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martes, febrero 26, 2013

Cospedal reinventa a Mendizabal y el Derecho Penal en perjucio de Génova, 13 y Castilla La Mancha

Hay políticos -no políticos también, pero sobre todo políticos- que están acostumbrados a escuchar campanas y no saber por dónde suenan. Que utilizan retazos de aquí y de allá según les viene bien pero en realidad no tienen muy claro qué significados tienen esos retazos en el conjunto del pensamiento. 
No es que esté yo al día en el currículo académico- ahora que parece tan de moda reclamar relevancia curricular cada vez que se abre la boca en la política- de la ínclita Santa Patrona del Recorte, María Dolores de Cospedal, pero me queda claro que la historia del Pensamiento Político y Social y el Derecho Penal no están entre las asignaturas estudiadas en profundidad por la siempre amantillada Virgen Santísima de la austeridad. O si las estudió las aprobó por los pelos.
 Lo de su concepción del Derecho Penal es de traca. Porque, para empezar, debe haber oído en algún sitio o visto en alguna película estadounidense o leído en alguna novela de Patricia Highsmtih eso de que si te declaras culpable de un delito menor -homicidio imprudente, por ejemplo- no se te puede seguir procesando por otro más grave -asesinato- que se aplica en determinadas situaciones procesales anglosajonas y ella ha decidido que a ella la vale. 
Así que, ni corta ni perezosa se sube al atril genovés desde el que nos castiga desde hace meses con sus diatribas y ensoñaciones y declara a su partido autor de un delito inventado y en apariencia menor como es "la simulación de salario" -¡tócate los pies por no tocarte otras partes!- para argumentar que no es culpable de una tara ética mucho mayor como hubiera sido seguir pagando a Bárcenas a cambio de su silencio. 
No siente pudor alguno en dejar en la calle a todo el aparato administrativo del partido, en arrojar a los leones al departamento de personal de Génova, 13, en colocar en el altar de los sacrificios a quien tenga más a manos para asegurarse de que su defendida virginidad doctrinal y pureza política quede a salvo. 
Pero esa patética defensa de sí misma en su corrupción visible y privada no es lo importante, esta peculiar interpretación del derecho penal que pretende salvarla de responsabilidades no es lo fundamental. 
Quizás lo sea como ejemplo para sus votantes de lo que está dispuesta a hacer para salvarse, de lo poco de confianza que es, de la nula lealtad que profesa hacia los que la rodean, pero eso es algo interno de los que aún creen que Cospedal y toda la corte genovesa del Partido Popular son dignos de confianza. 
Mucho más importante que su pervertida visión del derecho es su rebuscada y parcial comprensión del pensamiento político y social. Ya nos demostró que no lo tenía muy claro con esa versión de Chanel del l'etat c'est moi que se agenció para utilizar los servicios jurídicos de Castilla La Mancha en defensa del maltrecho honor de su consorte. 
Gracias hemos de dar a que no fuera un ministro holandés quien le criticó porque si no, a estas alturas, ya tendríamos a los tercios, los regulares, la división acorazada Brunete y las Fuerzas de Intendencia del cuartel Duque de Ahumada en modo imperial asolando Flandes en defensa del honor del compañero de cama y de cohechos de Nuestra Inmaculada Señora de Cospedal. 
No contenta con eso, ella ahora decide reinventar otro concepto. 
Escucha o lee o le suena de sus tiempos de colegio de monjas eso de la desamortización -la del pérfido Mendizabal- y dice "¡ancha es Castilla, esto me viene de perlas!" 
Y se lanza a la desamortización de Castilla La Mancha en su conjunto. Olvida que Mendizabal la hizo para hacer productivas tierras de La Santa Iglesia, olvida que el político ilustrado la ideó para arrancar a propietarios privados -la Iglesia siempre ha sido privada, se ponga Cospedal como se ponga la mantilla el día del Corpus Christi-, se olvida de todo y de todos y se dedica a vender las tierras de titularidad pública de toda su comunidad autónoma. Inventa la desamortización inversa porque no desamortiza tierras privadas de manos muertas sino tierras públicas y porque no lo hace para hacerlas productivas, sino para que se conviertan en lo más improductivo que puede ser una finca: cotos de caza. 
Cospedal no ha leído o no ha querido leer que una desamortización debe buscar los intereses del Estado. 
No ha querido leerlo porque eso significaría que las reservas de águilas o nutrias y todo lo que pulula por ellas se anteponen a las ansias cinegéticas de sus amigos; que la garantía de subsistencia del cerdo ibérico -del que nuestra exportación saca un rendimiento más que apreciable- se antepone a los deseos de gastar cartuchos de sus colegas y a su necesidad de tener espacios abiertos para hacer cambalaches y sellar cohechos en cacería al modo de Berlanga. 
Y sobre todo olvida que el hecho de que ella necesite 45 millones de euros para contribuir a la salvación de esas entidades financieras que la sostienen en sus campañas y en sus privatizaciones no es sinónimo de que Castilla La Mancha lo necesite. 
Decide ignorar el hecho de que la propiedad de esas hectáreas de dehesa, de esas fincas rústicas corresponde al Estado y a la Comunidad no a ella y por tanto no pueden sacrificarse por las necesidades inventadas de dinero para unos fines que solamente comparten ella, su partido y su gobierno. 
Prefiere no caer en la cuenta de que si quiere sacar dinero de ellas puede hacerlas productivas, puede alquilarlas a cooperativas de agricultores, puede explotarlas si quiere a través de empresas públicas -¿siento un palpitar de trémulas carnes neocon al grito de ¡colectivismo comunista!? Mala suerte- y así no conseguirá el pan del dinero de caja hoy para ella y su gobierno a cambio del hambre de la pérdida de propiedades para toda Castilla La Mancha para el futuro. 
No quiere tener en cuenta que esas “desamortizaciones de la propiedad forestal en el siglo XIX tuvieron desastrosas consecuencias para nuestra naturaleza que aún hoy no hemos logrado reparar. Destruyeron cinco millones de hectáreas de capital natural”, como le ha dicho y repetido el Colegio de Ingenieros de Montes, que algo de esto saben. 
Y por encima de cualquier otra apreciación, no ha querido tener en cuenta que no se puede utilizar, pervertir, seccionar ni reinterpretar el derecho, la historia, el pensamiento político ni la realidad para salvarse ella a costa de todos los demás. No hay ninguna ley, reglamento o conjunto de órdenes administrativas cuyos textos contengan la sentencia "Cospedal debe prevalecer". Ya sea a costa de sus empleados en Génova, 13 o de sus ciudadanos en Castilla La Mancha. 
El derecho y el pensamiento político nos libraron hace siglos de ese tipo de leyes divinas o humanas.

jueves, noviembre 22, 2012

Sandy, negacionismo e inocente soberbia ecologista

Desde que Sandy, ese huracán con nombre e cerveza con limón, asolara la Gran Manzana y metiera en el cuerpo a las gentes de New York esa parte de la humanidad llamada civilización occidental atlántica ha reabierto un debate -como si tuviéramos pocos entre manos o entre sinapsis- que parecía paralizado. De nuevo se han establecido los superfluos frentes de batalla entre los dos bandos de una discusión inagotable: la de la existencia o no del cambio climático.
Para los defensores de la existencia de ese calentamiento del planeta, el bueno de Sandy arrasando una zona del mundo a la que nunca llegaban los huracanes con tanta fuerza es una prueba de que las cosas en lo del clima están cambiando, de que aquellos que se encogen de hombros ante el concepto y lo plantean como una invención desproporcionada de los ecologistas están en un error.
Y los otros pues siguen encogiéndose de hombros, negándose a reducir las emisiones de Co2, pasando por activa y por pasiva de Kioto y sonriendo condescendiente cada vez que Al Gore -ese que fue víctima del silencioso golpe de Estado que el hermano del presidente estadounidense George. W. Bush protagonizó en Florida- abre la boca para hablar de la materia.
Y el ecologismo carga contra el negacionismo climático con datos de temperaturas, de niveles marinos, de desertización, de todo lo que se quiera, incluido Sandy, para apoyar su teoría sobre el cambio arropado por la mortal violencia del huracán neoyorquino.
Pero lo que no ven porque es muy difícil verte a ti mismo se no te paras a mirarte es que detrás de esa carga, detrás de ese empuje, detrás de esa teoría solamente hay dos cosas, solamente hay dos motores: soberbia y miedo. En idénticas proporción.
Porque el negacionismo climático -por lo menos el que se basa en la lógica, no en las necesidades económicas- no dice que no se produzca el cambio en el clima, lo que mantiene es que no tiene nada que ver con nosotros y que no podemos pararlo.
Hace varias eras geológicas los desiertos eran mares rebosantes de vida, las sábanas eran praderas verdes, los más profundos cañones eran lechos de ríos tumultuosos, las estepas eran frondosos bosques.
¿Estábamos nosotros para convertirlos en lo que son ahora?, ¿fueron las emisiones de Co2 de la prospera e irresponsable industria de los enanos y elfos, ahora ignotos y perdido salvo en las obras de Tolkien las que calentaron el planeta?, ¿fue una serie de flatulencias en cadena de los grandes saurios?
Podemos contestar lo que queramos a esas preguntas, pero desde Gobi hasta el Valle de La Muerte, desde Los Monegros hasta el Sahara, la respuesta será siempre la misma. El cambio climático se produce y no tiene nada que ver con nosotros.
Y eso es lo que dispara la reacción de la soberbia -inocente en la mayoría de los casos- de todos los que quieren ver nuestra mano en el cambio climático.
Porque nuestros atavismos de especie dominante, nuestra tradición de monarcas absolutos de la cadena alimenticia nos hace pensar que todo lo que ocurre a nuestro alrededor tiene que ver con nosotros. Nos hace pensar que dominamos y podemos dominar un planeta por el mero hecho de que nos resulta necesario para la supervivencia.
Y así, nuestra soberbia nos impide digerir el hecho de que no es así. Aunque los terremotos, los volcanes, los huracanes o los tsunamis nos lo recuerden periódicamente nuestra soberbia nos impide ver la realidad y forzamos las cosas para que todo dependa de nuestras acciones y de nuestra voluntad.
Nuestra arrogancia inmanente nos hace sustituir la religión por el ecologismo.
Hace siglos era lo mismo pero en forma divina. los dioses castigaban los malos actos de los hombres con un terremoto, sus acciones perversas con un rayo, una tormenta, su perfidia con el estallido de una erupción de llamas y ceniza que sepultaba una ciudad.
Ahora es nuestra avaricia la que se castiga de forma más sutil con el aumento de las temperaturas, nuestra irresponsabilidad con el debilitamiento de la capa de ozono, nuestra falta de criterio con el deshielo de los casquetes polares.
En cualquier caso, en el arcano antiguo y en el científico moderno, nuestra altivo orgullo depredador está cubierto. Lo que ocurre sobre la faz de La Tierra responde a nuestros actos y solamente a nuestros actos. 
Así que nuestros actos -y nosotros a través de ellos- controlamos el planeta.
Pero en realidad ese orgullo presuntuoso es inocente. No esconde ninguna oscura desviación, ninguna depravación psicológica, solamente esconde el más viejo de los atavismos que ahora nos vuelve en forma de ecologismo -y de otras muchas teorías-, el mismo rasgo interiorizado que heredamos de generación en generación y acarreamos sobre nuestras espaldas desde que tuvimos que decidir si salíamos o no de las cavernas: el miedo.
Porque tenemos miedo a que el planeta se mueva y nos deje a nosotros atrás, porque tenemos miedo a no poder controlar nuestro entorno, miedo a que aquello que nos es necesario para vivir nos falte, a que lo que nos resulta imprescindible para la supervivencia deje de servir a nuestros intereses.
Ese miedo nos nubla el sentido, nos borra la memoria, impidiéndonos recordar que este planeta desde hace 40 millones de años ha tenido muchos más periodos en los que era completamente inhabitable para nosotros que en los que soportaba nuestra existencia.
Ese miedo a no poder controlarlo todo y que eso nos acarrea el dolor, el sufrimiento y la muerte, nos permita pasar por encima como de puntillas por hechos que cubren millones de años, por glaciaciones continuas y cíclicas que hacen que el planeta rechace la vida, incluida la nuestra. Nos hace ignorar el hecho casual de que nos hemos desarrollado en uno de los escasos periodos en los que la vida humana ha sido posible más allá de lo que hagamos o podamos hacer al respecto.
Cierto es que nuestra existencia será mejor sin contaminación, cierto es que probablemente el Co2 emitido contribuya mínimamente al efecto invernadero pero, si superamos nuestra soberbia y nuestro miedo, nos daremos cuenta de que lo que hagamos o dejemos de hacer afectará drásticamente a los ciclos glaciares y tórridos del planeta.
Comprenderemos que la vida de La Tierra no tiene nada que ver con nuestra supervivencia y que Gaia seguirá su camino y su eterno retorno estemos nosotros o no sobre su superficie y esté esta superficie arrasada por el calor solar, revitalizada por la fecunda vegetación y la abundancia de agua o congelada por la enésima glaciación.
La discusión es baladí porque La Tierra es necesaria para nosotros pero nosotros no somos imprescindibles para ella aunque nos resulte difícil aceptarlo.
Y nuestra soberbia y nuestro miedo de occidentales atlánticos, bienintencionados pero permanentemente adoradores de su ombligo, tienen que aprender a vivir con ello. Al menos hasta que seamos una capa más de restos arqueológicos y sedimentos bajo el congelado suelo del planeta.
Deseen nuestra soberbia y nuestro miedo lo que deseen, somos irrelevantes.

jueves, mayo 17, 2012

Nuestra incoherencia se hace universal en Putumayo

Hay momentos en los que todo se nos viene encima, se nos acumula como sociedad y como civilización, hasta el punto de que dejamos pasar lo aquello que en otras circunstancias nos llamaría la atención.
Con la famosa deuda soberana bailando una danza macabra con los 500 puntos básicos, los colegios de pueblo a punto de ser cerrados masivamente, la Europa unida cada vez más distante, los recortes cada vez más prolijos y los bancos metiendo la mano en el bolsillo gubernamental con la aquiescencia de aquel que parece empezar a creerse su propietario cuando es solamente su inquilino, lo que diga o no diga un Secretario de Cultura brasileño -aunque sea hermano de Chico Buarque- apenas parece relevante.
Pero lo es, lo es no porque la lógica irrefutable de sus palabras sino por el error manifiesto que nos hace ver sobre nosotros mismos, sobre los occidentales atlánticos que nos refugiamos en lo que queremos para ignorar aquello que hemos hecho.
Al bueno de Buarque -Cristovao- le preguntan por la gloriosa idea de Obama que, en tiempo de lecciones, no lo olvidemos, se saca de la manga una suerte de "te cambio esa deuda internacional por el Amazonas" como remedo de propuesta ecologista de alto calado de manera que se le condonaría la deuda a Brasil a cambio de que internacionalizara la Amazonía y la convirtiera en patrimonio universal.
Y, claro, Buarque se ríe en la cara del concienciado ecologista estadounidense que le hace la pregunta, muy educadamente, pero se ríe, muy retóricamente, pero se ríe. Pero en realidad se ríe de nosotros.
Y dice que de acuerdo, que Brasil internacionalizará la cuenca del Amazonas y todos sus bosques cuando Estados Unidos declare patrimonio de la humanidad sus arsenales nucleares y sus patentes científicas e incluso cuando declaremos patrimonio de la humanidad a todos los niños y los miserables del mundo para que alimentarlos y darles dignidad sea una obligación y una responsabilidad para todos, independientemente de donde hayan nacido.
Y nosotros nos indignamos y decimos que eso es demagogia barata, que es una excusa pobre y absurda -aunque en el fondo sabemos que algo de razón tiene- porque lo que quiere es quedarse con la Amazonía para explotarla y sacarla beneficios para esa economía emergente que no entra por nuestro aro llamada Brasil.
Pero realmente nos equivocamos. Porque ni Buarque, ni Brasil quieren los arsenales nucleares occidentales, ni mucho menos los niños macilentos del resto del mundo. Así que el secretario de cultura brasileño no está haciendo demagogia, está practicando la retórica. No está polemizando, está ejerciendo la mayéutica.
Porque hay un dato que nosotros ignoramos o fingimos ignorar que cambia todo el punto de vista, que modifica todas las explicaciones, que altera la posición en el mundo de la Amazonía como pulmón verde universal.
Según cálculos  de la Real Sociedad Británica de Botánica -los británicos tienen reales sociedades para todo, como los donostiarras- en los tiempos de Sus Muy Católicas majestades, Isabel y Fernando, la Amazonia suponía un cinco por ciento del total de la masa boscosa del planeta y hoy, pese a que desde la década de los 90 no hace otra cosa que menguar, supone un 18% del total de los bosques que hay en nuestro planeta.
Y no queremos interpretar ese dato.
No es que la Amazonia haya crecido porque hayamos organizado viajes guiados para plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro en Brasil. Es que en esos 600 años el occidente atlántico no ha hecho lo que ahora le exige que haga a Brasil.
Y esa es la colleja que nos da Buarque entre las orejas.
El Reino Unido se cargó sus bosques en su revolución industrial y los de la Commonwealth en sus guerras coloniales, Francia destruyó los suyos y los de gran parte de sus colonias, los madereros de Maine, los ovejeros de Wyoming, los vaqueros del medio oeste y los agricultores de Idaho hicieron lo propio con los de Estados Unidos, España decidió llevarle la contraria a su ardilla romana y la hizo bajar al suelo para convertir los suyos en regadíos, olivares y viñedos, Alemania dejó su selva negra reducida a la mínima expresión turística...
Y ahora nos atrevemos a decirle a Brasil que no los ha explotado prácticamente en estos 600 años que siga sin hacerlo porque el planeta los necesita, porque son lo últimos, porque ya no quedan más.
Y esa propuesta y su contrapartida se transforman en una lista de todos los vicios que atesoramos en nuestra concepción del mundo como individuos y como sociedad.
Nosotros no hacemos lo que tenemos que hacer. Nos negamos a ver lo irresponsable o lo peligroso de nuestras acciones, pero exigimos a los demás que no las lleven a cabo de forma idéntica cuando nos viene mal, cuando nuestra forma de concebir el mundo ya ha fallado estrepitosamente
Exigimos a los otros que arreglen lo que nosotros hemos descompuesto. Un clásico.
Occidente le ofrece a Brasil la condonación de la deuda a cambio de la internacionalización de la Amazonia. Otro vicio muy común en este occidente atlántico nuestro.
Dentro de diez años Brasil volverá tener deuda internacional porque su balanza comercial es el epítome del desequilibrio y todos lo sabemos pero nosotros seguiremos teniendo la Amazonia, incluida Putumayo y su petróleo, dicho sea de paso. Ofrecemos algo pasajero a cambio de algo que nosotros tendremos para siempre.
Como lo hacemos en nuestros ámbitos personales y sociales. Del mismo modo que ofrecemos no hacer un ERE en tres años a cambio de que nuestra plantilla pierda la antigüedad para siempre, como ofrecemos compadreo a cambio de lealtad, como ofrecemos imagen a cambio de contenido, marketing a cambio de calidad, propaganda a cambio de información, como ofrecemos sexo a cambio de amor. Como damos presente -y a cuentagotas- mientras otros nos entregan su futuro.
Somos y siempre seremos en todo y con todos, exploradores occidentales que son capaces sin aplicar ética ninguna de adquirir por whisky y collares de cuentas la isla de Manhattan a los indios sabiendo que los collares se estropearán con el agua y el whisky se acabará en la primera fiesta en condiciones que celebren.
Ofrecemos lo efímero y tomamos del otro lo eterno, sin avisar siquiera de esa circunstancia y el desequilibrio que puede producir. Muy Occidental.
Pero la cosa sigue y la oferta de Obama sobre la Amazonia se transforma en un catálogo de los delirios que nos han hecho lo que somos.
Porque Occidente le pide a Brasil que renuncie a su industrialización, a su economía, a su futuro para garantizarnos a nosotros el presente. Occidente, sin hacer nada, le exige a Brasil -y a Zambia y a Tanzania y a Bangladesh, entre otros- que renuncien a ellos mismos en beneficio de los demás. Que asuman el esfuerzo que nosotros no estamos dispuestos a sobrellevar y que no hemos realizado.
Alemania no desindustrializará Karlsrue para replantar la selva negra. España no arrancará sus secanos de la mancha o sus viñedos de Navarra y Castilla para replantar los bosques que talaron, Texas no cerrará sus pozos petrolíferos y dejara crecer libres los bosques que otrora estuvieron por encima de las bolsas de crudo.
Y nuestra sociedad occidental atlántica es una vez más reflejo de nuestro individualismo ciego y egoísta, que nos hace pedir -de hecho exigir- a los demás que nos den cuando nosotros no hemos dado nada, que nos hace pensar que tenemos derecho a exigir a los demás un esfuerzo en nuestro provecho cuando nosotros no lo hemos hecho en el suyo.
Queremos y necesitamos que no den lo que no hemos dado y que los otros asuman el esfuerzo del cambio que precisamos para sobrevivir. Muy atlántico.
Así que esta petición de que Brasil internacionalice la Amazonía para "preservar" el mundo que nosotros y no los brasileños hemos puesto en peligro no tiene nada que ver con las elecciones estadounidenses, con el cambio climático, con la ecología o con la economía emergente.
Tiene que ver única y exclusivamente con lo que estamos empeñados en ser y no queremos dejar de ser.
La lógica impondría que no se le pudiera exigir a Brasil nada con respecto a la Amazonia hasta que nosotros hubiéramos repuesto todo lo que hemos devastado, que el occidente atlántico se dedicara a intentar arreglar el fiasco natural que ha generado antes de imponerles a los otros que nos saquen del fuego las pocas castañas que ya quedan. Entonces Chico Buarque no podría darnos colleja alguna cuando le pidiéramos que Brasil se comportara como nosotros ya nos estábamos comportando.
Pero si hacemos eso con Brasil tendríamos que cambiar radicalmente nuestra forma de ver el mundo, nuestra sociedad y nuestra vida. Y habríamos aprendido que hay que dar primero para poder esperar que te den, que hay que esforzarse por lo que sea, en el ámbito que sea, para poder demandar esfuerzo a los otros, que hay que comprometerse antes de exigir compromiso a los demás, que no se puede esperar a que te amen para empezar a amar.
Y, a lo peor, hasta descubrimos que no es tan grave, ni tan oneroso, ni tan peligroso, ni tan arriesgado. Que nuestra cobardía, nuestro egoísmo y nuestro miedo no han estado protegiendo tan solo de nuestros propios fantasmas que nada tienen que ver con la realidad.
Pero eso no estamos dispuestos a probarlo en ningún caso ni en ningún nivel de nuestra existencia occidental atlántica. Preferimos pedir la internacionalización de la Amazonia, que no es otra cosa que la universalización de nuestra incoherencia.

sábado, julio 09, 2011

Y los veganos comieron carne humana

Encontrábame yo desayunando algo que puede llamarse Capuccino -la palabra aún sigue siendo casi libre- cuando me he topado de frente con una de esas muestras ejemplarizantes que terminan por pasar inadvertidas.
Entre tanto discurso de Rubalcaba, tanto intento cristiano nacionalista en Ceuta y Melilla y el primer ajuste de cuentas de la historia de la comunicación de masas que la realidad le hace tragar a un medio de comunicación, la actividad de unos cuantos ideólogos y activistas de la llamada dignidad animal tendería a pasar desapercibida, sin pena ni gloria. Como viene siendo habitual.
Pero, más allá de lo que han hecho o han dejado de hacer los llamados veganos, esos vegetarianos y ecologistas más o menos insistentes y arbitrarios, su actitud hacia lo que está haciendo con ellos la policía, la judicatura y el aparato social en general, es una muestra más que plausible del mal que nos ataca como individuos y como sociedad.
Es una de las mayores muestras de incoherencia formal y material desde el interrogatorio fiscal en el juicio a Steve Biko.
Ellos dan una importancia superlativa al problema de la dignidad animal -que, por cierto, no es problema para los animales, es solamente una cuestión ética humana-. Consideran que es el principal problema del mundo, que es la piedra angular del arco que lleva nuestra civilización a atravesar el umbral de su propia destrucción. Reivindican su lucha y su protesta como algo fundamental, como uno de esos arcanos descubiertos a destiempo que soportan la existencia humana.
Y es esa intensidad, esa urgencia impelida en los discursos de sus líderes y en las páginas virtuales de sus colectivos, lo que les lleva a las sueltas de cerdos, pollos y visones -un gran favor para un visón americano soltarle en mitad de la estepa castellana donde no tiene nada que llevarse a sus afilados incisivos, por cierto-, a sus ataques simbólicos a portadoras de abrigos de piel, a sus encadenadas y sentadas ante las plazas de toros.
Esa imperiosa necesidad y esa supuesta importancia manifiesta son lo que les ha permitido reclutar a toda suerte de individuos que, incapaces de relacionarse con la dignidad humana en general -y atentando contra ella en muchos casos-, han visto en esa defensa de lo animal una forma de canalizar su necesidad de dar a alguien todo lo que le niegan a los humanos.
Hay veces que, pese a la razón que puedan destilar algunas ideas - a mi también me parece que los toros son un brutal vestigio de barbarie, la cultura peletera es un dislate social de proporciones megalíticas y la caza un espectáculo un sufrimiento innecesario para el animal que vamos a llevarnos al buche por vía de hoguera y espetón-, les hace sacarlas de contexto, aumentarlas de nivel, concederles rango de necesidad universal, hace que los ideólogos se conviertan en personajes grotescos por incomprensibles, ridículos por desmedidos.
 En un mundo en el que miles de humanos mueren de la forma más indigna -de hambre- simplemente por desidia, en el que la lucha por los recursos y por los bienes lleva a poblaciones enteras a la esclavitud, en el que los mercados y el dinero se anteponen a las personas, enfocar toda tu fuerza, toda tu intensidad, toda tu capacidad de activismo -que los veganos han demostrado tener mucha- solamente hacia lo animal, sus derechos y sus dignidades es una muestra de egoísmo tal que roba con cada acto la dignidad de aquellos por los que no se lucha, aún teniendo las fuerzas y la organización para poder hacerlo.
Y esa es la primera de las incoherencias. La formal. La lucha por la dignidad no puede eludir a 7.000 millones de seres sintientes e ignorarlos en aras de otra parte de la población animal del planeta, solamente por que los animales humanos pueden llevarnos la contraria, pueden oponerse a nuestros deseos, pueden rechazarnos más allá del estímulo condicionado. Solamente porque son impredecibles e incontrolables.
Resulta un absurdo de dimensiones bíblicas fingir que defendemos la dignidad de los sintientes -un término, por cierto, acuñado hace tres décadas por la literatura de anticipación para las especies alienigenas, no para las terrestres, valga la matización- e ignorar voluntariamente que nuestro esfuerzo debería ir también encaminado a preservar la dignidad de los sintientes humanos, algo que no está, ni de lejos conseguido.
Pero esa es la incoherencia conocida, la incoherencia a la que estamos acostumbrados, la que todos practicamos y en la que todos medramos cuando no nos damos cuenta de que la defensa de lo nuestro, de lo que es para nosotros importante, supone la asunción automática de que lo demás no merece la pena, no es digno de nuestro esfuerzo.
La otra vuelta de rostro a la realidad que han cometido los veganos - no quiero ni imaginarme el motivo que llevó a su fundador a pensar en Vega-, la otra incoherencia, la material, es todavía más capciosa, más insoportable, más humana.
La otra se inició cuando empezaron a pintar bastos. Las adversidades son el caldo de cultivo perfecto para la incoherencia humana.
Cuando la policía ha comenzado a deternerles, cuando han empezado a procesarles y a pedirles algo más -bastante más- que una multa para abandonar prisión, la más completa incoherencia se ha adueñado de ellos.
Lo que hace un par de actualizaciones de blog eran las batallas de una contienda vital para la supervivencia de la Tierra tal y como la conocemos -¡como si la Tierra hubiera sido siempre como la hemos conocido nosotros!- de repente se han convertido en travesuras sin importancia por las que no deben ser detenidos; aquello que ayer eran capítulos de resistencia contra la cultura de la esclavitud animal, hoy, que los periódicos no los aclaman entre líneas y los jueces no se muestran condescendientes, se han transformado por el arte cegador de la incoherencia material en gestos simbólicos, en acciones que no merecen esa reacción, en simples símbolos que no merecen ser reprimidos, perseguidos y contrarrestados con tanta dureza.
Nunca me ha resultado bochornoso que suelten animales por doquier, que impidan las corridas de toros o que estropeen los desfiles de moda, lo único que se me antoja absolutamente bochornoso es la completa falta de dignidad que demuestran cuando, tras declarar grandilocuentemente una guerra a un sistema social -con razón o sin ella-, pretenden que ese sistema no reaccione, no se mueva, no de una contraorden, no les declare la guerra a ellos.
Si estas dispuesto a defender a los sintientes -excepción formal hecha de los humanos por motivos incomprensibles para mí- no puedes transformar tu lucha en un juego inofensivo por el mero hecho de que un miembro de la elite policial de este país te apunta con un arma automática de fabricación israelí para detenerte. Eso es no creer en esa lucha.
Si aquellos que se oponen a la crueldad con los animales han sido un ejemplo a seguir, unos guerreros míticos y unas fuentes de inspiración continuas y constantes, una fianza millonaria, una orden judicial y una prisión incondicional no los convierten de la noche a la mañana en unos elementos aislados que no forman parte del espíritu del movimiento, en unos individuos marginales dentro del colectivo que no lo representan en su integridad. Eso es no  confiar en esos luchadores.
Si lo que creo y lo que defiendo es fundamental para mi hasta el punto de abandonar mi vida, de ponerla en riesgo o de importarme un carajo los efectos secundarios y los daños colaterales que ocasiona mi ideología y su puesta en acción, no puedo transformarla en algo que se minimiza y que se transforma en poco más que un pasatiempo solidario cuando me aprietan las clavijas y empiezo a experimentar las consecuencias de la hasta ahora indolente e indolora revolución que he creído poner en marcha. Eso es no saber quién eres y no tener ni idea de lo que has elegido ser.
Y eso es lo bochornoso de los veganos. Lo bochornoso y lo ejemplarizante.
Resulta triste que alguien que dice defender lo que nadie defiende y pocos comprenden en términos filosóficos sea tan endemoniadamente parecido a todos los demás cuando las cosas se tuercen, sea tan atlántico y tan occidental. Sea tan parecido a nosotros.
La negación de ellos mismos que han hecho y están haciendo para salvar la piel -no la de los visones, la suya-, es, lamentablemente, tan bochonorsa y común como el discípulo negando a su maestro -que no el mío- cuando pintan bastos para él; es tan antiguo y cotidiano como el apóstol huyendo de Roma cuando la sombra de la cruz se alarga sobre su cabeza.
Es tan humano y tan miserable como cada derecho que abandonamos cuando la reivindicación se vuelve peligrosa, como cada justa indignación dicha por lo bajo cuando alguien con poder de cambiarnos la vida pergunta quién se queja, como cada principio vital que no se convierte en finalidad porque sabemos que eludirlo nos hace la vida más fácil, la existencia más comoda.
Es tan nuestro como cada paso dado atrás para dejar en la soledad de la primera fila a los que dan el paso hacia adelante, como cada torcedura de cuello o elevamiento de cejas señalando desde la segunda fila a aquellos que están dando la cara por nosotros cuando nos damos cuenta que no servirá para nuestros fines inmediatos y puede poner en peligro nuestros recursos cotidianos.
Puede que los veganos y su cruzada por la dignidad animal se nos antoje algo absurdo y alocado y puede que no. Pero ninguno de ellos, ni el más desmedido, ni el más irresponsable, ni el más agresivo, ni el más místico, son en lo esencial diferentes de nosotros.
Ellos han demostrado que, aunque sean vegetarianos son capaces de alimentarse de carne cuando las cosas vienen mal dadas. Son capaces de devorar carne humana, la carne de sus propios camaradas, para salvarse de la quema, para poder volver a sus apartamentos, a sus chalets y a sus piscinas y contar que un día pelearon por una causa noble.
Al fin y al cabo la dignidad de los sintientes exige que todo animal se alimente. Aunque esos animale sean leones y el alimento que les hayan arrojado los veganos frente a sus hambrientas fauces sean los despojos de su dignidad como colectivo y las metáforicamente sanguinolentas pruebas de que no son, en miedo y egoismo, diferentes del resto de los humanos que comen carne sin problemas.
Es tan occidental como nuestra civilización, es tan viejo como nuestro miedo, es tan atlántico como nuestra visión del mundo, es tan lamentable como nuestro egoísmo. Es tan doloroso como nuestra traición a nosotros y los demás por tres meses más de comodidad o medio año más de seguridad.

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