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lunes, febrero 06, 2012

Un veto nos dice lo que somos y lo que vamos a ser

¡No somos nadie! Nunca una frase hecha ha sido tan cierta, nunca una expresión casual ha relatado tanto la realidad como esa cuasi interjección con la que los ancianos rurales acogen las noticias de la muerte de parientes y vecinos.
No somos nadie, ni nosotros, los occidentales atlánticos acostumbrados a ser el fiel de la balanza, el reflejo del poder y la virtud, ni mucho menos los sirios que mueren bombardeados por un régimen que escenifica el delirium tremens de su muerte a golpe de bomba y represión.
No somos nadie para los nuevos ejes de poder. No somos nadie para Rusia y para China.
Y esa realidad nos deja sin palabras.
Con gente muriendo, con seres humanos luchando contra casi lo imposible, nosotros hacemos un esfuerzo inaudito de dejar al margen nuestras necesidades, nuestros beneficios -aunque no del todo- y nuestros errores pretéritos que colocaron y mantuvieron al dictador en su puesto y clamamos porque alguien le pare los pies, porque poder contribuir en su detención.
Y China y Rusia se encogen de hombros y se niegan. Sencillamente, sin más explicación. Solamente se niegan.
Y no es su negativa lo que cambia el mundo, no es su oposición frontal, secular y visceral al Occidente Atlántico lo muda nuestras sensaciones y nos suma en el desconcierto. Eso lo han hecho siempre.
Lo que ha cambiado es que ahora nosotros no nos atrevemos a llevarles la contraria.
Siria seguirá muriendo sin ayuda porque el mundo ha cambiado. Bueno para ser más exactos porque ahora mandan otros.
El gobierno turco nueva bandera del panislamismo -como lo fuera La India de Indira Gandhi de los no alineados- acusa amargamente a Rusia y China de no votar en el Consejo de Seguridad a favor de Siria, sino en contra de Occidente. Y no le falta razón. Ahora son potencias y actúan como tales.
Y nosotros nos tenemos que callar porque dependemos del gas ruso, porque dependemos de su ejército para frenar el yihadismo más furioso del Asia Central, porque dependemos de sus inversiones energéticas para frenar nuestra absoluta dependencia.
Tenemos que torcer el gesto y tragarnos nuestra indignación porque ahora China es la llave de que nuestra ahogada economía pueda mantener el último orificio nasal fuera del lodo movedizo al que nos ha arrojado nuestro egoísmo, porque dependemos de su dinero y de su economía para que el naufragio nos lleve aunque sea a una isla desierta donde poder tener la esperanza de volver a empezar.
No es que todo eso le importe a los sirios que mueren y que probablemente hace diez años hubieran seguido muriendo de igual forma aunque entonces hubieran sido otros los firmantes de la resolución y otros los que hubieran alzado su brazo para vetarlo.
No les importa porque para ellos el mundo no ha cambiado. Para nosotros sí, pero para ellos no.
Miran más allá de sus encendidas fronteras, de sus militarizadas calles, de su guerra civil y ven que la ayuda que precisa ni está ni se la espera.
Como lo vieron los chilenos, los argentinos, los salvadoreños, los nicaragüenses, los congoleños, los ugandeses, los africanos de todo porte y condición, los palestinos, los saharauis, los indígenas andinos, los camboyanos, los iraníes tiranizados por la marioneta del Sah y por los ayatolás, los iraquíes, los kurdos, los armenios y toda otra suerte de pueblos, etnias y nacionalidades cuando nuestros occidentales brazos se alzaron para vetar resoluciones para actuar contra los dictadores, los genocidas y los tiranos que les masacraban, contra los estados que les perseguían y les exterminaban.
Como lo hicieron todos aquellos que, cuando los que ahora vetan eran los que proponían intervenciones y los que ahora proponen intervenciones eran los que vetaban.
Para ellos no importa quien lo haga. Sólo importa que siempre habrá alguien que vete su derecho a ser salvados por aquellos que tiene la capacidad  para salvarles.
Que no seamos ya potencias que puedan ignorar al otro bloque, a los otros, no ha cambiado el mundo. Solamente ha cambiado nuestro mundo.
Y eso duele. Sobre todo a los sirios.
No nos sorprenda que cuando se liberen -que lo harán- por su cuenta se sumen a todos aquellos que quieren de verdad cambiar las reglas de este mundo porque no les sirven para nada. No nos sorprenda que comentan el mismo error que primero nosotros y luego las actuales potencias de rehacerlo de modo que solamente les sirva a ellos.
Como diría el poeta romántico ¿pueden dar más de lo que a ellos les dieron? Y no nos equivoquemos su error, si se produce, será exclusivamente culpa nuestra, de nuestros vetos de uno u otro signo y de nuestra incapacidad para mirar y pensar en contra nuestra.
Así les hemos ensañado a ser potencias. Así les estamos ensañando que funciona el mundo.

domingo, febrero 05, 2012

El rito repetido de elegir bando nos aboca a la guerra


Ya tenemos guerra definida, Además de las cincuenta que se están librando, quiero decir. Pero como esas no nos importan o nos benefician esas no cuentan. Nunca han contado.
Y esa nueva guerra tiene o tendrá como actores principales a dos de los gobiernos menos fiables y menos racionales del planeta: Israel e Irán.
Muchos dirán que comparar a Netanyahu con Ahmadinejad es injusto y tienen razón. Es injusto para todos lo demás. Porque llamar gobernante a cualquiera de esas dos personas hace que el término se degrade. Y ya está bastante degradado de por sí en estos tiempos.
No importa que Netanyahu sea producto de una decisión en las urnas y el líder iraní sea un dictador en el sentido estricto de la palabra. Ser un producto democrático no te hace demócrata y Netanyahu no lo es. No basta con reconocer la democracia internamente para ser demócrata. No basta con ser demócrata de fronteras para dentro para que se te pueda llamar demócrata. Hay que serlo de fronteras para fuera. Y el halcón sionista no lo es, nunca lo ha sido y nunca lo será.
Sus actuaciones y sus posiciones en política exterior le hacen antidemocrático. Algunos dirán que es duro o que es fuerte o que es militarista. Pero es más que eso. Alguien que introduce terroristas en las casas de los colonos ilegales de Palestina para que les enseñen a asustar y humillar a la población árabe es un dictador, alguien que argumenta que hay que impedir que los países árabes se democraticen solamente porque a su país le viene bien es un dictador, alguien que mata a ciudadanos de otros países solamente porque se dedican a una actividad que a su Estado no le gusta es un dictador.
No es duro, no es militarista, no es polémico. Es un completo y absoluto dictador. No para los suyos, pero sí para el resto del mundo.
Y hago la salvedad con Netanyahu y no con Ahmadinejad no porque considere que el presidente persa es mejor o menos dictador que él sino porque con el  israelí podía haber una sombra de duda al respecto. Muchos la seguirán teniendo.
Los defensores de la política belicista de Israel, los eternos adalides de una autodefensa que se ha hecho necesaria por las continuas y constantes agresiones israelíes -incluso desde antes de ser un Estado-, por los incumplimientos y por la aplicación de un política en la que su voluntad tiene que ser ley en cualquier parte del Próximo Oriente, dirán que no lo es, dirán que hace lo que debe hacer. Allá ellos. Todo régimen dictatorial ha tenido siempre justificadores.
Pero a lo que vamos.
Esos dos locos suicidas de sus pueblos se enzarzarán en una guerra porque ninguno dará su brazo a torcer. El uno por la voluntad martirológica de un islam mal entendido y el otro por el instinto de defensa Masada en aras de su Tierra Prometida.
Y ¿qué hacemos nosotros en todo esto?, ¿cómo intentamos evitar este desastre?, ¿qué planeamos para que no se produzca este enfrentamiento que sembrará de miedo y de cadáveres un año que ya amenaza con ser el peor de nuestras vidas en otras facetas?
Pues lo que hacemos siempre nada o algo equivocado.
Podríamos decir que no tenemos nada que hacer, que no tiene nada que ver con nosotros. Pero hasta el más esporádico lector de periódicos sabe que no es así, hasta el más descuidado consumidor de informativos televisivos en espera del tiempo y los deportes sabe que eso es casi una mentira irresponsable.
El estrecho de Ormuz, paso obligado del setenta por ciento del crudo de la Tierra hace que sea problema nuestro, una crisis económica brutal que no soportaría el incremento del gasto petrolífero que repercutiría sobre la ya tristemente famosa deuda soberana, hace que sea nuestro, el inevitable giro del poder de decisión mundial hacia oriente, hace que sea nuestro problema.
Pero es precisamente el hecho de que nuestra reacción nos puede dejar completamente fuera de juego lo que exige que hagamos algo que no sabemos hacer, que no estamos acostumbrados a hacer. Lo que exige que cambiemos. Lo que nos aboca completamente al fracaso.
Porque somos impermeables al cambio. Cuando hay una guerra solamente sabemos hacer dos cosas. O ignorarla, como hacemos con todas las que ocurren en África y Sudamérica o elegir bando.
Y en esta guerra que se avecina no hay bando que escoger.
Porque la locura furiosa de Ahmadinejad y su obsesión por lograr la bomba nuclear responde a la locura también furiosa de Netanyahu que ya la tiene y que sabemos, igual que sabemos del iraní, que no dudará en usarla. Su visión sionista de La Tierra Prometida al igual que la visión yihadista del Islam se lo posibilita al dictador iraní y sus ayatolás.
Porque no tenemos capacidad diplomática para convencer a Irán de que ellos no tiene derecho a tener algo que nosotros poseemos por centenares y que Israel tiene por docenas. Porque no podemos obligar a Teherán a reconocer el estado de Israel si no obligamos a Israel a reconocer el Estado Palestino y así sucesivamente.
Hemos dejado hacer tanto al sionismo israelí cuya propaganda recurre siempre a nuestra culpabilidad histórica con el pueblo judío que ahora no tenemos fuerza para presentarnos ante alguien que no comparte nuestra culpabilidad por el simple motivo de que ni siquiera participó en esa guerra y no tuvo ni noción de la existencia del nazismo hasta que lo leyó en los libros de historia.
Así que, como sabemos que no podemos permanecer neutrales, buscamos soluciones porque sabemos que las nuevas fuentes del poder mundial, Rusia y China están mucho más cerca de los ayatolas que de Israel. Aunque solamente sea para fastidiar al occidente atlántico que hasta ahora se creído dueño y señor de la geopolítica mundial. Por eso y para asegurar sus reservas petrolíferas.
Probamos las sanciones a Irán, probamos los embargos, pero Irán se encoge de hombros porque, aunque le duelan, sigue teniendo a Rusia y a China, sigue contando con el apoyo de otro productor de petróleo, Venezuela, y sigue sabiendo que, aunque sin hacer ruido, Brasil aceptara su petróleo a través de la mediación del desbocado bolivariano Hugo Chávez.
Y probamos la guerra sucia de drones teledirigidos y espionaje contra Irán pero sabemos que por más científicos nucleares que dejemos matar a Israel en mitad de las calles de Teherán no conseguiremos parar el programa. Hay demasiados hindúes y rusos sin trabajo para que esa sea una medida efectiva.
E incluso nos planteamos la posibilidad de que Estados Unidos se meta en otra aventura como la de Irak con mucha menos justificación que la anterior porque no ha habido ataque alguno a Occidente y porque Irán solo está haciendo lo mismo que hacemos nosotros y que hemos dejado a hacer a Israel.
Bloqueos, amenazas, guerra sucia, intervenciones militares. Ninguna resulta, ninguna provoca la reacción que deseamos. Ninguna paraliza el programa nuclear de los ayatolás iraníes por dos motivos. Primero porque poco se puede influir en la mente de alguien que tira de mesianismo y clarividencia divina para entender el mundo y segundo porque desde que Jomeimi se hiciera con el poder allá en 1979, el régimen iraní vive de espaldas a nosotros y con la vista arrebatada de fanatismo religioso puesta en el paraíso.
Intentamos hacer palanca sobre aquellos que no nos ofrecen ningún punto de apoyo. Y lo hacemos porque hemos elegido bando. Cuando que ser árbitros, hemos elegido bando.
¿Por que no se presiona a Israel para que no ataque? ¿Por qué intentamos que Irán no construya la bomba en lugar de obligar a Tel Aviv a que destruya las suyas? ¿Por qué no amenazamos a ambos países con intervenciones militares si no se desnuclearizan?
Esa sería la solución que nadie espera. Ese sería el cambio. Esa sería la demostración que el occidente atlántico se toma en serio sus propios tratados, sus propias palabras, sus propios actos.
Es Israel la que ha amenazado con una acción militar. Es ese estado y sus patéticamente militaristas gobernantes los que están poniendo al mundo al borde del caos, del Armagedón.
Si Israel se deshace de sus bombas nucleares, si nosotros la obligamos a ello, tendremos todo el poder ético y diplomático para paralizar el programa iraní de armamento atómico hasta por la fuerza si hace falta.
Por utilizar un símil futbolístico, no podemos ser el segundo entrenador de Israel e intentar convencer desde la banda al entrenador contrario de que no juegue sucio cuando dejamos a nuestro equipo segar una y otra vez la hierba bajo los pies de sus rivales. Tenemos que ser el puto árbitro del partido y expulsar del campo de juego a todos los que no cumplen las reglas.
¿Acaso tiene Israel derecho a no sentirse amenazado pero Irán no lo tiene?, ¿acaso Israel no ha incumplido la normativa internacional de no proliferación de armas nucleares e Irán sí?
El gobierno israelí es un déspota regional que impone su ley a sangre, armamento, guerra y fuego a todos los que le llevan la contraria y sí queremos que lo poco que queda de nuestra civilización y de su capacidad de influencia sea aún creíble.
Cada vez que Israel se siente amenazado nosotros le damos la razón sin pestañear, sin poner en duda nada, sin recordar que solamente ellos han incumplido más resoluciones de las Naciones Unidas que todos los estados árabes e islámicos del planeta.
La única solución para que podamos hacer fuerza en justicia para que Irán no fabrique su bomba -si es que no la ha fabricado ya y el contraataque de los ayatolás se lleva Tel Aviv por delante de un solo golpe- es quitarle a Israel las suyas.
Cuando dos locos se empeñan en enfrentarse se confina a cada uno en su cuarto. No se encierra a uno y se deja campar al otro a sus anchas por los jardines del manicomio en espera de que la emprenda con un nuevo objetivo.
No podemos elegir bando en esto. Tenemos que arbitrar. No podemos fingir que la democracia interna de Israel le convierte en un estado democrático y justo en sus relaciones exteriores.
El gobierno de Israel no es uno de los nuestros. Su amenaza de guerra y sus acciones lo demuestran.

miércoles, enero 25, 2012

Wuterich & Auditores Inc. abre a la baja en el mercado financiero de la vida humana

Como los mercados andan en situación de soponcio permanente y parece que las autoridades económicas no son capaces de apartarlos de los sobresaltos constantes que están a punto de llevarnos a nosotros a urgencias -por desnutrición, claro está- parece que las autoridades militares estadounidenses han decidido tomar cartas en el asunto.
No es algo normal en un país en el que los militares son listos y no dejan ver que están por encima del poder, más allá de la ley y en el centro mismo de la economía, pero parece que la situación es tan grave que han decidido intervenir.
Y su idea ha sido abrir un nuevo mercado. Uno que permanezca estable y que contribuya a tranquilizar a los otros. Uno que no dispare la inflación y en el que la especulación, aunque inevitable, se mantenga dentro de los límites razonables.
La Auditoría Militar de Los Estados Unidos de América, con sede en Maryland, Virginia, ha inaugurado con éxito el mercado de vidas civiles. Un mercado por supuesto internacional en el que todos están invitados a participar.
Y para demostrar que es un mercado diferente, un mercado estable, han permitido que abra a la baja. La vida humana se cotiza a cero y bajando con un vencimiento aproximado de tres días.
¿De dónde sale esta cifra? Muy sencillo. Es el resultado de dividir las 25 personas que murieron en un ataque de furia de las Corps de Marines en Irak por entre los días de condena que le han impuesto al único encausado por tal masacre. Tres meses de condena por 25 personas muertas. Aproximadamente tres días y pico por cada una.
Ciertamente el mercado de vidas ha abierto a la baja.
Ya se barruntaba algo así con los experimentos anteriores. La Compañía de Marines miccionadores, primera entidad militar en cotizar en este nuevo mercado, anticipaba algo por el estilo. Que les acusaran de conducta impropia y simplemente se les condene a un par de meses de reclusión y a la licenciatura con deshonor por orinarse en el rostro de unos afganos muertos no era una señal muy halagüeña para la apertura del mercado de vidas militar en Estados Unidos.
Pero lo de la sentencia al sargento  del Marine Corps Frank Wuterich ha hecho desmoronarse la cotización a límites que no se veían desde la Gran Depresión. 25 muertos, tres meses es una correlación que pocas civilizaciones pueden ni siquiera entender.
Pero no es que los auditores militares estadunidenses no hayan encontrado pruebas de lo ocurrido, no es que solamente se le pueda acusar de negación de auxilio o de no impedir la matanza que otros perpetraron. Es que han hecho un trato. Así de sencillo.
Ellos saben que al chaval, de 31 años, 24 cuando ocurrieron los hechos -¿alguien me puede explicar cómo es posible que un sargento tenga 24 años y se le envía a liderar hombres a la guerra?-, ordenó que se matara sistemáticamente a toda persona que se encontrara en la aldea iraquí de Thaer Thabet al-Hadithi después de que una bomba colocada en la carretera hiciera saltar por los aires el primer coche del convoy que comandaba y matara al conductor.
Ellos saben que el mismo sacó a un taxista a dos adolescentes de un coche y les descerrajó dos tiros a cada uno en la cabeza mientras sus hombres, siguiendo sus órdenes, entraban en las casas y ametrallaban a todo el que se encontraban por delante.
No es que ignoren que entre ellos diez mujeres y niños. No es que importen más que los hombres, pero en estos casos parece que es más grave, que son más civiles. Como si a un varón no se le concediera nunca del todo la condición de no combatiente. Como si no se la hubieran ganado con creces a lo largo de los siglos.
No es que no hayan visto la cinta que grabó un habitante de la aldea escondido en una azotea que logró escapar de la carnicería en la que se ve al sargento de marras animar a sus hombres a que, así, sin preguntar, sin ninguna demora, arrojaran granadas de fragmentación por las ventanas y las puertas de las casas antes de entrar en ellas.
No es que desconozcan que hasta los propios soldados que acabaron con esas vidas supieran que estaba mal lo que estaban haciendo hasta el punto de que se inventaron un ataque de insurgentes posterior a la explosión para justificar los cadáveres que fue reflejado en la prensa de entonces y en el parte militar de bajas, más o menos así.
"Un soldado del Marine Corps de EE UU y 15 civiles perdieron la vida ayer por la explosión de una bomba en una carretera en Haditha. Inmediatamente después de la explosión, hombres armados atacaron el convoy con armas de fuego. Soldados del ejército iraquí y los marines respondieron a los disparos, matando a ocho insurgentes e hiriendo a otro".
Los auditores militares saben que ocurrió todo eso y no se preocupan por negarlo pero como no se le puede joder la vida al chaval, han decidido que todo eso no constituye un delito de homicidio. Ni siquiera sacar de un taxi a un ser humano -a tres en este caso- y dispararle en la cabeza es un homicidio.
Es algo vagamente llamado negligencia en el deber, pero no es homicidio. Ni por supuesto asesinato, masacre, matanza o ejecución ilegal. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
No sé si es que se ha inventado una nueva figura penal que se debería bautizar como iraquicidio o islamicidido o civilicidio o xenocidio -¡anda, esa ya existe, de nuevo el mítico Orsond Scott Card nos lleva la delantera!- que no deba penarse porque esas muertes no importan a nadie, pero el caso es que si matar a 25 personas no es un homicidio porque se produce en Irak, si hacer saltar un coche por los aires con su ocupante dentro no es un acto de terrorismo porque ocurre en una avenida de Teherán, entonces el nuevo mercado financiero de las vidas humanas va a seguir a la baja.
Y no vamos a poder pararlo. No vamos a poder hacerlo repuntar.
Los locos fanáticos de la yihad se encogerán de hombres cuando una de sus bombas haga saltar por los aires a otros diez, veinte, cien, o tres mil estadounidenses, españoles, ingleses o franceses y dirán que el occidentalicidio no es homicidio, los que utilizan la fuerza y la violencia para defender cualquier punto de vista -razonable o no- impondrán el mismo criterio cuando hagan volar un autobús y dirán que el civilicidio no es homicidio, cuando ametrallen un cuartel de una fuerza de ocupación y dirán que el xenocidio no es homicidio.
La Auditoria Militar estadounidense ha abierto un mercado con su arreglo con el sargento Wuterich por el cual no podemos echarle nada en cara a las lapidaciones iraníes, a los asesinatos represivos sirios, a los escuadrones cívicos y sus acuchillamientos en la noche de Chávez en Venezuela, a las ejecuciones sumaria iraquíes, a los asesinatos nada selectivos israelíes -bueno, a esos poco les echamos ya en cara-, a las limpiezas étnicas birmanas, a los asesinatos religiosos en Nigeria, a las ejecuciones sumarias en China, a las muertes de disidentes en Cuba, a las matanzas secretas  y públicas de los cárteles en México.
Porque en este nuevo mercado de vidas que cotizan a tres días y pico de vencimiento el "otrocidio" no se pena, no se castiga. Y nosotros, aunque nos creamos el centro del universo en expansión, siempre seremos "los otros" para aquellos a los que nosotros tratamos de igual forma..
Alguien me dijo ayer sin ir más lejos que ya no hay ética en el mundo y yo le dije que se equivocaba de medio a medio. Se lo dije y lo mantengo.
La ética está ahí y es solamente nuestra renuncia a ella lo que hace que no se aplique. No podemos esperar que la ética se personalice en una bella figura de corte heleno con túnica, como la justicia, la victoria o la venganza clásicas, y nos obligue a respetar su imperio.
Ya está ahí. Ha estado siempre. Por eso los heroicos componentes del Primer Batallón de Marines destinado en Irak -¡Semper Fi!- fingió un ataque insurgente, porque sabían que lo que acaban de hacer atentaba contra cualquier ética conocida o por conocer; por eso la Auditoria Militar de Los Estados Unidos de América se ha inventado un rocambole judicial para no fusilar al sargento de marras, porque sabe que lo que hizo es una locura, es una falla ética de las dimensiones de la de San Andrés, por eso los locos furiosos se inventan explicaciones divinas e interpretaciones proféticas, porque saben que lo que hacen no responde a ética ninguna.
La ética está ahí. Pero nosotros la dejamos descansar.
Ella no se ha esfumado. Somos nosotros los que hemos desaparecido. Es el Género Humano el que se difumina sin prisa pero sin pausa. Somos nosotros, todos nosotros, los que hemos encerrado a la ética en lo más profundo de nuestros endurecidos y cada vez más inservibles corazones, custodiada por un regimiento de nuestros egoísmos y una brigada especial de nuestros miedos, y hemos tirado la llave a la más profunda de las simas marinas que hemos encontrado.
Porque todo parte y surge de nosotros. De la decisión que tomamos cuando decidimos que todo valía. Esto no viene del complejo militar industrial estadounidenses, de la furiosa regresión a la barbarie que supone toda guerra, del imperialismo yanqui, ni de la insensibilidad militar. Viene de una sola cosa, de una sola decisión que nos caracteriza como civilización: la objetivación del otro.
Este mercado se abrió cuando decidimos que se puede entender y tratar al "otro" como un objeto. Y eso fue hace mucho tiempo.
Empezó cuando decidimos que se podía utilizar un embazado y un bebé como una herramienta de curación para nosotros mismos, cuando decidimos que nuestros vástagos tenían que ser usadas como extensiones de nuestros sueños y curaciones de nuestras frustraciones, cuando aceptamos usar a otros y otras, encontrados en la barra de un bar en la pista de una discoteca, como un objeto para cubrir nuestras necesidades de placer, cuando decidimos usar a otros,  en nuestra oficina, en nuestro despacho o en nuestro centro de trabajo, para afirmar nuestras necesidades de poder o de relevancia, cuando decidimos, en definitiva, que como nosotros éramos el centro del universo, nosotros éramos la única persona que importaba y por tanto los otros no eran considerados ni siquiera personas. Eran simplemente "los otros".
Y ahora ese mercado ha puesto a cotizar a la muerte.
Y eso nos asusta, nos contrae. Pero no hay ni una sola diferencia entre lo que llevó al ya soldado -porque le han degradado, eso sí- Wuterich a descerrajar dos tiros en la cabeza de un taxista iraquí que pasaba por ahí para intentar apagar la ira que la muerte de su compañero le había causado y cada una de las cosas que nosotros hacemos para lograr apagar nuestros miedos, nuestras frustraciones, nuestros calentones o nuestras pasiones.
Los otros son objetos. Por eso usarlos no es delito -ya sea en Irak o en La Posada de Las Ánimas -algún día os hablaré de ese peculiar garito-, Por eso ignorarlos no es pecado -ya sea en África o a la vuelta de la esquina-. Por eso matarlos no es un homicidio.
Una vez más el espejo del horror nos devuelve nuestro propio rostro mientras la ética sigue llamando insistente y no escuchada a nuestra puerta. Si no se la abrimos para lo pequeño, para lo cotidiano, ya nunca podremos exigir a nadie que se la abra para lo esencial.
Aunque nos joda, la responsabilidad de contener el desplome del mercado de la vida humana vuelve a ser nuestra.
PD
Un matiz: He podido escribir todo el post si llamar asesino ni homicida a Wuterich porque legalmente no lo es. Y el que tenga oídos para oír que oiga.

miércoles, mayo 04, 2011

Bin Laden nos mata a nosotros

Cumplimentados los fastos reales británicos y los nefastos futbolísticos españoles parece que toca volver, que toca despertarse de los sueros y los sueños que nos lanzan las pantallas para caer directamente en las pesadillas que nos imponen los informativos.
Y la última de ellas es la ansiada, esperada, deseada y exigida por América -la de los estadounidenses, claro está- muerte de Osama Bin Laden.
Tras diez años de operaciones encubiertas, detenciones, invasiones y declaraciones un comando estadounidense ha matado a Bin Laden, ese loco yihadista y fanático que no inventó la guerra, pero que la llevó a América.
Y como con la muerte de otros tantos que han muerto pero no han sido muertos, que han caído pero no han sido derribados o que han sido derrotados pero no han perdido, con la muerte del ideólogo y fundador de Al Qaeda han perecido muchas realidades.
Con Osama Bin Laden ha muerto muchas cosas.
Pero otras muchas no.
Desde luego, pese a las alegrías arrebatadas frente a La Casa Blanca y en La Zona Cero, pese a las declaraciones contenidas y las sonrisas disimuladas, el furor yihadista no ha muerto, la rabia asesina de un dios malentendido y perversamente interpretado no ha muerto.
No ha muerto porque no puede morir, porque ningún comando puede matar eso, porque dos helicópteros y un puñado de hombres armados no son suficientes para acabar con eso. Porque Occidente, el Occidente Atlántico que tanto se se congratula del fin de Bin  Laden, sabe que no puede acabar con ello, que no quiere acabar con ello.
Porque no quiere, no puede o no sabe matar a dios.
El yihadismo necesita de un dios, del que sea y si no lo tuvieran se lo inventarían. Porque es el fanatismo religioso lo que fuerza la guerra de la sangre santa, lo que fuerza la muerte paradisiaca. Porque es el mesianismo y la furia religiosa la que a lo largo de la historia ha llevado a todas las civilizaciones a la locura y la guerra.
Y Bin Laden no inventó eso. Y los ayatolahs iraníes no inventaron eso. Eso lleva mucho tiempo inventado. Se inventó con Sanson, con Saúl, con Pedro, el hermitaño, con Urbano II, con Surhak, el mameluco.
Eso se practicó en Sumeria, en Jerusalén, en Bizancio, en Antioquía, en Jericó, en Granada, en Afula...
Eso se ha llevado a cabo sobre los campos ensangrentados de La Tierra en la batalla del Puente Milvio, en los montes de Hattín, en los campos de Guadalete, en la noche de San Bartolomé....
Y la muerte de Bin Laden no cambia ni acaba con nada de eso porque, aunque él lo llevara a América, él no lo inventó.
Pero tampoco muere el terrorismo que se fundamenta en su visión empobrecida de su dios y febril de su realidad.
Porque Al Qaeda no necesita a Bin Laden; porque el yihadismo no necesita a Al Queda; porque el choque de civilizaciones, casi ni necesita el yihadismo. Porque el fanatismo religioso ni siquiera precisa de la civilización.
Nada de eso se termina con la muerte den Bin Laden. Porque los salafistas han hecho arder Djemma el Fna sin el loco visionario saudí; porque los habitantes de Oregón seguirán quemando coranes sin que Bin Laden lo vea por la tele; porque los insurgentes irakíes pueden seguir sin él llenando su país muerte y bombas; porque los fundamentalistas cristianos de Brooklyn no necesitan a Bin Laden para quemar escuelas islámicas en las que estudian niños; porque las iglesias coptas de Egipto seguiran ardiendo sin que nada tenga que ver Bin Laden con ello; porque las mezquitas en Bélgica seguirán siendo pintadas con heces sin que Osama se esconda en ellas; porque los cristianos seguirán siendo expulsados por los ayatolahs iraníes sin necesidad de que el saudí loco les acompañe a la frontera; porque las estudiantes universitarias seguirán siendo desfiguradas en Londres por llevar hiyab sin necesidad de que paseen por Oxford de la mano de Bin Laden.
Porque el fatanismo religioso se ha desatado y ya no necesita de nadie para seguir creciendo entre acusaciones e intransigencias. Ni siquiera a Bin Laden.
Así que, si ni el terrorismo, ni el yihadismo, ni el choque de civilizaciones, ni el fanatismo religioso ha muerto con los dos tiros que le han dado a Osama Bin Laden los chicos de la Infantería de Marina Estadounidense -¡uaaaa!- ¿qué es lo que ha muerto?
Pues muy sencillo. Hemos muerto nosotros.
Ha muerto la última esperanza de que pudiéramos ser diferentes a esos enfebrecidos peligrosos y asesinos a los que Bin Laden alimentó de dinero y fanatismo a lo largo de su vida.
Ha muerto porque hemos observado sin pestañear como un individuo que tuvo la fortaleza para cerrar Guantánamo porque era injusto aunque le venía bien renuncie a sí mismo.
Ha muerto porque el mismo que colocó en su lugar a los halcones del sionismo victimista, en contra de los intereses económicos internos, el mismo que retiró sus tropas de combate de su guerra en contra de su orgullo nacional, el mismo que hizo pagar a los bancos sus riesgos y sus fracasos, se ha sentado en su sillón a observar, con gesto tenso, como si fuera la octava parte de un videojuego como ocho individuos le pegan un tiro en la cabeza a un hombre desarmado.
La muerte de Bin Laden nos ha convertido en cadáveres porque vemos como un director de un servicio secreto -con mucha menos prestancia que James Earl Jones y mucha menos flema que Judy Dench- ha afirmado que sin pudor que sus hombres tenían órdendes de matar a un hombre desarmado y solamente no hacerlo si exhibía una bandera blanca -algo que todo el mundo lleva encima, por cierto-.
Nos ha matado porque asentimos cuando los herederos de George Bush en el Senado y el Congreso de Estados Unidos afirman que los datos y los indicios se obtuvieron utilizando la técnica de la asfixia simulada, que más bien debería llamarse asfixia interrumpida y reiniciada porque el individuo que la soporta se asfixia cada vez hasta que deja de hacerlo, no lo olvidemos..
La caza de Osama ha acabado con nosotros porque nuestros periódicos titulan hablando de justicia cuando hombres armados y entrenados han tenido la posibilidad innegable de detener a un individuo y llevarle ante un juez y se han limitado a tirotearle; porque nuestros políticos hablan de lucha internacional y ocultan que la venganza de Estados Unidos -porque la caza de Bin Laden era sólo algo de Estados Unidos- ha perjudicado a la causa de la justicia común y del fin del terrorismo; porque los que hablan por las víctimas del terror afirman que para ser coherentes consigo mismos tienen que alegrarse de la muerte de Bin Laden y con ello dejan claro que no quieren justicia, que solamente ansían venganza.
Y seguiremos muriendo porque aceptaremos que no haya cadáver, porque creeremos cualquier cosa que nos digan o que nos cuenten, porque dentro de unos meses, cuando estén listas, nos creeremos las fotos que nos muestren del cadáver o de lo que sea, aunque sea irreconocible, aunque se demuestre que le dispararon una bala explosiva en el rostro.
Lo que eramos, lo que queríamos ser y lo que una vez pudimos ser, ha muerto con el fanático saudí porque hemos consentido que un entierro vikingo de un integrista islámico le coloque en el olimpo junto con Elvis, el Area 51, el incidente Roswell y todo ese cumulo de conspiraciones míticas que no solamente no eliminan un martir innecesario sino que nos crean un fastama inesperado.
Pero, sobre todo, hemos muerto con el ideologo furioso del yihadismo sangriento porque, en lugar de preocuparnos por nuestras torturas, nuestros asesinatos, nuestro maquiavelismo, nuestras injusticias y nuestras sinrazones, nos dedicaremos a airear el hecho de que Bin Laden había matado a 3.000 personas, de que había financiado multitud de atentados, de que había propagado su sed de sangre por el mundo árabe, de que había traido los muertos de la guerra a nuestra casa, a nuestro patio, a nuestra puerta principal -que en la trasera ya la teniamos desde hace tiempo-. ¡Como si eso importara!
Esto no era, no lo fue nunca, una guerra entre el yihadismo y Occidente, entre el pasado y el futuro, entre ellos y nosotros. Y la hemos perdido.
Ya no puede haber una guerra entre la libertad y el fanatismo, entre la justicia y el descontrol, entre la intransigencia y la tolerancia. Ya no puede haberla.
Esa era la guerra, por eso había que luchar, por eso había que pensar en contra nuestra, por eso había que demostrar que no eramos, que no queriamos ser, como los locos furiosos. Y todo eso es lo que hemos perdido con la caza de Bin Laden.
Aunque nunca se vean los restos del terrorista, aunque nunca tengamos pruebas reales de su muerte -algo que hubiera sido muy sencillo si hubieran consevado el cádaver de la misma forma que se conservan todos en un barco. En la cámara frigorífica- nunca podremos decir que no hemos visto el cádaver.
Con la muerte de Osama hemos visto el cádaver de la justicia, hemos visto el cádaver de Occidente, hemos visto el cádaver del futuro. Hemos visto el cádaver de Obama.
Hemos visto nuestro propio cádaver.
Ahora yo no existimos. El mundo está poblado de fanáticos. Ellos lo son de su dios. Nosotros ni eso. Nosotros sólo somos fanáticos de nuestro miedo.

miércoles, diciembre 22, 2010

Escondidos tras los ojos de nuestro Avatar -The War after Wikileaks-

Alguien que sabe de muchas cosas, porque tiene el maldito defecto de pararse a pensar en casi todo, escribió en su espacio reservado del vacío que vincula que nos habíamos precipitado sin querer en la guerra del siglo XXI.
No le faltaba razón -como casi siempre-, pero me veo obligado a matizarle -también como casi siempre-. No nos hemos precipitado en la guerra del siglo XXI. El siglo XXI se ha arrojado, sin pensarlo y sin saberlo, en los brazos de la guerra de siempre.
Cambian los campos de batalla, cambian las armas, cambian posiblemente los contendientes, las alianzas y las estrategias. Pero la guerra es la misma de antaño. La misma que combatieron Wellington y Napoleón, Pompeyo y César, Rommel y Montgomery. Pese a lo que parezca, es la misma guerra porque el objetivo es el mismo, el premio es idéntico y  los mecanismos son absolutamente iguales.
Puede que la guerra del siglo XXI se dirima en las redes virtuales, se combata en los servidores seguros y se arme con bots cibernéticos, programas espía, troyanos y saltaclaves que ejecutan ciegamente y sin posibilidad de sedición ni deserción las órdenes de sus generales. Pero el objetivo es el mismo: la victoria, no la paz. El premio es idéntico: la riqueza, no el reparto. 
Y los mecanismos son absolutamente iguales: el control y el dinero, no el convencimiento y la justicia.
Pero he de darle la razón a aquellos que afirman que es una nueva guerra, no sólo en la forma sino en el fondo. En esta se utiliza una herramienta radicalmente diferente. No es Internet -guerrear en las lineas de flotación económica del enemigo no es nada nuevo, intentar controlar el flujo de información no es nada sorprendente, recurrir a la propaganda no es, ni mucho menos, una idea original-.
El arma que ha cambiado la guerra en este siglo es el Avatar.
El avatar perimite actuar en múltiples frentes no sólo con estrategias distintas, no sólo con armas diferentes, sino con objetivos radicalmente opuestos, con principios absolutamente divergentes entre sí. El avatar ha hecho absolutamente innecesaria la mentira, la ocultación, las operaciones encubiertas. El avatar nos lanza a la guerra total.
Así, el gobierno de los Estados Unidos puede votar hoy -y probablemente aprobar- una ley que obliga a los proveedores de conexión a no discriminar los contenidos de sus competidores en su ancho de banda.
Y puede hacerlo en defensa de la libre competencia, de la transparencia, del beneficio de los usuarios. Puede hacerlo sin pudor porque para ello utiliza un avatar diferente al que ha dibujado para bloquear el acceso de Wikileaks a Amazon y a AOL, al que ha movido para sacar a Assange de Paypal, al que ha activado para que su Fuerza Aérea -¡¿qué tendrá que ver la fuerza aérea con todo esto?!- persiga y derribe sistemáticamente los servidores espejo privados que albergan los contenidos de la ya tristemente famosa página de filtraciones diplomáticas.
El mecanismo es sencillo. Creo tantos avatares como necesite, me sitúo tras de ellos y los utilizo en las diferentes operaciones como si fueran combatientes distintos, ejércitos diferentes. Nadie puede criticarlo, nadie puede oponerse. Internet lo permite e Internet debe ser libre ¿no?
Eso permite al gobierno de Obama utilizar un avatar para criticar -física y virtualmente- el férreo control de la disidencia y de sus contenidos que China ejerce sobre Internet, la nueva legislación que Hugo Chávez -¡quién diría que Chávez sabría siquiera lo que es Internet- impone en la red venezolana en beneficio de su poder y de su ego. Le permite hacer todo eso sin caer en contradicción  ideológica alguna con la persecucion, el acoso y el derribo de Wikileaks. Son avatares diferentes. Asunto concluido.
Eso permite al místico  dictador bolivariano -hace tiempo que ya es un dictador, aunque use un avatar diferente- airear a los cuatro vientos los papeles del Cablegate que dejan la imagen diplomática de Estados Unidos a la altura del betún. Y hablar de la represión capitalista y toda la lista de jeringoncias que se le ocurren en sus eternos discursos y sus infumables espacios televisivos, mientras diseña una ley de control de Internet para que la libertad de Internet no le cause a él los mismos problemas con la oposición. Avatares diferentes, estrategias diferentes, principios diferentes. No hay problema.
Eso permite a los mulahs y allatolahs iraníes subirse cada viernes a los púlpitos para clamar contra el diablo occidental, cercenar el acceso de su población a la información y los contenidos del vacío que vincula y utilizar conexiones de banda ancha y velocidad satelital -¡que hermosa palabra sudamericana, satelital!- para difundir cortinas de humo y montajes de vídeo en formato avi de alta resolución sobre sus falsos juicios, sus medievales condenas y sus salvajes lapidaciones. De nuevo, el avatar cambia de rostro y el contendiente cambia de bando a voluntad.
La guerra del Avatar posibilita, en este nuevo siglo que lo seguirá siendo hasta dentro de mucho tiempo, cambiar de estrategia y de principios a voluntad.
Hace posible que Israel exija a servidores suizos y belgas que no alberguen páginas islamistas o que cierren enlaces de revisionistas alemanes y austriacos que niegan la innegable realidad del exterminio nazi. Y lo hace mientras se queja de que las comunidades musulmanas de Francia y Holanda pidan idéntico trato con las páginas del sionismo europeo, que les califican como perros o raza de vagos y que manipulan El Corán -como si no lo manipularan ya demasiado algunos de los que dicen creer en él- y grita ¡Antisemitismo! cuando esos gobiernos les escuchan.
Los distintos avatares hebreos -como los estadounidenses, los chinos, los iraníes, los españoles o los venezolanos- pueden cerrar a voluntad cualquier página en los territorios palestinos porque llama a la Guerra Santa pero tremolan la libertad de contenidos en la red para mantener abiertas páginas y blogs de ex combatientes que explican como se debe humillar a los árabes o que mantienen que hay que disparar a las mujeres embarazadas para conseguir dos objetivos de un sólo disparo y, además, venden on line camisetas con ese constructivo lema.
El uso del avatar como unidad de combate en la guerra del Siglo XXI permite que China presente una protesta formal ante la Organización Mundial del Comercio porque los servidores estadounidenses no aceptan sus parámetros de seguridad y sus procesos de identificación en las compras por Internet, enarbolando la libertad de La red.
Y mientras obliga a los buscadores a cercenar cadenas enteras de búsqueda en sus motores y cierra sitios web a mayor velocidad -que ya tiene mérito, por cierto- de lo que la disidencia es capaz de crearlos.
Y en España no nos quedamos atrás. Somos más burdos -aunque es difícil ser mas burdo que Chávez en algo-, más rudimentarios, pero también nos hemos puesto al día con los avatares.
Nuestro comando de avatares hace posible que mientras González Sinde clama por una ley de descargas en el Congreso de los Diputados, en aras de los derechos de los autores -inalienables, según parece-, de la justicia de la Red y de la transparencia de la economía virtual, otros avatares de la misma unidad táctica se paseen por la red española y se pasen por el arco del triunfo esa libertad de la red.
Se dediquen a ir  descolgando informes comprometedores del Instituto Reina Sofía, negando el acceso general a las páginas del Instituto Nacional de Estadística  para evitar que alguien pueda descubrir que determinadas políticas y estandartes tienen, por decirlo de alguna manera, una tendencia desmesurada y enfermiza a no mostrar la auténtica dimensión de los hechos. Sinde y las damas de Igualdad son avatares diferentes. No tiene importancia.
Pero, perdonadme, soy un tradicional, lo reconozco.
En asuntos de guerra no puedo evitar seguir en los esquemas antiguos. Esos esquemas en los que la guerra era cosa de los ejércitos, de los gobiernos, de los países. El siglo XX -el viejo siglo XX- nos demostró que no, que no es eso. Que los actores de la guerra tienden a ser también, sino son exclusivamente, las corporaciones, los bancos y todos aquellos que no combaten, que no arriesgan nada, pero se benefician de todo.
Los avatares también han cambiado eso. Ahora la guerra es algo individual.
¿Por que no me sorprende que hasta la guerra se haya convertido en algo individual, en algo que no tiene nada que ver con los demás, en algo que sólo nos afecta a nosotros, a nuestros intereses y nuestros avatares, por supuesto?
Y ese avatar individual es lo que nos permite cambiar de bando continuamente, sin pudor, sin remordimientos. Los estados y las empresas todavía tienen algo que explicar, pero nosotros ¿Quién tiene derecho a pedirnos a nosotros explicaciones de nuestros actos?
Eso permite que el hacker que envía un avatar a luchar contra el poderoso guerrero cibernético estadounidense o contra el de los bancos suizos para defender el maltrecho honor de Wikileaks tenga un enlace al final de la página en el que solicita donaciones para mantener su guerra que se cobran a través del enemigo, o sea de Paypal.
Eso es lo que hace posible que el cibercombatiente, que tremola la bandera de la libertad contra el avatar de González Sinde y sus descargas o contra el mastodóntico control que las autoridades de Pekin, tenga su dirección desviada a través de once servidores proxi que, curiosamente, están radicados en Shangai y se aprovechan del hecho de que China niega el acceso a la red a las autoridades occidentales.
Y además tenga el saldo de los beneficios de la publicidad de su página en una cuenta cifrada y secreta en una de las perversas entidades financieras helvéticas que se han participado con luz y taquígrafos en la crucifixión pública de Assange y su Wikileaks.
La impunidad del avatar hace posible que el que exige la absoluta libertad en Internet y acusa a los gobiernos de venderse a los intereses de las corporaciones digitales en el comercio electrónico, tenga su página de cracks y de descargas cuajada de publicidad de las principales compañías porno de la red -las más fuertes del espacio virtual- y se queje amargamente cuando alguien envía contra su página un bot que le impide recoger tranquilamente a través de AdSense el fruto de sus clicks publicitarios.
Pues va a ser que mi amigo -aunque probablemente matizará todo lo que he escrito, sino está radicalmente en contra, que para eso, y no para otras cosas, están los amigos que lo son- va a tener razón. La guerra ha cambiado.
Si los avatares han cambiado el ocio y el negocio, han cambiado la comunicación y la ilusión de que esta existe y han cambiado hasta el amor y su ausencia, ¿cómo no habrían de cambiar la guerra?
Seguimos buscando dinero y control, seguimos ansiando riqueza y poder, pero ahora lo hacemos combatiendo todos contra todos. Sin escudos, sin Estados, sin alianzas estables, sin ejes firmados, sin ententes cordiales. Sin firmas ni corporaciones.
Y vamos a esa guerra armados con el arma universal de nuestros infinitos avatares, escondidos tras una imagen manga, un logo molón, una ilustración gótica o una foto aparente. Sin principios, sin reglas de compromiso. Sin Convención de Ginebra.
La Guerra del Siglo XXI es la primera Guerra Universal del Avatar. La primera en la que, pese a que combatimos todos , nadie puede ganar.

jueves, diciembre 09, 2010

Ciberguerra: Desde Sun Tzu hasta Wikileaks, pasando por Barakaldo

Andaba yo dispuesto, agotado por el momento el frente de Wikileaks y de forma definitiva el de los controlodores -al menos para mí-, a castigar a los lectores de estas endemoniadas líneas con uno de mis temas recurrentes -a saber, los avatares de la siempre esquiva y elusiva violencia de género- cuando un amigo de esos míos que piensan y que encima se empeñan en publicarlo en Facebook, se ha descolgado diciendo que las ciberguerras ya son una reladad y me ha creado la duda, pese a lo inmediato de mi respuesta.
¿Escribo sobre la violencia de género? ¿peroro sobre las ciberguerras? Pues nada. Seamos bíblicos -o sea, salómonicos- y hablemos de las dos cosas. Haré una de las mías
Como en todo, en esto de la guerra -por muy cibernética que sea- conviene empezar desde el principio. Y, como diría el libro, En el principio fue el verbo.
Y en este caso, el verbo es Sun Tzu.
La guerra virtual empezó por el principio, por la desinformación. Empezó cuando los pdf en los que los estudios de los expertos demostraban que la Ley de Violencia de género no había conseguido disminuir la violencia familiar fueron descolgados a toda prisa y fueron sustituidos por otros, que con apenas un dato alterado, decían una cosa completamente diferente.
Comenzó cuando a un informe que Unicef colgaba en su web en el que se relataba que 188.000 niños en España sufrían malos tratos, surgidos especialemente por negligencia y por dejadez de sus progenitoras, seguía un bombardeo masivo de una noticia en todas las páginas públicas y asociativas y en todos los medios de comunicación virtuales en la que se decía que Save de Children estimaba que 800.000 niños eran víctimas de la violencia de género en nuestro país.
Y continuó cuando en la pagina de Save de Children no figuraba ese informe, cuando se desconocía que ese estudio tenía la misma rigurosidad que el resultado de multiplicar el número de denuncias de malos tratos por el número medio de hijos por pareja en España. O sea ninguna. Porque nadie ha dicho que todas las denunciantes tengan hijos ¿verdad?. Y prosiguió cuando se ordenó dejar de reflejar en la página del INE el numero de hombres muertos a manos de sus parejas cada año. Y así siguió y siguió.
La desinformación virtual como primera pincelada del arte de la ciberguerra alcanzó uno de sus mas coloridos e impresionistas apojeos el fin de semana pasado en Barakaldo y en Mahon.
Cuando las páginas feministas y las periodistas aledañas reproducen informaciones en las que se dice que el agresor de la mujer vizcaina "accedió a la vivienda". Como si lo hubiera hecho por una ventana para ocultar el hecho de que ella misma, pese a las constantes llamadas y avisos de la Ertzaina y los servicios sociales vascos, le abrío la puerta.
Cuando los medios digitales, las páginas de los organismos encargados del asunto y los sitios web de un sinfín de asociaciones satélites piden una investigación preguntándose qué ha fallado en un intento de evitar que el navegante, el internauta, el lector perciba lo obvio: que la que le falló a su propia viva y a la de su compañero herido de muerte fue la propia víctima pro no hacer caso de quienes la protegían.
Cuando los medios digitales se hacen eco -por fin- de una mujer que mata a su hijo en la localidad balear y se apresuran a elaborar reportajes y a crear hipervínculos con informes en los que se explica pormenorizadamente los motivos, las causas y las desviaciones que llevan a una mujer a matar a su progenie para asegurarse de que nadie piense que es porque es mujer.
El homicida de Barakaldo no tiene hipervínculos, no tiene explicaciones creadas a toda prisa ad hoc, no tiene mobil del delito. El mata por ser hombre. Como mucho, por ser hombre y cubano.
Así que el Arte de la Guerra Cibernética se cumple a raja tabla y comenzó mucho antes de los hackers y de Wikileaks, mucho antes de los ataques de saturación a Paypal y la banca helvética. Comenzó en Barakaldo. Comenzó en Mallorca.
Y superada esa primera fase se paso a la segunda en el perfecto orden que marcaran desde Von Clausewitz a la Agitpro soviética. Llega la propaganda. La propaganda y la agitación, por supuesto. Que una no puede existir sin la otra.
Vínculos masivos, capañas de adhesión en Internet, continuos llamamientos al boicot de una página u otra por machista, por potenciar la violencia de género, por justificarla. Llegan enlaces de advertencia -algunos de ellos de ellos a estas mismas líneas- en los que se avisa, de forma anónima, eso sí que la nueva ley haría posible clausurar páginas por defender a los maltratadores.
Anónimos, pero hechos desde IPs vinculadas a los servidores del Ministerio de Igualdad -que uno puede ser de letras y tocapelotas, pero moverse por Internet sabe-.
Y siguiendo al pie de la letra la dinámica bélica de los grandes maestros -en este caso el camarada Nikita Jrushchov- llega la agitación. 
Permitiendo y alentando páginas en las que se llama a la castración de los maltratadores,a su exposición pública, en las que se reproducen los textos andrófobos más radicales del feminismo estadounidense como obras de arte que muestran la sensibilidad feminista y para las que, no sólo pasan, sino que dejan su firma y su apoyo ministras, ex ministras y alguna que otra subseretaria y Directora General.
Todo esto antes de que los amigos de Assange y Wikileaks dieran por iniciada oficialmente la era de la ciberguerra.
Así que, como le dije a mi amigo, que no estará de acuerdo conmigo -como muchas veces-, pero seguirá siendo mi amigo -como siempre, espero-. Wikileaks, los hackers, Paypal y los bancos de la confederación helvética junto con el omnipresente Estados Unidos y unos cuantos emitatos que prefieren -y quien no- seguir en el anonimato, no han empezado la guerra cibernética.
Simplemente se han asegurado de que la siguiente fase, la que Clausewitz definiría como el extrangulamiento de las líneas de suministro y Sun Tzu, de una más forma gráfica y no exenta de poética, como contraer el estómago del enemigo. estalle en el mismo corazón de América: su billetera.
No vaya a ser que ahora Mastercard no nos cubra los descubiertos ni nos de crédito para empinar la cuesta de enero, Paypal no nos garantice las transacciones, y las compras de Navidad se nos vayan al carajo. Que eso molesta hasta a la más combativa feminista.
Así que, aunque suene a asociación libre de ideas algo pillada por los pelos, para mi, ambas cosas son lo mismo. Batallas diferentes de una misma ciberguerra de nosotros contra nosotros mismos.
Una conflagración virtual en la que muy pocos combatimos y muchos perdemos.

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