domingo, junio 01, 2014

José y Grego y el entierro de la verdad de género

Tiempo ha que no se asomaban a estas endemoniadas líneas estos asuntos sobre mujeres y hombres y su supuesta guerra encubierta y su inventado odio ancestral.
Creía yo que ya no me encontraba bajo sospecha de machismo o cualquier otro "ismo" recalcitrante e intransigente pero, como en los últimos tiempos se me ha hecho sospechoso de muchas cosas pues insisto, aunque sea redundante.
No es que me moleste en exceso que se me haga sospechoso de extranjero por las tonalidades epidérmicas, de yihadista por los adornos estadísticos de mi indumentaria y de traidor a la mujer que amo, amaba o amaré -que en estas cosas siempre se me confunde el tiempo verbal- por los susurros de pasillo, pero no está de más redundar en lo ya dicho por si alguien no lo escuchó o no quiso escucharlo, no lo leyó o quiso interpretarlo o no lo asumió y quiso tergiversarlo.
Existe un emporio mediático, político y vagamente social que se empeña en magnificar la violencia de género. Bueno se empeña en realidad en inventar que toda violencia en la que está implicada una mujer es por machismo.
Dicho esto, viajemos a Valencia.
"No tenían antecedentes de violencia entre la pareja y eran calificados como un matrimonio ejemplar. Sin embargo, José Montero, un hombre de 78 años, mató este miércoles a su mujer, Gregoria León, de 74, en su domicilio del número 18 de la calle Ruaya de Valencia, y después se quitó la vida".
Así empieza el periódico que ha empezado a perder toda credibilidad al convertirse en un elemento de propaganda más que en un medio de comunicación el relato sobre la aparición de dos cadáveres.
Y alguien dirá ¡Tampoco es para tanto! Pero sí lo es.
No dicen "no tenían antecedentes en el tráfico de drogas" -principal causa del as muertes violentas en España-, ni "no se les conocía relación alguna con el crimen organizado" -segunda-, ni "no estaban vinculados a ninguna banda delictiva" -tercera-, ni siquiera "no tenían antecedentes por contrabando" -novena-. Se van a la decimocuarta causa de muerte violenta en España, que es la mal llamada violencia de género.
¿Por qué resulta necesaria esa especificación? Hay preguntas que son en sí mismas una respuesta. Porque quieren que sea ese el móvil. Porque han decidido que ese sea el motivo de esas muertes. Porque sus apriorismos ideológicos necesitan que sea eso.
"Una de las dos hijas del matrimonio descubrió los cadáveres pocas horas después. Ella les visitaba a menudo, pendiente de su madre, quien desde hacía tiempo padecía un cáncer terminal, y parece que tras no recibir respuesta de sus padres decidió acceder al domicilio. Una vez dentro encontró en el dormitorio principal los cadáveres de José y Grego, como era conocida la anciana en el barrio. Alrededor de las diez de la mañana la policía recibía el aviso y al lugar acudían tanto efectivos de la brigada científica como del grupo de homicidios de la Policía Nacional, acompañados por el retén judicial y el forense".
Esa es la continuación del relato. ¿su hija dice que conocía antecedentes de malos tratos, de violencia? No -y todos sabemos que cualquier hijo sabe esas cosas y conoce esas circunstancias familiares-. Pero ahí en medio, como quien no quiere la cosa, como quien no da importancia a lo verdaderamente relevante, aparece un dato, un apunte que parece puesto para rellenar pero que en realidad está ahí para justificar "desde hacía tiempo padecía un cáncer terminal". A ahí queda la cosa.
Bueno, en realidad no queda ahí
"José, taxista jubilado, era conocido en el barrio por su afabilidad y el cariño a su mujer enferma. Se casaron en 1963 y tenían dos hijas y tres nietos. “Se casaron el mismo año que nosotros", comentaba una vecina, "y junto a nosotros fueron los primeros en mudarse hace ya 50 años. Eran muy buenas personas”.
¡Tócate los pies! Se casaron el año del asesinato de Kennedy, en el año del famoso sueño tenido por Martin Luther King, cuando España vivía la esperanza del Plan Marshall, el año del ascenso al solio pontificio del único papa que ha merecido la pena desde San Gregorio, Juan XXIII, y el tío que la ha odiado toda la vida por ser mujer, que ha reprimido durante medio siglo sus impulsos de macho alfa asesino y posesivo la mata cincuenta años después en un ataque de furia machista.
Cualquier ser humano de la tierra, cualquier periodista y desde luego cualquier guionista cinematográfico ya hubiera llegado a la conclusión en este punto de que el argumento de esta historia está claro, es casi tan cristalino como la intención ideológica de la redactora a la hora de presentar la noticia.
Pero resulta curioso, una redactora del mismo periódico que defiende la eutanasia, que realizó una campaña de opinión en torno al italiano caso de Eulana, que defiende el derecho a la muerte digna como si el sufrimiento restara un ápice de dignidad a la muerte que toda una vida ha hecho digna, ignora toda esa linea de pensamiento y barre para su casa y la de su feminismo trasnochado de confrontación y violencia.
A estas alturas, hasta Laurence Kasdam, uno de los menos brillantes guionistas de Hollywood -con perdón- ya estaría hablando de muerte asistida, eutanasia activa y máxima expresión del amor. No de violencia e género.
“Le vi la semana pasada y le pregunté que cómo estaba Grego… Ella había adelgazado mucho, había perdido un poco de pelo y estaba muy desmejorada”, añadía entre lágrimas una vecina de la finca. “Eran muy buenos, tenían un chalé y los fines de semana solían ir allí donde tenían huerta y más de una vez me han traído bolsas de naranjas de allí. Además, era el manitas entre los vecinos, era el que lo arreglaba todo: desde la puerta del patio hasta pintar, más de una vez, la puerta de entrada, porque era muy mañoso”.
Y esto es en sí mismo un epitafio. Pero no de Greco, ni de José. Es un epitafio, frío, triste y doliente, de algo que en otro tiempo, antes del periodismo ideológico y de la agitpro, se conoció como objetividad informativa.
Todos, desde las lectoras de novelas románticas a los consumidores de culebrones venezolanos, desde los analistas de políticas sociales hasta los observadores de los derechos humanos, sabemos de que va esto. Los policías o guardias civiles saben de que va esto, hasta los políticos y políticas saben de qué va esto.
Y lo peor, la más triste, lo absolutamente indignante es que Pilar de la Fuente, la redactora, sabe de qué va esto.
Va de dolor, va de miedo, va de incapacidad para ver sufrir a alguien que te ha hecho feliz durante 50 años, va de suicidio asistido, va de alguien que quiere tanto que puede pedirte que la mates, va de alguien que ama tanto que puede asumir la muerte con aquella a quien ama. Va de locura, va de Shakespeare, va de tragedia, va de amor -quizás malentendido por los dos, pero de amor-. 

Y Pilar Fuentes lo sabe y finge ignorarlo y culmina su información con  "El titular del juzgado de Violencia sobre la Mujer número 1 de Valencia instruye el homicidio, segundo caso de violencia de género en la Comunidad y el 25º en el país, a lo largo del 2014".
Si lo hubiera hecho una madre con su hijo, se desharía en lágrimas y justificaciones; si lo hubiera hecho un padre con hijo o un hijo con un padre, le encumbraría como adalid de la muerte digna asistida.
Pero lo ha hecho un hombre con su esposa. Y ella, su ideología y una ley que pretende justificarse contra toda justificación posible necesitan que lo haya hecho por machismo.
En la muerte e José y Grego hay un tercer cadáver y un cuarto y un quinto.
Junto a ellos yace Pilar Fuentes como periodista, El País como medio de comunicación y La Ley Orgánica 1/2004 como representación del a justicia en este país.
Las dos primeras tumbas han logrado la paz. Las otras tres nos la niegan a todos los demás.
Y quien tenga oídos para oír, que oiga.

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