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martes, septiembre 23, 2014

Hepatitis C o el arte de no encontrar culpables

Nadie tiene la culpa.
Ese axioma que nos ha servido desde hace varias generaciones para preservar nuestra conciencia como individuos y eludir nuestra responsabilidad social como civilización en este Occidente Atlántico nuestro parece que es aplicable una vez más.
Un medicamento sale al mercado y resulta tremendamente efectivo contra la Hepatitis C. Pero la medicina en cuestión alcanza un precio de 80.000 dólares, 60.000 euros, vamos.Tenemos la cura para la Hepatitis C pero no podemos utilizarla y nadie tiene la culpa.
No tienen la culpa los científicos que la han desarrollado porque ellos se han limitado a hacer su trabajo y lo han hecho bien, rematadamente bien.
No la tiene la empresa farmacéutica que la comercializa porque los costes de investigación que ha supuesto su creación han sido exorbitantes y sus costes de elaboración no le van a la zaga.
No tienen la culpa los gobiernos porque pocos son los que están, dado el estado de la economía global, en condiciones de sufragar el coste de ese medicamento.
Así que, al parecer nadie tiene la culpa.
Novecientos mil enfermos de Hepatitis C en España no tienen acceso a esta medicina y nadie tiene la culpa. Ciento noventa millones de seres humanos que padecen esta enfermedad en el mundo no pueden costearse este tratamiento y nadie tiene la culpa.
Y como no hay culpables parece que no hay soluciones. Como no tenemos a nadie a quien responsabilizar del absurdo hecho de que una cura no sirva para nada porque no hay dinero suficiente en el sistema para que se pueda administrar a quien la necesita parece que nadie es responsable tampoco de hallar la solución.
Los profetas del estatalismo a ultranza llenan las redes de exigencias de que se arrebate la patente a la empresa farmacéutica y se fabrique libremente en un canto de cisne que confunde justicia con necesidad. 
Otros, más comedidos adalides de las políticas sociales, claman por su incorporación inmediata a la lista de medicamentos financiados por la Seguridad Social sin importar el coste, los números rojos de la administración ni ningún otro baremo. Ignorando o pretendiendo ignorar el hecho matemático de primaria de que un millón de enfermos por 60.000 euros de tratamiento suponen 60.000 millones de euros en un presupuesto sanitario sumado de todas las administraciones que, en sus tiempos más expansivos, allá por el lejano 2010, alcanzaba con problemas los 100.000 millones.
Los garantes del liberalismo capitalista a ultranza también aportan su solución y hablan de mercados, de acceso, de ajuste de precios a medio plazo, negando la mayor del sistema que ellos mismos defienden.
Sin darse cuenta que no puede haber balanceo entre oferta y demanda que ajuste el precio del fármaco porque nadie va a infectar masivamente a la población de Hepatitis C para que la empresa pueda lograr las mismas ganancias a través de la venta de más producto. 
Pasando por alto que por más que aumente el número de enfermos, este aumento se producirá mayoritariamente en países y zonas que no están en condiciones de pagar siquiera 10 euros por una medicina.
Y los que están intentando hacer equilibrios entre un sistema moribundo y otro que ya yace muerto hablan de créditos blandos, de préstamos a largo plazo a los enfermos para que sufraguen el coste del tratamiento y se empeñan en cerrar los ojos al hecho de que las familias en gran parte del Occidente Atlántico se encuentran ya ahogadas por un sistema financiero que ha usado y abusado de la deuda apalancada, por unas hipotecas a las que no pueden hacer frente, por una forma de vida basada en el crédito constante que nos ha llevado a la crisis continua y desastrosa.
Conclusión aparente. No hay solución. Conclusión real. No hay solución.
Porque con una medicina desarrollada dentro del actual sistema, en el que la investigación científica y médica está en manos de empresas privadas, en el que el gasto en investigación de las empresas es 350 veces mayor que el de los gobiernos, no hay forma de lograr que la medicación contra la Hepatitis C llegue a todos los que la necesitan de forma gratuita o al menos a un coste asumible por las maltrechas economías domésticas.
En nuestro actual sistema habría que establecer la Ley Marcial para arrancar a punta de cetme la patente de ese medicamento a la compañía y declarar el Estado de Sitio para arrebatar a los que tienen el dinero la financiación suficiente para elaborarla.
No hay solución porque nadie tiene la culpa o al menos nadie quiere reconocer que la tiene.
Se pueden poner todos los parches que se quieran, desde las subvenciones parciales a las donaciones de la empresa, desde las ayudas privadas a las centrales públicas de medicamentos. Pero no hay una solución definitiva.
Porque esa solución pasa por el cambio, por el cambio absoluto y radical de modelo. 
Un modelo que sea un sistema global de investigación que trascendiera los intereses privados de las empresas y nacionales de los estados en el que la investigación médica y científica se hiciera para todos, pagada con el dinero de todos.
Y de que eso no sea posible hay demasiados culpables como para que lo reconozcan.
Porque los gobiernos deberían dejar de anteponer sus intereses nacionales y aportar esa financiación a organismos que escaparían a su control y que no podrían manipular en busca de rendimientos electorales y claro no están dispuestos a hacerlo.
Porque los defensores del mercado libre, sin regulación ninguna e incontrolado tendrían que asumir que la iniciativa privada vale para vender tecnología, patatas o entremetimiento pero no para comerciar con la salud ; porque los  defensores del estatalismo controlado deberían renunciar a la rigidez de un sistema que iguala en la pobreza porque no se puede racionar el derecho a un tratamiento médico; porque los buscadores de beneficios tendrían que aceptar que les detrajeran parte de ellos para destinarlos a esos fines sin esperar a que ellos los donaran o su conciencia les hiciera regalarlos graciosamente a cambio de pingues desgravaciones impositivas, eso sí; porque deberían aceptar compartir otra parte de esos beneficios con aquellos que hacen que puedan conseguirlos y no guardarlos para ellos, sus accionistas, su lujo y sus cuentas bancarias secretas y ocultas. Y no están dispuestos a nada de todo eso.
Y porque nosotros, sí nosotros, tendríamos que experimentar un cambio radical.
Tendríamos que dejar de considerar que los impuestos son dinero nuestro que se nos lleva el Estado deforma artera y miserable, tendríamos que estar dispuestos -una vez que tuviéramos el salario adecuado a los beneficios que nuestros contratadores obtienen de nuestro trabajo, por supuesto- a que nos detrajeran una parte de los mismos sabiendo que no era para nosotros o para nuestro país sino para un bien global que puede nunca repercuta directamente en nosotros si nunca contraemos la Hepatitis C; tendríamos que estar dispuestos a no pensar que nuestros gastos y necesidades son más importantes que la salud del conjunto de la humanidad, mucha de la cual no está en condiciones de pagarse ni siquiera la cura para un resfriado. Y tampoco vamos a asumir todo eso ni de lejos.
Y así sí habría solución para el absurdo sinsentido de que se desarrolle un medicamento que quede fuera del alcance del 98,9% de la población afectada por la enfermedad que sana.
Vaya, pues parece que al final sí hay bastantes que tenemos la culpa de que cosas como esa ocurran y sigan ocurriendo.

domingo, octubre 06, 2013

I+D: Cuando nuestro miedo nos mata la ciencia.

Alguien ha ironizado en fechas recientes diciendo que tal y como se han puesto las cosas en este país nuestro para conseguir una beca de investigación hay que haber conseguido ya el Premio Nobel.
Y no está lejos de la realidad. Porque ese es el falso discurso de las becas como premio a la excelencia sobre el que cabalga por el que la corte moncloita, con José Ignacio Wert en la vanguardia, para justificar todo el dinero que detrae de la educación y de la ciencia para dárselo a lo que ellos consideran importante, es decir a la tauromaquia y a las entidades financieras que han Estado dos décadas robando para ellos.
De hecho, se ha llegado a decir que "las becas de investigación tienen que ser para proyectos demostradamente viables y que que tengan una aplicación en el rendimiento económico".
Y es aquí donde los amantes del liberalismo económico empiezan a hacer genuflexiones y los falsos adalides de la excelencia asienten motivados con la cabeza.
Es justo en este momento donde deciden matar la ciencia.
¿Proyectos demostradamente viables? Si son demostradamente viables ¿qué hay que investigar?.
No me imagino yo a la Secretaria de Estado que ha hecho estas declaraciones comprobando, entre twitt y retwitt de su seguido perfil virtual, setecientos folios de fórmulas matemáticas para dar por analizar si existe una desviación de una milésima en un diferencial que vincula la teoría de cuerdas con el archifamoso bosón de Higgs para lograr una energía limpia e infinita.
Porque es la teoría lo único que puede demostrar un proyecto antes de investigar en él. Porque si el investigador ya ha tenido acceso a un acelerador de partículas, ha conseguido la fusión del bosón de marras con un electrón de hidrógeno al otro lado del velo del espacio tiempo y tiene en su casa un mini generador de esa energía ¿para qué quiere la beca?, si ya ha viajado a Oslo para recibir el Premio Nobel, ¿que falta le hace el dinero público para investigar?
Este ejemplo de ciencia ficción cómica se antoja ridículo. Pero no es la ciencia ficción lo que lo hace dantesco. Es el concepto de cuando y bajo qué condiciones se obtiene la ayuda para investigar. Justo cuando ya no es necesaria.
Pero tampoco es sorprendente. Los políticos -y sobre todo las mesnadas genovesas que nos pusimos como gobierno en las últimas elecciones- no son entes alienígenas venidos de allende nuestra sociedad. Han crecido con nosotros y se han hecho fuertes amantados por nuestros vicios sociales y personales y se han hecho poderosos porque son los que mejor o con más descaro ponen en práctica esos vicios redundantes y mayoritarios.
Lo que la Secretaria de Estado de Educación exige a la investigación y a los investigadores es lo mismo que nosotros exigimos a los demás cada día y cada hora en todos nuestros entornos. La excusa a la que se aferra la Secretaria de Estado Gormendio, mientras se agarra del brazo de su jefe y nueva pareja -lo siento, esto último no es relevante pero, ¿puede un blog resistirse al cotilleo?-, es la misma exigencia que utilizamos nosotros todos los días: la necesidad absoluta de certeza.
Atados a nosotros mismos por esos falsos eslóganes de la nueva religión de la autoayuda, en lo afectivo exigimos a los demás que nos amen antes de amarlos, que nos demuestren sus intenciones antes de poner en juego las nuestras; en lo profesional exigimos que nuestra vocación -si es que hay gente que todavía toma decisiones vocacionales- esté recompensada con la certeza absoluta de éxito; en lo vital nos escudamos en la falta de seguridad absoluta en nuestros horizontes de futuro para cumplir la cuarentena viviendo a costa de nuestros padres o saltando de cama en cama porque no sabemos si tendremos recursos económicos para vivir en pareja.
Exigimos al mundo y a la vida una seguridad que no puede darnos y la usamos de excusa para no vivir, para no arriesgarnos, porque nadie nos da esa garantía por escrito, por triplicado y con compulsa oficial de la Unión Europea.
Pedimos y exigimos seguridades y certezas imposibles, olvidando que convivimos por naturaleza con la incertidumbre de un mundo en el que ni siquiera es seguro cuando nos acostamos que el sol vaya a volver a salir para mantenernos vivos a la mañana siguiente.
Gormendio se pretende ahorrar el riesgo en millones de euros por si la investigación en curso sale mal o no va a ninguna parte del mismo modo que nosotros le ponemos fecha de caducidad a las relaciones para evitar el riesgo de que se deterioren, del mismo modo que nosotros queremos ser pintores, literatos, músicos, ingenieros o abogados pero terminamos siendo administrativos porque nadie nos asegura de antemano que comprarán nuestros cuadros, publicarán nuestros relatos o nos aprobarán Álgebra, Derecho Romano o cualquier otra asignatura hueso con la que nos topáramos en el camino hacia nuestra meta.
Nuestro gobierno, descendiente directo de nuestros vicios más enraizados, sacrifica una posibilidad de un futuro mejor simplemente para evitar una cosa: el riesgo.
De nuevo el gran aliado de la forma occidental atlántica de percibir el mundo y la vida se enseñorea de las acciones de aquellos que nos dirigen.
El miedo, nada salvo el miedo. El miedo al sonrojo, el miedo al fracaso, el miedo al error.
El mismo miedo que nos está matando en el presente como sociedad y como individuos, haciéndonos vivir parapetados tras falsas seguridades y necesidades patológicas de certezas absolutas, amenaza con enterrarnos el futuro junto al pútrido cadáver de nuestra investigación científica.
Porque la investigación es valor, es riesgo y es incertidumbre y ni nuestro gobierno ni nosotros recordamos cuando fue la última vez que fuimos capaces de lidiar tranquilamente con esas tres realidades vitales que nos convierten en seres humanos

jueves, junio 27, 2013

Niños a la carta y la inmadurez como derecho.

Acuciados como estamos por los constantes frentes que nos imponen aquellos que han decidido cambiar todo lo que somos en su propio beneficio, corremos el riesgo de dejar de prestar atención al verdadero motivo que nos ha llevado a la situación que padecemos.
No estamos como estamos -y barruntamos que vamos a estar peor- por causa de la corrupción política, la indolencia gubernamental, la avaricia financiera, la incoherencia en la administración del Estado, la irresponsabilidad en el ejercicio del poder y la intransigencia ideológica. Esos no son los motivos que nos están matando por dentro y por fuera como individuos y como sociedad. 
Sin duda, son los síntomas más preocupantes, virulentos y onerosos de la enfermedad que nos aqueja y nos destruye, pero no son las causas.
La principal causa de nuestros dolores y pesares somos nosotros mismos y aún no lo hemos comprendido. Sé que esto no gusta oírlo pero es así. Llamar a la lucha contra lo que nos imponen no tiene sentido si no se llama también a la lucha contra lo que nosotros nos hemos impuesto a nosotros mismos. No se puede ganar la batalla en el primer frente si no se hace la guerra en el segundo. Aunque no nos guste reconocer nuestros errores.
Si hubiéramos hecho la travesía del desierto ético al que nos han arrojado generaciones de civilización occidental atlántica anclada y enrocada en su individualismo egoísta, en su voluntaria y malhadada confusión entre deseos y derechos, en su constante y completa elusión de la responsabilidad hacia los demás, tanto los presentes como los futuros, no nos arrojaríamos ahora a un nuevo debate, a una nueva exigencia que ahonda más en todos esos elementos.
Parece que ahora hay que debatir sobre la posibilidad de elegir a la carta el sexo de nuestros hijos. Parece que alguien ha decidido que esa es nuestra última frontera, el último obstáculo de nuestra libertad, de nuestro derecho a decidir.
Y aparte de ignorar el hecho de que ese debate lo alimentan y lo promueven las clínicas de fertilidad -la técnica genera una factura por la nada despreciable cifra de 200.000 euros-, ignoramos la parte más esencial de ese debate.
Argumentamos que tiene que ver con la libertad pero no, no tiene nada que ver con la libertad. Tiene que ver con el control. Aquellos y aquellas que defienden la necesidad de legalizar esa libre elección del sexo -o, a posteriori, de cualquier otra característica física de sus hijos e hijas- no están exigiendo que se les conceda libertad, están reclamando que se les garantice el control.
Ninguna necesidad de nuestros hijos, ninguna necesidad social, ninguna necesidad ética, queda cubierta por la elección de sexo de un vástago. Todas las necesidades que cubre ese supuesto derecho están en la mente y solo en la mente de los padres y las madres.
Y como ahora parece muy de moda escudarse en las excepciones para argumentar en los debates éticos, vaya por delante que de toda esta reflexión están excluidas de antemano las elecciones de sexo que tienen como objetivo evitar una enfermedad o un defecto congénito al niño que nace.
Hecha la salvedad, sigamos. Todo esto no tiene nada que ver libertad. Tiene que ver con la imposibilidad de aceptar la existencia del azar en nuestras vidas, es decir con el control; con la incapacidad para tolerar las frustraciones a nuestros deseos, con la creencia de que tenemos derecho a que nuestros cuentos de la lechera soñados sin tener en cuenta el azar se cumplan como oráculos necesarios del destino, es decir con la inmadurez.
Tiene que ver con ese derecho que nos hemos inventado de que los demás cubran nuestras necesidades, de usar al resto de la humanidad como peones sacrificables y utilizables en una partida de ajedrez de la que solo nosotros somos reinas y reyes y que solamente está encaminada a satisfacer nuestras necesidades por absurdas y enfermizas que estas sean. Es decir con nuestro más ancestral egoísmo.
Si defendemos esa elección del sexo como un derecho estamos defendiendo que nuestro egoísmo, nuestra inmadurez y nuestra necesidad de control son un derecho inalienable, que nuestros defectos son una marca de fábrica humana de la que no tenemos que desprendernos y que no tenemos que hacer nada para librarnos de ellos. Estamos diciendo que tenemos el derecho a ser egoístas y anteponernos a cualquier otra cosa. Justo el error que nos hacho quebrar como sociedad y como sistema y que ahora estamos padeciendo.
Y, aunque lo rechacemos de boca para afuera, sabemos que eso no es verdad. Que esa forma de pensar nos ha llevado a donde estamos. Que ese es el origen primigenio de nuestros problemas.
La defensa de esa elección nos coloca en la misma posición -menos cruenta, pero la misma al fin y a la postre- que aquellos que abandonan a las niñas en orfanatos en la lejana China porque quieren hijos varones, que aquellas matriarcas que, en los albores de la edad de hierro, sacrificaban al excedente de bebés varones, regando con su sangre las raíces de los árboles druídicos de la vida, para mantener el equilibrio, según ellas; que los nobles y reyes medievales, que se desentendían de sus hijas y las encerraban en conventos o las vendían en matrimonio para centrarse en la consecución de un heredero varón para su título y sus posesiones.
Elegir el sexo de nuestros hijos es solamente un derecho inventado para cubrir unas necesidades que son solamente nuestras y que no tienen justificación alguna en lo social, en lo ético ni en lo esencialmente humano.
Si una madre no es capaz de ser feliz con sus cinco hijos porque son todos varones y centra su felicidad en poder acunar en sus brazos una niña sencillamente tiene un problema. Un problema que se solucionará con terapia, un problema que podrá solucionarse enseñándola a aceptar el azar en su vida y demostrándole que sus cinco hijos le pueden aportar -y de hecho le estarán aportando ya, probablemente- lo mismo que la mítica niña que ha creado en su imaginación.
Si un padre es incapaz de ser feliz porque no tiene un niño al que llevar al fútbol, al que llevar al cine para ver películas de acción, lo que hay que hacer es intentar curarle de su incapacidad para soportar la frustración y enseñarle que madurar es integrar el azar en su existencia.
Si una mujer quiere tener una niña porque su androfobia no soporta la vista en su bañera de unas gónadas externas o un hombre quiere un varón porque su misoginia le hace imposible tratar con una niña, la sociedad no puede permitirse el lujo autodestructivo de reconocerle el derecho a mantenerse en sus defectos, permitiéndoles ocultarse a si mismos sus problemas de relación seleccionando el sexo de su retoños para sentirse cómodos y realizados.
¿Nos parecería lógico que no fuesen felices si su hijo no es una belleza al estilo Calvin Klein?, ¿nos parecería comprensible que fueran infelices si su hija no es un genio de la física cuántica? 
La incapacidad para aceptar a tus hijos tal y como son y lo que la genética y el azar han hecho de  ellos es un problema psicológico de los padres, no una imposición social. No se soluciona convirtiendo en derecho algo que no puede serlo. Se solventa con terapia, tratamiento y unas altas dosis de madurez.
¿Hemos luchado durante generaciones para sacar a los hijos de las garras del poder sus padres para esto?
¿Para esto hemos derogado los matrimonios acordados, la patria potestad absoluta que permitía golpear, violar, maltratar o humillar a los hijos sin castigo alguno, las leyes de clan que fijaban al individuo a las necesidades de sus progenitores, la sociedad estamental que te obligaba a seguir los pasos de tu familia, la obligatoriedad de obediencia a la autoridad paterna por encima de las leyes y las preferencias de los individuos?
¿Para esto hemos redactado los derechos de la infancia en oposición a los deseos ilegales de sus propios progenitores?
¿Como hemos llegado a esto, a la exigencia del control del sexo de nuestros hijos y su elección en virtud exclusiva de nuestros propios gustos y necesidades, después de recorrer todo este camino?
La respuesta es triste y sencilla. Tan triste que hace llorar, tan sencilla que enfurece cuando se comprende que siempre ha estado ahí, que siempre la hemos tenido delante de nuestras narices.
Hemos olvidado que los vástagos no pertenecen a sus progenitores, que no vienen al mundo para cumplir las expectativas y deseos de sus padres, para rellenar los espacios vacíos que su afectividad o sus carencias vitales han dejado. 
Hemos olvidado que nuestros hijos no nos pertenecen, se pertenecen a sí mismos y al futuro de esa especie animal y social llamada humanidad.
Hemos olvidado de nuevo que nuestro egoísmo y nuestras necesidades no son la medida de todas las cosas, no están garantizados por Constitución alguna.
Podemos soñar y fantasear con tener una niña y ponerla un nombre sonoro y cintas y lazos, podemos soñar con tener un niño y ponerle de nombre el apellido de nuestro astro favorito del deporte y vestirle con los colores de nuestro equipo de fútbol en la cuna. A eso tenemos derecho.
Pero lo que no tenemos derecho es a ser tan inmaduros, tan infantiles, como para colocar todos los huevos de nuestra felicidad en esa cesta, como para obviar todo el resto de nuestra felicidad y no sentirnos plenamente realizados si el azar hace que el sexo de nuestro bebé frustre esas expectativas. A lo que no tenemos derecho es a exigirle, incluso antes de nacer ,que cumpla nuestras esperanzas y ensoñaciones irreales para quererle y mucho menos para tenerle. Empezando por el sexo.
Tenemos que obligarnos a crecer antes de ser padres en lugar de exigirle a la sociedad y a la ciencia que nos permitan seguir siendo niños malcriados que no están contentos si no se cumplen todos sus sueños que, en realidad, dependen de un azar que ni siquiera deberíamos plantearnos controlar porque no es necesario que lo hagamos.
No es una cuestión de ética medica, no es una cuestión de moral religiosa -de la que siempre se tira a favor y en contra en estos casos-. Es una cuestión de pura y simple madurez. Y si no lo vemos quizás seamos nosotros los que tengamos que llevar chupete.
Ningún padre y ninguna madre debería precisar controlar el sexo de sus hijos para quererles y responsabilizarse de ellos. Y aquellos que lo necesitan no es que no sean padres o madres, es que ni siquiera se comportan como adultos. 
Puede que no nos guste escucharlo pero, tampoco en esto, tenemos derecho al egoísmo.

domingo, mayo 05, 2013

Unos, otras y Rousseau en el Día de la Madre

Acuciados por otros asuntos más onerosos, más inmediatos, más urgentes para ese colectivo que hasta hace mil días era una sociedad y ahora pretende ser convertido en una suerte de estamento vasallático de grandes proporciones, hay temas que otrora estuvieron constantemente en boca y en pluma de todos que han sido relegados a un olvido tenso, a un segundo plano expectante.
Uno de ellos es el absurdo debate por parte de unos y de otras -como si solamente hubiera dos posturas posibles en el asunto- sobre el aborto, su papel en la sociedad y su regulación. 
Pero, claro, hoy es el Día de la Madre y qué mejor día para manipular en uno u otro sentido sobre algo que aparentemente tiene que ver con la maternidad.
Pero por más que se aproveche esta fecha comercialmente capciosa para sermonear desde el púlpito o para intentar conmover desde el reportaje intimista y desgarrado, el debate sigue siendo baladí, la discusión sigue siendo absurda.
Lo es porque la prometida nueva ley de Gallardón sobre el aborto no es otra cosa que maquillaje. No va a impedir abortar a nadie. Simplemente va incluir todos los supuestos en uno.
Lo es porque la eliminación del supuesto de malformación en la redacción de la ley es una imposición europea para evitar que una ley exprese,  aunque sea de forma implícita y tangencial, que los seres humanos con malformaciones no tienen derecho a la vida -por más que aquellas que utilizan ese aspecto de palanca emotiva y trágica se empeñen en ignorarlo-.
Lo es porque toda la apoyadura de la defensa del aborto como forma de libre elección de la maternidad se cae cuando se piensa en la vida de la mujer antes del coito y uno descubre que hay libre acceso a los anticonceptivos o cuando se reflexiona sobre la existencia femenina después del polvo y uno cae en la cuenta de que existen métodos contraconceptivos postcoitales. 
Y eso ya es garantía suficiente -sin necesidad de entrar en conflicto con derechos de terceros- cuando los implicados en esa libre elección de maternidades y paternidades son lo suficientemente responsables. Y si no lo son no es responsabilidad del Estado sacarles del problema.
Es absurda porque ambos enconados adversarios en este debate vacío y estéril se basan en presupuestos no científicos y en interpretaciones precarias y traídas por los pelos de la realidad. 
Los unos tirando de Antiguo Testamento y referencias bíblicas cruzadas y las otras fingiendo e intentando imponer como axioma incontestable que algo que es genética, biológica y sustancialmente humano no lo es por el hecho de no haber nacido.
Los pulpitarios sermoneadores comparando a una sociedad evolucionada -decadente, pero evolucionada- con la Galilea de Herodes o el coco devorador de niños; las belicosas postfeministas forzando una comparación del feto con virus, bacterias o cualquier otro microorganismo patógeno, que no tienen ni un solo cromosoma humano en su configuración genética.
Los redactores de cartas pastorales intentando imponer la voluntad de dios -aunque dios no se ha pronunciado jamás sobre el asunto-; las tremoladoras de banderas malvas y triángulos dibujados con las manos intentando imponer la voluntad de la mujer como derecho a decidir sobre su propio cuerpo cuando es una realidad biológica incontestable que algo que posee la mitad de su material genético de otro ser humano -aunque tú no le conozcas o prefieras ignorarle- no puede ser considerado una parte de tu cuerpo por mucho que resida en tu interior.
Los obispos apelando a la vida antes de la vida y el alma inmortal surgida con la concepción -por más que uno relea el evangelio no encuentra, por cierto, cita la respecto-, las abortistas afirmando, en contra de toda lógica biológica, que algo que crece y evoluciona no esta vivo y comparándolo con un espermatozoide, que aunque estuviera mil años en su interior sin fecundar nunca crecería, se desarrollaría, ni evolucionaría.
Así que, por mucho que lo rescaten en este Día de la Madre, el debate es absurdo, es inútil, manipulador y baladí.
Porque ambos permanecen de espaldas al auténtico debate. Es la sociedad española la que debe decidir sobre el asunto si es que el asunto es tan importante. 
Porque la única manera de abordar el asunto es como un contrato social -¿nos acordamos del concepto, ese que inventó el bueno de Jean Jacques?-. Como deben abordarse socialmente todos los asuntos relacionados con la vida y la muerte, con la prevalencia de los derechos de unos sobre los de otros.
La sociedad española debe decidir si asume dentro de sus normas el aborto como imposición del derecho de decisión de la madre sobre el derecho a la vida del nasciturus de igual modo que se decide si el derecho de la sociedad al castigo justo y proporcionado se impone sobre el derecho a la vida de un criminal.
Nadie finge que un reo de pena de muerte no tenga derecho a la vida, nadie pretende decir que no es humano, simplemente la sociedad ha llegado al acuerdo mayoritario de que determinadas acciones se castigan con la muerte y actúa según esa ley.
Y la única manera de que eso quede claro, meridiano, cristalino, es preguntar a la sociedad en un acto democrático.
Aquellas personas que éticamente defiendan o cuestionen el aborto solamente tienen que hacerse hoy -o cualquier otro día, que la fecha no es relevante-: ¿por qué ninguno de los dos adversarios en este combate floral que intenta imponer la visión de unos o de otros plantea la posibilidad de un referéndum que zanje el debate para, como mínimo, varias generaciones?
En ambos casos sabemos la respuesta.
Solamente tras esa consulta se podrá saber cómo quiere organizarse la sociedad española, qué derecho quiere que prevalezca.  Y a quien no le guste si el resultado es que se impone el de la mujer sobre el del nasciturus, que se vaya a Irlanda. 
Y al que no le guste que se imponga el del nasciturus sobre el de  mujer, que se mude a Francia igual que un estadounidense que no soporta vivir en un estado con pena de muerte solo tiene como solución mudarse a Nueva York.  Porque España y su sociedad habrán decidido sobre esa materia.
Y todo lo demás es basura banal y sin sentido. Es un intento de imponer tú ética sobre la de la sociedad en lugar de escuchar cómo quiere organizarse una sociedad y respetarlo.
Elijas un púlpito o un medio digital para manipular, tires de reportaje desgarrado o de sermón admonitorio. Elijas un pasaje descontextualizado de la Biblia o un libro fuera de referencia de Mckinnon para sustituir la obra clave de Jean Jacques Rousseau, que es una de las bases de la organización de la sociedad actual. Ya seas un obispo o una activista feminista. 
Y aunque lo hagas en el Día de la Madre.

miércoles, octubre 03, 2012

Experimento Big Data: "yo soy yo y mis conexiones" (o el arte de querer vivir obviando al otro)


Uno de los signos de nuestro tiempo es que la ficción cada vez nos alcanza antes. Hasta hace dos días como quien dice el futuro tardaba mucho en llegar. Los escritores de anticipación, los guionistas de ciencia ficción, vivían y morían antes de que la realidad alcanzara sus visiones, sus sueños o sus pesadillas.
Pero ya no. Hace un tiempo indeterminado entre cuando empezamos a usar el éter para fingir que nos comunicamos y hoy mismo, que los plazos se han acortado, que la ficción se ha hecho casi simultánea con la naturaleza de nuestra realidad. 
No hace ni dos semanas que Black Mirror, una serie televisiva que no lo es porque obliga a pensar, nos mostraba como sería el mundo si un aparato nos recordara todo lo que habíamos visto en nuestra vida y ya alguien nos presenta algo llamado The Human Face of Big Data que se encuentra a caballo entre ese capítulo televisivo y el gran clásico mil veces referenciado de El Gran Hermano de Orwell. Algo que registrará todo lo que hacemos, lo que vemos y lo ejecutamos durante toda nuestra vida en Internet.
Algo que, entre pompa y circunstancia, anuncia la posibilidad definitiva de lo que llevamos intentando hacer desde que confundimos la conexión con la comunicación y el acceso con la información.
Algo que nos permitirá definitivamente apartar a esa molestia antaño llamada prójimo de nuestras vidas. Que nos consentirá matar al otro.
Porque referenciará a los demás -en el caso de que todos lo usáramos, por supuesto- por lo que hace en el mundo virtual, por sus conexiones, por su existencia ficticia en el vacío que algunos inventaron para vincular y nosotros nos empeñamos en usar para mantenernos aislados. Con la ficción de comunicarnos, pero aislados.
Porque el ser humano será sus conexiones, porque sus relaciones serán sus conexiones, porque sus reacciones serán sus conexiones, porque sus definiciones serán sus conexiones.
Más allá del error anecdótico que nos impedirá diferenciar a un analfabeto informático, incapaz de eliminar o filtrar su spam de viagra a olas páginas que saltan mostrándole todo tipo de páginas porno, del obseso sexual y otros errores por el estilo, saber a qué nos conectamos y que se conectan los demás nos conducirá al sueño que esta civilización occidental atlántica lleva persiguiendo desde hace generaciones.
Al mito del aislamiento seguro y del control absoluto de nuestras relaciones personales, sociales, afectivas y políticas.
Sustituirá al ser humano por las conclusiones que nosotros saquemos de cada ser humano sin ni siquiera conocerle.
El disco duro de Black Mirror, que grababa todo lo que un individuo veía, nos eliminaba de la ecuación precisamente al individuo que lo llevaba, haciéndole solo referenciable por lo que él veía que los demás veían de él.
Es decir, nosotros veíamos como, digamos, su amigo del alma, contemplaba que el portador le llamaba "cabrón con pintas" y solamente teníamos la reacción del otro para alcanzar el significado.
No veíamos si el individuo lo decía sonriendo, si lo decía con sarcasmo, si gesticulaba airado, si le estaba enseñando una foto de una broma que le había gastado en su infancia.
Si el receptor se lo tomaba mal era simplemente que el otro le había insultado, si el receptor se lo tomaba bien significaba que era una broma. No contaba con la posibilidad de error en la decodificación del mensaje.
Pero Big Data va más allá. Es la culminación del proceso que iniciamos con la conexión constante. 
Ya no necesitamos  tener al otro como referencia para comunicarnos con él. Podemos enviarle un mensaje de felicitación sin necesidad de ver en su rostro la extrañeza o la repulsa directa a nuestro mensaje, podemos transmitirle o recibir de él una mala noticia sin necesidad de escuchar cómo se rompe su voz por el teléfono al transmitirla o sin tener que soportar como estalla en llanto o como se indigna al recibirla.
Ya no tenemos gestos, inflexiones, reacciones, silencios incómodos, miradas, sonrisas torcidas silenciosas, miradas iluminadas. Ya no tenemos comunicación. Solamente tenemos millones de monólogos entrelazados que no se convierten en diálogos porque nunca perciben ni tienen en cuenta las reacciones del otro.
Y con este nuevo experimento alcanzamos el clímax, la perfección del camino que ya estamos recorriendo hacia la falsa comunicación unidireccional y sin respuesta efectiva. 
El otro ya no existe. Solo existen las conexiones que ha hecho.
Big Data nos dirá como somos y se lo dirá a los demás sin necesidad de reflexión por nuestra parte ni de contacto por parte de los otros. Estableceremos el prejuicio como única puerta de entrada a la comunicación entre seres humanos.
Dime a qué te conectas y te diré quién eres. Y si no me gusta a lo que te conectas no me gusta quien eres.
La vida, que hasta hace un par de generaciones, era la ciencia de los porqués, se convierte de repente en la tecnología de los cómos y de los cuantos.
Conozco a un individuo en una red social y descubro que se conecta constantemente a páginas neonazis. No me gusta, le descarto.
A lo mejor lo hace porque está haciendo un estudio universitario o porque es policía y su trabajo es investigarlo o por cualquier otro motivo. Pero Big Data no lo dice y nosotros estamos parapetados tras el éter para no tener que preguntarlo antes de decidir. Sus motivaciones no importan, solamente importan sus conexiones.
Entro en contacto con una mujer en una fiesta y Big Data me dice que entra contantemente en páginas LGTB. Con toda la tristeza de nuestras hormonas desinfladas la descartamos para fines afectivos o amatorios.
A lo peor es porque lleva la prensa de esos colectivos, a lo mejor es porque tiene una hermana que acaba de salir del armario, a lo mejor es por puro activismo y no por tendencia sexual pero nosotros no necesitamos pasar el trago de preguntárselo. Big Data nos da la respuesta a su tendencia sexual cuantificada en el número de sus conexiones y nuestras conclusiones solamente dependen de nosotros, no de la realidad. Las circunstancias no importan.
Dejamos de ser “yo y mis circunstancias”, para ser “yo y mis conexiones”.
Ya lo hacemos, ya lo estamos haciendo de forma continua y constante hasta el punto de que nuestra aparente constante comunicación es solamente constante conexión, pero Big Data nos daría la posibilidad universal de referenciar a los demás solamente por el tamiz de nuestro individualismo.
Yo no digo que sea bueno o malo. Solamente digo que no es humano.
A lo mejor hasta tenemos que dejar de ser humanos para sobrevivir. Para vivir tengo claro que no, pero para sobrevivir... cualquier cosa es asumible, ¿o no?

jueves, julio 05, 2012

Hasta los bosones de nosotros.

Entre tanta crisis, tanta caída sin paracaídas ni red de contención y tantos golpes con el dorso de la mano que nos da la economía -propia y colectiva- solamente faltaba que ahora llegara la ciencia y nos zarandeara con un descubrimiento de esos que nos dejan fríos porque no los comprendemos pero que nos dan la sensación que nos cambian el mundo.
Parece que no tenemos el cuerpo para bosones y mucho menos si nos de Higgs, que no nos da fuerza para descubrimientos de aceleradores de partículas y cargas eléctricas que no sean las engrandecidas mes a mes de nuestra factura de la luz pero, como casi siempre, la ciencia tiene un punto de paradoja, de metáfora si se quiere, que la hace ladina, sarcástica, casi irónica con respecto a lo que somos y a lo que queremos ser.
Porque ¿qué es el famoso bosón de Higgs? 
Científicamente es muchas cosas, pero metafóricamente solamente es una: el Bosón de Higgs es lo que nos dota de sustancia -de masa, en términos físicos- Y resulta que, para desgracia de ese occidente atlántico que pugna por que la soledad individual sea la medida de todas las cosas resulta que lo que nos confiera sustancia y entidad, lo que nos permite vivir no somos nosotros mismos, es el jodio bosón. Son los demás.
Pongamos un ejemplo metafórico cercano extraído de su propio descubridor pero puesto en nuestros días y nuestra gente.
Supongamos que el bueno de Mariano, el señor Rajoy se entiende, acude al Congreso -vale hay que echarle imaginación pero hagámoslo-. Él, cual fotón fugaz y veloz, pretende llegar hasta el atril soltar su charla y pasar de largo por el trance, pero en el camino, en cuanto él entra se hacen corrillos que se van agrupando. Se ve obligado a detenerse un instante para saludar a los miembros de su gobierno, a ralentizar el paso para saludar de lejos a un grupo de esos de Pro Vida que le recuerda sus deberes para con la familia tradicional, tiene que trazar una diagonal imposible para apartarse de una airada Leire Pajín que lidera un grupo de no menos airadas postfeministas, tiene que trazar una curva más o menos alejada para evitar que Rato, Matas, Camps y otros tantos le calcinen los oídos con un proverbial "que hay de lo nuestro", se acerca a Montoro y su equipo económico para que le sople al oído a cuanto está en esos momentos la prima de riesgo y así con un sinfín de grupos y grupúsculos que le evitan la celeridad, que le impiden el paso directo y veloz por el hemiciclo y que al final terminan cargando el discurso que ha de dar de una carga u otra -que cada uno elija cual es la negativa y cual la positiva, que esto es ciencia, no política-.
De modo que lo ha dotado de contenido el discurso y la presencia de Rajoy en el Congreso -si es que algo puede hacerlo- no ha sido su velocidad de entrada, no ha sido su dirección inicial ni su luminosa presencia de fotón sin masa, ha sido todo que se ha encontrado alrededor. Han sido los demás
¡Qué ironía que ahora, justo ahora, que estamos como estamos por decidir que el orbe es un planeta habitado por siete mil millones de mundos individuales, llegue un señor casi nonagenario de Newcastle y nos rehaga el Génesis!
Al principio no fue El Verbo. Al principio fueron los demás.
Porque son los bosones los que nos organizan a nivel subatómico, los que nos impiden ir por la vida sin masa y sin peso, los que nos hacen posible tener sustancia y ralentizar nuestra velocidad lo suficiente compa poder vivir nuestras vidas en lugar de quemarlas cual fuegos de artificio en un viaje a plena velocidad hacia la nada.
Claro que nunca hemos hecho mucho caso de la ciencia cuando no nos da la razón y es muy posible que no extraigamos metáfora alguna de los ínfimos bosones.
Lo más probable es que sigamos pretendiendo ser veloces fotones que pasan como rayos sin dejar que los bosones nos cambien las direcciones, les alteren las cargas, les llenen la existencia de sustancia. Ignorando todo ello en nuestros ciegos avances lumínicos que solo nos tienen a nosotros como guías, neutros y vacíos de entidad, hasta que chocamos con otro de esos fotones y originamos un pequeño cataclismo que estalla en un polvo fugaz, en una pasión incendiaria, en un enfrentamiento fulminante que nos  estrella contra nosotros mismos y nos hace salir disparados en otra dirección que tampoco se ha elegido y tampoco se puede controlar, a la misma velocidad infinita que resulta imposible de frenar.
No es de suponer que un descubrimiento científico tan de momento inútil para nuestros bolsillos y nuestros placeres -que es lo único que tenemos en mente- nos altere ese gusto por ignorar a los otros en nuestras vidas, por negarles la posibilidades de cargar nuestras existencias de sustancia, nos desvíe de ese empeño nuestro en construirnos nosotros solos sin dar pábulo ni presencia a los otros.
Seguiremos ignorando que, por buenos escultores que seamos, si nos esculpimos a nosotros mismos nunca podremos llegar a tornear los pies que nos hagan caminar, que por maravillosos arquitectos vitales que nos creamos nunca podremos, sin los bosones humanos que son las otras gentes, cimentar la construcción de nuestras vidas.
Fingiendo no saber que sin los demás somos partículas sin carga, sin masa y sin destino.
Y lo sé, lo sé, amigos de la ciencia. Quizás ser un demonio y además de letras me hace demasiado metafórico con el descubrimiento del bosón, pero no deja de hacerme mucha gracia que, tras siglos de sabias discusiones sobre el origen del mundo, del universo y de la existencia en sí misma, llegue un viejo maestro del King’s College y nos haga caer en la cuenta de algo que ni siquiera nos habíamos llegado a plantear.
Que sea crear, estallar, resistir o evolucionar el verbo que dio origen al mundo ha de conjugarse en plural.
Quizás es que la existencia misma del universo ya está hasta lo bosones de nosotros.

miércoles, marzo 16, 2011

El miedo a Fukushima nos roba a Los Afares

Nada es más fuerte que el miedo. Eso es algo que todos sabemos, una verdad que todos llevamos en nuestro interior, aunque sea en lo más profundo de nosotros, en esos lugares a los que no queremos accecer salvo en contandas ocasiones. Nada es más fuerte que el miedo. Y, hoy por hoy, no hay nada que no de más miedo que Japón y su repentina destrucción.
Y es ese miedo lo que nos impele a gritar, a salir a la calle, a arrojarnos a la palestra pública para hablar de Fukushima, para reabrir el debate de las nucleares, para ponerle un nombre al culpable de nuestro pánico. Para hacerlo controlable.
Porque Fukushima, sus dos reactores ardiendo, sus varas energéticas al borde de la fusión, sus explosiones y sus 50 operarios trabajando trágicamente a destajo vital para evitar el desastre, aunque no lo parezca, es lo que nos hace nuestro miedo controlable. 
Nos permite ignorar que consumimos 15 terawatts de energía y que dentro de 20 años consumiremos el doble, nos transforma en irrelevante que gastemos diariamente 9.500 millones de euros en petróleo, que el 86 por ciento del consumo energético del mundo provenga de combustibles fósiles, que las energías renovables no vayan a llegar a tiempo para evitar el colapso. 
Fukushima nos hace olvidar todo eso y que no queremos renunciar al alumbrado nocturno de las ciudades, a los electrodomésticos, a los automóviles, al metro, a la luz doméstica, a la calefacción, a la industria,  al móvil o al ordenador. 
El percance que amenaza con transformase en accidente, que va camino de convertirse en tragedia, nos permite refugiarnos de nuestro miedo, ocultarnos de él. Hacer lo que hacemos siempre, negar la evidencia para no asumir la realidad.
No voy a s ser yo quien defienda un tipo de generación energética u otra. No voy a ser yo quien se posicione sobre algo que no son capaces de posicionarse ni los científicos expertos en la materia.
Pero lo cierto es que el hecho de que la central nuclear de Fukushima esté a punto de explotar nos ha venido bien. A los ciento veinte millones de japoneses que pueden morir o ser afectados por ello no. Pero a nosotros nos ha venido estupendamente.
Así, los ecologistas pueden lanzarse a la calle a reclamar el fin de la energía nuclear, apelando al miedo a un accidente en cada país, en cada central, en cada reactor de las 442 plantas nucleares distribuidas por el mundo. 
Pueden desempolvar Chernobil, La Isla de Las Tres Millas, Jane Fonda y El Síndrome de China y todo lo que quieran para poner facciones y nombre a nuestro miedo, para encauzarlo hacia sus revindicaciones seculares. 
Para poner a nuestro terror el rostro de un átomo, la voz de una explosión, la forma de un hongo nuclear.
Y gracias a Fukushima los políticos de este occidente nuestro, atlántico y civilizado, pueden recurrir a lo que más les gusta, al valor seguro a la hora de recolectar sufragios, apoyos sociales, de ganar elecciones. El más puro pánico. 
Pueden contribuir con sus repentinas urgencias, sus convocatorias de crisis, sus anuncios de cierres, revisiones y vigilancias constantes a ayudarnos con nuestro miedo, con nuestro terror, a ocultar el verdadero origen, la aútentica materia primigenia de la que está modelado, la auténtica base sobre la que se sustenta. 
Pueden hacerlo mesurable, controlable, superable. Y de paso pueden presentarse como los que han conseguido derrotarle, erradicarle de la faz de La Tierra. Y eso da votos, muchos votos, cantidades ingentes de votos.
Fukushima, su central, su reactor y su estallido, nos permite ser lo que siempre sido, lo que nos hemos acostumbrado a ser, lo único que queremos ser. Seres que le tienen miedo a la oscuridad porque no quieren recordar qué es lo que había en esa oscuridad que fue lo que les originó su primer estallido de espanto. Seres que necesitan un enemigo derrotable porque, sencillamente, no quieren reconocer que no son invencibles.
Porque el enemigo no es Fukushima, no es su ardierte reactor ni su radiactivo combustible. No es el ocultismo del gobierno japonés, ni los son nuestras necesidades energéticas. No lo es la energía nuclear ni el Síndrome de China. Aunque gritemos contra ellas, aunque queramos eliminarlas.
Porque el auténtico enemigo, la auténtica mano que se mueve en esa oscuridad a la que tememos es el hecho de que todo eso está provocado por un terremoto que no puede evitarse, por una ola que no puede detenerse. Y contra eso no tenemos defensa.
Nuestra ira contra las nucleares vuelve nuestros ojos hacia Fukushima para evitar tener que caer en la cuenta de que uno de los paises más industrializados de la Tierra ha sido casi borrado de la faz de la misma por un seismo incontrolable e impredecible; para evitar tener que reflexionar sobre el hecho de que ni la microgenética, ni la electrónica, ni la nanotecnología, ni el grafeno, ni la robótica, ni ninguna de las ciencias en las que Japón es exponente puntero y casi único en el mundo, han servido de nada para evitar que una muralla de agua de 30 metros de altura le sepulte parcialmente. 
Si el tsunami hubiera sepultado completamente Fukushima, sin estallidos, sin peligro de radiación, sin Síndrome de China, tendríamos que pensar en ello y llorar,. Como no lo ha hecho podemos pensar en Fukushima y gritar. Podemos seguir siendo lo que siempre hemos sido. Podemos seguir siendo nosotros mismos.
La central nuclear japonesa y sus problemas nos permiten olvidar lo que el tsunami nos recuerda. Hemos basado nuestra cultura y nuestra civilización en el control y no controlamos nada. Nos posicionamos como dueños del planeta y no somos capaces siquiera de vivir en él. Hemos cambiado todo lo que hemos considerado necesario cambiar para aclimatar la faz terrestre a nuestras necesidades y aún así no tenemos la más mínima posiblidad de sobrevivir en ella como especie, ni como civilización. Y contra eso no se puede luchar.
Necesitamos creer que podemos hacer algo, que nuestra actividad puede cambiar y controlar el planeta. Y por eso la culpa del calentamiento global es nuestra, por eso el agujero de ozono es culpa nuestra, por eso el efecto invernadero es culpa nuestra. 
Porque si lo hemos hecho mal podremos evitar lo inevitable haciéndolo bien. Porque si es así podremos derrotar a nuestros enemigos, seguiremos siendo invencibles.Tendremos unos rivales a los que podremos derrotar, la energía nuclear, el Co2, los aerosoles, en lugar de exterminador del que ni siquiera podemos huir, El Planeta.
Porque la tierra se resquebrajó destruyendo y separando la Pangea sin ninguna necesidad de actividad humana, porque la órbita terrestre alejó el planeta tanto del sol que originó tres glaciaciones en las que la vida era prácticamente imposible sin necesidad de intervención humana, porque el calentamiento excesivo originó la extinción de especies y líneas de evolución entera sin necesidad de acción humana alguna. 
Si los enemigos son el terremoto, el tsunami, lás réplicas y la furia de la naturaleza en general no tenemos defensa. Porque identico terremoto desatará idéntica devastación, haya centrales nucleares o no. Porque las limpias y no radiactivas presas hidroeléctricas se resquebrajarán e inundaran los valles de tsunamis de agua dulce que asolaran poblaciones enteras, eso sí sin radiación. Será lo mismo pero visto de otra manera.
Porque este planeta no es estable y nunca lo será; porque sus ritmos y sus movimientos no nos tienen en cuenta, porque ni siquiera somos inquilinos en él, que pagan un alquiler y tienen ciertos derechos, aunque puedan ser expulsados. Y ese es nuetro auténtico miedo. Ese es el pánico que subconscientemente oculta nuestra repentina furia contra Fukushima y las nucleares.
Hemos construido toda nuestra fortaleza como especie, como civilización y como individuos en la necesidad de estabilidad, en la seguridad de esa estabilidad. Por eso nos hicimos sedentarios, por eso nos hicimos agricultores, por eso nos hicimos monógamos, por eso nos amurallamos, por eso matamos y morimos. 
Y de repente, la base sobre la que se asienta nuestros pies nos recuerda que ella es diferente, que ella no precisa estabilidad, ni seguirdad, que ella seguirá viva por más convulsa que se muestre. Nos devuelve a la más profunda de las oscuridades de la que parten nuestros miedos. 
Nos convierte en alienigenas en nuestro propio planeta. Nos arroja al conocimiento de nuestro irresoluble error. Nos recuerda que no somos Afares.
La tribu Afar vive en el Cuerno de Afríca, a tres kilómetros de la zona con mayor actividad sísmica y volcánica de la tierra, a mil setecientos metros de la mismísima puerta de entrada al infierno.
Sus residencias se asientan sobre un suelo que tiembla cada veinte horas, sus ganados pastan rastrojos junto a la mayor falla superficial de la tierra que se abre a un ritmo de tres centímetros por mes y por la que corre un rio de lava ardiente que se desborda de forma aleatoria, Sus hornos se alzan junto a dos volcanes que están en perpetua erupción. 
No tienen agua, no tienen energía, sólo tienen su ganado y su vida. Pero viven. 
Y los terremotos no destrozan su esquema de las cosas, las erupciones no destruyen su sociedad, el hecho de que el dentro de cincuenta años el Cuerno de África vaya a ser una isla separada del continente africano no les afecta en absoluto a la hora de plantearse su supervivencia.
Los hijos de la tribu Afar se han adaptado al entorno en que viven. No han adaptado ese entorno a sus esquemas de vida. Y nosotros ya no podemos hacer eso, aunque realmente llegaramos a creer que queremos hacerlo.
Por eso nos ha venido bien poder tirar de Fukushima. Porque podemos luchar para intentar derrotar al enemigo nuclear y gritar nuestro miedo a morir  por culpa de las radiaciones . Podemos hacerlo en lugar de llorar por el pánico que nos provoca recordar el hecho de que ya estamos muertos porque nuestro planeta va a matarnos. Tarde o temprano. 
Puede que ese conocimiento no cambie nada, pero esa es la realidad. No Fukushima.

jueves, febrero 10, 2011

Algernón agresivo y el rayo de Aldous Huxley

Hay muchas formas de desayunar y la que me ha tocado hoy es cuando menos sorprendente.
Hoy me he desayunado con la noticia de que hay tres individuos de mentes aceradas y conocimientos científicos enciclopédicos que se dedican en California a investigar como activar y desactivar la agresividad, iluminando algunas partes del cerebro con un rayo.
No es que me sorprenda que se practique en los soleados dominios de Gobernator, allá en los lejanos Estados Unidos; no es que me maraville que hayan sido ya capaces de realizar parcialmente ese proceso en ratones -cada vez que leo algo sobre experimentos con ratones me viene a la memoria esa mítica pieza literaria llamada Flores Para Argernón, cosas mías-. 
Lo que me resulta inquietante es que se sepa que tres científicos están descubriendo la forma de desconectar la agresividad del cerebro humano y medio planeta lo celebre, pensando en La Naranja Mecánica en lugar de indignarse recordando Un Mundo Feliz.
Lo que me preocupa es que seamos más de Burguess que de Huxley.
Porque inmediatamente todo el mundo comienza a hablar del control de los violentos, de la posibilidad de volverlos personas "normales", de lo maravilloso que sería poner fin al acoso escolar, al racismo, a las peleas callejeras y por supuesto, en primer lugar, a la violencia de género.
Y todo el mundo olvida o parece olvidar un hecho que resulta fundamental y que, pese a nuestro egocentrismo y nuestra incapacidad de percibir nuestra propia naturaleza, no deberíamos pasar por alto: eliminar la agresividad de un ser humano es eliminar al ser humano en si mismo.
Quitarle a un individuo -o "individua"- sus rasgos de agresividad supone convertirle en algo o alguien que no es humano. Puede que sea mas pacífico, más manejable y menos peligroso o peligrosa. Pero no es humano.
Y utilizo, algo poco habitual en mi prosa, la dicotomía de sexos -de género, que dirían algunas-en el párrafo anterior, porque ya las hay que han comenzado a interpretar estos experimentos como algo que no se puede aplicar a la parte femenina de la especie. De ninguna especie, ya que, según ellas, por todos es sabido que la agresividad animal es algo sólo achacable al sexo masculino.
Me limitaré a recordarles, antes de seguir adelante, que en la mayoría de las especies de depredadores es la hembra la que caza para las crías (agresividad predatoria), es la hembra la que las defiende (agresividad antipredatoria); que en la mayoría de las especies de rumiantes, las hembras compiten de manera agresiva por aparearse por el macho dominante de la manada (agresividad sexual); que tanto en herbíboros como en predadores las hembras participan en la defensa de los pastos y de la caza y compiten entre ellas por lograr los mejores alimentos para ellas y para sus crías (agresividad territorial); que son las encargadas de defender los nidos y las madrigueras. Es decir, que son tan agresivas y recurren tanto a ese elemento como los machos.
Se puede ser feminista, pero para hablar de animales hay que saber de qué se está hablando. Y, si se tercia, leer a Humbold y Conrad Lorenz, aunque sean hombres. O incluso a Dian Fossey, que es mujer.
Hecha esta salvedad, prosigo con el verdadero motivo de mi desazón: ese gusto humano y actual que esta investigación demuestra por restar a los seres humanos un elemento de su propia naturaleza.
Y ahora es cuando se me echan encima y me dicen que la agresividad es perjudicial, que genera violencia, que sólo seremos plenamente humanos si la erradicamos, si la eliminamos de nuestra base genética -si es que está allí- y de nuestro cerebro -donde seguro que está-.
Y ahora es cuando me veo obligado a recordar que somos humanos. No somos el Emilio, ese buen salvaje de Rosseau, Somos humanos y somos agresivos. Y es nuestra responsabilidad aprender a vivir con ello.
¿Eso es malo? Como diría Conrand Lorenz, ha sido el puritanismo y la desidia lo que ha transformado la agresividad en un "pretendido mal". Ha sido nuestro gusto por deshacernos de aquello que nos molesta, que nos exige esfuerzo y concentración lo que ha originado que veamos la agresividad como un problema, como un elemento cercenable de nuestro cerebro y de nuestra existencia.
¿Suena raro? No lo es.
Gracias a la agresividad de unos pocos hace unos siglos, ahora todos trabajamos ocho horas al día, gracias a la agresividad de unos pocos no somos esclavos, no somos siervos, tenemos derechos individuales y colectivos.
Gracias a la agresividad de unos pocos -o de unos muchos- la Plaza de La Liberación de El Cairo está llena día y noche, las calles de la capital de Túnez han dejado de ser el feudo de Ben Ali, los sindicatos franceses colocaron contra las cuerdas a un gobierno que, sin agresividad ninguna, había sido marcadamente injusto en sus leyes y sus normas, los estudiantes británicos acorralaron a su gobierno por imponerles unas tasas abusivas y elitistas.
Gracias a la agresividad sacamos adelante el día a día de nuestras vidas. Porque la resistencia ante lo injusto -colectiva o individualmente- también es agresividad, porque el afán de superación también es agresividad, porque esa, tan reclamada y renombrada, competitividad, que debe organizar nuestros horizontes profesionales -según se dice-, también es agresividad.
Porque sacar fuerzas de flaqueza es agresividad, porque remar contra viento y marea es agresividad, porque plantar cara a la adversidad es agresividad. Porque todos esos tópicos y lugares comunes que forman parte de lo que hace o puede estar obligado a hacer un ser humano para vivir, más allá de la supervivencia, necesitan, precisan y exigen agresividad.
Porque, por más idílico que queramos pintarlo, lo opuesto a la agresividad no es la paz ni la bondad, es simple y llanamente la mansedumbre.
Y en eso es lo que nos convertiría el rayito de marras que están diseñando los científicos californianos -con toda su buena fe, supongo y todo su espíritu competitivo agresivo en busca del Nobel, imagino-.
Los principales beneficiados de la posibilidad de cercenar la agresividad de nuestro hipotálamo no serán los seres humanos acosados, los maltratados o los violados. Serán los Mubarak, los Ben Ali, los LePenn, los Chávez, Los Grupos de Davos que están ahora y que quedan por llegar a lo largo de la historia.
Y el mundo será de Aldous Huxley. Será feliz. Lo será con cualquier cosa que le den o le hagan porque será manso. Porque habrá perdido los mecanismos para enfrentarse a la injusticia. Y, en contra de la máxima evangélica: los mansos perderán la Tierra. La tierra y la libertad.
Y aún muchos dirán que el rayo californiano está bien si solamente se aplica a los psicópatas, a los maltratadores, a las maltratadoras, o aquellos y aquellas que acosan, persiguen o hacen daño. Y ciertamente puede parecer una solución.
Y se antoja un proceder limpio y ciertamente indoloro pero, por decirlo de alguna manera, no estaría dentro de lo que debería ser el "modo humano" de hacer las cosas.
Tirar de rayo "desagresivizador" -el desagresivizador que los desagresivice, buen desagresivizador será-, es lo mismo que tirar de pastilla en la depresión, de llanto en la crítica, de desmayo en la vergüenza, de puñetazo en la discusión, de borrachera en la contrariedad, o de cocaína en el cansancio.
Es eludir el problema, es buscar la solución que nos permita saber que no tenemos que preocuparnos ni que esforzarnos para controlar, encauzar y encaminar nuestra agresividad como individuos y como sociedad.
El gusto por ver esos desarrollos científicos como soluciones a los problemas es, simplemente, el producto de nuestro más puro egoísmo irresponsable.
La consecuencia de esa necesidad que tenemos, en este mundo atlántico nuestro, de que nadie nos pueda exigir que participemos en algo que no redunda en nuestro inmediato beneficio -si puede ser económico o sexual, mejor-, aunque sea necesario para el bien común.
Porque el único modo alternativo al rayo de California para controlar y encaminar la agresividad es un clásico: la educación.
Y en eso tenemos que participar todos. Todos tenemos que generar los modelos; todos tenemos que ser coherentes con ellos; todos tenemos que responsabilizarnos de usar nuestra agresividad de forma constructiva -la mayor parte de las veces- y de forma destructiva, sólo cuando la injusticia colectiva y objetiva lo requiere.
Y eso nos obliga a no discutir a gritos en los mercados, a no insultar a voces en los campos de fútbol, a no clavar puñales por la espalda en las oficinas o los despachos, a no insultar en nuestras casas, a no pelear en los bares, a no despellejar en los cafés, a no maldecir en los atascos, a no amenazar en las manifestaciones, a no conspirar en los pasillos, a no saltarnos los semáforos, a no cruzar en rojo...
Es demasiado esfuerzo sólo para que otros no caigan en el acoso, el maltrato o la más absoluta psicopatía. Porque la educación nos obliga a ponernos el mono de trabajo y no quitárnoslo nunca y el rayito de Algernon no.
Es el mismo egoísmo social y personal que hace que recetemos Lexatín en lugar de enseñar a no deprimirse; que tiremos de asentimiento,  palmadita en el hombro y catarsis lacrimógena en lugar de enseñar a asumir las críticas y el cambio que esas críticas proponen; que recurramos a compañías de blindaje contra multas en lugar de enseñar que las normas de circulación están para cumplirse.
Es la misma irresponsabilidad que nos hace preferir soluciones farmaceúticas a todo, que no requieren esfuerzo alguno, en lugar de soluciones educativas, que precisan el constante trabajo y compromiso de todos.
Por eso nos gusta el rayo desagresivizador de California. ¡Qué se aplique a quien se tenga que aplicar y a mí que no me molesten! ¡Qué yo tengo que ocuparme de lo mio! Es la solución perfecta. Como el Orfidal, como DeMultas. Como los Clinex.
Pero olvidamos que en La Naranja Mecánica de Burgess el rayo falla y olvidamos que el rayo de California también puede aumentar la agresividad en lugar de cercenarla. Olvidamos que, de un modo o de otro, la luz de ese rayo ilumina solamente el mundo de Aldous Huxley.

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