la de los otros, ni la nuestra.

domingo, febrero 09, 2014

Gabriel en el barco del relato fantástico (14 años)

LA LÓGICA DE LA MAGIA
(Comienzo de un relato de Gabriel Boneque)

En el comienzo de los tiempos los hombres descubrieron poderes que no pudieron explicar. Vivieron con ellos, soñaron con ellos y murieron con ellos pero nunca supieron de verdad de dónde venían ni a donde les llevaban.
Pero como todo tiene que tener un nombre se lo dieron. Más tarde, mucho más tarde, los llamaron magia. E intentaron esconderlos y olvidarlos.
El descubrimiento se mantuvo oculto hasta que los hombres del norte aprendieron a canalizar la magia a través de extraños y secretos dibujos que bautizaron como runas.
Como las gentes del norte no hablan de sus cosas con ningún extranjero, el conocimiento paso de generación en generación, en secreto hasta nuestros días.
Y como los hombres del norte no suelen ponerse de acuerdo entre ellos tampoco lo hicieron sobre esto. Así que se formaron dos escuelas de Magia:
El Magisterio Libre de enseñanza rúnica y El Claustro Santo de enseñanza de artes místicas.
Estas son las dos escuelas de magia que existen en el mundo y yo, William Becqur, voy a estudiar en la primera de ellas. Pero tengo un serio problema. No sé en qué disciplina me van a iniciar.
Existen cinco disciplinas mágicas.
Los Simbolistas hacen magia a través de los objetos y sus imágenes, los Mentalistas usan solo la mente para canalizar los poderes mágicos, los Bardos hacen magia a partir de las rimas y palabras, los Elementales recurren a las fuerzas de la naturaleza para crear su magia y los Compositores desatan las fuerzas mágicas a través de armonías, melodías y música.
Es curioso. Ha llegado el gran día, por fin voy a ser instruido en la magia, y no sé si mi vida será una mirada, un pensamiento, un poema, una tempestad o una canción.

Pero yo, William Becqur, voy a ser mago.




Uno no sabe si está más orgulloso por como escribe o porque sea capaz de imaginar cosas que no existen. La imaginación es la fuente del cambio futuro. Es lo que tiene la paternidad (aunque eso sí, en títulos está un poco flojo)

sábado, febrero 08, 2014

Ana Botella y el temido fantasma de La Bastilla

Los hubo que mantenían que la experiencia es el pomposo nombre que damos a nuestros errores. Pero la sentencia del irlandés falsamente misógino y ciertamente genial solo es aplicable si quien comete los errores intenta al menos aprender de ellos.
Y no es el caso de la ínclita alcaldesa designada de Madrid. No están los tiempos ni los precios para que Ana Botella siga hablando. Porque cada vez que lo hace sube el pan.
Empezó con ese momento glorioso en la incultura política de decir que el PP -o la ideología que se supone que tiene- es la que más había hecho por la libertad a lo largo de la historia y continuó con el sublime ridículo de esa charla en falso inglés de polígono de extrarradio de cup of café con leche.
Y ahora se descuelga con otra de las suyas. Con otra de esas frases celebres que según ella lo explican todo y que para todos los demás solamente son un reflejo de su propia inconsciencia.
Molesta porque los jueces han decidido que decirle a un político en su cara y en su puerta que es un inútil no es un delito punible, no es un crimen execrable y mucho menos un atentado terrorista, la alcaldesa se ha descolgado con una de esas que pasan a los anales de la estupidez humana: "Guiarse por la calle es de la Revolución Francesa".
Más allá de lo que supone la crítica a la sentencia por los escarches a Soraya Saenz de Santamaría, más allá del hecho de que le cuesta digerir una sentencia judicial argumentada y expuesta pese a ser de las que se llena la boca diciendo que "acata" las decisiones judiciales, la frase no tiene desperdicio.
No se sabe muy bien si Botella desprecia la Revolución Francesa por antigua o por revolución; no queda muy claro si la utiliza como referencia negativa por los hechos históricos o por la ideología, pero el caso es que se columpia.
Y, como suele ocurrirle últimamente, a mitad del vaivén se le rompe el columpio y se estampa contra el suelo con ese ruido sordo que hacen las cosas huecas al caer.
¡Claro que dejarse guiar por la calle es de la Revolución Francesa! ¡Se llama democracia!
Como es de la Revolución Francesa la separación de poderes contra la que ella atenta cuestionando la legitimidad de una sentencia judicial, como es de la Revolución Francesa que su partido gobierne de forma legítima en virtud de los sufragios que se depositaron con sus siglas en unos comicios.
Como lo es que ella pueda ser alcaldesa y no esté ligada por derecho de servidumbre a un puñado de tierra y un oficio que no puede cambiar sin el permiso del noble de turno; como lo es que el día de sus esponsales boda no apareciera en su tálamo nupcial el Duque de Medinasidonia para imponer su derecho de pernada; como lo es que pueda votar para elegir a su gobierno; como lo es que ella pueda demandar en los tribunales a determinados medios por los rumores sobre sus desavenencias maritales.
Todo eso es de la Revolución Francesa además de "guiarse por la calle".
Y si, simplemente porque un juez sentencia algo que le viene mal, porque determina que echarle en cara a los políticos sus inacciones o sus acciones erróneas es un ejercicio de democracia la Revolución Francesa es desdeñable quizás debería recoger las cosas de su despacho y volver al feudo en el que nació a prestar juramento vasallático al noble de turno.
Porque la Revolución Francesa, con todas sus idas y venidas, con todos sus excesos y sus delirios, es precisamente eso: el reconocimiento de que el poder y la soberanía residen en el pueblo, la constatación de que hay que escuchar su voluntad en las urnas, en la calle o en cualquier otro sitio, el comienzo del a construcción de un sistema en el que hay tres poderes que se vigilan y se controlan los unos a los otros y que emanan todos ellos de la ciudadanía.
Y para rematar la faena, la regidora madrileña califica la decisión judicial de "lamentable y peligrosa para el Estado de derecho".
Pero, ¿en qué quedamos? ¿no se suponía que no había que ser de la Revolución Francesa?
Quizás le diera demasiado el sol mientras saboreaba su "relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor" y el golpe de calor le haya hecho olvidar que el Estado de Derecho es una herencia directa de... ¿de qué era?... ¡Ah, sí, de la Revolución Francesa!
Es posible que ella sea más de regímenes donde los poderosos están protegidos de aquellos sobre los que gobiernan en su irresponsabilidad y su incapacidad, es más que probable que ella sueñe con un sistema en el que pueda hacer y deshacer a su antojo sin que nadie pueda reclamarle nada, sin que nadie pueda ejercer medida de protesta o de presión alguna contra ella, es casi seguro que ella preferiría un sistema en el que poder emane de la divinidad y recaiga sobre los hombros y las arcas de aquellos que por derecho de sangre o de riqueza están en condiciones de ejercerlo para su beneficio y pese a los perjuicios que causen a todos los demás.
Pero, aunque hubo un tiempo en que eso era así, aunque hubo un tiempo en el que Ana Botella y su inconsciencia de repetir una y otra vez los mismos errores esperando que tengan un resultado diferente hubieran sido aplaudidos por la élite guerrera y recompensados con un condado o un virreinato, ese tiempo pasó. 
Acabó justo con la Revolución Francesa. 


domingo, febrero 02, 2014

El PP y el polvo en el baño de la macrofiesta

Siempre hacen falta unos días para digerir las nuevas situaciones. Ya sean victorias, derrotas o simples empates técnicos, es bueno pararte y esperar a ver qué pasa, como evoluciona todo. Si es que se digna evolucionar. 
Y ciertamente parecía que, tan dados como son algunos de sus miembros a las terapias religiosas del retiro espiritual y la contrición cristiana -esa parece que más para otros que para ellos mismos- los chicos y chicas del Partido Popular iban a aprovechar su Convención -que ellos no hacen congresos- para eso. Para preguntarse por qué y de donde les venían los guantazos que últimamente les están cayendo encima.
Pero no.Como si todo hubiera acabado, como si las cosas no fueran con ellos, como si no hubiera mañana, ellos han decidido hacer eso que tanto multan y tanto persiguen a los jóvenes: se han ido de botellón.
Para empezar han vuelto a caer en el ridículo jocoso que hacen siempre por aquello de no hacer congresos, como el Partido Socialista, como los de izquierdas, convocando y organizando una Convención y recordando la asamblea más izquierdista y radical de la Revolución Francesa que, bajo el mandato de Robespierre, paso por el filo de la guillotina miles de cuellos de los que ellos desciende social y políticamente.
Pero lo peor de todo es que han transformado Valladolid en el parking de una macrodiscoteca y se han lanzado a una fiesta choni de polígono en toda regla.
La Comunitat Valenciana está en quiebra y no para de pedir dinero al gobierno central, el Gobierno de la Comunidad de Madrid sufre derrota tras derrota: en los tribunales y en la calle por la privatización sanitaria, en sus componendas por la deserción de Eurovegas, en su política por el aumento irremisible del paro que alcanza casi las 700.000 personas; Castilla - La Mancha, regida por la santa Cospedal es la comunidad en la que más ha aumentado la pobreza y el riesgo de exclusión social. 
Las astas de sus estandartes autonómicos se quiebran bajo el peso de la realidad y ellos, en lugar de llamar a las armas a los suyos para apuntalar el fuente, se arrojan a una macrofiesta de autoafirmación y de hipermotivación que hace dudar sobre el contenido de los canapés que se distribuyen en el catering del magno evento.
Y en lo que al Gobierno central tampoco están las cosas como para tirar de tecnotrance y bailar alocadamente en la macrofiesta vallisoletana.
 Bruselas les enmienda la planay afirma que es ilegal no atender sanitariamente a los inmigrantes ilegales; Estrasburgo da carpetazo definitivo a la doctrina Parot y al simbionte electoral del terrorismo que el PP utiliza desde el albor de los tiempos.
Su reforma laboral, esa por la que decidieron vender como siervos y esclavos a los españoles a las compañías multinacionales para que se asentaran en España naufraga una y otra vez: Eurovegas no llega, Coca Cola se va, los gigantes de Internet siguen deslocalizando sus ganancias en España, Inditex sigue fabricando en China...
La calle y los profesionales siguen contra la Ley Wert de Educación y amenazan con la insumisión, los profesionales sanitarios de muchas comunidades siguen su lucha contra el modelo que ya ha sido parado en Madrid y que ya está fracasando estrepitosamente en Valencia. Los pueblos se rebelan contra sus alcaldes y ellos les dejan subirse el sueldo con la nueva Ley de Administraciones Locales; el juez Ruz sigue sacando detritos cada vez que mueve una baldosa en Génova, 13; la calles les reprocha la Ley de Dependencia, la Ley del Aborto...
Pero ellos tiran de autoafirmación en su convención. Echan mano de motivación extrema en sus pasillos y salas de reunión. Cuando tenían que estar postrados de hinojos -en su linea- y entonando el Non Nobis y el Te Deum tiran de Pitbull y de David Ghetta para organizar la versión pepera del Ibiza Dance Party ni se sabe ya que número.
"En la buena dirección" reza el eslogan presentado y defendido por la Santa Patrona del Recorte, María Dolores de Cospedal ¿de verdad que todo lo que está ocurriendo lo tenían previsto?, ¿de verdad que el hecho de que el 23% de la infancia de este país esté en el umbral de la exclusión económicas es la dirección adecuada?, ¿en serio que la "flexión" del paro hasta un 27,3% es ir en la dirección correcta?, ¿creen que más de 500 desahucios por mes durante el año pasado es el camino que debe seguir este país?
Saben que no pero no quieren verlo, no quieren verlo, no quieren saberlo. Los botellones no se organizan para sentarte en un banco del parque y reflexionar sobre lo absurdo de estar bebiendo en medio de la calle mientras estás suspendiendo asignaturas a cascoporro y tu novia te ha dejado; las macrofiestas no se ponen en marcha para acodarte en la barra y pensar sobre lo absurdo de intentar ligar con la música a más decibelios de los que desataría un estallido nuclear ni qué es lo que falla en tu vida como para no tener trabajo, ni dinero y necesitar polvo de ángel y pastillas para sentirte feliz.
Como perfectos adolescentes nini, el Gobierno y el partido político  que lo sustenta no han organizado su convención no para reflexionar, sino para olvidar. No para buscar soluciones a la realidad, sino para olvidar que esta existe.
Y por eso se agarran a sus pírricas falsas victorias. Por eso colocan como símbolo en sus paredes y su aparato de mercadotecnia una flecha diagonal hacia arriba, ignorando que esa forma de crecimiento tiende al infinito y no alcanza nunca su objetivo si la base sobre la que se sustenta sigue cayendo y cayendo como los datos cotidianos les demuestran que está ocurriendo.
Por eso se agarran a esas escasas centésimas de mejora en las cifras macroeconómicas que son más producto de los maquillajes estadísticos y las situaciones coyunturales que de otra cosa, para tener algo que celebrar.
Usan el pírrico aumento del PIB o la mínima creación de empleo estacional como una droga de diseño que les permita arrinconar en su cerebro todo lo demás; utilizan las cifras de la deuda como un cubata de garrafón que les ahogue las penas por todas sus derrotas; usan a sus delegados como si fueran la choni y el petado protagonistas de un polvo rápido en el baño que les impida ver que nadie les quiere y mucho menos les respeta.
Y nada mejor para una fiesta de motivación máxima que recurrir a los viejos temas, a las viejas canciones.
Invitan a intérpretes clásicos para hacer sonar los mismos ritmos de la defensa de las víctimas y la derrota de ETA cuando ya saben hasta en Filipinas que ETA yace derrotada por el pueblo de Euskadi, el independentismo democrático y la acción policial; las mismas melodías sobre moral, respeto a la vida y aborto que en realidad afectan a una mínima parte de las mujeres y los hombres españoles y que saben que al final no tocarán; buscan las mismas armonías sobre la unidad territorial de la patria cuando hasta el más soberanista de los soberanistas de cualquier rincón de este país tiene ahora cosas mucho más importantes en la cabeza.
Pero no hay nada como la música conocida y machacona para poder disfrutar en un espectáculo que tiene como objetivo obviar lo desconocido que les golpea la cara, ignorar lo importante que les sacude el rostro.
Muchos, incluso del Partido Popular, se preguntan que objetivo tiene la convención vallisoletana del PP.
La respuesta es sencilla.
No está hecha para lanzar la candidatura europea, no está hecha para hacer examen de conciencia sobre errores propios en sus políticas y varapalos externos a sus estrategias. 
El PP se reúne en Valladolid para danzar al ritmo de sus canciones favoritas, extasiarse con sus drogas favoritas y tratarse el desamor del electorado follando en los servicios. Para olvidar y pasarlo bien.
No tiene nada que ver con España o con nosotros. Es solo su macrofiesta.

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