domingo, abril 21, 2013

Jerusalén, Napoleón y nuestra cobarde indignación.

En España existe un noble arte. Lo cierto es que existe en todo este Occidente Atlántico nuestro pero es una de las artes que los habitantes de este país hemos sabido llevar a su máxima expresión  hemos conseguido hacer que obtengo un hueco en el Parnaso habitado por las musas de las artes sociales que nos están matando por fuera y nos están muriendo por dentro.
Es el muy noble -por decir algo- arte de la justa indignación innecesaria.
Rodeados de motivos para estar indignados, rodeados de ataques frontales y continuos contra lo más básico que va desde los derechos laborales hasta la posibilidad de subsistencia más primaria que pone en riesgo nuestra salud, nuestra educación y nuestra residencia, muchos de nosotros seguimos callados, quietos, adoptando esa postura de falsa resignación que nos evita el riesgo personal o de egoísta escapismo y camuflaje que pretende conseguir el imposible de que la crisis, los recortes y la injusticia pase a través de nosotros sin tocarnos aunque arrase a todos los que están a nuestro alrededor.
pero luego llega lo baladí, lo ínfimo, lo irrelevante y nos levantamos, alzamos nuestras voces y nuestras manos para buscar culpables, para clamar justicia, para hacer de nuestros derechos bandera.
Nos negamos a salir a las manifestaciones que defienden nuestra sanidad, criticamos a los escarchadores que pretenden parar lo que hace miserables a los deudores hipotecarios pero firmamos campañas de Internet  reclamando "un castigo ejemplar" a los que haz mezclado carne de caballo con carne de vacuno.
Es tan absurdo que haría reír si no hiciera llorar. Es tan dantesco que se podría convertir en un monólogo cómico si no fuera un diálogo trágico.
Es un delito, es un fraude, es un síntoma más de un sistema económico que dejo de leer a Stuart Mill cuando desarrolló la ética liberal, que dejo de seguir a Keynes cuando definió los modos de acción capitalistas. Pero no es importante.
No servirá para acallar nuestras conciencias por todas las peleas que no estamos luchando, por todas las observaciones pasivas desde el sofá de luchas en las que deberíamos participar activamente.
Ser consumidores indignados no nos tapara las vergüenzas de ser ciudadanos resignados, egoístas o cobardes.
Porque quejarse y exigir por la carne de caballo, porque montar campañas por la publicación de las empresas que han realizado esa práctica, porque promover boicots contra ellas es la mejor forma de desperdiciar un activismo que ahora es mucho más necesario en otros frentes, en otras trincheras. Pero, claro, no nos supone ningún riesgo. Nadie nos meterá en un ERE por protestar contra ello, ningún agente uniformado nos pedirá la documentación en la calle por firmar una petición contra ellos, nadie no detendrá por escarchar virtualmente a un puñado de empresas.
Podremos decir que hemos hecho algo sin arriesgarnos, sin poner nada nuestro en juego.
Un delito de etiquetado nos enciende la sangre mientras que un crimen contra la más básica supervivencia de millones de españoles -uno no, muchos- nos arrojan a la resignación. Es ridículo, pero es así.
La carne de caballo en las hamburguesas de vacuno no es diferente de la letra pequeña de los contratos de telefonía móvil que deja fuera las llamadas a números especiales , no es diferente del tallaje de los vaqueros o de las ofertas fraudulentas de las rebajas.
No importan. Tal y como están las cosas no importan.
Y las asociaciones de consumidores hablan de salud, hablan de riesgo en nuestras vidas. Pierden el foco con tal de sentir que lo suyo es importante, que hay que solucionarlo, que es algo que está en el mismo centro de la relevancia social. Que "hay que solucionarlo antes de pensar en cualquier otra cosa" -no lo digo yo, lo han llegado a decir las organizaciones de consumidores-.
Y no lo es. No puede serlo. 3.000 mercenarios griegos, una ciudad eterna y asediada y dos regimientos napoleónicos demostraron hace siglos que el fraude de la carne de caballo es irrelevante.
Porque 3.000 griegos sacrificaron sus caballos y se los comieron para poder realizar la vuelta a casa más literaria de la historia de la antigüedad  Y llegaron vivos. Porque Jerusalén, agotadas las ovejas, las cabras, las verduras y el vinos, sacrifico las monturas de la caballería cruzada y siguieron vivos lo suficiente para que Saladino les perdonara la vida en su rendición. Porque las tropas napoleónicas se comieron literalmente "hasta los huesos en sopa" de sus corceles para poder aguantar lo suficiente para quemar los puentes que les permitieron escapar del frío infierno ruso al que les había llevado la locura del pequeño mariscal.
La carne caballo es comestible, siempre lo ha sido y siempre lo será.
Y ponerla en el foco del activismo social tal y como están las cosas es tan absurdo como pretender que el hecho de que un carnicero ponga carne de cerdo en la carne picada de vaca que ende es más importante que los recortes educativos o que nos venda chuletas de recental como si fueran de lechal ha de anteponerse al desmantelamiento de la sanidad o que el mítico momento en el que pretende colocarnos los filetes con nervio tiene que ocupar nuestros pensamientos con más intensidad que el momento en el que la avaricia bancaria y empresarial y la irresponsabilidad gubernamental dejan a miles de familias sin casa y sin futuro.
Pero nosotros mismos.
La próxima vez que pasemos por delante de las páginas o de los reportajes televisivos que hablan de aquellos que luchan por lo importante y nos detengamos en la nueva información explosivamente sensacionalista sobre la dichosa carne de caballo pensemos que casi seis millones de españoles apenas pueden comprar esas hamburguesas y que casi dos ya están en la tesitura de que se comerían un caballo aunque supieran que lo era y su carne estuviese dura y rancia.
A lo mejor así nuestra combatividad se dirige hacia donde debe dirigirse y sacamos a la musa de la indignación innecesaria del puesto en el Parnaso de la musas sociales que debería ocupar la lucha por lo esencial. Aunque sea arriesgada.

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