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jueves, noviembre 25, 2010

Irlanda: el desastre es todo nuestro

A ver, niños:
2.200.000-100.000 = 2.100.000. Aunque pueda parecerlo no son las cuentas de mis deudas, ni de lo que me queda por pagar de hipoteca. Es el número de trabajadores que hay en Irlanda. El total de la población activa menos el número de desempleados.
Es algo que todos deberíamos saber a estas alturas, dado todo lo que se ha escrito y se ha emitido acerca de la vieja Hibernia, su crisis bancaria y su desmoronamiento económico.
¿No se habían enterado? Irlanda se ha hundido. Sigue estando en el mapa, no se la ha tragado el Mar Celta, pero se ha hundido.
Y otro dato que tendríamos que saber, en el que tendríamos que habernos fijado, es que, de esos dos millones cien mil trabajadores, 400.000 -sí, no me he equivocado, no se me me ha ido un cero de más, 400.000, son funcionarios públicos-. O sea que uno de cada cuatro irlandeses es funcionario público.
Así que, antes de empezar a clamar contra la injusticia que suponen los brutales recortes que echarán a la calle a 25.000 funcionarios, quizás, sólo quizás, deberíamos haber hecho estas pequeñas sumas y restas. Al fin y al cabo, la economía va de eso ¿no?, de hacer cuentas.
No es que vaya yo, a estas alturas del partido, a defender un sistema económico -el occidental, no el irlandés, no nos confundamos- endeble en su concepción, viciado en su desarrollo y manipulado hasta la perversión en su utilización egoísta -¡Anda!, esto ya se dijo antes de algo... ¿qué era?, ¿qué era?... ¡Ya me acuerdo! el socialismo llamado real-, pero tenemos que empezar a darnos cuenta de algo que, como es habitual en nosotros, tendemos a ignorar: nosotros también somos responsables de lo que está pasando.
Y el caso de Irlanda es sólo un ejemplo.
Resulta muy fácil protestar cuando nos enteramos de que se despedirá a 25.000 funcionarios -si se despide a los funcionarios es que no hay nada estable ya en la vida ¡Por el amor de dios!- pero, salvo algún que otro entendidillo de esos a los que nadie escucha, nadie protestó cuando los sucesivos gobiernos irlandeses inflaron su sector público para hacer descender sus tasas de paro y permitieron que su administración ocupara una cuarta parte de su población activa, casi tanto como la industria, y dos veces más que el sector servicios.
Si no hubiera hecho eso hubiera tenido una tasa de desempleo mucho mayor y contra eso sí se protesta siempre.
Y luego está la otra protesta. La típica y tópica: la de la injusticia que supone que a los que han desencadenado la crisis, es decir al sector financiero -o sea a los bancos, para entendernos- se les inyecten miles de millones de euros y que ese ajuste lo tengan que pagar los de a pie, los trabajadores, los autónomos, la población en general, para resumir.
Y en alguna medida es lógico que eso encienda la sangre, que resulte indignante. 
Pero también impone una reflexión. Una de esas que no nos gusta hacer: porque, hasta cierto punto y parafraseando el viejo lema de la Agencia Tributaria, los bancos somos todos. Y eso es algo que no queremos reconocer.
Porque todos -no sólo en la verde Eire- somos los que asumimos durante años riesgos crediticios sin pestañear, somos los que mantenemos niveles de endeudamiento inconcebibles en nuestras economías.
Los bancos fueron los que empezaron a vender hipotecas en una carrera sin control más allá de los límites lógicos de endeudamiento en el tiempo y en la cantidad, pero fuimos nosotros los que las compramos,
Los bancos fueron los que crearon productos ratonera en tarjetas de crédito en las que gastas diez y devuelves dos para el mes siguiente volver a gastar diez y volver a devolver dos, de manera que, al final, debes dieciséis que no tienes -otra vez eso de las cuentas que tanto nos disgusta-, pero fuimos nosotros las que las utilizamos.
Las entidades financieras fueron las que concedieron créditos a negocios de dudosa viabilidad o de escaso rendimiento con la promesa de una rápida amortización, pero fuimos nosotros -o aquellos de nosotros que querían poner un negocio sin haber pensado en sus riesgos reales- los que los solicitamos y los aceptamos en esas condiciones.
Para esto, los bancos somos todos. Ellos han perdido el dinero, tienen agujeros negros del tamaño de Irlanda -o de España o de Portugal o de Grecia...- en sus cuentas de resultados, pero nosotros somos tan responsables como ellos.
Resulta bochornoso hasta el extremo pero, lamentablemente, nada sorprendente tal y como se organiza nuestra mente hoy en día, que tiremos de argumentos del tipo "¡pues que no los hubieran dado si sabían que eran arriesgados!" o "es que si no pido una hipoteca de esas ¿cómo me compro un piso?".
Ya va siendo hora de que digamos "no deberíamos haber aceptado una hipoteca en esas condiciones de riesgo" o "no tengo dinero para comprarme un piso, así que vivo de alquiler " -no, sigo viviendo en casa de mis padres, que eso es casi peor-.
Esas reflexiones no arreglarán la situación pero es posible, sólo posible, que nos evitaran caer de nuevo en el mismo error. Más, me temo que estamos más allá de la posibilidad de cambiar nuestras mentalidades.
Somos como ancianos que no pueden darse cuenta de que el mundo cambia y no son capaces de cambiar con el mundo. Eso sería reconocer que nuestro sistema económico no es cíclico por una perversa casualidad con la que nos han castigado los hados del librecambismo. Lo es porque nosotros cometemos los mismos errores una y otra vez. Sería reconocer que hemos fallado y no estamos dispuestos a dejar de repetir ese error. Y eso no lo haremos, no queremos hacerlo.
Y, por último, está la otra queja. La que nos revierte a los tiempos de Robín de Locksley y los perversos recaudadores de Juan Sin Tierra.
Llega una crisis galopante y encima se suben los impuestos. "¡Es injusto!", gritamos. Y por un instante, por un ínfimo momento en el que las cifras y los datos se borran de la mente, parece que tenemos razón, que eso no puede rebatírnoslo nadie.
El instante pasa y vemos que eso no es así. Y de nuevo Hibernia se dibuja en nuestras pizarras de aprendices de economista a modo de explicación.
El gobierno de Brian Cowen sube los impuestos porque antes los bajó. Porque los utilizó de moneda de cambio para cerrar negociaciones salariales, porque inventó desgravaciones fiscales de todo rango y condición, porque se basó en impuestos cíclicos -de nuevo el maravilloso mundo de la actividad inmobiliaria- para bajar o congelar el impuesto sobre la renta y el de Sociedades.
Así que, los que ahora gritan contra la injusticia de la subida de impuestos, deberían haber agotado su voz hace dos y tres años. Deberían haber utilizado otro esquema de pensamiento antes del derrumbe.
Deberían no haber tenido más hijos de los que podían mantener en lugar de pedir desgravaciones o ayudas por los nacimientos o por las familias numerosas; deberían haber renunciado a la compra de una vivienda que no podían pagar en lugar de solicitar y aceptar desgravaciones fiscales por la misma; deberían haber clamado contra las rebajas fiscales por ser familia monoparental o por ser cualquier otra cosa que se nos pueda ocurrir.
Deberían haber puesto el grito en el cielo porque parte de esos impuestos se destinaran a sufragar a unas u otras instituciones que estaban más allá del Estado; deberían haberse rasgado las vestiduras porque se redujera el impuesto sobre la renta.
Dederían haber abominado de que se financiara la sanidad con los impuestos del tabaco o de la gasolina -¡la providencia quiera que a los fumadores no nos de ahora por hacer caso a las campañas del gobierno y dejar de fumar o que los conductores no aparquen su coche masivamente y se compren una bicicleta, a crédito, eso sí!-; deberían haber protestado airadamente porque las empresas pagaran menos impuestos por contratar mujeres, mayores o menores de determinada edad o cualquier otro colectivo social al que se quisiera potenciar -excepción hecha de minusválidos, en todo caso-. Pero no lo hicieron.
No lo hicieron porque eso permitía que Hacienda les devolviera dinero en la Declaración de La Renta para irse de vacaciones, para comprarse un televisor o incluso, a los más afortunados, para ambas cosas. Porque eso les permitía contar con dinero que no habían ganado y que no les pertenecía. Y ahora ya no pueden hacerlo.
De modo que, nuestra estentórea protesta de ahora -aparte de vicios y riesgos y de lo absurdo de un sistema en el que los beneficios del trabajo de muchos recaen en las cuentas corrientes de otros, que lo único que hacen es jugar a la ruleta con sus capitales en la bolsa- es en gran medida tan absurda como lo fue nuestra flagrante irresponsabilidad a la hora de intentar aprovecharnos de un sistema que estaba cogido con alfileres. Pero en ambos casos seguiremos haciéndolo.
Luego está eso de que el gobierno irlandés de Cowen no aumenta el impuesto de Sociedades para que las empresas también apechuguen con lo suyo. Si lo hiciera todas las empresas extranjeras -que son las que han generado el boom económico y las que mantienen una gran parte del empleo no público en su país- cerrarían y se irían a otro lado.
Pero eso es verdad que a nosotros no nos afecta -por primera vez es cierto-. Las que estaban en nuestro suelo ya se fueron hace tiempo. 

miércoles, noviembre 17, 2010

Hibernia regnum totum est

Mientras Haiti se mata y se muere por un problema que debería haber dejado de ser un problema hace siglos, nosotros, los miembros vitalicios del club de las culturas occidentales, seguimos a lo nuestro, a esa actividad que hemos depurado desde los tiempos en los que nuestros ancestros recorrían el mundo a golpe de pilum y solea.
Pero lo grave de esto, lo realmente preocupante no es que se convierta el humo de nicotita flotando sobre los columpios en un parque en un motivo de legislación; no es que cantemos las alabanzas del flamenco y los cantos de Sibila -y los Castells, no se me ofenda nadie- durante dos jornadas, orgullosos de que los hayan nombrado lo que siempre han sido: patrimonio de la humanidad. No es siquiera que se debata sobre la recientemente inventada o descubierta independencia cultural de Catalunya.
Lo realmente preocupante no es que se intenten solventar problemas que no existen y se pierdan fuerzas, recursos, dinero y tiempo en vencer en batallas que ni siquiera debieron ser iniciadas. Lo importante es que, con todo eso, no sólo no vemos los problemas reales, sino que además los negamos.
Eso es lo que está pasando con Europa. Eso es lo que está pasando con Irlanda.
Puede parecer que es absurdo que un país que se hunde -como buena isla- en el mar de incertidumbre que rodea sus finanzas; que choca con el escila de una economía inflada por beneficios de multinacionales radicadas en su geografía, pero que repatrían dineros en plena crisis mundial; que está siendo tragada por las fauces del caribdis que ha supuesto para ellos la flexibilidad escesiva de su sistema bancario, se niegue a recibir ayuda.
Puede resultar incomprensible que se oponga a que 100.000 millones provinientes de la Unión Europea y del Fondo Monetario Internacional desembarquen en las maltrechas costas de su economía. Pero, si nos paramos a pensarlo, no es tan raro que esto ocurra. Sucede todos los días. Puede que no con un país entero. Pero ocurre todos los días.
Por seguir con el simil naútico, tan propicio para una isla: Irlanda no es que haya encayado y se niegue a recibir ayuda por orgullo y dignidad al grito de "¡Me basto y me sobro para salir de mis problemas!" -lo cual ya sería un error-, es que está viendo como el mar furioso de la crisis ha abierto cientos de vías de agua en el bajel y se niega a reconocer que se está hundiendo. No cree que haya nada que salvar porque es incapaz de percibir su propio naufragio.
Y una vez más, como está pasando de continuo últimamente, Irlanda y su ceguera ante sus propios problemas, no es reseñable, no es destacable porque sea un caso aislado, porque los irlandeses sean especiales o estén hechos de una extraña herencia genética gaélica que les haga diferentes a los demás.
Irlanda es reseñable porque, también en esto, es una metonimia inversa. Es la explicación de la parte con el todo, es un reflejo nacional y continental de una actitud individual - otra más, y ya se ha perdido la cuenta-  que nos está matando como civilazación-. Por decirlo de algún modo, tenemos la Irlanda que nos merecemos.
Seguimos inventando problemas irreales para enfrascarnos en ellos, para hundirnos en ellos, para enzarzarnos en batallas que no pueden ganarse porque nadie puede perderlas. Seguimos eludiendo la realidad intentando que nuestras percepciones sean importantes, sean relevantes, sean reales.
En nuestra vida diaria, en nuestros pensamientos, en nuestras acciones todos tenemos el gen gaélico que esta impidiendo a los gobernantes de la ancestral Hibernia reconocer sus males y sus problemas.
Cada despertar hacemos con nuestros problemas para ligar, con nuestra imposibilidad para ir de vacaciones, con la ausencia en nuestras cuentas corrientes de los mil euros que necesitariamos para gastar en un televisor de plasma, unos buenos cosméticos o un fin de semana en el extranjero, lo que Irlanda ha hecho con la pederastría de sus clérigos, con las disquisiciones lingüísticas sobre el gaélico, con los problemas de su sistema de correos o con las peculiaridades del Ulster como Irlanda ocupada: los magnificamos.
Perdemos el tiempo y la reflexión en intentar solucionar esos contratiempos -que es lo que son-  y utilizamos la falsa urgencia que le damos a esos problemas magnificados para ocultar al mundo y, lo que es peor, a nosotros mismos el verdadero problema, el error que está minando la estructura y devorando los cimientos de nuestra existencia.
En el caso de Irlanda ha sido su aparentemente floreciente economía y su casi invisible e inconsistente sistema bancario y en nuestros casos individuales puede ser desde la incapacidad para acceder a nuestros sentimientos, la estructuración errónea de nuestro sistema de prioridades, la imposibilidad de reconstruirnos sobre bases que ya nos han fallado multitud de veces, hasta la incapacidad para percibir a los demás como elementos integrantes de nuestra vida y nuestra realidad o la incapacidad de percibir la realidad en si misma.
Da igual cual sea el problema de base, da igual cual sea la situación profunda que nos está fallando. La obviamos, como la isla británica ha obviado a sus bancos, la ignoramos y nos enfrascamos en la solución de los otros problemas que hemos decidido que son importantes. Así, si conseguimos el polvo de fin de semana o el viaje soñado, si logramos los 1.000 euros de marras o la borrachera de alcohol y carcajadas ansiada, parece que todo va bien, que todo o al menos una parte, -que lograr polvo, viaje, pasta y borrachera en el mismo fin de semana es harto complicado-, se ha solucionado.
El agua sigue entrando a borbotones por los agujeros de la nao de nuestra existencia, pero nosotros seguimos en cubierta mirando al horizonte sin volver los ojos a la sentina, fingiendo que avanzamos en lugar de hundirnos.
Y todavía es peor cuando alguien se da cuenta.
Cuando alguien, ya sea por el egoismo de verse implicado y arrastrado en ese problema o por la solidaridad de percibirlo y preocuparse por nosotros o incluso por una mezcla de ambos motivos, nos hace ver nuestro problema estructural, lo negamos. 
Cuando alguien nos presenta nuestro problema real, ese que hemos ocultado bajo la cortina de humo de otra serie de contratiempos transitorios a los que hemos disfrazado de problemas importantes, y nos ofrece ayuda o aliento para afrontarlo, lo rechazamos, rechazamos todo lo que nos pueda dar por mucho que lo necesitemos.
Porque no podemos reconocer que el problema existe. Hemos empleado demasiado esfuerzo en ocultarlo debajo de otros, en acallarlo con los gritos y las quejas por otros motivos, en silenciarlo bajo el tronar constante de tormentas de vaso de agua, que hemos inventado o, como mínimo, magnificado, para lograr no escuchar la tempestad constante que sacude nuestras existencias.
Así que Irlanda, su gobierno y su sistema financiero no son muy diferentes de lo que es cualquiera de nosotros, un día cualquiera con un problema cualquiera.
No puede aceptar la ayuda, porque no puede reconocer el problema. Más allá de la necesidad de estabilidad de los mercados, del miedo a la desinversión internacional o de la quiebra del euro -que son problemas muy reales, no nos engañemos-, hay algo más profundo que le imposibilita hacerlo.
No puede aceptar la ayuda porque eso exigiría reconocer el problema y ya no quedaría excusa ninguna para eludir el cambio. Y el arte de cambiar es algo que la Civilización Atlántica y los individuos que la componen hace demasiado tiempo que olvidaron.

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