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domingo, octubre 14, 2018

Las cuentas que no fallan o buscar balancear la ecuación para el futuro.

La matemática no falla, no suele hacerlo a menos que quien la use parta de principios erróneos o de paradigmas falsos.
Y me temo que eso es lo que esta pasando con las cuentas del ISIS.
Alguien pensó en su día que cada hombre armado que mataba del falso califato era una baja, un nombre desconocido que borrar de la lista o un número que restar de las cuentas.
Pero no lo era. La historia nos demuestra que nunca, en ningun caso en el que el fanatismo esté de por medio, ha sido así, que nunca lo será. Cada victoria de rebeldes, peshmergas kurdos o cualquiera de las milicias que habíamos mandado a pelear en nuestro nombre sobre el suelo de Siria solo sumaba nombres a la lista de ISIS.
Porque así funciona el fanatismo, porque así se radicaliza a los pueblos. Mata a un combatiente y su hermano o su hijo o su sobrino o su primo considerará injusta la muerte de su pariente y tomará su lugar para vengarla.
Cada bombardeo ruso o francés o británico o estadounidense parecía borrar cientos de combatientes de la faz de la Tierra, pero solo era la superfecie.
Escondidos bajo tierra, disfrazados de civiles supervivientes, autodeportados en pueblos y en aldeas remotas, esperaban, reclutaban, convencían a aquellos que habían perdido mucho o todo en cada bombardeo de quién era el enemigo.
Y ahora parece que los números fallaron porque se antoja que son los mismos números. Y seguramente lo sean. Pero, casi con toda seguridad, cada nombre desconocido, cada identidad ignorada, es diferente.
Así que no nos fallan las cuentas. Lo que falla es la operación que Occidente eligió para intentar calcular el resultado que deseaba de antemano.
Como los anitguos anusiyas de Xerjes, escondidos tras máscaras para parecer inmortales porque nadie notaba el cambio de los rostros, la fanática carne de cañon del falso califato parece la misma tras sus barbas, sus banderas, sus uniformes y sus nombres que a los occidentales nos parecen iguales, los mismos que creíamos que habíamos matado y derrotado.
Pero son diferentes, nuevas cabezas de una hidra a la que han dado alimento nuestras bombas. Son reclutas que nosotros y nuestra guerra hemos reclutado para ellos.
Quizás este fallo en las cuentas le demuestre al Occidente Atlantico por fin lo que ya sabe y se niega a recordar: el fanatismo no se vence con bombas, no se derrota con balas y con guerra.
Se elimina con esperanza, con justicia. Dando a las gentes que esos líderes, falsamente creyentes y solo ávidos de poder, usan como reclutas aquello que no tienen: un futuro, una vida, algo que perder.
Quizás así comprendamos al fin que la guerra contra ISIS y cualquier otro que quiera usar un dios o un fanatismo para obtener poder empieza por despejar de la ecuación a las teocracias absolutistas, los dictadores despóticos y los gobiernos militares que mantenmos en todo el mundo árabe en beneficio de nuestras corporaciones, para garantizar que nos llegue el petroleo, que las rutas del gas estén a salvo para nosotros y el dinero continue llegando a raudales a sus cuentas de resultados y a los dividendos de sus accionistas.
Lo sabemos, los gobiernos lo saben, los militares los saben, las empresas lo saben.
Pero a ver quien es el guapo que le dice al occidental atlántico de a pie que tiene que renunciar a mucho de lo que cree suyo para que los pueblos que son sus verdaderos propietarios puedan progresar y escapar del fanatismo que se ceba con ellos y con su desesperanza.
Me temo que, si esas son las cuentas, no queremos que salgan. No queremos que la ecuación jamás se balancee.

miércoles, julio 12, 2017

Mosul o la elección entre Xerjes y la paz para evitar el relato del tuerto

Hoy en día existe una legión -aunque sería más correcto decir una falange- de seguidores de 300, la película de Legendary que nos trasladó el relató mítico de la eterna batalla de las Thermópilas contada por Heródoto y vista a través de  los siglos por los ojos de Frank Miller.
Y hoy me parece apropiado recordar el final de esa película. ese instante en zoo out en el que descubres que todo es un relato engrandecido por un tuerto superviviente ante las huestes griegas apiñadas en las llanuras de Salamina preparadas para la batalla final.
¿Por qué hoy? Porque hoy ha caído o terminará de caer Mosul.
Y muchos dirán que se ha derrotado al falso califato que esconde su deseo de poder tras la sangre y el fanatismo de los desesperados. Que se ha acabado con su poder en Irak y que se le ha vencido.
Pero no. 
Depende de lo que hagamos con esa victoria militar que hoy no sea el comienzo de nuestra derrota ante ese mismo falso califato que ante lo inevitable no pone pies en polvorosa sino que ha decidido caer luchando estúpidamente en apariencia en una batalla que no puede ganar.
Y muchos verán solamente el fanatismo de los que combaten inútilmente y se dejarán engañar sin contemplar o sin querer hacerlo que esa derrota significa una sola palabra: Mitificación.
Es tan simple como con los archifamosos y musculados 300 de Legendary.
El Falso Califato ya ha enviado a miles de sus supervivientes tuertos a relatar esta derrota, a embellecerla, a contarla de tal manera que se obtenga una victoria de la misma; a llamar a la venganza, a la unidad contra los infieles, a restaurar el orgullo islámico...
Desde el principio, aquellos que mueven los hilos del fanatismo de los incultos y desesperados que componen las filas de sus huestes, que son su carne de cañón, sabían que esta fase territorial estaba destinada al fracaso, que ejércitos más poderosos terminarían por quitarles los territorios conquistados en Siria y en Irak.
Sabían que ellos no verían la victoria, que era cosa de generaciones. Son crueles, están sedientos de sangre y de poder, son psicópatas. Pero no son imbéciles.
Así que sencillamente han escenificado su derrota para convertirla en mito ante las miriadas de hombres y mujeres a los que llegarán sus mensajes póstumos, sus elegías, a través de Internet, de los susurros en las mezquitas radicales, de los sermones de los falsos clérigos que predican su mismo falso islam.
Y como con Leonidas y sus 300 conseguirán despertar a muchos que ahora están plácidamente en sus polis lejanas creyendo que nada tienen que ver con esto, a muchos que hayan perdido familiares o amigos en los bombardeos indiscriminados, en los excesos y las purgas del ejército iraquí ya denunciadas por Amnistía Internacional, en las limpiezas étnicas llevadas a cabo por los kurdos mientras reconquistan Iraq.
Que la derrota de Mosul sea de verdad una derrota depende de nosotros. De lo que hagamos con nuestra victoria.
Porque si Xerjes -o para ser más exactos, su general Hidartes- no hubiera arrasado Tespia, Lacedemonia y Lacreoncia después de su victoria y hubiera enviado mensajeros de paz con una oferta razonable es posible que los griegos no hubieran cogido sus lanzas y sus hoplos porque el mensaje de Dilios no hubiera calado tanto en sus corazones.
Pero el mensaje calará si nosotros nos comportamos en la victoria como los anusiyas, los inmortales de Xerjes, y arrasamos la tierra conquistada poniendo gobiernos títeres que permitan a nuestras multinacionales seguir drenando petroleo y gas de esas tierras sin que la riqueza revierta en sus habitantes; si volvemos a apoyar gobiernos falsamente democráticos para que tengan a su población controlada y miserable para que la nuestra pueda disfrutar de la prosperidad que reclama como un derecho inalienable que no tiene.
Porque nosotros no somos en esta historia, por mas que nos gustara, los heroicos griegos. Somos los persas. 
Y si seguimos sus pasos, la próxima generación, tendremos todo un ejército pertrechado y dispuesto a morir y a matarnos para vengar esta derrota que ya será un mito, después de décadas de escaramuzas sangrientas que nosotros percibiremos como atentados terroristas.
De nosotros depende que la caída de Mosul no transforme en un puñado de años o de generaciones todo el Occidente Atlántico en una batalla de Salamina que sí podemos perder.
Caída Mosul y derrotado bélicamente el Falso Califato, nos toca decidir entre victoria y paz. Y la paz pasa por la justicia que hasta ahora el Occidente Atlántico, sus gobernantes, sus intereses económicos y sus transnacionales les llevan negando durante generaciones a las gentes de esas tierras hasta el punto de lograr que un puñado de arribistas sedientos de poder les fanatizaran.
Pero me temo que elegiremos ser Xerjes. No hemos aprendido a ser otra cosa.

domingo, septiembre 25, 2016

Esos locos que en Siria luchan por la paz

Tardaron unas elecciones, un recuento de votos y unas rúbricas en conceder un Premio Nobel de La Paz a Barack Obama. 
No se sabe si por ser negro y presidente, no se sabe si por prometer que iba a acabar con Guantánamo y no cumplirlo, no se sabe si por firmar un tratado de no proliferación de armas nucleares que solamente suponía deshacerse de lo inútil y anticuado, pero se lo dieron.
Hoy hay otras gentes, otros hombres y mujeres, nominados a ese premio y ya hay gente que empieza a protestar, a quejarse, a torcer el gesto porque no les parece bien.
No lo ven bien porque esos nominados cada día se levantan, buscan una dirección y clavan la cabeza en el suelo para orar a su dios. No es útil, es anacrónico y probablemente sea muy cansado. Pero no hace daño a nadie.
Protestan porque todos los días alzan su voz contra Francia, contra Rusia, contra Estados Unidos, contra el régimen títere y marioneta de El Asad y, claro, para aquellos del evangélico "el que no está conmigo está contra mi" son enemigos. Como todo vasco que quiera ser independendiente es un terrorista etarra, como todo musulman que hable de justicia es un yihadista, como toda mujer que no se conforme es feminista radical y todo hombre que no de la razón en todo a las mujeres es machista.
Y aquellos que no lo ven bien y que protestan no saben o se niegan a saber que esas personas han sido bombardeadas por todos los que arrojan sus cargamentos de furia, venganza y muerte sobre Alepo; que esas gentes han sido ametralladas por todas las facciones imaginables de todos los que en su locura, su ira vengativa y su crueldad comabten en Alepo, Palmira y todas las ciudades que ya casi ni existen del antiguo y verdadero califato.
Son la Defensa Civil Siria.
Cada mañana se levantan, se arrodillan y rezan a su dios porque algo tienen que hacer para mantener la esperanza. Y salen a las calles de las ciudades sirias a quitarles la razón a aquellos que dicen que su religión es guerra, sangre y muerte.
Buscan en los escombros, rescantan combatientes heridos de uno y otro bando, evacuán civiles. Hombres, sean musulmanes o no; mujeres, lleven velo o no. E insultan y llaman asesinos a gritos a los que han acabado con la vida de los niños cuyos cadáveres se ven obligados a transportar. No importa que el asesino sea Al Qaeda, Rusia, Isis, Francia, Estados Unidos o El Asad. 
Reclutados por un gobierno que ahora les da la espalda, adiestrados por unos servicios secretos que ahora les dan caza cada vez que protestan por la muerte indiscriminada, las matatanzas o las limpiezas étnicas que se ocultan tras supuestas ofensivas contra Isis, estas gentes de paz solo tienen un amigo, su pueblo, y muchos enemigos. Lo mismo que su gente, lo mismo que su país. 
Cada mañana se levantan, se ponen un casco en la cabeza y un chaleco antibalas alrededor del pecho y salen a las destruidas calles a quitarnos a todos los occidentales átlanticos la razón.
Por que ellos no creen que "no haya otra forma de luchar contra el terrorismo", porque ellos no creen que el sufrimiento civil, la muerte por hambre del asedio o las bajas colaterales de un bombardeo sean necesarias, sean imprescindibles.
Porque en una guerra que iniciamos hace siglos y que ahora nos estalla en nuestros parques y nuestras casas, en una guerra que cuenta sus bajas por millares, por millones, ellos se esfuerzan por cada vida.
No piensan que una sea despreciable, que una sola bomba no importe, que un bombardeo "accidental" a un hospital o un cuartel de la Defensa Civil pueda quedar impune. Porque ellos no suben una foto de un niño muerto a Twitter mientras otros miles mueren de hambre y de enfermedades y luego pasan la página del periódico para ver porqué se han divorciado Angelina Jolie y Brad Pitt o qué le ha pasado al Real Madrid en Las Palmas donde solo ha podido empatar.
Así que todo aquel que crea que defender la guerra es defender los principos occidentales de libertad; todo aquel que cree que cerrar mezquitas, amedrentar a mujeres musulmanas por llevar velo o mirar a otro lado mientras millones de personas son masacradas por nosotros y nuestros enemigos en Irak, Siria, el kurdistán turco, Yemen... que se plante a una de las devastadas sedes de la Defensa Civil Siria.
Que se ponga un casco en la cabeza y un chaleco en el pecho y mientras les ayuda a rescatar a moribundos de entre los escombros y llevar cadáveres de niños a las morques también bombardeadas les diga que "ese es el camino para acabar con el terrorismo yihadista", que "es la unica manera de evitar la islamización de Europa" o que "la culpa es de los yihadistas que nos han obligado a eso".
Por suerte para la falsa conciencia colectiva occidental y por desgracia para la Defensa Civil Siria el jurado del Premio Nobel de La Paz no está fomado por Montesquieu, Joshua ben Jusseff, Quincy Adams, Diderot, Juasn Bautista, DÁlambert, Muhamad, Thomas Paine y Ṣalāḥ ad-Dīn. Porque si asi fuera desde los padres del estado de derecho hasta el mesias cristiano, desde los padres del estado liberal hasta el profeta del desierto les darían el Premio Nobel de La Paz o lo declararía desierto porque nadie salvo ellos está luchando por la paz, no por la victoria, en Siria.
Y que se lo demos nosotros no vale. Nosotros somos unos de los que les están matando.

domingo, noviembre 29, 2015

Esa sabia estrategia militar contra el falso Califato.

Vale, supongamos que me creo que la única solución a todo este estadio de la guerra que perdemos desde siempre, es tirar de lo militar a discreción. Hasta poniéndome a pensar como ellos les veo las vergüenzas, la soberbia, el error de persistir en el error.
Si ya nos hemos puesto a esto de la guerra: estrategia, estrategia, estrategia.
Sabemos o deberíamos saber que por mas plomo, fósforo y muerte que lancemos desde el aire no podemos matar así al Califato, por más banderas que sumemos a la colección de cazas de combate que bombardean sus posiciones en tres países, solo tienen que meterse bajo tierra y esperar a que pase o, lo que es peor para nuestra estrategia militar,  pueden marcharse a otro lugar desconocido o esconderse dentro de las fronteras del imperio para seguir causándonos bajas a destajo y hacer inútil y peligrosa para nosotros mismos esa estrategia. 
¡Ah, que ya lo están haciendo!
Así que sabemos que debemos pelear sobre el terreno.
Y ahí, por mas estrellas que luzcan nuestros egregios generales es donde cometen el error de persistir en el error, en los errores, para ser más exactos.
Arman a las tribus rivales del cruel Califato y rearman al régimen de Asad hasta los dientes.
Lo primero está bien, nunca ha fallado. No le falló a Roma con los britanos, vándalos y alanos que armó contra sus enemigos y luego asolaron su suelo y desmoronaron su poder; no le pasó a Inglaterra con los irlandeses que llevo a la guerra de Escocia en tiempos del mítico y eterno por el cine William Wallace, no le falló a Francia con los iroqueses, mohawk y adenakis a los que dio pólvora y mosquetes en su guerra americana colonial contra Inglaterra, no le fallo al imperio español con los católicos de Flandes.
Así que es de suponer que es una buena estrategia porque nunca ha fallado. Es de suponer que los kurdos, o las milicias sirias, turkmenas o libanesas no usarán el adiestramiento y el armamento que les damos para sus fines en lugar -o en el mejor de los casos, además- de para los nuestros.
¡Ah, que también están ya haciendo eso! ¡Que ya están haciendo limpiezas étnicas los unos con los otros, recrudeciendo la interminable guerra en Líbano atacando a quien no les dijimos que atacaran, limpiando el kurdistan de turcos y viceversa!
Y luego lo que parece más moderno, una estrategia más apropiada a nuestros tiempos. Otra que siempre la ha salido bien a nuestras mentes pensantes militares.
Resulto maravillosamente a Occidente contra Irán, armando y manteniendo en el poder a un Sadam Hussein que terminó arrojando misiles Scud sobre Israel cuando quisimos quitarle del poder, nos funcionó a la perfección contra la Unión Soviética en Afganistán, otorgando entrenamiento y recursos a los muyahidines que terminaron formando el ejército talibán y las filas de Al Qaeda. Eso solamente por poner los ejemplos más cercanos.
Que hablar de lo bien que nos fue cipayos y Marajás de la India, los caudillos bélicos de Laos y Camboya, los señores de la guerra africanos nos obliga a pensar en la historia y parece que hemos desarrollado una alergia especial que nos impide acercarnos siquiera a sus páginas, no vaya a ser que logremos aprender algo de ella.
¡Vaya por Dios!, ¡que Al Asad está utilizando los recursos de inteligencia y armamento que le da Rusia para perseguir a todo opositor que se le ponga por delante, masacrar población civil y recuperar el control de zonas de Siria que no están bajo el mando del funesto y furioso Califato!, ¡quien lo iba a decir. Con lo elegante que viste siempre el chico y lo guapa y atractivamente occidental que siempre fue su esposa!
Así que parece ser que la única manera de luchar sobre el terreno es mandar allí a los nuestros, a aquellos de cuya lealtad a nuestros intereses nos podemos fiar. De nuevo la historia nos demuestra que si se opta por la solución militar a corto plazo hay que enviar las legiones a Britania, los tercios a Flandes, los gloriosos casacas rojas a las colonias, los marines a Vietnam.
Invadir, conquistar y mantener tropas  en las tierras conquistadas y tener claro que tienen que seguir allí porque sino en cuanto nos demos la vuelta las cosas volverán a ser como son ahora.
Pero claro. Nosotros no somos el Imperio Romano, Español, Británico o Francés. Nosotros no estamos bajo el gobierno absoluto de un monarca al que no le importa lo que sus súbditos opinen de mandar a sus hijos a morir en el otro extremo del orbe conocido. Nosotros tenemos elecciones y una sociedad que solo se compromete con las cosas de palabra no con sangre, que llama a la lucha contra el Califato pero no se alista para ir a la guerra. Que no va a soportar más allá de un límite mínimo de bajas por muy dura que sea la guerra.
De modo que, aunque militarmente la única forma de lograr una victoria y mantenerla un mínimo tiempo histórico sea enviar a la Legión Extranjera, los marines, los SAS o la Legión Extranjera , es lo único que no nos plantemos de momento porque la muerte de uno de los nuestros resta muchos más votos que las de muchos desconocidos inocentes de otro sitio.
Claro que sin nos acordamos de Genserico y Varo en el boscoso Teutoburgo, Del Duque de Enghein y Francisco de Melo en Rocroi, del Barón de Chelmsford y Khoza en Isandhwana, de Abrahams y Duong Van Minh en Saigón o de los chicos de la infantería acorazada estadounidense en Irán y Afganistán a lo mejor nos damos cuenta que ni siquiera eso funciona mucho tiempo.
¡Vaya me habéis pillado!, no me he puesto en modo de pensamiento militar!
La solución bélica a corto plazo no funciona. No puede hacerlo. Se haga como se haga no hay estrategia que la permita funcionar.
No lo digo yo. Lo dicen tres mil años de historia y ni se sabe cuantos millones de muertos intentándola. 
Aunque siempre se puede cerrar a cal y canto el libro de la historia y la capacidad de pensamiento autónomo y seguir gritando a los cuatro vientos con las vísceras: "La guerra es la única solución". 
A lo mejor de repetirlo mucho se hace cierto.

sábado, octubre 03, 2015

Putin, sus MIG 31 y el final de la negación plausible.

Cuando Putin entra en danza en la política internacional esta cambia, se modifica radicalmente y casi siempre deja a nuestro Occidente Atlántico fuera de juego y con la nalga descubierta.
Eso es lo que ha ocurrido con la intervención militar rusa en Siria.
Los míticos aviones MIG 31 rusos bombardean posiciones contrarias a El Asad sin pararse a hace disquisiciones sobre el rango y la condición de esos opositores. Y Occidente se cabrea porque el líder ruso les deja si su más querida estrategia política: la negación plausible.
El Asad es un tirano de proporciones bíblicas pero si Francia, Estados Unidos y los demás bombardean solamente posiciones del falso califato en Siria pueden negar de forma plausible que estén ayudando a un tirano. Ellos solo combaten el terrorismo.
Todos los recursos que Al Asad se ahorra en ese frente son utilizados para la represión interna y para luchar contra el resto de opositores que piden democracia. Todos los saben pero como no son ellos los que atacan directamente a esos opositores pueden negar de forma plausible ante sus opiniones públicas que supieran lo que estaba haciendo Al Asad.
Saben perfectamente cual será el resultado si le quitan al tirano damasceno al Estado Islámico de encima. Un régimen despótico que controle sus fuentes de energía y su posición estratégica en el oriente árabe en beneficio de su dictador y de Occidente. 
Eso es lo que quieren y lo que buscan pero como eso iría, por decirlo de algún modo, contra el espíritu democrático lo hacen de manera que siempre puedan decir "nunca atacamos a los demócratas sirios; nunca defendimos a Al Asad; nosotros solamente combatíamos el terrorismo".
Y como creen que toda la opinión pública bajo sus gobiernos son niños de tres años a los que las frases cortas les parecen mejores que las explicaciones complejas porque no les obligan a pensar ni a reconocer sus propias limitaciones, piensan que colará. Que se tragarán sus negaciones plausibles.
Pero llega Putin que, por respeto o por desprecio, hace y dice las cosas de una forma directa y bombardea a todos los opositores de Al Asad por igual dejando a las claras que el triunfo final del tirano es el objetivo de todas las potencias implicadas en el asunto.
Queremos alguien que controle el gas en nuestro beneficio, dice cada MIG que sobrevuela espacio aéreo sirio, queremos alguien que controle la inestabilidad de la zona grita cada bomba rusa que estalla en suelo sirio. Al Asad puede garantizarnos eso y la forma en la que lo haga nos importa bien poco.
¡Adiós a las negaciones plausibles!
Ya solo les queda su otra justificación favorita: la del mal menor, la de la elección imposible
Era una elección casi imposible entre Al Asad y el Estado Islámico, ¿Qué otra cosa podíamos hacer?
Y esa parte de la población a la que por incultura o pura vaguería mental le gusta pensar y ser tratados como párvulos infantes incapaces de poner a trabajar sus sinapsis y neuronas asentirán tranquilos de tener una explicación mientras los sirios siguen recibiendo bombas y muerte de unos y de otros en lugar de hacer la pregunta más simple
Puestos a intervenir militarmente ¿no hubiera sido mejor atacar al Califato y a Al Asad en favor de los opositores demócratas e intentar acabar con la guerra y la tiranía al mismo tiempo?

jueves, septiembre 03, 2015

Le das un vaso de agua (¿al enemigo?)

Un millón y medio de refugiados sirios en Turquía, más de medio millón en Jordania, 400.000 en Líbano, un numero indeterminado entre medio millón y un millón en Irak, 1.700 muertos en las aguas del Mediterráneo y todavía hay gente que se pregunta porque tenemos que acoger a un ínfimo puñado de ellos en nuestras fronteras. Los hay que justifican la postura cicatera del Gobierno a este respecto.
Leyendo la enésima tragedia de los que huyen de la destrucción y el sufrimiento generado por dos monstruos enloquecidos en Siria se me ha venido al recuerdo una  frase de la letra de una de esas canciones de la afortunadamente extinta Movida Madrileña: ¿le das un vaso de agua al enemigo?
Y al final esa es la pregunta que muchos creen que tenemos que responder.
Si la guerra fuera en Francia, en Italia o en Gran Bretaña no tendríamos que hacerla porque no los consideramos enemigos. Pero muchos europeos se han acostumbrado a considerar a cualquiera que mire a la Meca para rezar como un enemigo.
La Ley Patriota, el radicalismo de los falsos movimientos cristianos, la instrumentación política del yihadismo para convertir al Islam en un enemigo per se de Occidente les han llevado a considerar a cualquier musulmán como un enemigo potencial.
Desde el anterior papa inquisidor Ratzinger citando en Ratisbona al emperador Paleólogo con su "nada salvo sangre ha aportado el Islam al mundo" hasta la retórica de los partidos radicales y nacionalistas, pasando por el constante discurso islamofóbico de Putin y de los elementos del republicanismo más radical estadounidense, les han acostumbrado a considerar a cualquier persona árabe, musulmana, como una amenaza a nuestra forma de vida y nuestra seguridad física.
Y ahora creen que si ayudan a aquellos que escapan de una guerra entre la megalomanía asesina de Al Asad -apoyada por Occidente, no lo olvidemos- y el fanatismo cruel y enloquecido del Estado Islámico le están dando un vaso de agua al enemigo.
Alemania ya ha entendido que no, Suecia ya ha entendido que no, la Europa que acoge a 350.000 sirios y pone sus fronteras como murallas entre ellos y el horror, ya ha entendido que no.
Pero una buena parte de la población española aún no. 
Anclados en la falsa retórica histórica expandida a diestra y siniestra por el franquismo y sus sucesores ideológicos de la grandeza de España, de los Reyes Católicos y de la derrota del "moro" que vende la Reconquista como una expulsión del sarraceno extranjero en lugar de como la guerra civil que realmente fue, les resulta extremadamente sencillo comprar la metonimia islamofóbica y tomar el todo de una religión por la parte de su visión más fanática y sangrienta.
Y parecen creer que eso es suficiente para justificar que nuestro gobierno sea rácano a la hora de ayudar a gentes que huyen de la guerra y el sufrimiento solamente porque son musulmanes.
Tendría que decir que ellos no son el enemigo ni nunca van a serlo, tendría que recordarles que dos de sus principales enemigos combaten en las ciudades de Siria aunque ellos crean que uno de ellos es nuestro aliado, tendría que explicarles que lo que debería hacer el Occidente Atlántico es acabar de una vez por todas con esa guerra y no mantenerla enquistada en su propio beneficio.
Pero como ya he hecho antes, no lo haré.
A ellos, muchos de los cuales se hacen llamar católicos y se llevan a la boca constantemente las "raíces cristianas de Europa y España" les diré otra cosa: "Ama a tu enemigo. Hazle el bien. Entonces te estarás comportando como un verdadero hijo de Dios". 
Así que, aunque consideres erróneamente al Islam tu enemigo ¿Le das un vaso de agua al enemigo?
Sin excusas, sí. Sin consideraciones políticas ni electorales, sí. 
Por simple decencia, sí.

jueves, mayo 21, 2015

La arrogancia y el peor califato de todos los posibles

Cuando miramos hacia fuera, al extranjero, vemos una Europa desvencijada, enfrentada y temerosa, si miramos más allá vemos Rusia. Y si miramos aún más lejos vemos El Califato.
Puede que aún estén los nombres de los países y de sus gobernantes, puede que no sean un gobierno asentado ni una fuerza estable de poder pero, si nos paramos a pensarlo, son lo único que se presenta como un todo en el oriente que esta más de cerca de nosotros. 
Ese que está antes de China, que es lo otro que vemos a lo lejos y que es otro asunto que también nos empeñamos en ignorar.
Aunque la mercadotecnia informativa y política se empeñe en llamarlos ISIS o EI para evitar que la población occidental atlántica deje de percibirlos como un grupo terrorista, dominan provincias enteras, tienen un gobierno y un califa, amplían su poder expandiéndose territorialmente, comercian -ilegalmente, pero comercian- con sus recursos. Vamos, que no tiene sentido negar que se han convertido en un Estado en toda regla.
Y explicar la realidad no es justificarla. Queda dicho para los que no lo tengan claro.
Pero como nosotros no queremos mancharnos de nuestra propia sangre en el intento de sobrevivir al Califato seguimos con la cabeza metida dentro de nuestro agujero de avestruz fingiendo que son un grupo terrorista, una tribu díscola, un puñado de rebeldes extremistas religioso o la etiqueta que queramos colgarlos.
Y cometemos el error de tratarlos y combatirlos como tales. Armamos a los kurdos, a las milicias chiitas iraquíes, al dictador El Asad, a los reyes absolutos del Golfo Pérsico, a la dictadura militar egipcia, a todo el que pueda encontrarse en el camino que se extiende entre ellos y nosotros.
Y eso nos matará. Eso será nuestro final. Porque, aunque parezca una redundancia. El Califato es el principio de algo que no acabará hasta que termine. El final del Califato sera el Califato.
La historia nos demuestra que esos procesos acaban con un gobierno unitario, basado en la fuerza o en la ley, en el terror o en el consenso, en la invasión o en las alianzas, pero un gobierno unitario.
Y nosotros, ciegos a la historia y pendientes solo de mantener nuestros intereses, no sabemos o no queremos verlo. Estamos armando a los primos de El Califato para enfrentarse a sus parientes, estamos adiestrando a los hermanos pródigos que pelean contra ellos por la herencia.
Hasta el último de los soldados de El Asad, de los guerrilleros kurdos, de los milicianos iraquíes o los militares cairotas está mucho más cerca ideológica, étnica y religiosamente de El Califato que de nosotros.
Adoptamos la misma solución que Roma con las tribus bárbaras, que el zar de todas las Rusias con las facciones revolucionarias, que el imperio español con los virreinatos, sin darnos cuentas de que todas ellas fallaron.
¿Qué pasará si los primos dejan de pelearse por sus asuntos de familia y se ponen de acuerdo?, ¿qué pasará si los hermanos dejan de pelearse por la herencia y deciden repartírsela? o, para ser más exactos, ¿qué pasará cuando eso ocurra? Porque ocurrirá.
Los nuevos aliados de El Califato estarán armados, entrenados y mantenidos por nosotros y de repente los tendremos en nuestra contra.
Estamos jugando con la carta de que nunca aparecerá en esas tierras un líder que sepa ser lo suficientemente inteligente como para hallar la forma de sumar a sus enemigos ancestrales a sus filas, de ser un verdadero Califa del Islam, que no surgirá nadie que pueda hacer entrar en razón a los primos ni reconciliar a los hermanos. Pero lo habrá.
Genserico, Isabel y Fernando, Cochise, Garibaldi, Bismark, Lenin y Saladino, sobre todo Saladino, lo demuestran.
Más nos valiera buscar una unidad árabe en contra de este Califato para que el resultante se basara en otros principios en lugar de armar a diestro y siniestro a sus ahora enemigos y futuros aliados.
La historia nos muestra que, con el correr del tiempo, tendremos Califato Nuestra arrogancia ignorante y nuestra ceguera indolente nos están condenando a tener el peor de los posibles.

viernes, marzo 06, 2015

Cuatro asesinos juntos tranquilizan a Occidente

A estas alturas del partido, ya no sé siquiera si es manipulación o simplemente la ceguera inconsciente que produce la más completa estupidez.
Occidente, ese occidente atlántico nuestro que ha aprendido a vivir con visión de túnel eliminando los contextos, se congratula y da palmas con las orejas de que Líbano, ese país árabe que vive su historia en una  perpetua guerra interminable, haya empezado otra más. Es esta caso contra el Estado Islámico, el enemigo público número uno del mundo libre, según dicen.
Y a uno se le hiela la sangre cuando le dicen que colaboran en tan magno esfuerzo bélico Hezbollah, las falanges libanesas, milicianos laicos y el ejército libanés.
¿De verdad creemos que eso es un momento de unidad nacional digno de celebrar?
Los asesinos de Beirut, que controlan la mitad de Líbano a golpe de dinero iraní, de bomba lapa, ráfaga de arma automática  y de Corán mal interpretado, que envían a sus niños y niñas a morir con una bomba atada en el pecho, que lanzan misiles sobre agricultores inocentes como represalia contra un ejercito que no está ni cerca de esas zonas, de repente son nuestros aliados. Hezbollah de repente combate en nuestras filas.
Los asesinos de Sabra y Shatila, que matan a sus hijas antes de verlas casadas con musulmanes, que masacran a palestinos en campos de refugiados ante la atónita mirada del ejército israelí, que violan a musulmanas y luego dejan sus cuerpos expuestos en las carreteras ahora combaten por nosotros. Las falanges cristianas libaneses ahora están en nuestro bando.
Los asesinos de Tiro y Sidón, que aprovechan la guerra para engordar sus cuentas corrientes, que fuerzan a la prostitución, que venden miedo y extorsión disfrazado de protección, que han hecho del crimen organizado la excrecencia más dolorosa de la guerra eterna, de pronto forman partes de nuestras filas. Las mafias libanesas luchan a nuestro lado.
Los asesinos de La Becah, que arrasan pueblos enteros para matar a un solo terrorista, que bombardean a golpe de mortero y carro de combate valles enteros obviando a la población civil con tal de cazar a un solo enemigo que se esconde, repentinamente se unen a nosotros. El ejército libanés repentinamente combate por la libertad.
Solo puedo llegar a la conclusión de que hemos perdido la capacidad de ver la realidad acogotados por nuestro miedo a ese enemigo medieval llamado Estado Islámico si nos alegramos de cuatro colecciones de asesinos crueles, intransigentes, sedientos de sangre y de poder se alíen entre ellos para enfrentarse a otro que es igual o peor que ellos.
Solo puedo pensar que nuestro egoísmo  occidental que nos hace valorar más una vida aquí que millones en cualquier otra parte del mundo es lo que nos hace alegrarnos de eso porque se alían contra alguien que nos mata a nosotros mientras que Hezbollah, las falanges cristianas libanesas, las mafias de Sidón y el ejército libanés solo matan allende nuestras pantallas de televisión.
Solo puedo pensar que seguimos sin querer aprender de la historia.
Porque hace cientos de años las tribus kurdas, los musulmanes sunitas, los bandidos sin dios ni rey árabes del desierto e incluso los cristianos de Egipto ya hicieron esto, ya se aliaron contra otro falso califato y lograron vencer.
Y pusieron al frente a un tipo llamado Al-Nāsir Ṣalāḥ ad-Dīn Yūsuf ibn Ayyūb. Saladino para entendernos.

Y todos sabemos o deberíamos saber lo beneficioso que resultó el bueno de Saladino para los espurios intereses del Occidente de la época.

sábado, febrero 28, 2015

De Siria a Ucrania, voluntarios por puro desespero

 Parece que cada día nos desayunamos con una síntoma más de una especie de regresión a tiempos pretéritos, a fases de la historia en las que los pensamientos y las luchas ideológicas se dirimían de otra manera: a espadazos y tiros, concretamente.
Ahora resulta que no hace falta aleccionar a nadie en una visión fanática de una fe mal entendida para que coja,armas, explosivos y lanza granadas y se dedique a pegar tiros y matar gente en servicio a una bandera que no es la suya. 
Ya no se trata de que musulmanes españoles hagan cola en Ceuta y Melilla para alistarse en el falso Estado Islámico o para sangrar la tierra siria o libanesa. Ahora nos vamos a Ucrania a combatir por la Gran Madre Rusia y su orgullo eterno.
Y no son jovenzuelos aleccionados desde su mas tierna infancia por su familia, sus clérigos o sus amigos en el más absurdo yihadismo, que se parece al Corán lo mismo que la Inquisición al Evangelio, que un Gulag al comunismo o que una cuenta suiza de evasión de capitales al Capitalismo.
Son militares profesionales, entrenados en la guerra y en el uso de armamento especializado. Son esos a los que enseñamos a matar con el dinero de todos para que supuestamente maten en beneficio de todos.
Como siempre, la pregunta que se me antoja ineludible ante esta situación no es cómo, cuando o donde, es simplemente por qué. Y como casi nunca los porqués no nos responden lo que queremos escuchar.
No es porque sean mercenarios, de esos de la revista Soldado de Fortuna, que buscan sacar el dinero que no obtuvieron cuando mataban por su país matando por quien sea y al precio que convenga; no son elementos enloquecidos que hayan hecho de su ansia de sangre el único baremo de su existencia y su felicidad y necesiten estar rodeados de muerte y destrucción para sentirse a gusto consigo mismos.
Por su puesto que los habrá que le echen la culpa al Islam o al Comunismo, los habrá que utilicen esto para intentar justificar que el sistema económico y social que pretenden resucitar y la ideología que ellos defienden. 
Pero, obviamente, su explicación es tan inútil como cambiar de tumbona en el Titanic.
Porque ni el Islam, ni el comunismo explican Las Cruzadas, La Guerra de los Pastorcillos,  Los voluntarios de Lord Byron en la independencia Griega, La Legión Británica de Simón Bolivar, Las Brigadas Internacionales, Los Minute Men, La División Carlo Magno o el Kommando Deutsch-Arabischer Trupper del ejército nazi.
La única explicación que se me ocurre no está en el fanatismo religioso ni en la intransigencia ideológica -aunque ayuden sobremanera a la cuestión, hay que reconocerlo-. Está como casi siempre en nosotros mismos y nuestra sociedad Occidental Atlántica.
Es que todas esas gentes fueron a pelear donde nadie les había llamado porque ya no encontraban esperanza ninguna en luchar allá donde estaban, porque la miseria a la que les había arrojado su sociedad solamente les dejaba ver la salida en combatir por unos ideales que se dirimían más allá de sus fronteras y de su realidad y vivir en la vana esperanza de que esa victoria repercutiera en su país y su vida cotidiana.
Es porque sus gobiernos y los poderosos de sus países les habían hecho perder toda esperanza en la mejora pacífica y democrática de sus condiciones de vida.
Y nosotros hacemos lo que hacemos siempre. Callamos lo que nos conviene y decimos lo que nos viene bien. Porque voluntarios españoles combaten con los kurdos contra el Estado Islámico pero no decimos nada, porque voluntarios españoles se alistan en las fuerzas ucranianas pero callamos para que parezca otra cosa. Para que parezca que el Islam y el totalitarismo comunista son los causantes en lugar de que se vea claramente que, sea cual sea su ideología, hay gente que ya no encuentra otra forma de defenderla que coger las armas en un país muy lejano
Que nuestros gobernantes y nuestro sistema les ha arrojado a eso.. Ya sea en Siria o en Ucrania
¿En cuántas cosas más nos vamos a regresar de nuevo a la barbarie?

sábado, septiembre 27, 2014

Nuestros enemigos nos sacan los colores

Sería bochornoso si no fuera lógico, tristemente lógico.
Pero a este Occidente Atlántico nuestro apenas le importa la lógica y por eso cae en el bochorno.
El bochorno de ver como un reino autoritario que encarcela a los jóvenes por besarse en público y una teocracia arcaica que lapida a los homosexuales, los adúlteros y esconde a sus mujeres por el temor de que sus hombres no hayan sobrepasado el estadio de primates neardenthales hormonados, nos enmienden la plana en el nuevo dolor de cabeza que nos ha surgido allá en el oriente árabe y musulmán.
Después de una semana de discursos en la Asamblea General de la ONU hay dos países, solamente dos, que dan soluciones plausibles y lógicas a ese califato yihadista que se extiende como la espuma, como el hambre, como la locura.
Y no son los Estados Unidos de América con sus bombardeos repetidos, no es el Reino Unido con su alianza acérrima con aquellos que otrora fueran sus colonias. No es la Europa continental que arma y rearma a los enemigos de sus enemigos en la vana esperanza de que eso les convierta en sus amigos. Ni siquiera es la Rusia que mira a otro lado mientras compra y vende a través de Turquía el petroleo que da dinero a este nuevo yihadismo organizado y financiado.
Solo dos países dicen y hacen lo que se supone que se tiene que decir y se tiene que hacer: Marruecos e Irán. 
Sería bochornoso si no fuera increíble.
Y antes de que nosotros, con nuestros ternos perfectos, con nuestra música moderna, con nuestro pelo suelto al viento y sin velo, nos indignemos, empecemos a echar pestes por la boca y comencemos a practicar ese juego que tanto nos gusta del "y tú más" que consiste en tapar nuestras carencias con las de aquellos que nos las echan en cara, por una vez, solo por una vez, nos convendría pararnos y mirar y tranquilizarnos y escuchar.
Sí, eso que nos cuesta la vida hacer a todos. 
Europa se lanza a la caza policial del yihadista. Se arroja al camino de la prohibición. No se conceden visados para salir rumbo a esos países, se detiene a todo aquel que apoya al Estado Islámico, se busca a cualquiera que viva en sus suburbios y quiera alistarse. 
Se sigue y se persigue en una solución policial que no le sirvió al comunismo del Telón de Acero, que no resultó útil al fascismo recalcitrante de los años treinta y cuarenta del pasado siglo, que ni siquiera le valió al mejor rey que ha tenido España -que tuvo la mala suerte de ser francés- para detener a los insurgentes del Dos de Mayo.
Nuestras fronteras son permeables y los yihadistas irán donde quieran ir; nuestro suburbios son un mundo en el que no sabemos movernos porque los desconocemos, porque no nos acercamos a ellos como nadie se acerca al cubo de la basura si no es para tirar algo y los reclutadores sembrarán sus semillas de odio y recogerán en ellos sus cosechas de sangre. Y la resolución de los enloquecidos yihadistas es tal que llegarán a Irak, a Siria o a donde su locura les envíe a matar y a morir
¿Y qué hace Marruecos?, ¿qué hace una monarquía absoluta que detiene a sus adolescentes por amarse, que exige lealtad absoluta e incondicional a su monarca casi como si fuera divino?
Detiene a los cabecillas y los reclutadores, sí; persigue las células y los grupos organizados, sí. Pero luego desciende a los suburbios, acude a las mesnadas de las que se alimenta El Nuevo Califato. 
Quizás porque desde Rabat a Marrakech todo Marruecos es un suburbio, quizás porque sus curtidores, sus pescadores, sus agricultores y sus tenderos son esas mesnadas y, al contrario que el Occidente Atlántico, sabe no puede sobrevivir sin ellos.
Así que acude a esos barrios y hace política. Abre fábricas para darles trabajo, requisa edificios privados para abrir escuelas, coloca a sus escasos médicos en esos barrios, invierte en esas zonas.
Hace lo que nosotros nos negamos a hacer, ni siquiera a plantearnos, parapetados bajo el sentimiento de superioridad que nos proporcionan nuestras libertades, nuestros avances tecnológicos y nuestros instintos básicos disfrazados de otra cosa.
Ataca al yihadismo en su raíz. En la miseria, en la falta de expectativas, en la pobreza que hace que cualquier promesa sea escuchada, que cualquier venganza sea aplaudida, que cualquier guerra sea aceptada.
Y ahora podemos empezar con los "sí pero" que tanto nos gustan. Sí, pero Marruecos no deja libertad religiosa; Sí, pero Mohamed VI exhibe a sus esposas como trofeos decorativos; Sí, pero juzga a adolescentes por besarse en público.
En el tercer "sí, pero" nos daremos cuenta de que son irrelevantes, de que son basura banal y sin sentido. 
En esto hace lo que tiene que hacer y nosotros no. 
Pese a que deberíamos devolverles todos los beneficios que sacamos del comercio de su crudo o sus fosfatos a través de nuestras transnacionales, no lo hacemos; pese a que deberíamos reinvertir en ellos al menos una parte de lo que obtiene el Occidente Atlántico de su miseria medieval, no lo hacemos.
Punto, juego, set y partido para Rabat.
Y lo de Irán es todavía más bochornoso, más dantesco, más absurdo. 
Que un tipo con un turbante blanco y una chilaba de hace ocho siglos nos pueda sacar los colores tendría que ser mucho más bochornoso.
El líder de un estado teocrático arcaico y cruel se sienta ante un perfectamente trajeado entrevistador occidental y nos dice lo que tiene que decir, lo que alguno de nuestros líderes debería haber dicho el primer día: "la forma de combatir el terrorismo, señor, no es para nosotros crear otro grupo terrorista para enfrentarse al grupo terrorista que ya existe. Esta es la serie de errores que han unido los eslabones de la cadena que nos ha llevado de donde estábamos antes a donde estamos ahora. Debemos aceptar las realidades: no podemos organizar grupos armados para alcanzar nuestros objetivos".
Y ahora es el momento de que se nos caiga la cara de vergüenza. 
Un individuo que es capaz de observar como se lapida a los homosexuales y a los adúlteros sin pestañear, que decide que el mundo se ha detenido en el siglo VI de la era cristiana, es mucho más consciente de la realidad que todos nosotros juntos.
Podemos tirar de pelo al viento, de IPhone, de Orgullo Gay y de democracia y libertad para sentirnos superiores, para evitar el rubor en nuestras mejillas occidentales, pero nada de eso cambiará la realidad: Armamos a los kurdos, armamos a El Asad, armamos a Israel, armamos a todos aquellos que creemos que pueden luchar y morir para conseguir nuestros objetivos sin que nuestros buenos chicos occidentales tengan que ir a morir a esas lejanas tierras. Les dejamos operar más allá de toda ley, de todo control, de cualquier mínima regla de compromiso con tal de que nuestro enemigo caiga.
Algo que no sirvió a Eduardo I en Escocia, que no sirvió a Napoleón en España, que no sirvió a los nazis en Italia, que no sirvió al telón soviético en Checoslovaquia, Polonia o Yugoslavia y que no sirvió al Occidente Atlántico en Vietnam, Corea, Afganistán, Irak, Venezuela, Cuba o Chile.
Puede que el Ayatolah en cuestión sea un capullo medieval, cruel y teocrático pero dice lo que se tiene que decir, piensa como se tiene que pensar y ni Hezbollah, ni sus lapidaciones, ni Hamas, ni sus ahorcamientos son relevantes a la hora de tener en cuenta sus palabras con respecto al Califato Yihadista.
Teherán nos ha metido un gol de oro de penalti en el último minuto de la prorroga.
Y ahora podemos refugiarnos en nuestro juego de sacar a relucir todas las vergüenzas -que son muchas- de Rabat y Teherán para no tener en cuenta sus acciones y sus palabras con respecto al Estado Islámico, Califato o como queramos bautizarlo.
O podemos hacer gala de esa inteligencia y lógica que tanto decimos poseer y valorar y hacer y decir lo que tenemos que hacer y decir.
A lo mejor soy demasiado negro o demasiado rojo para el gusto occidental pero no pienso quitarle la razón a alguien que la tiene. Aunque ese alguien sea mi enemigo.

miércoles, diciembre 26, 2012

La religión impide a Damasco defenderse de El Asad

Acuciados por lo nuestro, que no es poco, hace tiempo que nos cuesta mirar más allá de nuestras fronteras. Como mucho echamos un vistazo rápido a nuestro Occidente Atlántico para ver qué se nos viene encima desde Berlín, cómo se lo monta Monti -y valga la aliteración casi cacofónica- por la parte que nos toca o como intenta salir del paso Francia para conseguir los resultados que aquí no se logran haciendo justo lo contrario de en lo que insiste nuestro Gobierno.
Pero mirar más allá nos es difícil. Por eso hemos anquilosado en nuestras referencias el conflicto sirio, por eso lo hemos convertido en una más de esas guerras enquistadas que se solucionarán algún día y que por lejanas se nos hacen baldías.
Por eso, mientras discutimos aquí, en la enésima cortina de humo levantada por el ministro Wert para ocultarnos sus recortes y su política, sobre si ha de haber o no ha de haber religión en las aulas, dejamos pasar el mejor ejemplo, la mejor expresión que nos serviría para enfrentarnos a ese problema: La guerra de Siria.
Aún creemos que a Siria la está matando EL Asad o incluso que la están matando los rebeldes, aún pensamos que el conflicto depende del apoyo de Irán, Israel -curiosamente aliados está vez en apoyar al dictador- al régimen o del apoyo de la comunidad internacional a los rebeldes.
Aún creemos que a Siria la están matando las armas químicas, los bombardeos a las panaderías, las venganzas de los rebeldes o las oleadas de refugiados que ya casi ni siquiera tienen donde escapar.
Pero hace semanas, meses, que a Siria, al orgulloso otrora califato de Damasco, la está matando otra cosa. La está matando la religión.
Y eso es mejor ejemplo que cualquier inversión en aulas o profesores de religión, que cualquier irrelevante discurso sobre la izquierda y el cristianismo en el blog de la ínclita Aguirre o que cualquier declaración satisfecha de la Conferencia Episcopal, sobre el valor pernicioso de la religión estructurada en una sociedad.
Los salafistas -lo más acérrimo del yihadismo más pernicioso y contumaz- se infiltran entre las huestes de la revolución, entre los batallones de rebeldes que en todo este tiempo no habían hablado de religión para nada, no habían recurrido al verde el islam en sus pendones y estandartes sino al rojo de su nación, no habían hablado de Corán sino de Constitución, no habían hablado de Sharia sino de derecho internacional.
Y eso divide, desvía, entorpece la rebelión de un pueblo contra el dictador, les impide fijar el foco en lo importante. La intenta cambiar de rumbo, fanatizarla, hacerle buscar lo que no quiere buscar. Intenta que Siria cambie la dictadura de un hombre por la de un dios.
Los rebeldes sirios no pasan demasiado por el aro. 
No en vano tienen entre sus referentes históricos de antigua grandeza y poderío -¿qué país no los tiene, por desgracia? a aquel que, tras vencer abrumadoramente a los cristianos en las puertas de Jerusalén se negó a permitir al Mullah de turno atribuir la victoria a su dios invisible con la admonitoria, probablemente mitológica y seguramente retórica pregunta  de "¿Cuantas batallas había ganado Alá para vosotros antes de que yo me pusiera al mando de estos ejércitos?".
No en vano su héroe mítico es aquel que, pese a ser el único hombre al que todo el islam de su tiempo ha reconocido a lo largo de la historia como Califa -autoridad religiosa y civil al mismo tiempo- impuso la pena de muerte para todo aquel que en Damasco y sus dominios violentara o matara a un hermano del libro.
No en vano una estatua de Salāh ad-Dīn, conocido en este nuestro occidente como Saladino, decora el centro mismo del casco antiguo de Damasco.
Pero los salafistas no entienden de eso, no quieren entenderlo, la religión -su mal entendida religión- les ciega. Ellos no quieren revolución, quieren falsa yihad. Ellos no quieren democracia, quieren sumisión religiosa. Ellos no quieren libertad, quieren poder.
Y cuando la religión ataca, se infiltra y disocia a los que luchan de sus auténticos objetivos, sus enemigos la contrarrestan con más religión.
El fuego religioso que devora cualquier sociedad, se combate con el mismo fuego.Así la sociedad acaba doblemente calcinada.
El Asad, el dictador que ve como las filas de su ejército menguan, como sus pilotos desertan, como sus ministros -arribistas perecederos, como todos los ministros de un régimen dictatorial- se escapan, arma a los cristianos.
Una minoría de casi un 10 por ciento de la población que nunca ha tenido problemas para desarrollar su religión, que nunca se ha visto perseguida ni acuciada religiosamente.
Hace meses esa minoría estaba tan dispuesta a enfrentarse al dictador como cualquier otro sirio que estuviera harto de lo que suponía el régimen de El Asad en el país, como cualquier otro sirio que quisiera evitar que su miseria y su falta de libertad fuera consentida por occidente simplemente porque el que se sentaba en el sillón del poder había llegado a un acuerdo de ser en la práctica un estado tapón para proteger a Israel, aunque mantuviera la imagen de enfrentamiento armado con ella en el Golán y Líbano.
Pero la religión ha cambiado eso.
Ahora el dictador se une a los jerarcas cristianos del país, que nunca le condenaron del todo, arguyendo precisamente ese buen trato a los cristianos –que no era algo de EL Asad, sino de la evolución histórica siria en su conjunto- y  utiliza la baza de los salafistas para infundir el miedo en los cristianos a la Sharia, a la persecución, les entrega armas, les manipula para que luche a su favor porque él no les ha hecho nada y los salafistas amenazan con exterminarlos o al menos someterlos a una presión insoportable.
¿Qué arma hubiera tenido El Asad para manipular a los cristianos sirios -caí los más antiguos del mundo- sin la religión?, ¿qué herramienta hubiera podido utilizar para acercarles a su bando?, ¿qué palanca podría haber utilizado para forzar su miedo?, ¿Qué excusa hubieran tenido los obispos damascenos para justificar su velado apoyo a la permanencia del régimen?
La respuesta es: ninguna.
Por un lado y por otro la religión, la sempiterna y perversa jerarquización pública de los sentimientos religiosos que deberían quedarse en lo íntimo y personal, está sirviendo para matar a un pueblo.
Para matar a los sirios porque les impide unirse contra el que les asesina, para matarles porque les conmina a defenderse los unos de los otros en lugar de hacerlo de quien ataca a ambos, para matarles porque les obliga a luchar por su fe y no por su libertad.
Dejo a los creyentes en uno y otro ser invisible la disquisición sobre cuál de los dos cultos tiene más culpa, sobre cuál de las dos religiones sociales tiró la primera piedra, sobre cuál de las dos creencias es más culpable.
Eso también forma parte del juego perverso que los jerarcas religiosos de cualquier religión juegan para matar y someter sociedades.
El mismo juego de enfrentamiento y división al que juega Wert, al que juega el laicismo agresivo, al que juega la Conferencia episcopal.
Más sangriento, pero el mismo.

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