miércoles, noviembre 30, 2011

Cuando pusimos a Marta a la sombra de Némesis

Mucho se ha escrito, se ha escuchado, se ha enseñado y se ha hablado sobre algo de lo que nadie debería haber escrito, escuchado, hablado o enseñado. Y ahora está visto para sentencia. Está preparado para que la justicia haga caer su espada sancionadora sobre quien corresponda. Pero eso no va a ocurrir.
La justicia no puede hacer nada. Ya no. Nosotros hemos desequilabrado a gritos y empujones el fiel de su balanza, hemos arrebatado de un tirón furioso y desmedido, justifificado e injustificable, la venda de sus ojos.
Todo está visto para sentencia pero no habrá justicia. Marta del Castillo nunca la tendrá.
Y los culpables de eso no son Carcaño o El Cuco, no son sus trece declaraciones confusas y distintas, no son sus ora complices, ora encubridores, ora ni una ni otra cosa, no son sus abogados. Al menos no son solamente ellos. Los culpables somos nosotros, siempre lo hemos sido.
Desde la primera noche, desde el primer informativo, desde la primera pegada de carteles, desde el primer especial en un programa de viscera y sucesos, desde la primera detención, desde la primera noticia, desde la primera filtración, desde el primer reportaje, desde la primera confesión, desde el primer debate, desde la primera manifestación.
Nosotros hemos acabado con la justicia que debía aplicarse sobre este caso. Y el motivo es muy sencillo. Nos hemos constituido en jurado popular en un caso que no tenía jurado popular. Eso no hay justicia que lo soporte.
Y puede que, como siempre, ignoremos lo evidente, malinterpretemos lo dicho y pasemos lo afirmado por el tamiz de nuestra propia culpabilidad para sentirnos a salvo de una conciencia que quizás permanece en silencio porque no nos atrevemos a dejarla hablar.
Puede que nos indignemos para evitar reflexionar y que nos embocemos  en la negra capa de nuestro sentido de la justa venganza para evitar sentirnos mal. E incluso puede que escupamos al humilde mensajero que se atreve, sólo porque lo piensa así, a decirnos esta verdad.
Pero un hecho demuestra que nosotros le hemos negado la justicia a Marta del Castillo. Un solo hecho que, quizás nadie reconozca, pero que es tan evidente como que la estatua armada y ciega ha sido manipulada.
En un mundo sin medios de comunicación los acusados de la violación, muerte y desaparición de Marta del Castillo nunca habrían sido condenados.
Porque, en un mundo sin guardias nocturnas de cámaras televisivas para captar las lágrimas legítimas de una madre, de un padre y de unos amigos y familiares, si no hay cádaver, no hay y no puede haber asesinato.
Porque, en un mundo sin programas en rojo y negro de sangre y morbo, sin opinadores que no tienen experiencia judicial alguna y se atreven a presionar a los fiscales desde el nuevo púlpito de su conexión en directo con mosca televisiva para que acusen a todos los implicados de asesinato, si no hay cuerpo, si no hay evidencias médicas, si no hay éxamenes forenses no puede haber violación.
Porque, en un mundo sin imágenes difundidas de detenciones policiales, sin encuestas a pie de interfono de portal a los sorprendidos vecinos, sin manifestaciones espontáneas y extemporaneas emitidas a pie de calle y fotografiadas en portada, una confesión sin abogado, sin papel, sin firma y sin garantías no puede ser la base de una investigación policial que se extiende por tres años.
Porque, en un mundo libre de la presión mediática y social continuadas, de campañas de chapa en la solapa, de lemas solidarios, de lazos multicolores, de brujas bienintencionadas y de videntes arribistas, un fiscal no puede mantener que un cuerpo permanece hundido en un río que ha sido dragado en seis ocasiones, prácticamente desde su nacimiento a su desembocadura, en el que se han sumergido hasta agotar el óxigeno buzos, hombres rana y toda suerte de submarinistas sin encontrar una sola evidencia física plausible de que ese cuerpo en concreto haya sido arrojado en ese río en particular.
Porque, en un mundo sin cortes radiofónicos en exclusiva con declaraciones de vete a saber tú qué vecina que cree que vio que cosa, sin declaraciones de veinte segundos de no se sabe qué familiar de qué amigo lejano de qée ex novia de qué acusado que le define de una u otra forma, sin participaciones de expertos que dibujan perfiles de piscopatía sin tener los datos de la biografía y sin haber realizado siquiera una entrevista preliminar con el acusado, la declaración de un taxista sobre los nudos de una bolsa, el testimonio de un familiar sobre el olor a lejía y las ventanas abiertas en determinada casa, o la declaración de cuatro policias sobre lo que dijo o no dijo un menor en un coche cuando ni siquiera era legal tomarle declaración, no solamente no serían relevantes, sino que probablemente hubieran sido tratadas en algún caso como ilegales.
Pero a nosotros nada de eso nos importa. Nuestro miedo, nuestra indignación o simplemente nuestro morbo, no hicieron creernos el derecho de ejercer de jurado popular, de ser los adalides de una posición concreta. Y tampoco podemos echarle la culpa a los medios. Fuimos nosotros los que nos erigimos en juez y jurado en el caso de Marta del Castillo. Ellos solamente se arrobaron el derecho de ser nuestros portavoces.
Cuando la situación exigía silencio, pausa, espera, investigación y secreto de sumario, cuando el cádaver de Marta del Castillo, donde quiera que esté, nos retaba a un ejercicio de justicia nosotros optamos por lo único que sabemos optar cuando percibimos la injusticia evidente de una situación que se nos escapa de las manos y de las mentes.
Elegimos la venganza.
Y cuando entramos en modo vengativo somos incapaces de ignorar hasta las situaciones más evidentes. Somos capaces de ignorar hasta nuestros pensamientos, hasta nuestras propias preguntas. Somos capaces de comprar cualquier cosa.
Por eso nos indignamos y nos adherimos furiosos a una campaña contra un programa televisivo porque paga a un familiar de El Cuco para que dé su versión de los hechos. Y creemos que eso es justo.
Lo compramos ignorando la cantidad de dinero que han ganado opinadores y expertos por ir a televisión, a radio y a escribir en cualquier redacción sobre el asunto, sobre lo que debería o no debería hacer el tribunal.
Olvidamos que desde hace tres años hay gente ganando dinero forzando y presionando a un sistema judicial que no debería ser forzado o presionado.
Obviamos unas preguntas que, por evidentes y peligrosas, deberían haber ocupado portadas y sumarios, ya que siempre se ha mantenido abierta la beda sobre este caso: ¿cómo puede ser El Cuco encubridor de un delito que todavía no se sabe si se ha producido?, ¿cómo puede un fiscal seguir con una versión de los hechos que ya ha sido rechaza por un juez en otro tribunal?, ¿cómo puede un sistema judicial que funciona así garantizarnos la equidad y la legalidad?  
Pero ignoramos la respuesta a todas esas preguntas porque hace tiempo que desistimos de colocanos bajo la sombra de la estatua ciega de la balanza y optamos por movernos un par de pasos y situarnos bajo el busto de la que sujeta un cuchillo ensangrentado en una mano y un rejoj de arena en la otra.
Porque, desde que vimos a unos individuos cubriéndose la cara entrar en una comisaria, renunciamos a la protección de Themis, de Maat, de Tyr, de Alfadir, de Iustitia y de todos los dioses y diosas habidos y por haber de la justicia para colocarnos bajo el único arbitrio de Némesis, Veive, Aesir, Sekhmet y todas las deidades que inventamos a lo largo de las eras para apadrinar la venganza.
Y por eso no nos importa que alguien haga audiencia y dinero, que alguien explote y se beneficie empujando a la justicia en una dirección porque nos dicen lo que queremos oír, porque nos dan argumentos para seguir ejerciendo un rol de jurado que nadie nos ha asignado.
Porque se han convertido en las herramientas de una venganza que nosotros creemos justa, pero que no deja de ser venganza.
Y antes de que alguien lo diga, lo comente o lo opine, dire que ni siquiera el hecho de que Carcaño y su siniestra comparsa sean verdademente culpables justifica todo esto. Nunca lo ha justificado. Porque ni siquiera somos originales en esta forma de hacer las cosas.
Es tan viejo el Caso Dreyffus. Es tan antiguo como La Crucifixión.
Y da igual que en el caso del militar fránces del fatuo y éfimero imperio de Napoleón III esas pruebas circunstanciales, esa presión medática, esa respuesta social sirvieran para condenar por espionaje  a un inocente, basándose en indicios ínfímos y en testimonios inconsistentes.
Y da igual que en las áridas llanuras de Judea esos testigos descontextualizados, esos referendos públicos y esas acusaciones sumarias terminaran con la condena de alguien que evidentemente había cometido el delito de sedición contra Roma, porque se había declarado Rey de los Judíos, y que también era completamente culpable en apariencia de blasfemia, porque se había declarado descendiente directo de su dios y además, lo más grave, había dicho que Yahve no era israelita.
Da igual que el teniente francés fuera inocente y el loco galileo culpable. Ninguno de sus juicios estuvo presidido por la justicia. Al igual que el que está visto para sentencia por el caso de Marta del Castillo, estuvieron presididos, dirigidos y sentenciados por la venganza.
Y, si no lo creemos, solamente tenemos que responder sinceramente y en conciencia a una pregunta: ¿Como sabemos que aquellos que tratamos como culpables lo son? y la respuesta, a poco que hagamos un esfuerzo mínimo por pensar en nuestra contra, es indefectiblemente: no lo sabemos, aún no.
En eso es en lo que le hemos fallado a la joven sevillana y nos hemos fallado a nosotros mismos.
Porque Marta se merecía que aquellos que dicen defenderla no se comportaran exáctamente igual que aquellos, sean Carcaño, El Cuco y todos los demás o no, que decidieron matarla o, cuando menos, hacerla desaparecer.
Porque Marta se merecería que creyeramos en la justicia y la dejaramos trabajar, no que abrazaramos la venganza y permitieramos que ese sentimiento la manipulara.
Porque Marta y todos nosotros nos mrecemos que los que han de aplicar la ley no tengan que fundamentarse en la misma sed de venganza que llevó a los asesinos a incumplirla. Porque Marta se merecía justicia mucho más que venganza.
Y ahora no la tendrá. Ya no puede tenerla. Descansará por siempre en los brazos de Némesis mientras nosotros ni siquiera nos preguntamos qué opinión tendríamos si los ojos de la venganza disfrazada de justicia se hubieran fijado en nosotros o alguno de los nuestros en lugar de en aquellos a los que hemos decidido considerar culpables.

martes, noviembre 29, 2011

La teoria de conjuntos nos explica nuestro maltrato

Estaba yo dispuesto a redactar unas pocas líneas -vale, lo reconozco, lo de pocas es mentira- sobre como el bueno de Cándido Méndez pretende que le coloquen una medalla y le den el Premio Pricipe de Asturias a la Ponderación Sindical -que será creado exclusivamente para la ocasión- por el plausible motivo de no hacer su tabajo como sindicalista, cuando, de repente, me asaltaron todas esas estadísticas periodísticas que, como los anuncios de juguetes, como los mensajes de buena voluntad de los centros comerciales, nos invaden en el último mes del año.
No había medio de comunicación en el que no figurara la estadística de mujeres muertas, en este año cincuenta y cuatro, por la llamada violencia machista. Y eso me impelió a cambiar de asunto en este endemoniado blog al que me dedico en ocasiones.
Empecé por buscar un dato que no existe, que se finge que no existe, que no se relaciona y que, cuando se reconoce, se trata como marginal, como irrelevante, como carente de importancia.
Este año 34 hombres murieron a manos de sus parejas femeninas.
Pero cuando, tras casi una hora de buscar y contrastar el dato -bien oculto en la Memoria de la Fiscalía General de Estado, a la que no mucha gente tiene acceso-; cuando tras darme cuenta de que él dato se había incrementado en tres víctimas con respecto al año pasado, mientras el dato que lo contrarresta en el otro lado del espejo -el de mujeres muertas a manos de sus parejas- ha descendido en cinco víctimas; cuando iba a hablar de que las instituciones desvirtuan el dato y solamente reconocen doce porque tratan los demás como homicidios pasionales, por venganza o por motivos económicos, dándoles un móvil que le niegan a cualquier homicidio que un hombre comete sobre su pareja o su antigua pareja, me di cuenta de que no podía hacerlo, de que no podía utilizar esa línea de argumentación.
No podía hacerlo porque ya lo hice en 2009 y la cosa no ha cambiado. En todo caso ha empeorado, pero no ha cambiado.
Así que, en mi intento de abordar de forma original este asunto que nos vuelve ciclícamente, decidí esculcar la lista de mujeres incluidas en esa macabra estadística de féminas víctimas de la violencia machista, entendida esta, es de suponer, como aquellos que matan a las mujeres porque son machistas, es decir, las consideran inferiores y propiedades.
Y cuando me había encontrado en ella el asesinato de una mujer paquistaní a golpes, que dos meses después, cuando su marido aparecio muerto de la misma manera, se desestimó como un caso de ese tipo (53), tres suicidios asistidos de ancianas que superaban los setenta años con enfermedades dolorosas e incurables y más de cuarenta años de convivencia de media (50), dos homicidios que ya en su origen fueron descartados por la Guardia Civil como violencia machista (48), uno en el que participaron dos hombres -¿la poliandria está permitida en España?- (47), dos en los que hay más sospechosos aparte de la pareja (45), seis en los que los acusados habían sido diagnosticados como esquizofrénicos, paranoicos o psicóticos (41), uno ocurrido en Francia -¿hemos invadido tierras galas y yo no me he enterado? (40) otros dos en el que los detenidos agredieron y mataron a sus ex parejas para robarlas -en un caso droga y en otro dinero- (38), otro en el que la pareja detenida fue puesta en libertad tres días después de ser detenida cuando el forense dictaminó que se trataba de una muerte accidental (37)...
Y cuando seguía así y estaba dispuesto a preguntarme por qué esas muertes de mujeres estaban en esa lista cuando era evidente que el sentimiento de superioridad machista no era, de forma clara y constatada, el movil de las mismas; cuando estaba dispuesto a preguntarme por qué cuando una mujer mata por celos o por despecho no se la considera hembrista y discriminadora de género y cuando un hombre lo hace sí, por qué se intentan engordar las cifras introduciendo muertes que nada tienen que ver con el machismo, me di cuenta de que no podia hacerlo. Ya lo había hecho en 2008 y en 2010. Ese argumento ya había sido utilizado y las cosas seguían completamente igual.
Así que, privado de argumentos estadísticos y númericos originales, me didique a analizar las declaraciones que indefectiblemente acompañan a estas cifras año tras años.
Y encontré algunas perlas.
"La estádistica de mujeres muertas por violencia de género es la más preocupante de nuestro país con respecto a muertes violentas", dice una responsable del Observatorio contra la Violencia de Género.
Obviamente no explica el motivo, no desarrolla la afirmación. No explica por qué en un país en el que este año se han producido 1551 homicidios, de los cuales el 30 por ciento son motivados por las drogas, el 25 por ciento por las actuaciones de bandas climinales y solamente el cinco por ciento aproximadamente por este motivo -y eso sin hacer todas las purgas a esa lista que la justicia y la lógica impondrían-, esta es la estadística mas preocupante de homicidios en España y no lo es la droga o la presencia de bandas criminales.
De nuevo no explica por qué 54 muertes son terribles pero 34 hombres no. Por qué un móvil que origina un porcentaje mínimo de los homicidios de este país debe ser una prioridad sobre aquellos que ocasionan la inmensa mayoría de los mismos. Por qué se mantiene su observatorio y se han cerrado o dejado sin presupuesto los de drogas o los de criminalidad.
De nuevo el famoso prisma de género interpreta y manipula la percepción de la realidad para dar importancia a algo que ya la tiene sin necesidad de que se retuerza la verdad, sin necesidad de que se reste importancia a otros motivos que están tiñendo de sangre nuestras calles cada fin de semana.
Pero sin duda hay otra declaración que me ha permitido abordar este recurrente post de cada año de otra forma.
Ahora que hemos cambiado de embajador ante los poderosos mercados, un diario nacional escribe "Los populares ya habían demandado la necesidad de incluir a los menores como objeto de protección de la ley, un supuesto que el PSOE y las asociaciones de mujeres rechazan. El argumento es que se variaría la esencia de la norma, que nació precisamente para dar cobijo de forma expresa a la mujer. «Sería volver al debate violencia doméstica frente a violencia de género», sostienen desde las asociaciones de mujeres".
Y eso ya si me resulta nuevo, no sorprendente, pero nuevo.
Hace unos meses, el emporio ideológico que mantenía fuera de límites la Violencia de Género pretendía incluir a 800.000 niños como víctimas de esa violencia que, supuestamente, nace de la naturaleza perversa del hombre por ser hombre y ahora se niegan, reculan, afirman que los niños no deben estar protegidos de igual manera que las mujeres.
Para entendernos, afirman que si un tio le pega una paliza a sus dos hijos -varones, por supuesto- esos niños tienen que estar menos protegidos que si ese mismo individuo llama zorra cuatro veces a su mujer. Afirman que lo primero merece menos castigo que lo segundo. Mantienen que la prioridad de esta sociedad debe ser que ese hombre no insulte a su pareja y no que no apalice a sus hijos.
Dentro de su forma de ver el mundo, dividida en prioridades tan falsas como perniciosas, puede parecer lógico que una ley que nace expresamente para cobijar a las mujeres no se abra a otros colectivos que pueden ser víctimas del maltrato, que esa superprotección que tienen adultos que deberían ser responsables por si mismas de su vida y de su dignidad no se extienda a aquellos que, por edad y dependencia, no pueden de ninguna manera ser responsables completos de las suyas.
Pero para todos aquellos que no comulgamos con esa distorsión de la realidad nos suena a otra cosa. Nos suena al fascismo segrecaionista y discriminatorio de "nosotras tenemos unos derechos por el hecho de ser mujeres que nadie debe compartir con nosotras si no es mujer". Nos suena al mesianismo profético de "nosotras somos más importantes que nadie, nosotras somos el pueblo elegido de Dios".
Esa afirmación pretende conventir al Estado español en la Alemania de 1931 y a la legislación de nuestro país en el libro perdido del Antiguo Testamento.
Pero más allá de la ideología, más allá de los puntos de vista, esa negativa a volver al concepto de violencia domestica, familiar, afectiva o como se quiera llamar, está fundamentada en algo que solamente puede definirse como miedo matemático.
Porque las cifras siempre vuelven.
Si metemos a los menores en esta ecuación, la cifra de muertes se incrementa y se divide. Veintitres menores murieron este año a manos de sus progenitores.
Las adalides de la violencia de género, de la maldad intrínseca del varón, las sumarían directamente a la columna en la que están registradas las mujeres muertas, pero la mera aplicación básica de la teoría de conjuntos se lo impediría: unidades no homogeneas no pueden formar parte del mismo conjunto.
Porque, de esos 23 menores, solamente seis fueron asesinados por su padre, mientras 17 lo fueron por sus madres.
Así que, si cojemos en, un ejercicio digno de tercero de primaria, más o menos, a las 54 y les sumamos seis, nos da un resultado de 60. Y si cojemos a los 34 -los hombres muertos a manos de sus parejas femeninas- y le sumamos 17, tenemos 51.
Y si quitamos de la lista todos los homicidios que se ha demostrado que no eran por machismo el resultado sería todavía más abrumador.
Y esa matematica es la que nos vuelve arrojar a la realidad. Al hecho de que el problema no está en la masculinidad, sino en la agresividad que nuestras relaciones y reacciones destilan por doquier; que el que mata no mata por ser hombre, mata por no entender un concepto de libertad y de autonomia de su pareja que tampoco entienden las mujeres sobre sus parejas ni sobre sus hijos.
Si seguimos esa simple regla matemática. Sabremos que una población de 47 millones de habitantes, en una estadística de 1.550 homicidios, en un compendio de quince millones de parejas registradas de una u otra manera, nueve muertes, la diferencia entre unos y otros, es un resto irrelevante, es una diferencia nimia.
Y eso nos vuelve al hecho de que la violencia en las relaciones es un problema nuestro. De todos. Incluso de las mujeres.
Vaya, yo que esperaba ser original he llegado a la misma conclusión que siempre llego en este recurrente post sobre las estadísticas de muertes por violencia de género.
Será que hay cosas que nunca cambian porque la irracionalidad no deja de actuar como tal y la lógica no deja de imponer sus conclusiones a través de las cifras que no van cargadas de apriorismos y prejucios.
Será que todos somos culpables y sigue habiendo una parte de nosotros que inventa todas las excusas posibles y que practica todas las manipulaciones concebibles para negarse a reconocerlo.

lunes, noviembre 28, 2011

El centro del mundo se desplaza a Riberao Preto

Van un turco, un aleman, un chino y un brasileño... Esto, hace una década, sería el comienzo de un mal chiste, como los de Jaimito, como los de Lepe.
Pero hoy, mientras ese poder sin sociedad llamado mercados sigue marcando nuestras vidas y nuestro futuro, mientras se agota el humor para chistes y el tiempo para otras cosas, ha dejado de ser un chiste y se ha convertido en una proyección de futuro.
Hoy, aquello que la anticipación, que la literatura imaginativa y que las proyecciones a largo plazo veían en un horizonte excesivo y lejano empieza a conventirse en la nube continua que, miremos donde miremos, puebla nuestros cielos si realmente queremos que estos no se desplomen sobre nuestras cabezas.
Hoy, esa proposición dejada en suspenso hace contraerse de horror a los amantes de los localismos, a los adalides del liderazgo nacional, a los tecnócratas de la solución de manual económico liberal, a los teorícos del ir a soltar la mierda en casa del vecino.
Porque hoy, o como mucho dentro de unos días -históricos, se entiende-, podría ser cierta. Puede que el mundo en el que el bueno de Orson Scott Card colocó al no tan bueno de Bean no sea solamente una increíble ficción , sino el épitome de una realidad anticipada que ya se esté fraguando.
Puede que el mundo se convierta en algo multipolar y unido. Y en eso van el el turco, el alemán, el brasileño y el chino.
La Liga Árabe se comporta como una liga, después de haber escenificado durante medio siglo las luchas tribales de las que provenían y acude en defensa de los pueblos -de forma testimonial, si se quiere- no de los dictadores. Puede que a nosotros nos parezca mal, pero es lo que tienen que hacer. Primer foco de unión.
A nosotros se nos abren las carnes pero la democracia está haciendo lo que no ha podido hacer ninguna otra cosa, ni la historia, ni la guerra, ni siquiera Israel.
Los islamistas triunfan en Marruecos, ganan por goleada en las pasadas elecciones en Túnez, arrojan democraticamente del poder a Ali Abdullah Saleh y mas pronto que tarde gobernarán en Yemen y hasta le aprietan las tuercas al inefable y medieval rey saudí.
Por si alguien lo dudaba o lo duda, el islamismo también será la fuerza principal en Libia, lo es desde hace años en Palestina, en Libano y por supuesto en Iran o Afganistán y lo está siendo a través de los Hermanos Musulmanes en Egipto y de los partidos de transición en Irak, y lo será en Siria cuando El Asad la deje ser lo que quiere ser.
Que el islamismo va a ser el elemento aglutinador del mundo árabe y magrebí es algo que no podemos negar y que no podemos intentar que no ocurra como hace quince años en Argelia o hace diez en Irak y Afaganistán.
No podemos evitarlo y nuestra única esperanza es que dejen de mirarnos mal porque nos lo hemos buscado y miren al turco.
Erdogan representa hoy el califa unitario e islámico que desde la moderación hace a su país moderno y próspero -al menos en comparación con lo que era antes-, que no necesita de la religión para gobernar y que, pese a creer firmemente en su dios, es laico y no le utiliza de excusa para nada.
Por eso se pasea por Libia, se reune con la Liga Árabe, visita o pretende vivistar Palestina o se deja caer por Rabat.
Uno de los focos multipolares del nuevo mundo unido va a ser el islam y a nosotros nos toca reconocerlo y potenciar que el islam moderado de Erdogan y los suyos controle a la furia yihadista de Hamas, Hezbolla, Teherán o Kabul. No nos queda otra esperanza que que lo consiga.
Va un turco...
El milagro brasileño capitaliza las posibilidades del siguiente punto de orden en el caos al que ha llevado el liberalismo nacional de los mercados al mundo.
El milagro brasileño está empezando a conseguir lo impensable. Está empezando a llevar el racionalismo político a unas tierras que eran la bandera y el semillero de la mayor irracionalidad política de izquierdas y de derechas del mundo.
Ya hablan de mercados unitarios, ya pasan por encima de los personalismos de Chavez y de Castro, ya dejan solos a los revolucionarios bolivarianos, a los guerrilleros colombianos y a los caciques mexicanos. Segundo foco de unión
Van atrasados, por supuesto, sería en lo primero en lo que Sudámerica no fuera atrasada.
Pero Argentina, en pleno ataque de Kitchnerismo, comienza a abandonar sus complejos occidentales, a darse cuenta de que el victimismo es otra herramienta de poder; Chile comienza por fin a enterrar a sus muertos y exorcizar para siempre a sus fantasmas y pensar y crear futuro y centroamérica empieza a darse cuenta de que la fragmentación es un arma de control y no un orgullo nacional.
Y todo ello a través del milagro emergente brasileño, que responde con gasto público a la crisis y le va bien, que controla los mercados y a las corporaciones y le está yendo razonablemente bien y que hasta intenta controlar las favelas en lo que, pese al ejército, le va condenadamente mal.
Pero Brasil, con Dilma Rouseff o un poco después, será el centro de ese nuevo polo unido y unitario que ya sería excesivo que tuviera su capital en Riberao Preto como anticipó el gran Scott Card.
Y van un turco, un brasileño...
Lo de Asiá va a ser más complicado pero ya está siendo. La India superará en breve en población y recursos a China. Rusia está estrangulando energéticamente a Europa y no mira a ella como aliada, pero la mayoría de los que se independizaron de ella siguen bajo su órbita, decidiendo en cada elección si quieren acercarse o alejarse de La Madre Rusia, a la que saben que pertenecen pero con la que no se llevan bien ni por joda.
Y China será en un par de años la mayor economía del mundo y lo hará o lo intentará hacer como siempre lo ha hecho.
Por seguir con la metáfora de los relatos de anticipación, pretenderá hacerlo a la manera de los Borg, la mítica raza del no menos incomprensible mítico Stark Trek: por asimilación.
Ya ha deglutido económicamente a la inmensa mayoría del sudeste asiático y los que estén pensando en Japón que lo olviden. Japón ha mirado demasiado a Occidente y a sí mismo como para ser un factor en esta ecuación. Sigue siendo un reino feudal. Feudal corporativo, pero feudal.
Si China y la India se dan la mano tendremos una Rusia a regañadientes europea porque no podrá con ambos; si Rusia y la India se colocan en el lado contrario a China tendremos un paseante más en nuestro chiste.
Y van un turco, un brasileño, un ruso -o un indio-, un chino....
Y por fin llegamos a nosotros.
La deuda nos está matando y todos lo vemos. Pero aún seguimos dando los mismos palos de ciego que hemos dado desde que hicimos la Unión Europea.
Aún seguimos intentando coordinar las políticas de 27 países para frenar la expansión y el poder incontrolado de un único mercado que juega con nuestras miserias y nuestras necesidades.
Que hunde Grecia en el conocimiento de que eso será percibido como una oportunidad por Polonía y Rumanía; que agota Portugal, sabiendo que Bélgica e Irlanda intentarán sacarle partido; que mantiene sin tocar la calificación de la deuda de Alemania para poder generar un valor refugio, ignorando de que sus grandes bancos están al borde del colapso, que su economía depende de una exportación que se frenará en cuanto el resto de los países apliquen la política de contención de gasto que su propia canciller demanda o que vive con la mano de Rusia apretándole constantemente la nuez a causa de su dependencia energética del gigante de la estepa.
En Europa, puede que mañana o puede que dentro de un par de años, cuando, pese a los ajustes y los sacrificios, la recesión sea un hecho doloroso y doliente en millones de bolsillos y de vidas europeas, por fin descubriremos que para controlar y detener un solo mercado es necesario un solo gobierno.  Y hasta Merkel lo sabe y está empezando a decirlo.
Y que les den por saco a la Eurocopa, el Festival de Eurovisión y a los chistes de franceses.
Van un turco, un ruso, un chino, un brasileño, un alemán...
Y nos quedan dos: África y el siempre presente y ponderado imperio estadounidense de allende los mares.
Parte de Africa, la islámica, es decir, casi toda, lo más probable es que se integre en el foco árabe, que ya no será árabe sino islámico. Y el resto, unos pocos, puede que elijan el foco emergente capitaneado por Brasil o que originen uno propio en torno a lo poco que ahora funciona medianamente bien en ese continente. Suráfrica, Lessotho y Bostwana.
Y luego está Estados Unidos. Pero, aunque nos pique la nariz al reconocerlo, esos hicieron su trabajo hace unos cuantos cientos de años, como su propio nombre indica.
Así al final, esperemos que el chiste cambie de encabezado y sea: un americano, un europeo, un islámico, un estadounidense y un par de asiáticos van y...
Por fin, unen el mundo.
Porque es mas facil poner de acuerdo a cinco, seis o siete que a seiscientos.
Porque se nos han acabado las excusas del idioma, de las diferencias culturales o de los odios ancestrales.
 Porque ni todos los eurobonos del mundo pueden salvar un sistema de un poder sin gobierno que lacera a las tres quintas partes de la población.
Porque ni todas las producciones a bajo costo made in China del mundo pueden lograr que podamos seguir manteniendo nuestros niveles de vida a costa del futuro y la miseria de otros.
Porque ni todas las religiones, ni todos los laicismos del mundo pueden permitir que sigamos sobreviviendo sin vivir, en el temor de perder la supervivencia si nos dedicamos a la vida.
Porque Riberao Preto es tan buena capital del mundo como cualquier otra.
Puede que suene a fantasía pero está pasando y tenemos que pensar si lo hacemos posible o no.

domingo, noviembre 27, 2011

Un trozo de tela transforma Melilla en Villa Corleone

Mientras el mundo se deshace o, para ser más exactos, permitimos que el mundo se deshaga para evitar el esfuerzo y el dolor que nos ocasionaría rehacerlo, nosotros seguimos a lo nuestro.
Y lo nuestro es y siempre será medir todo por nuestro rasero, pasarlo por la diabólica distorsión del prisma que elegimos en cada momento para imponer nuestra percepción de las cosas.
Netanyahu, el halcón guerrero de la estrategia Masada, acerca el óculo a su prisma y se atreve a decir que las revoluciones de la primavera árabe son malas, que los dictadores depuestos debían seguir en su sitio y que hay que impedir -si lo he escrito bien, impedir- la democracia en los países árabes porque no están preparados para ella.
Los británicos, siempre más hirientes en su flema, hacen chistes y viñetas comparado el recientemente descubierto magnifico trasero de la cuñada de William, su príncipe, con el rostro tapado, desde que se  convirtiera al Islam, de la cuñada de Tony -Blair, por supuesto, su ex Primer Ministro-.
Y nosotros, acuciados por la urgencia de otros asuntos, por la necesidad de otras batallas, no ponemos el mismo esmero que israelíes y británicos y recurrimos a un clásico para dejar constancia de que seguimos en eso de interpretar las necesidades del mundo según aquello que podemos digerir y nos deja tranquilos.
Nosotros tenemos a Melilla. Tenemos a Melilla y a una niña. Eso y el burka. Para estos menesteres siempre tendremos el burka.
En Melilla hacemos campaña de nuestro prisma particular con una niña que no va al instituto, que está encerrada en su casa y que está perdiendo el último curso de la ESO, por un motivo tan absurdo como inútil. La chica se ha empeñado en que quiere ir con burka por el mundo y eso está prohibido.
La joven no quiere quitarse el velo integral y nosotros reaccionamos como lo haría cualquier ayatolah de tercer orden en las calles de Teherán a la salida de los rezos del viernes a mediodía. Como no cumple nuestros mandatos morales, la privamos de su futuro.
Y luego, cuando sus principios -algo de lo que nos quejamos que nuestros jóvenes no tienen- se mantienen firmes, recurrimos a la acción más baja y rastrera a la que que se puede recurrir.
Seguimos el camino que allanaron para  tales fines gloriosas organizaciones como la Stasi, del Mossad, el KGB o la CIA. Continuamos la senda que a lo largo de los siglos desbrozaron para nosotros nombres tan añorados -por lo que se ve- como La Santa Inquisición, La Gestapo o La Cosa Nostra.
Hacemos lo que todo matón haría cuando no puede atacar directamente a su víctima, cuando no puede imponer el miedo directamente en su carne.
Amenazamos a su familia.
El Estado Constitucional y Democrático Español -dejénme que me ría al enunciarlo así- se plantea procesar a la madre del niña por privarla de la escolarización.
"Si no haces lo que quiero, me cargo a tu familia". Un clásico del chantaje y la extorsión que enriquecería la actuación Hollywoodiense de cualquier Brando o Pacino.
El Estado Español va a procesar y meter entre tres y seis meses en la cárcel a la madre de una niña enrocada en su burka cuando no ha sido la madre la que le ha dicho, la que la ha exigido, que no vaya a la escuela. Se lo ha impuesto ese mismo Estado que ahora busca otro culpable para hacer palanca en la mente de la niña.
Aunque el burka sea la pieza de indumentaria más retrógrada de la historia de la humanidad -y creedme cuando os digo que se encuentra en lo más alto de esa jerarquía junto con el cinturón de castidad y el guardajubones, ambas, por cierto, inventos de los reinos cristianos-, no ha sido la madre la que le ha dicho que no vaya a clase sin el burka. Ha sido el Estado el que le ha dicho que no puede ir al instituto con él.
Así que el responsable de la desescolarización de la criatura es el Estado. No la familia. En buena ley debería procesarse a sí mismo.
Pero nuestro prisma, ese que usamos para todo, nos impide ver eso.
En cualquier otro caso similar, el emporio feminista -ahora misteriosamente escondido tras las elecciones- habría clamado en la puerta del edificio de viviendas sociales de Melilla en el que vive la niña del burka contra el patriarcado machista islámico que obliga a la pobre chica a llevar la pieza de indumentaria en cuestión.
Pero quizás porque está en horas bajas o más probablemente porque la familia de la niña está compuesta por otras cinco mujeres -tres hermanas, una madre y una tía- permanecen en silencio. Un silencio culpable de esos que adoptas cuando te pillan en un renuncio. De esos que se mantienen con los labios apretados cuando sabes que cualquier palabra que digas va simplemente a desvelar que lo dicho anteriormente era una burda mentira. O por lo menos una manipulación capciosa de la realidad.
Las mujeres musulmanas -o, al menos, estas mujeres musulmanas- quieren llevar burka. A ello contribuye su tradición, su historia o su conversión. Pero son ellas las que quieren llevarlo. Y eso nos descuadra, nos deja en fuera de juego, nos quiebra el prisma a través del cual mirábamos el mundo.
Prohibimos el burka porque, en la soberbia de nuestro supuesto conocimiento, en la ignorancia de nuestro mundo y en la inocencia de nuestras convicciones, creímos, fingimos creer o incluso dejamos que nos hicieran creer que cualquier mujer del mundo que llevaba un velo integral lo hacía por obligación, por imposición de algún varón retrógrado que la consideraba un objeto, una posesión.
Y de repente el mundo se revela contra nuestra percepción y nos abofetea con una niña en Melilla, de España e hija de españoles, que lo quiere llevar sin que medie la premisa de imposición masculina cuando hace un año lucía unos ceñidos vaqueros.
De pronto nos escuecen los talentos y no tenemos mano con la que rascárnoslos porque en una mantenemos la ley de la intolerancia y en la otra el perjuicio de la incultura.
De pronto, una niña melillense y su madre nos han transformado de paladines en inquisidores.
De pronto el burka machista se ha convertido en un escudo moral -de esa moralidad de por debajo del ombligo- y de pronto está, como siempre estuvo, al mismo nivel que el cuello vuelto, las faldas tobilleras y las manoletinas del Opus Dei, los velos y los pelos cortos de las monjas o las manos dentro de las mangas y los vestidos amplios de las budistas.
Una sola niña en la España magrebí nos demuestra que no es una cuestión de machismo. Que es una cuestión de religión. Y contra eso se supone que no debemos luchar.
Se supone que somos libres de engañarnos con el más allá y sus posibles pobladores en la forma que elijamos.
Pero como no podemos reconocerlo, como, aunque se haya quebrado irremisiblemente, no queremos renunciar a nuestro prisma, la obligamos a no ir al instituto para mantener sus convicciones, privándola así de la posibilidad de descubrir que su dios nunca pidió eso y que, aunque lo pidiera, ella no tiene porque dárselo. La privamos del único camino que le puede llevar a esa conclusión: la educación.
Tenemos demasiado miedo a no tener razón como para darle la posibilidad al tiempo y a la vida de demostrar que es posible que la tengamos.
Y dos frases de toda esta rocambolesca historia resumen lo patéticamente absurda que es nuestra posición al respecto.
La primera es del director del colegio. Un tipo, seguramente bienintencionado, que se atreve a asegurar que "no tenemos claro que la decisión sea suya y no haya sido convencida por la madre".
¡Ole sus gónadas externas!. El pobre hombre va algo retrasado. Yo estoy seguro que mi hija cree que la única solución política para el mundo es un gobierno global y democrático porque yo y otros como yo la hemos convencido de ello. Yo estoy seguro que mi hija cree que existe dios y tiene un plan para todo porque su madre y otros como ella la ha convencido de ello.
A eso se le llama hacer nuestro trabajo. A eso se le llama educar. Y mientras esas convicciones no sean peligrosas para otros, injustas, antisociales, agresivas o violentas, ni el Estado ni nadie tiene derecho a interferir en ellas.
Cuando tengan veinte años -o, tal como está el patio, cuarenta- a lo mejor las siguen y a lo mejor no, a lo mejor las depuran o las olvidan o las rechazan o las ignoran o las mantienen. Y a lo mejor, aunque para nosotros resulte incompresible, la niña de Melilla hasta no quiere quitarse el burka.
Pero claro al director del centro no se ocurre amenazar con la expulsión o pedir la colaboración del fiscal de menores porque una chica vaya vestida recatadita sin mostrar hombros ni ombligo y sin insinuar curva alguna porque la hayan convencido sus padres.
Al Estado español no se ocurre tirar de amenaza de procesamiento a los padres porque una chica se niegue a ir al instituto si no la dejan lucir piercing en el ombligo o cinta de tanga sobre pantalón caderero y desde luego no se escuda en que no es decisión suya sino que la ha convencido su hermana mayor.
Las alarmas no saltan y las leyes no se modifican porque una jovencita aparezca con el pelo rapado por un lado y una gorra de través porque su primo, un poco hiphopero, el chaval, la haya convencido de ello.
Y los hay que dirán que todo eso no es lo mismo que un burka. ¡Por supuesto que no es lo mismo! El burka no es nuestro ni tiene nada que ver con nosotros. Por eso no sentimos ni creemos tener la obligación de respetarlo.
Porque si el burka es temible por tratarse de una imposición religiosa y cultural a lo mejor alguien puede pensar que eso de cubrirnos los senos y taparnos las nalgas es igual de ridículo y perseguible por idéntico motivo. Puede llegar a la conclusión de que a lo mejor eso de no llevar las gónadas masculinas colgando en el exterior es una imposición religiosa asumida de una forma no libre porque alguien hace generaciones nos convenció de ello sin nuestro consentimiento.
Y lo mas preocupante. A lo peor nos damos cuenta de que tienen toda la razón.
La segunda frase que define este espectáculo dantesco es una pregunta mucho más lacerante, mucho más contundente, mucho más dura.
La ha lanzado una voz adolescente desde detrás de la puerta de la casa en la que reside la obcecada jovencita que quiere ocultarse del mundo y de los hombres tras un burka.
¿Acaso algo de lo que viste o de lo que cree tu hija le impide ir al colegio? -le espetó a un periodista-.
No, querida niña de Melilla que quiere equivocadamente ver el mundo a través de la celosía de un burka, no.
La hija del periodista piensa en términos occidentales atlánticos, viste en términos occidentales atlánticos y se rebela en términos occidentales atlánticos.
Por eso a ella se le permite pensar, vestirse y rebelarse como quiera. Porque a ella no la tenemos miedo. Y, no sé entre vosotros, buenas gentes del profeta, pero aquí, en el Occidente Atlántico, nada es más fuerte que nuestro miedo a dejar ser lo que nunca debimos llegar a ser.

Cuando no se asume el dolor del cambio, el sacrificio ni siquiera puede garantizar la supervivencia.

La mundialización financiera ha creado su propio Estado. Un poder sin sociedad. Este rol es ejercido por los mercados (...). Las sociedades realmente existentes son sociedades sin poder. Y todo esto no deja de agravarse". Este texto tiene 14 años. En diciembre de 1997, Le Monde Diplomatique publicaba el editoral del director de su versión en español, Ignacio Ramonet, Desarmad los mercados financieros. Una alerta que sería germen del movimiento Attac, hoy presente en 40 países, que lucha por la creación de una tasa a las transacciones financieras mundiales (inspirada en la Tasa Tobin) para ir echando "granos de arena" en el engranaje de la especulación.

14 años después, dos países del Viejo Continente han visto cómo sus gobiernos elegidos en las urnas eran sustituidos por unos gestores de quiebras mientras el resto atribuye al mercado decisiones y recortes. Podría decirse que Ramonet, que participó esta semana en el ForoBurgos organizado por Banca Cívica, acertó.

¿Se cae Europa?

Es un momento extremadamente delicado. Da la sensación de que no hay a la cabeza una generación política a la altura de la crisis apocalíptica que estamos viviendo. Y no nos hemos sorprendido lo suficiente de que, en los últimos meses, Alemania y Francia hayan asumido un poder que nadie les ha dado. Hemos leído: Rajoy habla con Merkel'. ¿Lo primero que hace el vencedor de unas elecciones con un resultado abrumador es llamar al jefe? No estamos en un Estado federal. España no es Dakota ni Berlín, Washington. Pero manda Merkel con Sarkozy de coartada.

Hay quien dice que Merkel asume el liderazgo porque no hay otro poder fuerte.

Si Merkel es quien está pilotando la crisis, el resultado es muy malo. Grecia va cada vez peor. Su PIB es el 3% de la zona del euro. Cuando estalló la crisis, se podía haber solucionado con un pequeño esfuerzo económico. Ahora, la gangrena ha subido. Austria y Francia tienen triple A (máxima calificación en su deuda) y las atacan. No se sabe si el euro será capaz de resistir. A Portugal se le ha impuesto una cura de caballo, se le ha impuesto la recesión y como resultado, le acaban de volver a bajar el rating. Esto no funciona.

¿Tampoco para Alemania?

Los alemanes se van a despertar dentro de poco constatando que la mayoría de los países europeos no compran. Y que ellos no exportan.

¿Por qué no lo ven?

No están a la altura. Están aplicando recortes de manual a situaciones que no se corresponden. Están alentando a los mercados a seguir ejerciendo presión. Los mercados están desbocados porque durante años ha habido una desregulación que les dejó hacer lo que querían. Los políticos prometieron cambiarla en el G-20. Sarkozy prometió la tasa a las transacciones. Pero los mercados no quieren y no se adopta.

¿A qué nos enfrentamos?

Si seguimos así, la primera amenaza es que no estamos seguros de que el euro vaya a resistir. Nadie puede afirmar que seguirá siendo lo que es dentro de tres meses o de un año. Mucha gente apuesta por que desaparecerá o quedará restringido al área de influencia de Alemania.

¿Europa se ha convertido en la primera ficha de un nuevo dominó?

La crisis de la deuda europea puede tener incidencia a escala global. Muchos se han olvidado, entre ellos Alemania, de que la globalización es la articulación de todos los mercados. Si la zona euro entra en congelación por la austeridad, no se potenciará el consumo. Ya hay en Europa 23 millones de desempleados cinco millones en España y 80 millones de pobres, personas que no consumen. El mundo funciona con dos motores, dos grandes centros de consumo: EEUU y la Unión Europea, ambos amenazados por la recesión. Si se paran, China va a fabricar menos. De hecho, el ritmo de crecimiento chino ya ha bajado. Si China deja de importar, dejará de comprar también materias primas, los minerales que compra a Perú y Chile y los productos agrícolas que compra a Brasil y Argentina. Esos países dejarán de crecer. Y en 2013 o 2014 podemos encontrarnos con una recesión internacional.

¿Puede el mundo soportarlo?

La pregunta es, si la recesión se prolonga en Europa, hasta dónde soportarán las sociedades europeas la purga a la que se está sometiendo a la población. Cuánto va a crecer la extrema derecha, cuánto la protesta social. La historia no se detiene y esto es un golpe de Estado financiero. Los mercados han decidido tomar el poder. En Grecia e Italia, la evidencia es total. Se han colocado personas que han trabajado de uno u otro modo con Goldman Sachs, especialista en colocar a su gente en puestos de poder, pero ahora al frente de países.

¿Qué se puede hacer?

La sociedad debe reflexionar para seguir defendiendo que otras soluciones son posibles. Hay que volver a planteamientos keynesianos (estimular el crecimiento económico inyectando dinero público). No lo digo yo. Lo dicen (Paul) Krugman y (Joseph) Stiglitz. Hay que hacer políticas anticíclicas, encontrar soluciones para salir de la situación. Veo difícil que se adopten en el contexto actual pero, si los gobiernos no se deciden, vamos a la catástrofe. Quizás si Francia pierde la triple A, Alemania verá que se hunde la última barrera que los protege. Los eurobonos podrían ser una solución a la crisis de la deuda, pero por otro lado habría que prohibir los hedge funds (fondos de alto riesgo), implantar la tasa a las transacciones, no operar con bancos que utilicen paraísos fiscales ¿Quién lo va a hacer si no hay autoridad? El euro es la única moneda que no está respaldada por una autoridad política, no tiene Gobierno y los mercados se han dado cuenta, han visto que se podían enriquecer fácilmente.

¿Por qué arrasa la derecha en Europa si trae recortes aún mayores que los que se han visto?

Es posible que una parte de la sociedad, teniendo en cuenta que muchos medios de comunicación dominantes insisten en que la línea de la ortodoxia es la única, acepten la idea de los recortes. El pánico a que el euro desaparezca genera mucha disciplina. Se ha visto en Catalunya en estas elecciones. Una parte del electorado piensa que es o recortes o caos, y votan recortes. El problema es qué pasará cuando no pase nada. Cuando los sacrificios no hayan puesto fin a la situación de crisis. Esa es la preocupación.

¿Piden realmente los mercados ajustes y reformas, teniendo en cuenta que no funcionan?

Los mercados no saben lo que quieren. No hay un objetivo concreto. Buscan ganar dinero. Pero es posible que la especulación acabe por destruir el sistema.

Hay veces que hay que dejar que otros digan lo que tú piensas y dices todos los días. 

lunes, noviembre 21, 2011

España convierte a Rajoy en el chef de San Lorenzo

Hoy los hay que creen que han ganado y los hay que saben que han perdido. Los hay que saben que han subido y los hay que creen que han bajado. Hoy hay nuevo gobierno y no seré yo quien diga a priori que va a ser peor o mejor que el anterior. Hoy, por usar el símil castizo, se ha dado la vuelta a la tortilla.
Y la única realidad, la única verdad incuestionable y no cuestionada es que la tortilla sigue en la sartén y va a seguir quemándose. Quizás por la otra cara, pero va a seguir quemándose.
Hemos tomado la peor decisión que podíamos tomar y eso no tiene nada que ver con la victoria del Partido Popular ni con la derrota del Partido Socialista. No tiene nada que ver con el ascenso del arribismo de UPyD, ni del soberanismo de AMAIUR, ni del federalismo de IU. La decisión que hemos tomado no tiene nada que ver con ninguno de los partidos porque no tiene nada que ver con nada.
Hemos mirado al presente y no hemos visto nada, hemos mirado al pasado y no hemos aprendido nada y hemos mirado al futuro y no hemos entendido nada.
Como antes los portugueses, los griegos, los británicos, los daneses, los irlandeses y los holandeses, nos hemos visto impelidos a cambiar de gobierno, a mudar los rostros y los actos, por nuestra incapacidad para reconocer que somos nosotros los que tenemos que cambiar.
Hemos modificado el panel de resultados para no reconocer que tenemos que cambiar de competición, de reglas, de árbitros y de campo de juego. Para evitar que alguien nos obligue a salir del banquillo.
Hemos sido, de momento, los últimos en hacerlo y eso nos debería haber dado ventaja. Nos debería haber otorgado el privilegio de la perspectiva, de observar el conjunto, pero no hemos querido hacerlo, no hemos sabido hacerlo.
Nos hemos refugiado en la lógica formal más demoledora de que si el gobierno lo hace mal hay que poner otro que lo haga mejor. Y el razonamiento no parece tener fisuras, no parece aceptar ninguna crítica, parece ser plenamente justificable y democrático. Y de hecho lo es.
 No tiene ninguna grieta, salvo el pequeño pero reseñable error de que se aplica al ámbito equivocado o, para ser más exactos, de que nos negamos a aplicarlo al ámbito correcto.
Si un gobierno falla hay que cambiarlo. Ese es un principio de soberanía popular incuestionable. Pero si un sistema falla también hay cambiarlo y eso, que es tan irrenunciable como un cambio de gobierno, no lo hemos hecho, no queremos hacerlo y no permitimos que nadie lo haga.
Y esa renuncia es lo que hace que estas elecciones no tengan nada que ver con nada ni con nadie.
Esa decisión de ignorar lo evidente  es lo que hace que nuestro proceso electoral se haya transformado en un remedo del mítico e hispánicamente siempre celebrado martirio de San Lorenzo en el que somos dados la vuelta una y otra vez en la misma parrilla hasta que nos asamos vivos.
Y los hay que todavía mantienen que ese cambio de sistema es solamente una necesidad para los que han perdido, para los que ahora no detentan el poder. Pero yerran el blanco por muchos metros. Se equivocan por dos motivos.
El primero de ellos debería ser tan evidente que nos tendría que hacer sangrar los oídos como el estallido de una bomba: la política del siglo XXI es global. No se articula de otra forma y no puede moverse de otra manera.
Los que defienden el sistema han olvidado la globalidad ideológica mundial  o simplemente se la ocultan para no tener que volver sobre sus pasos y reconocer que el camino elegido es una bifurcación que lleva exactamente al mismo destino que la senda que parece que se ha abandonado al cambiar de gobierno.
Si la política no fuera global, si las ideologías europeas no fueran globales, si las respuestas a los problemas de cada una de esas ideologías no fueran comunes en todo el rango y el ámbito de la Civilización Occidental Atlántica, un cambio de gobierno podría ser la solución.
Pero como lo son. La única solución es un cambio de sistema. Y la prueba se antoja tan irrefutable como las que presentaron los fiscales en el famoso juicio QV7
La crisis se ha llevado por delante a cinco gobiernos europeos antes que al nuestro ¿eran todos socialdemócratas? La respuesta es no. ¿todos sus substitutos eran neocon? La respuesta sigue siendo no. Entonces ¿como puede un cambio de gobierno que oscile entre lo socialdemócrata y lo neocon hacernos salir de la parrilla en la que nos estamos asando lentamente?
La respuesta a estas alturas es tan obvia como evidente. No puede.
La crisis ha mandado a la banca rota a países con gobiernos socialdemócratas de mucho gasto público y con gobiernos neocon de contención del déficit a ultranza. El colapso del sistema ha mandado a galeras a gobiernos socialdemócratas defensores del Estado del Bienestar y ha ejecutivos neocon firmes garantes de la prevalencia de la iniciativa privada y la competencia salvaje como garantía de la evolución.
Y lo que es peor. Sus sustitutos, invariablemente de la tendencia ideológica opuesta, no han podido ni siquiera minimizar el impacto, no han podido recuperar en sus países el sistema que les está llevando al desastre. Los sustitutos socialdemocratas de los gobiernos neocon caídos no han podido parar la debacle, los sustitutos neocon de los gobernantes socialdemocratas derrotados tampoco han sido capaces de frenar la destrucción de sus países que siguen en la misma crisis, en la misma cuesta abajo, en la misma caída libre que cuando eran regidos por los gobiernos de la ideología contrapuesta.
Los neocon no han sido capaces de reactivar la economía y los socialdemócratas no han podido diluir el impacto social. El cambio de gobierno no ha servido en ninguno de los países que lo han practicado,  ni siquiera ha servido en el país que no está sometido a la zona euro.
Y si hubieramos mirado al futuro, nos habríamos dado cuenta de que la misma criris se va a llevar por delante en breve a Sarkozy e incluso es probable -esto son encuestas- a Merkel. Los adalides de la solución mercantilista al problema.
Así que, si el cambio de gobierno no funciona, no ha funcionado y no parece que vaya a funcionar a otros, mientras se articule en un cambio entre la socialdemocracia y los principios neocon, ¿por qué creemos que va a funcionarnos a nosotros?
Claro que hay que cambiar algo, pero no solamente el gobierno.
Pero el segundo motivo por el que los detractores del cambio de sistema deberían replantearse su posición es mucho más doloroso y doliente, es mucho menos evidente pero mucho más impactante.
Los que creen que ayer cambiamos de gobierno se equivocan. Hemos cambiado de portavoces, quizás de embajadores ante el gobierno, pero el gobierno sigue siendo el mismo.
Ni Rajoy ni Rodríguez Zapatero eran ni son nuestro gobierno. Eran y son, en todo caso, los paladines que intentan defendernos ante el gobierno. Como lo son Merkel, Sarkozy, Cameron o cualquiera de los presidentes y primeros ministros del mundo occidental atlántico.
El auténtico gobierno no ha cambiado. Sigue siendo Standard & Poors.
El ínclito Mariano por fin podrá encabezar -ya estaba tardando- la defensa de España ante ese gobierno. Por fin podrá hacer todo lo posible para que nuestras acciones mantengan tranquilos a los inversores, hagan que vuelvan a confiar en nuestra deuda y para que el dinero vuelva a fluir desde los bolsillos de los que se lo apropian hasta las nóminas de los que lo crean. Y si lo hacen bien, los mercados se tranquilizarán, los inversores volverán, el sistema se estabilizará y nosotros seguiremos sin poder elegir nuestro gobierno. Seguiremos creyéndonos en democracia pero viviendo en la dictadura perpetua e inamovible de los mercados.
Hemos cambiado de negociador pero no de gobierno. Hemos decidido que es mejor esperar que otro interceda por nuestra supervivencia ante el dios de los inversores que intentar que los mercados y sus marionetistas pierdan para siempre el control de nuestras vidas.
Y lo peor es que lo sabemos y no queremos hacer nada. No queremos ser demócratas. La democracia exige a gritos un cambio de sistema económico y no nos atrevemos a reconocerlo por puro miedo, por pura desidia y por puro egoísmo.
Porque el cambio democrático del gobierno se puede hacer con un paseo una mañana de domingo y un simple voto, pero el cambio de sistema exige un esfuerzo que no estamos dispuestos a asumir y mucho menos cuando es probable que no seamos nosotros los más beneficiados con ese cambio. La justicia y el futuro sí, pero nosotros no.
Así que, aunque creamos que hemos ganado o que hemos perdido, aunque creamos que hemos cambiado de gobierno y hemos elegido otro, solamente hemos cámbiado de cúbito en las brasas. Prono o supino. La elección es libre.
Bien podría el bueno de Mariano trasladar la sede del Gobierno a El Escorial para estar a tono con la decisión tomada por el pueblo español .
Porque el sistema sigue siendo el mismo y lo único que hemos hecho es elegir quién nos da ahora la vuelta en la parrilla de San Lorenzo para que sigamos asándonos en las brasas en las que se quema el sistema económico que deberíamos haber cambiado y que seguimos negándonos a reconocer que nos está matando.
Hacía falta un cambio y no lo hemos hecho- Bienvenidos a la barbacoa que el liberal capitalismo sigue cocinando con nuestras vidas y nuestro futuro. Ya tenemos nuevo chef.

domingo, noviembre 20, 2011

El mundo entero está de elecciones este 20N

Estamos de elecciones. Amanece ese día en el que parece que podemos decidir pero no podemos hablar de lo que decidimos.
No vaya a ser que a todos se nos ocurra ponernos de acuerdo y entonces votemos como una sociedad, como un colectivo, no como individuos febriles y egoístas que solamente pensamos en nosotros mismos y que solamente defendemos nuestros propios intereses. Vamos, como lo que somos.
Pero como no tengo demasiada posibilidad de influir y carece de importancia que lo haga, yo, enrrocado en mis trece de pensar lo que digo y escribir lo que pienso, voy a hablar de las elecciones.
Hoy es 20 de Noviembre y muchos, pero que muchos y en muchos sitios, están de elecciones.
En las riberas del Amazonas, las que han conseguido ser domadas por la mano del hombre, miles, quizá millones, de capesinos eligen -porque no les queda otra- qué esclavista agrario se apropiará de sus vidas, haciéndoles trabajar dieciocho horas al día a cambio de un pedazo de carne rancia y un cobertizo que será arrasado con las próximas lluvias torrenciales.
En la Plaza Tahrir de El Cairo miles de jóvenes eligen si deben seguir combatiendo, resisitiendo  y muriendo contra el nuevo enemigo militar que creyeron su aliado cuando, hace unos meses, tenían claro que Mubarak era el enemigo de todos.
En Benin, Niger o Tanzania millones de seres humanos eligen entre la muerte lenta y segura por la guerra o el hambre de una vida de castidad y la muerte rápida y algo más placentera una vida de sexo con sida y sin profilaxis porque el preservativo más cercano se encuentra a un continente y un viaje suicida en patera de distancia. Eligen entre morir ahora o morir mañana.
En el corazon ardiente y sereno del Imperio Occidental Atlántico cuarenta y seis millones de personas -diez millones más que el censo completo de nuestro país- eligen entre las dos opciones que les da la supervivencia: arrastrar su carrito por las calles, en la esperanza de recaudar lo suficiente durante el día para pagarse una pensión poblada de chinches y ácaros, o perder un día en la cola de un comedor social o de un albergue que, cuando se cierren nuestros colegios electorales, cerrará sus puertas saturado y hasta la bandera, dejando a cientos al arbitrio del frío invernal. Eligen entre la desesperanza y la desesperación.
En las lejanas provincias de Anhui, Chongqing, Fujian, Gansu o Guangdong millones de ciudadanos del imperio rojo del dragón eligen a qué mafia venderle su alma, su cuerpo y su trabajo a cambio de un futuro posiblemente peor en beneficio de nuestra moda, nuestra comida rápida o nuestras baratijas. Eligen entre esclavitud y servidumbre
En las secas tierras de Mogadiscio o Addis Abeba miles de mujeres eligen si prefieren, después de horas de dolor, abusos y sufrimiento, parir el bastardo de un guerrillero pagado por una multinacional para defender sus beneficios o el de un soldado gubernamental mantenido por un gobierno occidental para expoliar sus recursos. La elección es tan sencilla como elegir a qué pozo acuden a recoger agua.
En Damasco, Palmira, Aleppo, Homs o Duma millones de personas eligen entre morir por miedo e inacción a manos de aquel que lleva años matándo o perecer entre protestas y revolución, dejados de la mano de Occidente, por las balas de aquellos que están ya hasta cansados de seguir matándoles. Eligen entre morir o seguir muertos
En las antiplanicies andinas miles de campesinos eligen entre la falsa seguridad mafiosa de los guerrileros de la cocaina y los cárteles y la siempre prometida -y no menos mafiosa- de un ejército que nunca llega donde tiene que llegar porque a los presidentes no les conviene perder el dinero que necesitan para sus campañas electorales. Eligen entre sobrevivir y la supervivencia
En Tailandia, Vietnam o Camboya, miles de padres y de madres eligen a qué explotador sexual venden a sus hijas de nueve años a cambio de la comida y la calefacción suficiente para poder mantener  al resto de su prole, al menos hasta que tengan otra hija en edad de ser violada inmisericordemente durante años  por los pedofilos españoles, ingleses o alemanes en cualquier lupanar infantil de Bangkok, Phnom Penh o Hannoi. Eligen entre el drama y la tragedia.
En las estepas de La Madre Rusia - la grande, la de siempre, la que incluye Biolorusia, Ucrania y todas las demás- miles de mujeres eligen entre entregarse a sus antiguos agentes protectores, ahora mafiosos, para ser vendidas como pedazos de carne sexual en los prostibulos estadounidenses o europeos o ser forzadas por ellos en su propio país con muchas menos esperanzas de escapar. Eligen entre contestar un anuncio de prensa o pedir trabajo en un local de moda en Moscú o en San Petesbugo. Eligen entre la sumisión y el sometimiento.
En Sao Paulo, Salvador de Bahia, Santiago de Cuba o Cienfuegos, miles de jovenes brasileños agraciados eligen si acudir a España, Francia o Italia a ser encerrados en un piso e hinchados a viagra para satisfacer los deseos de gays, viudas y divorciadas sin conciencia o hacer lo mismo en las calles de sus propias ciudades por un puñado escaso de reales brasileños o unos pocos pesos cubanos convertibles a aún menos dólares. Elijen entre indignidad y humillación,
En Uganda, El Congo o Sudán millones de niños estan eligiendo con qué herramienta matarán a su primera víctima para asegurarse que aquellos que les han secuestrado, humillado y maltratado les dejen formar parte de su ejército en lugar de violarles durante una noche de borrachera continua y degollarles después. Eligen entre asesinar o ser asesinados.
Así que parece que sí, que en muchos sitios hoy están de elecciones. Pero no solamente en esos lejanos sitios que no forman parte de nuestras circuscripciones electorales.
También están de elecciones aquí, a la vuelta de la esquina de nuestro Occidente Atlántico.
En sus despachos en la city lodinense o Wall Street o en sus áticos en el Soho o Park Avenue, un puñado de ejecutivos de Standard & Poors, Mody´s o Ficht eligen cual será el próximo país en caer en aras de los beneficios de los inversores que están detrás de ellos. Eligen qué sociedad será la siguiente que pague por sus cuentas de resultados, cual será la poóxima en acumular millones de parados, millones de desahuciados y de familias arrojadas a la miseria. Eligen entre ellos y los demás
En sus sedes del distrito neoyorkino de la moda, de París o de Barcelona, un grupo de gente de lo más chic elige cual será la ubicación de su próximo centro de fabricación en función de lo baratos que serán los esclavos que les cosan sus diseños. Eligen entre ellos y los otros.
En sus talleres fortificados de Amberes, de la Quinta Avenida o de Charing Cross, los comerciantes de piedras brillantes eligen cual es el mejor sistema para ocultar los diamantes, esmeraldas y los rubíes sangrientos, cosechados con el esfuerzo del trabajo esclavo, para impedir que su precio disminuya. Eligen entre ellos y la cordura
En sus ciudades corporativas, un puñado de representantes de las grandes multinacionales eligen entre la opción de recortar sus beneficios, pagando un precio justo por el tungsteno, los semicondutores o el coltán necesario para la fabricación de sus productos tecnológicos, o mantenerlos altos, invirtiendo en la inestabilidad y la explotación humana en las zonas en las que se producen estos recursos. La primera opción tiene una sorprendente tendencia a perder en todas las ocasiones. Eligen entre la justicia y ellos mismos.
En sus asépticos laboratorios de bata blanca y ambierte inerte, un reducido núcleo de personas elige qué patentes sanitarias blindar y ocultar para impedir la réplica a bajo precio en países que no tienen el dinero para pagarlas pero que están muriendo por las enfermedades que esos compuestos curan; eligen entre dejar a África morir de Sida y mantener el precio de sus retrovirales. Eligen entre ellos y el resto del mundo.
En sus santos sitiales de Roma, Teherán o Jerusalén, un puñado de seres vagamente humanos eligen cual será la mejor excusa para lanzar a las mentes y los corazones de las gentes la locura necesaria para poner a su dios por encima de todo y por encima de todos. Ya sea en la paz o en la guerra. Elijen entre ellos y la historia.
Pero, pese a todo, pese a que quisieramos que así fuera, tampoco son ellos los únicos que están hoy de elecciones. Nosotros también estamos de elecciones. Como cada día.
Nuestros pederastras eligen entre Bangkok y Hannoi, nuestros puteros entre rusas y dominicanas, nuestras divorciadas ansiosas entre brasileños y cubanos, nuestras mujeres entre Prada y Versage, nuestrros jóvenes entre Nike y Adidas, nuestros hombres entre el Galaxy y el Iphone, nuestras ricas entre amatistas y rubíes, nuestros ricos entre Rolex y Dupont, nuestros inversores entre deuda británica o bonos del tesoro estadounidense, nuestros brokers entre hundir el precio del grano en Rusia o especular con la producción de leche en el mundo, nuestras empresas entre China e India, nuestras amas de casa entre rumanas y peruanas, nuestros constructores entre bosnios y ucranianos, nuestros criminales entre bolivianos y kosovares.
 Y todos nosotros elegimos entre nosotros y nuestras conciencias. Elegimos entre dormir a pierna suelta fingiéndonos inocentes y no poder hacerlo sabiéndonos culpables.
Y, por supuesto, hoy nuestros votantes están de elecciones.
Eligen quién, durante los próximos cuatro años, les lavará de cara y el remordimiento de todo eso, les dirá que no son culpables, les mentirá diciéndoles que podemos salvarnos solos y que debemos hacerlo a costa de todos los demás, cueste lo que cueste, caiga quien caiga, mientras no sea occidental atlántico. O incluso si lo es.
Eligen quién les permitirá creer que lo que hay es lo único que puede haber, que su desgracia es producto de otros, que el sistema que nos ha llevado al límite mismo de la extinción como civilización es el único posible y el único plausible. Que las cosas tienen que seguir como están hasta ahora y que lo único en lo que nos debemos centrar es en intentar conseguir permanecer en lo más alto de la cadena alimenticia humana hasta que todo se vaya al carajo.
Eligen entre el vacío y la nada, entre el desastre y el fiasco, entre el crimen y el pecado. Y, por si fuera poco, creen que esa es la única elección que deben hacer. Siguen creyendo que el voto es la elección.
Pero no es así. Deberíamos saber que no es así. Es más, sabemos que no así y no deberíamos negárnoslo.
¿De verdad aún creemos que hablando de elecciones hay que hablar del voto?
Sobre el voto no hay nada que decir que no se haya dicho ya porque no queda nada por decir que quiera ser escuchado.
Sobre el futuro si hay que hablar de elecciones. La dicotomía que se nos presenta está más allá de nuestras urnas y de nuestras fronteras. Es una elección tan sencilla como inevitable: se trata de empeñarse en vivir para acabar con el dolor  o conformarse con sobrevivir para que no duela. Puede parecer lo mismo pero no lo es. No nos confundamos.
Las demás elecciones sólo son un grandioso nudo gordiano que no puede ser desatado. Roto sí, pero no desatado. El tiempo de cambiar sufragios por finales felices ha pasado. Se fue y no volverá.
Vivir o sobrevivir: Esa es la elección y aún podemos hacerla. Aún, mientras nos dejen pensar, mientras nos dejen ser libres. Otros ya no tienen tanta suerte. Realmente, nunca la tuvieron.
Así que feliz día de elecciones. No de votaciones, de elecciones.

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