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viernes, enero 17, 2014

Gomendio y la juventud de los dados cargados

Ahí va.
"Para que la educación se convierta en el principal motor de movilidad social es fundamental superar una grave deficiencia de actitud: nuestros alumnos creen que su futuro depende de la suerte, mientras que los de países más exitosos creen que su esfuerzo personal es determinante. Debemos enseñar a nuestros jóvenes a tomar las riendas de su destino".
¿A que queda bonito?
Pues lo ha dicho Montserrat Gomendio, Secretaria de Estado de Educación, Formación Profesional y Universidades, en una columna de opinión. Y no hay nada que decir al respecto. No es que se esté en contra. No es que se le discuta tan firme y ponderada aseveración.
Solo unos matices.
Tal vez los jóvenes dejaran de creer que su futuro es cuestión de suerte si no vieran que el gobierno de este país permite -e incluso realiza en algunas comunidades autónomas- ERE fraudulentos en los que se conserva el puesto de trabajo por ser amigo, correligionario, comisario político o simplemente adlater adulador del político de turno, mientras que los profesionales de verdad son puestos de patitas en la calle.
Es posible que los jóvenes españoles tomaran el timón de su futuro y dejaran de recurrir a las preces a la diosa fortuna si vieran que cuando comienzan a trabajar les comienzan a pagar un sueldo digno y no se consiente a las empresas que los utilicen en régimen de semi servidumbre con la excusa de prácticas o contratos de formación.
Es muy probable que la juventud patria dejara de confiar en los hados si viera que los distintos gobiernos fuerzan a las empresas a pagar según preparación, fijan mínimos salariales reales por licenciatura, titulación en idiomas o cualquier otra preparación superior. O si se impidiera que se exigieran tres idiomas, el dominio de ocho programas informáticos y disponibilidad horaria a un administrativo para luego pagarle 900 euros mensuales.
A lo mejor los jóvenes españoles se centraban más en el esfuerzo en lugar de encomendarse a la santa providencia si no vieran que los profesores e investigadores de sus universidades cobran, después de años de estudio y de preparación, sueldos mileuristas y nunca promocionan a los cargos de responsabilidad que son cubiertos por designaciones a dedo, de escasa transparencia y que se seleccionan de forma nepotista.
Es casi seguro que los jóvenes españoles pondrían más énfasis en su esfuerzo y excelencia que en el esquivo albur si no vieran que los sueldos de los ejecutivos se disparan un 7% en los últimos años, mientras los de todos los demás se reducen en un 3,5%; si no contemplaran como nuestro gobierno salva de la quema y la cárcel a los inútiles que han hundido instituciones financieras enteras mientras permite que se cierre el crédito hasta ahogarlos a los que están intentando sacar a flote sus negocios.
Resulta plausible creer que la juventud española tomaría las riendas del hoy desbocado caballo de su futuro en lugar de dejarse llevar por la incierta galopada del azar si no asistiera anonadada al dantesco espectáculo de que unos sobres cogidos en pasillos y echados a los bolsillos helvéticos de los políticos determinan contratos, crecimientos empresariales y beneficios suculentos.
Y sobre todo es prácticamente incuestionable que nuestros jóvenes tirarían de trabajo y constancia en lugar de esperar eventualidades venturosas si no salieran fuera y vieran que como camareros ganan más dinero en Berlín que como técnicos especializados en las empresas españolas, que limpiando traseros ingresan más emolumentos en Londres que realizando curas especializadas en los ambulatorios españoles, que como cuidadoras de infantes franceses reciben más pago que como profesoras interinas en España.
Pero eso no es lo más grave, señora Gomendio. Lo más grave es que ya ni siquiera se encomiendan a la suerte.
Porque ven que si no hay dinero no solo no hay futuro sino que no han dejado que haya suerte. 
Que se recorta el acceso a las becas a los que no tienen dinero mientras que aquellos que lo tienen y pueden pagarse la matricula -saquen cuatros, cincos, seises o sietes- lo harán y los que no puedan hacerlo tendrán que ser excelentes para que se les permita estudiar.
Y todo es mérito suyo, de su ministerio, de su gobierno.
Los jóvenes españoles no confían en su esfuerzo y su preparación porque gobierno tras gobierno, con tal de satisfacer a las empresas en sus ansias de beneficios netos, han permitido que no se remuneren ese esfuerzo, esos conocimientos y esa preparación en el mercado laboral español.
Y ya tampoco creen en la suerte porque el ministro Wert, usted y todos los que han decidido convertirse en croupiers de la suerte de la juventud española han cargado los dados.
Y con dados cargados la suerte no funciona, Señora Gomendio, ni siquiera la suerte nos funciona.

jueves, junio 20, 2013

Las becas de Wert o la falsa cultura del esfuerzo

Mientras los pocos que consiguen mirar más allá de nuestro tormentoso presente y nuestro encapotado futuro patrio ven como los brasileños, ese pueblo al que creíamos indolente y más tendente a los sudores horizontales que a los sangrados verticales, han sido capaces de vencer tras doce días de lucha sin cuartel -no una huelga general de un día, no una manifestación en domingo, sino doce días sin tregua y sin pausa- una batalla por unos ínfimos 20 céntimos, nosotros creemos que hemos ganado una batalla con las becas porque el ínclito Wert dice que "estudiara" de nuevo su proyecto
Pero nos equivocamos.
Nos equivocamos porque lo hace gracias a que se lo pide -se lo exige, para ser más exactos- su propia gente, los miembros de la guardia de Corps moncloita en las comunidades autónomas, convertidas en taifas beligerantes entre sí.
Y nos equivocamos porque en realidad ese estudio no afecta a la parte totalitaria y arbitraria de la concesión de becas, no cambia en una coma que el Gobierno -cualquier gobierno- pueda condicionar una parte de las becas a sus disponibilidades de dinero, después de que haya decidido gastarse ese dinero en lo que él quiere, ya sea una coronación real o una campaña para promocionar la imagen de España entre los potenciales turistas de la República Oriental del Uruguay, por poner dos ejemplos de gasto absurdo.
Y encima los hay que se indignan y critican esta victoria que no es victoria sino más bien tregua en ventaja -porque hay que reconocer que beneficia a muchos estudiantes-. Los hay que afirman que endurecer las notas de las becas es fomentar el esfuerzo y que el egregio auto proclamado soberano de la educación española comete un error al transigir con bajarlas al nivel de aprobado. "No se discrimina a nadie si se beneficia a los que más saben", dicen.
Y los que lo dicen son los mismos que se quejan cuando hay una huelga de metro porque no llegan al curro en lugar de unirse a ella como han hecho los brasileños; son los mismos que protestan cuando los profesores hacen huelga en lugar de no acudir al trabajo y secundarla para apoyar el futuro de sus hijos como hacen los progenitores franceses; son los mismos que acuden a un hospital un día de huelga sanitaria intentando colar una consulta rutinaria como una urgencia; son los mismos que protestan por los ruidos y el descenso de sus negocios por el 15M en lugar de bajarles comida y mantas como las matronas de la Plaza Sintagma ateniense.
Si nosotros nos equivocamos al creer que hemos logrado una victoria, ellos simplemente  no han entendido de qué va esta guerra.
Darle una beca a un estudiante que ha logrado un 6,5 y no dársela al que ha obtenido un 5,5 o un 6 o un 6,4 es una discriminación del tamaño del Coloso de Rodas. Puede que no lo vean pero si no lo hacen es simplemente porque no quieren hacerlo.
¿Por qué?
Porque el sistema es muy claro. La fórmula es muy precisa y se remonta al albor de los tiempos. Tiene que ser antigua porque todos hemos estudiado bajo ella. Aquel que tiene un cinco está aprobado, déjenme que lo repita, está aprobado.
Es decir, ha adquirido los conocimientos mínimos para poder seguir con aprovechamiento el siguiente año, el siguiente ciclo o el siguiente nivel. Es muy simple y sencillo.
Y si alguien decide que eso no es bastante para que, si no tiene recursos económicos, el Estado le sufrague los estudios está tomando una decisión arbitraria sobre gentes que se han ganado con ese aprobado el derecho a seguir estudiando. 
El aprobado no es un 6,5, no es un 7 y no es un 5,5. Es un cinco. Es eso lo que se le exige y nadie puede decidir que eso no es bastante sin caer en la discriminación y la arbitrariedad.
Se puede cambiar el aprobado a un seis, por ejemplo, pero entonces todo el que tenga esa nota y cumpla los requisitos de renta tendrá acceso a la beca y entonces no se creará discriminación alguna, pero no se puede hacer otra cosa.
Bueno, en realidad sí se puede hacer otra cosa.
Se puede hacer que un cinco, que un aprobado, sea más difícil de obtener. Se puede hacer que el aprobado exija más conocimientos, más capacidades. Vamos, que el nivel general del sistema educativo público suba varios enteros. Esa sería la solución real. La solución a largo plazo, la solución de futuro.
Pero Wert, sus huestes y los que se quejan amargamente de que no se suban las notas para acceder a las becas no están por esa labor.
Porque si quisieran mejorar el sistema educativo en su conjunto tendrían que mejorar el nivel del bachillerato. De todo el bachillerato. 
No crear un sistema que identifica a aquellos que gracias a su esfuerzo, su genética y su inteligencia y pese al desapego del Gobierno por la educación pública han conseguido destacar y preocuparse exclusivamente de ellos en un Bachillerato de Excelencia - como el madrileño-, mientras a los demás se les deja a su suerte, recortando profesores, presupuestos e inversiones y haciéndoles perder horas en asignaturas que nada tienen que ver con su formación ni su futuro. No hace falta que se especifique cual es esa asignatura.
Pero, claro, eso es imposible en la visión de Wert, porque eso supondría tener que partir de un nivel mucho más alto en la Educación Secundaria Obligatoria. Justo lo que es un absoluto anatema para quien ha llegado a decir que esa enseñanza debe cubrir poco más que leer, escribir y las cuatro reglas -revalida, cuatro reglas, últimamente cada vez que se habla de educación se me aparece el fantasma de mi abuela-.
Porque eso supone una Educación Secundaria Obligatoria con más inversión, con más profesores, con más desdobles, con más apoyos. Con todo aquello que sea necesario para asegurarnos que el que no la pasa es simplemente porque sus capacidades intelectuales no dan para ello, no porque la desidia del sistema o los problemas que le rodean -que pueden ser sociales, familiares o médicos- le han restado la posibilidad de hacerlo.
Y eso está en contra de todo lo que tiene ideado Wert para España. Eso supondría gastar en Educación, no en obras faraónicas que dan votos, eso supondría invertir en los ciudadanos no en los bancos que financian sus campañas electorales. Eso supondría gobernar, no ordenar en su propio beneficio.
Si un cinco fuera un aprobado de verdad en un sistema educativo público que hiciera todo lo posible para que se obtenga, los que vaguean no podrían ni siquiera soñar con obtenerlo y se excluirían de la posibilidad de continuar por voluntad propia. 
Pero eso haría que las empresas de los colegas y familiares de Wert y la cohorte moncloita se vaciaran de operarios de a setecientos euros las 40 horas de trabajo, que el sistema laboral se vaciara de gente que no tiene otra posibilidad de ganarse la vida porque carece de estudios y de preparación. 
Eso destrozaría la posibilidad de convertimos en la China o la Bangladesh del Occidente Atlántico, restándonos competitividad en la miseria y destruyendo el diseño que nuestro actual gobierno ha hecho para un futuro de servidumbre.
Así que se puede considerar adecuado aumentar la nota para aprobar, se puede plantear aumentar el valor absoluto del aprobado pero no se puede plantear una diferencia entre los que ya han aprobado.
Después de todo sí es una victoria, pequeña pero lo es. 
Y los demás que sigan confundiendo cultura del esfuerzo con servidumbre y sigan protestando por las huelgas del metro. Han decidido ser parte, la más triste e importante, del problema.

viernes, febrero 15, 2013

El Consejo Real de José Ignacio Wert envía a la Universidad a la guerra contra el señor feudal

Puede que ya sea un efecto propio, una recurrencia por defecto cada vez que estas endemoniadas líneas se acercan a la actualidad de lo que se está haciendo e intentando hacer con la Educación en España. Pero parece que cada vez que uno quiere desgranar la realidad de lo que está ocurriendo en ese campo, acaba irremisiblemente arrojado a los más oscuros años del medioevo o incluso de sus pretéritas eras de barbarie.
Y ahora le toca el turno a la Universidad. José Ignacio Wert. el ministro que no lo es de cultura porque no utiliza la que atesora en aras de la lógica y que no lo es de Educación por la forma y el modo en el que se comporta, saca a relucir el informe encargado a su comité de expertos sobre el futuro de la Universidad en el que se concluye -¡Oh, sorpresa!- que hay que "desfuncionarilizar los campus y la docencia e investigación universitaria".
Más allá del cierto tufillo arcaico y trasnochado a Consejo Real de los de antaño -pero el antaño de los Austrias Mayores-, que destila este comité nombrado para que el rey y monarca absoluto de la Educación en España escuche de otros labios aquello que le dicen una y otra vez sus pensamientos, este dictamen no retrotrae a una pelea medieval, nos vuelva a arrojar a una campo de batalla que parecía superado hace ya siglos: la autonomía de las universidades.
Porque Wert, atrincherado en su defensa numantina de la competencia entre iguales como sinónimo de libertad, mejora y evolución -algo que más que darwiniano es ya stajanovista-, pretende vender la "desfuncionarilización" como el espejo ideal de la libertad universitaria.
Y, claro, yerra de pleno porque de repente la historia le pega una bofetada con la mano cóncava en medio de su sonrisa de soberbio través.
Porque las universidades son libres, son autónomas, precisamente porque dependen del Estado; porque allá en los años oscuros de cruzadas, invasiones, guerras feudales y rafias por doquier hubo monarcas que al parecer tenían las cosas más claras que Wert que las hicieron depender directamente de ellos -o sea, por entonces del Estado, no olvidemos aquello de El Estado Soy yo- para que no dependieran de nadie más. Para que pudieran ser libres.
De modo que el hecho de que estén "funcionarilizadas", aunque Wert y su Consejo Real de expertos lo utilicen como algo peyorativo, es precisamente lo que les garantiza que sean autónomas y libres.
Porque si no es así, si pasan de su autonomía, bajo el ala del Estado, a la dependencia del dinero, este  las hará esclavas, siervas como ya lo son las privadas, buscando matrículas de alumnos acomodados para asegurarse los ingresos, repartiendo aprobados para que los alumnos que pagan sigan pagando, recortando inversiones aquí y allá para conseguir que sus acciones se sientan satisfecho al final de cada ejercicio económico.
Y si pierden esa autonomía, esa libertad, que su condición "funcionarial" les otorga a manos de los gobiernos regionales, la cosa será algún peor.
Porque entonces estaremos, un milenio después, en la situación que desde Alfonso X, El Sabio hasta El Príncipe Negro de Gales, pasando por los Capetos franceses, quisieron evitar al inventarse la autonomía universitaria. 
Estarán a merced de cada señor feudal, de cada reino de Taifas y de sus caudillos que podrán moldearlas y remodelarlas a voluntad para conseguir  sus objetivos políticos, para utilizarlas en su provecho, para transformar la educación en propaganda. Como ya pasa con los medios de comunicación autonómicos en las comunidades gobernadas por le Partido Popular.
Pero a Wert eso no le preocupa porque es lo que realmente quiere. Que el investigador investigue para  el bien del gobernante, no para el del Estado, que el docente estudie para el presidente -o la presidenta- de la Comunidad Autónoma, no para el bien del Estado.
Necesita y quiere que las universidad está o bien bajo el peso aplastante de la competencia económica o bien bajo el férreo yugo del poder político local, del señor feudal de turno.
Porque esa es la única manera en la que el Bachillerato de Excelencia que se experimenta en Madrid tendrá una oportunidad de fingir que es un éxito, porque así es la única manera en la que la Universidad aceptará recortar materias que a Wert le molestan, que incomodan a Moncloa, que no hacen perfectos técnicos serviles que no se preocupan de otra cosa nada más que de generar riqueza a sus empresas, porque solamente de esa forma la Universidad antepondrá el presente efímero del equilibrio en las cuentas públicas del actual gobierno al futuro de todo un país, que depende en gran medida de su sistema educativo.
Porque esa es la única forma en la que evitará que la Universidad haga aquellos para lo que los reyes de hace diez siete u ocho centurias la "funcionarializaron", la hicieron depender directamente de ellos para garantizar así su autonomía de todos los demás.
Porque, acuciada por la necesidad de resultados económicos para su supervivencia o impelida a conseguir los objetivos políticos de aquellos que cierren su puño feroz sobre su garganta, dejará de hacer lo que siempre hizo, aquello que está diseñada para hacer.
Enseñar a los que cruzan sus umbrales a pensar por su cuenta.
Y eso es, al fin y a la postre, lo que al falso ministro de Educación y Cultura le viene mal, muy mal, tremendamente mal.

sábado, diciembre 08, 2012

Yo les conocí, Horacio... (Panegírico por el falso rey de la Excelencia)

¡Ay! ¡Pobres, pobres, mis amigos!, ¡En desgracia por siempre mis compañeras!
Yo les conocí, Horacio…
Eran mentes brillantes e infinitas, sentimientos radiantes y encendidos, incapaces de albergar en sus jóvenes almas la envidia por el genio, el resentimiento silencioso y culpable contra aquellos que, siendo sus iguales en luz y en intelecto, les resultan distintos, lejanos, diferentes.
Yo les conocí, Horacio… Lo hice  antes de esto, lo hice antes de ti.
Antes de que discursos y arengas matutinas arrasaran su blanca valentía de saberse distintos mudándola en el oscuro miedo a no ser excelentes.
Antes de que órdenes locas y cazas insistentes de las voces dormidas y las quejas gritadas, trasformaran el arrojo de hacerse compañeros y amigos en el ciego mutismo de fingirse adláteres rastreros, lisonjeros serviles y obsequiosos ronceros  ante ojos ocultos en las sombras culpables y voces de espías delatores susurradas en mitad del silencio.
Yo les conocí, Horacio… Y lo hice antes de esto. Lo hice antes de ti.
Siendo uno de ellos, llevé sobre mis hombros el peso de sus quejas calladas, grite con mi garganta el atronador sonido de tristes injusticias que ellos soportaban y ahora su vista me llena de horror y oprimido el pecho me palpita.
Porque yo les vi, Horacio… Y ahora, cuando les miro, solo te veo a ti.
Al pequeño jerarca, al ínfimo edecán palatino,  aplastado por el peso infinito de una mediocridad que le amarga la boca y le  ofende el olfato con el hedor podrido de este rango alcanzado en una vida entera de cambiar los logros no alcanzados por la servil adulación del poderoso.
Veo al hombre, turbado y retorcido por no ser lo que quiso, por no nacer tocado por las gracias y musas. Arrojado entre gentes que, con solo pensarlo, le superan en todo. Envidioso del genio de las mentes que han caído en sus manos, incapaz de vestirlas con los tules y sedas que las hagan hermosas, empeñado en cubrirlas con los burdos sayales del temor y la duda para no tener que ver con su torva mirada como, al iniciarse cada nueva jornada en el eterno ciclo que el que tiempo nos conduce al futuro, todas y cada una le ocultan con su brillo, le queman con su luz, le empequeñecen con su grandeza.
Porque yo les vi, Horacio… Y ahora, cuando les miro, solo te veo a ti.
Y no observo al maestro, vislumbro al carcelero. Y no atisbo al mentor, descubro al inquisidor.
Y no contemplo al rey, solo advierto al bufón.
A aquel que esconde la cojera doliente de una mente carente de argumentos tras el escarnio público de quienes le desafían, que disimula la torcedura anómala del esqueleto de sus razonamientos tras la burla cruel de aquello que tanto le supera que le hace despreciarlo.
Ahora, falto ya enteramente del músculo que te obliga a pensar, y anquilosado aquel otro que te mueve a sentir, ni aún puedes ya reírte, Horacio, de tu propia deformidad, de tu misma inconsistencia, de tu anunciado, buscado e infinito fracaso. Tan solo puedes intentar que todos lo compartan
Por eso, Horacio, ahora cuando les miro no veo lo que son, recuerdo lo que eran.
Recuerdo que eran germen de pensadores, ideólogas, artistas, polemistas y sabias; recuerdo cuando eran discípulos, alumnas, estudiantes, buscadores deciencia y nuevos creadores.
Por eso cuando les miro, aunque observe tras de ellos la sombra tenebrosa de lo que la arrogancia del inepto planea hacer de ellos, aún veo a mis amigos, no veo a tus hoplitas; aún los veo como fueron cuando el destino hizo que fueran mis compañeros y no les reconozco como lo ilotas silenciosos y tristes en los que tu miedo difundido y tu falsa excelencia le ha hecho convertirse
Dime una cosa, Horacio ¿Crees tú que Sócrates, Platón, Aristóteles, Hipatia o incluso el viejo Tales, metidos bajo de la tierra, tendrían esa forma horrible que tú has desarrollado aún estando siguiendo en la vida, desprenderían el hedor nauseabundo que esparces por el mundo?
Ha de ser que no, ¿verdad Horacio?, Loenidas quizás, Jerjes seguro Pero ellos, los antiguos maestros, no.
Ellos gustaban de enseñar y ansiaban aprender.
Yo no les conocí, Horacio… Pero cuando te miro a ti, nunca les veo a ellos.

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