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jueves, abril 02, 2015

Cuando el falso rescate griego niega el capitalismo

"Hay que pagar las deudas". Y con eso parece que se puede comprar toda la campaña desatada por los voceros del conservadurismo español contra otro tipo de políticas económicas personalizadas en el eterno ejemplo del actual Gobierno griego.
Pero como todo vocero se dedican a las frases cortas y los eslóganes y no a las explicaciones. Parece que ese sacrosanto principio del capitalismo liberal -muy justo, por otro lado- lo explica todo pero lo único que hace es ocultar que no es está cumpliendo el principal principio de ese sistema económico que tanto defienden. No del comunismo, ni del estatalismo, ni siquiera de la economía feudal. El principio básico del capitalismo.
"La actividad económica es fruto de la iniciativa y del riesgo privado y el Estado no debe intervenir en ella en ningún sentido". Y no lo digo yo. Lo dijo Milton Friedman.
Que ¿por qué incumplen ese principio?. Muy sencillo porque ahora, como quien en la cosa nada tiene que perder, Paulo Noguiera Bautista, uno de los directores ejecutivos del FMI reconoce que "dieron dinero para salvar a los bancos alemanes y franceses, no a Grecia".
O sea que los estados intervinieron para salvar la iniciativa de las consecuencias que su propias decisiones de riesgo especulativo habían provocado en sus finanzas.
El dinero dado por los gobiernos de Merkel y Sarkozy e incluso por el gobierno español pasaron por el Gobierno griego de Samaras para volver a los bancos alemanes y franceses y cubrir sus enormes agujeros. La deuda griega solo fue una excusa, el gobierno griego solo un intermediario y una cortina de humo para hacer un rescate de su propia banca.
Si nadie había obligado a Credit Lyonnais o al Deutsche Bank a comprar deuda griega ¿por qué hay que rescatarlos?, si nadie les forzó a dar créditos a una sucesión de gobiernos corruptos de uno y otro signo en una Grecia en la que meter el dinero en la caja pública era el deporte preferido del PSOC y Nueva Democracia, ¿por qué hay que cubrir sus pérdidas?
Si se defiende el capitalismo liberal, ¿por que se actúa contra él a espaldas de la opinión pública y utilizando la miseria de un país como cortina de humo?
Por eso el nuevo Gobierno griego les crispa, les pone de los nervios. Por eso no hay vocero conservador que no cargue contra él con argumentos que bordean el ridículo. Por eso no se puede gastar el dinero del rescate en los griegos, ni en evitar su miseria, ni en sus servicios públicos.
Porque nunca se ha dado todo ese dinero para salvar a Grecia, porque ese nunca fue el objetivo y si alguien se da cuenta sabrá que ellos son los primeros que están hundiendo el sistema que defender y encima lo hacen sin luz ni taquígrafos, a traición y por la espalda y que el fracaso de ese sistema no esculpa de Grecia sino de al avidez irresponsable de sus bancos.
Así que el próximo conservador español que tire del consabido "hay que pagar las deudas" para justificarlo todo y cargar contra laactitud del Gobierno griego que antes se recite ese otro axioma de "quien está capacitado para asumir un riesgo, lo es para afrontar las consecuencias".
Y que decida lo que es más liberal capitalista..

lunes, mayo 07, 2012

Hollande y Χρυσή Αυγή abren nuestro diario íntimo

Mucho se va a leer y escribir sobre la victoria de Hollande en las presidenciales francesas.
El candidato oscuro y algo anodino se ha impuesto por los pelos a el exuberante en sus formas y estentóreo en sus mensajes Sarkozy, que intentó ser lo que no era para seguir siendo lo que ya no podía ser.
Pero más allá de las reflexiones políticas que la victoria de Hollande puede traernos a la mente, las presidenciales francesas nos pueden traer otras conclusiones, otros pensamientos que quizás sean más dignos de figurar en nuestros diarios personales -aquellos o aquellas que aún tiren de ese adolescente recuento de la vida- que en las páginas de política o economía de los diarios.
Hollande ha ganado. Francia le ha dado su confianza para huir del imperio de los mercados o para luchar parcialmente contra ellos. Pero lo ha hecho por la mínima, casi en la prorroga y de penalti -justo, en esta excepcional ocasión, pero de penalti-.
Un pueblo, que vota masivamente en todos y cada uno de los comicios como homenaje al hecho de que ellos fueron los que se sacaron de la manga el sufragio universal, ha concedido el poder y la victoria a Hollande por apenas 3 votos, metafóricamente hablando.
Un 48 por ciento de la población francesa ha querido aún refugiarse en sí misma, en su capacidad de resistencia, en sus fronteras y en su autarquía para pasar el mal trago de la crisis.
Casi la mitad del pueblo que inventó la revolución moderna, la división de poderes y la justicia universal no ha podido, no ha sabido o no ha querido dejar de mirarse el ombligo.
Y eso le da a Hollande muy poco margen de maniobra y a nosotros algo en lo que pensar. Optar por otras soluciones en la economía, optar por mantener los derechos de los demás, de todos, aún a costa de nuestros beneficios, a costa de nuestras situaciones personales, es un esfuerzo que no sabemos hacer, que no queremos hacer. Sabemos que es necesario pero preferimos encerrarnos en nuestros mundos -ya sean sociales o personales- e intentar que lo que ocurra nos beneficie, nos sirva.
El utilitarismo de Sarkozy, que ha usado a inmigrantes, extranjeros, judíos, musulmanes, ricos y pobres para intentar conseguir sus objetivos presidenciales puede parecernos atroz o desleal pero ha sido aceptado como estrategia por 48 de cada 100 votantes franceses.
Porque todavía hay demasiada gente que considera que los demás, los otros, la humanidad en su conjunto y sus entornos en particular, son una colección de vidas que les son útiles para algo y que deben usar en virtud de esa utilidad cuando les viene bien y rechazar -o cuando menos aparcar- cuando sus existencias no sirven al propósito que hemos diseñado para ellos dentro de nuestro esquema vital.
Todavía hay demasiada gente que en este Occidente nuestro considera a todo ser humano que no sea el mismo como un útil, un instrumento, un objeto o un complemento que solamente tiene valor por lo que nos aporta y al que nosotros no tenemos que aportar nada.
Por eso hay que echar a los inmigrantes si ahora no nos sirven, por eso hay que apoyar a los ciudadanos judíos si nos interesa, por eso hay que eliminar la cultura musulmana si nos crea algún contratiempo...
Y por eso hacemos lo que hacemos en nuestras vidas personales.
Pero ahí no queda la cosa. Si miramos las tres elecciones europeas que han convulsionado el panorama en los últimos días podemos apuntar muchas más cosas en nuestro diario personal sobre lo que hacemos y lo que no hacemos y sobre los reflejos de nuestras actitudes personales que son esos resultados.
En Francia ha ascendido a límites impensables el Frente Nacional de Le Penn, en Grecia se ha colocado con 21 neonazis -de los rapados y con cara de eterno cabreo- en el parlamento algo llamado Aurora Dorada (Χρυσή Αυγή) -los griegos y sus nombres sonoros y evocadores- y ha experimento un ascenso fulgurante y furibundo la extrema izquierda.
Políticamente puede interpretarse de muchas formas, pero en lo personal, como reflejo social de lo que somos, el apunte en nuestro diario solamente puede ser uno.
Todavía y cada vez somos menos capaces de escuchar, de transigir, de acordar, de llegar a una entente con las vidas de los otros. De tener en cuenta sus puntos de vista, sus necesidades y sus opiniones para hacer examen de conciencia y remodelar nuestros parámetros de existencia para compaginarlos con los suyos.
Porque eso es el radicalismo político. Cada vez hay más gente que se encierra en su forma de pensar y niega los ojos a la realidad de que esas fórmulas ya han fracasado, ya son inviables incluso para aquellos que las defienden.
Y no es otra cosa que el espejo en el que se refleja nuestra incapacidad personal de diseñar nuestras vidas más allá de nuestros propios pensamientos, de aceptar las críticas y las percepciones de los otros. Nuestra imposibilidad para salir de lo que apriorísticamente hemos decidido que tiene que ser nuestra existencia aunque nos hayamos dado batacazo tras batacazo al ponerlo en marcha o intentar edificar nuestras existencias sobre ello.
Cierto es que la intransigencia de determinados líderes que deberían haber hecho de la capacidad de diálogo y de una cierta flexibilidad como valor principal de su liderazgo puede haber reforzado esa forma de pensar, pero la realidad principal es que este Occidente Atlántico cada vez tira más de sus pensamientos y decisiones individuales como única forma de presentarse ante el mundo. No sabe o no quiere -porque, en este caso, poder siempre se puede- tener en cuenta a los demás en el diseño de sus vidas.
Y para rematar la faena están las elecciones municipales en la Pérfida Albión -siempre me ha encantado ese nombre de Gran Bretaña-. El electorado ha barrido a los tories de muchas ciudades y municipios, les ha golpeado con el sufragio en el rostro y les ha enviado a la reserva activa. Pero Londres resiste.
Cuando la política de especulación financiera está matando y haciendo morir a gran parte de las islas, está destrozando su tejido industrial y empresarial, está haciendo subir el paro y haciendo descender las expectativas vitales de gran parte del país; cuando Sheffield, Liverpool y Manchester ya han ardido o están a punto de hacerlo. Londres resiste con los tories.
Porque Londres vive de La City. Y la City necesita a los tories para seguir ganando dinero aunque el resto de los territorios de Su Graciosa Majestad paguen el precio de esa supervivencia.
Y ese es el último apunte que se nos cuela en el diario íntimo que no compartimos con nada ni con nadie.
No nos importa lo que pase a nuestro alrededor mientras la situación nos beneficie. No nos importa la carga de sufrimiento o de dolor que nuestros actos o nuestras elusiones puedan causar en los demás. Mientras a nosotros no venga bien seguimos apegados a ellas, seguimos reproduciéndolas aunque las sepamos injustas y las intuyamos inconsecuentes. Como Londres a los tories, como cualquier egoísta a sus deseos y necesidades.
Un amigo de antaño, recuperado hace poco por mor de las discusiones virtuales de política -ciertamente enriquecedoras, por cierto-, decía hace unos días que da igual la derecha o la izquierda, que el fallo está en nosotros. Y toda esta cascada de elecciones no hace otra cosa que darle la razón.
Tenemos que cambiar, desde lo más radical de nuestro interior hasta lo más insustancial de nuestro exterior, tenemos que cambiar.
Puede que franceses, británicos y griegos confíen en que Hollande, los laboristas y cualquiera que termine gobernando en Grecia puedan ayudarlos a hacerlo, pero el secreto -que ya lo es a voces- para salir de esta no está en las fórmulas económicas, las legislaciones sociales ni las actuaciones políticas.
El único secreto es que aprendamos a darle una pluma a todos los que están junto a nosotros, abramos nuestros diarios íntimos y empecemos a escribirlos con otra letra, con otra ortografía y de otra manera.
Y que empecemos cada una de las anotaciones con "nosotros".

miércoles, marzo 28, 2012

Sarkozy usa a Merah y repone el Gobierno de Vichy


Cuando nos sale la vena, nos sale la vena. Se nos hincha, nos palpita, se nos pone gruesa -que si digo gorda parece otra cosa- y volvemos a lo que siempre hemos sido, a lo que siempre hemos querido ser, al lugar en el que nos encontramos más cómodos.
Y eso parece que es lo que le ha ocurrido al modélicamente casado Sarkozy en su campaña electoral por la reelección presidencial. La locura de Merah en Toulouse le ha hecho que la vena se le agrande y la bombee a su riego cerebral ideas e iniciativas que vuelven a ponerle en el sitio del que nunca quiso salir, del que solamente se movió para conseguir sufragios y al que vuelve a todo correr en cuanto la cosecha de votos se lo permite.
Más allá de la ética escasa y difusa que supone aprovechar un atentado para hacer política -algo que el conservadurismo europeo hace una y otra vez siempre que puede pero que luego critica cuando hacen otros. A las pruebas hispanas me remito-, Sarkozy ha sacado la vena del pensamiento más restrictivo, ese que le hizo famoso cuando era ministro de Interior con el moderado -y corrupto a la sazón, según dicen los tribunales franceses- Jacques Chirac.
Se le ocurre ni más ni menos que proponer -aprovechando el tirón de la exitosa caza del asesino de Toulouse- penar a todos aquellos que consulten páginas que hagan apología del extremismo islamista y a quienes viajen al extranjero para recibir doctrina y entrenamiento terrorista.
Y claro las huestes del librepensamiento occidental le aplauden, las mesnadas del conservadurismo basado en la seguridad y los valores judeocristianos de la sociedad occidental atlántica asienten sin pudor lo sabio de la medida.
Sarkozy y sus adláteres olvidan un pequeño detalle, un ínfimo y minúsculo punto que es el sustento básico del sistema legal occidental -mucho más allá de los diez mandamientos y el Levítico- el concepto de universalidad de la ley.
No es de extrañar, pues ya ha cometido ese error con el laicismo -donde ha convertido en delito -administrativo, pero delito- llevar un hiyab pero no un velo de novia en una boda católica o un velo de monja o un alzacuellos, lo ha reiterado con las ideologías -donde ha prohibido revisar - a la baja, se presupone- el holocausto nazi pero no revisar a la baja las masacres coloniales francesas, por poner un ejemplo, y lo ha terminado rematando con la historia donde ha promovido una ley que declara delito negar un exterminio pero consiente negar todos los demás -salvo el nazi, se entiende-.
Tres delitos de opinión en un solo mandato. Es para hacérselo mirar. Para hacérselo mirar en serio y por especialistas.
Y ahora va con el cuarto obviando la normal legal más básica.
No crea un delito de opinión universal. Es decir algo como penar a todos los que consulten páginas que promuevan el extremismo o incluso acotando el extremismo religioso.
No lo hace porque eso supondría encarcelar a todos los que consultan enlaces relacionados con Monseñor Lefevbre -que también son negacionistas, por cierto-, con los Legionarios de Cristo, con algunos -cada vez más- clérigos y pastores evangélicos que se dedican al nombre arte de la quema de coranes e incluso de algún que otro obispo de la jerarquía oficial católica que llama a la reconquista espiritual de Europa.
Por no hablar de todos los enlaces relacionados con el Frente nacional y la familia Le Penn, que se llenan la boca y las urls de mensajes xenófobos y descalificativos del islam y todo lo que le rodea.
Y ya puestos daría con los huesos en la trena de un buen puñado de rabinos franceses -algunos de los cuales enseñan en el tristemente famoso colegio de Toulouse- que se han declarado abiertamente sionistas y han defendido posiciones bastante insultantes para con el islam y difundido mensajes bastante extremistas, a los que se añadirían los integrantes de la sección francesa del partido Likud, tampoco conocidos por su ponderada neutralidad y mesura, y los visitantes regulares de las páginas de alguna que otra comunidad ultra ortodoxa radicada en suelo y éter de dominio galo.
Así que el bueno de Sarkozy no tendía suficientes celdas ni reconstruyendo La Bastilla para encarcelar a todos los que cometieran el delito de asomarse a las páginas de la intransigencia religiosa francesa.
Y ahora habrá algunos que estarán tomando aire para decir que no es lo mismo, que esas ideas no promueven el odio y la venganza: no matan.
Pero me temo que, con todo el respeto del mundo -es casi una ironía- debo disentir.
El lefevbrerismo entre otra suerte de tendencias extremistas del catolicismo romano han llegado a calificar de "engendros perniciosos" a los homosexuales y en Francia se han producido más de dos centenares de ataques homófobos con un saldo de ocho muertes en los últimos dos años; los seguidores de  Le Penn que clama abiertamente allá donde la dejen, incluido el mundo virtual de Internet, contra los extranjeros que están, literalmente, "pudriendo Francia" han protagonizado palizas a jóvenes magrebíes con un saldo de muchos heridos y varias muertes, ataques sexuales a jóvenes de creencias musulmanas por usar el hiyab y toda suerte de desmanes violentos que, a lo mejor el bueno de Sarkozy no tiene en cuenta, pero que hieren y matan.
Por no hablar de los pastores y su quema de coranes que claman por la quema de mezquitas y la erradicación de la "endemoniada creencia" del islam en un país en el que ya han sido quemadas cuatro mezquitas en los últimos tiempos.
Y si alguien tiene alguna duda de lo que origina en el mundo el sionismo radical que vuelva los ojos a Israel y sobre todo a Palestina.
A ese sí que no se le puede acusar de no matar gente. Lo hace cada día, abiertamente y de forma institucionalizada.
Es de suponer para nuestra desgracia que Sarkozy ha sacado su vena palpitante de conservador de derecha católica y omite todo lo que es obvio de la religión que más le agrada, lo que es evidente de la que no le interesa remover, lo que es palpable de una ideología que comparte en muchos puntos y posiciones viscerales y se limita a cargar contra aquello que ya odia de antemano, que le quitaría el sueño aunque no hubiera pasado lo que ha pasado en Toulouse.
Puede que la locura asesina de Merah le haya dado la oportunidad pero, por lo que se ve, la vena la tenía desde hace mucho tiempo.
Y si lo de la consulta de páginas es fascismo en estado puro no por el control de la navegación virtual -eso es simplemente estupidez- sino por el sesgo que adopta ese control, lo de convertir en delito viajar a otros países a recibir adoctrinamiento terrorista ya es de traca.
¿Y cómo va a saber el Estado Francés que ha recibido adoctrinamiento? ¿haciendo que un agente de la resucitada repentinamente SEDECE acompañe a cada uno de sus ciudadanos en sus viajes a Irak, a Afganistán o a Irán?, ¿incumpliendo al menos media docena de leyes francesas e internacionales y espiando a todo viajero que vaya a determinados destinos como hacen precisamente los gobiernos nada democráticos de algunos países?, ¿conculcando sus derechos pinchando sus comunicaciones, removiendo sus maletas y atisbando tras alas esquinas sus movimientos como en una buena novela de John Le Carré?
¿Incluirá Sarkozy en esa lista de destinos peligrosos las sedes lefevbrerianas, El Palmar de Troya, Roma por si resulta que los que allí viajan reciben peligroso adoctrinamiento homófobo que luego les hace perseguir apalear y matar homosexuales?, ¿completará la lista con Israel y los territorios ocupados para evitar que los franceses sean adoctrinados en el sionismo radical que mata árabes sin cuenta?, ¿prohibirá a los musulmanes franceses viajar a La Meca?
La vena que empezó a latir, constante y ridículamente, en la garganta de Sarkozy con su versallesca lucha contra el hiyab, que siguió palpitando con su cerrazón y su consentimiento a las actitudes y los mensajes islamofóbicos, hasta el punto de prohibirles rezar públicamente cuando les había quitado sus mezquitas, y que continuó enviando sangre envenenada de racismo, falso miedo y xenofobia a sus neuronas hasta que se le ocurrió el invento del castigo diferencial por el mismo delito para extranjeros y franceses ha estallado ahora en una suerte de hecatombe vascular que solamente palpita odio por muchas cosas que diga para disimular ese hecho y muchas excusas que ponga para hacerlo digerible.
Y esa vena solamente tiene un nombre: totalitarismo ideológico. O piensas y crees lo que yo o, con toda la democracia occidental atlántica que quieras, estás jodido.
Hay algunos en Francia que quieren iniciar la sexta república para cambiar las cosas de arriba abajo. Hay otros como Sarkozy que se limitan a intentar que todo vuelva a ser como antes. Quizás por eso su solución sea volver al pasado y limitarse a reponer la ideología y las prácticas del Gobierno de Vichy.
Al fin y al cabo ese gobierno también se llevaba bien con Alemania.

domingo, marzo 25, 2012

Matices al color de la locura de Merah en Toulouse

Las historias que más no llegan, que más nos asaltan desde los periódicos o los informativos de la hora de comer, suelen estar coloreadas a grandes brochazos de los colores que en cada momento quieren destacar aquellos que las cuentan. La vida es color, eso no podemos negarlo. Verde, ese color atribuido a la esperanza -aunque sea baldía e inmovilizadora- en las llamadas historias humanas, como si todas las historias que tienen que ver con humanos no lo fueran; rojo -el intenso carmín de la sangre- en los sucesos y blanco, el blanco inmaculado e incólume de todo aquello que habla de inocencia honor y bondad.
Como yo soy más de expresionismo que de impresionismo, más de tenebrismo que de colorismo, me he decidido a poner algunas sombras en las luces de la última gran historia de rojos y blancos que nos han contado estos días. Me he decidido por dar unos breves y matizados trazos negros entre tanto blanco y tanto rojo con el que se ha pintado el fulgurante y enloquecido ascenso criminal y la caza, asedio y derribo de Mohamed Merah, el ya bautizado como el asesino de Toulouse.
Serán dos breves pinceladas.
Sarkozy, el presidente que quiere seguir siéndolo hace lo que todo político en estas situaciones. Intenta capitalizar el éxito -que otra cosa sería si siguiera el loco dando tiros por ahí- y llevarlo a su trinchera personal. Y habla de haber logrado que La República no se ponga de rodillas ante un asesino -como si el asesino en su locura hubiera pedido algo, que no lo hizo-, de evitar y anticipar este tipo de actos, etc, etc. Y bueno, no es muy ético, pero tampoco se espera mucho más de la política.
Pero entre todas esas arengas como si hubieran ganado la Guerra de Los 30 Años o hubieran recuperado el Canadá, se le cuela una de apoyo incondicional a sus fuerzas del orden, a los hombres que persiguieron cercaron y abatieron a Merah.
Dice el cada cuatro años republicano Sarkozy y el resto del tiempo parte del indivisible simbionte Merkozy en lo económico y en lo europeo, que no va a permitir que se dude del honor de estos agentes.
Y aquí está mi pincelada, mi tenue pincelada de negro que sirve para enmarcar el blanco.
Da igual lo que quiera o no quiera consentir Sarkozy, da igual lo que aél le guste o no le guste. El honor de la policía francesa no es un escudo insalvable tras el que se pueda esconder en caso de necesitarlo.
Mohamed Merah murió de veintidós disparos -bueno en realidad murió de dos- y no voy a cuestionar ni en un sintagma que hubiera que abatirle, que hubiera que responder con fuego al fuego que la locura yihadista de este joven desató.
Pero un hombre con dos disparos mortales en la cabeza no salta por la ventana y se suicida, un hombre con más de una veintena de impactos de bala en el cuerpo no se arroja por una cristalera y muere en su trayectoria mortal hacia la nada por un disparo en el cráneo recibido antes.
Si hay que dispararle y el retroceso físico que generan esos disparos le arroja por la ventana pues se dice y ya está. No se inventan tres versiones diferentes -todas ellas que parten de portavoces policiales- para disimular el hecho probablemente necesario de que fue acribillado.
Que Merah acabaría muerto era un hecho desde que él dijo que no se rendiría y Sarkozy afirmo que se le quería vivo. Los locos siempre suelen cumplir sus  absurdas promesas y los políticos nunca suelen cumplir las suyas por razonables que parezcan. Era una conjunción demasiado fuerte para evitar el desastre. Así que se le mató porque hubo que matarle y la mancha en el honor de la policía francesa fue no asumir ese hecho desde el principio e intentar decorarlo para evitar una investigación que con toda seguridad les exonerará -porque es lógico que así sea- pero que es necesaria.
Que ya pasaron los tiempos en los que el honor se les presupone a ciertas gentes como en la mili. También se le presuponía a los tercios y la liaron parda en media Europa, también se le presuponía a la Legión Extranjera y pusieron el Sahel patas arriba, también se le presuponía al ejército colonial inglés y desbarató el resto de África y La India.
Así que el honor no es aplicable en estos casos. La necesidad y la verdad sí, pero el honor para las condecoraciones.
Y el segundo esbozo de contención, el segundo trazo que dibujo para perfilar este acaso que se convertirá probablemente en mítica de los medios va destinado a la contención del rojo.
Es un poco más grueso, más estable, más visible y es la foto que sirve de ilustración a este post -a este grafiti con signos de puntuación que dijeran en un filme reciente-
Desde que Merah disparara en las puertas del colegio judío de Toulouse se han sucedido los alegatos, panfletos, denuncias y llamamientos contra el irrefrenable odio antisemita que puebla Europa, las quejas sobre su persecución, las desgarradas preguntas de por qué les golpean una y otra vez, de por qué reaparece el odio contra el pueblo judío.
Pues esta fotografía es un brochazo enorme que paga todas esas pinceladas con las que se pretende decorar todo este asunto. El que está siendo enterrado es un paracaidista francés, miembro del ejército francés, su madre lleva un hiyab, todos los presentes en el entierro son de ascendencia magrebí y -esto es una suposición por afectación- la inmensa mayoría musulmanes.
Y ellos fueron los primeros en caer, los primeros para un loco asesino siempre son los que más odia, los que componen la parte esencial de su patrón. Y ellos murieron porque habían ido con su ejército a Afganistán, a Irak, porque Merah los consideraba traidores y asesinos de niños musulmanes.
Así que todos aquellos que gritan: ¡Antisemita, antisemita! mejor harían en tragar saliva y darse cuenta que ningún representante del gobierno de Israel, tan furioso con los atentados de Merah, está en estos funerales, ninguno ha presentado sus respetos a tres familias francesas que perdieron a uno de sus miembros. A ellos no les importan esas muertes de musulmanes, no les importan que sean el meollo de la explicación de las enloquecidas motivaciones del asesino. No quieren que nada ni nadie pueda sacarles de su discurso en el que el antisemitismo es la única explicación de todo lo que se hace contra los judíos.
Porque no quieren estar ahí, porque saben que no podrían seguir gritando antisemitismo, utilizando de parapeto el odio contra los judíos si se percibiera la relación entre las muertes de estos militares y el tiroteo y los cuatro muertos en el colegio judío. Porque entonces se vería claro que lo que quiso asesinar Merah en su locura yihadista era a responsables y defensores de una política militar que había matado a niños musulmanes. Y eso no tiene nada que ver con el antisemitismo.
Y para terminar el trabajo con este perfilador de los colores de los que nos han pintado la realidad en Toulouse sólo basta otra pincelada.
Los militares franceses son enterrados en Francia por su familia francesa, no son trasladados a La Meca en un vuelo especial fletado por el gobierno Saudí para ser enterrados junto a los restos del profeta o en un cementerio aledaño. Como son franceses son enterrados en Francia, como son militares se las da una medalla a sus viudas y sus deudos. Y todo el mundo sabe así que han muerto dos militares franceses, independientemente de su religión o de su raza.
Si la diáspora no quiere que se la identifique con los vicios y los actos del estado militarista de Israel resulta más que simple mandar ese mensaje. No entierres a tus muertos en Jerusalén tras ser "repatriados" en un vuelo especial fletado por el gobierno de ese país y luego grites que los han matado por ser judíos. Si han muerto en Francia que Francia les acoja.
Los han matado porque alguien en su locura furiosa los considera lo mismo que el estado sionista que asesina sin cuento a civiles musulmanes en todos los territorios ocupados. Y eso no tiene nada que ver con su piel y con su credo. Tiene que ver con aquello que apoyan y que aún no se han dado cuenta de que es indefendible.
Tan indefendible como disparar a tres niños, un rabino y tres ex militares en las calles de Toulouse. No solamente a un rabino y a tres niños.

martes, marzo 13, 2012

La política francesa o tranquilos, ¡Ya inventamos nosotros! -aunque nos joda tener que reconocerlo-.

Francia está de elecciones. Si fuera otro país, si fuera cualquier otra nación europea -quizás excepción hecha de Alemania, tal y como está el patio- la cosa quedaría en casa, sería algo doméstico de cierto interés relativo pero de poca repercusión general.
Pero los franceses adquirieron hace algunos siglos la mala costumbre de pensar en política, quizás fue porque se les ocurrió mientras veían rodar las cabezas de algún que otro monarca y su parentela, quizás porque como decidieron antes que nadie en Europa que dios no pensaba en política a través del monárquico derecho divino se vieron en la obligación de llenar ese espacio que había dejado la revolución y la guillotina. Sea por lo que fuere -que es por todo eso y algunas cosas más- las elecciones francesas siempre traen algo que no suelen traer las elecciones de otros países: reflexiones políticas.
Y en eso se encuentran ahora los franceses. En una campaña electoral envidiable porque se salpica, se decora, se satura de ideas políticas. Tiene descalificaciones, como todas, tiene electoralismos como la inmensa mayoría. Pero tiene ideas.
Ni el incandescente Sarkozy, ni el apagado Hollande rehúyen esa discusión, evitan ese debate. Ninguno de los dos se niega a hacerlo a un nivel ideológico y político tal que cualquiera de nuestros tendría problemas ya no en seguirlos, sino en tomar nota apurada de lo que dicen para luego consultarlo con alguien que supiera de lo que están hablando.
Y el tema, como tampoco podía ser de otra forma, es Europa, el concepto europeo, el modelo europeo.
Independientemente de lo que defiendan cada uno, hay algo que resulta realmente increíble.
Increíble porque hasta ahora, más acá de los Pirineos y más allá del Sala y el Elba pareciera que ese debate es anatema, que el modelo de Europa es tan sagrado como lo puede ser una constitución, tan irrevocable como lo puede ser una sentencia del supremo tan inamovible como lo puede ser un evangelio.
Y así Sarkozy, que no es precisamente santo de devoción en estas diabólicas líneas, se sienta ante un nutrido grupo de periodistas económicos y se descuelga diciendo algo como que "es lógico pensar que, amortizados los costes de inversión, el capital empresarial tiene que tener una responsabilidad equilibrada con el coste laboral en el sostenimiento de la empresa"
Aquí es imposible que un político diga eso porque probablemente nadie entendería -y menos los periodistas a los que se lo dice- de qué está hablando. Si la cultura política se reduce a ver cuántos votos saca mi partido en las próximas elecciones -a las que consideramos prácticamente como una final de la Champions League-, la cultura económica brilla por su ausencia en la inmensa mayoría de los casos.
Pero lo más impactante es que entre excrecencias nacionalistas, entre veleidades pseudo xenófobas dedicadas a la ultraderecha y entre sacadas de pecho en comparaciones con los siempre  mal mirados vecinos españoles e ingleses, Sarkozy se descuelga con una afirmación que está prácticamente sacada literalmente de El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de un tal Federico Engels.
¿Y pasa algo?No, claro que no.
Porque en Francia hace tiempo que la Derecha y la Izquierda -que es el único país en el que se las puede llamar así, con mayúsculas, porque es en el único país donde realmente estuvieron sentadas a la derecha y a la izquierda del poder monárquico- hace tiempo que descubrieron que se debaten las ideas. No su procedencia.
La derecha española, llamémosla el conservadurismo español- se habría rasgado las vestiduras porque uno de los suyos se apoyara en una idea de un marcado izquierdista, creador conceptual del comunismo, para defender Europa y la izquierda hubiera corrido a todos los atriles que les ofrecieran para decir esa idea es nuestra, es nuestra. Aunque nosotros no nos acordáramos siquiera de su existencia, esa idea es nuestra porque Engels era de izquierdas.
Así que Sarkozy puede ver Europa de otra manera y puede proponer un cambio radical en la concepción de Europa porque no le importa, a Francia no le importa, de donde vienen las ideas, sino las ideas en sí mismas. Grita a los cuatro vientos que los mercados no pueden dictar la política económica de un continente soberano, de un país soberano, que a lo mejor hay que mandar al carajo a las agencias de valoración de riesgos financieros y aunque estas le castigan ni su partido ni su país ni sus votantes se rasgan las vestiduras y gritan que eso no es liberal, que eso no está escrito en la biblia capitalista.
Se piden un café y piensan en ello. Claro que ellos tienen Le Figaró.
Y Hollande está en las mismas. Se sienta y piensa que si a Europa le va mal a lo mejor no es porque no se cumpla el modelo liberal capitalista impuesto para su creación sino porque ese modelo no funciona de salida.
Pero no tira de la revolución socialista, de la lucha de clases. Tira del liberalismo social y económico de Milton Friedman que hace perder su condición de teológica sacralidad al beneficio empresarial.
Y propone una Europa, un modelo económico, en el que el capital y la actividad financiera se responsabilicen de sí mismos sin cargar esa responsabilidad sobre las rentas del trabajo.
Decorado con las inevitables arengas sobre la posición de Alemania, sobre el derecho o no derecho que tiene a imponen sus criterios y de las eternas referencias demagógicas de clase, Hollande sencillamente diseña un sistema en el que se graben las transacciones financieras en bolsa con un impuesto, en el que se establezca una tasa impositiva por los préstamos interbancarios que sirva para crear un banco que de créditos a las empresas; un sistema en el que, como defiende Engels y su competidor, el capital no tenga más peso que el trabajo y por eso se graben de idéntica manera, con los mismos baremos y con las mismas cargas las rentas del dinero que las rentas del trabajo -subiendo las primeras, no bajando las últimas- de manera que esa nueva recaudación contribuya a equilibrar los presupuestos y a lograr el dinero suficiente para financiar el banco que alimenta los créditos empresariales.
Y Hollande puede decir que el sistema de cobertura social ha de ser universal pero que el Estado del Bienestar debe redefinirse, que el modelo del socialismo de servicios y de derechos tiene que ser complementado con el de responsabilidades y deberes. Y los más izquierdistas de los suyos no se mesan los cabellos y se los impregnan de ceniza acusándole de romper con las normas sagradas del socialismo moderno, con el legado testamentario de un marxismo del que beben sin complejos pero que no dejan que les atragante.
Simplemente se sientan ante un Burdeos y piensan en ello. Claro que ellos también tienen Le Figaró.
Y de esa manera, lo planteara Engels o lo planteara Milton Friedman, diseñan un sistema nuevo porque ya reconocen que el actual está muerto. Como lo hicieran con el Derecho Divino, como lo hicieran con la monarquía absoluta, como o hicieran con la servidumbre, como lo hicieran con el comunismo.
Una vez más son los primeros en buscar un cambio.
Y Sarkozy no está de acuerdo con Hollande. Afirma que es necesario un impuesto de transacciones, afirma que es necesario un control de los beneficios pero opta por la penalización de los beneficios no reinvertidos y no por la subida impositiva a las rentas financieras. Y mantiene la necesidad de un impuesto a las grandes compañías y bancos pero mantiene que debe realizarse en virtud de los beneficios de estas.
Claro que no está de acuerdo con Hollande, porque uno es de derechas y otro es de izquierdas, porque uno pone el foco en una cosa y el otro pone el foco en otra. Pero en plena campaña electoral, en pleno ataque furibundo de uno a otro es capaz de, aunque mi francés no es muy bueno, decir al menos media docena de veces en diez minutos: “Je suis d'accord avec mon adversaire”  Y Hollande otro tanto en un mitin ante sus más acérrimos defensores.
Porque ambos son conscientes, Francia es consciente, de que esos desacuerdos llevan implícito un acuerdo: el sistema no funciona y hay que cambiarlo. Y también sabe que las baladronadas, las descalificaciones y los artificios son parte del juego electoral y vota a las ideas.
Incluso los que voten al Frente Nacional, feudo hereditario de los Le Pen en la extrema derecha, votarán por ideas. Ellos también quieren cambiar el sistema, pero hacia algo peor.
A lo mejor nuestro Gobierno, nuestra oposición y toda nuestra política deberían aprender del odiado vecino, aunque escueza, y empezar a debatir ideas y no su procedencia, su filiación o cualquier otra cosa.
A lo mejor los unos deberían bajarse de su supuesta superioridad ideológica y de pasarlo todo por el tamiz de una izquierda que no es izquierda, de un progresismo que no es progresismo y dejar de obviar a los economistas que saben de lo que hablan porque su nombre está escrito con letras de oro en la placa conmemorativa de los que inventaron y reinventaron el liberal capitalismo -y ahora quieren volver a hacerlo aunque la señora Merkel y todos los que la siguen como un gurú profético no les escuchen-.
Y a lo mejor los otros deberían dejar de intentar vender el prestigio de ajustarse a las normas impuestas por otros, de ser los primeros en la cabeza de una lista aunque esa lista sea de los que se están arrojando de cabeza por un barranco por intentar alzar a un cadáver económico que ya empieza a oler de la sima en la que yace.
De buscar la aprobación de otros, la aplicación de soluciones pensadas por otros y que solamente se pueden adaptar al beneficio de otros, empezar a bajarse de un burro que nos ha conducido siempre al mismo sitio, a la misma calle sin salida cada vez un poco más miserables. Deberían dejar de cruzar los dedos, cerrar el ojo y torcer el gesto para alejar del mal de ojo de una idea que, aunque funcione, proviene de la derrota lateral que nos gusta, de dejar de ver continuamente fantasmas de bloques caídos, de ideologías totalitarias para pararse simplemente a plantearse si algo funciona o puede funcionar.
Y a lo mejor nosotros deberíamos dejar de votar en contra de o a favor de. Deberíamos exigir ideas y explicaciones a aquellos a los que nos adherimos por pura inercia porque una vez decidimos que una idea que tuvieron era buena y ya no cuestionamos lo que dicen porque nos suena como cuestionarnos a nosotros mismos. Algo que nos cuesta incluso un poco más que a la media de los occidentales atlánticos que nos rodean. Y olvidarnos de los fantasmas de nuestros abuelos y sus guerras, de nuestros padres y sus postguerras, de nuestros hermanos mayores y sus transiciones, dejar de mirar a izquierda y derecha para ver de dónde proviene la idea antas de decidir si la idea es buena en sí misma
Quizás por fin deberíamos darnos cuenta de que a lo mejor el prestigio que la historia y la realidad confieren a la política francesa no está en ser los primeros y los que mejor han llevado a cabo las políticas establecidas, sino en ser casi siempre los primeros en percibir la necesidad de cambiar los sistemas y ponerse a ello.
Claro que nosotros ya vamos tarde para eso. Desperdiciamos nuestras elecciones -independientemente del resultado- en hacer lo de siempre: en tirarnos los trastos a la cabeza e intentar hacer lo que otros inventaron
Ahora y siempre, por desgracia, ¡Que inventen ellos!

viernes, abril 22, 2011

Trillo y el nuevo principio programático del PP

Pues ya está claro. Por fin el Partido Popular ha presentado el primer punto de su programa electoral para las elecciones municipales y autonómicas del próximo mes. Es un punto, un principio básico, que, con toda seguridad, extenderá a su programa nacional para los comicios generales que tanto ansían adelantar y que esperan como agua de mayo.
Lamento profundamente haber dudado de su capacidad para generar ideas porque, visto lo visto, han presentado un principio general novedoso, impactante y original.
Y para demostrarlo han hecho que le de carta de naturaleza uno de sus pesos pesados. No ha sido el bueno de mariano que dice todo con la boca pequeña como para no molestar, no ha sido Esperanza Aguirre que lo dice todo con la boca grande como sabiendo que se equivoca y fingiendo que no le importa.
Ha sido Trillo, Federico Trillo, uno de los tipos serios que quedan en las filas del PP o que al menos lo parecen.
Y lo ha hecho como mandan los cánones. Nada de mítines sobre economía o visitas en las que se abordan los problemas sociales de los españoles. Eso está muy visto.
Federico Trillo ha presentado el revolucionario plan del PP relacionándolo con lo único que importa, con el terrorismo, con lo único que existe, ETA, con el único personaje del que resulta posible hablar en estos días, Troitiñio. Como debe de ser.
Y ¿cual es ese principio novedoso que revolucionará la política española? ¿cual es ese punto programático que nos permitirá salir de la crisis, abandonar el déficit público y el endeudamiento municipal?, ¿cual es ese descubrimiento político que nos sacara de la lista de peligros financieros europeos?
Pues muy sencillo: la total y absoluta quiebra del Estado de Derecho.
Así como suena, sin anestesia ni nada. Porque Don Federico se ha descolgado afirmando que "una vez que se recurrió por la fiscalía la resolución de la Sección Tercera de la Audiencia Nacional que supuso la excarcelación de Troitiñio, el Ministro del Interior tenía todas las razones para haber procedido al seguimiento e incluso a la detención preventiva de este". Manda huevos, Señor Trillo, manda huevos.
Y dicho así no parece nada fuera de cuadro, ni siquiera se asemeja de lejos a un principio político de actuación que sea aplicable a un programa electoral. Pero lo que está defendiendo trillo, el PP y todos aquellos que, desde los medios afines y desde cualquier parte, asienten mesuradamente con la cabeza cuando leen estas frases es, sencillamente, el final de las garantías constitucionales, dar carpetazo al Estado de Derecho, acabar con la democracia y la justicia en este país.
¿Exagero? No creo.
Troitiño fue excarcelado legalmente después de que un tribunal, un alto tribunal decretara que había cumplido su condena. Troitiño era un hombre libre, legalmente libre. Eso lo sabe Trillo, eso lo sabe el PP y eso tenemos que tenerlo claro todos.
El fiscal del Estado solicitó una reunión de la audiencia para aunar criterios judiciales antes de decidir sobre el recurso que había presentado a esa excarcelación. Y el señor Trillo y el Partido Popular afirman que en ese momento Troitiñio tenía que haber sido detenido de nuevo.
Explico esto a la gente que tengo alrededor y parece no sorprenderles, reaccionan como si fuera algo normal, como si lo habitual fuera esa forma de actuar de los poderes del Estado.
Claro que escribo sentado en un balcón de la plaza de Djemma el Fna, en pleno corazón de Marrakech, y esta gente está acostumbrada desde su mas tierna infancia a convivir con los acosos policiales, con las detenciones ilegales. Esta gente ha crecido para su desgracia presente y para la nuestra futura en un régimen totalitario.
Porque lo que pide Don Federico es que la policía vigile y persiga a un hombre legalmente libre, que no es sospechoso de ningún delito, que no ha cometido delito alguno tras su excarcelación y sobre el que no pesa orden judicial de detención o vigilancia alguna.  Eso se llama acoso policial. Y eso es un delito.
Federico Trillo lo sabe, el Partido Popular lo sabe y nosotros haríamos bien en no ignorarlo aunque creamos que nos viene bien.
Porque lo que solicita el Portavoz de Justicia del PP es que la policía detenga a alguien solamente porque el fiscal lo quiere o, para ser más exactos, porque el fiscal tiene dudas de que tenga que ser excarcelado. Sin decisión judicial alguna, sin pruebas de comisión alguna de delito. Sólo porque un fiscal tiene dudas sobre lo ajustado a derecho de una decisión judicial. A eso se le llama detención ilegal. Y es un delito.
Don Federico lo sabe, las mesnadas de Génova lo saben y nosotros haríamos bien en recordarlo porque algún día puede venirnos bien 
Porque un hombre que ha cumplido su condena y que es libre por decisión y refrendo judicial no es un delincuente, no es un criminal hasta que vuelve a cometer otro delito, hasta que vuelve a perpetrar otro crimen y la policía y el ministro encargado de ella, en este caso el ínclito Rubalcaba, no pueden ir deteniéndole porque un fiscal haya presentado un recurso a un tribunal que todavía no ha decido sobre el asunto. Eso se llama régimen totalitario. Y es un crimen de proporciones históricas.
El señor Trillo lo sabe, los ideólogos del PP lo saben y nosotros haríamos bien en tenerlo absolutamente claro porque si no lo hacemos puede terminar viniéndonos muy mal.
Si esta exigencia llegara desde una barra de bar al leer el periódico sería desechable por inculta y desinformada, si proviniera del púlpito de una de esas misas que aún se estilan de vez en cuando en los madrileños Jerónimos por los caídos por dios y por España sería explicable por fascista y dictatorial, si partiera de los familiares de algunas de las pasadas víctimas de Troitiñio sería comprensible por dolorosa y vindicativa.
Pero parte del Portavoz de Justicia del PP, de alguien que sabe que está exigiendo al Gobierno que haga algo ilegal, de alguien que sabe que sus exigencias suponen la comisión de dos delitos, de alguien que incluso sabe que el acoso policial arbitrario y la detención ilegal son los principales síntomas de la existencia de un estado autocrático, totalitario y despótico. Parte de él y sabe lo que está haciendo, lo que está exigiendo.
Incluso sabe que, si se hubiera hecho, Troitiño hubiera acabado en la calle más rápido que ahora. Porque sus abogados hubieran tenido tanto material para acusar al Gobierno, a la Fiscalía, a la Policía y al Ministerio del Interior de esos delitos que la Abogacía del estado y el Tribunal Supremo hubieran pasado años cegados por el papeleo de este asunto.
Sabe todo eso y pese a ello lo dice. Pese a ello convierte esa exigencia en la postura oficial de un partido que, justo hasta ese momento, hasta la publicación de ese comunicado, podía hacerse llamar democrático.
Así que la única conclusión posible es que lo sabe pero no le importa lo más mínimo.
Que no le importase al profeta del pasado de barra de bar e invectiva política entre licor de hierbas es inocuo, que no le importe al fascista recalcitrante y nostálgico del "con Franco esto no hubiera pasado" es irrelevante, que no le importe a la víctima del delincuente al que se ha excarcelado legalmente es intrascendente.
Que no le importe el principal partido de la oposición y a su portavoz de Justicia es, ni más ni menos, que un crimen de Estado.
Porque si lo sabe y no le importa eso lo convierte en una estrategia electoral, en un principio político, en un punto programático. El Estado de Derecho puede doblarse, suspenderse e incluso quebrarse siempre que me venga bien, siempre que sea conveniente, siempre que me impida hacer lo que creo que tengo o que me viene bien hacer.
Y está la originalidad de este nuevo programa electoral de PP.
Da igual que el Estado de Derecho y las garantías constitucionales me impidan perseguir, vigilar, acosar y detener a alguien por el mero hecho de que alguien piensa que no debe andar suelto -salvo en el caso, claro está, de que sea un perverso posible maltratador de mujeres, ¡Anda, leche, pues no va a ser tan original la idea de Don Federico!-. Yo lo hago.
Da igual que, según el código penal español y La Constitución, tan tremolada y citada, nadie pueda tratar como un convicto a alguien que ha sido puesto legalmente en libertad tras cumplir su condena porque se considera que ya ha saldado su deuda. Yo lo hago.
Da igual que no se pueda aplicar el concepto de riesgo de fuga a alguien que no puede fugarse porque no está en la cárcel ni tiene que estarlo, según la justicia ha decidido. Yo lo hago.
Ese es el Estado, ese es el gobierno, que nos propone el Partido Popular en su programa electoral encubierto dentro de su eterna vinculación electoral relacionada con los asuntos viscerales y mediáticos del terrorismo.
Y algunos dirán que quizás la propuesta de anular el Estado de Derecho en determinadas situaciones sea buena, sea, aunque maquiavélica en su concepción, democrática en sus fines. Aunque me provoque una cierta urticaria genital ese razonamiento, he de reconocer que quizás pudiera ser cierto, pero cuando vuelvo al área de justicia del PP -y a la del PSOE, en esta ocasión- me doy cuenta de que es una esperanza baldía.
Porque si ese fuera el objetivo de esta nueva forma de concebir el Estado de Derecho y las libertades públicas que el PP nos propone con Troitiñio, habría emitido el Señor Trillo un comunicado en idénticos términos, criticando la actuación judicial y policial en el caso Gürtel, en las corruptelas y escuchas madrileñas, en el Caso Fabra,  o en el proceso contra Jaume Matas.
Y hubiera exigido que, en cuanto el fiscal presentara cargos o requerimientos o cualquier otro acto judicial que le correspondiera, el Ministro del Interior y los Cuerpos y Fuerzas de seguridad del Estado se saltaran a la torera las garantías constitucionales y los fundamentos del Estado de Derecho y procedieran a detenerles en aras de la justicia y el castigo a los culpables.
Pero me temo que no ha hecho eso. Por lo menos no lo había hecho cuando salí de España hace unos días. Eso sí que hubiera sido original.
Visto con más detenimiento, con lentes de aumento, más al microscopio,  no es una propuesta electoral tan original ni tan sorprendente.
No puede sorprender cuando parte de un partido que trata como héroes en la lucha antiterrorista a guardias civiles que han sido condenados por el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo por torturar y asesinar a un detenido.
No lleva a sorpresa cuando llega de una formación política que se atreve a criticar al máximo órgano judicial europeo en materia de derechos y libertades por condenar al Gobierno español por no investigar adecuadamente casos de tortura a abertzales -o incluso a etarras-.
Cuando esa propuesta está generada por los mismos que consideran un insulto que ese mismo órgano jurídico decrete que se ha vulnerado la libertad de expresión por condenar Otegui por el mitin de Anoeta o por condenarle por un delito, el de injurias al rey, que no solo no cometio, sino que ademas no es compatible con el Estado de Derecho Europeo y su constitución.
No resulta sorprendente que alguien que ha percibido siempre los derechos constitucionales de los demás como un problema, como una molestia. De alguien que se ha posicionado en la Ley de Partidos, la Ley de Violencia de Género, en el referéndum del Estatut, en las consultas no vinculantes vascas, en las leyes de inmigración y con otras tantas normas del lado de los maquiavelismos que anulan los derechos de todos en aras de unos supuestos y nunca claros beneficios y objetivos,. Después de intentar cercenar tantas veces la democracia no sorpende que ahora incluya por fin en su programa la absoluta quiebra de esos fundamentos y esas garantías.
Si les exigen a otros que, estando en el gobierno lo hagan, será porque ellos, cuando estén en el gobierno están dispuestos a hacerlo. Es decir, algo que han de incluir en su programa electoral.
No sea que después de todo no estén dispuestos a hacerlo y solamente sea una estrategia de desgaste para dejar en mala posición ante la opinión pública al candidato a candidato -¡vaya lío que se gasta el PSOE, por cierto!- más fuerte que tiene el partido rival. Aunque Trillo y todos los demás sepan de antemano que no se puede hacer y que ellos tampoco lo harían
Porque no puede ser eso, ¿verdad?
Pero tampoco resulta original en demasía.
Eso de crear un Estado de Derecho para luego saltárselo a la torera cuando les viene bien es algo que ya han hecho muchas veces muchos otros, ahora que caigo.
Lo hicieron los jacobinos con Madame Guillotine, los bonapartistas con su revolucionarismo exportado por las armas, los fascistas con sus fascios de camisa negra, los stalinistas con sus Gulahs, los maoistas con su revolución cultural, los chavistas con sus modificaciones constitucionales ad hoc, los castristas con su revolución continua, los republicanos estadounidenses con su mcarthismo pasado y su eje del mal o su Guantánamo presentes, los nacionalsocialistas con su Ley de Buena Convivencia...
Lo ha hecho y está haciendo Berlusconi con su dictadura mediática y sus leyes personalizadas, Sarkozy con su legislación de laicismo militante e inmigración, el polaco Kaczynski con sus normas homofobas o su proyecto de juicios sumarios en los estadios de fútbol, el húngaro Vicktor Orban con su Ley Mordaza,
Lo hace Zapatero con su Ley de Violencia de Género, Artur Mas con su política lingüística, Camps con sus clases de Ciudadanía en inglés, Chaves modificando leyes autonómicas que perjudicaban a empresas familiares, De Cospedal reclamando la eterna culpabilidad para un excarcelado y la presunción de inocencia también eterna para sus imputados.
Lo hace Hugo Chávez con sus milicias populares, Evo Morales con sus leyes de recorte de derechos, Cristina Fernández de Kirchner con sus multas a los analistas económicos desleales y sus monopolios estatales del papel prensa,  El Assad con su levantamiento del Estado de Emergencia y sus represiones simultaneas, Mohamed VI con su reforma constitucional increíble y descreída.
Así las cosas, si tengo oportunidad, a lo mejor me quedo en Marrakech. Por lo menos aquí los totalitaristas llevan siglos siéndolo, son profesionales y no se disfrazan de democrátas.
Salvo por eso y por que aquí nadie espera, contra todo pronóstico, salir por arte de magia de una crisis económica que se está eternizando,  cada vez me es más difícil percibir la diferencia.

jueves, abril 07, 2011

Sarkozy abraza en público una nueva religión

Que los políticos, por muy elevados que se hallen en la cadena alimenticia del poder, son incapaces de anteponer los intereses generales a los suyos propios es algo sabido, probado y contrastado.
Unas elecciones pesan más que una crisis económica, una lucha de poder es más importante que una necesidad social, un refuerzo del su propia continuidad se aborda con mayor interés que cualquier elemento de justicia.
Lo vemos todos los días en todos los países del Occidente Atlántico y en muchos de los que quieren parecesernos. Un clásico.
Nuestros políticos nacionales y españolistas tirán de ese rango de acción con respecto al terrorismo en cuanto se acercan unos comicios. Berlusconi está instalado en él permanentemente para aprovechar el tiron de su cargo en lo torrido y privado y eludir la justicia en todo aquello que él cree que puede hacer porque sí, aunque la ley diga lo contrario. El Primer Ministro portugués pone por delante de la necesidad manifiesta de su economía la suya propia de aparecer como un gobernante fuerte ante sus electores. Barack Obama antepone sus necesidades electorales de reelección a gran parte de lo que prometió en ese arreón de esperanza estadounidense que le llevó a la Avenida Pensilvanya.
Eso por no hablar de Gadaffi y sus bombas, Chávez y sus milicias pretorianas populares Gbagbo y su resistencia numantina de palacio presidencial, Al Hasad y sus masacres día sí y día también en las calles de Damasco y un largo etcetara de líderes que, en un momento u otro, se han parecido a nosotros. Que aún se parecen a nosotros.
Pero hay uno de entre los proceres electos europeos que está haciendo de esa forma de actuación un elemento que no solamente está colmando la paciencia de sus electores, importunando a su ciudanía, alterando a sus rivales o asustando a sus aliados. Hay uno que con esa anteposición de los intereses personales, de las necesidades de supervivencia política, a las necesidades reales de su país y su mundo está poniendo en peligro a todos. Está jugando con la vida y el futuro de Europa.
Su nombre es Nicolás Sarkozy.
No se caracteriza el compacto dirigente francés por su gusto por los derechos personales en el país que ideara las libertades ciudadanas pero, pese a sus beleidades continuas con el autoritarismo más totalitario, nunca había llegado tan lejos, nunca había puesto tan por delante lo suyo de lo de Francia.
Como el chico apenas tiene tiempo para digerir su derrota electoral tira de necesidades electorales y decide ejercer de lo que Francia nunca había ejercido. Decide iniciar una cruzada como no se conoce en tierras galas desde que el Santo Luis acudiera a Tierra Santa en defensa de la fe y luego regresara para abofetear, guantelete de hierro aún calzado, a un papa en el solio pontificio.
Ahí acabaron las cruzadas francesas y comenzó su laicismo. Ahora Sarkozy decide recuperarlas, no porque a Francia le venga bien, sino porque son necesarias para él, para sus requerimientos electorales, para su permanencia en el poder.
Patrocina una convención laicista -como si el laicismo necesitara convenciones. No preocuparse por algo, en este caso por la religión, no precisa recordatorio alguno- que se convierte, de la noche a la mañana, en lo más parecido al Tribunal de La Santa Inquisión que ni el más católico de los reyes franceses consintió que tuviera poder en Francia.
Como pierde votos y no puede enfrentarse a la izquierda en su terreno, porque su visión de centro derecha le obliga a recortar gasto social antes que a meter mano en los beneficios empresariales, decide cosecharlos en la otra orilla de la campana de Gauss que siempre es la política.
Como Le Penn -hija de Le Penn- y su Frente Nacional asciende decide que Francia le necesita a él mas que la estabilidad social y arremete contra lo mismo que arremete el ultranacionalismo galo: contra El Islam.
Y para ello tira de un nuevo laicismo. Un laicismo militante y radical, un laicismo que persigue, que castiga, que condena, que multa, que prohibe. Un laicismo que bien podría ser catolicismo ultramontano, que bien podría ser judaísmo ultraortodoxo, que bien pordría ser islam yihadista. Como Le Penn tira de religión, de odio y de enfrentamiento para ganar votos, él decide superarle.
No puede hablar de los valores católicos, de la tradición cristiana. Francia y su presidente son laicos por definición constitucional y por vocación histórica. Así que hace lo único que se le ocurre.
Convierte el laicismo en una religión. Eleva a los altares de la divinidad la ausencia de dios.
Plantea prohibir el rezo musulmán en la calle, ignorando el hecho de que los musulmanes franceses rezan en la calle porque los ayuntamientos se niegan sistemáticamente a conceder licencias de edificación de mezquitas, pasando por alto la cercana realidad de que, en unos pocos días, los católicos franceses rezarán en las calles y sacarán -sin tanta fruición como en España, por fortuna para Francia y su tráfico- su religión a pasear.
Plantea prohibir los menús especiales por causas religiosas en los comedores en los colegios públicos, como si no comer algo en concreto fuera una expresión pública de una religión que pudiera llevar al resto de los niños hacia el yihadismo.
Impedirá el rechazo a un médico por su sexo - que estadísticamente es el ginecólogo- o su religión en un hospital o centro de salud, ignorando el hecho de que la mayoría de las mujeres ultracatólicas hacen esa misma distinción por idénticos motivos religiosos, aunque sin explicitarlos, claro está. El pudor de la mujer francesa -el pudor católico de la mujer francesa- está permitido, el pudor musulmán no es laico, no es francés. No da votos a Sarkozy.
Como su enfrentamiento con los sindicatos le ha cerrado los votos de la izquierda, le ha negado el acceso a los sufragios de los trabajadores, Sarkozy mira a otra parte.
Como LePenn habla de plegarse a las exigencias de los extranjeros y tremola la tricolor -si La Convención, la auténtica, levantara la cabeza, ¡Cuanto trabajo iba a volver a tener Madamme de Guillotine!- decide que los empresarios no deberán ceder a las exigencias de sus empleados en materia religiosa, ignorando el hecho de que existen permisos para bodas y bautizos, que son ritos católicos, olvidando convenientemente que, se llamen como se llamen, los periodos vacacionales ocultan fiestas católicas y cristianas, que a su vez enmascarán festejos religiosos aún más antiguos.
Sarkozy se transforma en el inquisidor del laicismo, en el nuevo sumo pontífice de la religión de la no religión y obligará a los trabajadores que quieran que se respeten sus exigencias en cuanto a ayunos a advertirlo en la entrevista de contratación. Como se tiene que prevenir de los antecedentes penales, como tiene que informarse de una minusvalía reconocida legalmente. Como era obligatorio alertar a la buena sociedad aria de la condición de judío en la Alemania de Hitler y Goebbles.
Y esta nueva religión militante no deja nada a la improvisación. Hasta el detalle más ínfimo es bueno para lograr sumar los pocos votos que pueda arrancarle a le Penn para mantener sus posaderas en el sillón de El Eliseo.
 También se regulará la forma de matar ganado por el rito musulmán, se decidirá si las cuidadoras de guardería pueden llevar velo, si las madres tienen derecho a llevarlo cuando vayan a buscar a sus hijos al colegio o acompañen a los profesores en una excursión, si los conductores pueden llevar en lugar visible en los vehículos rosarios musulmanes o versículos del Corán.
Sarkozy transforma el Código Civil francés en el Levítico.
Como hiciera con la propuesta de retirar la nacionalidad a los franceses de origen extranjero que cometieran un delito, Sarkozy corteja a los ultraderechistas para conseguir un puñado de sufragios.
En ese caso ponía en peligro todos los principios que habían servido para constituir la República Francesa, en aquella ocasión ponía en riesgo la misma estructura social de su país a cambio de sus deseos y necesidades electorales.
En este caso nos pone en peligo a todos.
En un mundo milenaristamente radicalizado en lo religioso, en un orbe en el que el inquisidor Ratzinger denuncia una cristianofobia en el mundo árabe que el mismo contribuyó a crear con su -aparentemente ya no recordado por Roma- incendiario discurso de Ratisbona y su alegato en favor de Manuel Paleologo; en un mundo en el que los amantes de la muerte y de la sangre siempre encuentran un mulah o un ayatola capaz de afirmar que su dios desea la muerte del kafir, aunque no lo haya dicho en ningún sitio, Sarkozy decide poner a Europa de nuevo en el disparadero del odio, en el punto de mira de la cruzada, en el objetivo de la falsa yihad.
Porque el musulmán ve que se le persigue a él y no al católico, y no al judío. Porque la musulmana ve que se cuestiona su hijab y no el velo de las novias cristianas, ni la mantilla de las madrinas católicas. Porque el islámico ve que se cuestiona su Corán y no la Biblia y no el Talmud. Porque los musulmanes ven que Sarkozy recibe al ínclito inquisidor austriaco con honores y niega a sus clérigos el pan y la sal.
Sarkozy, en un mundo en el que las religiones vuelven a estar en el limite externo de las cruzadas medievales, en el que el impulso religioso está, como ha hecho a lo largo de los siglos, desvertebrando y radicalizando las sociedades, decide utilizar el laicismo.
Pero no lo hace como opción neutral, no como punto de cordura que evita la importancia de lo divino en una religión y con ello toda su perniciosa influencia en las concepciones éticas del mundo y las relaciones entre los hombes.
Utiliza el laicismo como un tercer credo, como un arma arrojadiza, como una herramienta maquiavélica de enfrentamiento con aquellos con los que la ultraderecha de su país considera sus enemigos. Como una religión cuyo primer mandamiento evangélico es "cosecharás de cualquier forma los votos necesarios para mantenerte en la presidencia de Francia" .
Y luego, cuando hasta su propio partido le critica por ello, se encoge de hombros, se agarra displicente al talle de Carla Bruni y contesta "cualquier problema resuelto es menos votos para la ultraderecha" mientras se gira alejándose del más mínimo sentido común, de la más infima lógica. Alejándose de Francia.
Porque ,en su obsesión por mantenerse en la Presidencia de La República, Sarkozy es incapaz de ver que, si soluciona los problemas como lo haría Le Penn para robarle sus votos, entonces no hará ninguna falta frenar a la ultraderecha, ya no será necesario porque sus objetivos ya estarán cumplidos.
El Frente Nacional ya habrá ganado y Francia, el laicismo  y todos los demás ya habremos perdido.
Aúnque él siga aposentado en El Elisio.

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