domingo, mayo 07, 2017

La visceral incoherencia sobre el útero gestante

Para empezar dos matices. 
Que digo yo que no es precisamente la fecha más acorde para esto el Día de La Madre (aunque quizás algún marketiniano piense lo contrario) y que yo tampoco tengo muy clara la bondad o la maldad de esto que se ha dado en llamar gestación subrogada.
Pero más allá de ese debate, acertado y aceptable, la campaña realizada ayer y hoy en las redes sociales por ese feminismo patrio, que no es el de todos, que no es el único feminismo, pero es el que más se ve y se hace oír, me llama la atención por sus lemas y sus motivos y sobre todo porque cada uno de ellos encierra un síntoma de unos esquemas de pensamiento que van desde la incoherencia al egoísmo social, pasando por la absoluta ignorancia y la incapacidad de proyectar sus argumentos más allá de sus necesidades ideológicas.
Empieza diciendo que la gestación subrogada "no es una técnica". Y mantienen que no lo es porque los seres humanos -no se si todos o solamente las mujeres- "no somos máquinas".
¿En serio? 
La cirugía láser es una técnica, la fecundación in vitro es una técnica, el balón gástrico, el trasplante de órganos... todas ellas son técnicas y todas ellas se llevan a cabo en el cuerpo humano ¿Tan inculto es el feminismo radical que equipara técnica a máquina cuando no tiene ningún sentido hacerlo?, ¿o simplemente intenta manipular a aquellas a las que se dirige utilizando adrede un "falso amigo", una asociación inconsciente de ideas, para justificar su posición?
Cualquiera de los dos casos es grave, pero si es el segundo es simplemente una muestra del perfil ideológico de aquellas que exponen el mensaje. Cualquiera que recurre al engaño y la manipulación para defender algo se define a sí mismo.
Luego dicen que atenta contra sus derechos y libertades.
Eso estaría bien si se tratase de un plan orweliano por el que fuera obligatorio convertirse en vientre de alquiler. Pero si la elección es libre ¿Qué libertad se ve afectada?, ¿Qué derecho se ve conculcado?
Ese que tanto utilizan de elegir sobre su propio cuerpo -que desde luego existe, aunque no es el único del mundo, como en ocasiones parece- no se ve afectado. Una mujer decide que quiere ser vientre de alquiler y ha decidido sobre su propio cuerpo. No hay derecho ni libertad en riesgo. Más diría yo que se pone en riesgo si quiere hacerlo y no se le deja.
De nuevo se dice defender la libertad exigiendo que se prohíba hacer a las mujeres aquello que al feminismo radical español no le gusta que hagan. 
No es la primera vez ni será la última. Sin ir más lejos esta semana se ha exigido que se prohíba que haya azafatas en el Gran Premio de Jerez porque ellas consideran "indigno" ese papel. No porque las Padock Girls lo pidan, solo porque su ideología cada vez más radicalizada e intolerante con las mujeres que no piensan como ellas, no puede tolerar que haya mujeres que decidan hacer un trabajo basado en su físico y su imagen. Más de lo mismo.
Pero, por supuesto, ellas defienden que esa libertad no existe porque las mujeres deciden y cito "alienadas por el hombre social y el patriarcado hetero normativo".
Ellas son las únicas que han escapado de esa alienación, el resto de las mujeres son pobres incultas, que bordean la estupidez y que deben ser conducidas por ellas hacia la verdadera expresión de su naturaleza femenina. 
Vamos, más o menos como en el siglo XIX. Toda mujer es tonta y siempre hay alguien que debe guiarla hacia lo que debe hacer.
Por no decir que resulta curioso que sea el "patriarcado heteronormativo" el que abra la puerta de una gestación subrogada que beneficia principalmente a mujeres y parejas homosexuales masculinas. Sería la primera vez en la historia.
Porque si nos ponemos en modo patriarcal del siglo XIX -que no digo yo que sea justo ni saludable-, si un hombre quiere tener hijos y su mujer no puede, se divorcia y se busca otra. La maternidad subrogada está ideada para los problemas de infertilidad femenina -más de imposibilidad de gestación que de infertilidad, diría yo- y de aquellos que no pueden gestar sus hijos bajo ningún concepto biológico: es decir, los padres gays.
Pero claro, pensar tus argumentos hasta sus últimas consecuencias no es algo que vaya con los fanatismos. Sean religiosos o ideológicos.
El siguiente argumento es quizás el único consistente. Aunque expresado de una forma grandilocuente, eso de la explotación reproductiva introduce el factor de la pobreza, de la necesidad económica a la hora de tomar la decisión, de que el "dinero no lo puede comprar todo". Y eso sí conviene tenerlo en cuenta.
Pero curiosamente es el uso de ese argumento en concreto lo que las vuelve incoherentes. Porque ese mismo feminismo es el que aboga porque las parejas de dos mujeres puedan acceder a la fecundación in vitro -y además de forma gratuita para ellas-.
Puede que la polarización de su pensamiento haya hecho que olviden el dato fundamental de que para esa fecundación se precisa semen, que ese semen sale de los bancos de esperma y que los bancos de esperma pagan por las donaciones.
Si de verdad estuvieran en contra de la explotación reproductiva ¿no se opondrían también a esos pagos?, ¿no estarían en contra de un sistema que se aprovecha de las necesidades económicas de los hombres para recolectar semen para otras personas?, ¿el dinero no puede alquilar úteros pero si puede comprar semen y óvulos?
Y por ir más lejos ¿no pone eso en riesgo sus libertades y sus derechos?, ¿no les convierte en máquinas al tratarse también de una "técnica"?
No resulta lógico oponerse a una situación sin oponerse a las otras. Pero, claro, no lo hacen.
La cuestión es simplemente que,como eso les viene bien y les afecta a los hombres ni se lo plantean, ni hacen una reflexión al respecto. Las parejas de mujeres tienen todo el derecho a aprovecharse de esa explotación reproductiva de los hombres, pero las parejas de hombres y heterosexuales no lo tienen porque en ese caso la explotación reproductiva es de mujeres. 
Lo que es bueno y exigible si beneficia a su visión concreta de la mujer, es perverso y hay que prohibirlo si beneficia a los hombres o a visiones distintas a la suya de la mujer. La misma historia incoherente de siempre.
Y para rematar la faena de intransigencia e incoherencia se descuelgan con algo que te deja helado.
"Ser padre o madre no es un derecho"
Pero no serlo sí. Ellas que defienden el derecho "a la libre elección de la maternidad" para justificar el aborto -como si en España no hubiera métodos anticonceptivos, píldora del día después, ni sistema de adopciones- ahora dicen que no. 
¿Cómo se puede defender un derecho en su versión negativa (el derecho a NO ser madre) y no defenderlo en su versión positiva (El derecho a SÍ ser madre).
Si algo se trata como un derecho, su límite está simplemente en los derechos de los demás -algo que me temo que intencionadamente se olvida demasiado a menudo-. Si mi derecho a ser padre o madre no entra en conflicto con la libertad de otra persona de si quiere prestar su útero a esa consecución, entonces no hay problema.
Y la última es muy grande: 
"Porque es incompatible con la igualdad"
¿Qué están diciendo? ¿qué es malo porque los hombres no subrogan sus úteros? Claro, porque no los tienen.
Supongo que entonces también es incompatible con la igualdad que los hombres vendan su semen y las mujeres no, pasando por encima del hecho incuestionable de que las mujeres no producen semen.
No me siento del todo cómodo con la idea de la maternidad subrogada y he de reconocer que no encuentro muchos argumentos para ello, salvo el económico que también aplico a las donaciones. Así que, desde mi punto de vista, si se acepta lo segundo habrá que aceptar lo primero con todas las garantías posibles.
Pero con lo que desde luego no puedo estar de acuerdo y espero que creen en la justicia y la libertad tampoco lo estén es con quienes hablan de igualdad y de defensa de las libertades de la mujer y lo único que intentan es imponer su visceralidad y sus apriorismos ideológicos a fuerza de prohibición.

martes, abril 11, 2017

La semántica de nuestro absurdo en Sudán del Sur

Hoy, uno de esos pocos días que he podido desayunar como se debe, me he metido entre pecho y espalda junto al café una de las más rocambolescas noticias que había podido digerir en los últimos tiempos.
El problema no es que lo hayan hecho, que está bien. El absurdo es que intenten vender que sirve para algo, que es importante, que puede contribuir a mejorar la situación en ese país, creado hace unos años de la nada por mor de los intereses petrolíferos y energéticos de unos y de otros.
Sudán del Sur se desangra -y no es una metáfora- en un genocidio soterrado, en dos procesos abiertos de limpieza étnica que se llevan cada día centenares, sino miles, de vidas por delante. Y nosotros nos dedicamos a hacer un mapa de las palabras que reflejan ese odio tribal y fratricida y fingimos que sirve para algo.
No es un síntoma de lo que ocurre en Sudán del Sur. Es un síntoma de la terrible enfermedad que padecemos nosotros, ese Occidente Atlántico que ve la vida en lugar de vivirla.
Como en otras muchas cosas, creemos que las redes sociales sirven para algo. Pensamos que analizar los tuits, los hashtag o lo que sea, nos da una visión de la realidad. Y sobre todo creemos que lo que existe en las redes sociales es real, que puede sustituir lo que hay que hacer a pie de realidad, descendiendo o ascendiendo -según se mire- a eso que ahora nos parece tan prosaico como es el contacto humano.
Y como no sabemos hacer otra cosa, como estamos perdiendo la capacidad de interacción real por mor de nuestros miedos o nuestros egos, le damos a lo que ocurre en las redes una importancia desmedida, creemos que de verdad nos sirven para valorar nuestra popularidad, nuestros afectos, nuestra vida y la del mundo.
Y ahora creemos que sirven para solucionar la guerra de Sudán del Sur.
¿Es de suponer que si bloqueamos, no seguimos, no retuiteamos o no damos un me gusta a los que utilizan esas palabras dejarán de hacerlo?, ¿tenemos que creer que, si logramos un Trending Topic denuciando esa nube de palabras, los que las usan se verán tan afectados por su pérdida de popularidad que dejaran su guerra tribal?, ¿que los que la sufragan y alimentan se retirarán a llorar su impopularidad en un rincón?
Deberíamos saber que no, pero parece que lo hemos olvidado o que queremos fingir que lo ignoramos.
Los sudaneses seguirán matándose a disparo y machete por más nubes de palabras de odio que monitoricemos en Twitter. Igual que racistas, corruptos, machistas, fascistas, asesinos, fanáticos, terroristas, xenofobos y todos los demás lo seguirán siendo por más hashtags que inventemos contra ellos, por más trending topics que coloquemos en lo más alto de las redes sociales.
Lo sabemos, pero pretender que lo ignoramos nos permite alimentar el ego de una victoria, de haber ganado una batalla; hace posible que creamos que se puede luchar por algo sin riesgo, sentados en nuestro sofá, dando un me gusta mientras tomamos cañas, escribiendo una frase de 140 caracteres ocurrentes desde la protegida comodidad de nuestros smartphones. 


Nos permite acallar los gritos que a veces da nuestra conciencia por nuestra desisdia e inacción, fingiendo ante el espejo que hemos hecho algo importante y necesario.
Pero sobre todo necesitamos pensar que es importante por puro egoismo afectivo, que es lo que mueve a nuestra sociedad desde hace un siglo. 
Porque si lo que ocurre en las redes no es importate, no es un reflejo de la verdadera realidad, nuestros seguidores, nuestros amigos virtuales, los retuits y me gustas que recibimos no significarán nada, no serán baremo de nuestra relevancia social, de nuestra popularidad, de que somos queridos, respetados o amados.
Y tendremos que volver a los besos, las caricias afectuosas, la llamada de preocupación por un amigo, las sonrisas compartidas, las bromas, las cañas, los abrazos y todo lo que hacíamos y recibíamos hasta que como sociedad decidimos no exponernos al otro para no correr el riesgo de no sentirnos valorados y queridos. Hasta que decidimos fingir que las redes sociales pueden sustituir las relaciones y el contacto humano con un emoticono bien elegido y un me gusta.
En Sudan del Sur no importan las palabras que se utilicen para el odioen las redes. Importan las otras, las que pronuncia quien te apunta con un AK 47 a la cabeza o quien te amenaza con un machete afilado colocado justo sobre tú yugular y tu carótida. 
Ese es el odio en Sudán del sur. Ese es el que debemos parar y para eso no sirve una nube semántica, solo sirven el compromiso y el riesgo personal. Salga en redes o no.

domingo, marzo 26, 2017

Sesgo cognitivo: la dolencia del fanático occidental

Sesgo cognitivo.
Dicho así, a bote pronto, sin anestesia ni nada, hasta parece una de esas enfermedades raras que de vez en cuando asaltan las páginas de los periódicos o las páginas web de noticias. 
Pero no es nada de eso. Es una justificación buscada a  toda prisa para tratar de justificar algo injustificable.
Una mujer con un chador pasa por delante de los heridos de los atentados de Lóndres en Westminster. Es fotografiada como otros muchos, no se detiene como otros muchos. Y esa instantanea es utilizada para clamar contra los musulmanes, para avivar el odio. Para crear ese "ellos o nosotros" que pretende sustituir a la única división justa que debería haber en esta guerra infinita que tenemos encima. "Todos o ninguno".
Y lo peor no es que usen esa foto con ese fin unos millares de arrogantes mezquinos sin cerebro que no tienen ni idea de lo que es la patria por más que se la lleven una y otra vez a la boca y al pecho. Lo peor es que hay medios que, fingiendo denunciarlo, lo asumen; que, aparentando explicarlo, lo justifican.
Y aquí entra en escena el sintagma en cuestión. Eso del sesgo cognitivo.
Han recuperado un concepto antiguo, casi arcaico, de cuando la psicología mantenia que no era bueno decir al paciente que era estúpido aunque ese fuera su único problema, y tiran de él para venir a decir: "No son islamófobos, no pueden evitarlo. Tienen sesgo cognitivo".
Nosotros, ese "nosotros" que los que padecen el sesgo cognitivo utilizan, ¿somos los buenos occidentales atlánticos, preferiblemente blancos y con toda seguridad cristianos, que nos preocupamos por el sufrimiento de los heridos que vemos en la calle, los que defendemos los valores de ayuda de esa fe que se dice que es nuestra tradición?, ¿ese "nosotros" significa que nosotros nos preocupamos del sufirmieno ajeno e intentamos ayudar mientras que a ellos, los pérfidos musulmanes, fanáticos religiosos todos ellos, no les importa el sufrimiento humano en aras de su dios?
¡Mentira! ¡Mezquina, rastrera y vulgar mentira!
Ese "nosotros" ve todos los días morir a gente de hambre a lo largo y ancho del globo, contempla siete años de guerra auspiciada y mantenida por nosotros, observa y conoce el sufrimiento esclavo de aquellos que trabajan en Äfrica, en China o en la India en favor de nuestras empresas y corporaciones... Y no hace nada, pasa de largo, de canal, a otra cosa. 
Ese "nosotros" ve rebuscar a niños, familias y ancianos en la basura y sigue caminando, ve a enfermos sin apoyo, medicinas o gente que pueda cuidarles y sigue paseando sin importarle nada, ve parados arrojados al hambre y a la mendicidad sufriendo la humillación y la agonia de no tener trabajo y sigue su caminar impertubable. 
Ese "nosotros" ve como policías que deberian protegernos hacen saltar ojos de viandantes, pegan palizas a diestro y siniestro y no se detienen a preguntar, ni a ayudar a los que sangran. Siguen su camino no vaya a ser que al final les caiga a ellos que "no han hecho nada"¿A ese "nosotros" se refieren?
¿De verdad alguien va a intentar vendernos que somos una sociedad tan brillante y cuajada de luminosos principios porque cuatro personas ayuden a los heridos de un atentado?
¿De verdad van a ignorar el hecho de que en los atentados de París o de Niza hubo más heridos pisoteados por la gente que quería huir que por los disparos y nadie se paró a ayudar a nadie?
¿En serio quieren que no tengamos en cuenta a todas esas personas que pasan cada día por encima de un anciano que duerme en la calle para sacar dinero en el cajero?, 
¿Realmente quieren que ignoremos en ese "nosotros" a los millones que se paran en una marquesina ignorando el desesperado grito en forma de campaña publicitaria de las organizaciones internacionales, que se muestra gigantesco ante ellos por los muertos de Siria o del hambre o por los refugiados?
¿De verdad quieren que saquemos de la ecuación a los que graban como un hombre pega una paliza de muerte a una mujer en lugar de meterse a evitarlo, o los que cogen con su movil como una madre maltrata a su hijo en un centro comercial en lugar de pararle la mano, o los que se cambian de acera cuando ven a un grupo de descerebrados amenazando o arrancando el hijab a una muchacha musulmana en una calle en lugar de enfrentarse a ellos?
¿Todas esas personas no son "nosotros"?, ¿todos esos que ignoran el sufrimiento ajeno no son "nosotros"?
La sociedad occidental atlántica es la más indolente, irresponsable e insensible del mundo y de la historia -y eso incluye a la siempre nombrada en estos casos decadencia del Imperio Romano, que ya es mucho decir- y es completamente mezquino intentar manipular la realidad para presentar una instantanea como cualquier otra cosa porque todavía quede un puñado de personas entre nosotros que se paren a atender a un herido en la calle.
Y los que estén pensando en argumentar que no es lo mismo todo eso que un atentado que lo hagan, pero lo cierto es que de poco me servirá tal argumento.
Una muerte es una muerte, el sufrimiento es el sufrimiento. Me da igual que sea de hambre, guerra, bomba, atropecho, puñalada, ahogamiento en el mediterraneo, bombardeo en Alepo o cualquier otra forma. No hay escalas de muertes.
Y los que me vengan a hablar de muertes de inocentes tampoco me parece que estén muy bien encaminados.
Ahí si hay un nosotros. Todos nosotros somos culpables. Cada gota de nuestra gasolina lleva una porción de la sangre y el sufimiento de muchos; cada minúscula porción de coltan de nuestros modernos smartphones lleva una gota del sudor esclavo de muchos en varios continentes; cada hilo de algodón o de seda de nuestras sugerentes prendas ínitimas lleva una hebra de explotación y sufrimiento de niñas en Sri Lanka, Burkina Faso o Thailandia; cada café que nos bebemos lleva un grano de trabajo infantil en Sudámerica o África...
Así que en eso sí. En eso hay un "nosotros" y en ese nosotros todos somos culpables.
Por indolencia o ignorancia, por clueldad o desisdia, pero todos nosotros somos culpables de que ocurra y de que no deje de ocurrir.
Por mucho que los medios pretendan edulcorar la estupidez de los que ayer se lanzaron a las redes mundiales con ese "ellos y nosotros" con ese arcaico concepto psicológico del sesgo cognitivo -tan muerto y enterrado como el behaviorismo que convierte al autócrata en asertivo y al estúpido en pasivo-agresivo por no llamarles a ambos por su nombre-, esa locura absurda tan solo tiene un nombre.
Fanatismo.
Porque el fanático es que altera la realidad en favor de sí mismo para no tener que cambiar su modo de pensar; porque elfánatico es que el usa su odio para interpretar el mundo y salir de esa interpretación siempre bien parado y a salvo; porque el fanático es el se arroga el derecho de actuar de un modo que luego considera perverso cuando lo ve o lo cree descubir en otros.
Fanáticos, todos los que retuitearan, dieran un corazón o simplemente asintieran en silencio ante ese tuit perverso y meserable, son fanáticos.
Igual de peligrosos, violentos y fijados en el odio irracional que del más loco de los locos de ISIS. 
Sin justificación ninguna como no la tienen los yihadistas del falso califato. Tan letales y merecedores de castigo y repulsa como ellos. Que matan y claman por la sangre y la muerte igual que ellos cada día.

domingo, marzo 12, 2017

Agua en Marte o hacer prioritario nuestro ombligo


Que estaba yo dispuesto a escribir sobre esta agria y artificial polémica que nos tiene ahora ocupados con Victoria Prego y Podemos sobre la libertad de opinión, de expresión y de información, cuando una amiga subió la foto que ilustra este post a su Twitter. Y claro, me tiró lo palos del sombrajo.
Ventajas y desventajas de conocer y querer a gentes que piensan en algo más que ellos.
Así las cosas, de repente el problema no fue si Victoria Prego o Podemos, sí la libertad de expresión o de información. De repente el problema volvió a ser el que ha sido siempre, el que está llevando a este Occidente Atlántico a una muerte lenta y degradante: la obsesión por hacer importante lo nuestro, la absuluta incapacidad de fijar prioridades más allá de nuestros universos ínfimos y minúsculos, que no son ni siquiera una china en el calzado de la humanidad.
Y nos pasa a todos y en todo.
Gastamos cantidades ingentes de dinero en encontrar agua en Marte y no en potabilizar la que no pueden beber los niños de África o del sudeste asiático. Empleamos miles de millones en desarrollar 4Gs, HDs o cualquier otra técnlogía y no en llevar electricidad -que a ellos les da igual que sea limpia o no- a quienes aún se alumbran con velas y se calientan con leña; gastamos y recaudamos dinero para proteger los derechos de los animales y no aportamos fondos para las generaciones que nacen en África, hasta el punto de que Unicef tiene que hacer una campaña en la que amenaza con su cierra por falta de fondos.
Y así con todo. Hemos predido el foco de lo importante, hemos desistido de priorizar más allá de nuestras necesidades. Sabemos que debemos hacerlo pero nos negamos a salir de nuestros microuniversos.
Cada uno en lo suyo.
Los periodistas patrios debaten sobre sus derechos en lugar de informar sobre los miles de refugiados que sufren y que mueren en las fronteras del mundo; escriben sobre presiones políticas o empresariales en vez de dar importancia a una crisis humanitaria como no la conoce la humanidad en los últimos 70 años; dedican sus portadas y columnas al derecho a la libertad de expresión de HasteOir y su autobús en lugar de hacerlo sobre el limbo que se extiende en la frontera de Haiti y la República Dominicana con medio millón de personas sin patria ni futuro.
Han decidido que su ombligo es lo más importante del mundo. Que como a ellos es lo que más les interesa, ha de ser lo más importante.
Y no podemos echarle la culpa solo a ellos -o a nosostros, que sigo siendo periodista y no me pesa-. Todos hacemos lo mismo con lo nuestro, con esas diminutas porciones de realidad que son nuestros universos relativos
Los amantes del futbol polemizan y argumentan durante horas sobre si tal gol fue en fuera de juego o sobre si la Federación debe o no renovarse y pasan a toda prisa las páginas en las que se informa de forma incompleta y vaga sobre las guerras que están matando al mundo.
Los defensores de los animales se vienen arriba en la calle y las redes por la muerte de media docena de asnos e ignoran intencionadamente que por cada asno muerto en el mundo hay cada miles de seres humanos que tienen igual fin -o peor y más cluel- por el hambre, la esclavitud, la falta de recursos y por enfermedades que deberían estar superadas hace siglos si esas zonas tuvieran acceso a los mismos recursos farmaceúticos y médicos que tenemos nosotros.
El feminismo patrio gasta tiempo y esfuerzo en visibilizar a la mujer occidental en el comic, el arte o la ciencia, ignorando o fingiendo ignorar los millones de mujeres sometidas a la explotación económica que sufren por culpa de lo que los hombres y mujeres de la civilización occidental atlántica imponemos al resto del mundo con nuestra economía basada en el consumo creciente, la explotación de recursos ajenos y el sometimiento de los habitantes de tres cuartas partes del mundo a nuestras necesidades.
La derecha conservadora se preocupa y hace leit motiv de su existencia del orgullo nacional, la indisolubilidad de España, si hay una bandera u otra en no sé qué balcón o qué lengua se habla en cada sitio, mientras millones de personas gritan en cualquier lengua por terror a las bombas, a los atentados, a los disparos, a las minas...
Todos hemos convertido nuestros ojos en rendijas pequeñas que solamente son capaces de mirar lo que le parece importante a nuestro egoísmo como seres que están perdiendo, si no han perdido ya, la capacidad humana de fijar prioridades comunes.
La falsa progresía con su memoria histórica, el falso liberalismo con el impuesto de sucesiones, el feminismo con la sororidad, el masculinismo con la custodia compartida, los periodistas con la libertad de información, los tuiteros con la libertad de expresión, los furboleros con el fútbol, los amantes del cine o el teatro con el precio de las entradas, los conductores con el tráfico, los transeuntes con la contaminación, los religiosos con su moral, los ateos con el laicismo...
Y, concentrados en ese egoísmo que solamente nos deja ver lo propio, lo que nos afecta, lo tratamos como si fuera lo único, como si fuera importante, como si no fuera completamente irrelevante.
Porque lo será, si seguimos sin darnos cuenta de qué es lo prioritario para el conjunto de la humanidad, lo será. Porque los impuestos, la memoria, la bandera, la contaminación, la sororidad, el fuera de juego, la tecnología 4G o la libertad de expresión no te sirven de nada si estás muerto o vives cada día en el límite mismo de la muerte.
Porque encontrar agua en Marte no servirá de nada si no queda nadie en la Tierra que aún pueda beberla.

jueves, febrero 16, 2017

Hace falta carne 2017


Hace falta carne, chaval.
En pómulos regios de una infanta que no sabe qué sabe.
En las heréticas hamburguesas de tres pisos.
Alrededor de los visibles huesos de modelos de Cibeles,
en las frases falaces de un debate mil veces repetido.
Hace falta carne en la olla cotidiana del pobre;
carne entre los dientes macilentos del hambriento.
Carne en los carrillos de África y en los mofletes de Asía.
Hace falta carne entre las manos y entre las piernas
de aquellos que sólo la tienen entre las cejas.
Hace falta carne entre los dedos y entre los muslos
de aquellas que sólo la tienen entre los sueños;
Hace falta carne, chaval.
Entre las sábanas de los que la imponen en las pantallas;
entre las mantas de los que la niegan en las iglesias.
Más carne puesta ante los libros y no ante los cañones;
carne colocada de nuevo en el asador de la inteligencia.
Carnes rojas de justicia y rebelión,
carnes blancas de paz y transigencia,
carnes abiertas por la rabia ante el idiota
carnes de mis carnes, carnes de las carnes de todos.
Hace falta carne y sal.
Hace falta Carnaval.

domingo, febrero 12, 2017

El fuego, la Fiera y la Caverna

No se trata de corregir a Humberto Ecco, uno de los más grandes pensadores de nuestro tiempo, un tiempo en el que pensar no está de moda, pero sus reflexiones, aunque acertadas son producto de una firme creencia en el Ser Humano que sólo un humanista como él puede tener.
Yo soy más socialista que humanista, entendido como que tengo más intenciones sociales que individuales, y por eso no soy, ni mucho menos, tan optimista. Él ama y salva a la humanidad y cuestiona al poder.
Yo no cuestiono al poder en esa tesitura porque ese poder es sólo reflejo de lo que nosotros queremos que sea. De lo que hemos producido. 
No estamos en mitad de una involución a la que el poder, la historia y la tecnología nos han conducido. Somos pacientes de nuestra propia regresión que ha generado un poder, una historia y una tecnología tal y como los queríamos.Si en Italia se las tienen que ven con un nuevo Nerón engominado que canta y recita frente a las llamas de Roma, Nosotros hemos sufrido en los últimos años una reversión a esos tiempos imperiales en los que la obsesión de un nuevo monarca sombrío, vestido de luto, por pasar a la posteridad, más allá de los logros de su antecesor, nos ha conducido a una guerra que nadie deseaba. Hemos convivido durante diez años con un nuevo Felipe II que hacía de los fastos y las alianzas un medio para acaparar páginas en los efímeros remedos de mercurios históricos que son hoy los periódicos.
Y en un minué de vueltas y repeticiones históricas, ha sido sucedido por un hombre tranquilo y distante que, como lo hicieran los monarcas ilustrados, gobierna contra nosotros por nuestro bien eligiendo lo que considera “bueno para el pueblo, pero sin el pueblo” porque todos “en nuestro interior sabemos que será mejor para nosotros”.
Nuestros gobernantes no se conforman con llegar a ese punto de involución sino que van más allá y en un pobre remedo de las que debieron ser las discusiones de alcoba entre aquella Isabel y aquel Fernando que a la postre montarán tanto el uno como el otro, discuten sobre la noción de nación, muerta, enterrada y putrefacta desde que las guerras mundiales demostraran que por encima de la nación siempre estará el bloque y por encima del bloque, el imperio.
¿Son así por una extraña mutación que les ha llevado a la locura? ¿Son así porque el poder hace que los hombres y las mujeres se aparten de la realidad? Es posible que algo de eso haya, pero lo que es seguro es que son así porque nosotros les hemos creado así.
Nuestra regresión como seres humanos nos ha llevado a pasar por todos los estadios anteriores del pensamiento y el sentimiento humano para abandonarlos todos.
Desde que, los locos de las flores y la paz, pidieran a gritos un “nuevo mundo y una nueva realidad” hemos intentado crearla y no hemos sabido como hacerlo.
Hoy recurrimos al sentimiento romántico y somos de nuevo Lord Byron batallando en guerras que no son las nuestras con nuestras nuevas Ligas de la Paz en forma de ONG´s, olvidando que no podemos ser solución y causa en un problema. Volvemos a los ideales románticos para abandonarlos cuando la solución es imposible. Ni siquiera tenemos el decoro de morir defendiendo la independencia, como hizo el joven Byron, de un país al que nosotros mismos hemos hecho esclavo.
Y siguiendo esa regresión que nadie puede parar llegamos a Erasmo, Llegamos al humanismo entendido con el individualismo. Algo que llevó a la locura a los genios renacentistas al querer abarcar más de lo que la más poderosa de las mentes puede englobar: la totalidad.
Permitimos que cualquier Salieri, incapaz de crear, se disfrace de DJ lo que sea y mezcle y realice variaciones formales al gusto de la audiencia de las composiciones de los antiguos Mozart a los que ya no comprendemos en su genio.
Consentimos que el arte se prostituya y encargamos murales vanguardistas que decoren nuestras paredes y lienzos postmodernos que adornen nuestras estancias. Creemos en el poder del arte no en la comunicación a través del arte. Escuchamos solos la música a través en nuestros pequeños altavoces aislantes, mientras vemos solos el cine en nuestros reproductores domésticos y leemos solos un libro que tenemos muy pocas posibilidades de comentar con nadie. No estamos alienados, simplemente hemos renunciado al otro. Hemos renunciado a la sociedad porque no nos gusta y no queremos cambiarla.
Pero hasta ese individualismo de la modernidad renacentista se nos antoja oneroso y pesado, se nos presenta como una carga que impide nuestra felicidad y pedimos, de hecho exigimos, nuestro derecho a una segunda y una tercera y una infinita lista de regresiones. Pero la regresión, al igual que la agresión, es imparable una vez que comienza, y la nuestra continua más allá de toda lógica.
De nuevo nos volvemos al milenarismo primigenio en cuyas piras ardieron dulcinistas y arrianos. Sustituimos nuestra humanidad, nuestra responsabilidad, por la fatalidad de lo que ha de ser y de lo que está siendo.
Y así, el empresario que despide para mantener sus beneficios recurre al “así son las cosas”; la pareja que abandona tremola el “estas cosas ocurren”; el hijo que usa y abusa de sus padres hasta la cuarentena enuncia el “¿Qué otra cosa puedo hacer?”; el padre que ignora las necesidades de sus hijos ratifica el “las cosas no dan para más” y así en una eterna cadena de elusiones que sustituyen la responsabilidad que nos convertía en seres humanos por la fatalidad que nos transforma en marionetas de nuestras propias necesidades personales.
Sustituimos nuestra responsabilidad, nuestra elección, por el fatalismo de un destino en el que Zeus, Odín y Yahve se transforman en la Teoría de los Ciclos Económicos, Los Estudios de Dinámica Social y La Psicología de Las Relaciones Personales. Esos antiguos humanos veían su destino escrito en las estrellas, en el Arco Iris o en el telar que tres ancianas eternamente tuertas y desdentadas tejían bajo la tierra. Nosotros vemos nuestro futuro escrito en las previsiones de Alan Geenspan, en los libros de psicología infantil y en el Cosmopolitan y el Man. Hasta a esas imágenes de magia y de misterio hemos renunciado en nuestra vuelta atrás.
Si el Estado se arroba el derecho de decidir en que forma es aceptable morir o no, ya sea mandándonos a la guerra o prohibiéndonos el tabaco, es porque nosotros se lo hemos pedido; de hecho se lo hemos suplicado de rodillas cuando hemos creído que teníamos derecho a una casa, un puesto fijo y un sueldo anual de seis dígitos para dejar de ser una carga para nuestros progenitores; cuando hemos creído que teníamos derecho a que nos facilitaran las cosas y cuidaran de nuestros hijos en el colegio para que nosotros pudiéramos “dedicarnos a nosotros”; que aquellos que cometen un error fatal en la elección de su compañía tiene derecho a que le garanticen una nueva vida y unos nuevos recursos antes de abandonarla en la lucha por recuperar su dignidad. Que teníamos derecho a que nos garantizaran el ocio y la felicidad por decreto ley.
Como los medievales, hemos vuelto a organizar relaciones de compromiso en las que los sentimientos comunes no importan. Intercambiamos sexo por compañía; compañía por estabilidad; estabilidad por sexo; sexo por sexo; compañía por compañía… y así en una infinita cadena de combinaciones y permutaciones en la que nunca se tiene en cuenta nada salvo las necesidades propias; en un trueque verbal en el que no puede quedar constancia alguna del compromiso y, como ocurriera en los tiempos del esputo en la palma y el apretón de manos, se recurre solamente a la palabra dada para luego poder decir “yo quería decir eso”. 
Como hicieran los campesinos en la Alta Edad Media celebramos uniones clandestinas en lo profundo del bosque, pero no para evitar que alguien reclame el derecho de pernada, sino para evitar que aquellos a los que nos unimos reclamen el derecho a exigirnos una responsabilidad y un esfuerzo por mantener esa unión.
Y esa regresión medievalista nos lleva a intentar eliminar, como si hiciera en aquellos tiempos de espada y hoguera, todo aquello que vincula a los humanos a algo que no sea la realidad que hemos creado. Les robamos a los niños y a las niñas su fantasía, sustituyendo dragones, elfos y hadas por niños maltratados en los colegios y cuentos de personajes solitarios. Creamos cuentos “no sexistas” y “no violentos” limitando el sueño de ellas a ser amadas hasta el extremo y de ellos de amar más allá de toda consideración personal. Les enseñamos a vivir en nuestra realidad en lugar de permitirles crear realidades nuevas. No vaya a ser que les de por cambiar el mundo en el que viven. No vaya a ser que les de por preocuparse y responsabilizarse por alguien que esté más allá de sus propias fronteras corporales.
Y cuando parecía que estábamos firmes en eso, que habíamos alcanzado el estadio de regresión tolerable, de nuevo se nos vuelve a antojar demasiado pesado, demasiado colectivo, demasiado insidioso en la necesidad que los demás siguen teniendo de nosotros y retrocedemos un engranaje más en la dentada rueda del tiempo.
Como hicieran Parmenides o Anaximandro, recurrimos al respeto para ocultarnos de los demás. No sólo exigimos respeto a nuestra intimidad incluso a aquellos que forman parte de la misma, sino que nos exigimos el deber de respetarla. Respeto que alguien decida morir y contrate alguien para hacerlo porque si no tendría que esforzarme para convencerle de que hay alguna razón para vivir; respeto que el otro (aunque sea otro muy cercano) sufra porque si no tendría que esforzarme en procurarle alegría; respeto que el otro defienda verbal e intelectualmente posiciones absurdas (como el fascismo o el racismo o el sexismo de cualquier signo) porque si no tendría que esforzarme en convencerle de que se equivoca. Y así, el respeto se convierte para cada uno de nosotros en el escudo de Hércules, que refleja la mirada destructora de La Hidra. Esperamos que esa mirada reflejada destruya por si misma a los que merezcan ser destruidos por su reflejo. Olvidamos que Hércules hizo el esfuerzo de descender a la morada del monstruo y mantener el escudo con su brazo. Nosotros no estamos dispuestos a tanto. ¡Que lo hagan las leyes y el Estado!
Y así llegamos al último estadio de nuestra regresión como seres humanos. Llegamos a mirarnos al espejo y considerarnos civilizados.
Somos los seres más civilizados de la historia de La Tierra, eso es incuestionable. Pero somos los menos humanos de los que la han habitado. Para alcanzar nuestro grado de civilización hemos cometido un error que ahora casi ya no estamos en condiciones de subsanar como sociedad (aunque aún puede ser posible para los individuos).
Hemos hecho de nuestra inteligencia nuestra humanidad. Y no es nuestra inteligencia lo que nos separa o nos proyecta más allá del estadio en el que se encuentran otras especies animales.
La inteligencia es simplemente una depuración, no una sublimación, del instinto de supervivencia, es una forma más avanzada de ese instinto y ese instinto lo tiene cualquier animal.
Nuestra regresión nos ha hecho con toda seguridad más inteligentes, pero no más humanos.
La inteligencia solo puede pensar en aquello que garantiza la supervivencia: en el dinero, en la comodidad, en la estabilidad. Y lo ha hecho. Lo ha hecho de tal manera que ha ahogado, mancillado, aniquilado, escondido y ahogado todo aquello que hace esa vida más soportable, es decir, los sentimientos.
No fue la inteligencia lo que generó el Réquiem de Mozart; no fue la inteligencia lo que produjo el Guernika de Picasso; no fue la inteligencia lo que permitió a Dante describir los infiernos. Fueron los sentimientos.
Pero hoy no queremos, y casi no podemos, sentir. Porque nuestra inteligencia nos dice que el sentimiento no es cómodo, no es estable y no garantiza la vida. La hace intensa y magnifica, pero no la garantiza.
Así que, en el momento cumbre de nuestra presencia en el mundo como seres civilizados, no somos otra cosa que la máxima regresión de nuestro estadio humano.
Somos seres que se enfrentan solos al eterno dilema que marcó la existencia de nuestros antecesores en tiempos remotos.
Nuestro mundo no es una sociedad global que abarca a 10.000 millones de seres. Son 10.000 millones de sociedades que incluyen a un solo ser escondido en lo más profundo de su caverna rupestre. Somos seres enfrentados al dilema de no poder hacer a la vez las dos cosas que son imprescindibles para nuestra supervivencia.
No podemos mirar de frente a la entrada de la caverna para vigilar si llega una fiera a devorarnos porque entonces el viento entrará y apagará la pírrica llama que nos da el calor que garantiza nuestra vida. Y no podemos darle la espalda a la entrada para proteger esa llama porque entonces no veremos llegar a la fiera y sus garras devorarán nuestra espalda.
Y no podemos hacerlo porque nuestra inteligencia y nuestra civilización nos han llevado a la soledad.
Así que esperamos, ladeados en el fondo de la caverna, a que nos llegue la muerte, ya que el fuego no nos calienta y no nos conforta plenamente y no nos podemos apartar a tiempo de la fiera como para no recibir sus heridas.
El fuego no se consumirá plenamente, pero nunca arderá en toda su fuerza y la fiera no nos devorará por completo pero no podremos evitar que nos desangre.
Somos neardenthales a los que la soledad matará en su caverna por frío o por el ataque de una fiera.
No hemos aprendido nada.

domingo, enero 15, 2017

Cassandra y el fiscal que desprecia a las víctimas

Hay cosas que normalmente parece que estan claras pero de repente te das cuenta que no lo están tanto, de que, como otras muchas realidades de este mundo occidental atlántico nuestro, se licuan y sus fronteras, antaño definidas, estables y sólidas, se vuelven inestables.
Uno de esos conceptos es la libertad de expresión, sobre todo cuando se pone en relación con ese otro, inventado ad hoc y manipulado en nuestro país hace más de una década, que se ha dado en llamar la "dignidad de las víctimas".
Y Cassandra es el ejemplo perfecto.
Hasta hace unos días Cassandra, conocida en esa red fatua aunque supepoblada llamada Twitter como @Kira_95, era una de tantas que participaba en esos hashtags concebidos como batallas del feminismo español, que subía sus tuits y luego seguía con su vida. Más o menos lo que hacen todos aquellos que dan una cierta relevancia a las redes sociales en su existencia.
Eso hasta que un fiscal decidió pedir dos años de cárcel para ella por subir unos tuits haciendo chistes con el asesinato del General Carrero Blanco. ¿Carrero Blanco?, sí, ¿no se acuerdan? Ese que era Presidente del Gobierno franquista cuando saltó por los aires con su coche. Pues ese.
Y se acusa a Cassandra de humillación de las víctimas del terrorismo. Y esto es lo que resulta aterrador e indignante porque me hace dudar del concepto que este gobierno y sus adlateres ideológicos tienen de "víctima del terrorismo".
Más allá de la semántica estricta indiscutible, que alguien considere a Carrero Blanco como una víctima del terrorismo es un insulto de proporciones desmedidas y de alevosía flagrante contra todos aquellos que fueron asesinados por ETA por negarse a entrar en su concepción fascista y violenta de la independencia de Euskadi, a los que de verdad murieron porque se oponían democráticamente a esa visión.
Carrero Blanco no era una víctima del terrorismo. Era uno de los causantes del terrorismo. 
Carrero Blanco tenía una visión cerril de España y de su futuro que dejaba fuera a cualquier nacionalismo, a los liberales, por supuesto a los "rojos", a los judios -sí, no me he equivocado, a los judíos-... 
Y si resulta difícil de creer, no hay mas que leer alguno de sus discursos. El márxismo, la democracia, el judaismo, el liberalismo, la masonería, el nacionalismo no español... Todos esos eran sus enemigos y el hecho de que los persiguía a sangre y fuego fue el origen de la oposición armada y del surgimiento de grupos como ETA.
Y además Carrero Blanco no fue una víctima del terrorismo, fue un perpetrador de terrorismo. 
Bajo su gobierno y bajo su mando militar se fusilaron, torturaron y represaliaron a cientos sino miles de españoles.
Firmó las sentencias de muerte del Proceso de Burgos, ordenó la represión por la Policía Armada a caballo de las manifestaciones estudiantiles que acabaron con al menos 25 muertos en 1971; incluso participó a través del Caso Matesa en la purga de los pocos aperturistas que existían en el seno de la dictadura franquista.
Así que Carrero Blanco era un terrorista de Estado y murió a manos de unos enemigos que ese terrorismo había creado y que actuaban, se movián y pensaban de la misma forma fascista y totalitaria que él.
Que un fiscal de un sistema de derechos y democrático le considere solamente víctima del terrorismo y le ponga en el mismo saco que aquellos que, concluida la dicatura franquista, se opusieron a ETA -ya sin lógica ni justificación ninguna para su lucha armada- y murieron a manos de su ira absurda y su sinrazón es lo que es verdaderamente un insulto a la dignidad de las víctimas del terrorismo.
Es ese fiscal quien debería ser procesado por humillar el recuerdo de Leguburu, Unceta, Tagle, Broseta, Blanco, Tomás y Valiente, Mújica y otros muchos que se les opusieron democráticamente al meter a un dictador, torturador y asesino en el mismo saco que ellos y no en el mismo saco que los terroristas, que es lo que eran y siempre serán Carrero Blanco y ETA.
¿Los chistes de Cassandra son de mal gusto? Es posible. 
Pero su acusación y proceso no es que sea de mal gusto, es que es un atentado contra la libertad de expresión y sobre todo es un escupitajo en el rostro de todos aquellos que murieron a manos de ETA cuando esta era una amenaza para la democracia, no para la dictadura.

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