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viernes, junio 16, 2017

Grenfell en llamas, Rania y la tristeza ante el absurdo

Veinticuatro plantas ardiendo, cientos, quizás miles de personas, atrapadas entre el fuego y la muerte en el edificio Grenfell de Londres y un solo sentimiento. Tristeza
No por las 17 personas muertas, que también por supuesto, no por los dramas sufridos y muertos esa noche de llamas, que, desde luego, también.
 Pero esa es tristeza normal, quizás distante y poco vívida, dada la lejanía del suceso. La otra tristeza es abrumadora, casi desesperada por impotente ante el absurdo. Una mujer atrapada entre el humo y las llamas en el piso 23, intentando encontrar una salvación, una forma de resistir... y lo graba y transmite en Facebook Live.
Y ante eso solamente me asalta esa tristeza vacía que genera la incomprensión, que produce el no poder descubrir esa esencia de la ciencia de la vida que se llama por qué; que se traduce en la amarga pregunta que hiciera famosa el Rey de Rohan en la inacabable película: ¿Cómo hemos llegado a esto?
Tristeza por no saber qué hace que una mujer desperdicie energías y tiempo en una retransmisión inútil de su propia agonía, de su miedo, de su desesperación. Qué le hace pensar o sentir que aporta algo a su existencia en riesgo mantener el móvil con pulso firme para que un mundo lejano, irrelevante en ese momento y, sobre todo, indiferente e incapaz de ayudarle vea todo en directo.
¿Es Rania, la autora del vídeo, una mala persona? Desde luego que no. Lo demuestra, se arriesga, abre la puerta, ofrece ayuda y auxilio a sus vecinos mientras lo graba todo. Entonces ¿por qué?
Sus amigos de Facebook, la mayoría egipcios como ella, están a kilómetros y kilómetros de distancia, incluso aunque estuvieran en el edificio de al lado no pueden ayudarla, no pueden ascender una veintena larga de plantas entre llamas y humo. Entonces ¿por qué?
Y es la respuesta lo que hace que llegue la tristeza.
Rania está enferma. Enferma con una plaga que afecta a miles de millones de personas. Una plaga que nos hace confundir el mundo real con esa suerte de remedo virtual llamado Redes Sociales; infectada por un virus de desconexión personal e hiperconexión virtual que hace que se considere necesario, sino imprescindible, que el mundo conozca todos y cada uno de nuestros momentos, que los perfiles a los que identificamos como amigos sepan de nosotros en todo momento, en toda circunstancia.
Una enfermedad que afecta desde lo afectivo hasta lo trágico, desde lo profesional hasta lo lúdico, y que hace que una mujer en peligro pierda seis minutos en una retransmisión inútil antes de hacer el primer esfuerzo por acercarse al mundo real y pedir ayuda. 
Un mal que hace que hoy pululen docenas de vídeos de personas descolgándose por los muros de Grenfell con sábanas, de  gente agitando trapos pidiendo ayuda, de víctimas gritando.
Docenas de personas que, desde los edificios aledaños observan tras su móvil grabador de la desdicha ajena, como lo hicieran días antes en el Puente de Londres y antes, cada día, en otros tantos espacios y lugares. Y lo hacen como un acto reflejo, norma,. lógico, cuando en realidad es algo ilógico, absurdo, casi perverso.
Y aún queda lo peor. La tristeza se convertirá en rabia cuando el vídeo de Rania, de su confusión entre el mundo real e imaginario de las redes Sociales, se haga viral. Cuando millones se pongan ante sus pantallas a observar el sufrimiento y la angustia de alguien a quién ni siquiera conocen ni, desgraciadamente, tienen ya muchas posibilidades de llegar a conocer.
Y los hay que dirán que desde que se inventó el celuloide estas cosas ocurren, que la tragedia humana ha sido grabada desde que hubo la posibilidad técnica de hacerlo y que ahora solamente se han masificado por el acceso generalizado a la tecnología. Pero se equivocan de medio a medio.
Hasta ahora el sufrimiento humano se grababa con un fin, desde el más avieso al más altruista. Los torturadores lo grababan para mejorar su técnica, los policías para poder usarlo como prueba, lo periodistas para informar, los secuestradores para asustar, los cineastas para concienciar, los gobiernos para hacer propaganda... Podían ser buenos o malos motivos, perversos o beatíficos, equivocados o correctos, pero eran motivos. 
Ahora en la mayoría de los casos solamente se hace para aislarse de la realidad, para situarte al margen, para poder sentirte como Gulliver, el mítico viajero de Jonathan Swift, al final de su juicio y poder decir al mundo "Yo he estado allí" en la esperanza casi siempre inconsciente de que eso aumente el numero de visitas a tus redes Sociales.
En resumen, tristeza. Rabia y tristeza que se hacen exponenciales al recordar a Ignacio Echeverría. 
Tantos, hasta los propios implicados, que se alejan con la fría neutralidad del que graba el sufrimiento humano y uno solo que hace o al menos intenta hacer algo para evitarlo. Una proporción de millones a uno que hace casi imposible la solución o el cambio
¿Cómo hemos llegado a esto? 
Y la pregunta es retórica en grado sumo porque todos sabemos la respuesta.

domingo, octubre 04, 2015

Nosotros, nuestros móviles, nuestros amores y un juez

Tenía que pasar, tarde o temprano, tenía que pasar.
Anclados como estamos a la hiperconexión, a esa necesidad de datos en tiempo inmediato, teníamos que perder la dimensión de lo ético hasta que alguien tuviera que recordárnoslo de manera legal.
Y ya lo han hecho: Espiar el móvil de tu pareja es delito, espiar las comunicaciones por correo electrónico, whatsap, mensajes privados de twitter o cualquier otra cosa que se nos pueda ocurrir es un delito.
Un juez nos lo ha tenido que recordar porque nosotros, hijos de la inseguridad y la indolencia del Occidente Atlántico, nos hemos acostumbrado como en muchas cosas a pensar que nuestra necesidad de acallar nuestras inseguridades está por encima de cualquier otra cosa, que el deseo de desvelar nuestras incertidumbres, nuestras dudas y nuestros recelos nos da derecho a cualquier cosa.
Pero no. No tenemos derecho a invadir los espacios privados de otro por el mero hecho de compartir mesa y lecho con él; nuestros celos -justificados o no- no nos dan patente de corso para convertirnos en mataharis del whatsap cuando nuestra pareja está en el baño o en Perry Mason del correo electrónico cuando la mujer a la que amamos se deja abierta su cuenta de correo.
Así que mucho cuidado con eso de esperar con gesto adusto y contrariado al marido, la esposa, la pareja o el amante y lanzarle a la cara la impresión de un correo electrónico o restregarle delante de la nariz la captura de un whatsap de su móvil o de airear a los cuatro vientos el contenido de comunicaciones privadas para demostrara todos que tenemos razón en nuestros celos y nuestras inseguridades.
Se acabó el vivir tranquilo espiando periódicamente el móvil de tu chica para ver que no mantiene conversaciones sospechosas; adiós a la seguridad de saberse querida comprobando regularmente que tu chico no intercambia fotos en mitad de la noche con ninguna compañera de trabajo.
Porque mentir a tu pareja no es delito, ponerle los cuernos a tu pareja tampoco. Es una falla ética de dimensiones mayúsculas pero no va a dar dos años y medio con tus huesos en la cárcel. Espiar su móvil o su correo electrónico sí
De vuelta a lo que siempre debió ser: comunicación y confianza para vencer la incertidumbre que siempre te provoca amar y dar tu corazón a otra persona.
¿De verdad llegamos a creer que el Iphone 6 nos iba a librar de ese esfuerzo y compromiso con nuestros sentimientos? 
Para nuestra triste vergüenza un juez ha tenido que recordarnos que no.

viernes, junio 26, 2015

Los tuits del Brigada y mil preguntas retóricas

Algunas de las lindezas escritas por un brigada de la Guardia Civil en Twitter:
"Frente a toda esta gentuza que agrede a la Policía y contra los Willys Toledos o Cayos Laras de turno, Waffen SS".
Aparte de la absoluta incultura histórica del individuo que supone ignorar el hecho de que en la situación histórica que él añora sería la Gestapo -policía política- y no las Waffen SS -cuerpos de élite militares- la que se encargaría de la disidencia política, la apología del nazismo es evidente.
"1 de abril de 2014: 75 aniversario de la Victoria. Único hecho histórico que el judaísmo internacional, la masonería o el marxismo no han podido manipular".
Otra muestra de antisemitismo en estado puro -mucho más antisemita que hablar de ceniza es aludir al concepto "judaísmo internacional" en clara referencia a un término que parece por primera vez en el Protocolo de Sabios de Sión, una manipulación antisemita urdida por los nazis. Y se le une la apología del franquismo y el negacionismo inverso, ya que la otra verdad histórica que se supone que “marxistas”, “masones” y “judíos” sí han podido manipular está el holocausto nazi.
"Ya se enterara el tal Pablo Iglesias, como el panorama siga así, lo que son de verdad los fascistas cuando surjan los Generales Mola,Yagüe"
"La Junta de Fiscales de Cataluña será pasada por las armas en su momento oportuno. Nuestra mejor arma será el terror".
Amenazas de muerte directas a cargos representativos del Estado y a miembros del Poder Judicial. Así sin más. Sin anestesia ni nada.

El individuo está denunciado por la Asociación Unificada de la Guardia Civil, que no olvidó presentar sus estatutos y su poder de representación como la Asociación Dignidad y Justicia al denunciar al concejal Zapata, incluye amenazas directas a personas con nombres y apellidos, hace apología sin ambages del nazismo, contiene mensajes antisemitas, se declara partidario de romper por la fuerza el orden constitucional…
Vamos, todo aquello que se achaca al edil madrileño por contar dos chistes de ningún gusto y alto nivel de grosería, lo incluyen los tuits de este guardia civil en proporciones mucho más altas. Menos el menosprecio supuesto a las víctimas del terrorismo.
Y este para lelismo me crea muchas preguntas
¿El antisemitismo de sus tuits no debe afectar a los judíos del mundo porque no utilizaría a las Waffen SS contra ellos sino contra otras personas?
¿No tienen derecho a que se proteja su dignidad los marxistas y los masones del mundo?, ¿solo lo tienen las víctimas del terrorismo de ETA?
¿Pablo Iglesias no debe sentir su vida amenazada porque el General Mola está muerto?, ¿Willy Toledo no debe sentirse amenazado porque no es judío?, ¿por qué no es cargo público?
¿Cayo Lara no tiene derecho a esa especial protección jurídica contra las amenazas en el ejercicio de su cargo que se ha inventado el gobierno del PP para los políticos -para los de su partido de momento-?
¿Existe alguna posibilidad de que Escribir “Nuestra mejor arma será el terror” pueda no ser interpretado como apología del terrorismo?, ¿no se considera terrorismo porque lo propugna un miembro de la Guardia Civil?, ¿no se considera inconstitucional porque defendería la "unidad de España?
Y además
¿Por qué no ha actuado ya la fiscalía correspondiente con la misma celeridad que en el caso del Edil Zapata?, ¿por qué sus jefes políticos en la sombra no se lo han ordenado?, ¿por qué no supone un beneficio político para los que les han puesto en sus cargo?, ¿por qué comparten en parte al menos su ideología?, ¿por qué el terrorismo que propugna no sería independentista sino unionista?
¿Por qué no considera que la vida de Willy Toledo, de Cayo Lara o de Pablo Iglesias tengan el mismo valor que el de las personas amenazadas por ETA en su momento?, ¿Por qué con la imputación del brigada en cuestión no forzarán una dimisión y darán un argumento a los políticos para los que en estas cosas trabajan?
Pero sobre todo
¿Por qué un cargo público debe abandonar su puesto por groserías y faltas de respeto manifiestas en sus chistes pero un funcionario público pagado con dinero de todos -incluidos Willy Toledo, Pablo Iglesias, Cayo Lara y todos los marxistas, judíos y masones que haya en España- y miembro de la Guardia Civil, que debe proteger a todos los españoles sin distingo no tiene que perder su trabajo por esto?
Desgraciadamente sabemos que todas estas preguntas son retoricas.
De todas conocemos la respuesta.

domingo, octubre 20, 2013

El mundo sin los otros ya no resulta cool

Dicen que los gurús de lo chic, de lo cool, han decidido hacer  de los espacios sin wi-fi, el epítome de la elegancia y el buen gusto. O sea, eliminar el acceso a Internet en los espacios que ellos consideran más elegantes y exclusivos.
Resulta sorprendente. Por primera vez en la historia del elitismo resulta sofisticado volver a ser plenamente humano.
Pero, más allá de esa sorpresa estética, esa decisión, tendencia, moda o como se quiera llamar, deja de manifiesto la pírrica reacción a un error que nos está matando, que está diluyendo a la sociedad occidental atlántica como civilización en el ácido salino de sus propios avances tecnológicos.
La eterna conexión, la completa y permanente presencia de un universo basto e inútil ante nuestros ojos, ante nuestras manos y nuestros teclados táctiles de  teléfono móvil de última generación, nos permite ser como hemos decidido ser, nos posibilita acceder a las dos armas que hemos elegido para nuestro duelo diario contra nosotros mismos y nuestro entorno: el falso individualismo y la ausencia de conflicto.
Es decir, nos permite vivir sin el otro.
Podría parecer todo lo contrario, podría decirse que todos aquellos "obesos" digitales de la perpetua conexión están globalizados, están permanente en contacto con una masa infinita de percepciones del mundo a través de Internet. Pero es falso. 
Están solos. Solos porque han decidido estarlo. Porque prefieren esa soledad a la compañía, la relación e incluso el enfrentamiento con los otros. Ni siquiera son misántropos son simplemente "anantropos" -si esa palabra existiera-
Porque los favoritos, los enlaces preferidos, los amigos de las redes sociales, los seguidores de twitter no nos conectan con el mundo. Nos conectan con nuestro mundo, con la parte del mundo en la que hemos elegido encerrarnos.
Gracias a la conexión continua permanecemos siempre en ella, a salvo, solamente preocupados de nosotros mismos y el microcosmos virtual que acarreamos en nuestro Iphone.
Y podemos volver a él cuando queramos.
Si nos aburre la conversación podemos cargar un juego y entretenernos, si echamos de menos a alguien podemos mandarle un whatsapp, consultar su posición en el geolocalizador de su última conexión, si queremos cambiar de tema siempre podemos enseñar la última foto retuiteada o el último vídeo destacado de Youtube.
Como caracoles, llevamos nuestro mundo a cuestas y eso nos permite refugiarnos de los demás, de las presencias reales, de los seres humanos que están frente a nosotros. 
Nos permite ser el individuo asilado que hemos decidido ser en una falsa interpretación de un individualismo que se inventó para otros fines y con otros objetivos.
Cuando sabemos que el mundo habitado por siete mil millones de seres humanos necesita una respuesta colectiva, coordinada y global para su mejora, nosotros respondemos con la creación de siete mil millones de mundos individuales, formados para nuestro regocijo a golpe de favoritos, enlaces destacados y páginas preferidas del universo virtual.
Y además cubrimos otra necesidad cada vez más acuciante, cada vez más compulsiva, la necesidad de algo que era imposible y se ha hecho posible: la de la comunicación sin interlocutor.
Podemos causar dolor sin necesidad de soportar el llanto, podemos evitar una discusión en una reunión de amigos simplemente consultando google -y aguar el encanto de las reuniones de amigos, de paso-, podemos atacar sin presenciar la reacción del otro. 
Podemos eludir todos los elementos de la comunicación humana que la hacen onerosa, difícil, que nos obligan a tener en cuenta a nuestros interlocutores y lidiar con sus reacciones y nuestras emociones. Podemos sustituirlos por emoticonos.
Podemos pedir perdón por correo electrónico sin que se note en nuestros ojos o nuestra expresión que no somos sinceros, podemos cambiar los planes a última hora por whatsapp con un smiley tristón sin asistir al airado reproche de aquellos cuyas vidas y tiempos hemos despreciado, podemos fingirnos solidarios con cualquier causa o colectivo con un simple "me gusta" sin necesidad de compartir realmente el dolor, la lucha o el riesgo de aquellos cuya causa decimos apoyar.
Alguien me dijo ayer que la perpetua conexión de nuestra sociedad occidental atlántica no ha empeorado las relaciones, que antes del 4G y los smartphones la gente se mentía igual y se ignoraba igual.
Y puede ser cierto. Pero no estaba a salvo de su propia comunicación. Tenía que mirarla y escucharla de frente. 
Tenía que enfrentarse a la imagen y el sonido de sus mentiras, a la reacción a su desdén. Tenía que soportar los torcidos gestos ante lo impropio de un comentario, lo inapropiado de un chiste o lo inopinado de un exabrupto beligerante sobre cualquier tema de conversación.
Tenia que presenciar el via crucis de dolor que provocaba con sus abandonos. Tenía que ponerse delante del otro y de sí mismo y responsabilizarse de sus decisiones, sus palabras y sus actos. 
Porque un rostro humano es, para bien o para mal, para la alegría y para la tristeza, más demoledor que miles de emoticonos que se coloquen tras un texto apocopado en 140 caracteres.
Porque Internet y la conexión permanente pueden servir para muchas cosas pero no para sustituir la realidad de la comunicación humana.
Con esta nueva conexión permanente, que nos libra del interlocutor y de la verdadera interacción, perdemos la risa de aquel o aquella a quien queremos hacer reír,  sacrificamos la mirada de a quien queremos enamorar, la expresión de quien nos escucha y los matices de quien nos habla pero no nos importa. 
Lo sacrificamos porque anteponemos a todo ello la elusión del riesgo de que esas reacciones nos afecten, nos hagan sentirnos mal o nos hagan simplemente replantearnos aquello que queremos comunicar y el modo de hacerlo.
Puede que ahora sea cool, elegante y sofisticado volver al mundo real. Y puede que eso nos salve a tiempo. Quieran los hados de lo virtual que así sea y la nueva enfermedad de la "obesidad" virtual o la "hiperconexión" remita y podamos volver, como canta el ex soldado irlandés, "a conversar y no solo hablar".
Porque nunca cambiare una risa por un jajaja o un smiley carcajeante. Nunca cambiaré una discusión interesante por una carrera para ver quien consulta antes la Wikipedia, nunca cambiaré un te quiero por un corazón subido a twitter. Nunca cambiaré una ruptura por un correo electrónico, ni una cita por una conversación de whatsapp. Nunca cambiaré una lucha por un "me gusta" en Facebook, un riesgo solidario por una firma en Change.org.
Y por eso escribo esto ahora, ante un café y fumando un cigarro cuando no tengo nada humano que llevarme a la vida, en lugar de interrumpir mi discusión de ayer y ponerme a teclearlo ansioso y veloz en medio de la cena.
Porque nunca renunciaré a los seres humanos. Porque nunca cambiaré a una persona por su propio avatar.

domingo, diciembre 09, 2012

Jacintha Saldanha o el molesto furúnculo de la ética.


Pues ya lo hemos hecho otra vez. 
Con la parte que nos toca de ese cúmulo de universos privados, individuales e irreconciliables que es la sociedad occidental atlántica, hemos vuelto a matar a otra persona. No es que sea nada nuevo, pero lo hemos hecho.
Nuestro gusto por el cotilleo oculto y virtual mató a Amanda Tood, allá en la lejana Columbia británica, nuestro deseo de escapar de nuestra responsabilidad como seres humanos de impedir la humillación de los débiles y dejársela a gobiernos y administraciones dejó morir a sus propias manos a un joven holandés, nuestra víscera infinita y nuestro miedo al escándalo empujó el dedo sobre el gatillo que un falso francotirador apretó para segar la existencia de una niña aquí mismo, a la vuelta de la esquina, en el profundo -con perdón- Albacete.

Y ahora hemos cruzado el Canal de la Mancha y hemos matado a una recepcionista.
Aquellos - o sea la mayoría- que acostumbran a quejarse de todo y echar la culpa a otros, dirán que no hemos sido nosotros. Dirán que no tienen nada que ver con la debilidad de carácter que una recepcionista de una clínica elitista de Londres demostró al suicidarse porque una cadena de radio le coló que eran Su Graciosa Majestad preguntando por la salud de su nieta política. Argumentarán que, en todo caso, la responsabilidad es de los locutores, del medio australiano o del sistema. Ese sistema al que echamos la culpa de todo cuando no queremos reconocer nuestra parte de culpa.
Pero todos ellos se equivocarán. Mentirán como lo hicieron con Amanda, con Tim, con Almudena. Mentirán porque saben que los medios han hecho lo mismo que hacemos nosotros.
Han tomado un derecho, una libertad lograda con el esfuerzo y la sangre de muchas generaciones y la han corrompido, la han manipulado y retorcido hasta convertirla en lo que ellos quieren que sea.
Y lo que los medios han hecho con la libertad de expresión y de prensa es lo que hacemos nosotros cada día con nuestras libertades individuales.
La libertad de Expresión se definió, se peleó y se consiguió para que el individuo, el informador -incluso el ciudadano que opina- estuviera a salvo de reacciones furibundas y represivas por parte del gobierno criticado, del poder puesto en tela de juicio.
No se levantó para que se pudieran hacer bromas de mal gusto a través de las ondas, no se arrancó de las garras del poder político para que se pudieran suplantar personalidades regias para hacer reír a las audiencias y medrar a los anunciantes.
Ya es cuestionable que se tire de ella para justificar insultos -no críticas, sino insultos- a personajes históricos muertos -que no a sus seguidores o falsos seguidores-, ya es más que difícil de digerir que se tremole para saltarse secretos de sumarios judiciales, organizar juicios mediáticos paralelos y condenar o exonerar a detenidos y acusados antes incluso de haber sido sentados en la sala de un tribunal.
Pero que se use de justificación  para hacer escarnio y burla de alguien a quien se desconoce, para colocar a una persona anónima en evidencia y en una situación imposible ya no es cuestionable, ya no es de complicada digestión. Es simplemente criminal.

Porque los medios de comunicación -cada vez más de ellos- usan la libertad de prensa y de expresión de la misma forma infantil y egoísta que un párvulo emplea para defender su libertad.
Puedo hacer lo que quiera y no tengo que hacerme responsable de las consecuencias de mis actos. No tengo que plantearme esas consecuencias ni dejar de hacer lo que he decidido hacer porque pueda arrasar, destruir, perjudicar o incomodar a otros.
Vamos, lo que hacemos nosotros todos los días.
Porque los medios olvidan que esa libertad fue conseguida y entregada con una condición, que la utilizaran bien. A cambio de esa pequeña molestia siempre olvidada denominada ética periodística.
Una mínima reflexión, un pequeño momento de pausa, hubiera permitido a los locutores australianos -ahora convenientemente escondidos del mundo en un intento de que todo pase en lugar de dar la cara por su irresponsabilidad- darse cuenta de que, aunque Buckingham Palace se lo tomara bien, aunque su Graciosa Majestad sonriera ante la ocurrencia o aunque Kate Middleton se riera de lo bien imitada que estaba la voz de su abuela política, su broma estaba destinada a tener efectos demoledores.
Una clínica privada, íntima y elitista no iba a reaccionar bien ante esa situación. Si se podía engañar a la recepcionista sobre la familia real ya no estaban a salvo los abortos secretos de las ladies, sus operaciones estéticas, los tratamientos de fertilidad de los lores o ninguna otra circunstancia médica.
Y ante el riesgo del negocio se cortan cabezas y la de la recepcionista que fue engañada sería la primera en caer. 
Pero claro, el trabajo, el presente y el futuro de una recepcionista con tres hijos no puede anteponerse a las risas de las audiencias, la lógica no puede anteponerse al éxito efímero de una audiencia riéndose del ridículo ajeno. La ética no puede anteponerse a la Libertad de Expresión.

Y así matan a Jacintha Saldanha -es sorprendente, hasta tenía nombre- de un certero disparo en su puesto de trabajo y su futuro.
Y la empresa mediática para la que trabajan, orgullosa de sus niveles de audiencia, sale en su defensa diciendo que "fue trágico pero no ilegal". La defensa siciliana típica
No es ilegal porque los medios se encargan de amenazar, coaccionar y hundir a cualquier gobierno que intente limitar los excesos de la libertad de expresión, no es ilegal porque la libertad de expresión que ellos manipulan arteramente y utilizan de forma absurda y pervertida, tiene que mantenerse para que otros puedan informar, opinar sin miedo a ser detenidos, asesinados o hechos desaparecer por aquellos que no quieren que se difunda lo que descubren.
No es ilegal porque se supone que su propia ética les había tenido que impedir hacer lo que hicieron al valorar las consecuencias que tendría para personas inocentes como Jacintha Saldanha.
Y ¿Por qué lo hacen? De nuevo los eternos inocentes que nunca se acusan de nada afirmarán que es por afán de ganancia o por perversidad, pero de nuevo, como Zebedeo, deberán bajar el brazo armado con la primera piedra de la lapidación y hundir  los ojos en el suelo de la vergüenza.

Los medios lo hacen porque lo han aprendido de nosotros.
Porque manipular la ética que se nos exige es un arte que dominamos a la perfección.
Por eso iniciamos -con sobrada razón- campañas basadas en la ética contra televisiones que pagan por entrevistar a familiares de delincuentes convictos pero ignoramos el hecho de la falla ética que supone que nosotros conozcamos por los medios el perfil psicológico, la vida y milagros, las declaraciones e incluso el nombre de ese delincuente que es menor de edad.
Por eso cargamos contra la ética de los proveedores de servicios o de los gestores de la red social de turno que permitieron que se acosara a Amanda Tood por Internet pero no contra la falta de ética que supone por nuestra parte entrar en cualquier cotilleo sin autorizar que podamos ver en La Red o en cualquier contenido sexual sin garantizarnos que es consentido por sus protagonistas.
Por eso no boicoteamos ni negamos nuestra audiencia a medios que han identificado, dado la dirección y expuesto ante nuestros ojos a un hombre que, por mucho que se haya declarado culpable, no ha sido ni siquiera acusado formalmente de un crimen por el simple motivo de que la Guardia Civil aún no lo ha capturado.
Por eso clamamos contra la falta de ética de un perito que ha cometido un error identificando unos huesos de unos niños desaparecidos en Córdoba sin tener en cuenta que nosotros no deberíamos siquiera conocer ese error porque formaba parte de un secreto sumarial que la ética más básica impide difundir.
Cuando nuestra necesidad compulsiva de saber y juzgar, nuestra visceralidad, nuestras ansias de cotilleo o simplemente nuestro morbo están en juego, la ética no tiene que ser tenida en cuenta, no tiene que ser planteada. Exactamente igual que lo que hacen nuestros medios de comunicación. Exactamente igual que lo que hacemos en otros ámbitos de nuestra vida.

Exigimos a los demás que nos tengan en cuenta en sus decisiones, que no hagan cosas que nos dañen o nos hagan sufrir, que reflexionen sobre las consecuencias de sus actos en nuestras vidas, que sean éticos. Pero cuando nos llega el turno a nosotros ignoramos esa premisa. Nuestra libertad de acción está por encima de todos y de todo. Y, quien venga detrás, que arree.

Porque, claro, nadie nos puede obligar a ser éticos. Si algo es molesto es mejor prescindir de ello, si algo nos incomoda o nos impide hacer lo que queremos, mejor arrinconarlo en el más secreto desván de nuestra mente y fingir que no existe.

Los medios le llaman ética periodística. Nosotros deberíamos llamarlo conciencia.

Pero ya, de usarlo tan poco, casi ni recordamos como se llama y por supuesto no tenemos noción de cómo debe funcionar.

Ciento diecinueve periodistas de verdad han muerto este año intentando defender con sus informaciones y descubrimientos la libertad de expresión, más de doscientos están encarcelados alrededor del mundo por defender con sus informaciones y sus actos la libertad de prensa.

Lo hicieron para que lo que ha de ser conocido se conozca, para que lo que ha de ser criticado se critique, para que lo que tenga que ser descubierto se descubra.

No para que nuestro deseo de morbo, nuestra arrogancia, nuestro gusto por reírnos del ridículo ajeno y dos bellos y cómicos djs radiofónicos de tres al cuarto transformen la libertad de Expresión en libertad de Ejecución de una recepcionista londinense.

Puede que visto así, ya no sea divertido.

martes, septiembre 04, 2012

Hasta Internet nos dice que se nos agota el tiempo


En Holanda, una niña sangró durante cinco días antes de yacer muerta, un padre sangrará el resto de su vida por no poder pararlo y un hermano pequeño sangrará el resto de sus noches por tener que recordarlo.
Y algunos, sólo algunos, en este mundo nuestro occidental atlántico, más allá de la crisis, más allá de los bonos, más allá de las bancas malvadas y los gobiernos zafios, se preguntan por qué.
La respuesta ficticia, la que ofrecen los hechos, nos cuenta que otro niño, uno de sólo catorce años, se plantó frente a ella, aún sin conocerla, y la clavó un cuchillo hasta hacerla morir.
Eso es lo que nos dicen, eso es lo que escuchamos, eso es lo que leemos. Eso es lo que es verdad.
Pero esa tumba de alguien de quince años en las tierras de Flandes nos habla de otra cosa, nos muestra otra respuesta.
Esa niña ha muerto y volverá a morir por un simple motivo, por una única razón. Porque muchos de nosotros renunciamos hace ya tiempo a hacer nuestro trabajo. A dedicarnos a esa actividad que, poco remunerada y nada agradecida, nos impone el hecho de nacer rodeados de otros que también han nacido.
Porque dejamos de trabajar para seguir siendo humanos.
Un niña muere en los Países Bajos porque ha criticado a otra en Internet, porque hemos creado una civilización donde lo físico no existe, lo real no es de recibo, donde una red social sin rostro, sin personas, sin cuerpo y sin presencia sustituye a ese mundo donde los otros son presencias constantes, donde los otros han de ser tenidos en la cuenta en lo que hacemos, lo que vamos hacer y lo que estamos haciendo.
Ha muerto porque un niño no ha sido capaz de ser consciente de que la estaba matando hasta que ha visto su avatar desaparecer de una red virtual.
Porque hemos creado o permitido crecer un mundo en el que nos escondemos un día tras de otro de todos y de todo; en el que no hay lugar a la crítica porque todo el mundo la ve, la escucha, la percibe y la vive.
Un universo en el que no hay discusión sino humillación pública en post y actualizaciones.
Porque, o hemos dejado de distinguir lo privado de lo público o hemos dejado de discernir la diferencia entre nosotros y nuestro propio avatar en una red social.
Una niña ha muerto y permanecerá muerta pese a todas las actualizaciones de perfil de sus amigos que no podrán reiniciarla, porque hemos permitido que una generación crezca sin cuerpo y con el alma constreñida en imágenes binarias de 64 bits.
Porque hemos permitido, alentado y servido de ejemplo a niños, adolescentes y eternos jovencitos para los que una carta es un arcano tan indescifrable como para nosotros fue la piedra de Roseta, para los que decir una cosa a la cara es colgarla, pública y notoria, en una red social. 
Seres que no discuten con el otro enfrente porque es más sencillo y seguro hacerlo por las redes, seres que nunca han visto un corte de mangas, un desaire fogoso o una ceja arqueada porque lo interpretan todo lo que los otros son por rostros amarillos que pueblan la pantalla.
Y puede que todo eso haya acabado con ellos, puede que ellos hayan llevado el mundo virtual a la sustitución de otro que otrora fue real.
Puede que el final, la mutación definitiva del mundo en virtual sea completamente suya, pero el inicio, el principio de ese cambio imposible tan sólo ha sido nuestro.
Las cinco puñaladas de un chaval que no la conocía han matado a una niña por meterse con una amiga suya  en una red social, pero el primer navajazo se lo dimos nosotros.
Se lo asestamos cuando empezamos a transformar algo que fue en su día, con la ingenuidad del estudiante, inventado para comunicarse en un simple lugar donde escondernos.
Cuando empezamos a despedirnos por correo electrónico con tal de no tener que soportar el llanto o la indiferencia de aquel o aquella de quien nos despedíamos; cuando comenzamos a usar el silencio como forma virtual de respuesta que no nos forzaba a nada y siempre podía ser reinterpretada a nuestra conveniencia.
Cuando nos escondimos tras rostros que ya no eran el nuestro, tras cuerpos que ya no eran el nuestro, tras penes y escotes que ya no eran los nuestros.
Cuando enganchamos nuestras identidades, aquellas que tenían un cuerpo, una voz y unos gestos, a redes virtuales para poder follarnos con placer a alguien por un par de guiños electrónicos y de emoticonos insinuantes sabiendo que no tendríamos que fingir conocerle, que no tendríamos que simular respetarla, que podríamos borrar su presencia y recuerdo tras el polvo fugaz borrando su perfil o quitando su apodo de nuestra siempre creciente relación de contactos.
Una niña holandesa hoy yace bajo tierra porque otros tres no han sido capaces de discernir la diferencia entre borrarla de su red y sacarla de la vida. Y eso comenzó con nosotros.
Cuando usamos esos mundos que habían de ser reflejo de lo que en realidad éramos como  sustitutivos de lo que no queríamos que los demás supieran que éramos.
Cuando enterramos nuestra vida más allá de la vista de todos, cuando dejamos de dar explicaciones por nuestros actos a aquellos a los que nuestras acciones involucraban, cuando nos ocultamos en lo más profundo del vacío virtual sin recordar que ese vacío tenía que vincular no que esconder.
Cuando guardamos todas nuestras reservas de confianza en alguna parte y olvidamos donde las habíamos guardado.
Y así no dejamos a nadie ver nuestras expresiones, captar nuestros gestos, interpretar nuestras miradas, recibir nuestras inflexiones. Pudimos por fin fingir que nos comunicábamos sin que nadie supiera nada de nosotros.
Si consentimos que hace siglos el bueno de Míster Bell y su teléfono le quitaran el cuerpo a nuestras relaciones a cambio de la inmediatez, hoy hemos permitido que Internet le robe el alma a nuestra intimidad a cambio de poder permanecer ocultos y a salvo. 
Pero no a salvo de otros. A salvo de nosotros mismos.
A salvo de darnos cuenta que no podemos ser solidarios sin comernos el polvo del camino y la tristeza in situ de aquellos a los que pretendemos ayudar, que no podemos hacer la revolución sin colocarnos de facto entra la víctima y la injusticia, que no podemos tener amigos sin acudir en su ayuda aunque nos venga mal, que no podemos tener amantes o amores solamente cuando la conexión virtual es propicia y no nos arranca de otros asuntos que ellos desconocen. 
Una niña muerta y un niño asesino sin odio, sin razón, sin locura y sin motivo nos recuerdan que hemos convertido nuestra intimidad en un triste moridero donde lo único que nos hace humanos, los demás, permanecen al otro lado de la pared oscura del panteón en el que languidecemos sin vivir por puro instinto de supervivencia.
Aún podemos hacerlo, aun podemos recuperarnos como seres sintientes.
Aún podemos decirle a otro las cosas a la cara y en privado, arriesgándonos a su reacción y haciéndonos responsables de la nuestra; aun podemos asumir el rechazo y expresarlo sin miedo; aun podemos usar lo virtual como reflejo real de lo que somos, sin falsos avatares, mostrando a quien queramos nuestras virtudes y nuestros defectos, nuestros excesos y nuestras carencias.
Usando la comunicación lejana para comunicarnos no para ocultarnos, para dar a los otros un espacio  en nuestras vidas, no para negarles la esencia de lo que somos o lo que queremos ser.
Y aun así yo subiré esta historia a un blog, la compartiré en tres redes sociales y en otro par de entornos virtuales.
Pero mi foto real, mi nombre real y mi texto real sabrán que su reflejo virtual es auténtico, se corresponde no con lo que quiere ser sino con lo que realmente es. Es un pobre consuelo para una niña muerta, un padre desesperado y un hermano traumatizado, pero es lo único que puedo ofrecerles a través de la red.
La vida virtual nos devora y nosotros empezamos ese festival de canibalismo propio.
Aún podemos evitarlo, pero cinco puñaladas, una niña enterrada en las tierras de Flandes y un asesino infantil que no la conocía nos anuncian a gritos que el tiempo para poder hacerlo empieza a terminarse.

Lo pensado y lo escrito

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