lunes, abril 30, 2012

Aragón destruye las armas de asedio del radicalismo

Lo bueno que tiene levantarse pronto aunque no lo necesites es que, aunque el goce tardío e inesperado del puente, te haya ocupado parte de la noche puedes dedicar parte de la  temprana mañana a observar el mundo, a mirarlo e intentar comprender lo que sucede en él.
Hay ocasiones en que un solo hecho, un solo dato, se convierte en un rasgo esperanzado de cambio y mutación en asuntos en los que parecía que ese cambio era imposible. De repente te encuentras que más de la mitad de las sentencias de divorcio en Aragón reconocen la custodia compartida y la imponen en el momento de la ruptura judicial.
Ese dato, ya de por sí es esperanzador para lograr frenar hasta detener su velocidad a cero esa impronta sexista y discriminadora que marcó la transición por la cual era una verdad evangélica no sujeta a exégesis el hecho de que la portadora inalienable de las custodias era la mujer hasta que no se demostrara lo contrario.
Ta dan ganas de mudarte a Benasque -además de por el pollo montañés que recuerdas haber comido allí alguna vez-.
Pero incluidos como una extensión inciso, como esos párrafos que apuntalan o apostillan lo importante de una información, lo que el autor de la misma quiere resaltar, está los datos que te hacen percibir no sólo que las cosas cambian, sino el motivo de esos cambios.

“Los juzgados han experimentado un "importante" aumento de la carga de trabajo, ante el incremento del número de solicitudes, ha explicado el consejero.
De hecho, la elaboración de los informes psicológicos por parte de los profesionales para evaluar cada caso sufren un retraso de hasta ocho meses que ha provocado que actualmente haya más de trescientos documentos pendientes de redactar.
Para "desbloquear" este "colapso", el Gobierno de Aragón ha contratado una empresa para que durante un año realice estos informes y ha aumentado el número de plazas destinadas a psicólogos con el objetivo de agilizar los trámites"

Parece un anodino relleno informativo pero en su parte final se esconde el meollo de la custodia compartida, el centro neurálgico del motivo que ha estado llevando a los menores a ser privados de sus padres, que ha hecho que el sistema consagrase la custodia materna como solución universalmente injusta a los problemas familiares que supone un divorcio: los informes psicológicos.
El emporio ideológico que defiende la segregación sexual del hombre en la familia, privándole de sus hijos como acto vengativo y jugando con ellos como en un mercado de valores para obtener beneficios económicos, de repente ha perdido una de sus más importantes huestes, una de sus unidades de intervención táctica más entrenadas y fiables: las psicólogas -y los, que también hay alguno-.
El postfeminismo radical que abomina de la custodia compartida por lo que, en lo victimista y en lo económico, pierde la mujer, no por lo que gana el menor, ha perdido en el Reino de Aragón de los informes psicológicos de los menores.
Y eso es como ver arder ante Troya todas las armas de asedio de los griegos.
Aragón acuciado por las solicitudes y sobrepasado por el número de hombres que querían ejercer la custodia compartida -lo cual no deja de resultar sorprendente si se tiene en cuenta que según la realidad inventada por el radicalismo anti masculino ningún hombre quiere hacerse cargo de sus hijos- ha tenido que tirar de una empresa privada para elaborar los informes psicológicos de los menores.
Y cuando la ética profesional neutral ha entrado en juego resulta que la inmensa mayoría de los informes han sido positivos, han exigido, de hecho, la custodia compartida como forma de preservar lo más posible al menor de la ruptura afectiva de sus padres.
¿Será que todos los hombres aragoneses son gentes responsables y el resto de los hombres españoles no?, ¿será que nacer en el reino del rey Fernando que fue capaz de mantener sus derechos reales ante la aglutinadora Isabel de Castilla les hace más resistentes a la presión femenina?
Me temo que aunque suene muy épico y estético no es nada de eso. Solamente se trata de que los informes objetivos imponen el sentido común que todos sabemos que existe pero que el sistema vigilado y controlado por el postfeminismo radical impedía que aflorara.
Porque los informes psicológicos eran el arma fundamental para apartar al padre de la carrera -que nunca debió convertirse en eso- por la custodia de los hijos. Porque no existía la obligación de elaborar un informe neutral y los jueces decidían y siguen decidiendo según los informes de parte.
Y ahí, justo en ese punto, es donde los comando psicológico del postfeminismo agresivo, para asegurar la victoria dinamitando el único puente que unía al hombre con sus hijos.
Psicólogas apartadas de colegios profesionales por realizar informes falsos, informes presentados con párrafos calcados de otros presentados meses antes, informes realizados sin haber explorado al menor, falsas acusaciones de malos tratos a los menores basadas en testimonios no dados por los pequeños, grabaciones que demuestran la insidiosa presión de la psicóloga que explora para lograr que el niño diga que no quiere estar con su padre, descripciones tendenciosas de los motivos del divorcio que construyen en la mente del menor la idea de que su padre es culpable de lo mal que se siente por haberse divorciado...
Todos esos casos, juzgados y condenados y presentados en los periódicos -en páginas interiores, eso sí-, son la punta de lanza del motivo por el cual los informes psicológicos eran la herramienta. Son el ejemplo de lo que pasa en España y por mor del azar o la necesidad ha dejado de ocurrir en Aragón.
Eso es lo que explica que el 78 por ciento de los informes psicológicos presentados en los procesos de custodia sean, según datos del Consejo General del Poder Judicial, informes de parte y el 97 por ciento de ellos recomiende la custodia unitaria de la misma en manos de la madre.
Como en otros muchos ámbitos de la vida y de la realidad el postfeminismo ha perdido el foco y solo contempla a las bestias agresivas que cree que son aquellos a los que considera sus enemigos, los hombres. Y las psicólogas vinculadas a las asociaciones, a los colectivos feministas de militancia y presión y al aparato postfeminista en general han renunciado a su profesión en favor de su lucha, han cambiado su ética por su victoria. Han desistido del esfuerzo de buscar lo que hay en la mente de un niño para sustituirlo por el más provechoso trabajo de poner en la mente infantil aquello que les viene bien y si esto es muy costoso simplemente inventar que lo tiene.
Y hasta que Aragón sacó de sus manos ese poder no había nada que hacer al respecto. Porque esas psicólogas trabajaban gratis para las mujeres a través de asociaciones que pagamos todos -incluido la pareja que se divorciaba de ella- a través de subvenciones gubernamentales.
Y la otra parte estaba abandonada a sus recursos, unos recursos ya mermados por el pago de dos casas, el sostenimiento propio y de sus hijos y en ocasiones hasta el sostenimiento parcial de aquella de quien se divorciaba.
Y por si alguien lo duda no hay nada más que ver la memoria de la Fiscalía del Estado de 2011 en las que se especifica que el 82 por ciento de los informes psicológicos de parte en procesos de divorcio y custodia fueron realizados de forma gratuita a través de convenios. Y ya sabemos con quién y quiénes están firmados esos convenios.
No es que Aragón sea diferente, es simplemente que en las tierras entre el Ebro y los Monegros los psicólogos hacen su trabajo como está mandado, no como manda el agresivo emporio ideológico que considera justo separar a un padre de sus hijos por el mero hecho de que tiene gónadas externas.
Y por eso están nerviosas, se quejan en los medios, que ya no las hacen tanto caso con la que está cayendo en todas partes, y ponen piedras en el engranaje de un sistema que cambia hacia la justicia que siempre habría tenido que tener en el punto de mira de su ciega visión.

"Una de las causas del incremento del número de sentencias judiciales es que la mediación previa que se efectúa con las dos partes para alcanzar un acuerdo, sin necesidad de llegar a los juzgados, no ha funcionado, según ha apuntado Bermúdez de Castro.
En concreto, solo treinta casos de los 56 registrados en 2011 aceptaron pasar antes por el servicio de mediación, y de éstos solo se alcanzó un acuerdo en favor de la custodia compartida en siete familias".

Y en ese párrafo está la nueva estrategia de resistencia ideológica e ilógica a aceptar que la realidad les quita la razón.
Instan a las mujeres que se divorcian y que acuden a ellas para que las ayuden a que no acepten la mediación judicial para la custodia compartida, obligando a los tribunales a emitir las sentencias en lugar de ratificar acuerdos.
Se refugian en argumentos tan falaces como imposibles.
El más divertido de ellos es aquel que dediende que el hombre pide la custodia compartida para no pagar la pensión alimenticia a la mujer y así vengarse económicamente de ella.
Resulta absurdo y quijotesco -aunque se supone, según ellas, que los hombres somos eso- que se asuman los costes del mantenimiento filial durante seis meses al año para dejar de pagar una pensión que seguramente no cubre totalmente esos mismos gastos.
Y por supuesto se les va la palabra y se les resbala el pensamiento cuando hablan de venganza económica ¿no se supone que esa pensión es para los hijos y que la mujer no la puede utilizar para su propio mantenimiento?
Si se supone que la divorciada se mantiene a sí misma por sus propios medios no puede haber mengua en sus capacidades económicas porque no se le pase la pensión de alimentos, ya que tampoco tendrá que detraer una parte de la misma para el mantenimiento de los menores durante seis meses al año. Así que, si se sustenta por sí misma y se pone a echar cuentas, todavía casi le sale más barato.
Pero claro sabemos que no es así, sabemos que muchas divorciadas creen que el dinero que se les da es para ellas y lo emplean en cambiar las cortinas, el mobiliario, en comprar cosas para ellas -que tal vez necesiten, no lo niego- pero que no deberían obtener con el dinero dado para otros fines.
Pero claro la lógica y las matemáticas, aunque se enuncien en femenino, nunca fueron el fuerte del radicalismo feminista.
De modo, que más allá de las sentencias y la esperanza que ese incremento supone, está la alegría de ver que es posible arrebatar a ese emporio que incomprensiblemente se ha adueñado de la visión de nuestra realidad y nuestra sociedad.
Hoy, quizás porque se acerca el Dos de Mayo y hay veces que me encanta dar por saco, me acuerdo de Napoleón Bonaparte y una de sus famosas frases "No importa una derrota si cuando acaba la batalla te das cuenta de que el enemigo ha perdido sus mejores armas y sus mejores tropas en la misma. Si se ha logrado conservar al menos un remanente de tus hombres y armamento, desde ese momento la guerra está en tus manos".
Antes de volver a mi puente también tengo en mente que, desgraciadamente, muchos hombres y padres han tenido que ser carne de cañón en esa batalla en la que ahora podemos combatir gracias en parte al ejemplo de la legislación de divorcio del Reino de Aragón.
 

domingo, abril 29, 2012

La Universidad o el justo refugio de Pitágoras

Hay ocasiones en que cuando nos ponemos a criticar, a sacar vergüenzas a echar en cara y a protestar se nos va la mano, perdernos el foco y volvemos a nuestros vicios más antiguos, que nunca superaremos porque no somos conscientes siquiera de que son vicios.
Y eso más o menos les ha pasado a muchos con las protestas de hoy sobre los recortes que el proceloso gobierno de Rajoy insiste en aplicar a golpe de chulería de viernes a mediodía y de obcecación en lo suyo.
Decían los que protestaban por el rediseño del acceso universitario que se ha sacado de la manga Rajoy para mejorar eso que el llame recaudación que el Gobierno estaba buscando una universidad para ricos y para pitagorines.
Y debe ser que con el grito y la protesta se les ha subido la sangre a la cabeza y no han escuchado lo que dicen.
Protestar porque se quiera una universidad para pitagorines es tan absurdo y demencial como hacerlo porque se quisiera que la carne de vacuno fuera de vaca o por que se forzara a que el pan se hiciera con harina.
Es tener una mira tan estrecha como el espacio para las piernas en el trasporte que me ha tocado en este puente. Es tener una capacidad de raciocinio tan pequeña como las teclas del minúsculo portátil en el que me ha tocado escribir este post por mor del puente.
No se puede protestar porque la universidad mantenga su esencia. En lo que a Pitágoras se refiere, claro está.
Años de incomprensión de las reglas del juego de la democracia, generaciones de foco redundante y machacón en los derechos no ha hecho perder el norte de lo que es la igualdad, de lo que es el derecho y, por supuesto de lo que es la universidad.
La Universidad, los estudios superiores, no son un derecho universal, inalienable e igualitario. Son todo eso, solamente para aquellos que pueden aprovecharlos.
La universidad es, por definición para los pitagorines.
Y eso no es discriminación, lo siento. Se llama genética y esfuerzo.
Pedir un seis de media para dar una beca no es convertir la universidad en el refugio de las élites intelectuales -anda, si en realidad eso es lo que debe ser- porque lo que se exige está mucho más cerca de la mínima media -que por algo se llama suficiente- que de lo que se considera excepcional -o sea sobresaliente-.
La igualdad de acceso a la universidad no supone que cualquiera, con cualquier capacidad, pueda plantarse en ella y sacarse un título porque todos tenemos derecho a sacarlo.
Siento tener que recordarlo pero no todos tenemos ese derecho. Solamente lo tienen los que se lo ganan por esfuerzo y lo reciben por la suerte genética de su disposición neuronal.
La igualdad en el acceso a la universidad se reduce -que no es poco- a garantizar que nadie que por esa conjunción entre capacidad y esfuerzo esté en condicione de aprovecharla se quede fuera de ella por motivos económicos, sociales o de cualquier otro tipo.
Para todos los demás la universidad está, ha estado y estará siempre vedada. Y la igualdad y la democracia no tienen absolutamente nada que ver con ello.
Parece mentira que alguien tenga que decirlo a estas alturas.
Aunque en realidad no resulta tan sorprendente. Es el culto al derecho universal para todo que tan de moda está en nuestro occidente atlántico.
La misma deriva absurda que nos hace creer que tenemos derecho a ganar el sueldo que necesitamos ganar por el simple hecho de trabajar independientemente del esfuerzo y el tiempo que hayamos dedicado a nuestra preparación; el mismo rocambole filosófico que nos hace ocupar -siempre con K- con rastas perros y flautas viviendas ajenas apelando al derecho constitucional a la vivienda cuando no hemos hecho el más mínimo esfuerzo por ganar el dinero necesario para pagarla.
Algo que no percibimos como anormal, como absurdo porque nos beneficia y hemos seccionado quirúrgicamente todos los derechos que tenemos o creemos tener de las condiciones necesarias y las obligaciones que llevan aparejados.
Y con respecto a los ricos. Les doy la razón a los que protestan por los cambios y la universidad.
No tiene sentido hacer pagar la matricula completa a los repetidores ¿por qué paguen de nuevo van a modificar su estructura neural?, ¿van a cambiar sus dinámicas de esfuerzo o de capacidad?
Me temo que no. Lo único que se conseguirá es que los que tienen dinero para hacerlo se anquilosen en su banco sin abandonarlo y dejar paso a alguien que sí puede aprovecharlo. Recuperaremos al eterno opositor a notarias que desespera a sus millonarios progenitores, obsesionados con presentar al niño en sociedad con un título de pro bajo del brazo.
Pero claro, eso se mantiene. Al fin y al cabo el objetivo es ahorrar y recaudar.
En fin, que no se reforma la universidad y no se protesta contra lo que hay que protestar de la reforma, pero como otras tantas veces no servirá de nada que se diga.
Y acabo antes de que estas minúsculas teclas me generen artritis en los dedos y porque creo que la persona propietaria de las mismas las necesita, con el resto del portátil, para algo de un master en comunicación política que ha tenido que venir a hacer a España porque en su país, aunque se sea un pitagorín, la universidad sí es para ricos.
Cada queja a su tiempo y un tiempo para cada queja, por favor. No seamos occidentales atlánticos.

El perplejo Mariano convierte España en Ansalon



Hay estados de ánimo - o de desánimo, según se mire- que nos están permitidos en esta sociedad nuestra que creemos civilizada y está a un centímetro escaso de la decadencia.
Pero hay otros que por imagen, por tradición o por necesidad, se nos niegan, se nos impone la necesidad de ocultarlos, se consideran tan socialmente incorrectos que se finge que no existen ni pueden existir.
Y en el caso de un gobernante, aunque no sea del todo merecedor de ese nombre como lo es el ínclito Mariano Rajoy, se le consiente estar indignado con YPF, se le tolera estar alterado con el fin de la violencia en Euskadi e incluso se le consiente estar ofuscado con el déficit. Pero lo que nadie puede atreverse a permitirle es el estado vital y anímico que despliega ante esas entidades caprichosas y egoístas llamadas los mercados.
Rajoy está perplejo y un presidente del gobierno no puede estar perplejo. Nuestra guía de comportamientos no lo permite.
Y la perplejidad de aquel que se supone que debe anticipar las cosas es algo que solamente nos lleva a la parálisis, al anquilosamiento, a la destrucción.
Porque todo acto que hace o que intenta no sale como espera, no tiene la consecuencia deseada, no produce los réditos anticipados y los ojos de Rajoy, de su gobierno y de todos aquellos que diseñaron y diseñan sus políticas, miran anonadados, girando en todas direcciones, buscando una respuesta en la voz de los mercados que estos no le dan porque nunca le prometieron que se la darían.
Hace recortes y la deuda se dispara, sube los impuestos y la bolsa baja, vuelve a hacer recortes y la deuda vuelva a subir. Y Rajoy mira los datos en la Moncloa con el rictus fugaz de la desdicha y con la incomprensión de aquel que ha tratado una situación económica de un sistema agonizante como si se tratara de un ensalmo mágico de un relato novelesco de reinos olvidados.
Porque, como en la mítica saga fantástica de la Lanza Dragón, Rajoy trató sus soluciones como un rito arcano que obligara a los deus ex machina de la City londinense y Wall Street a plegar su voluntad a sus deseos.
Como los sacerdotes del dios Paladín del mítico relato, creyó descubrir el hechizo arcano para exigir a los dioses borrar el mal del mundo, y alzó los brazos, dibujó las runas y entonó las palabras creyendo que eso y sólo eso obligaría al dios de los mercados a actuar en su beneficio.
Y como suele ocurrir cuando se trata de obligar a algún dios a hacer alguna cosa -algo que la humanidad y la literatura llevan intentando sin éxito ninguno desde el albor de los tiempos- los airados dioses respondieron mal, muy mal. No mandaron sus legiones de ángeles a purgar de infecciones malvadas el mundo de los hombres. Tiraron por la calle de en medio y arrojaron una bola de fuego sobre el mundo.
Y ahora Rajoy contempla como arde aquello que creía haber salvado definitivamente con su ensalmo revelado. No puede comprender qué ha fallado para hacer de España el arrasado continente de Ansalón.
Porque como otra mucha gente, como otros tantos de nosotros hacemos cada día, equivocamos la magia con la ciencia, la vida con la muerte y ponemos el foco en los cómos, los cuándos y los dóndes sin tener en cuenta que lo único que cuenta, lo único que puede movernos al cambio son los simples porqués.
Si se trata a entidades colectivas basadas en la avaricia y el dinero como dioses, luego no has de sorprenderte de que se comporten como tales.
Porque de igual lo que hagas, de igual las acciones que emprendan, de igual los complicados arcanos que diseñes para satisfacerles. A ellos solamente les importan los porqués.
Se realiza el ajuste de gasto en el Tesoro Español más salvaje desde la destrucción de la Armada Invencible y los mercados nos elevan la deuda a límites cercanos al completo colapso y nos colocan a un signo matemático de los bonos basura, ¿por qué?; se establece el incremento impositivo más alto de la democracia y las deidades autoimpuestas de la religión neoliberal te tiran la bolsa al nivel más bajo desde el estallido de la burbuja inmobiliaria ¿por qué?; se realiza una reforma laboral que flexibiliza el empleo hasta dejarnos sin columna vertebral si queremos sobrevivir a ella y los inversores siguen retirando dinero del parqué y abandonando España de forma masiva después de recoger beneficios, ¿por qué?
Los dioses siempre conocen los motivos de los hombres. Es lo que tiene ser un dios.
Ellos saben el único motivo que fuerza a Rajoy a creer a pie juntillas en la religión económica revelada en Berlín y que tiene a tribunal del Santo Oficio en Estrasburgo.
Sus actos no están motivados por la ciega convicción de la canciller alemana, no están originados en la oportunidad como los del ya casi ex presidente francés Nicolás Sarkozy, ni siquiera están forjados en la cristiana - que por algo el Vaticano está en su territorio- resignación tecnócrata del gobierno italiano que hace incluso llorar a una ministra.
Los actos de Rajoy, de su gobierno, de su reforma, de sus recortes y de sus impuestos, solamente se basan en el miedo.
Y por eso los mercados siguen devorándole y devorándonos. La principal ambrosía de los dioses siempre ha sido el miedo.
Por más fuerte que quiera mostrarse, por más inflexible que se muestre tras el escudo de su mayoría absoluta para aprobar sus presupuestos a despecho de diez enmiendas a la totalidad, por más sensación de firmeza que quiera trasmitir, sus actos pretéritos le desmienten, sus acciones pasadas le contradicen. Su política de comunicación le traiciona.
Porque el digodiegismo comunicativo que se ha inventado demuestra su miedo, su falta de convicción.
Porque ocultó la subida de impuestos, porque ocultó la subida del IVA, porque ocultó el descenso adquisitivo de las pensiones y los recortes estructurales en sanidad por miedo a no ser elegido.
Porque diluye la lucha contra el fraude con una amnistía fiscal por miedo a no recaudar lo suficiente, porque colapsa la lucha contra la corrupción cerrando procesos en falso por miedo a que le salpiquen, porque inicia un camino peligroso y absurdo de control de la opinión pública basado en el absoluto control de los medios y de la calle por miedo a que se note que no cuenta con el apoyo social que un ajuste tan brutal tendría que tener para que pudiera esbozarse un pequeño atisbo de posibilidad de éxito.
Porque todas y cada una de sus medidas ocultan uno tras otro todos y cada uno de sus miedos.
Porque sus cómos y sus cuándos ya no ocultan sus porqués.
Si Rajoy hubiera creído de verdad en estas medidas como solución las hubiera expuesto abiertamente y sin ambages en la campaña electoral confiado en que le entenderían y le votarían. Pero no lo hizo.
Y los mercados y sus dioses ocultos pueden oler el miedo.
Porque si hubiera convicción en sus acciones, las habría afrontado todas de golpe, todas a la vez, en lugar de irlas tomando Consejo de Ministros, tras Consejo de Ministros cuando la cuentas actualizadas siguen sin salirle.
Y ese miedo a que no le cuadren los números en música en los oídos para los que en los parqués de todo el mundo lo esperan para alimentarse de él en forma de puntos básicos de la deuda española.
Y por eso Rajoy ahora está perplejo, ahora no sabe lo que pasa. Porque, como los clérigos de las Dragolance, creyendo que los actos eran lo único necesario para que las cosas salieran como se suponía que tenían que salir, ha exigido a los dioses que arreglaran el mundo y los dioses han respondido a su exigencia, que no plegaria, arreglándolo a su modo y en su propio beneficio.
Ya es mala suerte, Mariano, ya es mala suerte que, para una vez, que los señores de los mercados se fijan en lo que hay detrás de los números, en lo que hay más allá de las acciones y de los dividendos, te pillen con el alma bajada y sólo vean miedo.
Ya es mala suerte, Mariano, ya es mala suerte.

sábado, abril 28, 2012

PROPUESTA DE RELEVO DINÁSTICO

Teniendo en cuenta que parece ser que ahora se le... desmonta la cadera al monarca cada vez que estornuda o se echa unas risas y que con todo esto de Bostwana ha demostrado tener más bien poco cerebro...
¿Por qué no invierte el Estado en una partida de Madelmans safari como recambio real y relevo dinástico Borbón? También son desmontables, se les puede llevar de caza a África de forma muy discreta, terminan casi siempre perdiendo la cabeza y dan menos problemas.
¡contra, si hasta se le parecen!

(Elefante y nieto francotirador no incluidos en el precio. Consultar catálogo)

Bruce Willis ya no despliega sus tropas en Euskadi


Hay gentes en general e individuos en particular que no saben vivir sin su miedo. Se ha hecho tan connatural a ellos, lo llevan tan dentro y lo han utilizado de escudo tanto tiempo que, ni cuando la realidad les abre las puertas de la necesidad de prescindir de él.
Y eso les pasa y les está pasando a los que bufan y resoplan  cuando miran a Euskadi en estos días y ven a los presos de ETA más cerca de sus tierras.
Desde sus cómodas poltronas en Estrasburgo, donde permanecen escondidos, desde sus convocatorias a la prensa para hablar de miedo y de venganza o desde sus columnas editoriales en los medios del orgullo patrio y la corona, miran a este gobierno, acorralado ya  por la economía en su nacimiento y casi derrotado en su continuidad por su propia perseverancia en el error, y ven que anuncia algo que no debería ser necesario anunciar: el acercamiento de los presos de ETA a las cárceles vascas y la aplicación de la ley penitenciaria.
Y de repente se sienten desnudos, inermes, traicionados.
Porque ya no tienen nada que echarse a su miedo y al de los demás. Porque sienten que Rajoy y Moncloa les han dejado sin el alimento que necesitaban para seguir clamando en el desierto de su propia incapacidad de ver la paz de Euskadi como un bien superior a su venganza, a su visión unitaria inmóvil del país en que viven.
Se dan cuenta de que sin ETA, con la banda de asesinos mafiosos inerte aunque inconclusa ellos y sus poderes se diluyen, se extinguen. Que si ya no hay guerra no puede haber enemigos, no puede haber vencedores, no puede haber generales. No puede haber víctimas.
 E incluso se atreven, como hiciera hace dos días Mayor Oreja desde el lugar donde se envía a los políticos para que no molesten demasiado -así creemos en la fuerza de Europa, ya de paso- a inventarse ofensivas ocultas, reacciones preparadas por una banda a la que ya solo queda enterrar después de que su propia arrogancia violenta la matara.
Así que cuando el gobierno, que para otras cosas va a paso más lento e incluso sigue parado, para esto reconoce la realidad y actúa en consecuencia, ellos se exaltan, se sienten traicionados y le piden, de hecho le exigen, que elija entre ellos y Euskadi, entre ellos y el mundo, entre ellos y la ley.
Porque aunque ellos lo perciban de otro modo, aunque Moncloa lo venda o lo intente vender como un gesto. Lo único que está haciendo Interior es restaurar la legalidad vigente, es restablecer la democracia en las tierras de Euskadi.
No es una concesión a los presos, ni un acuerdo con ETA para que se disuelva. Es simple y llanamente levantar el Estado de Excepción.
Por una vez -aunque temo que no sirva de precedente- Rajoy y su gobierno hacen lo que deben hacer sin encerrarse en sí mismos y sus propias creencias. Será que la poblada barba y la tintada cabellera le impiden reconocerse como el duro sudoroso disfrazado de general de tres estrellas que mantiene el Estado de Sitio solamente porque es más fácil hacerlo que jugar con las normas que otros le han impuesto.
Acercar a los presos de ETA y concederles las redenciones de pena que estipula la ley no es una traición, es una obligación, no es una rendición, es una  necesidad para un Estado que afirma que es democrático y no acepta discriminación alguna en el trato entre iguales.
Si todos los presos pueden cumplir condena cerca de casa, los de ETA también. Si el Estado busca la reinserción de todos los presos, de los de ETA también.
Es algo que por simple se antoja imprescindible. Es poner fin a lo que los locos furiosos del tiro en la nuca y la bomba a traición hicieron con Euskadi e hicieron con España.
Pero a aquellos que quisieron sacar de forma literal los tanques a las calles de Donosti y aquellos cuyas pérdidas les cubren de rabia y de infinitos e inagotables deseos de venganza esa ley les resulta pesada, les parece poco digerible.
Volver a un Estado en el que no hay excepciones en la ley penitenciaria, en el que se busca la reinserción y se encierra a los presos en cárceles cercanas para facilitarla indica que su victoria se aleja como él mismo fue alejado de Vitoria y aparcado en los lluviosos despachos de Estrasburgo.
Significa que, aunque se justifique su odio y su venganza por causas más que justas, ya no tendrán la mano del Estado para hacerla posible. Hace ver a todos aquellos que han querido usar su condición de víctimas para imponer derrota sobre paz y venganza sobre futuro que su voz aunque se escuche ya no de miedo, ya no tiene poder.
Significa un trio de palabras que ninguno de ellos, ni el exaltado Oreja ni los que dicen pensar, hablar y exigir por las víctimas muertas en las manos de ETA, desean escuchar.
La guerra ha terminado. No hay rendición, no hay venganza, no hay honor  ni victoria. Por suerte y ojala para siempre, la guerra ha terminado.

viernes, abril 27, 2012

Justificación existencial del capitán veraniego 3G (dicho de otro modo: Yo no soy un mal tipo)


Hoy en día hay miríadas de razas y de especies. Las unas son de noche que muerden, devoran y depredan, las otras son de día que se esconden, escapan, sobreviven. Toda suerte de mutaciones humanas y bastardas que se esconden de sí mismas y de todos los demás en un juego de luces y de sombras que nunca aclara el alba ni oscurece el ocaso.
Y la más numerosa, aquella que amenaza con convertirse en plaga, tiene un nombre tan melifluo y disperso como es lo es su concepto perverso de lo que es y en lo que nos convierte el acaso casual de ser seres humanos: Son aquellos que osan decir de sus personas: Yo no soy un mal tipo.

Yo no soy un mal tipo. Lo único que pasa es que soy un amante de la era 3G.
Navego por mis vicios y amores y salto de una página a otra, de un banner que ofrece el calor de una noche o otro que me presta la seguridad para mil conexiones no se van a cortar para siempre cuando el día me devuelva a mí mismo. Navego a toda prisa y busco mis enlaces favoritos para aquello que quiero.
Yo no soy un mal tipo, pero voy por la vida a la velocidad de mi enlace tribanda, de mi óptica fibra de distancia infinita y no me preocupa quién diseña el enlace, ni el esfuerzo que cuesta mantenerlo.
Y mucho menos aún sé si contiene errores tan profundos en mi programación que aunque me sirva a mí, y yo lo vea perfecto en su ruta binaria de unos para mí y ceros para quien lo comparte conmigo, no se le carga en el móvil del otro.
Soy 3G y por eso no me hago responsable del reflejo real de todos los tq en tiempo apocopado que he enviado en mi móvil, que he lanzado en mi Twitter, que he subido en mi blog.
Y si la conexión un día se me atora, si el enlace se comienza a quebrar y la página por mor de la vida del otro no se carga a buen ritmo, al ritmo que yo quiero, simplemente me desplazo el pulgar a la esquina infinita que me asegura una vía de escape y pulso sin pensar el icono precioso de regreso al inicio. No tengo tiempo ni alma para buscar el fallo, para cambiar de nodo, para reprogramar. Reinicio el servidor y me pongo a otra cosa.
Yo no soy un mal tipo, tan solo soy 3G.
Yo no soy un mal tipo. Lo único que pasa es que soy de estaciones.
Soy pareja de tórridos veranos donde polvos intensos y coitos repetidos me tapan las vergüenzas, me callan las carencias.
Y soy de primaveras, cuando suaves caricias y susurros amables me quitan los complejos y  me ocultan los miedos. Yo soy de esa estación, buscada y añorada, en la que trémulos soles me mantienen templado el cuerpo y calientes los sueños, con un  fuego tan cómodo y tan lento que me hace olvidar que no soy lo que quiero, que vivo en el infierno de mis propios misterios sin prestar atención a quien sufre con ellos.
Incluso soy de otoños. Aun resisto sin cuento los días infinitos de rutinas cansadas, de constantes reintentos. Yo sirvo para eso, para seguir siendo lo que no quiero ser por miedo a que al dejar de serlo descubra que no he sido lo que podía ser. Yo sirvo para dejar caer las hojas marrones y apagadas con tal de no podar el árbol y al ver que está podrido tener que replantarlo.
Pero no soy de invierno. Cuando llegan los fríos que me traen los otros, cuando el hielo de la vida se agarra a sus almas y escarcha sus deseos. Yo hiberno, me retiro, les dejo con sus hielos.

No vaya a ser que el otro, que me ayudó a arder en el verano, a resistir en el otoño y a amar en primavera, ahora me contagie y me haga perecer en una glaciación en la que no reconozco haber participado, no sea que descubra que yo la he iniciado.
Yo no soy un mal tipo, pero no soy de inviernos.
Yo no soy un mal tipo tan sólo soy un pírrico patrón de yates de recreo.
Yo navego por los mares calmados entre tranquilas islas de placer y belleza, escuchando sirenas, acallando ballenas. Al pairo de los vientos y dejando mecer el casco de mi nave en brazos que me acunen como olas de verano.
Yo manejo goletas en revueltos estuarios de pasiones ardientes, en esquivos fiordos de amores imposibles. Al timón de la nave, doy órdenes concisas que dirigen la proa, que imponen el esfuerzo de aquellos que tripulan el bajel de mi vida para llevarla al puerto al que yo quiero ir.
Yo no soy un mal tipo, más no soy capitán en días de tormenta.
No me ato al timón para sólo lograr desgastarme las manos y las fuerzas en el esfuerzo, que tal vez sea absurdo y quizá improductivo, de intentar mantener la nave en el buen curso que era fácil llevar cuando había buen viento.
Yo no abandono el puente para agarrar del talle a quien se ha quemado los días y las palmas por sujetar las jarcias y ha caído un momento, quizás sólo un momento, por hacer el esfuerzo de enderezar la vela e impedir que se quiebre el palo de mesana.
Yo no soy un mal tipo, simplemente no sé ser capitán cuando el mar se me rabia.

Yo no soy un mal tipo. Tan sólo nunca he sido capaz de apartar la vista de mi ombligo.
No soy duro y cruel, tan sólo tengo miedo de que el sueño soñado sin razón y sin lucha en mi tiempo presente no se me haga vivo cuando llegue el futuro que yo no me he ganado.
Yo no soy ciego y frío hasta la glaciación con la vida del otro, tan solo soy ese triste egoísta, ególatra, egocéntrico, que no ha criado ojos para ver con la vista del otro, que no ha avivado fuegos para darle al otro el calor que precisa cuando el frío que yo impongo para siempre en su vida se hace insoportable.
Yo no soy un mal tipo, tan sólo soy cobarde.
Y casi aún ni eso.
Para no tener ni siquiera valor,  ser al menos humano es una obligación innegociable. Y hay días con sus noches en que sé, aunque lo niegue, que yo no he sido humano y sí fui miserable. 

martes, abril 24, 2012

Hollande, Europa, los europeos y Juan Palomo

Después de unos días viendo y escribiendo mis tristezas y decepciones en los males del mundo no me queda más remedio que hablar de otra cosa. Algo que es lo mismo y parecido pero que se hace infinitamente más relevante para la actualidad.
Hoy toca hablar de Francia.
Hollande, el candidato oscuro y silencioso se ha hecho con la primera vuelta de las presidenciales en Francia y ya casi es un hecho que arrojará a Sarkozy de El Eliseo. Aunque más bien es el pequeño y sin rumbo presidente el que se ha auto catapultado más allá de la presidencia de Francia.
Pero, como suele ser común en este Occidente Atlántico nuestro, lo importante no es lo que se marcha o lo que se queda, lo importante es siempre lo que llega, lo nuevo, aquellos que se supone nos va a cambiar la vida.
Y lo que llega no es otra cosa que un candidato que se apoya en uno de los más viejos ritos de esta Europa que no tiene dirección porque no sabe ni quiere saber adónde va. Ambos candidatos -por no hablar del ultraderechismo de Le Pen- han jugado a lo mismo, han ofertado lo mismo, se han robado ideas, propuestas y promesas y han mostrado al mundo en horario de máxima audiencia y en directo en qué se ha convertido Francia y por ende -nos guste o no a los españoles- en qué se ha convertido y se está convirtiendo Europa.
Ambos han jugado al mismo juego pero Hollande tendrá el honor de inaugurar en Francia algo que solamente puede definirse como el provincianismo global.
Porque Europa, empezando por Francia, siguiendo por España y culminando por todos los demás países y naciones del Viejo Continente han cogido el disfraz de Juan Palomo y han optado por un suicida "yo me lo guiso, yo me lo como".
Hollande se queja amargamente de deslocalizaciones a China -y tiene razón-, lamenta amargamente que el consumo francés vire hacia productos no franceses -ahí ya comienza a columpiarse- y echa la culpa a Europa y sus políticas de los males de Francia. Y puede que en todo ello tenga razón. Puede que el diseño europeo no sea el adecuado y que la competencia de China, de India o de Brasil les esté desangrando.
Pero, coreado incluso por su antagonista que se escondió de Europa durante toda la campaña, que apeló a la xenofobia cuando ni siquiera él se la creía, que tiro de islamofobia cuando le vino bien y que seguramente cortejará a los votantes del Frente Nacional para intentar agarrarse al sillón de El Eliseo, le ha robado a Francia aquello que aportó al mundo hace ya siglos: el universalismo.
Aquejados del virus maniqueo que nos vuelve a Occidente cual epidemia cíclica en tiempos de borrascas, ha elevado a rango de virtud lo que otrora fuera nuestro más criticado vicio: el provincianismo.
Y así ha convencido a los franceses de que hay que elegir entre la Europa de Merkel y el rigor presupuestario que solamente beneficia a Alemania y por los pelos y la salvación nacional a despecho de todo y de todos -incluido el inglés, por supuesto-.
Es la Europa actual o Francia. Es el sálvese quien pueda en lugar del esto solo lo arreglamos entre todos.
Y Hollande no es un caso único. El gobierno Holandés cae por idéntico motivo. Por optar entre la Europa merkeliana y su nación, el gobierno español se ahoga en sus propias soluciones por no saber mirar más allá de sus números y elegir la Europa que ahora se ha diseñado en lugar de la nación. Ese es nuestro complejo siempre queremos ser más papistas que el papa, más católicos que Roma, más musulmanes que Damasco, más europeos que Europa.
Y unos y otros crean la falsa dicotomía entre Europa y la nación cuando debería caerse por su peso que si 600 millones de europeos no pueden con el aparato industrial de bajo coste de China, con el movimiento comercial de Brasil o con la irrupción de India o de Rusia, mucho menos van a poder frenarlo los 50 millones de Españoles, los 65 millones de franceses o los 82 millones de alemanes.
No se trata de elegir entre Europa y mis provincianos recursos, deseos y motivaciones. Se trata de elegir entre la Europa del euro fuerte y la contención del déficit u otra Europa. No se trata de abandonar, se trata de evolucionar. No se trata de dar por perdido el campo de batalla y hacernos fuentes en nuestros reductos para soportar las acometidas y los asedios, se trata de modificar el frente de batalla para cubrir todos los flancos.
Se trata simplemente de cambiar Europa. No de renunciar a ella.
Y si tiene que hacerse el euro una moneda más flexible pues se hace -aunque pierda Alemania- y si se trata de endurecer la política comercial para evitar el Dumping, pues se hace, aunque tengan que perder los países periféricos, y si se trata de abolir el undécimo mandamiento del credo merkeliano del 3 por ciento de déficit pues su procede a su abolición y se sigue avanzando.
Hollande es la muestra de lo que ya ha hecho Monti, de lo que está haciendo Rajoy, de lo que practican los políticos por mor de los votos que siempre les concede la mirada provinciana de su suelo como lo importante, como lo preferencial, como lo único importante.
Nadie se atreve a decir que no podemos salvarnos solos, que ya no tenemos impulso nacional, ni poderío económico nativo como para enfrentarnos a los cambios que el mundo está haciendo sin tenernos en cuenta. Nadie es capaz de superar el provincianismo global que nos aqueja.
Y la respuesta es tan simple que parece imposible que seamos incapaces de observarla a través de la venda de orgullo e indignación provinciana que nos hemos puesto ante los ojos para echarles la culpa de nuestro fracaso y nuestra situación a otros que no somos nosotros.
¿Cuál es la diferencia esencial entre China, Estados Unidos, Brasil, India, Rusia y cualquier economía emergente que se nos pueda venir a la cabeza y nosotros?
Lo sabemos pero no queremos decirlo en alto porque eso no da votos. Porque Hollande no hubiera ganado un solo sufragio si lo hubiera dicho cuando lo franceses lo único que ven a su alrededor es Francia,; porque Rajoy no hubiera obtenido ni siquiera un puñado de sufragios si lo hubiera dicho cuando los españoles lo único que percibimos es España.
La única diferencia entre todos esos y nosotros es que ellos ya funcionan como un todo, ya son uno. Ya tienen un solo gobierno.
No una moneda única, no una economía conjunta, no una política de defensa común sino un solo gobierno.
Nosotros podemos seguir pensando que podemos salvarnos por nuestra cuenta, que podemos hacerlo solos, resistir el tirón y no hacer el cambio global que precisamos para aclimatarnos a lo que ya es el mundo. Podemos vivir en el sueño de que aún podemos modificar el mundo a nuestro antojo como cuando fuimos grandes y poderosos. Podemos seguir buscando los arcanos que nos trasmuten la piedra en oro o que nos abran para siempre la cornucopia de la abundancia. Podemos seguir mirándonos nuestros provincianos ombligos pero eso ya no es la solución.
Porque solamente una Europa unida en el gobierno podrá hacer frente al tiempo que se viene encima. Solamente los mercados de deuda se pararan si la deuda emitida es de Europa y lo que pase en una región -que ahora es un país- se equilibre con lo que acontezca en otra. Si la bonanza de Alemania equilibre la mala situación de Grecia y en el siguiente ciclo el crecimiento de Bélgica o de Portugal equilibre el estancamiento de Alemania u Holanda, si el desequilibrio industrial de Francia se compensa con el sector industrial estable hasta el exceso del Reino Unido.
Y eso solamente puede pasar si somos uno. Pero uno, de verdad.
Pero Hollande no ha ganado por eso. Ha ganado porque nos ha revertido al concepto del sálvese quien puede, de Francia contra el mundo. Porque ha transformado a los franceses de nuevo en súbditos de la flor de Lis y su honor en lugar de en ciudadanos de la ideología universal y universalista que les dio su revolución.
Hollande es la prueba de que somos latinos en el sentido estricto de la palabra. Descendemos del lacio y del antiguo imperio y repetimos sus mismos errores. Cuando ya estamos unidos, cuando nuestra forma de unión nos saca los errores y nos pone en modo decadente, no optamos por fortalecer esa unión anta aquellos que ya llegan unidos hasta nuestras fronteras. Intentamos dividirlos, intentamos comprarlos y cuando eso nos falla nos dividimos una y mil veces en la convicción de que como tenemos menos territorio que defender no será más fácil la defensa.
Pero perdemos recursos, dividimos las legiones, las hacemos caminar “magnis itineribus” de un lugar a otro mientras el enemigo -que no lo es, salvo porque nosotros le hemos convertido en enemigo- avanza en bloque tomando una por una cada una de esas provincias que ya no tienen recursos ni fuerza para enfrentarles.
Perdemos el imperio por no querer cambiarlo.
Si Europa no nos sirve menos han de servimos Francia, Italia, España o Alemania. Si Europa no nos sirve tenemos que avanzar a despecho de nuestra propia provincia, sea esta cual sea, hacernos uno solo y dejar las banderas para la Eurocopa y la Champions.
Hollande, Sarkozy, Rajoy, Rubalcaba, Merkel o cualquiera de los políticos europeos nunca lo dirán porque ellos perderían los ámbitos en los que pueden ejercer el poder y el gobierno que son la razón de sus vidas.
Y nosotros, los europeos, podemos fingir que eso no es necesario o que es imposible. Al mundo le da igual. Los otros ya lo han hecho.

domingo, abril 22, 2012

Cato o el llanto tardío por nuestra propia muerte


La casualidad y la percepción son aliadas extemporáneas que a veces se dan la mano para ofrecernos algo que no esperamos, que no creíamos posible encontrar haya donde al final terminamos hallándolo.
Y todo esto viene al caso por Cato.
Que ¿quién es Cato? No sé, últimamente me pasa que encuentro personajes mediocres en películas de igual rango -unas más que otras- que me dicen cosas cuyos guiones y actuaciones no parecen previstas para que relaten eso que yo les veo, les oigo y las percibo decir.
Y Cato es uno de esos personajes de una de esas películas. 
Más allá del título del film en cuestión -Los Juegos del Hambre- que nos anticipa algo cada vez más ciencia y menos ficción, más allá de la épica romántica que destila y de otro par de cosas que llaman la atención como que la protagonista se vea obligada a luchar en una lucha que no quiere con alguien que tan solo le ha dado las migajas que le sobran, por negarse a afrontar otra lucha igual de dura pero mucho más liberadora con alguien que de verdad quiere arriesgarse con ella, más allá de que sirve para sacarnos las vergüenzas exageradas de lo que hacemos en la televisión y esperamos de ella.
Más allá de todo eso está Cato.
Cato ni siquiera es un personaje secundario. Es casi un extra con frase. Un personaje de esos cuya presencia es necesaria para ensalzar a aquellos que son héroes o antihéroes, pero que no es más que relleno.
Pero, si nos paramos a mirarlo, si nos concentramos en él, es el único que tiene sentido, es el único que es real. Es el único que es como nosotros.
Se supone que el muchachito lleva toda su vida preparándose para ser un capullo profesional, para estar en lo más alto de la cadena alimenticia, para matar a todo el que se le pone por delante y demostrar así que es el mejor. Porque los juegos del hambre van fundamentalmente de eso. De honor, manipulación y cargarse a todos tus rivales.
El tipo se presenta voluntario para los juegos, se ofrece en cuerpo y alma a la función que su sociedad tiene preparada para él. Sabe todo lo que hay que saber sobre los dichosos juegos pero le da igual.
Sabe que sirven solamente como herramienta de manipulación pero lo ignora, sabe que debería hacer otra cosa, que debería empezar otra lucha pero obvia dicho conocimiento. Sabe que la fama en los juegos no solucionará su vida, sabe que la miel del vencedor no le endulzará el paladar, sabe que ese juego en el que participa para huir de la vida que en realidad le hubiera tocado vivir no podrá sustituir a su existencia pero decide pasar por eso todo eso.
Cato es como nosotros. Sabemos que las constantes y decoradas elusiones de nuestra existencia no nos conducen a la vida, sabemos que no servirá decorar la nada que nos rodea o poblarla de sombras y destellos fugaces. Sabemos que sigue siendo nada aunque podamos escondernos ese hecho entre las cosas que hacemos para olvidarlo. Pero lo ignoramos y nos entregamos a ese esfuerzo que muchas veces nos resta más recursos y fuerzas que aquello que queremos evitar.
Y encima nos presentamos voluntarios. Sin que nadie nos obligue e incluso negando y desoyendo las voces de aquellos que intentan explicárnoslo. Aunque puedan estar equivocados.
Pero todo eso lo sabemos de Cato por lo que dicen otros en dos frases bien colocadas de guión. Cato con toda su fortaleza, su arrogancia y su prestancia apenas dice nada coherente hasta que llega su momento. Hasta que llega nuestro momento.
Como en toda construcción épica que se precie los que luchan por la vida, la vida real, tienen todas las de perder pero acaban ganando. Eso es algo que no cambia desde Teseo -un mito en el que por cierto parece estar basada la historia- y que una literata del montón y un director de bulto no iban a ponerse a modificar.
Y es en ese final apoteósico -con apertura sutil hacia una segunda parte, por supuesto- cuando Cato tiene su frase.
Enfrentado a los pobres y trágicos ganadores del juego -los trágicos amantes, suena épico, ¿verdad?- cuando su intervención se me vuelve memorable.
Ensangrentado y lloroso el jovenzuelo que da vida al personaje -que desde luego no es del Actor Studio ni nada que se le parezca- reta a la protagonista que con su arco plateado le apunta con su belleza adolescente crispada e infinita.
- Mátame y ganarás. Si me disparas moriré y tú habrás ganado. Da igual, yo ya estaba muerto. Entonces no lo sabía pero ya estaba muerto.
Y entre los cuajarones de sangre y sal Cato olvida que nadie le obligó a tomar esa elección, pretende hacer caer sobre la existencia de los otros su desdicha, ignora que el decidió negar la vida por el artificio de esa supervivencia.
Deja de recordar que se presentó voluntario a un juego en el que los otros, los que le descubren su condición de cadáver ambulante, son participantes forzosos.
Como hacemos nosotros.
Y a la señora de la fila de abajo el chaval le da pena, y a las jovencitas que juegan con su móvil en modo silencioso Cato les despierta la lástima, y a la pareja de la fila de arriba el chico al final le da pena.
A todos nos da pena porque Cato ha descubierto algo que ninguno queremos descubrir.
Ahora Cato sabe que aquello que usaba para huir de su vida, que aquello que eligió para ocultar sus problemas, para negar sus realidades, para escapar de su existencia, es lo que le ha matado.
Y no le mata porque una belleza morena adolescente arco en mano le clave una saeta entre las cejas. Le mató al elegirlo. Aunque hubiera vencido, aunque hubiera ganado los tristes y apocalípticos Juegos del Hambre ya estaba muerto y hubiera seguido estando muerto.
Y eso da mucha pena. Nos la da a nosotros que ni siquiera podemos hacer ese último esfuerzo de reconocimiento del error que hace Cato entre sangres y llantos.
Nos da mucha lástima porque él no ha tenido el privilegio que ansiamos tener nosotros de morir sin darnos cuenta nunca de que por nuestras elusiones, nuestros miedos y nuestras renuncias hace años o siglos que ya estábamos muertos.
Pero, como Cato es grande no por ser diferente sino por ser exactamente igual que somos en nuestra lucha entre la vida y la supervivencia, hace lo que hacemos nosotros.
Podía haber soltado a su rehén - tiene un rehén, pero es irrelevante-, podía haberse unido a los héroes forzados y forzosos para intentar hacer temblar los cimientos del sistema en el que se había intentado subsumir, podía simplemente dejarlo todo e intentar hacer las cosas de otra forma. Podía haber intentado resucitar, volver a la vida.
Pero no lo hace y no deja a los otros -remedo heroico de lo que nunca seremos- más opción que ignorarle, que alejarse de él, que enfrentarse a él no por odio o rencor sino porque ellos sí han decidido salirse – de hecho nunca decidieron entrar- de ese juego, ganen lo que ganen y pierdan lo que pierdan, ya no aceptan las reglas, ya no pueden seguirlas porque ellos están vivos.
Y solamente pueden apartar la mirada mientras Cato, un personaje efímero y menor, nos demuestra nuestro error. Mientras es devorado por las fieras que crearon para otros aquellos que, como él, se esconden en el juego, en la luz y el espectáculo para acallar la vida y la realidad. Solamente pueden apartar la mirada y evitarle el dolor.
Cato nos da pena porque reconoce lo que nosotros no estamos dispuestos a reconocer cuando decidimos no afrontar nuestra vida y nuestra realidad y sustituirla por unos juegos del hambre que nos dejan sin saciar en todos los aspectos que intentemos.
Por eso nos da pena. Pero solamente hace lo que nosotros hemos decidido hacer voluntariamente cada día, ocultarnos, mentirnos, taparnos los dolores, morir y cuando alguien nos arroja a esa realidad, nos la saca a la luz, nos hace patente y palpable que ya estamos muertos, como Cato, no sabemos, no queremos o hemos perdido la capacidad de lanzarnos y arriesgarnos de nuevo a la existencia, preferimos seguir estando muertos.
Y eso ya no da pena. Da miedo, mucho miedo.

El grito del Nobel (como en todo, el silencio es la respuesta de aquellos que no pueden responder)

Resulta absurdo pero no sorprendente: le dan el Premio Nobel de Economía hace cuatro años y ahora no quieren escucharle.
Este es un comportamiento tan tipicamente occidental que no sorprende: esto es lo que defiende, dice y expone un Premio Nobel de Economía sobre la crisis. Se puede ignorar, pero eso no lo va a hacer menos cierto.
"La semana pasada, The New York Times informaba de un fenómeno que parece extenderse cada vez más en Europa: los suicidios “por la crisis económica” de gente que se quita la vida desesperada por el desempleo y las quiebras de las empresas. Era una historia desgarradora, pero estoy seguro de que yo no era el único lector, especialmente entre los economistas, que se preguntaba si la historia principal no será tanto la de las personas como la de la aparente determinación de los líderes europeos de cometer un suicidio económico para el continente en su conjunto.
Hace solo unos meses albergaba algo de esperanza respecto a Europa. Es posible que recuerden que a finales del pasado otoño Europa parecía estar al borde de la crisis financiera, pero el Banco Central Europeo, homólogo europeo de la Reserva Federal estadounidense, acudió al rescate. Ofreció a los bancos europeos unas líneas de crédito indefinidas siempre que presentaran bonos de los Gobiernos europeos como garantía, lo que ayudó directamente a los bancos e indirectamente a los Gobiernos, y puso fin al pánico.
La cuestión por aquel entonces era saber si esta acción valiente y eficaz sería el inicio de un replanteamiento más amplio, y si los líderes europeos usarían el oxígeno que el banco había insuflado para reconsiderar las políticas que llevaron las cosas a un punto crítico en primer lugar.
Pero no lo hicieron. En vez de eso, persistieron en sus políticas y en sus ideas que no dieron resultados. Y cada vez resulta más difícil creer que algo les hará rectificar el rumbo.

Piensen en la situación en España, que actualmente es el epicentro de la crisis. Ya no se puede hablar de recesión; España se encuentra en una depresión en toda regla, con una tasa de desempleo total del 23,6%, comparable a la de EE UU en el peor momento de la Gran Depresión, y con una tasa de paro juvenil de más del 50%. Esto no puede seguir así, y el hecho de haber caído en la cuenta de ello es lo que está incrementando cada vez más los costes de financiación españoles.
En cierta forma, no importa realmente cómo ha llegado España a este punto, pero por si sirve de algo, la historia española no se parece en nada a las historias moralistas tan populares entre las autoridades europeas, especialmente en Alemania. España no era derrochadora desde un punto de vista fiscal; en los albores de la crisis tenía una deuda baja y superávit presupuestario. Desgraciadamente, también tenía una enorme burbuja inmobiliaria, que fue posible en gran medida gracias a los grandes préstamos de los bancos alemanes a sus homólogos españoles. Cuando la burbuja estalló, la economía española fue abandonada a su suerte. Los problemas fiscales españoles son una consecuencia de su depresión, no su causa.
Sin embargo, la receta que procede de Berlín y de Fráncfort es, lo han adivinado, una austeridad fiscal aún mayor.
Esto es, hablando sin rodeos, descabellado. Europa ha tenido varios años de experiencia con programas de austeridad rigurosos, y los resultados son exactamente lo que los estudiantes de historia les dirían que pasaría: semejantes programas sumen a las economías deprimidas en una depresión aún más profunda. Y como los inversores miran el estado de la economía de un país a la hora de valorar su capacidad de pagar la deuda, los programas de austeridad ni siquiera han funcionado como forma de reducir los costes de financiación.

¿Cuál es la alternativa? Bien, en la década de 1930 —una época cuyos detalles la Europa moderna está empezando a reproducir de forma cada vez más fiel— el requisito fundamental para la recuperación fue una salida del patrón oro. La medida equivalente ahora sería una salida del euro, y el restablecimiento de las monedas nacionales. Pueden decir que esto es inconcebible, y que sin duda alguna sería enormemente perjudicial tanto económica como políticamente. Pero lo que es realmente inconcebible es mantener el rumbo actual e imponer una austeridad cada vez más rigurosa a países que ya están sufriendo un desempleo de la época de la Depresión.
Por eso, si los líderes europeos quisieran realmente salvar al euro estarían buscando un rumbo alternativo. Y la forma de dicha alternativa es en realidad bastante clara. Europa necesita más políticas monetarias expansionistas, en forma de buena disposición —una buena disposición anunciada— por parte del Banco Central Europeo para aceptar una inflación algo más elevada; necesita más políticas fiscales expansionistas, en forma de presupuestos en Alemania que contrarresten la austeridad en España y en otros países en apuros de la periferia europea, en vez de reforzarla. Incluso con esas políticas, los países periféricos se enfrentarían a años de tiempos difíciles, pero al menos existiría alguna esperanza de recuperación.
Sin embargo, lo que estamos viendo en realidad es una falta de flexibilidad absoluta. En marzo, los líderes europeos firmaron un pacto fiscal que establece de hecho la austeridad fiscal como respuesta ante todos y cada uno de los problemas. Mientras tanto, los principales directivos del banco central insisten en recalcar la voluntad del banco de aumentar los tipos a la más mínima señal de una inflación más elevada.
Por eso resulta difícil evitar una sensación de desesperación. En vez de admitir que han estado equivocados, los líderes europeos parecen decididos a tirar su economía —y su sociedad— por un precipicio. Y el mundo entero pagará por ello"
Paul Krugman, premio Nobel de Economía 2008, es catedrático de la Universidad de Princeton.

viernes, abril 20, 2012

El riesgo feudal escondido en los recortes

Cuando las situaciones se suceden en cascada, de forma casi torrencial, corremos el riesgo de percibirlas como un todo en su conjunto y pasar por encima de las peculiaridades de cada una de ellas en particular.
Eso es lo que nos está pasando con esto de los llamados ajustes, que son recortes y al final se convertirán en nudos sobre nuestra garganta económica y social que nos impedirán respirar correctamente.
Y los últimos anunciados, los que afectan a la Sanidad y a la Educación han llegado tan completos, tan tumultuosos que se analizan como un todo, como un conjunto indivisible y homogéneo. Pero no son uno, son muchos y no todos son lo mismo, significan lo mismo ni pueden ser tratados de igual forma.
Digamos por un momento que la contención en el gasto público es la salida para esta crisis de empleo, recursos e identidad económica que sufre Europa en particular y el Occidente Atlántico en general. Sabemos que no es así, pero finjamos por un momento que lo creemos.
Puede entonces que sea necesario y justificado que los pensionistas paguen un 10 por ciento de los medicamentos, que los medicamentos se financien por un copago exiguo e insuficiente que supondrá una ínfima recaudación de 165 millones de euros anuales; puede que sea necesario ahorrar 600 millones de euros en hospitalizaciones.
Y con la educación pasa tres cuartas de lo mismo.
Puede que, si nos creemos que el objetivo del déficit público es el camino que hay que seguir para solucionar todos los males que la apertura de la caja de pandora de la especulación financiera y bancaria ha soltado en nuestra economía, sea entonces necesario el aumento de horas docentes, el incremento de alumnos por aula o los recortes económicos para actividades extraescolares.
Pero entre todo eso, que sería creíble y aceptable si de verdad el retorno al liberalismo ultramontano que predica Merkel -ya sin ni siquiera apoyo de los sacrosantos mercados- y nuestro gobierno acepta como buen pagano recientemente evangelizado, hay cambios, hay mutaciones, hay recortes que no pueden ni siquiera pasar el tamiz del liberalismo, de la estrategia económica.
Hay cosas que ni siquiera la más profunda necesidad puede hacer justificables.
Porque el copago de los medicamentos por niveles de renta trae de la mano una de las discriminaciones más dolorosas y crueles que se pueden concebir.
Es más que posible que evite las prescripciones innecesarias para quitarse de encima a los ancianos que han convertido en un deporte colectivo acudir al ambulatorio, es probable que aligere la presión de los enfermos por curarse un catarro en dos horas en lugar de en dos días, es cierto que hará que, si se instaura además la siempre demorada central de compras de medicamentos, imponga algo de cordura y responsabilidad en el sistema sanitario, algo de lo que solamente tiramos en este país y en esta civilización si nos tocan el bolsillo.
Puede que además permite que gracias al cruce de datos entre Hacienda y las sanidades autonómicas permitan aflorar fraudes -grandes o pequeños- que restan ingresos a unos o a otros.
Pero penaliza a los enfermos, a los de verdad. Cuanto más tiempo estás enfermo más dinero tienes que gastarte.
Y eso es algo que no se puede permitir. Porque con rentas cada vez más bajas, con salarios cada vez más pírricos, una enfermedad puede llegar a no ser curada porque no haya dinero para pagar las medicinas de uno y la comida de todos los demás.
Porque, aunque suene muy trágico, hace posible morir de enfermedad porque se está muriendo de pobreza. Puede que nunca llegue a ocurrir, pero un descuido, una demora burocrática, una conjunción de factores adversos -como dicen los políticos- pueden ocasionarlo. Porque, con esa fórmula, que ocurra eso es posible.
Y los recortes educativos también esconden uno que es injusto se interpreten las medidas como se interpreten. El aumento de las tasas universitarias.
Si un repetidor tiene que pagar 6.000 euros por seguir en la universidad es hasta una medida justa. Si quiere anteponer la percepción que tiene de sus capacidades intelectuales a la realidad de sus calificaciones, tendrá que costearse su incapacidad para colocar su autoestima en su punto real.
E incluso yo diría que ni eso. Has tenido tres convocatorias para poder aprobar y no lo has hecho. Como diría el castizo: a la tercera va la vencida, para bien o para mal.
Pero claro si no se le deja repetir y se ocupa su plaza con alguien que si tiene las condiciones intelectivas, de esfuerzo y voluntad para aprovechar esos estudios no se recaudaría. Y ahora de lo que se trata es de recaudar.
Pero aumentarlas en general para que de los ya 1.000 euros que se paga al año se pase a pagar casi 1.500 puede dejar a muchos sin posibilidades de estudiar una carrera simplemente porque sus familias no pueden pagarlo porque también tienen que alimentar a otros hijos y cubrir otros gastos y las becas universitarias se han reducido en 600 millones de euros.
Podemos negarnos a nosotros mismos demasiadas mentes y demasiados esfuerzos que nos serían necesarios. Podemos romper la justicia que existe en el simple axioma de que hay que facilitar el estudio a los que pueden aprovecharlos. En que debe estudiar el que vale no el que puede pagarlo.
Es de esperar que los desarrollos de esos recortes o de esas aumentos de tasas o pagos tengan en cuenta esas posibilidades que se abren porque, tal y como estamos, no podemos permitirnos el lujo de perder cerebros y mucho menos vidas para que nos cuadren las cuentas.
Si esa posibilidad no se evita lo único que se conseguirá intentando cuadrar el déficit es volver a la situación en que ni nuestro futuro ni siquiera nuestra vida dependa de nosotros mismos, solamente lo haga de la clase social o el entorno económico -llámese como se quiera- en la que hemos nacido en estos turbios tiempos.
Lo único que conseguiremos es volver al feudalismo.

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