miércoles, octubre 31, 2012

El blasfemo anatema del canibalismo desconfiado.

Si hay un sintagma que se ha repetido hasta la extenuación, hasta el límite interno de la redundancia en estas endemoniadas líneas, es aquel que, con el sujeto colectivo o individual que se precisa en cada momento, culmina en "pensar en contra nuestra".
Parece algo antinatural, algo incluso perverso o masoquista para nosotros, orgullosos garantes occidental atlánticos de nuestro egocéntrico ombligo y nuestra supervivencia individual. Se antoja como algo imposible o como poco extremadamente oneroso y extenuante. 
Demasiado para nuestras mentes que navegan por los siempre procelosos mares del egoísmo unívoco, demasiado para el más agrietado y anquilosado de nuestros músculos que ni todas las mancuernas ni todos los steps del mundo han logrado mantener tan firme como nuestros glúteos ni tan acerado como nuestros bíceps: eso que otrora se llamara corazón y que ahora ya no tiene ni nombre porque nadie quiere hablar ni escuchar hablar de él.
Y puede que sea cierto, puede que no sea factible para todo el que habita el Occidente Atlántico pensar en contra propia, pero, por desgracia para aquellos que creyeron que seríamos una generación más que pasaríamos sin pena ni gloria -sobre todo sin pena, si había que elegir- por el mundo es lo único que nos queda. 
Tenemos que intentar pensar - y lo que ya es un esfuerzo ciclópeo para nosotros, actuar- en contra nuestra simplemente porque es lo único que nunca hemos intentado.
De hecho no debe ser imposible porque hasta tiene un nombre y todo lo que puede ser nombrado es susceptible de existir: se llama decrecimiento.
Serge Latouche, uno de sus principales ideólogos, lo ha bautizado de esta forma. Un bautismo que de momento solamente garantiza que el bebé ideológico del francés no muera sin cristianizar. Porque de momento no hay cola para hacerse cargo del recién nacido. Desde luego no lo hay entre los pobladores de nuestra civilización que de un tiempo a esta parte está empeñada en transformar la dulce caricia de la indolencia en el afilado zarpazo de la decadencia.
Y uno de los principales ejemplos es el consumo. 
Tenemos que pensar en contra nuestra en el consumo. Tenemos que consumir menos. Pero no porque no haya existencias, no porque no tengamos capitales para acceder a esos bienes, no porque ese consumo no sea posible o sea muy difícil. Esa reducción del consumo se ha de deber simplemente a que nuestros propios pensamientos se han puesto en contra nuestra y nos han llevado a la conclusión de que podemos vivir con mucho menos.
Pero, claro, eso es una anatema, una herejía de imposible seguimiento, en una economía de mercado que se basa en el consumo, en una sociedad que se basa en la aquiescencia individual a que el bienestar está medido por aquello que consumimos y podemos consumir y en el egocentrismo mercantilista que nos hace a todos desear ser ricos para poder comprar y consumir todo aquello que queramos.
El Decrecimiento quiebra por la mitad la piedra angular de nuestro sistema económico y nuestro sistema de pensamiento. Niega la mayor de que la economía solamente va bien si engorda y engorda continuadamente -aunque se le llame crecimiento- y que nosotros, como individuos solo progresamos si mejoramos financieramente sin pausa y sin límite.
Y habrá quien sacuda levemente la cabeza en gesto afirmativo cuando lea esto asintiendo a la expresión y habrá quien tuerza el gesto pensando que no se diferencia mucho de la economía de recursos o de otras propuestas que hablan de la contención como pilar de la economía.
Pero en ambos casos se equivocarán. Se equivocaran radicalmente.
Todas esas teorías -positivas en sus logros si se pudieran llevar a cabo- no cambian en lo radical nuestra forma de pensar. Desde la economía de recursos hasta la desglobalización nos instan a contenernos porque nos viene bien porque si no todo se acabará y tendremos que rebuscar alimento entre las piedras y energía en el calor corporal. Todo lo que nos proponen hacer es porque nos viene bien a nosotros.
El ideólogo francés -¡que rebuscados son estos gabachos, madre mía!- nos propone otra cosa. Nos propone decrecer en nuestro consumo y en otras muchas de nuestras actitudes económicas, sociales y personales. Aunque no nos venga bien. Solamente porque les viene bien a los que están peor que nosotros.
Y eso duele hasta el delirio. Eso hace rechinar todos las bisagras de nuestro egoísmo social y personal y atascarse todos los engranajes de nuestro fatuo personalismo individual.
Hasta ahora nos proponían ser adultos responsables que pasan por delante de una pastelería y compran un solo dulce para poder adquirir otro el día siguiente. Latouche nos obliga a ser infantes, ansiosos de azúcar y grasas saturadas y con algo de dinero en el bolsillo, que pasan de largo por el escaparate porque saben que otros necesitan más ese alimento. O que incluso lo compran para otros.
Porque esa es la diferencia radical del Decrecimiento. Nos obliga a pensar en contra nuestra o, para ser más exactos, a favor de los otros, que no es lo mismo, aunque a nuestras mentes y nuestras almas occidentales atlánticas, les parezca lo mismo.
No tenemos que consumir menos energía por el bien del planeta, ni crear menos contaminación y residuos por el bien del ozono o de la atmósfera estratosférica, no hemos de consumir menos comida para estar más "coitables" o atractivos, no tenemos que gastar menos en caprichos para tener dinero de remanente para gastos imprevistos, no tenemos que consumir menos entretenimiento porque nos satura y nos nubla el entendimiento o menos alcohol porque sea perjudicial para nuestro organismo o menos tabaco porque nos vaya a matar o comprar menos ropa porque no nos lleguen las cuentas a fin de mes.
El decrecimiento de Latouche y otros nos propone que hagamos todo eso sin obtener ningún rendimiento particular de ello, sin que eso suponga mejora individual para nosotros. Solamente porque supone un beneficio para otros, aunque a nosotros nos viniera bien seguir haciéndolo
Los que pretenden vender la teoría la visten y decoran luego con pinceladas de consumo ecológico, de moderación social y de otros elementos de marketing ideológico que la hagan digerible para nuestras mentes, acostumbradas a pensar solamente en lo individual y en la parte de lo colectivo que nos beneficia. Pero el pensamiento del decrecimiento es tan radicalmente opuesto a lo que hacemos  y pensamos como lo sería el idioma de un alíen o un predator a la lengua de Cervantes o de William Shakespeare.
Si en lo externo, en lo social, nos lleva a un cambio demoledor, en lo interior, en lo personal y afectivo, sencillamente dinamita nuestro centro.
Porque en esta civilización nuestra el principal bien de consumo no es la energía, ni la comida, ni los servicios, ni la vivienda ni ningún bien mueble o inmueble que podamos imaginar. Lo que más consumimos son personas. Por más tabúes que tengamos en lo físico y lo alimenticio somos fundamentalmente caníbales en todo lo demás.
Y esto nos dice que nuestro placer, ese al que siempre volvemos sin que la satisfacción nos dure más tiempo del que es capaz aspirina de contener los síntomas del cáncer, no puede seguir consumiendo más cuerpos, que nuestra necesidad de aumentar beneficios no puede seguir consumiendo más empleados, que nuestro egoísmo o nuestra indolencia no puede seguir consumiendo más padres y madres y que nuestra imperante necesidad de imponer nuestros criterios no puede seguir consumiendo hijos e hijas, que nuestro egocentrismo no puede seguir consumiendo amistades, que nuestra necesidad de relevancia no puede seguir consumiendo relaciones sociales y afectivas tan rápidamente como arde la madera en la locomotora a vapor de Los Hermanos Marx.
Y eso ya no es un anatema, no es una herejía. Es directamente un blasfemo escupitajo en el rostro del dios de nuestro egocentrismo irrenunciable.
Eso nos obliga a algo que no hacemos como sociedad desde que se cerraron las puertas de la primera muralla edificada por eso que llamamos Humanidad.
Nos exige pensar en el amante y en el amado un poco más que mí, nos obliga a gestionar los beneficios pensando en los otros un poco más que en mí, nos obliga a abordar nuestro trabajo pensando en los otros -incluso en el jefe- un poco más que en mí, a organizar la familia pensando en los otros un poco más que mí. Incluso a practicar el sexo, por muy esporádico y sin afecto que sea, pensando en quien ocupa la otra posición un poco más que en mí. 
Nos hace imposible seguir viviendo si no cambiamos el centro del mundo y lo movemos un poco -tampoco es necesario que sea demasiado- justo de ese eje simétrico e inmóvil que marca nuestro ombligo.
Y además nos fuerza a tomar esa decisión sin esperar a que lo hagan los demás. Sin red de seguridad que nos permita sumarnos a una mayoría una vez que otros ya lo hacen y les va bien. Nos fuerza a decidir dar antes de recibir en la confianza de  que los otros en nuestros ámbitos privados o públicos, sociales o afectivos harán lo mismo.
Y nombrar la confianza en la sociedad occidental atlántica es como mentar la soga en casa del ahorcado, como usar una cuchara de acero inoxidable en casa del herrero. Hace tanto que no la practicamos, que nuestro individualismo egoísta nos impide recurrir a ella, que ya no sabemos ni cómo se esboza su rostro en las alegorías pictóricas.
Será que la confianza es algo propio del valor y la seguridad de alguien que ha crecido a buen ritmo y de forma equilibrada. Quizás ese sea el gran fallo de la ideología de Latouche.
Para poder decrecer hay que haber crecido previamente y hoy por hoy, hay demasiada gente en el Occidente Atlántico que no crece, tan solo se hace vieja.
Por desgracia para el Decrecimiento y para nuestro futuro a partes iguales.

martes, octubre 30, 2012

Ezequiel, José Ignacio Wert y la madre Rebeca o la profecia educativa autoinducida del Gobierno.


Parece que el gobierno que nos ha tocado en suerte a nosotros y a nuestra educación está empeñado en hacer bueno eso que repiten hasta la saciedad de recurrir a nuestras raíces judeocristianas, esas que se supone que tenemos más allá de cualquier otra, aunque estas tierras hayan sido durante muchos mas siglos y milenios paganas, politeistas, arrianas y musulmanas que cualquier otra cosa.
Pero se ve que los chicos de Moncloa, con Wert a la cabeza, han debido leer ese encantador librito de fantasía llamado Antiguo Testamento al revés, se diría que boca abajo y claro lo han entendido todo a la contra, a la inversa.
Si en lo de la economía se empeñan en ser el farisaico Zebedeo que exige a voz en grito la lapidación de los que gastan esgrimiendo la piedra de los recortes en la mano mientras cuando no le ven, por mor de las enmiendas presupuestarias pretende derrochar a manos llenas, en lo de la economía han elegido otras dos figuras bíblicas en las que mirarse.
Para empezar, el ministro Wert, que ayer se dio un mes más de reflexión para su reforma educativa, se disfraza del viejo profeta bíblico -cualquier nombre nos vale- y cae en el rocambole de tirar de don profético.
Para defender su reforma, para argumentar de una forma en apariencia coherente tira de don oracular y afirma que los itinerarios que pretende imponer, que obligan a los niños a elegir a los 13 años y que los encaminan a la inmensa mayoría hacia una formación profesional básica y mínima -no confundir con la FP europea, que está a la altura de nuestras titulaciones universitarias técnicas- demostrará que "la mayoría de los estudiantes tienen su nicho de aprendizaje en esas enseñanzas".
Cual profeta bíblico que cuenta con la inspiración divina, avanza los resultados de su reforma como si hubiera una posibilidad de que no fuera así, como si hubiera una mínima probabilidad de que fuera de otra manera y al acertar se descubriera que tenía razón.
Pero no la hay. En su modelo educativo, no la hay.
Porque se obliga a un niño de 13 años a elegir un itinerario educativo prácticamente irreversible en la edad no se pone de acuerdo consigo para casi nada. En una edad en la que por naturaleza la moda le dura una semana, el amor una quincena y el ídolo de turno apenas unos meses. Pero el sistema educativo que debería procurarle las herramientas para elegir ese camino futuro le obliga a la elección antes de que tenga los mimbres mentales para hacerla con una mínima lucidez.
Porque el sistema diseñado por el profeta Wert segrega de inmediato a los niños con menores rendimientos en las pruebas -que no en las clases, que la evaluación de esos aspectos ya se da por muerta y enterrada- y les cierra el acceso a los ciclos que conducen a las enseñanzas superiores, obligándoles a encaminarse hacia la formación profesional sin otra alternativa. Como si que no se te den bien las matemáticas fuera sinónimo de que no puedas ser abogado o que tengas un enamoramiento juvenil que te robe el sentido durante dos trimestres en el curso clave tuviera que pagarse el resto de la vida con no poder ser arquitecto, ingeniera o cualquier otra profesión que exija un estudio superior.
Así que Wert el profeta en realidad no lo es. 
¡Claro, que la mayoría de los estudiantes hallarán su niño educativo en la Formación Profesional! Pero es una profecía auto inducida porque la reforma del indolente ministro se asegura que así sea. No por la voluntad de los alumnos, no por los conocimientos o la organización laboral de nuestra sociedad lo imponga de esa manera, sino solamente porque Wert y su ley se han encargado de que así sea, de que no haya otra posibilidad.
Es como si Ezequiel hubiera profetizado la destrucción de Sodoma y Gomorra después de colocar una carga de varios kilos de c-4 debajo junto al cimiento de cada casa y cada palacio de las ciudades protagonistas de ese mito bíblico y alertara sobre la furia de dios con un detonador de radiocontrol en la mano. 
Eso no es una profecía, no es una demostración de la bondad de la ley. Es simplemente un ataque directo a la libertad educativa. Es convertir la ley de educación en un dios ex machina que crea el tipo de ciudadanos que Wert quiere que sean los españoles. No adecua la ley a la sociedad impone un cambio en la sociedad para que se adecue a la ley.
Y por si fuera poco con este don profético mal entendido y, como diría el mítico e irreverente House, auto inmune -en este caso inmune a su propia estupidez y estrechez de miras-., el coro de consejeros de educación de las comunidades del PP se disfraza de otro personaje bíblico para completar el retablo de los horrores que el Gobierno quiere dibujar en la educación española.
De repente to9dos ellos se disfrazan de Rebeca, la artera y torticera madre de Jacob, capaz de engañar al mayor de sus hijos en beneficio del otro que es de suponer que la hacía más arrumacos y carantoñas.
Porque ni cortos ni perezosos, después de haber metido la tijera hasta cortar la melena de la educación pública en sus comunidades a lo garçon con múltiples trasquilones, se descuelgan diciendo que el Estado debe especificar en esta ley la obligatoriedad de subvencionar a cualquier colegio privado para garantizar el principio de libre elección de centro.
Tienen colegios en los que la basura sale por las ventanas porque no se pagan los servicios de limpieza, centros de enseñanza si calefacción y sin dinero para comprar gasóleo, institutos que han cerrado sus laboratorios, Ampas enteras disfrazadas a la fuerza de Pepe Gotera y Otilio, pintando salones, limpiando gimnasio o arreglando verjas y elementos deportivos, alumnos limpiando sus propias aulas y acarreando la tartera con una comida que deben ingerir fría porque no hay electrodoméstico alguno para calentarla. Sus recortes han originado todo eso y se sientan a la mesa con el ministro y le exigen que sufrague ahora y para siempre la educación concertada.
Convierten a José Ignacio Wert en un Abraham que arrebata todo lo que corresponde a su primogénito, la educación pública, para dárselo a su otro hijo que, aunque también tiene derecho a lo suyo, no tendría por qué ser tratado como el prioritario, la educación concertada.
Solo que en este caso Abraham no será engañado y sabrá lo que hace porque lo único que le ceguera será su inmovilismo ideológico y su soberbia. Y la Educación Pública ni siquiera ganará un plato de lentejas a cambio de su primogenitura. Se las tendrá que traer de casa y comérselas frías. Tampoco se podíaesperar otra cosa. Ya se sabe ellos siempre se inspiran en lo sus sagradas palabras.
Y todas estas Rebecas, que pretenden sacrificar lo que le han quitado a la Enseñanza Pública en beneficio e intereses mercantilistas y de negocio de los colegios privados -y que conste que de esta definición excluyo a algunas órdenes religiosas que han hecho durante siglos de la enseñanza su signo de compromiso, aunque sea religioso-, se atreven a tremolar la palabra libertad para justificar su engaño.
No dicen una palabra cuando el alumno de 14 años ve cercenada su libertad porque se le obliga a elegir cuando no tiene los mimbres mentales suficientes para hacerlo, se mantienen callados cuando los itinerarios impermeables de Wert cercenan la libertad del estudiante adolescente de cambiar de opinión o descubrir una nueva vocación, desoyen el eco de la palabra libertad cuando los criterios de evaluación obligan a los alumnos en la nueva ley a elegir una Formación Profesional que no se va a mejorar y que no cubre sus expectativas como salida, fingen no escuchar la palabra libertad cuando el tajo en las becas salario, en las ayudas a libros o en los estudios de intercambio privan a miles de jóvenes de la posibilidad de realizar estudios universitarios para los que están capacitados.
Todo eso no tiene nada que ver con la libertad. El concepto no se maneja en esos casos.
Para los responsables de Educación en el PP solamente hay una libertad: la de ganar dinero.
Espero que por lo menos los centros religiosos a los que buscan favorecer con este curioso concepto de libertad educativa enseñen en sus aulas y en sus clases de religión -cuyas partidas presupuestarias, por cierto, no ha disminuido en ninguna comunidad del PP-, el verdadero concepto teológico de la profética oracular y el auténtico corolario del relato mítica de rebeca y la primogenitura de Jacob.
Así los que en ella estudien se darán cuenta que lo único que se puede profetizar con esta ley es un armagedón educativo que conducirá a una sociedad inculta y sin horizontes y recordarán que la historia bíblica el primogénito Esaú robado y engañado que hoy es la Enseñanza Pública termino muriendo ahorcado entre terribles sufrimientos sin haber hecho nada para merecerlo.
Nada, salvo negarse a doblegarse a la santa voluntad de dios, claro está. Y del ministro Wert, se supone.

lunes, octubre 29, 2012

Gobierno, peajes y la mentira interior de Zebedeo.


Cuando te desdices una vez se te puede conceder la duda del error y achacarte el venial pecado de la ligereza; cuando te desdices muchas y reiteradas veces corres el riesgo de que la duda del error se transforme en la certeza de la mentira y que la venialidad de la ligereza comience a percibirse como inconsciencia, sino directamente como irresponsabilidad. Pero cuando te desdices de algo que a que aplicas de forma inquebrantable a unas situaciones negándote a aplicarlo con la misma rigidez en otras entonces pasas a otro nivel, te conviertes en otra cosa que no es algo peor que un venial erróneo o que un mentiroso irresponsable.
Te conviertes en un descreído. Por decirlo en términos bíblicos que les serán mucho más cercanos a algunos en un Fariseo. O lo que es lo mismo, en el actual Gobierno de España.
Porque el Gobierno de este país ha tardado apenas unas horas en desdecirse de sus presupuestos, en abominar de su autoproclamado evangelio en defensa de la austeridad como mandamiento único de la religión de la salvación liberal capitalista para convertirlos en otra cosa, para practicar su querido juego dle digodiegismo que Mariano Rajoy y todo el área económica de su gobierno llevan practicando desde que pusieran el pie en Moncloa.
Porque en unas horas ha modificado -casi en secreto y por lo bajo, eso sí- sus presupuestos para negarse a sí mismo, para adjurar de la fe que propaga a los cuatro vientos y que quiere imponer, cual cruzada medieval, en todas las mentes y corazones del territorio español. 
Pero la enmienda presupuestaria del PP que prevé la reserva de dinero público para otorgar préstamos a las empresas concesionarias de las carreteras privadas de peaje, actualmente en quiebra, el ingreso de dinero en sus arcas y la paralización del pago de los intereses de sus créditos durante dos años, es otra cosa.
Es otro tipo de mentira. Es un esputo farisaico en el mismo rostro de la supuesta inquebrantable fe en la reducción de gasto que Moncloa pregona una y otra vez con los rasgamientos de vestiduras de los recortes y los golpes de pecho de la falta de inversión. Es negarse a sí mismos y lo que dicen defender.
Cierto es que ya había mentido antes. Había cambiado de idea con el déficit, con los impuestos, con los recortes, con las pensiones, con los salarios de los funcionarios y con prácticamente todas y cada una de las promesas que había realizado cuando aún dependía de los sufragios para poder propagar su austera fe económica por las cuentas españolas.
Pero esas mentidas, que Rajoy, Montoro, Guindos y Sáenz de Santamaría querían -y aún quieren- hacer pasar por errores veniales causados por la falta de información- , eran mentiras que se explicaban por un intento de realizar aquello en lo que se suponía que creían, de aquello que se suponía que sabían que funcionaria.
Eran mentiras electorales que buscaban ocultar a los infieles las cosas que se iban a hacer para que los paganos, los que no habían visto la luz de la revelación del control del déficit, les votaran, les abrieran la puerta y les permitieran entrar en la casa. 
Buscaban ocultar a los demás lo perjudicial o lo molesto de aquello que ellos habían decidido que había que hacer.  Pero esta enmienda los niega a sí mismos.
Hace unos días sus representantes en el CGPJ bloquean un informe jurídico según el cual hay que modificar la ley de desahucios para hacerla más justa y dar ayudas a las familias. El PP tremola su mandamiento de "las deudas hay que pagarlas", en los mismos Presupuestos, toda la oposición presenta enmiendas que proponen más gasto en uno u otro sector, la inquebrantable fe en la austeridad hace al PP rechazarlas todas.
Y de repente, en mitad de la noche, intentando que nadie lo descubra, el Gobierno presenta una modificación que hace que de repente las deudas -ni siquiera los intereses de esas deudas- haya que pagarlos, que de repente la contención del gasto pase a un segundo plano. 
Ya no miente porque haya ocultado una acción para que los que no creen en su forma de actuar no proteste. Miente porque ha afirmado creer en algo y luego demuestra con sus actos que no cree en ello en absoluto.
No se puede dar ayudas a las familias desahuciadas pero sí a las empresas; no se puede paralizar el pago de las hipotecas a deudores sin empleo pero si demorar el pago de intereses a empresas en quiebra, no se puede aumentar el gasto para cubrir en mejores condiciones partidas de Dependencia, de becas de libros y comedor o de Servicios Sociales pero si se puede para aportar dinero a las quebradas arcas de empresas que hicieron una apuesta de negocio y fracasaron en ella.
Las carreteras de peaje y la enmienda que las protege solamente envían un mensaje. El PP no cree en la austeridad, no cree en los recortes. 
Es el viejo fariseo. Es Zebedeo, que levanta la mano sujetando la piedra, pidiendo el honor de ser el primero en arrojarla contra el rostro de la prostituta y luego, de noche, abandona embozado el lecho de la viuda para hacer cola paciente ante la puerta de entrada del burdel.
Ni siquiera el rescate bancario había asumido esa forma tan burda de fariseísmo. Se suponía que los bancos se salvaban por imposición foránea, por necesidad del sistema financiero, por lograr que su salvación repercutiera en el conjunto de la economía y la sociedad. Sabíamos que era mentira, pero por lo menos se tomaban el esfuerzo de intentar convencernos, de intentar engañarnos.
Con la enmienda presupuestaria que pretende salvar las carreteras de peaje ni siquiera lo intentan. Solamente intentan estafarse a sí mismos. 
Porque saben que una carretera de peaje no es sustancial para el sistema económico liberal capitalista, porque las empresas concesionarias de esos negocios fallidos no van a revertir sus ganancias en créditos a las empresas y a los particulares que les ayuden a salir de sus dramas personales -como pretenden hacernos creer con los bancos- porque la deuda soberana no se negociará con más dificultad porque esas empresas quiebren. 
Les dan a los que no lo necesitan aquello que le niegan a los que lo precisan desesperadamente por motivos que nada tienen que ver con su supuesta fe en la libre competencia, el libre mercado y la obligatoriedad sacrosanta de saldar las deudas o morir en el intento. Se lo dan porque esos contratos fueron negociados al alza de forma temeraria con el segundo gobierno de José María Aznar, se lo otorgan porque esas empresas fueron al apuesta nepotista de la joya de La Corona del PP que era La Comunidad De Madrid con la emperatriz Aguirre a la cabeza, las ayudan porque están participadas por amigos, socios de negocios y bancos aliados.
Todo eso se superpone a su supuesta inquebrantable fe en el ahorro, que les grita, como la atronadora voz del Metatrón, que las dejen caer; se pone por delante de su públicamente profesada creencia en la bondad de la exigencia de exigir a todos que paguen sus deudas, que les repite con la insistencia enfermiza de un profeta apocalíptico, que les embarguen los bienes y las obliguen a pagar lo que deben.
Pero el Gobierno español, quizás aprendiendo de lo que ve y ha visto en nuestras calles, nuestras casas y nuestras camas, se convierte en el perfecto Fariseo. Se niega a si mismo y a su fe en su propio beneficio.
Porque hace lo que hacemos nosotros en otras facetas de nuestras vidas. 
Nosotros, que negamos a los demás lo que exigimos para nosotros mismos, que demandamos sinceridad y confianza ciegas y a ultranza salvo cuando esa sinceridad y esa confianza nos obliga a nosotros a ejecutarla con un esfuerzo, con un compromiso o un ejercicio de responsabilidad.
Nosotros que esperamos que nos amen antes de amar, que nos protejan sin comprometernos a proteger, que nos entiendan sin esforzarnos en comprender. Que todo cambie a nuestro favor sin sentirnos con ello obligados a cambiar en nuestra contra y en favor de los demás integrantes de la Humanidad.
Nosotros, que clamamos en lo público por un respeto como derecho que negamos una y otra vez a los demás en lo privado en cuanto nos viene bien, en cuanto nos impone cumplir las mismas exigencias que consideramos ineludibles para otros.
Nosotros, que mentimos -o negamos el acceso a la verdad- a los demás y nos mentimos a nosotros mismos en cuanto aquello que se supone que consideramos importante o que estimamos como un principio inquebrantable nos obliga a pensar en contra nuestra, a cambiar nuestras actitudes, a intensificar nuestros esfuerzos. A actuar en favor de otros y en en nuestro propio detrimento voluntario.
Así que quizás, solamente quizás, Rajoy, su gobierno y su enmienda presupuestaria para salvar las carreteras de peaje, hayan tomado notas para su fariseísmo de nosotros. 
Aunque el nuestro sea íntimo y privado y solamente destruya y provoque dolor a nuestro entorno y el suyo sea público y notorio y nos robe el aliento y el futuro a todos los demás.
Quizás, solo quizás, la enmienda presupuestaria del peaje, tan solo nos muestre un ejemplo demencial y doliente de lo que hemos decidido o nos hemos conformado con ser. De que todos, incluido el Gobierno, somos tarde o temprano por mor de cómo hemos construido esta sociedad nuestra, atlántica occidental, poco más que el remedo de un farisaico Zebedeo.

viernes, octubre 26, 2012

La fábula infantil del niño y el desahucio

- Y ¿tú qué quieres ser de mayor, mi rey?
- No sé, mamá Ya no quiero ser nada
- Pero, ¿no querías ser bombero?
- Ya no, mamá. Ya no. Porque si soy bombero tendré que ir a una casa a tirar una puerta porque y dentro me encontraré alguien que estará muerto, colgado por el cuello. Y eso da mucha pena, mamá, me da mucha pena.
- Pues puedes ser forense, mi rey. A ti la serie esa de la tele siempre te ha encantado y decías que querías ser como el hombre ese que casi no habla y siempre lleva gafas de sol ¿tampoco quieres ser ya forense?
- Ya no mamá, Ya no. Porque cuando entre en la casa que le han quitado a ese hombre por no poder pagarla tendré que hacer un informe y tendré que decir que murió porque la cuerda le partió el cuello o por asfixia o porque su cabeza se estrelló contra el suelo y no podré poner en "causa de la muerte", falta de ayuda, ni insensibilidad gubernativa, ni desamparo, ni desesperación ni ninguna de las verdaderos motivos de la muerte. Y eso da mucha rabia, mamá, eso da mucha rabia.
- A lo mejor puedes ser solo médico, cielito. Desde pequeño siempre te ha gustado ser médico, curar a la gente y todo eso.
- Ya no, mamá, ya no. Porque si soy médico curaré al señor que se arrojó por la ventana cuando perdió su casa y le coseré las heridas y le salvaré la vida y sabré que cuando le dé el alta no tendrá donde ir, no tendrá que comer y no le habré salvado la vida para alargarle un día la miseria y prolongarle una jornada más la desesperación. Y eso me deja triste, mamá, eso me deja muy pero que muy triste.
- Puedes hacerte funcionario, cariño ¡Ya sé, funcionario de justicia que son a los únicos a los que no van a echar! ¿no quieres ser funcionario de justicia?
- Tampoco, mamá, tampoco. Porque tendré que ir a tres o cuatro casas cada día para decirle a la gente que se vaya, que ponga sus muebles en la calle, que saque su existencia hasta la acera y tendré que bajar la cabeza y poner cara seria mientras oigo sus llantos, mientras veo sus vidas tiradas en la acera y no podré hacer para pararlo. Y eso da mucha lástima mamá, eso da mucha lástima.
- Pues hazte policía, pequeñín. Siempre te han gustado los juegos de policía con la placa, las esposas y todo eso.
- Ya no, mamá, ya no. Porque si me hago policía tendré que bajar el cadáver del hombre que se colgó y preguntar a la gente por qué se colgó y nunca podré detener a los culpables que seguirán en sus despachos firmando ejecuciones de hipotecas y denuncias por impago y que aunque hayan causado la muerte de esa gente la ley dice que no han cometido delito alguno porque ser insensible y egoísta no es ningún delito. Y a lo peor hasta tengo que pegar con la porra a aquellos que se quejan porque eso no es justo. Y eso me da mucho coraje, mamá, me da mucho coraje.
- ¡Ya lo sé, hijo mío! Hazte juez. Así podrás juzgar lo que está bien y está mal y parar esas cosas. A ti siempre te han gustados las pelis de abogados.
- Ya no, mamá, ya no. Porque si me hago juez y digo que esa ley ya no es justa, que esa ley perjudica a los que nada tienen y favorece a los que tienen todo, llegaran otros, que serán más jueces que yo, y dirán que no hay que hacerme caso, que mis informes no son vinculantes para salvar la cara al gobierno que les puso en el cargo. Y eso me enoja mucho, mamá, eso me enoja mucho.
- Pues vas a tener que ser político. Así podrás ganar las elecciones y cambiar las cosas y hacer nuevas leyes más justas. Siempre te gustó mandar, hijo mío.
Ya no, mamá, ya no. Porque si soy político y acabo gobernando tendré que dejar que esa gente se mate porque lo pierde todo porque tendré que proteger a los que me dieron el dinero para ganar las elecciones. Y cuando vaya al congreso o al ministerio tener que ver los rostros de todos los que quedan, los que aún no se han matado por miseria y desesperación, mirándome con rabia, quejándose de las cosas que no hago, protestando y echándome la culpa de que mi insensibilidad y mi falta de compromiso con la sociedad haya llevado a decenas de personas a la muerte, a millares a la desesperación y a millones a la miseria. Y eso da mucho miedo, mamá, eso da mucho miedo. Y además...
- Además ¿qué?, pequeñín.
- Tendría que mirarme al espejo cada día después de que la gente muriera de desamparo por mi culpa. Y me daría vergüenza, mamá, me daría mucha vergüenza.

jueves, octubre 25, 2012

Adaptar el léxico a los recortes


El sutil distingo entre reloj suizo y pincho de tortilla.



Ni siquiera en este país y en este gobierno, en los que los personalismos parecen ser la medida de todas las bondades, los ministerios  y las políticas son cosa de una sola persona.
Así que en nuestra educación parece ser que no Wert todo lo que desluce.
En esta ocasión le ha tocado el turno a la secretaria de Estado de Educación, FP y Universidades, Montserrat Gomendio, que se ha sumado a la eterna batalla dialéctica que mantienen los cargos de este ministerio por defender políticas en las que ni ellos mismos creen pero que se ven obligados a decir que siguen para ocultar otras cosas.
Ella la ha emprendido con la FP dual (formación en centros educativos y en empresas) y ha afirmado que "los resultados demuestran que incrementa las posibilidades de empleo con una formación específica y experiencia práctica inicial".
Obviamente esos resultados a los que se refiere Gomendio no son españoles, no podrían serlo. Se ha ido ni más ni menos que a valorar los datos de Suiza. Ni siquiera los de Alemania o Francia que también han optado por ese tipo de FP, sino ni más ni menos que los de Suiza.
La ministra dice que el 76% de los estudiantes suizos optan por esa FP y no por estudios universitarios, afirma que el 85% por ciento de ellos encuentra trabajo y se incorpora al mundo laboral en un plazo mínimo y eso parece demostrar que ese tipo de FP -que Wert y su cohorte dicen defender frente al bachillerato y los estudios universitarios como principal salida educativa- es el camino a seguir.
Y no voy a decirles que no es cierto porque en este caso el problema no está en lo que dice la secretaria de Estado, sino en lo que deja de decir
Para empezar pasa de puntillas por el hecho de que en suiza solamente un 3% de los jóvenes abandonan los estudios mientras que España lo hace un 30%. Puede que Gomendio no lo tenga claro, pero a mí me enseñaron en la extinta EGB que el único cero que no implica diferencia es que está a la izquierda, no a la derecha -sin ningún matiz político en ello, supongo-.
La nueva jerarquía educativa ignora ese dato porque para ellos  eso se soluciona con mano dura. Porque eso solamente es producto de la vaguería intrínseca de la juventud española, de sus botellones, de sus macrodiscotecas, de sus furibundas hormonas sexuales y de sus drogas de diseño. No tiene nada que ver el hecho de que en nuestro país un 68 por ciento de las ofertas de trabajo no requieran cualificación con lo cual se puede acceder a ellas sin estudios, con que exista una diferencia de tan sólo un 15% -y bajando- entre las remuneraciones de los trabajos que exigen estudios y los que no y esa brecha se reduzca cada día más, bajando los segundos, por supuesto, no incrementando los primeros.
Nada de eso tiene que ver y por tanto el gobierno no tiene que hacer nada para solucionarlo. Es una cuestión de mano dura y disciplina que compete a los padres.
Por supuesto, doña Montserrat se calla cual artera buhonera de carreta que intenta vendernos una panacea que en Suiza esa FP incluye materias como microelectrónica, balística, aeronáutica, óptica, diseño de materiales, desarrollo informático y muchas otras enseñanzas que están aquí consideradas como carreras técnicas con lo claro, lo que obtienen las empresas de ellas son especialistas, no camareros, administrativas u operarios de línea de montaje y mecánicos -aunque supongo que también- como ocurre en nuestro país.
Y esto ocurre simplemente porque Suiza no los necesita, ya que sus empresas tienen deslocalizadas en otros países el 70% de sus cadenas de producción y es allí donde obtienen esa mano de obra no cualificada o cualificada de forma básica que aquí origina nuestra FP. Eso también se le olvida comentarlo.
Al igual que un dato fundamental como que las empresas están obligadas a costear parte de ese proceso educativo -no solamente a pagar el sueldo del estudiante y que la incorporación laboral una vez concluida la fase educativa no es mínima, es inexistente porque empresa y estudiante se comprometen a un periodo mínimo de dos años de trabajo, la empresa para amortizar su inversión y el estudiante para acceder ya plenamente al mercado laboral.
Es de suponer que a la secretaria de Estado se le olvida porque tiene en mente que en España lo más parecido que hay a eso son los becarios que reciben sueldos mínimos, que realizan funciones de puestos que no les corresponderían y a los que las empresas sustituyen impunemente, pasado el plazo de su beca, por otros becarios que hacen las mismas funciones por el mismo precio irrisorio sin que haya normativa ninguna que los impide o al menos fomente el modelo suizo.
En esas condiciones resulta lógico que los jóvenes opten por ese tipo de formación, mientras que en las nuestras resulta lógico que los nuestros opten por saltárselo y acceder -o al menos intentarlo- a trabajos que ni siquiera se la exigen puesto que van a ganar lo mismo y van a estar en la misma situación de precariedad tomen la opción que tomen.
Y todo eso por no hablar de que el salario medio en Suiza es de 5.900 euros brutos mensuales y de que ahora está debatiendo incrementar el salario mínimo a -¿estamos sentados?- 3.300 euros brutos mensuales para limitar la brecha entre el campo y las zonas urbanas.
Si la FP te da conocimientos especializados, estabilidad laboral y te asegura un salario de 3.300 euros mensuales es lógico pensar que la inmensa mayoría opte por ella. Aquí, sin todos esos componentes del sistema, se pretende que los jóvenes también la elijan para liberar al Tesoro Público de las cargas financieras que para él suponen los estudios superiores.
Vamos, igualito, igualito que en las tierras del chocolate, los bancos y los relojes.
Pero el silencio que más llama la atención de la señora secretaria de Estado en este falso silogismo que pretende hacer entre su propuesto modelo de FP dual y el que funciona al otro lado de los Alpes es su omisión más dolorosa
Todo eso se realiza a través de un sistema público de Educación que invierte 13.000 millones al año en investigación y desarrollo, que gasta unos 10.000 euros anuales por alumno de unos presupuestos que suponen el segundo mayor gastó público de la nación, al que se destinan tres de cada 10 euros gastados por el gobierno suizo, que es seis veces mayor que el presupuesto de defensa y once veces mayor que el presupuesto de Interior y en el que el 85% de los centros son de titularidad pública.
Las similitudes con el sistema que está diseñando Wert con sus medidas, sus recortes y su proyecto de ley educativa son tan mínimas que bordean la frontera de la inexistencia. 
Y la secretaria de Estado lo calla, lo omite voluntaria y conscientemente, porque quizás entonces no solamente su frase careciera de sentido sino que nos sería posible calibrar las mil pequeñas diferencias entre un relojero suizo y en camarero español.
O no tan pequeñas.

Encarcelar a Galileo para que La Tierra siga quieta

Esa parte del mundo que compone el Occidente Atlántico hay veces que se empeña en hacer posible lo imposible, en desparramar por la realidad flores y perlas que ahondan en la exposición desgarrada y constante de su incapacidad para comprender elementos y conceptos que ella misma creo cuando todavía, hace muchos siglos ya, era un colectivo activo y vital.
Y uno de esos conceptos que se nos escapan de entre los dedos porque nunca hacemos el esfuerzo real de agarrarlos es la responsabilidad. 
Tanto hemos olvidado como se ejerce y en que consiste que en ocasiones, cuando creemos que no hay más remedio que tirar de ella, no sabemos cómo exigirla, como ejecutarla y mucho menos como repartirla.
Uno de los casos más dantescos es lo acaecido en los juzgados italianos. Siete científicos de la Comisión de Grandes Riesgos del gobierno italiano han sido condenados a seis años de cárcel por homicidio doloso por fallar en sus previsiones del terremoto de L'Aquila en abril de 2009 que se llevó por delante a 309 personas.
Porque claro alguien tiene que ser responsable del terremoto, porque, claro, ellos tenían que haberlo sabido, porque, claro, tendrían que haber acertado y haber dicho "tal día a tal hora habrá un terremoto de 6,7 grados en la escala de Richter" y haber marcado con una cruz roja en un mapa las casas -o por lo menos las calles- que iban a ser más afectadas. Y no tendrían que haber dicho que, según lo que sabían, no había riesgos de un gran terremoto.
Ellos son responsables y hasta habrá gente que considere el razonamiento plausible. Y lo harán porque no han entendido el concepto de responsabilidad. O mejor dicho porque lo eluden, lo evitan de una forma tan descarada que simplemente se han acostumbrado a cargarlo sobre otros, siempre sobre los demás.
Nadie condena a cárcel a un analista financiero por fallar en sus previsiones sobre la deuda soberana -cosa que últimamente hacen todos los días-, nadie condena a daños y perjuicios a un meteorólogo televisivo por fallar en sus previsiones de lluvias y hacer que media población salga en manga corta y se pille un resfriado al volver empapada a su casa o por no anticipar que una tormenta generará una riada que anegará por completo un pueblo entero. Y parece que no es lo mismo, parece que esas circunstancias -incluso la riada- son menores, no son trágicas, no han matado a 309 personas y por eso se pueden pasar por alto con alguna que otra crítica y un torcimiento de gesto contrariado. Pero lo de L'Aquila es diferente. Eso es terrible, es trágico.
Alguien tiene que ser responsable. Alguien que no seamos nosotros claro.
Porque el juez que ha condenado a los científicos en realidad no ha hecho algo que no hagamos nosotros cada día, cada vez que es necesario recurrir a ese concepto de responsabilidad que tanto nos hace rechinar los dientes por el esfuerzo y las obligaciones que nos impone.
Es una situación idéntica, pasada por el tamiz de un estrado judicial, eso sí,  a cuando achacamos a las circunstancias económicas una ruptura sentimental o cuando culpamos al caos organizativo de nuestro jefe de nuestros errores laborales, o cuando echamos la culpa a la suegra de que nuestra pareja nos vea los defectos, o cuando culpamos a los bancos de que debamos 200.000 euros porque hemos ido pidiendo préstamo tras préstamo y saltando el crédito de tarjeta tras tarjeta hasta que las facturas impagadas nos sumergen, o cuando responsabilizamos a nuestros sueldos de seguir viviendo a los cuarenta en casa de nuestros padres mientras nos hartamos de salir los fines de semana y hacer compras por Internet, o cuando culpamos a nuestros padres de habernos educado mal para explicar porque somos unos egoístas a ultranza, o cuando le echamos la culpa al coste de la vida -¡que poco se usa ya ese antiguo sintagma!- de habernos obligado al fraude fiscal, a la evasión de impuestos, al engaño impositivo o a beneficiarnos de desgravaciones a las que no tenemos derecho.
En definitiva, es hacer caer la responsabilidad de una situación indeseada sobre alguien que no somos nosotros para que nadie pueda reflexionar sobre si nosotros somos al menos parcialmente responsables de esa situación.
Porque claro, si los científicos hubieran dicho que sí había riesgos, el terremoto no hubiera ocurrido, por supuesto. Si Galileo no hubiera dicho que la tierra se movía está hubiera seguido quieta y sin girar con toda seguridad.
No llegamos a eso, al menos en este caso concreto, pero utilizamos el condicional para crear un escudo de responsabilidades basado en cosas que quizás hubieran ocurrido de otra manera. Convertimos la realidad en un What if de comic. 
Entonces la gente hubiera abandonado sus casas, entonces el gobierno los hubiera evacuado, entonces hubieran apuntalado los edificios más viejos para que no se vinieran abajo, entonces hubieran vivido durante esos días debajo de los vanos de las puertas y se hubieran salvado.
Sabemos que es mentira. Sabemos que la mayoría de la gente hubiera tenido más miedo pero hubiera seguido en sus casas porque no tenía otro sitio adonde ir, sabemos que el gobierno -y mucho menos el de Berlusconi- no hubiera movido un dedo, sabemos que la gente hubiera seguido saliendo a la calle porque no le quedaba más remedio. Sabemos que hubieran muerto las mismas personas.
Pero es mejor vivir en ese condicional que impone la responsabilidad de otros para eludir el hecho de que esa responsabilidad está diluida a lo largo de siglos. Porque las personas que se asentaron allí hace cientos de años ni siquiera conocían el concepto de movimiento sísmico, porque cuando ya se sabía, nadie impidió que se siguiera construyendo en esas zonas para evitar que hubiera más población en riesgo, porque nadie impuso estrictas normas de edificación antiterremotos desde que estas existen, porque nadie informó a los que compraban las viviendas de que corrían ese peligro, porque nadie dotó a una zona sísmicamente activa de refuerzos excepcionales en su sistema de emergencias, porque nadie hizo el esfuerzo añadido de inculcar la forma correcta de reaccionar ante un terremoto ni nadie hizo el más mínimo intento de aprenderlo.
Porque sabemos que si analizamos las verdaderas responsabilidades, los verdaderos porqués, de esa tragedia, sabemos que, aunque sea de lejos, alguno nos va a terminar cayendo encima como sociedad al menos y como individuo en el peor de los casos.
Así que, como en otras muchas facetas sociales y personales, culpamos a otro, responsabilizamos a terceros y seguimos adelante. Aunque eso suponga una condena a cárcel de alguien que no la merezca.
Y más en este caso donde la supervivencia, el bien que hemos considerado siempre sagrado por confundirlo con la vida, ha sido ultrajada. 
Nos volvemos a los científicos con la misma mirada que en los tiempos oscuros de la protohistoria se volvían a los magos, los alquimistas o los oráculos.
Los médicos tienen la obligación de salvarnos la vida, de curarnos, y si no lo hacen es que han fallado, los policías tienen la obligación de protegernos y si no llegan a tiempo es que han fallado, los bomberos tienen la obligación de rescatarnos y sin no logran hacerlo es que han fallado.
Creemos que tenemos derecho a la supervivencia eterna, a que se nos garantice, a que todos muramos de viejos -o incluso ni eso- y cuando vemos que eso no ocurre nos giramos hacia aquellos que han hecho posible con sus conocimientos, con su trabajo y con su esfuerzo que esa supervivencia se alargue y se haga más segura y les preguntamos airados ¿por qué ahora no?, ¿por qué en esta ocasión no habéis obrado el milagro?, ¿por qué a mí no?
Los transformamos en magos ex machina que están obligados a salvarnos siempre y que si no lo hacen simplemente son negligentes, inútiles o criminales.
Olvidamos que el planeta, la naturaleza y la realidad en general no han firmado la Carta Universal de Derechos Humanos, que a ellos nuestra supervivencia no les importa lo más mínimo y contra eso ningún científico, por mucho que sepa, puede luchar.
Y olvidamos sobre todo que, por mucho que eludamos nuestras pretéritas responsabilidades achacándoselas a ellos en un presente en el que ya ha estallado la tragedia, condenar a siete científicos por no predecir que La Tierra iba a temblar no va a obligar a La Tierra a permanecer quieta.
Ni en L´Aquila, ni en el resto del mundo, ni en ninguna de las facetas de nuestra existencia individual o colectiva. Descargar la responsabilidad en otros no suaviza las consecuencias sobre la vida. Las conciencias quizás, pero las consecuencias no.

miércoles, octubre 24, 2012

Wert y la forja de hierros fríos contra la agitación vital


Hay personas que no pueden callar. Su configuración genética les impele a abrir la boca y contestar a cualquier sonido, comentario, frase o sentencia que caiga en el entorno cercano de sus oídos. Como si su inteligencia se demostrara con eso, como si en algún lugar de las casas celestes un ángel divino llevara la cuenta de sus réplicas mordaces o sus reflexiones sesudas para luego incorporarlas en la balanza de su salvación eterna.
Mi abuela les llamaba bocachanclas, mi hija y sus amigas les definen como motivaos de la vida. Yo, que soy más de ejemplos visuales y directos, les llamo José Ignacio Wert.
Porque el ministro de educación se siente impelido a hablar constantemente, a participar en todas las polémicas, a difundir frases y exabruptos por doquier en la esperanza, según parece, de que eso se refleje en su currículo como un valor en alza. Y claro luego tiene que explicarlas, matizarlas o incluso fingir que no las ha dicho para intentar que nadie se las eche en cara.
Porque la suma de esas frases y su relación con los actos del ministro nos lleva a descubrirle, a explicarle. Y si hay algo que un ministro no quiere, y sobre todo uno como Wert, es que alguien pueda descubrir porque hace las cosas.
Y su principal acción, más allá de sus polémicas, de sus insultos, de sus recortes, es algo llamado Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE). Porque para eso está en el ministerio y sobretodo porque es algo de lo que no podrá desdecirse. Un recorte se puede anular, un intento de saltarse la libertad individual -como el de exigir la historia clínica a los profesores interinos- se puede rectificar. Pero una ley no puede fingirse que no existió. Y ahí empiezan los problemas de Wert.
Porque el señor ministro se ha hartado de afirmar que hay que “adecuar la educación al mercado laboral y las necesidades de las empresas”. Es el mantra que ha repetido una y otra vez para justificar muchas de sus decisiones pero resulta que en el proyecto de la LOCME, la educación tecnológica prácticamente desaparece.
Gran Bretaña o Alemania -países que han emprendido desde hace casi un lustro ese camino, acertado o no- incluyen al menos 50 horas de tecnología al año durante los once años del ciclo formativo completo hasta llegar a la Universidad.
Pero Wert y su ley las elimina de un plumazo. Podría ser porque nuestro mercado laboral no está orientado a la industria y si a los servicios, pero entonces las sustituiría, no sé, por horas de hostelería, de administración de empresas, de comercio. Pero no lo hace, con lo que se deduce que la adaptación al mercado laboral le importa un carajo.
Es una cuestión de números e inversión. Porque esas clases precisan ordenadores, talleres y una serie de gastos que él no considera necesarios para educar en la línea en la que quiere educar.
¿Cuál es esa línea? ¡Tranquilos cada cosa a su tiempo!
Cuando se encuentra en círculos sesudos, rodeado de intelectuales de su signo, habla sin parar sobre "lo importante de una base cultural sólida tanto para los conocimientos pero para los valores"
Pero su ley, su marca de fábrica, borra prácticamente de un plumazo todos esos fundamentos. Se carga la asignatura de cultura clásica, elimina el griego y reduce el latín a su mínima expresión. Claro, como la filosofía griega no es indispensable para entender como pensamos en occidente, como en Atenas no está el origen del pensamiento democrático, como en Roma no está el germen del derecho es lógico que nos sean imprescindibles para enraizar los valores en los que se asienta nuestra sociedad.
es mejor sustituirlas por el concepto de nacionalismo excluyente, el de españolización de Catalunya o el de no existencia del matrimonio gay. Esos sí son valores indiscutibles de nuestra sociedad. De nuevo lo que dice no se corresponde con su acto de fe, con su evangelio, con su ley. De nuevo su línea de pensamiento aflora más allá de sus palabras.
¿Cuál es su línea de pensamiento? Ahora sí.
Y para resumirla nadie mejor que Horace Mann: "El maestro que intenta enseñar sin inspirar en el alumno el deseo de aprender está tratando de forjar un hierro frío".
Wert pretende forjar hierros fríos. Así de sencillo.
Utilizando la frase de Horace Mann pretende que la educación -sobre todo la pública, que por la otra se paga y tiene que ser de calidad- se transforme en el forjado de hierros fríos que enseñe lo básico sin inspirar ningún impulso, ningún deseo. Wert pretende convertir la educación pública en ese magisterio que machaca una y otra vez cuatro conceptos básicos sobre una mente sin expectativas en un intento baldía de forjar un hierro que no ha sido calentado convenientemente con el fuego de la reflexión, del pensamiento autónomo, de la capacidad y la independencia intelectual.
Y por ello no le sirven ni las asignaturas que nos llevan al pasado y al concepto de la reflexión -cultura clásica eliminada, historia reducida a expresiones mínimas, filosofía convertida en una caricatura..- ni al futuro y a la frontera de la creación y la invención -tecnología sumergida hasta el ahogamiento, el bachillerato artístico prácticamente eliminado...-. Por eso le resulta imprescindible la cita de Stanford y retrotraerse a la educación decimonónica o incluso anterior: "insistir en las matemáticas básicas y en la lectura".
O sea, dedicar la educación pública a enseñar a leer, escribir y las cuatro reglas.
Eso no es suficiente para las empresas, para los ciudadanos, para la sociedad ni para el país, pero a él no le importa porque sí es suficiente para lo que busca: trabajadores que no den problemas, que estén dispuestos a trabajar en las condiciones de regreso a la servidumbre que impone la reforma laboral del gobierno al que pertenece y sobre todo gente que se conviertan en agitadores antisistema empeñados en protestar en lugar de aceptarlo todo sin rechistar.
Y su único acto ministerial efectivo, que es la dirección de la elaboración de la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa, lo deja bien claro. 
Porque Wert y su visión del mundo y de la sociedad necesita de esos hierros fríos forjados sin criterio para que la educación no pueda cumplir nunca la función para la se debe utilizar, la que definió otra gran educadora, María Montessori: "La primera tarea de la educación es agitar la vida, pero dejarla libre para que se desarrolle".
Y claro Wert no quiere que se agite la vida no vaya a ser que luego se le manifieste, no quiere dejarla que se desarrolle libre no vaya a ser que luego se le haga antisistema, le cuestione sus decisiones y las de su gobierno y decida que el sistema económico en el que vivimos no es el más conveniente. Y mucho menos a cargo del Erario Público cuya única función es sufragar los excesos e irresponsabilidades de los gobernantes y sus socios financieros.
Así que por más que hable, por más que matice y por más que polemice, su ley, su acto principal, es el que define lo que quiere y lo que teme José Ignacio Wert y el gobierno que representa.
No vaya a ser -¡Nuestra Señora de la Almudena no lo quiera!- que al final, pese a todas nuestras raíces judeocristianas, terminamos en ese estadio social que defendía Confucio hace casi 1.500 años cuando decía que  "donde hay educación no hay distinción de clases".
¡Hasta ahí podíamos llegar!

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