lunes, junio 30, 2014

Rajoy llena la tumba de Chávez de flores sindicales

No hay nada que provoque más revuelo que la irrupción de algo que no se espera, que se ha desechado de antemano, que no responde a los modos y maneras habituales.
Eso es lo que ha pasado con Podemos, la nueva formación política. Pero no se trata hoy de hablar de ella, de sus errores y sus aciertos. Se trata de hablar de toda la armada de naos y bajeles que se han lanzado a los mares de la comunicación y la política mediática para intentar cañonearles y acertarles por debajo de la línea de flotación.
Concretamente, de la munición que utilizan.
Más allá del sempiterno recurso al terrorismo de ETA como simbionte de todo lo que quieren presentar como malo o perverso cuando en realidad el Partido Popular ha sido el único simbionte electoral de esa formación de locos y asesinos, beneficiándose de su existencia a través de su constante recurso al miedo y al terror, la principal acusación que se escucha en los entornos y voceros lanzados a la palestra es la de populismo, concretamente la de "Chavismo".
Ese ogro político para unos y revolución para otros de nuestro siglo que está instalado en Venezuela es el ejemplo que utilizan desde los ex presidentes hasta los portavoces en el Congreso, desde las ministras hasta los think tank.
Y una mañana te despiertas leyendo que en España, detenidos por los policías, procesados por los fiscales, hay 300 personas cuyas condenas suman 120 años de cárcel. Tres centenares de personas que tienen algo en común, una sola cosa en común en todos los casos; la disensión, la protesta, la acción sindical.
¿Eso no es chavista? 
¿No es Maduro, el sucesor del fallecido líder autoproclamado heredero de Bolivar, el que se dedica a procesar opositores con la excusa de que sus manifestaciones incitan a la violencia, no es el régimen que gobierna Venezuela con cada vez menos justificaciones democráticas el que se dedica a promulgar leyes que convierten un ¡Abajo el gobierno! en una incitación a la violencia, que transforman un ¡Maduro. dimisión! en un delito casi de alta traición?
Y los mismos que llaman chavista a un individuo por llevar coleta se dedican a hacer lo mismo que es régimen. Intentan parar las huelgas pidiendo la condena de cuatro años de cárcel a quien se sube a un autobús -acompañada de un policía, ni más ni menos- para informar a un conductor de su derecho a la huelga; mandan a prisión a gentes que golpean con la mano el coche de un empresario cuando pasa, o que cogen comida de un supermercado para dársela a gente que pasa hambre.
Como Maduro en Venezuela han elegido el camino de la persecución judicial de la disensión, de la acción política, ciudadana y sindical.
Intentan criminalizar las huelgas en la más pura esencia del chavismo más recalcitrante, convertir en un delito de lesa patria la protesta.
Hugo Chávez estará orgulloso sonriendo en su catafalco cuando vea que sus supuestos rivales políticos que parecen solo serlo para criticar a otros, utilizan sus mismos métodos intimidatorios contra la protesta, contra la manifestación. Se amparan en denuncias incomprobables de policías que ni siquiera estaban presentes en el momento de los hechos para justificar lo que solamente es un intento de acallar toda acción sindical. Convertir la protesta en solamente una queja resignada, transformar la presión social en una letanía angustiada de dolores y resignaciones.
El mismo ministerio público, la misma fiscalía que se indigna y quiere dejar de procesar a cualquier precio a una infanta que alega desconocer que su marido estafaba a manos llenas, tramita sin pensánserlo dos veces con petición de máxima condena juicios contra sindicalistas femeninas acusadas de empujar a un trabajador que no quería hacer huelga cuando el trabajador se desgañita diciendo que fue un hombre quien le empujó; buscan y rebuscan motivos tan absurdos como "·arrojar agua a un autobús", parar el tráfico durante cinco minutos o por limitar el "derecho al trabajo".
En la mejor tradición del chavismo más recalcitrante, actúan como los salvadores de la patria contra los que nada puede decirse, convierten en delito opinar contra ellos en las redes sociales, juntarse o convocarse sin su permiso, hacer una huelga.
Cuando Hugo Chávez consideró que hablar en la televisión contra las decisiones de su gobierno era un acto de traición y empezó a cerrarlas, los falsos liberales de Génova, 13 y de Férraz se rasgaron las vestiduras hablando de libertad de expresión, de derecho del pueblo a opinar y ahora el Gobierno de Moncloa tira de la misma forma de hacer las cosas llenando las cárceles de sindicalistas mientras sus fiscales piden penas menores para sus políticos corruptos, para sus familiares que se dan a la fuga y sus ministros indultan sistemáticamente a banqueros que han atentado mucho más contra la propiedad privada y pública que un manifestante que desde un piquete haya tirado un huevo a un coche de policía.
Así que la próxima vez que hablen de chavismo, que se llenen la boca de hablar del perjuicio que esa forma de gobierno puede causar en nuestra sociedad, que se den cuenta que no nos traen a la mente la imagen de un tipo con coleta que habla de círculos, castas y referéndum con razón o sin ella, sino que nos evocan la imagen de una policía que detiene a manifestantes de forma aleatoria, de unos fiscales que acusan de un delito a todo aquel que se opone a su pensamiento, sus medidas y su permanencia sempiterna en el poder.
La próxima vez que hablen de Chávez y chavismo que tengan claro que no nos hacen ver a esa fantasía delirante suya de una izquierda radical temida y temible. Que tengan muy claro que les vemos a ellos.
Y cuanto más sindicalistas persigan más les veremos, más les identificaremos con Maduro y su régimen porque más se parecerán a ellos. 
Y esa realidad no se altera por lo que ellos nos digan. Ya no.

Felipe VI o la venta de buhonero de la Casa Irreal

Resistido se han estás endemoniadas líneas a albergar una opinión sobre el nuevo monarca proclamado de este país nuestro al que una vez más le ha tocado danzar con alguien sin que nadie le preguntara si quería bailar con ella. Con él, en este caso.
Con toda la prensa nacional remozando la casa de los borbones -que de real tiene poco por lo lejos que vive de la misma- es momento de hablar de Felipe y su hermana, de su esposa y sus hija. Más bien de sus títulos, sus privilegios y todo lo demás. Que ellos, como personas son y serán siempre un misterio.
Hasta los rotativos y medios en general que otrora defendieran la dignidad republicana y el falso concepto de la memoria histórica ideado por y para regocijo del pasado y contra del futuro, parece haber llegado el turno de hacer lo del verso de don Antonio -Machado, se entiende-, aquello de:

Y repintar los blasones, 
hablar de las tradiciones, 
en su casa, 
a escándalos y amoríos
 poner tasa,
sordina a sus desvaríos.

Y para ello nos han colocado, vendido, puesto ante los ojos y agitado ante el hocico todo tipo de trapos y muletas por si nos apetecía comprar o embestir alguno.
Empezamos con el nuevo Felipe, que hace el sexto de su estirpe. Una estirpe que desde siempre, como todo monarca que se precie, ha convertido la Casa Real de su país en la mas irreal de las moradas.
Porque ese es y sigue siendo, pese a que se vayan los padres y vengan los hijos, pese a que se alejen las tías y crezcan las sobrinas, pese a que se muden las griegas y se alojen las cántabras, el más grande problema de la casa que tiene su sede y domicilio en el Palacio de la Zarzuela. Es la Casa Irreal
Como irreal es la venta de buhonero, que agita ante los aturdidos aldeanos sus frascos de pociones que lo mismo sirven para quemar verrugas que para alzar miembros viriles, hacen de su nuevo patriarca.
Nos le venden como un soplo de aire fresco valorado y querido por todos. Y claro obvian el hecho de que tanto aire corría por las calles de Madrid el día de su proclamación que es raro que no muriese de una pulmonía antes de empezar a reinar como alguno de sus más añejos ancestros. La irrealidad comienza a cobrar forma.
Luego nos la intentan colar con aquello de que no tira de obispos y jerarcas eclesiásticos en su proclamación, de misa mayor en ningún lado ni nada por el estilo. Y se agradece, no crean que no. Los que son españoles, ciudadanos y  no ven el mundo a través de los ojos de una profecía lo agradecen.
Pero el asunto se disipa en cuanto se hace pública su agenda. Su primer viaje oficial es al Vaticano. Y claro, en el irreal mundo en el que vive la casa de aquellos que se creen reales, es lo lógico. 
Sus católicas majestades, protectores de la cristiandad -¿de verdad creemos que los títulos otorgados hace siglos se han perdido tan solo porque dejan de usarse?- deben hacer su primer viaje a las lindes de Roma.
Su irrealidad les obliga a ser fieles a una tradición que hace que sea prácticamente obligatorio que se gasten el dinero de todos en viajar a San Pedro para que un papa que lo más parecido que ha visto a un reino es una pampa y lo más cercano a un rey a Messi o Maradona les conceda la bendición y el respaldo de un dios que no existe a una corona que no lucen en la frente.
La irrealidad comienza a apropiarse de todo punto de vista posible.
Y para rematar la faena de la venta en rebajas adelantadas de la Casa Irreal, culminan con el hecho de que Felipe, amado y santo nuevo rey de España, es un tipo inteligente, moderno, hasta ilustrado. Lo demuestra el hecho simbólico por demás de que ha colgado en su despacho el retrato de Carlos III, ese gran rey que construyó la puerta de Alcalá.
Y tan irreal es el mundo en el que viven y se han acostumbrado a vivir que creen que eso nos tiene que dejar tranquilos, que tiene que hacernos suspirar de alivio.
El ejemplo que sigue nuestro nuevo monarca es el de un rey que intentó forzar a los madrileños a dejar de beber en los bares, que decidió que vistieran de un modo diferente por decreto real -que no es lo mismo ni de lejos que un Real Decreto de los de ahora-, que intentó llevar a todos, como hacía todo rey por entonces, a donde él quería que estuvieran. 
Alguien que ordenó a la Guardia Valona disparar contra la multitud que se manifestaba reclamando algo tan ilógico y poco patriótico como el derecho a vestir como les diera la gana -nada real, por cierto-.
¡Claro que era ilustrado!, ¡Claro que era moderno! ¡claro que es el ejemplo perfecto de lo que quiere Felipe VI para su reinado!
No en vano Carlos III renunció a sus pretensiones al trono de Polonia, que creía suyo por derecho de sangre materna, antes de ser rey de España por un motivo más que revelador: por que era un trono electivo y tenía muy pocas posibilidades de que el parlamento polaco le eligiera -¿curioso, no?-.
No en vano llevó a su máxima expresión un lema que aún se repite en las escuelas. Ese de "todo para el pueblo pero sin el pueblo". No en vano se le estudia dentro de un periodo conocido como el Despotismo Ilustrado.
Puede que allá por los años remotos del S.XVIII la población pensara "bueno, es despotismo, pero al menos es ilustrado" pero en estos años procelosos del S.XXI los ciudadanos piensan más bien lo contrario: "Vale, es ilustrado, pero sigue siendo despotismo".
Así que para vendernos la sucesión como algo beneficioso para la democracia nos pintan a un monarca amado por el pueblo, pío e ilustrado.
Para los siervos y aldeanos de allende los tiempos eso era suficiente. Para nosotros no.
Alguien a quien quiero un poco sin querer y que es muy de Casa Real, aunque lo diga poco y con la boca pequeña, se le velan un poco las miradas cuando se hablan de estos temas y suele decir "lo han hecho mal con la Casa Real"Y no me queda más remedio que darle la razón.
Lo han hecho mal porque la han convertido en la Casa Irreal.
Permitiendo que una infanta tenga un sueldo de una entidad privada y una asignación que sale de las arcas públicas a través de su padre, consintiendo que pidiera una hipoteca de siete millones de euros con 300.000 de pago trimestral cuando ni siquiera llegaba a esa cantidad la suma de los ingresos anuales de ella y su marido; permitiendo que un rey, una reina, un príncipe, y el número de infantes y de infantas que nos toquen estén más allá del toque de la ley aún cuando dejan de serlo; dejando que el rey abdicado concediera préstamos a sus hijas morosas con un dinero que al final era de todos y le era dado para sufragar la representación del Estado, no los agujeros de las economías familiares de sus vástagos; asumiendo que una niña de ocho años tenga una asignación de dinero público equivalente al salario anual medio de cincuenta españoles.
La casa que habita en la Zarzuela se ha vuelto irreal porque vive tan alejada del mundo en el que vive que cree que ser ilustrado tapará el hecho de que no ha sido elegido.
Y porque esa vida más allá del tiempo y el espacio en el que habitan les impide ver que hay otra forma de hacerlo.
Si Felipe, el sexto con su nombre, hubiera colgado en su despacho el retrato de Manuel Azaña o Ruiz Zorrila o Estanislao Figueras, no por ser de izquierdas o derechas, sino por ser jefes electos del Estado y luego se hubiera cruzado de brazos ante el parlamento y hubiera negado su proclamación hasta que los españoles decidieran libremente si querían un rey si le querían a él de rey, entonces los medios si podrían vendernos un monarca moderno, un jefe del Estado comprometido con las personas que forman ese Estado no con símbolos y tradiciones irreales y vacíos que sirven poco más que para magnos eventos deportivos.
A un rey así sí le habría votado.
Porque eso habría sacado a su casa, su estirpe, su reinado de la irrealidad en la que vive instalada la monarquía española en estos tiempos. Eso y no que la reina haya o no haya sido aristócrata, periodista o cualquier otra cosa o que esté preparado y hable no sé cuántos idiomas o que diga que admira a su padre pero no reinará como él o que se reúna con los colectivos LGTB en una agenda diseñada para dar buena imagen. una imagen moderna, una imagen ilustrada.
Pero el riesgo de la realidad es inasumible para aquellos que han hecho dela irrealidad el eje de sus vidas le pese a quien le pese.
Y si el palacio de la Zarzuela sigue y seguirá albergando a nuestra borbónica Casa Irreal.

viernes, junio 27, 2014

Y no han podido hablar

Han viajado por su vida y el mundo sin voz. Y no han podido hablar.
Han huido sin voz. Se la quitaron.
Ella se la quitó, tú se la quitaste. Yo se la quité.
Cuando empezaban a hablar las mandaron callar.

martes, junio 24, 2014

El Mayflower constitucionalista. Versión 2014

Es antiguo pero tampoco hemos avanzado demasiado.

Hay que cambiar la constitución
Ya está! ¡Ya se ha dicho!

Ya escucho el silbar lejano de los sables de mil “combatientes” indignados, ya siento temblar el suelo con el taconear airado de cientos de visones de doñas furiosas. ¿Por qué será que el inmovilismo sólo afecta a aquellos que se encuentran en situaciones dominantes?
Pero antes de lanzar sus legiones de acero y paños bicolores y de disponer sus cohortes de perlas y escapularios, deténganse un momento, mesires, y escuchen. Y, si el sonido de sus propios insultos les impide escuchar, al menos lean:
- En 1865 Gregor Mendel publica sus experimentos sobre híbridos de plantas.- Los puristas de la botánica dicen que eso no es ciencia, que se trata de un mero pasatiempo de horticultura. Que no se podían cambiar las leyes de tan antigua ciencia. Hoy son la base de la más esperanzada de las ciencias: La genética.
- En 1614 John Naiper, matemático escocés, publica su Mirifici Logarithmorum Canonis Descriptio, ejusque usus in utroque Trigonometría; ut etiam in omni logística mathematica, amplissimi, facillimi, et expeditissimi explicatio y la Real Sociedad Matematica inglesa lo califica de "delirio que nada tiene que ver con las leyes inmutables de la matématica pura y que no se ajusta a la bondad del cálculo erudito". Hoy, los logaritmos son la base de todo el desarrollo de las telecomunicaciones, incluso de aquello que les permitirá echarme los perros cuando lean este post: Internet.
- En 1922 se publica "Ulyses" de James Joyce, un escritor irlandés que presenta un libro sin continuidad narrativa y sin puntuar en muchos capítulos. Los críticos afirman que no se puede considerar literatura en el sentido estricto de la palabra puesto que no se ajusta a leyes ortográficas y narrativas existentes desde el mundo clásico . Hoy, es considerada una de las 50 obras cumbre de la literatura universal.
- En 1907, Picasso pinta y expone Las Señoritas de Avignon. Los gritos de la Sociedad Artística Francesa pueden escucharse hasta en el Ródano y afirman que atenta contra la misma esencia del arte y sus normas cálsicas de la armonia. Hoy, El Louvre lo expone en una sala, como una obra maestra.
Pero el cambio no es un virus que sólo afecte a la ciencia, la cultura y el arte, esas actividades marcadamente anarquistas e iconoclastas. También afecta a la política. Las constituciones de la historia han sufrido tal virus con saña y reticencia.
Desde Solón, magno legislador ateniense inventor de la constitución –y del castigo de ostracismo-, hasta los constitucionalistas estadounidenses, pasando por Ricardo de Plantagenet, Rey de Inglaterra y Lord de Irlanda por la Gracia de Dios, Jacobo II rey por la misma gracia y muerto por la de sus verdugos, Los Estados Generales de Francia y algún que otro canciller alemán de nombre Conrad, una multitud de personas y entidades han propiciado cambios en las constituciones sin que sus países hayan desaparecido de las lecciones de geografía.
Así que, organizados ejércitos del purismo del constitucionalismo y la bandera, del Una, Grande y Libre en estado puro, reflexionad un momento –sé que es difícil, pero intentadlo-.
Conozco docenas de estados federales que son una nación (se cayó el “Una”), La grandeza, como concepto patrio, requiere sacrificio y vosotros no sacrificarías lo único que consideráis importante, o sea vuestras cuentas corrientes, en aras de la patria (se cayó el “Grande”). Y la libertad es un concepto creado, desarrollado, pensado y dibujado para los seres humanos, para las personas físicas. Un territorio como mucho –y hay dudas al respecto- se puede considerar una persona jurídica (con eso decimos adiós al “Libre”).
Así que, sin vuestras consignas, ¿qué queda de vuestro purista mundo nacional españolista? Nada.
Nada salvo una palabra muy cercana a otra que también empezó como purismo.
Seguid por el camino de la intransigencia mental y teórica y acabareis sumando esas letras que os faltan: Sería una paradoja ciertamente curiosa que terminara habiendo un puritanismo democrático.
Sería realmente sorprendente, triste e incomprensible, pero sorprendente.

Hay que cambiar la constitución no por dar pábulo a una pandilla de violentos que ni siquiera saben como se articula su propia ideología. Hay que cambiarla porque hay cosas que no se incluyen y que deberían estar incluidas. Hay que cambiarla porque nuestra constitución y nuestra democracia se lo merece.
El cambio forma parte de la naturaleza de toda constitución. Se pretende que sean eternas, no inmutables. Son una ley, no una divinidad.
Pensad eso y desmovilizad vuestros ejércitos. Hoy no va a haber batalla. La libertad de ser y de vivir no entiende de purismos.
El puritanismo se hundió con el Mayflower.
Buscad si queréis una tierra en la que desembarcar antes de que el pecio os arrastre en el remolino de vuestra intransigencia y vuestra ignorancia democrática.
Pero, por favor, buscadla lejos de aquí.

lunes, junio 16, 2014

Protesta, crimen y el proceso judicial como mensaje

Mientras nos hacen mirar a lo esencial, o sea hacia la debacle futbolística patria, la proclamación, coronación o como quiera llamarse, el derrumbe del PSOE o el estéril debate sobre si Podemos o no Podemos, resulta que los inquilinos de Moncloa siguen a lo suyo, siguen con el impulso soterrado y apenas contenidos de revertirnos a la más absoluta de las barbaries gubernamentales.
Siguen con sus leyes y la aplicación de las mismas. Y no es cuestión de referirse a la enésima matización de la Ley de Trasparencia para dejar fuera del cristal de la justicia al rey que ya no es rey o al reblandecimiento de última hora -que era mucho más que previsible- de la Ley del Aborto.
Comienzan a llegar las sentencias y empezamos a descubrir que hemos vuelto a los tiempos de Víctor Hugo, a las sociedades en las que los procesos, las denuncias y las sentencias judiciales no servían para aplicar la ley sino como herramienta represiva de gobiernos que no toleraban la protesta ni por supuesto la disensión.
Se condena a seis meses de cárcel a sindicalistas, a paradas, a trabajadores, por participar en piquetes porque la policía dice que "intentaron intimidar a una persona"; se sentencia a tres años de cárcel a sindicalistas que cortaron una carretera, a manifestantes que hicieron cadenas humanas o resistencia pasiva a la policía o la Guardia Civil.
Se convierte la justicia en un elemento represivo, en una forma de propaganda ejemplificante que manda el mensaje a la población de que toda protesta es delito, de que oponerse al gobierno se paga, de que es mejor aguantar que resistir, conformarse que planta cara.
Se cambia radicalmente el sentido del crimen, de lo que es y no es legal. Se busca imponer una nueva percepción de lo que es delito.
Una vez más nuestros gobiernos se inspiran en nosotros, en nuestras acciones sociales y personales como orgullosos occidentales atlánticos y utiliza la herramienta de defensa que más nos gusta: el silencio.
Como nosotros silenciamos y criticamos las voces de aquellos que nos dicen la verdad, que nos muestran nuestros defectos, nuestras carencias y nuestras mentiras, como condenamos al silencio a todos aquellos que no nos dicen lo que queremos oír en el trabajo o la vida privada, en la familia o en la amistad, nuestro gobierno pretende imponer el silencio a todos los que no piensan como él, los que no se expresan por los cauces que él controla con mayoría absoluta y que no le dicen lo que quieren oír.
Discriminan el crimen y el delito dependiendo del autor.
Algo que ya empezara el gobierno anterior en su malhadada Ley de Violencia de Género, es llevado a su máxima expresión por los actuales hacedores del desconcierto que gobiernan en nuestro país.
Y además lo hacen a nuestro modo, como a nosotros nos gusta.
Lo que otros nos hacen a nosotros está mal, es reprochable, es injusto, pero si lo hacemos nosotros siempre tiene una justificación. Como nosotros, si nos mienten es imperdonable, pero si mentimos es justificable; si nos hacen daño es cruel pero si lo hacemos nosotros no somos responsables; si van a por nosotros es un acoso intolerable pero si enfilamos a alguien en el objetivo de nuestra rabia -sea justificada o no- ellos se lo han buscado.
Es tan nuestro, tan occidentalmente infantil y egoísta, que extraña que no lo hayan hecho antes.
Y no es solo por el enjuiciamiento de centenares de manifestantes y sindicalistas aplicando la Ley Mordaza que el Ministerio de Interior utiliza como arma de silenciación masiva, sino por la mezcla con otra serie de leyes y acciones que transforman los tribunales en una herramienta más de gobierno por el miedo. 
Así, un sindicalista echa agua sobre el coche de un trabajador que quiere trabajar en un día de huelga y va seis meses a la cárcel mientras Esperanza Aguirre huye de la justicia tras arrollar la moto de un policía y tan solo es una falta; una parada participa en un piquete y va a la trena pero un Guardia Civil graba la agresión sexual de su amigote en un tren mientras se parte de risa y es indultado; un manifestante opone resistencia pasiva a un desalojo y acaba de patitas en la cárcel mientras un empresario que amenaza públicamente con el despido si se hace una huelga recibe tan solo una multa simbólica; el hijo de Gallardón se da a la fuga tras un atropello y no pasa nada pero unos sindicalistas cortan el tráfico y son condenados a tres años.
Un tuitero suelta exabruptos sobre la muerte de una diputada del PP y es detenido, cientos de tuiteros escondidos en banderas de España piden la cabeza y el ahorcamiento de todos los rojos de España y siguen a lo suyo; alguien habla más sobre el rey o pide la cabeza de los borbones en una pica y es detenido ipso facto, otros amenazan a partidos enteros con la repetición de matanzas históricas y después de subirlo a las redes siguen ligando tan campantes en Twitter.
Lo que no quiero que me hagan a mi sí consiento a los míos hacerlo a los demás. El Delito de Autor en su más pura, egoísta e injusta expresión.
Y ahí no queda la cosa. 
En el cenit del rocambole, deciden que el crimen, el de verdad, el que mata, extorsiona y aplasta la humanidad de su víctimas, es fuente de riqueza.
Aconsejados por la UE -¡qué ya le vale!- incluyen el PIB los beneficios del narcotráfico, de la prostitución, del contrabando, del crimen organizado en general.
O sea que cuadran las cuentas a costa de la muerte, el dolor y la sangre.
¿Cómo perseguirán entonces ese crimen organizado si cuando lo erradiquen la prima de riesgo se disparará por el descenso del PIB?, ¿que harán cuando la deuda pública vuelva a superar el 100% del PIB?, ¿pedirán a las mafias que delincan más y con más insistencia, que vendan más drogas y más armas en las calles, que exploten a más mujeres y hombres en sórdidos pisos y garitos de autopista, que introduzcan más tabaco o saquen más coches robados de contrabando?
De pronto por arte de la magia de su miedo a no poder revertir la sociedad para volver al modelo en el que ellos siempre perseveran, manifestarse es peor que traficar con droga, un piquete es más delictivo que un burdel poblado de esclavas sexuales, tirarle agua a un coche es un crimen y extorsionar es una actividad que contribuye a la riqueza nacional.
Siempre y cuando no seas de los suyos. Porque si lo eres ni el delito ni el crimen se contemplan como una posibilidad. Y si hay que hacer una ley instrumental solo para protegerte, pues se hace.
Para eso están los gobiernos. Uy, perdón!, quise decir los amigos.

sábado, junio 14, 2014

Gomendio y la necia confusión entre valor y precio.

Hoy, que parece que la siempre presente Marca España se tambalea merced a cinco goles logrados por unos muchachitos holandeses allende de los mares, toca desayunar con otra cosa.
Los que están empeñados en desmembrarnos el futuro a fuerza de dinamitar el acceso mayoritario  a la educación han vuelto a mostrar lo que realmente quieren, cual es su objetivo en esta cascada continua de recortes. En este caso en la educación universitaria.
Llevan dos años largos hablando de austeridad, de cultura del esfuerzo y llevándose a la boca cualquier cosa que se les venga a la mente, explicaciones como las de un  niño que no quiere hacer los deberes para justificar sus recortes y su política draconiana de becas, excusas peregrinas como las de una amante para no compartir el lecho para dar sentido al número de alumnos creciente que tiene que renunciar a los estudios superiores por falta de recursos.
Y ahora, dos años después de que el ínclito Wert lo esbozara, para luego matizarlo, posteriormente corregirlo y luego acallarlo, llega su alter ego, Montserrat Gomendio, a la sazón secretaria de Estado de Educación, y lo vuelve a decir.
El objetivo de reducir las becas, de endurecerlas, de recortarlas, no es que los estudiantes se esfuercen más, ni siquiera es que las cuentas cuadren. Es simplemente que tengan que bajar a la calle, cruzar la acera y pedir un crédito universitario.
O sea, convertir el futuro formativo de todo un país en un negocio para unos pocos, para los de siempre, para los únicos que merecen ser rescatados cuando gestionan mal sus negocios. Para los únicos españoles de primera división.
No importa que toda una generación nazca y crezca endeudada, que una sociedad desmadejada por sucesivas reformas laborales que han llevado al desempleo y la precarización tenga que sumar a sus ahogamientos hipotecarios otra losa crediticia sobre sus hombros ya maltrechos e incapaces de sostener el peso de las cada vez más empobrecidas economías familiares.
Y Gomendio, que demuestra saber de dinámica y equilibrio social lo mismo que un calamar gigante de tres patas bailando un minué, se queja simulando una pregunta al viento sobre "si se debería de seguir en un sistema de becas donde los estudiantes reciben unas cuantías importantes de dinero que luego no devuelven".
En el más absurdo ejemplo de economicismo que se recuerda desde las 30 monedas de Judas, la secretaria de Estado de Educación comete el error contra los que el poeta del 98 canto y contó: confunde valor con precio.
Todo estudiante que se gradúa devuelve a la sociedad el dinero que le ha dado en cuanto se pone a trabajar. A menos que se vaya al extranjero. 
Y eso, que ahora está ocurriendo, no se le puede achacar precisamente a los estudiantes sino más bien a la falta de expectativas y los seis millones de parados que la política laboral del PP ha generado.
Esa es la devolución. Esa ha sido siempre y no puede ser otra. Incluso en el más cerril razonamiento neocon un graduado devuelve a la sociedad lo que le ha dado en becas porque su trabajo especializado y necesario mejora el rendimiento de las empresas que son las generadoras de riqueza para esa sociedad.
Y no lo digo yo. Lo dijo Milton Friedman.
Pero a Gomendio y su ministro no les interesan las dinámicas y el equilibrio social, no les interesa la justicia y casi ni siquiera les interesa el liberalismo económico salvo como excusa.
La excusa necesaria para encaminar esa supuesta generación de riqueza social que da el estudio becado hacia alguien en concreto, hacia quienes ellos desean que ganen dinero, no valor social, solamente dinero.
Como hacen con la concertación de centros en las enseñanzas obligatorias bajo el falso paraguas del "derecho a la libre elección" de las familias; como hacen en la Formación Profesional con sus propuestas de trabajo semi esclavo en las empresas hasta los 35 años.
Saben que si se pone en órbita un sistema masivo de créditos universitarios será cuando el estudiante y posterior graduado o licenciado no le devolverá nada a la sociedad porque no podrá hacerlo. 
Con los sueldos que pretenden fijarse para nuestro futuro, ese licenciado no tendrá prácticamente espacio para el consumo por mucho que trabaje, ahogado por su crédito universitario, su hipoteca y los gastos que la destrucción o privatización de los servicios públicos le generen.
Será un trabajador clientelista de esos bancos durante quince o veinte años. No podrá dar riqueza a la sociedad en la que vive y trabaja. Tan solo, en el mejor de los casos, podrá devolverle ese dinero a los bancos.
Y ya sabemos lo que hacen los bancos de este país con el dinero. Pagar campañas electorales y obras faraónicas a fondo perdido, entre otras cosas.
Quizás sea por eso que se les busquen desde los gobiernos todas las fuentes de ingresos posibles.
Pero a lo mejor estoy equivocado.

miércoles, junio 11, 2014

Pablo Iglesias necesita jugar al póquer descubierto

Hay muchas cosas que tendemos a olvidar, que nos forzamos a pasar por alto en esta civilización nuestra que ha hecho de la memoria selectiva la combinación perfecta para mantener cerrada la caja fuerte de su responsabilidad.
Y uno de los olvidos más recurrentes, de las perdidas de memoria más acuciantes es la que hace referencia a la esperanza, a la ilusión. Anclados en el concepto de la virtud teologal mal entendida, olvidamos o pretendemos olvidar que si generamos ilusión y esperanza es nuestra responsabilidad responder a esas ilusiones y esas esperanzas creadas.
Y algo así le está ocurriendo a Podemos, el ariete que ha dinamitado las aparentemente sólidas puertas del  novecentista bipartidismo español. Bueno a Podemos no, a aquellos que son sus líderes, sus ideólogos o sus "compañeros" destacados, como se quieran llamar, que en todas partes hay nombres para todo.
Más allá de los excesos informativos que los medios de comunicación políticos de este país realizan sobre la situación en un intento de, como Herodes, matar al enemigo en la cuna antes de que les descabalgue del poder, lo cierto es que los fundadores de Podemos se hallan en una encrucijada.
Han golpeado a la puerta cerrada de donde se jugaba la partida, han usado la fuerza y la ilusión de más de un millón de personas para empujar y derribarla y ahora han entrado en el garito se han sentado a la mesa y les han repartido cartas.
Y tienen que decidir qué hacer con ellas. Tienen que decidir cómo las juegan. Tienen que llegar a la conclusión de si juegan para ellos o lo hacen para todos. Si tiran de riesgo y coherencia o de farol y descarte.
El último enfrentamiento escenificado entre la jefatura y las bases madrileñas de la organización es el primer movimiento de esa partida -aunque no se puede negar que muy magnificado por los medios de comunicación que han hecho de buscarle las vueltas a Pablo Iglesias el nuevo deporte nacional-.
Porque no se puede criticar a los partidos tradicionales y luego establecer un sistema estanco de listas cerradas; porque no se puede ganar un millón de votos hablando del derecho a decidir sobre nuestro futuro y luego diseñar un sistema interno que impide o cuando menos dificulta a los miembros de los círculos presentar candidaturas para dirigir el partido. Bueno sí se puede, pero no se debería.
Podemos y sus dirigentes se enfrentan por fin al primer descarte de la partida de póquer que es la política. Elegir entre deshacerse de su ideología o deshacerse de sus esperanzas. De aquellas que generaron en todos los que decidieron apoyarles.
Pablo Iglesias y su equipo de confianza quieren mantener el control ideológico del rumbo del partido -y hasta cierto punto es normal- pero, por lógica y coherencia, tienen que arriesgarse, tienen que jugar al póquer descubierto con sus bases y tienen que dejar que sean ellas las que les den ese control.
Porque si no lo hacen serán un partido más, serán como todos los demás y habrán defraudado a todos los que les creyeron y les votaron.
"Somos adultos y tenemos derecho a decidir sobre lo que nos interesa". Ese es el mensaje fundamental de Podemos, ese el mensaje que les ha hecho lo que son y ahora, por mal que pueda irles la partida, sus líderes tienen que mantener esa carta en todos los descartes, aunque eso les obligue a desprenderse de los ases, los reyes y los comodines. Es la única carta a la que no pueden renunciar.
Porque si lo hacen sus enemigos políticos ya habrán ganado la partida aunque Podemos llegara acceder al poder. Porque lo habrá logrado jugando con sus reglas.
Últimamente, desde que la irrupción electoral fijara muchas más miradas y atenciones en ellos, los líderes de Podemos están en esa tesitura. Convocan manifestaciones por el derecho a decidir la forma de configuración del Estado y luego las transforman en concentraciones republicanas.
Se trata o debe tratarse de que dejen decidir a la ciudadanía no de ser republicano. Si la ciudadanía decide ser súbditos y no ciudadanos pues muy bien, seguimos con el rey y a otra cosa. Y Podemos lo respeta y lo apoya porque solamente así será fiel a su seña de identidad que es ser un partido que respeta y asume los deseos de aquellos a los que nunca se les da voz en los asuntos importantes.


Y a nivel interno tres cuartas de lo mismo. Si sus bases deciden integrarse en un bloque de izquierdas con Izquierda Unida -cosa que no es deseable, por otra parte- pues lo asumen porque eso es lo que quieren aquellos a los que Podemos dice que representa, si quieren poner a otro al mando o seguir otra línea ideológica pues se hace.
Y así Podemos seguirá siendo Podemos y siendo fiel a su principal valor, a su principal modus operandi, a la ilusión que despertó en los españoles de darles la posibilidad real de decidir sobre su futuro.
Aunque el futuro que decidan no sea el que los fundadores e ideólogos de Podemos tuvieran en mente.
Eso sí les haría realmente diferentes, eso sí les haría coherentes.
Más nos vale que lo hagan ahora que aún pueden porque si no solamente serán como el resto de los tahúres que juegan la partida de la política. Ganaran la mano tirando de ases en la manga, de faroles y de cartas marcadas defraudando las esperanzas que ellos mismos crearon, destruyendo las ilusiones que ellos mismos alimentaron.
Lo harán en lugar de jugar como nadie ha jugado a la política en este mundo occidental atlántico en muchos siglos. A la canadiense: descubierto y sin comodines.


lunes, junio 09, 2014

Educación, República y el futuro color de la bandera

Como siempre en este país nuestro que generalmente para lo negativo, es un reflejo engrandecido de lo que es el Occidente Atlántico, llevamos un tiempo empotrándonos el cráneo contra los árboles que nos ponen delante e ignoramos el bosque que sigue rodeándonos.
Como se nos va un rey discutimos y hablamos de eso. 
Que si queremos o no queremos otro, que si el rey gasta menos o más que el presidente de tal o cual república, que si hizo tal o cual cosa, que si el rey venidero da o no da bien la mano. En fin, nos perdemos en mil disquisiciones que ocultan la única diferencia, la única verdad ineludible e incuestionable de la que no se habla por el simple motivo de que no acepta discusión: Un rey no es elegido por los integrantes del Estado sobre el que ejerce la jefatura. 
Punto, a otra cosa.
Pero como parece más importante, como se nos antoja más histórico, más trascendente, seguimos dando vueltas alrededor de ese mismo molino ignorando que desde fuera -como casi siempre desde fuera- nos están llamando al orden, nos están exigiendo que prestemos atención a lo importante.
Entretanto, nuestro gobierno, esos inquilinos de Moncloa que se niegan a reaccionar ante su estrepitosa caída electoral amparados en que otros cayeron más y que los que han ascendido son populistas, proetarras y radicales -el gran clásico del PP-, hace con la coronación lo mismo que hizo con el soberanismo catalán, con la engrandecida crisis del peñón, con la verja de Ceuta. Tira de bandera y escudo y los tremola a los cuatro vientos para que sus vaivenes no nos dejen ver lo importante.
Y la última, la última verdaderamente importante, que en realidad afecta mucho más a nuestro futuro que una franja de uno u otro color en nuestra enseña patria o que el tratamiento de Excelencia o Majestad al jefe del Estado, es la bofetada que la Comisión Europea ha dado a toda la política educativa, basada en el recorte y la falsa austeridad, del ínclito ministro José Ignacio Wert.
Los miembros de la Comisión Europea han zarandeado a Wert porque consideran un “motivo de preocupación” la falta de medidas desplegadas para reducir el porcentaje de abandono escolar temprano, es decir, el porcentaje de alumnos de entre los 18 y 24 años que dejan sus estudios antes de graduarse. 
Mientras nuestro ministerio de Educación se preocupa de cómo hacer tragar en una nueva santa cruzada la religión católica a los estudiantes ceutíes, mayoritariamente musulmanes, de cómo conseguir ahorrar negando becas de comedor a niños que se llevan pan y jamón de york escondidos en sus carteras -y esto e literal- para que puedan comer sus madres, España continúa liderando esa tasa de abandono escolar en Europa, con un 23,5% que dobla la media de la Unión (11,9%).
Al tiempo que nosotros nos empeñamos en seguir discutiendo por una tonalidad en una franja de nuestra bandera y una corona de más de menos en nuestro escudo patrio, nuestro ministerio de educación vuelve a pasarse el futuro de nuestros hijos, nietos y bisnietos por el arco del triunfo de sus recortes innecesarios y cancela en su integridad el plan PROA, o sea,  los programas de apoyo a los alumnos que más ayudas necesitan.
Uno de cada cuatro de nuestros alumnos, de aquellos que deberán conducir este país dentro de un par de décadas sea este monarquía o república, tira la toalla porque Wert le ha retirado los profesores de apoyo, le ha reducido o eliminado los desdobles, le ha retirado los psicólogos, logopedas y todo el resto de los profesionales que contribuyen a facilitar la integración educativa de los que menos capacidades tienen.
La Comisión nos grita, nos zarandea, nos escupe a la cara que nuestro futuro está en peligro y nosotros le hacemos el juego a un gobierno al que nuestro futuro le importa un carajo entrando al trapo de nuestro republicanismo y nuestro gusto patrio -el de unos y de otros, no nos equivoquemos- por convertir nuestro país en una galería de símbolos que parecen significar algo pero en realidad están vacíos.
Hasta aquellos que han irrumpido en el espectro electoral prometiendo y trayendo nuevos aires caen en ese juego absurdo de reclamaciones -que pueden ser justas o no, una cosa no quita la otra- pero que no son el auténtico problema de nuestra sociedad en estos momentos.
"Vota a tus vecinos" dice uno de sus eslóganes. Pero olvidan que nuestros vecinos están más preocupados porque les han quitados las becas a sus hijos que por el tratamiento del Jefe del Estado, que nuestros vecinos viven como una realidad más trágica tener que detraer de sus menguados presupuestos dinero para academias porque en los colegios públicos han desaparecido los desdobles o los profesores de apoyo o los logopedas, que nuestros vecinos no lloran por las noches de desesperación porque vean la bandera de España con una franja malva o roja sino porque ven que que con la actual política educativa sus hijos serán expulsados a la primera revalida del sistema educativo y se verán abocados a una vida de semi servidumbre laboral por unos salarios ínfimos.
¡Centrémonos!
Los revolucionarios franceses que nos dieron el sistema que ahora disfrutamos abolieron la servidumbre, la política de manos blancas que impedía a los nobles trabajar, los ejércitos privados, la impermeabilidad estamental, la reserva de la educación a la aristocracia, el derecho de pernada, las leyes que obligaban a que la tierra estuviera siempre vinculada a un noble y la rigidez de los gremios.
Hicieron todo eso antes de plantearse quitar al rey de en medio o despegar al simbionte eclesiástico del Estado.
Si ellos pudieron hacerlo, si ellos pudieron tener claro qué era lo importante y qué discusión podía demorarse, hagamos nosotros lo mismo.
O nos veremos obligados a cambiar no una sino todas las franjas de nuestra bandera por otro color. El negro. Un negro tan tétrico e índigo como será el color de nuestro futuro.
¡Centrémonos!

viernes, junio 06, 2014

Sanidad o el mezquino que no sabe asumir la derrota

La derrota no es algo que se trabaje mucho en esta sociedad occidental atlántica nuestra que ha hecho de los egos engrandecidos y las autoestimas desmedidas el parapeto formal y material para negar la realidad e intentar sustituirla por cualquier otra cosa que nos venga bien.
Nadie a estas alturas del envite esperaba del gobierno regional madrileño ni de su Consejería de Sanidad que demostraran esa grandeza que muy pocos tienen en la derrota cuando, tras meses de lucha y de protesta de profesionales y pacientes, cayeron estrepitosamente en su guerra por la privatización nepotista de la sanidad pública.
Al fin y al cabo solo se puede ser en la derrota como se ha sido en la batalla. 
Y un sola palabra puede definir a la Consejería de Sanidad en ambos momentos. Una palabra de esas antiguas que llenan la boca al decirlas, de esas que parecen creadas para villanos barrocos y cortesanas renacentistas: mezquindad.
Porque no hay otra forma de definir el hecho de que ahora, meses después, escudada en la calma posterior a la batalla, amparada por el silencio mediático, la Consejería de Sanidad destituya de un plumazo a cuatro directores de Centros de Salud, algunos de los cuales estuvieron entre los profesionales que lideraron la Marea Blanca contra las privatizaciones del políticamente finado consejero Lasquetty.
Como el rey derrotado de la antigüedad que envía todos los inviernos desde el exilio un asesino, envuelto en bruma y negro, para intentar matar al que le derrotó en el campo de batalla, la Consejería apuñala por la espalda a algunos de los estandartes de esa lucha por los pacientes y el futuro de nuestra salud y nuestra sanidad.
Y lo hace por un motivo, con una excusa, que deja claro lo que piensa y lo que no está dispuesta a asumir de la sanidad pública: los destituye por gastar más del presupuesto asignado para sus Centros de Salud.
Da igual que la sociedad entera les haya dicho a gritos en los últimos comicios que el camino de la falsa austeridad en los servicios públicos no es lo que desea; da igual que Europa les haya avisado por activa y por pasiva que esos recortes ponen peligro la atención médica de multitud de ciudadanos. 
Ellos, como el avaro que atesora sus riquezas bajo el colchón, siguen mezquinamente aferrados a la arcana numerología de su inventada austeridad, siguen enganchados a los números y no a las personas, a la economía y no a la sociedad. A su presente y no a nuestro futuro.
Y despiden a los directores por gastar dinero, -nuestro dinero, que no el de nuestros gobernantes- en nosotros. Por exceder sus presupuestos contratando médicos y personal sanitario para cubrir las bajas, para poder mantener el ritmo de atención a los pacientes, para realizar las sustituciones que eran necesarias para que los centros de salud que dirigían, nuestros centros de salud, no se colapsaran, no se masificaran no fueran incapaces de atendernos.
Ese es el delito y la falta de esos cuatro directores. 
El mezquino gobernante considera que le han hecho de menos al anteponer a sus pacientes a sus necesidades económicas para otros fines; percibe como un insulto personal que hayan hecho caso omiso de sus mentiras, sus falacias y sus egoístas consideraciones financieras que buscan recortar gastos de lo esencial para destinarlo a lo superfluo y hayan decidido gastar en nosotros, nuestra salud y nuestro bienestar y no en el suyo.
Los hospitales privatizados se saltan a la torera las clausulas de sus conciertos con la Consejería y subcontratan servicios esenciales y de apoyo y nadie es destituido y no se revoca ningún concierto y se mira a otro lado.
Las campañas para justificar la privatización fallida de la sanidad madrileña esquilmaron las arcas de las consejería y se corrió a aprobar presupuestos suplementarios en el parlamento regional para cubrir esos nuevos gastos.
Pero cuatro profesionales sanitarios deciden gastar dinero en nosotros, nuestra atención y nuestra salud y el regente destronado encuentra una zona oscura en los pasillos de palacio para esconderse entre las sombras y apuñalarles cuando pasan junto a él.
Y lo hace en un miserable intento de igualar cuentas, de venganza inútil, en un ejercicio de expulsión de visceral rencor que convertiría a los más pérfidos traidores shakespirianos en personajes nobles y leales, que haría de Bellido Dolfos un héroe de leyenda.
Por supuesto, no se tiene en cuenta que estos directores gastaron lo mismo que los años anteriores, que en realidad no se excedieron en sus gastos sino que les resultó imposible asumir un recorte impuesto sin tener en cuenta la situación de los centros que redujo a menos de la mitad -de 116.000 a 55.000 euros- el dinero asignado para estos gastos.
Porque, claro, eso supondría reconocer que la realidad supera a la ficción de unos presupuestos irreales que solamente buscaban cuadrar las cuentas sobre el papel; eso sería reconocer que su plan era puro papel mojado desde su creación, que su austeridad forzosa era tan imposible como cambiar el rumbo del Titanic diez segundos antes de la colisión.
Sería reconocer que no se equivocan los directores al gastar demasiado sino que se equivocaron ellos al menguar los presupuestos.
Pero eso para el mezquino es imposible. 
Se equivoca el enemigo, se equivoca el mundo, se equivoca la realidad, pero el mezquino nunca puede reconocer que el principal motivo de su derrota es su propio error y la insistencia obcecada en él. 
Por eso espera embozado en una esquina al héroe y le acuchilla por la espalda. 

jueves, junio 05, 2014

Sísifo, maltrato y reconocer de una vez la realidad.

Y ahora toca otro de esos post que no van a ser tan populares como meterse con el rey, hablar del erial en el que están convirtiendo nuestra Sanidad y nuestra Educación nuestros gobernantes o construir metáforas cinematográficas -algo forzadas, lo reconozco- sobre nuestra actitud social como individuos o como sociedad.
Nos toca un post sobre uno de los asuntos más espinosos que nos han obligado a abordar en la última década. El maltrato, la violencia afectiva, el machismo y el feminismo.
De repente nos aparece un estudio, el enésimo, sobre violencia contra la mujer. Y de nuevo determinados medios, los que mantienen su ideario por encima de la realidad -en España casi todos, por desgracia- hablan de él.
Y como el clásico mito de Sísifo, volvemos a subir la piedra a lo alto de la loma y volvemos a dejarla rodar hasta el valle.
Para empezar el estudio se basa en una macroencuesta en toda la Comunidad Europea realizado a 42.000 ciudadanos. Como muestra parece bastante amplia -de hecho lo es- pero,como siempre hay un problema: todas las encuestadas son mujeres.
Y alguien dirá: "Lógico, si se pregunta sobre violencia contra la mujer, habrá que preguntar a mujeres". Y no le quitaré la razón. Pero, lo dicho. Es volver a subir la misma piedra por la misma ladera.
Mientras no se establezca un patrón en el otro sentido, mientras no se pregunte a 42.000 hombres sobre si se sienten agredidos o experimentan los mismos comportamientos en en sus parejas femeninas nunca podremos saber si la violencia afectiva es unidercional -es decir, solamente va desde el hombre hacia la mujer como defiende la posición ideológica imperante- o bideccional -es decir, funciona desde unos a otras y desde otras a unos, como parece imponer la observación de la realidad-.
Y uno no entiende el motivo de que se obvie esa linea de investigación, de encuesta o de estudio. Porque sería la mejor forma de desarmar los argumentos de aquellos que defendemos que el problema de la agresividad y el instinto de posesión en las relaciones afectivas es algo que forma parte de nuestra ancestral naturaleza como sociedad -seamos hombres o mujeres-. Bueno, en realidad sí se entiende. Saben el resultado que produciría y por eso no lo hacen. Saben que reforzaría la lógica de la observación de la realidad y no su visión apriorística de lo que sucede.
Y después de eso llegan las interpretaciones.
Alguien a quien me empeño en querer más allá de la lógica formal y material escribió más o menos hace poco: "Solo quien habla sabe por qué dice lo que dice. Los demás solamente interpretamos". Y esa es la mejor explicación de este fiasco.
"España aparece como uno de los países con porcentajes más bajos de mujeres que reconocieron haber sufrido violencia de género, con un 22%, muy por debajo de otros como Dinamarca (52%), Finlandia (47%) o Suecia (46%).
¡Vaya hombre, una buena noticia!.. ¿o no? Pues parece que no.
Porque resulta que el verbo "reconocer" lo cambia todo. Viene a decir que son maltratadas pero ellas no lo perciben, no lo asumen o simplemente lo niegan por pudor, vergüenza cualquier otro motivo. De manera que una mujer no se siente maltratada y todo un aparato basado en una visión apriorística de la realidad enraizada en la más profunda androfobia del feminismo historicista de McKinnon y compañía le niega la posibilidad de decidir por sí misma qué es para ella maltrato y qué no lo es.
"El informe explicaba que países más igualitarios como los escandinavos tenían tasas más altas porque a las mujeres les resultaba más fácil asumir que habían sufrido violencia a manos de sus compañeros, al contrario que en países del sur y del este como España, Portugal, Grecia o Polonia", afirma un artículo escrito para interpretar este macro estudio.
O sea que yo, autora o autor del estudio, decido por la mujer si la maltratan o no. Tú no eres lo suficientemente adulta, independiente ni inteligente para decidir. Cambio a la familia por el Estado, cambio el machismo por el feminismo, cambio el patriarcado por el matriarcado. Pero la mujer sigue sin derecho a decidir qué es lo que quiere aguantarle a su pareja y qué es lo que no está dispuesta a tolerarle.
Y la cosa sigue mezclando los datos con el de otro estudio realizado por un sociólogo español
"El estudio dirigido por Meil (el sociólogo en cuestión) destaca además que el 38% de los españoles exculpa a los agresores porque considera que padecen una enfermedad mental, y el 35% cree que si las mujeres sufren maltrato es porque lo consienten".
Y aquí llega otro de los vicios patrios que nos empeñamos en mantener. Otra de esas visceralidades nuestras que aprovechan todas las ideologías para manipularnos. Los españoles -y otros muchos en el Occidente Atlántico, pero nosotros mucho más- cometemos el error de confundir explicación con justificación.
Porque, por ejemplo, yo pienso que todo violador debería pudrirse en la cárcel, que todo pedófilo debería no volver a ver la luz del día y no justifico ninguno de sus actos, ninguno de los sufrimientos y dolores que ha causado. Pero si me preguntan ¿por qué lo ha hecho? no me queda más remedio que contestar "porque su mente no funciona como la de un ser humano normal".
Porque nadie que sea humano en mente y corazón viola a nadie, abusa de un menor o golpea y mata a nadie a quien diga amar. Y eso no es óbice, valladar ni cortapisa para que tenga que pagar por sus crímenes.
Pero claro, si se defiende eso y se argumenta en esa línea, no se puede mantener el axioma apriorístico de que lo hacen por ser hombre, de que todo hombre está predispuesto por naturaleza y genética a ser agresivo, machista y menospreciar a la mujer. Se derrumba como una fortaleza de naipes una teoría que es tan absurda como defender que todo español "es bueno honrado y trabajador" o que "todo ser humano tiene sentido de la trascendencia aunque lo niegue".
Por decirlo claramente no se puede pensar que "todo violador, pederasta y maltratador -sea hombre o mujer, no nos engañemos- no tiene los procesos mentales de un ser humano normal y defender a la vez que pague por todos sus actos" ¿por qué no? Nadie lo responde.
Y luego está la segunda parte.
Estamos en una sociedad en la que existe el divorcio, en la que la protección de la mujer maltratada se ha llevado a tal extremo ideológico que ha roto varios principios legales que van desde el Habeas Corpus hasta la presunción de inocencia, pasando por la igualdad de penas, así que no hay excusa para que la primera vez que te sientas maltratada por un hombre -o por una mujer- le abandones sin más.
Es una decisión entre la dignidad y la comodidad, entre la libertad y la seguridad que tienes que tomar. Pero es una decisión que ya decidieron muchos y muchas antes. Lo decidieron los siervos y siervas de la gleba en la Revolución Francesa; lo decidieron los esclavos y las esclavas negras hace siglos; lo decidieron los trabajadores y las trabajadoras en la revolución industrial.
Es una decisión difícil y la sociedad y el Estado te apoyará en todo lo que sea de justicia- repito, lo que sea de justicia- apoyarte cuando la tomes. Pero si no la tomas estás siendo cómplice de un crimen cometido contra tu propia persona. Y nuestra obligación como Estado, como sociedad y como individuos es decírtelo claramente.
Aunque con ello desmontemos todo el emporio de eterno victimismo que pretenden mantener determinadas posiciones ideológicas que, pese a lo que dicen públicamente, son el nuevo victorianismo que considera a las mujeres como pobres pajarillos indefensos sin voluntad ni capacidad de responsabilizarse de su propio futuro.
A lo mejor es porque crecí, amé y amo y trabajo rodeado de mujeres fuertes que no son así. Pero, lo siento. No me lo creo. No estoy dispuesto a creérmelo porque probablemente sepa con certeza mucho más lo que son y pueden ser las mujeres que lo que ellas quieren que sean para su beneficio ideológico.
Y el remate de la faena interpretativa del estudio es un párrafo que no tiene desperdicio.
"La forma de maltrato menos identificada es la que los expertos denominan violencia de control (de horarios, de forma de vestir, de amistades, etc..), tolerada por el 32% de los hombres y el 29% de la mujeres, seguida de la desvalorización (10% y 8%, respectivamente) y las amenazas verbales (7% y 6%)".
Por supuesto el estudio interpreta que esto es porque las mujeres españolas no saben lo que les conviene, no son conscientes, debido a su educación y su tradición, de que esto esta mal. Vuelven a subir la piedra de Sísifo a lo alto del monte.
E ignoran la interpretación alterativa. La interpretación que cualquier sociólogo debería tener en cuenta, la que impediría que la piedra de esta discusión volviera a descender por la misma ladera y nos obligara a repetir todo el proceso.
No lo perciben como maltrato porque ellas también lo hacen. Porque ellas también consideran su derecho controlar los horarios de sus parejas, cuestionar sus amistades, controlar en lo que se gastan el dinero o vigilar sus redes sociales o correos electrónicos en busca de posibles infidelidades. 
Porque las mujeres españolas también tiran de desvalorizaciones en la discusión con sus parejas, que van desde su potencia sexual hasta su capacidad para sostener económicamente a la familia; porque ellas también tiran de amenazas verbales aunque creen que son más sutiles o aunque tengan menos posibilidad material de llevarlas a la práctica.
Porque nadie, o al menos muy pocas personas, son capaces de reconocer como algo negativo una práctica que ellas mismas realizan.
Y aunque eso serviría para explicar la situación, serviría para comenzar a demoler la piedra de la violencia dentro de las relaciones afectivas en lugar de seguir subiéndola y bajándola eternamente por la misma ladera, no lo hacen. 
Se niegan a hacerlo, como se niegan a hacer una macro encuesta con 42.000 varones sobre si experimentan en sus parejas femeninas todas esas prácticas porque, aunque sería el camino para solucionar el problema de agresividad afectiva que sufre nuestra civilización, dejaría sus apriorismos flotando en el mar de la realidad tan inútiles como los pecios de un bajel hundido.
Y no, eso no. Aunque las mujeres a las que dicen defender terminen sufriendo por ello.
Y si alguien tiene alguna duda, que vea esto y me lo explique. Pero no me hagan caso. Yo soy hombre.

Cuando el PSOE cerró la tapa de su propio catafalco

Hay ocasiones en que la realidad, ese monstruo multicéfalo que se niega a plegarse a nuestras necesidades y devora una por una todas nuestras mentiras, nos obliga a recordar que somos lo que hemos decidido ser. Y sobre todo que eso coincide muy pocas veces con lo que decimos que somos.
Y eso es lo que le está pasando al Partido Socialista Obrero Español en estos días.
En pleno desastre electoral de unas proporciones mayúsculas, en plena danza de cuchillos y espaldas contra la pared apenas contenida como es en todo partido político tradicional un cambio de liderazgo, les llega la peor noticia que podía llegarles: la abdicación de un rey.
Y tienen que reaccionar de la manera en la que ningún mastodonte político que se ha acostumbrado a la inercia de un sistema casi decimonónico de cesantías puede hacer. 
Tienen que moverse cuando están acostumbrados a la indolencia opositora en espera del desgaste del rival -como hace el Partido Popular cuando se encuentra en idéntico lugar del hemiciclo-. 
Tienen que decidir cuando están habituados a que la indefinición y el nado entre dos aguas sea la forma habitual de hacer política en el esquema que han construido junto con los otros grandes partidos en España.
Les llega el momento de resolver la ahora ineludible ecuación entre ser lo que quieren ser, lo que dicen ser o lo que les conviene ser.
De aferrarse a lo que fueran sus señas de identidad o de desecharlas definitivamente en aras del mantenimiento de un sistema que casi le garantiza su regreso al poder tras una travesía del desierto más o menos larga.
Porque el PSOE mira hacia atrás y no ve nada. Porque vuelve la mirada al lugar de donde viene y solo vislumbra una bruma que le oculta todo lo que se supone que tenía que tener claro.
Uno por uno ha ido perdiendo sus atributos a lo largo de los años hasta que, pese a decir y gritar en los mítines electorales los mismos eslóganes, ya no queda nada.
Perdió su condición de socialista en ocho años de gobierno de políticas sociales de salón, destinadas a colectivos muy concretos y a lobbies electorales que no lo eran, mientras no abordaba la autentica reforma social que suponía el cambio de modelo económico sobre el que había diseñado nuestro futuro el gobierno más neocon que ha tenido España.
Se deshizo de su condición de defensa de las políticas sociales y lo decoró con leyes de gestos -como la del matrimonio gay o la reforma del aborto- que pese a ser necesarias y posiblemente beneficiosas no podían ser prioritarias sobre una reforma económica que exigía controlar la especulación rampante que campaba a sus anchas por las finanzas españolas, la burbuja inmobiliaria o cualquiera de los otros pilares de barro sobre los que se apoyaba una sociedad que ya comenzaba a tambalearse.
Intentó decorar su falta de interés por acometer una auténtica reforma social con leyes más que cuestionables -La de Violencia de Género, como principal ejemplo- que pretendían engrandecer ante nuestros ojos problemas existentes y magnificarlos para que no nos diéramos cuenta de que, mientras hablaba de políticas sociales, ese mismo gobierno estaba aprobando reformas laborales que son el germen de la precariedad que ahora padece el mercado laboral español y cuya reforma en otro sentido hubiera sido realmente una política social más allá de los gestos que realizó cara a la galería.
Así, entre el humo de una miriada de salvas disparadas para ocultar sus carencias, de un millar de fuegos de artificio lanzados al aire para ocultar sus zonas oscuras, el Partido Socialista Obrero Español desapareció, perdió la conexión consigo mismo.
Y ahora, sin líder, sin consenso, sin poder y sin seguridad -por primera vez en los últimos 30 años- de ser capaz de volver a ese poder, le llega la posibilidad de ser quien es o de intentar seguir siendo lo que le conviene ser.
Un partido que ha defendido y puesto en marcha una Ley de Memoria Histórica -desde el punto de vista menos saludable e integrador que se puede defender, por cierto-, que ha defendido sus raíces republicanas durante más de un siglo, que ha enviado a sus principales representantes a los homenajes a los militares republicanos a lo largo y ancho de toda la geografía española, que ha defendido la herencia republicana, que con toda justicia ha asignado pensiones a los militares republicanos, de repente ve como abdica un rey.
Un partido que dice defender el derecho a decidir sobre su propia vida a todos los ciudadanos en todos los ámbitos de su existencia, que ha pretendido recuperar -otra vez de forma harto desacertada, desde luego- ese periodo histórico en los libros de texto para reivindicar lo reivindicable del gobierno de la II República Española y a veces hasta lo que no lo era tanto, ahora se encuentra literalmente en un interregno propio y nacional. Se halla ante la posibilidad de mantener la única seña de identidad que mantiene con lo que fue y lo que se suponía que quería ser.
Y, como tristemente era de esperar, no la mantiene. Prefiere plegarse a sus necesidades internas, a sus dinámicas de poder, a sus expectativas de mantenimiento dentro de un sistema político diseñado por ellos y para ellos, a demostrar que es lo que siempre dijo ser: republicano.
Todo esto no significa que una república sea mejor que una monarquía, no significa que un referéndum por la república vaya a solucionar de un plumazo una economía destruida y un tejido social abocado a la miseria por la desidia indolente de sucesivos gobiernos, que solamente se han preocupado de que unos cuantos mantuvieran y engrandecieran su riqueza y no de que esa riqueza se distribuyera.
Lo único que significa es que el Partido Socialista Obrero Español después de más de cien años siendo republicano ha decidido no serlo ahora, cuando más sentido tiene serlo. Ha decidido mostrar por fin que no es ni quiere ser aquello que dice ser.
Y para rematar la faena apela a una explicación a la que no debería apelar ninguna fuerza política que se colocara el marchamo de democrática: a la responsabilidad, a la estabilidad.
Se convierte en un dictador que decide tutelar a los ciudadanos que viven bajo su mando porque ellos no están capacitados para decidir por su cuenta lo que les conviene. 
Un partido que ha hecho bandera de que nadie tutele a las mujeres en sus decisiones, a los menores en sus abortos, a los seres humanos en la elección de su tendencia sexual, ahora decide convertirse en juez tutelar de toda la ciudadanía española a la que parece considerar aún menor de edad y decidir por ellos.
Como si no fuéramos capaces de cambiar de forma de organización del Estado de forma pacífica, como si no fuéramos capaces de reflexionar sobre el tipo de Estado y representación que queremos de forma adulta, ellos deciden por nosotros.
Los autoproclamados defensores de la libertad, los que van a elegir a su nuevo líder por votaciones abiertas y secretas nos niegan al resto de los españoles la posibilidad de hacer lo mismo con respecto a la cabeza visible del Estado.
Y con eso pierden el último vestigio, ya pequeño, anquilosado y escondido desde hace años, de lo que fueron.
Eligen la estabilidad en un sistema que se está yendo a pique porque es la única tabla de salvación que ven para intentar mantener la situación que más les conviene para asegurarse su retorno al poder. Un poder que ya no podrán decir nunca, por más discursos y ponencias que aprueben en su congreso, que ejercen o pretenden ejercer en beneficio de los ciudadanos.
Yazca en su catafalco el Partido Socialista Obrero Español y que desde Pablo Iglesias -el de antaño- hasta Nicolás Redondo les recuerden lo que querían ser y lo que pudieron ser antes de decidir ser lo que son.
Es posible que ni les reconozcan.

Lo pensado y lo escrito

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