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lunes, junio 12, 2017

Provincianos o ver el mundo como Juego de Tronos

Por más que nos empeñemos, la realidad insiste en sacarnos del reduccionismo provinciano en que estamos embarcados desde hace casi una década con esto de los cambios que se están produciendo en el mundo a golpe de economía, sangre y fuego.
El atentado del falso califato en Irán y la crisis, mitad diplomática, mitad bélica, que se ha producido en la península arábiga con Qatar como epicentro, son otros dos bofetones con la mano abierta de la realidad geopolítica en ese reduccionismo provinciano.
¿Por qué reduccionismo? Eso es sencillo. Pretendemos, como los falsos gurús de la comunicación, resumirlo todo en una frase, en una idea que, no solamente nos resulte sencilla de comprender, sino que además nos deje a salvo de responsabilidad.
Así compramos lemas como "es culpa de una religión perversa como el islam", "son unos locos medievales", "se trata de estar a favor o en contra del terrorismo", "es una guerra contra el terror". Ideas simples, básicas que, sin dejar de ser ciertas, no son ni siquiera la escarcha que genera el iceberg en el aire un amanecer de invierno.
¿Por qué provinciano? Porque nosotros, los occidentales atlánticos, nos consideramos el centro del mundo -como todo buen provinciano- y eso hace que incluyamos mantras secundarios -también muy propios de falsos comunicadores, por cierto- en nuestras letanías para alejarnos del miedo: "es un problema suyo", "que se maten entre ellos y nos dejen en paz", "todos son iguales", "que ataquen a sus gobiernos y no a nosotros", etc., etc., etc.
Y todos ellos se resumen en el argumento provinciano por excelencia: "su objetivo es acabar con nuestra civilización, que es la única avanzada". Los árboles del Yo, Me, Mi, Conmigo occidental, que no nos dejan ver el bosque de la realidad hasta que esa realidad geopolítica nos explota en la cara.
Si son lo mismo ¿por qué ISIS ataca a Irán?, si es una cuestión de sectas, o sea del Islam ¿Por qué Irán apoya a los rebeldes sunís de Siria pero no a ISIS, a los guerrilleros chiís de Hezbolah pero no a los Hermanos Musulmanes de Egipto o a los rebeldes hutis de Yemen pero no a las milicias chiís de Libia?, ¿por qué el gobierno sirio de Al Asad apoya a los guerrilleros chiís de Hezbolah, pero no a los rebeldes de Yemen, tan chiís como ellos?
Si todo es el perverso islam ¿por qué Arabia Saudí apoya al gobierno de Beida en Libia y no al de Trípoli, por qué apoya a los rebeldes sirios y no al gobierno sirio, por qué apoya al gobierno yemení o el egipcio y a no a los Hermanos musulmanes, tan wahabitas como ellos e ISIS?
Si todo parte del perverso Islam ¿por qué de pronto cinco estados sunís bloquean y rompen relaciones diplomáticas con Qatar? ¿por qué acusan de propiciar el terrorismo a un país que hace exactamente lo que ellos y tiene la misma corriente oficial de pensamiento religioso que ellos?
Y sobre todo. Si esto es "provincianamente" algo entre ellos ¿por qué Estados Unidos apoya a Arabia Saudí que es tan furiosamente fanática y teocrática como el ISIS, por qué apoya a los rebeldes sirios pero no a los Hermanos musulmanes que ganaron unas elecciones democráticas?, ¿por qué apoyo a los rebeldes libios pero no a los yemenís?
¿Por que Rusia apoya a la vez al gobierno rebelde de Trípoli y al de Siria o Francia al gobierno autonombrado kurdo y al iraquí, enemigos acérrimos?, ¿por qué Europa apoya a Arabia Saudí y no a Qatar? ¿Por qué China intercede por Qatar y no por Egipto, Bahrein o Yemen?
Y, para rematar la faena, ¿por qué ISIS no atenta en Palestina o Israel pero sí en Turquía, Filipinas, Australia o Indonesia?, ¿por qué se hace fuerte en Irak y no en el Afganistán talibán como hiciera Al Qaeda?, ¿Qué pasa con Pakistán?
Las preguntas pueden seguir desgranándose ad eternum. Todas tienen respuesta, pero lamentablemente para los consumidores de la ideología del titular, no caben en 140 caracteres. Aunque sí se pueden resumir en una sola frase para empezar
No es el islam, no es la barbarie medieval, no es algo lejano y suyo. Es geopolítica en la que participa en el planeta entero.
Nos toca empezar a asumir que tenemos que esforzarnos en comprenderlo para poder valorar las soluciones que nos ofrecen y saber, antes de apoyarlas ciegamente, si solucionarán algo. Porque la geopolítica se afronta desde las sociedades y las relaciones complejas, no desde los individuos y los mantras reduccionistas de fácil digestión.
El equilibrio del poder está cambiando en el mundo y empieza por esa zona. No son las cruzadas. Es Juego de Tronos.
Y si no empezamos a verlo así de una vez, despreciando todas nuestras muletas intelectuales para mantener contenidos nuestros más provincianos miedos, terminaremos poniendo la misma cara que debieron poner los habitantes de Roma cuando vieron a un Genserico ya convertido al cristianismo -bueno a la versión arriana del mismo-, entrar en la metrópoli eterna y asolarla hasta los cimientos.
"¿Pero estos no eran bárbaros paganos que estaban en las fronteras peleándose entre ellos?", debieron preguntarse sorprendidos. 
Nosotros quizás ni siquiera tengamos tiempo para eso.

martes, diciembre 22, 2015

Y seguimos haciéndolo mal y preguntándonos en qué

Tiene su lógica que este nuevo escenario político nuestro nos tenga absortos y preocupados. Hace centurias que no tenemos un gobierno como está mandado, pero no tener gobierno es algo nuevo para nosotros.
Pero no podemos dejar que, como siempre pasa, lo nuestro nos oculte lo de todos. El mundo sigue dirimiendo su futuro más allá de nuestras elecciones, de nuestros partidos y de nuestras fronteras. En eso que se ha dado en llamar Oriente Próximo, con eso que se ha bautizado como La Guerra contra el yihadismo y que en realidad es la última batalla de la Tercera Guerra Mundial que comenzó justo cuando acabó la segunda.
Desde que ver estallar y morir París abrió a muchos los ojos llevo enfrentándome a la misma pregunta por parte de algunos ¿en qué nos estamos equivocando?, ¿que tenemos que hacer de modo diferente para desactivar esta guerra más allá de la respuesta militar?
Y ahora la respuesta mil veces repetida y rara vez escuchada nos llega escondida por nuestras elecciones, por nuestras portadas electorales.
Arabia Saudí intenta levantar una alianza árabe y musulmana realmente artificial contra el yihadismo y fracasa ¿Por qué?
Porque intentamos forzarla y controlarla nosotros. Porque utilizamos para proponerla a uno de los peores tiranos de la zona que impone la Sharia con la misma crueldad que el más fanático de los verdugos de Isis. Porque Indonesia, Líbano y otro puñado de países se niegan a aceptar como líder a alguien que conocen como títere nuestro.
En definitiva porque queremos seguir controlando el cotarro y buscamos hacer nuestra guerra con las bajas de otros, con la sangre de otros liderados por alguien que no cree en lo que dice defender y que solamente está en esta historia porque quiere mantener el dominio de una sola familia sobre los recursos que pertenecen a su pueblo y eso nos beneficia.
En eso tenemos que cambiar. En eso nos estamos equivocando.
De repente aparece gas entre Turquía e Israel y nos lanzamos a intentar que consigan un acuerdo diplomático y lo logramos. Parece una victoria pero no lo es. Porque si tan fácil nos resulta los pueblos de uno y otro país no entienden porque no se forzó, no se intervino, tras el ataque a la flotilla de Gaza, porque nos importaron tampoco los muertos y heridos si no eran de los nuestros; los turcos no entienden porque se les ha dejado solos en su lucha contra Isis y contra los kurdos a los que nosotros hemos armado, los israelíes no entienden porque se les ha dejado todos estos años vivir con miedo.
Bueno sí lo entienden. Entienden que pese a nuestras grandilocuentes declaraciones sobre la paz, la libertad y los derechos solamente intervenimos cuando nos conviene, cuando como sabemos que ni Israel ni Turquía tienen compañías capaces de explotar esos recursos las concesiones las van a caer a las nuestras y podremos seguir beneficiándonos de algo que no nos corresponde en lugar de pagarlo a un precio justo.
En eso tenemos que cambiar. En eso nos estamos equivocando.
Y para terminar la faena llevamos a dos de nuestros principales títeres a "rescatar" a un tercero. Arabia Saudí y el Banco Mundial darán a Al Sisi, el dictador militar egipcio, 15.000 millones para que salve su economía. En lugar de intentar negociar con esos 15.000 millones para que los Hermanos Musulmanes, aquellos a los que habían elegido los egipcios en las urnas, renunciaran parcialmente a los aspectos más atrasados de su islamismo democrático como se hizo sabiamente con Erdogán en Turquía con ciertos resultados, nosotros ahogamos económicamente ese gobierno democrático y ahora rescatamos a un dictador que de nuevo va en contra de los principios que decimos defender en Occidente, censura la prensa, mantiene prohibiciones religiosas, fuerza la represión política, impide la disensión y ejecuta sumariamente en juicios sin garantías a aquellos que las urnas habían hecho gobernantes. Solo porque el nos garantiza el control geopolítico de esa zona a costa de la libertad de su pueblo y de los intereses de su país. Solo porque con eso controlamos el Canal de Suez y sus incipientes fuentes energéticas.
En eso tenemos que cambiar. En eso nos estamos equivocando.
Y todos los que salen perjudicados de esas decisiones, todos los que ven que su vida sigue en la miseria, que la riqueza de sus países sigue en nuestras manos y en las de unos pocos que trabajan para nosotros son los que terminarán girándose a Isis y viendo en ellos una posible solución. Ya ha ocurrido, ya está ocurriendo y seguirá ocurriendo.
Y si no lo vemos es simplemente porque no queremos verlo. Seguimos alimentando el yihadismo, seguimos siendo cómplices de nuestra propia destrucción.

lunes, junio 22, 2015

Con Al Yazira no todos somos Charlie Hebdo

Ya no somos todos Charlie Hebdo.
La policía alemana detiene a un periodista en un aeropuerto y nos olvidamos de que todos somos Charlie Hebdo. 
Detiene al periodista de Al Yazira Ahmed Mansur para dar curso a una orden de arresto internacional emitida por Egipto que, aunque creamos que nos venga bien, es un régimen militar totalitario que reprimió a su población y anuló unas elecciones por el simple motivo de que su resultado no les gustó y tampoco a nosotros y nos olvidamos de que todos somos Charlie Hebdo.
Como el nombre del detenido es árabe y trabaja para una cadena cuya línea política -que tiene derecho a tenerla, como nuestros medios de comunicación- no no coincide con le que le viene bien al occidente atlántico, nuestros periódicos y televisiones miran a otro lado, no se preguntan en sus tertulias cómo es posible que se mantenga un tratado de extradición con un régimen que ejecuta a sus reos tras juicios sumarísimos y olvidan que todos somos Charlie Hebdo
Como nuestros gobiernos creen que el gobierno ilegítimo y dictatorial de Egipto paró a esos "islamistas malos" llamados los Hermanos Musulmanes fingen no darse cuenta de que cierran medios de comunicación acusados de terrorismo, que secuestran publicaciones y que envían a la cárcel a periodistas y ciudadanos de a pie solamente por opinar en las redes sociales y olvidan que todos somos Charlie Hebdo.
Como el gobierno alemán no es un puñado de fanáticos sangrientos y furiosos le dejamos pasar por encima de la libertad de expresión, como el gobierno Egipto nos hace de atrapa sueños de nuestras más peores pesadillas yihadistas, le dejamos saltarse a la torera la libertad de información; como el que sufrirá e incluso morirá no tiene nuestra sangre ni nuestra religión, nuestra ideología, le abandonamos a su suerte y dejamos que pisoteen sus derechos individuales.
Es fácil reclamar libertad cuando son nuestros enemigos quienes la conculcan, cuando es a nosotros y a lo que queremos escuchar a lo que atacan, cuando vienen a la puerta de nuestra casa a quitárnosla a miedo, sangre y fuego. Tiene su valor, pero si solamente lo hacemos en esas situaciones, lo pierde por completo.
Reclamar la libertad de expresión y de información para otros, aunque piensen de forma diferente y hacerlo contra nuestros propios gobiernos cuando no nos la restringen a nosotros pero colaboran con regímenes y Estados que sí se la restringen o quitan a otros es lo que da valor universal a la defensa de la libertad de expresión e información.
Y no veo miles de personas manifestándose en la calle ni a todos los políticos europeos e israelíes desfilando del brazo para protestar por el flagrante atentado contra la libertad de prensa que supone que Alemania se piense siquiera extraditar a Ahmed Mansur a Egipto acusado ni mas ni menos que de tortura.
Antes de asegurar que somos algo y defendemos algo quizás deberíamos pensar si estamos dispuestos a hacerlo y defenderlo aunque no nos venga bien.
Así que va a ser que no. No todos somos Charlie Hebdo.

domingo, julio 14, 2013

Si la ruta de escape de la crisis acaba en el abismo.

Cuando emprendes un camino, cuando lo comienzas, parece que los pasos que das apenas te alejan del origen, del punto de partida. Centrados como solemos estar los occidentales atlánticos en nosotros mismos nos parece que nuestros pies apenas se mueven y luego cuando alzamos la cabeza nos damos cuenta de cuanto nos hemos alejado del principio. Esto, que en otras circunstancias y otras situaciones no sería otra cosa que una reflexión personal propia de una canción romántica serie B,  amenaza con convertirse en el mayor peligro al que nos enfrentamos en nuestros días. 
La falsa crisis que es la muerte de un modelo económico tan sistémico, recurrente y patógeno como lo es cualquier cáncer ha puesto en movimiento al poder, le ha hecho caminar por primera vez en muchos lustros y nosotros nos vemos obligados a movernos con él -o contra él- si no queremos que el tsunami que se cierne sobre nuestras playas nos aplaste.
Pero caminamos dando tumbos, a ciegas, equivocando el rumbo y perdiéndolo muchas otras veces. No es solamente dentro de nuestras fronteras, no es solamente en el interior de ester país arrasado por los mismos criterios económicos que ahora fingen intentar salvarlo.
Los pasos del Occidente Atlántico, arrasado en su soberbia, destruido en su arrogancia, caminan hacia un abismo que no vemos porque somos incapaces de mirar otra cosa que no sean nuestros propios pies.
En Francia se inicia una oleada de racismo municipal contra los gitanos que la población apoya o por lo menos deja pasar como si los gitanos fueran los culpables de que los millonarios franceses se lleven su dinero a otra parte cuando les suben los impuestos, como si los gitanos fueran los que deslocalizan y envían a Bangladesh plantas de producción y fábricas dejando sin trabajo a los franceses, como si los gitanos tuvieran algo que ver con los manejos económicos con los que Lagarde beneficiaba a sus socios o con los que Sarkozy enriquecía a sus parientes.
En Grecia se exigen pruebas del virus HIV obligatorias a las prostitutas, a los toxicómanos como si ese fuera el camino para impedir el aumento del SIDA en un país al que la troika y sus sucesivos gobiernos han dejado prácticamente sin sanidad pública. 
Pero también a los sin techo y a los inmigrantes sin papeles. Como si el deterioro de la sanidad fuera culpa suya, como si el aumento de las enfermedades no tuviera nada que ver con los recortes en la sanidad y si con la condición de indocumentado de un individuo.
El Gobierno de Estados Unidos persigue a Snowden por todo el orbe conocido mientras los delitos de los que acusa a toda la estructura del país ni siquiera se investigan porque se saben ciertos.
En Europa se apoya o se acepta cuando menos un golpe de Estado en Egipto sin querer reparar que ese golpe de estado no es contra el islamismo porque lo apoyan los mas furiosos de los salafistas,que recibieron un 25 por ciento de los votos, de esos votos que supuestamente no eran islamistas porque no votaron a Mursi. Sin querer reparar que ese golpe lo mantienen económicamente jeques de países en los que rige la ley islámica más salvaje como Arabia Saudí o Qatar.
En España, una parte de la población, la que votó al PP, se queja de la subida de impuestos pero no de que se retire la sanidad a los inmigrantes, protesta por que les cobren las recetas pero no porque se mantengan sacerdotes mientras se retiran médicos de las cárceles, porque no les den becas a universitarios que se han ganado el derecho a tenerla pero no porque se suspendan todos los programas educativos de inmersión de extranjeros.
En Francia y Bélgica hay manifestaciones para defender la intimidad en Twitter cuando la fiscalía gala exige que identifique a quien lleva meses lanzando mensajes racistas desde esa plataforma, En Alemania se recrudece la caza del turco, en Tejas se apoya la esterilización forzosa pretérita de inmigrantes, en Lleida la población se indigna porque el Tribunal Supremo anula la prohibición del burka.
Amplios sectores de las poblaciones apoyan esos pasos en ocasiones, los ignoran en otras. Algunos asienten en silencio para ratificarlos y otros tuercen un poco el gesto pero poco más.
Todo ello son pasos erráticos, caminares descontrolados, que parece que nada tienen que ver unos con otros, que parece que no están relacionados. Pero tienen un elemento común.
Cuando nos hemos enfrentado al mayor de nuestros miedos, cuando nos han colocado ante el abismo de un sistema que ya no puede garantizarnos el bienestar que creíamos tener garantizado sin esfuerzo, sin compromiso y sin riesgo alguno hemos reaccionado de la única manera que sabemos reaccionar: hemos buscado alguien a quien echarle la culpa que no fuera nosotros.
Seguimos buscando el caminar propio e individual como forma de escapar del derrumbe y de poco nos está sirviendo el ejemplo de miles de personas que luchan por lo todos en la Educación, la Sanidad o los desahucios, de poco nos sirve el ejemplo de aquellos que  arriesgan lo propio para defender lo de otros. Seguimos sin apartar la vista de nuestros ombligos creyendo que el mal de otros es tolerable si redunda en nuestro beneficio, que nuestros derechos son prioritarios porque son nuestros, no porque son derechos universales y por eso se les pueden restringir a otros siempre y cuando eso permita que nosotros los tengamos teniendo. Seguimos negándonos al cambio.
Seguimos haciendo lo que nos está matando.
Tenemos que elegir un camino para salir de esto, para abandonar nuestro decidido viaje al catafalco en el que se puede convertir nuestra sociedad. Y no podemos seguir mirándonos los pies y caminar sin pensar en nada que no sean nuestros pasos.
Hemos de levantar la vista, girar la cabeza y mirar hacia atrás. Y saber que si el camino para escapar, si la ruta de huida, está plagada de los cadáveres de otros, de los derechos pisoteados de otros, no nos sirve. No puede servirnos. Nos conducirá a un destino que tras mucho deambular nos devolverá al punto de partida. Nuestra muerte como sociedad y nuestra miseria interna y externa como individuos.
Sabemos como evitarlo. Otra cosa es que no queramos arriesgarnos a tomar ese camino.

miércoles, julio 10, 2013

Conservadores, Egipto y el alfanje del falso laicismo

En los tiempos de las cruzadas mayores, esas de las que ahora solamente sabemos por las películas, una de las armas que decantaron la lucha a favor de los sarracenos -además de la capacidad estratégica de sus líderes- fue el alfanje. 
Esa inmensa espada curva de doble filo de ida y vuelta que funcionaba por un lado como una cuchilla de afeitar en seco y por otro como una hoz capaz de separar la cabeza del cuerpo hasta el hueso de un solo y doloroso tajo.
Si entonces fueron los sarracenos, con Saladino al mando, los que demostraron la importancia de dominar el doble filo en las guerra religiosas ahora es el otro bando el que parece haber aprendido la lección a la hora de lograr la ansiada victoria en ese enfrentamiento religioso que lleva matando al mundo casi quince siglos.
Solamente que ahora el doble filo utilizado no es una espada, es un concepto: se llama laicismo.
No deja de resultar curioso que sea precisamente el conservadurismo más rancio -y no hay conservadurismo más rancio que el español- el que en estos días se convierta en el defensor más firme del golpe militar que ha acabado con la democracia en Egipto. 
Por supuesto no de forma oficial, por supuesto siempre a título personal, pero lo defienden o como poco lo justifican.
Aquí, en lo doméstico, afirman que el voto de una mayoría minoritaria del país, que por arte de una ley electoral que es casi un arcano mágico ha conferido la mayoría absoluta a un partido político, debe ser respetado, debe servir de escudo y parapeto para cualquier acción de gobierno y declaran antidemócratas a todos aquellos que exigen un cambio.
Allí, para las lejanas tierras de los faraones, hablan de proteger a las minorías, de que una mayoría no puede imponer su forma de ver la sociedad, de que el ejercito pretende asegurar los derechos de los siete millones de egipcios que no votaron a Mursi -de un censo electoral de casi treinta millones-, de que la victoria en las urnas no puede ser excusa para imponer una forma de ver la sociedad a todos.
Aquí manifestaciones multitudinarias, huelgas generales, protestas de colectivos profesionales enteros, no son relevantes a la hora de cambiar la política de un Gobierno que lo hace en contra de todos los implicados en sus decisiones.
Allí, tres semanas de manifestaciones de unos pocos miles de coptos y defensores del antiguo régimen justifican una intervención militar "en beneficio" de la voluntad popular.
Pero lo que resulta más que chocante es que  precisamente sean ellos los que se amparen en la defensa de una sociedad laica para hacerlo. 
Aquí, amparados en los sermones de prelados y las reflexiones de teólogos, declaran que el laicismo es un enemigo de la libertad religiosa porque impide mostrar públicamente tus creencias, porque las reduce al ámbito privado -de donde nunca debieron salir hace siglos, por cierto-.
Allí, usan el laicismo como bandera. Claman por una sociedad en la que no se muestren los símbolos religiosos públicamente -los musulmanes, claro está-. Hablan de que solamente una sociedad laica puede garantizar la libertad religiosa.
Y el alfanje de doble filo del falso laicismo sigue repartiendo tajos a diestro y siniestro.
 Aquí es bueno y lógico que se discrimine a las familias homosexuales porque no siguen sus parámetros morales, allí es mala la poligamia porque es una imposición religiosa; aquí aplauden con las orejas cuando un gobierno tira de principios morales católicos -no de argumentos de derecho- para regular el aborto; allí se escandalizan cuando una tradición religiosa impone las cabezas veladas a las mujeres; aquí hinchan de dinero a instituciones educativas religiosas del Opus Dei mientras dinamitan la enseñanza pública, allí se mesan los cabellos por la apertura de Madrazas de los Hermanos Musulmanes; aquí aplauden y asienten respetuosamente cuando los prelados afirman en sus sermones que es necesario reevangelizar España, allí los intentos de islamización de los Hermanos Musulmanes son intolerables.
Aquí la asignatura de religión que cuenta para la media es un paso adelante para la libertad religiosa. Allí el estudio de El Corán fuera del horario lectivo es intolerable.
Creen haber aprendido a usar el doble filo del laicismo de salón y creen que con eso nos engañan.
Los mismos que callan aquí cuando un alcalde catalán se declara islamofóbico y hace la vista gorda a agresiones a musulmanes, les prohíbe rezar públicamente o les desahucia ilegalmente de una mezquita, pese a que han pagado los terrenos al ayuntamiento, gritan y sollozan cuando los yihadistas más furiosos -los mismos salafistas que ahora han apoyado el golpe de Estado, no los Hermanos Musulmanes de Mursi- queman una iglesia copta. 
Los mismos que apoyan y exigen que se investigue dentro de nuestras fronteras a cualquier musulmán porque todos sabemos que todo musulmán es "sospechoso de terrorismo", consideran intolerable que los Hermanos musulmanes miren de través a la iglesia copta y su patriarca después de décadas de colaboracionismo de esta institución con la represión de Mubarak.
Los mismos que, incluidos dentro de la Internacional Demócrata Cristiana -déjenme que lo repita, cristiana-, recogen abiertamente en sus fines políticos un gobierno democrático basado en los principios del cristianismo consideran intolerable que se haga los mismo en Turquía o en Egipto con los principios del Islam.
Cuando el filo del alfanje del falso laicismo va hacia Egipto es una hoja delgada que corta quirúrgicamente en una disección llena de matices laicistas la sociedad egipcia, cuando vuelve hacia España es el basto filo de una hoz que arrampla con cualquier necesidad de un estado laico en beneficio de su propia fe.
Y, aunque nos parezca otra cosa, aunque se nos asemeje a otra circunstancia, todo eso no tiene nada que ver con el laicismo, los verdaderos defensores de una sociedad laica no debemos dejarnos engañar. Ni por unos ni por otros.
Es simplemente una reedición de las cruzadas. Una nueva y moderna carga religiosa sin cruces en el pecho, sin caballos de batalla y sin asedios a plazas amuralladas. Pero son las mismas cruzadas.
No están contra el islamismo, contra la islamización de las sociedades, por deseo de libertad y pluralidad en una sociedad laica. Están en contra porque eso les impedirá la cristianización de las mismas, porque les dificultará su evangelización.
Para ellos el laicismo no es un objetivo, es un medio, un arma en su guerra particular. Una guerra que no es una lucha entre la libertad y el control religioso. Lo es entre su dios y el de los otros.
Por eso no les duele en prendas defender un golpe de Estado militar, el acto más antidemócratico que se conoce. De nuevo "Dios lo quiere".
No nos engañemos, cuando se lleva la cruz en la celada, miremos hacia donde miremos, la rendija es demasiado estrecha para ver otra cosa que no sea tu espada.
En eso al menos son coherentes. Lo defienden en Egipto cuando el Islam avanza y no lo condenan aquí cuando un militar de rango amenaza con él ante el avance del soberanismo.
Dios, cualquier dios, es totalitario por naturaleza. Y el ejercito es la mejor herramienta para eso.


domingo, julio 07, 2013

El patriarca del rol cambiado en el Golpe de Estado

Todos los grandes dramas, las grandes representaciones, tienen momento que atraen la atención. Escenas de impacto, grandiosas y espectaculares que están diseñadas como apoteosis y que nos impiden ver en muchas ocasiones, los pequeños giros, los momentos previos, que son en realidad lo que nos explican el verdadero significado de la historia. Esquilo lo sabía, Shakespeare jugaba con ello, cualquier guionista de Hollywood que se precie domina la técnica. 
Y los militares y otras fuerzas que han orquestado el Golpe de Estado en Egipto han demostrado que también dominan este arte.
Así que hablemos de los pequeños giros, las escenas menores de este trágico guión que es el ataque frontal al único gobierno democrático que ha conocido Egipto.
El primero es la reducción de foco.
Cuando se produce el golpe de Estado la plaza Tahrir estaba llena. Pero en realidad no lo estaba. No había ni un 10 por ciento de la gente que se reunía en las manifestaciones contra Mubarak hace poco más de una año. El realizador de esta mascarada cierra el foco y parece que es lo mismo, pero no lo es.
La omisión del origen.
Nadie hace hincapié en el hecho de que, según los analistas y reporteros presentes, la mayoría de los que allí se encuentran son cristianos coptos, los periódicos están llenos de declaraciones de ellos sobre la libertad religiosa, sobre que Egipto no es islamista, sobre lo que se quiere, pero nadie resalta el hecho de que son cristianos coptos.
El concepto de democracia
Tampoco nadie resalta el hecho de cualquier demócrata abuchearía un despliegue militar por mucha bandera que lleven los helicópteros sobre un palacio presidencial en el que reside un presidente elegido democráticamente.
¿El 15M jalearía a los cazas españoles si, engalanados con la bandera patria, bombardearan el parlamento? Sabemos que no. ¿Los indignados de Wall Street vitorearían a los Marines -¡Semper Fi!- si se aprestaran a tomar la Casa Blanca? Sabemos que no.
Pero los directores del drama del golpe de Estado egipcio presentan esa clara muestra antidemocracia de los allí congregados como el apoyo popular, como la voluntad del pueblo egipcio, del mismo modo que presentan a los cristianos coptos allí reunidos como representantes del Egipto "laico".
Omiten el hecho de que fue Mursi quien obligó al ejército a intervenir cuando este se cruzaba de brazos en la quema de iglesias coptas en algunas zonas del país; no recuerdan el hecho de que fue el Gobierno de Mursi el que obligó a un ejercito egipcio, condescendiente desde la caída de Mubarak, a que controlara de nuevo las actividades de los yihadistas en la frontera de la Gaza bloqueada por los dos teocracias más furiosas del orbe conocido: el régimen terrorista de Hamas y el gobierno mesiánico de Israel.
Eso lo callan. Y todos los interpretes de este drama refuerzan el concepto.
El emporio vaticano, que ha clamado durante meses -sobre todo con el anterior inquisidor blanco Ratzinger- por la libertad religiosa y el derecho a la libre elección del pueblo egipcio calla ahora y se dedica a santificar papas y publicar en cíclicas anti tecnológica.
No dice nada de las detenciones masivas de Hermanos Musulmanes por ser musulmanes e islamistas, no dice nada sobre la carga de intolerancia hacia el islamismo que destilan los periódicos más conservadores de Occidente ¿de repente ya no hay que denunciar la persecución religiosa?, ¿de pronto parece que la cristianofobia es un azote intolerable pero la islamofobia no?
Los medios de comunicación occidentales definen a los miles de personas que se lanzan a la calle en protesta por el golpe de Estado como "los islamistas", mientras que a los que hacen lo mismo contra El Asad en Siria o Abdalá en Jordania les llaman "la oposición democrática". Los que defienden el resultado de las urnas y la restitución del presidente son "islamistas", no "demócratas", mientras que los que apoyan el golpe de estado son "laicos", no "golpistas".
Y para reforzar la cosa, cuentan que grupos extremistas han reaccionado atacando a sacerdotes coptos,como si eso demostrara que los Hermanos Musulmanes no habían ganado las elecciones o habían perdido la legitimidad.
Pero claro, los que hablan de eso ignoran esta frase: "El miércoles el patriarca copto, Teodoro II, había comparecido junto a El Baradei y el general Al Sisi cuando este último anunció el golpe de Estado". Todos los egipcios han visto esas imágenes, pero nadie las reproduce en occidente, nadie publica la instantánea de es momento. Nadie quiere que se recuerde esa escena del drama en concreto.
Nadie critica a la Iglesia Copta que, en lugar de decir "no, somos demócratas, no estamos de acuerdo con el gobierno de Mursi pero sabemos que el camino hacia la justicia no es un golpe de Estado", posara sonriente junto al general golpista; nadie comenta el hecho de que, por mucho prestigio que pudiera tener el líder opositor, lo ha perdido completamente como posible gobernante democrático al aparecer junto a un militar que ha impuesto su voluntad por encima de la ciudadanía.
Así elaboramos los dramas y las tragedias de otros en Occidente. 
El ejército egipcio ha recuperado el poder no por el islamismo de los Hermanos Musulmanes sino porque el poder y la base social de estos amenazaba el suyo y nosotros estamos contentos -o, cuando menos lo toleramos y justificamos- no porque seamos demócratas y queramos defender la democracia, sino porque tenemos miedo de lo que no compondremos y queremos que alguien lo controle a cualquier precio.
Cambiamos los papeles de todos para lograr el final que ansiamos. 
Teorodoro II, El Baradei y el General Al Sisi son los golpistas -los dos primeros como colaboradores necesarios, como mínimo-, Mursi, su gobierno y los Hermanos Musulmanes, no. Los que exigen la restitución del presidente son los demócratas, los que jalean a los helicópteros  no. Los Hermanos Musulmanes no son laicos, los cristianos coptos tampoco.
Y el telón de esta tragedia caerá en forma de guerra civil sobre Egipto solamente porque nosotros lo hemos consentido y hemos defendido a quienes no tenemos que defender porque su forma de pensar nos resulta más cómoda.
Pero no pasa nada. Nuestra arrogancia nos enseñó hace tiempo a saber vivir con esas cosas.

jueves, julio 04, 2013

Egipto, Tahrir y nuestro falso sentido democrático

Tahrir, la plaza que otrora nos vendieran y presentaran como un símbolo de libertad y de cambio, hoy es otra cosa. 
Puede que a nosotros no nos importe un carajo, acuciados por lo nuestro, puede que se nos antoje lo mismo o nos interese, pero lo que ha ocurrido y ocurre hoy en Tahrir es más importante para nosotros que la gran mayoría de las cosas que están ocurriendo en el interior de nuestras fronteras.
Los militares egipcios han recordado que tienen las armas, que tienen la fuerza, que tienen el poder y han decidido utilizarlos para convertir en historia pasada al primer gobernante civil egipcio salido de las urnas.
Puede que lo llamen de otra manera, puede que los que ahora celebran en la plaza, que no son los mismos que se manifestaban hace dos años, lo quieran llamar de otra manera. Pero un golpe de Estado militar es un golpe de Estado militar. Ni todos los eufemismos del mundo le pueden cambiar el nombre.
Y el golpe militar en Egipto nos envía muchos mensajes, nos demuestra muchas circunstancias. Nos pinta la cara de rojo a nosotros, los occidentales atlánticos, y a nuestro patológico desconocimiento de las situaciones que creemos entender.
Porque Occidente, su actitud y su condescendencia tienen mucho que ver en todo esto.
Cuando Tahrir estaba llena de manifestantes que pedían la caída de Mubarak, del Rais dictatorial que los gobiernos occidentales habían colocado hace décadas en el gobierno egipcio en beneficio de Israel y sus intereses económicos, el Occidente Atlántico los apoyó, los jaleó, los vendió y los compró como ejemplo y semilla de un cambio que debía producirse en el mundo árabe.
Y el Rais cayó, la democracia llegó a Egipto y todos los columnistas, arabistas, expertos en política internacional y demás catálogo de opinadores occidentales se congratularon de ello.
Pero luego Occidente plegó velas en cuanto los egipcios hicieron uso libre de esa democracia. En cuanto eligieron lo que querían, la cosa cambió.
La arrogancia occidental imaginó que los egipcios colocarían en el poder un gobierno de corte occidental -lo que nosotros necesitábamos-, un gobierno de rasgos modernizadores -lo que nosotros queríamos  y un gobierno de rasgos laicos -lo que nosotros entendíamos-, pero Egipto eligió lo que quería: un gobierno conservador e islamista.
Y entonces la democracia ya no fue buena en Egipto.
A partir de ese momento los mismos que habían clamado por la democracia en Egipto empezaron a cuestionar el resultado que esa democracia había traído. Los Hermanos Musulmanes empezaron a ser el enemigo a batir. La voluntad del pueblo egipcio empezó a ser cuestionada.
De repente los que antes eran los seguidores del régimen dictatorial y opresivo del Rais pasaron a ser los "laicos" que es oponían a la Constitución de corte religioso del presidente Morsi y los Hermanos Musulmanes.
Desde la prensa occidental hasta el mismísimo blanco inquisidor vaticano Ratzinger empezaron a alertar contra la cristianofobia en Egipto, presentando los actos de los radicales yihadistas como una consecuencia del gobierno de Morsi e ignorando que esos cristianos coptos a los que ahora parecía que se perseguía habían apoyado sin ambages al Rais Mubarak, habían formado parte de su administración, habían compartido desde la élite social gran parte de la visión destructora del gobernante e incluso habían sido los encargados de perseguir durante años a las estructuras clandestinas de los Hermanos Musulmanes, prohibidos por el dictador egipcio.
Pero, de repente, eran los "laicos" que estaban injustamente sometidos a la dictadura de los islamistas. Aunque Morsi hubiera ganado las elecciones con un 51 por ciento de los votos, aunque la Constitución hubiera sido aprobada con un 64% de los sufragios a favor.
Nos daba igual lo que quisiera el pueblo Egipcio. Como a nosotros nos venía mal pues era malo.
Se empezó a hablar de oposición "laica", cuando los políticos que la comandaban y la aglutinaban eran antiguos cargos públicos de la dictadura de Mubarak, se vendió como luchadores por la democracia y la libertad a individuos que utilizaban sus posiciones como jueces para echar tierra en el engranaje islamista cuando durante años habían mandado sin pestañear al patíbulo con sentencias de muerte sumarias a cualquier opositor del régimen de Mubarak.
Todo para intentar parar el islamismo en Egipto.
Como ya habíamos hecho con Argelia hace décadas,cuando impedimos que el FIS subiera al poder porque eran islamistas; lo mismo que estamos haciendo en Siria, enquistando una guerra civil para impedir que los islamistas se hagan con el poder tras la caída de otro dictador puesto por nuestro Occidente Atlántico, El Asad.
Como intentamos desacreditar a la misma sociedad tunecina que había arrojado del poder a su dictador cuando exigió que se retirara la prohibición de llevar velo que este había impuesto a las mujeres musulmanas; lo mismo que hacemos en los reinos feudales del golfo, mirando a otro lado cuando sus emires y príncipes mantienen a su pueblos en la miseria mientras ellos nadan en la opulencia, con tal de que controlen a los extremistas yihadistas dentro de su territorio, aunque esos emires sean más fanáticos religiosos que los propios terroristas y apliquen la ley de la lapidación, la castración y la amputación de manos al pie de la letra.
Lo mismo que estamos haciendo en Turquía, defendiendo a capa y espada unas protestas -quizás justas- con el único objetivo de que el único gobierno coherente de esa zona, el único tapón de cordura democrática que, dentro del islamismo, representa Erdogan -que tampoco es un santo, no nos engañemos- caiga para que no gobierne un islamista en Turquía.
Nuestra incapacidad para entender el flujo de la historia, para comprender que -por un motivo u otro- los países musulmanes quieren ahora y van a seguir queriendo de forma mayoritaria gobiernos basados en su religión, aunque a nosotros nos parezca arcaico y contraproducente, va a acabar por devolvernos el golpe.
Nuestra incapacidad para respetar la democracia cuando nos viene mal, para entender que la única forma de que el gobierno basado en principios religiosos pierda dogmatismo y se haga tolerante y democrático -como nuestra democracia cristiana, que siempre se no olvida que existe y la toleramos cuando hablamos de estas cosas- es que pase por el poder, es que los mismos que lo colocaron en el poder les exijan flexibilidad, nos va a pasar factura.
Nuestra imposibilidad de consentir que otros pueblos y otras culturas pasen por su peculiar travesía del desierto antes de descubrir los supuestos valores que nosotros ya tenemos -y que descubrimos de igual manera que ellos hace no tantos siglos- va a acabar por matarnos.
Los que hoy dicen que Tahrir celebra la caída del gobierno islamista están mintiendo. Los que hoy están en Tahrir están celebrando el retorno al poder de aquellos que lo ejercieron de forma dictatorial y despótica en su beneficio y en el de nuestro Occidente hasta que el pueblo egipcio expresó su voluntad mayoritaria en las urnas. 
Los que hoy están en la plaza de Tahrir celebrando el golpe son los mismos que estaban en el palacio presidencial intentando evitar la caída de Mubarak hace dos años. Incluidos los cristianos coptos.
Y lo están porque, entre otras cosas, nuestro cambio de actitud les ha dado alas, les ha enviado una enseñanza de como interpretamos la justicia y la democracia en Occidente, les ha enseñado una lección que les ha resultado muy fácil de aprender y que les costará olvidar: Occidente entiende la democracia y la voluntad popular como una herramienta que sirve a los fines del poder, no como un valor en sí mismo. 
Si no nos viene bien la democracia incluso se puede prescindir de ella.
Por más que los que han hecho del islamismo la nueva hidra de múltiples cabezas contra la que enviar a nuestros paladines heroicos -como antes fuera el comunismo- crean que hoy ha sido una victoria para frenar el islamismo en el mundo, están equivocados.
Hoy han contribuido, ya sean medios occidentales, cristianos coptos egipcios, cardenales de curia vaticanos o políticos europeos o estadounidenses a engrosar las filas del yihadismo más radical, fanático y violento.
Cuando a alguien le arrebatas la posibilidad de evolucionar y hacer las cosas de forma democrática tan sólo le dejas la violencia.

En contra de lo que escribían con Láser los golpistas en Tahrir, el juego no ha terminado. No ha hecho otra cosa que empezar y nuestra apertura es tan arriesgada e irresponsable que expone la garganta de todas nuestras piezas al tajo furioso del fanático religioso que sepa utilizarlo. Quizás no nos hayamos dado cuenta o quizás sencillamente ni siquiera nos importe.
Puede que el golpe militar egipcio haya derrotado al islamismo moderado pero ha engrandecido al radical con nuestra aquiescencia y complicidad. A lo mejor eso hace que el mundo sea más seguro para nosotros pero lo convertirá en un infierno de guerra y fanatismo para los que lleguen después, aunque nosotros no lo vivamos. 
Y quien crea que esto es una defensa del islamismo -radical o moderado- o de cualquier otro gobierno basado en la teocracia -incluidos la democracia cristiana o el sionismo hebreo-  que vuelva a leer despacito este post desde el principio porque no se ha enterado de nada.

domingo, octubre 21, 2012

La trampa de lo laico en la XVI Santa Cruzada

Unos miles de personas se manifiestan en la ya mítica Plaza Tahrir de El Cairo pidiendo, en un rito que se ha hecho ya tradicional, que le nueva constitución que elabora el legislativo egipcio, en el que los Hermanos Musulmanes del presidente Mursi son mayoría, respete el laicismo del estado y la libertad religiosa.
Y está bien que se lo recuerden, está bien que los egipcios busquen la mayor pluralidad del Estado y que su futura carta magna recoja esos principios si así lo desean. Es su país, es su gobierno, el que la mayoría de ellos votó, y es su futuro. Así que tienen todo el derecho a querer construirlo como se les antoje y les venga en gana.
Lo que ya no es tan de recibo es que el mundo Occidental Atlántico tire  de esa reclamación -previa, todo hay que decirlo, que la constitución egipcia todavía no se ha presentado en sociedad, ni se ha puesto a votación, ni se ha ratificado en referéndum- y la aproveche para volver a intentar segar la hierba bajo los pies de un gobierno, el egipcio, que de momento no ha hecho nada para ganarse las críticas que se le están presuponiendo de religioso, fundamentalista y teocrático.
Y no es que no pueda hacerlo porque Mursi y sus Hermanos Musulmanes no tengan unas ciertas tendencias hacia la implicación religiosa del Estado. No puede hacerlo simplemente porque el gobierno, la ley y el Estado en Occidente Atlántico ni es laico ni está a una distancia prudencial de serlo como para que se pueda anticipar la consecución de esa circunstancia.
Porque el Occidente Atlántico no está exigiendo, presionando y manipulando a las sociedades de esos países para que sean laicas, sino para que no sean musulmanas. Y ese es el principal ejemplo de que esa separación entre la realidad y la religión, entre la ley y los preceptos, entre la ética y la moral no se da ni de lejos en este mundo nuestro.
Si así fuera no solamente se exigiría que los Hermanos Musulmanes llevaran su país al laicismo, se exigiría que todos los países del mundo lo hicieran.
Y ninguno de los ejemplos de los que se pueda echar mano bote pronto, a toda prisa, para justificar esa diferencia de posición es sostenible.
Se dice que es un partido religioso y eso parece pernicioso. Pero a nadie le parece pernicioso que haya una internacional Demócrata Cristiana que aglutina a partidos que son más o menos mayoritarios en la gran parte de los países europeos; se afirma que no se puede tener un presidente que se rija por los preceptos de una religión y eso mueve a la risa porque los dos candidatos a las presidenciales de Estados Unidos hacen eso constantemente, uno de ellos es incluso obispo mormón y nadie cree que eso vaya contra la libertad en ese autoproclamado baluarte del Occidente Atlántico.
Se dice que un presidente apoyado por un partido político religioso no representa a todo el Estado y deja fuera a los demás. Y puede ser un riesgo, pero nadie alerta de ese riesgo contra Mariano Rajoy, contra Mario Monti, contra Nicolás Sarkozy ni contra Ángela Merkel, todos ellos miembros de partidos adheridos a la internacional demócrata cristiana, todos ellos religiosos. Y por supuesto nadie pone en duda la capacidad de representación de todos los ciudadanos del Reino Unido de Su Graciosa Majestad la Reina de Inglaterra por la inapreciable coincidencia de ser cabeza visible del reino de la iglesia anglicana. Y claro nadie se atreve a insinuar eso del candidato republicano Mitt Romney. 
Como eso parece algo de ida y vuelta, algo que se nos puede echar en cara a los que en occidente centramos nuestras críticas en lo islámico de los gobiernos como el Egipcio -es decir Turquía, Túnez, Jordania, que el ejemplo de Irán o de Arabia Saudí son tan asimilables como si alguien dijera que todos los gobiernos europeos son como el que rige en el Estado Vaticano-, se recurre a elementos más firmes y más precisos como la Ley. Se asegura que una ley no puede basarse en la religión. 
Y es cierto. Lo que no es cierto es que nosotros, los occidentales que fingimos ser laicos como Estados y sociedades, lo hagamos.
En todos los países del orbe europeo y occidental hay leyes contra el escándalo público
¿Qué suponen? Básicamente, por resumir y aglutinar, que ningún ciudadano de esos países puede desde pasearse desnudo por las calles hasta practicar sexo en la vía pública, en diferentes gradaciones que van desde la legislación de escándalo público de Idaho -realmente curiosa- hasta la más abierta de las ordenanzas municipales de Estocolmo.
¿Y a qué se deben esas leyes?, principalmente a un concepto de decoro y escándalo arrancado sin miramientos de las páginas de los textos sagrados de la religión cristiana. Se han asentado con el tiempo, se han introducido en el constructo social pero si te escandalizas de ver a alguien practicando sexo en un parque es porque tu inconsciente colectivo te lleva al concepto de pecado, si te ruboriza la desnudez del prójimo exhibida sin tapujos es porque eres arrojado al más recóndito pozo del concepto de la castidad religiosa.
Y los occidentales, seamos izquierdistas o conservadores, feministas o machistas, libertarios o totalitarios, nos sentimos cómodos con esas leyes y las consideramos justas. Así que de laicismo poco.
Y lo mismo con por ejemplo la monogamia. 
Por más que las feministas hablen de dignidad de la mujer, de igualdad y den o se sabe cuántos otros conceptos más, presumiblemente extraídos de la ética laica, la prohibición de la poligamia -masculina o femenina, que poligamia significa "muchos matrimonios" no "muchas mujeres", por lo que la invención del término poliandria es, cuando menos, innecesaria-, se basa solamente en un precepto religioso que considera inmoral o indecoroso yacer con varios miembros del sexo opuesto a la vez con fines sexuales.
Y así podríamos seguir con una multitud de leyes que impregnan nuestros códigos, que saturan nuestros reglamentos, que jalonan nuestras legislaciones.
¿El castigo por la profanación de tumbas?, raíz religiosa; ¿considerar como injurias o calumnias referencias a la actividad sexual de otra persona?, raíz religiosa; ¿el incesto?, raíz religiosa; ¿la calificación del sexo explícito como no apto para menores?, raíz religiosa.
Cierto es que, como la moral de la religiosidad imperante en occidente parece solamente afectar al área del ser humano que se halla por debajo del ombligo y a las zonas erógenas que caen bajo su jurisdicción, la mayoría de esas leyes religiosas hacen referencia a la actividad sexual o todo aquello que puede afectarla, impulsarla o desencadenarla. Pero eso no hace que sean más laicas.
Y todo ello obviando el hecho de leyes absolutamente explícitas como la existencia del castigo por ofender la sensibilidad religiosa o la blasfemia.
O sea que nosotros juzgamos a un cantante por meterse con dios en una de sus canciones y luego nos rasgamos las vestiduras porque el gobierno egipcio presente una protesta por unas caricaturas y unos insultos que son una marcada blasfemia se mire por donde se mire.
De modo que, aunque seamos laicos, reconocemos el derecho de los que son religiosos -religiosos cristianos, claro- a no recibir insultos gratuitos pero nos molestamos cuando los gobiernos de partidos demócrata islámicos -¿a que suena raro el concepto?, ¿será porque se omite constantemente de forma voluntaria?- hacen lo mismo. 
Y no me refiero a los arrebatados y violentos salafistas y yihadistas que utilizan de excusa eso para matar al embajador estadounidense en Libia -que ya se ha demostrado que no fue ni mucho menos un ataque espontáneo-, me refiero a una simple y normal protesta por los canales diplomáticos emitida por el gobierno de Mursi, que desató toda suerte de encendidas críticas en el falsamente laico mundo occidental.
Porque si le echamos a la democracia islámica la culpa de todo eso, también tendremos que echarle la culpa a la democracia cristiana de los ataques con estiércol y mierda de vaca a las proyecciones de La Última Tentación de Cristo o de El Exorcismo de Emily Rose, la quema por parte de las lefevbrerianas de una muestra fotográfica considerada por ellas irreverente, la quema de coranes por parte de un pastor protestante en Estados Unidos o el ataque de jóvenes anglicanos en las calles de las ciudades universitarias de Gran Bretaña contra jovencitas que llevan velo. Y no solemos echarle la culpa a la democracia cristiana de eso, ¿verdad?
Así que se va haciendo claro que lo que nos preocupa no es que las sociedades sean laicas. Porque, encima, da la casualidad de que son los que se hacen llamar demócrata cristianos los que más protestas y más furibundos ataques contra estas reacciones argumentando que un gobierno no se puede hacer responsable de la defensa de una religión.
Pero, claro, esos mismos miembros de la Internacional Democristiana o del Grupo Popular Europeo que realizan esas afirmaciones no dicen lo mismo cuando el Gobierno de la Comunidad de Madrid retira una obra de teatro de su programa dramático porque se titula "Me cago en dios" o cuando prohíbe una campaña publicitaria que coloca en los autobuses municipales el lema "dios no existe" o cuando prohíbe en un ayuntamiento andaluz realizar un concierto durante la romería de El Rocío porque uno de los grupos participantes tiene una tonada que se mofa precisamente de ese acto religioso, o cuando un ayuntamiento presenta una queja oficial porque determinada publicación ha publicado un artículo de opinión en el que se duda de la magnitud de la santidad de su santo patrón.
Entonces nuestro laicismo occidental si nos permite recurrir a la sensibilidad religiosa de otros para justificar quejas y protestas cuyo derecho le queremos negar a otros, a los que son religiosos, pero de otra religión.
Y el tercer acto de esta farsa laicista que vivimos en relación con los Hermanos Musulmanes, con el primer ministro turco Erdogan y con todos los que pretenden demostrar que se puede ser demoislámico -por lo menos todo lo demo que puede ser un democristiano- está en los signos, en los elementos externos de la sociedad.
Hablamos del velo femenino. Engañamos a propios y ajenos diciendo que los partidos que tienen como base sus creencias religiosas están imponiendo el velo islámico. Mentimos por duplicado porque ni el velo es islámico ni lo están imponiendo.
Tomamos una fotografía de una presentadora con velo y ya vendemos la imposición cuando lo que han hecho los hermanos musulmanes -al igual que antes hiciera el nuevo gobierno tunecino-  ha sido levantar la prohibición que pesaba de llevarlo impuesta por los anteriores regímenes que eran, según parece ahora, muy laicos y muy modernos pese a la cantidad de personas que mataron, represaliaron y encarcelaron; intentamos vender que el velo es una muestra de sumisión de la mujer al varón cuando en realidad es una muestra de sumisión a su dios -como lo es el turbante ¿alguien se ha preguntado porque en Arabia Saudí, centro del integrismo islámico, todos los hombres llevan turbante?-. Yo no mostraría jamás mi sumisión ante cualquier dios conocido o por conocer –ni siquiera aunque alguien pudiera demostrarme que existiera- pero no me altera en absoluto que otra persona lo haga. Es su mente y su vida. Es su decisión. Una decisión baldía e inútil, según mi punto de vista, pero suya.
Tan suya como acudirá velada a la iglesia, tan suya como ponerse una mantilla en una procesión en señal de respeto, tan suya como velarse para estar en presencia del jerarca vaticano. ¡Anda!, ¿no nos habíamos dado cuenta de eso?
Nos fijamos en los velos de las presentadoras egipcias y no en los escotes -o la ausencia de ellos- de las presentadoras de nuestros informativos que parte también de un concepto de decoro fundamentado en la religión que el gobierno –todos los gobiernos- imponen en los canales públicos
¿Significa que no luzcan con fruición sus perfectos canalillos ante las cámaras que se someten a la voluntad del varón?, ¿significa que el Gobierno intenta imponer una moral basada en su religión?
Ni siquiera nos lo planteamos nos parece tan normal que ni siquiera reparamos en ello. Incluso los laicos de verdad.
Así que, los que verdaderamente creemos que la religión social y jerárquica es una lacra para la civilización -aunque en periodos anteriores pudiera ayudarla-, no deberíamos dejarnos arrastrar por ese falso ataque de defensa de lo laico que de repente ha invadido a aquellos que, desde su democristianismo, nunca han tenido el más mínimo interés en separar su moral y su religión de la estructuración de la sociedad.
Lo que les preocupa no es que los Hermanos Musulmanes, Erdogan o el gobierno tunecino, no sean laicos. Lo único que les preocupa es que no sean cristianos.
Yo no querría vivir en una sociedad basada en los principios religiosos de ninguna religión, no solamente porque no crea en ellas -que es el caso- sino porque, con un poco de reflexión, he llegado a la conclusión de que ninguna religión social puede ser adoptada de forma universal y por ello se convierten, a través del proselitismo y la imposición, en uno de los principales motivos de conflicto a lo largo de la historia. Lo que puede servir para organizar el interior del individuo no tiene por qué servir para organizar la sociedad. Así de simple.
Por eso me dedico primero a intentar cambiar la sociedad en la que vivo y dejo que los demás tomen sus propias elecciones.
Por eso no estoy dispuesto a dejar que las estructuras cristianas -políticas y jerárquicas- me arrastren a una cruzada disfrazada de lucha en defensa de un laicismo en el que nunca han creído y nunca creerán.
Y si los salafistas o los yihadistas vienen hasta mi puerta y terminan lapidándome por ello porque la santa cruzada no ha logrado detenerlos. Sea.
No voy a cambiar de forma de pensar por el miedo que pretenden imponer aquellos que magnifican esa amenaza.
Se lo debo a todos aquellos que pensaron lo mismo que yo cuando la amenaza era morir en la hoguera.

sábado, octubre 06, 2012

Jordania y la democracia islámica: la última batalla del imperio y Los Reinos contra los falsos bárbaros.


Al Urdunn, es decir Jordania, era y sigue siendo el único reducto que le queda a la paz en ese continuo hervidero de conflictos que se llama o se ha querido llamar Próximo Oriente.
Lo era -o lo es- porque su población, pese a ser una de las más pobres de la zona -haciendo omisión voluntaria de Palestina, claro está- no sufre esa tensión social que marcan las diferencias exacerbadas de riqueza en otros países de la zona. Y lo es porque se rey, que no es tan rey ni tan absoluto como los emires y jeques del península arábiga y como los presidentes títeres que lo eran de Siria o Egipto, por ejemplo, tiene sin embargo una tendencia desconocida en la zona a la permisividad con el cambio.
Eso está a punto de cambiar. 
En unas pocas semanas Jordania ha pasado de ser el único punto de escape hacia una relativa calma de los refugiados sirios y prácticamente el único foco de estabilidad en esa zona a convertirse en una pieza más del complicado puzle en el que se maneja la política ahora por esos lares.
Los jordanos quieren a su rey -y a su reina, sobre todo a su reina-, pero quieren algo más. Quieren una capacidad de decisión que no tienen, quieren incrementar una posibilidad de elección que cada vez se les antoja más reducida. El monarca hachemita es intocable, de acuerdo. Pero todo lo demás no.
Los jordanos llevan pidiendo que su democracia -porque la tienen- se amplíe desde quizás hace más tiempo que todos los estallidos furibundos en los que culminaron las mismas reclamaciones en otros países árabes y magrebíes.
Tienen una monarquía constitucional -que se hizo constitucional por voluntad propia- y un sistema parlamentario bicameral y cuatrienal. Muy moderno, muy democrático. Muy insuficiente.
Su forma de protesta es muy diferente de la de los otros pueblos y naciones del entorno. Quizás porque son más gentes del desierto que otra cosa, quizás porque su sentido religioso es más pragmático y menos furibundo -al estilo turco- sus protestas son curiosamente más silenciosas, más tranquilas. A lo que ayuda también la curiosa distribución que adopta la policia en ellas, como si la mitad de los efectivos los protegiera y la otra mitad los vigilara -curioso, ¿no?-.
No diría yo, que asistí como observador -podría decirse- hace unos meses a algunas de ellas, que más pacíficas que, cuando se te plantan cinco o diez mil personas en silencio frente a tu puerta, tu paz interior tiende a resquebrajarse a pasos agigantados.
“Nadie grita nada ni corea ningún slogan” -le comenté en Amman, en la original Philadelphia, a uno de los manifestantes que portaba a su hijo a hombros en una de esas exhibiciones de descontento comedido: "ellos saben para qué estamos aquí y qué queremos y nosotros sabemos qué están haciendo ahí dentro, ¿qué más hace falta decir?". 
Tan típico del desierto, tan parco en esfuerzos baldíos en unas tierras en las que un esfuerzo a destiempo te puede restar la vitalidad necesaria para sobrevivir, que resultaba un razonamiento sencillamente irrebatible.
Ahora, sin perder esa impronta, sin radicalizarse -al menos de momento- se hacen más numerosas, más multitudinarias. Más dignas de salir en los papeles impresos occidentales y en las cabeceras de los informativos televisivos atlánticos.
Y nosotros, orgullosos miembros de ese civilizado club occidental atlántico que está haciendo aguas por babor y estribor mientras nosotros debatimos qué melodía fúnebre entablamos durante el hundimiento, miramos a las tierras de Al Urdunn, de una de las cunas del mundo, y nos encogemos de hombros pensando que este movimiento en Jordania es uno más de tantos con los que nos desayunamos cada día en el mundo árabe, magrebí y musulmán.
Pero nos equivocamos. No es uno más. Es el último.
Jordania es importante porque es la única frontera permeable que tiene una Israel auto segregada por su propia política belicista con el mundo árabe. Militarizadas las fronteras con Siria, Líbano y Palestina y en estado de perpetua desconfianza con Egipto, Jordania era la más amplia frontera del estado hebreo y la única en la que las cosas estaban siempre en calma.
Quizás por eso es -y por las peculiaridades de su pueblo y su gobierno- el último bastión en el que han prendido las quejas, la necesidad de cambio. En el que se ha iniciado una búsqueda del poder por aquellos que ya lo han hecho en Egipto, Marruecos, Túnez o Libia y que lo están haciendo en Siria.
Porque, una vez más, por enésima ocasión, los que comandan, organizan y encabezan este movimiento de protesta son los Hermanos Musulmanes.
Y si lo es, si se completa, será el comienzo de algo nuevo, será el inicio de otra cosa nueva, de algo por lo que Occidente ha clamado en la zona cuando le venía bien, cuando lo necesitaba, pero de algo que no quiere que se produzca ahora y a lo que asiste temeroso y distante: la estabilidad.
Porque, nos guste o no, lo queramos o no, es innegable que si los mismos gobiernan en todos los países del entorno las luchas intestinas tenderán a desaparecer, la posibilidad de acuerdos globales aumentará. Es decir la zona se hará mucho más estable.
Si a eso añadimos la presencia en Turquía del mismo tipo de gobierno demócrata islámico, las cuentas de la estabilidad comienzan a producir dividendos.
Por cierto, una digresión:
¿Por qué se alude constantemente al concepto de demócrata cristiano pero nadie utiliza otra cosa que el término islamista para los Hermanos Musulmanes que, hasta ahora, han demostrado ser tan demócratas como islamistas?, ¿Por qué nadie recurre a la definición demócrata islámico con la misma naturalidad con la que se utiliza de demócrata cristiano? 
Vale, entono un mea culpa, no es una digresión.
No lo hacen por un sencillo motivo. Porque si se hace Occidente dará pábulo a introducir en el inconsciente colectivo de sus poblaciones el hecho de que los gobiernos democráticos con base ideológica en el islam pueden ser estables. Para el occidental atlántico de a pie democracia es sinónimo de estabilidad. Todos sabemos que eso no es cierto pero nos gusta pensar que sí lo es.
Y ahora Occidente ya no quiere la estabilidad en esa zona. 
Ahora, que no se basa en la tranquilidad y el silencio impuesto por regímenes cuasi militares dirigidos por gobernantes, supuestamente laicos, títeres voluntarios de los hilos que mueve nuestra civilización, no la quiere; ahora, que no se basa en el gobierno de reyes absolutos medievales apoyados en el poder militar del armamento estadounidense y de la constante patrulla y vigilancia de la Sexta Flota en la zona, no la desea; ahora, que no parte de la gestión occidental de los recursos que genera una clase dirigente tremendamente rica y una ciudadanía incapaz de enfrentar a ella y completamente miserable, la teme.
Porque nosotros nunca hemos querido la estabilidad real en la zona, la estabilidad que parte de la unidad, la única estabilidad que es posible y duradera. 
La que ha hecho estable a Europa, la que hace siglos hizo estable al Reino Unido al unir tres coronas en una sola cabeza, la que hizo estable a cuarenta y tantos estados independientes que se unieron para formar los Estados Unidos de América.
No la queremos porque sabemos en qué se basará. Lo único que tienen ahora en común todos esos pueblos es una cosa. No es que las diferencias nacionales les enfrentes -las fronteras inmensas y el desierto diluyen mucho los enfrentamientos nacionales, pero solamente hay un factor aglutinador. Su dios y sus creencias religiosas.
Por eso nuestros papeles entintados y nuestros espacios informativos hacen hincapié en el islamismo y no en la democracia cuando hablan de Los Hermanos Musulmanes.
Por eso nos intentan vender como algo temible que en Túnez hayan levantado la prohibición de llevar velo -¿desde cuándo levantar una medida de prohibición arbitraria sobre el vestuario es algo retrógrado?-; por eso alertan de que el islamismo ha hecho volver el velo a las pantallas de la televisión pública egipcia. Y la noticia la dan presentadoras de informativos que no lucen profusos escotes, que no llevan un top que les deje a la vista el ombligo o que ni siquiera visten tirantes en verano -o, ya puestos, lucen los pechos al aire-, manteniendo el decoro en el vestir que solamente emana de nuestra tradición religiosa judeocristiana.
Por eso las redes sociales crean una polémica infinita sobre que un ministro egipcio de Los Hermanos Musulmanes ha dicho a una presentadora que espera que "sus preguntas no sean tan calientes como ella" -un comentario que, en árabe, puede significar lo que nuestras mentes permanentemente sexuadas han hecho significar o ser utilizado como sinónimo eufemístico de visceral, radical, polémico o incendiario-, intentando demostrar que eso es producto del islamismo, pero pasamos de largo cuando un cargo político en nuestro país tiene que dimitir porque afirma que "las leyes son como las mujeres, están para violarlas”, y nadie se lo achaca a la perfidia de la democracia cristiana que dice mantener ese individuo y el partido al que pertenece.
Por eso los columnistas nos avisan de que la Constitución que preparan los Hermanos Musulmanes en Túnez define a hombre y mujer como complementarios -no a la mujer como complemento del hombre, como se ha querido hacer ver, aunque tampoco como iguales, todo hay que decirlo- o de que el texto constituyente egipcio tiene seis referencias a Allah.
Lo hacen ignorando que la Constitución de los Estados Unidos de América y The Bill of Rigths incluyen setenta y dos referencias al dios cristiano, que el dinero de ese país refleja el lema nacional que es, ni más ni menos, que "In God we trust", que la Carta Magna británica incluye la definición del monarca como cabeza de la iglesia anglicana y esta como religión oficial del reino o que Israel se define como un Estado Judío -no hebreo ni semita, sino judío-, convirtiéndose en un estado que lleva la religión en su definición.
Por eso, junto a las noticias que tienen que ver con las acciones o reacciones de los Hermanos Musulmanes siempre aparecen otras sobre la implantación de la Sharia en el nuevo estado surgido de la escisión de Mali, sobre ejecuciones o juicios religiosos en Irán o sobre acusaciones de indecencia a mujeres violadas en el enloquecido imperio talibán de Afganistán. Para que parezca que son lo mismo, aunque saben de antemano que no lo son.
Por eso tiramos de libertad de expresión cuando realizan una protesta formal por un video lleno de excrecencias o por la enésima caricatura innecesaria de Mahoma, fingiendo ignorar que los que han atacado las embajadas, han quemado banderas y han mostrado su furia no son los seguidores de los Hermanos Musulmanes, son los salafistas radicales que son, curiosamente, sus más enconados detractores.
Tenemos que poner el acento en el islamismo y no en la democracia porque ya no nos van quedando baluartes en los que apoyarnos en Próximo Oriente. 
Porque si le reconocemos el principio democrático a esos gobiernos y a esos pueblos, la estabilidad que emane de ellos nos obligará a muchas cosas.
Obligará a Palestina a cambiar. De hecho, ya hay miembros de esa agrupación realizando protestas contra la tiranía del miedo terrorista de Hamas en Gaza y contra la inoperatividad de Fatah en Cisjordania.
Obligará a Israel a cambiar porque no podrá seguir manteniendo su política bélica contra una unidad de gobierno cohesionada -porque al final también triunfarán en Siria- que la rodee por todas partes y que además esté creciendo en las falsas fronteras interiores que mantiene con Palestina.
Y sobre todo nos obligará a nosotros a cambiar.
Si Jordania también engrosa la filas de la democracia islámica tenemos un problema. Bueno, los tenemos todos.
Porque entonces ya no podremos vender el islamismo de los Hermanos Musulmanes como algo pérfido y nos daremos cuenta de que los que cortan manos, flagelan adúlteros y adúlteras y matan homosexuales en nombre de su dios no son los que nosotros llamamos islamistas, que los que imponen esa ley arcaica son los dirigentes medievales de los países en cuyos puertos descansa la Sexta Flota, son los reyes absolutos de los emiratos que nos venden sus recursos a cambio de nuestras armas. Son los jeques y emires de Los Reinos, como se llama en Oriente Próximo a todos esos países surgidos de los reinos tribales beduinos de la península arábiga. Son nuestros aliados. 
Aquellos a los que defendemos a ultranza y mantenemos en el poder para que el crudo siga fluyendo en condiciones provechosas para nosotros.
Y, claro, si los Hermanos Musulmanes triunfan y estabilizan la zona a lo peor la emprenden con Los Reinos y nos cambian las condiciones que hacen que nuestro sistema occidental atlántico, en el que consumimos lo que no producimos, gastando una energía de la que no disponemos, se mantenga por los pelos.
Serán los nuevos bárbaros que, unidos y cohesionados, solamente tendrán que sentarse, desplegar sus estandartes y encender sus hogueras a las puertas de Roma para ver, armados de paciencia, como sus pobladores se rinden por miedo a luchar y su poder se desmorona.
Así que Damasco, el antiguo califato, era importante para esta revolución musulmana porque era la piedra angular de la antigua grandeza y porque era el primer sitio al que se volvía la vista para calibrar la situación en la zona.
Pero la antigua Al Urdunn, la tierra en la que solamente las cabras son monarcas absolutas, lo es porque es el último lugar en el que se nos antoja posible evitar que la estabilidad de la zona se asiente sobre pilares que no nos favorecen en absoluto.
Lo de Damasco ya es cuestión de tiempo, pero si cae Amman, perdón, cuando caiga Amman, caeremos todos.
Me temo que así ha de ser. 
Se llama evolución histórica. Para bien o para mal, nos guste o no, se llama historia. Aunque todo nos lleve, en el mejor de los casos, una centuria.

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