domingo, octubre 27, 2013

Sanidad penal o la lucha entre Malthus e Hipócrates

Decía Eisenhower, cuando aún era general y no presidente estadounidense, que "el honor de un ejército no depende del trato que dispensa a los que se le enfrentan sino del que da a los que ya no pueden combatir ni en contra ni a favor de su causa".
Más allá del error o del acierto, la medida de la ideología social de un gobierno la da el tratamiento que da a determinados estratos de la población. A determinados colectivos que no son, por decirlo de alguna manera, la flor y la nata de la sociedad.
Y este gobierno nuestro que nos echamos encima con la última emisión de sufragios electorales está dejando claro cual es su intencionalidad, cual su ideología, cual es su concepto de como debe ser la sociedad que está dispuesto a crear aprovechando un mandato de la soberanía popular que no lo fue entregada para eso.
Por si tuviéramos poco con la magna idea de cobrar a los mendigos por ser mendigos y multarles por el insulto que para la fallida candidatura olímpica de la "relaxing cup of café con leche" supone que duerman en la calle, la corte genovesa que habita en la Moncloa ahora la emprende con otro de esos colectivos que no importan, que son prescindibles, que no merecen ni el esfuerzo que se hace en considerarles seres humanos.
Instituciones Penitenciarias decide poner cupos a los nuevos tratamientos de Hepatitis C en las cárceles españolas.
Una enfermedad que tiene una incidencia del 25% entre la población reclusa -es decir uno de cada cuatro presos- no será tratada con los fármacos más adecuados para curarla.
¿Por qué esos fármacos son caros? Es posible ¿Por que el gobierno español no está dispuesto a emplear dinero que necesita para sus fines, cada vez más espurios, en mantener la dignidad de colectivo al que considera la hez de la sociedad? Es más que probable.
Porque han decidido que la prisión, que no es otra cosa que la privación del derecho a libertad por un delito cometido, es algo más de lo que realmente es. Porque han decidido que estar entre rejas es la privación de todos los derechos. Que si has robado un jamón, traficado con drogas, participado en una banda de robo de coches o cometido cualquier otro delito -o incluso los crímenes más execrables- has perdido el derecho a ser tratado como un ser humano.
Y como no eres humano se puede jugar, especular y hacer cálculos con tu salud. Se te puede negar la asistencia sanitaria que precisas para curarte o para seguir vivo. Se pueden establecer cupos que, a criterio del alcaide como en los mejores tiempos del mito cinematográfico de Brubaker, deciden quién está sano y quién no, quién vive y quién muere.
Han decidido que la privación de libertad lleva aparejada la privación de sanidad simplemente porque ellos precisan el dinero necesario para ella para otras cosas.
Y lo hacen con ellos, como antes hicieran con mendigos o inmigrantes, porque consideran que nadie le dará importancia al asunto, que nuestra sociedad, anclada en el individualismo más absoluto, en la necesidad de justificar su superioridad moral enfrentándose a otros colectivos, asentirá con la cabeza y dirá: "está bien. Si quieren asistencia sanitaria que no comentan delitos, que se vuelvan a su país, que se busquen un trabajo".
Y lo triste, lo realmente demoledor, es que los coros mediáticos y sociales que jalean esta regresión social que capitanea el Partido Popular, ya están en ello, ya les dan la razón.
Y muchos, acuciados por la intensidad de los tijeretazos gubernamentales y por la crisis brutal que es funeral de este sistema económico, se lo piensan. Pero, en realidad no tienen nada que pensar. Si se plantean esa posibilidad, si gastan un solo segundo de su tiempo en reflexionar sobre la bondad de privar de asistencia sanitaria a los reclusos porque es cara o a los inmigrantes porque no hay dinero o a los mendigos porque no cotizan; si hay que ser un español productivo y buena persona para que se te trate en el sistema sanitario público, para que se te faciliten las mejores medicinas y tratamientos para tu afección, no llegarán a nada nuevo.
Solamente redescubrirán un pensamiento que, allá por el año de gracia de vuestro señor Jesucristo de 1798, alcanzó un tipo algo estirado llamado Thomas Malthus.
Y cuando el Gobierno empiece a hacer lo mismo con los ancianos, con las amas de casa, con los parados arguyendo la misma falta de rendimiento productivo para la sociedad no tendrán argumento para defenderse de ello. 
Cuando se lo apliquen a personas dependientes, enfermos crónicos, personas con incapacidades para trabajar y les recorten hasta la extinción su derecho a la atención sanitaria gratuita y en las mejores condiciones posibles no podrán decir ni mu y tendrán que ver como el Gobierno se hace con la decisión de quien sana y quien no, quien vive y quien muere, según los criterios que a ellos les convienen en cada momento.
Así que tengamos claro que cuando hoy se le priva de la atención sanitaria que necesita a un recluso es la antesala de que mañana se le niegue a un pensionista, que si en el presente consentimos que los mendigos mueran en las puertas de los hospitales -como ya ocurre en México-,  estamos sentando las bases para que los parados mueran por una pulmonía por falta de medicamentos dentro de muy poco tiempo.
Por si alguien aún no lo ha notado, ya están en ello.
El juramento hipocrático dice:
"Desempeñaré mi arte con conciencia y dignidad. La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones. Respetaré el secreto de quien haya confiado en mí. Mantendré, en todas las medidas de mi medio, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica. Mis colegas serán mis hermanos. No permitiré que entre mi deber y mi enfermo vengan a interponerse consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, partido o clase. Tendré absoluto respeto por la vida humana. Aún bajo amenazas, no admitiré utilizar mis conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad. Hago estas promesas solemnemente, libremente, por mi honor".
No pretendamos saber más de quien merece atención sanitaria que aquellos y aquellas que consagran su vida a dispensarla.

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