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martes, diciembre 06, 2016

Cultura de la violación o el falso icono de Schneider

En 1958, Cary Grant terminó el rodaje de la famosa escena de la avioneta con un "este hombre está completamente loco" ¿Por qué? Porque al acabar se enteró de que Alfred Hitchcock le había dado instrucciones al pilóto de que raseara más de la cuenta en las dos pasadas y le gritaba duranto todo el tiempo "sigue, sigue".
John Houston recibió todo tipo de lindezas de la nada sutil verborrea de Humprey Bogart tras el rodaje de la escena en la que acaba en el agua en La Reina de África porque nadie le había dicho que el empujon de la Hepburn daría con sus huesos en el río. Y encima tuvo que repetirla y salir sonriendo.
¿A qué viene todo esto? Pues a que hoy me he desayunado con algo que ha hecho que se me atragante el café vietnamita que una buena amiga había tenido a bien regalarme.
Con Marlon Brando y Maria Schneider muertos y Bertolucci viviendo -que me perdone- con permiso del enterrador, alguien ha reavivado aquello de que la actriz fue engañada en la míticamente rancia escena de El Último Tango en Paris, esa de Perpignan, la censura y la mantequilla. 
Creía yo que era otra manida disquisición cinematográfica cuando me encuentro inmerso en una de esas piezas que últimamente está empeñado en regalarnos El Pais en la que habla de cultura de la violación y no sé que cosas más -bueno sí lo sé-.
Y ya me ha tocado el trigémino, que diría una amiga mia.
Para empezar me toca el trigémino lo de la "cultura de la violación" porque es una mentira como un templo. No niego que en otros países de la tierra y en otras culturas pueda existir o persistir, pero decirlo de la sociedad occidental atlántica es un manipulación.
Sociológicamente para que haya una cultura de algo, ese hecho debe ser aceptado masivamente por todos los elementos de la sociedad lo que supondría que la violación tendría que ser aceptada sin reproches tanto por los perpetradores como por las víctimas y sobre todo por los que no son ni una cosa ni otra.
Así, la cultura del individualismo lo es porque la mayoría de los miembros de esta sociedad piensan que lo lógico es ponerse a sí mismos por encima de los otros y eso es comunmente aceptado para bien o para mal. Y con respecto a la violación eso es radicalmente falso.
Una cultura de la violación es la que existió hasta la edad media, donde la violación no era castigada, donde se consideraba que las mujeres eran botin de guerra y por tanto estaba permitido y hasta fomentado que se las violara e incluso en tiempo de paz se mantenían leyes como La Prima Note y el derecho de pernada que la sacralaziban.
Una cultura de la violación fue la que impusieron los japoneses en la Segunda Guerra Mundial en la invasión de la provincia china de Nanking, en la que incluso obligaban a punta de  bayoneta a los soldados que se oponían a ello a violar mujeres chinas para "aumentar la sangre nipona en esas tierras" o la que impuso el enloquecido Mengele en sus experimentos, forzando la violación continua de las prisionaras judías para que quedaran embarazadas y tener más material para sus experimentos.
Pero ni los hombres, ni las mujeres, ni los cargos públicos, ni la judicatura, ni los medios de comunicación de esta sociedad alientan ni jalean la violación, no van por la calle buscando alguien a quien violar en cuanto no hay un agente de la autoridad presente, no defienden que los violadores no sean condenados, no se detienen por la calle a aplaudir cuando contemplan a un hombre violando a una mujer o defienden que "la cosa" se soluciona con que la víctima se case con el agresor como sabemos que ocurre en otros lugares.
Que haya media docena de jueces rancios y machistas y un puñado -repito, un puñado, que en España somos 23.000.000 millones de hombres- de locos criminales descerebrados y violentos que se dediquen a violar y grabar sus violaciones no implica bajo ningún parámetro sociológico que haya una "cultura de la violación".
Y quien defienda lo contrario que estudie sociología y se entere de una vez.
Porque ya estoy más que harto de que se pretenda en estos asuntos meter a todos los hombres en el mismo saco en un intento de hacernos partícipes de los pocos criminales locos de nuestro tiempo y de todos los machistas recalcitrantes de tiempos pretéritos; porque ya estoy harto de que quienes dicen luchar contra estos horrendos crímenes se oculten bajo falsos arquetipos, presupuestos manipulados y rancios discursos para intentar disimular que lo único que buscan es un enfrentamiento secular e irreconciliable con los hombres por motivos personales, ni siquiera ideológicos.
Y ya estoy harto de que las mujeres que realmente creen en la igualdad no les digan que ya está bien, que es mentira, que lo que hacen unos pocos no puede servir para culpabilizar a mas de dos decenas de millones de hombres inocentes y que se están aprovechando del dolor y el sufrimiento de unos miles de mujeres para algo que solo puede comprenderse desde su propio resentemiento personal y su voluntad de poder.
Y sobre todo estoy harto de que se me marque como potencial culpable cuando soy inocente porque se afirma falazmente que existe una "cultura de la violación".
Así que no, señoras, no hay cultura de la violación en la sociedad occidental atlántica.
Y con respecto al asunto de El Último Tango en París y el artículo de El País, un solo párrafo resume el esperpéntico espectáculo de la manipulación mediática a este respecto.
"Hace menos de diez días repasábamos en Verne algunos conceptos relacionados con la cultura de la violación: la normalización del impulso agresor, la impunidad y culpabilización de la víctima y la necesidad de grabar la agresión estaban entre ellas. Todas parecen cumplirse en este caso".
La escena se graba porque es cine, ¿qué parte no han entendido de que el cine tiene que grabarse para que sea proyectado y por tanto sea cine? Bertolucci no graba la escena por un impulso bouyerista para luego vanagloriarse con los amigos como hacen los criminales pertubados de los violadores de los sanfermines, por ejemplo.
¿La normalización del impulso agresor? Brando no viola a Schneider, no tiene ningún impulso agresor. Simula que lo hace dentro de un contexto en el que hay presentes al menos una veintena de personas -aunque no se las vea en cámara- y todas ellas saben que es una escena de ficción, todas ellas saben lo que está ocurriendo así que, por muy emotivas que sean las declaraciones de la actriz, no existe ni violación ni impulso agresor. 
Brando no está esperando tras una esquina a que su compañera salga del camerino para imponerle una acto sexual porque ella se haya negado previamente. Alguien dice "acción" y se mete en un personaje. Un Brando que, por cierto, también dijo de Bertolucci que se sintió "manipulado durante la pelicula", así que no debía hacerlo solo con las mujeres, ni por "cultura de la violación".
¿La impunidad y la culpabilización de la víctima?, ¿de qué estamos hablando?, ¿quien queda impune si no hay violación?, ¿quién es la víctima si no hay violación?
Si Schneider es víctima de algo es de lo mismo que los fue Cary Grant en Con La Muerte en Los Talones o Tippi Hedren en Los Pájaros, o de lo mismo que los fueron Humprey Bogart en La Reina de África o Paul Newman en La Gata sobre el Tejado de Cinc -al que también le pilló por sorpresa el monumental bofetón que le endoso Liz Taylor-. 
Son víctimas de Cinema Verité, del Neorealismo Italiano, de la Nouvelle Vague, del método Stanislavski o del Actor´s Studio. Son víctimas de todos los directores que han usado ese método de trabajo que engañaba y forzaba a los actores para conseguir "resultados más realistas". 
Si quieren discutir sobre eso, discutimos hasta hartarnos. Pero meter eso en esa supuesta "cultura de la violación" es un absurdo.
Y si quieren hablar de cine y "cultura de la violación" que vean los angustiosos 10 minutos de secuencia de Irreversible -los únicos minutos de metraje cinematrográfico que me han hecho vomitar- donde sí estan presentes todos esos elementos en una ficción tan realista que hace mucho más por poner al mundo en contra de la violación que todos sus discursos y sus reproches a una película de hace cuarenta años.
Y que lean las declaraciones de Monica Belucci al respecto: "No sabía cómo iba actuar hasta que rodé la escena. Lo único que tenía claro era la patada del final porque para eso hay que estar gestualmente preparada. Prestia tampoco sabía lo que hacer exactamente más allá de sus frases. Estas escenas se graban así".
Y sobre todo si quieren hablar de "cultura de la violación" que vean como la por entonces musa cinematográfica de Francia se hizo acompañar por el actor en varias ocasiones ante la reacción negativa que toda la sociedad francesa había tenido ante el personaje que identificaron, como suele ocurrir, con el actor.
O simplemente que vean como acaba o empieza la película. Que por algo se llama Ireeversible. Y entonces hablamos de si hay en el Occidente Atlçantico o no hay "cultura de la violación".
Que ya está bien.

lunes, marzo 09, 2015

Feliz No Día Internacional de la Mujer

Lo siento por esa manía mía de decir y hacer las cosas un día después pero es lo que hay. Ya sé que ayer fue el Día de la Mujer y ya sé que en la siguiente línea muchas dejarán de leer o se enconarán al seguir leyendo.
Mujer, no te felicitaré por el día de ayer.
Si ayer eras trabajadora, profesional, madre, ama de casa, directiva, polvo de una noche, sindicalista, empresaria, amante y amada, asalariada, estudiante autónoma, artista, esposa, técnica, científica, monja, soltera..., te felicitaré por todas esas cosas.
Por vivir la vida como has decidido o podido vivirla, por poner esfuerzo en el intento de ser lo que quieres ser aunque no te convenga serlo. Pero no por ser mujer.
Si ayer defendías tus fronteras, cuidabas de tus ciudadanos enfermos, salvabas vidas en los quirófanos, los incendios o patrullando las calles, te ocupabas de personas dependientes que no podrían vivir sin tu asistencia, vigilabas las carreteras, cuidabas de tus hijos, enseñabas en una escuela, perseguías criminales, investigabas nuevas formas de evitar plagas o enfermedades, impartías magisterio en una universidad, buscabas y dabas noticias, creabas entretenimiento en los medios, participabas de la administración del Estado..., te felicitaré por eso.
Por hacer de tu vocación profesional un esfuerzo de servicio a los demás, por dedicar tu vida a que la sociedad mejore, avance hacia un futuro más equilibrado, por proteger a aquellos que no pueden o no saben a hacerlo por si mismos, por trabajar para los demás. Pero no por ser mujer.
Si ayer luchabas por el reparto de la riqueza, ayudabas a las víctimas del hambre, la guerra o la miseria, defendías un ecosistema equilibrado, una sociedad sin discriminación de ningún tipo, un mundo sin esclavitud, un planeta sin injusticias, una sociedad con un mejor reparto de los recursos, un país mejor, una ciencia más humana, una legislación más justa..., te felicitaré por ello.
Por pelear por todos, por abandonar lo propio en favor de lo de todos, por ser universal, por pensar en contra propia para asumir el bien común, por renunciar al egoísmo de lo que te conviene para asumir la solidaridad que supone renunciar a algo para que otros reciban lo justo. Pero no por ser mujer.
Si ayer eras conducida a la esclavitud, vivías como una sierva moderna, eras prostituida, retribuida injustamente en tu trabajo, apartada por la fuerza de los tuyos, forzada a perder tus derechos, obligada a vivir bajo el umbral de la pobreza, obligada a morir de hambre o de miseria, acosada, chantajeada, humillada, vendida o comprada, utilizada o explotada..., te defenderé. Ayer, hoy y siempre.
Por ser un ser humano al que no se le conceden sus derechos, una persona a la que no se deja vivir en libertad, a la que no se deja desarrollar su potencial, a la que se sacrifica injustamente para el lucro o el placer de otras personas. Pero no ser mujer.
Y no lo haré porque, mal que le pese a quién le pese, pienso con toda tranquilidad que ser mujer no merece una felicitación, como no lo merece ser hombre.
Aunque, mirándolo bien, ayer quizás había debido felicitarte por ser mujer.
Si ya no consideras tus hormonas y sus ciclos como excusa para hacerle pagar a los demás tus estados de ánimo, felicidades
Si has dejado de pensar que tienes el derecho a un trato deferente y diferente por tu sexo, felicidades.
Si no crees que puedes exigir un respeto por tu sensibilidad mientras ignoras la de otros fingiendo que no existe, pedir una comprensión que tú niegas cuando te viene en gana, felicidades.
Si no piensas que puedes usar el sexo, el amor o la insinuación de una o ambas cosas para manipular, lograr tus objetivos, engañar o imponer tus deseos, felicidades
Si no defiendes la complejidad de tu pensamiento femenino mientras desprecias como simple y básico el de otros, si ya no te indignas con los chistes arquetípicos sobre la mujer mientras te ríes y utilizas de los que incluyen alguno sobre los hombres, si no te indignas con el maltrato a una esposa pero justificas la agresión a un marido, si no crees que a ti hay que escucharte pero que puedes negar la voz y la palabra a un hombre para que no te angustie, te haga pasar un mal rato, te reproche algo o te haga responder a preguntas incómodas, felicidades.
Si pones al otro por delante, un poco por delante, en el amor y no esperas ser siempre la amada, la cuidada, la agasajada, la esperada, la conquistada, la que decida cómo, dónde y cuándo, la mimada, la que recibe y sigue recibiendo sin que el otro pueda ni siquiera suplicarle que le des nada a cambio de todo, Felicidades, de todo corazón, felicidades.
Pero, claro, si piensas, vives y amas de esa manera lo más posible es que no te haga falta que yo te felicite ni un Día Internacional de la Mujer.

jueves, junio 27, 2013

Niños a la carta y la inmadurez como derecho.

Acuciados como estamos por los constantes frentes que nos imponen aquellos que han decidido cambiar todo lo que somos en su propio beneficio, corremos el riesgo de dejar de prestar atención al verdadero motivo que nos ha llevado a la situación que padecemos.
No estamos como estamos -y barruntamos que vamos a estar peor- por causa de la corrupción política, la indolencia gubernamental, la avaricia financiera, la incoherencia en la administración del Estado, la irresponsabilidad en el ejercicio del poder y la intransigencia ideológica. Esos no son los motivos que nos están matando por dentro y por fuera como individuos y como sociedad. 
Sin duda, son los síntomas más preocupantes, virulentos y onerosos de la enfermedad que nos aqueja y nos destruye, pero no son las causas.
La principal causa de nuestros dolores y pesares somos nosotros mismos y aún no lo hemos comprendido. Sé que esto no gusta oírlo pero es así. Llamar a la lucha contra lo que nos imponen no tiene sentido si no se llama también a la lucha contra lo que nosotros nos hemos impuesto a nosotros mismos. No se puede ganar la batalla en el primer frente si no se hace la guerra en el segundo. Aunque no nos guste reconocer nuestros errores.
Si hubiéramos hecho la travesía del desierto ético al que nos han arrojado generaciones de civilización occidental atlántica anclada y enrocada en su individualismo egoísta, en su voluntaria y malhadada confusión entre deseos y derechos, en su constante y completa elusión de la responsabilidad hacia los demás, tanto los presentes como los futuros, no nos arrojaríamos ahora a un nuevo debate, a una nueva exigencia que ahonda más en todos esos elementos.
Parece que ahora hay que debatir sobre la posibilidad de elegir a la carta el sexo de nuestros hijos. Parece que alguien ha decidido que esa es nuestra última frontera, el último obstáculo de nuestra libertad, de nuestro derecho a decidir.
Y aparte de ignorar el hecho de que ese debate lo alimentan y lo promueven las clínicas de fertilidad -la técnica genera una factura por la nada despreciable cifra de 200.000 euros-, ignoramos la parte más esencial de ese debate.
Argumentamos que tiene que ver con la libertad pero no, no tiene nada que ver con la libertad. Tiene que ver con el control. Aquellos y aquellas que defienden la necesidad de legalizar esa libre elección del sexo -o, a posteriori, de cualquier otra característica física de sus hijos e hijas- no están exigiendo que se les conceda libertad, están reclamando que se les garantice el control.
Ninguna necesidad de nuestros hijos, ninguna necesidad social, ninguna necesidad ética, queda cubierta por la elección de sexo de un vástago. Todas las necesidades que cubre ese supuesto derecho están en la mente y solo en la mente de los padres y las madres.
Y como ahora parece muy de moda escudarse en las excepciones para argumentar en los debates éticos, vaya por delante que de toda esta reflexión están excluidas de antemano las elecciones de sexo que tienen como objetivo evitar una enfermedad o un defecto congénito al niño que nace.
Hecha la salvedad, sigamos. Todo esto no tiene nada que ver libertad. Tiene que ver con la imposibilidad de aceptar la existencia del azar en nuestras vidas, es decir con el control; con la incapacidad para tolerar las frustraciones a nuestros deseos, con la creencia de que tenemos derecho a que nuestros cuentos de la lechera soñados sin tener en cuenta el azar se cumplan como oráculos necesarios del destino, es decir con la inmadurez.
Tiene que ver con ese derecho que nos hemos inventado de que los demás cubran nuestras necesidades, de usar al resto de la humanidad como peones sacrificables y utilizables en una partida de ajedrez de la que solo nosotros somos reinas y reyes y que solamente está encaminada a satisfacer nuestras necesidades por absurdas y enfermizas que estas sean. Es decir con nuestro más ancestral egoísmo.
Si defendemos esa elección del sexo como un derecho estamos defendiendo que nuestro egoísmo, nuestra inmadurez y nuestra necesidad de control son un derecho inalienable, que nuestros defectos son una marca de fábrica humana de la que no tenemos que desprendernos y que no tenemos que hacer nada para librarnos de ellos. Estamos diciendo que tenemos el derecho a ser egoístas y anteponernos a cualquier otra cosa. Justo el error que nos hacho quebrar como sociedad y como sistema y que ahora estamos padeciendo.
Y, aunque lo rechacemos de boca para afuera, sabemos que eso no es verdad. Que esa forma de pensar nos ha llevado a donde estamos. Que ese es el origen primigenio de nuestros problemas.
La defensa de esa elección nos coloca en la misma posición -menos cruenta, pero la misma al fin y a la postre- que aquellos que abandonan a las niñas en orfanatos en la lejana China porque quieren hijos varones, que aquellas matriarcas que, en los albores de la edad de hierro, sacrificaban al excedente de bebés varones, regando con su sangre las raíces de los árboles druídicos de la vida, para mantener el equilibrio, según ellas; que los nobles y reyes medievales, que se desentendían de sus hijas y las encerraban en conventos o las vendían en matrimonio para centrarse en la consecución de un heredero varón para su título y sus posesiones.
Elegir el sexo de nuestros hijos es solamente un derecho inventado para cubrir unas necesidades que son solamente nuestras y que no tienen justificación alguna en lo social, en lo ético ni en lo esencialmente humano.
Si una madre no es capaz de ser feliz con sus cinco hijos porque son todos varones y centra su felicidad en poder acunar en sus brazos una niña sencillamente tiene un problema. Un problema que se solucionará con terapia, un problema que podrá solucionarse enseñándola a aceptar el azar en su vida y demostrándole que sus cinco hijos le pueden aportar -y de hecho le estarán aportando ya, probablemente- lo mismo que la mítica niña que ha creado en su imaginación.
Si un padre es incapaz de ser feliz porque no tiene un niño al que llevar al fútbol, al que llevar al cine para ver películas de acción, lo que hay que hacer es intentar curarle de su incapacidad para soportar la frustración y enseñarle que madurar es integrar el azar en su existencia.
Si una mujer quiere tener una niña porque su androfobia no soporta la vista en su bañera de unas gónadas externas o un hombre quiere un varón porque su misoginia le hace imposible tratar con una niña, la sociedad no puede permitirse el lujo autodestructivo de reconocerle el derecho a mantenerse en sus defectos, permitiéndoles ocultarse a si mismos sus problemas de relación seleccionando el sexo de su retoños para sentirse cómodos y realizados.
¿Nos parecería lógico que no fuesen felices si su hijo no es una belleza al estilo Calvin Klein?, ¿nos parecería comprensible que fueran infelices si su hija no es un genio de la física cuántica? 
La incapacidad para aceptar a tus hijos tal y como son y lo que la genética y el azar han hecho de  ellos es un problema psicológico de los padres, no una imposición social. No se soluciona convirtiendo en derecho algo que no puede serlo. Se solventa con terapia, tratamiento y unas altas dosis de madurez.
¿Hemos luchado durante generaciones para sacar a los hijos de las garras del poder sus padres para esto?
¿Para esto hemos derogado los matrimonios acordados, la patria potestad absoluta que permitía golpear, violar, maltratar o humillar a los hijos sin castigo alguno, las leyes de clan que fijaban al individuo a las necesidades de sus progenitores, la sociedad estamental que te obligaba a seguir los pasos de tu familia, la obligatoriedad de obediencia a la autoridad paterna por encima de las leyes y las preferencias de los individuos?
¿Para esto hemos redactado los derechos de la infancia en oposición a los deseos ilegales de sus propios progenitores?
¿Como hemos llegado a esto, a la exigencia del control del sexo de nuestros hijos y su elección en virtud exclusiva de nuestros propios gustos y necesidades, después de recorrer todo este camino?
La respuesta es triste y sencilla. Tan triste que hace llorar, tan sencilla que enfurece cuando se comprende que siempre ha estado ahí, que siempre la hemos tenido delante de nuestras narices.
Hemos olvidado que los vástagos no pertenecen a sus progenitores, que no vienen al mundo para cumplir las expectativas y deseos de sus padres, para rellenar los espacios vacíos que su afectividad o sus carencias vitales han dejado. 
Hemos olvidado que nuestros hijos no nos pertenecen, se pertenecen a sí mismos y al futuro de esa especie animal y social llamada humanidad.
Hemos olvidado de nuevo que nuestro egoísmo y nuestras necesidades no son la medida de todas las cosas, no están garantizados por Constitución alguna.
Podemos soñar y fantasear con tener una niña y ponerla un nombre sonoro y cintas y lazos, podemos soñar con tener un niño y ponerle de nombre el apellido de nuestro astro favorito del deporte y vestirle con los colores de nuestro equipo de fútbol en la cuna. A eso tenemos derecho.
Pero lo que no tenemos derecho es a ser tan inmaduros, tan infantiles, como para colocar todos los huevos de nuestra felicidad en esa cesta, como para obviar todo el resto de nuestra felicidad y no sentirnos plenamente realizados si el azar hace que el sexo de nuestro bebé frustre esas expectativas. A lo que no tenemos derecho es a exigirle, incluso antes de nacer ,que cumpla nuestras esperanzas y ensoñaciones irreales para quererle y mucho menos para tenerle. Empezando por el sexo.
Tenemos que obligarnos a crecer antes de ser padres en lugar de exigirle a la sociedad y a la ciencia que nos permitan seguir siendo niños malcriados que no están contentos si no se cumplen todos sus sueños que, en realidad, dependen de un azar que ni siquiera deberíamos plantearnos controlar porque no es necesario que lo hagamos.
No es una cuestión de ética medica, no es una cuestión de moral religiosa -de la que siempre se tira a favor y en contra en estos casos-. Es una cuestión de pura y simple madurez. Y si no lo vemos quizás seamos nosotros los que tengamos que llevar chupete.
Ningún padre y ninguna madre debería precisar controlar el sexo de sus hijos para quererles y responsabilizarse de ellos. Y aquellos que lo necesitan no es que no sean padres o madres, es que ni siquiera se comportan como adultos. 
Puede que no nos guste escucharlo pero, tampoco en esto, tenemos derecho al egoísmo.

martes, marzo 05, 2013

De ministros, homosexuales, ridículos y homofobia

Ya está a punto de perderse la cuenta de cuantas cortinas de humo ha lanzado sobre nosotros y nuestros medios de comunicación el actual gobierno para que apartemos la atención de lo esencial, para que desviemos la mirada de aquello que supone el auténtico ataque contra lo que deberíamos ser y el verdadero objetivo de lo que quieren que seamos. 
Primero la emprendieron con el baladí debate sobre la Ley del aborto, que cambiaba la ley sin cambiarla, solo para arrojar a la protesta a aquellos -aquellas sobre todo- que se empeñaban en estar pendientes de ella, luego fue la religión en los colegios que nos tapaba el debate sobre los recortes educativos. 
Finalmente fueron sus sobrecogimientos genoveses, sus financiaciones oscuras de pasillo y donativo anónimo que, presentando la corrupción efímera y visible, nos pretendía ocultar tras las peinetas de Bárcenas, las negativas "no de todo" del ínclito Mariano y las explicaciones "simuladas" de la procelosa Cospedal la auténtica corrupción que han desatado, que consiste en vender este país y sus servicios por partes a la iniciativa privada de la que sus socios, parientes y amistades son partícipes.
Pero, como al parecer ni con esto consiguen desviar la atención tanto como quisieran, ocultar lo que quieren hacer sin luces, taquígrafos ni oposición social, siguen lanzando cortinas de humo. 
Y la última corre a cargo del no menos proceloso Jorge Fernández Díaz, a la sazón Ministro del Interior que, con su cartera agitada por actuaciones antidisturbios más que cuestionables, por contrataciones de radicales asesinos fascistas prófugos de la justicia como asesores y toda suerte de escándalos de espionajes que transforman su ministerio en una sucursal de Amar en Tiempos Revueltos, se descuelga con una frase que no tiene desperdicio.
"El matrimonio entre personas del mismo sexo no debe tener la misma protección por los poderes públicos que el matrimonio natural. La superveniencia de la especie, por ejemplo, no estaría garantizada", dice el señor ministro. 
La cortina de humo está activada, el capote está extendido y nuestros medios entran al trapo con la misma facilidad con la que habían entrado a todas las demás verónicas mediáticas que el PP ha hecho saltar al ruedo para desviarnos de sus recortes y su venta ideológica de lo público. 
No merecería más atención si no fuera porque esta cortina de humo en concreto demuestra muchas cosas. Sobre el ministro y sobre nosotros mismos. 
Todos a una nos levantamos contra lo que dice el titular de Interior, nos rebelamos contra sus palabras, tiramos de homofobia porque sentimos o intuimos que está tras lo que dice, pero del primero al último fallamos por mucho en la crítica. 
Cada una de las frases es criticable por algo, es rechazable por algo, pero nosotros tiramos de la única que, extraída de los pensamientos del ministro, no admite discusión. Vayamos por partes. 
Para empezar un matiz, casi una advertencia. 
Si eres heterosexual, gay, homosexual, lesbiana, transexual, bisexual o cualquier otra de las tendencias y condiciones sexuales que puede asumir el ser humano y te indignas por estas declaraciones sin haberte indignando antes por el euro por receta, por la eliminación de la atención sanitaria a los inmigrantes, por los desahucios ideados para beneficiar a la banca o por la pérdida de plazas en la educación pública, mejor cállate. 
Estás demostrando que padeces el vicio del egoísmo individualista que hace que nuestra sociedad esté como está. 
Si formas parte por compromiso o por tendencia ideológica de los que defienden los derechos LGTB y pides ahora la dimisión de Fernández Díaz y no lo has hecho antes por las cargas policiales de los antidisturbios en las manifestaciones, por la retención ilegal de Alfon, por la presencia de un asesino convicto y fugado en la nómina de Interior, mejor ahórrate el esfuerzo y no exijas a la sociedad que te escuche cuando tú no has participado en sus quejas salvo cuando te han atacado a ti. 
Tus protestas no serán parte de la solución, solamente serán síntomas del problema. 
Pero si por el contrario formas parte de la sociedad comprometida con todos y con los derechos de todos y no solamente de la porción que tú representas, entonces párate, respira y analiza las cosas en su justa medida. 
"El matrimonio entre personas del mismo sexo no debe tener la misma protección por los poderes públicos que el matrimonio natural", dice la primera parte del axioma propuesto por el ministro. Y esa parte, solamente esa parte, contiene motivos suficientes para clavar al ministro a la cruz -utilizo la metáfora religiosa, a conciencia- de su propia ideología. 
Para empezar ningún matrimonio garantiza la supervivencia de la especie. 
Ni el heterosexual ni el homosexual. Lo único que garantiza la extensión de la especie humana en el tiempo y en el espacio -aunque espacio ya nos quede poco- es la relación sexual heterosexual. 
Para la cual es absolutamente irrelevante que quienes la practiquen sean matrimonio, novios, pareja de hecho o desconocidos que se han tomado dos copas y han decidido dar rienda suelta a sus hormonas cual adolescentes peterpanescos del falso carpe diem. 
Así que los poderes públicos no tienen por qué proteger ningún tipo de matrimonio. 
Y la afirmación de Fernández Díaz, la equiparación de matrimonio con sexo, surge de su ideología, de su creencia. Está yendo contra la Constitución Española simplemente porque vincula una actividad del Gobierno a unas creencias religiosas cuando nuestra condición de estado aconfesional se lo impide. 
Los poderes públicos deber proteger la maternidad y la paternidad, pero eso no está vinculado al matrimonio, ni a cualquier tipo de unión específica. 
Y no se me rasguen las vestiduras, la protección de la maternidad y la paternidad es una obligación social per se. 
No es un síntoma de conservadurismo, no es un sinónimo de residuo ultramontano alguno. Es algo que tendríamos que tener asumido pese a que la falsa progresía nos pretenda vender una sociedad de ciencia ficción en la que la maternidad y la paternidad son unos rasgos arcaicos que evitan eso que se ha dado en llamar "plena realización". 
No tenemos derecho a comportarnos como si fuéramos la última generación sobre el planeta. 
No es de recibo que no asumamos que tenemos hacia el futuro la misma responsabilidad que el pasado tuvo hacia nosotros: garantizar que siga habiendo seres humanos sobre La Tierra. Biológica y socialmente es nuestra obligación. 
Y quien defienda lo contrario simplemente está disfrazando de falsos derechos inexistentes su egoísmo. 
Pero ese compromiso debe asimilarse a los niños, a las madres y a los padres, independientemente de la forma de unión que tengan los progenitores. Y quien defienda lo contrario es anticonstitucional y fascista, puesto que defiende que un colectivo concreto tenga los derechos que se le niegan a todos los demás. 
Y ahí no acaba la cosa. 
¿Qué es eso del "matrimonio natural" que contrapone el ministro Fernández Díaz al matrimonio homosexual? Ahí es donde radica la verdadera homofobia. Ningún matrimonio es natural. No es que todos los sean. Ningún matrimonio es natural. 
El matrimonio es un contrato social. Es una fórmula de asociación económica. La relación afectiva no tiene nada que ver con el matrimonio.
Y el ministro vuelve a caer en la anticonstitucionalidad al fijar una condición a algo que no la tiene en virtud de su creencia ideológica. Podemos decir que toda relación afectiva es natural y que él considera antinatural la afectividad homosexual y eso es marcadamente homófobo porque lo es. 
Pero en este caso la homofobia es secundaria, puede servir para llenar titulares y notas de protesta pero es secundaria. 
Es el fascismo, el totalitarismo y la imposición ideológica lo que debe estar en el foco de nuestra protesta, de nuestra petición de dimisión. ¿Quiere decirse si no que si Fernández Díaz hubiera cuestionado los matrimonios o las uniones sexuales racialmente mixtas, los colectivos LGTB no hubieran tenido motivo para protestar y solamente lo hubieran tenido que hacer aquellos que hacen su foco de la defensa de la igualdad racial? 
Sabemos que no. Lo sabemos desde hace mucho tiempo. Lo sabemos desde que descubrimos que la perversión de alemán de corto bigote no estaba en su antisemitismo sino en la concepción de que existía una raza, un colectivo, superior a todos los demás ¿o es que aún no hemos llegado a esa conclusión, después de todo? 
Pero quizás porque intuimos todo eso y nos damos cuenta de que la acusación de homofobia no es lo importante en toda esa parte del axioma y lo que queremos, lo que buscamos, es acusarle de homofobia -porque sabemos que lo es, porque su homofobia está implícita en su sentencia- caemos en el error de centrar nuestros titulares, nuestras críticas en la segunda parte de su afirmación. 
Le calificamos de homófobo por decir que el matrimonio -que él identifica con las relaciones sexuales- homosexual no garantiza la supervivencia de la especie. 
Y, por más que nos disguste, por más que nos inquiete su uso para defender presupuestos ideológicos que denigran a los que han elegido amar a personas de su sexo, eso es una verdad del tamaño de una cátedra de antropología que llevara el nombre de Levi Strauss. 
Con todo el cariño y el respeto hacia los colectivos LGTB con los que he colaborado y luchado en múltiples ocasiones, que la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) responda al ministro diciendo que ha cuestionado el matrimonio igualitario utilizando "términos anticientíficos", es hacer el ridículo, es caer en su juego. 
Porque científicamente -la antropología, la biología y la sociología son ciencias- es una afirmación verdadera a todas luces. 
No podemos plantearnos una sociedad a lo Mcmaster Bujold, en la que la reproducción y la gestación extracorporal modifique la condición dimórfica de la especie humana. Por eso las andanzas del mítico Vorkosigan se colocan en la sección de ciencia ficción en las librerías. 
No podemos defender un constructo social que imagino McKinnon en su locura radical en la que no hubiera contacto entre hombres y mujeres –ni sexual ni de ningún otro tipo- aunque eso nos abocara a la extinción, como la misma ideóloga feminista reconocía. 
No podemos pretender una sociedad global en la que esa responsabilidad de proyectar la especie hacia el futuro recaiga en otros, mientras nosotros, evolucionados, ricos comparativamente y civilizados, nos libramos del peso de esa responsabilidad. 
Estaríamos siendo igual de fascistas, sino más, que el absurdo ministro si pensáramos que los hijos africanos, asiáticos y sudamericanos nos dan a nosotros el derecho de eludir nuestra responsabilidad para con el futuro. 
Y, por supuesto, no podemos recurrir a la adopción para afirmar que las relaciones afectivas y sexuales, incluso el contrato matrimonial homosexual, garantiza la supervivencia de la especie, porque eso no genera más descendencia, simplemente la cambia de sitio e incluso reduce el ratio de hijos por persona. Porque así un solo descendiente cubre el porcentaje de cuatro personas, los dos padres naturales y los dos adoptivos -o tres, si se trata de una madre de alquiler-. 
Así que, sabiendo que esa afirmación es científicamente incuestionable, por mucho que nos moleste, por mucho que nos deje un amargo sabor de boca, por mucho que sea utilizada en su veracidad para defender presupuestos ideológicos homófobos, tendríamos que haber abordado otra crítica. 
Es cierta sí, pero es irrelevante. 
Porque como ningún matrimonio tiene que ser protegido, porque como ningún matrimonio es natural ni garantiza la supervivencia de la especie, la ley que los iguala a todos no tiene nada que ver con eso, no supone una protección por parte de los poderes públicos, no tiene nada que ver con la homofobia ni con la supervivencia de la especie. 
Es el reconocimiento de un derecho que nada tiene que ver con eso porque ningún matrimonio tiene que ver con ello.
La protección de la supervivencia de la especie está vinculada a los vástagos y es completamente superfluo de donde vengan esos vástagos, como hayan sido concebidos y qué contrato social hayan firmado o dejado de firmar sus progenitores. 
Teníamos tantas posibilidades de cuestionar a Fernández Díaz por fascista, por totalitario, por anticonstitucional que resulta difícilmente comprensible que hayamos renunciado a todas ellas para acusarle de homófobo. 
Algo que en este caso es irrelevante. Aunque quede claro que lo es. No podemos tapar el ridículo que ha hecho el ministro haciéndolo nosotros también. 
Y antes de que los que no estén de acuerdo con mi reflexión empiecen a querer colgarme la etiqueta de "homófobo" con la facilidad que siempre se tiene para estas cosas, diré que tanto he combatido a su lado, tanto me he partido la cara con ellos y por ellos, con ellas y por ellas, no porque fueran mis amigos sino porque tenían los mismos derechos que cualquier ser humano, que creo que me he ganado el derecho a tratar de enmendarlos la plana cuando pienso que se equivocan. 
Pero ustedes mismos, las etiquetas se inventaron para colgarlas.

martes, julio 10, 2012

Los 300, Horatio Caine y Gilda bajo la alfombra

Hay ocasiones en que nuestra incoherencia deja de ser ese telón de fondo con el que estamos acostumbrados a vivir para justificación nuestra y desgracia ajena y se transforma en un fuego de artificio tan explosivo que lo impregna todo y a todos.
Y eso pasa o está pasando con la nueva Ley General de Contenidos Audiovisuales que se debatirá -debatir es cuajar un eufemismo tal y como está el patio de las mayorías absolutas en este país- hoy en el Senado.
Las organizaciones de padres, de consumidores y no se sabe cuántos estamentos más han puesto el grito en el cielo porque los senadores del PP -no sé qué le parecerá a los egregios purpurados, ¡Quién lo iba a decir!- han incluido una enmienda que sustituye la prohibición expresa de emitir porno y material violento en abierto por algo más ambiguo, más poco específico, más como nosotros, que es la emisión de "contenidos para adultos".
Más allá del absurdo que hace parecer que ver porno y contemplar violencia gratuita es algo que te convierte en adulto, algo que va dentro de la naturaleza de la madurez en sí misma -y, para que conste y nadie me llame hipócrita, yo tengo "un amigo" que ve ambas cosas  de vez en cuando, más de lo segundo que de lo primero-, hay una inmensa incoherencia tanto en los que modifican la ley, como en los que la critican.
Para el PSOE -¡Vaya, para el porno sí se ponen de acuerdo los dos partidos mayoritarios!- la enmienda es buena porque incluirá también contenidos para adultos como el maltrato y la violencia de género -¿existen géneros específicos de ficción sobre esos asuntos o es que intentan crearlos?-. Y la estupidez no para de crecer y de expandirse como el hidrógeno caliente cuando encima te enteras que esta prohibición incluye los programas de juegos de azar y apuestas, el esoterismo, las paraciencias y los anuncios que promuevan el culto al cuerpo.
La carcajada se hace prácticamente estentórea.
Para empezar el horario de protección infantil que abarca de 6 de la mañana hasta las diez de la noche. Es de suponer que ningún niño debería ver la televisión entre las seis de la madrugada y las cuatro de la tarde.
¿Nos hemos olvidado que la escolarización es obligatoria hasta los 16 años con la ESO? Parece que sí igual que parece que hemos olvidado que es un delito parental no practicar esa escolarización. 
Pero podríamos justificar el horario por aquello de las gripes, los dolores de cabeza, las gastroenteritis y toda demás suerte de dolencias reales o imaginarias que desde el albor de los tiempos han aquejado a los estudiantes en su continua lucha contra el principio universal de "vas a clase porque es tu obligación".
Y ahí es donde comienza la auténtica incoherencia.
Si empezamos por lo insustancial, podríamos decir que no pueden ver nada relacionado con las apuestas y los juegos de azar pero los concursos más vistos son aquellos que se basan en el azar de elegir una caja o de dar la vuelta a un panel, o de ganar una pasta gansa por una decisión complemente aleatoria y de azar ¿no es eso una apuesta? Parece que no.
Lo del esoterismo también mola. El esoterismo perjudica moralmente a los infantes. Que alguien me lo explique.
¿Y lo del culto al cuerpo? El noventa por ciento de la publicidad de productos de belleza está basada en ese concepto. También de los de masculina, no se me ofendan. 
Los de moda, las tele tiendas, los de elementos gimnásticos, los de fajas, los de sujetadores mágicos, los de Especial K, los de yogures, los de colonias masculinas y femeninas, los de Coca Cola Light -¿nos acordamos del famoso mancebo de la Coca Cola Light?-, los de productos de dieta, los de vaqueros, los de prendas deportivas con los plexos solares perfectos del deportista de élite que toque, los de cualquier cosa que lleve soja. ¡Por el amor de los hados, si hasta los de las compresas para las pérdidas de orina se basan en lo atractiva que será una señora mayor que no desprenda un cierto tufillo a ácido úrico!
Pero claro. Esos pagan, esos mantienen el chiringuito.
Y luego la emprendemos con el sexo explícito.
Nuestros pobres infantes están incapacitados para contemplar a la inefable Elizabeth Beckley en Showgirls o a la neumática Demi Moore en Striptease, pero pueden contemplar a otras chicas reales que venden promesas de sexo de forma mucho más burda, con modelos de tienda de chino muy bien ajustados y que apenas dejan nada a la imaginación; no pueden contemplar una película pornográfica pero pueden escuchar los relatos más escabrosos de bocas de colaboradores de programas de sobremesa.
Tienen que mantenerse alejados de Nacho Vidal o Rocco Sifreddi pero no de Dinio o Lequio, no deben posar sus ávidas miradas en Lisa Ann o Asia Carrera -actrices porno, para los que no tengan un "amigo" que les informe sobre ese tipo de cine- pero pueden seguir perfectamente las andanzas sexuales de Indira de Gran Hermano o de cualquier Sex Bomb venida a menos.
Pero claro. Los penes y las vaginas no se ven. Solamente se habla de ellos.
Y luego llegamos a lo esencial. A lo que verdaderamente debería avergonzarnos. A lo que nos debería hacer pensarnos seriamente si realmente estamos construyendo una sociedad que merezca la pena dar como herencia a esos que decimos que queremos proteger.
Un niño no puede ver a Glen Ford arreándole un revés mitológico a la buena de Margarita Cansino en sus tiempos de Gilda pero puede seguir en directo la cobertura con todo lujo de detalles e imágenes bajadas de Internet de como un Talibán furioso de integrismo mal entendido dispara hasta matar a una mujer adúltera jaleado por sus vecinos y vecinas. Una cosa es maltrato, la otra información.
No puede contemplar cómo los 300 la emprenden a lanzadas en ordenada falange contra las hordas de Jerjes y sus inmortales Anusiyas pero puede contemplar como los milicianos iraquíes o libios disparan a diestro y siniestro en las calles de sus países, puede contemplar los cuerpos sin vida de los niños sirios y los bombardeos de la aviación de El Asad arrasando su propio país. Lo primero es violencia gratuita, lo segundo no debe ser gratuito, supongo. Es la única diferencia que se me ocurre.
Sus pobres e inocentes ojos no están capacitados para contemplar y su inocente mente en formación no puede entender el maltrato infantil en una película pero pueden discernir completamente lo que ocurre en una finca cordobesa mientras se busca los cadáveres de dos niños supuestamente asesinados por su padre o escuchar de manos de expertos la película de los hechos del confeso asesinato y violación de Marta del Castillo o de los abusos y posterior inmolación de Sara Palo.
No pueden ver al hierático Horatio Caine perseguir a un padre de ficción maltratando a su hijo hasta la locura en un capítulo de CSI Miami o a una madre guionizada encerrando a sus hijos y sometiéndoles a todo tipo de torturas por hambre y privaciones en Flores en el Ático pero pueden comprender perfectamente las noticias de madres que matan a sus hijos con su propio cordón umbilical y los arrojan a un contenedor o un padre que apuñala a su vástago hasta matarle para vengarse de su ex mujer puestos en primera plana y en cabecera de arranque de los informativos que se emiten -los dos principales, al menos- dentro del supuesto horario protegido.
No pueden ver a los mosqueteros cepillándose guardias del Cardenal a diestro y siniestro pero sí batallas campales entre Guardias Civiles y Mineros, no pueden ver a soldados de una histórica Suráfrica cargando contra negros en Soweto pero pueden ver a los nuestros cargando contra estudiantes en Valencia. No pueden ver a Amon matando a judíos checos para desayunar pero pueden ver y escuchar las explicaciones de como un yihadista francés hace lo mismo o de como un grupo alemán de neonazis caza turcos en sus ratos libres.
Eso no importa que lo vean.
La violencia real, la que no tiene justificación, la que está asolando nuestra civilización y nuestro mundo si es perfectamente digerible, según parece, por las mentes infantiles. La de ficción no. Contra la segunda por lo menos teníamos la defensa baladí de "hijo, eso no pasa en la vida real ¿no ves que es una película?" o incluso el mítico "¡ves, hija, al final han cogido al malo porque nadie permite que se hagan esas cosas!"
¿Qué defensa podemos esgrimir contra la primera?
¿Explicar que los líderes del mundo matan inocentes por el petróleo, por los recursos naturales, por la locura mesiánica que se ampara en sus religiones, por un quítame allá ese trozo de tierra?, ¿explicar que estamos tan desquiciados y que nuestro individualismo, nuestro egoísmo y nuestra incapacidad para asumir los deseos de otros cuando nos son contrarios nos llevan a la venganza y el odio?
Y para los que crean que la solución está en enganchar al infante en cuestión por interface biológico a los canales de dibujos animados: unas matizaciones. Series en los que los “protas” se cargan a diestro y siniestro alienígenas, malos del mundo de Gor; series en las que niños de cuatro años están obsesionados con el sexo y con las bragas de todas las féminas que les rodean; series en las que de mazos de cartas del Tarot salen toda suerte de protectores y guerreros místicos que dejan la ciudad como la pesadilla febril de un operario municipal de limpieza en plena era de recortes; series en las que colegialas de instituto interpretadas por actrices de 23 años destilan sexo y atracción sexual por todos los poros de su cuerpo con uniformes escolares que no se ven ni en los sueños eróticos más descriptivos de las más atrevidas películas porno, películas en las que se presenta el maltrato sistemático contra niños (Oliver Twist, Matilda), el esclavismo (Charlie y la Fábrica de Chocolate) o series yanquis en el que el maltrato entre adolescente es algo continuado.
O sea el mismo azar, la misma violencia y la misma sensualidad sexual que se supone que no deben percibir en las emisiones para adultos. Eso y Disney. Aunque, un aviso. Ultimamente las princesas de la factoría ya no son lo que eran. A ver si un día se nos visten de Showgirls y la liamos para siempre.
A lo mejor deberíamos renunciar por fin a nuestra hipocresía y ponernos a cambiar nuestra sociedad y eliminar la violencia -gratuita o remunerada- de la misma para que la de las películas y las series se quede solamente en eso, ficción.
A lo mejor deberíamos ponernos a utilizar el sexo como forma de expresión de otras cosas que no sean nuestras huidas, nuestras carencias y nuestras necesidades y colocarlo en su justa medida, más allá de la sobrevaloración que le damos como medida de nuestro disfrute que no tiene en cuenta al otro y de nuestro éxito. Para que el porno solamente sea una exageración ficticia del sexo.
A lo mejor deberíamos de hacer nuestro trabajo y ponernos a pulir el parqué de nuestra sociedad y nuestras vidas para que brille de verdad en lugar de buscar una ley que nos permita esconder el polvo y la sangre debajo de la alfombra de nuestra televisión para que no se vea.
A lo mejor tendríamos que empezar de verdad a ser adultos y eliminar lo que nos sobra, no limitarnos a esconderlo. Y entonces el porno y las películas de acción serían otra cosa. Serían ficción. Sólo ficción.

miércoles, enero 18, 2012

El porno le pone un condón a nuestra inteligencia


Si ya sabía yo que tarde o temprano, por mucho que quisiera escapar del negocio más rentable de Internet, tendría que llegar el día en el que tendría que hablar de él. Porque, al fin y al cabo, es de lo más lógico suponer que la actividad más endemoniadamente diabólica del mundo -y valga la redundancia estilística- tenga cabida en estas líneas.
 Así que, hablemos de Porno.
Ya sabemos que ninguno ve esas cosas, que todos los enlaces de nuestro ordenador a ese mundo son equivocaciones o spam malintencionado y que no hemos sido nosotros los que hemos abierto esa carpeta que contiene 12.000 fotografías de neumáticas bellezas en posiciones mucho más que obvias.
Ese es el nivel de hipocresía que resulta tolerable y hasta comprensible con respecto al porno. Pero ahora, en ese intento nuestro por dar siempre un paso más que nos arroje todavía más profundo al agujero abisal de nuestra incoherencia, hemos avanzado un poco más.
El gobierno municipal de la mítica Ciudad de Los Ángeles, bajo cuya jurisdicción se encuentra la meca del cine porno que mueve la friolera de 3.000 millones de dólares al año, ha impuesto la normativa de que todo acto sexual que se realice durante la grabación o rodaje de una película pornográfica tiene que hacerse con preservativo.
Si yo viera o viese ese tipo de producciones -que no lo hago nunca, como los otros setecientos millones de usuarios que no lo hacen tampoco nunca- no es que me fuera a preocupar el aspecto enfundado o no del miembro viril de nadie porque no creo que me fijara en eso-que yo no digo que no me fije, porque no lo veo-, así que en principio no creo que me afectara demasiado.
Pero lo que si me afecta con un punto de desesperación divertida es la absoluta hipocresía que hay detrás de esa medida.
La completa y ridícula hipocresía occidental atlántica que se destila tras la instantánea de una encendida militante de la lucha contra el SIDA que agita ante el ayuntamiento una pancarta en la que puede leerse "Los preservativos salvan vidas" para presionar a la alcaldía de Los Ángeles para que adopte la medida.
No sé si es que su lucha la ha retirado el foco de la realidad -cosa que suele ocurrir en un momento u otro con todas las militancias radicales- o que el puritanismo estadounidense ha alcanzado proporciones vaticanas. Dicho esto sin ánimo de menospreciar en modo alguno las profundas e importantísimas diferencias doctrinales sobre la virginidad de la pobre María -cuyo virgo ha sido destruido y reconstruido más veces a lo largo de la historia que la ciudad de Londres- y la libre interpretación o no de los cuentos mitológicos -¡Uy, perdón!, las Sagradas Escrituras-.
No voy a ser yo el que le quite la razón a la militante y a su lema. Tiene más razón que un santo. Las salva por evitar que se muera por practicar sexo de una efermedad y por evitar que haya que matar a aquellos que no hubieran sido concebidos si se hubiera tirado de la responsabilidad de controlar tu cuerpo y tus relaciones. Pero esgrimir ese argumento para imponer el uso profiláctico en la industria del porno es tan absurdo como correr con un balde de agua a apagar el incendio de Roma.
Eso se puede utilizar para criticar la posición vaticana con respecto a los preservativos pero no contra la industria del sexo filmado estadounidense.
Claro que el sida está matando gente. Puede que en el Occidente Atlántico no tantos como antaño, pero asola África y Asia como una plaga. Mas los militantes estadounidenses olvidan una realidad tan evidente que da miedo que no la tengan en cuenta.
Los africanos no dejan de ponerse preservativos porque vean las películas pornográficas occidentales y emulen a los actores y las actrices porno en su furia fornicadora a pelo y en directo. No dejan de utilizar condones porque el visionado de esas películas les lleve en su pagana inocencia -no olvidemos que son africanos y por tanto han de ser inocentes salvajes por definición- a creer que eso es lo correcto y saludable.
No utilizan condones por dos motivos fundamentales: porque no los tienen y porque no les importa no tenerlos.
Lo primero es directamente culpa nuestra o, para ser más concretos, de nuestras empresas farmacéuticas, que se niegan a liberar sus patentes y facilitar así la distribución de profilácticos entre una población que no tiene dinero ni para comer. Unas empresas que les piden que se gasten veinte dólares en una caja de doce unidades. El presupuesto que los afortunados tienen para comer durante todo un mes.
Y la segunda causa, el hecho de que no les importe no tenerlos, también es casi completamente culpa nuestra.
Porque para nuestro beneficio, para mantener el statu quo que nos garantiza la prosperidad y el bienestar -o por lo menos que nos lo garantizaba hasta hace un par de días, como quien dice- hemos mantenido esos continentes en guerra continua, en una situación donde la vida humana es tan precaria que no merece la pena preocuparse de esas cosas.
En un continente donde se amontonan la inmensa mayoría de los diez millones de maneras de morir del mítico filme, donde la esperanza media de vida de una mujer es de 31 años y la de un hombre de 26 primaveras, las cosas y las vidas se ven de otra manera.
Eso es lo que hace que la frase dicha al siempre intenso hasta a veces el exceso Nicolas Cage en El Señor de la Guerra por una sugerente belleza negra al mejor estilo Naomi Campbell cuando se niega a acostarse con ella porque no encuentra un condón en mil leguas a la redonda adquiera tintes de axioma científico irrefutable.
"Para qué preocuparte de algo que puede matarte dentro de veinte años si hay alrededor tantas cosas que pueden matarte dentro de veinte minutos".
Así que el argumento del ejemplo no sirve de mucho. Más si se tiene en cuenta que no creo que haya tanto consumo de porno estadounidense en Mali o en Tanzania.
Porque desde luego un adolescente -real o mantenido en el tiempo hasta los cuarenta, como lo son ahora- del mundo occidental no va a usar un condón por que lo haga Rocco Sifredi o Nacho Vidal -¿dónde habré escuchado yo esos nombres si yo no veo porno?. Sólo va a hacer caso a sus hormonas y a sus deseos -sea hombre o mujer, tengámoslo claro-. 
En occidente hace mucho tiempo que no aprendemos de los errores ajenos. Y mucho más que nos negamos a tomar nota de los aciertos de otros.
Así que nos empezamos a quedar cortos de argumentos. Y supongo que por eso los munícipes angelinos esgrimen la protección de la seguridad de los actores.
Hombre, podría pasar. Pero la industria del valle de San Fernando -curioso que la industria del orgasmo se asiente en el valle al que da nombre uno de los pocos santos que se dice que murieron en completo y absoluto éxtasis. Contemplativo, eso sí- lleva protegiendo a sus actores desde que el desencadenante de esta plaga moderna estuvo a punto de matarlos a todos.
La industria exige análisis mensuales para actuar, exige que una primera intervención en un rodaje tenga un periodo de tres meses de espera para que los análisis no puedan ocultar los periodos ventana de la enfermedad. Sus actores y actrices –más sus actrices, me temo- son sus principales activos y sus fuentes de ingresos. Aunque no lo hagan por responsabilidad, lo harán por avaricia.
Como se van quedando sin argumentos formales tiran de los materiales y los concejales mantienen que es responsabilidad y derecho de la autoridad municipal regular las condiciones de salud en los centros laborales.
¿Significa eso que será delito practicar sexo en una oficina sin preservativo?, ¿significa que no podrás acostarte con un compañero o compañera de trabajo sin usar un condón?, ¿significa que no podrán achucharse, así en un pronto pasional, en una esquina recóndita del centro de trabajo -como me han dicho que hacen en esas películas y en otras, que yo esas escenas no las miro siquiera- si no pueden demostrar que llevan un preservativo en el bolso y otro en la cartera por si falla el primero?
¡Y borrad esa divertida sonrisa de vuestros rostros!, porque el bueno de Julian Assange, autoproclamado paladín de la fuentes informativas al descubierto y la información libre, ya está a punto de ir a chirona por empeñarse en practicar sexo a pelo. Que eso es delito en Suecia –¿comprendemos ahora sus problemas con la natalidad?-.
Así que, agotados todos los argumentos por falaces, inconsistentes o simplemente absurdos, aflora lo que simplemente es la más pura y total incoherencia puritana.
Lo único de lo que se trata es de poner impedimentos a algo que no nos gusta, que nos remueve nuestras tripas morales por debajo del ombligo, de tratar de buscar la destrucción de algo que consideramos desde nuestra moralidad que es pernicioso o degradante.
Se trata, una vez más, de intentar imponer nuestra forma de ver el mundo.
Porque sabemos que cuando se impuso a sí misma esa obligación -la de usar condones. Que ya ha ocurrido-  no se sabe por qué motivo, la industria del porno perdió tirón, audiencias, gente que no la veía pero sabía todo de ella.
Y lo único que esperan los que han impuesto esa ley es conseguir que eso vuelva a ocurrir.
Lo cual es una muestra de la más absoluta incoherencia en un país que ya ha dicho por activa y por pasiva que la industria del porno es legal, que nadie tiene derecho a imponer sus presupuestos morales desde el gobierno en ninguna instancia del mismo.
Es un salto mortal hacia la hipocresía más absoluta en un país que permite por sentencia judicial que una actriz porno  utilice su derecho penitenciario de un bis a bis para hacerse sesiones fotográficas en las que frota y refrota su cuerpo, infinita y coloridamente tatuado, contra los barrotes de su celda y lo grabe para sacar partido económico de ello mientras está encarcelada por defraudar al fisco -lo sé por referencias, claro está, que yo no tengo ni idea de cómo se llama Janine Lindemulder. ¡Uy, se me ha escapado!-.
Así que podemos disfrazarlo de lo que queramos pero en el fondo se trata del o mismo de siempre con respecto al sexo, del mismo motivo por el que el feminismo, amparado en una falsa defensa de la dignidad de la mujer, pretende borrar de Internet los fetichismos sado masoquistas, por lo mismo que los militantes raciales se indignan porque haya enlaces específicos para sexo interracial en las webs pornográficas.
Porque nos sentimos obligados a acabar con todo aquello que no nos gusta o que nos parece impropio cuando afecta a todo lo que está por debajo del ecuador umbilical de nuestras anatomías.
Y en eso nunca hubo diferencia alguna entre Roma y Martín Lutero.

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