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jueves, julio 23, 2015

Y las cifras del paro buscaron un sufragio engañado

Mariano Rajoy, ese individuo que los españoles colocamos en Moncloa con la promesa de hacer descender el paro, sigue empeñado en demostrarnos antes de las próximas elecciones que cumplirá su promesa.
Y nosotros, como somos niños pequeños sin criterio ni consciencia, daremos palmas con las orejas, elevaremos al cielo nuestros agradecidos rezos y correremos a votarle de nuevo en cuanto la cifra de parados descienda solamente en uno por debajo de donde se la encontró al acceder al gobierno. Que así de idiotas piensa que somos la estrategia electoral del Partido Popular.
Pero a lo que vamos.
Hoy nos desayunamos con la creación de empleo y el descenso de la tasa de paro en el último trimestre. Se han creado 411.000 puestos de trabajo y la tasa ha descendido al 22,3%. Gran noticia. Parece que Don Mariano se ha puesto a ello.
Pero no. Como todo en las cifras que aporta el PP desde que gobierna, tiene trampa. Es fundamentalmente maquillaje y oculta una situación mucho peor que la anterior.
Porque uno de cada cuatro contratos que se han registrado como nuevos empleos dura una semana o menos. Porque cada contrato se contabiliza como un nuevo puesto de trabajo pero es falso porque, dada su escasa duración -casi la mitad no superan el mes-  en realidad son los mismos puestos de trabajo que se han firmado una y otra vez en contratos efímeros a las mismas personas.
Conclusión, gran parte de esos nuevos empleos no existen como tales porque en realidad son un mismo puesto de trabajo contratado una y otra vez a la misma persona en una cadena sin fin de precariedad laboral.
Así que, aunque parezca otra cosa, no es una buena noticia no es la salida de la crisis. Es simplemente la confirmación de que da vez hay más gente que se ve forzada a aceptar condiciones de trabajo de semi servidumbre, con contratos de días o de horas, porque les niegan o retiran las prestaciones de desempleo.
Y el que crea que estas cifras hacen que el PP merezca seguir en el gobierno que pruebe a vivir con 600 euros al mes y contratos de horas durante el próximo trimestre y luego deposite su voto.

lunes, diciembre 15, 2014

Mil preguntas y una respuesta para 426 euros

Va a sonar un poco a eso de la parda flora argentina -que si se la meten grita y se la sacan llora- pero el pacto social que acaba de escenificar ese gobierno que pusimos en Moncloa con nuestros sufragios me resulta más que contraproducente.
La medida más visible será que cerca de medio millón de parados de larga duración recibirán durante medio año 426 euros de ayuda. Nadie va a decir que eso no sea necesario, pero las cifras dan que pensar, los porcentajes dan que pensar.
En España hay casi tres millones y medio de parados de larga duración ¿Por qué se establece una ayuda que solo cubre a 400.000?, ¿por qué, habiendo un millón de familias con todos sus miembros en paro se establecen unos principios de acceso a la ayuda que imposibilitan a muchas de ellas acceder a esos paupérrimos 426 euros?
El plan precisará como mínimo 1.200 millones de euros sin tener en cuenta los gastos de reinserción laboral -cursos y demás- que lo colocarán casi en dos mil millones ¿de dónde salen ahora esos miles de millones de euros que no existían cuando hace dos años se decidió borrar de las prestaciones del INEM a miles de parados?, si han existido siempre ¿por qué se espera a este momento para sacarlos de la chistera y utilizarlos con este fin?
Ni en la edad de jubilación, ni en las pensiones, ni en la reforma de los tipos de contratación, ni en los despidos. En nada de todo eso ha cedido el gobierno de Mariano Rajoy a la presión sindical ha lo largo de todo su desmontaje del mercado laboral español, ¿por qué ahora pasa de su primera oferta de ayuda para 40.000 parados a multiplicarla por diez solamente con un para de reuniones con los sindicatos?
Puede que la primera y más obvia respuesta se resuma en una sola palabra: elecciones, maquillaje electoral o como se quiera llamar. Pero a mi, que me gusta darle vueltas a las cosas -demasiado, según algunas- se me antoja otra respuesta.
El Gobierno ya tiene el mercado laboral donde lo quería. Ya tiene cinco millones de personas dispuestas a trabajar casi en cualquier condición, ya tiene a los que trabajan dispuestos a soportar reducciones de sueldo y pérdida de derechos laborales con tal de conservar sus puestos de trabajo, ya tiene un sistema en el que la precariedad laboral desequilibra las reglas del juego a favor del empresario hasta límites no recordados desde los cuentos de Charles Dickens. 
Ya ha hecho el trabajo para el que accedió al poder, aupado por quienes querían que eso ocurriese.
Así que ahora no está demás recurrir a la limosna, desprenderse de algunas migajas para demostrarles a los siervos de la gleba del nuevo feudalismo empresarial que sus señores de horca y cuchillo pueden ser amos magnánimos y caritativos.
Eso sí, aprovechando que cada vez están más cerca las elecciones.
No sé, a lo mejor exagero.

viernes, diciembre 27, 2013

La "justicia y necesidad" de la glaciación salarial.

El año 2014 vamos a vivir congelados. No es que la glaciación se haya adelantado 98.000 años, no es que el cambio climática predicado por Al Gore nos haya bajado los termómetros hasta el cero absoluto, ni siquiera es que nuestra intolerancia occidental atlántica para el sufrimiento y la frustración nos haya llevado a la decisión de criogenizarnos hasta que pase este invierno eterno que los gurús de la economía nos auguran.
Es simplemente que nuestro gobierno, ese que se supone que tiene que hacer algo por nosotros, nos ha congelado el salario mínimo.
Y no es que nos lo haya congelado en los 1.700 euros de Luxemburgo o en los 1.400 euros mensuales de Francia. Nos lo han mandado al congelador en unos pírricos 640 euros que suponen un 60% menos del salario mínimo recién aprobado en la siempre citada Alemania. Eso que ellos estaban en contra del mismo concepto de salario mínimo.
Como estamos en esas fechas tan señaladas, que diría el Rey de Bostwana -¡Uy perdón!, de España, en qué estaría yo pensando-, vamos a hacer un ejercicio de buena voluntad y vamos a suponer que esa congelación del salario mínimo para el año que viene tiene una intención positiva.
Vamos a suponer que es justa y necesaria. Que, como diría el rezo, "es nuestro deber y salvación".
Pero el ejercicio de ciencia ficción navideña nos dura poco.
Porque si fuera justa no se congelaría el salario mínimo en 640 euros mientras se considera que lo mínimo que necesita en dietas para mantenerse un diputado son 1.823 euros. Así como suena.
Un individuo -o individua, seamos paritarios y pateemos el diccionario en los lomos- que cobra un sueldo de 3.126 euros brutos al mes necesita además 1.823 euros adicionales al mes para alojarse y comer. Como si su sueldo no se lo pagaran, como a todo el mundo, para que pague su casa y su comida.
Los españoles deben pagar su alojamiento y su comida con 640 euros mientras que el Estado paga 1.823 a alguien a quien ya le paga un sueldo para que se pague el alojamiento y la comida.
Pues muy justo no parece. Pero hay más.
Se congelan los sueldos de los funcionarios mientras se eleva el techo de remuneraciones de los cargos políticos municipales en la nueva Ley de Régimen Local -o como sea que la terminen bautizando-; se aumentan las retribuciones de los cargos de confianza mientras se externalizan servicios básicos como la gestión de las llamadas de urgencias, la lavandería hospitalaria o las donaciones de sangre con el único objetivo de poder reducir a la mitad los sueldos de los que trabajan en esos servicios.
Pero sobre todo esa congelación salarial no es justa porque está sola, es una isla de hielo en mitad de un proceloso mar de aguas ardientes que nadie se esfuerza por congelar.
Porque si realmente fuera justa no estaría sola. Se congelarían los precios de las tarifas eléctricas, pero se suben un 11% -que luego serán un 5% o un 6%, para que les demos las gracias-; se congelarían las tasas universitarias, pero se incrementan hasta un 75%; se congelarían los impuestos, pero se sube el IVA de forma estratosférica; se congelarían los precios, pero todo el mundo da palmas con las orejas y respira aliviado porque la inflación sube.
Y sobre todo porque, como siempre desde que la corte genovesa fue puesta por nuestros sufragios en el inquilinato de La Moncloa, la carga de esa congelación, de ese "obligado sacrificio", que dirán nuestros gobernantes no tiene una contraprestación en el otro agente del mercado laboral.
Sería justa si se congelaran los beneficios empresariales en aras de esa misma recuperación, si, por ejemplo, se impusiera una tributación del 50% en el ejercicio de 2014 sobre la parte de beneficios que excediera de la presentada en 2013, o se impusiera a las entidades financieras que no pueden elevar durante ese año el cálculo de sus intereses hipotecarios por encima del euribor marcado en 2013, aunque suba, o que los rendimientos financieros y especulativos, extraídos de los intercambios de acciones y valores,  tributarán el doble durante el próximo año.
Pero, obviamente, nada de eso se ha hecho, ni se piensa hacer. De modo que la congelación del salario mínimo en 640 euros no responde a ningún criterio de justicia.
Y ahora es cuando muchos se tirarán de los pelos, se rasgarán las vestiduras o moverán la cabeza a uno y otro lado resoplando y diciendo ¡Eso no se puede hacer en un sistema de libre mercado!, ¡Eso sería alterar las reglas del juego del sistema!
Y tendrán razón pero nadie ha dicho que se tenga que salvar el sistema a costa de la gente y de sus necesidades , nadie ha dicho que el liberal capitalismo tenga que ser mantenido a toda costa, incluso cuando el tufo de su cadáver ya empieza a conducirnos al desmayo. Si hay que cambiar el sistema pues se cambia.
Y para aquellos que comiencen a atisbar las sombras del colectivismo y los fantasmas del estatalismo solamente una frase: "el mundo es un inmenso cúmulo de grises". Entre la el parqué de La Bolsa y el koljos hay un inmenso abanico de posibilidades.
Así que solamente podemos suponer que esa congelación se hace porque es necesaria.
Es necesaria para que los empresarios tengan un colchón en el que arrojarse para no subir los salarios en las negociaciones colectivas, para realizar contrataciones precarias con sueldos de 700 euros al mes, para que los beneficios empresariales se mantengan o se eleven a costa de la reducción de poder adquisitivo de sus trabajadores, para que el Gobierno pueda cuadrar sus cuentas de un déficit, originado por otros factores, congelando los importes de todas las prestaciones que dependen del salario mínimo para su cálculo.
Aquellos que van de puristas del sistema liberal capitalista deberían estar rabiando y pidiendo cabezas. Eso es, por definición, una intervención del Estado para alterar a la baja el precio de la fuerza laboral ¿no va eso en contra del sistema?, ¿o solo se protesta cuando las intervenciones estatales perjudican a los empresarios?
O sea que es necesario para el sistema y los que medran dentro de él, no para nosotros. 
Tan necesario como que un diputado cobre 1.823 euros en dietas y un sueldo de 3.126 euros mientras los españoles más desfavorecidos deban conformarse con 640 euros al mes.

sábado, octubre 26, 2013

Rosell o el falso elogio de la indignidad productiva

Hay un individuo que accedió a su cargo porque su antecesor traspasó hacia adentro los muros de una prisión. Existe un individuo que cree o parece creer que su cargo es una palestra para hacer un ejercicio continuo de regresión social destinada a conducirnos al sistema de la servidumbre medieval. Hay un bulto con lejanas sospechas de ser humano que se hace llamar Juan Rossell y dice presidir la CEOE. Y se arranca ni más ni menos que con esto:
"Los parados deben aceptar cualquier trabajo por malo que sea y por malas condiciones que tenga".
No nos vamos a sorprender ahora de que este individuo diga lo que realmente ha querido siempre. 
Lo que ha puesto en marcha junto con sus aliados en la Moncloa, forzando con unos recortes innecesarios, una política fiscal abrumadora y unas reformas legales draconianas, un escenario que haga incrementar el desempleo hasta los niveles de miseria y desesperación necesarios para que este deseo se cumpla.
Pero lo que sí podemos hacer es pagarle con la misma moneda.
"Todo empresario debe aceptar cualquier encargo, pedido o negocio, por malo que sea y por malas que sean las condiciones que se le ofrezcan".
¿Por que no? Si un parado está obligado a aceptar un sueldo indigno, un horario stajonovista o el derecho de pernada si le place a su contratador, ¿por qué el empresario que no tiene beneficios no está obligado a aceptar cualquier pedido aunque el precio le haga producir en pérdidas?, ¿por qué el empresario no está obligado a aceptar cualquier negocio aunque sea ilegal o le obligue a utilizar dinero propio y no de la empresa para poder culminarlo?
El señor feudal Rosell se llevaría las manos a la cabeza porque diría que eso haría que cualquier empresa quebrara, que los empresarios no pudieran ganar dinero y que no se creara riqueza. Y tendría razón.
Pero todos esos argumentos son utilizables para mantener la dignidad del trabajo. Tanto para los parados como para los que tienen empleo.
Porque si los que no tienen trabajo renuncian a obtenerlo en las condiciones mínimas de dignidad que les garanticen, no la supervivencia paupérrima, sino una vida decente, están iniciando un ciclo que frenará en seco la generación de riqueza y su reparto para toda la sociedad. 
Porque si aceptan sueldos por debajo del umbral de subsistencia iniciarán una cadencia perversa e imparable que arrojará al desempleo a los cada vez menos que ahora lo tienen para substituirlos por aquellos que están dispuestos a trabajar en cualquier trabajo y en cualquier condición. Y esos nuevos parados tendrán que entrar en ese nuevo ciclo de empleo pírrico y miseria.
Porque si aceptan formar parte del mercado laboral servil y semi esclavo que propone Rosell para garantizar sus ingresos y su riqueza, que no la de todos, el consumo se hundirá porque ni siquiera trabajando se podrá acceder los bienes más básicos, los sectores de servicios y bienes no básicos caerán en picado porque si no se tiene dinero para patatas mucho menos se va a gastar en bares, fines de semana románticos o Iphones 5
De modo que volvemos de verdad a los imperiales tiempos de Isabel y Fernando y todos sobreviviremos trabajando el campo y acarreando rebaños para la todopoderosa Mesta porque nuestro tejido empresarial y de servicios no valdrá ni el dinero que cueste imprimir en papel reciclado las empresas que cierren cada día.
Y los habrá que digan que todo eso está muy bien pero que mejor es un mal trabajo que no tenerlo.
Y se equivocarán
Yerran porque los que tenemos trabajo tenemos la obligación de garantizar que los que no lo tienen vuelvan al mercado laboral en las mismas condiciones en las que se fueron, si no en mejores.
Tenemos que hacerlo no dando un paso atrás en nuestros derechos, no bajando la cabeza para conservar el empleo, no concediendo ni una sola reducción de salario injustificada, ni un solo ERE, ni un solo incremento de jornada, ni una sola pérdida de la antigüedad  ni una sola congelación. Es nuestra obligación que los empresarios paguen esta crisis con la parte de sus beneficios que pretenden salvar, cargándola sobre nuestros bolsillos y nuestra dignidad. 
Y, por si alguien no lo tiene aún claro, también tenemos la obligación  de trabajar. 
De no escudarnos en la falta de incentivos para escaquearnos; de, sin luchar por un aumento de sueldo o una mejora de condiciones, refugiarnos en que nos pagan poco para hacer tarde, mal y nunca, nuestro trabajo. La irrenunciable obligación de dignificarnos y de no tirar de egos heridos, dolencias oportunas o excusas sospechosas para eludir la parte de dignidad que nosotros hemos de aportar al entorno laboral. Porque si no trabajas de una forma digna no tienes derecho a reclamar unas condiciones de trabajo dignas.
Así que al tajo, que hay mucho. 
Empleo no, pero tajo hay un montón si queremos evitar que bultos sospechosos como Juan Rosell y los escaqueadores de profesión nos roben la dignidad en nuestros entornos laborales.

sábado, agosto 10, 2013

El cuento de Rosell y la CEOE: Aladino (2)

Lo prometido es deuda -salvo si eres Díaz Ferrán, claro está-. Así que sigamos con el segundo relato fantástico que Juan Rosell se ha sacado de la manga para ilustrarnos sobre la necesidad de que sean los trabajadores los que asuman la siguiente vuelta de tuerca que quiere dar a nuestro yacente sistema económico para intentar en vano resucitarlo.
Vamos con el Aladino y el Genio de la Lampara. Para empezar, un mapa. Toda búsqueda del tesoro necesita un buen mapa


El cuento de Rosell pide al genio de la lámpara su primer milagro: su primer deseo. Déficit cero sin aumento recaudatorio, sin que los empresarios asuman o tengan que asumir un descenso de sus márgenes de beneficio por mor de la actividad recaudatoria.
Porque todos sabemos que el descenso en la recaudación es solamente por el descenso de la actividad económica. Nada tiene que ver el fraude fiscal empresarial que se cifra en 80.000 millones cuando hace dos años se fijaba en aproximadamente la mitad.
La subida de impuestos -que por cierto ha repercutido mucho más sobre el IRPF y los rendimientos del trabajo que sobre el Impuesto de Sociedades y loas rentas del capital- ha llegado a su límite de eficacia porque los que pagan no pueden compensar las inmensas cantidades que no aportan los que no pagan.
Y, le guste o no al cuentacuentos empresarial, los que no pagan son fundamentalmente sus representados, los empresarios y las corporaciones que o eluden con lagunas legales sus responsabilidades tributarias o directamente defraudan y se llevan el dinero a la Confederación Helvética.
Y, por supuesto, una amnistía fiscal que ha renunciado al 90% de todos esos capitales para que los ladrones se rediman.
Y por si el primer milagro solicitado al genio de la lampara no pudiera cumplirse, el presidente de unos empresarios que no aceptan ni la responsabilidad en el fiasco ni el sacrificio para salir de sigue pidiendo deseos, sigue creyendo que con acariciar la lampara se le dará todo aquello que exige.



Primer deseo:
Se eliminará el distinto tratamiento fiscal, igualando el tratamiento de las empresas y sus beneficios al de las personas físicas y sus rendimientos del trabajo. De manera que los beneficios empresariales no tributen en menor medida. Así todo español pagará a Hacienda en función de sus ingresos, independientemente de como los obtenga. Todos salvo aquellos que solamente muevan capitales de un lugar a otro en fondos de inversión. Esos tributarán más ¿por que? Porque como no aportan ni producto, ni innovación ni empleo tienen que compensarlo con lo único que tienen: dinero. Deseo Concedido.
Segundo deseo:
Se penalizará fiscalmente a todo aquel empresario que no reinvierta un tercio de sus beneficios netos en I+D o reinversión productiva. Se dejará de considerar las "inversiones" no justificadas o no destinadas a la actividad empresarial como tales y la empresa tributará por ellas como bienes de lujo. Los empresarios que inicien con sus beneficios nuevas actividades empresariales recibirán una rebaja fiscal en función de los nuevos empleos que creen, sin incluirse los empleos que trasladen de una empresa a otra. No se considerará inicio de nueva actividad empresarial la división en diferentes empresas de una sola. Deseo concedido.
Tercer Deseo:
¿De verdad está frotando la lampara para pedir que sus deudas no sean efectivas?. Parece difícil. Pero vamos a ello.
Las deudas en cotizaciones a la Seguridad Social serán detraídas directamente de la parte de los beneficios netos que no sean reinvertidos o distribuidos entre los trabajadores -ya sea en beneficios o en dinero-, así desaparecerán. Las deudas tributarias podrán ser diferidas o demoradas siempre y cuando se presente la documentación necesaria que justifique que su importe ha sido destinado al pago de proveedores o de deudas con los trabajadores. Se imposibilitará el reparto de dividendos entre los accionistas mientras cualquiera de estas deudas esté vigente, haciendo con ello que también los socios financieros contribuyan al pago de esas deudas. Deseo concedido.
Cuarto Deseo:
Deseo Concedido, sin más. Por una vez y sin que sirva de precedente, el genio de la lampara empresarial piensa con el cerebro y no con su patológica avaricia.
Quinto deseo:
Aunque es algo redundante con el segundo. Se obligará a destinar el mencionado porcentaje de los beneficios a I+D e innovación y solamente se desgravará por él cuando la innovación esté realmente implementada. Deberá presentarse una memoria de cada proyecto de I+D o de innovación que tendrán que ser aprobados como tales por un organismo independiente. Quedan excluidas de esta consideración de I+D la redacción, copia o plagio de informes de mercado, expansión o cualquier otro tipo, la reforma de sedes o de redes informáticas que solamente supongan un cambio de hardware y software básico, la elaboración de páginas wed, redes sociales o espacios virtuales, etc. Es decir, lo que los empresarios españoles vienen presentando como I+D cuando en realidad es solamente salir del pleistoceno. Todas esas actividades se considerarán inversión productiva, pero no I+D ni innovación. Deseo concedido.
Sexto deseo:
Este mola. El Estado aplicará desgravaciones a los procesos de internacionalización cuando estos estén en marcha. No se consideraran como tales viajes de "chupipandi" empresarial a China, Las Barbados o Japón, los fines de semana con acompañante en Nueva York en un seminario en el que los conferenciantes hablan en inglés mientras el empresario participante solamente sabe decir sí en esa lengua, las cenas y comidas con empresarios extranjeros en Marbella, Ibiza o La Toja -¿alguien hace todavía negocios en la Toja?. Solamente se desgravarán los gastos de implantación de la internacionalización y las inversiones reales para ella. Siempre y cuando, eso sí, no supongan una destrucción del tejido productivo y empresarial en España, ni la deslocalización en terceros países de centros de producción.
En caso de que esto se produzca no solamente no se desgravarán los gastos de la empresa sino que se consideraran productos extranjeros, sujetos a gravámenes, todo lo producido en esos centros internacionales. Si son en países de la UE se calculará la diferencia entre el rango laboral e impositivo de ese país con España para fijar el gravamen. Deseo Concedido.
Quizás Juan Rosell no sabe que los deseos de la lampara siempre suelen tener trampa, quizás aún no ha descubierto que Aladino quedó mucho peor después de solicitar sus deseos al genio que antes de pedirlos. Quizás se de cuenta de que no puede exigir a un gobierno que se imponga e imponga a otros sacrificios solamente para que el y sus colegas puedan vivir mejor cuando no han hecho absolutamente nada por salir de esta crisis mortal del sistema económico. Quizás deje de creer en los cuentos de Las Mil y una Noche.
Pero me temo que no...

El cuento de Rosell y la CEOE: La Lechera (1)

Debe ser que me aburro con esto de las vacaciones estivales en espera de viajar a lugares donde la vida es otra cosa, se la juegan de otra manera y los recuerdos y las compañías te hacen percibirla de otra forma. Pero sea como fuere me ha dado por leer cuentos y me encontrado uno escrito ni más ni menos que por Juan Rosell.
¿Se acuerdan de Rosell, ese empresario que sustituyó al frente de los empresarios españoles a un actual reo de no se cuantos delitos empresariales? Pues bien, el chico, como ve que esto de la reforma laboral del Gobierno Popular no va bien, como ve que pese a que dejado a seis millones de personas sin empleo no le ha hecho ganar más dinero, pues pide otra vuerta de tuerca.
Pocas de las medidas que propone tienen desperdicio. Pero antes de entrar en honduras -no en Honduras, aunque nuestro mercado laboral se parece cada vez más al hondureño, con todos los respetos-. Hay que analizar los principios del documento, que en esto tan importantes son los principios como los finales.


Desde luego hay que estar de acuerdo. Ya nadie confía en que los empresarios españoles -gracias a sus principales representantes públicos- sean capaces de superar su condición de patronos novecentistas para constituirse en verdaderos empresarios.
Es lógico que el aumento de la confianza no llegue de un día para otro. Nadie va a creerse que de la noche a la mañana un colectivo que ha estafado de forma sistemática 80.000 millones de euros al fisco, albergando capitales en paraísos fiscales, deje de hacerlo; nadie va a olvidar en un abrir y cerrar de ojos que empresas en su día emblemáticas como Pescanova, Marsanz u otras muchas han caído en quiebras fraudulentas, amaño de balances, compraventas ilegales y un sinfín de delitos e irregularidades para que sus directivos se embolsaran inmensas cantidades de dinero, dejando a sus empresas a la cuarta pregunta y a sus empleados, acreedores y proveedores con una mano delante y otra detrás.
Y por supuesto nadie va a olvidar de repente que esos empresarios, que ahora reclaman confianza como si la desconfianza fuera culpa de otros, han protagonizado amaños con elementos corruptos de los gobiernos de todos los partidos. Han participado en concesiones nepotistas de servicios que nunca se llegaron a fiscalizar, han realizado ERES fraudulentos para repartirse los beneficios, han creado una burbuja que estalló mientras ellos escapaban con sus fortunas acumuladas, dejando viviendas a medio hacer, urbanizaciones sin construir y créditos bancarios sin pagar.
No puedo estar más de acuerdo con el señor Rosell en que, con ese panorama, resulta más que difícil recuperar la confianza. Sobre todo para aquellos pobres ilusos que alguna vez la tuvieron realmente.

Y no puedo por menos también que estar de acuerdo con los caminos indicados por el nuevo pero nada innovador presidente de la CEOE para conseguir esa mejora de la confianza.


Claro que hay que mejorar los fundamentos para demostrar que España ya no permite esas cosas. Esas reformas económicas significarán cambiar la legislación sobre delitos fiscales, sobre quiebras fraudulentas, sobre evasión de capitales, sobre alzamiento de bienes, etc, etc etc., para que se tenga que pagar lo que se adeuda o incluso hacer una dura ley que permita confiscar todo el dinero evadido.  Así dejaremos claro que ya no se consiente.
Y tendremos que ser mucho más competitivos. Impidiendo que se declaren y desgraven como inversiones empresariales, pisos en el Barrio de  Salamanca, Viajes a las Maldivas con un grupo de coristas -¿aun existen coristas, por cierto?, joyas de aniversario para la esposa o el marido, coches deportivos para los hijos o cualquier otra "inversión necesaria", mientras se sigue usando maquinaria digna de museo que origina accidentes laborales, se sigue sin invertir en seguridad laboral o se sigue sin trasformar los procesos productivos o sin pagar a los trabajadores la especialización y los conocimientos.
Y, claro, para atraer a esa competitividad internacional habrá que asegurar a las empresas que los políticos no van a conceder las contratas públicas a sus amigos y familiares, habrá que dejarles claro que si se les pilla en una de esas de regalos bajo cuerda, compensaciones en negro o dádivas bienintencionadas, se les prohibirá operar en nuestro país además de que sus directivos irán a la cárcel a hacer compañía al político sobornado. 
Supongo que a eso se refiere el bueno de Rosell con sus reformas económicas y sociales para mejorar la confianza. Porque al fin y al cabo en quien no confiamos es en los empresarios y en sus formas de hacer las cosas, que son los que han originado este fiasco.

Y por eso también estoy de acuerdo con los caminos que ha elegido para presidente de la patronal que se niega a dejar de serlo para convertirse en empresarios de verdad como ejes fundamentales de esas reformas.


Muy razonable. Porque aumentar la productividad supone forzar -sí, forzar ¿acaso los empresarios tienen inmunidad ante la ley?- a la reinversión productiva, castigar fiscalmente a aquellos que no reinviertan sus beneficios en la mejora de su empresa, en el aumento de la productividad.
Porque aumentar la productividad de un sistema económico supone gravar por encima de las rentas del trabajo -las productivas- a las del capital, que son improductivas y meramente especulativas; supone controlar las sociedades de capital que hacen que solamente un 30 por ciento de los beneficios empresariales de este país surjan de producir algo y no solamente de mover capitales de un lugar a otro.
Porque la asignación de recursos humanos, financieros y tecnológicos a las actividades competitivas supone limitar hasta su desaparición la creación de empresas interpuestas que ejercen simplemente de testaferros, cortinas de humo y falsos proveedores de empresas que de esa manera consiguen eludir impuestos a través de actividades de intercambio de capital virtual que no generan ningún producto con el que se pueda competir en el mercado.
Porque la asignación de recursos financieros a la economía española supondrá asegurarse de que los beneficios empresariales contribuyen a crear consumo, compartiéndolos en su justa medida con los trabajadores que son los que más aportan a esos beneficios, hecha la amortización del capital invertido por el empresario.
Y por supuesto en colaboración con Europa. Para que la administración continental no acepte paraísos fiscales en los que nadie da cuenta del dinero que tiene, para no permita que se creen en países que tienen frontera con ella sociedades con un solo empleado que facturan sobre el papel miles de millones de de para no pagar impuestos en España Francia o Italia, para que no consientan que haya corporaciones que facturan sus ventas en España en una filial de un país de la UE como Irlanda, solamente porque ese país les da ventajas fiscales más allá de toda lógica.
Sin duda el presidente de la CEOE se refiere a esa competitividad, esa flexibilidad y esa optimización de sus recursos.
Porque sino es eso, solamente estará haciendo una vez más lo mismo. Vendernos el cuento de la la lechera según el cual los buenos y arriesgados empresarios necesitan no pagarnos nuestros sueldos y poder despedirnos cuando quieran para utilizar ese dinero en crear nuevos empleos que darán trabajo, generaran consumo y nos harán a todos felices aquí, en la tierra de Jauja.
Y ese ya nos lo han contado y es mentira.
Su constante incremento de beneficios en los últimos años, el continuo descenso de la inversión productiva y en I+D, el desplome del consumo y el paro galopante mientras no hacen más que sucederse los dineros escondidos y las quiebras fraudulentas dan constancia de ello.
Así que supongo que ese cuento no es el que nos está intentando contar.
Pero hay mas...

martes, marzo 26, 2013

La concertada llega tarde cual falso Bertolt Brecht

Existen frases que no aceptan bien el anonimato. Sentencias que resumen tan bien las situaciones que piden, casi exigen que les sea atribuido un autor que este a la altura de su relevancia. Y eso es lo que ocurre desde siempre con esa archiconocida gradación de elusiones e irresponsabilidades que la mitología popular atribuye a un moribundo Bertolt Brecht y que concluye con la demoledora conclusión de  "... y ahora vienen a por mi y es demasiado tarde".
Pues bien eso es lo que les está ocurriendo a los docentes de la enseñanza pública concertada.
Nuestro Gobierno, ajeno desde el primer día de su acceso al poder a todo lo que suponga algo parecido a la lealtad ideológica, sigue en su búsqueda de dinero y recursos que quemar en lo único que le preocupa, en el único objetivo que mueve sus acciones: cambiar la sociedad de manera que sirva a los intereses de sus socios y amigos.
Y ahora le toca el turno a la enseñanza concertada.
Porque muchos de esos docentes cometieron el error de creerse al resguardo y se quedaron en sus casas mientras sus compañeros -sus compañeros, sí, no sus rivales, ni sus antagonistas, sus compañeros- de la enseñanza pública intentaban e intentan combatir para mantener las expectativas de educación y futuro para todos.
Porque muchos creyeron que la ideología social de Génova y Moncloa, que primaba lo concertado sobre lo público, que asignaba cuantiosas exenciones de impuestos y donaciones de suelo a los colegios concertados mientras se negaba a pagar incluso la luz de los públicos haría que ellos no se vieran afectados por esos brutales recortes; imaginaron que con ellos no iba aquello de las interinidades despedidas, de las pagas extras recortadas; creyeron que a ellos no les afectaría nunca el hecho de primar las notas de los exámenes sobre la experiencia docente porque al fin y al cabo ellos no eran contratados por oposiciones.
Creyeron que si se quedaban quietos la bestia no les vería, que si permanecían callados -o incluso les decían a sus alumnos que no secundarán las huelgas de estudiantes porque a ellos esas cosas a ellos no les afectaban en sus colegios católicos concertados- el animal salvaje del recorte no les atacaría, que si se hacían invisibles la hidra furiosa de mil cabezas de la austeridad mal entendida no les devoraría
Y claro, como suele ocurrir en estas ocasiones, se equivocaron. Porque los animales salvajes -y no hay nada más salvaje que la política de recortes que ahora padecemos- no necesitan que te muevas para verte, no necesitan que hables para oírte. Huelen el miedo y se ceban en él.
Porque la ideología del Partido Popular y del inquilinato moncloita sustentado por el no se basa en primar la educación concertada sobre la pública -aunque pueda parecerlo-. Eso es secundario. Se basa en primar la educación como negocio sobre la educación como derecho  del ciudadano y obligación del Estado.
Así que nunca les apoyó a ellos. Apoyó a los propietarios de sus empresas.
Y ahora, cuando están a punto de quedarse sin convenio, cuando el Gobierno no mueve un dedo al respecto, cuando en su quietud, en su silencio y en su aquiescencia medrosa han contribuido a hacer posible la situación, se dan cuenta de su error.
Los dueños de sus centros de enseñanza empezaron a sesgar la admisión de alumnos dejando fuera a los que tenían más problemas de aprendizaje, a los que tenían menos recursos económicos, a los que, en definitiva, eran menos rentables y ellos no se movieron; las juntas directivas de sus centros docentes empezaron a eliminar de forma disimulada desdobles y profesores de apoyo en lugar de eliminar sus clases de valores cristianos o de reducir sus horarios de religión -por ejemplo- y ellos siguieron sin decir nada sin darse cuenta que es precisamente ese solamente quejarse por lo propio y protestar por lo nuestro lo que nos ha llevado a los occidentales atlánticos al abismo en el cual nos encontramos..
Y ahora les toca a ellos.
El Gobierno impondrá recortes en los conciertos y sus empresarios tiraran de reforma laboral, de recorte social y de todo lo que tengan a mano para mantener sus beneficios. les bajarán el sueldo, les quitarán la paga extra o simplemente les despedirán para que otro se haga cargo de su puesto por menos dinero.
Cada año, en Estados Unidos se repite una situación curiosa. Sobre el mes de julio los poderosos sindicatos de la enseñanza -del que forman parte todos los profesores, no los públicos, no los privados, no los pocos concertados que hay en ese país, todos- y el no menos poderoso lobby de la enseñanza tiene que firmar su renovación de convenio.
Cada año se llega a una situación de bloqueo y cada año el Secretario de Educación hace lo mismo. Se sienta en una mesa con todos ellos y les amenaza a unos con perder su condición de empresa esencial -exenciones de impuestos incluidas- y a otros con perder su categoría de asimilados a funcionarios federales.
¿Resultado? En setenta y dos horas llegan a un acuerdo y firman la renovación en las condiciones que el Gobierno Federal ha propuesto.
Nuestro gobierno podría hacer lo mismo pero todos sabemos que José Ignacio Wert está más preocupado por encontrar a alguien con quien polemizar, con localizar a alguien a quien insultar que con preocuparse de la educación y el futuro de los españoles, así que no ocurrirá.
Y los profesores de la concertada que hicieron de la invisibilidad su arma -por lo menos mayoritariamente y sobre todo en los colegios religiosos-, apoyados por algunos sindicatos que se empeñan en dividir en lugar de en unificar, que pretenden seguir utilizando la vieja fórmula de que cada uno defienda lo suyo aunque sea en detrimento de los demás, ahora se encuentran al descubierto, atacados igual que todos los demás, en riesgo igual que todos los demás.
Como el autor de la frase atribuida al dramaturgo alemán, dándose cuenta de que están solos porque no buscaron aliados cuando eso suponía luchar por los problemas de otros, claman contra la injusticia, se giran a un lado y a otro para buscar aliados. Y no encuentran a nadie.
Y amenazan con una huelga. Una huelga que llega dos años tarde, que llega miles de recortes tarde, que llega una guerra por la subsistencia de la Enseñanza Pública tarde.
Pero bienvenida sea, bienvenido sea el movimiento aunque se haya demorado, bienvenido sea la salida de la ceguera aunque sea tardía.
Los docentes de la concertada amenazan con una huelga que condena a mucha gente a la grandeza.
A las comunidades educativas de la enseñanza pública, que llevan meses peleando, les arroja a la grandeza de la necesidad a apoyar la lucha de aquellos que no apoyaron la suya, que permanecieron en silencio mientras ellos gritaban, que se quedaron quietos mientras ellos se movían.
A los que ahora le ven por fin las orejas al lobo desde sus puestos de trabajo en la educación concertada les llama a la grandeza de quitar una sola palabra de la pancarta de la fotografía que ilustra este post.
concertada. Basta de "no a los recortes en la concertada". "No a los recortes y punto".
No defendáis lo vuestro. Defended lo de todos.
Esto solo podemos pararlo entre todos si no queremos que la frase falsamente atribuida a Brecht sea irremisible cierta y sea demasiado tarde.



sábado, diciembre 22, 2012

Rajoy escupe tres euros insultantes al cielo electoral

Hay gobiernos que se instalan en la incapacidad para gestionar  su efímero paso por los pasillos y los despachos del poder, los hay que se pretenden mantener en esos calientes sillones amparados en el despliegue del orgullo y la soberbia.
No es que la pléyade moncloita encabezada por Mariano Rajoy este exenta de estas ancestrales características de los gobiernos y gobernantes españoles. Ahí tenemos a Wert y Montoro, arquetípicas caricaturizaciones de la más desmedida e inculta soberbia supremacista, o a Bañez y Soria, esperpénticos bocetos esbozados en el blanco y negro de su incapacidad y su inoperancia.
Pero lo que caracteriza al Gobierno de Rajoy no es la endémica soberbia de los de Aznar, ni la fútil inutilidad en muchas cosas de los de Zapatero. El rasgo diferencial del Gobierno del ínclito gallego que no sabe si sube o si baja la escalera es otra cosa: es el insulto.
El Gobierno español se ha instalado en el insulto permanente de los cuales el último y más descarado es su último acto bufonesco de ascender el salario mínimo interprofesional la exorbitante cantidad de tres euros con noventa céntimos.
Y ese insulto es más desmedido que el "antiespañoles" del ministro de Interior, que el "pijo ácrata" expelido por el diputado almeriense a los jueces, que la "españolización" de Wert, que el "menos editoriales y más pagar impuestos" de Montoro o incluso que el "¡que se jodan! de Andreita Fabra.
Porque es un insulto hecho sin ira, sin desasosiego ideológico. Es un insulto hecho solamente por desprecio.
Podrían no haber tocado el salario mínimo y nadie se hubiera dado ni cuenta en una economía en la que los salarios máximos de la mayoría ya ni siquiera llegan a la primera decena del mes, podrían haber ignorado ese concepto con las miradas de todos puestas en los impuestos, en los desahucios, en las hipotecas, en las pensiones. 
No subirlo habría sido una muestra más de su absoluta incapacidad, bajarlo hubiera sido una demostración de su más completa soberbia. Pero subirlo cuatro pírricos euros es simplemente una muestra de lo que desprecian a la sociedad sobre la que gobiernan.
No el único, no el primero. Pero sí el más relevante.
Son insultos sordos, que pasan desapercibidos entre la cascada de declaraciones grandilocuentes y de acciones inútiles que abordan cada jornada, pero son muchos.
Es el escupitajo en la cara de la sociedad que supone "recortar" los salarios de los ejecutivos de las entidades financieras intervenidas a 500.000 euros anuales, el  salivazo arrojado en el rostro de la miseria que has generado que supone el decreto con el que gobierno da una moratoria caritativa a los que están siendo desahuciados por sus políticas del sistema financiero.
Es el gargajo con el que ensucian el rostro de la educación con la introducción del cálculo de la distancia en línearecta para retirar asignaciones de transporte escolar en zonas en las que la orografía lo hace imposible, es el esputo que lanzan a las batas blancas de la sanidad madrileña al estar dispuestos a vender la gestión de siete hospitales y una veintena larga de centros de salud para recaudar la pírrica cifra de 100 o 200 millones cuando han gastado cien veces es cantidad en fastos y campañas de promoción de la sanidad pública madrileña, siempre con el rostro electoral de Esperanza Aguirre en la palestra, por supuesto, es la flema que lanzan contra la cultura al negarse al aumentar la asignación de dinero a la tauromaquia y restársela a la investigación.
Es un insulto que empezó con los famosos brotes verdes que solamente ellos veían y que parecían acusarnos de incultos, poco preparados y sectarios por no verlos como ellos.
Ya no solo importa lo que hacen sino que nos insultan al hacerlo.
Quizás por eso Wert quiera que la educación pública sea de mínimos. Para que nuestras matemáticas básicas no nos permitan percibir sus insultos, los desprecios que nos escupen a la cara.
Para que pueda seguir tratándonos como hijos perquños sin entendederas que no van a caer en lacuenta de que no se pueden hacer cálculos en línea recta, que no se pueden vender hospitales y centros de salud en los que se han invertido miles de millones por un par de cientos de millones de euros, que permitir que gestores de entidades intervenidas ganen medio millón de euros anuales no es un recorte, que la falsa caridad del decreto de los desahucios no soluciona la permanente injusticia de una ley hipotecaria novecentista.
 Que los tres euros con noventa céntimos de aumento del salario mínimo interprofesional no son un aumento. Son simplemente un desprecio calculado.
Como el regalo de un gorrino que llevaba el señor feudal a la boda de su sierva al tiempo que ejecutaba su injusto derecho a meterse entre sus piernas en contra de su voluntad. Como las monedas que arrojaba el señorito de cortijo con desgana sobre el desnudo cuerpo de la campesina después de haberla violado. 
Como la patada distraída que el amo daba al esclavo después de haberle azotado.
Ahora tenemos que decidir si nos arrastramos por el suelo para recoger esos tres euros con noventa céntimos desperdigados con desprecio desmedido por el enlodado suelo de nuestra economía o simplemente nos quitamos la saliva de Moncloa de la cara y empezamos de una vez por todas a responder a sus desprecios.
Tenemos que decidir si por fin les recordamos que, pese a las aportaciones millonarias de sus amigos banqueros para mantener sus partidos y sus campañas, pese a la connivencia de sus amigos empresarios para llenar sus bolsillos con corruptelas y cohechos, el cielo de su poder depende del infierno inferior de los votos de la sociedad.
Que si escupen al cielo de sus ciudadanos, las viejas leyes de Newton y la fuerza de nuestra ira van a caer en pleno rostro.

viernes, junio 24, 2011

La gran tara política de la sordera selectiva (uy, perdón, la negociación colectiva)

Hay enfermedades que te condenan a una existencia de soledad. Dolencias que, por su dificultad para reconocerlas y por su imposibilidad para remediarlas, te arrojan a un aislamiento y una destrucción de tus vínculos con la realidad que te hacen abominable para la sociedad en la que te mueves, que te transforman en una rémora para los que te rodean.
La sordera es una de esas enfermedades. Sobre todo cuando es selectiva y la padece un político.
Y es que los políticos de este país -y de toda Europa, por lo que se ve- están sufriendo un ataque furibundo de sordera selectiva que, a estas alturas, no sólo está haciendo temblar su afinado sentido del equilibrio, sino que nos está haciendo plantearnos a los demás seriamente la necesidad de su internamiento -no se sabe si en un centro penitenciario o en uno psiquiátrico-.
Mientras Angela Merkel -que, de repente, se ha convertido en la Canciller de todos- recorre los pasillos de Europa intentando convencer a sus colegas griegos de que apoyen un plan de ajuste en una tierra que, pese a su antigüedad y su historia, ya tiene poco o nada en lo que ajustarse, nuestro congreso se reune y, tras negarse a formar una comisión que estudie el motivo de esos gritos que escuchan constatemente en sus puertas, se tiran los cuchillos al cuello para aprobar la nueva negociación colectiva.
Han cerrado tanto los oídos para aislarse de las protestas por el Pacto por el Euro que se les han taponado definitivamente.
Ellos la aprueban por los pelos y están felices -los unos y los otros-. Unos, porque han hecho algo que era necesario, porque han hecho algo que nadie quiere y que no debe hacerse así. Los otros, porque se han opuesto a una ley por los motivos contrarios a los que aquellos que vamos a sufrir esas negociaciones colectivas nos oponemos a ella. 
Están felices porque una de las peores consecuencia de la sordera es que, como no oyes, no te das cuenta de que el silencio es falso. Sobre todo en política.
La gente se les ha subido a los leones -los del parlamento- porque aprueban medidas que cargan el peso del desmoronamiento definitivo de un sistema económico sobre aquellos que ni quieren ni se ven beneficiados por ese sistema. Se les engachado del ganazte por un Pacto por el Euro que es de nuevo la Reforma Laboral del pasado septiembre y de nuevo la impunidad financiera, económica, especulativa y empresarial de todos los días.
Y ellos, como respuesta a eso, nos ofrecen una negociación colectiva en la que solamente salen perjudicados los de siempre, los únicos que, por lo que se ve, no tienen el derecho inalienable de obtener beneficios. O sea nosotros.
En la nueva negociación colectiva, las empresas no tendrán que cumplir el convenio de su sector. Hay que se flexibles.
Podrán dejar de hacer todo aquello que les venga mal y, si los trabajadores lo exigen -por que no son flexibles ni responsables y no están comprometidos con la salvación del cadáver del sistema económico-, se acudirá a mediación.
O sea que, en definitiva, los convenios colectivos dejan de existir. Las empresas negociarán individualmente siempre que lo necesiten.
La fuerza del convenio colectivo, basada en que los trabajadores de las grandes empresas, con más posibilidad de presión dado su número, transmitían sus logros a todo el sector, desaparece en aras ¿de qué?
Nadie nos lo dice. Nadie nos dice por qué eso es bueno, por qué eso es lo que hay que hacer y por qué eso nos va a beneficiar. Nadie nos los dice porque no tiene que decirnos.
La flexibilidad es un concepto que se impone de repente y que parece que es el paradigma de la salvación de un liberalismo económico muerto y enterrado por sus propios errores, por sus propios vicios, por su propia falta de control y cordura.
La negociación colectiva se convierte en algo tan flexible como un chicle de fresa ácida, como un acróbata chino. Algo tan fléxible como los flajelos y las varas de avellano con las que otrora se impusiera disciplina a los díscolos.
Porque también se pueden hacen flexibles -al alza sin pagar más y a la baja pagando menos- los horarios en virtud de las necesidades de la empresa ¡Al cajón del recuerdo las cuarenta horas semanales!
 También se pueden flexibilizar los periodos de vacaciones en virtud siempre, claro está, de las necesidades del patrón -dado como está el patio habrá que volver a llamarles a la antigua- .
Y la cosa sigue.
Por supuesto los convenios colectivos dejan de ser referencia en los asuntos salariales. Es el convenio de empresa el que se impondrá sobre el convenio colectivo y podrá modificar a la baja cuestiones básicas como el salario, la jornada, la clasificación profesional, las formas de contratación y las medidas de conciliación.
El gobierno, los políticos que le apoyan -aunque se abstengan para desgastarle- y todos los que sufren la epidemia de sordera selectiva más virulenta desde el incendio del Reichtag, se cargan de repente varios siglos de evolución laboral. Nos vuelven a colocar en manos del empleador, del patrón.
Nos vuelven a convertir en siervos.
Porque para asegurarse de que los convenios y su negociación no se eternicen lo único que no es flexible es el tiempo necesario para su aprobación. Tienen que estar solventados en tres meses. Porque si no es así las perdidas de las empresas por las protestas sindicales y los paros laborales podrían ser irrecuperables. Así que para que la empresa no pierda, tenemos que consentir y que firmar lo que le venga bien a la empresa.
Los hombres del Germinal, los chicos de las Trade Unions, los siervos del Languedoc y los campesinos del Meresme murieron para nada.
El sistema de derechos laborales ha muerto. El fantasma del sistema económico neo liberal lo tenga en su gloria.
Y todo ¿para qué? Para que el sistema se sustente y no vaya a la ruina.
Un sistema que mantiene que la flexibilidad laboral crea empleo. Curiosa paradoja. Un sistema que ha demostrado que cuando un empresario despide a sus trabajadores, les mantiene en condiciones precarias o rebaja sus espectativas vitales y salariales puede mejorar ampliamente su rengo de beneficios, puede crear más riqueza.
Eso es cierto. Negarlo sería negar la realidad y nosotros todavía no hemos llegado a eso.
Pero el sistema cadavérico también ha demostrado que esa riqueza no se invierte, no se utiliza en ampliar la empresa, en realizar nuevas contrataciones.
El sistema ha demostrado que los beneficios de las empresas no se distribuyen justa y equitativamente con los trabajadores que los han generado.
Esa riqueza y esos beneficios quedan en manos del empresario y de sus socios financieros y capitalistas, que no han aportado sacrificio alguno a ese proceso de mejora de los rendimientos empresariales, algo que si han hecho los trabajadores, al ver como sus condiciones laborales se van al mismo limbo al que se fue la libertad del ser humano cuando se estableció la libertad de ser rico.
Así que nuestros políticos, como son incapaces de crear algo nuevo, recurren una y otra vez a los mismos mitos manidos, los mismos esfuerzos baldíos y las mismas fórmulas agotadas que han fijado los clavos en la tapa del ataúd de nuestro sistema económico y financiero.
Lo hacen en la esperanza de que la flexibilización, las medidas stajanovistas y las condiciones leoninas sirvan de nuevo para crear riqueza y de que en esta ocasión, por primera vez desde la invención del Liberalismo, allá por la vida y hacienda de John Stuart Mill, los que se quedan siempre con esa riqueza y esos beneficios acepten compartirlos.
No sólo han decido ser sordos, también han elegido ser ciegos.
Y esa sordera y esa ceguera les impiden ver cosas que han pensado otros que no son ellos. Les impide ver que el sistema tiene que cambiar radicalmente y obligar -no potenciar, no solicitar, no suplicar- sino obligar y garantizar el reparto de beneficios y la redistribución de la riqueza.
Que si se exige el esfuerzo de aceptar un recorte secular en los derechos laborales tiene que haber uno de idéntico calibre en los beneficios empresariales, financieros y económicos. Así de sencillo.
Que debe obligarse al empresario a distribuir sus beneficios con sus trabajadores de una forma real -no con una pírrica paga- y en condiciones de igualdad. 
Que deben controlarse y reducirse los réditos económicos de los socios exclusivamente financieros y de los accionistas de las empresas en beneficio de sus trabajadores.
Que, si se fuerza al trabajador a sufrir sus recortes que originan sus pérdidas, se debe forzar al empresario a hacer partícipe total al trabajador de las mejoras y los rendimientos que originan los beneficios. Que el dinero y la posesión del mismo no es sagrado.
Deben dejar de escuchar el eco de su sordera y de ver las sombras de su ceguera y no seguir respondiendo a cada aportación en este sentido que, en esas condiciones, el sistema es insostenible.
Claro que lo es. De eso se trata. De crear otro. Aunque no quieran oírlo, aunque no puedan verlo.
Desgraciadamente para muchos, para aquellos que se borraron de la Huelga General, para los que se quejaron amargamente de las manifestaciones, para aquellos que anteponen la buena vecindad a las revindicaciones, para los que no quieren que cambie el sistema porque tienen la esperanza de vivir de las rentas o de llegar a ser millonario, el tiempo y las opciones se les agotan.
Primero nos declaran la guerra con el Pacto por el Euro y ahora nos venden como siervos con la negociación colectiva. Los mercaderes de esclavos están llegando a la costa y no hay lugar donde esconderse. Ya no podemos escudarnos en la tupida foresta de nuestro egoísmo, nuestro individualismo y nuestro miedo. No hay lugar adonde huir. Ya no.  

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