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sábado, noviembre 17, 2012

Palestina se unifca a espaldas nuestras con el Farj-5

Se diría que, tal y como está el patio interior de lo nuestro, no es el momento ideal para escrutar a través de las ventanas y fijarnos en lo que pasa en jardines más o menos lejanos. Se diría, pero en realidad esa actitud de no mirar allende nuestras propias narices y creer que lo doméstico es lo que marca el ritmo del futuro es lo que nos ha llevado al lugar entre la insatisfacción y la desesperación que ahora mismo ocupa el Occidente Atlántico.
Así que por una vez -ojala sirva de precedente- miremos hacia afuera.
No, a esa Francia que se aferra a los social como la única esperanza que aún puede salvar lo nuestro, no. Hacia afuera de verdad. No, a esa Alemania que pretende salvarse económicamente a costa del euro y de Europa,  tampoco. Ni hacia esos Estados Unidos que se agarran con uñas y dientes a la última esperanza negra por mor de no volver a caer en la desesperación maltrecha de la nación blanca, anglosajona y protestante como en los mejores tiempos del orgullo WASP. 
Hacía afuera de verdad. Hacia el mundo que se mueve, mientras nosotros permanecemos quietos, mientras nosotros nos contraemos sobre nosotros mismos en espera del colapso.
Miremos hacia el mundo que nos llega a oleadas por los periódicos y los informativos televisivos, ese que está más allá de nuestras fronteras comunes occidentales atlánticas. Ese que está en perpetua revolución y en constante guerra.
Y lo que vemos allí, en el mundo exterior -para nosotros tan exterior como si se tratara de otro planeta- es el nuevo capítulo de locura fanática protagonizado por los locos de la yihad a cualquier precio y los furiosos defensores del reino de Yahvé sobre La Tierra.
Hamas y los halcones sionistas del gobierno israelí vuelve a su eterna guerra en una nueva entrega. Pero esta vez hay muchas cosas diferentes, hay muchos elementos distintos. En esta ocasión ambos demuestran algo que hasta ahora nos parecía imposible, se nos antojaba inconcebible.
Ninguno de los dos cuenta ya con nosotros, colapsados y vueltos hacia nosotros mismos, para nada.
Para empezar, quizás por primera vez desde la guerra de los Seis días, lo que están protagonizando los dos gobiernos más teocráticos del globo -uno de forma abiertamente fanática  y el otro de forma soterrada y sibilina- es una guerra. Desequilibrada de momento, pero una guerra.
¿Qué es lo que ha cambiado?, ¿qué ha hecho mudar esa eterna ida y venida de actos terroristas y represalias o de actos represivos y respuestas-que eso depende de quién empiece en cada ocasión- en una auténtica guerra?
Pues muy simple. Un artefacto llamado Farj-5.
Porque Hamas ha empleado el dinero que sangra a los palestinos -y probablemente el que recibe de jeques yihadistas a lo largo de todo el mundo conocido- en hacerse con unos misiles de alcance militar y eso cambia el juego.
Porque Israel ya no se enfrenta a los tristemente famosos katiuskas de los que te puedes defender manteniendo prácticamente despoblada la frontera con la franja de Gaza mientras realiza una tras otras incursiones de castigo sobre las ciudades, los barrios y los edificios en los que viven los miembros de Las brigadas Ezzedine al-Qassam junto con otros cientos de palestinos que mueren como escudos humanos o como bajas colaterales.
Los Fraj-5 llegan a Tel Aviv, pueden volar hasta Jerusalén. Y eso significa que los yihadistas puede utilizar su misma estrategia: Afinar la puntería, disparar y sentarse en el salón de su bunker a ver en el informativo a cuantos israelíes civiles han matado.
Eso significa que pueden utilizar la estrategia del ataque selectivo –que ya sabemos que de selectivo no tiene nada-, apuntado sobre una comisaría o un centro de gobierno y luego diciendo que no es su problema que el gobierno israelí rodee los objetivos militares de civiles.
Eso significa que pueden derribar un caza israelí -como ya han hecho, si hay que creer la propaganda de los enloquecidos dictadores religiosos de Gaza- que hasta ahora volaba impunemente para destrozar los objetivos que su estado mayor le marcaba.
Eso significa que, aunque aún tiene las de ganar, puede perder mucho en su enfrentamiento con Hamas. Y eso solo significa que por primera vez es una guerra.
Durante todo su reinado del terror en Gaza Hamas ha tenido de rehenes a los palestinos que eran masacrados por Israel en respuesta a su política furiosa de yihadismo a cualquier precio, pero ahora la población israelí también es rehén y posible víctima multitudinaria de la política de expansión militarista que los halcones sionistas a los que votan han adoptado desde hace décadas.
Y mucho más que nuestra crisis, nuestra deuda soberana, nuestro euro y nuestra decadencia, eso cambia el mundo.
Porque, los unos y los otros, arrojados a la guerra sin ambages, ya ignoran la diplomacia con Occidente y las relaciones con nosotros.
Egipto y su presidente Mursi viaja a Gaza, enviándonos el mensaje de que no le importa demasiado lo que opinemos al respecto, Irán prosigue con sus desarrollos nucleares -si es que no los ha concluido ya, el islamismo -tanto el democrático como el radical- intensifica su presencia tanto en la guerra de Siria como en las manifestaciones en Jordania para cerrar el círculo bélico sobre Israel.
Eso nos lo esperábamos. Es lo habitual en un epicentro de poder emergente que ignore las recomendaciones e incluso los intentos de imposición del anterior núcleo del poder en decadencia. 
Es lo que hicieron los macedonios con la Grecia clásica, es lo que hicieron los bárbaros con Roma, es lo que hizo la burguesía con la aristocracia. Es lo que se ha hecho siempre. 
Pero de quien no lo esperábamos era de Israel o, para ser más exactos, del gobierno expansionista de Israel.
Los gobernantes hebreos siempre habían jugado la baza de que creyéramos que eran parte de nuestra civilización occidental atlántica. 
Cierto era que eran -junto con Irán, Estados Unidos y China- el país que más resoluciones de las Naciones Unidas incumplían; cierto era que se negaban a suscribir los convenios internacionales uno tras otro desde el de No Proliferación de Armas Nucleares hasta el de constitución del Tribunal Penal Internacional, pero ellos jugaban a través de su democracia interna y de sus relaciones comerciales a ser parte de nuestra civilización, a convencernos de que jugaban con nuestras reglas. 
¡Cómo no iban a ser de los nuestros si hasta cantaban en Eurovisión y jugaban la Copa de Europa!
Pero ahora, cuando ven que su política, que su incapacidad para separar el trigo de la paja, que su deseo de controlar, colonizar y "hebraizar" un territorio que no les pertenece, se puede volver contra ellos y puede sembrar de cadáveres sus ciudades por mor de los Farj-5, se quitan la máscara.
Su ejercito deja de comportarse como tal, deja de fingir que sigue nuestras reglas de compromiso -esas que intentan hacer parecer que le guerra es algo civilizado y contenido- y se comporta como una banda de terroristas. Emitiendo amenazas personales desde sus medios, colgando desafios en las redes sociales, utilizando Internet del mismo modo que toda suerte de criminales, terroristas y locos furiosos han hecho desde que el vacío que vincula se comenzara a usar para dirimir enfrentamientos de radiclaes entre ellos.


Vamos que Al Qaeda se estára relamiendo viendo como el Ejército israelí, supuestamente organizado, supuestamente occidental, supuestamente moderno, hace lo mismo que hicieron hace años bajo su guía un puñado de pastores integristas en las montañas que rodean Kabul.
Su ministro de exteriores, Advigor Lieberman, anuncia que sí las naciones Unidas -o sea nosotros- comenzamos reconocer a Palestina como un Estado y se le otorga la condición de observadora en la Asamblea General, se limitarán a derrocar por la fuerza el gobierno de Abbas en Cisjordania.
¿Envía Abbas misiles contra Israel?, no ¿está el gobierno de Fatah actualmente en guerra con los halcones guerreros israelíes?, no ¿tiene Israel derecho de veto en la Asamblea General de Naciones Unidas?, no.
Sencillamente no les viene bien. Sencillamente, como hacen los locos furiosos de Hamas -que, recordémoslo, también han ganado unas elecciones en Gaza, al igual que los gobernantes israelíes y por tanto son tan "democráticamente legítimos" como ellos-, ignoran nuestras normas porque no quieren un país enemigo en sus fronteras.
Porque, si Palestina es un país, formará parte de ese nuevo poder emergente que se fundamenta en la raíz cultural del Islam, que no tiene ningún complejo con respecto al pogromo nazi de los judíos europeos porque no participó en él, que lleva ya casi una década ignorando parcialmente esta civilización nuestra que se sigue tirando de lo judeocristiano tanto o más que el emergente bloque árabe tira de lo islámico, aunque no queramos reconocerlo.
Porque, si Palestina es un país, ya no podrá controlar si mantiene relaciones con Rusia, con China o cualquier otra de esas potencias emergentes que ya pasan olímpicamente del occidente atlántico y que estas la armen hasta los dientes de Farj-5 o incluso de misiles de mayor alcance y más poder destructivo, aviones o carros de combate.
Porque si eso ocurre. Por primera vez Israel se enfrentara a sus múltiples guerras en condiciones de igualdad con todos sus antagonistas -que son muchos- y eso es demasiado hasta para los Josués guerreros del Ministerio de Defensa israelí.
Así que esta nueva fase de la guerra en Palestina -y ahora también en Israel, que, por cierto, siempre fue también Palestina- cambia muchas cosas.
Por primera vez llega o puede llegar a toda Palestina, tanto la israelí como la no judía. Y por primera vez ninguno finge que le importa en absoluto como reaccionamos ante ello.
Los dos nos dan por muertos o por incapaces de hacer otra cosa que no sea sobrevivir. Quizás a ninguno de ellos les falte razón.

sábado, octubre 06, 2012

Jordania y la democracia islámica: la última batalla del imperio y Los Reinos contra los falsos bárbaros.


Al Urdunn, es decir Jordania, era y sigue siendo el único reducto que le queda a la paz en ese continuo hervidero de conflictos que se llama o se ha querido llamar Próximo Oriente.
Lo era -o lo es- porque su población, pese a ser una de las más pobres de la zona -haciendo omisión voluntaria de Palestina, claro está- no sufre esa tensión social que marcan las diferencias exacerbadas de riqueza en otros países de la zona. Y lo es porque se rey, que no es tan rey ni tan absoluto como los emires y jeques del península arábiga y como los presidentes títeres que lo eran de Siria o Egipto, por ejemplo, tiene sin embargo una tendencia desconocida en la zona a la permisividad con el cambio.
Eso está a punto de cambiar. 
En unas pocas semanas Jordania ha pasado de ser el único punto de escape hacia una relativa calma de los refugiados sirios y prácticamente el único foco de estabilidad en esa zona a convertirse en una pieza más del complicado puzle en el que se maneja la política ahora por esos lares.
Los jordanos quieren a su rey -y a su reina, sobre todo a su reina-, pero quieren algo más. Quieren una capacidad de decisión que no tienen, quieren incrementar una posibilidad de elección que cada vez se les antoja más reducida. El monarca hachemita es intocable, de acuerdo. Pero todo lo demás no.
Los jordanos llevan pidiendo que su democracia -porque la tienen- se amplíe desde quizás hace más tiempo que todos los estallidos furibundos en los que culminaron las mismas reclamaciones en otros países árabes y magrebíes.
Tienen una monarquía constitucional -que se hizo constitucional por voluntad propia- y un sistema parlamentario bicameral y cuatrienal. Muy moderno, muy democrático. Muy insuficiente.
Su forma de protesta es muy diferente de la de los otros pueblos y naciones del entorno. Quizás porque son más gentes del desierto que otra cosa, quizás porque su sentido religioso es más pragmático y menos furibundo -al estilo turco- sus protestas son curiosamente más silenciosas, más tranquilas. A lo que ayuda también la curiosa distribución que adopta la policia en ellas, como si la mitad de los efectivos los protegiera y la otra mitad los vigilara -curioso, ¿no?-.
No diría yo, que asistí como observador -podría decirse- hace unos meses a algunas de ellas, que más pacíficas que, cuando se te plantan cinco o diez mil personas en silencio frente a tu puerta, tu paz interior tiende a resquebrajarse a pasos agigantados.
“Nadie grita nada ni corea ningún slogan” -le comenté en Amman, en la original Philadelphia, a uno de los manifestantes que portaba a su hijo a hombros en una de esas exhibiciones de descontento comedido: "ellos saben para qué estamos aquí y qué queremos y nosotros sabemos qué están haciendo ahí dentro, ¿qué más hace falta decir?". 
Tan típico del desierto, tan parco en esfuerzos baldíos en unas tierras en las que un esfuerzo a destiempo te puede restar la vitalidad necesaria para sobrevivir, que resultaba un razonamiento sencillamente irrebatible.
Ahora, sin perder esa impronta, sin radicalizarse -al menos de momento- se hacen más numerosas, más multitudinarias. Más dignas de salir en los papeles impresos occidentales y en las cabeceras de los informativos televisivos atlánticos.
Y nosotros, orgullosos miembros de ese civilizado club occidental atlántico que está haciendo aguas por babor y estribor mientras nosotros debatimos qué melodía fúnebre entablamos durante el hundimiento, miramos a las tierras de Al Urdunn, de una de las cunas del mundo, y nos encogemos de hombros pensando que este movimiento en Jordania es uno más de tantos con los que nos desayunamos cada día en el mundo árabe, magrebí y musulmán.
Pero nos equivocamos. No es uno más. Es el último.
Jordania es importante porque es la única frontera permeable que tiene una Israel auto segregada por su propia política belicista con el mundo árabe. Militarizadas las fronteras con Siria, Líbano y Palestina y en estado de perpetua desconfianza con Egipto, Jordania era la más amplia frontera del estado hebreo y la única en la que las cosas estaban siempre en calma.
Quizás por eso es -y por las peculiaridades de su pueblo y su gobierno- el último bastión en el que han prendido las quejas, la necesidad de cambio. En el que se ha iniciado una búsqueda del poder por aquellos que ya lo han hecho en Egipto, Marruecos, Túnez o Libia y que lo están haciendo en Siria.
Porque, una vez más, por enésima ocasión, los que comandan, organizan y encabezan este movimiento de protesta son los Hermanos Musulmanes.
Y si lo es, si se completa, será el comienzo de algo nuevo, será el inicio de otra cosa nueva, de algo por lo que Occidente ha clamado en la zona cuando le venía bien, cuando lo necesitaba, pero de algo que no quiere que se produzca ahora y a lo que asiste temeroso y distante: la estabilidad.
Porque, nos guste o no, lo queramos o no, es innegable que si los mismos gobiernan en todos los países del entorno las luchas intestinas tenderán a desaparecer, la posibilidad de acuerdos globales aumentará. Es decir la zona se hará mucho más estable.
Si a eso añadimos la presencia en Turquía del mismo tipo de gobierno demócrata islámico, las cuentas de la estabilidad comienzan a producir dividendos.
Por cierto, una digresión:
¿Por qué se alude constantemente al concepto de demócrata cristiano pero nadie utiliza otra cosa que el término islamista para los Hermanos Musulmanes que, hasta ahora, han demostrado ser tan demócratas como islamistas?, ¿Por qué nadie recurre a la definición demócrata islámico con la misma naturalidad con la que se utiliza de demócrata cristiano? 
Vale, entono un mea culpa, no es una digresión.
No lo hacen por un sencillo motivo. Porque si se hace Occidente dará pábulo a introducir en el inconsciente colectivo de sus poblaciones el hecho de que los gobiernos democráticos con base ideológica en el islam pueden ser estables. Para el occidental atlántico de a pie democracia es sinónimo de estabilidad. Todos sabemos que eso no es cierto pero nos gusta pensar que sí lo es.
Y ahora Occidente ya no quiere la estabilidad en esa zona. 
Ahora, que no se basa en la tranquilidad y el silencio impuesto por regímenes cuasi militares dirigidos por gobernantes, supuestamente laicos, títeres voluntarios de los hilos que mueve nuestra civilización, no la quiere; ahora, que no se basa en el gobierno de reyes absolutos medievales apoyados en el poder militar del armamento estadounidense y de la constante patrulla y vigilancia de la Sexta Flota en la zona, no la desea; ahora, que no parte de la gestión occidental de los recursos que genera una clase dirigente tremendamente rica y una ciudadanía incapaz de enfrentar a ella y completamente miserable, la teme.
Porque nosotros nunca hemos querido la estabilidad real en la zona, la estabilidad que parte de la unidad, la única estabilidad que es posible y duradera. 
La que ha hecho estable a Europa, la que hace siglos hizo estable al Reino Unido al unir tres coronas en una sola cabeza, la que hizo estable a cuarenta y tantos estados independientes que se unieron para formar los Estados Unidos de América.
No la queremos porque sabemos en qué se basará. Lo único que tienen ahora en común todos esos pueblos es una cosa. No es que las diferencias nacionales les enfrentes -las fronteras inmensas y el desierto diluyen mucho los enfrentamientos nacionales, pero solamente hay un factor aglutinador. Su dios y sus creencias religiosas.
Por eso nuestros papeles entintados y nuestros espacios informativos hacen hincapié en el islamismo y no en la democracia cuando hablan de Los Hermanos Musulmanes.
Por eso nos intentan vender como algo temible que en Túnez hayan levantado la prohibición de llevar velo -¿desde cuándo levantar una medida de prohibición arbitraria sobre el vestuario es algo retrógrado?-; por eso alertan de que el islamismo ha hecho volver el velo a las pantallas de la televisión pública egipcia. Y la noticia la dan presentadoras de informativos que no lucen profusos escotes, que no llevan un top que les deje a la vista el ombligo o que ni siquiera visten tirantes en verano -o, ya puestos, lucen los pechos al aire-, manteniendo el decoro en el vestir que solamente emana de nuestra tradición religiosa judeocristiana.
Por eso las redes sociales crean una polémica infinita sobre que un ministro egipcio de Los Hermanos Musulmanes ha dicho a una presentadora que espera que "sus preguntas no sean tan calientes como ella" -un comentario que, en árabe, puede significar lo que nuestras mentes permanentemente sexuadas han hecho significar o ser utilizado como sinónimo eufemístico de visceral, radical, polémico o incendiario-, intentando demostrar que eso es producto del islamismo, pero pasamos de largo cuando un cargo político en nuestro país tiene que dimitir porque afirma que "las leyes son como las mujeres, están para violarlas”, y nadie se lo achaca a la perfidia de la democracia cristiana que dice mantener ese individuo y el partido al que pertenece.
Por eso los columnistas nos avisan de que la Constitución que preparan los Hermanos Musulmanes en Túnez define a hombre y mujer como complementarios -no a la mujer como complemento del hombre, como se ha querido hacer ver, aunque tampoco como iguales, todo hay que decirlo- o de que el texto constituyente egipcio tiene seis referencias a Allah.
Lo hacen ignorando que la Constitución de los Estados Unidos de América y The Bill of Rigths incluyen setenta y dos referencias al dios cristiano, que el dinero de ese país refleja el lema nacional que es, ni más ni menos, que "In God we trust", que la Carta Magna británica incluye la definición del monarca como cabeza de la iglesia anglicana y esta como religión oficial del reino o que Israel se define como un Estado Judío -no hebreo ni semita, sino judío-, convirtiéndose en un estado que lleva la religión en su definición.
Por eso, junto a las noticias que tienen que ver con las acciones o reacciones de los Hermanos Musulmanes siempre aparecen otras sobre la implantación de la Sharia en el nuevo estado surgido de la escisión de Mali, sobre ejecuciones o juicios religiosos en Irán o sobre acusaciones de indecencia a mujeres violadas en el enloquecido imperio talibán de Afganistán. Para que parezca que son lo mismo, aunque saben de antemano que no lo son.
Por eso tiramos de libertad de expresión cuando realizan una protesta formal por un video lleno de excrecencias o por la enésima caricatura innecesaria de Mahoma, fingiendo ignorar que los que han atacado las embajadas, han quemado banderas y han mostrado su furia no son los seguidores de los Hermanos Musulmanes, son los salafistas radicales que son, curiosamente, sus más enconados detractores.
Tenemos que poner el acento en el islamismo y no en la democracia porque ya no nos van quedando baluartes en los que apoyarnos en Próximo Oriente. 
Porque si le reconocemos el principio democrático a esos gobiernos y a esos pueblos, la estabilidad que emane de ellos nos obligará a muchas cosas.
Obligará a Palestina a cambiar. De hecho, ya hay miembros de esa agrupación realizando protestas contra la tiranía del miedo terrorista de Hamas en Gaza y contra la inoperatividad de Fatah en Cisjordania.
Obligará a Israel a cambiar porque no podrá seguir manteniendo su política bélica contra una unidad de gobierno cohesionada -porque al final también triunfarán en Siria- que la rodee por todas partes y que además esté creciendo en las falsas fronteras interiores que mantiene con Palestina.
Y sobre todo nos obligará a nosotros a cambiar.
Si Jordania también engrosa la filas de la democracia islámica tenemos un problema. Bueno, los tenemos todos.
Porque entonces ya no podremos vender el islamismo de los Hermanos Musulmanes como algo pérfido y nos daremos cuenta de que los que cortan manos, flagelan adúlteros y adúlteras y matan homosexuales en nombre de su dios no son los que nosotros llamamos islamistas, que los que imponen esa ley arcaica son los dirigentes medievales de los países en cuyos puertos descansa la Sexta Flota, son los reyes absolutos de los emiratos que nos venden sus recursos a cambio de nuestras armas. Son los jeques y emires de Los Reinos, como se llama en Oriente Próximo a todos esos países surgidos de los reinos tribales beduinos de la península arábiga. Son nuestros aliados. 
Aquellos a los que defendemos a ultranza y mantenemos en el poder para que el crudo siga fluyendo en condiciones provechosas para nosotros.
Y, claro, si los Hermanos Musulmanes triunfan y estabilizan la zona a lo peor la emprenden con Los Reinos y nos cambian las condiciones que hacen que nuestro sistema occidental atlántico, en el que consumimos lo que no producimos, gastando una energía de la que no disponemos, se mantenga por los pelos.
Serán los nuevos bárbaros que, unidos y cohesionados, solamente tendrán que sentarse, desplegar sus estandartes y encender sus hogueras a las puertas de Roma para ver, armados de paciencia, como sus pobladores se rinden por miedo a luchar y su poder se desmorona.
Así que Damasco, el antiguo califato, era importante para esta revolución musulmana porque era la piedra angular de la antigua grandeza y porque era el primer sitio al que se volvía la vista para calibrar la situación en la zona.
Pero la antigua Al Urdunn, la tierra en la que solamente las cabras son monarcas absolutas, lo es porque es el último lugar en el que se nos antoja posible evitar que la estabilidad de la zona se asiente sobre pilares que no nos favorecen en absoluto.
Lo de Damasco ya es cuestión de tiempo, pero si cae Amman, perdón, cuando caiga Amman, caeremos todos.
Me temo que así ha de ser. 
Se llama evolución histórica. Para bien o para mal, nos guste o no, se llama historia. Aunque todo nos lleve, en el mejor de los casos, una centuria.

domingo, septiembre 02, 2012

Carlos Goñi, Nahir, la tele y el prozac sin receta


Nahir, un comerciante callejero de Amman, está encantado de conocer a alguien que trabajaba en Televisión. 
Él la devora incluso mientras está en su puesto del mercado vendiendo ropa y complemetos. Un pequeño aparato a pilas por el que cualquier museo de los medios occidental le pagaría una buena pasta con toda seguridad le mantiene siempre en tensión, en atención. 
Su cara atisba Al Yazzira, desde los culebrones de mujeres veladas a los boletines informativos divididos por zonas que se producen cada media -sí señores, en Al Yazzira la programación no se suspende para la publicidad, se suspende para la información, ¡que cosas no!-.
Nahir habla español. Dice que estudió en España pero su cercanía a la colonia sefardi del otro lado del Jordan donde el español es la lengua habitual deja entrever que sus relaciones comerciales, no demasiado bien vistas por sus vecinos, sean el motivo más que probable del uso más que digno uso de esa lengua.
Y Nahir, como la mayoría de la gente en Amann o Madrid o Tel Aviv o Bogota se sorprende cuando no comparto su entusiasmo por trabajar en tan egregio medio de entretenimiento. ¿Cómo puede no gustarte?, pregunta sorprendido. 
Como me habla de Coti -sí, del cantente argentino-, de Paulina Rubio y hasta de Alejandro Sanz, decido tirar de ipod -yo todavía no gasto iphone- y dejar que se lo explique alguien que lo ha cantado mucho mejor de lo que yo lo podría escribir. Y le presento al más lacónico y cansino de nuestros roqueros: Carlos Goñi.

Jaraneros, sinvergüenzas, niñas de silicona,
camellos y machacas de bar
strippers con futuro, ex amantes, ex esposas
ex de todo en general.
Mercaderes de miserias, nadie es lo que parece
o puede ser que justo al revés.
Se vacían las cloacas y las alcantarillas cada noche a las diez.

Bienvenido a la televisión, un mundo lleno de color.
Bienvenido a la vida ideal, amor y lujo en tu sillón.
Bienvenido a la televisión, el ojo que todo lo ve.
Bienvenido al planeta prozac, ¡qué más se puede desear!

Vendedores de basura envuelta en túnicas de piel,
maestros en lo de gritar.
Suena pompa y circunstancia llegan los gladiadores,
periodistas de verdad.
Si esos son lo que dicen, ¿tú qué opinas Rosetti?
algo no funciona bien.
Los secretos más ocultos se vomitan cada noche a las diez.

Bienvenido a la televisión, un mundo lleno de color.
Bienvenido a la vida ideal, amor y lujo en tu sillón.
Bienvenido a la televisión, el ojo que todo lo ve.
Bienvenido al planeta prozac, ¡qué más se puede desear!

Después de escuchar tres veces lacanción con tremenda atención a la letra y arrugando el morro de disgusto ante los violentos ritmos de Revolver, Nahir me hace una pregunta, sólo una.
¿Qué es prozac?  
Y me doy cuenta de por qué la televisión de entrenimiento es como es. Y no sé si darle las gracias a Goñi o a Nahir por la revelación.
Cuando se lo explico vuelve a arrugar la frente y comenta: Hassana, como los noumhnis -nombre por el que en los paises árabes se suele conocer a los drogadictos-, ahora entiendo. Bueno, ustedes por lo menos tienen strippers.

viernes, agosto 31, 2012

Ya nada volverá a a ser lo que era antes


De vuelta en  la absurda realidad de la vida occidental atlántica descubro que ya nada es lo que era porque sigue siendo lo que pretendemos que sea.
Mientras los gobiernos pugnan consigo mismos y con la lógica por extraviarles a muchos los pírricos 400 euros que ni siquiera les sirven de sustento para el pan y el agua que no pueden ganarse; mientras los gobernantes pugnan con la lógica y con nosotros para darle a unos pocos aquello que robaron salido del esfuerzo de muchos, descubro que por más que regrese, que por más que me marche, ya nada es lo que era porque sigue siendo lo que somos nosotros.
Podremos invadir el Parlamento, podremos gritarlo al cielo más alto y aún más claro, podremos escribirlo en pan de oro en códigos y leyes. Podremos quemar las barricadas, alzar nuestras pancartas y arrojar  con ciega puntería nuestras piedras. 
Pero ya nada volverá a ser lo que era antes.
Podremos exigir las nuevas normas, podremos redactar nuevos derechos, podremos asumir nuevos deberes. Podremos escribir, cantar, recitar o pelear, pero el viento que buscamos, que necesitamos para hacer el aire respirable, ya no agitará más nuestras banderas, ya no hinchará de nuevo nuestras velas, ya no hará bailar en la batalla nuestros sucios y raídos estandartes. 
Ya nada volverá a ser lo que era antes.
No, no mientras sigamos confundiendo vivir y amar con sobrevivir y copular, mientras sigamos buscando aquello que nos falta, ocultos tras rostros de avatares y nombres de otros tiempos, por no plantarle cara a quienes nos esperan, por no devolver las palabras a quienes nos dieron corazones radiantes.
Ya nada volverá a ser lo que era antes.
No, no mientras sigamos equivocando felicidad y risa, el odio con el llanto, justicia con venganza, la espera y la esperanza, ayuda y caridad y el saber con la fe del ignorante.
Ya nada volverá a ser lo que era antes.
No, no mientras sigamos confundiendo los fines con los medios, los dineros con premios, bellezas con bondades; los caprichos con las necesidades, las locuras con los riesgos, los miedos con las seguridades y los amores con los amantes.
Ya nada volverá a ser lo que era antes.
No, no mientras nosotros sigamos siendo lo que somos.
No mientras no hagamos caso del cuento del pastor de Al Urdunn
Éramos fieros, pendencieros, tan ávidos de riqueza y de poder que cambiábamos mujeres por camellos, personas por dinero, el tiempo por placer y la vida por oro.
Guerreábamos, comerciábamos y cabalgamos durante tantos soles y durante tantas lunas que estuvimos a un milímetro escaso de sucumbir ante nuestras propias batallas, nuestros infinitos enemigos y nuestros falsos aliados.
Que ¿qué paso para que los hombres y mujeres de Al Urdunn vivamos ahora en paz en medio de la guerra y seamos felices con lo nuestro?
Un día y sin saber porqué nos paramos, miramos hacia atrás y nos atrevimos a volver a aquellos que habíamos dejado por querer seguir siendo lo que entonces creíamos que éramos.
Que ¿qué ocurrió?
Bueno..., cambiamos.
Y entonces gran parte de las cosas volvieron a ser como eran antes...pero como eran antes de que nosotros fueramos como creíamos que eramos.

sábado, agosto 25, 2012

Al-Urdunn: Adios y confesión de un ladrón de niños


La tierra no es nada, las piedras no son nada, los restos de la historia, los ecos del pasado y las luces y las sombras del presente no son nada. Los sitios no son nada.
La vieja Philadelphia, que ya era vieja antes de que los ingenuos habitantes de la Norteamérica atlántica renombraran medio continente con los nombres de todos los demás, no se despide de mí cuando recojo mis cosas, mis instintos, mis deseos y mis trabajos, los uno a mi recuperada curva abdominal de falafel, leche condensada y té de canela y la abandono.
El agua que moja las calles de Amman -la vieja Philadelphia, la original- no se despide de mí. Sigue haciendo su trabajo para arrancar el polvo del desierto del aire y fijarlo en el suelo y me ve partir indiferente.
Las ruinas de cinco de las diez ciudades más antiguas del mundo, viejas antes de que fuéramos un sueño febril en las mentes de los más antiguos dioses únicos que La Tierra conoce y sufre desde entonces, no saludan mi marcha.
Jerash me ve alejarme sin congoja con los ojos cansados de soportar turistas que no comprenden que pudo ser Damasco, Jerusalén o Bagdad hace milenios pero renunció a ello por la paz que ansiaban sus habitantes; Gadara, Pella, Irbid, y todas las perdidas visiones de Plinio el Viejo siguen su lucha contra el desierto y el olvido mientras me alejo de ellas. No pueden mirarme porque no tienen ojos, no pueden llorarme porque no tienen lágrimas. No pueden añorarme porque no tienen alma.
Y el Jordán, el bendito y sucio por siempre Jordán, sigue su implacable curso sin mirar hacia atrás cuando me aparto de él. Sigue regando el Creciente para permitir a aquellos a los que otros ríos más al oriente trajeron a la vida extenderse por sus valles y meandros. Sigue haciendo de frontera que intenta en balde separar la paz de la guerra, la vida de la muerte.
 No puede despedirse porque no tiene labios, no puede escuchar mi adiós porque no tiene oídos. No puede sentir mi marcha porque no tiene corazón. Puede que bañara a un par de dioses o profetas, pero no tiene corazón.
Y las cabras, las sempiternas cabras de Al-Urdunn, de Philadelphia, de Jordania, tampoco me saludan cuando marcho, cuando emprendo el camino que me aleja de ellas. Ni cabras, ni camellos, ni asnos ni caballos tienen el tiempo o el impulso suficiente para salir de sus instintos, sus comidas, sus trabajos o sus supervivencias para decir adiós a un viajero semanal que se aleja de ellos.
Así que Jordania no se para a despedirme cuando me voy y por eso yo no la digo adiós cuando me marcho.
Y por eso, sentado en el aeropuerto de El Cairo, tan raído como cualquier otro aeropuerto oriental, tan triste como cualquier otro aeropuerto occidental, ya no recuerdo las tierras, los edificios, las ruinas, las calles ni las cabras de Jordania.
Solo recuerdo decenas in chaa' Allah.
Apretones de manos de funcionarios asustados pero que asumen sus riesgos, manos de los niños sacudiéndose en medio del polvo que tres 4x4 levantan del asfalto, el roce contra el rostro del tejido del chador de mujeres que ocultan su cabello y enseñan su valor.
Recuerdo la absurda despedida militar de un policía en un control, el incongruente dedo pulgar alzado al aire de un pastor que nos ve pasar junto a su macilento rebaño, la mano que intenta sacudirnos de su vida como moscas de una anciana israelí que cruza el Jordán cada mañana para discutir el precio de las cabras con un pastor jordano, como hicieran su padre y su madre antes que ella.
Recuerdo su sonrisa cuando nos vamos después de verla acusar a sus propios soldados de ser peor que los ingleses -Y los ingleses abandonaron Transjordania en 1946. No quiero ni calcular la edad de esa anciana hebrea-.
Eso es lo que recuerdo. Sentado en un aeropuerto egipcio, eso es lo que recuerdo.
No somos piedras ni arena, así que no tiene sentido que volvamos a las piedras o a la arena. No somos aves migratorias que siguen sus instintos, ni rebaños trashumantes que repiten sus caminos para lograr alimento y supervivencia, así que no tiene sentido que volvamos a las tierras, los valles o los pastos.
Somos personas y no volvemos a  los lugares. Si alguna vez vuelvo a Al-Urdunn o a Amman, no volveré a Jordania -y mucho menos a sus cabras-. Volveré a sus personas.
Viajar a un lugar solamente merece la pena si, cuando te vas, dejas en él alguna persona a la que alguna vez ansíes regresar.
Y más si has hecho lo que viniste a hacer
Que ¿qué vine a hacer a la vieja tierra del Jordán? 
Muy sencillo. Vine a robar niños.
Hoy, 8 de Shawwal de 1433, escribo mi confesión criminal en este teclado minúsculo en espera de un vuelo que me devuelva a la cada vez más absurda realidad occidental atlántica.
Acudí a Jordania para contribuir a crear la infraestructura necesaria para robar niños. Robar cuantos fuera posible, cuantos fuera necesario, cuantos caigan en nuestras manos. Para robárselos a aquellos a los que la historia y las circunstancias han transformado en sus padres adoptivos. 
Sin enajenación por mi parte, con completa premeditación y alevosía, confieso haber acudido a una de las cunas del mundo para arrebatar a niños de las garras de su actual padre putativo: el odio y de las zarpas de su actual madre adoptiva: la guerra.
En mi defensa sólo puedo decir que lo intentaré hacer de nuevo en cuanto tenga ocasión.
Estos son los hechos del caso. Y son irrefutables.
En El Cairo, a 25 de agosto de 2012.
In chaa' Allah.

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