martes, noviembre 30, 2010

Peces Barba no ha podido con Himmler

Hoy le tocaba ocupar estas endemoniadas líneas a Edward Hoper y su asombrosa capacidad para ver nuestro presente desde el suyo y nuestro futuro desde su pasado -y no desisto de ello-, pero el poético pintor estadounidense tendrá que esperar al menos unas horas.
Porque, tras cambiar de conexión y de ubicación, he abierto esas páginas cambiantes que se hacen llamar ediciones digitales de los periódicos y me he topado con la prueba fehaciente de que hay otro animal -además del ser humano- que tropieza varias veces en la misma piedra, que comente una y otra vez el mismo error y encuentra la forma de seguir comentiéndolo.
Un animal colectivo, multicéfalo y cada vez más informe y peligroso: Los gobiernos. Lo peor es que ellos no sólo tropiezan en varias ocasiones en el mismo guijarro. Es que además lo hacen adrede y se enorgullecen de ello.
La encargada de anunciar en esta ocasión este reiterado tropezón orgulloso ha sido Leire Pajín, nueva ministra de nuevo gabinete, que no se sabe si es más famosa por portar en su muñeca, siendo ministra de Sanidad, un artilugio de curanderos que ya ha sido considerado una estafa por los jueces o por las impertinentes referencias a sus labios de un edil vallisoletano, pero que, desde luego, no lo es por el ejercicio de sus funciones.
La ministra ha forzado su sonrisa, se ha colocado sus mejores galas y ha anunciado a bombo y platillo que El Gobierno aprobará una reforma legal por la cual se retirará la guarda y custodia de los hijos a "todo aquel que esté involucrado como acusado en un proceso de malos tratos dentro del ámbito de la aplicación de la Ley Integral contra la Violencia de Género".
Y una vez más, en un principio suena lógico, suena normal, suena hasta plausible. Suena como quieren que suene aquellos que de verdad saben como tendría que sonar.
Pero al final, no se puede decir de otra manera, suena del mismo modo que sonó hace muchos años la Ley de Buena Convivencia que firmara para un estado europeo un individuo de nombre Heindrich.
Porque un implicado en un proceso es un denunciado, no un condenado, no un sentenciado. Es solamente un denunciado. Es solamente alguien de quien otra persona dice que ha hecho algo. Suena bastante vago, ¿verdad?
 Suena como un rumor, como una posibilidad, como una investigación... Pero, bajo ningún concepto, suena como una certeza, como una prueba. Como un hecho.
Pero sin pruebas, sin certezas y sin hechos ya se firma y se recibe uno de los castigos más dolorosos que puede recibir un ser humano: ser apartado de su progenie cuando no quiere serlo y no ha llegado el tiempo de ese alejamiento.
Suena a uniforme pardo y gebardina negra porque cambia el sistema judicial por un sistema de delaciones y acusaciones en el que solamente la palabra de alguien obliga al aparato público a actuar en su favor de forma "preventiva", no sólo para ella, sino para aquellos que, aunque no haya prueba alguna de que estén en peligro o en riesgo o de que esa denuncia sea cierta, ella considera que están en riesgo.
Y digo ella porque, "en el marco de la aplicación de la Ley Integral de Violencia de Género", sólo ellas pueden acusar de malos tratos, ¿nadíe había caído en eso?
Esta es la respuesta que se da a la caída de determinadas estadísticas falseadas durante años, al afloramiento de usos y abusos del sistema de protección de mujeres maltratadas que era el estandarte de la política social de un gobierno que, desgraciadamente, ha confundido ideología con realidad y protección con venganza -histórica, supongo-.
Ahora, el acusado pierde su casa, recibe el rechazo social -que aún no es público en el tablón de anuncios de los Ayuntamientos, pero que también están intentando que lo sea- y además el contacto y el derecho a hacer lo que todo ser humano ha hecho desde que la humanidad se reproduce de forma sexual y dimórfica -o sea siempre, mal que les pese a algunas-, educar y cuidar a sus hijos.
Pero no hay que preocuparse. Pajín y el Gobierno al que representa piensan que los niños estarán mejor con la maltratada que con el maltratador.
Y es cierto. Aunque el hecho de ser maltratada no incluye la seguridad de que seas una madre ejemplar y ni siquiera de que estés capacitada para ser madre. 
Pero, como el hecho de ser maltratador sí lleva aparejado que eres un ser humano deprorable -si es que llegas a la condición de ser humano-, se supone que estarán mejor con la maltratada que con el matratador. Pero antes, convendría que se supiera si existe un maltratador y si existe una maltratada.
Porque si no es así. A lo mejor los menores estarán mejor con alguien que no ha hecho nada malo que con alguien que miente, manipula e intenta engañar al sistema para lograr sus propios fines. Sería un pobre ejemplo. Aunque fuera mujer.
Pero, claro, eso no se contempla. Porque dentro del ámbito de la aplicación de la Ley Integral de Violencia de Género no se contempla que existan mujeres que denuncian en falso.
No hay de qué preocuparse. Si resulta que no es un maltratador recuperará la guarda y custodia o por lo menos podrá reclamarla. Así que todo está en orden, todo está bien, todo sea para preservar un bien mayor.

La Constitución Española dice:  
“Todos tienen derecho a un Juez ordinario predeterminado por la ley, a la defensa y a la asistencia de un letrado, [...] a no confesarse culpables y a la presunción de inocencia” (Art. 24. 2).

La Ley de Buena Convivencia y Proteción del Estado de 1941 afirma:
"Dentro de la aplicación de la ley, El Estado retendrá y confiscará los bienes muebles e inmuebles, dinerarios y en especia, de todo integrante de un grupo diferenciado que sea acusado de una falta de convivencia o de un delito contra el Estado de los tipificados en los artículos anteriores de esta ley. Asímismo, asumirá el control de toda compañía en la que el acusado figure como propietario.
En el caso de que sea una propiedad conjunta, se requisará la parte del acusado, congelando la parte de propiedad de otros integrantes de grupos diferenciados que pudieran compartirla, en espera de aclarar la complicidad de los mismos en los delitos de los que su socio es acusado.
Durante el proceso el acusado tendrá prohibido entrar en contacto con sus socios y cerrar ningún tipo de negocio, así como firmar cualquier contrato de compra o venta sobre esos bienes.
Si se demostrara la inocencia del acusado, el Estado restituirá los bienes confiscados, detrayendo la parte que cubra los gastos que el proceso ha generado". (Art. 123)

Heinrich Himmler 1 - Gregorio Peces Barba 0.

Podría preguntar a qué concepto legal se parece más la nueva reforma anunciada por Leire Pajín. Podría cambiar "grupos diferenciados" por judíos -que era lo que el amigo Himmler quería decir-, podría cambiarlo por varones -que es lo que muchas querrían que pusiera-. Podría seguir diciendo y escribiendo muchas cosas, pero pocas cosas quedan por decir que no hayan sido dichas y que no hayan sido ignoradas.

jueves, noviembre 25, 2010

Irlanda: el desastre es todo nuestro

A ver, niños:
2.200.000-100.000 = 2.100.000. Aunque pueda parecerlo no son las cuentas de mis deudas, ni de lo que me queda por pagar de hipoteca. Es el número de trabajadores que hay en Irlanda. El total de la población activa menos el número de desempleados.
Es algo que todos deberíamos saber a estas alturas, dado todo lo que se ha escrito y se ha emitido acerca de la vieja Hibernia, su crisis bancaria y su desmoronamiento económico.
¿No se habían enterado? Irlanda se ha hundido. Sigue estando en el mapa, no se la ha tragado el Mar Celta, pero se ha hundido.
Y otro dato que tendríamos que saber, en el que tendríamos que habernos fijado, es que, de esos dos millones cien mil trabajadores, 400.000 -sí, no me he equivocado, no se me me ha ido un cero de más, 400.000, son funcionarios públicos-. O sea que uno de cada cuatro irlandeses es funcionario público.
Así que, antes de empezar a clamar contra la injusticia que suponen los brutales recortes que echarán a la calle a 25.000 funcionarios, quizás, sólo quizás, deberíamos haber hecho estas pequeñas sumas y restas. Al fin y al cabo, la economía va de eso ¿no?, de hacer cuentas.
No es que vaya yo, a estas alturas del partido, a defender un sistema económico -el occidental, no el irlandés, no nos confundamos- endeble en su concepción, viciado en su desarrollo y manipulado hasta la perversión en su utilización egoísta -¡Anda!, esto ya se dijo antes de algo... ¿qué era?, ¿qué era?... ¡Ya me acuerdo! el socialismo llamado real-, pero tenemos que empezar a darnos cuenta de algo que, como es habitual en nosotros, tendemos a ignorar: nosotros también somos responsables de lo que está pasando.
Y el caso de Irlanda es sólo un ejemplo.
Resulta muy fácil protestar cuando nos enteramos de que se despedirá a 25.000 funcionarios -si se despide a los funcionarios es que no hay nada estable ya en la vida ¡Por el amor de dios!- pero, salvo algún que otro entendidillo de esos a los que nadie escucha, nadie protestó cuando los sucesivos gobiernos irlandeses inflaron su sector público para hacer descender sus tasas de paro y permitieron que su administración ocupara una cuarta parte de su población activa, casi tanto como la industria, y dos veces más que el sector servicios.
Si no hubiera hecho eso hubiera tenido una tasa de desempleo mucho mayor y contra eso sí se protesta siempre.
Y luego está la otra protesta. La típica y tópica: la de la injusticia que supone que a los que han desencadenado la crisis, es decir al sector financiero -o sea a los bancos, para entendernos- se les inyecten miles de millones de euros y que ese ajuste lo tengan que pagar los de a pie, los trabajadores, los autónomos, la población en general, para resumir.
Y en alguna medida es lógico que eso encienda la sangre, que resulte indignante. 
Pero también impone una reflexión. Una de esas que no nos gusta hacer: porque, hasta cierto punto y parafraseando el viejo lema de la Agencia Tributaria, los bancos somos todos. Y eso es algo que no queremos reconocer.
Porque todos -no sólo en la verde Eire- somos los que asumimos durante años riesgos crediticios sin pestañear, somos los que mantenemos niveles de endeudamiento inconcebibles en nuestras economías.
Los bancos fueron los que empezaron a vender hipotecas en una carrera sin control más allá de los límites lógicos de endeudamiento en el tiempo y en la cantidad, pero fuimos nosotros los que las compramos,
Los bancos fueron los que crearon productos ratonera en tarjetas de crédito en las que gastas diez y devuelves dos para el mes siguiente volver a gastar diez y volver a devolver dos, de manera que, al final, debes dieciséis que no tienes -otra vez eso de las cuentas que tanto nos disgusta-, pero fuimos nosotros las que las utilizamos.
Las entidades financieras fueron las que concedieron créditos a negocios de dudosa viabilidad o de escaso rendimiento con la promesa de una rápida amortización, pero fuimos nosotros -o aquellos de nosotros que querían poner un negocio sin haber pensado en sus riesgos reales- los que los solicitamos y los aceptamos en esas condiciones.
Para esto, los bancos somos todos. Ellos han perdido el dinero, tienen agujeros negros del tamaño de Irlanda -o de España o de Portugal o de Grecia...- en sus cuentas de resultados, pero nosotros somos tan responsables como ellos.
Resulta bochornoso hasta el extremo pero, lamentablemente, nada sorprendente tal y como se organiza nuestra mente hoy en día, que tiremos de argumentos del tipo "¡pues que no los hubieran dado si sabían que eran arriesgados!" o "es que si no pido una hipoteca de esas ¿cómo me compro un piso?".
Ya va siendo hora de que digamos "no deberíamos haber aceptado una hipoteca en esas condiciones de riesgo" o "no tengo dinero para comprarme un piso, así que vivo de alquiler " -no, sigo viviendo en casa de mis padres, que eso es casi peor-.
Esas reflexiones no arreglarán la situación pero es posible, sólo posible, que nos evitaran caer de nuevo en el mismo error. Más, me temo que estamos más allá de la posibilidad de cambiar nuestras mentalidades.
Somos como ancianos que no pueden darse cuenta de que el mundo cambia y no son capaces de cambiar con el mundo. Eso sería reconocer que nuestro sistema económico no es cíclico por una perversa casualidad con la que nos han castigado los hados del librecambismo. Lo es porque nosotros cometemos los mismos errores una y otra vez. Sería reconocer que hemos fallado y no estamos dispuestos a dejar de repetir ese error. Y eso no lo haremos, no queremos hacerlo.
Y, por último, está la otra queja. La que nos revierte a los tiempos de Robín de Locksley y los perversos recaudadores de Juan Sin Tierra.
Llega una crisis galopante y encima se suben los impuestos. "¡Es injusto!", gritamos. Y por un instante, por un ínfimo momento en el que las cifras y los datos se borran de la mente, parece que tenemos razón, que eso no puede rebatírnoslo nadie.
El instante pasa y vemos que eso no es así. Y de nuevo Hibernia se dibuja en nuestras pizarras de aprendices de economista a modo de explicación.
El gobierno de Brian Cowen sube los impuestos porque antes los bajó. Porque los utilizó de moneda de cambio para cerrar negociaciones salariales, porque inventó desgravaciones fiscales de todo rango y condición, porque se basó en impuestos cíclicos -de nuevo el maravilloso mundo de la actividad inmobiliaria- para bajar o congelar el impuesto sobre la renta y el de Sociedades.
Así que, los que ahora gritan contra la injusticia de la subida de impuestos, deberían haber agotado su voz hace dos y tres años. Deberían haber utilizado otro esquema de pensamiento antes del derrumbe.
Deberían no haber tenido más hijos de los que podían mantener en lugar de pedir desgravaciones o ayudas por los nacimientos o por las familias numerosas; deberían haber renunciado a la compra de una vivienda que no podían pagar en lugar de solicitar y aceptar desgravaciones fiscales por la misma; deberían haber clamado contra las rebajas fiscales por ser familia monoparental o por ser cualquier otra cosa que se nos pueda ocurrir.
Deberían haber puesto el grito en el cielo porque parte de esos impuestos se destinaran a sufragar a unas u otras instituciones que estaban más allá del Estado; deberían haberse rasgado las vestiduras porque se redujera el impuesto sobre la renta.
Dederían haber abominado de que se financiara la sanidad con los impuestos del tabaco o de la gasolina -¡la providencia quiera que a los fumadores no nos de ahora por hacer caso a las campañas del gobierno y dejar de fumar o que los conductores no aparquen su coche masivamente y se compren una bicicleta, a crédito, eso sí!-; deberían haber protestado airadamente porque las empresas pagaran menos impuestos por contratar mujeres, mayores o menores de determinada edad o cualquier otro colectivo social al que se quisiera potenciar -excepción hecha de minusválidos, en todo caso-. Pero no lo hicieron.
No lo hicieron porque eso permitía que Hacienda les devolviera dinero en la Declaración de La Renta para irse de vacaciones, para comprarse un televisor o incluso, a los más afortunados, para ambas cosas. Porque eso les permitía contar con dinero que no habían ganado y que no les pertenecía. Y ahora ya no pueden hacerlo.
De modo que, nuestra estentórea protesta de ahora -aparte de vicios y riesgos y de lo absurdo de un sistema en el que los beneficios del trabajo de muchos recaen en las cuentas corrientes de otros, que lo único que hacen es jugar a la ruleta con sus capitales en la bolsa- es en gran medida tan absurda como lo fue nuestra flagrante irresponsabilidad a la hora de intentar aprovecharnos de un sistema que estaba cogido con alfileres. Pero en ambos casos seguiremos haciéndolo.
Luego está eso de que el gobierno irlandés de Cowen no aumenta el impuesto de Sociedades para que las empresas también apechuguen con lo suyo. Si lo hiciera todas las empresas extranjeras -que son las que han generado el boom económico y las que mantienen una gran parte del empleo no público en su país- cerrarían y se irían a otro lado.
Pero eso es verdad que a nosotros no nos afecta -por primera vez es cierto-. Las que estaban en nuestro suelo ya se fueron hace tiempo. 

lunes, noviembre 22, 2010

¡Bienvenidos al amor 2.0!

Sé que vincular a Humberto Eco -gran pensador por lo que piensa y lo que hace pensar a los demás- con un comentario de alguien que se hace llamar la Bruja Piruja -y espero que no se lo tome a mal- es, cuando menos, arriesgado, pero eso es lo que tiene haber sido educado por un profesor de historia y unos individuos redentoristas en la reflexión de la relación de ideas. Eso y la mítica frase de Life, claro.
Así que, pasando de uno a otra, sin solución de continuidad, me he dado cuenta de algo. De algo que barruntaba con desespero e intuía con desagrado. Resulta que en eso del amor, de las relaciones y de los impulsos que deberían hacer que nos reconocieramos como plenamente humanos, nos hemos vuelto tecnológicos.
Y no me refiero a que utilicemos todo tipo de aparatos, conexiones de última generación y espacios virtuales de todo rango y condición para hallar, encontrar y acercar el amor, que también. No hago referencia a que utilicemos una amplia suerte de mecanismos, que van desde los más tradicionales de esferas plásticas provinientes de la lejana China hasta los más inquietantemente avanzados de vaginas de latex - el proceloso mundo de Internet no tiene límite-, para engañar a nuestras sinapsis y tranquilizar nuestros flujos hormonales,  fingiendo los impulsos que determinadas facetas de ese amor producen; que desde luego también. Me refiero a algo más profundo, más doloroso, más inhumano.
Como en todo, nos hemos acostumbrado a la velocidad, a la respuesta automática, al uso y abuso de instrumentos cuyos procesos desconocemos, pero que nos aportan, de forma inmediata, todo aquello que necesitamos o creemos necesitar. Así que aplicamos ese mismo criterio tecnológico a nuestros sentimientos, nuestros impulsos y nuestros afectos. Hemos inventado el amor 2.0.
Pulsamos botones y esperamos -con la ingenuidad de los que están acostumbrados a que esa acción funcione- que se produzca la respuesta esperada.
Alguien nos ha dicho que si alguien nos ama nos debe aceptar como somos y esperamos que eso ocurra desde el primer momento. Como cuando enviamos un correo electrónico, como cuando lanzamos un sms desde nuestro terminal movil.
Algún manual de instrucciones nos ha explicado que sin atracción sexual no puede haber amor y pulsamos las teclas adecuadas ,en forma de altos tacones, trajes de calidad, profundos ecotes, camisetas musculadas, rasurados perfectos, perfumes insinuantes, horas de gimnasio eternas e incluso colonias de hormonas y estamos seguros de que ese primer paso se producirá en segundos. Como cuando nos conectamos a Internet, como cuando pulsamos el botón del ascensor.
Sentimos la necesidad de acercarnos a alguien, de introducir a alguien en ese mundo cuantico que es nuestra vida y esperamos que la respuesta a esa necesidad sea satisfecha de inmediato, de forma urgente, sin pausas, sin demoras y sobre todo sin esfuerzos. Como cuando pulsamos el botón de un mando a distancia, como cuando clickeamos en un enlace de una página web.
Y a veces hasta va bien. Hasta parece que resulta que el impulso pavloniano del estímulo respuesta, que ha convertido nuestra afectividad en una tecnología, sigue sus misteriosas leyes y produce el hecho deseado.
Puede que sea por casualidad, pero nosotros hemos apretado el botón correcto y hemos obtenido el resultado deseado. Así que debe ser una cuestión de causa y efecto. Tiene que serlo. Si no en la siguiente ocasión podría fallarnos.
Pero hay otras veces -las más- en las que no resulta, en las que, por más que sigamos el libro de instrucciones, por más que apliquemos nuestra tecnología afectiva en todas sus facetas, no recibimos la confirmación del adecuado funcionamiento de nuestro amor 2.0.
Y entonces nos enfadamos, nos contrariamos, nos molestamos. Como cuando un avión no llega a tiempo, como cuando nuestro movil no tiene cobertura. Como cuando Windows 7 tarda en arrancar.
Y ¿cual es nuestra reacción cuando vemos que la tecnología -nuestra maravillosa y útil tecnología del amor 2.0- no funciona? Pues nos cambiamos de tecnología.
Pasamos de la búsqueda de amor a la de sexo que es mucho más causal, al menos en determinadas condiciones experimentales -es decir, algunas circunstancias horarias, determinados ambientes ruidosos y determinados niveles de alcohol en sangre-, como el que se cambia de Windows a Linux.
Cambiamos la necesidad de compañía por la necesidad de soledad -que no requiere tencología de comunicación ninguna- como cambiamos de operador cuando perdemos cobertura.
Como la tecnología utilizada pero desconocida del amor 2.0 nos ha fallado, elegimos cualquier otra tecnologia 2.0 -afectiva o no- que nos de resultados inmediatos cuando recurramos a ella. Cualquier otra que funcione de forma absolutamente causal. Y tenemos muchas para elegir.
Van desde el desamor a la misantropia, desde el individualismo a la soledad, desde el sexo esporádico al sexo individual -y aquí sí entran los aparatejos, por cierto-, desde el afecto familiar a la transferencia afectiva animal, desde el enamoramientos de avatares en Internet hasta la lectura romántica. Cualquier cosa que suponga que pulsando los botones adecuados se reciba la respuesta requerida nos sirve para sustituir ese fracasado intento tecnológico del amor 2.0.
Es posible que alguien se pregunte ¿y esto qué tiene que ver con la Bruja Lola -uy, perdón, la Bruja Piruja-. Pues muy sencillo. Es una cuestión de actitud. Hemos sustituido a la bruja Piruja pero seguimos siendo mágicos. La tecnología del amor 2.0 es magia.
Nuestro amor 2.0 no es diferente de cuando se recurría a los filtros, los horóscopos, las cartas astrales, los ensalmos o los hechizos amatorios para lograr el efecto de la causa que lo provocaba.
La éfimera presencia de la Bruja Piruja en mi existencia virtual me ha recordado la existencia de esa magia. Así que, en realidad, nuestro nuevo y flamante amor 2.0 no es, ni mucho menos, una evolución, es una versión corregida y aumentada del amor ex machina de Simón, el mago y los Dioses Olímpicos. 
Puede que ahora los ensalmos estén en el Cosmopolitan o en el Mens Health; puede que los misteriosos filtros se encuentren en los libros de autoayuda o en las metáforas de Paulo Cohelo, puede que las invocaciones ya no se hagan en el templo de Venus o de Astarté y se realicen en los Afterhours, las clases de danza del vientre o los centros de depilación masculina -por no hablar de los tarots televisivos que siguen asediándonos-. Pero nuestro amor 2.0 no ha dejado de ser mágico porque nos presentemos ante él intentando utilizarlo como una tecnología. Todo lo contrario.
No sé si es que nunca lo supimos o es que lo hemos olvidado pero, pese a los siglos, a los milenios a lo largo de los cuales hemos necesitado el amor para conocernos y reconocernos como seres humanos, no sabemos o no quemos saber que el amor no puede ser una tecnología, no puede ser una magia. Que el amor es una ciencia.
Y ahora parece que me contradigo. Pero no. Ciencia y tecnología pueden parecer lo mismo pero no lo son. Nunca lo serán. Nunca podrán serlo.
La ciencia exige conocer el punto de partida y el punto de detino. Supone recorrer un camino, supone probar, supone avanzar por ensayo y error, supone equivocar las premisas y modificarlas, supone volver a empezar desde el principio si hace falta.
En la ciencia hay que renunciar a las hipótesis iniciales y crear unas nuevas. La actividad científica hace posible volver a intentarlo aunque se haya fracasado; descubrir algo inesperado y aclimatarse a ello para lograr el objetivo; integrar en nuestro esfuerzo lo que otros han descubierto antes, después o a la vez que nosotros.
 La ciencia supone saber lo que se está haciendo y no renunciar a ello pese a los errores, los contratiempos, los estrepitosos fracasos y las profundas decepciones. La ciencia supone descubrir los porqués de los procesos, no ignorarlos, calibrar las motivaciones de los fracasos, no rechazarlas. La ciencia supone riesgo, colaboración, compromiso y esfuerzo.
La tecnología no. La tecnologia es la magia moderna de apretar un botón y que algo deseado y esperado suceda.
Así que nuestro amor 2.0 debería ser ciencia pero es tecnología. Porque nosotros no estamos preparados o no queremos estarlo para asumir ese camino, ese esfuerzo, ese riesgo. Por eso hemos elegido el ejemplo de la Bruja Piruja y no el de Humberto Eco -defensor a ultranza de la diferencia entre tecnologia y ciencia-. Por eso esperamos, sin amar, que el amor nos llegue cuando creemos que lo necesitamos.
El amor es ciencia -aunque una ciencia diferente para cada dos-. No es magia, no es tecnología. A amar se aprende amando y volviendo a amar, no apretando un botón.

La bruja piruja alimenta el circo de Marta del Castillo -espero que haya sido sin pretenderlo-

la bruja piruja dijo...
Las personas que han firmado, no creo que hayan pensado lo que tú. Piensan mas bien, en la chica asesinada, en la desesperación de sus familiares, en la crueldad de jovenes perversos, sin ningún tipo de decencia.
Han pensado en Marta y en otras muchas a las que han quitado la vida, sin ningún motivo. Han pensado en el Rafita, que se pasea impunemente, despues de haber asesinado de manera brutal a esa pobre chica..Pero no solo deberiamos culpar a estos chicos, quizás nuestra sociedad sea responsable de la pérdida de valores y respeto a los demás..
Os digo ,Marta está en el rio, cerca de Sanlucar, no aparecerá pronto, lo hará cuando nadie la busque,la encontrará un vecino de Sanlucar.
10:05

devilwritter dijo...
El problema está en que han pensado en eso y sólo en eso. El problema y el miedo que produce está en que no han tenido en cuenta lo que su exigencia supondría para una sociedad y sólo se han preocupado de lo que les envía la visceralidad (aunque tengan todo el derecho a sentirla). No se puede pretender que una sociedad se estructure a través de nuestros miedos y de nuestros odios. Tenemos la responsabilidad de superar eso y pensar las cosas más allá de la viscera.
Te digo. Tu predicción es tan obvia que no merece la pena hacerla. Ya nadie busca a Marta (oficialmente), las corrientes del Guadalquivir llevan a Sanlucar de Barrameda todos los materiales de alubión del río (¿por qué crees que se formaron las marismas?) y, si nadie busca ya a Marta y su cadáver va a Sanlucar por inercia fluvial, ¿quién es más lógico que lo encuentre?
Tu predicción tiene tanta validez premonitoria como anticipar que el partido inaugural del próximo mundial de fútbol lo jugará España. Puede que la gente no se haya fijado en el dato, pero ya se sabe que será así.
Y, por cierto, también tenemos la responsabilidad de no alimentar circos ni espectáculos. No voy a entrar en si tienes dotes premonitorias o prescientes, pero en casos como estos, harías mejor en guardártelas para tí.
Un saludo

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En pocas ocasiones (creo que ha sido sólo una vez) utilizo un comentario de un post para realizar otro post. En la única ocasión en la que lo hice fue porque creí que ese comentario -aunque contrario a mi punto de vista- debía ser destacado por lo racional y argumentado y respondido adecuadamente.
En esta ocasión es por todo lo contrario.
Puede que la Bruja Piruja tenga razón en su predicción, puede que incluso la haga con buena intención. Pero no debe hacerla.
Más allá de su opinión sobre el asunto, una justificación de la visceralidad -respetable, aunque equivocada, simplista y políticamente correcta hasta el extremo, según mi punto de vista- Su predicción la hace atravesar la línea de los que alimentan el circo mediático y social de estos casos.
Puede que sus intenciones sean cuando menos neutras y que sus dotes sean reales, pero lo que menos necestia una sociedad es que una situación que, ya de por si está absolutamente puesta en el rango de lo visceral por medios de comunicación y políticos varios, encima sea arrojada al entorno de lo mágico.
En esta ocasión -por meros principios- el comentario permanecerá, pero no escribo estas líneas -por muy demoniacas que sean literariamente- para albergar resquicios pseudomágicos, que tan sólo convierten en azar y necesidad lo que debe ser reflexión y esfuerzo.
Queda dicho, bruja.

viernes, noviembre 19, 2010

Todo ocurre en el maltrato por un motivo

Hay una frase que está ahora muy de moda. Una expresión que anda a caballo entre el determinismo fatalista y la excusa perfecta para la elusión de la responsabilidad en nuestras vidas, entre el botellón de aparcamiento de afterhours y el gabinete de vidente tarotista que se viste en un mercadillo con los restos de la cultura hippie: "Las cosas ocurren porque tienen que ocurrir, porque está de que ocurran, por algún motivo".
No corro el riesgo de caer en la trampa de justificar toda circunstancia vital -adversa o favorable- con este ejemplo del determinismo profético más patético pero, ante determinados acontecimientos, esta frase se antoja un axioma incuestionable.
Los espacios televisivos de tertulia y sofá y las ediciones digitales de última hora nos descubren una noticia, un incidente que sería dantesco si no fuera trágico. Un individuo, contratado para coordinar y gestionar una casa de acogida para mujeres maltratadas, es denunciado por humillarlas y maltratarlas, sumando a sus ya más que importantes problemas uno más, una tragedia más, un motivo más para odiar al mundo.
Todo el universo mediático se lanza a opinar sobre el asunto, sobre la condición de maltratador del individuo -que ha quedado más que clara-, sobre los errores de la administración que le han permitido infiltrase precisamente en esa función -que, como las meigas gallegas, haberlos, hailos-, sobre el drama y la víscera, sobre el análisis y las responsabilidades políticas.
Y parece que con eso está todo dicho, todo cubierto, todo explicado. Pero, en realidad, las explicaciones, justificaciones o excusas que se den en esos campos no sirven para explicar la verdadera realidad: estas cosas ocurren porque está de que ocurran. Todo ocurre por algo.
Un individuo puede colocarse al frente de una casa de acogida con esa tendencia psiquiátrica a humillar mujeres porque aquellos que rigen ese piso no tienen tiempo ni ganas de hacer las pruebas psicológicas más básicas que serían pertinentes para puestos de este tipo. Así que las cosas suceden porque está de que sucedan.
Ocurren porque aquellas que deberían supervisar la gestión de ese piso de acogida están mucho más preocupadas de organizar manifestaciones ante los juzgados -que tienen más repercusión mediática- por la nueva ley del aborto, por el asesinato de una mujer de quien ni siquiera se sabe quien la ha matado o por la desaparición de una fémina que no se sabe siquiera si lo ha hecho voluntariamente. Así que, las cosas ocurren porque está de que ocurran.
El tipo puede insultarlas impunemente y espetarles a la cara que no le extraña que las hayan pegado con lo inútiles que son, porque aquellas que han recibido el encargo de protegerlas están centradas en indignarse porque un alcalde realiza insinuaciones sobre los labios de Leire Pajín o porque un ex vicepresidente del Gobierno llama señorita a una futura ministra del gabinete.
Porque han sustituido la realidad de la defensa de las que sufren por la más agradecida imagen de la defensa de la igualdad formal y ridícula, que ocupa mucho más tiempo televisivo y da mejor en cámara. Así que va a ser que sí, que las cosas ocurren porque -como diría mi abuela- esta de dios que ocurran.
Ese individuo puede acosarlas en su propia casa, acorralarlas contra las paredes y amenazarlas con obligarlas a pasar la noche al raso, porque aquellas que han recibido la confianza pública para preocuparse de ellas, gastan su impulso y sus fuerzas en escudriñar los canales televisivos en busca de un anuncio que muestre unas nalgas femeninas en toda su extensión y no unas masculinas. O de otro que muestre unos pechos no lo suficientemente cubiertos con el deseable decoro victoriano. Porque han olvidado a las personas en favor de las causas que nunca fueron causas y de las victorias en guerras de sexos que nunca fueron guerras. O sea, que las cosas siempre pasan por algún motivo.
El infiltrado puede darles 50 euros para sobrevivir una semana -y yo que he vivido con menos, sé que es muy poco- porque las subvenciones que fluyen hacia las que se responsabilizan socialmente -según ellas- de ese problema se quedan - como en otras muchas entidades escondidas bajo el protector epígrafe del "sin ánimo de lucro"- en sueldos de 2.000 euros al mes para las que se dedican "en exclusiva" a ello, en gastos de representación, en organización de campañas y charlas en las que se pagan a si mismas por educar a sus socias en lo que sus socias ya están una y mil veces educadas. De modo que parece que las cosas sí suceden porque deben suceder.
Esas mujeres se sienten indefensas y no tienen a quien recurrir -salvo al juez de guardia, bendito puesto el de juez de guardia- porque aquellas que cobran subvenciones millonarias por su defensa legal rechazan sus casos si saben que el juez los va a desestimar porque no pueden pasarle la minuta a la administración de turno; porque se limitan a hacerles rellenar los papeles para solicitar un abogado de oficio -y que conste que a mi el turno de oficio me ha servido de forma profesional y responsable en más de una ocasión-, porque ellas están con las agendas repletas de apariciones televisivas, de debates radiofónicos, de presentaciones de libros sobre el tema o de conmemoraciones grandilocuentes. Está resultando que todo lo que pasa, lo hace por algún motivo.
Y el Estado del Bienestar -para ser exactos, el Gobierno del Estado del Bienestar- no se entera de nada porque ha decidido hace tiempo intercambiar responsabilidad social por repercusión social, porque ha decidido que el dinero de todos no vaya directamente a aquellas que lo necesitan.
Porque lo gasta en campañas mediáticas y subvenciones en lugar de en pisos y plazas cubiertas por profesionales dependientes directamente de la administración y que rindan cuentas ante ella. Porque intercambia tragedia por imagen social y dinero por sufragios. Después de todo, resulta que todo lo que ocurre es por alguna razón.
Ocurre porque el sistema está viciado en su base y en su desarrollo como lo estuvo en los ochenta del pasado siglo el de atención a los drogodependientes. Porque, en la práctica, se ha privatizado la protección de las mujeres que más lo necesitan, poniéndola en manos de algunas -que muchas habrá que no lo hagan, no digo que no- que funcionan como un lobby, que busca poder y dinero a cambio de presencia social y sufragios para aquellos gobiernos que las apoyan. En efecto, las cosas ocurren porque está de que ocurran.
Y la única respuesta a esta situación es lanzar una campaña más, una vuelta de tuerca más en un concepto que ya está haciendo aguas, en la que se asegura -según otra de esas encuestas y reglas matemáticas ya tristemente famosas por inconsistentes- que el diez por ciento de la población infantil sufre las lacras de la violencia de género -el quince por ciento está demostrado que sufre la violencia en general, sin género discriminatorio en las víctimas ni en los perpetradores, pero eso da igual-. 
A lo mejor así consiguen más subvenciones, más dinero que no utilizar en lo adecuado y lo necesario. A lo Peor así terminan contratando en los centros de acogida de los niños víctimas de la violencia de género a todos los pederastas que, después de muchos siglos y mucho pensárselo, otras instituciones están arrojando de su seno.
Y nosotros podemos seguir asombrándonos y combulsioandonos cuando veamos a Kevin Bacon -glorioso papel el suyo- abusando impunemente en un reformatorio de tres pobres chicos de la Cocina del Infierno. Podemos seguir estremeciéndonos cuando contemplamos a la eterna Laura Engels -vale, Melissa Gilbert, se llama la moza- de las películas televisivas serie C de domingo por la tarde acorralada por su asistente social o violada por su agente de la condicional y pensar que eso sólo ocurre en las pelis -en las pelis y en América-.
Porque ahora ya sabemos que todo lo que sucede, sucede porque está de suceder. Ocurre por algún motivo.

Marta, la chiquilla que nos sirve de excusa.

En ocasiones, el recuerdo es una herramienta de recomposición personal y social que nos asalta de forma inesperada. Como casi todo lo relacionado con estas demoniacas líneas, mi recuerdo y mi memoria tienen a veces estructuras y dinámicas perversas.
Hoy, cuando se cumple el post 365 de este invento, cuando se cumple lo que, si mi voluntad fuera más firme y mi tiempo más extenso, hubiera sido un año de jornadas dedicadas a alimentar mi impulso de hablar sobre el mundo y de entender la vida, el recuerdo de otro post me ha asaltado de repente.
Hoy me he acordado de un post que dediqué en su tiempo a esa muchacha, a esa criatura a la que la locura de un individuo convirtió en cadáver y a la que la locura de una sociedad transformó en trágico icono de programas de rojo y negro y de morbo perpetuo. Hoy me he acordado de Marta del Castillo. ¿Os acordáis de Marta del Castillo, esa chiquilla que un día alguien dijo que eramos todos?
Hoy, que buscaba una excusa para que este post hablara de la alegría, del amor o de cualquier otra cosa tan banal como necesaria, me he acordado de Marta del Castillo. Hoy que quería escribir sobre la vida, me he visto, como siempre últimamente, en la tesitura de sentir necesario escribir de la muerte.
Ha pasado un año y Marta del Castillo sigue muerta -nunca hubo esperanza de que fuera de otra forma. El circo mediático que se formó en torno a ella no pretendía encontrarla con vida -como en otros casos también recordados y olvidados-, no fingía colaborar para lograr un rescate o una localización, mientras lo único que vigilaba atentamente eran sus índices de audiencia. Tan sólo se limitaba a esperar que apareciera un cadáver, montaba guardia para regodearse en las presumibles lágrimas, en los anticipables gritos desgarrados en los más que previsibles juramentos de venganza.
Cuando no apareció el cadáver, cuando eso no ocurrió, todos dejamos de ser Marta del Castillo de repente, por el arte de la magia del descenso de audiencias. Dejamos de serlo porque no lo habíamos sido nunca, como nunca fuimos Madelaine, como nunca fuimos Jonathan, como nunca fuimos Sara.
Y ahora, un año después, sus padres, que si eran Marta y siempre serán Marta, presentan un millón y medio de firmas en defensa de la cadena perpetua revisable, del cumplimiento integro de las condenas.
Y es normal, es comprensible que ellos, que ni siquiera tienen un cadáver -con lo que eso supone para nuestro patrio sentido de la tragedia-, pidan eso o incluso que pidan que ajusticien a aquel que la mató pero que no es su asesino porque no hay cadáver. Ellos hacen lo único que pueden hacer: clamar venganza -no justicia, aunque también-.
Pero lo que me aterroriza de esa petición es que solicitan la cadena perpetua irredimible para delitos graves. Y no me aterroriza que lo pidan, lo que realmente me deja anonadado es que nadie pregunte ¿qué son delitos graves?. Lo que me deja sin aliento es que un millón y medio de personas no haya hecho esa reflexión antes de firmar.
Se podrá decir que los delitos graves son los asesinatos, pero, en el resto de los delitos la gravedad se fija en virtud de un término cuantitativo.
Un robo es más grave en tanto es más cuantioso, unos daños son más graves en tanto son más onerosos para la propiedad sobre los que se producen -no es lo mismo tirar una piedra a un cristal que incendiar un inmueble-, una agresión es más grave en tanto más lesiones se producen y así sucesivamente.
Pero ¿como medimos la gravedad de la muerte?, cuando alguien le arrebatas todo lo que es y lo que puede llegar a ser ¿cómo construimos la escala de gravedad?
Para cualquiera que se lo piense un instante, la petición encabezada por los padres de Marta del Castillo supone que todo homicidio tiene la misma escala de gravedad. Sería injusto que fuera de otra manera.
Y, aunque no queramos pensarlo, aunque estampemos nuestra firma sin reflexionarlo, eso significa que la madre que por negligencia deja que su hijo muera en un accidente por no ponerle el cinturón de seguridad debería cumplir cadena perpetua irredimible; que el médico que se confunde en una operación debería cumplir cadena perpetua irredimible; que aquel que limpia imprudentemente un arma y por accidente dispara y mata a alguien debería cumplir cadena perpetua irredimible; que quien sobrevive a un accidente en el que conduce en estado de embriaguez y en el que ha muerto alguien debería cumplir cadena perpetua irredimible; que aquel que deniega el auxilio a alguien que ve sangrando por la calle o que no se detiene en un accidente que acaba con víctimas mortales a las cuales su intervención podría haber salvado debería cumplir cadena perpetua irredimible.
Porque sino es así lo que estamos diciendo es que hay muertes forzadas graves y leves. Lo que estamos estableciendo es una escala de importancia en las vidas que se quitan. Lo que estamos defiendo es que hay vidas más importantes que otras. Y eso no. Por mucha cólera, mucho miedo y mucha tristeza que se albergue, eso no.
Más allá de que las cadenas perpetuas irredimibles -porque decir revisables es decir irredimibles- no funcionan y está demostrado. Más allá de que el país que todos tenemos en mente como ejemplo de ese sistema de sentencias es el cuarto con mayor índice de homicidios del mundo -Por detrás de Colombia, México y Tailandia-, que un millón y medio de personas consideren esa posibilidad da miedo. Que un millón y medio firme de sin pensar de lástima, pero si lo han pensado y han firmado entonces da auténtico pánico.
Porque significa que ya estamos tan deshumanizados que estamos dispuestos a considerar que la pérdida de una vida es menos grave que la otra; porque supone que nuestro miedo se ha impuesto a cualquier pensamiento racional al respecto; porque es un síntoma de que no estamos en condiciones de superar nuestro propio egoísmo y consideramos grave aquello que nosotros creemos que nunca podríamos hacer, pero no aquello que tememos que nos pueda ocurrir en algún despiste o algún golpe de mala suerte.
Porque anuncia, de forma más impactante que cualquier espacio televisivo de muerte y morbo y que cualquier campaña de victimismo solidario, que hemos perdido la esperanza.
Los padres de Marta del Castillo tienen una hija muerta y una vida rota como excusa para ello ¿Cual tenemos nosotros?

miércoles, noviembre 17, 2010

Cólera: la bacteria merovingia de ONU en Haiti

Pese a estar constreñido entre el paréntesis obligado en mi visión del mundo que impone una mudanza y una difícilmente explicable relación semicontractual con la tierra de Pathfinder -mejor no pregunteís- mis ojos, por vicio o por constancia, su vuelven a otro lado. A un lugar que ya está muerto. Se vuelven a Haiti.
Y de nuevo encuentro en Haití algo que parece imposible que ocurra, algo que, a estas alturas del partido que juega nuestra civilización contra la deshumanización y la extinción, debería estar superado o, al menos, ser superable. De nuevo me topo de morros con la incoherencia occidental en estado puro.
Los medios de comunicación occidentales se sorprenden -y exportan ese virus a sus lectores, espectadores u oyentes- de que los haitianos se vuelvan contra los casacos azules y ataquen sus cuarteles con piedras y machetes.
Se hacen cruces y gastan y desgastan sus editoriales achacando a la incultura, la desesperación o las oscuras maquinaciones conspirativas de los actores políticos de la isla caribeña la improbable acusación de que la ONU ha llevado a esas tierras el cólera que las está volviendo a matar en su ya eterna y continua muerte. 
Y con esas justificaciones y esos editoriales, las mentes pensantes y escribientes de los medios occidentales lo único que hacen es cantar a voz en grito su himno -y el nuestro- a la incoherncia. Porque la acusación es absolutamente cierta. Puede que los haitianos equivoquen el arma homicida pero la ONU está matando a Haiti.
No me refiero a los disparos dentro de las famosas Rules of Engagement que los cascos azules han descerrajado -por pura necesidad de supervivencia, quiero suponer- contra los airados y desesperados asaltantes. Eso, a estas alturas es intrascendente. No banal, pero si irrelevante.
Pero la organización que se supone que nació como germen de un gobierno planetario -o al menos de una administración conjunta del orbe- no es capaz de poner fin a una crisis que se ha desatado en Haiti como podía haberse desatado en cualquier otra parte.
Está matando a laisla porque no es capaz de sumar diez millones de vacunas para inyectarlas en la isla, porque no es capaz de dar un puñetazo encima de la mesa y lograrlas, comprarlas, expropiarlas o robarlas si llega el caso.
Porque envía tropas nepalies a controlar el país, pero es incapaz de militarizar la producción de vacunas o de enviar marines a las puertas de las empresas farmaceúticas para forzarlas a producir unas vacunas que, aunque no impidan que los enfermos mueran, si impedirán que los vivos enfermen.
La ONU está matando a Haiti porque simplemente está demostrando que no puede mantenerla viva. Que no sirve para eso. Que no sirve para lo único que se podía suponer que tenía que servir.
Puede que esas vacunas no sean del todo efectivas, puede que no esten probadas del todo, pero no hay diez millones de unidades a disposición de los habitantes de Haití para que, al menos, tengan la posibilidad de elegir entre una muerte probable y una salvación incierta. Es muy poco, eso es verdad, pero se supone que la ONU podría hacer al menos eso.
Ya es un síntoma que vacunas inventadas en 1980 no hayan evolucionado.
Claro, como nosotros no sufrímos el cólera, ¿para qué gastar recursos farmaceúticos en ellas?, ¿para qué forzar a multinacionales a investigar en esa línea?
Los Gobiernos, la OMS y otro sinfín de organismos se han gastado dinero que no tenían y han forzado acuerdos para que se produjeran de forma masiva vacunas contra ese fantasma que se convirtió en pandemia de la noche a la mañana llamada Gripe A.
Y ahora acumulan reservas como para vacunar a tres generaciones -mientras las empresas farmaceúticas que las crearon acumulan ceros en sus cuentas de beneficios-, aunque su índice de mortalidad era una ínfima parte de el del cólera y es posible curarla con un arco iris de, lo que House y sus chicos lamarían, antibióticos de amplio espectro.
Pero para el cólera no. Eso está superado. Eso no es rentable. Eso no es vendible. No hay posibilidad alguna de un brote pandémico en tierras de la Civilización Atlántica de esa enfermedad. Mejor dejarlo correr.
Y encima somos lo suficientemente incoherentes como para sorprendernos de que los haitianos, en plena desesperación, busquen una excusa contra nosotros y nos la arrojen a la cara; de que se vuelvan merovingios caribeños -nunca me cansaré de ese excelso personaje de Matrix- y transformen la casualidad en causalidad.
Somos lo suficientemente incoherentes como para sorprendernos de que hagan exactemente lo mismo que nosotros.
Nuestra sociedad está harta de buscar causalidades absurdas pero cree que tiene derecho a ello. Los haitianos no.
Cuando la desesperación aprieta -y nuestra desesperación es mucho más rápida que la haitiana, porque nos movemos en niveles de tolerancia a la contrariedad mucho más bajos-, buscamos una causa, por peregrina que sea y le echamos la culpa.
Cuando el paro se hace constante, de larga duración, casi infinito,  acusamos del desempleo a los inmigrantes y hacemos campañas electorales autonómicas con ello.
Cuando nuestro nivel de exportaciones desciende drásticamente, acusamos a Francia y a Estados Unidos de ello; cuando nuestras expectativas profesionales se deshacen por falta de preparación o de esfuerzo, acusamos al sistema educativo de ello; cuando nuestra diletancia especulativa inmobiliaria nos lleva al desastre económico, acusamos a los bancos de ello; cuando nuestra incapacidad como padres y madres nos arroja en el salón de casa a hijos que se convierten en lampreas sociales y remoras afectivas, acusamos a sus amistades, el mágico y pernicioso influjo de la televisión o a sus profesores de ello; cuando nuestros negocios minoristas se hunden, acusamos a los chinos que trabajan de sol a sol de ello; cuando fallamos estrepitosamente en la elección de pareja y no somos lo suficientemente fuertes para reconocer nuestro error y dejarlo atrás, acusamos al machismo o al feminismo de ello.
Nosotros podemos encontrar causas absurdas a nuestros males. Pero los haitianos no.
Nos negamos a ver que es el sistema sindical y empresarial que inventamos nosotros lo que falla; que es nuestra incapacidad de internacionalización lo que falla, que es nuestro concepto de lo que es una vida y una profesión lo que falla, que es nuestro intento de ganar dinero con la vivienda en lugar de vivir en ella lo que ha fracasado, que es nuestra falta de equilibrio entre la libertad y la responasabilidad en la educación lo que está haciendo agua, que es nuestra falta de soluciones de marketing, de inversión y de posicionamiento lo que falla, que es nuestro concepto de lo que son los sentimientos y el amor lo que no está ajustado a la realidad de nuestros corazones.
¿Nosotros hacemos eso y luego nos sorprendemos de que los haitianos le echen la culpa a los cascos azules nepalíes del cólera, aprovechando la casualidad de que el cólera no estaba en sus tierras antes de que ellos desembarcarán en sus playas?
¿De qué nos sorprendemos? Tienen un problema y buscan un culpable. Un culpable externo, por supuesto. Lo están haciendo perfectamente. Nosotros les enseñamos.
Puede ser que se equivoquen en la herramienta. Pero ya sea por la bacteria, por la incompetencia actual  o por siglos de historia de indiferencia y explotación, Occidente está matando a Haiti.
Así que, por una vez y sin que sirva de precedente, la causalidad merovingia está justificada. Nosotros no tenemos excusa para hacerlo. Pero los haitianos sí.

Hibernia regnum totum est

Mientras Haiti se mata y se muere por un problema que debería haber dejado de ser un problema hace siglos, nosotros, los miembros vitalicios del club de las culturas occidentales, seguimos a lo nuestro, a esa actividad que hemos depurado desde los tiempos en los que nuestros ancestros recorrían el mundo a golpe de pilum y solea.
Pero lo grave de esto, lo realmente preocupante no es que se convierta el humo de nicotita flotando sobre los columpios en un parque en un motivo de legislación; no es que cantemos las alabanzas del flamenco y los cantos de Sibila -y los Castells, no se me ofenda nadie- durante dos jornadas, orgullosos de que los hayan nombrado lo que siempre han sido: patrimonio de la humanidad. No es siquiera que se debata sobre la recientemente inventada o descubierta independencia cultural de Catalunya.
Lo realmente preocupante no es que se intenten solventar problemas que no existen y se pierdan fuerzas, recursos, dinero y tiempo en vencer en batallas que ni siquiera debieron ser iniciadas. Lo importante es que, con todo eso, no sólo no vemos los problemas reales, sino que además los negamos.
Eso es lo que está pasando con Europa. Eso es lo que está pasando con Irlanda.
Puede parecer que es absurdo que un país que se hunde -como buena isla- en el mar de incertidumbre que rodea sus finanzas; que choca con el escila de una economía inflada por beneficios de multinacionales radicadas en su geografía, pero que repatrían dineros en plena crisis mundial; que está siendo tragada por las fauces del caribdis que ha supuesto para ellos la flexibilidad escesiva de su sistema bancario, se niegue a recibir ayuda.
Puede resultar incomprensible que se oponga a que 100.000 millones provinientes de la Unión Europea y del Fondo Monetario Internacional desembarquen en las maltrechas costas de su economía. Pero, si nos paramos a pensarlo, no es tan raro que esto ocurra. Sucede todos los días. Puede que no con un país entero. Pero ocurre todos los días.
Por seguir con el simil naútico, tan propicio para una isla: Irlanda no es que haya encayado y se niegue a recibir ayuda por orgullo y dignidad al grito de "¡Me basto y me sobro para salir de mis problemas!" -lo cual ya sería un error-, es que está viendo como el mar furioso de la crisis ha abierto cientos de vías de agua en el bajel y se niega a reconocer que se está hundiendo. No cree que haya nada que salvar porque es incapaz de percibir su propio naufragio.
Y una vez más, como está pasando de continuo últimamente, Irlanda y su ceguera ante sus propios problemas, no es reseñable, no es destacable porque sea un caso aislado, porque los irlandeses sean especiales o estén hechos de una extraña herencia genética gaélica que les haga diferentes a los demás.
Irlanda es reseñable porque, también en esto, es una metonimia inversa. Es la explicación de la parte con el todo, es un reflejo nacional y continental de una actitud individual - otra más, y ya se ha perdido la cuenta-  que nos está matando como civilazación-. Por decirlo de algún modo, tenemos la Irlanda que nos merecemos.
Seguimos inventando problemas irreales para enfrascarnos en ellos, para hundirnos en ellos, para enzarzarnos en batallas que no pueden ganarse porque nadie puede perderlas. Seguimos eludiendo la realidad intentando que nuestras percepciones sean importantes, sean relevantes, sean reales.
En nuestra vida diaria, en nuestros pensamientos, en nuestras acciones todos tenemos el gen gaélico que esta impidiendo a los gobernantes de la ancestral Hibernia reconocer sus males y sus problemas.
Cada despertar hacemos con nuestros problemas para ligar, con nuestra imposibilidad para ir de vacaciones, con la ausencia en nuestras cuentas corrientes de los mil euros que necesitariamos para gastar en un televisor de plasma, unos buenos cosméticos o un fin de semana en el extranjero, lo que Irlanda ha hecho con la pederastría de sus clérigos, con las disquisiciones lingüísticas sobre el gaélico, con los problemas de su sistema de correos o con las peculiaridades del Ulster como Irlanda ocupada: los magnificamos.
Perdemos el tiempo y la reflexión en intentar solucionar esos contratiempos -que es lo que son-  y utilizamos la falsa urgencia que le damos a esos problemas magnificados para ocultar al mundo y, lo que es peor, a nosotros mismos el verdadero problema, el error que está minando la estructura y devorando los cimientos de nuestra existencia.
En el caso de Irlanda ha sido su aparentemente floreciente economía y su casi invisible e inconsistente sistema bancario y en nuestros casos individuales puede ser desde la incapacidad para acceder a nuestros sentimientos, la estructuración errónea de nuestro sistema de prioridades, la imposibilidad de reconstruirnos sobre bases que ya nos han fallado multitud de veces, hasta la incapacidad para percibir a los demás como elementos integrantes de nuestra vida y nuestra realidad o la incapacidad de percibir la realidad en si misma.
Da igual cual sea el problema de base, da igual cual sea la situación profunda que nos está fallando. La obviamos, como la isla británica ha obviado a sus bancos, la ignoramos y nos enfrascamos en la solución de los otros problemas que hemos decidido que son importantes. Así, si conseguimos el polvo de fin de semana o el viaje soñado, si logramos los 1.000 euros de marras o la borrachera de alcohol y carcajadas ansiada, parece que todo va bien, que todo o al menos una parte, -que lograr polvo, viaje, pasta y borrachera en el mismo fin de semana es harto complicado-, se ha solucionado.
El agua sigue entrando a borbotones por los agujeros de la nao de nuestra existencia, pero nosotros seguimos en cubierta mirando al horizonte sin volver los ojos a la sentina, fingiendo que avanzamos en lugar de hundirnos.
Y todavía es peor cuando alguien se da cuenta.
Cuando alguien, ya sea por el egoismo de verse implicado y arrastrado en ese problema o por la solidaridad de percibirlo y preocuparse por nosotros o incluso por una mezcla de ambos motivos, nos hace ver nuestro problema estructural, lo negamos. 
Cuando alguien nos presenta nuestro problema real, ese que hemos ocultado bajo la cortina de humo de otra serie de contratiempos transitorios a los que hemos disfrazado de problemas importantes, y nos ofrece ayuda o aliento para afrontarlo, lo rechazamos, rechazamos todo lo que nos pueda dar por mucho que lo necesitemos.
Porque no podemos reconocer que el problema existe. Hemos empleado demasiado esfuerzo en ocultarlo debajo de otros, en acallarlo con los gritos y las quejas por otros motivos, en silenciarlo bajo el tronar constante de tormentas de vaso de agua, que hemos inventado o, como mínimo, magnificado, para lograr no escuchar la tempestad constante que sacude nuestras existencias.
Así que Irlanda, su gobierno y su sistema financiero no son muy diferentes de lo que es cualquiera de nosotros, un día cualquiera con un problema cualquiera.
No puede aceptar la ayuda, porque no puede reconocer el problema. Más allá de la necesidad de estabilidad de los mercados, del miedo a la desinversión internacional o de la quiebra del euro -que son problemas muy reales, no nos engañemos-, hay algo más profundo que le imposibilita hacerlo.
No puede aceptar la ayuda porque eso exigiría reconocer el problema y ya no quedaría excusa ninguna para eludir el cambio. Y el arte de cambiar es algo que la Civilización Atlántica y los individuos que la componen hace demasiado tiempo que olvidaron.

lunes, noviembre 15, 2010

El futuro para Esukadi pasa por Shujaa Graham - o Ángeles Pedraza ha de saber que está viva-.

Puede que parezca reiterativo e insensible, puede que muchos se cansen de escuchar, de leer o de que les recuerden que existen o que exisiteron.
 Pero, una vez más, toca hablar de las víctimas, las del terrorismo, aquellas a las que muchos se han empeñado en convertir en las únicas víctimas de nuestro país.
De nuevo los que las representan -su memoria, supongo, porque poca representación necesita alguien que ha muerto- vuelven a protagonizar un incidente, vuelven a salir a la palestra de los medios y a la ventana de la imagen pública. Una vez más no las dejan descansar, no dejan descasar la tierra en la que vivieron y en la que murieron. Una vez más le hacen un flaco favor a su memoria, le hacen un flaco favor a Euskadi.
En este caso, Ángeles Pedraza, Presidenta de la Asociación de Víctimas de Terrorismo, ha marcado y recalcado en la pública presencia de una sala de justicia el problema de aquellos que hacen de las víctimas una bandera, un motivo de disputa, una presencia constante en Éuskadi.
En su enfrentamiento con la Presidenta de las Juntas Generales de Guipuzcoa, espetó una frase que resume el problema que experimentan todos aquellos que ponen a las víctimas del terrorismo por delante de todo y de todos: "a nosotros ya nos han matado".
Es una frase que pone los pelos de punta no por lo que dice, sino por lo que significa.
Da igual que seas socialista o del Partido Popular, da igual que seas nacionalista, independentista o soberanista; da igual que seas abertzale o españolista. Incluso da igual que no seas vasco. Cuando escuchas la frase de Pedraza sólo puedes sentir una cosa. Solamente puedes sentir miedo.
Porque Pedraza no está muerta pero se empeña en estarlo, porque se niega a recibir la condolencia, la conmiseración, la comprensión o la lástima y desea otra cosa.
Porque no comprende que esas cosas son lo único que los vivos podemos dar a los muertos -y las ha recibido con creces de todos, hasta de los que la criticamos-, pero a ella no le bastan.
Porque, después de años y años reclamando justicia, exigiendo justicia como condición previa para cerrar las heridas -como si las heridas que la muerte abre en los vivos se pudieran cerrar a voluntad en virtud de un pacto político-, hablando de justicia en los medios y gritando justicia en las calles, cuando la justicia llega la rechaza, la burla, la omite y acude al deseo de otra cosa.
Por que es de justicia que Eguiguren acuda a testificar en el juicio contra Otregui. Es de justicia que responda con la verdad. Y la verdad es que la declaración de Batasuna por la que se le acusaba de enaltecimiento del terrorismo fue hecha pública antes del acto y fue aceptada por la Lendakaritza, es cierto que se conocía su contenido, es cierto que todo el mundo en las instituciones vascas y en la Delegación del Gobierno conocía el mitín de Anoeta y lo que en él se iva a decir.
Pero Ángeles Pedraza está muerta, lo dice ella misma, y es incapaz de ver los matices y los recovecos que supone la palabra justicia para los vivos. No entiende que la justicia impone que Eguiguren testifique, supone que la verdad prevalezaca, significa que el abogado de Otegui puede preguntar y el presidente de los socialistas vascos debe responder.
La muerte propia elegida por Ángeles como respuesta a la muerte obligada por ETA de sus seres queridos le impide ver que lo que se juzga en esa sala y en ese día no es la condición de terrorista o de asesino de Arnaldo Otegui sino un hecho concreto. No le permite estudiar esa realidad, aislándola de aquello que suena y resuena en su cabeza cada día y cada noche: que su hija está muerta y que Otegui y los suyos la mataron.
Ángeles Pedraza ya está muerta, ha decidido considerarse muerta y por eso no puede ver los grises del mundo. Por eso contempla el mundo en blanco y negro. Por eso confunde justicia con venganza.
Ángeles Pedraza y aquellos a los que representa han hecho la trágica y perversa metonimia de intentar sustituir la muerte de sus seres queridos por sus vidas en un intento de mantenerles con ellos, de que sigan vivos. Ellos ya están muertos como holocausto desesperado para mantener a los suyos en el reino de los vivos.
Pero no es así, aunque por dentro se lo parezca, aunque su eterna tristeza se lo dicte, aunque su corazón se lo repita cada noche, cada sueño y cada despertar. Ángeles Pedraza no esta muerta. Euskadi y el mundo no se pueden permitr más víctimas. Aunque ellas decidan serlo.
Alguien tiene que decirle que la víctima - la que perdió todo lo que era y todo lo que podría haber llegado a ser- es su hija; alguien tiene que recordarle que ella camina, habla, siente y continua en el mundo; alguien tiene pedirle que deje de hacer caso a su dolor -no que deje de sentirlo- y preste por fin oídos a su esperanza.
Alguien tiene que presentarle a Shujaa Graham, quizás así comprendería por fin lo que es ser víctima. Lo que es estar muerto.
Durante doce años Shujaa Graham fue víctima diaria y constante de una muerte injusta que era un hecho incuestionable. Cada día se despertaba estando muerto, cada vez que salía de su celda caminaba un hombre muerto. Nadie puede imginarse lo que significa para la vida que alguien grite "¡Dead Man walking!" cuando te ve pasar -bueno, algunos sí podemos, aunque sea en otro contexto-.
Shujaa Graham estuvo muriendo, siendo victima durante doce años y no dejó que la muerte se enseñoreara de su vida. Y los suyos no dejaron que su muerte se enseñoreara de sus vidas.
Pese al tiempo que ha estado siendo víctima, que ha estado muriendo, Graham y otras víctimas de la muerte injusta ahora no claman venganza, no pierden la vida, suya, de los que le rodean y del mundo que les necesita, en recordar la muerte. Se limitan a buscar algún motivo por el que creer en la humanidad. Un trabajo arduo y difícil tal y como está el patio de la humanidad en estos tiempos.
"Cuando naces todos a tu alrededor sonríen orgullosos y tú lloras. Vive de tal modo que cuando mueras tú sonrias y todos a tu alrededor lloren". Alguien debería hacer que esa gloriosa frase de Graham se convirtira en la letra del himno de la AVT. Alguien tendría que susurrarla al oído de Ángeles cada mañana al levantarse y cada noche al acostarse.
Alguien debería explicar a esta mujer que ha decidio considerarse muerta que,cuando llegue la muerte -la real, la que siempre está llegando-, haberte dedicado al dolor y la venganza sólo hace que aquellos que contemplan tu muerte suspiren de alivio o esbocen una sonrisa de victoria. Alguien debería decirle que el hecho de que alguien sonría con tu muerte es una derrota. Aunque quiensonría haya sido tu enemigo.
Nunca un spot publicitario hecho con otro fin se ajustó mejor a la necesidad real de una persona, de una sociedad, de una tierra y de un pueblo. Euskadi necesita a los vivos para afrontar el tiempo en el que la muerte ya no sea un factor determinante de su sociedad, los vascos necesitan dejar de mirar atrás y hacia dentro para atisbar lo que hay hacia adelante y hacia fuera. Ángeles necesita creer en la humanidad no pelearse con ella.
Nunca un slogan diseñado para vender se hizo tan patente en un entorno tan trágico y real como lo es el escenario que inicia el futuro de una tierra que lo extravión hace tiempo entre el terror y la sangre: La mente de Euskadi, de los vascos y de Ángeles Pedraza necesitan liberarse.
Más allá de que quise y quiero a demasiada gente en esas tierras como para lo que allí ocurre no me me importe, da igual que no yo no sea socialista, ni del PP; da igual que  no sea españolista, ni soberanista, ni abertzale, ni independentista, ni nacionalista. Incluso da igual que no sea vasco. Lo digo antes de que alguien sienta la tentación de echarme cualquiera de esas cosas en cara.
Sé lo que es el miedo, sé lo que es la venganza, sé lo que es el dolor y sé lo que es la muerte. He tenido la oportunidad de charlar con todos ellos frente a frente. Sé perfectamente de lo que hablo. 
Nunca -y que me perdonen por lo prosaico de la metáfora- Euskadi necesitó tanto dejar de consumir Kas y comenzar a beber Aquarius.

viernes, noviembre 12, 2010

Soy feliz -y eso que no viajé a Londres-

Hay alguien que dijo -un legislador, por cierto- que uno de los rasgos que define a los seres humanos es la capacidad de establecer preceptos universales -o sea, leyes-.
No sé si el bueno de Solón simplemente vivía en un tiempo en el que concepto de universal aún se utilizaba, se comprendía y se aplicaba o si es que sencillamente ahora ya no somos humanos.
Pero en lo que no erró el tiro el primero de los constitucionalistas europeos -lo siento, señor Aznar, él fue el primero con unos cuantos miles de años de ventaja- es en que las leyes que hacemos, aprobamos y sancionamos esos que nos hacemos llamar humanos nos definen.
Y hoy han saltado a la palestra del tiempo y del espacio efímeros que conococemos bajo el nombre de actualidad dos leyes, dos principios legales que, pese a estar separados por miles de kilómetros y un oceáno en su origen y en su ámbito de aplicación, nos definen.
Definen hacia dónde vamos, definen cómo vamos y sobre todo definen entre qué circunstancias vitales realizamos nuestros movimientos como individuos y como sociedades, ya sea en Londres o en Sao Paulo.
Dos leyes, dos reacciones ante ellas  y dos motivaciones de las mismas, que nos colocan exactamente en donde estamos, en donde nos hemos abocado a estar: entre la más descarada indolencia y el egoismo más descarnado.
La primera es una reforma constitucional que los legisladores brasileños han anunciado al mundo a bombo y platillo, a ritmo de cadera danzarina y de tamborrada sambera. Brasil garantizará por un artículo constitucional -el primero, ni más ni menos- el derecho de sus ciudadanos a ser felices.
Dicho así parece que no tiene nada malo, que incluso todos los paises deberían modificar a toda prisa sus constituciones para incluir ese derecho en sus cartas magnas -todos menos España, ya sabemos que en España siquiera pensar en modificar La Constitución es para algunos un delito capital-.
Pero, si nos paramos un instante -uno solo de los instantes que desaprovechamos en otras cosas- a pensarlo es el mayor ejemplo de indolencia desde la formulación del hedonismo como filosofía, allá en los tiempos cercanos a Solón.
Un Estado soberano, un gobierno, unas instituciones y una administración pública nos tienen que garantizar el derecho a buscar la felicidad, tienen que activar y potenciar ese derecho, tienen que facilitarnos ese camino e intentar que ningún espino nos pinche los tobillos mientras lo recorremos. Y, por supuesto, que ninguna mina -de esas antipersona, que tan de moda están en algunos lugares- nos arranque las piernas si pisamos en mal lugar cuando recorremos el sendero hacia nuestra felicidad.
La reforma constitucional brasileña recuerda a aquella otra carta magna gaditana de hace casi dos siglos, en cuyo preámbulo se decia sin dejar lugar a género alguno de duda que "todo español es bueno, honrado y trabajador".
Pero por lo menos los padres de La Pepa exigían a los españolitos de entonces algo: teníamos que ser buenos, honrados y trabajadores. Lo llevabamos en nuestra herencia genética, por lo que parecía.
Pero el famoso artículito brasileño va más allá. No exige nada. No define la felicidad -porque, obviamente, no puede hacerse- así que yo, como individuo, defino mi felicidad como me da la gana, sin ningún apunte previo, sin ningún límite y sé que puedo hacerlo porque el Estado me garantiza el derecho a ser feliz.
No tengo que revisar mi criterio de felicidad porque el Estado me garantiza que puedo tener cualquiera, que no tengo que renunciar a la búsqueda de lo que me hace feliz, sea esto lo que sea.
La interpretación de ese principio supone un riesgo -pero tampoco es importante. Ese riesgo lo solucionará la jurisprudencia en cuanto a alguien se le ocurra la brillante idea de que, como su felicidad está en ver muerta a su suegra, el Estado brasileño le tiene que consentir matarla-, pero sobre todo supone un símbolo y un síntoma.
Un símbolo de que hemos caído en la más completa indolencia a la hora de revisar nuestros parámetros vitales, nuestros principios y nuestros deseos y por ello sacralizamos sin más el derecho a tenerlos, a que nadie nos los cuestione y a que nadie nos impida en modo alguno llevarlos a cabo.
Y un síntoma de que, por mas que lo neguemos, sólo sabemos mirarnos nuestro ombligo individual: la constitución brasileña no será reformada para incluir un artículo en el cual se especifique que todo ciudadano tiene la obligación de contribuir en la medida de lo posible a la felicidad de los otros y del colectivo. Eso no sería un derecho, sería un deber. Y no está el patio para asumir deberes.

Pues ya no viajo a Londres
La segunda de las medidas que nos demuestra lo que somos, que define como somos, es la Ley de Jurisdicción Universal aprobada por el gobierno británico y la reacción que ante ella han tenido los de siempre, los israelies.
Resulta que los chicos de Sion, sus cargos públicos, sus diplomaticos, sus gobernantes se quejan de lo injusta que es esta ley, protestan porque, con esa nueva norma jurídica permite a los tribunales británicos juzgar crímenes universales -ese viejo concepto de Lesa Humanidad tan en uso en nuestros días-, muchos de ellos no podrán poner el pie fuera de su país sin miedo a ser detenidos y juzgados.
Así que no viajan a Londres y se quejan porque los demás se inmiscuyen y juzgan lo que han hecho dentro de lo que ellos -sólo ellos- consideran sus fronteras, porque otros, que no son ellos mismos, se atreven a cuestionar los criterios que ellos han elegido para buscar y conseguir la felicidad -ya sea la suya personal o la de su país-. Y eso está mal, eso no puede consentirse. Lo dice la Constitución del Brasil.
Yo viajo a Londres todo lo que quiero -en realidad, una vez menos de las que hubiese deseado- y no soy detenido, no tengo problemas con la Ley de Jurisdicción Universal, ¿será que yo no soy perseguido porque no soy judío?, ¿será que como yo soy europeo Londres garantiza mi derecho a la búsqueda de la felicidad?, ¿será que a mi se me consiente más que a los pobles dirigentes y diplomaticos israelíes?
A estas alturas ya sabemos que esa no es la respuesta. Es otra mucho más evidente: Yo no he perpetrado crímenes de guerra que puedan ser juzgados a través de la Ley de Jurisdicción Universal.
Pero ellos no caen la cuenta de eso.
No son capaces de pensar que quizás deberían no haber utilizado fósforo blanco en sus incursiones, que tal vez no deberían haber matado a doscientas personas para eliminar fuera de su territorio a un terrorista al que podían haber detenido sin más, que es posible que no hubieran tenido que sitiar por hambre, que torturar en las cárceles, que violar a mujeres o que disparar contra embarazadas.
Eso no puede ser. Eso lo dicen otros. Ellos han elegido ese camino para la búsqueda de la felicidad y no hay más que hablar. El resto del mundo no sólo tiene que respetárselo, sino especificar en sus constituciones, como el sabio Brasil, que tienen la obligación de garantizarles que puedan llevarlo a cabo.
Como siempre, puede parecer que esto no tiene nada que ver con nosotros, que es un problema del sionismo, de los halcones belicistas de Israel o de lo inoportuno de los legisladores británicos. Pero, en realidad, sí tiene que ver con nosotros, al igual que el propuesto artículo de la costitución brasileña. Es simplemente un reflejo de lo que somos.
Puede que en las leyes, las que hay que cumplir porque si no se cumplen el poder coercitivo de los que tienen poder caera sobre nosotros como un martillo pilón, no hagamos ese ejercicio de egoismo indolente, pero en el resto de las cosas, en el resto de las situaciones, en el resto de las circunstrancias lo hacemos constantemente.
Elegimos, por comodidad o por convicción -que, pese a todo, todavía hay gente que hace las cosas por convicción-, un camino que nos lleve a esa felicidad que ahora nos gararntiza la ley si vivmos en territorio carioca. Y eso es algo que debemos hacer, que tenemos que hacer, que nuestras vísceras, nuestras venas y nuestras neuronas nos conminan a hacer. Hasta ahí todo está bien. Todo es humano. Todo es universal.
Pero luego, cuando nos damos cuenta de que algo no marcha, de que algo falla, no somos capaces de asumirlo, de cambiar el criterio. Buscamos al legislador brasileño -o del país que sea- y le exigimos que cambie las cosas, que mude el mundo, que altere las reglas de un juego que empezó a jugarse mucho antes de que nosotros nos sumáramos a él.
Y protestamos, nos quejamos y pataleamos, como el diplomático hebreo, porque las leyes, la lógica o la evolución de las cosas nos impide encontrar la felicidad  de la forma y manera que nosotros y sólo nosotros hemos decidido que debe ser hallada.
Seguimos aferrados al camino que hemos elegido sin que nos lleguen a importar los hechos, las circunstancias, los cádaveres -reales o afectivos- que dejamos sembrados en el sendero del camino a esa felicidad.
Sin que nos afecte, por supuesto, cuantas felicidades hemos dificultado o impedido o cuantas infelicidades hemos acentuado y propiciado en tan individual proceso.
Nos disfrazamos de inocente legislador brasileño y exigimos a los demás que aseguren nuestro derecho a la felicidad sin necesidad ni del más mínimo ajuste en el concepto que nosotros hemos acuñado de ella.
O bien nos vestimos de líder de la Israel sionista y nos quejamos cuando los otros nos recuerdan que no podemos diseñar nuestros pilares de la felicidad sin contar con los demás y sin tenerles en cuenta.
Así que, al final, los diplomáticos israelies van a tener razón en sus quejas y el legislador brasileño va a estar respondiendo a las necesidades de sus electores. Habrá que ser feliz y no viajar a Londres.

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