lunes, junio 26, 2017

Por Lessing mato, con Fuertes muero. La calidad literaria no está en la ideología

Volvemos a las andadas.
Lo nuestro es repetir una y otra vez los mismos vicios, aunque los disfracemos de otra cosa, y esta vez le ha tocado al gusto patrio por la mitificación y la desmitificación por la tremenda. Le ha tocado a Gloria Fuertes, en la polémica más absurda y banal que me he echado a los ojos y a las redes desde la guerra civil intrascendente que dividió este país por la participación en Eurovisión del Chiquilicuatre.
Alguien -Bueno, no alguien, la editora de los libros de la autora y la fundación que lleva su nombre- deciden celebrar el centenario de la autora; una profesora titular de Literatura Contemporánea española en la Universidad de Luisiana, de nombre Elena Castro escribe un ensayo sobre el lesbianismo presente en su obra y de repente se transforma en un mito.
Una miriada de perfiles virtuales que se esconden tras avatares más o menos reales o inventados deciden convertirla en su heroína.
Y tienen razones. Por atreverse a destilar su opción sexual en sus escritos en unos tiempos difíciles puede serlo; por intentar con ello hacer las mentes de adultos y menores permeables a esa realidad postergada y perseguida, también.
¿Es el colectivo LGTB quien la revindica como muestra de alguien que sufrió por su tendencia sexual? No, son aquellas que se llaman falsamente feministas porque, a estas alturas, ya perdieron la referencia de lo que eso significaba.
Pero claro, no hay una sola referencia escrita de puño y letra de Gloria Fuertes de que era feminista; no hay un solo análisis de Castro que apoye esa visión. Así que para utilizarla tienen que crear un silogismo, o al menos un sofisma incompleto imposible de demostrar, Ser lesbiana es igual a ser feminista que es igual a ser mujer. 
Por tanto todo lo que experimentara como lesbiana Gloria Fuertes es equivalente a que lo experimentó como feminista.
Y aquí surge el mito. 
Porque entonces Gloria Fuertes -que salía todos los días en televisión, que era entrevistada en la radio, que tenía fecha y hora de firma en la Feria del Libro- ha sido postergada, ninguneada y relegada por su condición de mujer.
Pero, para que esa postergación sea real, sea dolorosa e injusta, Gloria Fuertes no puede haberse quedado sin fama porque su obra fuera mediocre, porque no pasara de la rima consonante dos a dos en los tiempos en que Grabiela Mistral o Marguerite Yourcenar ya habían desgarrado la poesía hasta las entrañas; no puede serlo porque su obra no alcanzara el nivel de Ioconda Belli o Doris Lessing ahondando en el sentimiento femenino. Fuertes tiene que haber sido relegada en la literatura por ser mujer, lesbiana y feminista. Porque las tres circunstancias vitales de la autora están igualadas en el silogismo creado ad hoc por quienes quieren utilizarla para sus fines ideológicos.
Así que Gloria Fuertes tiene que ser una de la literatas más importantes de la prolija historia de la literatura española. El mito ya está listo para sacarlo a las redes y que triunfe en un Hashtag. Es falso pero eso da igual.
Gloria Fuertes puede ser imprescindible para entender el sentir y el vivir de las lesbianas en los años oscuros de las identidades sexuales perseguidas y reprimidas. Puede ser y es una heroína en ese aspecto.
Quizás lo pueda ser del feminismo aunque no tengo claro -por desconocimiento- que lo fuera. Pero desde luego si lo es de la literatura española es algo que nada tiene que ver con todo ello sino con sus escritos.
Y entonces llega Javier Marías a intentar desmitificar el asunto y falla el foco, yerra el blanco y la lía más parda de lo que ya está liada.
Porque las defensoras a ultranza de la calidad literaria incuestionable de Gloria Fuertes no lo hacen en virtud de su condición de mujer sino en de esa inventada y forzada equiparación entre mujer, lesbiana y feminista.
Por eso no les sirven Jane Austen, Emily y Charlotte Brontë, George Eliot, Gaskell, Staël, Sévigné, Dickinson, Dinesen, Rebecca West, Vernon Lee, Jean Rhys, Flannery O’Connor, Janet Lewis, Ajmátova, Arendt, Penelope Fitzgerald, o Anne Sexton
Por la simple razón de que esa triple igualdad inventada en sus mentes no se les puede aplicar por carencia de uno u otro de los factores que la ideología de las que se llaman feministas en las redes sociales -o casi todas- pretende igualar con ser mujer: feminista o lesbiana.
Por eso no les importa insultar literariamente a Elizabeth Bishop,  Agatha Christie, Gabriela Mistral, Ioconda Belli, Isabel Allende, Orczy, Crompton, De Beauvoir, Blyton, Jourcenar, Pardo Bazán, Rosalía de Castro, Chacel, Laforet, Fortún o Rodoreda, colocando una obra literaria mediocre -aunque importante o representativa en otros ámbitos ya explicados- a su mismo nivel.
Y de ejemplo del absurdo me sirve Doris Lessing.
¿Por qué la emprenden en reivindicación de Fuertes en el centenario de su nacimiento y no llenan las redes con Doris Lessing a su muerte a principios de este año?
Muy sencillo. Porque no es el arquetipo que quieren vender. 
Para empezar Lessing murió siendo premio nobel de literatura, así que lo de "invisibilizada" por ser mujer por el "patriarcado machista" se les va al traste. 
Escribe y desarrolla la épica de lo femenino en sus novelas -como sino, viniendo de Suecia, donde sus ancestrales habitantes luchaban y morían como iguales en sus guerras e incursiones-, pero no es lesbiana, se casa dos veces, tiene tres hijos y sus amores heterosexuales son conocidos.
Es reconocida por el feminismo reflexivo -aquel que no tira de víscera y odio para explicarlo todo- como una escritora que reflejó y ahondó en la psicología femenina, pero rechaza el feminismo considerándolo "una reducción simplificada e inútil de las relaciones entre hombre y mujer"
Y, por si fuera poco, no pueden decir eso que ahora está tan de moda de que estaba "alienada por el patriarcado" porque militó en el partido comunista, luchó contra el Apartheid y combatió en un puñado de causas más.
Así que como no responde a sus parámetros ideológicos, da igual lo fluida que sea su prosa, da igual lo arrebatadóramente emotivo que sea su acercamiento al interior humano de hombres y mujeres. No puede ser un mito literario para esas que quieren poblar las redes cada día con su falso feminismo.
Y de eso va todo esto. Aparte de que probablemente no hayan leído a ninguna de ellas o, si lo han hecho, las han repudiado por un sencillo motivo: no responden al perfil de mujer mítica que quiere expandir. O no son lesbianas o no defienden el feminismo.
Y con ello ignoran un hecho fundamental: la calidad literaria no depende del mensaje ideológico que desprenda. Puede gustar lo que Bronte, las Austen o Dickinson entienden por felicidad o papel de la mujer, puedes detestar su arrebatado romanticismo en el amores heterosexuales, pero no puedes negar que lo expresan con calidad literaria innegable.
Y lo peor de todo es que, con ese falso encumbramiento literario ideológico e ignorante de Fuertes a la categoría de mito literario, insultan a autoras que con apenas 20 años ya han superado por los bordes a la que hoy sería poetisa centenaria.
Y que además entran en sus parámetros ideológicos rígidos e inoperantes que, como dice hoy otro opinador de El País, bordean el puritanismo.


Aunque sé que, para aquellas que desechan cualquier argumento o crítica que diga por ser hombre, esto será "paternalismo y condescendencia masculina", quizás al final la solución esté en leer más poesía y menos panfletos políticos y escribir más versos y menos tuits. 
A lo mejor así descubrimos que calidad literaria e ideología no son lo mismo.
Yo lo aprendí con Vargas Llosa, Wolf, Teresa de Jesús, Hesse, Rielke, Belli o Camus.

domingo, junio 25, 2017

Francisco, la corrupción o deber decidir entre ser demócrata-cristiano o del PP

No pocos fanáticos de rado y sacristía, que diría el poeta, llevan ya unos años susurrando o gritando a quien quiera escucharles que es el anticristo y ahora estarán seguros de que tienen razón. 
Porque así, como quien en la cosa nada tiene que perder, el Papa Bergoglio se ha cargado en dos patadas la democracia cristiana tradicional europea. Bueno más bien la católica, que al cristianismo alemán -demócrata o no- lo que digan o dejen de decir el bueno de Francisco  y sus antecesores se la trae al pairo desde que Martín Lutero clavara sus tesis en las puertas de Wittenberg.
Para ser exactos, el pontífice argentino no se ha cargado la democracia cristiana. Se ha cargado sus excusas y lo ha hecho como suele hacerlo la iglesia romana, con toda pompa y circunstancia: ha decidido que será bueno excomulgar a los corruptos
Y así, de pronto, la democracia cristiana de toda Europa -pero sobre todo de España y de Italia- se queda sin parapeto, sin escudo tras el que refugiarse. No porque todos los demócrata cristianos sean corruptos ni porque todos los votantes demócrata cristianos les apoyen, sino simplemente porque ya no les sirve la excusa de que eso no tiene que ver con su cristianismo.
Desde que la democracia cristiana es democracia cristiana, allá por los años 30 del pasado siglo, sus dirigentes, sus partidos y sus votantes han vinculado toda la acción política que deriva de su ideario cristiano a lo de siempre: todo aquello que ocurre debajo del ombligo y sobre las rodillas.
Se han metido en la tendencia sexual de los ciudadanos, en cómo deben tener y no tener los hijos, en qué familias deben ser protegidas o no, dependiendo siempre, eso sí, de cómo y con quien practican sexo los adultos que forman esas familias... Como mucho han hecho incursiones en materia y política educativa para garantizarse una base estatal de proselitismo a sus ideas.
Desde los púlpitos y los atriles de los mítines electorales, los líderes religiosos y políticos les decían que esto lo debían hacer porque desde su condición de cristianos habían de defender los valores que la Iglesia Romana propagaba. 
Y hacían ver que todo lo demás no tenía que ver con Dios ni con el irreverente galileo que se atrevió a llamarse hijo suyo. Por eso y solamente por eso se movilizaban, se manifestaban y se enfrentaban al voto cuando llegaba el momento de las urnas.
Ahora, de repente, si, amparado en tus creencias cristianas, sales a la calle para solicitar que el Estado pague la educación religiosa en los colegios, si te manifiestas contra el aborto o si haces misas multitudinarias para defender un concepto concreto de familia porque quieres que sea el protegido y el imperante en tu sociedad, vas a tener que condenar públicamente a los corrupción y no apoyarla.
Ahora Bergoglio cambia el paso de ese vals bailado desde siempre entre la creencia y la ideología política y dice que ser cristiano es estar en contra de la corrupción política. Es más, dice que si eres corrupto no puedes ser cristiano.
Han tenido que pasar casi 1000 años y 110 papas, desde que el bueno de Gregorio VII, allá por el 1076, acabara con la Guerra de las Investiduras prohibiendo las simonías, para que alguien les recuerde a los cristianos que la corrupción, que beneficiarse del poder, es un pecado.
Lo cual es curioso, porque en los cuatro evangelios no hay una sola referencia del bueno de Joshua a las tendencias sexuales, ni a práctica íntima ninguna -salvo algo que solamente puede interpretarse como un sucinto "no os vayáis de putas"-, ni a la procreación masiva, ni a la enseñanza de la religión en los colegios, ni al tipo de familia preferido por su dios.
Pero si hay unas cuantas al mal gobierno, a la separación iglesia estado o directamente al nuevo pecado merecedor de excomunión: la corrupción. Acordémonos de aquello de "Dale al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" o ese épico momento de expulsar a los mercaderes del templo por comerciar, engañar en el peso y el cambio -y eso es bastante corrupto, me temo-.
¡Ah y quien tenga dudas debería acordarse de Zaqueo! Sí, venga tirad de catecismo. Ese recaudador de impuestos del evangelio de Lucas que se había enriquecido defraudando a lo que hoy llamaríamos contribuyentes y la pena que asumió en su arrepentimiento "daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruple". 
En fin, que los votantes de la democracia cristiana española -sobre todo los de la española- llevan años, más bien décadas, refugiándose en sus valores cristianos cada vez que alguien les pregunta, entre la sorpresa y la más absoluta incomprensión, cómo pueden seguir dando su voto a un partido lacrado y lastrado por la corrupción en todos los niveles.
Porque claro, sus valores hacen referencia al aborto, a la familia cristiana, a la enseñanza de la religión en los colegios, a las prácticas y tendencias sexuales y no a la corrupción, el nepotismo o el enriquecimiento ilícito.
Ahora Bergoglio les quita esa muleta, esa excusa para mirar a otro lado y seguir apoyando a corruptos, al poner con la excomunión la corrupción a la altura de la herejía, la apostasía, el genocidio o el cisma, algo con lo que desde luego no se castiga ni el aborto, ni el embarazo fuera del matrimonio, ni tendencia sexual alguna, ni, por supuesto, no enseñar religión en los colegios. Y encima lo hace cuando esta excusa había alcanzado ya forma tuitera en la ya repetida hasta la extenuación frase de "prefiero votar a ladrones que a comunistas".
Pues va a ser que Roma, el catolicismo y su pontífice ya no van a tragar con eso. 
Es de imaginar que seguirán haciéndolo pero ya no podrán poner a su dios, su religión y sus valores de excusa. Para su dios y su vicario importa más que te apropies del dinero de todos, que te beneficies egoistamente del cargo y del poder que que pases por la vicaria antes de casarte, que utilices condón o que te acuestes con alguien de tu sexo.
Ellos decidían si quieren ser realmente demócratas y cristianos o solamente quieren ser del PP.

viernes, junio 23, 2017

El CETA, la globalización y una serie de catastróficas mentiras (yII)


El populismo, ese monstruo bicéfalo que se han inventado para poder amenazarnos con que nos devorará desde los dos extremos de la campana gaussiana de la ideología, es otro de los elementos que se manejan con fruición ne esto del CETA. 
Y más desde que ayer Pedro Sánchez anunciara que el grupo parlamentario del partido que de nuevo dirige -que ya no sé si ha dejado de ser el PSOE o a vuelto a serlo- no va a apoyar la ratificación del Tratado de Libre Comercio entre Europa y Canadá.
"No apoyar el tratado es aliarse con los populismos", avisan, advierten o amenazan a Sánchez desde el PP, desde Ciudadanos y desde la Administración europea, en manos de partidos como el PP y como Ciudadanos.
De nuevo el reduccionismo. De nuevo la estrategia del saco compartido.
Aún aceptando la definición -que no es el caso-, no existen los populismos. No existen como conjunto, como unidad de destino en lo universal, que diría aquel que hacía otras unidades curiosas como el famoso "contubernio judeo-masónico". 
Porque los ideológicos del involucionismo nacionalista ultraconsevador -¿Tan difícil es llamar a las cosas por su nombre, que en ciencias políticas y sociología casi todas tienen uno? se oponen al CETA por puro proteccionismo económico, nacionalismo político y xenofobia social, en la esperanza de volver a un tiempo en el que sus países eran grandes y la riqueza y los beneficios se quedaban dentro de sus fronteras aunque no se repartieran.
Mientras, los representantes del rupturismo económico de izquierdas, se oponen al acuerdo porque está diseñado por y para las transaccionales, porque la eliminación de aranceles supondrá una disminución de impuestos que sacudirá las arcas públicas, haciendo imposible mantener la inversión social, porque fomentará la precarización del empleo para buscar la competitividad, porque aumentará los beneficios de las empresas pero no contribuirá a la redistribución de esos beneficios en inversiones productivas ni en los bolsillos de aquellos que son parte esencial de los mismos: los trabajadores de las empresas.
Los dos se oponen, cierto. Los dos buscan un sistema económico diferente, cierto. Pero eso no los convierte en una comunidad porque sus puntos de partida, sus objetivos y sus motivaciones son sustancialmente diferentes. 
De modo que meterlos en el mismo saco es una mentira y una manipulación del tamaño de la Pangea.
Y luego está lo del "populismo". Definirlos así para unificarlos es una estrategia para disimular otra realidad que no conviene que se tenga en cuenta. Lo que es el populismo de verdad.
Empecemos por la RAE
"Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares".
O sea que, por definición, todos los partidos políticos hoy en día son populistas. Las clases populares suponen la gran masa del electorado en cualquier país del Occidente Atlántico, en unas sociedades en la que la llamada otrora clase media tiende a la entropía y la desaparición.
Así que si no te atraes el voto de la clases populares no ganas las elecciones. Ergo, y por definición academica, todo partido es hoy en día populista.
Pero no cometamos el vicio de reduccionismo que tanto criticamos. Vayamos a la definición política.
"Clasificación otorgada a un conjunto de medidas tomadas por un gobierno o partido, siendo considerada una de las principales formas de demagogia. Entre sus principales características se encuentra el uso de las masas populares, mediante políticas engañosas que aparentan solventar y cambiar su situación de clase, cuando no hacen más que dar soluciones paliativas, en el mejor de los casos, con fin de obtener votos y perpetuarse en el poder"Antes de que me grite alguien, diré que esto lo dicen en Oxford. No me lo he sacado yo de la manga.
Vayamos por partes.
¿No es una política engañosa firmar un acuerdo de libre comercio que elimine aranceles sin informar de que ese descenso en los ingresos por impuestos tendrá que ser compensado de alguna manera? 
¿No aparenta solventar la situación (el desempleo) decir que el acuerdo fomentará la creación de empleo sin decir que ese empleo se creará con unos niveles salariales muy inferiores a los actuales y que no garantizarán la supervivencia de los asalariados?
¿No es demagogia...? ¡Espera, que estamos de suerte! De demagogia la RAE tiene una definición más amplia.
"2. f.- Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder".
¿No es demagogia decir que seguir la política de globalización aumentará los beneficios y con ello la inversión y los puestos de trabajo cuando en los últimos cincuenta años hay datos de la OCDE que demuestran que en todo el Occidente Atlántico eso no se produce, ya que los beneficios se invierten en especulación financiera y no en reinversión productiva?
¿No es demagogia decir que si no se apoya la globalización no se es democrata, apelando al atávico miedo de la población a los sistemas totalitarios y estalistas -bueno, al menos a los de izquierdas-?
¿No es halagar los sentimientos elementales de los ciudadanos -en este caso el orgullo nacional españolista- que el presidente del Gobierno afirme que "España haría el ridículo si no aprobara este tratado",como si tener buena imagen o no hacer el ridículo fuera más importante que el fondo del tratado?
¿No es demagogia afirmar que hay que firmar el CETA porque “Canadá es un país que tiene unos estándares en términos de respeto a la libertad, los derechos humanos, progreso económico o bienestar social muy similares a los de Europa", como si ese fuera el motivo de la oposición y no el impacto de la globalización en general en nuestra economía y en las libertades de todo el planeta, incluidos nosotros?
En fin, que esto de llamar populista a los que se se les oponen y acusarles de decir lo que la gente quiere oír es simplemente una cortina de humo para ocultar que son los que acusan los que realmente están haciendo esa política, ese populismo, esa demagogia.
Porque la gente quiere oír que ya hay brotes verdes que nos sacan de la crisis cuando en realidad esa supuesta recuperación no se nota en el 70% de los hogares españoles; que el rescate de los bancos no le costará un duro al contribuyente cuando le ha costado 60.613 millones de euros; que el aumento de los beneficios empresariales supone un aumento de la riqueza para todos cuando el índice de redistribución de esa riqueza, no supera el 1%; que se va a crear más puestos de trabajo cuando en realidad lo que suben son las contrataciones porque para cada puesto de trabajo se firman multitud de contratos parciales de días o semanas; que el sistema económico liberal capitalista es bueno y estable cuando lleva 50 años en crisis permanente y su necesidad de crecimiento constante hace necesario que cuente con la miseria de una buena parte de la población del mundo para que funcione a trompicones para la pequeña parte restante.
Porque la gente quiere oír que el CETA y la globalización son buenos y que ellos no son responsables de ese sistema injusto del que ni siquiera se van a beneficiar como sociedad.
Yo diría que, por pura lógica y reflexión, eso es populismo en estado puro.

El CETA, la globalización y una serie de catastróficas mentiras (I)

De nuevo la economía y la política. De nuevo ese esfuerzo por equipararlas, por hacer con ellas un totum revolutum en el que una concepción política sea indisoluble de la economía en la que se sustenta actualmente. 
Y el último ejemplo es el CETA, el tratado de libre comercio entre la Unión Europea y Canadá, sobre todo desde que el PSOE recién estrenado por Pedro Sánchez -por segunda vez- ha decidido replantearse su postura ante él.
Este acuerdo, que elimina las barreras arancelarias al comercio europeo con el gigante americano, de nuevo sirve a los defensores del actual sistema para buscar semejanzas e identidades entre conceptos que no tienen ni las unas y las otras. 
El nuevo tratado les viene como anillo al dedo para expandir otras de sus ideas: la globalización es libertad y quien se oponga a la globalización se opone a la libertad. Uno de esos reduccionismos de titular y tweet de 140 caracteres que tanto le gusta consumir hoy en día al ciudadano occidental atlántico para anestesiarse contra su miedo al presente y al futuro.
Por supuesto, falso. La globalización es la liberalización de los mercados en escala planetaria, lo que solamente serviría para potenciar la libertad si existiera un gobierno que funcionaria a escala planetaria para corregir sus desviaciones y evitar sus excesos.
Mientras no exista, colocar globalización y libertad en la misma frase es casi un oxímoron, como lo es equiparar liberalización de los mercados a libertad. 
La globalización no es libertad para los esclavos en las minas de coltán y diamantes de varios países africanos; no lo es para las niñas que tejen algodón en Burkina Faso o Bangladesh, para las mujeres que trabajan en condiciones prácticamente de esclavitud en India, Marruecos, China, Vietnam, Turquía o Brasil; la globalización de los mercados no es libertad para los trabajadores de los pozos petrolíferos de Omán, Arabia Saudí o Nigeria, o para los cultivadores de café sudamericanos, o de cacao africanos.
Todos ellos trabajan para el beneficio de empresas occidentales atlánticas que utilizan la globalización para aumentar sus beneficios exponencialmente, en una demostración más que fehaciente de que la globalización lo que hace es enquistar un sistema económico en el que los recursos de las tres cuartas partes de la tierra sirven a duras penas para mantener el bienestar exigido por la civilización occidental atlántica y que se obtiene a costa de su miseria.
Y los habrá que digan que a ellos les da igual. 
Pero a esos inevitables observadores eternos de su propio ombligo habría que decirles que la globalización significa deslocalización de los medios de producción para conseguir mayores beneficios a través de la reducción de los costes laborales en países del tercer mundo; reformas del mercado del trabajo que harán descender una y otra vez sus sueldos para que "compitan" a la baja con los ofrecidos por sistemas como el chino, el hindú o el vietnamita; destrucción del sistema de permeabilidad social -fundamentalmente a través de la educación-, en un intento de forzar al mayor número de gente posible a mantenerse en las capas sociales sin formación específica para que se vean obligados a asumir ese mercado de trabajo semi esclavo...
Pero ellos leen liberalización y libertad en la misma frase y compran la falsa equiparación entre un concepto económico y un o político simplemente porque coinciden en varias sílabas.
Otro de esos falsos amigos que nos venden y que compramos por simple egoísmo y por el temor a reconocer que todo lo que teníamos seguro no lo es y que gran parte de lo que nos beneficia es flagrantemente injusto.
Y eso no es todo lo que órbita en torno al CETA. Hay mas

jueves, junio 22, 2017

Ese fuego de artificio de que la democracia no liberal no es democracia.

La cosa se está volviendo ya de mascletá. Hace tiempo que ya era de traca, pero lo de ahora ya es de los fuegos artificiales del 4 cuatro de julio.
Empiezas a leer la entrevista a Macron, al que al menos hay que reconocerle que tenga valor de hablar después del crecimiento repentino de enanos corrompidos que ha tenido en estos últimos días y no se esconda tras un monitor de plasma como hicieron otros. En fin, que cuando vas por la cuarta linea, el presidente francés hace referencia a las democracias "no liberales" y tú piensas: "por fin alguien tira del concepto. Alguien ha entendido que no ser liberal (teoría económica), no significa no ser demócrata (sistema político de representación)".
Debe ser que los señores de El País -ya casi ni me atrevo a llamarles periodistas-  piensan que no tenemos claro lo que es la democracia no liberal porque incluyen un enlace para explicarnos el concepto.
Y cuando pinchas en él no te conducen a un sesudo y enjundioso artículo de algún catedrático de ciencias políticas -¡Uy, lo siento, que los catedráticos de ciencias políticas no saben de política!-, te encaminan a una serie de reflexiones de José María Maravall sobre los populismos en el que deja claro que: "en sociedades grandes y complejas, con intereses heterogéneos, la única democracia posible es la representativa; el vínculo directo entre gobernantes y “pueblo” no es democrático. Los representantes deben dar siempre cuenta de sus decisiones".
Más allá de las críticas que se puedan hacer a estas afirmaciones de alguien que por lo menos es sociólogo, además de ex ministro socialista -que eso también cuenta-, lo que me hace encender las mechas de los petardos y prepararme para la mascletá es el hecho de que cuando Macron habla de democracia no liberal, los señores de El País lo vinculan al concepto de democracia directa.
Comienzan los fuegos de artificio a todo lo que da.
¿Qué tiene que ver el concepto de liberal con el de representación directa?, ¿no se puede tener una democracia no liberal y representativa a la vez?, ¿por qué El País une a través de un enlace virtual "democracia no liberal" con "democracia directa o no representativa"?
Y aquí es donde los petardos, los cohetes y las bengalas estallan todas a la vez para componer de forma luminosa en los cielos las palabra manipulación.
Porque ese es el principal engaño que nos pretenden vender desde que surgieran nuevos partidos en toda Europa que, desde una ideología u otra, cuestionaran el sistema económico imperante: que no puede haber democracia sin un sistema económico liberal capitalista.
Y eso es una mentira como un templo.
El sistema económico no tiene nada que ver con el sistema de representación política; controlar los mercados, regularizarlos e incluso -siento pronunciar el anatema- controlarlos, no va en contra de la representación democrática ni en contra de la libertad.
Establecer un sistema económico en el que se impida la especulación con las fuentes de energía, las materias primas básicas o los bienes y servicios sociales, no afecta en nada a la soberanía popular o al sistema de representación o de elección del gobierno.
Y voy más allá. Legislar sobre la distribución y el reparto de los beneficios empresariales, sobre la cuantía y distribución de las plusvalías, sobre el límite máximo de los rendimientos y beneficios financieros no atenta en nada contra la democracia, sea representativa o no, sea directa o indirecta.
¿Pueden defender ese sistema económico liberal, aunque ya haya muerto y revivido cien veces para volver a morir, dejando a millones de personas en el camino para beneficio siempre de los que se encuentran en los mismos nichos sociales del sistema? Por supuesto que sí. Este es país democrático.

¿Pueden manipular, engañar y hacernos creer que dos conceptos que nada tienen que ver son indisolubles, creando un miedo irracional a la perdida de libertad y aprovechando terrores atávicos para acusar de antidemócratas a los que no aceptan un sistema económico que a ellos les beneficia? Sí, por supuesto que pueden. Pero deberían recordar que este es un país demócrata.
Vamos, resumiendo, que, por más que se empeñen, no ser liberal capitalista no supone no ser demócrata.
Pero eso es lo que están empeñados en hacernos creer aquellos que en realidad no están defendiendo el sistema democrático, sino el sistema económico liberal capitalista y no porque suponga un mayor grado de libertad y capacidad de decisión para los ciudadanos, sino simplemente porque beneficia la posición de sus empresas y su acceso a la riqueza a través de los beneficios empresariales y financieros.
Por eso cuando Macron habla de "las democracias occidentales, que se construyeron en el siglo XVIII sobre un equilibrio ínedito entre la defensa de las libertades individuales, la democracia política y la creación de las economías de mercado", dejando claro que es un modelo de democracia, no el único posible, y que la creación de economías de mercado es solamente un factor de las mismas, ellos lo enlazan con unas reflexiones sociológicas de Maravall que habla sobre perdida de la democracia, imposibilidad de la democracia directa y caudillaje fascista, en un intento desesperado de propagar la falsa idea de que el cambio del sistema económico liberal capitalista nos ha de llevar necesariamente a una dictadura en la que se pierda la libertad y la democracia.
Nadie debería creerles, pero lo hacen. Debería ser imposible que alguien cayera en tan burda manipulación, que mezcla dos conceptos que nada tienen que ver, pero caen y lo repiten una y otra vez como un axioma incontestable.
Y no reparan o no quieren reparar en el hecho más simple y sencillo que anula esa teoría. El cambio de sistema económico no puede ser antidemocrático si lo decide o apoya democráticamente la mayoría de la población.

miércoles, junio 21, 2017

Macron, Francia y la regeneración o el continuo recurso a la inconsciencia

Francia. Una ves más Francia. El ejemplo casi eterno de lo bueno y lo malo, lo radical y lo moderado, la evolución y la regresión europea, lo vuelve a ser en estos días.
Emmanuel Macron, nuevo presidente de Francia, respaldado además por la mayoría absoluta más apabullante de la V República gala, fue con su victoria prácticamente elevado a los altares por aquellos que, por convicción, por interés o por pura ingenuidad, abogaban por eso de que el cambio dentro del sistema es posible, que era cuestión de regeneración y no de cambio, que las lacras que están infectando hasta consumirlo el sistema político y económico del Occidente Atlántico se deben a las personas, a las taras y vicios de unos pocos, no a la esencia del sistema en sí mismo. 
Rivera y su Ciudadanos, escindidos y agarrados al Partido Popular gobernante casi a partes iguales, enseguida se quisieron ver reflejados en el espejo de Macron y su partido. Si el francés había triunfado ellos lo harían. 
Los grandes partidos, los de siempre, aunque algo más recelosos, se colgaron de su europeismo a ultranza, de su capitalismo liberal económico innegociable, para ponerle de ejemplo contra los "populismos", esa bestia parda que se han inventado de la nada, que pretende unir en la misma galera a los que reman a favor y en contra de la libertad, a los que quieren sustituir el capitalismo y a los que quieren radicalizarlo hasta su esencia más cruel, a los pacifistas y a los belicistas... En definitiva, a todos los que quieran encontrar un nuevo sistema que les cambie los esquemas políticos y económicos en los que ahora se mueven con tanta comodidad.
Macron no había salido del sistema y había optado por la regeneración y el pueblo francés -porque a los franceses no les importa que se refieran a ellos como el pueblo, cosas de la Revolución Francesa y tal- le había apoyado. Y ese era el camino. Francia era el ejemplo. Hasta hace tres días.
Porque, igual que el ascenso de su gobierno ha sido meteórico, la demostración de la falsedad de su carácter ejemplificante ha sido igualmente veloz.
En tres días ha perdido cuatro ministros por corrupción, entre ellos ni más ni menos que el encargado de redactar la Ley de moralización de la vida pública, el equivalente más o menos a esa Ley de Transparencia patria que se perdió misteriosamente en el limbo.
Se puede decir que no son del partido de Macron, se puede decir que en otros gobiernos anteriores -tanto franceses como españoles- aunque les hubieran investigado no hubieran dimitido y recordar a Lagarde, Le Roux, Pasqua, Villepin e incluso los presidentes Chirac y Sarkozy.
Pero la realidad ese argumento será poco más que una excusa, que un paño caliente, para ocultar que en tan solo setenta y dos horas se ha convertido en realidad en ejemplo de todo lo contrario de lo que antes era.
En ejemplo de que el camino de la regeneración interna del sistema es una falacia circular de la longitud aproximada de la circunferencia de Júpiter.
Porque la regeneración del sistema es imposible. No porque Macron no la desee, no porque los políticos sean malas personas, sino simple y llanamente porque el sistema lleva impresos en sus genes esos defectos y vicios y regenerarlo no los elimina sino que los reproduce.
Y antes de que alguien se eche las manos a la cabeza preguntándose a gritos "¡¿Cómo va a llevar la democracia impresa la corrupción, el nepotismo, la explotación, la búsqueda del beneficio personal desde los cargos públicos en sus genes?!", intentaré explicarme.
Decir que el sistema en el que vivimos se resume en el sintagma "La democracia" es un reduccionismo banal y sin sentido.
El sistema occidental atlántico es un sistema de democracia representativa indirecta de listas cerradas que se sustenta en el capitalismo neo liberal como organización del sustrato económico, que tiene como fuente de esa organización los mercados financieros especulativos, y que se apoya en los principios filosóficos en la defensa parcial de los derechos individuales, el progreso personal y la competición económica y social.
Eso así, para empezar la faena. Y seguro que algo se me olvida. Pero claro,como eso no cabe en un tuit, en un eslogan ni en una pancarta, tiramos del reduccionismo positivista del "Estado democrático de derechos".
Pero en nuestro sistema esta la esencia de la corrupción porque los políticos viven alejados de la voluntad de los ciudadanos al no acercarse a ella nada más que cada cuatro años y de forma parcial; porque los partidos marcan las leyes, los nombramientos, los tiempos y los ritmos de esos políticos, así como sus caídas y ascensos, más que las urnas; porque el triunfo personal en toda la sociedad se mide por el enriquecimiento; porque el triunfo político depende más del apoyo del partido, de los intereses que le sustentan y de las maquinaciones de pasillo y despacho que de la voluntad de los votantes.
Y si analizamos la parte económica ya podemos ponernos a rechinar los dientes y mesarnos los cabellos. 
Un sistema económico que vive siempre al borde del colapso si no crece y crece continuamente; exigiendo beneficios rápidos y continuos; dirigido por unos mercados especulativos que no tienen en cuenta los derechos ni las leyes nacionales, continentales ni universales -en caso de que las hubiera-; en el que la actividad especulativa produce más rendimientos que la industrial, la comercial y la de servicios todas juntas; en el que no solo es lícito, sino que es aplaudido, operar en la sombra para alterar el precio de bienes y empresas; en el las decisiones políticas marcan el éxito o el fracaso de las empresas y los vaivenes de los mercados imponen unas decisiones u otras a los políticos; en el que el éxito empresarial se mide en beneficios sin contar cómo se obtienen esos beneficios; en el que el apoyo financiero marca la posibilidad de acceder al éxito político; en el que el bienestar, los beneficios empresariales y el crecimiento económico constante de un tercio de la población mundial depende de la miseria del resto del planeta.
Todo aquel que quiera medrar, gobernar o tener éxito económico dentro del sistema precisa recurrir a alguno de los falsamente llamados "vicios" del sistema que, en realidad, son sus marcadores genéticos distintivos. Corrupción, nepotismo, explotación, expolio, etc, etc, etc.
Y hablar de regeneración es un recurso a esa eterna inconsciencia colectiva que supone repetir las mismas acciones una y otra vez en la esperanza de que obtengan resultados distintos. Es como pretender que por el mero hecho de que la serpiente mude de piel, la siguiente cobertura que le salga sea el cálido pelaje de un gatito. Pero realmente sabemos que, no solo será de serpiente, sino que tendrá idéntico dibujo que la anterior.
Todavía los habrá que defiendan que cambiando todas esas cosas en el sistema puede funcionar. Y les doy la razón porque si cambiamos todo eso, habremos cambiado de sistema, no lo habrás regenerado, lo habremos cambiado que es de lo que se trató desde el principio.
¡Ah, antes de que se me olvide!, otra cosa para esos del "prefiero que me gobierne un ladrón a un comunista", que está ahora tan de moda: cambiar no es volver a cosas que ya fallaron también, es inventar algo nuevo. 
El sistema que tenemos -comúnmente falsamente reducido en la palabra democracia- no es, en contra de la cita clásica, el mejor de los posibles. Es el mejor de los que hemos tenido hasta ahora y cambiarlo no significa renunciar a la esencia democrática.
Por si había dudas.

martes, junio 20, 2017

Una furgoneta, un muerto y la oportunidad perdida de no ser yihadistas

"Tenemos que demostrar que no somos como ellos", "Han de saber no van a cambiar nuestra forma de vida"... Ya no sé cuantas veces he escuchado esas frases en discursos, las he leído en editoriales y las he visto impresas y repetidas en cientos, miles, de tuits y posts en las redes sociales.
Pero no es verdad. No estamos dispuestos a hacer eso y la prueba es el último atentado terrorista de Londres. 
La capital de la pérfida Albión, sacudida por la barbarie de la sangre y la muerte no sé ya cuantas veces, lo ha sido una vez más y eso ha servido para demostrar que, lamentablemente no estamos dispuestos a no ser como los yihadistas.
Porque esta vez no han sido ellos, ha sido el otro espectro tenebroso del fanatismo sangriento, los que están en la otra punta de la campana de gauss de una sociedad que se enfrenta a una guerra de poder y de odio. Un loco enfurecido por el odio al grito de "voy a matar a todos los musulmanes" perpetra un acto tan semejante al de los yihadistas, tan fanáticamente aleatorio, que no acepta la más mínima duda sobre su objetivo y motivación.
¿Alguna crítica sobre la reacción gubernamental? Ninguna. 
O sea, para ser más exactos, las mismas que en cualquier otro de los atentados londinenses. Se trata como un atentado terrorista, se reiteran los mensajes de que se va a endurecer la política contra el terrorismo, los gobiernos extranjeros muestran sus condolencias, su rechazo -todos salvo el bueno de Donald que esa noche debía tener el móvil sin batería y no pudo tuitear ningún exabrupto-. Todo como en cualquier atentado. Algo que en este caso es positivo.
¿Y los medios de comunicación? Parece que lo mismo, pero no. Puede que sea hilar muy fino pero no. Recogen el atentado en sus portadas sí, pero más pequeño, con menos relevancia. Y el titular ya cambia el paso por completo: "Un musulmán muerto y varios heridos en un atropello en Londres"?
¿De verdad? ¿un musulmán?, ¿no, una persona?. Ni siquiera un titular como "Una persona y diez heridas en un atropello en Londres a la salida de una mezquita", aunque luego el subtítulo amplié la información de que todos eran musulmanes.
No, directamente "un musulmán", así alejándolo del resto del mundo, separándole en una categoría, al parecer distinta, del resto de las personas muertas en los atentados de Londres.
Y al que me quiera decir que eso es lo reseñable porque es lo diferente, le diré que se equivoca. En todo caso lo destacable es que un individuo fanático y loco atenta contra la comunidad musulmana y causa el caos y el desastre. Lo reseñable es que la locura sangrienta también llega a nuestras calles en el otro sentido. Hay mil formas de titular para dar esa información, pero ninguna incluye el sustituir persona por musulmán.
Y el subtitulo tampoco tiene desperdicio: "La policía considera un acto terrorista el atropello".
¿En serio?, ¿lo noticiable del hecho es que la policía considere un acto terrorista algo que evidentemente lo es?, ¿donde quedó el "Un atentado siembra el pánico y causa varios muertos", que fue el primer titular en un hecho idéntico hace dos meses?
Para alguien que sepa un poco de periodismo eso basta como síntoma de que el asunto no se está tratando igual, pero hay más piezas que completan la visión general. El antetítulo entonces es "Terrorismo yihadista", en este caso es "Atropello", ¿por qué no "violencia islamófoba"?
En fin, que puede parecer que los medios lo tratan igual pero no. 
El día después no sigue en las portadas, no se desgranan editoriales sobre su significado, no hacen un seguimiento del estado de los heridos, no se cuestiona si las autoridades están preparadas o actúan bien en contra de este tipo de violencia. No en absoluto. No parece el mismo tratamiento.
¿Y nosotros? Era de esperar -por lo menos para los que realmente creemos que no debemos ser como ellos-que si no somos como los locos furiosos yihadistas hubiéramos llenado las redes de tuits y e mensajes de repulsa como en los otros atentados. Nada. Era de suponer que habríamos vuelto a mover el  #PrayForLondon o cualquier otro hashtag solidario y emotivo. Nada; es de suponer que hubiéramos llenado de flores la puerta de la mezquita y hubiéramos acudidos a solidarizarnos con ellos. Nada.
Las redes mudas, las gentes mudas y ciegas, la sociedad mirando a otra parte.
Tendríamos que habernos esforzado en demostrar que para nosotros toda vida es importante,que para nosotros todo asesinato es una tragedia y una injusticia, que para nosotros el odio y la violencia religiosa es abominable, que no estamos dispuestos a tolerar que la intransigencia o el odio al islam siegue la vida de personas inocentes. 
En definitiva, que no somos como ellos, como los locos furiosos de la falsa yihad. Pero no lo hemos hecho.
¿Por qué? Porque aunque suene duro y sea -lo reconozco- injusto para muchas personas, nuestra sociedad occidental atlántica no considera a los musulmanes como de los nuestros. Da igual su nacionalidad, da igual que sean pacíficos o no, da igual que sean nativos o inmigrantes, da igual. Los musulmanes no son de los nuestros porque son musulmanes.
Y, como no son de los nuestros, su muerte nos importa mucho menos, de hecho no nos importa en absoluto. Ya sea en Londres o en Alepo, ya sea en Quebec o en Raqa. Y eso no difiere mucho de la construcción mental de nuestros enemigos. 
Una mezquita es atacada cada dos semanas en Reino Unido. Entre 2013 y 2016, se registraron 100 ataques. El 58% de los asaltos denunciados fue contra mujeres. De ellos, en el 80% de los casos, estas llevaban ropa asociada con el islam, como el hiyab o el niqab. O sea que los yihadistas las atacan por no llevarlo y los islamóbos por llevarlo. 
Pero todo eso no genera alarma social por un simple hecho: un islamófobo no es un peligro para nosotros.
Así que a día de hoy los únicos que han demostrado que,como comunidad, como grupo, no son como los yihadistas son los musulmanes que tardaron unos pocos minutos en llenar las redes con reproches al yihadismo, que acudieron a los atentados de Londres a dejarles claro a sus perpetradores que ellos no creían que su religión fuera violencia y muerte.
Nosotros tuvimos ayer la oportunidad de hacerlo y decidimos no hacerlo.

domingo, junio 18, 2017

Pedro Sánchez, plurinacionalidad o no empezar a caminar por el principio

No voy a ser yo quien critique el concepto de plurinacionalidad.
Pero, como casi todo en la vida menos el odio y el fanatismo, el uso del concepto requiere matices y mas matices, sobre todo si viene del Congreso del PSOE que parece que, por fin y a la segunda, ha decidido hacer lo que tiene que hacer un partido: caso a sus militantes.
Parece ser que la plurinacionalidad y el federalismo -este desempolvado del Congreso de Suresnes, por si alguien lo ha olvidado- son las dos zancadas de gigante que llevaran al PSOE a la izquierda. O al menos que empezaran a hacerlo.
El matiz comienza, como casi siempre últimamente por una pregunta: ¿por qué la defensa de ese concepto llevará al PSOE en un vuelo fugaz y renovador, cual ave fénix renacida, de pronto hacia la izquierda?
Y es que resulta que defender la plurinacionalidad y el federalismo no es un concepto de izquierdas. Puede que a los conservadores patrios les parezca que sí, puede que para ellos el unitarismo sea un rasgo diferencial del liberalismo o del capitalismo o de la democracia cristiana o de como se quieran definir, pero va a resultar que no.
Ángela Merkel cree en el federalismo, no lo ha cuestionado ni una sola vez y es presidenta del país más federal de Europa, y la señora Merkel no es de izquierdas. Los republicanos estadounidenses creen en el federalismo, son incluso defensores acérrimos de los poderes de los gobernadores dentro de sus estados y muy de izquierdas no son; los tories británicos no ponen en tela de juicio la condición plurinacional de Gran Bretaña, la unión de coronas que no de reinos, y lo llevan con cierta flema y elegancia -salvo en el Ulster, todo hay que decirlo- desde hace varias centurias. Y tampoco es que ideológicamente se hayan alimentado a los pechos de Saint Simon o Lenin.
Y si lo vemos al revés, pues tres cuartas de lo mismo: Ninguno de los gigantes que pervirtieron el comunismo y la izquierda ha sido defensor de la plurinacionalidad. China ejerce el comunismo autocrático en los cuatro puntos cardinales de su inmenso territorio -salvo en Hong Kong, vale- y erradicó y sigue erradicando todo movimiento que pretenda el reconocimiento de antiguas nacionalidades históricas dentro de su territorio. Por no hablar de la antigua URSS, que mucho de nombre era una unión de repúblicas, pero cercenaba los impulsos nacionales por la tremenda en toda su esfera de influencia, desde los Balcanes hasta el Báltico.
En fin, que está muy bien lo de defender la plurinacionalidad, pero eso realmente no te hace ni mas de izquierdas, ni más de derechas, ni más de centro. Aunque en nuestro país pueda parecer lo contrario.
Así que el matiz y la reflexión sobre este asunto me lleva a la conclusión de que Pedro Sánchez corre el riesgo de hacer, una vez más, lo que hacen todos los políticos en este país desde hace casi una década. Esconderse tras el debate nacionalista para no enfrentarse al debate social en el que realmente sí tienen que poner su ideología encima de la mesa.
Porque quizás el camino hacia la izquierda no pase por hablar de plurinacionalidad en primer lugar. Quizás tendría que pasar por anunciar que si gobierna evitará la especulación bursátil prohibiendo en la bolsa española las operaciones en corto -que con lo del Banco Popular se lo han puesto como a Felipe II, por cierto- o directamente anunciando que en el mercado de valores no se permitirá comerciar con Opciones y Futuros, o que no se dará condición de operador a los Fondos Buitre.
Quizás el camino a la izquierda pasaría, antes de abordar tan intrincado concepto de organización del Estado, por anunciar que en su gobierno las empresas tributarán lo mismo -no más, simplemente lo mismo- que las personas físicas o que se establecerán medidas para evitar la ingeniería fiscal a través de empresas interpuestas radicadas en paraísos fiscales.
Es posible que para empezar a andar en dirección hacia la izquierda habría que hablar del salario mínimo, de penalizaciones por no realizar reinversión productiva de los beneficios empresariales, de la redistribución de los mismos, de tomar medidas para restringir o incluso eliminar el sistema de deuda apalancada de nuestra economía o del aumento impositivo a la rentas del capital provenientes exclusivamente de la especulación bursátil.
Cabe la posibilidad de que para iniciar un verdadero camino de vuelta hacia la izquierda hubiera que pasar, antes que por el voto catalán o vasco, por hablar de abolir la legislación de aforamiento, de renunciar a la enmienda nocturna y alevosa de nuestra Constitución sobre el techo de gasto, de revisar la legislación bancaria para impedir desmanes como los pretéritos o de plantear la modificación del código penal para castigar con fortaleza la corrupción política.
O a lo mejor habría que empezar por caminar en la linea de plantear si gobierna un sistema en el que los órganos judiciales no están controlados, designados y nombrados -aunque sí vigilados- por el poder político, en el que las Fiscalías sean realmente independientes, en el que la composición de los altos tribunales no dependan de la correlación de fuerzas políticas.
Y luego ya hablaremos de cuantas naciones somos y si queremos vivir federadas, unidas, separadas o como sea.
Lo lamento del nuevo por el PSOE y por sus militantes y simpatizantes pero, si Pedro Sánchez y su nueva ejecutiva no empieza por cualquiera de esas cosas o por todas ellas su recientemente estrenado camino hacia la izquierda, me temo que no será más que otra operación de lavado de cara.
Una operación que utilizará una discusión que se ha polarizado artificialmente por unos y por otros para ocultar lo verdaderamente relevante en la sociedad española, que es la situación cada vez más precaria y miserable de sus ciudadanos, y en la ideología de la izquierda democrática, que no es otra cosa que no dejar que el dinero y el poder se impongan sobre la libertad de los ciudadanos.
Veamos y observemos, que tampoco se va a cambiar el paso en unas cuantas horas de congreso. A ver que pasa.
Por eso no voy a ser yo el que critique el concepto de plurinacionalidad.

sábado, junio 17, 2017

Amancio Ortega: preguntas y respuestas entre la caridad y la justicia

Justicia y Caridad. Es esta una dicotomía casi tan vieja como esta sociedad occidental atlántica nuestra que ahora languidece por egoísmo y se está desmoronando para la historia por pura y llana inconsciencia.
Puede que esa dualidad exista desde siempre, pero hoy tiene un nombre: Amancio Ortega.
Las donaciones del multimillonario han puesto nombre y apellido por unos días a ese eterno enfrentamiento que, como siempre en España, se polariza hasta límites irracionales.
Los que tiran de rechazar las donaciones -fundamentalmente adscritos a la izquierda- yerran el blanco en una paradoja entrópica en la que no les sirve el dinero porque se entrega voluntariamente, pero exigen que se aporte de forma obligada a través de los impuestos.
Los que se descuelgan en las redes Sociales con el #YoApoyoaAmancioOrtega tiran de toda suerte de argumentos absurdos -fundamentalmente contra Podemos como siempre- que pretenden desacreditar la crítica a las donaciones y sobre todo las actividades cuestionables del ínclito empresario comparándolas con nimiedades que convierten en fallas morales insalvables de sus detractores. Para mi todos se equivocan o manipulan -que ya no sé si no es lo mismo en esta sociedad-. Y creo que se equivocan porque no hacen ni se hacen las preguntas adecuadas.
¿Que es la caridad?
La caridad cristiana -que es con la que nos hemos desayunado durante generaciones, nos guste o no- no es ni fue nunca en su concepción eso de dar limosna al pobre sino otra cosa. El loco de Nazaret la interpretó como la ayuda al desfavorecido por lo inevitable- un desastre natural, la lepra, etc.-, no como una forma de paliar la injusticia. Para paliar la injusticia estaba la justicia -aunque en su caso mesiánico fuera la de Dios-.
Pero el falso cristianismo imperante y jerárquico la cambió con el correr de los siglos y ahora es otra cosa. Es soltar las migajas -aunque esas migajas sean millones de euros, es dar la calderilla de aquello que se ha ganado gracias al desequilibrio de un sistema injusto.
Y las preguntas siguen
¿Necesita la Sanidad Pública española la caridad de Ortega? Por supuesto que sí. La de Ortega y la de cualquiera. 
¿Por qué la necesita? Porque los recortes y la desafección por ella de los últimos gobiernos la han dejado en una situación precaria, lo cual era realmente su objetivo para poder privatizarla y quitar su lastre de las cuentas públicas.
¿Es Ortega culpable de esa situación? Como empresario no. Solamente lo sería en su condición de apoyo ideológico a esa política y al partido que la ejerce. Algo que solamente se supone.
¿Es justo que la empresa de Ortega pague tan pocos impuestos a través de la ingeniería fiscal? No, no lo es ¿Es el empresario culpable de esa situación? De nuevo no. Mientras sea legal y esté permitido el que es culpables es el gobierno que lo permite no modificando la tributación de las empresas amparándose en unos criterios que harían al mismísimo Adam Smith retorcerse en su tumba escocesa.
¿Se le puede exigir que Amancio Ortega que pague más impuestos? Por legalidad no, por ética sí. Aunque puede decir que en vez de eso tira de las donaciones. Si sus aportaciones voluntarias igualan los impuestos que elude pagar legalmente, podría argumentarse que sus actuaciones están éticamente equilibradas. Y sería casi cierto -si la ética pudiera equilibrarse, claro-.
¿Es la donación caritativa de Amancio Ortega un signo de su compromiso social? No. No puede serlo. Y aquí comienzan las verdaderas responsabilidades y críticas al multimillonario gallego.
Porque ni todos los millones del mundo pueden compensar que tenga a trabajadoras marroquíes trabajando 65 horas semanales por 178 euros al mes; porque si realmente tuviera conciencia social su empresa no recibiría una multa del gobierno Brasileño por un taller de trabajo esclavo en 2011; porque si realmente le importara la mejora social y la educación no permitiría que Zara contratara en ese país a empresas que mantienen irregularmente a 7.000 trabajadores; no pagaría a niñas de 13 años -cuyo trabajo está prohibido en media docena de convenios internacionales-1,3 euros al día por coser sus camisas y sus pantalones o a adolescentes trabajando sin contrato, privadas de libertad y en condiciones insalubres durante más de 72 horas a la semana por un salario de 0,88 euros al día.
Porque la mejor manera de evitar una injusticia no es compensarla por otro lado. Es dejar de participar o generar esa injusticia
¿Son las donaciones de Amancio Ortega reflejo de su compromiso con la mejora social al menos en España, ya que no parece preocuparse por ella en Marruecos Turquía, India, Bangladesh, Vietnam, Camboya, Argentina o Brasil? Ni siquiera eso y sorprende que los tiran de españolismo a capa y espada le pongan de ejemplo. 
Porque si se preocupara por eso no hubiera deslocalizado prácticamente toda su producción. La habría mantenido en España pese a que eso redujera sus beneficios -no los impidiera, tengámoslo claro- para contribuir a la mejora social de su país y que sus impuestos -que serían mucho menos susceptibles de ingeniería fiscal- contribuyeran al erario público y por tanto a sufragar la Sanidad Pública y cualquier otro servicio público. Y si luego quería donar de sus beneficios, bienvenido sea.
En definitiva ¿puede considerarse a Amancio Ortega como alguien que trabaja por la mejora social?
La respuesta es no. Y casi puede resumirse en 140 caracteres. No, porque aquel que acuchilla con una mano no puede intentar curar la herida sangrante con la otra mientras sigue clavando el cuchillo una y otra vez.
De modo que para mi, los que apoyan a Ortega se equivocan por considerar las donaciones del empresario lo que no son. Y los que las critican equivocan el foco y el objeto de sus críticas pasándolas del gobierno y la legislación española al magnate gallego.
Así que, en realidad, esto va de lo de siempre. El injusto -el que participa y se beneficia de esa injusticia- no es caritativo porque quiera remediar lo injusto de la situación sino por dos motivos. para lavar su imagen publica ya sea en la puerta del templo en los medios de comunicación y porque ha iniciado una negociación con su dios para que le salve pese a todo lo éticamente reprobable que hace y que sabe que va a seguir haciendo.
No es compromiso social, es intentar comprar mediante sobornos un pasaje a la eternidad.
Así que las donaciones de Amancio Ortega pueden ser útiles, pero no sirven de ejemplo ni de nada hasta que lleguen cuando su otra mano haya dejado de clavar el cuchillo en la herida de la injusticia social para multiplicar sus beneficios.

viernes, junio 16, 2017

Grenfell en llamas, Rania y la tristeza ante el absurdo

Veinticuatro plantas ardiendo, cientos, quizás miles de personas, atrapadas entre el fuego y la muerte en el edificio Grenfell de Londres y un solo sentimiento. Tristeza
No por las 17 personas muertas, que también por supuesto, no por los dramas sufridos y muertos esa noche de llamas, que, desde luego, también.
 Pero esa es tristeza normal, quizás distante y poco vívida, dada la lejanía del suceso. La otra tristeza es abrumadora, casi desesperada por impotente ante el absurdo. Una mujer atrapada entre el humo y las llamas en el piso 23, intentando encontrar una salvación, una forma de resistir... y lo graba y transmite en Facebook Live.
Y ante eso solamente me asalta esa tristeza vacía que genera la incomprensión, que produce el no poder descubrir esa esencia de la ciencia de la vida que se llama por qué; que se traduce en la amarga pregunta que hiciera famosa el Rey de Rohan en la inacabable película: ¿Cómo hemos llegado a esto?
Tristeza por no saber qué hace que una mujer desperdicie energías y tiempo en una retransmisión inútil de su propia agonía, de su miedo, de su desesperación. Qué le hace pensar o sentir que aporta algo a su existencia en riesgo mantener el móvil con pulso firme para que un mundo lejano, irrelevante en ese momento y, sobre todo, indiferente e incapaz de ayudarle vea todo en directo.
¿Es Rania, la autora del vídeo, una mala persona? Desde luego que no. Lo demuestra, se arriesga, abre la puerta, ofrece ayuda y auxilio a sus vecinos mientras lo graba todo. Entonces ¿por qué?
Sus amigos de Facebook, la mayoría egipcios como ella, están a kilómetros y kilómetros de distancia, incluso aunque estuvieran en el edificio de al lado no pueden ayudarla, no pueden ascender una veintena larga de plantas entre llamas y humo. Entonces ¿por qué?
Y es la respuesta lo que hace que llegue la tristeza.
Rania está enferma. Enferma con una plaga que afecta a miles de millones de personas. Una plaga que nos hace confundir el mundo real con esa suerte de remedo virtual llamado Redes Sociales; infectada por un virus de desconexión personal e hiperconexión virtual que hace que se considere necesario, sino imprescindible, que el mundo conozca todos y cada uno de nuestros momentos, que los perfiles a los que identificamos como amigos sepan de nosotros en todo momento, en toda circunstancia.
Una enfermedad que afecta desde lo afectivo hasta lo trágico, desde lo profesional hasta lo lúdico, y que hace que una mujer en peligro pierda seis minutos en una retransmisión inútil antes de hacer el primer esfuerzo por acercarse al mundo real y pedir ayuda. 
Un mal que hace que hoy pululen docenas de vídeos de personas descolgándose por los muros de Grenfell con sábanas, de  gente agitando trapos pidiendo ayuda, de víctimas gritando.
Docenas de personas que, desde los edificios aledaños observan tras su móvil grabador de la desdicha ajena, como lo hicieran días antes en el Puente de Londres y antes, cada día, en otros tantos espacios y lugares. Y lo hacen como un acto reflejo, norma,. lógico, cuando en realidad es algo ilógico, absurdo, casi perverso.
Y aún queda lo peor. La tristeza se convertirá en rabia cuando el vídeo de Rania, de su confusión entre el mundo real e imaginario de las redes Sociales, se haga viral. Cuando millones se pongan ante sus pantallas a observar el sufrimiento y la angustia de alguien a quién ni siquiera conocen ni, desgraciadamente, tienen ya muchas posibilidades de llegar a conocer.
Y los hay que dirán que desde que se inventó el celuloide estas cosas ocurren, que la tragedia humana ha sido grabada desde que hubo la posibilidad técnica de hacerlo y que ahora solamente se han masificado por el acceso generalizado a la tecnología. Pero se equivocan de medio a medio.
Hasta ahora el sufrimiento humano se grababa con un fin, desde el más avieso al más altruista. Los torturadores lo grababan para mejorar su técnica, los policías para poder usarlo como prueba, lo periodistas para informar, los secuestradores para asustar, los cineastas para concienciar, los gobiernos para hacer propaganda... Podían ser buenos o malos motivos, perversos o beatíficos, equivocados o correctos, pero eran motivos. 
Ahora en la mayoría de los casos solamente se hace para aislarse de la realidad, para situarte al margen, para poder sentirte como Gulliver, el mítico viajero de Jonathan Swift, al final de su juicio y poder decir al mundo "Yo he estado allí" en la esperanza casi siempre inconsciente de que eso aumente el numero de visitas a tus redes Sociales.
En resumen, tristeza. Rabia y tristeza que se hacen exponenciales al recordar a Ignacio Echeverría. 
Tantos, hasta los propios implicados, que se alejan con la fría neutralidad del que graba el sufrimiento humano y uno solo que hace o al menos intenta hacer algo para evitarlo. Una proporción de millones a uno que hace casi imposible la solución o el cambio
¿Cómo hemos llegado a esto? 
Y la pregunta es retórica en grado sumo porque todos sabemos la respuesta.

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