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martes, enero 16, 2018

Autocritica o cerrar el mercado ideológico y volver a las puertas de Jerusalem

No sé si es que ocurre más veces o es que últimamente yo le presto más atención. Pero da la impresión de que entre todas esas "autos" (autoayuda, autoafirmación, autoestima) a las que nos subimos como sociedad y como individuos hace una generación larga se nos olvidó una, quizás la más importante, quizás a la única que hubieramos tenido que subirnos: la autocrítica.
Todos los días, en todos los medios y por cualquier asunto, ocurre lo mismo. Alguien, institución o persona, presenta una crítica más o menos razonada a una creencia o una ideología o un medio expone una noticia que afecta a un colectivo y la reacción no se hace esperar.
Nadie se para a pensar. Se entra en el foro de la noticia, se tuitea en el hashtag de turno, se responde al post de inmediato, desacreditando, buscando defectos, echando cosas en cara o simplemente insultando, acusando a los demás de decir las cosas por odio o por ideología.
Así, se publica una noticia sobre un individuo que convirtió la vida de su familia en un infierno de maltrato y miedo a raiz de su fanatismo religioso y automáticamente los crisitianos se sienten ofendidos y atacados; Katherine Millet, Katherine Deneuve o Peggy Sastre, feministas de pro durante cinco décadas, o Elizabeth Atwood, que fuera falsa musa del postfeminismo en los últimos dos años gracias a la libre interpretación que el feminismo hizo de su obra el Cuento de la Criada (en el que las ricas utilizan a las pobres para tener hijos porque ellas no pueden), critican a #Metoo y las redes se incendian con acusaciones de machismo y de traición.
Y así con todo y en todo orden de cosas. Se critica una actitud machista en un ámbito y se responde con el recuerdo de los hombres maltratados, de las denuncias falsas o de las mujeres asesinas; se critica la manipulación de la historia por parte del Gobierno español y se responde con un "indepe"; se pone en tela de juicio la legitimidad de la Generalitat para convocar un referendum unilateral y se grita "franquista".
A las críticas a Podemos sobre su vinculación ideológica con el régimen chavista se responde con un "facha", a las críticas sobre la política económica y la corrupción de nuestro gobierno con un "podemita".
Nos alteramos, nos ofendemos, reaccionamos. Tiramos del "¡Y tú...!" en lugar del "¿Y si...?".
Autocrítica, autocrítica, autocrítica.
Hemos decidido no pararnos a pensar si podemos estar equivocados, a mirarnos por dentro y cuestionarnos si nuestra creencia, nuestra ideología o nuestra forma de actuar puede ser merecedora, aunque sea en parte, de esa crítica, venga de quien venga.
Nos parapetamos a salvo tras los lemas propios que sabemos ciertos y difícilmente cuestionables para no hacer el más mínimo ejercicio de autocrítica. "Dios es amor", "el feminismo busca la igualdad", "el referendum unilateral es ilegal", "ser hombre no es sinónimo de ser machista", "Podemos defiende la democracia", "Catalunya tiene derecho a decidir", "el liberal capitalismo genera riqueza"... Y así en un sinfín de verdades completas que se convierten en mentiras a medias porque no nos preguntamos.
¿Y si aquellos que nos critican tienen razón? ¿Y si aunque sean ateos, machistas, podemitas, peperos, españolistas, feministas, fachas, indepes o cristianos, tienen toda la puta razón del mundo en su crítica?
Y no lo hacemos porque sabemos la respuesta en muchos casos. Y eso nos supondría responsabilizarnos, implicarnos, actuar y pensar en contra nuestra y de nuestra propia ideología.
Significaría exigir al Vaticano que revise su visión de que el Levítico o las Cartas de San Pablo, que incluyen algunos de los pasajes más machistas, injustos, esclavistas y arcaicos jamás escritos, son palabra de dios; significaría volverse a las líderes ocultas de nuestro movimiento y decirles que iniciar y potenciar una delación pública y masiva sin pruebas, sin denuncias judiciales y exigir a todo el mundo creer sin más esas delaciones es lo más parecido a la Ley del juez Lynch, la caza de brujas o bordar en el pecho de una mujer la letra escarlata de su adulterio susurrando en las puestas de largo y los salones de té.
Significaria tener que volverse a nuestros ideólogos y decirles que es absurdo defender una relación ideológica con un régimen que mantiene a su población en el hambre y la miseria; o decirles a nuestros ministros que generar riqueza no es lo mismo que repartila o que el liberal capitalismo puro lleva implícito el marchamo de la corrupción si no se regulan los mercados.
Nos supondría tener que decirle a nuestros líderes que no se puede ser "social" y sacralizar los beneficios de los bancos; que no es necesario manipular la historia para reclamar una independencia o que no se puede negar el derecho a decidir de quien quiere hacerlo alegando la Constitución y una falsa historia de unidad. 
Decirle a nuestro amigo que no puede insistir eternamente a una mujer intentando convencerla de que le quiera o a nuestra amiga que no puede criminalizar a un hombre por intentar besarla una sola vez.
Y supondría sobre todo quedarnos sin referentes, tener que plantearnos uno a uno los principios de la ideología que decimos o creemos tener. Dejar de vivir la vida en sloganes y tuits y tener que esforzarnos por entender textos densos y largos que explican todos los puntos y principios de cada ideología.
Significaría pensar y razonar aceptando la posibilidad de que estamos al menos parcialmente equivocados, de que hemos entendido mal algo o de que no hemos profundizado lo suficiente en esa ideología y tomar de cada una de ellas lo que consideramos justo, lo que, después de pensarlo, consideramos que se atiene a la razón y la lógica. No lo que nos dicen en los mítines, las campañas o los hashtags.
Significaría volver a las puertas de Jerusalem, hace casi un milenio, cuando el eclecticismo filosófico formado por judíos, crisitianos y musulmanes, estuvo a punto de evitar el baño de sangre que supusieron seis cruzadas seguidas. Y donde fracasó porque la mayoría no estaba dispuesta a cuestionar a ninguno de sus dioses y sus jerarquías, fuentes entonces de toda ideología.
Porque comprar una ideología resumida a adherirte a ella sin autocrítica alguna es siempre más sencillo que construirla por tu cuenta pensando en contra propia.

viernes, junio 16, 2017

Grenfell en llamas, Rania y la tristeza ante el absurdo

Veinticuatro plantas ardiendo, cientos, quizás miles de personas, atrapadas entre el fuego y la muerte en el edificio Grenfell de Londres y un solo sentimiento. Tristeza
No por las 17 personas muertas, que también por supuesto, no por los dramas sufridos y muertos esa noche de llamas, que, desde luego, también.
 Pero esa es tristeza normal, quizás distante y poco vívida, dada la lejanía del suceso. La otra tristeza es abrumadora, casi desesperada por impotente ante el absurdo. Una mujer atrapada entre el humo y las llamas en el piso 23, intentando encontrar una salvación, una forma de resistir... y lo graba y transmite en Facebook Live.
Y ante eso solamente me asalta esa tristeza vacía que genera la incomprensión, que produce el no poder descubrir esa esencia de la ciencia de la vida que se llama por qué; que se traduce en la amarga pregunta que hiciera famosa el Rey de Rohan en la inacabable película: ¿Cómo hemos llegado a esto?
Tristeza por no saber qué hace que una mujer desperdicie energías y tiempo en una retransmisión inútil de su propia agonía, de su miedo, de su desesperación. Qué le hace pensar o sentir que aporta algo a su existencia en riesgo mantener el móvil con pulso firme para que un mundo lejano, irrelevante en ese momento y, sobre todo, indiferente e incapaz de ayudarle vea todo en directo.
¿Es Rania, la autora del vídeo, una mala persona? Desde luego que no. Lo demuestra, se arriesga, abre la puerta, ofrece ayuda y auxilio a sus vecinos mientras lo graba todo. Entonces ¿por qué?
Sus amigos de Facebook, la mayoría egipcios como ella, están a kilómetros y kilómetros de distancia, incluso aunque estuvieran en el edificio de al lado no pueden ayudarla, no pueden ascender una veintena larga de plantas entre llamas y humo. Entonces ¿por qué?
Y es la respuesta lo que hace que llegue la tristeza.
Rania está enferma. Enferma con una plaga que afecta a miles de millones de personas. Una plaga que nos hace confundir el mundo real con esa suerte de remedo virtual llamado Redes Sociales; infectada por un virus de desconexión personal e hiperconexión virtual que hace que se considere necesario, sino imprescindible, que el mundo conozca todos y cada uno de nuestros momentos, que los perfiles a los que identificamos como amigos sepan de nosotros en todo momento, en toda circunstancia.
Una enfermedad que afecta desde lo afectivo hasta lo trágico, desde lo profesional hasta lo lúdico, y que hace que una mujer en peligro pierda seis minutos en una retransmisión inútil antes de hacer el primer esfuerzo por acercarse al mundo real y pedir ayuda. 
Un mal que hace que hoy pululen docenas de vídeos de personas descolgándose por los muros de Grenfell con sábanas, de  gente agitando trapos pidiendo ayuda, de víctimas gritando.
Docenas de personas que, desde los edificios aledaños observan tras su móvil grabador de la desdicha ajena, como lo hicieran días antes en el Puente de Londres y antes, cada día, en otros tantos espacios y lugares. Y lo hacen como un acto reflejo, norma,. lógico, cuando en realidad es algo ilógico, absurdo, casi perverso.
Y aún queda lo peor. La tristeza se convertirá en rabia cuando el vídeo de Rania, de su confusión entre el mundo real e imaginario de las redes Sociales, se haga viral. Cuando millones se pongan ante sus pantallas a observar el sufrimiento y la angustia de alguien a quién ni siquiera conocen ni, desgraciadamente, tienen ya muchas posibilidades de llegar a conocer.
Y los hay que dirán que desde que se inventó el celuloide estas cosas ocurren, que la tragedia humana ha sido grabada desde que hubo la posibilidad técnica de hacerlo y que ahora solamente se han masificado por el acceso generalizado a la tecnología. Pero se equivocan de medio a medio.
Hasta ahora el sufrimiento humano se grababa con un fin, desde el más avieso al más altruista. Los torturadores lo grababan para mejorar su técnica, los policías para poder usarlo como prueba, lo periodistas para informar, los secuestradores para asustar, los cineastas para concienciar, los gobiernos para hacer propaganda... Podían ser buenos o malos motivos, perversos o beatíficos, equivocados o correctos, pero eran motivos. 
Ahora en la mayoría de los casos solamente se hace para aislarse de la realidad, para situarte al margen, para poder sentirte como Gulliver, el mítico viajero de Jonathan Swift, al final de su juicio y poder decir al mundo "Yo he estado allí" en la esperanza casi siempre inconsciente de que eso aumente el numero de visitas a tus redes Sociales.
En resumen, tristeza. Rabia y tristeza que se hacen exponenciales al recordar a Ignacio Echeverría. 
Tantos, hasta los propios implicados, que se alejan con la fría neutralidad del que graba el sufrimiento humano y uno solo que hace o al menos intenta hacer algo para evitarlo. Una proporción de millones a uno que hace casi imposible la solución o el cambio
¿Cómo hemos llegado a esto? 
Y la pregunta es retórica en grado sumo porque todos sabemos la respuesta.

domingo, mayo 07, 2017

La visceral incoherencia sobre el útero gestante

Para empezar dos matices. 
Que digo yo que no es precisamente la fecha más acorde para esto el Día de La Madre (aunque quizás algún marketiniano piense lo contrario) y que yo tampoco tengo muy clara la bondad o la maldad de esto que se ha dado en llamar gestación subrogada.
Pero más allá de ese debate, acertado y aceptable, la campaña realizada ayer y hoy en las redes sociales por ese feminismo patrio, que no es el de todos, que no es el único feminismo, pero es el que más se ve y se hace oír, me llama la atención por sus lemas y sus motivos y sobre todo porque cada uno de ellos encierra un síntoma de unos esquemas de pensamiento que van desde la incoherencia al egoísmo social, pasando por la absoluta ignorancia y la incapacidad de proyectar sus argumentos más allá de sus necesidades ideológicas.
Empieza diciendo que la gestación subrogada "no es una técnica". Y mantienen que no lo es porque los seres humanos -no se si todos o solamente las mujeres- "no somos máquinas".
¿En serio? 
La cirugía láser es una técnica, la fecundación in vitro es una técnica, el balón gástrico, el trasplante de órganos... todas ellas son técnicas y todas ellas se llevan a cabo en el cuerpo humano ¿Tan inculto es el feminismo radical que equipara técnica a máquina cuando no tiene ningún sentido hacerlo?, ¿o simplemente intenta manipular a aquellas a las que se dirige utilizando adrede un "falso amigo", una asociación inconsciente de ideas, para justificar su posición?
Cualquiera de los dos casos es grave, pero si es el segundo es simplemente una muestra del perfil ideológico de aquellas que exponen el mensaje. Cualquiera que recurre al engaño y la manipulación para defender algo se define a sí mismo.
Luego dicen que atenta contra sus derechos y libertades.
Eso estaría bien si se tratase de un plan orweliano por el que fuera obligatorio convertirse en vientre de alquiler. Pero si la elección es libre ¿Qué libertad se ve afectada?, ¿Qué derecho se ve conculcado?
Ese que tanto utilizan de elegir sobre su propio cuerpo -que desde luego existe, aunque no es el único del mundo, como en ocasiones parece- no se ve afectado. Una mujer decide que quiere ser vientre de alquiler y ha decidido sobre su propio cuerpo. No hay derecho ni libertad en riesgo. Más diría yo que se pone en riesgo si quiere hacerlo y no se le deja.
De nuevo se dice defender la libertad exigiendo que se prohíba hacer a las mujeres aquello que al feminismo radical español no le gusta que hagan. 
No es la primera vez ni será la última. Sin ir más lejos esta semana se ha exigido que se prohíba que haya azafatas en el Gran Premio de Jerez porque ellas consideran "indigno" ese papel. No porque las Padock Girls lo pidan, solo porque su ideología cada vez más radicalizada e intolerante con las mujeres que no piensan como ellas, no puede tolerar que haya mujeres que decidan hacer un trabajo basado en su físico y su imagen. Más de lo mismo.
Pero, por supuesto, ellas defienden que esa libertad no existe porque las mujeres deciden y cito "alienadas por el hombre social y el patriarcado hetero normativo".
Ellas son las únicas que han escapado de esa alienación, el resto de las mujeres son pobres incultas, que bordean la estupidez y que deben ser conducidas por ellas hacia la verdadera expresión de su naturaleza femenina. 
Vamos, más o menos como en el siglo XIX. Toda mujer es tonta y siempre hay alguien que debe guiarla hacia lo que debe hacer.
Por no decir que resulta curioso que sea el "patriarcado heteronormativo" el que abra la puerta de una gestación subrogada que beneficia principalmente a mujeres y parejas homosexuales masculinas. Sería la primera vez en la historia.
Porque si nos ponemos en modo patriarcal del siglo XIX -que no digo yo que sea justo ni saludable-, si un hombre quiere tener hijos y su mujer no puede, se divorcia y se busca otra. La maternidad subrogada está ideada para los problemas de infertilidad femenina -más de imposibilidad de gestación que de infertilidad, diría yo- y de aquellos que no pueden gestar sus hijos bajo ningún concepto biológico: es decir, los padres gays.
Pero claro, pensar tus argumentos hasta sus últimas consecuencias no es algo que vaya con los fanatismos. Sean religiosos o ideológicos.
El siguiente argumento es quizás el único consistente. Aunque expresado de una forma grandilocuente, eso de la explotación reproductiva introduce el factor de la pobreza, de la necesidad económica a la hora de tomar la decisión, de que el "dinero no lo puede comprar todo". Y eso sí conviene tenerlo en cuenta.
Pero curiosamente es el uso de ese argumento en concreto lo que las vuelve incoherentes. Porque ese mismo feminismo es el que aboga porque las parejas de dos mujeres puedan acceder a la fecundación in vitro -y además de forma gratuita para ellas-.
Puede que la polarización de su pensamiento haya hecho que olviden el dato fundamental de que para esa fecundación se precisa semen, que ese semen sale de los bancos de esperma y que los bancos de esperma pagan por las donaciones.
Si de verdad estuvieran en contra de la explotación reproductiva ¿no se opondrían también a esos pagos?, ¿no estarían en contra de un sistema que se aprovecha de las necesidades económicas de los hombres para recolectar semen para otras personas?, ¿el dinero no puede alquilar úteros pero si puede comprar semen y óvulos?
Y por ir más lejos ¿no pone eso en riesgo sus libertades y sus derechos?, ¿no les convierte en máquinas al tratarse también de una "técnica"?
No resulta lógico oponerse a una situación sin oponerse a las otras. Pero, claro, no lo hacen.
La cuestión es simplemente que,como eso les viene bien y les afecta a los hombres ni se lo plantean, ni hacen una reflexión al respecto. Las parejas de mujeres tienen todo el derecho a aprovecharse de esa explotación reproductiva de los hombres, pero las parejas de hombres y heterosexuales no lo tienen porque en ese caso la explotación reproductiva es de mujeres. 
Lo que es bueno y exigible si beneficia a su visión concreta de la mujer, es perverso y hay que prohibirlo si beneficia a los hombres o a visiones distintas a la suya de la mujer. La misma historia incoherente de siempre.
Y para rematar la faena de intransigencia e incoherencia se descuelgan con algo que te deja helado.
"Ser padre o madre no es un derecho"
Pero no serlo sí. Ellas que defienden el derecho "a la libre elección de la maternidad" para justificar el aborto -como si en España no hubiera métodos anticonceptivos, píldora del día después, ni sistema de adopciones- ahora dicen que no. 
¿Cómo se puede defender un derecho en su versión negativa (el derecho a NO ser madre) y no defenderlo en su versión positiva (El derecho a SÍ ser madre).
Si algo se trata como un derecho, su límite está simplemente en los derechos de los demás -algo que me temo que intencionadamente se olvida demasiado a menudo-. Si mi derecho a ser padre o madre no entra en conflicto con la libertad de otra persona de si quiere prestar su útero a esa consecución, entonces no hay problema.
Y la última es muy grande: 
"Porque es incompatible con la igualdad"
¿Qué están diciendo? ¿qué es malo porque los hombres no subrogan sus úteros? Claro, porque no los tienen.
Supongo que entonces también es incompatible con la igualdad que los hombres vendan su semen y las mujeres no, pasando por encima del hecho incuestionable de que las mujeres no producen semen.
No me siento del todo cómodo con la idea de la maternidad subrogada y he de reconocer que no encuentro muchos argumentos para ello, salvo el económico que también aplico a las donaciones. Así que, desde mi punto de vista, si se acepta lo segundo habrá que aceptar lo primero con todas las garantías posibles.
Pero con lo que desde luego no puedo estar de acuerdo y espero que creen en la justicia y la libertad tampoco lo estén es con quienes hablan de igualdad y de defensa de las libertades de la mujer y lo único que intentan es imponer su visceralidad y sus apriorismos ideológicos a fuerza de prohibición.

jueves, febrero 16, 2017

Hace falta carne 2017


Hace falta carne, chaval.
En pómulos regios de una infanta que no sabe qué sabe.
En las heréticas hamburguesas de tres pisos.
Alrededor de los visibles huesos de modelos de Cibeles,
en las frases falaces de un debate mil veces repetido.
Hace falta carne en la olla cotidiana del pobre;
carne entre los dientes macilentos del hambriento.
Carne en los carrillos de África y en los mofletes de Asía.
Hace falta carne entre las manos y entre las piernas
de aquellos que sólo la tienen entre las cejas.
Hace falta carne entre los dedos y entre los muslos
de aquellas que sólo la tienen entre los sueños;
Hace falta carne, chaval.
Entre las sábanas de los que la imponen en las pantallas;
entre las mantas de los que la niegan en las iglesias.
Más carne puesta ante los libros y no ante los cañones;
carne colocada de nuevo en el asador de la inteligencia.
Carnes rojas de justicia y rebelión,
carnes blancas de paz y transigencia,
carnes abiertas por la rabia ante el idiota
carnes de mis carnes, carnes de las carnes de todos.
Hace falta carne y sal.
Hace falta Carnaval.

martes, diciembre 06, 2016

Cultura de la violación o el falso icono de Schneider

En 1958, Cary Grant terminó el rodaje de la famosa escena de la avioneta con un "este hombre está completamente loco" ¿Por qué? Porque al acabar se enteró de que Alfred Hitchcock le había dado instrucciones al pilóto de que raseara más de la cuenta en las dos pasadas y le gritaba duranto todo el tiempo "sigue, sigue".
John Houston recibió todo tipo de lindezas de la nada sutil verborrea de Humprey Bogart tras el rodaje de la escena en la que acaba en el agua en La Reina de África porque nadie le había dicho que el empujon de la Hepburn daría con sus huesos en el río. Y encima tuvo que repetirla y salir sonriendo.
¿A qué viene todo esto? Pues a que hoy me he desayunado con algo que ha hecho que se me atragante el café vietnamita que una buena amiga había tenido a bien regalarme.
Con Marlon Brando y Maria Schneider muertos y Bertolucci viviendo -que me perdone- con permiso del enterrador, alguien ha reavivado aquello de que la actriz fue engañada en la míticamente rancia escena de El Último Tango en Paris, esa de Perpignan, la censura y la mantequilla. 
Creía yo que era otra manida disquisición cinematográfica cuando me encuentro inmerso en una de esas piezas que últimamente está empeñado en regalarnos El Pais en la que habla de cultura de la violación y no sé que cosas más -bueno sí lo sé-.
Y ya me ha tocado el trigémino, que diría una amiga mia.
Para empezar me toca el trigémino lo de la "cultura de la violación" porque es una mentira como un templo. No niego que en otros países de la tierra y en otras culturas pueda existir o persistir, pero decirlo de la sociedad occidental atlántica es un manipulación.
Sociológicamente para que haya una cultura de algo, ese hecho debe ser aceptado masivamente por todos los elementos de la sociedad lo que supondría que la violación tendría que ser aceptada sin reproches tanto por los perpetradores como por las víctimas y sobre todo por los que no son ni una cosa ni otra.
Así, la cultura del individualismo lo es porque la mayoría de los miembros de esta sociedad piensan que lo lógico es ponerse a sí mismos por encima de los otros y eso es comunmente aceptado para bien o para mal. Y con respecto a la violación eso es radicalmente falso.
Una cultura de la violación es la que existió hasta la edad media, donde la violación no era castigada, donde se consideraba que las mujeres eran botin de guerra y por tanto estaba permitido y hasta fomentado que se las violara e incluso en tiempo de paz se mantenían leyes como La Prima Note y el derecho de pernada que la sacralaziban.
Una cultura de la violación fue la que impusieron los japoneses en la Segunda Guerra Mundial en la invasión de la provincia china de Nanking, en la que incluso obligaban a punta de  bayoneta a los soldados que se oponían a ello a violar mujeres chinas para "aumentar la sangre nipona en esas tierras" o la que impuso el enloquecido Mengele en sus experimentos, forzando la violación continua de las prisionaras judías para que quedaran embarazadas y tener más material para sus experimentos.
Pero ni los hombres, ni las mujeres, ni los cargos públicos, ni la judicatura, ni los medios de comunicación de esta sociedad alientan ni jalean la violación, no van por la calle buscando alguien a quien violar en cuanto no hay un agente de la autoridad presente, no defienden que los violadores no sean condenados, no se detienen por la calle a aplaudir cuando contemplan a un hombre violando a una mujer o defienden que "la cosa" se soluciona con que la víctima se case con el agresor como sabemos que ocurre en otros lugares.
Que haya media docena de jueces rancios y machistas y un puñado -repito, un puñado, que en España somos 23.000.000 millones de hombres- de locos criminales descerebrados y violentos que se dediquen a violar y grabar sus violaciones no implica bajo ningún parámetro sociológico que haya una "cultura de la violación".
Y quien defienda lo contrario que estudie sociología y se entere de una vez.
Porque ya estoy más que harto de que se pretenda en estos asuntos meter a todos los hombres en el mismo saco en un intento de hacernos partícipes de los pocos criminales locos de nuestro tiempo y de todos los machistas recalcitrantes de tiempos pretéritos; porque ya estoy harto de que quienes dicen luchar contra estos horrendos crímenes se oculten bajo falsos arquetipos, presupuestos manipulados y rancios discursos para intentar disimular que lo único que buscan es un enfrentamiento secular e irreconciliable con los hombres por motivos personales, ni siquiera ideológicos.
Y ya estoy harto de que las mujeres que realmente creen en la igualdad no les digan que ya está bien, que es mentira, que lo que hacen unos pocos no puede servir para culpabilizar a mas de dos decenas de millones de hombres inocentes y que se están aprovechando del dolor y el sufrimiento de unos miles de mujeres para algo que solo puede comprenderse desde su propio resentemiento personal y su voluntad de poder.
Y sobre todo estoy harto de que se me marque como potencial culpable cuando soy inocente porque se afirma falazmente que existe una "cultura de la violación".
Así que no, señoras, no hay cultura de la violación en la sociedad occidental atlántica.
Y con respecto al asunto de El Último Tango en París y el artículo de El País, un solo párrafo resume el esperpéntico espectáculo de la manipulación mediática a este respecto.
"Hace menos de diez días repasábamos en Verne algunos conceptos relacionados con la cultura de la violación: la normalización del impulso agresor, la impunidad y culpabilización de la víctima y la necesidad de grabar la agresión estaban entre ellas. Todas parecen cumplirse en este caso".
La escena se graba porque es cine, ¿qué parte no han entendido de que el cine tiene que grabarse para que sea proyectado y por tanto sea cine? Bertolucci no graba la escena por un impulso bouyerista para luego vanagloriarse con los amigos como hacen los criminales pertubados de los violadores de los sanfermines, por ejemplo.
¿La normalización del impulso agresor? Brando no viola a Schneider, no tiene ningún impulso agresor. Simula que lo hace dentro de un contexto en el que hay presentes al menos una veintena de personas -aunque no se las vea en cámara- y todas ellas saben que es una escena de ficción, todas ellas saben lo que está ocurriendo así que, por muy emotivas que sean las declaraciones de la actriz, no existe ni violación ni impulso agresor. 
Brando no está esperando tras una esquina a que su compañera salga del camerino para imponerle una acto sexual porque ella se haya negado previamente. Alguien dice "acción" y se mete en un personaje. Un Brando que, por cierto, también dijo de Bertolucci que se sintió "manipulado durante la pelicula", así que no debía hacerlo solo con las mujeres, ni por "cultura de la violación".
¿La impunidad y la culpabilización de la víctima?, ¿de qué estamos hablando?, ¿quien queda impune si no hay violación?, ¿quién es la víctima si no hay violación?
Si Schneider es víctima de algo es de lo mismo que los fue Cary Grant en Con La Muerte en Los Talones o Tippi Hedren en Los Pájaros, o de lo mismo que los fueron Humprey Bogart en La Reina de África o Paul Newman en La Gata sobre el Tejado de Cinc -al que también le pilló por sorpresa el monumental bofetón que le endoso Liz Taylor-. 
Son víctimas de Cinema Verité, del Neorealismo Italiano, de la Nouvelle Vague, del método Stanislavski o del Actor´s Studio. Son víctimas de todos los directores que han usado ese método de trabajo que engañaba y forzaba a los actores para conseguir "resultados más realistas". 
Si quieren discutir sobre eso, discutimos hasta hartarnos. Pero meter eso en esa supuesta "cultura de la violación" es un absurdo.
Y si quieren hablar de cine y "cultura de la violación" que vean los angustiosos 10 minutos de secuencia de Irreversible -los únicos minutos de metraje cinematrográfico que me han hecho vomitar- donde sí estan presentes todos esos elementos en una ficción tan realista que hace mucho más por poner al mundo en contra de la violación que todos sus discursos y sus reproches a una película de hace cuarenta años.
Y que lean las declaraciones de Monica Belucci al respecto: "No sabía cómo iba actuar hasta que rodé la escena. Lo único que tenía claro era la patada del final porque para eso hay que estar gestualmente preparada. Prestia tampoco sabía lo que hacer exactamente más allá de sus frases. Estas escenas se graban así".
Y sobre todo si quieren hablar de "cultura de la violación" que vean como la por entonces musa cinematográfica de Francia se hizo acompañar por el actor en varias ocasiones ante la reacción negativa que toda la sociedad francesa había tenido ante el personaje que identificaron, como suele ocurrir, con el actor.
O simplemente que vean como acaba o empieza la película. Que por algo se llama Ireeversible. Y entonces hablamos de si hay en el Occidente Atlçantico o no hay "cultura de la violación".
Que ya está bien.

sábado, junio 20, 2015

Y vendrán a decirnos no sois nada.


No somos nada.
Nos hemos hecho nada a fuerza de quererlo ser todo. A fuerza de fingir que ignoramos que lo que da valor a todas y cada una de las cosas que pensamos que nos son necesarias es la muerte de otros, es la vida, en precario y penosa, de otras gentes.
De otros cuyos nombres ignoramos, cuyos dolores provocamos y no vemos, cuyas humillaciones auspiciamos, cuyas muertes matamos y olvidamos.
Nos hemos hecho nada a fuerza de mirar atrás y hacia adelante y no querer ni saber ver a nadie.
Otros vendrán a hacernos lo que hicimos. A devolvernos cada vida dañada, cada gota de sangre, cada muerte olvidada.
Otros vendrán con tal indiferencia por lo nuestro, con tal desprecio por aquello que creímos perfecto, con tal rabia por lo que les quitamos, que nos recordarán nuestro pasado, cómo fuimos nosotros, cómo seguimos siendo, cómo hacemos del mundo nuestro patio trasero, cómo hacemos de otros atrezo en nuestras vidas.
No somos nadie
No somos nadie porque nos empeñamos tan solo en ser nosotros por encima de todos y de todo. A fuerza de mirar nuestros ombligos, de ocultar de la vista el horizonte, de no ver más allá de la puerta de casa, de la falsa convención fronteriza de todas nuestras tierras.
Más allá de todos nuestros propios excesos, de cada una de nuestras necedades, de todos nuestros vicios y prejuicios, de todas nuestras fingidas reglas de falso compromiso.
Y vendrán desde lejos a decirnos no sois nada ni nadie. Vuestra vida y vuestra muerte ya no importan, perdisteis el futuro por querer ignorarlo, matasteis el pasado por querer controlarlo.
Nos dirán no vamos a olvidarlo  Vosotros habéis forjado nuestra historia, habéis podido crecer con nuestra hambre, ¿por que tendríamos que olvidar cómo nos han matado y nos han hecho morir? No es el paso del tiempo lo que os salva, no se puede olvidar lo que te hacen cuando te lo siguen haciendo cada día de mil formas distintas.
Y nos dirán, vivid con los despojos de la vida o morid alejados de nosotros. No os atreváis a hablarnos de justicia, no oséis jamás poner en vuestros labios palabras que hablen de paz o de derechos.
No digáis que no podéis vivir así, sin ser nada ni nadie, sin que a nadie le importe que viváis o muráis, sin que el mundo jamás os tenga en cuenta. No intentéis ni siquiera decirnos que existir de ese modo es imposible, que no se puede hacer.
Nosotros, durante todo el tiempo que creísteis ser alguien, que creísteis ser todo, lo hemos hecho. Hemos nacido, vivido y muerto de esa forma.
Y vendrán a decirnos: No sois nada ni nadie. Vuestras vidas nada importan, vuestras muertes no le importan a nadie.
Y vendrán a matarnos o dejarnos morir.
(Ojo, también estoy hablando de política)


viernes, mayo 22, 2015

Amigos, Gerardo y otros post extemporaneos.

Hay días o noches o todo lo contrario en los que empiezas a escribir cuando deberías empezar a dormir, en los que comienzas a vivir cuando deberías iniciar el camino hacia la resaca y el hastío. Hay días en los que te descubres amaneciendo cuando deberías anochecer y viviendo cuando deberías empezar a morir.
Hay días en que tu lucha por el mundo se transforma en algo distante y evitable, en que tu supervivencia se convierte en algo transitorio, que tu fuerza , tu soberbia, tu inteligencia y tu fatua arrogancia se trasforman en algo inconsistente, fútil e innecesario.
Hay días con sus noches que vives te acuestas y despiertas entre amigos.
Y esos días te devuelven el alma, te curan las heridas, te salvan de ti mismo, te conforma la vida, te construyen la calma.
Hay días que descubres que aunque no puedas ganar en todas las batallas que te impones luchar, ya has ganado la guerra que nunca soñaste pelear. Hay noches que la cadera de una mujer hermosa, querida y añorada es solo una almohada en la que poder dormir, hay días que la risa de un hombre leal, cansado y a veces derrotado es la única victoria que ansías y al fin logras conseguir.
Hay días en que el mundo se para y te permite sentir el gozo indescriptible de dejar de sufrir. Hay días en que la noche, los amigos, las risas, la comprensión y la fuerza de vidas compartidas, de canciones robadas y de almas paralelas te dejan un momento, un sagrado momento, vivir la certeza de poder ser feliz.
Hay días con sus noches que el pasado no importa, que la sangre en tus manos se transforma en maná caído de los cielos, que los viejos amigos te vuelven a la vida para recordarte que siguen en su sitio, que siguen con sus retos, que apoyan la rodilla sobre el mástil gastada de la lanza que clavaste en el suelo por defender tus sueños, por atacar tus miedos, por luchar contra un mundo que se hacía pequeño, que te hacía pequeño, que se ahogaba en el miedo.
Hay días con sus noches en los que nada importa que te amen o te odien, te escuchen o te ignoren, te sigan o te eludan, te premien o te castiguen por crímenes y errores  que nunca cometiste.
Hay días que vives, que duermes y despiertas rodeado de amigos, de esos que se dejan el alma por mantener la tuya, que se dejan la calma por ayudarte a lidiar con todas tus tempestades. De esos que nunca van a dejarte morir por no perder la vida que tú aún conservas por ellos.
Hay días, solo unos pocos días, unos días felices, en los que bendices el insomnio por permitirte verles a ellos dormir.
Hay días que te acuestas y despiertas entre risas, reproches, discusiones y amigos.
Hay día con sus noches que merece la pena recordar.

lunes, mayo 18, 2015

Como somos, morimos.

Vivimos como somos y esperamos morir de otra manera.
Nos vamos de nosotros y de lo que hemos de hacer con un soplo de viento y esperamos resistir mil tempestades. No estamos para nadie y esperamos quedarnos para siempre.
No soportamos la luz del mediodía y creemos poder aguantar toda la noche. No miramos adentro y esperamos que nos vean desde fuera, no cambiamos el rumbo y pedimos que otros acomoden su paso a nuestro ritmo.
No toleramos el sufrimiento propio ni un segundo y esperamos que otros sufran y padezcan dolores por nosotros. Nos matamos por nada, nos gritamos por todo y aun así nos sentimos con derecho a exigir que otros mueran y callen por nosotros.
Nos mentimos mintiendo a todo el mundo y ansiamos de los otros la verdad, nos tragamos los miedos con saliva y demandamos de otros el valor, no hacemos aquello que podemos y pedimos de otros imposibles, no admitimos errores y cargamos contra cualquier despiste que veamos.
No amamos y queremos que nos amen, no escuchamos y pretendemos que nos presten oídos, no aguantamos el peso ni de un pequeño gramo de desdicha y hacemos que otros carguen con toneladas de miseria por nosotros.
No nos hacemos grandes y queremos que el mundo y los demás se nos vuelvan pequeños para que no se note, no cedemos pero exigimos rendiciones, no pactamos pero solicitamos compromisos, no combatimos pero queremos vencer cada batalla. No creemos pero rogamos que dios nos cure el alma.
No probamos y exigimos mil pruebas a los otros, no arriesgamos pero arrastramos a todos al peligro. No aceptamos reproches pero gastamos el tiempo y la garganta en reprender todo aquello que creemos erróneo.
No damos y ansiamos recibir, no batimos las alas y esperamos volar. No nos vamos y queremos volver.
Ojala pudiéramos odiar como nos aman, herir como nos curan, matar como nos viven. Ojala el destino supiera castigarnos a ser lo que hemos sido, a morir como hemos vivido.
Vivimos como somos. Pero logramos morir de otra manera.


viernes, mayo 15, 2015

Por escribir

Alguien a quien quise o quería y que creí me me quería me preguntó una vez: ¿por qué escribes?, si no publicas nunca ¿por qué escribes?
Y la respuesta fue un distante encogimiento de hombros cómplice de mi silencio.
¿Por qué escribo?
Escribo por no perder el mundo en el recuerdo, por no tirar el día en el esfuerzo, por no perder la vida en el silencio, por no guardar el corazón en una caja, por no esconder de todos mi ignorancia.
Escribo por dar la vuelta entera a lo que amo para seguir amándolo, por no negarme el pan y la sal por ser cobarde, por no darme de bruces contra el suelo, por no perder las alas que me quiebro, por no volverle el rostro a la alegría, por no negarle un techo y aposento a la desdicha.
Escribo por no llorar y no seguir llorando, escribo por reír y no dejar de hacerlo, escribo por no morir y no seguir matando, escribo por conseguir vivir y no seguir muriendo.
Escribo por no callar después de haberlo hecho demasiado, escribo por no hablar tras dejar crecer en exceso el ruido y la palabra. Escribo por buscar las elipsis perdidas de mis sueños. Escribo por pregonar los mutismos absurdos de mis miedos.
Escribo por no saber cantar, por no querer gritar, por no poder bailar.
Escribo por saber el porqué de las lágrimas, el motivo escondido de las risas. Escribo por pedir una tregua en todas mis batallas, encontrar una calma en todas mis tormentas. Escribo por firmar un armisticio con mi alma.
Escribo por reescribirme, por volver a decir lo que ya dije, por gritar lo que nadie escucho, por purgar mis pecados de silencio, por dar nuevas palabras a mis viejos deseos, por fingir que puedo eludir el secreto de la muerte, por confesar que no quiero escaparme del arte de vivir. Escribo por mancharme las manos con mi sangre.
Escribo por no matar a nadie con mi muerte, por poder resucitar a todos con mi vida, por agarrarme al viento desde el suelo, por descender al infierno desde el cielo. Por negarme a mí mismo la entrada al paraíso. Por burlar al dios en quien no creo.
Escribo por mí, por ellos, por vosotros. Por nosotros, si alguna vez hay o hubo o habrá en mi vida algún nosotros.
Escribo porque es lo único que tengo.

Porque mi existencia es propiedad de aquellos a quienes amo y mi muerte será de los que queden. Porque mi derrota  pertenece a todos los victoriosos y mis pocas victorias a todos los derrotados; porque mi amor es de aquella que sabe que lo tiene y mi odio de todos los que quieran perder sus vidas y sus tiempos en sentirlo.
¿Por qué escribo?
Escribo porque es lo único que tengo y me pueden quitar.
Y no quiero guardarlo. Y lo prefiero dar y regalar.

domingo, abril 19, 2015

Nosotros, el mundo y el maniqueísmo ineludible.

Hay dos formas de ver el mundo.
Al final solamente es eso. Tan maniqueamente simple que resulta en extremo complejo, complicado o como se quiera definir su entendimiento.
Y por primera vez, quizás desde el más medieval milenarismo. Esas dos formas de ver el mundo ven el mismo mundo: un lugar maltrecho, desarmado, quebrándose en sus cimientos y desmoronándose desde lo más alto de todos sus tejados. 
Un lugar en el que miles de millones de personas nos volvemos a un lado y a otro sin tener muy claro qué está pasando ni que queremos que pase. Unos recuperan viejos dioses y guerras y otros se inventan unos nuevos; unos se aferran a los restos de sistemas económicos que mueren una y otra vez en crisis que se superponen y otros intentan rescatar fórmulas gastadas, manidas, agotadas, que fracasaron antes de ser llevadas a la práctica.
Ya ni siquiera vemos un mundo habitado por siete mil millones de personas. No somos capaces de ver otra cosa que siete mil millones de mundos habitados por una sola persona.
Y es ante esa situación, ante ese desconcierto, ante la cual la sencilla división en la que se resume la evolución humana vuelve a enfrentarse. Y esta vez encarnada en dos simples frases de dos personas que deberían estar en el mismo barco pero que, aunque a lo mejor lo están, están intentando pilotarlo en direcciones diferentes.
Christine Lagarde, la directora ejecutiva del FMI, afirma que "el capitalismo aún tiene margen para la renovación".
Y ahí está todo dicho, todo explicado sin una cifra, sin un dato, sin necesidad de una gráfica o un complejo diagrama de flujo.
Renovarse.
Cambiar las piezas viejas por otras nuevas, retirar la arena de los engranajes atascados para que rueden de nuevo, pintar, pulir, fijar, lubricar la maquinaria para que desaparezcan los chirridos y los crujidos que amenazan con quebrarla.
Renovarse
Volver a ser jóvenes, fuertes. Volver al principio para volver a hacer lo mismo en la esperanza, que oscila entre la inconsciencia y la necesidad, de que esta vez funcione, de que esta vez lo hagamos bien. Volver a empezar.
Y el otro piloto que tira del timón es Jim Yong Kim, el presidente del Banco Mundial que, mientras Lagarde intenta conducir la nave de nuevo al puerto de partida, afirma que "las reformas son necesarias. El mundo sabe como viven los ricos y por eso exigirá más igualdad".
Y también lo dice todo con esa frase. Sin necesidad de nuevas declaraciones de derechos, de proclamas revolucionarias, de historias ejemplares ni ejemplos trágicos.
Reformarse. 
Cambiar de maquinaria, diseñar nuevos componentes para componer un nuevo mecanismo que, incluso con las mismas piezas que la antigua, funcione de otro modo, gire en otra dirección, produzca otros efectos.
Reconocer que somos viejos y estamos cansados. Crear algo nuevo aprovechando la experiencia del fracaso para hacer algo totalmente diferente en la esperanza, que oscila entre la utopía y la necesidad, de que lograremos lo que no conseguimos con nuestro anterior invento. Empezar de nuevo.
Y esa es toda la diferencia, esa es la única dicotomía a la que nos enfrentamos.
Renovarse o Reformarse
Inconsciencia o utopía
Volver a empezar o empezar de nuevo.
A aquellos que llegan tras nosotros ¿les daremos un mundo renovado del que esperamos que tenga otro final o les daremos un mundo reformado cuyo futuro es incierto?
Es nuestra generación, es nuestro mundo y es nuestra decisión. Y se nos está acabando el tiempo. 

sábado, abril 18, 2015

En Khan Younis vuelan

Hoy saltan
Giran sobre los gastados bastiones de la Franja de Gaza. Vuelan bajo el sol del desierto. Saltan como si no hubiera otra cosa que hacer, giran como si fueran jóvenes, vuelan como si fueran sabios.
Ya llegarán aquellos que les enseñen a morir y matar por su dios, a hacer saltar a otros en miles de pedazos, a volarse a sí mismos, a girarse los rostros a toda razón, a cualquier argumento, en aras de una victoria que nunca ha de llegar, buscando un paraíso que nunca va a volver.
Pero hoy saltan.
En el aire y bajo el sol de Palestina saltan, giran y vuelan.
Como si fueran niños. Como si nadie fuera nunca a obligarles a pisar otra vez el suelo eternamente manchado de sangre de su tierra.
Saltan, giran y vuelan.


Foto: MOHAMMED SABER (EFE)

jueves, marzo 19, 2015

Que lo sepan del padre.


En las Termophilas, Trescientos espartanos acudieron a cerrar el paso por el honor y la gloria pero 7.000 tespios, lacedemonios, locros y focenses lo hicieron para evitar que la muerte y la sangre llegara hasta sus casas, sus hijos y sus hijas.
Y en Troya, en Dunquerque, en Azincourt, Hafleur, La línea Maginot, Normandía, Bailen, Salamina, Lepanto, Tesino, Trasimeno, Montecasino, Las Ardenas, Verdún, Numancia, Estalingrado, Las Navas de Tolosa, Marathón, Banockburn, el puerto del Callao y otros tantos lugares al cabo de las eras y  al correr de los siglos puede que un puñado de reyes, generales y líderes lucharan por la gloria, la fama y la victoria. Pero miles de millones de hombres fueron a esos lugares a matar o morir para alejar la guerra de sus hijos e hijas.
Y en el lento transcurso de todos estos siglos, doblaron el espinazo durante catorce horas diarias, bajaron a la mina otras tantas sabiendo que tan solo la vida y el grisú les darían cuatro o cinco décadas para poder hacerlo y trabajaron por sueldos miserables jornadas de quince horas de lunes a domingo para que sus hijos tuvieran algo que llevarse a la boca, vestido que ponerse y techo que cubriera sus sueños.
Y arriesgaron la vida y la perdieron contra reyes y nobles, contra cargas y ejércitos, para lograr que sus hijos no vivieran pegados a la tierra como siervos sin poder cambiarse de morada, que sus hijas no pasaran la rabia y la vergüenza de una primera noche de casada celebrada con el cruel derecho de pernada.
Y vertieron su sangre para que las espaldas de sus hijos e hijas no sufrieran el látigo que sintieron sus pieles, no fueran compradas y vendidos y arrancados por siempre de sus vidas como lo fueron ellos.
Y arriesgaron su pan, su carne y su trabajo para lograr que sus hijos e hijas trabajaran tan solo diez y luego ocho horas, para que sus hijas recibieran un sueldo que no fuera tan solo un complemento a lo poco que ya ganaban sus maridos, para que sus niños no tuvieran que perder la niñez trabajando en las fábricas.
Y sacrificaron el verlos cada día por darles de comer, el acunarlos cada noche por lograr su sustento, el ver como crecían por encontrar lugares, tierras y países donde pudieran por fin hacerlo en libertad.
Y se vistieron de carne de cañón para que las balas no hirieran a sus niños, se alejaron a guardar las fronteras para que el miedo, la muerte y la tristeza no llegaran a las casas y las habitaciones donde sus hijos e hijas jugaban a la guerra en la que ellos morían.
Y murieron a cientos, a miles, a millones De pobreza, cansancio, vejez y un interminable reguero de conflictos y guerras intentando, quizás equivocados, quizás con toda la certeza que crea la verdad, que sus hijos e hijas no tuvieran que vivir ni morir como lo hacían ellos.
A lo largo del tiempo, la historia y el recuerdo, miles de millones de hombres, de padres, hicieron lo que hicieron, mataron y murieron, se alzaron y lucharon, resistieron y trabajaron, lloraron y sangraron, por amor a sus hijos.
Aunque nunca les dieran de mamar, les parieran ni supieran cambiarles los pañales.
Que, ¿a qué viene toda esta diatriba en este día?
Por si a alguno o alguna se le ocurre -que se le ocurrirá- hablar del pérfido patriarcado antes de que se acabe la jornada.
¡Que a nosotros, los padres, no nos da por tocar los ovarios el Día de la Madre!
¡Feliz Día del Padre a todos, vivos o muertos, que han intentado serlo como mejor pudieron o supieron!

domingo, diciembre 14, 2014

Nosotros, esconderse, la huida y la barbarie.

Siento decirlo pero creo que estamos regresando a la barbarie en todos los sentidos y en todos los niveles. 
Sé que suena dramático e imposible al contemplar una sociedad que avanza tecnológicamente a un ritmo vertiginoso. Pero, tal y como yo lo veo, es así.
Estados Unidos ha vuelto a los años de la lucha por los Derechos Civiles; Francia ha dado un salto a su ancestral chauvinismo nacional; Israel retrocede a los tiempos del Rey David donde dios era más importante que la justicia; Escocia se retrotrae a los tiempos de William Wallace, Rusia comienza a reconstruir su telón militar. Hasta la mítica Suecia, paradigma de modernidad, recupera vicios vikingos de  autarquía. Y ya ni hablamos de lo que significa el resurgimiento del Califato sangriento del Estado Islámico yihadista. ¿Y España?, en fin España.
La lista es interminable. 
¿El motivo? No es la crisis, no es la economía... Puede que suene reduccionista pero no es otra cosa que el miedo. Nuestro más atávico rasgo como sociedad Occidental Atlántica.
El miedo nos lleva al regreso a cuando éramos una especie en peligro constante de extinción, enfrentada a depredadores que la superaban en número y capacidades.
Ese pánico a no sobrevivir y a no poder vivir -que para mí no es lo mismo, aunque lo parezca- nos hace tirar de las soluciones que hemos integrado en lo personal y en lo social. A las que nos han funcionado hasta ahora: Huir y esconderse.
Tan acostumbrados estamos a escapar de los problemas, a huir cuando se nos presenta la incertidumbre del futuro, que repetimos el intento; tanto hemos integrado como reacción instintiva el escondernos cuando alguien o algo nos insta al cambio que ya no sabemos hacer otra cosa.
Hasta ahora hemos huido hacia adelante -más consumo, más tecnología-. Pero como nos damos de frente contra el muro del desplome del sistema que sustentaba nuestras huidas con su crecimiento, nos giramos y huimos hacia atrás
Como adultos que se niegan a afrontar los esfuerzos y renuncias que supone la madurez y se giran corriendo hacia un pasado adolescente de eternas noches de diversión sin responsabilidad, intentamos correr a aquello de "cualquier tiempo pasado fue mejor".
Y eso nos convierte en bárbaros que desconfían de todos los que no son de su tribu, los que traspasan sus fronteras y que ven a los demás siempre como invasores, como un peligro a su supervivencia.
Hasta ahora nos habíamos escondido de cualquier necesidad de cambio en nuestra burbuja individual que nos mantenía más allá de la realidad social. Pero, como la miseria rampante también nos ha quitado eso, lo intentamos de otra manera.
Nos limitamos a negar la mayor, a permanecer quietos esperando a que la cosa pase, a negar la necesidad y el esfuerzo que nos supone el cambio, obligándonos a pensar que este llegará por su cuenta, con el tiempo o con lo que hagan los demás.
Como quienes ven que no tienen la vida o el amor que quieren pero esperan el milagro de que "lleguen tiempos mejores" por suerte o con el esfuerzo ajeno.
Y eso nos transforma también en bárbaros que ponen su esperanza en dioses ex machina que les resuelvan los problemas que se agarran al "no estamos tan mal", al orgullo nacional, el pasado glorioso o la lucha de clases para eludir el esfuerzo de ese cambio.
Huir o esconderse. Nos movemos en esa dicotomía.
Seres que corren hacia la adolescencia eterna por miedo a crecer o capitanes de un galeón, atados a un timón destrozado de un barco que se hunde, esperando que la fortuna o el remar de unos galeotes agotados les libre al final de la tormenta sin ningún esfuerzo por su parte.
Pero tranquilos, que solo estoy hablando de política.

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