domingo, octubre 27, 2013

La AVT se autoexpulsa de la democracia en Euskadi

Hay ciertos momentos que se prevén durante muchos años. No porque se esté dotado de don profético alguno ni porque se sufra del últimamente muy popular complejo de Casandra, sino porque los caminos y las direcciones tomadas son tan obvias que no permiten albergar duda alguna sobre el destino final de las mismas.
Y eso ha pasado con la AVT, con aquellos que han confundido o pretendido confundir durante años justicia con venganza, con aquellos que se han vinculado políticamente a una visión de Euskadi y han intentado hacer de su condición de familiares de los muertos por la locura iracunda del terrorismo de ETA un mecanismo de presión.
La guerra ha terminado y ellos no quieren verlo. 
España lo ve, Euskadi lo ve y hasta Europa lo ve. Pero ellos no quieren verlo. Durante años han mantenido un silogismo falso y temerario que se ha venido abajo a las primeras de cambio, en cuanto el fin de esa guerra absurda que pretendía mantener el radicalismo de los asesinos de tiro en la nuca y bomba lapa se ha hecho evidente. 
Primero Francisco José Alcaraz y luego Ángeles Pedraza, intentaron vendernos que, como sus familiares eran en muchos casos demócratas asesinados por antidemocratas sangrientos y totalitarios, eso les convertía a ellos en defensores de la democracia. Pero era falso. Tras una semana en silencio tras la derogación en la práctica por la Corte Mayor de Estrasburgo de la malhadada Doctrina Parot. Han demostrado que era falso.
Porque los que defienden la democracia no pueden exigirle a un gobierno que no acate una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos solamente porque su sentimiento de vindicación se ve frustrado por ello. Los que defienden la venganza -justa, si se quiere- sí pueden hacerlo, pero los que defienden la democracia no.
Porque los demócratas saben que su instinto, su deseo y victimismo eterno y militante no puede anteponerse al principio de no retroactividad de las leyes; porque los demócratas saben que el futuro de Euskadi y sus gentes, que fueron los que derrotaron a ETA volviéndoles la espalda, es y debe ser más importante que su justificado o no deseo de eterna vindicación. Porque los demócratas saben que, acabada una guerra, la paz y la justicia es más importante que la victoria.
Pero las cabezas visibles de la AVT no han sabido nunca eso. Y por eso se han permitido el lujo de intentar crispar con sus mascaradas carcelarias una sociedad que por fin respiraba con algo de paz tras décadas de sangre; por eso han intentado una y otra vez identificar nacionalismo con violencia, independentismo de Euskadi con terrorismo. 
Como nunca han accedido al conocimiento de que la democracia y la justicia corre en ambas direcciones han intentado utilizar su condición de víctimas y la de asesinos irracionales de ETA para vender que su españolismo es justo y democrático y el independentismo que representaba falsamente ETA es injusto y totalitarista.
Como si tuviéramos ojos y no nos diéramos cuenta que ni ETA era todo el independentismo de Euskadi ni la AVT es el único españolismo vasco posible.
Y por todas esas carencias son capaces de exigirle a un gobierno que actúe como un grupo terrorista. Que ignore los derechos humanos y se convierta en aquello que se supone que solamente tienen que ser los asesinos: radicales furiosos que buscan la victoria pasando por encima de los derechos fundamentales de todos los que no piensan como ellos.
Y ahora salen a las calles pidiendo dignidad para las víctimas. La dignidad para las víctimas no se gana gritando y clamando para que un gobierno se vuelva totalitario e ignore los derechos humanos y las bases mínimas de una legislación democrática. 
La dignidad para las víctimas se logra siendo dignos. Anteponiendo, pese al dolor y la frustración, el futuro de una tierra que ya ha sufrido demasiado y las reglas del juego democrático que dicen defender a sus propias necesidades psicológicas de vindicación por muy justificadas que estén.
Y cada vez que hace eso, cada grito que den pidiendo eso, cada pancarta que escriban demandándolo, sera una bofetada salvaje y desmedida sobre los cadáveres de aquellos que murieron para que la democracia y la libertad fuera la que gobernara Euskadi. Por muy familiares suyos que fueran.
Pero claro, el Gobierno Español no les dirá nada de eso. No les llamará radicales, ni antisistema, ni antidemócratas cuando invadan las calles como ha hecho con aquellos que lo han hecho por otros motivos. 
Porque si les dijera la verdad de lo antidemocrático de su postura perdería la pírrica cosecha de votos que esa asociación recolecta para ellos en Euskadi y en el resto de España. Y les permitirán que recorran las calles exigiendo que el Gobierno español se transforme en una banda terrorista.
Alguien ha dicho que "la derogación de la Doctrina Parot es una de las peores noticias para la democracia en España".Y estoy de acuerdo con ella -creo ha sido Rosa Díez-. 
Es uno de los peores días para la democracia en España porque alguien de fuera ha tenido que venir a recordarnos lo que es la democracia, lo que es la justicia y que ninguna de las dos cosas está por debajo de nuestros sentimientos viscerales. Sean estos justificados o no. 

Sanidad penal o la lucha entre Malthus e Hipócrates

Decía Eisenhower, cuando aún era general y no presidente estadounidense, que "el honor de un ejército no depende del trato que dispensa a los que se le enfrentan sino del que da a los que ya no pueden combatir ni en contra ni a favor de su causa".
Más allá del error o del acierto, la medida de la ideología social de un gobierno la da el tratamiento que da a determinados estratos de la población. A determinados colectivos que no son, por decirlo de alguna manera, la flor y la nata de la sociedad.
Y este gobierno nuestro que nos echamos encima con la última emisión de sufragios electorales está dejando claro cual es su intencionalidad, cual su ideología, cual es su concepto de como debe ser la sociedad que está dispuesto a crear aprovechando un mandato de la soberanía popular que no lo fue entregada para eso.
Por si tuviéramos poco con la magna idea de cobrar a los mendigos por ser mendigos y multarles por el insulto que para la fallida candidatura olímpica de la "relaxing cup of café con leche" supone que duerman en la calle, la corte genovesa que habita en la Moncloa ahora la emprende con otro de esos colectivos que no importan, que son prescindibles, que no merecen ni el esfuerzo que se hace en considerarles seres humanos.
Instituciones Penitenciarias decide poner cupos a los nuevos tratamientos de Hepatitis C en las cárceles españolas.
Una enfermedad que tiene una incidencia del 25% entre la población reclusa -es decir uno de cada cuatro presos- no será tratada con los fármacos más adecuados para curarla.
¿Por qué esos fármacos son caros? Es posible ¿Por que el gobierno español no está dispuesto a emplear dinero que necesita para sus fines, cada vez más espurios, en mantener la dignidad de colectivo al que considera la hez de la sociedad? Es más que probable.
Porque han decidido que la prisión, que no es otra cosa que la privación del derecho a libertad por un delito cometido, es algo más de lo que realmente es. Porque han decidido que estar entre rejas es la privación de todos los derechos. Que si has robado un jamón, traficado con drogas, participado en una banda de robo de coches o cometido cualquier otro delito -o incluso los crímenes más execrables- has perdido el derecho a ser tratado como un ser humano.
Y como no eres humano se puede jugar, especular y hacer cálculos con tu salud. Se te puede negar la asistencia sanitaria que precisas para curarte o para seguir vivo. Se pueden establecer cupos que, a criterio del alcaide como en los mejores tiempos del mito cinematográfico de Brubaker, deciden quién está sano y quién no, quién vive y quién muere.
Han decidido que la privación de libertad lleva aparejada la privación de sanidad simplemente porque ellos precisan el dinero necesario para ella para otras cosas.
Y lo hacen con ellos, como antes hicieran con mendigos o inmigrantes, porque consideran que nadie le dará importancia al asunto, que nuestra sociedad, anclada en el individualismo más absoluto, en la necesidad de justificar su superioridad moral enfrentándose a otros colectivos, asentirá con la cabeza y dirá: "está bien. Si quieren asistencia sanitaria que no comentan delitos, que se vuelvan a su país, que se busquen un trabajo".
Y lo triste, lo realmente demoledor, es que los coros mediáticos y sociales que jalean esta regresión social que capitanea el Partido Popular, ya están en ello, ya les dan la razón.
Y muchos, acuciados por la intensidad de los tijeretazos gubernamentales y por la crisis brutal que es funeral de este sistema económico, se lo piensan. Pero, en realidad no tienen nada que pensar. Si se plantean esa posibilidad, si gastan un solo segundo de su tiempo en reflexionar sobre la bondad de privar de asistencia sanitaria a los reclusos porque es cara o a los inmigrantes porque no hay dinero o a los mendigos porque no cotizan; si hay que ser un español productivo y buena persona para que se te trate en el sistema sanitario público, para que se te faciliten las mejores medicinas y tratamientos para tu afección, no llegarán a nada nuevo.
Solamente redescubrirán un pensamiento que, allá por el año de gracia de vuestro señor Jesucristo de 1798, alcanzó un tipo algo estirado llamado Thomas Malthus.
Y cuando el Gobierno empiece a hacer lo mismo con los ancianos, con las amas de casa, con los parados arguyendo la misma falta de rendimiento productivo para la sociedad no tendrán argumento para defenderse de ello. 
Cuando se lo apliquen a personas dependientes, enfermos crónicos, personas con incapacidades para trabajar y les recorten hasta la extinción su derecho a la atención sanitaria gratuita y en las mejores condiciones posibles no podrán decir ni mu y tendrán que ver como el Gobierno se hace con la decisión de quien sana y quien no, quien vive y quien muere, según los criterios que a ellos les convienen en cada momento.
Así que tengamos claro que cuando hoy se le priva de la atención sanitaria que necesita a un recluso es la antesala de que mañana se le niegue a un pensionista, que si en el presente consentimos que los mendigos mueran en las puertas de los hospitales -como ya ocurre en México-,  estamos sentando las bases para que los parados mueran por una pulmonía por falta de medicamentos dentro de muy poco tiempo.
Por si alguien aún no lo ha notado, ya están en ello.
El juramento hipocrático dice:
"Desempeñaré mi arte con conciencia y dignidad. La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones. Respetaré el secreto de quien haya confiado en mí. Mantendré, en todas las medidas de mi medio, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica. Mis colegas serán mis hermanos. No permitiré que entre mi deber y mi enfermo vengan a interponerse consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, partido o clase. Tendré absoluto respeto por la vida humana. Aún bajo amenazas, no admitiré utilizar mis conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad. Hago estas promesas solemnemente, libremente, por mi honor".
No pretendamos saber más de quien merece atención sanitaria que aquellos y aquellas que consagran su vida a dispensarla.

sábado, octubre 26, 2013

Rosell o el falso elogio de la indignidad productiva

Hay un individuo que accedió a su cargo porque su antecesor traspasó hacia adentro los muros de una prisión. Existe un individuo que cree o parece creer que su cargo es una palestra para hacer un ejercicio continuo de regresión social destinada a conducirnos al sistema de la servidumbre medieval. Hay un bulto con lejanas sospechas de ser humano que se hace llamar Juan Rossell y dice presidir la CEOE. Y se arranca ni más ni menos que con esto:
"Los parados deben aceptar cualquier trabajo por malo que sea y por malas condiciones que tenga".
No nos vamos a sorprender ahora de que este individuo diga lo que realmente ha querido siempre. 
Lo que ha puesto en marcha junto con sus aliados en la Moncloa, forzando con unos recortes innecesarios, una política fiscal abrumadora y unas reformas legales draconianas, un escenario que haga incrementar el desempleo hasta los niveles de miseria y desesperación necesarios para que este deseo se cumpla.
Pero lo que sí podemos hacer es pagarle con la misma moneda.
"Todo empresario debe aceptar cualquier encargo, pedido o negocio, por malo que sea y por malas que sean las condiciones que se le ofrezcan".
¿Por que no? Si un parado está obligado a aceptar un sueldo indigno, un horario stajonovista o el derecho de pernada si le place a su contratador, ¿por qué el empresario que no tiene beneficios no está obligado a aceptar cualquier pedido aunque el precio le haga producir en pérdidas?, ¿por qué el empresario no está obligado a aceptar cualquier negocio aunque sea ilegal o le obligue a utilizar dinero propio y no de la empresa para poder culminarlo?
El señor feudal Rosell se llevaría las manos a la cabeza porque diría que eso haría que cualquier empresa quebrara, que los empresarios no pudieran ganar dinero y que no se creara riqueza. Y tendría razón.
Pero todos esos argumentos son utilizables para mantener la dignidad del trabajo. Tanto para los parados como para los que tienen empleo.
Porque si los que no tienen trabajo renuncian a obtenerlo en las condiciones mínimas de dignidad que les garanticen, no la supervivencia paupérrima, sino una vida decente, están iniciando un ciclo que frenará en seco la generación de riqueza y su reparto para toda la sociedad. 
Porque si aceptan sueldos por debajo del umbral de subsistencia iniciarán una cadencia perversa e imparable que arrojará al desempleo a los cada vez menos que ahora lo tienen para substituirlos por aquellos que están dispuestos a trabajar en cualquier trabajo y en cualquier condición. Y esos nuevos parados tendrán que entrar en ese nuevo ciclo de empleo pírrico y miseria.
Porque si aceptan formar parte del mercado laboral servil y semi esclavo que propone Rosell para garantizar sus ingresos y su riqueza, que no la de todos, el consumo se hundirá porque ni siquiera trabajando se podrá acceder los bienes más básicos, los sectores de servicios y bienes no básicos caerán en picado porque si no se tiene dinero para patatas mucho menos se va a gastar en bares, fines de semana románticos o Iphones 5
De modo que volvemos de verdad a los imperiales tiempos de Isabel y Fernando y todos sobreviviremos trabajando el campo y acarreando rebaños para la todopoderosa Mesta porque nuestro tejido empresarial y de servicios no valdrá ni el dinero que cueste imprimir en papel reciclado las empresas que cierren cada día.
Y los habrá que digan que todo eso está muy bien pero que mejor es un mal trabajo que no tenerlo.
Y se equivocarán
Yerran porque los que tenemos trabajo tenemos la obligación de garantizar que los que no lo tienen vuelvan al mercado laboral en las mismas condiciones en las que se fueron, si no en mejores.
Tenemos que hacerlo no dando un paso atrás en nuestros derechos, no bajando la cabeza para conservar el empleo, no concediendo ni una sola reducción de salario injustificada, ni un solo ERE, ni un solo incremento de jornada, ni una sola pérdida de la antigüedad  ni una sola congelación. Es nuestra obligación que los empresarios paguen esta crisis con la parte de sus beneficios que pretenden salvar, cargándola sobre nuestros bolsillos y nuestra dignidad. 
Y, por si alguien no lo tiene aún claro, también tenemos la obligación  de trabajar. 
De no escudarnos en la falta de incentivos para escaquearnos; de, sin luchar por un aumento de sueldo o una mejora de condiciones, refugiarnos en que nos pagan poco para hacer tarde, mal y nunca, nuestro trabajo. La irrenunciable obligación de dignificarnos y de no tirar de egos heridos, dolencias oportunas o excusas sospechosas para eludir la parte de dignidad que nosotros hemos de aportar al entorno laboral. Porque si no trabajas de una forma digna no tienes derecho a reclamar unas condiciones de trabajo dignas.
Así que al tajo, que hay mucho. 
Empleo no, pero tajo hay un montón si queremos evitar que bultos sospechosos como Juan Rosell y los escaqueadores de profesión nos roben la dignidad en nuestros entornos laborales.

Libertad y el consentimiento de los padres de otros

Hace ya años, bastantes años, quedé con un amigo que había conocido todavía muchos años antes. Se trataba de aquello de tomar unas cañas, rememorar los buenos tiempos en los que el grupo de teatro era la excusa perfecta para el ligoteo adolescente y echarse unas risas a costa de los recuerdos de antiguos profesores de instituto obsesionados con Ramón Gómez de la Serna y con la artesanía etrusca entre otras cosas.
Yo recodaba a mi amigo con el pelo corto y se presentó con una melena hasta los hombros, yo recordaba a mi amigo moreno y reapareció pelirrojo. Yo recordaba a mi amigo hombre y se me presentó mujer.
He de reconocer que me resultó un choque tan insuperable que tardé tres cañas en cogerla el ritmo y nos pasamos el resto de la noche no riéndonos de los viejos profesores sino imaginándonos las caras que pondrían aquellas mozuelas que se habían hecho las encontradizas en los pasillos para ligársele cuando no era ni pelirroja, ni melenuda ni mujer.
A qué viene esta diatriba de mis tiempos mozos. Es sencillo. Cien padres cogen sus bolígrafos y firman una carta para pedir que no se trate a un infante que nació niño pero ha decidido ser niña como una niña en un colegio andaluz, concretamente malagueño. Cien padres mantienen que, aunque se respete a esa niña -a la que ellos solamente pueden ver como un niño que quiere ser niña-, debería seguir tratándosela como a un niño.
Es posible que no sea este el problema más peliagudo al que se está enfrentando la educación en estos momentos, con la guadaña del ministro Wert, sus leyes y sus recortes ondulando una y otra vez sobre el cuello de la enseñanza pública, pero es un problema que no se puede dejar pasar.
Para empezar, este problema no se hubiera producido, esta carta ni siquiera se hubiera enviado, si se tratara de un colegio público. Pero no lo es. 
Es un colegio concertado, es un colegio religioso. Es uno de esos colegios que sobrevive con dinero de un Estado, el español,  pero que pretende regirse con las leyes de otros, el Reino de Los Cielos -o en su defecto los Estados Pontificios-.
Para continuar, quizás alguien podría contestar a la pregunta de como se hace para que un alumno sea "querido y respetado por alumnos y profesores en su especificidad", como dicen los firmantes en su carta si se le niega el tratamiento de género -en este caso lo de género sí está bien empleado, porque es un asunto lingüístico- que explicita ese respeto.
Y luego llega lo más gordo. 
Los 100 padres, que comienzan en este punto a parecerse peligrosamente a los 100.000 Hijos de San Luis -restituyentes de la monarquía católica en España- se quejan porque la decisión de aceptar la transexualidad de la pequeña se ha tomado "sin pensar en los posibles efectos que esta decisión puede provocar en el normal desarrollo social y psicológico del resto de los alumnos”.
O sea, que alguien no puede asumir la identidad sexual que le apetezca si los demás se sienten incómodos, descolocados o en fuera de juego por su cambio. Que mi amiga pelirroja debería haberse pensado cambiar de sexo teniendo en cuenta qué pensaría yo cuando me la encontrara. Que el hermano Warchowski que ahora es hermana debería haber pensado en el desasosiego de sus fans o en los problemas de promoción de su productor ejecutivo antes de asumir la identidad sexual en la que se sentía plena y completa.
Un argumento con el mismo peso específico que una pluma de ganso. Igual de fuerte y sólido que es el otro que utilizan que consiste en mostrarse disgustados porque la decisión se tomó "sin consultar a las demás familias del centro". 
¡Estupendo!. Existen leyes, existe algo llamado Constitución Española, existe un texto que se llama algo así como Declaración de los Derechos del Menor... El Género Humano lleva evolucionando legislación con respecto a los derechos fundamentales inalienables del individuo desde hace tres siglos. 
Pero la Consejería de Educación de la Junta y la Fiscalía General de Andalucía deben tomar como base para ejercer su obligación de hacer cumplir la ley la opinión de 100 padres para decidir si esos derechos fundamentales se respetan o no, si se aplica la legislación española o no, si se convierte un colegio de Málaga en un Estado independiente o sigue vigente en sus patios y en sus aulas la Constitución Española.
Nadie que tenga dos dedos frente, por lo menos dos dedos de frente no ocupados por sus principios religiosos, puede darle sentido a ese razonamiento. 
Porque al final ese, como siempre, es el problema.
Un catolicismo español que entiende mal lo que es ser cristiano, católico y la libertad de culto, porque así se lo hacen ver sus jerarcas y purpurados. 
Un culto católico patrio que cree que el respeto a su confesión pasa por no hacer nada que a ellos les disguste, por que no se vea públicamente nada de lo que ellos consideran inmoral. Un catolicismo de homilía y dictadura, que incluso su actual pontífice rechaza, que se basa en que ellos pueden hacer muestra pública de cualquiera de las manifestaciones de sus creencias sin que nadie pueda sentirse ofendido pero pretende que el resto de la humanidad no ponga antes sus ojos realidades que otros en sus púlpitos y sacristías han decidido por ellos que son ofensivas.
Porque si los hijos de esos 100 padres tienen un problema psicológico con la decisión de su compañera no será por culpa de la Junta de Andalucía, ni de la legislación española ni del cambio de orientación sexual de la niña en cuestión.
Será solo y exclusivamente por culpa de sus padres.
Porque no les habrán enseñado que hay gente que piensa y siente de manera distinta a ellos y que hay que respetarles; porque no les habrán enseñado que, aunque ellos crean que su dios dijo en algún momento que la homosexualidad, la transexualidad o cualquier otra identidad sexual que no sea la heterosexual es algo maligno, enfermizo o pecaminoso, las leyes del país en que viven lo respetan, lo apoyan, lo comprenden y lo defienden.
Porque no les habrán enseñado que la libertad de los demás no depende ni puede depender de lo que ellos han decidido que su dios piensa sobre el ejercicio de esa libertad.
Cuando era pequeño fui con mi madre a una fiesta del PCE en el parque de mi barrio y allí había un tipo vestido de mujer. Yo le pregunté a mi madre si era un chico o una chica y ella me dijo: "si tanto te preocupa, acércate y pregúntaselo" y siguió empeñada en avanzar en la cola para comprar los siempre míticos bocadillos de chorizo frito.
Quizás por eso tarde solo tres cañas a asumir que tenía una nueva amiga y ya apenas me acuerdo de ese otro viejo amigo que se iba de ligue conmigo en el instituto.

viernes, octubre 25, 2013

Ainoa hace de Wert el dios de Sodoma y Gomorra

Hay dos formas de enfrentarse a la realidad, de saber de ella e intentar entenderla.
La primera es la de los grandes números, la verdad de las cifras estadísticas que ocultan con guarismos los nombres, con curvas y gráficos las vidas. En esa observación a vista de pájaro de la vida los políticos y sobre todo nuestro gobierno es donde suelen moverse. Donde los millones no tienen cuenta, los miles no tienen rostro y los cientos carecen de nombre y apellido.
La marea verde que ayer nos pasó por agua en Madrid - y en el resto de España- contra la Ley Wert forma parte de esos grandes números que resulta fácil diluir, manipular, minimizar o maximizar dependiendo de lo que venga bien cada momento.
Pero superada esa oposición de los grandes números, ese nuevo chocar de la marea contra el duro muro del malecón tras el que se refugia la tripulación escogida por José Ignacio Wert para pilotar la educación pública española hacia el desastre, está la otra forma de ver el mundo. La que adquiere rostro y nombre. La que nos permite saber de qué estamos hablando.
Si el rostro de la involución educativa es José Ignacio Wert, el rostro de la Marea Verde que intenta detener ese involución es Ainoa Fernández.
Ella no es sindicalista, ni profesional educativa, ni encabeza, lidera o ejerce de portavoz de movimiento alguno. Ella es una estudiante.
Una estudiante que logró por su esfuerzo, su inteligencia el premio especial en Bachillerato. Una estudiante que se matriculó en Derecho en la Universidad de Murcia, cuya familia vive a 40 kilómetros de donde ella estudia, que tiene que residir en un piso alquilado en la capital murciana para poder llegar a todas sus clases y seminarios, que tiene una madre en paro. Una estudiante que no tiene beca.
Y es aquí donde toda la estrategia mediática de las grandes cifras de Wert y su demolición de la educación pública comienza a tambalearse, es en este punto donde un solo nombre vale más que todos los datos y los gráficos que quieran enseñarnos en un Power Point preparado ad hoc, cuando una sola persona vale más que todas las cifras que nos puedan mostrar en un papel.
Es con Ainoa Fernández con la que se desmonta toda la falsa cultura del esfuerzo que la Ley Wert y su sistema de becas nos quiere vender.
Porque Ainoa Fernández, pese a todas las condiciones económicas a las que se enfrenta, no tiene beca porque ha suspendido tres de las trece asignaturas que estudia.
Y los que están en la sombra, ocultos y dispuestos para defender la reforma educativa a la menor ocasión, empezarán imaginaran ipso facto a una estudiante brillante devorada por la vorágine de la vida estudiantil, arrojada a continuas fiestas y botellones que han diluido en alcohol y nocturnidad la brillantez que demostró en el bachillerato y dirán "veis, esto nos da la razón, si se hubiera esforzado hubiera aprobado y tendría beca. Hay que potenciar la cultura del esfuerzo".
Pero claro errarán de medio a medio porque Ainoa no ha suspendido por eso.
Ha suspendido porque gobierno murciano decidió reducir el radio de kilómetros que dan derecho a tener una beca y su localidad se quedó fuera, ha suspendido porque tuvo que irse a vivir a Murcia para poder llegar a todas las clases, ha suspendido porque tuvo que alquilar un piso y, por ende, pagar el arrendamiento, ha suspendido porque tuvo que destinar tiempo y esfuerzo a trabajar en una tienda de muebles porque, con su madre en paro, no había dinero para pagar el alquiler.
Así que, Ainoa se esfuerza, tiene la constancia y la brillantez como para merecer la beca pero ha suspendido tres asignaturas y la defensa de la cultura del esfuerzo se nos deshace entre las manos como un terrón de arcilla del campo murciano.
Porque Ainoa ha perdido la beca por no aprobar todas sus asignaturas. Ha suspendido tres asignaturas porque perdió una beca.
Y nada han tenido que ver con ello su esfuerzo ni su capacidad sino la falta de esfuerzo y la incapacidad de su gobierno. Falta de esfuerzo a la hora de impedir que  impedir que los problemas económicos de la familia de una estudiante brillante la parten de los estudios e incapacidad a la hora de establecer una gestión que permita que los ciudadanos importan más que sus cuentas y que los dineros vayan al lugar al que tiene que ir en lugar de a los agujeros financieros a los que a ellos les conviene que vayan.
De manera que una sola persona, una sola estudiante, se convierte en la mordaza que cierra la boca a los que quieren vender a gritos, como traficantes o buhoneros ambulantes, las reformas de Wert y su corte elitista como una apuesta por la cultura del esfuerzo.
Porque la familia de Ainoa se ha esforzado, Ainoa se ha esforzado y hasta la empresa en la que trabaja Ainoa se ha esforzado -cambiando y ajustando turnos- para que ella pueda desarrollar su potencial, para que pueda ampliar sus expectativas de futuro, para que pueda estudiar. Y los únicos que no han contribuido a ese esfuerzo colectivo han sido los que más deberían haberlo hecho. Unos gobiernos -central y autonómico que para ahorrar y que les cuadraran las cuentas han decidido que no importaba inmolar el futuro de Ainoa en el altar de su falsa contención de gasto. Aunque no lo mereciera,
Ya que algunos de ellos son tan de lecturas sacras y abigarradas misas de mantilla y catedral quizás deberían echarle un vistazo a esa vieja leyenda mitológica de Lot, su esposa, la sal, su dios y Sodoma y Gomorra.
Deberían recordar la pregunta que el personaje hizo intentando negociar con su dios la ira "Si encontraras un solo hombre justo en la ciudad, ¿la salvarías?" y deberían recordar qué contestó su dios "si encuentras un solo hombre justo entre sus muros, lo haré, detendré mi brazo y salvaré la ciudad".
Así que la Ley Wert, su política de becas y toda su visión de la educación pública ya no es injusta por las grandes cifras, por los números macroeconómicos ni por las supuestas éticas del esfuerzo o las falsas necesidades de contención presupuestaria.
Es injusta porque, al contrario de lo que hizo el dios en el que dice creer y en el que es seguro que no cree, encontró una mujer justa, esforzada y brillante en su camino y no detuvo la mano de su ira destructora.
Es injusta porque obligó con sus recortes previos a suspende a Ainoa y luego la castigó quitándole la beca por unos suspensos que eran culpa del gobierno murciano, no de la estudiante.
Mientras haya una Ainoa, convertida en estatua de sal en su futuro y sus expectativas sin merecerlo, la política educativa de Wert será injusta y totalitaria. Por mucho que intente cambiarnos los grandes números, nunca podrá cambiarnos el rostro y la vida de Ainoa.

miércoles, octubre 23, 2013

Posada o el miedo totalitario al seno protestón.

Una mujer es invitada al Congreso –por la oposición- y dos policías la llevan a una sala, la desnudan y comprueban que no lleve nada escrito entre los pechos. 
Por fortuna para ella no lleva tatuado el nombre del churri de su vida en el pecho izquierdo, ni el amor de madre legionario en el derecho.Como tampoco luce uno de esos étnicos o florales que están tan de moda entre el chonismo adolescente patrio, la dejan pasar pero la vigilan no vaya a ser que le dé por protestar. 
Por desgracia para el presidente del Congreso y las policías que cumplen sus órdenes la mujer es Profesora de Derecho Constitucional en la Universidad de Alicante. 
Y La jurista, que no tenía intención alguna de marcarse una danza de senos al viento para protestar por nada, no tiene problema para darse cuenta de que han incumplido varios preceptos constitucionales, se han pasado por el arco del triunfo un buen puñado de sus derechos fundamentales y ahora sí protesta, denuncia, se queja y monta un pollo mediático y judicial de proporciones épicas. 
 De nuevo los falsos demócratas, los instrumentalistas de la democracia como forma de mantenimiento en el poder, cometen el error que ningún auténtico demócrata cometería, que nadie que de verdad tuviera claro en su ideología y su conciencia que la democracia es el camino hacia la convivencia.
En su desesperación por evitar la disensión, en su intento de manual de totalitarismo de dar una imagen de pleno apoyo a todo lo que hacen, lo que deciden y lo que decretan, provocan lo que intentan evitar, echan más leña, papel y queroseno a la hoguera de la oposición social a sus medidas, a sus decisiones, a su intento de transformar la sociedad española a imagen y semejanza de las necesidades de aquellos que les mantienen en el poder.
Porque hay gobiernos alrededor del Occidente Atlántico que no saben gestionar la oposición social, los hay que no saben lidiar con las protestas, los hay que son incapaces de integrarlas dentro del diálogo democrático de las instituciones. Y luego está el Gobierno Español.
La corte moncloita procedente de Génova 13 ha lanzado a la palestra el triple de iniciativas para recortar los derechos que garantizan el reflujo social al ejercicio del poder que para asegurarse de que ese poder se ejerce de forma limpia, transparente y sin corrupción. Desde los bancos y los despachos del PP por todo el país se ha propuesto recortar el derecho de manifestación, de huelga, de reunión y hasta de reunión virtual -si es que ese derecho existe y se puede recortar- . Se han buscado mil y una forma de acallar las protestas, de silenciar las quejas, de impedir las manifestaciones.
Todas menos la única posible. Todas menos la única democrática: el dialogo. La eliminación de la injusticia que provoca esa protesta.
La asunción por aquellos que ejercen el poder de la posibilidad de haberse equivocado, de la posibilidad de que la sociedad sobre la que gobiernan tenga voz propia y no quiera, ejerciendo su soberanía, que se lleven a cabo los planes que ellos y sus socios han diseñado para ella.
Porque las mesnadas de Rajoy no conocen otra forma de reaccionar a la protesta que la represión, de contrarrestar la disensión que la persecución, de responder a la crítica que el silenciamiento. Porque tiran de lo que son para intentar evitar que los demás seamos lo que somos.
Echan mano de sus raíces totalitarias para impedir que las reacciones democráticas tengan cabida en su diseño de una sociedad dócil, servil y adecuada a sus propios intereses de poder y beneficio.
Y esa larga cadena de fallos democráticos que empezó con el "incumplí mis promesas electorales porque era mi deber" y paso por el tristemente mítico "que se jodan" de Andreita Fabra, la "modulación del derecho de manifestación" de la accidentada Cristina Cifuentes, la "indemnización diferida a modo de sueldo que no era un sueldo" de Cospedal y el "ejercicio de irresponsabilidad antidemocrática y radical" de los profesionales de la sanidad y de la educación, culmina ahora con el registro de los pechos de una profesora de Derecho Constitucional.
¡Una profesora de Derecho Constitucional! 
¿De verdad creen que alguien que atesora el conocimiento de las leyes nacionales e internacionales que protegen nuestros derechos necesita sus pechos para instruirnos sobre ellos?, ¿de verdad el pacato presidente del Congreso, estupefacto hace unas jornadas ante el bamboleo pectoral de las chicas de FEMEN, cree que la profesora necesita su escote para mostrar al mundo algo que lleva enseñando a golpe de neurona desde hace años?
¿de verdad temen más a unos pechos que aun cerebro?, ¿de verdad temen más la protesta que la injusticia?
A todas esas preguntas la respuesta es sí. Cualquier espíritu totalitario se fija más en un pecho que en  un cerebro. Porque el pecho puede ocultarlo y el cerebro siempre, por fortuna, escapa a su control. 

domingo, octubre 20, 2013

El mundo sin los otros ya no resulta cool

Dicen que los gurús de lo chic, de lo cool, han decidido hacer  de los espacios sin wi-fi, el epítome de la elegancia y el buen gusto. O sea, eliminar el acceso a Internet en los espacios que ellos consideran más elegantes y exclusivos.
Resulta sorprendente. Por primera vez en la historia del elitismo resulta sofisticado volver a ser plenamente humano.
Pero, más allá de esa sorpresa estética, esa decisión, tendencia, moda o como se quiera llamar, deja de manifiesto la pírrica reacción a un error que nos está matando, que está diluyendo a la sociedad occidental atlántica como civilización en el ácido salino de sus propios avances tecnológicos.
La eterna conexión, la completa y permanente presencia de un universo basto e inútil ante nuestros ojos, ante nuestras manos y nuestros teclados táctiles de  teléfono móvil de última generación, nos permite ser como hemos decidido ser, nos posibilita acceder a las dos armas que hemos elegido para nuestro duelo diario contra nosotros mismos y nuestro entorno: el falso individualismo y la ausencia de conflicto.
Es decir, nos permite vivir sin el otro.
Podría parecer todo lo contrario, podría decirse que todos aquellos "obesos" digitales de la perpetua conexión están globalizados, están permanente en contacto con una masa infinita de percepciones del mundo a través de Internet. Pero es falso. 
Están solos. Solos porque han decidido estarlo. Porque prefieren esa soledad a la compañía, la relación e incluso el enfrentamiento con los otros. Ni siquiera son misántropos son simplemente "anantropos" -si esa palabra existiera-
Porque los favoritos, los enlaces preferidos, los amigos de las redes sociales, los seguidores de twitter no nos conectan con el mundo. Nos conectan con nuestro mundo, con la parte del mundo en la que hemos elegido encerrarnos.
Gracias a la conexión continua permanecemos siempre en ella, a salvo, solamente preocupados de nosotros mismos y el microcosmos virtual que acarreamos en nuestro Iphone.
Y podemos volver a él cuando queramos.
Si nos aburre la conversación podemos cargar un juego y entretenernos, si echamos de menos a alguien podemos mandarle un whatsapp, consultar su posición en el geolocalizador de su última conexión, si queremos cambiar de tema siempre podemos enseñar la última foto retuiteada o el último vídeo destacado de Youtube.
Como caracoles, llevamos nuestro mundo a cuestas y eso nos permite refugiarnos de los demás, de las presencias reales, de los seres humanos que están frente a nosotros. 
Nos permite ser el individuo asilado que hemos decidido ser en una falsa interpretación de un individualismo que se inventó para otros fines y con otros objetivos.
Cuando sabemos que el mundo habitado por siete mil millones de seres humanos necesita una respuesta colectiva, coordinada y global para su mejora, nosotros respondemos con la creación de siete mil millones de mundos individuales, formados para nuestro regocijo a golpe de favoritos, enlaces destacados y páginas preferidas del universo virtual.
Y además cubrimos otra necesidad cada vez más acuciante, cada vez más compulsiva, la necesidad de algo que era imposible y se ha hecho posible: la de la comunicación sin interlocutor.
Podemos causar dolor sin necesidad de soportar el llanto, podemos evitar una discusión en una reunión de amigos simplemente consultando google -y aguar el encanto de las reuniones de amigos, de paso-, podemos atacar sin presenciar la reacción del otro. 
Podemos eludir todos los elementos de la comunicación humana que la hacen onerosa, difícil, que nos obligan a tener en cuenta a nuestros interlocutores y lidiar con sus reacciones y nuestras emociones. Podemos sustituirlos por emoticonos.
Podemos pedir perdón por correo electrónico sin que se note en nuestros ojos o nuestra expresión que no somos sinceros, podemos cambiar los planes a última hora por whatsapp con un smiley tristón sin asistir al airado reproche de aquellos cuyas vidas y tiempos hemos despreciado, podemos fingirnos solidarios con cualquier causa o colectivo con un simple "me gusta" sin necesidad de compartir realmente el dolor, la lucha o el riesgo de aquellos cuya causa decimos apoyar.
Alguien me dijo ayer que la perpetua conexión de nuestra sociedad occidental atlántica no ha empeorado las relaciones, que antes del 4G y los smartphones la gente se mentía igual y se ignoraba igual.
Y puede ser cierto. Pero no estaba a salvo de su propia comunicación. Tenía que mirarla y escucharla de frente. 
Tenía que enfrentarse a la imagen y el sonido de sus mentiras, a la reacción a su desdén. Tenía que soportar los torcidos gestos ante lo impropio de un comentario, lo inapropiado de un chiste o lo inopinado de un exabrupto beligerante sobre cualquier tema de conversación.
Tenia que presenciar el via crucis de dolor que provocaba con sus abandonos. Tenía que ponerse delante del otro y de sí mismo y responsabilizarse de sus decisiones, sus palabras y sus actos. 
Porque un rostro humano es, para bien o para mal, para la alegría y para la tristeza, más demoledor que miles de emoticonos que se coloquen tras un texto apocopado en 140 caracteres.
Porque Internet y la conexión permanente pueden servir para muchas cosas pero no para sustituir la realidad de la comunicación humana.
Con esta nueva conexión permanente, que nos libra del interlocutor y de la verdadera interacción, perdemos la risa de aquel o aquella a quien queremos hacer reír,  sacrificamos la mirada de a quien queremos enamorar, la expresión de quien nos escucha y los matices de quien nos habla pero no nos importa. 
Lo sacrificamos porque anteponemos a todo ello la elusión del riesgo de que esas reacciones nos afecten, nos hagan sentirnos mal o nos hagan simplemente replantearnos aquello que queremos comunicar y el modo de hacerlo.
Puede que ahora sea cool, elegante y sofisticado volver al mundo real. Y puede que eso nos salve a tiempo. Quieran los hados de lo virtual que así sea y la nueva enfermedad de la "obesidad" virtual o la "hiperconexión" remita y podamos volver, como canta el ex soldado irlandés, "a conversar y no solo hablar".
Porque nunca cambiare una risa por un jajaja o un smiley carcajeante. Nunca cambiaré una discusión interesante por una carrera para ver quien consulta antes la Wikipedia, nunca cambiaré un te quiero por un corazón subido a twitter. Nunca cambiaré una ruptura por un correo electrónico, ni una cita por una conversación de whatsapp. Nunca cambiaré una lucha por un "me gusta" en Facebook, un riesgo solidario por una firma en Change.org.
Y por eso escribo esto ahora, ante un café y fumando un cigarro cuando no tengo nada humano que llevarme a la vida, en lugar de interrumpir mi discusión de ayer y ponerme a teclearlo ansioso y veloz en medio de la cena.
Porque nunca renunciaré a los seres humanos. Porque nunca cambiaré a una persona por su propio avatar.

sábado, octubre 19, 2013

Recortes y maltrato exponen las miserias de algunas

En un entorno como el nuestro, en el que se está perdiendo de todo por todas partes a manos del gobierno que nos echamos encima en las últimas elecciones, hay muchas cosas que reclamar, que defender. Existen muchos motivos para protestar y por lo general unos terminan mezclándose con los otros hasta el punto de que resulta complicado separarlos. 
Y hay ocasiones en que las reclamaciones parecen parejas, similares, idénticas. Pero no lo son y hay que acostumbrarse a hilar fino, muy fino, para captar la diferencia.
Desde que se inició la siega social que efectúa la corte genovesa con la afilada guadaña de los recortes hay un recorte en especial que parece tener preocupados a muchos: los recortes en todo lo relacionado con el maltrato dentro de la pareja.
La lucha  contra la mal llamada violencia de género -hoy dejaremos esa disquisición eterna y perversa- corre riesgo por los recortes como otras muchas causas y facetas sociales. Y hay múltiples voces que alertan contra ello.
Lo hacen sobre todo las cabezas visibles del entramado de género que capitaliza o intenta capitalizar estas cuestiones, pero también lo hacen las asociaciones judiciales  y otro tipo de entidades. Todo parece lo mismo pero no lo es. Hay una sutil diferencia -bueno, tan sutil como un portaaviones de tres cubiertas-, un pequeño matiz que distingue unas protestas de otras:
Una diferencia basada en el quién pide qué para quién. No, no es un trabalenguas.
Las que encabezan la protesta, las que reciben más atención mediática y más refuerzo comunicativo son aquellas que, desde asociaciones, observatorios y toda suerte de organizaciones careadas a tal efecto, muestran su preocupación por los recortes. 
¿Por qué protestan? En eso no hay diferencia. Por los recortes en lo que ellas llaman políticas de género. Pero, ¿qué piden? Ahí ya hay que gastar tinta y teclado para explicarlo.
Se indignan, se arrebatan y se acongojan porque se rebajan las subvenciones a las asociaciones, se elimina dinero para las campañas de concienciación, se reducen las asignaciones para los organismos que ellas dirigen, para los estudios que ellas realizan.
En definitiva, protestan porque les quitan el dinero que están acostumbradas a gestionar, porque les reducen la capacidad económica, porque el Estado destina menos dinero a sus sueldos, a sus gastos, a sus campañas. 
Porque les dan menos dinero a ellas. No porque se destine menos dinero y atención al problema del maltrato dentro del entorno afectivo -¡Uy, perdón!, se me fue la pinza, quise decir la Violencia de Género-.
Porque si realmente les preocupara la situación de las mujeres que experimentan malos tratos, que sufren en una vida de violencia y desesperación, no empezarían por reclamar más dinero para campañas mediáticas que a lo largo de los últimos diez años han conseguido un impacto mínimo gastando cientos de millones de euros; no empezarían por exigir dinero para informes y estudios que han sesgado la realidad a través de encuestas manipuladas, que han dado el resultado de que en España hay un millón de mujeres maltratadas porque las encuestadoras consideran maltrato que un hombre diga "me cago en la puta" en presencia de su pareja (es verídico, no hiperbólico).
Si fuera el caso que su principal preocupación hubiera sido la mujer maltratada hubieran empezado por protestar por otras cosas. Por denunciar lo que denuncia la Asociación en Defensa de la Sanidad Pública de Barcelona, por ejemplo.
Por hacer hincapié en que los recortes sanitarios afectan sobremanera a la posibilidad de detectar casos de violencia contra la mujer, de mujeres maltratadas reales, con nombre y apellidos -no proyecciones de una encuesta- en el sistema de atención primaria.
Hubieran encabezado las manifestaciones de las mareas blancas porque no hubieran querido que la privatización de nuestra salud y la venta de saldo de nuestra atención sanitaria ponga en riesgo la detección del 60% de los casos reales de maltrato que se detectan en el ámbito sanitario.
Pero no han encendido su indignación por ese motivo, ni por el hecho que denuncian los sindicatos y asociaciones judiciales, que alertan sobre el hecho de que el descenso de agentes judiciales y de personal en los juzgados dificulta la reacción judicial contra el maltrato en el entorno afectivo -¡Vaya, no aprendo!, la violencia de género- porque hay menos personas que puedan separar el trigo de la paja, que puedan buscar entre el centenar de miles de denuncias que alientan abogados divorcistas y asociaciones feministas, las que verdaderamente hacen referencia a una auténtica situación de maltrato y darlas prioridad.
No han hecho nada de eso, ni siquiera se han sumado solidariamente a esas protestas. Se han limitado a reclamar el dinero que recibían para sus actividades, aunque estas no sean, ni de lejos, prioritarias en el esquema de resolución de los problemas de las mujeres auténticamente maltratadas.
Unas, el radicalizado emporio feminista, pide para ellas y sus cosas y otros, los profesionales sanitarios o judiciales, piden para otras, para las mujeres que sufren violencia, aunque eso les suponga más trabajo y no les reporte beneficio alguno.
Dicho esto, poco más hay que decir sobre lo que diferencia a unas de todos los demás. Aunque escueza.

Bélgica, eutanasia y la glorificación de la indolencia

Tenía que llegar el día en el que, acuciados como estamos por la vida y por la muerte, varados sin posibilidad de navegar entre nuestros miedos y nuestras desidias, llegáramos a un punto en el que diéramos el salto al vacío de la autodestrucción. En el que por fin nos atreviéramos a poner el píe en el alambre de funambulista que atraviesa el abismo de nuestra extinción.
Y ese primer paso, ese lanzarse a un vacío en el que no podremos sujetarnos a nada salvo al débil equilibrio entre nuestros placeres y nuestros miedos, se ha dado Bélgica. El país de las tres lenguas ha decidido dar potestad a los menores para quitarse la vida. Para pedirle al Estado que lo haga.
Cualquier menor que padezca una enfermedad incurable podrá contratar un verdugo para que acabe con su vida, para que le practique la mal llamada eutanasia. Sin límite de edad por abajo, sin cortapisa o restricción alguna. Con consentimiento de los padres, eso sí.
Más allá de lo que significa darle esa capacidad de decisión a los padres, que supone convertirlos en señores de horca y cuchillo de sus propios vástagos, como si la paternidad y la maternidad fueran un título de propiedad expedido en sus bastiones de las costas de Sierra Leona por los comerciantes esclavistas del siglo XIX, la decisión resulta tan aterradora como la aquiescencia con la que la ha recibido la sociedad belga.
Un 74% de la población belga está a favor, dicen las encuestas y la falsa progresía, que hace de estos asuntos -como casi de todo- una cuestión de derechos y de libertad aplaude la situación. Todos tenemos derechos a una muerte digna, dicen. Y parece que el argumento es irrefutable, que no tiene nada que cuestionar. Hasta que te preguntas ¿qué es una muerte digna? Hasta que la respuesta te hiela la sangre en las venas.
Este Occidente Atlántico nuestro ha obtenido el premio final a generaciones poniendo el acento en el individualismo furioso, colocando la tilde de sus vidas y de sus muertes en el egocentrismo indolente. Tras siglos en los que la huida hacia adelante se ha considerado progreso y la elusión de cualquier responsabilidad onerosa como un derecho inalienable a la felicidad, hemos logrado por fin una definición de dignidad nueva, sorprendente y ajustada a nuestras necesidades: la dignidad es la ausencia de dolor.
Suena tan nuestro que da lástima. Suena tan cobarde que da rabia.
Si la muerte digna es la que no es dolorosa, la que no te produce sufrimiento ¿significa eso que todos los que murieron de forma dolorosa a manos de aquellos que no querían darles lo que ganaron para nosotros, desde la libertad hasta la jornada de ocho horas, fueron muertes indignas?, ¿significa que la muerte de alguien que lucha contra el dolor de un cáncer o de una enfermedad para terminar muriendo en la mesa de operaciones es indigna?, ¿significa que los que murieron a tiros intentando luchar, desvelar la verdad, defenderse o defender a los demás han muerto indignamente?, ¿significa que el que muere en medio de la calle, agarrotado por los dolores flagelantes que un infarto provoca en su músculo cardíaco o por la parálisis dolorosa que envía un ictus a su cerebro, ha muerto indignamente?
Nuestra demostrada persistencia en mostrarnos incapaces de integrar la frustración, el dolor o el sufrimiento como hechos que componen el mapa de nuestras vidas, como hitos que hemos de atravesar si queremos que el atlas de nuestras existencias cobre sentido para nosotros mismos, nos ha hecho  generar el falso sinónimo de la dignidad con la ausencia de dolor y de sufrimiento, de la muerte digna con la muerte reposada. 
Nos ha hecho olvidar una verdad que ha dado fuerza a los seres humanos durante 10.000 años para buscar y lograr todo aquello que ahora parece que no es importante porque ya lo tenemos, todo aquello que ahora damos por sentado: La dignidad de la muerte no depende de como mueras. Depende de como hayas vivido.
No tiene nada que ver con el dolor o el sufrimiento, con la placidez o la agonía, con la voluntariedad o la obligatoriedad.
No existe la eutanasia como no existe la eugenesia.
No soy ni mucho menos de esos de la dignidad de la muerte por el martirio del dolor, a lo Camino, la heroína infantil del Opus Dei y la resignación cristiana, entre otros ejemplos, pero el sentido de la eutanasia no puede pasar del derecho a que no te mantengan vivo cuando ya no eres capaz de estarlo por tus medios. Toda otra eutanasia es inexistente
Es un concepto forzado, inventado por nuestra imperiosa necesidad de rebatir el hecho de que, como diría el grupo popero, la respuesta no es la huida; de que el carpe diem, tan de moda en nuestros tiempos, no significa que convirtamos todo momento de nuestra existencia en una suerte de disfrute sin fin en el que se elude todo lo que no nos gusta.
Una creación artificial que justifica una postura vital en la que el trabajo se convierte en el tiempo entre los ocios, en la que el amor se omite porque exige esfuerzo y compromiso y se sustituye por una serie interminable de danzas sexuales que no nos causan problemas y nos dejan como al principio: en disposición de seguir huyendo de nuestras vidas para que nunca nos alcance el sufrimiento.
Y ahora, orgullosos de lo conseguido, firmes en el convencimiento de que la vida es solamente la parte de la vida que nos gusta vivir, traspasamos esa experiencia a nuestros descendientes y les vendemos que tienen derecho a dejar de vivir si su vida no les gusta, que el mejor camino para afrontar los rigores de la existencia es no pasarlos, es tumbarse y morir.
Nos negamos a intentar otra cosa, a asumir algo que en el fondo sabemos y que no queremos reconocer que, como diría la mítica semidiosa de los Warchowski, "nuestras vidas no nos pertenecen. Del vientre a la tumba estamos unidos a otros del pasado y del presente. Y con cada crimen que cometemos y cada gesto amable alumbramos nuestro futuro y el sentido de nuestra muerte". Y lo otro no es eutanasia ni muerte digna. Es solamente tumbarse y morir.
Y eso es lo que hacemos, como sociedad y como especie, con esta decisión. Tumbarnos y morir. Será la muerte y será pacífica e indolora. 
Pero ni será buena, ni será digna.
La indolencia nunca ha sido ninguna de esas dos cosas.

viernes, octubre 18, 2013

Netanyahu, antisemitismo y el cambio aniquilado

Llevamos mucho tiempo acuciados por lo nuestro, viendo como mucho de lo que creíamos eterno se pierde en el efímero tiempo de una legislatura. Y eso hace que cada vez miremos menos hacia afuera, hacia lo que ocurre allende nuestras fronteras de recortes y pérdidas sociales.
Y uno de esos sitios a los que nuestra mirada ha dejado de volverse aunque hasta hace poco lo hacía con regularidad es Oriente Próximo, esa tierra dividida, saqueada y arrasada por tres dioses que resultan ser el mismo y por dos locuras que son anverso y reverso, ambos tenebrosos, de la misma locura.
Israel y Palestina han vuelto a sentarse a negociar en un capitulo más de la eterna letanía de fracasos que se producen y se seguirán produciendo mientras unos se sigan negando a dar a los otros lo que ambos se niegan: el derecho a existir. Nada cambia.
Pero parece que algo ha cambiado. 
Irán y Occidente se sientan a hablar sobre arme y desarme nuclear. Y parece que lo llevan más o menos bien. Al menos mejor que cuando los unos eran integrados dentro de ese paranoico Eje del Mal que diseñó George W. Bush entre acceso etílico y acceso etílico y los otros eran el "demonio occidental" que había de ser erradicado del universo.
Pero hay algo que no cambia. Israel o, para ser más exactos, los halcones que se encuentran al mando de los destinos del Estado de Israel, intentando transformarlo en el sagrado reino de  las tierras de Sión.
Netanyahu ha mandado a todos sus ministros a las tierras de sus muchos aliados occidentales intentando que no fueran a Ginebra, que no se sentarán con Irán, que no hablaran, que no negociaran, que dejaran en manos de sus míticos servicios secretos y su aviación la solución definitiva del problema que para ellos supone un Irán armado con artefactos nucleares: su solución final.
Los Señores de la Guerra del sionismo político que rige los destinos de Israel siguen anteponiendo la fuerza militar al dialogo, siguen buscando destruir y no convenir. Siguen pensando que ellos tienen derecho a estar armados hasta los dientes, a no firmar moratoria ni acuerdo de desarme ninguno, a esconder armas nucleares al resto de la humanidad, mientras que los demás están obligados a no tenerlas para que ellos se sientan seguros.
Siguen intentando vender a una Europa quejosa en su crisis económica y a unos Estados Unidos con apenas aire por su recientemente superado ahogamiento presupuestario que lo justo y necesario es exigir a los ayatolas de Teherán aquello que ellos no han estado dispuestos a asumir desde la creación del Estado de Israel.
Pero sus argumentos esta vez no han calado tanto. Quizás sea porque el derrumbe de Occidente en lo económico y en lo social hace que les importe bastante menos mantener un aliado en Oriente Próximo que intentar mantener cohesionadas a sus propias sociedades, a las que la miseria, la falta de expectativas y las ciegas políticas neocon están dividiendo cada vez más en estamentos sociales irreconciliables.
Y ahí es donde descubrimos que nada cambia.
Porque cuando Netanyahu, cuando sus ministros, cuando sus halcones, no han podido hacer oír sus cantos de sirena, recurren a lo que han recurrido siempre, a aquello de lo que siempre tiran cuando nada de lo demás funciona. Usan la principal arma de destrucción masiva con la que cuenta el sionismo político y con la que apunta indiscriminadamente a cualquier parte del orbe: el antisemitismo.
“Su ideología es la aniquilación del Estado de Israel. Y ya tenemos malas experiencias con dictadores que querían aniquilar al pueblo judío”. afirman miembros del Gobierno Israelí.
Y ya están los nazis en escena. Ya comienzan a dibujar el retrato de victimismo y culpabilidad compartida con el que chantajean emocionalmente desde 1949 a todas las naciones europeas -salvo Rusia, quizás- y a Estados Unidos.
Representantes políticos de un gobierno que mantiene ocupados territorios que las Naciones Unidas consideran de otros como lo fueran otrora Los Sudetes y que extienden sus fronteras unilateralmente a golpe de armamento de última generación por Los Altos del Golán, la península del Sinaí y Líbano como antaño hicieran otros ejércitos avanzados con Rumanía, Polonia o Checoslovaquia, se atreven a comparar a sus enemigos con los nazis.
Un ideario político que mantiene a millones de personas sometidas al asedio del hambre por un bloqueo inhumano, que levanta muros que segregan familias enteras, que separa ciudades y barrios por cuestión de raza, que obliga a millones de personas a hacinarse en campos de refugiados, que niega la posibilidad de retorno a su tierra a un millón de personas, que arma a fanáticos paranoicos, con la excusa de ser colonos o aliados, para que utilicen las noches palestinas para dar palizas a imanes, quemar mezquitas, asaltar y masacrar campos de refugiados o decorar las calles con frases despectivas como las que los camisas pardas escribían en los muros de los negocios judíos en la Alemania de los años treinta del pasado siglo, es atreve a recordarnos a los nazis.
Una ideología que ha creado frases como que los árabes "solamente sirven para ser camareros, criados y campesinos", que ha permitido y alentado que sus rabinos afirmen que "un árabe debe bajar la cabeza con respeto cuando se cruza con un hebreo", que jalea que su ejército luzca camisetas que proponen la solución final de matar a las árabes embarazadas , tiene el aplomo de traernos a la memoria a los locos furiosos de Hitler.
Un ejercito que ha convertido en héroes de guerra y dirigentes nacionales a miembros de Irgun que atacaban y masacraban aldeas árabes en los albores del Estado de Israel y ahorcaban hombres árabes en los cruces de caminos para imponer la política del miedo y de la fuerza, convirtiéndose en los precursores del terrorismo en la zona, ahora recurre a intentar comparar a sus enemigos declarados con los nazis.
Aquellos que han realizado lo más parecido al pogromo nazi desde las purgas de Stalin ahora tiran del antisemitismo para que les veamos como víctimas, recurren al sufrimiento histórico de su pueblo para minimizar el que ellos están produciendo. 
Escupen sobre la tumba de sus muertos, de sus millones de muertos, al utilizarlos como pantalla de humo para conseguir sus propios fines que nada tiene que ver con el Estado de Israel sino con su ideología enloquecida de grandeza, expansionismo, nacionalismo exacerbado y superioridad. Demasiado parecida a aquella que estuvo a punto de borrarles como pueblo de la faz de la tierra.
Netanyahu y sus voceros internacionales recurren a la última amenaza, al antisemitismo, cuando Occidente rechaza sus argumentos, cuando no hace lo que a ellos les viene bien. Tira de sus muertos históricos para intentar justificar todos los que ellos quieren ocasionar con su pregonado ataque precautorio contra Irán.
Nada cambia. 
Y por más que los ayatolas yihadistas, los fanáticos de Hamas o los locos furiosos de Hezbollah sean parte importante de esa imposibilidad de cambio  -una parte fundamental-, nada cambiará en las tierras de los tres dioses mientras Israel no cambie. 
Mientras no dejen de identificar sionismo expansionista y ultranacionalista con semitismo, mientras no se preocupen más por ser semitas que por ser sionistas.
Mientras no descubran que sus millones de muertos pasados no pueden tener más valor y más peso que los millones de cadáveres que su política provoca, mientras no descubran que el exterminio del pueblo judío no es más grave para la humanidad que el exterminio del pueblo palestino.
Si Israel no cambia, nada cambiará en torno a Israel. Por más que nos menten a los nazis a las primeras de cambio.

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