sábado, abril 06, 2013

Interinos, Catalá y la bondad sindical como absoluto

Por más que nuestra condición de orgullosos miembros de la sociedad occidental atlántica nos empuje a relativizarlo todo, a ver las cosas a través de los prismas elegidos por cada uno para formar y deformar la realidad, al final terminamos viviendo en un sociedad de absolutos. Hay situaciones y actitudes -sobre todo actitudes- que se han convertido en bienes y males absolutos dentro de la sociedad, que se dan por sentadas como positivas o negativas sin valorarlas, sin reflexionar sobre ellas, sin pararnos un momento a contextualizarlas dentro de los acasos en los que se producen.
Así, la agresividad es mala de forma absoluta. 
Olvidamos al bueno de Conrad Lorenz, olvidamos los contextos, olvidamos las causas o las realidades en las que se inscribe y tendemos a decir que es mala. Eso hace, por ejemplo, que muchos se sientan molestos con los escarches de los desahucios. Parece que es demasiado agresivo perseguir a alguien para recordarle día y noche las consecuencias de sus actos y nos hace sentirnos a disgusto, pensar si no habría otra manera. Tendemos a pensar que el que ejerce la acción agresiva es el malo de la película porque en realidad no nos paramos a pensar que la agresividad empezó mucho antes.
Empezó cuando un gobierno ignoró a jueces, ciudadanos e instituciones europeas y se mantuvo impertérrito ante la violenta reducción a la miseria y la inopia de muchos ciudadanos. Agresividad pasiva si se quiere, pero agresividad al fin y a la postre.
Pues algo parecido le ha pasado a los sindicatos valencianos de la enseñanza que han firmado el acuerdo sobre los profesores interinos con la ínclita Catalá, que conduce con mano de hierro la educación pública valenciana hacia el desastre y la venta en saldo a la iniciativa privada.
Consideraron la capacidad de negociación ,la capacidad de llegar a acuerdos como un bien en si mismo, como un absoluto irrenunciable y por ello firmaron un acuerdo de mínimos, un acuerdo que en la práctica -aunque se le pongan salvedades temporales- supone la eliminación de interinos con años -en ocasiones décadas- de experiencia por otros que tengan mayor nota en las oposiciones. 
Es decir, por otros que no cobren esa experiencia y esa antigüedad y salgan mas baratos, le den a Catalá más margen económico para dedicar el dinero público a lo que verdaderamente importa: beneficiar a sus socios, correligionarios y amigos y salvar a las entidades financieras de su cuerda política.
Y ahora, de los polvos de ese buenismo sindical, de esa falsa creencia que la consecución de un acuerdo es un bien en sí mismo, nos llegan los lodos de la pérdida de 900 puestos de trabajo de maestros interinos.
Puede que parezca que no tiene nada que ver una cosa con la otra, puede que estos puestos se pierdan por una trampa legal que reconvierte plazas de inglés en francés -una lengua que no tiene apenas demanda como enseñanza- o que responde al artero cambio de la definición de las plazas docentes.
Pero el arreglo escolar -que así se llama en el argot, aunque con Catalá debería llamarse desarreglo- que elimina esas ochocientas plazas es lo mismo. Está ideado por la misma persona, forma parte de la misma política y persigue los mismos objetivos: deshacerse de los costes financieros del profesorado empezando por el interino y quien sabe si acabando con el fijo.
Y es responsabilidad, por lo menos parcial, de los que firmaron el acuerdo. Les guste o no, lo es. 
Porque, cuando a alguien nos quiere quitar todo, la forma de actuar no es darle algo para que se calme. La solución no pasa por entregarle una porción de la dignidad de la Enseñanza Pública y de aquellos que son útiles y necesarios para que se desarrolle a cambio de que entierre sus garras y deje de devorarnos las entrañas.
La estrategia no es la aquiescencia. La respuesta no es la huida.
Cuando uno se enfrenta a un poder obcecado en su idea y sus intereses particulares, que pierde a pasos agigantados la legitimidad que le confirieron las urnas por no hacer caso a aquellos que ostentan en realidad la soberanía ni a los que en los tribunales son garantes de esa misma soberanía, la única estrategia posible es seguir, aunque se vaya perdiendo, es continuar presionando.
El acuerdo concedido -quizás en el error del absolutismo del valor de la negociación o quizás en la menos inocente estrategia electoral de los sindicatos firmantes- ha permitido cerrar a Catalá un frente y hacerlo a su favor y eso le deja las manos libres, la cabeza despejada -dentro de lo que Catalá pude tenerla- para concentrase en otro, para abordar la siguiente, para encontrar fuerzas para buscar otra forma nueva de eliminar profesores, de despedir interinos, de destruir la Educación Pública.
La única estrategia posible es seguir, es no cerrar ningún frente hasta que renuncien a la locura de dejar a una comunidad autónoma -y un país entero, por extensión- sin una educación pública de calidad. Es no cerrar ninguna lucha en falso, en mínimos o en pérdidas.
Es no darle respiro con el transporte escolar, con las obras en los centros, con las becas eliminadas, con la valoración de centros que potencia a las escuelas concertadas, con el arreglo escolar, con los cambios de criterios sobre los interinos, con los compromisos presupuestarios incumplidos,  con la eliminación de las pagas extraordinarias, con el cambio de criterio en la admisión de alumnos, con la reforma de las materias. Es no frenar antes de llegar al final, es que tengan que arrancarnos una por una hasta la más ínfima porción de los derechos que quieren arrebatarnos.
Y así quizás ahora Catalá y sus huestes no tendrían aliento para afrontar en otro frente el despido de otros ocho centenares de profesores interinos desde Educación Infantil hasta las clases de apoyo a los alumnos con mayores problemas.
Porque cuando se sabe que alguien te quiere quitar todo no se puede creer que la negociación lo parará, que el falso absoluto del buenismo dialogante le detendrá.
Cuando alguien te quiere quitar todo la única estrategia es pelear para no darle nada. Ni un puesto de trabajo, ni una plaza docente, ni un derecho del alumno o del profesor.
Y si luego no te votan en las elecciones sindicales será problema de otros.
La condición de mezquino y la descripción de egoísta será para aquellos que miren más su propio ombligo y sus necesidades que el bien colectivo, para aquellos a los que no les importa que los interinos sean despedidos porque ellos son fijos, a aquellos que se encojen de hombros porque los profesores interinos de inglés o los apoyo pierdan sus puestos de trabajo y los alumnos su experiencia docente porque ellos dan clase de Lengua o de Historia.. 
Pero los profesores, la comunidad educativa y los estudiantes habrán hecho lo que tienen que hacer. Habrán hecho su trabajo.
Y  a quienes se eligió para representar a los profesores habrán hecho  aquello para lo que se les eligió. Aunque el absoluto del buenismo negociador no salga bien parado.

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