lunes, enero 31, 2011

Egipto prefiere La Bastilla a Micerinos

El Oriente Árabe y el Sur Musulman están ardiendo. Y, no nos engañemos, arderán por los cuatro costados y no dejarán de hacerlo hasta que el hartazgo y la lógica se impongan sobre la furia, la desesperación y  la exigencia de cambio. ¿Es bueno?, ¿es malo?
El Occidente Atlántico, ese occidente incólume atenazado por la necesidad judeocristiana de situar los actos y los hechos a un lado y a otro de la linea maniquea del bien y del mal, se hace y de deshace en preguntas de ese porte, ignorando el hecho de que la única verdad, la única realidad, es que, sencillamente, esa hoguera es inevitable.
Es inevitable porque el equilibrio del mundo no puede mantenerse sobre el pilar de la dicotomía perversa que obliga a que, para que la democracia y la libertad sean posibles en los países occidentales y sus aliados -¡premio para el caballero! Estoy pensando en Israel-, sean mantenidos, consentidos y apoyados gobiernos que cercenan, dificultan e incluso imposibilitan esas libertades en el mundo árabe y musulmán.
Resulta inapelable porque el hecho de que Egipto sea un estado tapón entre el mundo árabe radical -que mira con odio bélico hacia la tierra de Sión- e Israel,  forzorso aliado de este nuestro occidente, por complejo de culpa de unos y soledad autoimpuesta de los otros, no les importa a los miles de egipcios que pagan con su miseria los delirios faraónicos de un gobernante, que empezó bien y acabó mal.
Un gobernante que se acostumbró a ver que cualquier cosa que hiciera era consentida por los "vigilantes" occidentales con tal de que no se saliera del guión con respecto a Israel.
Que el mundo árabe arda se transforma en una condición obligatoria porque a los habitantes de Yemen les importa bien poco que el gas que fluye bajo sus pies sea la reserva guardada por Occidente para calentar sus cuerpos bajo la ducha y sus platos sobre el fuego, en el caso de que, el siempre impredecible gobierno ruso, cambie de opinión, de que Afganistan se pierda para la causa de la comodidad occidental o de que las repúblicas ex sovieticas decidan venderle su gas a China -ahora que pueden hacerlo porque han entrado en la Organización Mundial del Comercio-.
Porque a los yemenies no les importa que nos duchemos o no, si eso supone que ellos tengan que seguir en un estado medieval, feudal y despótico que les impide ser como quieren ser en lo religioso, lo sexual y en todo lo demás.
Que el Sur Musulmán estalle en llamas es una realidad necesaria, porque a los tunecinos no les importa que necesitemos sus playas para tomar el sol, sus costas para nadar y sus hoteles para copular, en aras de vivir una experiencia, controlada y sin riesgo alguno, de contacto con el mundo musulmán.
No les importa todo eso, si para ello tienen que soportar un sistema que impone el robo institucional como forma de gobierno, que hace del nepotismo un rango legal y que les fuerza a no tener trabajo, no encontrar salida a sus estudios universitarios o vivir continuamente bajo el umbral de la pobreza con un par de dinares al mes.
El Oriente Árabe y el Sur Musulmán tienen que arder hasta consumir todo rasgo de lo que nosotros queremos que sean, porque les hemos mostrado cómo tienen derecho a ser y luego hemos pretendido que sigan siendo lo que son, para que nosotros no corramos el riesgo de dejar de ser lo que queremos ser. Para nosotros parece un trabalenguas, pero ellos lo tienen muy claro.
Para nosotros Túnez es El Bardo, Cartago, romance y Hamammet; para ellos es hambre, falta de esperanza, cleptocracia e injusticia. Para nosotros Egipto es Keops, Historia, Tutankamon y El Nilo; para ellos es despotismo, miseria, falta de libertad e indignidad. Para nosotros Yemen es desierto, gas y puro y duro desconocimiento; para ellos es servidumbre, esclavitud y muerte.
El mundo árabe, cercanamente lejano, y el mundo musulmán, alejadamente cercano, tienen que arder para que, de los rescoldos de nuestro hastío sobre lo que somos, renazca su evolución hacia lo que desean ser. Para que en las brasas de nuestro egoismo sobre lo que tenemos derecho a ser se cocine su conocimiento de lo que realmente son. Para que, de las cenizas de nuestra renuncia a lo que deberíamos ser, se eleve el fenix de su esperanza en lo que ellos podrían ser.
Todo eso hace inevitable que lo arábe y lo musulmán crepite en llamas. 
La presencia constante del activismo yihadista, la obcecación de Israel con Palestina, el ascenso del islamismo teocrático, la falta de criterio a la hora de enfrentarnos al desarrollo histórico del mundo árabe, la manipulación iraní, la provocación vaticana, la cristianofobia religiosa, la islamofobia social, el mito del continuo antisemitismo, el fiasco estadounidense en Irak y Afganistán, el enconamiento civil Pakistaní,  la perpetua inestabilidad libanesa, la tibieza europea, la hipocresía saudí, el neutralismo jordano, el sionismo militar israelí, los delirios de grandeza sirios, la indiferencia omaní, la demagogia libia y la continua presión rusa, entre otras cosas, son los leños que permiten y hacen posible que la hoguera del Islam y de lo árabe haya ardido tan fuerte.
Por eso arde y las llamas llegan tan alto pero, ¿por qué no podemos y no podremos apagar esa hoguera?
No podemos pararlo porque Barack Obama pide que se mantenga el orden y no habla de justicia, porque Merkel se muestra procupada por el respeto a los ciudadanos extranjeros y no por el respeto a los ciudadnos nativos atacados por los tanques egipcios, las porras tunecinas o los látigos -sí, látigos- yemaníes; porque Zapatero habla de no violencia y no de castigar a los ladrones gubernamentales, encarcelar a los represores o juzgar a los torturadores; porque Sarkozy  habla de respeto a los bienes culturales y al Patrimonio de la Humanidad en lugar de hacerlo sobre el respeto a la disedencia o la necesdad de abandono de los gobernantes.
No podemos pararlo porque estamos mandando el mensaje de que consideramos más importante nuestras vacaciones, la arqueología, la historia, nuestra tranquilidad, nuestros miedos y nuestros romances exóticos bajo los azahares, que los derechos y las libertades de gentes que no lo han sido en mucho tiempo porque, entre otras cosas, a nosotros nos convenía y nos sigue conviniendo que no lo sean.
Porque consideramos que Patrimonio de la Humanidad son la muerte y la memoria de déspotas finados hace miles de años y no la vida de personas que habitan en el mismo tiempo y el mismo mundo que nosotros. Porque, como es habitual en nosotros, nos fijamos en lo supérfluo y olvidamos lo esencial, nos indignamos por lo secundario e ignoramos lo fundamental. Nos centramos en lo que nos afecta y dejamos de lado lo que destruye al resto del mundo.
Si las arenas del Sinai han de tragarse los muros de Massada y Jericó, sea. Si el fuego de la indignación ha de hacer arder las momias, sea. Si las arenas han de tragarse las pirámides o las aguas engullir los restos de Cartago o el museo de El Bardo, sea. No es lo más deseable, pero sea.
Al fin y al cabo nosotros hicimos arder Cartago, Roma, Jerusalén y Constantinopla por menos; quemamos Alejandría y su biblioteca por menos y saqueamos los museos persas y mesopotámicos de Bagdad por mucho, mucho menos.
Al fin y al cabo nosotros quemamos un bonito e histórico castillo llamado La Bastilla para luchar por lo nuestro
¡Qué distinto sería el mundo si nos hubiéramos preocupado entonces por el patrimonio cultural!, ¿no os parece?

jueves, enero 27, 2011

El perverso proceso de la crucifixión -Sí, estás siendo culpable-

Si, por algún misterio del tiempo o de la mente transformas cada risa en desprecio, cada charla en conjura, cada reunión en conspiración, cada conversación en conchabamiento, Entonces sí, estás siendo culpable. Para mí y para la vida estás siendo culpable. Y no lo siento. Tal véz has de sentirlo tú.

Si, siguiendo el camino del miedo o de la culpa, conviertes en traición que haya gente que viva de espaldas a tu vida, se divierta sin ti, se junte sin llamarte, sin pedirte permiso ni darte información que ni necesitas ni mereces; si, siguiendo la senda del ego o del patio infantil, crees que aquellos que se juntan sin ti, lo hacen en tu contra, que se ríen sin ti, lo hacen de tu sombra y que viven sin ti, lo hacen para odiarte.

Entonces sí, estás siendo culpable. Para mí y para la cordura, estás siendo culpable. Y no voy a sentirlo. Quizás habrías de sentirlo tú.

Si la necesidad, la ira o la desdicha, te hacen descubrir en recodos ocultos de tu imaginación planes oscuros y perversos que sólo existen en tu ira alterada, en tu queja inmadura y en tus miedos absurdos; si soberbia u orgullo te hacen proclamar esos planes como si fueran ciertos, te fuerzan a creer, ante ti y ante otros, que esos planes existen porque tu necesitas que existan, porque tú has decidido que existen. Porque tú, en alguna febril pesadilla, has soñado que existen.

Entonces sí, estás siendo culpabable. Para mí y para la tranquilidad, estás siendo culpable. Y sigo sin sentirlo. A lo mejor, tendrías que empezar a sentirlo tú.

Si, por culpa del azar o de la necesidad, pretendes elevar tus sospechas a la categoría de verdad absoluta, si tratas como ciertas deducciones absurdas, basadas en premisas falaces, si cambias las palabras que nadie ha pronunciado por otras que has creido escuchar, que te han dicho que dije, que te dicen que he dicho, si presentas fugaces intuiciones como pruebas veraces, creencias como hechos, inferencias privadas como cargos confesos.

Entonces sí, estás siendo culpable. Para mí y para la verdad estás siendo culpable. Y no puedo sentirlo. A lo peor, deberías sentirlo tú.

Si, de forma irreflexiva perpetua y reiterada, otorgas a corros de pasillo el rango de juez y de jurado, a coros de susurros el grado de testigos de cargo, a dimes y diretes la etiqueta de hechos, si callas lo que sabes y afirmas lo que ignoras; si sientes necesario inventarte los odios de los que no te odian por sentir los aprecios de los que no parecian. Si transformas o intentas transformar el reproche en traición, la reivindicación en contubernio, la lealtad en delación... Si clavas en los muros carteles de “Se Busca” sobre cargos ficticios, sentencias sin recurso y condenas injustas y, amparada en el éter, ocultas luego el muro para que no exista réplica, para que no haya recurso, para que no haya defensa.

Entonces sí, estás siendo culpable. Para mí y para la justicia, estás siendo culpable. Y no quiero sentirlo. En un mundo perfecto, lo sentirías tú.

Si, volando en las alas de la irresponsabilidad, la irreflexión, la necedad o cualquier otra cosa, crees que es necesario para bajar un cristo clavar otro en la cruz, usando el mismo mazo. Si los clavos del rumor, el oprobio y la maledicencia, que te duelen clavados en carnes aprecidas, son usados por ti para horadar las pieles y hacer manar la sangre de aquellos que no están o han dejado de estar en tu lista de aprecios; si, para acallar los ecos del martillo que clava a un inocente cristo, te sientes impelida a subir a la cruz a un falso barrabás, si, para ti, aún existe la más mínima diferencia entre la sangre de uno y la de su contrario, entre Dimas y Gestas; Si, amparada en ti misma, no comprendes o finges no entender que el proceso perverso es la crucifixión y no depende de a quien se crucifica y quien clava los clavos.

Entonces sí, estás siendo culpable. Para mí y para el mundo, estás siendo culpable. Y no voy a sentirlo. Quiera el tiempo y el mundo que no hayas de sentirlo tú.

Si alguna vez hubiera visto todo esto y hubiera callado, sí, es posible que hubiera sido culpable. Si lo veo ahora y sigo en silencio, es seguró que seré culpable.

martes, enero 25, 2011

Para todo lo demás... ya no está mastercard

Por fin llegó lo que tenía que llegar. Hasta ahora habían hecho equilibrios, habían tirado y aflojado, habían jugado a que no pasaba nada, a que no había pasado nada, a que no iba a pasar nada. Habían contado una y mil veces el cuento -uno más- de Pedro y el Lobo.
Pero por fin llegó el lobo. El Estado -no nos equivoquemos, el Estado y no el Gobierno- acude en auxilio de la banca. O cuando menos obliga a la banca a rescatarse a si misma.
Y ahora es cuando toca indignarse. Hablar de banqueros que viven en La Moraleja, en Plencia o en La Ribera, de cuentas de beneficios, de dividendos a accionistas. Del dinero de todos destinado a salvar las espaldas con nombres poco castos de unos pocos.
Ahora es cuando toca recordar, es cuando parece que viene al caso pedir que ese dinero se destine a los parados, a los sin techo.
Cuando se antoja necesario traer a la memoria a los que, de repente y por arte de crisis, se han visto arrojados a conceptos, como subsistencia o miseria, que eran desconocidos, en este nuestro occidente incólume e inmaculado, salvo cuando determinadas fechas y campañas publicitarias nos obligaban a vestir el lustroso pero molesto abrigo de la caridad.
Ahora es cuando la ministra Salgado anuncia que se forzarán las fusiones de las cajas -a golpe de Decreto Ley, ¡Que antidemocrático!-, que se recurrirá a las nacionalizaciones, si es necesario, para cerrar el sumidero cósmico en el que se han convertido los balances de las entidades financieras y por el que se han escapado más de 20.000 millones de euros de las cajas y ni se sabe cuantos miles de millones de los bancos.
Ahora es cuando parece que toca recordar esa escasa vena combativa y social que de vez en cuando nos sale cuando vemos que se beneficia al rico y se olvida al pobre, que se salva al poderoso y se deja caer al indefenso.
Pero  en realidad no estamos recordando. Para recordar hay que saber. Para recordar tendríamos que haber conocido a aquellos abocados a la subsistencia cuando nosotros no forrábamos parte de ellos. Tendríamos que haber sabido de los miserables cuando nosotros no engrosábamos sus cada vez más macilentas y numerosas mesnadas.
No podemos recordar, por mucho que nos indigne el rescate de las entidades bancarias y de las cajas de ahorros, a aquellos de los que nos hemos negado a saber nada cuando los números -nuestros números- cuadraban y llegaban a fin de mes.
Esa ola de indignación que comienza a recorrer la espina dorsal de los adormecidos sindicatos, de los irreflexivos antisistema y de nosotros mismos, no es un espacio para el recuerdo. Es simplemente una laguna que hemos excavado para ahogarnos en el olvido.
Un espacio profundo en el que ahogar el recuerdo de que hemos vivido demasiado tiempo por encima de nuestras posibilidades. De que hemos recurrido al crédito para todo y para cualquier cosa. de que nosotros hemos hundido a los bancos.
Unas aguas profundas donde hundir el recuerdo de que el agujero hipotecario de los bancos y cajas se debe a que muchos de nosotros decidimos en su día pedir créditos que suponían más de la mitad de nuestros salarios o incluso la totalidad de los mismos; que muchos de nosotros recurrimos al sueldo de nuestra pareja o de nuestros progenitores para facilitarnos el acceso a viviendas que no podíamos sufragar, que no estábamos en condiciones de mantener.
Y lo hicimos simplemente por el hecho de que considerábamos que era un mínimo incuestionable poseer una vivienda, de que teníamos derecho a ella aunque no pudiéramos pagarla, aunque nos llevara toda la vida sufragarla. Aunque tenerla supusiera gastar por encima de nuestras posibilidades.
Es más que cierto que conviene recordar que las entidades financieras deberían haber tenido la suficiente capacidad de análisis como para negarnos esos créditos. Pero no es menos cierto que no conviene olvidar que nosotros deberíamos haber tenido la suficiente responsabilidad como para no pedirlos.
Nuestra indignación por el rescate bancario no es otra cosa que un ataque de ira que nos ciega el recuerdo de que hemos tirado de tarjeta de crédito para gastos necesarios para los cuales no teníamos dinero a fin de mes porque habíamos dilapidado nuestros ingresos en otras cosas.
Nos permite olvidar que hemos comprado la comida de un mes con el sueldo del siguiente, que hemos pagado las vacaciones de un año con el sueldo del siguiente, que hemos comprado a plazos y sin intereses juguetes electrónicos que no podíamos pagar, tratamientos y lujos que no podíamos sufragar, caprichos y premios que no podíamos costear.
Que hemos creído que estábamos en condiciones de gastar eternamente como si el dinero fuera a fluir siempre, como si no hubiera mañana o, por lo menos, el mañana fuera a ser igual que el hoy.
Nuestras quejas por el rescate a la banca olvidan que el nivel de morosidad es nuestro. Que somos nosotros los que no devolvemos los créditos personales, los que no satisfacemos las cuotas de las tarjetas de crédito. El agujero bancario es el resultado de permitir que muchos de nosotros gastáramos y consumiésemos, más allá del dinero que teníamos, usando el dinero que íbamos a tener como si no hubiese posibilidad de dejar de tenerlo.
No hay que olvidar que la banca y los bancos tendrían que haber realizado un mejor estudio del mercado financiero y podrían haber rebajado los límites en las tarjetas de crédito, las facilidades a la concesión de créditos al consumo y la posibilidad de endeudarse sobre sueldos futuros y no garantizados. Pero hay que recordar que nosotros deberíamos haber tenido el criterio suficiente como para no aprovechar esas facilidades si no estábamos en condiciones y en la seguridad de poder afrontarlas.
Los gritos de protesta contra el rescate de los bancos nos permiten acallar nuestras conciencias culpables por haber iniciado negocios de incierto futuro, por haber intentado especular con bienes que estaban diseñados para cubrir necesidades básicas -como la vivienda, por ejemplo-, por haber intentado sacar partido de un mercado inmobiliario que debería haber cubierto esas necesidades y no servido de banco de pruebas para especuladores aficionados, que jugaban al monopoly con su propio futuro, y para emprendedores de tres al cuarto que buscaban un beneficio rápido y casi infinito.
Porque el fiasco inmobiliario de la banca se debe a que algunos de nosotros nos embarcaron en la construcción de viviendas que luego eran vendidas al resto de nosotros. Porque la burbuja inmobiliaria creció porque comprábamos a cualquier precio, presuponiendo que podríamos vender en cualquier momento a un precio más alto -y así obtendríamos beneficios- una vivienda que nunca habíamos deseado habitar. Porque creímos que podíamos reproducir el ciclo hasta que la casa nos gustara o la avaricia se nos gastara.
Hay que recordar que los bancos deberían haber sido lo suficientemente rigurosos como para valorar los riesgos de esos negocios y tener en cuenta la volatilidad de esa situación. Pero también hay que recordar que nosotros deberíamos haber tenido la ética y el realismo suficientes como para no intentar aprovecharnos de esa situación viciada y peligrosa.
Y no deja de ser comprensible que se proteste contra el rescate bancario mientras se deja en la calle y a su suerte a otras muchas empresas y trabajadores -y eso sí lo hace el Gobierno, no el Estado-.
Pero no conviene olvidar que esa protesta lo es contra un sistema del que nosotros hemos sido parte. Contra una situación de la que hemos sido demiurgos creadores. Contra una realidad que se ha forjado en el irrealismo de todos, por creernos y hacernos creer a nosotros mismos que no podíamos hacer otra cosa que vivir por encima de nuestras posibilidades.
Por aceptar como irremediable, deseable y positivo que, porque el sistema permitía y concedía esa posibilidad en tiempos de bonanza, vivir por encima de nuestras posibilidades de gasto corriente -es decir, del dinero que teníamos cada mes-, era un derecho inalienable e incuestionable.
Así que está bien, es equitativo y saludable, que protestemos contra el rescate bancario. Puede que por primera vez desde que la civilización se hizo occidental y atlántica estamos protestando contra nosotros mismos. Ya es un paso. Pequeño pero un paso.
Esperemos que para todo lo demás no siga estando Mastercard. 

lunes, enero 24, 2011

La Isla Tortuga viaja al Oriente Próximo -bajo el mando del Corsario de Hierro-


De pequeño, cuando los héroes son buenos y los villanos son malos, yo leía al Corsario de Hierro. También leía otros comics pero el primero que me planteó una duda al respecto fue el Corsario de Hierro. La duda era muy sencilla ¿por qué el Corsario de Hierro era un héroe?
No estaba yo al tanto de los matices políticos que diferenciaban al corsario del pirata y al bucanero del filibustero. Pero no entendía porqué, un tipo que robaba y mandaba a pique barcos de Su Majestad era un héroe y los capitanes de la flota inglesa eran terribles villanos sin escrúpulos, por mucho que el pérfido Lord Bradbury hubiera engañado al rey para que enviaran al melenudo y sonriente corsario al fondo del mar.
La Capitana Dagas sí era una heroína. Pero ella estaba buena.
Crecí con esa duda existencial -que tampoco es que me preocupara en exceso- y la olvidé. Pero hoy Israel me la ha recordado y me la ha resuelto.
La Comisión Turkel, formada por el Gobierno de Israel para investigar la violenta intercepción de la mal llamada flotilla de la libertad, que el pasado 31 de mayo intentó romper el bloqueo israelí y llegar a Gaza, ha concluido que su asalto fue legal. O sea que ya no albergo duda alguna sobre el lugar ético que ocupaba en el mundo El Corsario de Hierro. Sus acciones eran legales.
Eran legales porque él había decidido que lo eran. Porque él había decidido que tenía razón y por tanto tenía derecho a atacar, esperar que los atacados no se defendieran y matarles cuando lo hacían. Como ha hecho Israel.
Podríamos hablar de la estupidez diplomática que supuso la mencionada flotilla y habría que darle la razón al gobierno israelí.
No es la mejor forma de ayudar y de potenciar la paz y la libertad desarrollar actos de provocación ante gobiernos que ya han demostrado que no tienen el más mínimo interés en la libertad y que basan su idea de la paz en el control absoluto y el exterminio de la oposición -eso, por supuesto no lo dirán los israelíes. Eso lo debería decir el resto del mundo-.
Vamos que no era precisamente una idea gloriosa.
También sería posible defender que Israel tiene derecho a controlar lo que entra y sale de su territorio.
Aunque entonces tendríamos que discutir sobre si ese territorio, la Palestina ocupada, que ellos consideran propio lo es o no lo es, con lo que volveríamos a ese punto de origen, que se pierde en las brumas de 1959, al que el sionismo político y militar israelí no quiere nunca retrotraerse. Es decir, habría que dirimir si Israel tiene derecho a ocupar Palestina.
Creo que eso ya lo ha hecho la ONU en varias ocasiones pero a todos les conviene olvidarlo en estos casos.
Otra posibilidad sería especular sobre la proporcionalidad de la respuesta del ejército israelí a la violencia con la que se resistió la tripulación al abordaje.
Entonces nos veríamos forzados a escrutar vídeos oportunamente grabados para que los peritos y los técnicos dilucidaran si son reales las imágenes de las agresiones a los soldados, para que descubrieran si son los propios soldados disfrazados los que fingen esas amenazas, si los ataques con barras de hierro son posteriores o anteriores al primer disparo, si el que cae por la borda es un soldado o un marinero.
Deberíamos dilucidar si un soldado entrenado en someter y reducir con sus propias manos a un yihadista armado con un cuchillo necesita disparar para inmovilizar a un activista armado con una barra de hierro.
O sea, que nos veríamos obligados a valorar reglas de compromiso militares sobre respuesta proporcional y, aún así, no tendríamos claro qué es lo que ocurrió en el buque insignia de esa flotilla.
Pero todo eso no importa. Es irrelevante.
Las armas utilizadas en el asalto, las mercancías que transportaba el barco, la resistencia de los abordados, la profesionalidad de los soldados, las resoluciones de la ONU, las reglas militares de compromiso, las campañas mediáticas, los proyectos solidarios, las barras de hierro, los fusiles de asalto, los cinco muertos turcos, los cincuenta heridos, los dos soldados caídos por la borda, los disparos y los gritos no importan. Habéis leído bien. Ni siquiera los muertos importan.
Lo que transforma en una farsa y en una falacia a la Comisión Turkel, por mucha presencia de Premio nobel de la Paz que pueda tremolar, es un pequeño aparato, un ínfimo y complicado mecanismo que sustituye a las cartas de navegación y los sextantes. Algo llamado GPS (Global Position System, creo recordar).
Porque pueden tenerse dudas sobre lo qué ocurrió, cómo ocurrió y hasta cuando ocurrió. Pero el GPS nos quita todas las dudas sobre dónde ocurrió. Y la respuesta a esa pregunta transforma a los soldados israelíes en los piratas somalíes del Golfo de Adén y transforma a sus jefes políticos y militares en el puñetero Corsario de Hierro.
Ocurrió en aguas internacionales.
No se puede abordar un barco en aguas internacionales. No se puede asaltar un barco en aguas internacionales. Eso lo sabe Israel, lo sabía la flotilla, lo sabe la ONU y lo saben hasta los piratas somalies. Pero Israel lo ignora y la pantomima que respalda su acción se atreve a afirmar que el abordaje, realizado en aguas internacionales, fue legítimo porque "al intentar romper el bloqueo la flotilla se había convertido en un objetivo de guerra".
De modo que ahora la guerra se establece sobre las intenciones. Israel tiene unas cuantas millas marinas de aguas jurisdiccionales en las que ese argumento hubiera sido aceptable. Tomado por los pelos, hipócrita y casi divertido, pero aceptable. Pero eso no sirve en aguas internacionales.
¿Un objetivo de guerra? ¿contra quien?
En España, Italia y otros muchos países está prohibido entrar ilegalmente por mar ¿eso convierte en objetivos de guerra a las pateras hasta el punto de que puedan ametrallarlas o hundirlas las patrulleras de la Guardia Civil?.
Que los barcos españoles incumplan las normas de captura en los caladeros franceses o marroquíes, ¿les transforma en objetivos de guerra? ¿Desde cuando la intencionalidad de un barco civil y desarmado de cometer un delito o una acción ilegal posibilita que se le convierta en objetivo militar?
Todos sabemos que no es así. Pero a Israel no le importa. Los halcones militaristas de gobierno israelí utilizan sus propios argumentos.
Como yo creo que alguien me ha perjudicado -Palestina y Lord Bradbury-  y los demás -La Armada de Su Majestad y el resto del mundo- no me dan la razón, entonces puedo atacar en alta mar a cualquiera que le de la razón a mi enemigo en lugar de a mi -Un bajel Inglés o una flota de activistas-. Tengo ese derecho. Soy el Corsario de Hierro.
Da igual que a lo mejor yo no tenga razón, da igual que se haya demostrado que no la tengo, da igual que esté incumpliendo con mi bloqueo todas las reglas de compromiso y las normas de convención que luego utilizo para exonerar a mis soldados. Hago lo que no tengo derecho a hacer en aguas en las que no tengo derecho a hacerlo.
Convierto a mis tropas en piratas somalies que ignoran los derechos del mar y se apropian de lo que desean sin importarles que no sea suyo y no tengan ningún derecho hacerlo. Convierto la fuerza en la única ley del mar. Y monto una comisión internacional para refrendarlo.
Así que todo lo que ocurrió no es relevante para la exoneración o condena de Israel. Sólo lo es el GPS porque ocurrió en aguas internacionales y en un buque desarmado -las barras de hierro no se consideran armas de invasión marítima-.
Porque fueron actos realizados por unos hombres armados a los que, por mucho uniforme que vistan y por mucha estrella de David que luzcan en sus mangas, sus jefes les habían convertido en simples bucaneros somalies en busca de botín, en sencillos filibusteros que, bajo una intolerable patente de corso, asaltan los mares en busca de riquezas para su señor. Aunque en este caso el botín y la riqueza no sean oro, plata ni rescates millonarios pagados en secreto. Aunque el botín sea la más absoluta impunidad para seguir matando Palestina de hambre y desesperanza.
Y si hay un Premio Nobel de La Paz que refrenda esas teorías es que cree bastante más en la paz que en la justicia. Que no son la misma cosa aunque una no sea posible sin la otra.
El Cosrario de Hierro y los piratas de Adén ya tienen amiguitos con los que intarcambian canciones procaces, libaciones de ron e historias de abordaje en la Isla Tortuga. ¡¡¡Oh, la botella de ron!!!

sábado, enero 22, 2011

Cuando un juez me dice que mi odio es sólo mío -Alienación parental bajo la máscara-

¿Alguien ha oido hablar de Esholz? Es evidente que últimamente no.
Desde luego no han oido hablar de él las veinte mujeres que se encierran este fin de semana en una sede de Izquierda Unida en Madrid para protestar. Lo hacen con máscaras blancas en el rostro y el apoyo institucional y de partidos de Izquierda, con el refuerzo de asociaciones femeninas y feministas.
Y ¿por qué lo hacen? Lo hacen porque quieren recuperar la custodia de sus hijos, de acuerdo. Lo hacen porque quieren que el sistema judicial no actúe en su contra, ¿cómo?. Lo hacen porque quieren que jueces, agentes judiciales, tuteladores y vigilantes de Puntos de Encuentro no hagan su trabajo, ¿perdón?. Lo hacen porque quieren que su palabra tenga rango de ley, ¡acabaramos!
Están en contra de que se aplique el concepto de la Alienacion Parental, o sea, de que se retire la custodia si alguien se dedica sistemáticamente a destruir la imagen y la relación de un progenitor -sea cual sea su sexo-, amparandose en la prevalencia y la presencia constante que, sobre los menores, le otroga el hecho de detentar su custodia legal.
O sea que quieren que nadie pueda perder la custodia de un hijo por inventar mentiras sobre su ex pareja, por negarle el acceso a ellos, por castigar a sus hijos por querer verle, por prohibirles llamar a su progenitor, por tirar o quemar los regalos y la ropa que este les regala y compra, por acusar falsamente de abusos ante los servicios sociales, por convencer a sus hijos de que cada vez que se van con la otra parte de su aportación genética le están haciendo daño, le están poniendo triste, le están partiendo el alma, por invertarse conversaciones ficticias en las que el ausente se niega a verles, por alterar la historia familiar en su propio beneficio y en perjucio del otro.
Y todo eso es real. Creedme, sé de lo que hablo.
O sea que quieren que todo eso no se tenga en cuenta a la hora de valorar si alguien merece o no cuidar a unos hijos y, lo que es más importante, si unos niños merecen o no crecer en ese ambiente.
Eso es el Síndrome de Alienación Parental y veinte mujeres están encerradas en Madrid para pedir, para exigir -que, a estas alturas del partido, la exigencia es una prerrogativa que, según el feminismo lacerante e irracional, solamente tienen las mujeres- que eso no sirva para quitar la custodia a las mujeres divorciadas en beneficio de los padres de sus vástagos.
Y dicen que el Síndrome de Alienación Parental no está oficialmente reconocido. Y no lo está. Y no es sorprendente que lo digan, primero porque es cierto y segundo porque les viene bien.
Lo que no resulta tan poco sorprendente es que ninguno de los periodistas que asisten a la puesta en escena de esta protesta les indique la laguna en su argumentación que supone que el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, ya en 1986, diera la razón a un tal Emile Esholz en su proceso contra el Estado de Alemania.
Lo que es sospechoso es que nadie les recuerde que ese concepto legal, no psiquiátrico, está admitido por la jurisprudencia que emana de esa sentencia como motivo de retirada de la custodia. Y lo está por el más alto tribunal de derechos al que se puede recurrir.
Lo que es indignante es que los medios refuercen el hecho de que la Organización Mundial de Salud no lo reconoce como enfermedad, pero ignoren el hecho de que la Unesco le ha dedicado un día internacional. Incidan en que la Sociciedad Psiquiátrica Americana no lo incluya como una enfermedad psiquiátrica pero pasen por alto el hecho de que cuatro legislaciones europeas (la alemana, la holandesa, la francesa y la británica) incluyen conceptos legales, como manipulación parental injustificada o presión parental, en sus ordenamientos legales para definir como punibles este tipo de acciones por parte de un progenitor hacia el niño con respecto a su otro progenitor.
Lo que es absolutamente impresentable y aterrador es que los y las periodistas allí presentes acepten sin rechistar de la diputada madrileña Eulalia Vaquero y de la psicóloga de turno esos argumentos sin caer en la cuenta -o sin querer caer en la cuenta- de algo que debería omitirse por obvio: de que no es necesario causar una enferdar psiquiátrica a un niño para perjudicarle.
Hacer trabajar a un niño no crea una enfermedad psiquiátrica y está penado, prostituir o armar a un niño puede no crear enfermedad psiquiátrica alguna al menor, pero le perjudica claramente y está fuertemente penado.
Y nadie espera a que la OMS acepte el concepto de Síndrome del Niño Golpeado -que, por cierto no existe- o a que la Sociedad de Psiquiatría de América incluya en el DMS el Síndrome del Niño Soldado o el Síndrome de la Niña Prostituta -que, de paso, tampoco existen- para considerar eso un delito, castigarlo y prohibirlo.
Sería algo tan absurdo como no castigar un robo si no causa la ruina total a la víctima. Sería tan pueril como defender que callar verdades trascendentes no es mentir.
Las ideólogas de la perversidad de exigir a las madres divorciadas una responsabilidad que no enturbie su acceso a aquellos hombres a los que ellas odian hacen bien su trabajo y eluden la exposición de todas esas circunstancias.
Los medios de comunicación no hacen bien el suyo al permitirles, simplemente por llevar colgada del pecho y de la máscara la vitola de víctimas, pasar por alto tan obvias evidencias.
Los jueces no dictaminan si alguien está enfermo o no -salvo en algunas excepciones-. La judicatura está encargada de dirimir lo que es delito y lo que no lo es.
Y la judicatura española está empezando a llegar a la conclusión de que esas actitudes de alejamiento y demonización del padre divorciado por parte del padre custodio son un delito, no son permisibles y son castigables. Que causen una enfermdad o no es secundario. Es, en todo caso, un agravante. No es relevante.
Y precisamente porque saben eso -o porque temen que alguien pueda darse cuenta- motan todo el circo mediatico de esta protesta -que para eso están todas las protestas, hoy en día- en torno a una veintena de mujeres maltratadas que han perdido la custodia por causa de la aplicación por los jueces de esa nueva perversión denominada Alienación Parental.
Y eso si que es grave. Porque se da la custodia a maltratadores que, como poco, no son capaces de transmitir unos mínimos valores a un menor. Eso si no los maltratan directamente.
Y en ese momento del dicurso, en el que Eulalia Vaquero afirma emocionada que "esa es otra nueva forma de violencia contra las mujeres que ya han sufrido violencia y por eso es intolerable" -¿cuando hemos dejado de hablar de los riesgos de los menores y hemos vuelto a hablar de las necesidades de las supuestas víctimas?-, es cuando te das cuenta de la falacia. Cuando percibes el engaño.
Porque es en ese momento cuando la lógica de la rueda de prensa impone que una sonriente azafata -o azafato, si se considera sexista- reparta un bonito dosier. Pero no hay dosier.
Es cuando los periodistas apartan los ojos del estrado para consultar el texto de la sentencia de malos tratos que les ha sido presentada como caso de ejemplo. Pero no hay ejemplo.
Es cuando el sonido de los folios de la sentencia de la concesión de la custodia a un individuo condenado por maltrato acalla por un instante las palabras de la conferenciante. Pero no hay sentencia.
Y la logica judicial y procesal te golpea en la cara. Todo maltratador convicto sufre pena de cácel, según la nueva ley de Violencia de Género. Y ningún juez puede ni quiere conceder la custodia de un menor a alguien que está en la cárcel ¿Qué es lo que falla?
Falla que las veinte mujeres que esconden sus rostros -como si tuvieran que avergonzarse de su protesta- no han perdido la custodia ante veinte maltratadores convictos. Han perdido la custodia a favor de veinte hombres acusados de malos tratos. Puede que terminen siendo maltratadores, puede que parezcan maltratadores. Pero no lo son. No pueden serlo. Ningún juez ha dicho que lo sean.
Están denunciados por malos tratos y pueden ser condenados por malos tratos. Pero aún no son maltradores y puede que nunca lo sean. Puede parecer una diferencia ínfima. Pero no lo es.
Así que lo que es perverso no es la aplicación del concepto de Alienación Parental -que, por cierto ya ha beneficiado a muchas madres-. La que es pervesa es la Ley de Proteción Integral contra la Violencia de Género, que ha acostumbrado al entorno feminista radical a tratar como un maltratador a cualquier hombre sólo por el hecho de que una mujer le denuncie.
Algo que la judicatura puede hacer con las medidas preventivas que impone esa ley, pero algo que le resulta imposible -y, por lo que se está viendo, indeseable- cuando el proceso no está vinculado a la Violencia de Género -concepto que, por otro lado, tampoco está aceptado, tal y como se aplica en España, por ningún organismo internacional, no lo olvidemos-.
Y por ello están en contra de las exploraciones psicológicas de los juzgados a los menores -que exigen en otras muchas circunstancias-, porque las declaraciones de los niños pueden ser del todo incompatibles con sus denuncias. Todos sabemos que los niños en situación de una cierta presión tienden a decir la verdad. Lo saben sus profesores, lo saben sus hermanos mayores. Lo saben sus padres y sus madres.
Por eso están contra las investigaciones y los informes de los agentes judiciales y los responsables de los Puntos de Encuentro. Porque ellos no están mediatizados por el hecho de que ella es víctima de malos tratos y él un maltratador, puesto que no existe sentencia alguna al respecto.
Así que, pese a la nueva escenificación, al final todo sigue siendo lo mismo. La protesta no exige que se aplique con rigurosidad médica el Síndrome de Alienación Parental, no solicita que se cubran vacíos legales que permiten acceder a los maltratadores a sus hijos y ponerlos supuestamente en riesgo.
Lo que pide la protesta es lo de siempre. Que mi palabra sea ley, todo el mundo me crea sin fisuras  y nadie me cuestione. Y que nadie pueda acusarme nunca de hacer algo malo y, mucho menos, a mis hijos.
Y lo peor es que es más que probable que muchas de esas veinte mujeres hasta tengan razón y su denuncia sea cierta y su reclamación aceptable. Lo triste es que se dejan instrumentalizar por una protesta y unas organizaciones a las cuales su situación les importa muy poco o nada.
No me extraña que las tapen el rostro. Es vergonzoso. No me extraña que las hagan usar máscaras blancas. Es una mascarada.

viernes, enero 21, 2011

Victorianismo, vino y moda en Igualdade (1)

Después de la desaforada imagen de mi anterior post estaba yo dispuesto a hablar de autobuses, de segregación, de libertad -como para compensar-. Estaba yo dispuesto a escribir de religiones, de usos religiosos, de mujeres y hombres discriminados por credos y por tendencias religiosas. Estaba yo dispuesto a redactar sobre lo esencial, pero voy a empezar por lo banal, por lo irrelevante, por las cortinas de humo. Voy a empezar por Marta González Vázquez.
Que ¿quién es esta señora? Pues, ¿quién va a ser? un cargo público, a la sazón, Secretaria General de Igualdade de la Xunta de Galicia.
Que ¿qué ha hecho? Lo de siempre, nada. Aunque ella cree lo contrario, está orgullosa de lo contrario. De hecho, es de suponer que se sentirá orgullosa de haber frenado el sexismo que está destruyendo nuestra sociedad.
En resumen. Ha forzado la retirada de una cartelría que publicitaba una gala benéfica sobre el vino y la moda gallegos. Y lo ha hecho por sexistas, por humillantes, por machistas.
He aquí las obras del delito. No diré nada sobre ellas porque no creo que tenga nada que decir. Pero Igualdade si se ha visto obligada a decir muchas cosas: "la mujer queda reducida a un mero objeto, la convierte en un reclamo sexual y genera violencia contra ella", Ha dicho la secretaría y su secretaría.
La mujer queda reducida a un mero objeto. Curioso, ¿por qué?
Si la modelo estuviera sujetando la copa vestida con un traje de chaqueta y con un portafolio ¿no sería un objeto?, si estuviera pudorosamente tapada y consultando un portatil en mitad de una piscina de Albariño -no se me quejen los amantes del Ribeiro- ¿no sería un obeto? si la modelo fuera rolliza y no escultural, de piernas cortas y no infinitas ¿no sería un objeto?
No sé qué responderá Igualdade de la Xunta,  con su secretaria general a la cabeza, a estas preguntas.
Pero la respuesta para mí es, indefectiblemente, sí. Sería un objeto de igual modo.
Sería un objeto, como lo son todos los modelos y todas las modelos del mundo, como los son cuando posan vestidos o desnudos, insinuantes o recatadas, provocadores o inocentes. Como lo son sus manos y sus uñas, como lo son sus rostros y sus labios, como lo son sus espaldas y sus pechos, como lo son sus convexos abultamientos pélvicos y sus cóncavos escotes, como lo son sus ojos y sus barbas. Como lo es cada parte de su anatomía, aparezcan por separado o en su conjunto
Porque lo que es un objeto en apariencia es el modelo. Les pagan por serlo. No es un objeto por ser mujer o por ser hombre. No es un objeto por estar vestida o desnuda, no es un objeto por ser bella u horrible. El objeto es el modelo. Es la profesión que han elegido y es por lo que se les paga.
La mujer y la imagen de la mujer no tienen que ver en ello. Y el novecentismo victoriano en el que se ha transformado el feminismo español no puede verlo, no quiere verlo. No sabe verlo.
Porque un maromo en calzoncillos no es sexista. Porque un cartel en el que se vea un plexo solar perfecto o unos brazos musculados no es sexista, porque un individuo insinuante con la camisa desabrochada y una mirada provocadora y provocativa en una marquesina de un autobús no es sexista.
No puede serlo. A la Secretaria de Igualdade le gustan, a las mujeres les gustan. Así que tienen que ser buenos, tienen que ser éticos. No pueden ser sexistas.
Los modelos son objetos porque están ahí para portar el producto que anuncian. No por lo que sean o dejen de ser. Esa es su profesión.
Y puede ser muy cuestionable que existan profesiones así y que las sociedades occidentales precisen de una profesión así. Pero la señora González Vázquez no está hablando de eso. Entonces tendría todo mi apoyo y comprensión.
Pero no es eso. Es victorianismo puro y duro. Un sexo tiene derecho a unas cosas y el otro debe tenerlas prohibidas por bien de la ética y de la tranquilidad del sexo que goza de los privilegios. Su Graciosa y Serena Majestad, Victoria de Inglaterra, hubiera estado orgullosa.
Un hombre puede ser un objeto, una mujer no. Eso es sexita. Tiene razón, es sexista. Por su parte no por la del anunciante.
La convierte en un reclamo sexual. Mas curioso todavía ¿por qué?
La Secretaría de Igualdade de la Xunta olvida o quiere olvidar a qué temática concreta está destinada la gala: vino y moda. La copa es el objeto que porta el vino y la modelo es el objeto -por modelo, no por mujer- que porta ¿qué porta la modelo?
No tengo el dato concreto, pero apostaría mi alma condenada y regalada a que porta la vestimenta de algún diseñador o diseñadora de terras galegas.
O sea que la modelo es el reclamo para la moda gallega. Es el reclamo para ese sector que en un 85 por ciento recibe sus ingresos de la moda femenina. Es decir, de la moda comprada por mujeres y diseñada para mujeres. Que en un inmenso porcentaje de facturación está destinado al consumo de mujeres.
No conozco los datos exactos sobre el porcentaje de mujeres homosexuales en España, pero me arriesgaré a decir que no parece que el reclamo sexual de una mujer estupenda con un pecho parcialmente al descubierto sea algo que llegue a la mayoría del público objetivo de esa publicidad ni del espectro de mercado de ese negocio que es la moda.
¿Está diciendo Igualdade que las mujeres comprarán la moda gallega porque se sienten atraidas sexualmente por la modelo?, ¿está diciendo la secretaria González Vázquez que las pasarelas se pueblan de piernas infinitas, espaldas al aire, escotes profundos y figuras anorexicas -a mi entender de hombre que no sabe de estas cosas, según ellas- porque las destinatarias de esos productos de repente se sienten arrebatadas en su líbido por esas presencias bellas y atractivas?
A lo mejor resulta que Jadore es la colonia más vendida de las última campaña de Navidad porque todas las mujeres que la compran sueñan con que Chralize Teron tenga una engachada sexual con ellas justo en el momento en el que deja caer la última prenda de la que se desprende en el spot. O a lo mejor lo que pasa es que todas las mademoiselles que han comprado el perfume de Chanel tienen sueños húmedos con Kira Knightley.
Espero que no sea eso lo que está pasando. Sinceramente, espero que no sea eso.
¡Claro que el sexo es un reclamo! Pero en todos esos casos -y en el de la moda- lo es indirecto y lo es para las mujeres. Lo que espera el subconsciente consumista de Jadore o Chanel es que los hombres sientan ese impulso irrefrenable cuando ellas se deshagan de sus vestimentas o que las persigan como hacen los elegantes caballeros con la pirata del caribe ¿Quien está siendo entonces tratado como un objeto?
Pero volvemos al principio. Cuando una mujer alza la ceja y hace un comentario del tipo "ya le dejaria yo a ese que me pasara el algodón por donde quisiera" -y es literal- cuando ve al nuevo mayordomo del bioalcohol no pasa nada, no es sexista. Cuando una mujer sueña con poder elegir entre un sinfín de mancebos para sus escarceos sexuales, fijándose exclusivamente en su físico no pasa nada, no es sexista.
Partimos de la base de que que la secretaria general y su secretaría parecen creer que el hecho de que un hombre tenga un impulso o una fantasía sexual con una mujer sin su permiso es un insulto y una forma de pensamiento machista.
¡Como si los buzones de entrada de los correos electrónicos de Vin Diesel, Cristiano Ronaldo, Taylor Lautner o George Clooney estuvieran llenos de solicitudes previas  de permiso, enviadas por triplicado, de todas las mujeres que han tenido y disfrutado sueños húmedos con ellos!
 Para ellas, lo que en una mujer es un símbolo de liberación, en un hombre es un insulto. La mujer tiene derecho al sexo y a la fantasía sexual, el hombre no.
Una mujer mostrada en una campaña publicitaria de forma más o menos insinuante es un insulto sexista y hay que hacer campañas contra su presencia. Pero nadie hace una campaña para eliminar de las carpetas de las jovencitas los plexos solares desnudos, las camisas mojadas y las piernas musculadas de individuos que no están ahí precisamente por sus dotes interprtativas, por sus grandezas futbolísiticas o por sus afiladas mentes -aunque muchos de ellos posean unas u otras-.
Si estuvieramos hablando de la falta de ética y de sentido común que supone que el sexo se use para todo, que se conciba como un elemento de trueque que se basa más en la abundancia y la frecuencia que en la expresión de sentimeintos, apoyaría a la Secretaria de Igualdade.
 Si protestara sobre el hecho de que se ha vendido una teoría que hace desable que se disocie de cualquier sentimiento y de cualquier expresión de los mismos para evitar compromisos y problemas y para utilizarlo exclusivamente como un bien de consumo que cubre determinadas necesidades de hombres y mujeres, estariamos hablando de lo mismo y la secundaría casi sin reparos.
Pero una mujer no puede ser utilizada como reclamo sexual y un hombre sí. Un hombre no tiene derecho a recibir impulsos sexuales que alimenten sus fantasías desde la publicidad y una mujer sí. Tiene razón. Eso es sexista. Sexista por su parte.
Hay aún dos argumentos más en las motivaciones de la Igualdade de la Xunta que merecen comentario, pero de momento paro aquí.

Escote e hipocresía no curan la bronquitis

Esperaba que tardara menos, que fuera mas repentino, que la reacción de estas endemoniadas líneas al humo prohibido y a la nicotina delatada fuera más inmediata, mas fulgurante, más intensa. 
Pero me ha llevado veinte días. Veinte días en los que el humo ha seguido entrando y saliendo de mis pulmones, en los que la nicotina ha seguido activando mis conexiones neuronales cuando escribo -¡Ah, ¿no sabíamos que la nicotina hace esas cosas?!-. Veinte días en los que han ocurrido cosas mucho más relevantes y, desde luego, más importantes, que reaccionar a donde puedo o no puedo fumar.
Y lo que me hace hoy escribir sobre la nueva, furibunda y ultraortodoxa Ley Antitabaco no es ninguno de los argumentos que se han utilizado hasta ahora por una u otra parte.
No es la incoherencia de un Estado que se beneficia con la recaudación impositiva sobre una actividad que considera perniciosa en lugar de prohibirla y asumir las consecuencias electorales y sociales que eso supondría. Lamentablemente, este Occidente Atlántico nuestro está acostumbrado a la incoherencia gubernamental.
Lo que me ha forzado a estas líneas no es la campaña propagandística de algunos medios de comunicación, que se empeñan en demostrar lo indemostrable. En aportar pruebas estadísticas de la buena acogida que ha tenido una ley que, probablemente, sea la más criticada desde que el Tío Paco puso en marcha su siempre recordada Ley de Vagos y Maleantes. Que insisten en decorar con estadísticas y encuestas la escasa repercusión de la prohibición; en completar el idílico nuevo cuadro de salud y libertad con reportajes humanos, poéticos y estéticos sobre "a qué huelen los bares", como en el mítico anuncio de compresas. Lamentablemente, estamos acostumbrados al servilismo ideológico de la prensa en este país y a la manipulación de profesionales del periodismo, que pretenden usar las noticias -no las columnas de opinión- como megáfono de sus ideas y deseos.
Lo que me ha colocado delante del teclado no es el esperado y esperable informe de la Asociación de Hosteleros sobre sus pérdidas millonarias, sobre el descenso de ingresos, sobre sus locales medio vacíos, sobre cuanto dinero pierden y cómo lo pierden.  Lamentablemente, estamos acostumbrados en nuestras sociedades a que la motivación económica sea la principal palanca de las reformas y de las contrarreformas.
Y tampoco lo hago en respuesta a la reacción de esa prensa, de repente adalid del aire puro de égloga garcilasiana, que les acusa de mentir -veladamente eso sí-, apoyándose en sus encuestas y no en los datos reales que los hosteleros aportan sobre sobre sus negocios. Ignorando que su idílico presente libre de humo de tabaco no puede responder a la pregunta de ¿qué ganarían los hosteleros mintiendo en este asunto?, si no hubieran descendido sus ingresos, sus dineros y sus parroquias ¿por qué habría de importarles que existiera o no la Ley Antitabaco?. Lamentablemente, en esta prensa nuestra estamos acostumbrados a que no hay posibilidad alguna de objetividad.
Pero no han sido todas esas cosas, ni la llamada a la delación como beneficio social, ni las quejas sobre la la libertad de elección, ni las parodias de Gran Hermano sanitario -el de Huxley, no el de Tele 5- que llevan a cabo determinadas ministras, que han empezado a serlo hace dos días y que, al paso que llevan, van a tardar idéntico plazo en dejar de ejercer el cargo.
Ni siquiera ha sido la razonable queja de que, además de preocuparnos por poseer la Ley Antitabaco más restrictiva de Europa, podríamos hacerlo por tener el sistema de pensiones más avanzado del continente, el sistema de cobertura laboral más ajustado de nuestro entorno o la ley educativa más evolucionada de este lado del globo. Cosas que, obviamente, no tenemos y que no compensa la Ley Antitabaco.
Lo que me ha hecho reaccionar son dos cosas que normalmente suelen hacer reaccionar a un hombre heterosexual en nuestro país: un buen escote femenino y una caña.
Y me explico.
Dentro de esa mascarada mediática que pretende vender a posteriori la dichosa ley, a sabiendas de que ya estaba rechazada a priori, una cadena televisiva idea un reportaje en el que se ve el lado humano del no fumador y las bondades que para ellos supone la ley. Para eso elige a una señora que no podía antes apenas entrar en los bares porque tenía bronquitis, una bronquitis crónica que el humo del tabaco agravaba. El epítome de no fumador beneficiado por la ley. Hasta ahí, correcto.
Pero la cámara nos enseña a esta mujer -bastante atractiva, por cierto- entrando por la puerta del local. Lleva un abrigo negro abierto y un precioso jersey gris con un profundo escote que insinúa, con una elegancia incuestionable, aquello que a la mayoría les gusta que insinuen los escotes. Es lógico. Todos nos arreglamos para salir en la tele.
¿Y qué tiene esto que ver con la Ley Antitabaco? ¿acaso me indigna que las no fumadoras sean elegantes y atractivas?
Como es evidente para los que me conocen que la segunda pregunta es irrelevante -conozco en diversos sentidos a varias mujeres que entran en esas tres categorías-, contestaré a la primera.
El reportaje está grabado en Madrid, en la segunda semana de enero, en la cual temperatura media en la calle es de seis grados y en la imagen se ve claramente que hace un viento de una intensidad apreciable.
Y nuestra querida no fumadora llega con la garganta al descubierto, con el pecho al descubierto. No cierra su escote una bufanda, un cuello alzado, ni siquiera un pañuelo de seda.
No habrá especialista médico en esa parte de la anatomía humana que no te dirá que el frío es el principal enemigo ancestral de los bronquios -incluso los sanos- así que, por definición, alguien que sufre bronquitis crónica debe proteger las vías respiratorias del frío. Pero nuestra protagonista no.
Ha decidido que la belleza televisiva es más importante que su enfermedad, esa misma enfermedad que ha motivado que empiece a ser feliz con la ley Antitabaco.
Y la broma -porque, por un momento, pienso que tiene que ser una broma- continúa. Mientras habla de su bronquitis crónica, de sus problemas con el humo, de la imposibilidad de ir a bares por el humo, de la falta de conciencia de sus compañeros de trabajo por fumar cerca de ella -y yo le doy la razón en todo-, su entrevistadora, como para ahondar en el hecho de que están en un bar -casi vacío, por cierto, pero eso no se dice-, pide algo.
¿Pide dos cafés? no, ¿pide dos refrescos del tiempo?, no; ¿pide dos tazas de caldo de pollo bien calentito, para compensar el efímero frío que han experimentado las vías respiratorias de nuestra escotada protagonista por el sacrificio de salir guapa en la tele?, por supuesto que no. Pide dos cañas.
Y el cámara -muy bueno, por cierto- mueve con pulso de acero la cámara hacia el grifo del que brota la cerveza como en un manantial bíblico.
Y contemplamos el espumoso líquido manando y aterrizando en el vaso, vemos la espuma formándose, las doradas burbujas que ascienden..., vemos un relieve en el grifo de cerveza en el que se puede leer "Glacial, 4 grados".
No contenta con llegar a pecho descubierto -o a escote, que suena mejor y menos lujurioso-, no satisfecha con avanzar por las gélidas calles de Madrid garganta al aire y bronquio al viento, nuestra bronquítica y no fumadora protagonista se echa al gaznate en un largo sorbo un líquido que ha sido servido a la glacial temperatura de cuatro grados centígrados. ¡Ole sus gónadas!
En tres minutos de reportaje ha hecho mas por acabar en el Cementerio de la Almudena, víctima de un acceso bronquítico irreversible, que todos los fumadores capitalinos que expelieran humo a su alrededor. En tres minutos se ha desdicho a si misma sin posibilidad de redención.
En tres minutos me ha forzado a escribir un post no contra la Ley Antitabaco, no contra los fumadores o contra los no fumadores, sino contra la más absoluta e intolerable hipocresía.
Una hipocresía que nos lleva a exigir a gritos y denuncias delatoras -porque ella se enorgullece de hacerlas- que los demás respeten nuestra salud cuando nosotros la ponemos en riesgo continuamente, incluso ante las siempre delatoras cámaras de la televisión.
Una hipocresía que nos permite exigir a los demás esfuerzos en nuestro beneficio cuando nosotros no estamos dispuestos siquiera a asumir los propios.
Una hipocresía que nos permite denunciar a los demás ante los gobiernos y autoridades y ser cómplices de nuestras acciones indebidas ante nuestras propias conciencias.
Una forma de ver el mundo que hace que el frío y la exposición voluntaria de nuestra garganta y nuestro escote a cambios bruscos de temperatura, a vientos helados o a líquidos glaciares sean menos importantes para nuestra enfermedad que el humo que expelen los demás.
Que nos permite echar la culpa completa y absoluta -que la tienen, en parte- a factores externos de algo que también está motivado por todo lo que hacemos o no hacemos nosotros y que preferimos ignorar por el esfuerzo y el sacrificio que nos supondrían.
Así que, al final, parece que sigo sin escribir sobre la ley Antitabaco. Al final, pese a que han pasado ya veinte días, parece que sigo encontrando cosas mas relevantes y, desde luego, más importantes a las que dedicar estas endemoniadas líneas.
Puede que la conciencia y el sentido de la justicia debida de esta escotada no fumadora crónicamente bronquítica estén a salvo porque los fumadores no llenen los bares de humo. Pero sus bronquios seguirán en peligro por todas las elusiones e irresponsabilidades que comete por su cuenta, sin que nadie se las imponga, sin que nadie tenga el derecho a prohibírselas con una ley.
La hipocresía no cura la bronquitis. Aunque, en este caso, parece que ambas sean crónicas.

jueves, enero 20, 2011

Brandon nos deja a 150 cms de la perfección

En Holanda hay una correa de metro y medio de largo que nos ata a la pared. Ciento cincuenta centímetros de curtido y fuerte cuero de Flandes que nos separan de la autocomplacencia. Mil quinientos milímetros de resistente materia que acaban en el pecho de un muchacho y que nos limitan el acercamiento a la utopía y nos impiden el acceso a la perfección.
En Holanda hay una correa de metro y medio que nos recuerda que tenemos trabajo por hacer, que no está todo inventado. Que el mundo aún no está bien hecho.
Brandon está atado a una pared en Holanda. Lleva así cuatro años, casi una cuarta parte de su vida, así. Su radio de movimiento es de un metro y medio. No puede alcanzar tres de las cuatro paredes que le circundan, no puede recorrer el perímetro del cuarto que le retiene. No puede dar más de tres pasos sin tener que volver sobre ellos.
Y eso nos indigna. Eso nos contrae, nos asusta y nos impele a clamar por la libertad de Brandon.
Y, cuando nos enteramos, volvemos nuestro rostro en busca de un gobierno perverso que le retenga, de un torturador desalmado que le castiga, de un carcelero inhumano que le retiene. En busca de un objetivo de nuestra justa rabia que nos depure las lágrimas de nuestra repentina tristeza. Lo buscamos y no lo encontramos.
No lo hallamos porque Brandon no es un preso político, no es espía torturado, no es un ciudadano injusta e inhumanamente retenido. No lo encontramos porque en Holanda -en el mundo- es legal tener a Brandon atado a una pared. No lo encontramos porque el enemigo de Brandon, que le retiene y le ata a una pared, está dentro de él.
No lo vemos porque Brandon está loco.
Escucha voces que le impelen, que le obligan, a destruir todo lo que le rodea y a atacar a todos los que se cruzan en ese reducido espacio al que le ha confinado su enfermedad y la furia de sus voces. Y por eso permanece atado y fijado a la pared por una correa de cuero holandés de ciento cincuenta centímetros.
Si hubiera nacido hace milenios en la Tierra de Ur, esas voces le hubieran transformado en un profeta y le hubieran llevado a la muerte en aras de su dios; si hubiera venido al mundo en la polvorienta Galilea de hace unos dos mil años, esas voces furiosas le hubieran convertido en un mesías y hubiera tenido idéntico prematuro final; si sus locos ojos se hubieran  abierto en las riberas del Ganges, estaría sentado sobre un colchón de púas intentando digerir hojas curvas de acero o si su primera respiración  hubiera inhalado el puro aire del año mil en Europa,  su vida hubiera transcurrido, barbuda y autoflajelada, en alguna caverna boscosa, anunciando el fin del mundo. Si hubiera nacido en la Damasco de Saladino o en la Granada de Abderraman, las gentes se hubieran apartado a su paso y hubieran musitado la letanía en honor de aquellos cuyos ojos no están en este mundo porque vieron a Allah antes de nacer.
Pero Brandon ha nacido hoy y ha nacido en Holanda. Por eso está atado a una pared. Porque Brandon no es un profeta, no es un mesías, no es un santón ni es un monje apocalíptico. Porque Brandon es un esquizofrénico sin cura en una sociedad que, en su lucha por la perfección, se ha olvidado de algún que otro detalle sin importancia.
Alguien, una enfermera, ha grabado a Brandon y ha difundido esa sobrecogedora imagen de un adolescente, que no ha hecho nada, tratado como no nos atreveríamos a tratar ni al peor de los criminales de guerra que podamos echarnos a la memoria.
Lo ha hecho porque le parece injusto. Y tiene toda la razón. Es injusto que Brandon esté atado. Es injusto para Brandon, es injusto para Holanda. Es injusto para el mundo.
Es dolorosa e irremediablemente injusto.
Brandon no quiere estar atado, Su madre no quiere que esté atado, sus médicos no quieren que esté atado, Holanda no quiere que esté atado. El mundo no quiere que esté atado.
Pero su mente, sus voces y su locura le atan a un muro de madera a través de una correa de metro y medio de largo.
Por primera vez -quizás por primera vez en este blog- Brandon está atado y nadie tiene la culpa de ello. Por eso es injusto, por eso, en esta ocasión, el llanto es acertado y la rabia es sincera. Suponiendo que aún lo derramemos y aún la sintamos.
Porque nadie tiene la culpa de que no haya una medicina que pueda curar a Brandon, que pueda, al menos, acallar sus voces destructivas, que pueda, en el peor de los casos, acrecentar sus voces tranquilizadoras -que también las tiene-.
Porque nadie tiene la culpa de que la investigación médica y farmacológica no haya llegado aún a ese punto y sí nos permita taparnos las arrugas, transformarnos la sangre y cambiarnos los cuerpos.
Porque nadie tiene la culpa de que no haya una terapia que pueda calmar a Brandon cuando puede quitarnos las vergüenzas, las adicciones, los miedos y las fobias en sesiones de una hora, dos días por semana. Cuando puede tranquilizarnos, aunque no tenemos motivo ninguno para estar intranquilos y quitarnos la depresión aún cuando no tenemos excusa alguna para estar deprimidos.
Porque nadie tiene la culpa de que Brandon haya nacido en ese punto ciego de la historia en el que la sociedad ya no está acostumbrada a convivir con sus locos y aún no está preparada para curarlos a todos.
Porque nadie tiene la culpa de que mil pequeñas derivas en el rumbo de la investigación, en aras de lograr financiación, hayan retrasado el paso a nuestros científicos.
Porque nadie tiene la culpa de que cientos de horas utilizadas en eliminar pequeños males por los que pasar una factura hayan impedido desarrollar a nuestros terapeutas una manera que permita a Brandon relacionarse con el mundo y con sus voces.
Porque nadie tiene la culpa de que los pequeños males de muchos hayan impedido centrarse en los grandes males de unos pocos.
Porque nadie tiene la culpa de que, entre tanta investigación energética, tanta preservación del Amazonas, tanta defensa de los derechos animales, tanta medición de la capa de ozono, tanto tratamiento de autoestima, tanto esfuerzo solidario y tanto impulso caritativo, no nos haya dado tiempo a llegar a la solución del problema de Brandon, justo en el momento en el que Brandon lo necesitaba.
Nadie tiene la culpa de que no podamos estar en todo. Nadie tiene la culpa de que dios no exista y además no podamos sustituirlo.
Y nos provoca tristeza y nos produce rabia porque, pese a negarlo casi siempre, pese a ignorarlo en la mayor parte de las ocasiones, nos sentimos abofeteados por el recuerdo repentino de que, ni nosotros ni el mundo en el que vivimos -aunque sea occidental y atlántico-, somos perfectos.
Y eso está bien. Está muy bien. La rabia es un impulso como otro cualquiera para crecer, para estar vigilantes, para evolucionar. Para conseguir que la próxima vez que nazca un Brandon que necesite, como diría el bilbaíno, que de la cabeza le arranquen cables pá meterle cosas que antes no le cabían,  no nos pille tan sólo a metro y medio de la perfección y tenga que pagarlo.

Un chino en la tamborrada cambia el mundo

 Uno se monta en una moto -¡quien se lo iba a decir!- y acude a celebrar la tamborrada donostiarra. Los colegas te cuidan, te presentan, te inflan a kokotxas con almejas exquisitas -aunque el cocinero se empeñe en que no es así, que se le han pasado-, te riegan gaznate, mantel y vestimenta con caldos de la tierra y te endulzan el trago con trufas artesanas. Un lujo, vamos. Y a medianoche, la Plaza de la Constitución está hasta la bandera, la que se está izando, por cierto.
La efímera alianza entre la risa y los generosos tragos de txacolí dificultan al extremo seguir el ritmo de golpes y baquetas para emular al personal donostiarra que se lo pasa en grande en su fiesta grande. Y se pierde el golpe, se enreda el ritmo,  pese a los juveniles años de batería, hasta volver a empezar, el gorro de cocinero se te tuerce y la fiesta se vuelve cachondeo.
Y es entonces cuando, por casualidad, en un momento de descanso entre ritmo de tambor y ritmo de tambor, cuando te fijas, cuando posas la mirada en esa plaza donostiarra abarrotada y te fijas en las gentes. Es entonces cuando, como una aparición surgida de otro mundo, contemplas al chino.
No es un chino corriente, de esos de los nuestros, de tienda de alimentación o restaurante. Entre tanto uniforme carlista -¡que parece mentira que perdieran sus guerras con esos uniformes tan espléndidos!, entre tanto sombrero de chef y entre tanta txapela, el chino viste traje. 
Luce terno impoluto y corbata vistosa, observa con la sonrisa despistada del que disfruta pero no comprende, con la esperanza de que los tragos de vino le abran la mente a eso que parece divertido pero que no termina de ubicar en su mente y sus sentidos. En resumidas cuentas, es un chino turista. Y la presencia de ese chino turista entre tambores y uniformes dieciochescos explica casi todo.
Ese chino, que mantiene el respeto hacia lo desconocido en la banal creencia de que nosotros haríamos lo mismo si fuéramos a Shangai o a Pekin, dice más de China que las visitas de Hu Jintao a Washington, que los discursos de Obama en los salones de la Avenida Pensilvania, que las cifras macroeconómicas y los análisis políticos. Ese chino trajeado en la Plaza de la Constitución de Donosti lo dice todo sobre la nueva posición de China en el mundo.
Lo explica hoy, que los vapores del txacolí se disipan a marchas forzadas, claro está.
China es una potencia. En realidad siempre lo fue. La única diferencia es que ahora no podemos permitirnos el lujo de ignorarlo. 
Y eso es lo que Hu Jintao ha ido a recordarle a Obama en su propio domicilio. Obama ya lo sabe, pero conviene que de vez en cuando alguien se lo recuerde. Como a todo Occidente. Así funcionan las potencias.
China promete respaldar la deuda pública española, anuncia inversiones en latinoamérica, destina dinero a sus vecinos y viaja con la mando tendida y abierta hasta Estados Unidos para hablar de finanzas. Así se mueven las potencias y ya nadie puede ni quiere impedir que China lo haga. Es más, se congratulan de que así sea.
Y los hay que dicen que es el comienzo de un nuevo orden mundial. Pero no es así. No hay novedad ninguna.
El orden sigue siendo el mismo. El mundo seguirá sugiriendo en voz baja y con mucho cuidado al país poderoso que debe respetar los derechos humanos, que debería abolir la pena de muerte, que debe evitar la persecución política, mientras le grita a otros estados, menos poderosos y más llevaderos como enemigos, que está en la obligación de hacerlo. En eso no cambiará el orden.
Los réditos y los beneficios fluirán hacia las cuentas de las empresas y los magnates desde los lugares en los que colocan sus empresas, en los que establecen sus negocios, dejando una ínfima parte de los beneficios en esas tierras y en esas poblaciones. En eso tampoco se modificará orden alguno.
La economía mundial se verá marcada por las idas y venidas del gigante, por sus avatares sociales, políticos y económicos y todas las bolsas de valores se harán eco de sus estornudos en forma de drásticas bajadas de rentabilidad y de sus sanos sonrojamientos en formas de alzas constantes e inesperadas. En eso tampoco se verá modificado orden alguno.
Los aliados, los socios y los adláteres mirarán a otro lado de vez en cuando e interpretaran los ritmos expansionistas, las veleidades belicistas y los arranques imperialistas como una mota de polvo en el inmenso tapiz de sus necesidades, como un mal menor que conviene pasar por alto en aras de unos buenos acuerdos comerciales con la potencia. Así que ese orden tampoco se verá alterado
Los enemigos serán pocos, pequeños, recalcitrantes y, aunque en ocasiones se les de la razón teórica, siempre se instará a una solución diplomática, a una solución dialogada, a una solución que no obligue a nadie a posicionarse en contra de la potencia, por si acaso  decide tenerlo en cuenta más adelante. Eso tampoco supone mutación alguna en el orden mundial.
Los gobiernos, las empresas y los dineros se esmerarán por posicionarse en el mercado del gigante, por establecer relaciones comerciales, por vender sus productos en sus tierras, en la esperanza de sacar tajada, de aprovechar el tirón, de llevarse para sus países y sus cuentas corrientes un pellizco de la prosperidad de esa economía. En eso tampoco habrá cambio alguno en el orden establecido.
Los turistas de la metrópolis seguirán acudiendo a otros países con esa inocente arrogancia del que se cree el centro del mundo, con la incomprensión del que, aunque llegue a ser respetuoso, siempre se sentirá superior y con la tranquilidad de que su dinero es aceptado en todo el orbe conocido. Ese orden tampoco mudará.
Así que -y puede que sean los restos de txacolí que aún decoran mi sangre- no se ve cambio alguno en el orden mundial. El hecho de que China sea una potencia reconocida y reconocible no supone surgimiento de ningún nuevo orden mundial. Es el mismo orden de siempre.
Puede que los nombres cambien. Puede que el enemigo sea Taiwan en lugar de Cuba, puede que el invadido sea Tibet en lugar de Grenada, puede que la moneda sea yuan en lugar de dolar, puede que los nombres y acrónimos empresariales sean CNPC en lugar de Shell, Lenovo en lugar de Microsoft y Guangdong en lugar de Silicon Valley.
Puede que los vecinos sean Vietnam en lugar de México, puede que los socios sean APEC y no UE, que los aliados sean ANSEA y no OTAN, puede que el rival - aliado a regañadientes sea Japón y no Alemania, Corea y no Gran Bretaña.
Puede que sea un chino de traje en la tamborrada de Donosti y no un yankie borracho montando bronca en el Maremagnum del puerto de Barcelona. Pero el orden mundial no cambiará porque China sea una potencia.
Cambiará el lugar de occidente y de muchos de nosotros en él, pero el sistema seguirá siendo el mismo. Perderemos posiciones en favor de otros que no las tenían e incluso, es posible, que nos encontremos, a la larga, en los escalones más bajos de la cadena alimenticia económica universal. Hasta puede que lo perdamos todo.
Pero eso no cambia el orden mundial. Eso nos cambiará a nosotros y nuestro puesto en el mundo. Y nosotros no somos algo que le preocupe al inmutable orden económico universal. Habrá potencias, superpotencias, países ricos, economías emergentes, economías en recesión, países pobres, colonias económicas y lugares miserables. Puede que sus nombres cambien. Pero el orden económico mundial no conoce a nadie por su nombre de pila.
¡Y todo por un chino en Donosti! ¡Lo que hace el txacolí y el cachondeo!

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