domingo, septiembre 30, 2012

Ligero matiz al concepto rajoyniano de gente de bien

Despejadas las incógnitas imposibles, expuestas las ecuaciones de esta crisis nuestra y de todos en todo su conjunto y desarrollo, parece que nuestro gobierno ha experimentado una especie de regresión inconsciente a conceptos pretéritos.
No me estoy refiriendo a los únicos tiempos pasados que parece que existen en este país cuando se habla del pasado, no tiene nada que ver con caudillos bajitos autoproclamados ni con fascios grandilocuentes divididos en colores varios. Es algo muy anterior.
Nuestro gobierno se ha refugiado para huir de sí mismo, de sus actos, de las consecuencias de los mismos y de las críticas, las callejeras y populares sobre todo, en un concepto pretérito y arcaico que ya fue descrito y desenredado por gentes como Jovellanos o Larra.
Mariano Rajoy, el presidente del Gobierno español, tira de apuntes de sociedad romántica y modernista y se refugia en el concepto de gente de bien.
Y claro, como todo concepto desempolvado a toda prisa exige un ajuste -algo muy de moda en estos tiempos-, exige una remodelación, obliga a eso que parece no gustarle nada de nada al ínclito gallego que ocupa La Moncloa: una explicación.
Según parece, el concepto de gente de bien engloba a todos aquellos que no se manifiestan, que no protestan, que se mantienen en sus casas sin recordarle al Gobierno que no les gusta lo que está haciendo. La gente de bien es, según palabras del cada vez más inquieto presidente, "la gente que trabaja por España y permanece en sus casas sin salir a la calle".
Y, claro, como ocurre con todo concepto descontextualizado y sacado de ambiente, esa explicación nos arrastra a un sinfín de matizaciones. Matices que nuestro Gobierno, adscrito para los restos a lo macro de la economía, pretende ignorar.
En España hay casi seis millones de personas que no pueden ser gente de bien. No pueden trabajar por España ni por Bélgica ni por otro país, ni siquiera por ellos mismos por el simple motivo de que no tienen lugar, empresa ni empleo en los que hacerlo. Esos no pueden ser gente de bien.
En nuestro país hay un medio millón de pequeños empresarios que no pueden ser gentes de bien porque sus negocios han quebrado, porque no han podido soportar la presión de los impuestos, la bajada de los beneficios y la destrucción del consumo y han visto sus negocios diluirse por el sumidero de la crisis. Esos tampoco pueden trabajar por España ni por ellos mismos. Esos tampoco pueden ser gente de bien.
En estas tierras hay quinientas mil personas que no pueden quedarse en sus casas y ser gentes de bien por el simple y curioso motivo de que no tienen casa en la que quedarse. De que 150.000 desahucios en nueve meses les han dejado sin esa posibilidad, sin poderse guarecer en un techo para ganarse el título que la Presidencia del Gobierno otorga a los que permanecen en estos tiempos al abrigo de los muros de sus moradas. Ellos tampoco pueden ser gentes de bien.
 Así que se nos van acabando las posibilidades de ser gentes de bien, según lo ve el proceloso Mariano Rajoy en su empeño de que la crítica social no salpique su insostenible plan económico, que se basa mucho más en la fe y en el voluntarismo que en la realidad que necesita toda esa gente de bien.
A lo mejor tendríamos que revisar el concepto y saber de verdad quiénes son gentes de bien y qué es lo que se espera de ellos.
Porque, sustituidos los cascos por las gorras, las guardas y defensas por los brazos cruzados y los antidisturbios por los policías -va siendo hora de empezar a considerarlos dos cuerpos distintos-, sustituidos los agitadores de extrema izquierda y de extrema derecha, por auténticos manifestantes, los encapuchados infiltrados de la policía y de algún que otro partido españolista o abertzale por ciudadanos a cada descubierta, lo único que queda ahora en Neptuno, todo lo cerca del Congreso que el miedo gubernativo les deja llegar, es precisamente gente de bien
Porque la maestra desesperada por enfrentarse a un grupo de cincuenta alumnos, que llega a su casa destrozada y abrumada porque sabe que en esas condiciones resulta imposible enseñarles nada, es gente de bien.
Porque el parado que lleva ocho meses sin trabajo, que ve agotarse su paro y que descubre que no tendrá subsidio porque han descendido los presupuestos de cobertura ni empleo porque no hay ni una sola medida de reactivación económica, es gente de bien.
Porque la doctora que se niega a ver cómo pasan por su consulta inmigrantes enfermos sin curarlos porque no puede atenderles ni recetarles algo que no pueden pagar y el vecino que les deja su tarjeta sanitaria para ir al médico y el farmacéutico que sufre un descuido imperdonable y no cobra el euro por receta son gente de bien.
Porque el ferroviario que, aunque no le han tocado el puesto, protesta hasta quedarse afónico porque los recortes de Fomento dejan a media España rural sin comunicación por tren y aislada del resto del país, es gente de bien.
Porque la estudiante que, después de machacarse durante todo el verano, solamente -¡que poco inteligente!- ha conseguido sacar un siete en selectividad y teme que eso le deje sin acceso a las becas que precisa para estudiar una carrera -no para ser un premio nobel, para estudiar una carrera- porque sus padres no tienen dinero para pagársela y no quiere resignarse a ser una administrativa sin objetivos laborales concretos que no sean trabajar de nueve a cinco y ganar lo suficiente para pagarse sus caprichos, es gente de bien.
Porque el afiliado del PP, que se enfrenta a los antidisturbios y acoge en su bar a un cúmulo inagotable de perroflautas y agitadores, aunque piensan en política de forma contraria a la suya, solamente porque no soporta ver como las porras de aquellos que les persiguen hacen sangre de su protesta y pulpa de sus huesos, es gente de bien.
Porque el bombero, que está dispuesto a jugarse la vida cada día por la de los demás, pero que ve como su trabajo se convierte en un acto de inmolación a lo bonzo por falta de recursos y de inversión debido a los recortes, es gente de bien.
Porque la cuidadora del comedor de Educación Infantil, que dedica el domingo a hacer una paella y distribuirla en tarteras para que puedan comer por lo menos dos días cinco de sus alumnos, cuyos dos padres parados no pueden pagar ni el comedor para el que ya no tienen una beca, es gente de bien.
Porque el cura que, hastiado de la parálisis permanente de sus jerarquías obispales y cardenalicias, recorre las urbanizaciones de lujo, los supermercados y las tiendas cada día buscando la comida que se tira para dársela a aquellos que no la tienen, es gente de bien.
Y todos ellos están a la entrada de la Carrera de San Jerónimo.
Puede que el pasado día 25 de septiembre Don Mariano mirara hacia el Congreso de los Diputados desde Nueva York y pese a lo penetrante de su mirada, no pudiera verlos, ocultos por los gritos de los radicales de izquierda, los extremistas de derecha y los infiltrados policiales; puede que su capacidad de observación se viera diluida por la distancia y  por la presencia de 1.650 cascos en tres formaciones triangulares que le dificultaban enfocar la visión.
Pero el día 26 siguieron ahí, el día 28 también. Y los días venideros el Presidente del Gobierno ya no tendrá nada delante ni detrás que le impida la visión, que le dificulte enfocar sus lentes y sus políticas sobre esas personas, que están y van a seguir estando ahí, esperando a que lo haga.
Si ahora no los puede ve es simplemente porque no quiere verles.
Y entonces tendremos que cambiar el concepto de gente de bien, que se preocupa por su país, por sus conciudadanos y por su futuro de forma responsable y participativa, de Jovellanos y de Larra por otro. Y me temo que falta poco para que descubramos que lo que Rajoy pide, de hecho exige, es otra cosa. Es gente de orden. 
 Y eso sí que es propio de los tiempos pretéritos que, por desgracia, todos tenemos siempre en mente cuando se habla del pasado. Espero equivocarme y no tener que dar la razón a la pancarta .

sábado, septiembre 29, 2012

Cuando se nos exige re-volver de la derrota


Hay frases que tienen el decoro de servir como contracciones sucintas y resumidas de todo lo que algo significa. 
No son los lemas políticos ni los eslóganes propagandísticos, no son los versos poéticos ni las citas ajenas, escritas o dichas para una circunstancia y que se desafueran siendo usadas en un contexto distinto. Son frases, simplemente eso. Frases originales que resumen lo que ocurre o está ocurriendo en este presente continuo en el que vivimos y que nunca llega a conjugar el futuro, aunque sea uno simple e imperfecto.
"Le he dado una oportunidad a la revolución y no ha servido para nada". Es una frase simple, es una frase privada, dicha sin ánimo de trascender, por alguien que es bueno, en el sentido machadiano de la palabra bueno -y sé que es bueno por lo que sé. Y punto-.
 Es una frase que no sólo resume lo que está siendo y como nos sentimos. Sino que dice todo lo que somos.
El fiasco pseudo revolucionario de esa toma, ocupación, asedio, sitio o como se quiera llamar al Congreso de los Diputados que se escenificó el pasado 25 de septiembre ha dejado a muchos, quizás a demasiados, con un sentimiento que parece que nos aletarga, que simula una profunda decepción, que nos inunda cuerpo y mente -y alma, al menos para los que aún la conserven entera- de un sentimiento de desilusión, de frustración. Nos ha dejado en un estado demasiado parecido a la derrota.
Nos ha dejado justo donde deberíamos haber empezado.
Porque estamos derrotados. Hace mucho que lo estamos.
Y esta buena persona, además de plantearse cuantas oportunidades le dio la revolución a él y que desaprovechó antes de que él le concediera únicamente una y esta le defraudara, podría preguntarse si, en realidad, no tiene que ser así.
Toda revolución empieza cuando se está derrotado. Cuando no se puede llegar más allá de esa derrota. Cuando el concepto de resistencia -tan míticamente utilizado- ya no da para más y solo queda la lucha.
Porque no se puede hacer una revolución si no se parte del conocimiento de que estamos derrotados y de que es más que posible que sigamos estándolo pese a ella. Por eso son necesarias
Y no me levanten la voz antes de tiempo los adalides del buen orden público, la correcta evolución de las cosas y la calma social constante que no me refiero a los estallidos violentos -exitosos o no- así llamados a lo largo de la historia, sino al concepto puro y duro en su semántica de revolución, al que parte del latín, al que significa simplemente “re-volvere”.
Porque solamente se puede volver a la lucha cuando ya se ha perdido. O, en el mejor de los casos, cuando no se ha ganado.
Los occidentales atlánticos, cometas itinerantes hijos de la fugacidad y del aquí te pillo aquí te mato, desde en lo íntimo hasta en lo social, desde en el polvo sabatino de garito etílico, hasta el mensaje de falanges de pulgares reducido a las mínimas consonantes posibles, hemos contraído el concepto del tiempo. Y esa contracción nos ha obligado a cerrar los ojos a una realidad que debería asaltarnos desde las páginas de los libros de historia.
Nadie que ha comenzado una revolución ha salido victorioso en ella. Nadie que no estuviera derrotado previamente ha conseguido llevar adelante una revolución.
La Revolución Francesa que acabó con la servidumbre feudal y la monarquía había sido aplastada en año 1300 por las tropas del papado de Aviñón y la estupidez antijudía de Los Pastorcillos, que la protagonizaron, había sido derrotada en 1630 por el purpurado Richelieu y su guardia pese a contar con el concurso de los Mosqueteros de Francia, hastiados de guerras inútiles en las que morir, y luego épicamente transformados por Alejandro Dumas en defensores del rey, había sido demolida hasta los cimientos 30 años antes de 1789, con la mayoría de sus ideólogos arrojados al exilio.
La revolución Bolchevique había sido vencida por Catalina, la Grande, en 1795, por los generales que depusieron a su hijo, veinte años después y conducida a la derrota por los tres zares Alejandro y por el primer Nicolás, antes de que el segundo zar de ese nombre sucumbiera ante ella, después de derrotarla una primera vez una década antes, deportando tras su victoria a la mayor parte de sus defensores.
Y así con todas.
La revolución americana había sido derrotada por el padre del rey Jorge con sangre y fuego en la frontera de las colonias durante la guerra contra Francia por los territorios indios; la revolución sindical fue vencida en la Francia de Víctor Hugo tres veces antes de lograr sus primeros triunfos, en la Inglaterra de la máquina de vapor media docena de veces antes de que las Trade Unions se hicieran fuertes; la revolución mexicana fue aplastada por el emperador Maximiliano y sus dragones al tiempo que daban buena cuenta de El Álamo, mucho antes de que Zapata y Juarez lograran su objetivo.
La emancipación de los esclavos sufrió derrota tras derrota durante tres siglos en la Cuba de los cimarrones, en la Luisiana de los esclavos fugados y en la costa argelina de los mercaderes bereberes de carne humana, antes de que la Armada de Su Graciosa Majestad, la Reina Victoria de Inglaterra, liberara y arrasara hasta los cimientos la última fortaleza esclavista de Sierra Leona y de que otra majestad, de nombre Isabel, reina de España -no tan graciosa, por cierto-, fuera la última monarca europea en estampar su firma en un decreto de abolición de la esclavitud.
Incluso los tiempos contemporáneos, más acelerados, más proclives a esa velocidad temporal y vital que tanto nos gusta, nos hablan de lo mismo, nos muestran que las revoluciones solamente parten de la derrota.
Checoslovaquia logró su revolución silenciosa treinta años después de que los tanques soviéticos pasaran por encima de su juventud y de su intelectualidad en la Primavera de Praga, las revoluciones balcánicas fueron vencidas por el Mariscal Tito cada vez que se pusieron en pie y así hasta el hastío histórico en la ejemplificación.
Pero nosotros no. Nosotros, aquejados del rampante virus de la inmediatez que nos impone nuestro IPhone, nuestro Tablet pc portátil y nuestra constante conexión a un mundo que no existe porque seleccionamos de él solamente lo que queremos ver, creemos que cuando la revolución llega debe triunfar y que no sirve de nada si no nos sirve ya.
Queremos ignorar que la revolución -en cualquier ámbito, sea político, cultural, científico o social- es una lucha por el futuro, no por el presente
Por eso tenemos que estar derrotados para luchar. Porque sin un presente de derrota no puede haber un futuro de lucha por la victoria.
Nuestro fracaso no es nuestra derrota presente. Nuestro fracaso será nuestra rendición futura. Porque no luchamos por nosotros. Luchamos por los que han de venir.
Y si no partimos de esa base, no es que estemos siendo derrotados de antemano. Es que, simplemente, ni siquiera estamos haciendo una revolución.
Puede que tengamos suerte y ahora, que los tiempos corren más deprisa, podamos ver algo o incluso mucho de los logros de esa revolución que emprendamos. Pero ese no es el objetivo. No puede serlo. Ya no.
Nosotros partimos de la derrota. Ya estamos derrotados. Centurias completas de elusiones sociales nos han vencido, años enteros de excusas y egoismos personales nos han conducido a la derrota.
Aunque vaya en contra nuestros atavismos de egoísmo egocéntrico, forjados en generaciones de individualismo mal entendido, de personalismo a ultranza, de intimidad mal referenciada, tenemos que partir de la base de que, aunque puede que veamos la victoria, ese no es nuestro principal objetivo.
De que somos una mezcla entre la Guardia Colonial Británica y la Nación Oglada. De que morimos pero no nos rendimos y de que peleamos para poder seguir luchando al día siguiente.
Nuestro objetivo no es para nosotros, aunque nos parezca inasumible. Eso se puede perseguir y desear, pero es secundario. El objetivo primario es dar a los que vengan la oportunidad de seguir "re volviendo" a la lucha. Hasta ganarla.
Y aquellos a los que la épica del discurso de estas endemoniadas líneas les coloque los vellos como escarpias y les dibuje visiones de barricadas, de palacios ardiendo y de sangre a raudales que cierren un momento los ojos y piensen en Galileo, Copérnico, El Capitán Scott, San Gregorio Magno, Fernando de Magallanes, Stephen Bantú Biko, Simone de Beauvoir, Yongle, John Napier, Wólfram Amadeus Mozart... Y luego que los abran y se pregunten si ellos no hicieron lo mismo en sus luchas y objetivos. Aunque la historia no las haya bautizado como revoluciones.
Que no nos valga a nosotros, que no disfrutemos de la victoria, no es sinónimo de que no le valga a nadie para nada. Aunque ese alguien aún no pueda luchar. Aunque ese alguien aún no haya nacido y nunca lleve ni un solo gen de nuestra sangre.
Claro que estamos derrotados ¿qué sentido tendría sino seguir luchando?

jueves, septiembre 27, 2012

25S Dos docenas de errores más uno (II)

Antes de que empiecen a proliferar por la parte baja de estas endemoniadas líneas las acusaciones de fascista, totalitario, facha o cualquier otra cosa que se les ocurra a los que han sido objeto de mi análisis en la primera parte de este post. Voy con la segunda.
La docena de errores que ha aquejado a los organizadores de esta convocatoria del 25 de septiembre tiene un reflejo, idéntico, completamente simétrico y paralelo, en aquellos que eran el supuesto objetivo de esas protestas, en ese gobierno nuestro que es el referente de una sociedad que cada vez cree menos en él porque cada vez cree menos en lo que está haciendo.
Sus errores son los mismos, aunque parezcan algo radicalmente diferente..
1.- El Gobierno ha tirado de la misma manipulación, fingiendo desconocer un hecho que todos conocían. 
Ha intentado amalgamar a los convocantes de este acto con los manifestantes de citas anteriores pese a que ninguno de los sindicatos nacionales o sectoriales, ninguna de las plataformas ciudadanas o de los colectivos sociales de la manifestación de hace diez días figuraba entre ellos.
Desde las declaraciones del titular de Interior afirmando "que son los mismos que se manifiestan todas las veces". Hasta las de la Delegada del Gobierno en Madrid -que cada vez que abre la boca hace subir el pan- afirmando que “intentan lo mismo que intentó el 15-M y no se les va a consentir", han buscado hacer ver a todos que era un peldaño más cuando en realidad sabían que esta convocatoria estaba intentando subir otra escalera diferente.
Han ocultado la presencia y el apoyo de la extrema derecha radical para centrarse en lo que ellos han llamado "restos trasnochados de la izquierda" algo  en lo que, desde luego, no pueden integrarse a grupos como el partido de Ynestrillas y otras organizaciones de ese corte político, que se han mostrado entusiasmadas con la iniciativa.
2.- Ellos también han confundido la realidad con la ficción. 
Han centrado su atención en Internet, en los mundos virtuales intentando criminalizar su uso como herramienta de oposición al Gobierno. Han olvidado que convocar algo de forma virtual no lo convierte en real. Que los delitos solamente existen en el mundo real. Han tirado de su nueva ley de Interior en un intento de convertir la sociedad española en el mundo de Minority Report, en el que se detiene a la gente por un delito que aún no ha cometido solamente porque en Internet se dice que lo puede hacer.
 Han llegado a decir que es ilegal manifestarse ante el Congreso, confundiendo la realidad de la legislación española con la ficción de la ley que a ellos les gustaría que existiera y que ya cuenta con varias advertencias previas de magistrados del Tribunal Constitucional.
3.- El Gobierno ha echado mano del mismo desconocimiento del concepto de desobediencia civil. 
Primero, lanzando de nuevo a la egregia Delegada del Gobierno en Madrid a la tarea, afirmando algo tan absurdo como que llamar a la desobediencia civil y practicar la desobediencia civil es un delito.
Algo que sabían falso y que solamente buscaba el miedo al castigo, el miedo a la represalia legal. Porque la desobediencia civil solamente puede castigarse legalmente -en los pocos casos en los que es castigable- cuando ya se ha producido y nunca es considerada por nuestro ordenamiento jurídico como un delito. Solamente como una falta. Si alguien no paga los impuestos, Hacienda se los reclama, si alguien da su tarjeta sanitaria a un inmigrante, Sanidad se la retira o le multa y así sucesivamente. Si alguien propone que se haga todo eso, el Gobierno, le guste o no, se tiene que aguantar. A menos que cambie la ley para adecuar la libertad de expresión y de reunión a sus necesidades. 
4.- Los tiempos tampoco han sido el fuerte del Gobierno en esto de su supuesta reacción a la supuesta desobediencia civil. 
Si quieren realizar respuesta punitiva a la desobediencia civil tendrán que hacerla de uno en uno en los tribunales o los procesos administrativos competentes, tendrán que gastar lo ingastable en esos procesos. Tiene que ser una respuesta que se extiende en el tiempo, no algo concentrado y prohibido de antemano para que no pueda producirse. 
Aclimatan el concepto de tiempo a sus necesidades. Afirman que no es tiempo de protestar cuando cualquier sociólogo, analista social o Gobierno sabe que las crisis son el tiempo de protestar y lo han sido siempre. Confunden las necesidades temporales sociales y del Estado con los requerimientos de su calendario como Gobierno. 
Equiparan dos líneas temporales que nada tienen que ver y de cuya mezcla ha derivado gran parte del problema que aqueja a la sociedad Occidental Atlántica. Los tiempos de los gobiernos y los mercados, con los tiempos de las sociedades y las personas.
5.- Y por supuesto, el Gobierno también ha tirado de una semántica falsa, aunque en su caso ni siquiera el desconocimiento es excusa.
 Ha utilizado la palabra anti constitucionalista -término en el que misteriosamente el Partido Popular suele incluir a todos los que se le oponen- para definir a los convocantes ¿cómo puede ser anti constitucionalista alguien que reclama la redacción de una nueva constitución?, ¿cómo alguien que exige un nuevo proyecto constituyente puede estar contra el Estado Constitucional?
Y el Gobierno lo sabe, pero prefiere fingir que lo quieren esos individuos lo que quieren es un estado totalitario, que afirmar que no están legitimados para exigir ese nuevo proceso constituyente. Porque así elimina la posibilidad de que alguien pueda decir: "pues pregúntanos a nosotros, la sociedad, el conjunto de la población que sí está legitimado para exigirlo, si lo queremos".
Y luego tira de aquello de antidemocráticos -otro lugar común- como otra forma de desacreditarles. Y de nuevo sabe que no es así. 
Es posible que  su inconsciencia y falta de reflexión hayan permitido que se les filtren elementos de ese calibre. Y hasta se puede explicar que esa forma de ocupación no es precisamente lo más democrático que se puede ocurrir. Pero ellos saben que los convocantes -equivocados o no- están en contra del actual modelo de democracia representativa basada en la ley Dont y tendente al bipartidismo efectivo. No son contrarios al parlamentarismo ni a la democracia. Y decir lo contrario bordea la delgada línea que separa el error semántico de la pura y simple mentira manipulativa.
6.- La falta de objetivo o la modificación de ellos de las acciones gubernamentales en este asunto también ha bordeado lo ridículo. 
Se empieza diciendo que lo que se critica de estas protestas es la mala imagen que dan de España -sin entrar en el fondo-, luego la forma de convocatoria porque no están autorizadas -sin entrar de nuevo en el fondo- y luego que son antidemocráticas y anticonstitucionales -sin seguir entrando en el fondo-. El Gobierno siente visceralmente que debe desacreditar esa protesta pero no tiene muy claro porque y va utilizando argumentos que se contradicen ¿si era antidemocrática porque dos días antes solamente era una cuestión de imagen? ¿Si el problema es que se convocan por Internet sin autorización porque de repente se convierten en anticonstitucionales cuando la Constitución no afirma que esa forma de convocatoria sea ilegal?
Su oposición frontal a esta iniciativa muta tanto en sus objetivos que se vuelve difícil de sustentar, simplemente porque quieren ocultar el objetivo básico de su oposición que está en el fondo de la convocatoria.
Ni querían un referéndum sobre el rescate, cuando esa era la supuesta reivindicación, ni quieren sentarse a revisar qué es lo que falla en el proceso constituyente de nuestro Estado para cambiarlo. Quieren que las cosas sigan como están.
7.-Y claro eso deriva, como en el caso de sus antagonistas, en el error de no cuestionar para nada su propio nivel de legitimidad. 
Se atrincheran en su legitimidad primaria electoral -que es innegable- sin cuestionarse la secundaría del incumplimiento de sus promesas electorales -que también es un rango por el que se pierde la legitimidad por mucho que te hayan votado-. ¿les votaron para solicitar un rescate bancario? ¿Quieren sus electores -ya no digo los que no los votaron, digo sus electores- que el dinero ahorrado por los recortes se destine a ese fin? ¿Quieren aquellos que les votaron bajo la premisa de que tocarían las pensiones que ahora originen, pese a todos los artificios, un descenso de cuatro puntos como mínimo en el poder adquisitivo de los pensionistas?, ¿es legítimo solicitar un rescate sin el consenso de la población?
Pueden hacerlo como lo hicieron Islandia e Irlanda con un referéndum, incluso como quiso hacerlo Grecia al adelantar dos años las elecciones para realizar unos comicios en los que el rescate fuera el asunto central. Incluso pueden hacerlo debatiéndolo en el Congreso y comprometiéndose al consenso. Pero olvidan que la legitimidad del voto no es un folio en blanco para hacer lo que quieras hacer si eso no se ha explicitado en las propuestas electorales. 
Anclados en la legitimidad pretérita pretenden olvidar la necesidad de legitimidad actual.
8.- Y desde luego a ellos también les cubre el lodo de todo lo anterior cuando quieren hacer ver que sus normas, sus leyes o sus acciones son inevitables y que si se aprueban por su mayoría absoluta tienen el refrendo de toda la sociedad.
¿Es necesario convertir en delictivas las convocatorias de reuniones por Internet para solucionar los problemas actuales de España?, ¿endurecer las condiciones para conceder permisos de manifestación arregla el fiasco económico en el que nos movemos?, ¿otorgar más poderes a las delegaciones del Gobierno o aumentar las atribuciones y coberturas legales de las UIPs crea más empleo, genera reinversión o contribuye a la mejora de las condiciones sociales del millón de familias que ahora atiende la beneficencia? 
Olvidan que legislar contra la protesta sería innecesario si no hubiera motivo por el que protestar, olvidan que abrir canales de comunicación con los descontentos es la mejor forma de que esa protesta se canalice de forma productiva, no intentar evitarla.
Confunden las legislaciones que son necesarias para ellos, como gobierno, con las que son prioritarias para el país. Más bien juegan a que los demás las confundamos.
9.-Y claro, en un clásico, el uso de los medios de comunicación también les falla hasta el estrépito en algo que ya está empezando a ser un clásico. Ellos no tiran de Internet porque hasta hoy -salvo quizás Barack Obama- ningún gobernante ha sabido utilizar esas redes como forma de comunicación.
Ellos tiran de una comunicación falsa en la que el Presidente el Gobierno pretende ganar apoyo social, como los convocantes ansiaban ganar relevancia, afirmando que la mayoría de los ciudadanos no se manifiestan. Intentando tomar de rehenes de su apoyo a los que no apoyan esta acción en concreto. Ignorando el hecho de que la mayoría de la población no se manifiesta públicamente en ningún país del mundo. Ignorando el hecho de que el CIS -órgano gubernamental, no lo olvidemos- le da la valoración más baja como presidente que ha tenido ninguno -incluido Leopoldo Calvo Sotelo- ignorando el hecho de que las encuestas del INE -también gubernamentales- afirman que un 60 por ciento de la población está en contra de los recortes en general y un 78 por ciento de alguno de ellos en particular. Establece una política de comunicación maniquea del nosotros o ellos en la que parece que solamente si se manifiestan los cincuenta millones de españoles a la vez en el mismo sitio y por idéntico motivo eso reflejan el descontento masivo.
10.- Lo que le arroja en el espejo de lo que también deseaban sus contrarios -que no sus opuestos- El enfrentamiento. 
El Gobierno arroja la percepción de que esto es una guerra, de que la entiende así y de que reacciona así porque solamente sabe moverse en se escenario.
Recurre a técnicas policiales que solamente han sido utilizadas en los últimos veinte años en regímenes en permanente guerra con su sociedad o en aras de la famosa "guerra contra el terrorismo". Retenciones preventivas, prohibidas expresamente por la Ley de Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado salvo en el caso de delitos -no faltas- anteriores de aquellos que consideran que van a participar en los ya imaginados disturbios; identificaciones aleatorias, prohibidas en idéntica legislación, de ciudadanos que viajan en autobuses en controles que no se justifican por ningún delito previo -como un atentado o un robo a mano armada- con el único objetivo de crear una lista de participantes en la movilización; creación de un cordón policial en tres frentes idéntico -y si no lo creen que lo comprueben- al que estableció el Gobierno de Nixon en las manifestaciones contra la Guerra de Vietnam cuyo único objetivo táctico era asegurar la represión posterior convirtiendo el lugar de la concentración en una ratonera en lugar de minimizar los riesgos de un estallido violento; introducción de infiltrados policiales para desatar los disturbios como si el objetivo fuera que hubiese disturbios para luego poder desacreditar a los manifestantes.
Y como sé que eso habrá muchos que no lo crean.
 De repente, lo único que importa es la victoria militar -entendido militar como operativo táctico, no nos encendamos- sobre los manifestantes, no la disquisición sobres sus motivos.
11 Y eso refuerza la falta de referente de la postura del Gobierno, de su supuesta legítima defensa. 
Porque el referente de todo esto, el Congreso de los Diputados, desaparece del escenario. 
En lugar de llenar de contenido el pleno de ese día. En lugar de debatir leyes de importancia, de trascendencia, que aborden los problemas del país para demostrar que su defensa del actual sistema parlamentario tiene un referente fuerte, se permite que se transforme en un habitad fantasmal con apenas una cincuentena de diputados en el hemiciclo y con los demás dispersos por el edificio en número calculando del mínimo necesario para aprobar las leyes irrelevantes que se han llevado a votación.
Dejan su postura sin referente porque no convocan a 1.650 policías antidisturbios a proteger la actividad el Congreso, les movilizan para defender los traseros de un centenar de diputados que están haciendo lo que les acusan de hacer: nada provechoso -aunque a lo mejor equivocado- para el país.
12. Y para terminar el mismo error de inconsciencia
Repetir la misma acción, la misma forma de afrontar la protesta y la crispación social, la misma forma de reaccionar ante el desacuerdo. Como si esta vez fuera a funcionar. Como si no hubiera fracasado ya múltiples veces en el intento de acallar el disgusto social y las ganas de cambio.

Esta docena de errores han dejado la supuesta defensa del Estado de Derecho en otro brindis al sol que ha sido más pernicioso para la solución de las cosas en nuestro país que beneficiosa y además ha dejado un tanto descolocados a miles de los millones de personas que apoyaron a este Gobierno, creyendo que podía servir para lograr los cambios que demandan cuando sus líderes e integrantes ya sabían que no iba a ser así. Y lo ocultaron.
Y aún nos queda un error. El que, unido a las dos docenas anteriores, suma el número 25 que completa este día de septiembre. 
El error que es solamente nuestro.

25S Dos docenas de errores más uno (I)

Han pasado apenas dos días desde el 25 de septiembre, una de esas fechas que se pretende apocopar en el rito ya secular de esta centuria de crear acrónimos de un dia para dar a esa fecha relevancia, en un intento de darlas importancia. Quizás una importancia que no se han ganado.
Sea como sea, como todo va a velocidades siderales en esta civilización occidental atlántica, parece que ya estamos lo suficientemente alejados de ella en el tiempo, que no en el espacio, como para analizarla, como para desmembrarla, como para reducirla a sus elementos esenciales
Mi abuela solía decir que las cosas suelen tener seis de una cosa y media docena de la otra, pero en este caso bien podría decirse que los elementos esenciales de esta fecha fallida y fallada están compuestos por la misma docena escenifiacada de un forma diferente en cada autor de este drama.
Es curioso que dos conceptos que en principio parecen tan distintos y distantes puedan cometer al únisono, en la misma ocasión y por identico motivo la misma docena de errores.
Yo, que soy más de reconocer antes los errores más cercanos y en parte propios que los de los demás porque me resulta más sencillo solucionarlos, antes de enmendar la plana al prójimo, enpezaré por los de los convocantes

1.Los convocantes se dedicaron a manipular desde que hicieron pública su convocatoria. Fingieron, para sumar adeptos, que eran quienes no eran, que compartían convocatoria con quién no la compartían. La plataforma ocultó el hecho de que estaba  apoyada -y se negó a rechazar- por los elementos más extremos de ambos lados del arco ideológico, que recibía el apoyo explícito de organizaciones de extrema derecha que llevan años -muchos más que los de la crisis- cantando las excelencias del totalitarismo fascista, que estaba tirando de organizaciones del radicalismo extremo de la izquierda, que desde hace lustros pretenden cantar las alabanzas de la violencia como forma de eliminación del Estado.
2.La Plataforma de la convocatoria confundió los mundos y las realidades. 
Confundió Internet con el mundo real en ese absurdo remedo moderno de magia medieval que lleva a pensar a las nuevas generaciones que pueden traspasar el umbral entre los mundos virtual y real con sólo un clic de ratón. Dio la convocatoria por un éxito basándose en los dedos alzados de sus redes sociales sin preocuparse en ningún momento del grado de compromiso de esos me gusta y de quien estaba de tras de ellos.
3.Llamaban a la desobediencia civil -un recurso tan válido de protesta como otro- pero olvidaron que la desobediencia civil es el más complicado de los recursos de protesta porque es el que más riesgo personal implica.
La desobediencia civil no puede convocarse, se basa en el ejemplo y la difusión, es un método lento que consigue lo que consigue por desgaste, no por explosión como se pretendía con esta manifestación.
La desobediencia civil no es una manifestación no autorizada convocada por las redes sociales. No es posible en el mundo virtual, solamente es posible en el mundo real. 
Se trata de que un individuo se sienta en la plaza del parlamento Islandés con un cartel de protesta. No se lo dice a nadie, no busca en las redes, pero diez días después media población de Reikiavik se sienta junto a él negándose a abandonar el sitio hasta que el parlamento islandés haga lo mismo que ese individuo le pedía. Y ese tipo se ha arriesgado, ha desobedecido y sigue desobedeciendo las órdenes de las fuerzas del orden. Eso solamente pasa si alguien se arriesga, no si se convoca por Internet para que no haya riesgo personal y se transforme la multitud en un elemento de cobertura y seguridad.
4.Y, por supuesto, se confunden en los tiempos.
 Olvidan que la desobediencia civil parte de -y son ejemplos- la negativa a pagar impuestos, la negativa a secundar medidas que se consideran injustas, el rechazo pese a las consecuencias personales a la participación en acciones gubernamentales que se estiman como ilegales, inconstitucionales o injustas. Se fundamenta en un goteo. La manifestación multitudinaria es la expresión final de esa desobediencia, no su estallido inicial. Confunden los largos tiempos del cambio con los explosivos y reducidos tiempos de la revolución
5.La semántica les ha desbordado, les ha delatado. 
Puede que nadie se preocupe ya de esas cosas pero el inconsciente colectivo sigue estando ahí y sigue actuando sin nuestro control. Copiar los lemas es un vicio clásico de este país nuestro. Y en este caso se ha hecho sin pensar. Occupy Wall Street no es ni puede ser lo mismo que Ocupemos el Congreso.
Primero porque el verbo ocupar no tiene las mismas concomitancias en Estados Unidos, un país que nunca ha experimentado una ocupación armada, y segundo porque Wall Street es una calle, no un edificio donde reside por delegación una parte de la soberanía nacional. A nadie se le hubiera ocurrido ejercer una acción llamada Occupy de Congress.
Nosotros, la sociedad, no tenemos que ocupar El Congreso, el Congreso es nuestro. Si algo tenemos que hacer es hacerlo funcionar, impelerle a que trabaje en lo que nos interesa como ciudadanos. Tejero ocupó el Congreso para imponer un cambio porque no le gustaba como se hacían las cosas ¿eso es lo que queremos hacer nosotros?
Y la propiedad del congreso nos da derecho a arrojar de él a los inquilinos, incluso a todos los inquilinos, pero no en cualquier momento ni de cualquier manera.
6.La falta o el cambio de objetivo de la acción ha sido otro de los elementos que han contribuido a hacer de ella un bote de gas lacrimógeno tan urticante y baldío como el que usaran antaño los elementos policiales antidisturbios. 
Porque se pedía lo imposible, lo impracticable. De nuevo el ejemplo Islandés. ¿Qué solicitaban los allí congregados? Un referéndum sobre el rescate bancario. Un acto democrático perfectamente asumible, si había voluntad, por su gobierno.
Esa era la reclamación originaria de este acto pero de repente se transformó en la solicitud -con octavillas hechas a toda prisa- del inicio de un proceso constituyente. Un objetivo que no se puede aceptar si no es producto de una voluntad general de la población. No se pedía siquiera un referéndum para iniciar ese proceso. Se exigía el inicio inmediato sin que la sociedad española se hubiera manifestado en ese sentido en ocasión alguna.
7.Por supuesto, el error anterior deriva en este. Nadie se paró a pensar si tenía legitimidad para exigir ese proceso de esa forma. 
Por descontado, no la tenían. Por más que manipularan a multitud de personas para que les apoyara en las calles, aunque hubieran logrado su objetivo, no tenían legitimidad para abrir ese proceso ¿que habrían hecho? ¿Subirse al atril del hemiciclo y proclamar la apertura de un proceso de sesiones constituyente? ¿Quién se habría sentado en los escaños para aprobar la nueva constitución? ¿Quién habría propuesto las nuevas leyes? 
Hasta hace tres siglos, los miembros de La Convención, esperaron a la convocatoria de Los Estados Generales para hacer surgir, emanada de ellos, la Asamblea Constituyente francesa y tener así la legitimidad para cambiar las cosas. Si se quiere actuar en política -aunque sea callejera o constituyente- hay que saber hacerlo.
8.-Y del polvo del error anterior nos llega el lodo del siguiente. Imaginemos que lo consiguen, imaginemos que de repente, se ven en el hemiciclo con la posibilidad de aprobar leyes en un proceso constituyente.
¿Qué normas aprobarían? ¿Dónde está la materia prima para la nueva constitución, para la nueva legislación? ¿Iban a empezar por proclamar la república, por forzar la abdicación del rey, por bajarles el sueldo a los políticos, por desamortizar los bienes eclesiásticos como Mendizábal? ¿Esas son las normas en las que se apoya un Estado?
No tenían nada que llevarse a la boca de su reclamado proceso constituyente, no tenían una sola ley o propuesta de ley que votar y aun así iniciaron una acción que solicitaba una conclusión a la que no podían llegar. Desoyeron a todos los que les dijeron que ese material lleva tiempo prepararlo, que un proyecto de Estado no se construye en cuatro meses. Se apartaron de ellos en un arrebato de inútil impaciencia.
9.Si de verdad quieren utilizar las redes sociales -si son incapaces de vivir sin twittear en su estado su indignación- tiene que tirar de inteligencia, no de relevancia.
La presencia y la relevancia tienen que existir en la calle, no en las redes. Una convocatoria en privado, una convocatoria sin ruido hubiera sido mucho más efectiva, desde el punto de vista estratégico -sin entrar en el fondo del asunto-. Pero buscaban otra cosa.
Buscaban preparar no a sus aliados, sino a sus enemigos. Buscaban el enfrentamiento a cualquier precio, buscan que el Gobierno reaccione de la forma absurda en la que lo ha hecho e hinche la calle de policías, buscaban una carga policial. La necesitaban. Siempre la necesitan.
Y cuando esta se produce, todos sus objetivos se diluyen.
Dejan en la estacada a los miles de personas a los que han llevado hasta esa ubicación, abandonan a su suerte a los que han creído que de verdad estaban decididos a cambiar las cosas, y se dedican a colgar los videos de la carga policial en Internet para seguir con su falsa revolución virtual. Lo único que quieren es otra batalla, otro argumento contra la policía. Lo demás es meramente una excusa para forzar el enfrentamiento.
10.Esa búsqueda del enfrentamiento a cualquier precio como símbolo de su heroica resistencia al sistema les hace de nuevo equivocarse.
El adversario -el contrincante, en todo caso- es el Gobierno, son sus normas, son sus recortes, son su política económica.
Pero para ellos solamente existe un enemigo. Las UIP. Los antidisturbios. De repente, es como si el único problema de este país radicara en las cargas policiales, en la existencia de los antidisturbios. Como si no hubieran convocado a la gente a salir a la calle contra la política social y económica del Gobierno, sino contra lo único que a ellos les parece el enemigo: la policía. Una metonimia que tiene sentido en otro tipo de regímenes, pero no en el actual en España.
 11.Y luego está la falta de referente. 
Llegan miles de personas a un emplazamiento y nadie dice nada, nadie explica porque están ahí, nadie se vuelve a ellas y les habla del referente de su protesta. Nadie las da voz o al menos habla en su nombre. Como no se ha puesto interés en quien acude, como no se sabe quién compone esa amalgama es mucho mejor no decir nada. No vaya a ser que se den cuenta de que están en el sitio equivocado porque su reclamación de un cambio no coincide con la de los convocantes y se vayan. Su desprecio por la palabra, su incapacidad para definir y definirse transforma una manifestación en una turba sin referente y sin objetivo.
 12.Y el error que completa la docena es el más sencillo de todos. 
La inconsciencia. El arte de repetir las cosas una y otra vez en espera de que tengan un resultado diferente. Su objetivo ya fracasó el día 25 de septiembre. El día 26 está de más. Ya ni siquiera se exige un proceso constituyente. Solamente se protesta contra las cargas policiales. Todo un síntoma.
Esta docena de errores han dejado la convocatoria en un brindis al sol que ha sido más perjudicial para el cambio y el arreglo de las cosas en nuestro país que beneficiosa y además ha dejado un tanto descolocados a miles de personas que asistieron a esta supuesta acción de desobediencia civil, creyendo que podía servir para lograr los cambios que demandan cuando sus convocantes ya sabían que no iba a ser así. O deberían haberlo sabido.
Pero no nos confundamos. Hay otra docena de flagrantes errores de la otra parte, del Gobierno, que son igual de absurdos y de peligrosos que los que he relatado. De hecho son los mismos errores.
Aquí no parece que nadie haya acertado.

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