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lunes, febrero 09, 2015

Armar a Ucrania o la memoria perdida de Occidente

Si es que parece que siempre estamos en las mismas y parece que siempre vamos a estarlo.
Irán, Irak, Afganistán, Líbano y antes Vietnam, Camboya, Laos y antes La India, Indochina, Argelia y antes los pueblos Fulani, Massai y Zulú y antes las tribus Hurón, Mohawk, la Nación Oglada y antes los  Lamtuna, los Magrawa, los bereberes, los almogavares, y antes los clanes suevos, ostrogodos, ilirios...
¡Que no, que no!, que no es un concurso de la tele. Todos esos pueblos, todos esos países y todas esas tribus se resumen en una sola palabra: Ucrania.
Porque Europa Occidental y Estados Unidos, o sea el Occidente Atlántico, está a punto de hacer en Ucrania lo mismo que ha hecho a lo largo de toda la historia en todos los territorios y con todos los pueblos del galimatías que sirve de inicio a este post.
Armar hasta los dientes al bando que le viene bien en el momento actual sin valorar las consecuencias que para su futuro tendrá que ese bando esté armado hasta los dientes. Solucionar de nuevo un conflicto por la fuerza de la potencia bélica acumulada por uno de los bandos.
Parece ser que nombres como Genserico, Tarik o Kochise no le dicen nada y a lo mejor es lógico. Pero que no se les vengan a la mente nombres como Sadam Husein u Osama Bin Laden es más sorprendente;  que referencias como talibanes, milicias drusas o rebeldes libios se hayan convertido tan pronto en bruma en su memoria resulta cuando menos preocupante.
Porque en Ucrania pasa y creo que pasará lo mismo que ha pasado desde siempre. Armaremos a quien creemos que nos viene bien armar y unos cuantos lustros o décadas después nos daremos cuenta de que esa no era la solución a un problema y que además se ha convertido en el inicio de otro.
Y todo por no saber hacer algo que, en principio, siempre tenemos en la boca, a lo que siempre recurrimos para los otros y que en realidad nuestros gobiernos y nosotros mismos nunca ponemos en práctica cuando no nos conviene: ser coherentes.
¿Cuantas veces hemos exigido a los demás cosas que nosotros no hacemos?, ¿cuantas veces hemos demandado el respeto que no damos, la sinceridad que no tenemos, el trato que negamos?... Pero no desvariemos, sigamos con Ucrania.
Si cuando al Occidente Atlántico le viene bien, cuando queríamos que los últimos estados tapón del Telón de Acero - Yugoslavia y Albania- escaparan de las garras comunistas mandamos tropas a Croacia, Bosnia, Macedonia, Eslovenia o Kosovo para garantizar el derecho de esos pueblos a decidir sobre su independencia ¿por qué no hacemos lo mismo en Ucrania?; si cuando quisimos quitar poder a dos de los países islámicos más grandes del planeta -Indonesia y Sudán- los cascos azules garantizaron los referendos en Timor Occidental y Sudán del Sur ¿por qué no hacemos lo mismo en Ucrania?
Si que decidan si quieren secesionarse, independizarse de quien sea o unirse a quien sea es una solución que hemos defendido en otras ocasiones ¿por qué no somos coherentes y lo hacemos con Ucrania?
A mi me parece muy simple. Porque la coherencia deja de ser importante cuando se trata de pensar en contra nuestra y sabemos que los ucranianos -aunque ahora parece que se dice ucranios, no sé- que se escindan de su país van a ir corriendo a echarse en brazos de la vieja y resurgida Madre Rusia, esa que pareció morir cuando cayeron el Telón de Acero y el comunismo soviético pero solamente se estaba echando una reparadora siesta.
Y eso nos viene fatal. 
Así que olvidamos el derecho a la autodeterminación de los pueblos, las formas democráticas de decisión y toda nuestra coherencia interna y externa y tiramos de armar a los que no quieren unirse a Rusia, ignorando que si se propusiera un referéndum - uno de verdad, no una mascarada de colegios electorales vigilados por secesionistas armados- los que pretenden lograr la escisión por métodos militares perderían justificación y entonces serían ellos los que se quedarían sin argumentos para intentar imponerla.
Mejor que los unionistas ganen la guerra y luego ya se verá qué hacen con el armamento y el poder militar que les hemos dado. Luego ya se verá cuando se vuelven contra nosotros. 
Y ya puestos, siendo más coherentes, podríamos dejar de mirar tanto al Atlántico y empezar a mirar a nuestro continente. A lo mejor, solo a lo mejor, Eurasia sí es una evolución ahora que la solución del Occidente Atlántico se está resquebrajando por todas partes.
No se nos olvide que los dos grandes dictadores europeos de la era moderna y contemporánea, Napoleón y Hitler, solo pudieron ser derrotados con el concurso de Rusia y no habrían podido serlo sin ella.
Pero parece ser que, desde los mercenarios macedonios que contrató Atenas y acabaron saqueándola hasta nuestros días, no hemos nada. 
Armamos, armamos y volvemos a armar al enemigo de nuestro enemigo en la esperanza de que eso le convierta en nuestro amigo. 
Nunca ocurre, pero somos tan inconscientes como para seguir intentándolo.

jueves, diciembre 18, 2014

Obama y Cuba: Por la rendición a la victoria.

Barack Obama que, a estas alturas me parece a mi que ha defraudado  muchas esperanzas que nunca quiso crear, ha hecho una de esas cosas que parece que son imposibles que se hagan.
Tal como yo lo veo ha dado en este último mandato, ya sin presión por ser reelegido un paso que le convierte en algo diferente -no sé si mejor o peor- pero desde luego diferente: se ha rendido. Después de seis décadas de operaciones encubiertas, de presión económica y de confrontación abierta ha decidido poner fin a la guerra con la dictadura cubana.
Tras Bahía de Cochinos, tras la crisis de los misiles, tras la guerra fría, los operativos encubiertos y toda la continua riada de refugiados balseros que llegan a las playas estadounidenses, ilustres expatriados en mansiones de Miami y disidentes políticos que presionan desde dentro y desde fuera, ha levantado el bloqueo económico que ahogaba y mataba no al régimen cubano, sino a la población de la isla.
Ha dado por terminada una guerra sin necesidad de vencer, sin necesidad de arrastrar a su enemigo encadenado a su cuadriga de laureles coronados como césar del mundo libre. Por fin ha reconocido que Cuba es un país independiente.
No creo que muchos aprendan de ese reconocimiento y me temo que será mucho más criticado que ensalzado, pero en realidad lo que creo que ha hecho es comenzar a ganarle la guerra al castrismo, quitarle la principal excusa que utiliza para todo, para la miseria, para el control de la población, para todos los brochazos oscuros con los que decora un gobierno que debería ser de otra forma si realmente defendiera lo que dice defender.
Ahora Cuba puede dedicarse a sí misma y no a la derrota de un enemigo al que no puede derrotar y que no tenía ningún derecho a querer derrotarla a ella. Y si los cubanos deciden que lo que tienen no es lo que quieren será sin que  la falta de horizontes del bloqueo les mediaticen para ello.
Ahora Cuba ya no tiene nadie de quien defenderse salvo de su gobierno si ellos deciden que lo sea, claro está.
No tengo mucha esperanza -pese a que hoy es el día en el que al parecer más hay que tenerla- en que muchos vean en este gesto geopolítico a gran escala algo que pueda servirles para sus sociedades o sus vidas. Somos de atacar, somos de no dar un paso atrás, somos de vencer y convencer. 
Pero quizás sirva para darnos cuenta de que combatir y resistir a ultranza llega un momento en que es inútil para salir de nuestras guerras y nuestros miedos. A veces todo consiste en dejar de tratar a todos como si fueran un enemigo potencial y dedicarse a vivir, a ver qué pasa.
¡Ah y esto no tiene nada que ver nuestro gobierno y nuestra situación! Ellos son los que han decidido ser enemigos nuestros, no al contrario. 
Por si acaso alguien lo ha interpretado mal.

viernes, octubre 04, 2013

Obama, Tea Party, nosotros... sanidad y trincheras

Si yo fuera yankie ahora estaría diciendo, con ese ingenuo maniqueismo que a veces les aqueja, que en el Capitolio y la Casa Blanca se está dirimiendo por la sanidad una batalla entre el bien y el mal; si fuera republicano -estadounidense, se entiende-, diría que es entre la libertad y el intervencionismo; si fuera democráta afirmaría que es un enfrentamiento entre la justicia y la injusticia. Y si fuera del Tea Party no diría nada. Simplemente gritaría y abuchearía a todos aquellos que no piensan como a mi me han dicho que tengo que pensar.
Pero como no soy ninguna de esas cosas. Como soy europeo, continental y de esos que han estudiado la ahora denostada asignatura de filosofía simplemente digo que lo que acontece ahora intramuros del poder estadounidense es un clásico. Un choque recurrente entre el ser y el deber ser.
Obama, que no es lo que quisimos que fuera con o sin Premio Nobel de la Paz, se ha colacado en las huestes del deber ser.
Sin la sempiterna presión de la reelección, que es constitucionalmente imposible tras un segundo mandato, hace lo que pocos presidentes estadounidenses han llegado a hacer.
No defiende la reforma sanitaria, no defiende el primer paso dado en siglos por Estados Unidos hacia una Seguridad Social operativa y una atención sanitaria universal, porque eso le otorgue votos -ya no los necesita- sino porque piensa que es lo que hay que hacer.
Sacrifica su presente, su momento de poder y de prestigio, para lograr un futuro. Se mantiene en un pulso que, ciertamente, pone en riesgo el presente de Estados Unidos, que amenaza no solamente su figura sino la capacidad financiera y económica de todo el Estado porque piensa que el futuro es más relevante que el presente. Que la historia es más importante que su papel en ella.
Mientras, los otros, los que se dicen la voz del pueblo y no son otra cosa que los que siguen las directrices de aquellos que quieren que sus beneficios estén más allá de todo control y de toda necesidad de su país para el futuro, escenifican el papel de las mesnadas de lo que es.
Parece que hacen lo mismo que Obama, parece que es la misma motivación puesto que es la misma pelea y la misma intransigencia en sus posturas.
Como siempre, lo parece pero no lo es. De hecho, es justamente todo lo contrario.
Porque ellos ponen en riesgo el futuro por un presente en que sus votos aumenten, por un momento de gloria en el que puedan apuntarse en su cinturon tejano la éfimera muesca de una victoria contra la Casa Blanca, en el que su demostración de poder les haga más fuertes y relevantes.
No les importa abocar al pais al colapso ecónomico -como tampoco parece importarle a Obama- pero no les importa por intereses propios. Algunos para mantener su puesto como cabeza de la oposición, otros para obtener víctores en sus carreras electorales particulares como gobernadores, congresistas o cualquier otro cargo electo, otros para desvancar a la linea moderada de la cabeza de la oposición republicana y colocar a un Tea Party, redundante y sin argumentos, en posición de alcanzar alguna vez el despacho oval.
Así que, al fin y a la postre, los miembros del Tea Party que se enfrentan con contumaz resistencia a la reforma sanitaria del presidente Obama, también ponen en riesgo el presente por el futuro.
La diferencia radical es que Obama sacrifica su presente por un futuro que afecta a toda una nación en la que ya él no ejercerá poder alguno, mientras que el Tea Party y los republicanos que les tienen miedo lo hacen por un futuro en el que no importa como quede la nación estadounidense con tal de que ellos se mantengan o alcance el poder.
Así que es la lucha entre como debe ser el futuro y como conviene a unos pocos que sea el futuro.
A la hora de decirse no parece haber color.
Así que, aunque nos parezca que nada tiene que ver con nosotros, hagamos un esfuerzo.
La próxima vez que oigamos a un político español acusando de irresponsabilidad y de llevar al país al colapso a los profesionales sanitarios, los enseñantes públicos, los profesionales de los medios públicos o quien sea por mantener un pulso con el Gobierno, cerremos los ojos y recordemos a Obama y al Tea Party.
Quizás así resulte más sencillo descubrir quíen defiende el futuro de todos y quíen se obceca solamente pensando en el suyo propio.
Aunque, para nuestra desgracia, aquí el Tea Party ocupe La Moncloa.

lunes, enero 02, 2012

Y el Líder del Mundo Libre perdió la omnipotencia

Hay gente, hay hombres y mujeres, que parecen estar destinados a pasar a la historia. Y todos creeríamos que se pasa a la historia, que se alcanza un hueco en la inmortalidad de la memoria humana, por lo que se hace o incluso por lo que se deja de hacer -y si no que se lo pregunten a Felipe II y su Armada Invencible-.
Pero hay un camino, una vía secundaria -de servicio, si se quiere- que también da acceso a los papeles mortecinos e inmortales de la historia. Son los modos y maneras. No es aquello que se raliza sino el modo elegido para realizarlo.
Y ese es el camino hacia la posteridad que ha elegido Barack Obama, el presidente que parecía que por negro iba a ser distinto, el hombre que defraudó mutitud de esperanzas -al fin y al cabo las esperanzas nunca están de acuerdo con la realidad, sino no serían esperanzas- con lo que hizo y no hizo, con lo que está haciendo y está dejando de hacer, pero que no defrauda nunca con la forma en la que lo hace.
Instalado en ese ejercicio de encumbramiento infinito del ego que es y será hasta la caída del imperio la presidencia de los Estados Unidos, encumbrado en el trono de  supuesta omnipotencia del trono del líder mundo libre, Barack Obama ha mirado de frente a su nación y al mundo y ha dicho algo que ningún presidente de los Estados Unidos de América había dicho hasta ahora -al menos a nosotros, que no somos su pueblo bienamado-.
"Hago lo que hago porque me obligan a hacerlo, no porque quiera, no porque sea necesario, sino porque me obligan a ello. No soy todopoderoso".
Y ese modo de hacer las cosas es lo que probablemente le abra el camino hacia la historia. Eso y ser el primer presidente negro de Estados Unidos, que la primatura en la estadística también ayuda.
El hombre ha firmado la ley más facista que se recuerda en Estados Unidos desde la famosa Caza de Brujas del paranoico macathismo anticomunista. Una ley que permite la detención y custodia militar de personas sospechosas de terrorismo.
Es decir que un sargento de marines puede presentarse en tu casa y llevarte a la base militar de Bahía de Guantánamo, Cuba, División de Barlovento, porque hayas dicho en pleno ataque de cabreo contra tu jefe "voy a poner una bomba y lo voy a hacer saltar todo" o en pleno ataque revolucionario de cuarto Jack Daniels "lo que le hace falta a este país es que hagan volar a ese marica de la Casa Blanca" o incluso -que será lo más común- porque reces sumnas del corán mientras caminas por un parque hacia la universidad con tu mochila a la espalda.
Y Obama ha firmado y autorizado esa ley. Esa y la que prorroga un año más el centro de detención de Guantánamo y la retención de sus prisioneros sin juicio ni condena, que también tiene su aquel la susodicha. El chico se ha lucido. Menos mal que por lo menos ha sacado a las torpas norteamericanas de Irak.
Pero Obama ha mirado a la cara a Estados Unidos y les ha dicho claramente: "Esto es lo que queréis vosotros y por eso os lo doy. A mí, me parece fatal".
Porque esa ley es una imposición del Senado. De una cámara alta que aprovechó la necesidad de sacar adelante unos presupuestos de Obama para no dejar sin paga a todos sus funcionarios y sin servicios a todos sus ciudadanos -porque en Estados Unidos habría sido así por ley- para imponerle todo aquello que no quería hacer, para forzarle a un acuerdo que no estaba ni mucho menos en sus planes de gobierno. Paraconvertir la Casa Blanca en un Tea Party.
Y ese acuerdo incluía, como siempre por mor de la seguridad nacional, está ley de lucha contra el terrorismo que es en sí misma la mayor forma de terrorismo que ha conocido Estados Unidos desde que hace diez años la furia yihadista echara abajo las Torres Gemelas parademostrarle al complaciente pueblo américano lo distinta, aterradora e inquietante que es la guerra cuando llega a casa y no se ve a través de una pantalla de plasma de 43 pulgadas.
Obama podía haber hecho esto de muchas maneras. Podía haber empezado en discrusos y arengas a demostrar un falseado endurecimiento de su actitud hasta que resultara creíble que estaba de acuerdo con esta lay y por eso la firmaba.
Podía haberse manteneido en silencio y utilizar para firmarla ese espacio multifunción del Ala Oeste de la Casa Blanca llamado Despacho Oval que lo mismo nos sirva para una invasión que para un atoramiento etílico con galletitas saladas, que igual nos vale para un espionaje ilegal de los adversarios políticos, para una guerra sin sentido o para una felación relajante.
Podía haberse centrado en el salón del trono y fingir que esa firma partía desu poder y de su convicción sin decir esta boca es mía y amparándose en la justa necesidad.
E incluso podría haberla vetado -si mis clases de política internacional y mi recuerdo de los capítulos del Ala Oeste de La Casa Blanca no están oxidados, tiene esa potestad- y hubiera originado sesenta días de desasosiegos y carreras por los pasillos del Capitolio en busca de apoyos para el desbloqueo, de llamadas intempestivas a los senadores en mitad de sus barbacoas navideñas en Texas o de sus burdeles de Nochevieja en Iowa para que corrieran a Washington a votar el desbloqueo republicano de la legislación.
¡"Si estos carcamales republicanos amigos de las armas y de la guerra quieren su ley que se la curren"! -habría sido un pensamiento muy, como dicen los yankies, presidenciable. Un recurso al pataleo digno del líder del mundo libre.
Pero Obama no ha hecho eso.
Ha esperado al último día para dejar claro que no quería hacerlo, que no quería poner su país en brazos de la paranoía antiterrorista. Se ha marchado a Hawaii, abandonando su salón oval de ltrono, para dejar claro que esta ley nada tiene que ver con el ejercicio de su poder ejecutivo ni de su fortaleza presidencial.
La ha firmado para demostrar que cumple su palabra se la de a quien se la de -salvo quizás la dad a los votantes, pero eso es algo que ningún político hace, no nos engañemos- y luego la ha arrojado a la cara de los americanos diciéndoles: "ahí la teneis. Es una basura. Es un riesgo. Es éticamente cuestionable en la mitad de sus puntos y amí me parece una mierda. Pero es la ley que me han exigido vuestros representantes".
Como un padre entrega en reyes un regalo a su hijo diciéndole: "yo creo que el ordenador sería mucho mejor regalo porque te serviría para los estudios pero aquí tienes la consola. Al fin y al cabo son reyes y tienes derecho a elegir tus regalos".
Todo ello muy diplomaticamente, claro está.
Y así, de un plumazo, no solamente ha dicho que no es todopoderoso, que no es un líder inquebrantabla que tiene el poder omnimodo -como diría Gabino Diego en la inolvidable Amanece que no es poco-, sino que ha devuelto a los estadounidenses la responsabilidad sobre su país, su vida y su futuro.
Algo ciertamente arriesgado cuando se tiene que pensar en la reelección.
Porque ahora los estadounidenses no tienen la Ámerica -su Ámerica- que Obama les prometió. Tienen la que sus representantes en El Senado quieren. La que ellos quieren.
El hombre del Yes, we can les prometio un país sin terrorismo, sin guerras y sin miedo. Le prometió un país en el que las libertades civiles fueran algo másque papel mojado cada vez que se tremolaba el peligroso concepto de Seguridad Nacional y ellos le pusieron en la Avenida Pensilvania aparentemente para eso.
Pero en cuanto llegaron los esfuerzos, en cuanto no pudieron conseguir ese nuevo país en los saldos navideños, en cuanto la economía arreció y él les dijo que había que pasar por eso si se quería otro país distinto, otro país mejor, claudicaron.
Se volvieron a sus odios y a sus mitos de siempre, se volvieron a sus traumas y miedos de siempre y colocaron a los Tea Party en la cúspide de su fuerza y pusieron a los que hacen lascosas como siempre pero les prometieron bajar los impuestos al frente de la nación. Y eso es lo que tienen.
Así que son los estadounidenses los que dijeron "No, we can not" mucho antes de que, con la firma de esta ley, Obama les diga "No, I can´t. Así que ahora, si quereis otro tipo de país vais a tener que volver a tomar la responsabilidad y colocar en los puestos de representación a aquellos que estén de acuerdo con ese proyecto de país".
Puede ser que eso le asegure un lugar en la historia pero me temo que no le mantendrá en su puesto en La Casa Blanca. Los estadounidenses, como todos los pueblos, como nosotros, suelen reaccionar mal cuando alguien les dice que hacen las cosas mal. Y más si es su presidente.
Aunque sea un hecho flagrante que lo están haciendo mal.

lunes, septiembre 05, 2011

Obama, Niobe y los bancos hacen del mundo Mordor

Los hay que decían antaño que hay cosas que nunca cambian y otras solamente empeoran.
A esa dicotomía muy de síndrome postvacacional -o pocas ganas de currar, que es como se llamaba entonces-, hay que añadir una tercera vía, una que nos llega allende los mares, de la metrópoli de este mundo civilizado occidental atlántico. Una tercera vía que impone Obama, aquel presidente que está a punto de dejar de serlo por empeñarse en serlo de forma plena y diferente.
Hay cosas que por más que cambien siguen siendo lo mismo: Y esos son los bancos, y eso somos nosotros.
Obama se empeña en que los bancos paguen por el fiasco financiero que han organizado en su país, por el derroche de irresponsabilidad que, en aras de la consecución continua y constante de beneficios, han impuesto en las vidas y haciendas privadas y en los presupuestos públicos.
Y a nosotros nos parece bien, nos parece honesto, nos parece que es una medida más que aceptable, más que encomiable. Ver al poder financiero del mundo arrastrado por los tribunales del epicentro del capitalismo mundial es algo que parece inaudito.
Observar -o simplemente imaginar- a los magnates de corbata pastel y terno perfecto debatirse ante un juez y un fiscal general  estadounidenses en lugar de ir repartiendo tarjetitas de filos dorados de Bank of America, JP Morgan, Goldman Sachs o el Deutsche Bank en las fiestas de captación de fondos de los políticos, es algo tan inusitadamente maravilloso que parece que hay cosas que cambian.
Pero en realidad no es así, las cosas no cambian, los bancos no cambian, el occidente atlántico no cambia.
Y no lo hace por una sencilla razón: sabe que el sistema económico que debería mantenerle le está matando, la ha matado ya tres veces, pero no sabe o no quiere o no puede poner nada en su lugar. Hay cosas que nunca cambian.
Los fiscales generales estadounidenses llevan a los bancos al banquillo, además de para asegurarse la reelección -¿quién no votaría a un fiscal que enjuicia a una docena de banqueros?-, para un único objetivo: asegurarse que el sistema siga igual, asegurarse que ese remedo de ética -por llamarla de alguna manera- del capital siga inmóvil e inamovible.
Estados Unidos enjuicia a los grandes bancos con un único objetivo, con una exclusiva estrategia, con solamente una idea tan fija en su cerebro como lo estaba en los llantos de Diallo cuando apuntó con su mentiroso dedo acusador a Strauss Kahn, como lo estaba en los pies y las botas de nuestros futbolistas cuando se quedaron en casa el primer domingo que tenían que poner en marcha el circo anual del fútbol, como lo está en las manos giradas a la egipcia de los políticos que consintieron el Caso Brugal, el Caso Gurtel o el fiasco de Merca Sevilla.
Obama, su gobierno y su sociedad tienen tan fijo ese objetivo en sus demandas  como lo está el anillo único en la mente y la memoria de Sauron.
Y ese objetivo es el dinero. Lo único que se busca, lo único que nos han enseñado a buscar, lo único que nuestro sistema de ética económica nos permite buscar. Hay cosas que nunca cambian.
La demanda estadounidense contra la banca no nos cambia el universo solamente nos modifica las fronteras. De repente dejamos de vivir en Rivendell, en la maravillosa tierra élfica donde todo funciona y todo el mundo es feliz eternamente, para vernos acuciados por las sombras en el Abismo de Helm.
La guerra judicial que ha iniciado Estados Unidos contra sus bancos convierte el mundo en Mordor.
Por seguir con el símil mítico y fantástico, mientras orcos, humanos, enanos, trasgos, elfos y todas las razas que se nos ocurran se deshacen en una batalla por la supervivencia para la que no tienen intendencia , logística ni impedimenta, el ojo que debería vigilarles, que debería ayudarles, está obsesionado con otra cosa, está exclusivamente pendiente de su anillo único de poder: del dinero.
Está obsesionado con cuadrar sus cuentas, con bajar su déficit, con recuperar aquello que se ha visto obligado a dar para cubrir los desastres que la irresponsabilidad financiera y la falta de control político han generado.
Y eso no es un cambio. Es lo de siempre. Es lo mismo que Adam Smith o John Maynard Keynes definieron.
Los bancos tienen que devolver que se les ha dado porque el dinero es lo que importa. No porque sea justo, no porque vaya a servir para algo, sino simplemente porque es una regla liberal irrenunciable. Aunque el liberalismo nos esté matando. Hay cosas que no se dejan que cambien.
Puede que Obama lo haga a lo grande mientras en esta España nuestra lo hacemos por lo bajini, como siempre; puede que en Estados Unidos se exija ante un estrado judicial mientras aquí -el gobierno de aquí- se pide con la boca pequeña; puede que allí se tire de fiscalía mientras aquí se tira de concepto de banca cívica -algo curioso por cierto ¿significa que antes no lo era?- fundaciones y obras sociales, pero el objetivo es el mismo.
Lo único que buscan esos gobiernos es que el sistema no se hunda. Que aquello que ya ha demostrado que está muerto no se pudra. Por lo menos no durante su guardia, no durante su legislatura.
Por eso se permite que entidades financieras con agujeros inmensos gasten dinero en patrocinar una selección que es un valor seguro. Por eso se transije con la salida a bolsa de ampliaciones de capital de entidades financieras que tendrían que tener colgados en sus ventanas carteles con la frase "cerrado por quiebra".
El Sauron político del liberalismo financiero utiliza todas sus herramientas para que el dinero fluya.
Desde las demandas multimillonarias hasta las recapitalizaciones, desde las fusiones hasta la banca cívica, desde la deuda pública hasta las modificaciones de la constitución para imponer un techo de déficit, pasando por la rebaja del iva en la compra de viviendas -hecha pensando en el stock inmobiliario de los bancos, no en el cada vez más numeroso stock de habitáculos bajo puentes que sufre la población-.
¿Por qué?, ¿por qué se niega a establecer la devolución de la vivienda como único pago de una hipoteca no cubierta?, ¿por qué fija un techo máximo de déficit pero no un suelo mínimo de cobertura? Porque el motivo final, la intención real, la finalidad última de todo ello no es solucionar el problema, no es evitar que se repita. Es solamente salvar el sistema.
Con todo ello el dinero fluirá y nuestros gobiernos, nuestros políticos, nuestros cargos electos conseguirán lo que nosotros les exigimos, lo que nosotros les reclamamos: crédito.
Porque nosotros tampoco cambiamos, nosotros tampoco aceptamos lo que nos está haciéndo morir, nosotros tampoco nos queremos extirpar el tumor que nos ha llevado al desastre y que nos crece en las entrañas.
Nuestros gobiernos nos dan a los bancos como causantes y nosotros lo compramos porque no queremos asumir nuestra responsabilidad como individuos y como sociedad en el proceso, en la puesta en marcha de un sistema económico que se basa en algo que nunca puede cubrir las espectativas de una sociedad.
Las hipotecas por encima de nuestras posibilidades nos han llevado debajo de un puente o de vuelta marchita -como el tango- a la casa paterna; las tarjetas de crédito infinitas y prorrateadas en doce meses nos han arrojado desde nuestras vacaciones en Cancún o en Egipto a olvidados y frustrantes estíos en el pueblo ínfimo de nuestros orígenes; nuestras ideas emprendedoras de negocios imposibles o de pelotazos seguros nos han arrastrado a quiebras fraudulentas o a empresas insostenibles.
Pero la culpa es de los bancos y nuestros gobiernos nos permiten seguir siendo como somos y les exigen dinero para que podamos volver a serlo.
Con todo lo que hacen lo único que se busca es que se reactive el crédito, que vuelvan a darnos lo que necesitamos para vivir por encima de nuestras posibilidades, que nos permitan volver a endeudarnos hasta limites que incluyen en la amortización herencias inseguras y sueldos futuros. Hay cosas que no queremos cambiar.
No queremos cambiarlas porque entonces tendríamos que saber que el derecho a una vivienda digna no incluye la propiedad ni cuatro habitaciones, jardín, gimnasio y solarium. Porque tendríamos que saber que el derecho al trabajo se lucha, se combate y se gana de forma colectiva, no se medra, se regatea y se obtiene de manera individual competitiva y artera; porque entonces tendríamos que tener claro que el gasto depende del dinero que se tiene no del crédito que se puede conseguir.
Porque si las cambiamos entonces tendríamos que asumir que no fue el sistema lo que nos jodió la vida, sino que fueron nuestras vidas, nuestras falsas percepciones de felicidad y nuestros egoísmos, los que han jodido por y para siempre un sistema que ya nació al borde de la muerte.
Y por eso ni gobiernos ni sociedades ni individuos clamamos por una solución real y un nuevo comienzo.
No clamamos por un sistema que controle el gasto -público y privado-, que fije el crédito máximo por nivel de ingresos, que marque el nivel de inversión financiero de las empresas, que controle la reinversión de los beneficios, que estipule umbrales férreos del mercado inmobiliario. Lo único que queremos todos es que el dinero fluya para que vuelva a nuestras manos y volver a empezar el ciclo que nos llevará de nuevo a idéntico final.
Así que, pese a todo, Niobe, esa pequeña capitana de ébano de la fabula de los Warchowsky, va a tener razón: hay cosas que nunca cambian: los bancos. Otras, en cambio, sí: nosotros.
Nosotros simplemente empeoramos. Pero no hemos de preocuparnos. No somos los primeros. Se llama decadencia.

lunes, enero 31, 2011

Egipto prefiere La Bastilla a Micerinos

El Oriente Árabe y el Sur Musulman están ardiendo. Y, no nos engañemos, arderán por los cuatro costados y no dejarán de hacerlo hasta que el hartazgo y la lógica se impongan sobre la furia, la desesperación y  la exigencia de cambio. ¿Es bueno?, ¿es malo?
El Occidente Atlántico, ese occidente incólume atenazado por la necesidad judeocristiana de situar los actos y los hechos a un lado y a otro de la linea maniquea del bien y del mal, se hace y de deshace en preguntas de ese porte, ignorando el hecho de que la única verdad, la única realidad, es que, sencillamente, esa hoguera es inevitable.
Es inevitable porque el equilibrio del mundo no puede mantenerse sobre el pilar de la dicotomía perversa que obliga a que, para que la democracia y la libertad sean posibles en los países occidentales y sus aliados -¡premio para el caballero! Estoy pensando en Israel-, sean mantenidos, consentidos y apoyados gobiernos que cercenan, dificultan e incluso imposibilitan esas libertades en el mundo árabe y musulmán.
Resulta inapelable porque el hecho de que Egipto sea un estado tapón entre el mundo árabe radical -que mira con odio bélico hacia la tierra de Sión- e Israel,  forzorso aliado de este nuestro occidente, por complejo de culpa de unos y soledad autoimpuesta de los otros, no les importa a los miles de egipcios que pagan con su miseria los delirios faraónicos de un gobernante, que empezó bien y acabó mal.
Un gobernante que se acostumbró a ver que cualquier cosa que hiciera era consentida por los "vigilantes" occidentales con tal de que no se saliera del guión con respecto a Israel.
Que el mundo árabe arda se transforma en una condición obligatoria porque a los habitantes de Yemen les importa bien poco que el gas que fluye bajo sus pies sea la reserva guardada por Occidente para calentar sus cuerpos bajo la ducha y sus platos sobre el fuego, en el caso de que, el siempre impredecible gobierno ruso, cambie de opinión, de que Afganistan se pierda para la causa de la comodidad occidental o de que las repúblicas ex sovieticas decidan venderle su gas a China -ahora que pueden hacerlo porque han entrado en la Organización Mundial del Comercio-.
Porque a los yemenies no les importa que nos duchemos o no, si eso supone que ellos tengan que seguir en un estado medieval, feudal y despótico que les impide ser como quieren ser en lo religioso, lo sexual y en todo lo demás.
Que el Sur Musulmán estalle en llamas es una realidad necesaria, porque a los tunecinos no les importa que necesitemos sus playas para tomar el sol, sus costas para nadar y sus hoteles para copular, en aras de vivir una experiencia, controlada y sin riesgo alguno, de contacto con el mundo musulmán.
No les importa todo eso, si para ello tienen que soportar un sistema que impone el robo institucional como forma de gobierno, que hace del nepotismo un rango legal y que les fuerza a no tener trabajo, no encontrar salida a sus estudios universitarios o vivir continuamente bajo el umbral de la pobreza con un par de dinares al mes.
El Oriente Árabe y el Sur Musulmán tienen que arder hasta consumir todo rasgo de lo que nosotros queremos que sean, porque les hemos mostrado cómo tienen derecho a ser y luego hemos pretendido que sigan siendo lo que son, para que nosotros no corramos el riesgo de dejar de ser lo que queremos ser. Para nosotros parece un trabalenguas, pero ellos lo tienen muy claro.
Para nosotros Túnez es El Bardo, Cartago, romance y Hamammet; para ellos es hambre, falta de esperanza, cleptocracia e injusticia. Para nosotros Egipto es Keops, Historia, Tutankamon y El Nilo; para ellos es despotismo, miseria, falta de libertad e indignidad. Para nosotros Yemen es desierto, gas y puro y duro desconocimiento; para ellos es servidumbre, esclavitud y muerte.
El mundo árabe, cercanamente lejano, y el mundo musulmán, alejadamente cercano, tienen que arder para que, de los rescoldos de nuestro hastío sobre lo que somos, renazca su evolución hacia lo que desean ser. Para que en las brasas de nuestro egoismo sobre lo que tenemos derecho a ser se cocine su conocimiento de lo que realmente son. Para que, de las cenizas de nuestra renuncia a lo que deberíamos ser, se eleve el fenix de su esperanza en lo que ellos podrían ser.
Todo eso hace inevitable que lo arábe y lo musulmán crepite en llamas. 
La presencia constante del activismo yihadista, la obcecación de Israel con Palestina, el ascenso del islamismo teocrático, la falta de criterio a la hora de enfrentarnos al desarrollo histórico del mundo árabe, la manipulación iraní, la provocación vaticana, la cristianofobia religiosa, la islamofobia social, el mito del continuo antisemitismo, el fiasco estadounidense en Irak y Afganistán, el enconamiento civil Pakistaní,  la perpetua inestabilidad libanesa, la tibieza europea, la hipocresía saudí, el neutralismo jordano, el sionismo militar israelí, los delirios de grandeza sirios, la indiferencia omaní, la demagogia libia y la continua presión rusa, entre otras cosas, son los leños que permiten y hacen posible que la hoguera del Islam y de lo árabe haya ardido tan fuerte.
Por eso arde y las llamas llegan tan alto pero, ¿por qué no podemos y no podremos apagar esa hoguera?
No podemos pararlo porque Barack Obama pide que se mantenga el orden y no habla de justicia, porque Merkel se muestra procupada por el respeto a los ciudadanos extranjeros y no por el respeto a los ciudadnos nativos atacados por los tanques egipcios, las porras tunecinas o los látigos -sí, látigos- yemaníes; porque Zapatero habla de no violencia y no de castigar a los ladrones gubernamentales, encarcelar a los represores o juzgar a los torturadores; porque Sarkozy  habla de respeto a los bienes culturales y al Patrimonio de la Humanidad en lugar de hacerlo sobre el respeto a la disedencia o la necesdad de abandono de los gobernantes.
No podemos pararlo porque estamos mandando el mensaje de que consideramos más importante nuestras vacaciones, la arqueología, la historia, nuestra tranquilidad, nuestros miedos y nuestros romances exóticos bajo los azahares, que los derechos y las libertades de gentes que no lo han sido en mucho tiempo porque, entre otras cosas, a nosotros nos convenía y nos sigue conviniendo que no lo sean.
Porque consideramos que Patrimonio de la Humanidad son la muerte y la memoria de déspotas finados hace miles de años y no la vida de personas que habitan en el mismo tiempo y el mismo mundo que nosotros. Porque, como es habitual en nosotros, nos fijamos en lo supérfluo y olvidamos lo esencial, nos indignamos por lo secundario e ignoramos lo fundamental. Nos centramos en lo que nos afecta y dejamos de lado lo que destruye al resto del mundo.
Si las arenas del Sinai han de tragarse los muros de Massada y Jericó, sea. Si el fuego de la indignación ha de hacer arder las momias, sea. Si las arenas han de tragarse las pirámides o las aguas engullir los restos de Cartago o el museo de El Bardo, sea. No es lo más deseable, pero sea.
Al fin y al cabo nosotros hicimos arder Cartago, Roma, Jerusalén y Constantinopla por menos; quemamos Alejandría y su biblioteca por menos y saqueamos los museos persas y mesopotámicos de Bagdad por mucho, mucho menos.
Al fin y al cabo nosotros quemamos un bonito e histórico castillo llamado La Bastilla para luchar por lo nuestro
¡Qué distinto sería el mundo si nos hubiéramos preocupado entonces por el patrimonio cultural!, ¿no os parece?

jueves, enero 20, 2011

Un chino en la tamborrada cambia el mundo

 Uno se monta en una moto -¡quien se lo iba a decir!- y acude a celebrar la tamborrada donostiarra. Los colegas te cuidan, te presentan, te inflan a kokotxas con almejas exquisitas -aunque el cocinero se empeñe en que no es así, que se le han pasado-, te riegan gaznate, mantel y vestimenta con caldos de la tierra y te endulzan el trago con trufas artesanas. Un lujo, vamos. Y a medianoche, la Plaza de la Constitución está hasta la bandera, la que se está izando, por cierto.
La efímera alianza entre la risa y los generosos tragos de txacolí dificultan al extremo seguir el ritmo de golpes y baquetas para emular al personal donostiarra que se lo pasa en grande en su fiesta grande. Y se pierde el golpe, se enreda el ritmo,  pese a los juveniles años de batería, hasta volver a empezar, el gorro de cocinero se te tuerce y la fiesta se vuelve cachondeo.
Y es entonces cuando, por casualidad, en un momento de descanso entre ritmo de tambor y ritmo de tambor, cuando te fijas, cuando posas la mirada en esa plaza donostiarra abarrotada y te fijas en las gentes. Es entonces cuando, como una aparición surgida de otro mundo, contemplas al chino.
No es un chino corriente, de esos de los nuestros, de tienda de alimentación o restaurante. Entre tanto uniforme carlista -¡que parece mentira que perdieran sus guerras con esos uniformes tan espléndidos!, entre tanto sombrero de chef y entre tanta txapela, el chino viste traje. 
Luce terno impoluto y corbata vistosa, observa con la sonrisa despistada del que disfruta pero no comprende, con la esperanza de que los tragos de vino le abran la mente a eso que parece divertido pero que no termina de ubicar en su mente y sus sentidos. En resumidas cuentas, es un chino turista. Y la presencia de ese chino turista entre tambores y uniformes dieciochescos explica casi todo.
Ese chino, que mantiene el respeto hacia lo desconocido en la banal creencia de que nosotros haríamos lo mismo si fuéramos a Shangai o a Pekin, dice más de China que las visitas de Hu Jintao a Washington, que los discursos de Obama en los salones de la Avenida Pensilvania, que las cifras macroeconómicas y los análisis políticos. Ese chino trajeado en la Plaza de la Constitución de Donosti lo dice todo sobre la nueva posición de China en el mundo.
Lo explica hoy, que los vapores del txacolí se disipan a marchas forzadas, claro está.
China es una potencia. En realidad siempre lo fue. La única diferencia es que ahora no podemos permitirnos el lujo de ignorarlo. 
Y eso es lo que Hu Jintao ha ido a recordarle a Obama en su propio domicilio. Obama ya lo sabe, pero conviene que de vez en cuando alguien se lo recuerde. Como a todo Occidente. Así funcionan las potencias.
China promete respaldar la deuda pública española, anuncia inversiones en latinoamérica, destina dinero a sus vecinos y viaja con la mando tendida y abierta hasta Estados Unidos para hablar de finanzas. Así se mueven las potencias y ya nadie puede ni quiere impedir que China lo haga. Es más, se congratulan de que así sea.
Y los hay que dicen que es el comienzo de un nuevo orden mundial. Pero no es así. No hay novedad ninguna.
El orden sigue siendo el mismo. El mundo seguirá sugiriendo en voz baja y con mucho cuidado al país poderoso que debe respetar los derechos humanos, que debería abolir la pena de muerte, que debe evitar la persecución política, mientras le grita a otros estados, menos poderosos y más llevaderos como enemigos, que está en la obligación de hacerlo. En eso no cambiará el orden.
Los réditos y los beneficios fluirán hacia las cuentas de las empresas y los magnates desde los lugares en los que colocan sus empresas, en los que establecen sus negocios, dejando una ínfima parte de los beneficios en esas tierras y en esas poblaciones. En eso tampoco se modificará orden alguno.
La economía mundial se verá marcada por las idas y venidas del gigante, por sus avatares sociales, políticos y económicos y todas las bolsas de valores se harán eco de sus estornudos en forma de drásticas bajadas de rentabilidad y de sus sanos sonrojamientos en formas de alzas constantes e inesperadas. En eso tampoco se verá modificado orden alguno.
Los aliados, los socios y los adláteres mirarán a otro lado de vez en cuando e interpretaran los ritmos expansionistas, las veleidades belicistas y los arranques imperialistas como una mota de polvo en el inmenso tapiz de sus necesidades, como un mal menor que conviene pasar por alto en aras de unos buenos acuerdos comerciales con la potencia. Así que ese orden tampoco se verá alterado
Los enemigos serán pocos, pequeños, recalcitrantes y, aunque en ocasiones se les de la razón teórica, siempre se instará a una solución diplomática, a una solución dialogada, a una solución que no obligue a nadie a posicionarse en contra de la potencia, por si acaso  decide tenerlo en cuenta más adelante. Eso tampoco supone mutación alguna en el orden mundial.
Los gobiernos, las empresas y los dineros se esmerarán por posicionarse en el mercado del gigante, por establecer relaciones comerciales, por vender sus productos en sus tierras, en la esperanza de sacar tajada, de aprovechar el tirón, de llevarse para sus países y sus cuentas corrientes un pellizco de la prosperidad de esa economía. En eso tampoco habrá cambio alguno en el orden establecido.
Los turistas de la metrópolis seguirán acudiendo a otros países con esa inocente arrogancia del que se cree el centro del mundo, con la incomprensión del que, aunque llegue a ser respetuoso, siempre se sentirá superior y con la tranquilidad de que su dinero es aceptado en todo el orbe conocido. Ese orden tampoco mudará.
Así que -y puede que sean los restos de txacolí que aún decoran mi sangre- no se ve cambio alguno en el orden mundial. El hecho de que China sea una potencia reconocida y reconocible no supone surgimiento de ningún nuevo orden mundial. Es el mismo orden de siempre.
Puede que los nombres cambien. Puede que el enemigo sea Taiwan en lugar de Cuba, puede que el invadido sea Tibet en lugar de Grenada, puede que la moneda sea yuan en lugar de dolar, puede que los nombres y acrónimos empresariales sean CNPC en lugar de Shell, Lenovo en lugar de Microsoft y Guangdong en lugar de Silicon Valley.
Puede que los vecinos sean Vietnam en lugar de México, puede que los socios sean APEC y no UE, que los aliados sean ANSEA y no OTAN, puede que el rival - aliado a regañadientes sea Japón y no Alemania, Corea y no Gran Bretaña.
Puede que sea un chino de traje en la tamborrada de Donosti y no un yankie borracho montando bronca en el Maremagnum del puerto de Barcelona. Pero el orden mundial no cambiará porque China sea una potencia.
Cambiará el lugar de occidente y de muchos de nosotros en él, pero el sistema seguirá siendo el mismo. Perderemos posiciones en favor de otros que no las tenían e incluso, es posible, que nos encontremos, a la larga, en los escalones más bajos de la cadena alimenticia económica universal. Hasta puede que lo perdamos todo.
Pero eso no cambia el orden mundial. Eso nos cambiará a nosotros y nuestro puesto en el mundo. Y nosotros no somos algo que le preocupe al inmutable orden económico universal. Habrá potencias, superpotencias, países ricos, economías emergentes, economías en recesión, países pobres, colonias económicas y lugares miserables. Puede que sus nombres cambien. Pero el orden económico mundial no conoce a nadie por su nombre de pila.
¡Y todo por un chino en Donosti! ¡Lo que hace el txacolí y el cachondeo!

lunes, enero 17, 2011

Obama destroza la teoría del loco solitario

No soy yo de los que más le van a quitar la razón a Barack Obama, que para eso ya tiene a los Tea Parties, la nueva mayoría republicana y su propio país. Obama no hace, como otros muchos de nosotros, prácticamente como todos. No hace que las intenciones -aunque en su caso sean buenas- oculten los errores, que los deseos oculten las carencias. Que las desdichas escondan los problemas.
Hay cosas de las que no resulta provechoso hablar ni escribir cuando los gritos aún llegan desde las noticias, cuando las armas aún humean, cuando los cadáveres y los llantos aún hablan desde las pantallas.
Hay sucesos, como La Matanza de Tucson que, aunque suenen a mala película de terror, hay que dejarlos reposar, hay que obviar las especulaciones sobre los motivos y las consecuencias, hay que eludir las cuatro comprobaciones de las fuentes y el relato de las pruebas. Hay sucesos sobre los que hay que pensar antes de escribir. Para todo lo demás están las páginas consparanoicas.
No sé ni quiero saber a qué grupo de presión y de intereses respondía y responderá la política de la congresista Giffords -no nos engañemos, es congresista estadounidense y tiene que responder a los intereses de algún lobby-; no conozco ni deseo conocer qué locura llevó a un joven de veintidós años a organizar, planear y ejecutar  La Matanza de Tucson -no nos engañemos, alguna locura tiene que padecer y hacer padecer alguien que hace acopio de armas y munición para matar a una persona que no le conoce-; creo saber en parte y desearía conocer en su conjunto las motivaciones que llevan al presidente estadounidense a realizar su discurso, a anunciar entre lágrimas que Gifford ha abierto los ojos. Pero eso no importa.
Lo que importa, una vez más con Obama, no es lo que dice, no es, ni siquiera, a quién se lo dice, esa América convulsionada, alterada y ahora compungida por las esperables pero no esperadas consecuencias de sus actos políticos y sociales, ni siquiera cómo lo dice, usando esa pulida arma de influencia mediática e intelectual que suele ser el Ala Oeste de La Casa Blanca.
Lo importante de Obama es simplemente qué lo dice, que mira a uno y otro lado -como hiciera en China, como hiciera en Palestina, como hiciera en Chicago, y, sin importarle quien tenga que escucharlo, lo dice.
"Tenemos que comunicarnos de manera que sane, no que hiera"  Y con esa frase no cambia el mundo, no modifica un ápice lo que ha ocurrido, no carga motivaciones, ni depura responsabilidades, no condena ni justifica, no amenaza ni perdona.
Con esa frase envía al olvido el colchón eterno sobre el que descansa la conciencia de Estados Unidos y de gran parte de la Civilización Atlántica; con esa frase da la vuelta a la siempre conveniente teoría del loco solitario que ha protagonizado los magnicidios de América -de su América, claro-. Con esa frase nos obliga a hacer algo.
Con una sola frase gira la tortilla que nos deja descansar el rostro contra la almohada, diciendonos que nada tenemos que ver con ello y nos arroja en mitad del epicentro del terremoto que es nuestra realidad. En el ojo del huracán que agita nuestras existencias.
El loco solitario está loco. Por eso lo hace, por eso cree que un disparo soluciona un problema. Pero ya no está sólo, por eso quiere hacerlo. El loco solitario ha dejado de no ser culpa de nadie para ser culpa de todos.
Culpa de los Tea Parties y sus bromas sobre congresistas democrátas en el fondo del mar, culpa de las manifestaciones democratas y sus frases ocurrentes sobre el cerebro de un repúblicano, culpa de la punteria de Palin en Alaska con un fusil de asalto, culpa de las declaraciones políticamente correctas, culpa de los eufemismos para definir a las razas, culpa de los que escuchan, de los que aplauden, de los que silban, de los que asienten.
Culpa de la obsesión por la seguridad, culpa de la sacralización inútil de ciertas libertades, culpa de los comentarios no pensados, de los pensamientos no comentados, de las declaraciones electoralistas, de los discursos demagógicos. Culpa de los que hablan y culpa de los que callan.
Con esa frase Obama convierte la teoria del loco solitario en un juicio por jurado. Y nadie puede ejercer de fiscal íntegro o de jurado imparcial porque todo el mundo implicado. No hacen falta conspiraciones, no hacen falta oscuros intereses en peligro y asesinos profesionales introducidos en Tucson en secreto para montar un triángulo de fuego perfecto.
Ya no es algo tan antiguo como la crucifixión. Es algo tan antiguo como la comunicación.
"Tenemos que comunicarnos de manera que sane, no que hiera". Y con esa frase nos recuerda las heridas que hemos abierto en el mundo, que hemos abierto como países, como sociedades, como individuos. Nos hace participes de la locura, de la sinrazón.
Nos recuerda todas las veces que los políticos han dicho lo que las sociedades querían oír, aunque no estuvieran dispuestos a cumplirlo; todas las veces que las sociedades han exigido escuchar lo que querían oír, aunque supieran que era injusto.
Nos hace responsables de de todas las palabras dichas para nostros mismos y contra aquellos a los que deciamos querer, respetar o incluso amar.
Nos hace responsables de haber transformado la comunicación en información, de no aceptar flujos de vuelta desde aquellos a los que informamos de nuestros, actos, nuestras intenciones o nuestros pensamientos. Nos hace responsables de hablar sin eschuchar, de anunciar sin preguntar, de conversar sin dialogar. En lo general y en lo particular, en lo social y en lo personal, en lo público y en lo privado.
Esa comunicación que debería haber servido para otra cosa, ha llevado a un individuo a percibir en su locura el mundo de tal manera que era imposible que pudiera convivir en el mismo país con una congresista; de manera que la muerte de un eslabón era la solución para todo el mecanismo, de forma que no le quedaba otra solución que hacer lo que hizo. Y nuestra forma de comunicarnos como sociedad y como personas es culpable de eso.
"Tenemos que comunicarnos de manera que sane, no que hiera".  Y con esa frase Obama -entre vítores que, como es habitual, no parecen haber escuchado lo dicho- no sólo nos obliga a cambiar la forma de hacer las cosas, sino a arreglar el desaguisado que hemos montado en nuestro mundo y en nuestra vida.
Nos impele a curar las heridas que nuestros modos y maneras de comunicarnos abrieron antes de intentar una nueva forma de comunicación; nos arroja a la obligación de mancharnos las manos con la sangre y la bilis que los cortes que hicimos en las mentes y los corazones de otros supuran, antes de perdiles que nos dejen comunicarnos de otra manera.
Una sola frase de Barack Obama sobre la desgracia colectiva de su país nos muestra todos los problemas de nuestras propias verguenzas personales y privadas.
Nos quita los lugares comunes, los refranes, las frases hechas sobre el tiempo y las heridas. Nos roba el recurso al silencio. Tenemos que sanar las heridas, las de los otros. Es nuestra responsabilidad. No podemos dejar que el silencio y el tiempo hagan nuestro curro.
Ya no serán sufientes las excusas, las peticiones de perdón. Ya no será suficiente el transcurso del tiempo, ya no podremos encomendar al silencio y al paso de los días la función curativa que sólo tienen nuestras palabras y nuestros actos.
Ya no será de recibo que un político deje pasar el tiempo suficiente de una legislatura para cambiar de un discurso electoral a justo su contrario; ya no servirá de excusa a un gobierno el silencio para no explicar los motivos o las consecuencias de un acto o de una decisión. Ya no será factible que un miembro de una sociedad exija a voz en grito algo y luego, meses o años después, se queje amargamente porque, de repente, empieza a venirle mal que esa exigencia se le aplique precisamente a él. Ni en la política, ni en la sociedad, ni en nosotros mismos.
Ya no basta con dejar pasar el tiempo y el silencio para que cierren las heridas que abrimos con nuestras palabras y nuestros actos. Tenemos que curarlos nosotros mismos. Ya no podremos refugiarnos en la desparición, la invisibilidad para presentarnos limpios e impolutos tiempo después, esperando que todo haya sido olvidado, todo haya sido cicratizado. Esperando que el silencio haya devorado los ecos de aquello que dijimos o que hicimos. Ya no somos dueños de nuestros silencios. Ni siquiera tenemos derecho a ellos.
Bueno, sí podremos. Nadie puede obligarnos a nada. Es un derecho que tenemos, no nos lo hemos ganado, pero lo tenemos.
Es posible que esta nueva comunicación propuesta por Obama nunca prospere lo suficiente, nunca llegue a asentarse en nuestros corazones, en nuestras mentes ni en nuestras relaciones personales, políticas y sociales.
Al fin y al cabo, el asesino de Tucson era un loco solitario que decidió matar a una congresista estadounidense. Ni siquiera es nuestra congresista, ni siquiera es nuestra comunicación. Ni siquiera son nuestras heridas.
Pero aunque lo hagamos, aunque nos refugiemos en las excusas del tiempo y el silencio para seguir cometiendo el mismo error de conventir las conversaciones en monólogos educadamente interrumpidos, de convertir las relaciones en vidas independientes que se tocan y se dejan tocar solamente lo estrictamente necesario, ya no podremos decir que no estabamos avisados.
Podremos empeñarnos, como el loco de Tucson, en ser destructores solitarios de nuestras propias vidas y de las de otros. Pero Obama y su frase nos ha quitado la posibilidad de recurrir a la locura como atenuante y al silencio como coartada.

jueves, noviembre 11, 2010

La Sombra de Obama, casi por Orson Scott Card

Que Barack Obama no podrá ir más allá de donde empezó es algo que está comenzando a hacerse tan palpable como fue la esperanza de que lo hiciera, cuando fue elegido allá en los albores del derrumbe -no definitivo, pero sí definitorio- del sistema económico que sustenta lo que algunos historiadores ya llaman la Civilización Atlántica.
Se supone que aún no es tiempo de definir lo que pudo o no pudo hacer Obama, pero sí es tiempo de creerse y recrearse en lo que hace, en lo que está haciendo.
Y lo que está haciendo el presidente al que las improntas de su país, la necesidad de reelección, los Tea Parties y el mastodóntico sistema financiero estodunidense no dejan ser presidente de su país, es alargar su, ya de por si, esbelto cuello hacia el futuro. Y lo que ve, lo que parece que sólo él ve es una novela de su siempre sorprendente compatriota Orson Scott Card.
Occidente, esa civilización que ya tiene nombre entre los historiadores -todo un síntoma-, no entiende porque hace determinadas cosas, porque dice determinadas frases. Quizás sea porque no mira al futuro con tanta insistencia como Obama o porque, mientras el viejo y reiterativo Vargas Llosa recibe el Nobel de literatura, Orson Scott Card sigue siendo considerado un escritor de segunda.
Sea por lo que sea, Estados Unidos y Europa no entienden a Obama porque Estados Unidos y Europa se han incapacitado a si mismos para entender el futuro.
Obama se pone a viajar -que ahora mismo lo doméstico no está como para quedarse en casa- y Europa se abruma.
Empezando por España, se indignan porque, de repente, se le encuentran defendiendo la candidatura de India para miembro permanente del Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas.
El líder estadoundense habla en Indonesia y el occidente cristiano -o pagano o ateo- tuerce el gesto ante su insistencia en dar relevancia a las relaciones con el Islam.
Habla de economía en una gira por Asía y no pasa por China. Y los aparatos económicos y financieros atlánticos se enfadan al ver que, el baluarte presidencial del país más librecambrista del orbe, no hace acto de presencia en el único mercado que podrá salvar un sistema que no tiene muchas esperanzas de ser salvado.
Pero Obama no ha enloquecido, no ha dado la espalda a su fiel aliado Zapatero en benifico de India, no se ha dejado llevar por sus recuerdos infantiles indonesios y ha dejado atrás a la llamada América Cristiana en beneficio del pérfido islam que, según ellos, nos acosa y quiere acabar con nosotros, no ignora China porque esté más pendiente de sus posiciones ideológicas que de las necesidades económicas de su país.
Obama apoya a India - y no a España- porque sabe que la estrategia de los números sustituirá a la de las alianzas atlánticas. El hijo del economista keniano habla del Islam porque sabe que los musulmanes aún creen -con todo lo malo y lo bueno que eso tiene- en su dios; el hombre de Hawai no va a China porque sabe que China le va a decir que no le necesita.
Obama no mira a otros que no somos nosotros por traición, ideología o locura. Lo hace porque mira al futuro. Y en el futuro nosotros ya no estamos. Como en una novela de Orson Scott Card.
Puede que no lo comprendamos pero lo lógico, más allá de lo obselto y lo recalcitrante de un organismo como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, es que India, con sus 1.200 millones de personas, tenga más peso internacional que España.
Nosotros no lo entendemos porque somos occidentales, pero lo lógico es que, en caso de que alguien tenga que tener derecho a veto sobre algo, lo tengan aquellos que representan a más de dos tercios de la población del planteta -o sea China, India y Rusia- y no paises como España o incluso Alemania y Francia, que lo único que hicieron fue ganar, perder o no participar en una guerra hace más de medio siglo.
Como el viejo Card, Obama ya ve un mundo en el que los ejes de poder serán los países más poblados, la religión que, ya en 2008, superó a los cristianos y que sigue aumentando -mal que nos pese a aquellos que nos negamos a comunicarnos con los seres invisibles- mientras el catolicismo sigue perdiendo adeptos y las econmías que ahora emergen mientras las nuestras se hunden en cifras de paro y de desesperanza desconocidas desde 1929.
Scott Card escribe en uno de esos libros de anticipación que se nos están viniendo encima a velocidad de vértigo -La Sombra del Hegemón, se llama-:
"...cambiamos cuando nos dimos cuenta de que era absurdo pelear contra nuestros hermanos judíos y entre nosotros en lugar de desarrollarnos a la par. Cuando eso pasó, Estados Unidos ya no fue necesario.
La India había crecido demasiado y no había manera de influir en sus decisiones y sus inercias, China ya no necesitaba a Europa porque nos tenía a nosotros y a India como enemigos y como clientes. Rusia miró hacia Oriente por primera vez en su existencia y el Islam posó sus ojos en Africa.
Brasil se adueñó económicamente del continente americano porque las dinamicas financieras y el nivel de vida reclamado por la población de Estados Unidos hacía inposible la competencia. No te estoy diciendo, Bean, que este mundo sea mejor, solamente te estoy diciendo que es diferente. Estados Unidos y La Vieja Europa ya no existen."
Y eso lo dice en un futuro no muy lejano publicado en 2003, ni más ni menos, que un Califa negro de trece años -pero seguro que eso sí es ciencia ficción. Y el que tenga problemas para ubicar el concepto de califa que busque en las páginas de la Enciclopedia Británica-.
Todos los libros de esa gloriosa saga de anticipación comienza sus títulos con el sintagama La Sombra -de Bean, del gigante, del Hegemón...-. Quizas el prolijo y espectacular escritor de Richland deba empezar a aporrear el teclado de su ordenador o a hacer crujir su pluma y su muñeca para añadir un nuevo volumen a su saga bajo el título La Sombra de Obama.
Así que no se sabe si es que Obama habrá leído al genial autor de El Juego de Ender o si lo habrá descubierto por su cuenta, pero suena a que su olfato está oliendo el futuro y no le gusta en absoluto el hedor a muerte que percibe.
Es como si aquel que del "Yes, we can" fuera por fin consciente de que, para su país y para Europa, está mucho más cerca el lema "No, we can not, not longer".
Es más que posible que, dentro de unos años o unos siglos, alguien acuse a Obama -de hecho, ya hay quien lo hace- de iniciar el declibe de Occidente, como hicieron con Pericles en Grecia, con Valentiniano cuando dividio el Imperio Romano o con Selaheddîn -vale, Saladino- cuando firmó la paz con los cristianos y dividió El Califato, pero no será del todo cierto.
Obama ha mirado al futuro, ha encontrado muerto a Occidente y lo único que está haciendo es asegurarse de que tenga un obito apacible y un sepelio tranquilo.

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