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domingo, agosto 16, 2015

El yuan y la arrogancia del compañero de viaje

La devaluación de la moneda china ha puesto los pelos de punta a la economía mundial y como siempre hace este Occidente Atlántico no ha sabido mirar en esto más allá de su propio ombligo.
Todo el mundo echa ahora la culpa al gobierno chino por imponer su forma de ver la economía que poco o nada tiene que ver con el capitalismo liberal que marca los ritmos económicos del Desierto de Gobi hacia el oeste.
Acusan al PCCH de dirigismo, de no respetar la independencia del Banco Central Chino, de no respetar las reglas de la economía global. Actúan como si el Partido Comunista de China y el politburó del Gobierno chino hubieran mutado de repente, se hubieran convertido en algo que no eran. Pero no es así.
¿Que parte de Partido Comunista de China no recuerdan haber leído en la definición de la dictadura china?, ¿Que parte de "la economía del país está dirigida por el partido hacia la prosperidad del pueblo" no leyeron de las conclusiones del último congreso de los dictadores chinos?
Y no deja de resultar sorprendente que el mundo occidental eleve ahora las manos al cielo y se queje de intervencionismo. No lo hicieron cuando el gobierno chino movía de forma obligada a población para que trabajara en sus fábricas, no lo hicieron cuando que mantuviera exiguos los salarios les beneficiaba al reducir sus costes de producción, no lo hicieron cuando las inversiones chinas decretadas por el gobierno salvaban sus empresas in extremis con inyecciones de capital, no lo hicieron cuando despoblaban zonas enteras para construir inmensos complejos industriales donde podían asentarse en suelo prácticamente regalado sus centros de producción deslocalizados.
Entonces no importaba que el Gobierno chino interviniera una y otra vez en la economía porque venía bien a nuestros intereses. Ahora sí es intolerable porque nos perjudica.
Y sobre todo lo que más maravilla es que se culpabilice a China de la situación. China y su economía no están originando un problema a las economías occidentales. La política económica occidental le ha causado un problema a China y ellos intentan, como han hecho siempre, solucionarlo por su cuenta, sin tenernos en cuenta.
Es la política de austeridad económica occidental -sobre todo Europea de la mano de Alemania, pero también estadounidense- la que ha generado el problema porque al detraer renta de los ciudadanos ha estancado el consumo y al estancar el consumo ha paralizado el comercio internacional, principal fuente de ingresos de China, y la potencia asiática ha reaccionado. La depreciación del yuan es solo hacer quesean los occidentales los que paguen el coste de esa paralización del comercio internacional que sus políticas han generado. Es devolvernos la pelota.
Y nos pilla en fuera de juego por el motivo de siempre: nuestra arrogancia.
Cuando el gobierno chino pidió el acceso a la organización mundial del comercio creímos que habíamos derrotado a los chinos, creímos que habíamos abierto un mercado de 1.600 millones de consumidores potenciales porque eramos más listos, más fuertes y más civilizados que los comunistas chinos anclados en un régimen extinto y en una ideología superada.
Pues no era así. China se convirtió en la fábrica del mundo y para ello mantuvo los salarios bajos con lo que nuestro mercado de 1.600 millones de personas no tenía acceso a nuestros productos mientras que los consumidores occidentales devoraban productos porque eran mucho más baratos. Las balanzas comerciales de prácticamente todos los países de la Tierra se inclinaron hacia el oriente. Pero el consumo en China no subió.
Porque todo ese dinero que genera su crecimiento económico va a una sola cosa. A invertir en sectores clave que el gobierno chino quiere controlar. A conseguir la energía de Rusia, Argelia, Libia, a comprar empresas tecnológicas clave a desarrollar su tecnología de satélites, sus infraestructuras energéticas, su industria aeronáutica, espacial, naval... y todo aquello que necesitan para ser aún más una potencia incuestionable.
Ahora devalúan el yuan para poder seguir haciéndolo. Son la segunda economía del planeta y quieren estabilizarse en el primer lugar. Son una de las tres potencias mundiales y quieren ser la primera.
Y nosotros pataleamos porque no somos capaces de reconocer nuestro error y aunque lo hiciéramos ya es tarde para ello. Creímos que habíamos engañado a los aztecas como Hernán Cortes montado en su caballo blanco o que habíamos conseguido comprar a los indios Nueva York por un puñado de cuentas y dos botellas de whisky y ahora nos damos cuenta de que no es así, de que no hemos impuesto nuestros criterios ni sido más listos que nadie.
Creímos que China había aceptado y asimilado nuestro concepto de socio comercial y lo único que había hecho era disfrazar de otra cosa el muy comunista concepto de compañero de viaje.
Y ese viaje en compañía está tocando a su fin.

jueves, junio 04, 2015

¿Y si Tiananmen no tiene que ver solo con China?

El 4 de junio no es el recuerdo de una trágica historia, no es el recuerdo de un baño de sangre, no es el recuerdo de un poder casi omnímodo y totalitario pasando por encima de las ansías de libertad y capacidad de decisión impresas en nuestro inconsciente colectivo por la muerte de muchos, la desesperación de todos, la sangre de otros tantos que la dieron por todos y la lucha de generaciones enteras.
El 4 de junio de 1989 es el recuerdo de como un pueblo que no tiene noción ni recuerdo de haber vivido alguna vez en libertad, desde la dinastía Ming a los mongoles, desde la china de Han hasta Pu Yi, desde la revolución cultural hasta el capitalismo revolucionario de Hu Jin Tao, hizo lo que tenía que hacer, lo único que un pueblo tiene que hacer por el futuro de aquellos que tienen que llegar: luchar, luchar aunque se pierda, luchar aunque se tenga ninguna esperanza de ganar.
Tiananmen no es el aniversario de que China no puede despertar de su eterna pesadilla de oprobio, humillación y falta de libertad.
Tiananmen, ese 4 de junio en Tiananmen, siempre será el aniversario de que unos señores bajitos, orientales, lejanos y con la piel manchada de escorbuto nos dijeron a nosotros los que creemos nacer con todos los derechos que no tenemos excusa alguna para negarnos a luchar por mantenerlos.
Tiananmen no es el recuerdo de un aplastamiento más de la libertad en la lejana China. Es el recordatorio permanente de que si ellos lo pudieron hacer aunque murieron, nosotros no tenemos derecho a intentar ignorarlo.
Eso es Tiananmen, eso llega de China. Eso es y será el 4 de junio de 1989 en una plaza sangrienta de Pekín.

viernes, abril 03, 2015

Un pacto nuclear que hace del mundo una aliteración

Mientras nosotros nos despertamos saturados de dianas floreadas y nos acostamos al ritmo de cornetas y tambores procesionales, el mundo cambia.
Los cinco países del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas llegan a un acuerdo nuclear con Irán, otrora miembro impenitente del Eje del Mal inventado por Bush y de la resistencia anti imperialista ficcionada por ellos mismos. 
Sí, el mundo cambia.
Y junto a ellos Alemania que, curiosamente, sin que nadie tenga mucho que decir, se arroba el derecho de representar los intereses de la Europa de los 27 aunque luego la que pose junto a la bandera del cielo estrellado sea de nacionalidad italiana. 
Sí, el mundo cambia.
Y el gobierno israelí y su recientemente reelegido Primer Ministro Netanyahu, se mesan los cabellos y se rasgan las vestiduras mientras Estados Unidos, su presidente y sus lobbies de presión, hastiados de la eterna canción de victimismo de su cada vez más molesto aliado, miran a otro lado. 
Sí, el mundo cambia.
Y los monarcas absolutos de suníes de Arabia Saudí, Kuwait, Los Emiratos Árabes y Qatar, que matan tantos homosexuales y lapidan y flagelan tantos adúlteros como los ayatolas iranís se quejan y protestan al ver que no es solo su petroleo sino también el de otros el que genera comprensión y ganas de diálogo aunque la Sexta Flota sigue anclada en sus puertos. 
Sí, el mundo cambia.
Y el presidente iraní y su ministro de asuntos exteriores sonríen por el éxito ignorando el rugido de furia de su estamento religioso en las mezquitas y los minaretes por la blasfemia que supone la alianza con el demonio infiel. 
Sí, el mundo cambia.
Y Rusia y China sonríen abiertamente en la foto en lugar de mostrarse como los forzados convidados de piedra después de haber llevado la situación al límite forzando vetos a las sanciones a Irán en el Consejo de Seguridad de la ONU  y haber apoyado abiertamente al gobierno de Teherán en su programa nuclear. 
Sí, el mundo cambia.
Después de la revolución de 1979 en Irán que privó a Estados Unidos de su dictador títere, el sha Mohammad Reza Pahlevi, después de emprenderla a tiros con secuestradores y rehenes en la embajada estadounidense en Teherán, de armar a Sadam Hussein hasta los dientes en Irak para descabalgar a los ayatolas del alazán del poder, de forzar una aciaga y desastrosa intervención de los cascos azules en Líbano para romper el dominio de Irán a través de Hezbollah en el valle de la Becah, de forzar la invasión de Afganistán para romper el eje chiita/taliban y salir escaldados, de aceptar y hacer la vista gorda a la operación de asesinato de científicos nucleares iranís que emprendió Israel en cuanto supo que había un gramo de uranio enriquecido dentro de las fronteras de la antigua Persia, Irán y Estados Unidos se sientan, hablan y llegan a un acuerdo.
Sí, el mundo cambia.
Una potencia agotada de la guerra en mil frentes, respaldada por otras que ya no lo son y no podrán volver a serlo ceden ante las demandas de un tradicional aliado de sus potencias enemigas que ahora son las que cortan el bacalao aunque mantienen la apariencia de que el imperio permanece intacto mientras los países que habían puesto su apuesta de supervivencia en la alianza incondicional con los países poderosos observan con miedo como ya no se pone tanto interés en defenderles.
Sí el mundo cambia.
Pero suena tanto a Roma, el Sacro Imperio romano germánico, el Imperio Español, el Imperio Colonial inglés o el auge y caída del III Reich que da igual que sea la religión, el oro, el dominio del mar, el carbón y el acero o el petróleo lo que haga que el mundo cambie y se redibuje.
Sí, el mundo cambia. Pero la historia no. La historia siempre se repite.
No hemos aprendido nada.

martes, noviembre 11, 2014

El nuevo jefe del viejo orden -Ni hao, jefe, Ni hao-.

Mientras nuestros líderes siguen pensando en cómo sacar de su catafalco a un sistema económico muerto, los hay que ya han decidido que la decadencia, aunque más lenta y grandiosa según se gestione, es un sinónimo de la muerte. Ese alguien es China, por supuesto. Y tiene claro que hay países que ya no cuentan para nada. Incluso continentes enteros.
Un año más asistimos a ese momento gloriosamente ridículo en el que los líderes del Occidente Atlántico se disfrazan de orientales y acuden a hacer lo que siempre se ha hecho desde el albor de los tiempos: arrojar sus escudos y sus lanzas a los pies del imperio, rendir vasallaje al poderoso.
Claro que ahora es China.
Podemos seguir buscando fórmulas para sacar nuestro sistema económico de una crisis continua que en realidad es la superposición cada vez más veloz de una crisis tras otra; podemos seguir buscando soluciones a una corrupción que no es causa sino consecuencia del sistema y de la ideología en la que se basa ese sistema; podemos seguir intentando volver a los viejos buenos tiempos del crecimiento y el consumo como motor de la economía.
Pero no va a servir de nada. China ya no nos ha ganado esa mano. El principal país capitalista del mundo es ahora la Tierra del Dragón. Así, sin más, sin paliativos, sin medias tintas.
China ya ha hecho el camino del capitalismo a ultranza en el que lo que importan son los beneficios y en el que el bienestar de aquellos a los que se necesita para obtenerlos no cuenta, ya ha alcanzado el cenit del mercado como único regulador más allá de leyes, acuerdos o tratados; ya ha andado el camino del control de la corrupción -al menos aparente- colocando en el paredón a unos cuantos gerifaltes para enviar un mensaje global.
Esa mano ya la hemos perdido. China manda. Punto, set y partido.
Por eso se permite firman un acuerdo de suministro de gas con Rusia después de que esta le haya hecho el trabajo sucio en Ucrania; por eso firma un acuerdo comercial con Corea del Sur dejando con el trasero al aire a Pyongyang, que ha sido su fiel vasalla durante décadas. Por eso lima asperezas históricas con Japón cuyas patentes tecnológicas compra a espuertas.
Y ¿qué hace la vieja Europa?. En esencia nada. Perderse en disquisiciones absurdas de estabilidad presupuestarias y contención del déficit. Mirarse el ombligo por no decir comerse mutuamente otras partes más bajas de su anatomía.
Algunos como nuestro gobierno, poco tendentes a la originalidad -como casi siempre-, pretenden imitarla. Pretenden convertir a nuestros trabajadores en los siervos chinos que trabajan en las fábricas de Shangai o Guangdong, pretenden ofrecer nuestro tejido laboral como holocausto que nos haga gratos a los ojos del nuevo poder. Vamos lo que hemos hecho siempre.
Llegaron los romanos y nos romanizamos -que Viriato era lusitano, no nos engañemos-, llegaron los visigodos y nos hicimos arrianos, llegó el califato y nos inclinamos de hinojos mirando a la Meca -menos Pelayo, vale-, llegó el imperio alemán y todos nos hicimos imperiales salvo unos cuantos castellanos viejos que acabaron en el tajo, llegó el Tercer Reich y nuestro gobernante adoptó hasta su sistema horario para congraciarse con él, llegaron los Estados Unidos y les dejamos poner bases militares hasta El Retiro si nos lo hubieran pedido.
Vale, Vale. Tenemos el Dos de Mayo y la Guerra de Independencia. Pero el servilismo tiene un límite ¡Que eran franceses!
Ahora llegan los chinos y nuestro gobierno pretende convertimos en un remedo de su sistema de trabajo para que se avengan a tratar con nosotros.
Todo el Occidente Atlántico está en realidad de una u otra forma en la misma representación, en el mismo camino. Nuestro gobierno es más burdo pero, no nos engañemos, tampoco se esperaba sutileza.
Como siempre ignoramos la herramienta mas obvia que tenemos a mano para evitar transformarnos en territorios vasallos de China.
Nos han ganado en nuestro propio sistema económico pues pongamos otro en marcha. 
Pero claro para que ese nuevo sistema económico basado en la redistribución real de los beneficios empresariales, en la eliminación de los beneficios especulativos, en el ajuste social para evitar los extremos económicos de la campana de Gauss, necesitamos algo de lo que nuestros poderosos no quieren oír ni hablar. Unidad política.
Solamente un gigante puede enfrentarse a otro gigante. La honda y la piedra de David no son una opción, demasiados millones pueden morir antes de que logremos acertar a China en la frente. Si es que conseguimos hacerlo.
Y un gigante verdaderamente democrático y que defienda su visión del Estado de Derecho a nivel global no como el gendarme internacional que es Estados Unidos, sino de una forma firme y sólida, asumiendo los sacrificios que eso suponga. 
Un gigante que no comercie con aquellos que no mantienen sistemas donde no se garantizan todas esas premisas de redistribución y justicia social no tenga una sola posibilidad de comerciar con nosotros.
Pero claro, eso hará descender las cuentas de beneficios, reajustar las ganancias de las empresas. Perjudicará a todos aquellos a los que en realidad sirven los gobiernos occidental - atlánticos. 
Por eso no se hace. No es que el sistema no se pueda cambiar. Es que se prefiere no hacerlo.
Es mejor ponerse una pieza de vestimenta oriental y rendir pleitesía a China que defender una unidad política capaz de aportar dignidad a todos, incluso a los chinos, a costa de los beneficios de unos pocos.
Ni hao, nuevo jefe del viejo orden, ni hao.

jueves, marzo 13, 2014

PP, China, franquismo y "en mi casa mando yo"


Hay pocas ocasiones en las que este Occidente Atlántico acepta pensar en contra propia, transige con ese vicio de no querer hacer las cosas bien por miedo a que en algún momento nos vengan mal.
Y si había un ejemplo de esa poco frecuente tendencia era el concepto de jurisdicción universal que la legislación internacional se empeñaba en mantener pese a los constantes duelos y quebrantos que le provocaba.
Pues nuestro Senado, que es lo mismo que decir nuestro gobierno, acaba de ratificar su sentencia de muerte.
Acaba de clavar el último clavo en el ataúd de la justicia universal, de que los criminales, los grandes criminales -no los de portada de sección de sucesos y los de mini serie documental televisiva, sino los de verdad-, puedan ser perseguidos, juzgados y encarcelados en cualquier lugar del mundo.
Un día después de los fastos y recuerdos de un crimen internacional, en el mismo día en el que en Crimea se está gestando la respuesta a un crimen masivo de represión que desembocará con toda probabilidad en más crímenes multitudinarios; a la misma hora en la que el régimen sirio  y parte de sus enemigos acumulan tantos delitos de Lesa Humanidad que no caben en sus tumbas, los inquilinos de Moncloa, a los que nuestros sufragios pusieron allí para otra cosa, entierran la jurisdicción universal.
Les dan a todos los criminales masivos de otros tiempos, de nuestros tiempos y del futuro, un lugar donde esconderse.
Desde Joseph Kony hasta Putin, desde Al Asad hasta los Ayatolas iranís, desde el PCCH hasta el PNA, desde Netanyahu hasta toda la corte de tiranos y tiranuelos con terno de gobernantes democráticos o con uniforme de revolucionarios que pueblan y han poblado el continente americano por debajo de Río Grande están dando palmas con las orejas. El Champan y la sangre corren para celebrar la recuperación del concepto de impunidad universal.
Y ¿Por qué?
Unos dirán que es por China, por los procesos abiertos contra sus gobernantes. Y tendrán razón. Solo una parte de razón, pero la tendrán.
Pero viendo como maneja el Partido Popular la justicia, como la ha convertido en un brazo armado de su política, como ha hecho todo para controlarla y mantenerla bajo su control, esos procesos se podían haber paralizado de otra manera, se podrían haber dejado morir en los despachos judiciales, se podrían haber ido derivando hasta que acabaran en manos de un juez afín, se podían haber hecho llegar a un Tribunal Supremo controlado, a un Tribunal Constitucional dirigido desde Moncloa y Génova, 13 que tiene un militante del partido como presidente.
Y así se habría tenido contento al gigante al que tanto se le pidió, reclamó y exigió despertar y que ahora nos está quitando el aire con su bostezo. Así se podría seguir mendigando inversiones y esclavos para los centros de producción deslocalizados de nuestras empresas. Así se podría seguir fingiendo cada aniversario de Tianammen que al Occidente Atlántico le importan los derechos humanos y jugar el resto del año al juego que, como diría el cansino cantautor, "que mejor juega y que más le gusta" que no es otro que revolcarse en el lecho con China por dinero.
Pero no se ha hecho así. Se ha ido a cargarse directamente el concepto de jurisdicción universal. Así que debe ser por otra cosa.
Y los habrá que dirán que es por aquello de cubrir los crímenes y desmanes de una dictadura y un bando de una Guerra Civil Española. Dos momentos históricos a los que no deberían sentirse vinculados si de verdad fueran lo demócratas que se llenan la boca de decir que son. Y tampoco les faltará razón.
Al gobierno español no debería importarle que Argentina juzgara a torturadores de otra época, pero misteriosamente le importa; no debería hacerle temblar el pulso o alzar la ceja que magistrados de allende de un océano u otro hablen de fosas comunes de la Guerra Civil o de los represaliados del franquismo, pero le importa.
Como les importó a otros que hicieron fracasar una Ley de Memoria Histórica que nunca debió ser legislada porque no se debe obligar a nadie a recordar solamente para vindicar la memoria de familiares muertos, de ancestros asesinados o de abuelos combatientes.
Pero podría hacerse de otra forma, aún con ese vicio hispano de impedir que la vida se convierta en historia. De no dejar que Franco, Azaña, Carrillo, Serrano Suñer, Mola, Queipo de Llano, Negrín, Calvo Sotelo o Ibarruri ocupen su lugar en los libros hasta el punto de que a nadie le importe quien de todos ellos tenía razón o si alguno de ellos la tenía -sinceramente, ¿alguien tiene una opinión formada sobre quien tenia o no razón en la Dictablanda de Primo de Rivera o en la Guerra de Sucesión? No. Pues a eso me refiero-.
Y no se hace a través de los arteros mecanismos que el Partido Popular suele utilizar para lograr sus objetivos judiciales porque en realidad  el objetivo primario del PP no es el pasado de la historia reciente de España, ni el presente de la maltrecha economía del país. 
Se dinamita el mismo concepto de jurisdicción internacional por el futuro. Por su futuro en el poder.
Porque, con Estrasburgo soltando guantazos a diestro y siniestro en sus enrojecidos mofletes por la Doctrina Parot, la exclusión sanitaria de inmigrantes, el aborto y hasta la reforma educativa, el gobierno del PP quiere dejar claro un concepto que es muy suyo, muy de aquellos en los que se apoya sin tener que apoyarse: "en mi casa mando yo".
Y si para enviar ese mensaje hay que aceptar que China mande en su casa a costa de la vida y la libertad de sus ciudadanos, pues se pasa por el aro; si hay que tolerar que toda suerte de tiranos machaquen a sus poblaciones, pues se tolera; si hay que permitir que los estados más poderosos militarmente cerquen por hambre y guerra a poblaciones indefensas, se permite; si hay que dejar pasar que los locos de la yihad y el paraíso mantengan a hombres y mujeres oprimidos bajo el terror del gobierno las falsas interpretaciones de las palabras de u profeta, pues se deja pasar.
Porque en realidad la jurisdicción universal es un peligro para el PP como gobierno -lo es para cualquier gobierno, no nos engañemos- porque le obliga a respetar reglas que no puede cambiar, a ajustarse a convenciones que no puede modificar. No vaya a ser que algún juez de algún lugar del mundo tenga un concepto de genocidio que incluya matar por pobreza, o que algún magistrado de alguna corte internacional considere fundamental derechos que ellos está cercenando y decida procesarles.
Por eso hay que mandar el mensaje de que a Moncloa -no a España, que no es lo mismo, aunque ellos quieran confundirlo- no le importa y no le gusta la jurisdicción universal, le trae al pairo lo que el universo diga sobre sus actividades. Se la pelan los crímenes internacionales, transnacionales o universales.
No es por el pasado de sus abuelos combatientes, no es por el presente de sus negocios. Es por el futuro de su poder y su mantenimiento en él.
Y eso es más peligroso que China y el franquismo juntos, marchando de la mano.

jueves, enero 23, 2014

La "mayor preocupación" de Don Mariano.

Dice el cantante algo así como "tus acciones te definen". Y es absolutamente cierto, cansinamente cantado, pero absolutamente cierto.
Cuando se quieren ocultar las motivaciones, cuando se pretenden disfrazar los objetivos, son las acciones lo único que tienen los demás para definirte, para darse cuenta de quien eres. Y, aunque parezca un contrasentido imposible las acciones son también las inacciones.
Nuestro ínclito Presidente del Gobierno, ese que nos echamos sobre los hombros y el futuro con nuestros sufragios, se ha hartado de repetir -lo dijo hasta seis veces en su entrevista televisiva- que su "principal preocupación son los ciudadanos de España".
Pero sus inacciones le definen.
Su principal preocupación son los ciudadanos pero estos le reclaman transparencia, menos -o ninguna, ya puestos- corrupción política y tiene paralizada hasta el hartazgo la famosa Ley de Transparencia que languidece en las salas de espera del Congreso de los Diputados; sus ciudadanos -o sea nosotros, por si alguien no lo tiene claro- le reclaman, de hecho le exigen, claridad en las cuentas, recortes en los sueldos de los altos cargos públicos pero el ralentiza y saca bajo cuerda una Ley de Reforma de las Administraciones Locales que prácticamente no reforma nada salvo los sueldos de los cargos públicos... al alza.
Y así con todo.
La ciudadanía le pide en las calles que deje la sanidad como está y el envía a ministras y consejeros autonómicos a desmantelarla, su juventud le pide que no hipoteque su futuro educativo y el deja que Wert, Catalá, Figar y el resto de los filibusteros educativos que pueblan los despachos de los gobiernos del PP hagan de su capa un sayo y la recorten hasta lo mínimo; la población le pide que ponga coto a los desahucios y al abuso hipotecario de las entidades bancarias y el Presidente del Gobierno demora su decisión, crea comisiones, escucha a expertos y tarda una eternidad en tomar una decisión que luego no evita que haya que seguir luchando en la calle para paralizar desahucios.
Todo aquello que afecta o preocupa a esos que dice que "son su mayor preocupación", llega tarde, mal o nunca. 
Sigue estudiando fórmulas para reactivar el crédito a las pequeñas y medianas empresas mientras estas caer como moscas de los cielos en un día de tórrido verano; sigue diciendo que baraja nuevas formas de ayuda a las familias con personas dependientes al tiempo que el retraso del ministerio encargado siguen haciendo posible que muchas de ellas mueran sin recibir las ayudas a las que ya tienen derecho por ley.
Se le demanda que los empresarios carguen también con la parte de la crisis que les toca y Rajoy y su área de economía tardan dos años en tomar una medida -la cotización de las retribuciones en especie- que afecte a los empresarios mientras en ese tiempo ha realizado dos reformas laborales y anuncia una tercera.
Pero como Mariano Rajoy es político no hay que fijarse solamente en sus acciones o inacciones para explicarle. Si lo que no hace le define, lo que hace a toda prisa le delata.
Tardó dos días en solicitar el rescate de las entidades financieras tras llegar al gobierno; una delegada del gobierno se queja de que la gente se manifiesta mucho y tarde mes y medio en presentar ante el Congreso la Ley de Seguridad Ciudadana más restrictiva desde la famosa ley de Vagos y Maleantes de la República, llevada a su máxima expresión por el dictador.
Tarda un suspiro en reformar por ley la forma de componer el Consejo General del Poder Judicial para poder controlarlo, archiva a toda prisa las cuestiones de fondo y de forma referidas a la recusación del presidente del Tribunal Constitucional para que no importe que sea un militante de su partido, envía a la fiscalía anti corrupción  a intentar que no se procese a la infanta por participar y beneficiarse en los manejos financieros de su esposo, despliega todas sus armas diplomáticas para evitar que allende los mares se abran juicios a torturadores franquistas.
Y todo a la velocidad del rayo, sin pasar por la casilla de salida, como si no hubiera mañana y la vida le fuera en ello mientras todo lo que tiene que ver con aquellos que "son su principal preocupación" languidece en una burbuja de tiempo congelado.
Y por si fuera poco, por si ya no estuviera clara y cristalina la definición de lo que importa a Rajoy y a Génova,13 en su conjunto desde que ejercen el gobierno, ahora fuerza una reforma acelerada de la ley para evitar que se pueda procesar en España a los líderes chinos por sus ordenes, organización y participación directa en el genocidio del Tibet.
Los dependientes mueren sin ayudas y él a su ritmo, las pequeñas empresas cierran ahogadas por la falta de crédito y el a su ritmo, las familias son desalojadas de sus hogares y permanecen endeudadas y él a su ritmo; 30.000 estudiantes se quedan sin beca o no pueden pagar las matrículas universitarias y él a su ritmo; los pensionistas ven como les resulta obligado elegir entre su medicina y su desayuno y él a su ritmo.
Pero los señores del nuevo imperio económico del mundo corren riesgo de sufrir un proceso que les enfadaría y el se pone a correr a la velocidad de Usain Bolt en una final olímpica a parar el asunto.
No vaya a ser que se enfaden y ya no dejen a sus amigos deslocalizar empresas en Huandong en las que puedan tratar a los trabajadores orientales como esclavos y obtener beneficios millonarios, no vaya a ser que China se olvide de las compañías de sus amigos y socios a la hora de invertir, no vaya a ser que no deje a sus colegas comerciar con ella y llevarse los bolsillos a costa del paro dentro de nuestras fronteras y la servidumbre dentro de las fronteras chinas.
Así que el cantante tiene razón. Tus acciones te definen, Mariano. Tus acciones te definen y la velocidad de ejecución de las mismas te delata.
Ya es público y notorio quienes son tu "mayor preocupación".

martes, abril 02, 2013

Nuestros recortes y el paseo chino por Tanzania

En mitad de toda la debacle social que se esta pintando dentro de nuestras fronteras, acosados por todos los frentes por recortes masivos y políticas que buscan hacer descender los niveles de derechos y expectativas hasta la servidumbre para garantizar los beneficios de unos pocos -y cada vez peor avenidos, por cierto-, hay veces que resulta difícil echar la vista hacia afuera para ver lo que ocurre allende nuestros recortes. Pero conviene hacerlo, aunque sea de vez en cuando, porque de los movimientos exteriores depende en gran medida el futuro de lo nuestro, de eso que creíamos seguro pero que nos están quitando a grandes paletadas.
Y si miramos fuera, lo primero que vemos, lo más grande sin duda, es China.
Hasta hace bien poco si mirábamos al gigante que en realidad nunca durmió pero que fingió hacerlo, lo único que veíamos era el mismo mensaje rancio y dispar del comunismo maoista y de la dicotomía entre una sociedad encorsetada y controlada por la dictadura política y empobrecida y mísera por la aceptación del capitalismo occidental como fuente de ingresos para el país.
Sus presidentes -dictadores, al fin y a la postre- perdían el trasero por fotografiarse con los líderes occidentales, por desbrozar cualquier terreno en el que se asentara una sección deslocalizada de una empresa de este Occidente Atlántico nuestro que cree que la dignidad laboral es solamente un derecho nuestro y no de chinos, indios o habitantes de Bangladesh -no me atrevo a apostar por un gentilicio para esas tierras-.
Pero ahora miramos al presidente de China, al nuevo, y no vemos eso. No le vemos estrechando la mano de Obama o de Merkel o de nadie por el estilo. Ni siquiera le vemos lanzando invectivas contra el perverso Occidente. Le vemos paseando trajeado y sonriente por África.
Y de eso va todo esto. De ese paseo por Tanzania, por Kenia o por Nigeria van nuestros recortes, nuestras pérdidas sociales. La obsesión de nuestro gobierno -y el europeo- de imponer a sangre y sufrimiento de la ciudadanía una regresión en los derechos sociales.
Porque China ha desembarcado en lo que era nuestro patio trasero, en lo que era la fuente inagotable de desequilibrio que nos servía para seguir manteniendo la desigualdad internacional. Que nos proporcionaba a un precio irrisorio desde los diamantes hasta el coltán de nuestros móviles, desde los fosfatos hasta el petroleo o el gas. Y Europa en particular y todo el Occidente Atlántico en general empiezan a sentir temblar sus carnes cuando piensan en ello.
Nerviosos y acuciados, caen en uno de los ejercicios de hipocresía más desmedidos que se recuerdan desde el panegírico de Marco Antonio por la muerte de Julio César.
Los ministros económicos de la UE afirman sin que nadie les pregunte que China debe ser respetuosa con los derechos sociales en África  Los mismos que se han lanzado a una cruzada de recortes sociales, que dejan a los enfermos crónicos a su suerte para pagar la cuenta de sus medicamentos, que obligan a los que quieran una educación de calidad a costearsela, que cobran por las ambulancias, las sillas de ruedas o las camas individuales hospitalarias, se atreven a mirar a la cara a Xi Jiping y decirle que debe respetar los derechos sociales.
Algo que nosotros no hemos hecho en África y estamos empezando a no hacer en nuestras propias tierras.
Los y las gerifaltes del sistema económico que nos está devorando afirman desde sus despachos neoyorquinos que China debe dialogar en África con los agentes sociales y los sindicatos. 
Son los mismos que han hecho oídos sordos a las ingentes huelgas generales españolas, portuguesas, griegas o británicas; las mismas que conminan a los helenos a trabajar más y protestar menos, que exigen a los chipriotas que se desprendan de su dinero para costear el rescate bancario.
Los mismos que han puesto en marcha y dado su visto bueno a una reforma laboral que, reconocido por la propia ministra, no busca generar empleo sino abaratar los costes laborales, tienen la osadía de mirar al dictador chino y exigirle que no haga en África lo mismo que llevamos nosotros haciendo tres siglos y que nuestros gobiernos están dispuestos a trasladar ahora al portal mismo de nuestras casas y empresas.
De manera que las prendas más íntimas y sugerentes de nuestras féminas pueden estar hechas a costa de los golpes de vara a niñas de trece años que recogen algodón en Níger pero China tiene que hablar con los sindicatos; el coltán de nuestro móviles puede extraerse en minas donde se paga un sueldo de dos dólares por día a una familia entera en la que trabajan niños de once años pero China debe dialogar en África con los agentes sociales; los diamantes que lucen las mujeres y las máquinas occidentales pueden estar manchados de sangre pero China debe respetar los derechos sociales en el continente africano.
Y Xi Jiping mira, asiente, sonríe y sigue a lo suyo.
Porque, aunque nosotros hayamos ignorado China durante generaciones, ellos no lo han hecho. 
Saben que nuestros gobiernos y los servidores devotos del sistema económico que nos acucia quieren jugar al doble juego de imponerle a China -y a La India, Brasil, Rusia, Sudáfrica y todo país emergente de paso- los mismos costes laborales, los mismos derechos sociales de los que ellos quieren desprenderse a cualquier precio a costa de su ciudadanía. De manera que así podamos seguir compitiendo por los beneficios corporativos, de modo que así puedan seguir metiendo la mano en los dividendos de las empresas desde los gobiernos y desde los lobbies.
Saben que si China llega ahora a África se llevará los recursos. Ellos no tienen ONGs, campañas de concienciacion, ni boicots de consumo a empresas asentadas en países que imponen o consienten la sharia, el velo, las lapidaciones, la milicia infantil, la violación ritual, la limpieza étnica o la experimentación con animales. China no juega a imponer su forma de ver el mundo y su cultura. Llegará, comprará, no hará preguntas y se irá. Y es probable que hasta pague un mejor precio que Occidente.
Como ya hace con el petroleo venezolano y libio, como ya hace con  los semiconductores, como pretende hacer con todos los recursos africanos.
Y si llega ese punto no seremos rentables, competitivos ni viables. Nuestras empresas y corporaciones quizás sí, pero nuestros países no.
Así que nuestros recortes van de eso, nuestra regresión a la miseria va de eso, nuestros gobiernos van de eso. Pretenden transformarnos en los falsos proletarios semi esclavos chinos para que China no se transforme en la potencia hegemónica en lo económico que ahora creen ser ellos y les deje fuera del pastel del beneficio corporativo.
Pretenden convertirnos en el Tercer Mundo porque todo la humanidad sabe que los ricos del Tercer Mundo son mucho más ricos que los del primero y mucho más poderosos.
Y nuestros gobiernos pretenden desde luego seguir siendo los ricos, aunque su país tenga que ser reducido a la miseria para que los beneficios económicos y corporativos vayan a sus bolsillos y no a los de los jerarcas del gobierno chino.
Y todo eso porque Xi Jiping viaja a África. No me quiero ni imaginar qué pasará cuando comience a visitar los países árabes.

jueves, marzo 01, 2012

Corea del Norte nos destroza el espejito mágico


Hay situaciones que llegan en el momento justo, que se plantean como el espejo de otras y con las que siempre corremos el riesgo de caer en el error de no darnos cuenta de que un espejo nos devuelve las imágenes vistas del revés.
Este es el caso de Corea del Norte y su supuesta moratoria nuclear anunciada, sin bombo y sin platillo, -lo que ya es decir mucho del megalómano régimen de Pyongyang. Parece que el hijo del muerto dictador convertido él a su vez en un dictador con una letra cambada ha decidido posponer sus ensayos nucleares, su carrera hacia la bomba. Y claro, eso es bueno.
Que nadie tenga armas nucleares es bueno. Que las tenga medio mundo -al que creemos aliado- también. Pero que la tenga Pyongyang no.
No vaya a ser que entonces, si queremos que no se usen armas nucleares, tengamos nosotros que destruir las nuestras.
No es que los norcoreanos se hayan visto nunca aquejados del virus de la sinceridad de forma incontenible. Los hombres del régimen han mentido al mundo casi tanto como a sus propios pobladores.
Han cambiado dicho por diego en tantas ocasiones que casi parecen un gobierno occidental democrático -¡Uy, perdón!, se me escapó-,  pero esta vez el espejo de nuestra necesidad, de nuestro deseo, nos convierte en una Blancanieves crédula que cree que lo que oye porque escucha lo que quiere oír. 
Pero lo que resulta más dudoso de la moratoria nuclear norcoreana son los motivos.
Si hubiera doce divisiones acorazadas chinas rodeando la capital del país sería comprobable, si hubiera una revuelta interna por tan plausible motivo que hiciera temar los cimientos del reciente dictador norcoreano, sería creíble. Pero dicen que el nada famélico Kim Jong Un ha decidido suspender sus experimentos nucleares a cambio de alimentos.
Y eso resulta tan increíble y físicamente imposible como la transustanciación, el reflotamiento del Titanic y la restitución del virgo de La Pantoja.
 Kim Jong Un sólo se ha preocupado por su pueblo para alimentar su propia autoestima de dictador. Solamente le usa de elemento decorativo en sus fastos y de extras en sus discursos ¿por qué se preocupa ahora de repente de él?
La ayuda china le garantiza alimentar a su ejército sine die y ese es el único pueblo y el único hambre que le importa al tirano. Ese es el único sustento por el que, en realidad, se preocupa cualquier tirano.
Si Kim Jong Un se preocupara por los norcoreanos no los encarcelaría por no llorar la muerte de su padre convenientemente, no los forraría a mamporros en cuanto ponen un pero a sus decisiones, no les arrastraría a una carrera armamentística sin sentido, no les mantendría aislados de sus familias en la corea más meridional.
No sería un dictador, vamos.
Pero nosotros le creemos, nosotros respiramos tranquilos porque es lo que queremos hacer. Preferimos creer en la transfiguración del dictador en alma benéfica que se preocupa por el alimento de su pueblo y nos pide ayuda que pararnos a discernir los motivos que pueden haber llevado realmente a Pyongyang a anunciar que ha levantado el pie del acelerador nuclear.
Lo hacemos porque miramos al espejo y ya podemos sonreír. Lo hacemos porque hasta ahora cuando mirábamos a Corea del Norte y a su cada vez más macilento y exánime nos veíamos a nosotros mismos.
Puede que sea el dictador, hijo de dictador y temiblemente padre de dictador aquel que mantiene esclavizado a los norcoreanos pero eremos y somos nosotros los que les matamos de hambre.
Los bloqueos son nuestros, los embargos son nuestros y el hambre es toda suya. Pero si el loco megalómano renuncia al camino nuclear ya podemos levantar el asedio sobre una población que no enriquece uranio, que no fabrica misiles de largo alcance, que no realiza pruebas nucleares. Podemos volver a mirarnos al espejo sabiendo que la crueldad de una medida que castiga a todos por la locura de uno, que ese tipo de actuación tan párvula y occidental, ha funcionado.
Y así ignoramos que resulta imposible creer que un dictador asiático comunista haga algo para llevarse bien con Estados Unidos -como anuncia pomposamente el comunicado-, ignoramos que resulta improbable que el nuevo dictador dé un giro tan radical en su política que le lleve a la democracia o ni siquiera a la más mínima apertura, ignoramos que los cambios de humor -siempre hacia el mal humor- del régimen coreano tardan en llegar lo mismo que tarda Kim Jong Un en no encontrar su canción favorita en su Iphone.
Lo ignoramos todo porque queremos anunciar al mundo que nuestro asedio por hambre ha funcionado, que el dictador se ha rendido -al menos en lo de la bomba-. Porque si no es así, si el asedio no rinde al tirano, si el hambre de los norcoreanos no mata la bomba nuclear de su tirano, nosotros pasamos de ser garantes de la libertad a ser impostores, a ser perpetradores de una cruel política de asfixia de una población que además resulta inútil. Dejamos de ser defensores para ser perpetradores.
Y entonces el espejo, ese espejo mágico en el que nos miramos una y otra vez para comprobar la belleza y bondad de nuestras acciones, dejará de decirnos que somos los más bellos y buenos del reino para decirnos que somos la madrastra mala que castiga sin cuento y sin obtener resultado ninguno.
Y además, si Corea del Norte renuncia a la bomba que el Occidente Atlántico -o sea nosotros- ya tiene  cambio de la comida que le quitamos podemos volver nuestro espejo hacia otros lares intentando que de soslayo, casi de través, la imagen de Corea se refleje en el Golfo de Omán, en el Estrecho de Ormuz. En Irán.
Entonces quizás, si ha funcionado en el país del Lejano Oriente pueda funcionar con Teherán, que no se despega del cromo nuclear ni con agua caliente.
Sabemos que no funcionará porque China y Rusia no le deben nada a Corea pero jamás renunciarán al petróleo iraní, sabemos que los cercos serán saltados, los bloqueos eludidos y los embargos anticipados por los propios ayatolas y su gobierno que se permiten el desafío de ser ellos los que dejen de vender petróleo a Occidente antes de que Occidente se niegue a comprárselo.
Sabemos todo eso pero podemos ignorarlo porque nuestro espejito mágico de la bondad occidental nos devuelve la imagen de lo bien que funciona la política de asfixia y de imposición del hambre a la población de un país para obtener un beneficio al que, objetivamente, no tenemos derecho.
Porque, lamento tener que recordar que mientras nosotros, nuestros países y nuestros aliados tengan armamento atómico no tenemos derecho ético alguno a exigirle a ningún país que no lo desarrolle. Eso también debería reflejarlo el espejo mágico de nuestras bellezas y bondades pero la parte destinada a esos reflejos esta misteriosamente oculta a nuestras miradas.
Así que nuestra fatua necesidad occidental de tener razón, de justificar nuestra real crueldad con nuestra falsa justicia, nos lleva a ver en un triunfo en el anuncio del dictador norcoreano y creer, aunque con reticencias, que hemos triunfado en el asedio nuclear de Corea del Norte.
No vaya a ser que si miramos de frente al espejo este, además de devolvernos la imagen de madrastra buenorra, que no buena, del reino -que nunca sabré porque se considera a Blancanieves más bella que a la madrastra- nos trasmita con su voz tenebrosa y profunda una respuesta que nuestros oídos no se encuentran preparados para oír.
No vaya ser que le oigamos decir que los asiáticos suelen ser maestros en las dobles y triples verdades que se transforman en medias mentiras y medias verdades.
No vaya a ser que nos diga que el principal motivo por el que una persona -y más un dictador- deja de insistir en una cosa es porque ya no le hace falta insistir en ella. Porque ya no la necesita o ya la ha conseguido.
Y a buen entendedor pocas palabras bastan. Aunque nos hagan tener que romper el espejo por lo inútil de nuestros actos.

martes, noviembre 08, 2011

Cagney (Rubalcaba) y Costner (Rajoy) convierten el debate electoral en un remake de las Thermópilas.

Mientras el G20 se disfraza de los antiguos pueblos helenos -Grecia, últimamente siempre es Grecia- y abandona a su suerte a Europa, disfrazada a su vez de Leónidas y sus trescientos, en la defensa de unas Thermópilas económicas tan innecesarias como imposibles de defender, nosotros nos ponemos en modo electoral y estamos de debate.
Dos candidatos se sientan uno frente a otro con unas reglas de otro tiempo, con un decorado de otro tiempo, con un moderador de otro tiempo. Y claro, lo único que puede salir de tan atávico ejercicio de regresión es una discusión de otro tiempo, sobre programas de otro tiempo que aportan soluciones de otro tiempo.
Porque hubo un tiempo en el que este, nuestro agonizante sistema económico, social y personal, podía ser salvado. Pero hoy no. Ya no.
Y al final, nuestros candidatos, que son nuestros porque se presentan en nuestras elecciones, no porque los hayamos elegido nosotros, se suman a la falange de Leónidas, que sigue defendiendo lo indefendible cuando ya no merece siquiera la pena defenderlo.
Por fin somos europeos, justo cuando Europa se desmorona, pero somos europeos.
Porque lo que anoche hicieron el ínclito Mariano y el proceloso Rubalcaba es el mismo ejercicio de reanimación de un cadáver que ha intentado inútilmente el G20 el pasado fin de semana. Es el mismo golpeteo rítmico y desesperado con el puño contra el pecho de un sistema intentando, contra toda lógica, volver a hacer latir su corazón muerto.
Los hoplitas de Merkel se volvieron el pasado domingo a aquellos a los que creían sus aliados y les pidieron, de hecho les exigieron, ayuda.
Y, al igual que acadios, iridios, macedonios, cretenses, focios, tesalonicenses, tebanos y toda la pléyade de pueblos helenos que recibieron la convocatoria de los mensajeros de Leónidas, los brasileños, chinos, rusos, indios, coreanos y demás pueblos emergentes en esto de la economía de mercado les dieron la espalda.
Y no lo hicieron por maldad, por intransigencia o por desidia. Lo hicieron por pura lógica. Porque, en su furia salvadora de Europa, Sarkozy y Merkel han cometido el mismo error que cometiera el mítico y mitológico rey espartano.
Leónidas olvidó que ningún pueblo le apoyaría en su absurda defensa de algo que no podía ser defendido porque los esclavos que acompañaban a sus huestes a la batalla de forma obligada eran de esos pueblos y Europa ha cometido el mismo error.
Nuestro sistema se ha construido y reconstruído de todas sus cíclicas crisis cada vez más intensas a costa de esos pueblos, de esas gentes. Europa se ha hecho grande económicamente a lo largo de los siglos manteniendo en la miseria a Brasil, en la indigencia a La India, en el bloqueo a Rusia -aunque antes se llamara Unión Soviética-, en el ostracismo a China, en la división a Corea...
Y ahora, ignorando que nuestra riqueza se basaba en su pobreza, que nuestro bienestar se apoyaba en su miseria, nos volvemos a ellos y les pedimos ayuda para salir de una crisis, la crisis definitiva,  que es el resultado de haber malgastado nuestros recursos y los suyos, sin preocuparnos de la repercusión que en ellos tenía ese sistema nuestro que parecía el único posible.
¡Claro que nos van a dejar a nuestra suerte! Ellos están naciendo precisamente porque nosotros estamos muriendo. No van a renunciar a su incipiente vida en aras de nuestra pasada gloria.
Puede que dentro de un tiempo histórico hasta nos recuerden con cariño, pero no van a impedir nuestra muerte.
Sería algo tan absurdo como ver  a íberos, galos, pictos, bretones y hebreos corriendo en defensa de las murallas de Roma cuando Genserico las asedió.
Y nuestros candidatos, ahora ambos ostrogodos porque han sido elegidos a espada alzada y aclamación  por unas élites políticas que nada tienen que ver con nosotros, comenten y cometieron anoche el mismo error.
Se sentaron el uno frente al otro y se dedicaron a un ejercicio cinematográfico de atrincheramiento doctrinal que curiosamente, aunque ellos no lo reconocerían nunca, les colocaba en la misma trinchera.
Y digo lo de cinematográfico porque los roles que adoptaron les llevaron al esperpento de asumir personajes cinematográficos tan pasados de tiempo como el sistema que los dos dicen defender y querer revivir.
Rubalcaba, el secreto y silencioso último vencedor de ETA, se disfrazó -quizás por su tradición policial en Interior- de interrogador implacable. De ese comisario de las oscuras películas del cine negro de James Cagney que apunta, corbata descorrida y mangas arremangadas, con el flexo al rostro de su antagonista exigiéndole una confesión, demandándole una declaración de culpabilidad.
Y lo hizo bien. Porque su rival es tan culpable que aunque hubiera confesado su participación en el magnicidio de Dallas nadie le hubiera creído. Porque está tan acostumbrado a ocultar lo que hace, a avergonzarse de lo que está dispuesto a hacer, que cualquier práctica inquisitorial le pone nervioso, le crispa, le enloquece.
Pero el interrogatorio de Rubalcaba era falso, era ficticio, era una trampa para ocultar algo que sabe y que no quiere que los demás sepan. Era tan absurdo como si Jack Ruby hubiera interrogado a Harvey Oswald.
Cada vez que Rubalcaba preguntaba ¿qué hará para salvar las pensiones? jugaba con ventaja, apostaba a ganador, porque sabía que cualquier cosa que dijera el siempre tintado de pelo y ponderado Rajoy sería mentira.
Porque nada puede salvar las pensiones. Las actuales a lo mejor, pero las nuestras, como diría el poligonero, ni por el forro.
Y lo mismo con la educación y la sanidad públicas, y lo mismo con las inversiones estatales, con las coberturas sociales, con el empleo, con la dinamización industrial... Y lo mismo con cualquier cosa que Rajoy le lanzara a la cara.
Porque Rubalcaba sabe que su antagonista en ese debate que, por forma y decorado, debería haber moderado José Luís Fradejas, no podrá hacer nada simplemente porque el sistema ya no le permite hacer nada.
Porque, mientras se sigan manteniendo los beneficios empresariales sin control, mientras se sigan obteniendo réditos limpios de la inversión financiera, mientras las entidades de evaluación de la deuda puedan llevar a la ruina a los países, mientras los inversores bursátiles sean el barómetro y el termómetro de una economía en la que no colaboran y de la que solamente extraen beneficios, nada de eso será salvable.
Y Rubalcaba lo sabe o al menos debería saberlo. Pero resulta mucho más sencillo que proponer a un pueblo cambiar su forma de ver el mundo y de enfrentarse a él intentar aparentar que esa imposibilidad parte de la ineptitud de su rival político. Rajoy no será el causante del desastre. En todo caso conseguirá que sea más rápido.
¿Y el bueno de Rajoy?
En fin, Don Mariano, que siempre ha sido más de comedia sensiblera con niña desamparada que de cine negro, se difrazó ni más ni menos que de Kevin Costner.
El mediocre actor que nos hiciera creer en su futuro en JFK protagonizó en pleno apogeo de su cinegenica carrera un bodrio llamado Campo de Sueños. Pues bien, Don Mariano anoche era Kevin Costner en Campo de Sueños.
El actor interpreta a un campesino de Idaho que escucha constantemente una voz reiterativa que le persigue entre los maizales y le impele a hacer algo. Y pasa el metraje, entre rictus de agonía y explosión de desesperación, hasta que lo hace, hasta que consigue hacerlo. Se trata de construir un campo de beisbol y cuando lo construye todos los espíritus de los grandes jugadores muertos lo pueblan, entre ellos el de su padre -Pobre Ray Liotta, ¡lo que hay que hacer para ganarse la vida en Hollywood!-
A lo que vamos, Rajoy, el de la barba blanca y el flequillo de Farmatín complex, ayer recurrió a ese mantra cada vez que su oponente le pasaba la pelota: "si lo construyes, él vendrá; si lo construyes, él vendrá".
El mantra que perseguía a Costner entre el maíz de Idaho y el centeno de Salinger era la única respuesta del moderado y moderable gallego.
Su solución era siempre la misma: se ayuda a las empresas y se crea empleo que genera consumo, que deriva en impuestos y dinero para el estado.
 ¿La sanidad?, si lo construyes, él vendrá; ¿la educación?, si lo construyes, él vendrá; ¿la dinamización industrial?, si lo construyes, él vendrá; ¿las pensiones?, si lo construyes, él vendrá...
 El mantra se repetía una y otra vez ignorando el hecho, por él sabido, de que la premisa era errónea por imposible.
El sistema no puede generar empleo. Para ello hace falta un sector que sea el buque insignia de la economía de nuestro país y no lo tenemos. Lo quemamos en la última crisis de la que salimos con esa fórmula. Se llama Construcción.
Es posible que, mientras haya guerra, Estados Unidos pueda recurrir a su complejo militar industrial para aplicar esa fórmula; puede que a Alemania le queden un par de cartuchos por quemar con la aeronáutica y la biotecnología; a lo mejor Sarkozy o su sucesor pueden recurrir al sector energético francés como salva de honor última en la muerte de esa forma de salvación, puede que a Japón le quede la microelectrónica, la informática y los videojuegos. Pero nosotros, y como nosotros la mayor parte de los países hasta ahora industrializados, ya no tenemos nada.
Pero es más fácil negar esa mayor y acusar al rival de haber destruido un sistema que hace aguas por si mismo en todo el mundo.
Eso es mucho más sencillo que intentar convencer a un país de que tiene que cambiar de arriba a abajo todos sus criterios económicos y personales para poder sobrevivir.
Rajoy, el PP, y toda la clase política europea por extensión, saben que aunque construya ese campo y ponga a jugar en él a Adam Smith de catcher, a Stuart Mill de sor stopper y al mismísimo John Mainar Keynes de pitcher no habrá nada que pueda evitar que la historia batee fuera de límites un sistema económico que se niega a repartir de forma justa y obligatoria la riqueza generada.
Así que, aunque parezca lo contrario, nuestros dos candidatos están en la misma trinchera. Los dos son paramédicos novatos que intentan aplicar corriente a un corazón económico muerto, aún a riesgo de calcinar la piel y la carne que le rodean, en lugar de certificar la hora de su muerte y ponerse al esfuerzo de crear algo nuevo.
Toda Europa está en lo mismo.
Merkel, agobiada por el mismo conocimiento que poseen nuestros candidatos, acusa a Grecia de ser el país que más dinero le ha hecho gastar a Europa y ser un país de vagos, ignorando que su amada Alemania ha provocado en el mundo a lo largo de la historia más gasto en reconstrucciones post bélicas que ninguna otra nación de La Tierra.
Sarkozy tira de oratoria para exigir a aquellos a los que durante siglos el sistema liberal capitalista convirtió en semi esclavos miserables que contribuyan a salvar un sistema que les pretende mantener en el mismo lugar.
Y nuestro Cagney y nuestro Costner particulares se emperran en sentarse el uno frente al otro en un escenario de los años setenta, para defender unas políticas de los años ochenta y que ya fracasaron en los años noventa. Todo ello del siglo pasado. Todo ello muerto.
Al final los dos defienden lo que ninguno de los dos debería defender. Los dos dan por sentado que el barco se está hundiendo y acabará en el fondo del océano. Lo único que discuten es qué melodía debe interpretar la orquesta mientras el Titanic hace irremisiblemente aguas.
Y nosotros, ¿qué hacemos nosotros?
Nada. No hacemos nada. Nos empeñamos en el inútil ejercicio electoral de cambiar de tumbona en el Titanic.
Quizás sería mejor arrojarnos al agua helada y nadar en busca de una chalupa en la que tengamos que remar, por mas callos que nos salgan y más que sangren las palmas de nuestras manos, acarreando lo poco que nos han dejado de nuestras libertades y nuestras esperanzas.
Porque el hecho de no haber visto isla alguna desde la lujosa balaustrada del bajel que ahora hace aguas no implica necesariamente que no exista.
Pero eso exige esfuerzo. Y eso es algo para lo que no estamos preparados. Merkel, Sarkozy, Rajoy y Rubalcaba lo saben. Y nosotros también lo sabemos.
Y a nosotros tampoco nos importa.

jueves, septiembre 15, 2011

Los cuatro ángeles de la nueva economía mundial (Europa llama a los sepultureros)

Nosotros seguimos a lo nuestro. Seguimos intentando apuntalar las ruinas, adecentar el local y lavarle la cara a la casa en lugar de dar por derruido el tinglado, retirar los escombros, allanar el terreno y ponernos manos a la obra en la construcción de otra cosa.
Y esa insistencia en lo nuestro, en matener un guión que no sabemos interpretar porque nunca hemos confiado demasiado en el papel que nos tocaba, nos está incapacitando para avanzar, nos está impidiendo librarnos de un lastre que nos está ahogando: nuestro sistema económico.
Creemos que salvando la deuda, salvando la especulación de la inversión sobre los tesoros -¡qué medieval suena eso de tesoros!- públicos, salvaremos el sistema, salvaremos la moneda. Lo pondremos todo a salvo.
Y, de repente, la Vieja Europa, inmersa como está en esto de sobrevivir en un sistema económico que no asegura la supervivencia a casi nadie, se gira buscando a un Estados Unidos que está casi en las mismas, casi tan al borde del desastre que el fanatismo político les empieza a parecer una opción aceptable.
Se gira hacia él y no le encuentra. No sólo no aparece un nuevo Plan Marshall, como la mítica solución cincuentona para Europa que idearon los estadounidenses tras la Segunda Guerra Mundial, sino que de repente percibe entre la bruma de la política yankie cómo la Falla de San Andrés se va abriendo para convertir la economía estadounidense en otro abismo insondable en el que ya se percibe como una solución reconfortante en el desastre la dolorosa paz de chocar contra el fondo.
Y entonces, cuando nos debatimos en el vicio infinito de morir nuestra muerte por no saber cambiar de vida, en el horizonte aparecen cuatro sombras, cuatro siluetas imprecisas que vienen a ayudarnos, que acuden desde el limbo en el que las teníamos olvidadas a permitirnos seguir jugando a ser lo que somos sin pararnos a pensar que lo que somos es lo que nos ha conducido hasta donde estamos.
Como los ex amantes que nos calientan la cama ocasionalmente para permitirnos eludir la reflexión un verdadero fracaso amoroso, como los denostados hermanos mayores que acuden a nuestro rescate cuando nuestra irresponsabilidad o nuestra mala suerte se ceba con nosotros, como las antiguas compañías y amistades que recuperamos en las redes sociales para volver a intentar experimentar la juventud que no ansiaríamos si hubiéramos aprendido a vivir en la madurez, cuatro siluetas que abarcan el mundo acuden al rescate de Europa, esa vieja Europa que ya no sabe lo que será porque se niega a dejar de ser lo que está siendo.
Y los nombres de los fantasmas, las banderas que lucen en su pecho, nos hacen preguntarnos qué ha pasado, cómo es posible, cuando empezó a ocurrir lo que ahora estamos descubriendo que ya ha ocurrido.
Rusia, Brasil, China e India acuden al rescate y nosotros, en un escaso momento de lucidez, nos preguntamos si son los cuatro ángeles de los vientos o los cuatro jinetes del Apocalipsis.
No nos damos cuenta de que esos cuatro países -sin contar los habitantes de toda la esfera de influencia rusa- suman la mitad de la población de La Tierra, no sabemos percibir la lógica aplastante que supone que no podamos seguir adelante sin contar con ellos.
Durante tanto tiempo lo hemos hecho, durante tantos siglos hemos creído que el mundo eramos nosotros, que el futuro era solamente nuestro y que la Civilización Occidental Atlántica podía sobrevivir sin nadie más que ella, que ahora, cuando la mano tendida de aquellos que siempre debieron contar y que nosotros no quisimos que lo hicieran nos recuerda que somos apenas un veinte por ciento de los habitantes del mundo, nos sorprende, nos choca, nos deja en un perpetuo fuera de juego anonado e incrédulo.
Nos preguntamos cómo pueden apoyarnos países en los que la miseria está tan a la orden del día que hay ONGs que trabajan día y noche sólo para enterrar a los muertos de las calles; como pueden ayudarnos aquellos que tienen focos de pobreza y marginalidad  institucionalizados en sus capitales hasta el punto de que tienen gobiernos propios; como pueden salvarnos estados en los que los negocios mafiosos ponen y quitan lo que les viene en gana solamente controlados por la mano dura de antiguos espías y torturadores que son sistemáticamente apoyados por sus poblaciones; cómo pueden apuntalar las ruinas aquellos que no toleran la disidencia, manejan a la población como fichas de dominó y son incapaces de asegurar la alimentación básica a su siempre creciente demografía.
Y la respuesta, que debería atronarnos los oídos hasta enloquecernos y ensordecernos, se queda en un susurro que escuchan solamente unos pocos, que interpretan menos y que no quiere creer nadie.
Los cuatro alados jinetes emergentes del Nuevo Orden Mundial pueden hacer lo que hacen porque han aprendido a jugar a nuestro juego mucho mejor de lo que nosotros hemos llegado a jugar nunca.
Porque han aprendido que, en las fronteras de la Civilización Occidental Atlántica, lo único que cuenta para propios y extraños, para ciudadanos y gobiernos, para personas y sociedades, es el dinero. Y ellos lo tienen en cantidades ingentes. No lo reparten bien, no lo gestionan adecuadamente. Pero lo tienen.
Hemos esquilmado sus recursos a cambio de dinero, hemos consentido sus excesos a cambio de dinero, hemos cerrado los ojos y abiertos las manos -sobre todo a Rusia y a China- a cambio de dinero. Dinero y mercados, que viene a ser lo mismo. Ellos nos han mirado, nos han escrutado, nos han estudiado y han aprendido.
Ahora nos dan lecciones.

Comprarán nuestra deuda y frenarán la especulación privada con las deudas públicas que nos está llevando al agujero. Nos darán la estabilidad que necesitamos, la tranquilidad que precisamos, se convertirán en esos amantes ocasionales que nos ocultan que no tenemos verdadero  amor en nuestra vida, en esos sacrificados hermanos que, sonrientes, nos hacen olvidar que carecemos de responsabilidad en nuestros actos, en esos olvidados amigos de la infancia que nos permiten pasar por alto el hecho de que no hemos puesto un sólo gramo de madurez en nuestras existencias.
Europa  -y Estados Unidos en la escasa parte que le toca- ha olvidado que somos la cuna de muchas cosas, que teníamos y tenemos la responsabilidad histórica de cuidarlas y mantenerlas, de traspasárselas, mejoradas y aumentadas, a las siguientes generaciones. Ahora solamente somos librecambistas y a eso puede jugar cualquiera. Incluso mucho mejor que nosotros.
Todavía los hay que se quejan y dicen que China, que Rusia, que India -y supongo que incluso Brasil- no pueden entrar en el juego, no tienen derecho a salvarnos de nosotros mismos y de nuestro sistema económico. Así de soberbios somos.
Lo dicen porque, según ellos no son economías de mercado completas. ¡Claro  que no, por eso funcionan, por eso pueden acudir al rescate!
Ninguno de los sistemas de esos países se parece a nuestro pulcro catafalco de la economía de mercado y el liberalismo puro y duro neocon que estamos intentando salvar de una muerte tan anunciada como inevitable.
Ni China, ni Rusia, ni Brasil, ni, desde luego, La India, tienen nada que ver con nuestros mantras económicos irrenunciables del déficit cero y los beneficios intocables, de la flexibilización laboral y la inversión financiera incontralada, del reino del caos de los mercados puros ni de las privatizaciones y desrregulaciones.
No solamente no siguen esos mandamientos irrenunciables para nosotros sino que además no creen y nunca han creído en ellos.
Pero todo eso es lo sencillo, lo que podemos escuchar y saber con solamente ver aparecer en lontananza las siluetas de los cuatro ángeles de los vientos que acuden al rescate de Europa. El susurro que nadie oye o nadie quiere atender no tiene que ver -como siempre-con el cómo sino con el porqué.
El porqué que explica los motivos que llevan a los nuevos pilares del Orden Mundial -junto con el quinto pilar del que hablaré en breve (lo siento, por vosotros)- a ayudarnos a seguir siendo nosotros mismos. Las motivaciones que convierten a nuestros salvadores en nuestros sepultureros.
Y es que no solamente han aprendido el juego del dinero.
Después de experimentarlo en carne propia durante generaciones, de sufrirlo en su sangre y en su historia durante siglos, en su pasado y en su futuro durante la mayor parte de sus existencias como pueblos y como naciones, han aprendido otro juego de esos a los que creíamos que sólo sabíamos jugar nosotros.
Después de los 55 días de Pekín, de los Boxers -no los calzoncillos, claro-, de la Enciclopedia de Yongle, de la revolución de Octubre, de los Boyardos, de las joyas de la zarina, de la muerte de los Romanov, de los marajás, de la resistencia pasiva, de la Compañía Británica de Las Indias Orientales, del Raj, del Amanecer Zulú, de la Guerra de los Boers, de La Araucana y del Ave María Guaraní; después de Su Graciosa Majestad, del Imperio español del continuo sol, de Rasputín, de Gandhi, de Bolivar, de Porfirio Lobo, han aprendido a jugar al colonialismo. Y lo están haciendo de lujo.
Lo hacen porque su ayuda nos convertirá en los jefes de la tribu africana que comercian con esclavos para mantener la ficción de que son los más grandes señores guerreros del mundo; en los marajas que permiten a los británicos campar a sus anchas a cambio de vivir la ilusión de que siguen siendo los más ricos y poderosos del territorio; en el pequeño emperador que no mira más allá de los muros de La Ciudad Prohibida con tal de seguir experimentando la sensación de que es el elegido de los dioses para gobernar el mundo.
Los jinetes emergentes salen de la bruma para permitirnos seguir siendo nosotros mismos porque han descubierto que así no molestaremos, que de esa manera no sentiremos la espada de Damocles del cambio sobre nuestros occidentales cuellos. Que así seguiremos muertos, que es lo mejor que ha hecho la Civilización Occidental Atlántica con respecto al mundo desde La Segunda Guerra Mundial.
Una vez más, la forma de actuar de aquellos que, en nuestra ceguera y soberbia, seguimos llamando economías emergentes, nos demuestra que todo ha cambiado. Que el centro del mundo ya no estará nunca más en París, Madrid, Londres, Washington o Bruselas.
El centro del mundo está en Riberao Preto. Ya sólo falta El Hegemón. Y quien no sepa de lo que hablo que lea a Scott Card.

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