domingo, mayo 05, 2013

Unos, otras y Rousseau en el Día de la Madre

Acuciados por otros asuntos más onerosos, más inmediatos, más urgentes para ese colectivo que hasta hace mil días era una sociedad y ahora pretende ser convertido en una suerte de estamento vasallático de grandes proporciones, hay temas que otrora estuvieron constantemente en boca y en pluma de todos que han sido relegados a un olvido tenso, a un segundo plano expectante.
Uno de ellos es el absurdo debate por parte de unos y de otras -como si solamente hubiera dos posturas posibles en el asunto- sobre el aborto, su papel en la sociedad y su regulación. 
Pero, claro, hoy es el Día de la Madre y qué mejor día para manipular en uno u otro sentido sobre algo que aparentemente tiene que ver con la maternidad.
Pero por más que se aproveche esta fecha comercialmente capciosa para sermonear desde el púlpito o para intentar conmover desde el reportaje intimista y desgarrado, el debate sigue siendo baladí, la discusión sigue siendo absurda.
Lo es porque la prometida nueva ley de Gallardón sobre el aborto no es otra cosa que maquillaje. No va a impedir abortar a nadie. Simplemente va incluir todos los supuestos en uno.
Lo es porque la eliminación del supuesto de malformación en la redacción de la ley es una imposición europea para evitar que una ley exprese,  aunque sea de forma implícita y tangencial, que los seres humanos con malformaciones no tienen derecho a la vida -por más que aquellas que utilizan ese aspecto de palanca emotiva y trágica se empeñen en ignorarlo-.
Lo es porque toda la apoyadura de la defensa del aborto como forma de libre elección de la maternidad se cae cuando se piensa en la vida de la mujer antes del coito y uno descubre que hay libre acceso a los anticonceptivos o cuando se reflexiona sobre la existencia femenina después del polvo y uno cae en la cuenta de que existen métodos contraconceptivos postcoitales. 
Y eso ya es garantía suficiente -sin necesidad de entrar en conflicto con derechos de terceros- cuando los implicados en esa libre elección de maternidades y paternidades son lo suficientemente responsables. Y si no lo son no es responsabilidad del Estado sacarles del problema.
Es absurda porque ambos enconados adversarios en este debate vacío y estéril se basan en presupuestos no científicos y en interpretaciones precarias y traídas por los pelos de la realidad. 
Los unos tirando de Antiguo Testamento y referencias bíblicas cruzadas y las otras fingiendo e intentando imponer como axioma incontestable que algo que es genética, biológica y sustancialmente humano no lo es por el hecho de no haber nacido.
Los pulpitarios sermoneadores comparando a una sociedad evolucionada -decadente, pero evolucionada- con la Galilea de Herodes o el coco devorador de niños; las belicosas postfeministas forzando una comparación del feto con virus, bacterias o cualquier otro microorganismo patógeno, que no tienen ni un solo cromosoma humano en su configuración genética.
Los redactores de cartas pastorales intentando imponer la voluntad de dios -aunque dios no se ha pronunciado jamás sobre el asunto-; las tremoladoras de banderas malvas y triángulos dibujados con las manos intentando imponer la voluntad de la mujer como derecho a decidir sobre su propio cuerpo cuando es una realidad biológica incontestable que algo que posee la mitad de su material genético de otro ser humano -aunque tú no le conozcas o prefieras ignorarle- no puede ser considerado una parte de tu cuerpo por mucho que resida en tu interior.
Los obispos apelando a la vida antes de la vida y el alma inmortal surgida con la concepción -por más que uno relea el evangelio no encuentra, por cierto, cita la respecto-, las abortistas afirmando, en contra de toda lógica biológica, que algo que crece y evoluciona no esta vivo y comparándolo con un espermatozoide, que aunque estuviera mil años en su interior sin fecundar nunca crecería, se desarrollaría, ni evolucionaría.
Así que, por mucho que lo rescaten en este Día de la Madre, el debate es absurdo, es inútil, manipulador y baladí.
Porque ambos permanecen de espaldas al auténtico debate. Es la sociedad española la que debe decidir sobre el asunto si es que el asunto es tan importante. 
Porque la única manera de abordar el asunto es como un contrato social -¿nos acordamos del concepto, ese que inventó el bueno de Jean Jacques?-. Como deben abordarse socialmente todos los asuntos relacionados con la vida y la muerte, con la prevalencia de los derechos de unos sobre los de otros.
La sociedad española debe decidir si asume dentro de sus normas el aborto como imposición del derecho de decisión de la madre sobre el derecho a la vida del nasciturus de igual modo que se decide si el derecho de la sociedad al castigo justo y proporcionado se impone sobre el derecho a la vida de un criminal.
Nadie finge que un reo de pena de muerte no tenga derecho a la vida, nadie pretende decir que no es humano, simplemente la sociedad ha llegado al acuerdo mayoritario de que determinadas acciones se castigan con la muerte y actúa según esa ley.
Y la única manera de que eso quede claro, meridiano, cristalino, es preguntar a la sociedad en un acto democrático.
Aquellas personas que éticamente defiendan o cuestionen el aborto solamente tienen que hacerse hoy -o cualquier otro día, que la fecha no es relevante-: ¿por qué ninguno de los dos adversarios en este combate floral que intenta imponer la visión de unos o de otros plantea la posibilidad de un referéndum que zanje el debate para, como mínimo, varias generaciones?
En ambos casos sabemos la respuesta.
Solamente tras esa consulta se podrá saber cómo quiere organizarse la sociedad española, qué derecho quiere que prevalezca.  Y a quien no le guste si el resultado es que se impone el de la mujer sobre el del nasciturus, que se vaya a Irlanda. 
Y al que no le guste que se imponga el del nasciturus sobre el de  mujer, que se mude a Francia igual que un estadounidense que no soporta vivir en un estado con pena de muerte solo tiene como solución mudarse a Nueva York.  Porque España y su sociedad habrán decidido sobre esa materia.
Y todo lo demás es basura banal y sin sentido. Es un intento de imponer tú ética sobre la de la sociedad en lugar de escuchar cómo quiere organizarse una sociedad y respetarlo.
Elijas un púlpito o un medio digital para manipular, tires de reportaje desgarrado o de sermón admonitorio. Elijas un pasaje descontextualizado de la Biblia o un libro fuera de referencia de Mckinnon para sustituir la obra clave de Jean Jacques Rousseau, que es una de las bases de la organización de la sociedad actual. Ya seas un obispo o una activista feminista. 
Y aunque lo hagas en el Día de la Madre.

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