sábado, mayo 31, 2014

Podemos aterroriza al falso déspota Ilustrado

Hay ocasiones en las que uno no puede evitar recordar la mítica frase del personaje del descafeinado Episodio I de Star Wars como resumen de la actividad humana: Nada es más fuerte que el miedo.
Y resulta que en estos días, tras el fiasco electoral de algunos y el ascenso vertiginoso de la ilusión en las urnas de otros, el miedo empieza aflorar a la piel de esos que se hacen llamar políticos y que en realidad solamente se esfuerzan en ser poderosos.
Y como llega el miedo, llega el ataque como herramienta defensiva. Y como llega el ataque y se han acostumbrado a no hacerlo de frente, como no roban de frente, como no tiran de nepotismo de frente, como engañan de frente -vamos, como no hacen ninguna cosa de frente- pues se buscan un escudo para lanzar ese ataque.
Y el nuevo hoplos, el parapeto elegido para lanzar esos ataques tiene un nombre, una sola palabra que se repite como un mantra contra Pablo Iglesias y Podemos: populismo.
Pues bien, hablemos de populismo.
¿Qué se supone que es el populismo?, ¿en qué consiste ese nuevo enemigo que nos acecha tras la coleta de Iglesias y las camisetas verdes por la Educación de sus eurodiputadas?, ¿cual es esa hidra multicéfala contra la que clama desde sus canas el otrora estadista y ahora autoreconocido miembro de la casta?
La primera sorpresa nos llega del hecho de que tal definición no existe en el diccionario -en la wikipedia sí, allí existe de todo- así que tenemos que tirar de manual de ciencias políticas -aquí ya estoy catalogado por la mayoría del arco político español. Soy un friki de Podemos- para saber algo.
Se supone que el populismo se basa en dos cosas. 
Primero en prometer medidas populares que no necesariamente son eficaces.
Y entonces las preguntas se me vuelven respuestas aunque sigan pareciendo preguntas.
Entonces ¿es populismo utilizar como lucha contra el terrorismo la obligación de izar la bandera española todos los días en los ayuntamientos de Euskadi?, ¿es populismo prometer 10 millones de puestos de trabajo y luego no crearlos?, ¿es populismo prometer bajar los impuestos y luego aumentarlos?, ¿es populismo crear un subsidio agrario que esquilma las arcas públicas pero no soluciona los problemas endémicos de nuestra agricultura?, ¿es populismo agarrarse a los fondos estructurales de la UE como a un clavo ardiendo para mantener actividades económicas que no son rentables?
Las preguntas contienen en si mismas la misma respuesta para todas. Son la quintaesencia de la pregunta retórica.
Como se antoja algo muy parecido al populismo -en este aspecto concreto- entonar y reiterar, pese a todo dato y estadística, el famoso "España va bien", hacer bandera de leyes que solo cubren a colectivos concretos -aunque sean necesarias- mientras se ignora y hasta se niega la existencia de una crisis económica, tirar de política de Marca España, de selección de fútbol campeona de no se qué y no sé cuantos y de tenista escultural y de drive demoledor para vender un país como bueno.
Y todo eso no lo ha hecho Pablo Iglesias, No lo ha hecho Podemos. Lo han hecho los que ahora salen a la palestra, aupados en una suerte de miedo repentino a clamar contra el populismo. Hayan gobernado o no.
Porque las hay que, desde sus partidos minotarios, acusan de populismo después de haber destilado una ideología que solamente buscaba tomar los votos de unos y de otros y aglutinar la supuesta progresía con el falso españolismo para hacerse un lugar en el arco parlamentario, de la mano de actores diputados y demás.
O sea que cuando ellos, partidos serios según dicen, políticos profesionales según se creen, hacen populismo, prometen medidas populares, no son populistas, pero cuando otros lo hacen sí.
Vaya, lo de siempre. El vicio típico de nuestra sociedad. Para mi vale lo que para otros no vale. Yo puedo hacer aquello que niego a los demás el derecho a hacer.
Pero la cosa no para ahí. La otra vertiente del populismo es el intervencionismo estatal para lograr una supuesta mejora social.
Y aquí ya se les ponen los pelos como escarpias porque eso es tabú, según parece. Hablan de frikis, desastre, voluntad dictatorial, etc, etc, etc.
Claro, como el Estado español no ha intervenido para salvar a la banca de una ruina que solamente ellos se habían buscado, como no ha acudido corriendo como alma que lleva el diablo a una primera comunión a Panamá o Argentina para salvar intereses privados; como nuestro país no es el más castigado por Europa -con cualquier gobierno- por intervenir en los precios de los carburantes, en el mercado de las telecomunicaciones, en los precios de la energía, como no ha cambiado las leyes a toda prisa para evitar el procesamiento de unos cuantos dictadores asiáticos. Como no han hecho nada de todo eso no se les puede llamar intervencionistas ni populistas.
No son populistas porque no han modificado todas las reglas del juego en la Educación para beneficiar a un sector concreto, no son populistas porque no han hecho que el Estado defina una educación para la ciudadanía -los unos y los otros- que solamente sirve a sus intereses ideológicos. No son populistas porque no han viciado los órganos judiciales- el tercer poder del Estado, que debería ser absolutamente independiente- para que les declaren constitucionales leyes que saben que no lo son, no han usado el Estado y lo público de parapeto para sus negocios y sus tejemanejes.
Y entonces es cuando llega la pregunta definitiva.
Si ellos, esos que ahora claman, se mesan los cabellos y se rasgan las vestiduras, rezando a su dios o llorando a sus próceres para que el populismo no nos invada, prometen medidas populares para ganar votos y si ellos utilizan el Estado cuando les viene en gana para intervenir en asuntos en los que, según sus propias ideologías, no deberían intervenir ¿qué diferencia hay con ese populismo que se nos viene encima y que será un desastre?
Pues muy simple y sencilla.
La diferencia es que supone el fin de un modo de gobierno que técnicamente acabó en el siglo XVIII pero que esos políticos creen que aún tienen derecho a ejercer: El despotismo ilustrado -lo de ilustrado es matizable-.
Es el fin de eso de "nosotros sabemos lo que os conviene aunque a vosotros os parezca mal", del "nos hemos visto obligados a tomar medidas impopulares por el bien de todos", del "todo es para el pueblo, pero sin el pueblo -¡Uy no, que eso de Carlos III-, todo para el ciudadano pero sin el ciudadano, todo para el español pero sin el español" en sus versiones progresista y conservadora.
Pero sobre todo la diferencia estriba en que las medidas y la intervención estatal están diseñadas en beneficio de todos no solamente de los que las diseñan, de sus votantes, de los que piensan de su misma manera y de sus parejas de baile económicas. 
Y claro, si el Estado interviene en beneficio de todos ya no puede intervenir en beneficio de unos pocos.
 Que al parecer eso no es populismo.

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